Blog de Nolan Rada

Argentina vs. Venezuela: cuando un país cabe en una grada; por Nolan Rada

La Vinotinto encontró en su empate 1 a 1 con Argentina un motivo para salvar la pobre actuación de su Premundial Rusia 2018. Ni quienes siempre vieron fútbol en Venezuela ni quienes lo comenzaron a ver en los últimos años vivieron lo que ocurrió el 5 de septiembre de 2017 en el Estadio Monumental de

Por Nolan Rada Galindo | 6 de septiembre, 2017
Fotografía de Nolan Rada Galindo

Un venezolano radicado en Argentina observa el primer tiempo del partido entre Argentina y Venezuela en el Estadio Monumental / Fotografía de Nolan Rada Galindo

La Vinotinto encontró en su empate 1 a 1 con Argentina un motivo para salvar la pobre actuación de su Premundial Rusia 2018.

Ni quienes siempre vieron fútbol en Venezuela ni quienes lo comenzaron a ver en los últimos años vivieron lo que ocurrió el 5 de septiembre de 2017 en el Estadio Monumental de la ciudad de Buenos Aires.

Venezuela ganó 1-0 el 11 de octubre del 2011 en Puerto La Cruz y empató 2-2 el 6 de septiembre de 2016 en Mérida contra Argentina, pero nunca había logrado puntuar como visitante.

Para quienes estuvieron en el estadio, el partido se produce en un momento en que la nación sureña se ha vuelto uno de los principales destinos de la diáspora venezolana. El hecho trasciende lo criollo, lo vinotinto: Argentina no logró sumar los 4 puntos posibles en sus dos enfrentamientos contra Venezuela en el Premundial. Ahora, ubicada en el quinto puesto de la clasificación, la albiceleste deberá resolver en los próximos dos partidos su pase al Mundial.

*

Hay que subir 109 escalones de concreto para llegar a la parte más alta de la tribuna centenaria del Estadio Monumental. La organización designó esa locación para la hinchada visitante.

—¿Hay mucha gente?

—Mucha.

El estadio estaba a medio llenar y los venezolanos ya lucían impresionados por la cantidad de gente. No se escuchaban cánticos, arengas ni bombos. Sin embargo, la estructura y el verde de la cancha eran tan impactantes que parecían venirse sobre la hinchada. Quizá ese vértigo fue lo que quiso representar un moreno con gorra y franela vinotinto, quien dijo venir de Charallave, cuando soltó:

—¡Esto es otro peo!

¿Qué habrá pensado al escuchar a los argentinos corear “¡Meeeessiiiii, Meeeessiiiii!”, cuando el delantero salió a calentar, o cuando el “Vinotinto, Vinotinto…” era silenciado por miles de silbidos?

¿Pensó en la Guerra de Las Malvinas y en los “soldados sólo conocidos por Dios” cuando el estadio rugía en un solo cántico, instantes antes de empezar el juego:

“y ya lo ve

y ya lo ve:

el que no salte

es un inglés”?

Quizá, en ese instante, sólo se dedicó a acompañar a los cerca de 200 venezolanos que gritaban “¡Venezuela, Venezuela, Venezuela!” intentando ser algo más que un color en las gradas blanco y rojo del estadio.

1.

Once contra uno

El calentamiento precompetitivo fue un presagio en la noche porteña. El arquero Wuilker Fariñez aparece y la grada venezolana empieza a cantar: “¡Wuuuuilker, Wuuuuiker, Wuuuuilker!”.

Es devoción. Mujeres, niños y hombres cantan por igual. Aún no son conscientes de que ese sería el canto que más repetirían durante la noche. Con el partido andando, no tardaron mucho en volver a gritarlo: al minuto 3, Fariñez tuvo su primera intervención, rechazando con su pierna derecha un remate de Mauro Icardi:

“¡Wuuuuilker, Wuuuuilker, Wuuuuilker!”.

Minuto 5. Esta vez, remata Paulo Dybala:

“¡Wuuuuilker, Wuuuuilker!”.

Tercera ocasión clara para Argentina. No han transcurrido 15 minutos de juego:

“¡Wuuuuilker!”.

En esas tres paradas, Venezuela reconoció buena parte de su suerte y también descubrió el planteamiento de Rafael Dudamel, el técnico visitante. Argentina, urgida de goles, no iba a encontrarlos en el área venezolana. Esa prioridad fue definida con el ya recurrente símil —en el caso de la Vinotinto— de los murciélagos guindados del larguero.

Pasados los 15 minutos, con Venezuela empotrada en su arco y Argentina intentándolo por las bandas, otro venezolano soltó: “Son once contra uno”. No parecía exagerado. El arquero lucía tan superior a sus compañeros y ellos tan incapaces de frenar a los adversarios que esa era la sensación: la Vinotinto era un hombre solo, con la ironía de que no vestía de vinotinto -sino de blanco- y hasta hace poco no era más que un adolescente.

Con sólo 19 años, Wuilker parece haber ganado algo más que el afecto de la afición: su respeto.

2.

Los 30 minutos

Pero además de Wuilker había 10 más. Estos, de Vinotinto, se agruparon en fase defensiva bajo el esquema 4-1-4-1. No fueron pocas las veces en las que Venezuela tenía a todos sus jugadores en campo propio. Aún así, Argentina llegaba. Habrá sido tal el nervio y el desespero, que una andina se atrevió a gritar: “¡Presionen arriba!”, como si estuviera en el área técnica al borde del campo.

Con una circulación torpe y con sistemas asociativos que todavía no funcionan —en especial el Messi-Dybala—, la escuadra local llevó a la visitante a correr de aquí para allá, de arriba hacia abajo, durante buena parte del primer tiempo. El 0 a 0 al final sugería una paridad que en el campo no fue tal. Si aguantamos los primeros 30 minutos —sugirió otro vinotinto en la grada—, tenemos chance.

Y lo hizo.

A la Vinotinto le sigue costando defenderse con la pelota, incluso administrarla. Jhon Chancellor y Mikel Villanueva rechazaron y cortaron cuanto pudieron. Es probable que sus agentes ya tengan en mano el video de este partido para negociar, al menos, un aumento de sueldo. Sin embargo, tanto despeje también expone sus falencias: Venezuela carece de un defensor que no sienta el balón como una responsabilidad sino como un privilegio que tiene que cuidar.

De poco sirve tener mediocampistas y delanteros hábiles e inteligentes, incluso si son del calibre de Yangel Herrera y Sergio Córdova, si no pueden recibir un pase al pie, mucho menos al espacio, con ventaja. Y Venezuela lo sufre porque es incapaz de establecerse en campo contrario, de salir del borde de la cornisa. La pérdida de ese potencial es proporcional al sufrimiento en cada partido. Aunque en este, la grada vinotinto aplaudiera.

3.

El entretiempo

Solo cuando logró estabilizarse entre los escalones blancos y los asientos sin espaldar por los que trastabillaba, el muchacho delgado y de aproximadamente un metro 75 centímetros de estatura, miró con desprecio hacia atrás. Su mirada iba directo a la boca de la grada, iba directo al hincha del Caracas F.C. que lo había golpeado. De pronto, el Estadio Monumental se había convertido en el Estadio Olímpico de Caracas. Era absurdo notar la agresividad que ha colmado distintos espacios de la sociedad venezolana a casi 5000 kilómetros de distancia entre ambos países.

—Está jugando la Vinotinto. Acá no importa Táchira o Caracas…

La frase es de una de las personas que acompaña al joven. Parecen ser amigos. Sus acentos andinos los enlazan, tanto o más que algunas prendas del Deportivo Táchira que podían verse donde ellos estaban. Los equipos se habían ido al descanso y el muchacho había dejado la grada para comprar las hamburguesas de él y su pareja. 100 pesos cada una. La lata de CocaCola valía 80. La combinación costaba poco más de 10 dólares. Además de carne, la hamburguesa sólo tenía una fina lonja de jamón y otra de queso, ligeramente más gruesa. En los estadios venezolanos se habrían reído de su simpleza.

Mientras comían, la chica le pasaba la mano por la espalda en un gesto que parecía susurrar “tranquilo, tranquilo…”. Hay rivalidades que los controles migratorios no registran.

4.

El gol

Moises Dagui, instantes después de que Venezuela anotara el primer gol del partido / Fotografía de Nolan Rada Galindo

Moisés Dagui, instantes después de que Venezuela anotara el primer gol del partido / Fotografía de Nolan Rada Galindo

Los aficionados locales parecían más bien tensos cuando se dio inicio al segundo tiempo. Los rugidos de las gradas no se exigen; se ganan. Visto lo visto, solo por breves ratos o acciones puntuales, lo servían. La mayoría de las acciones tenían un punto en común: Lionel Messi. Con ironía, un par de venezolanos dialogaba:

—¿Quién será el diez de ellos?

—El que no la caga, el que está en todas partes…

Cuando Messi toma la pelota, parece que sólo siendo once contra uno se le puede detener. Y sin embargo.

En cada maldición que le arrojaban había algo de reconocimiento, esa sensación de que alguien es tan bueno que sólo sirve conjugar alguna fuerza externa para intentar detenerlo.

Aún así, ni él ni ningún local celebró el primer gol del juego.

La ventaja nació de una de las pocas jugadas en las que Venezuela dio al menos tres pases seguidos. Pum, pum, pum. Todo comenzó en un pase de Yangel Herrera que dejó a tres venezolanos contra la defensa argentina.Superada en número y en velocidad por Jhon Murillo, ocurriría algo más sorprendente: la calidad de su definición; como si en vez de estar jugando en uno de los estadios icónicos del continente estuviese en una cancha de tierra, en un potrero, como dirían en Buenos Aires.

Silencio.

En las gradas argentinas sólo había silencio. Silencio y cuellos girándose hacia donde estaba la mayor cantidad de venezolanos. Algo se libera cuando quienes abucheaban ahora ven y guardan silencio mientras los otros celebran un gol. Si son más de 50.000, ese silencio es realmente estremecedor.

Saltos, lágrimas, sonrisas, besos, abrazos.

Euforia y adrenalina. La última vez que Venezuela le anotó un gol a Argentina en Buenos Aires fue el 17 de noviembre de 2004.

5.

El tiempo y la distancia

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Banderas venezolanas sobre los asientos de la tribuna centenaria en el Estadio Monumental de la ciudad de Buenos Aires / Fotografía de Nolan Rada Galindo

La ventaja duró sólo 5 minutos. Marcos Acuña —quien sustituyó a Ángel Di María antes de los 15 minutos— superó por enésima vez a Víctor García, lateral derecho. Llegó a la línea de fondo y centró al corazón del área chica del arquero venezolano. Rolf Feltscher intentó rechazar el balón y terminó haciendo lo que ningún argentino pudo en toda la noche: superar a Wuilker Fariñez. Son los riesgos del fuego amigo: suele venir de quien menos lo esperas.

Desde entonces, Venezuela siguió en lo suyo: defendió su campo con los dientes. Sólo la urgencia argentina, que derivó en más espacios libres, hizo posible que los visitantes encontraran más oportunidades para contraatacar. Sin embargo, Sergio Romero, arquero albiceleste, no sufrió mayor riesgo.

En las gradas, el marcador agrandaba a los visitantes y hería a los locales: “¡Nosotros jugamos béisbooool”, “¡Aprieten ese culo!”, “¡Eliminados!”. El partido parecía haberse trasladado hasta otro estadio, uno exclusivamente social, que no conoce de balones pero que en una frase agrupa años de crisis:

¡Si querés te paso papel tualé, boludo!

Pásalo, pásalo. ¡Por eso estamos acá!

Sólo en 2016, según Migraciones Argentinas, se radicaron legalmente casi 12.000 venezolanos en Argentina. Para este año, después de las elecciones de la Constituyente se calcula que la cifra podría rondar los 30.000. Tal ha sido la afluencia de venezolanos que es común escuchar comentarios acerca de cuántos hemos emigrado. Cuando se habla de Venezuela, los argentinos suelen hurgar en su pasado y recordar que el país les brindó apoyo en la Guerra de Las Malvinas, también es normal encontrar argentinos con algún amigo que, debido a la dictadura militar, emigró a Venezuela.

Quizá por esos recuerdos, algunos argentinos accedieron a pintarse dos franjas negras en su rostro como parte de una protesta organizada por distintos activistas. Los grupos se ubicaron en dos puntos de acceso para la tarea, que incluyó, ya dentro del estadio, dos banderas como principales símbolos. Una, argentina, con el mensaje #VenezuelaLibre, estuvo guindada durante todo el partido. Se viralizó por redes sociales. La otra, venezolana, se mostró antes de empezar el juego. Pedía “Libertad para Venezuela”.

En la cancha, el visitante seguía resistiendo. El juego argentino no mejoró demasiado. Había entrado en esa etapa de aplastamiento, en la que por la simple suma de hombres en ataque ya complicas al adversario. En ese tránsito, la Vinotinto, a la contra, conseguía tiros libres que mantenían el suspenso en el resultado. Cuando se repasa ese aspecto, conviene reconocer la labor defensiva de Venezuela: no cometió demasiadas faltas al borde de su área. Wuilker podía estar más tranquilo.

“¡Pasa, maldito, pasa!”. La frase no involucraba al balón sino a eso del juego que nadie domina: el tiempo. Cuando el árbitro asistente indicó que se agregraban cinco minutos, el lamento fue general en la grada vinotinto.

Puñados de cruces pegadas a los labios. Uno caminando de aquí para allá. Otro aferrado a la cerca como si su estabilidad emocional dependiera de ese sostén. Hasta que todo se volvió desespero:

— Rueda, maldito, ¡rueda!

— Profe, ¡el tiempo, profe!

En los ojos sólo se veía angustia. Una muy distinta a la de los argentinos, pues la de ellos se mezclaba con incredulidad: Venezuela no sólo estaba puntuando por primera vez en Buenos Aires, sino que complicaba aún más su acceso al Mundial.

“¡Nosotros jugamos béisboool!”.

6.

La soledad.

Empate a uno.

Argentinos y venezolanos se abrazan y saludan en el campo, mientras las hinchadas todavía se insultan. Las tribunas se vacían a la vez que desciende la adrenalina, la euforia de haber visto lo que otros no. Un cordón policial impide que los visitantes se marchen. Seguridad. Protocolo. Calma. Incluso si tienes un carnet de prensa, debes esperar.

El estadio se sigue vaciando, mientras los venezolanos se hablan entre sí, intercambian números “por cualquier cosa” o se conocen luego de abrazarse tras el gol, tras el empate. La calma parece detonar el aburrimiento, y para atenderlo emerge el humor: Dale —gritan a los policías—, que encendieron el aire acondicionado. Una pareja de tachirenses, que se casó justo antes del partido, también quiere volver a casa. Argentina transita del invierno a la primavera, y si hace viento, como normalmente hace, cualquier parte es realmente fría. Otro venezolano suelta: “¿Y si te damos para los frescos?”.

Sin darse cuenta, emociones, acciones, gestos y manifestaciones humorísticas arman un collage del país en la grada. Solo un hecho interrumpe la calma de la espera de aproximadamente 35 minutos:

—¡Ese es Dudamel! ¡Dudamel, Dudamel!

El grito de uno se vuelve el de cientos y el entrenador, en el campo, voltea y saluda, cuando en el estadio no quedaban más que técnicos y personal de mantenimiento. Dudamel se va. Los argentinos ya se han ido y donde antes había hinchas ahora solo quedan latas y vasos de plástico. El viento los mueve escalones abajo, produciendo un sonido muy similar al de las hojas cuando el aire las arrasa.

Los venezolanos siguen esperando, mientras ven pasar otro avión cerca del estadio.

¿Cuándo volverá la Vinotinto?

Argentina vs. Venezuela: entre la urgencia y la renovación; por Nolan Rada Galindo

En cualquier época, un mundial de fútbol sin Argentina pierde valía. En la “Época Messi”, un mundial de fútbol sin Lionel puede ser dramático; en especial si se considera que quizá sea la última oportunidad que tenga para ganar el trofeo que le falta. Con 23 puntos y en la quinta posición de la clasificación,

Por Nolan Rada Galindo | 4 de septiembre, 2017
Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada

En cualquier época, un mundial de fútbol sin Argentina pierde valía. En la “Época Messi”, un mundial de fútbol sin Lionel puede ser dramático; en especial si se considera que quizá sea la última oportunidad que tenga para ganar el trofeo que le falta. Con 23 puntos y en la quinta posición de la clasificación, Argentina no tiene asegurado su pase directo al Mundial de Rusia 2018. Y el próximo martes 5 de septiembre de 2017 enfrentará a Venezuela. Su rival, con sólo 7 puntos y en el último puesto de la clasificación, atraviesa un proceso de renovación generacional: no parece jugarse nada, mientras Argentina podría estar jugándose todo en 90 minutos.

Esa urgencia de victorias quizá sea el mayor peligro para la Vinotinto.

Venezuela jugará contra Argentina pensando en dar rodaje a un grupo joven, con las figuras clave del pasado Mundial Sub 20 del que salió subcampeón. Su juventud puede invitar a pensar que los tres puntos pueden ser una tarea fácil para los locales.

Esa sensación quizá sea el mayor peligro para la albiceleste.

Ninguno de los dos equipos lució en sus partidos previos. Argentina empató a cero contra Uruguay, al igual que Venezuela contra Colombia. Sin embargo, Argentina presentará lo mejor de su actualidad futbolística y Venezuela a quienes podrían ser la mejor generación de su historia. Y lo harán en el Estadio Monumental, donde Argentina ganó su primer mundial en 1978 y donde caben al menos 61.688 espectadores de una de las hinchadas más potentes del planeta.

A eso harán frente ambos equipos, porque cuando el resultado no acompaña, la hinchada puede volverse en contra de los propios; porque cuando el resultado sí acompaña, la hinchada es una bestia indómita que no repara en la juventud del contrario.

Venezuela vino a Buenos Aires a competir en eliminatorias diez veces. Nunca salió de Argentina con al menos un punto en el equipaje.

La rueda de prensa de la CIDH en Argentina y la manifestación en 10 imágenes; por Nolan Rada Galindo

Un grupo de personas, en su mayoría ciudadanos venezolanos residenciados en Buenos Aires, Argentina, protestó el sábado 27 de mayo de 2017 en el edificio del Archivo Nacional de la Memoria, dentro del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti. Los manifestantes, alrededor de cuarenta, se presentaron en este Centro con el lema #ViralizaLaRepresión como

Por Nolan Rada Galindo | 27 de mayo, 2017

Un grupo de personas, en su mayoría ciudadanos venezolanos residenciados en Buenos Aires, Argentina, protestó el sábado 27 de mayo de 2017 en el edificio del Archivo Nacional de la Memoria, dentro del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti. Los manifestantes, alrededor de cuarenta, se presentaron en este Centro con el lema #ViralizaLaRepresión como bandera, aprovechando que el lugar fue escogido para que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) diese una rueda de prensa donde explicó parte del balance de las sesiones realizadas en Argentina.

La manifestación comenzó poco después de las 11:30 de la mañana (hora local) y se extendió hasta aproximadamente la 1:30 de la tarde. Los asistentes, en su mayoría mujeres, se presentaron con papeles en los que podía leerse la causa y nombre de los fallecidos durante las ocho semanas de protestas en Venezuela y otra suerte de pancartas con mensajes vinculados con la represión que ha sufrido la oposición al gobierno de Nicolás Maduro desde principios del mes del de abril de 2017.

Durante la presentación del balance expuesto por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, se reiteró que “la protesta social es un derecho de la libertad de expresión, que debe ejercerse con libertad, con seguridad y de forma pacífica, y el Estado tiene que respetarla”, de acuerdo con el Comisionado Francisco Eguiguren. En relación con la aplicación del “Plan Zamora” y el uso de fuerza militar para establecer orden público en Venezuela, Eguiguren señaló que “las fuerzas militares no están capacitadas para asumir el control del orden público” y rechazó “la participación de civiles armados” en estas tareas. “Expresamos tremenda preocupación por la pérdida de vidas, por más de 50 personas muertas”, indicó Eguiguren.

En relación con la situación carcelaria de Leopoldo López, el Comisionado declaró que “hemos tenido (la CIDH) varias reuniones de trabajo con sus familiares, abogados y con el Estado para ver cuál es su situación carcelaria”. Acerca de la inhabilitación política a Henrique Capriles Radonski, indicó que la Comisión ha emitido una medida cautelar que involucra diversos aspectos vinculados con él, como el riesgo a su vida, integridad física, libertad y su inhabilitación política. Francisco Eguiguren señaló que “la decisión sobre esta medida ya está en fase última de decisión y será comunicada en muy pocos días”.

Una vez culminada la rueda de prensa de la CIDH, los manifestantes que esperaron a las afueras de las instalaciones del edificio del Archivo Nacional de la Memoria fueron atendidos por un representante de la Comisión, quien pidió que cuatro personas lo acompañaran para ser recibidas. Mientras tanto, el resto de manifestante realizó un acto en el que simularon estar muertos, a la vez que sostenían papeles con nombres de algunos de los fallecidos durante las protestas en Venezuela y simulaban estar sangrando. Este representación fue acompañada por Lucas Ozols, violista argentina que se sumó a la manifestación, interpretando el Himno Nacional de Venezuela, y Gloria Sanmiguel, quien leyó algunos poemas de su autoría vinculados con la libertad.

Esta protesta, coordinada a través de WhapsApp por un grupo de venezolanas amigas entre sí, es al menos la séptima manifestación desarrollada por venezolanos residentes en Buenos Aires, Argentina, desde que comenzaron las protestas de forma sostenida en Venezuela el pasado mes de abril de 2017. Venezuela dejó de regirse por la Convención Americana sobre Derechos Humanos el 10 de septiembre de 2013.

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Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

Fotografía de Nolan Rada

Fotografía de Nolan Rada Galindo

 

Ernesto Bastos: la sonrisa ante el dolor; por Nolan Rada Galindo

A Fabiola Ferrero, Boris Muñoz, y Roberto Mata Sus brazos se mueven como si fueran palmas que cuelgan de un tronco y son agitadas por el viento. En lugar de huesos, sus piernas parecen compuestas por gomas que en algún momento sólo podían arrastrar sus pies, en vez de levantarlos para caminar. La vejez de

Por Nolan Rada Galindo | 31 de marzo, 2017
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Ernesto Bastos fotografiado por Roberto Mata.

A Fabiola Ferrero,
Boris Muñoz,

y Roberto Mata

Sus brazos se mueven como si fueran palmas que cuelgan de un tronco y son agitadas por el viento. En lugar de huesos, sus piernas parecen compuestas por gomas que en algún momento sólo podían arrastrar sus pies, en vez de levantarlos para caminar. La vejez de su rostro contrasta con algunas muecas propias de la niñez y no de la adultez.

Cuando sonríe las piezas comienzan a encajar: en ese cuerpo que creció más allá de los pocos meses de vida pronosticados por los médicos, habita un niño que nació en el dolor, que día a día lucha contra ese mismo cuerpo devorador de sus células musculares. La distrofia muscular de Duchenne, también conocida como distrofia muscular progresiva, causa a través del tiempo disminución en las capacidades físicas. Aleja al paciente de la posibilidad de valerse por sí mismo o lo acerca a la muerte debido a que se vuelve propenso a sufrir un paro cardíaco o pulmonar. Tampoco lo ayuda su hipotonía, que priva a sus músculos de tono y resistencia, volviéndolos tejido flácido. Por eso, la generación de masa muscular se vuelve una de las prioridades: parece tratarse de que el cuerpo siempre tenga algo que comer.

Al escuchar lo que su limitada modulación permite, debido a su discapacidad intelectual, su voz revela una fortaleza que no se halla en sus extremidades, aunque pueda sumar hasta siete horas diarias de actividad física. La seriedad con la que mira a lo desconocido, como si realmente fuera un adulto, contrasta con ese niño inquieto y curioso, marcado por el bisturí en más de una decena de cirugías.

Lo envuelve una energía especial que emana de su alegre personalidad. Al punto de que es capaz de contagiarla a su entorno. Desde ahí se explica el por qué inspira tanto cariño y admiración entre sus padres, los entrenadores de taekwondo y natación, su entrenadora personal en el gimnasio, el cuerpo de fisiatras en el centro de rehabilitación, amigos de disciplina, representantes de otros muchachos y personas que sólo llevan poco tiempo observándolo durante una competencia.

Entonces se entiende: mediante el deporte no sólo ha aprendido a vivir; el deporte le permite vivir.

Familia

A Helena de Oliveira no le preocupa que el fotógrafo Roberto Mata hurgue en la intimidad familiar para documentar parte de su vida en fotografías: ella le abrió las puertas al aceptar la petición de visitarla en su hogar; sólo pide que el lente no registre el polvo de los espacios. No es un antojo ni una actitud políticamente correcta para matizar cualquier descuido en la limpieza. Aunque su serenidad puede sugerir distracción o desinterés, realmente le preocupan los detalles.

En distintos rincones de la casa se puede encontrar alguna foto familiar. En la sala, la madre toma de la vitrina un portarretrato negro que cuida la imagen de un niño vestido con una camisa azul marino a cuadros y un jean levemente desteñido:

—Este fue su primer yeso.

En la foto, el brazo derecho de un niño rubio de cuatro o cinco años está cubierto de blanco. Es Ernesto. Está sonriendo. Frente a esa vitrina, una pared compila gran parte de la memoria familiar. Fotografías de la boda entre ella y su esposo, también llamado Ernesto Bastos. Imágenes de los hijos. Reconocimientos deportivos para su hijo Ernesto. Medallas y trofeos. La historia familiar no se cuenta sólo a través de las circunstancias médicas, también puede narrarse mediante el esfuerzo de una pareja que nació en Portugal y se enamoró  en Venezuela.

Los esposos se establecieron en este hogar cuando los suegros paternos volvieron a Portugal. En Venezuela compartieron parte de la adolescencia que vivieron en el edificio Don Paco del Paseo Los Ilustres, en Caracas. Ambos conservan el acento portugués. No tuvieron acceso a educación. Helena se hizo costurera mientras llegaba a la adultez, en un país que le ofrecía oportunidades que no encontró en Europa:

“No es que pasamos hambre en Portugal. Pero sí teníamos ganas de comer muchas cosas. No había con qué. La alimentación fue muy mala. Cuando uno llegó aquí, fue un cambio grande”

Helena de Oliveira retratada por Roberto Mata

Helena de Oliveira, madre de Ernesto Bastos, vivió parte de su adolescencia en Caracas. Luego se mudó a San Antonio de Los Altos, en el estado Miranda, tras casasrse con su esposo, también nombrado Ernesto. La pareja de portugueses aún conserva su acento natal. Fotografía de Roberto Mata.

De Souto, un pequeño pueblo portugués, Helena pasó a vivir en una ciudad de autopistas y distribuidores, con el Nuevo Circo, el Hotel Humboldt, el Paseo Los Próceres, el Complejo Urbanístico Parque Central, el Hospital Universitario de Caracas como íconos arquitectónicos y culturales, entre otros. Todos ellos quedaron atrás cuando, con 21 años, se casó y se fue a vivir con Ernesto a la casa que aún habitan en San Antonio de Los Altos, en el estado Miranda, a casi veintiún kilómetros de Caracas.

Es ahí donde, a menos de diez pasos de la sala repleta de memorias, está el cuarto de su hijo Ernesto. La habitación tiene dos camas. Él duerme en la primera a la izquierda, cerca de la puerta. En la otra, cuando no es ocupada por algún visitante o su pequeña sobrina Amanda, es donde Ernesto se acuesta a ver películas o se sienta a jugar PlayStation. Gran Turismo y Need for Speed están entre sus preferidos. Son juegos de carros de alta velocidad, como decenas de los vehículos de juguete que tiene en un estante que va de extremo a extremo de la habitación, como si se tratase de una galería. Por momentos, el chico de 24 años parece absorbido por su infancia, y en vez de observar a un adulto, parece un niño de más de un metro ochenta de estatura reconociéndose entre juegos, películas preferidas y juguetes.

Ernesto Bastos retratado por Roberto Mata

Ernesto Bastos es tío de Amanda. Ella juega con él o lo acompaña en parte de su rutina de entrenamiento, cuando pasa un tiempo en la casa de sus abuelos en San Antonio de Los Altos. Fotografía de Roberto Mata.

En la mesa de noche de la habitación hay una réplica en miniatura de la Virgen María y entre carros se hallan distintas fotografías de Ernesto y al menos seis tablas rectangulares con mensajes como: “Con mucho cariño para Ernesto. Espero que siempre tengas esa personalidad”, “Ernesto Bastos, el guerrero”. Entre las cortinas verdes se puede descubrir un gran ventanal que da hacia la casa de al lado.

Empotrado entre montañas, parece un vecindario tranquilo y con un clima que tiende a ser fresco. Sólo los carros que transitan a alta velocidad por la Carretera Panamericana o con equipos de sonido a todo volumen interrumpen el silencio de la urbanización Rosaleda Norte, a veintitrés kilómetros de la capital de Venezuela. Cuando hay música, a Helena le cuesta dormir y es posible que a su hijo también. Un gran ventanal en la sala da hacia la calle y otras casas de la urbanización. Desde ahí se pueden ver carros estacionados y algunos que están siendo reparados por el padre de Ernesto, quien lleva prácticamente toda la vida siendo mecánico. Fue a través de ese ventanal que Helena vio hace años cómo una niña de unos 12 años escupía a su hijo mientras jugaban con otros vecinos bajo una inmensa mata de mango. Otro episodio similar ocurrió en el Hospital Dr. Domingo Luciani en El Llanito, en el municipio Sucre del estado Miranda. Mientras esperaban en uno de los pasillos del centro médico por una consulta en Neurología, un grupo de tres o cuatro niños se burlaba de Ernesto sin que sus padres censuraran la acción. Tanto dieron que reaccionó, para sorpresa de todos, apartando su pasividad y gritando algo parecido a: “¡¿Es que no saben que soy un niño especial?!”.

Sus padres saben y asumen con naturalidad que desde la mala praxis médica que se tradujo en complicaciones durante las últimas semanas del embarazo y probablemente hasta que fallezcan, la alegría de su hijo es la suya, la salud de su hijo es la suya, la vida de su hijo condiciona las suyas.

Lucha

Ernesto Bastos retratado por Roberto Mata

La distrofia muscular progresiva no ha privado a Ernesto Bastos de la posibilidad de asistir a distintas competencias, de las que por lo general sale con alguna medalla o algún otro tipo de reconocimiento. Helena suele ubicar los premios y diplomas que recibe su hijo en una de las paredes de la sala de su casa. Fotografía de Roberto Mata.

Los médicos volteaban, revisaban y golpeaban levemente algo con sus manos el martes 23 de marzo de 1993, luego de las dos de la tarde. En un centro médico que existió en Santa Mónica, una urbanización clase media caraqueña, buscaban algo. Una queja. Un grito. Una lágrima. Llanto. Vida. Pero nada encontraban en el recién nacido al que volteaban, revisaban y golpeaban, mientras Helena observaba a su hijo “morado porque se había pasado el parto, ¡pero ese morado oscuro!”.

A la imagen se sumó la angustia de no haber podido cargarlo ese primer día; fue al siguiente cuando lograron ver al bebé, hasta que unos minutos después se lo llevaron porque “le toca comer”. No hubo más contacto hasta el próximo día, con la excusa del alta médica. Helena recuerda unas palabras del pediatra sin nombre porque ella lo ha olvidado:

“Tuvo un poquito de complicaciones cuando nació, pero le hicimos exámenes; se los volvimos a repetir hoy, y ya ha mejorado”

El padre de Ernesto Bastos, de nombre homónimo, trabaja como mecánico / Fotografía de Roberto Mata

El padre de Ernesto Bastos trabaja como mecánico en el estacionamiento de su casa en San Antonio de Los Altos. Casi toda su vida la ha dedicado a reparar vehículos. Fotografía de Roberto Mata.

El tiempo ha dado a mamá la capacidad para recordar lo vivido con precisión. Sólo algunos matices en su voz sirven para sospechar pena, a la vez indignación. Cuando recuerda la frase del pediatra, su voz se altera y enseguida agrega:

“Mentira. Fueron unos exámenes falsos porque todos los valores estaban al doble. Del martes al jueves, todos los valores estaban al doble. ¿A quién le cabe en la cabeza que un bebé, o una persona, recupere los valores en poquitas horas? Eso fue todo tapado. No me dijo que había tragado líquido”

Cuando ambos padres observaron el cuerpo de su hijo lleno de ampollas con pus, confirmaron que nada de lo ocurrido era normal. Las anomalías no cuadraban dado que el embarazo, deseado, se había producido de forma normal hasta los ocho meses y medio. Los tiempos del bebé indicaban que estaba en condiciones para que Helena diera a luz. Pero ella no había dilatado. “A lo mejor esta misma noche viene para acá”, le comentó el doctor.

Pasaron los días, los controles, los ecos, y la aseveración del médico: “El bebé está bien. Vamos a esperar”. Esperaron quince días, hasta que la Helena dejó de sentir a su hijo dentro de sí, y durante la noche del lunes comenzó a botar líquido.

Helena de Oliveira retratada por Roberto Mata

Helena de Oliveira dio a luz a Ernesto el 23 de marzo de 1993, luego de presentarse complicaciones en el tramo final de un embarazo que hasta las últimas semanas no había presentado anormalidades. Fotografía de Roberto Mata

Bajaron de San Antonio de Los Altos a Caracas a las seis de la mañana. La prisa y la angustia no encontraron tranquilidad al momento de llegar a la clínica: el médico residente atiende una emergencia de la que se desocupa a las once de la mañana. Luego de revisarla, el doctor soltó: “Hay que hacer la cesárea ya porque el caso está feo”.

Los nervios se apoderaron de Helena. No se explicaba cómo luego de controlar el parto, de pronto todo estuviera en el aire y pareciera improvisado, como la guardia médica del centro, en el que a las doce del mediodía, gran parte del servicio estaba almorzando. El descuido impidió que la cesárea pudiera realizarse antes de las dos de la tarde. “Fue mucho tiempo el que estuvo luchando para vivir”, dice Helena. Ernesto la observa sentado en un sillón de una de las salas de casa, mientras revive el episodio.

A Helena siempre le costó dilatar. Con sus dos primeros hijos también tuvo ese inconveniente. “Si él me hubiera hecho la cesárea a los ocho meses y medio, esto no hubiera pasado”.

Así como siente que aquel doctor no supo manejar su caso, reconoce que fue gracias a otra doctora que su hijo vive. Aunque tampoco recuerda su nombre, sí sabe que era una doctora joven que vivía en Maracay, en el estado Aragua, y venía a trabajar a San Antonio de Los Altos, ubicado aproximadamente a 88 kilómetros de su casa. Una sugerencia de la mujer propició todo:

—Señora, le recomiendo que abrigue bien a ese bebé porque es prematuro
—No, él no es prematuro.
—Claro que es prematuro.

Otro diagnóstico más para la incertidumbre, a un mes del nacimiento de Ernesto. Mamá enseguida pensó que la muchacha, a quien no había identificado como doctora porque no tenía bata, estaba “loca”. Sin embargo, la frase quedó resonando en su cabeza. “Él es prematuro, él es prematuro”. Ya habían pasado varias consultas médicas. Distintos exámenes. Nada concluyente. La inquietud llevó a Helena a averiguar quién era ella. La búsqueda arrojó el comentario: “Ella es pediatra y es muy buena”. Planteó el episodio a su esposo, y ambos decidieron que probarían con ella.  

En uno de los primeros contactos, la doctora se sinceró:

“Ese bebé está como una mata seca. Y usted sabe que cuando una mata está seca no puede revivir. Es difícil. Le voy a ser clara: yo lo veo muy seco”.

Para el momento, el bebé lucía arrugado, pesaba 2 kilos 900 gramos y había perdido medio kilo en relación con el peso esperado para el momento de nacer. Todavía no estaba claro el impacto de aquellos 15 días de más dentro de mamá.

La doctora asumió el caso, prometió sacarlo “de este estado grave en el que está” y le ordenó a la mamá que no le sacaran más sangre en exámenes. “Si él está grave y le sacan sangre, lo están terminando de matar”, precisó la doctora. El primer paso sería atender las ampollas. “Así como uno lo ve por fuera, está por dentro”, agregó.

A este marco se sumó una deformidad en la lengua que le impedía tragar, más un reflujo severo que complicaba cualquier clase de alimentación. Los vómitos eran constantes y fue necesario operarlo. Tenía 15 meses de nacido. La cirugía duró cinco horas. Al día siguiente, tuvo una neumonía, probablemente producto del tiempo de exposición en el frío quirófano.

Fue tanto el esfuerzo que Ernesto hizo al vomitar de forma constante, que desarrolló otra condición: testículo en ascensor. “Él pegaba unos gritos… Eso le producía mucho dolor”, recuerda Helena. Fue necesaria otra cirugía para corregir la anomalía. En el mismo proceso, se corrigió una hernia inguinal.

Para ese entonces, ya le habían hecho cuatro intervenciones quirúrgicas, luego de la intervención médica para corregir el reflujo y otra para separar su lengua. La tercera cirugía consistió en atender otra hernia inguinal, operar el otro testículo, y una biopsia muscular en la pierna derecha. En esa, con poco más de dos años de edad, sufrió un paro respiratorio en quirófano del Hospital Dr. Domingo Luciani. Helena supo eso al anochecer, cuando ya su hijo estaba en una habitación y el médico se acercó al chequeo. El doctor explicó por qué durante el día, cuando los padres estaban cerca de la puerta del pabellón quirúrgico, otro galeno salió corriendo a preguntar por los padres de un niño rubio y por un medicamento. El esposo de Helena había salido a buscar el fármaco. Instantes después, una señora le dijo a la mamá de Ernesto que ella lo tenía en un cuarto del hospital. El médico subió corriendo por las escaleras, lo consiguió, volvió a quirófano y no se supo más hasta la noche.

A esas intervenciones se suma la de amígdalas y adenoides, tabique desviado, sinusitis, cornetes, una intervención para separar sus muy cerrados párpados, y fracturas en distintos partes del cuerpo.

El primer hueso roto estuvo en su brazo, y está documentado en la foto que está en la sala, ésa en la que sale sonriendo con una camisa a cuadros. Siguieron los dedos de las manos, los dedos de los pies, la clavícula. Siguieron apareciendo canales para el dolor. Hasta que de a poco se fue incorporando al deporte.

Cuando Ernesto escucha su historial médico, parece indiferente. Sin embargo, puede llegar a conmoverse, a inquietarse y a preguntarse por qué otra cirugía más. “¿Otra vez?”, ha preguntado. De las memorias, revividas por su mamá en una sala de estar de su casa, mientras él la observa y la apura para almorzar e ir al taekwondo, puede surgir alguna lágrima de los ojos de Ernesto. Él escucha a la vez que juega con la imagen de la Virgen María que estaba en su cuarto. Esa figura es la misma que lo acompañó instantes antes de entrar a quirófano, en uno de los tantos viajes, y que entregó a su mamá pidiéndole que se quedara tranquila.

Si él está tranquilo, “¿cómo uno no va a estarlo?”

Esfuerzo

Ernesto Bastos retratado por Roberto Mata

Ernesto Bastos, en el pasillo principal de una Sala de de Rehabilitación Integral de la Misión Barrio Adentro 2, en San Antonio de Los Altos. Fotografía de Roberto Mata.

Parece evidente que a través del tiempo, visitas a hospitales, diagnósticos médicos, fracturas y lamentos, las vidas de Helena y su esposo se fueron atando al estado de salud del menor de tres hermanos. Los padres se complementan en la tarea. Teniendo en cuenta que los otros dos hermanos son adultos con vidas desarrolladas, la delgada mamá de cabello rubio dedica el día a su hijo y el robusto papá dedica horas a trabajar para ambos en el taller, a pocos kilómetros del Complejo Deportivo y Cultural Los Salias. Allí, Ernesto entrena como si fuera un atleta de alta competencia, en las mañanas, en las tardes y, en más de una oportunidad, también en las noches. Entre cinco y siete horas de ejercicio puede alcanzar a sumar en un día.

Es tan normal ver a Helena cerca de su hijo durante sus entrenamientos y terapias como notar la grasa en las manos paternas. Es posible que la prisa no facilite su lavado, cuando de un momento a otro puede hacerse la hora para ir a buscar a Ernesto en el gimnasio Flamingo, en la piscina del Complejo Deportivo o en la Sala de Rehabilitación Integral de la Misión Barrio Adentro 2, en la Urbanización Los Helechos, en San Antonio de Los Altos, cerca de mediodía. Es allí donde, instantes antes de que empiece la sesión de fisioterapia, un moreno de aproximadamente un metro noventa de estatura y con acento cubano, saluda en el pasillo principal del servicio médico al que asiste al menos dos veces por semana:

—Mi vida, ‘tas perdío —le dice el fornido fisiatra, mientras sonríe y abre sus brazos.

—Perdío estás tú —responde Ernesto, segundos antes de abrazarse con él.

La última frase se explica debida a la constante rotación de personal que realizan en el lugar. Son personas sin nombres públicos porque “la Misión no lo permite”.

Es posible que, debido a los cambios del personal, otro fisiatra blanco y obeso, de pelo negro y de aproximadamente un metro setenta y cinco de estatura, ya no esté ahí. Sin embargo, si se le pregunta a Ernesto por él, es probable que sepa reconocerlo, aunque quizá no sea consciente del cariño y la admiración que este sujeto le profesa. Cualquier pregunta sobre el paciente es una oportunidad para ver sonreír al fisiatra cubano. “Ernesto tiene un gran corazón”, dice mientras lo observa hurgar en el fichero del personal que está en el pasillo, de donde reconoce a varios que ya no encuentra en el lugar.

Antes de llegar a este lugar, Ernesto estuvo durante cinco años en otro Centro de Rehabilitación en el sector El Tambor, ubicado en Los Teques, estado Miranda. La fisioterapia tiene como objetivo que Ernesto sea “lo más independiente posible”, explica uno de los fisiatras. El primer paso suele ser la Terapia Magnética, que se realiza en una de los últimos espacios del Servicio al que se llega a través de un pasillo de casi dos metros de ancho y quince de largo. Está acostado sobre una cama con un cilindro que se puede ubicar en distintas partes del cuerpo. Uno de los beneficios de esta terapia es que funciona como analgésico y antiinflamatorio, además de contribuir a la consolidación de huesos fracturados.

Ernesto Bastos retratado por Roberto Mata

Ernesto Bastos, en el equipo donde se le realiza la Terapia Magnética. Éste suele ser uno de los primeros pasos de sus sesiones de rehabilitación. Entre las cirugías que le han realizado, se cuenta una para separar sus párpados. Fotografía de Roberto Mata.

Desde afuera, sólo lo tapa una cortina verde que está recogida. Espera tranquilo durante aproximadamente cinco minutos durante los que su cuerpo está expuesto a campos magnéticos que pueden mejorar su circulación sanguínea, la regeneración de tejidos musculares, entre otras cuestiones.

La siguiente etapa es en una habitación próxima. En ella le colocan electricidad a través de unos electrodos dispuestos en distintas partes de su cuerpo. Está sentado. Cuelgan sus pies y parece que se extravía en sus pensamientos, o quizá en las montañas que se pueden ver por la ventana, a menos de que el fotógrafo lo encuadre en la cámara. Posa. La naturalidad se pierde por instantes. La retoma y vuelve a extraviarse mientras su cuerpo recibe un voltaje leve de electricidad que le sirve como analgésico y favorece la circulación.

Superada esta etapa, aparece la diversión en el proceso, según se puede reconocer en su rostro y el cambio de conducta. Ya no tiene que estar inmóvil. Ahora está en una especie de gimnasio en el que trabaja espalda, hombros y brazos, con ejercicios basados en poleas o en aparatos rotatorios, para mejorar la movilidad y la fuerza. Ningún ejercicio le resulta especialmente exigente.

Ernesto Bastos retratado por Roberto Mata

La mamá de Ernesto suele acompañarlo en cada actividad que él realiza. Las dinámicas de ejercicios están dirigidas a fortalecer su cuerpo y a mejorar su capacidad cognitiva. El objetivo es que pueda valerse por sí mismo. Fotografía de Roberto Mata.

Algo similar ocurre en el suelo del Salón de Usos Múltiples del Complejo Deportivo y Cultural de Los Salias, a menos de cinco kilómetros de su casa. Se han dispuesto cuatro estaciones para personas con alguna discapacidad. Las recorren en sentido opuesto a las agujas del reloj. Al entrar, se observa un pequeño trampolín. La ruta sigue con ocho aros de color naranja, azul, verde, rosa, dispuestos en zigzag, una colchoneta, sustituida en ocasiones por tapas amarillas como las que usan en el fútbol, y una viga de madera que a simple vista parece de cinco metros de largo por quince centímetros de alto. En las áreas próximas, nadadores entran y salen de la piscina, y algunos estudiantes de música comienzan a acercarse a las aulas.

El gran Salón está dividido por dos extensas lonas de color verde en una cara y gris en la otra, sujeta de unas barandas en la parte superior. La división se explica al reparar que en los tubos que sostienen unos pasillos, un grupo de chicas practica Pole Dance. Ellas son capaces de hacer distintas figuras con su cuerpo; son capaces de expresarse sin palabras, a la vez que las siete personas que están a menos de tres metros de distancia van a un ritmo pausado y sin establecer largas conversaciones; algunos, incluso, ni pueden modular correctamente, aunque ven con miradas muy vivas. Los últimos saltan, ruedan sobre una colchoneta, caminan de un lado a otro o sobre la barra de madera en la que los pies sólo caben si se coloca uno por delante de otro. Ernesto debe ser uno de los más avanzados, por la soltura con la que realiza la mayoría de los ejercicios, a menos de que se trate de caminar por la madera, cuando suele poner algún pie sobre el suelo para buscar soporte.

Ernesto Bastos retratado por Roberto Mata

Su evolución a través del ejercicio ha permitido que Ernesto realice la mayoría de sus terapias con soltura, y que incluso se permita ayudar a otros compañeros con discapacidad en el Salón de Usos Múltiples del Complejo Deportivo y Cultural Los Salias. Fotografía de Roberto Mata.

Quizá fastidiado de la dinámica, hay momentos en los que toma el control y se dedica a ayudar a otros en sus rutinas. Tiende manos. Anima. Motiva. Mueve cosas. Hace un par de ejercicios porque Isabel Vargas, la encargada de supervisar y asistir durante la sesión, le llama cariñosamente la atención. Observa a sus compañeros. Ríe. Siempre ríe. Parece un hermano mayor cuidando de los menores de la casa.

Al finalizar la sesión, procura tomar la colchoneta e ir hacia el otro lado a guardarla. El acto refleja la voluntad de ayudar a recoger los objetos usados, a la vez que se permite la picardía de observar a las chicas que hacen Pole Dance. La clase se cierra con un abrazo y la risa de todos. Saldrán de vacaciones por unos días.

Vista la facilidad con la que cumple toda la fisioterapia y la gimnasia, queda la sensación de que su vida podría prescindir de estas rutinas. Pero, a juzgar por cuánto las disfruta, es posible que el objetivo de la terapia y la gimnasia no sea sólo físico sino también emocional: necesita estar en estos espacios porque el afecto del entorno lo hace feliz.

Fotografía de Roberto Mata

Isabel Vargas ayuda a distintas personas con alguna clase de discapacidad en el Salón de Usos Múltiples del Centro Cultural y Deportivo de Los Salias. Es amiga de la Familia Bastos. Fotografía de Roberto Mata.

En el gimnasio Flamingo, separado del Complejo por una calle, la rutina es completamente distinta.

Acá se podría decir que Ernesto sufre. Dependiendo del día, puede estar una o casi dos horas bajo la asesoría de la entrenadora Alejandra García. Madre de tres hijos, comenzó a hacer ejercicio con 39 años y ya lleva 7 años en la tarea. Antes, era ama de casa con problemas cardíacos, escoliosis, y una hernia. El vuelco que Alejandra García dio a su vida se explica debido a un cáncer que padeció su madre y cuando ella se vio incapaz de realizar casi cualquier tipo de actividad física.

De la frustración emergió una mujer que ahora se desplaza por Flamingo con total libertad y seguridad. Asesora a cualquier persona en lo vinculado con su preparación física y alimenticia; incluido un grupo de veinticuatro seres con algún tipo de discapacidad, a quienes ayuda cada martes y jueves de dos a tres y media de la tarde en el salón principal del gimnasio, con una superficie de madera y un gran espejo al frente que refleja sus expresiones y gestos de esfuerzo y satisfacción.

Autismo, columna bífida, síndrome de down, parálisis, distrofia muscular. Esas son algunas de las discapacidades de los alumnos de Alejandra. Ella se basa en la fisiología del ejercicio, “qué está pasando en nuestro cuerpo mientras estamos entrenando”, según explica, para mejorar la condición física y motora de los muchachos. Comenta que para Ernesto es vital hacer ejercicio, y que su función con él “es hacer que desarrolle masa muscular, para mejorar su calidad de vida”. Se conocieron hace dos años y desde entonces comenzó a estudiar cómo podía ayudarlo porque “necesita masa muscular para mejorar su calidad de vida”, insiste. Estas clases son básicamente de ejercicios funcionales, a través de los cuales se trabajan distintas zonas del cuerpo, a la vez que se procura estimular la capacidad cognitiva. Si lo deportivo no ofrece resultados inmediatos por naturaleza, el proceso en este grupo de jóvenes es aún más crudo. Su lucha no radica en levantar tanto peso o en repetir tantas series. Lo suyo es minúsculo, pero no por eso menos significativo, como el hecho de poder masticar mejor.

Fotografía de Roberto Mata

La entrenadora Alejandra García, madre de tres hijos y quien empezó a hacer ejercicio a los 39 años de edad, dirige las rutinas de ejercicio de Ernesto en el gimnasio Flamingo. Fotografía de Roberto Mata.

Un trozo de carne, que para otros puede significar determinada ración de proteínas o simplemente un gusto para el apetito, representaba un gran esfuerzo para Ernesto. Hasta no hace mucho, no podía masticarlas; cuando comenzó a hacerlo, Helena y Alejandra comprobaron que las horas en el gimnasio estaban dando resultados. A ellas no suele faltar. Por eso, un retraso el jueves 28 de julio de 2016 generó inquietud, e incluso motivó que el entrenamiento se retrasara unos minutos.

A diferencia de las rutinas realizadas en las mañanas, estas jornadas suelen estar basadas en circuitos de estaciones donde se ejecuta un ejercicio específico en cada punto. Los padres de otros muchachos esperan al borde del área de madera, cerca del ventanal que da luz y aire al gimnasio. A través de las conversaciones entre los representantes, ya con Helena y Ernesto en el lugar, se descubre que ese día Ernesto estuvo haciendo la cola para comprar alimentos por su número de cédula. Tras dos horas y media esperando, compró dos paquetes de pasta. Los tiempos se ajustaron con el almuerzo, aunque lograron llegar a la clase sin que hubiera avanzado demasiado.

Entre los movimientos que realiza, vestido con un mono deportivo azul naval con el logo del F.C. Barcelona y una franela naranja, hay abdominales, flexiones sobre un balancín, maniobras para trabajar el equilibrio, la fuerza y la coordinación, así como para fortalecer el tren superior del cuerpo. El último, que consiste en desplazar brazos, hombros y tronco hacia adelante sujetando una ruedilla mientras las rodillas están en el piso, es exigente hasta para personas en plenitud de condiciones. Desde afuera, el movimiento parece hasta lúdico. Pero al sostener la ruedilla y desplazarla hacia adelante del cuerpo, brazos y abdominales, inferiores, medios y laterales, se tensan, mientras distintos músculos de la espalda se van estirando. Agota. Ernesto repite al menos tres veces el ejercicio. Su ceño se frunce, las mejillas se enrojecen y la fuerte exhalación posterior al ejercicio delata cuánto costó, mientras Alejandra observa, corrige y motiva.

En minutos, a la fatiga acumulada por este entrenamiento se le sumará la generada en la piscina de natación. Una hora más de actividad física, al frente del gimnasio, en el Complejo Deportivo de Los Salias.

Antes de ello, en Flamingo no se escucha más que algunos pasos, leves exhalaciones y los comentarios de Alejandra en relación con el desempeño de los muchachos. Lo más estruendoso proviene de la cancha de usos múltiples del complejo, donde unos niños juegan futbolito. Esta vez no hay música en el lugar al que se entra por la puerta que tiene en la parte superior el mensaje: “Sólo hazlo”.

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Ernesto intercala rutinas de entrenamiento entre el gimnasio Flamingo y la piscina del Centro Cultural y Deportivo de Los Salias. Fotografía de Roberto Mata.

Si el éxito de los eslóganes publicitarios se mide por su capacidad para trascender tiempo y momentos, quizá a Nike le sorprenda que “Sólo hazlo” (Just do it, en inglés) esté en un sitio como Flamingo, donde sus paredes están decoradas con cuadros de viejas figuras como Marilyn Monroe, atletas o modelos que ya nadie recuerda, pero que en la fotografía hecha afiche siguen conservando un cuerpo perfecto. Ese parece ser el anhelo que tantos intentan materializar entre máquinas.

En las jornadas matutinas, él suele ubicarse en el multifuerzas o en algún otro aparato: trabaja brazos, hombros o piernas en el primer nivel de Flamingo. En una de las columnas que sostiene el espacio está un televisor con una especie de banner rojo y negro. Es publicidad. Victoria’s Secrets fija en la pantalla. El hallazgo resulta tan absurdo como divertido. Ernesto también ha bebido ilusión de ese universo, el femenino. Son varios los cuentos vinculados con mujeres a las que ha nombrado como novias. Laura y Rossy, chicas a las que ha conocido durante su dinámica diaria de ejercicios, agitan el ambiente y las emociones de Ernesto. Aunque no están presentes, basta que se pronuncien sus nombres para ver cómo su rostro se ruboriza y él se vuelve todo vergüenza y pena. Entre comentarios, recuerdos y evasivas venidas de la timidez, sigue realizando ejercicios para fortalecer los pectorales. Su cara alterna sonrisas con gestos de esfuerzos. Un mechón rubio cubierto de sudor se pega a su frente, mientras una viga de concreto pintada de blanco dice en letras negras: “Si fuera fácil, no tendría valor”.

A las risas se suman los comentarios de Alejandra, Helena, Fátima Abreu y la compañía de Manuel Abreu. Fátima, mamá de Manuel, prefiere no comprometerse a hablar ante el grabador, pero la forma como mira a Ernesto y a su hijo sugieren que la amistad surgida entre Manuel y el hijo de Helena parece llenarla de orgullo. Manuel también tiene discapacidad cognitiva y motora. Si no es fácil establecer relaciones entre quienes pueden expresarse sin inconvenientes cognitivos, no es complejo imaginar que para ellos no debió ser sencillo comenzar a entenderse. Y sin embargo, ahí están, bajo una viga que dice “muscles machines”, realizando rutinas similares, esfuerzos similares, logrando satisfacciones similares.

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Ernesto y Manuel se abrazan luego de completar parte de la rutina de entrenamiento que ambos realizan en el gimnasio Flamingo. La madre de Manuel, Fátima, los define como compadres. Fotografía de Roberto Mata.

Si no están en el primer piso de Flamingo, podría hallárseles en el sótano del lugar. Otra decena de máquinas están dispuestas para acondicionar el cuerpo. Ernesto se va hacia el fondo. Sobre un gran baúl está su bolso de distintos tonos de marrón, similar al usado en camuflaje militar. Sus manos, recubiertas por guantes de distintos tonos de verdes oliva, sostienen las barras de una máquina para hacer el conocido ejercicio de los remos (halar hacia atrás con los brazos, mientras las piernas empujan hacia adelante), cuando no unas mancuernas. Luego de finalizar las cuatro series de diez repeticiones de remos, las mancuernas de 5 kilos suben y bajan para fortalecer sus bíceps durante seis series de diez repeticiones, mientras Helena, de brazos cruzados y vistiendo un suéter rosa, observa.

Le resulta incómodo seguir haciendo series. Cuando termina una, luce cansado y aburrido. Se sienta. Cruza sus piernas cubiertas con un mono deportivo verde. Reposa sobre una de las máquinas. Bebe agua y en su franela se pueden observar rastros de transpiración. Se queja. Helena lo aúpa a seguir. Ese podría ser un breve resumen de la historia entre ambos. Pero no es tan simple. Cada vez que se extiende demasiado en los reposos o empieza a esquivar el ejercicio, mamá le llama la atención para que retome la rutina. No puede tardarse tanto. Luego hay que hacer otra actividad o ir a casa para almorzar y prepararse para el taekwondo. Poco ruido en esta área, sin discos para pesas chocando y sin Alejandra cerca.

Su rutina se va acabando y Helena comienza a alistar un envase con un puñado de pasas para su hijo, a veces acompañado con un cambur. La merienda postentrenamiento la incorporaron luego de una sugerencia de la entrenadora, para evitar que sufra desmayos o se descompense por las cargas físicas que se le exigen. No sería la primera vez que se descompesara, pero si llegase a pasar en Flamingo, sí ocurriría por primera vez desde que entrena con Alejandra. Todo esto es importante para que el crecimiento y la recuperación muscular se produzcan, también para que cuestiones que antes no podía realizar, como montarse en un balancín o despegar sus pies por encima de los 50 centímetros en un salto, sean logros que se sigan produciendo.

Fotografía de Roberto Mata

Al dejar de entrenar, Ernesto acostumbra a comer un puñado de pasas o un cambur, para evitar descompensarse. El descanso y las meriendas son importantes para su recuperación muscular. Fotografía de Roberto Mata.

Tras terminar, si no tuvo clases de natación en la mañana, va a nadar en la tarde. Cuando lo hace en las mañanas, es el alma de la fría piscina del Complejo Deportivo Los Salias.

Los habitantes de San Antonio de Los Altos suelen usar abrigos, bufandas y gorros durante las mañanas. Sólo cuando se acerca el mediodía y la bruma ha sido desplazada por la luz del sol, la temperatura permite liberarse de esas prendas. A las siete de la mañana no hay más ruido que el de los vehículos que se trasladan por la Avenida Perimetral de San Antonio. La paz de la zona se altera cuando Ernesto comienza a pegar gritos en la piscina o cuando le llaman la atención por detenerse en medio de ella.

El carril uno es exclusivo para personas con alguna discapacidad intelectual y/o motora los lunes, miércoles y viernes, como parte de un acuerdo con la Alcaldía del municipio Los Salias y el programa de Olimpíadas Especiales que se realiza en Los Altos Mirandinos. Normalmente quien los entrena es María Ramallo, una mujer blanca, de aproximadamente un metro setenta y cinco centímetros de estatura, poco mayor de 40 años, de cabello corto y lentes, vestida con ropa deportiva.

María comenzó a nadar en 1979 en el YMCA de San Bernardino debido a un problema en su columna. A través de los años se formó académicamente para enseñar natación, logrando un Título Superior Universitario en Deportes, entre cursos y otras formas de aprendizaje. A través de la natación adaptada, ella procura advertir las fortalezas de sus alumnos con alguna discapacidad para orientar su método de enseñanza a través de esas virtudes. Va y viene de un lado a otro de la piscina. Se detiene para advertir algún error en la mecánica de nado o reconocer algún avance.

Fotografía de Roberto Mata

Hasta no hace mucho, Ernesto no podía subirse a los tacos desde donde los nadadores suelen arrojarse a la piscina. Actualmente puede hacerlo sin mayor esfuerzo y por sus propios medios. Fotografía de Roberto Mata.

Hace tres años Ernesto entrenaba poco. Hasta subir al taco de salida representaba una complejidad. Ese día, usa un traje de baño azul naval que supera la mitad de sus cuádriceps y con su pierna derecha se sube al taco sin mayor dificultad. Está próximo a hacer los mil metros de nado del entrenamiento, posterior a un calentamiento del cuerpo que dura quince minutos. En la piscina ya hay personas en plenitud de condiciones nadando en los otros carriles. El frío no cesa y las cicatrices de su cuerpo tiemblan al salir del agua, sobre todo la que está en abdomen, de aproximadamente 30 centímetros de largo vertical. No hay queloides sobre la piel; cicatriza bien.

Sus inicios en natación fueron mediante una tabla que le permitió desarrollar la patada, para luego nadar 25 metros hasta llegar, progresivamente, a los 50. En la actualidad, nada crol, pecho, mariposa y espalda. Su desempeño no es perfecto, pero quienes han visto su evolución destacan sus avances y elogian su técnica de patada. La natación, al ser un deporte de bajo impacto, es conveniente para atender su distrofia muscular progresiva porque lo fortalece sin afectar significativamente su anatomía. El progreso ha sido tal que hasta compite de forma organizada y también amistosa, como ocurrió el 20 de julio de 2016.

—¡Sííí… Le gané a Manuel!

Así fue como Manuel Abreu supo que había una competencia entre ellos. Ernesto nada y con frecuencia se detiene a mirar a su alrededor. Busca con la mirada un gorro, un rostro, una amistad. Aparece Manuel unos metros más atrás de Ernesto en la piscina. En las gradas, Helena y Fátima, las madres de los chicos, observan y conversan. “Ellos son como compadres”, define Fátima.

Entre brazadas y patadas, surge la fatiga y emerge el llamado de María, la entrenadora:

—¿Y entonces? No te pares…

Fotografía de Roberto Mata

El carril 1 de la piscina del Centro Cultural y Deportivo de Los Salias es usado los lunes, miércoles y viernes por personas con alguna discapacidad, y que forman parte de la Fundación Amigos Unidos. Fotografía de Roberto Mata.

Ernesto está cerca de un cono naranja que divide la piscina en dos y que en ocasiones es el límite para dejar un estilo y comenzar a nadar en otro. Al escuchar el regaño, sumerge su cabeza en el agua y vuelve a bracear; otras veces, cuando lo escucha, le lanza besos a María o le grita que la ama. Cuando expresiones de ese estilo se presentan, sus entrenadores quedan desarmados. El afecto supera la rigidez, la enseñanza y la pedagogía, para tocar la sensibilidad. No hay forma de que escondan la sonrisa al verlo. No son los únicos que no se resisten.

Tras estar desde las primeras horas de la mañana irradiando alegría, entusiasmo y apoyando a sus compañeros, Ernesto se apagó durante la tarde del domingo 31 de julio de 2016. Él y sus compañeros habían estado todo el día compitiendo en la primera Copa “Semillas para el futuro”, organizada en el Complejo, contra atletas en plenitud de condiciones. Ni él ni sus compañeros lograron vencer. La competencia se planteó de esa manera para poder incluir a la Fundación Amigos Unidos, conformada principalmente por atletas con alguna discapacidad. A ella pertenecen Ernesto y Manuel, además de otros jóvenes que entrenan lunes, miércoles y viernes con María, presidenta de la Fundación.

Las diferencias entre los atletas son obvias. En resistencia, en musculatura, en desempeño competitivo. Quien llegara tarde a la competencia y buscara a Ernesto en la piscina, podría haberlo distinguido al comparar las estelas de agua que dejaban las patadas durante las competencias. La estela más leve era la suya. Al final de la tarde, incluso, ni estela había. Sus patadas había que buscarlas debajo del agua, mientras sus inhalaciones se prolongaban sobre ella y sus brazos caían como si fueran de plomo.

En ese punto del día, luego de al menos tres competencias y más de 400 metros nadados, impresiona la voluntad competitiva de Ernesto y su capacidad para animar a otros. Quienes son próximos a él no se sorprenden con su conducta y aunque esperan la cotidianidad, no dejan de conmoverse o, como Carla Archila, sienten que han podido compartir con alguien realmente especial.

Ella tiene 21 años. Mide aproximadamente un metro setenta de estatura. Rizos castaño oscuro. Ojos claros y piel blanca, levemente tostada por el sol del día y un dulce rostro. Nada desde los 6 años. Está en San Antonio desde antes de las siete y media de la mañana como parte del equipo Vikingos de Chacao. Al tiempo de estar en la competencia, ya Ernesto había llamado su atención. Nombrárselo es suavizar su tono de voz y sacarle una sonrisa.

—¡Él es increíble! —valora.

Fotografía de Roberto Mata

Ernesto ya ha participado en competencias de natación. Al ser un deporte de bajo impacto para las articulaciones del cuerpo, le resulta muy conveniente. Fotografía de Roberto Mata.

Esa conclusión se fue construyendo durante el día y se concretó durante la premiación del evento, cuando los rayos del sol se reflejaban en la piscina, iluminando de forma natural el complejo. El frío ya no estaba en el ambiente aunque algunos competidores todavía temblaban; Ernesto no.

Su desempeño se había cerrado bastante antes de lo que él imaginaba, a juzgar por la decepción que le produjo no participar en la última competencia de relevos. Sin embargo, sentado en los escalones que conectan la piscina con los vestuarios, aplaudía la premiación del resto de competidores. Carla, quien nunca antes había visto a Ernesto, lo notó y decidió entregarle la medalla que colgaba de su cuello, para luego agradecerle. Desde ese instante, el mal humor se volvió pasado. Ernesto comenzó a jugar con su medalla, a lucirla, como si fuera la energía que Carla reconoció en él y que siente que es capaz de compartir:

“Él me hizo esta competencia. La energía de este evento la hizo él. Me motivé mucho a nadar en esta competencia por él. Cada vez que salía de la piscina lo buscaba a él, porque sabía que él iba a estar aplaudiendo aunque lo hiciera mal. Él estaba ahí aplaudiendo a todos. ¡Y me encantó!”

Él, él, él.

Ninguno se olvidará del otro.

Quien nadó por una medalla encontró la voluntad como eje de vida; quien nadó por voluntad, encontró una medalla que premia su forma de vida.

Disciplina

Ernesto, quien hoy puede dar largas zancadas y correr, llegó a la Escuela de Tae-Kwond-Do Kwan Los Altos siendo un niño que arrastraba sus pies. Eugenio Márquez, su entrenador, recuerda a Helena con una cara “prácticamente triste”, luego de que su hijo no fuera aceptado en otras disciplinas. “Lo veían como un fenómeno. Los entrenadores no apostaban mucho por él”, recuerda Márquez, conocido de Elsa Pagua, madrina de Ernesto, y quien se lo sugirió a Helena.

Un diálogo despejó el panorama y, probablemente, alivió, si no borró, la tristeza en el rostro de Helena:

—¿Usted está viendo la discapacidad de él? —preguntó mamá.

—Sí, no importa. Para eso tenemos paciencia —respondió el entrenador.

La frase abrió puertas y desde entonces se forjó una relación muy próxima entre las partes, en la que es difícil precisar quién ha sido el principal beneficiado. Aunque en un primer momento había dudas sobre si la Escuela prosperaría, sigue en pie. Carece de una sede propia y no cuenta con apoyo gubernamental. No entrenan en un gimnasio de artes marciales, pero bajo el techo del Salón de Usos Múltiples del Complejo Deportivo de Los Salias se forman entre 60 y 70 jóvenes, con algún adulto entre ellos.

La primera persona a la que Eugenio Márquez entrenó en Los Salias fue a una niña pequeña. Ante la falta de otros alumnos, “muchas veces llegaba y decía: ¿arrancará o no arrancará?”. Y arrancó, con el norte de “ayudar a todo aquel que de verdad lo amerite, para sacar a los chamos de los vicios y que no estén en el ocio”. Márquez continúa:

“Nosotros no vemos a los alumnos como alumnos, los vemos como hijos, como familiares. Nosotros buscamos la manera de que si ese niño necesita hablar con alguien, pueda hacerlo con nosotros. Incluso, hemos trabajado con niños que tienen mala conducta, que los padres no pueden controlar y los traen acá pensando que acá puede drenar y aprender algo. Queremos ayudar a los niños a través del taekwondo, no que sea sólo una disciplina más”

A través del tiempo, la escuela ha sido invitada a distintas competencias locales y nacionales. Una de ellas fue el Festival de Tope que se produjo el 9 de junio de 2016 en el Polideportivo Daniel “Chino” Canónico, ubicado en la parroquia Macarao del municipio Libertador de Caracas.

La modernidad del espacio contrasta con el estancamiento que parece sufrir la zona que se atraviesa para llegar a él. Sí, se atraviesa, porque queda en el último rincón de la parroquia empotrada entre montañas y custodiado por el Ejército. Aunque no hay una playa cerca, Macarao se ve y se huele como si fuera un pueblo costeño, con pequeñas vías de tránsito, personas vistiendo bermudas cortas y franelas sin mangas y calzando sandalias.

Da la impresión de que el Poliderportivo, que cuenta con un estadio de grama artificial, tribuna, estacionamiento, gimnasio de usos múltiples, baños con agua [al menos esta vez] y una cantina, no es muy visitado por los habitantes próximos. Esto se puede intuir a partir de la asistencia del sábado 9 de julio de 2016, para el juego de béisbol entre la UCV y la UNEFA, ganado 6 a 2 por el primero: sólo algunos familiares y entendidos de la Liga Ascenso estaban observando el juego. Fue de entre ellos que surgió el comentario: “En este estadio se la pasaba jugando Chávez”.

No se puede dar por hecho, pero la marca del Presidente, los ojos que normalmente se ven sobre franelas y su nombre, están en distintos rincones del espacio. Sus ojos pintados con rojo también están en el gimnasio de paredes blancas donde Ernesto, junto a sus padres, espera para competir. También está Eugenio Márquez, vestido con franela y mono azul eléctrico, atento a los distintos discípulos que están presentes en la competencia.

Hay tres tatamis dispuestos para los combates. Ernesto competirá en el principal. Las decisiones de los jueces, la asesoría de los entrenadores, la euforia de los padres y las conversaciones entre acompañantes se mezclan con canciones de reguetón que musicalizan el soleado sábado.

La mayoría de los competidores son niños o jóvenes que dan sus primeros pasos en la adolescencia. Ernesto es uno de los mayores, cinturón azul, y el único en la categoría paraolímpica. Por eso no competirá de manera regular sino en modo exhibición, en dos combates; ambos, ante deportistas morenos, delgados de aproximadamente un metro ochenta de estatura, en plenitud de condiciones.

Globalmente, los combates parecen libres de tensión, bastante amistosos. Pero al reparar en cómo los asume Ernesto, es posible advertir cuánto le importan. Y le importan mucho. Entre pausas e intercambios de golpes, la tensión aumenta. No hay agresividad; sí mucha intensidad, mucha concentración. Con casco y peto rojos, no quita su mirada del peto azul de sus oponentes en cada combate, mientras sus adversarios ceden levemente en su defensa. Él aprovecha la concesión y busca el punto con obsesión, mientras Eugenio Márquez le grita “¡gira, gira, gira!” a ras de tatami, mientras su moreno rostro también se tensa.

Considerando sus condiciones, la petición parece exagerada. Sin embargo, se puede explicar desde el enfoque que le han dado a su caso, procurando que reciba el trato que se le da a los otros, que sea uno más, aunque todos sepan que no lo es; además, las patadas con giro valen dos puntos. Combate al fin, se trata también de vencer, de ganar.

Con el paso de los rounds el agotamiento se hace obvio, en sudor y en gestos, su rostro parece derretirse, aunque sólo sean tres rondas de un minuto y treinta segundos por combate. Su cara no tiene la frescura ni la ansiedad de los momentos previos a la pelea y los golpes que en un principio no producían mayor sonido al impactar en el adversario, ahora parecen casi una simulación, como si no llegara a haber contacto. Como en las otras disciplinas, su espíritu y actitud parecen querer más de lo que su cuerpo puede ofrecer. Cuando a la fatiga se suma las dificultades motoras, se entiende que la pelea se elevó hacia otra dimensión, se disputa en otro plano, y se descubre que el principal oponente de Ernesto pasa a ser él mismo. Su sonrisa tras el combate anuncia el ganador. Sin embargo, al principio del proceso de preparación física, no había tanta satisfacción como ahora.

Constancia

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Las primeras veces que Ernesto pisó los espacios del Centro Cultural y Deportivo de Los Salias lo hizo arrastrando sus pies. En la actualidad, se le puede ver corriendo por el lugar. Fotografía de Roberto Mata.

Casi todo lo relacionado con Ernesto está sujeto a largos períodos de tiempo de trabajo. Para volverse ese atleta reconocido en distintas competencias por adversarios, entrenadores y jueces y dejar de ser el niño que arrastraba los pies, fue necesario que su entrenamiento empezara por fortalecer sus extremidades inferiores. En ellos se podía ver a un joven rubio sentarse y levantarse, sentarse y levantarse, ante la mirada del entrenador. Eugenio Márquez recuerda que “todos los días era una pelea constante con él para que levantara la pierna, para que la despegara del piso. Fue un trabajo lento pero fructífero”.

A medida que su musculatura se iba fortaleciendo, el entrenador le pedía que acelerara, que se sentara y levantara más rápido, hasta que decidieron incorporar a la rutina las sentadillas. El incremento en la intensidad y cantidad de ejercicios era progresiva, se iba elevando a medida que el cuerpo de Ernesto fuera respondiendo, mientras en Eugenio Márquez comenzaban a registrarse las primeras lecciones de un proceso de retroalimentación entre ambos que se ha sostenido a través del tiempo: “Lo mío es trabajar con él, aprender de él, porque era la primera vez que yo trabajaba con una persona de sus condiciones”.

Aunque Márquez es exigente, cuando ve a Ernesto dar una patada debe recordar aquellos primeros momentos en los que colocaba su mano a una altura normalmente baja y le pedía que las tocara, primero con las rodillas y luego con el empeine de sus pies. La tarea que a simple vista parece sencilla, resultaba extenuante para un joven que nunca había realizado actividad física similar.

La línea de trabajo ascendente indicaba que a la dinámica con las piernas había que sumar ejercicios para la zona abdominal y lumbar, con la intención de fortalecer zonas importantes para la estabilidad y movilidad del cuerpo. Realizaba abdominales boca arriba, con la asistencia de un compañero que le sostenía las piernas para que no las moviera y el ejercicio mantuviera su complejidad, y abdominales inferiores, mediante la elevación de las piernas. A través de los meses, el cuerpo de Ernesto fue evolucionado y, poco a poco, él fue incorporándose a los entrenamientos de la escuela, con un objetivo propuesto por Márquez entre ejercicios: “Tienes que trazarte el reto de ser igual que ellos. Tú no eres diferente a ninguno; eres igual a todos los demás”.

Eso lo ha llevado a la práctica. No hay ejercicio prohibitivo. No hay exigencia ajustada a sus capacidades. Si sus patadas sólo alcanzan a superar la altura de las rodillas, sólo llegan hasta ahí. Si debe pararse a respirar, se para. Si una pena implica flexiones a modo de castigo, las hace.

Patadas y puños hacen sonar unos cojines rojos y azules sostenidos por los entrenadores o alumnos avanzados. En líneas generales, todos pegan con fuerza y a una altura superior a la de la cadera del maestro, salvo Ernesto. En la acción se vuelven obvias las diferencias físicas entre él y sus compañeros. Si no se mirara el entrenamiento, bastaría poner atención en el sonido del impacto para reconocer cuándo golpea Ernesto y cuándo lo hace el resto. El suyo es el más débil, en oposición a los fuertes gritos y arengas que realiza.

Si algunos boxeadores rugen al momento de pegar para intimidar al contrario, los taekwondistas amedrentan con el “kiap”, un “grito de combate” que acompaña a la pegada. En el caso de Ernesto, por sus limitaciones físicas y por ser el único del grupo que lo manifiesta, destaca más el “kiap” que la contundencia del golpe. Con Ernesto, no parece casualidad que “kiap” también represente un “espíritu de lucha”. En el fondo, ese espíritu es el que premian con los cambios de cinturones.

El Complejo Deportivo ha cedido uno de los salones donde normalmente se imparten clases de música para que la Escuela de Tae-Kwond-Do Kwan pueda realizar las pruebas para los cambios de cintas. Afuera llueve. Algunos niños dan sus primeras patadas en la piscina, mientras otros corren por distintos espacios vestidos de blanco. Taekwondistas.

Un tatami de colores azul y rojo está desplegado con láminas de goma espuma. La evaluación avanza con los niños más nóveles, portadores de cinturones blancos, amarillos o naranjas.

Lo primero que se evalúa es el conocimiento de los números en coreano, además de algunas letras o posturas. Luego se analizan los pumses o formas, que son una serie de movimientos que simbolizan el “combate de sombras”. Cada movimiento tiene un fin y un sentido. Si alguno falla o no se logra de manera adecuada, el otro se estropea. Los maestros, Márquez y Freddy Martínez, quienes están frente de los alumnos, evalúan cada detalle hasta el punto de exigir que deba repetirse determinado pumse. La exigencia se altera levemente en el caso de Ernesto.

Él aspira el cinturón marrón, ese que según la filosofía de la disciplina simboliza que el árbol ha crecido y comienza a dar sus primeros frutos. A su lado, un niño de 10 años aspira al mismo color. Ernesto responde algunas cuestiones con acierto, aunque su estado general parece de duda y nervio. En cuanto a las formas, todavía no memoriza lo suficiente el “combate de sombras”, aunque ya haya vencido otros fantasmas más íntimos.

Superada esta fase de la prueba, quedan pendientes los rompimientos.

Estallar globos golpeados por los más pequeños, o ver astillas desprendidas de tablas pateadas por alumnos próximos a los 20 años, parece un momento divertido. Se escuchan aplausos y se observan rostros sonrientes. Ya no llueve. Sin embargo, la dinámica tiene un objetivo. Con el choque de alguna parte del cuerpo con la tabla o el globo se procura fortalecer la zona con la que se impacta el objeto. Los más experimentados incluso logran rompimientos con maniobras en las que saltan a dos o tres alumnos hasta patear. Ernesto nunca ha roto una con sus pies. Fue con sus puños o alguna parte de sus brazos que rompió las que ahora reposan en su cuarto, y la que le ha permitido completar la evaluación para lograr el cinturón marrón.

En el acto, el maestro Martínez, quien formó parte de la escuela hasta hace poco de forma constante, le quita el antiguo cinturón azul para colocarle el marrón. Los rostros de niños, padres, familiares y acompañantes parecen conectados con el momento, tanto o más que el padre de Ernesto, quien desde una esquina, vistiendo una franela roja, se pasó la competencia sonriendo. Sólo parecía haber motivos para la alegría.

Corazón

Fotografía de Roberto Mata

Ernesto sufre arritmias cardíacas desde los 12 años. Su distrofia muscular progresiva lo vuelve propenso a sufrir un paro cardíaco. Fotografía de Roberto Mata.

Cuando supo que el miércoles 19 de octubre de 2016 le colocarían un desfibrilador a su corazón, se alegró. A partir de los 12 años manifestó arritmias cardíacas y hasta los 8 sufrió convulsiones arrítmicas. Desde hace meses la posibilidad se asomaba, pero no se concretaba por la falta de disponibilidad de equipos cedidos por el Ministerio para la Salud. A eso de las cuatro de la mañana está despierto en su cuarto de cortinas verdes el 19 de octubre. Su noche fue inquieta, quizá tanto como parece ahora en el piso 3 del Hospital Clínico Universitario de Caracas. Va y viene de un lugar a otro. Pregunta por las doctoras. Va y viene. Conversa con sus padres. Va y viene, hasta que se detiene.

La luz que ilumina la Unidad Audiovisual de Educación Cardiológica alcanza a rozar los zapatos grises y naranjas de Ernesto, de pie frente a la entrada de la Unidad, en el pasillo vinotinto de Medicina III. Ansioso, se asoma a la Unidad. Dentro, hay cuatro personas: tres de ellas, con batas blancas. Es ahí donde están estudiantes y médicos residentes del Hospital. De ahí sale la doctora Marilyn Ruiz, con quien se da un cariñoso abrazo, y también la doctora Francis Suárez, quien tiene pelo largo y negro y un rostro de notables pómulos.

“Pacientes que vienen para marcapasos”, dice una enfermera. Helena le entrega seis gorros, seis tapabocas, seis cubre botas, seis juegos de suturas, seis pares de guantes y el contraste para la cirugía. Los tuvo que comprar porque el Hospital no cuenta con esos insumos. Helena se queda con el mono de su hijo.

Son las 7:06 de la mañana. Está sentado en la cama de la habitación que le asignaron. Sus pies cuelgan y van de adelante hacia atrás, de adelante hacia atrás. Su mirada apunta hacia el piso. Y entonces se comienza a desvestir: se quita la franela deportiva naranja, un suéter marrón con la imagen de Daddy Yankee y dólares de fondo, un mono deportivo negro. Como le indicaron, sólo conserva sus interiores.

En esa habitación hay dos camas. Ernesto, ya cambiado, está acostado sobre la cama izquierda. Helena le habla: “Te vienen a agarrar la vía. Ni que fuera la primera vez”. Ernesto está cubierto por una fina sábana azul con flores moradas y naranjas. Dos enfermeras toman la vía y proceden a inyectarle antibióticos, en una sustancia que a distancia parece espesa y es blanca.

Los instantes previos a la cirugía pasan entre el silencio y los gritos de los vendedores ambulantes que se asoman por la puerta o pasan por el pasillo. En la habitación hay un lavamanos. La puerta trasera hacia el balcón está cubierta por una sábana azul. Los vidrios de las ventanas, como muchas áreas de este Hospital, están sucios. La vista desde la habitación da hacia un estacionamiento.

Afuera, en los pasillos, el ambiente luce sombrío, sobre todo si se entra a alguna de las alas donde reposan pacientes operados u hospitalizados. Doctores van y vienen, al igual que algunos estudiantes de medicina. Cerca de la habitación de Ernesto, hay un ascensor al que llaman a gritos, literalmente. El sistema eléctrico de llamados no funciona “¡Aquí en el piso 3!”. Hace un par de meses, en uno de los encuentros con los doctores, se pudo ver a un señor esperar durante aproximadamente 20 minutos para bajar una bomba de oxígeno por el ascensor.

Instantes antes de la cirugía, la doctora Francis Suárez revisa exámenes médicos, Holters. Y surge la pregunta:

—¿Él no ha perdido el conocimiento? —pregunta a Helena.

—Solamente se desvanece. Se marea y se va para el piso —responde mamá.

Hay algo de normalidad en el proceso, en la actitud que asumen los padres y su madrina Elsa. Las intervenciones quirúrgicas también son rutina. Lo vienen a buscar en una silla de ruedas con el asiento hecho de tela negra. Helena lo besa y luego su papá lo observa a la cara, a los ojos, y aunque no dice nada, sus mirada parece sugerir: “Pórtate bien. Sé valiente”.

En un cuarto llamado “Laboratorio de Electrofisiología y Marcapasos” y numerado con el 9, próximo al área de quirófano, se escuchan gaitas. Las colocan desde la misma computadora de escritorio donde está el informe médico de Ernesto Bastos. Su nombre también destaca en una pizarra acrílica donde se agenda a los distintos pacientes. Él es el primero de dos que pasarán hoy por el área de Cardiología. Entre la voz de Ricardo Aguirre cantando “La grey zuliana”, se filtran unos quejidos desde el pabellón. Ernesto ya está en él.

A su alrededor, hay enfermeras, instrumentistas, enfermeras de electrofisiología, técnicos de marcapasos, la residente Francis Suárez y los técnicos radiólogos, más el doctor Mauricio Rondón. Ocho personas pensando en el procedimiento que realizarán a una sola.  

El reloj que cuelga en una de las paredes indica que han pasado pocos minutos después de las ocho de la mañana. Está tan inquieto durante los primeros instantes de la cirugía que el doctor Rondón le advierte que si no se tranquiliza no podrá continuar con el procedimiento. La anestesia local comienza a hacer efecto. El dolor disminuye y Ernesto parece tranquilizarse. Lo cubren al menos tres lienzos de tela quirúrgica. Tiene una mascarilla de oxígeno y sólo un espacio de piel de cerca de 15 centímetros de radio queda al descubierto. Una herida de aproximadamente 8 centímetros ya está abierta muy cerca de la parte superior de su corazón.

A través de un intensificador de imagen se puede ver el procedimiento, que incluye las vías y ondas dirigidas hacia el corazón de Ernesto. Colocar un desfibrilador, coinciden los médicos, suele ser un proceso bastante rápido. En su caso, de acuerdo con el doctor Rondón, jefe de la Sección de Electrofisiología y Marcapasos, se requiere un desfibrilador ya que:

“Una de las manifestaciones de la distrofia muscular de Duchenne es que tiene una alteración de unas proteínas estructurales cardíacas, y esas proteínas estructurales cardíacas son capaces de generar arritmias malignas tipo taquicardias ventriculares o fibrilación ventricular, y son la causa de muerte súbita en esos pacientes”

A cinco o seis pasos de distancia sólo se ven la gasa llena de sangre y los guantes quirúrgicos obrando sobre Ernesto, mientras los doctores Rondón y Suárez intercambian comentarios en cuanto al procedimiento. Acercarse a aproximadamente un metro de distancia es observar a través de la herida un músculo. Es el pectoral. Sobre él, entre la parte superior del corazón y la clavícula, van colocando el desfibrilador. Ese aparato, de gris plomo, como de 10 centímetros de ancho y otros de largo, casi rectangular, no condicionará su vida. Tampoco le ofrece ventajas sobre otras personas, pero sí podría salvarle de que una arritmia maligna obligue a su corazón a detenerse porque lo protege de éstas. La negra sutura da por concluido el proceso.

Tras salir del área de quirófano por la puerta de madera número 22, quien camina debe dar al menos 33 pasos para llegar a la habitación donde Ernesto comenzará a recuperarse. Mientras su hijo, todavía adormecido, rueda sobre la camilla en dirección a la habitación, mamá y papá conversan con el doctor Rondón, quien les entrega el informe médico. Cuando Helena ve a su hijo, toma su mano y sonríe.

Hay silencio y tranquilidad en la habitación. Él está cubierto por una sábana de tela gruesa. Aproximadamente treinta minutos después de la cirugía, la doctora Suárez, la principal ejecutora del procedimiento, pasa a chequear cómo está el paciente.

—¿Qué pasó que estás así tan callado? —pregunta la doctora.

Ernesto hace gestos y se refiere al dolor que siente. La doctora le explica: “Eso duele porque es una herida. Más bien te portaste como un hombre grande y fuerte”. No deja de ser curioso que lo trate como un niño, aunque ya sea un adulto. Pasa el tiempo y ya no luce inquieto ni ansioso. Sólo intenta dormir. Su respiración es lenta, pero constante. Su cabeza reposa sobre su muñeca derecha y su brazo izquierdo, a veces tendido y otras veces recogido, como haciendo una “ele”, se mueve poco. De ese lado del cuerpo está el desfibrilador que le acaban de poner. De ese lado está la herida. De ese lado está la mayor parte del dolor. Su corazón ahora está acompañado de dos electrodos, uno en la aurícula derecha y otro en ventrículo derecho, donde el electrodo es de alto voltaje.

“Ya me siento un poquito mejor”, se entiende con dificultad, mientras gira su mano derecha de un lado a otro, como si con ella quisiera decir “más o menos”. “Vamos a ver si ya se le quitaron las ganas de llorar”, dice el doctor Mauricio Rondón, mientras entra a la habitación. Le acompaña la doctora Francis. Son las 10:10 de la mañana, ha pasado aproximadamente una hora desde que culminó la cirugía y media desde el primer chequeo médico.

Instantes antes de la visita de los doctores, dos enfermeras llevaban en una camilla a una señora mayor. Era la segunda paciente de quirófano dispuesta para hoy. Sólo le cambiaron el dispositivo. Eventualmente, a Ernesto también se lo cambiarán. El reloj se acerca a las once de la mañana. Su color de piel comienza a recuperar matices. La palidez que tenía en el quirófano, instantes después de que terminaran de suturar la herida, y la lágrima que tenía en su ojo izquierdo, se van quedando en el pasado.

Hoy, o cualquier día, es difícil sacarle comentarios extensos a Ernesto, más si se toca su parte emocional. Cuando esto ocurre, le gana la timidez, su rostro se ruboriza y sugiere infinidad de emociones que quizá no sea capaz de nombrar, pero que siente de forma intensa. Lo que no dicen con palabras lo dice con sonrisas y miradas, una cualidad que quizá heredó de su padre, aunque pasa que a veces vence esa timidez cuando se le consulta sobre su mamá: “La quiero mucho”. No dice más como quien sabe que lo ha dicho todo.

Fotografía de Roberto Mata

Meses después de la cirugía, la calidad de vida de Ernesto ha mejorado y su rendimiento deportivo se ha incrementado. Fotografía de Roberto Mata.

Para papá y mamá es probable que todo se resuma en él. Luego de decir que su mayor miedo “es que uno le falte”, a Helena parece que se le hace un nudo en la garganta. Su padre no debe estar muy lejos de ese temor, a juzgar por cómo disfruta de las emociones de su hijo. Su hijo es su inquietud y, en especial, su alegría. Sobre todo al notar que el esfuerzo y los sacrificios dan resultados.

Cuatro meses después de la cirugía, Ernesto no se ha vuelto a quejar de dolores en la cabeza, ya nada 50 metros sin detenerse y participa en carreras que puede terminar a paso de trote.

A ese tipo de mejoras aparentemente simples pero impactantes en la vida de Ernesto, apostaban al dejar el Hospital Clínico Universitario. Ese día no se escuchaban quejas más allá de la incomodidad producto de la cirugía y de que los padres hacían de muletas, como lo han hecho durante toda su vida desde que su hijo nació: a través del tiempo, el dolor y el llanto han sido desplazados por la risa y la euforia. Su hijo estaba vestido con una camiseta de los Leones del Caracas. Siempre quiso jugar un partido de béisbol.

Nicolás Cardona: “En el Rally Dakar hay que aprender a sufrir”; por Nolan Rada Galindo

Hay fotografías del Rally Dakar que parecen sacadas de la película Mad Max: Furia en el camino antes que de una competencia deportiva. Sujetos, solos o acompañados, atraviesan a motor inmensos parajes, donde parece más difícil resistir la tentación de detenerse a observar antes que seguir conduciendo un cuadriciclo, un camión, un vehículo o una moto,

Por Nolan Rada Galindo | 13 de febrero, 2017
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Fotografía de Gustavo Epifanio

Hay fotografías del Rally Dakar que parecen sacadas de la película Mad Max: Furia en el camino antes que de una competencia deportiva. Sujetos, solos o acompañados, atraviesan a motor inmensos parajes, donde parece más difícil resistir la tentación de detenerse a observar antes que seguir conduciendo un cuadriciclo, un camión, un vehículo o una moto, los medios de competencia que permite la organización. Como en “Mad Max”, quienes conducen por más de 8.000 kilómetros parecen estar buscando algo que les resulta esquivo nombrar o reconocer, quizá sólo huyen del fantasma del aburrimiento mediante una de las formas más extremas que existen o, como Nicolás Cardona, único venezolano en participar, van en moto a vivir un sueño.

Ese objetivo ya lo ha llevado en cuatro oportunidades a Argentina, donde habitan algunos familiares y se produce esta entrevista, a pocas horas de que deje el país. Contactar a Cardona es aproximarse levemente a la experiencia Dakar, cuando advierte que está descompensado y que por eso no se produjo antes de las ocho de la noche el encuentro. La lluvia ha desplazado el calor del verano en Buenos Aires. Cualquier lugar es bueno para conversar ante la amenaza de terminar empapado. En una extensa mesa de madera del Starbucks del Centro Comercial Alto Palermo se realiza la entrevista. No hay café ni comida de por medio: el emigrante no se puede permitir lujos y a Nicolás Cardona lo esperan para cenar. El cansancio es obvio en su rostro, que sólo se ilumina cuando habla del Rally Dakar, la mítica competencia que empezó a seguir hace aproximadamente 10 años:

“La revista española Moto verde tenía buenos reportajes; siempre los enfocaba en el Dakar. Yo los veía con gran asombro. Me parecía impresionante. Los pilotos. La aventura. Ahora, de camino para acá, venía en el carro pensando eso: lo veía y ahora he competido en cuatro, y los cuatro los he terminado. Increíble. Una gran satisfacción. Estar en un Dakar era como un tope”

Fue en 2011 cuando Cardona comenzó a orientar su carrera hacia el Dakar, tras apartarse de las competencias de enduro y hacer un curso de navegación para afrontar la modalidad de rally:

“En la historia de Venezuela ningún motociclista venezolano lo había hecho. Gustavo Querales, Rafael Erazo y yo creamos un equipo, Team Rally Venezuela, y nos preparamos. El Dakar era algo peligroso, difícil. Estuvimos preparándonos. Un año buscando sponsors. Todo, para poder cumplir nuestro sueño, el Dakar, la aventura más grande”

Gustavo Querales, quien es una de las personas que lo espera para cenar, advertía antes de la entrevista que el Dakar “¡es una locura!”. A la confesión le siguió la sonrisa de quien sabe que ha hecho algo peligroso y, a la vez, de alguna manera, divertido.

¿Qué cambió en la preparación física y mental para afrontar el Dakar, en relación con los mundiales de enduro?
Fue un cambio duro. Estábamos preparándonos para lo peor. No hay manera específica de prepararte para el Dakar. No puedes entrenar el cuerpo a no comer, a que hoy hacen menos cinco, menos diez grados y mañana hacen sesenta grados de temperatura en Argentina. Se trabaja sobre todo la parte mental. Para esta edición, me preparé en Mérida para afrontar de mejor manera las etapas en Bolivia. Fueron veinte días haciendo entrenamiento de altura profesional.

Fue en Mérida donde Cardona, para esta edición, acostumbró a su cuerpo a no desayunar o a sólo ingerir en las mañanas una merengada con bastantes proteínas: “Algo que fuera fácil de digerir para que el cuerpo no gastara tanta energía haciendo la digestión y así no me pegara tanto la altura”. Tanta energía. Cada voltio cuenta: el Dakar vuelve el cuerpo una máquina que puede comenzar a trabajar desde las tres o cuatro de la mañana, con sólo tres o cuatro horas de descanso.

¿En qué consistieron esos días de entrenamiento en Mérida?
Me preparé con Pedro Luis Rivero, quien debe ser el único venezolano graduado en Ciencias del Deporte en Polonia, magister, y un preparador olímpico. Me paraba temprano. Me tomaba la merengada y salía a entrenar a las siete de la mañana. Entrenaba dos veces al día: de siete a nueve, me quedaba tranquilo, hacía una merienda, almorzaba en la tarde, y volvía entrenar desde las cuatro hasta las seis de la tarde.

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Fotografía de Gustavo Epifanio

Ese entrenamiento no sólo consistió en estar sobre una moto. También estuvo presente la preparación con una bicicleta y el tracking por los páramos merideños, desarrollando el área cardiovascular, entre otras posibilidades. Cuando volvía a la moto, podía haber jornadas en que estuviera sobre ella durante ocho o nueve horas seguidas:

“Ese día me paraba en la mañana y no comía más hasta regresar. En moto entrenaba por todos lados. Llegué hasta los cuatro mil seiscientos metros de altura sobre el nivel del mar. Traté de buscar las partes más altas, más exigentes, para forzar el cuerpo a la falta de oxígeno para que no me pegara tanto en la competencia”

Para la recuperación del cuerpo, se servía de los recursos naturales y la infraestructura que le ofrecían los espacios del Parque Eco Wild, con sesiones de 15 minutos de crioterapia con la helada agua de ríos próximos. Cuando no había ruedas de por medio ni rutas inclinadas, trotaba en las canchas del parque, “un lugar perfecto porque está sobre los 3.000 metros de altura”. Ahí coincidió con la Selección Venezolana de Fútbol Sub 20 que se preparaba para el Sudamericano de la categoría en Ecuador. El encuentro le permitió recibir asesoría de parte Jeremías Álvarez, coach motivacional de la Selección. El presente del deporte de alta competencia invita a pensar que este tipo de contactos con profesionales de otras áreas son bastante frecuentes para Cardona, que le acompaña un equipo multidisciplinario. Pero no. Sólo le acompañaron directamente en el proceso el entrenador Pedro Luis Rivero, y el personal del equipo Pedrega Racing, conformado por un team manager y dos mecánicos.

¿Cómo te alimentaste durante la carrera?
Básicamente, con gomitas energéticas, PowerGel, barras de proteína, granola, frutos secos. Cosas fáciles de digerir. No hay mucho tiempo para comer.

Al hablar sobre la tercera etapa, esa pasada por altas temperatura de calor, lluvia y nieve, Cardona parece restarle importancia al hecho de que vivió todo eso durante las doce horas que estuvo sobre su moto. No parece falsa modestia, sino la comprensión de que a ese tipo de retos se expone quien entra al Dakar:

“Salimos de Argentina con mucho calor. Luego pasamos a cuatro mil novecientos metros de altura. Nos cayó nieve, nos cayó granizo. Fue súper fuerte. En las tres ediciones anteriores no me había pasado nada similar. Nunca. No veníamos preparado para el frío porque veníamos del calor. Venía un cruce en la parte alta de la montaña, pero jamás nos íbamos a imaginar que todo el camino se iba a poner blanco, que habría nieve, granizo, barro. Una etapa muy completa. Eso es parte del Dakar”

Remata, sin advertir que se le escapa una leve sonrisa en el rostro.

¿Cómo se mantiene la concentración en ese tipo de contextos?
Uno está enfocado en la carrera. Uno va sorteando las dificultades que se te presenten. No te puedes dejar llevar, debilitar ni nada. La fortaleza mental es muy importante en una competencia como el Dakar.

Ésa, la fortaleza mental, Cardona no tiene muy claro cómo la ha desarrollado. Por su mente parece no pasar un psicólogo, un método, una manera de afrontar la competencia desde la ciencia. Sólo se refiere a experiencias, las acumuladas en 27 años de carrera competitiva, o las de algunos amigos de profesión, algún libro que le recomiendan, como La guerra del arte de Steven Pressfield, sugerencia del coach motivacional de la Sub 20 y que lee en su teléfono inteligente, o los mensajes motivacionales que busca en Internet. Poco más. “No sé si será que tengo un don. Hay que aprender a sufrir”.

¿Cómo se aprende a sufrir?
La pasión y las ganas que tienes por llegar te hacen aguantar cualquier tipo de dolor, de sufrimiento. El Dakar es un sufrimiento.

¿Cuáles dolores experimentaste en el Rally Dakar?
Te duelen las manos, las piernas. La fatiga por sostener el volante de la moto tan duro, porque se va a mucha velocidad. Tensión. A veces dolor de estómago. Sueño, porque duermes poco, tres o cuatro horas al día. Te paras en la madrugada. La mente piensa mucho. Y uno va mentalizándose.

¿Y qué pasa por tu mente cuando estás en carrera?
Que tengo que estar concentrado cien por ciento porque puede ser peligroso. Me motiva llegar a la meta.

¿Cómo se asume la noticia de un accidente o un fallecimiento durante la competencia?
Uno se achicopala. Sé que eso también me puede pasar, porque estoy sometido a esos riesgos durante la carrera. Pero no hay que dejar que te invada. Se piensa en el momento, y ya luego uno se concentra en la carrera porque un error puede ser peligroso.

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Fotografía de José Mário Dias

¿Cómo es el proceso de recuperación física?
Llegas tarde. Tratas de comer, marcar la ruta del día siguiente y tratar de dormir el mayor tiempo posible para descansar. Es poco.

Parece simple pero delicado, entre el agotamiento y la comida se produce un punto clave de la competencia. Marcar la ruta le permite al piloto señalar en el libro de ruta las curvas, los peligros, las referencias necesarias del camino. El proceso, al menos en el caso de Nicolás Cardona, puede durar hasta dos horas. Los peligros los resalta con un marcador rojo fluorescente; el verde lo usa para las curvas; los controles de velocidad, con anaranjado.

Los motociclistas están más expuestos que los conductores de las otras modalidades. ¿Cómo se convive con ese riesgo?
Este fue el deporte que yo escogí. En las motos es más duro porque siempre salen más temprano que los carros. En la moto pasas frío, pasas calor, llueve y te mojas. En cambio, los carros van protegidos. Puede pasarles algo, pero es difícil porque van muy bien resguardados. Son dos. Pueden ir hablando en los enlaces. El piloto de moto no; es el que está más expuesto.

¿Qué concepto tienes de soledad?
Trato de vivir todas las experiencias, ser consciente de que estoy en el Dakar, cuando me veo solo en esos parajes. Nunca estás solo en el Dakar. Siempre está el helicóptero, hay pilotos atrás. Uno disfruta lo que hace, ve esos paisajes cuando tiene un poquito de tiempo y le parece increíble donde está. A veces da chance de ver algo. Es increíble.

Esos breves espacios de observación se pueden producir a 90 o 100 kilómetros por hora, la velocidad promedio en las etapas. Aunque a veces puede alcanzar 174 kilómetros por hora, dependiendo de la superficie. Cardona considera que las etapas más complejas, en especial donde hace mucho calor y los caminos son duros, son en las que mejor rendimiento ofrece. “No sé por qué. Por mi constancia, mi manejo… Es algo que me caracteriza. Cuando se ponen las cosas más difíciles, voy mejor”.

La entrevista se acerca al final. La grabadora hace obvio el hecho para dos argentinas que conversan al otro lado de la mesa. Al ver los sellos de la cacheta roja de Nicolás Cardona y escucharlo, intercambian comentarios entre ellas y algo de fascinación se advierte en los ojos de una rubia que volteaba frecuentemente a mirarlo, mientras sostenían lo que parecía ser una reunión de trabajo. Cardona se mantiene sereno en todo momento, incluso cuando recuerda que estuvo a segundos de lograr el subcampeonato en la Categoría Maratón, y que no lo logró por un descuido de un señor durante uno de los chequeos. “Iba segundo y hubo un error en el último control de paso. Al señor se le cayó el sello con el que marcan la tarjeta y ahí perdí unos segundos. Casualidad, perdí el segundo lugar por cuatro segundos. Puse el reclamo. Pero  dijeron que nada más perdí dos. Son cosas que pasan”.

¿Cuál fue la etapa más complicada?
Todas las Etapas fueron duras. La más complicada fue aquella saliendo de la Etapa Maratón, que ya teníamos dos días sin asistencia. La Etapa 8 entre Uyuni y Salta. Venía de la Etapa Maratón que fue La Paz-Uyuni. Nos desviaron por el deslave. Fueron mil doscientos kilómetros en la moto. Dieciocho horas montado en la moto sin parar. Luego, llegar de madrugada, dormir en el suelo porque no había llegado la asistencia, sin bañarte. Fue duro.

¿El Rally Dakar es un reto deportivo o personal?
Las dos cosas. Cuando lo terminas una vez, ya no es un reto personal, porque lo lograste. Entonces, pasa a ser un reto deportivo para buscar siempre mejorar tus posiciones.

¿Qué ha cambiado en Nicolás Cardona desde la primera participación en 2013 hasta ésta?
Creo que he madurado. Estoy más acostumbrado. No me pega tanto la presión porque sé a lo que me voy a enfrentar. Cada vez me siento mejor.

Quien comenzara a manejar una moto a los cuatro años en la urbanización Almariera de Cabudare, estado Lara, está a pocas horas de tomar un vuelo. Lo hará a las cinco de la mañana, probablemente sin recuperar ni la mitad de lo exigido física y mentalmente por la competencia, pero con la satisfacción de haberla terminado en el vigésimo séptimo puesto en la clasificación general sobre una moto KTM de 170 kilos de peso, y que hacen de forma exclusiva a algunos pilotos del Dakar, veinte en total.

Cuando cruzó solo la meta, en el acto de clausura en la sede del Automóvil Club Argentino (ACA), ubicada en Recoleta, inmediatamente sintió el respaldo de varios venezolanos que se acercaron al cierre del evento el sábado 14 de enero de 2017 y sus ojos se aguaron. Quién sabe si en esos breves instantes de satisfacción recordó su primera moto, una Yamaha Pigui 50, el esfuerzo de su familia, que vendió un carro, u organizar vacas familiares cuando el pequeño Nicolás necesitaba algo para competir, o revivió aquellas vacaciones en el Crossodromo Elías Coelho en Nirgua, donde aprendió a hacer los cambios de velocidad.

“Desde que me monté en la primera moto no me he bajado”. La frase le sirve para resumir su paso por el motocrós y el enduro hasta llegar al rally. Para sintetizar las tardes en las que entrenaba en un terreno baldío cerca de su casa, al que su papá, Gustavo Cardona, le construyó un pista donde pasaba sus tardes luego de hacer las tareas, cuando no se perdía pedaleando sobre una bicicleta. Atrás parecen quedar 12 mundiales de enduro, que es capaz de nombrar uno por uno, medallas de oro, plata, bronce, un campeonato latinoamericano en 2002 y los viajes que realizó a partir de 2011 a Egipto, Abu Dabi, Catar, Cerdeña y Marruecos para competir en distintos campeonatos como parte de la preparación para participar en el Rally Dakar 2013: el primero. Desde entonces, salvo la edición de 2015 a la que no pudo asistir por falta de patrocinio, Nicolás Cardona no ha faltado a ningún Rally Dakar e, incluso, en 2014, logró el campeonato en la categoría maratón.

Cuando alguien ha hecho de una motocicleta parte de su forma de vida resulta extraño verlo caminar.

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El impacto de Adalberto Peñaranda en Málaga (y en la Vinotinto); por Nolan Rada Galindo

Desde el 5 de enero de 2017, Málaga tiene a préstamo un futbolista que anhelaba desde hace dos años: Adalberto Peñaranda. Durante su presentación, Francesc Arnau, director deportivo del equipo, expresó: “Esperamos disfrutar de él y que él pueda disfrutar de nosotros. Esto es una simbiosis que tenemos que hacer que funcione”. El uso de

Por Nolan Rada Galindo | 14 de enero, 2017
Fotografía tomada de la cuenta oficial de Peñaranda

Fotografía tomada de la cuenta oficial de Adalberto Peñaranda

Desde el 5 de enero de 2017, Málaga tiene a préstamo un futbolista que anhelaba desde hace dos años: Adalberto Peñaranda. Durante su presentación, Francesc Arnau, director deportivo del equipo, expresó: “Esperamos disfrutar de él y que él pueda disfrutar de nosotros. Esto es una simbiosis que tenemos que hacer que funcione”. El uso de la palabra “simbiosis” puede que haya sido intencional. Peñaranda reúne cualidades para ser un futbolista vital en proyectos deportivos de nivel medio. Sobre todo en la Liga Española, campeonato en el que ya demostró con el Granada Club de Fútbol que puede competir.

En Granada dejó cinco goles, incluido el que lo convirtió en el extranjero más joven en anotar en la Primera División de España. Sin embargo, su buen debut no pasó únicamente por la cantidad de goles que logró. Destacó por lo largo de su zancada, algunos sutiles toques destinados a la orientación del balón, su base táctica y lectura del partido. Sin manejar a la perfección lo anterior, al ser un futbolista de sólo 19 años, resaltó por poseer herramientas para influir en los partidos. Málaga necesita de ese tipo de futbolistas para que puedan juntarse con talentos como el de Juanpi Añor. La posibilidad de unir a los dos futbolistas venezolanos con más proyección en la actualidad hace del préstamo de Peñaranda una incorporación de impacto para su equipo y para la Selección de Fútbol de Venezuela, la Vinotinto.

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De izquierda a derecha: Juanpi Añor, Adalberto Peñaranda y Tomás Rincón (recientemente fichado por Juventus de Turín). Fotografía de Prensa de la Selección Venezolana de Fútbol

El proyecto de Rafael Dudamel, director técnico de la Vinotinto, pasa por la figura de Adalberto Peñaranda. Basta repasar ruedas de prensa para advertir cuánto lo protege y observar algunos partidos de la selección para notar que es una pieza clave dentro del sistema y del funcionamiento del equipo, aunque no estuviera jugando muchos minutos a finales de 2016 en el Udinese de Italia. En la Selección de Fútbol de Venezuela, la fe en Peñaranda es ciega. Su llegada a un equipo que puede ofrecerle minutos debe entenderse como un alivio para el presente y un motivo de ilusión para el futuro en el fútbol venezolano.

En Málaga están otros dos futbolistas que tienen peso y proyección en la Vinotino: Roberto Rosales y Mikel Villanueva. Peñaranda estará en un equipo que lo quería, con compañeros que pueden facilitar su adaptación y rendimiento. El hecho de que cuatro jugadores de un mismo país convivan constantemente en un equipo suele ser beneficioso para su selección. En especial, si pueden complementarse, como es el caso de Peñaranda y Añor.

Los motivos que invitan a pensar que ellos pueden volverse una pareja poderosa parten de la ubicación de ambos en el campo. Mientras Peñaranda suele partir desde la izquierda, Añor lo hace desde el lado derecho. Su natural tendencia de ir hacia adentro, hacia el centro del campo, sugiere que no serán pocos los tramos de juego en los que se asocien. Juegan a pie cambiado, pero eventualmente pueden alternar posiciones. Esa movilidad y facilidad de adaptación a distintas posiciones es un valor agregado para cualquier equipo.

Incluso sus diferencias los potencian. Juanpi es un jugador que necesita la pelota para influir en los partidos. Su estilo de juego estriba en conseguir espacios por donde filtrar la pelota, o grietas en la defensa que le permiten colarse en distancias cortas. No es un jugador destinado a hacer largos traslados de pelota desde el mediocampo. Adalberto, en cambio, es capaz de imponerse a sus rivales sin balón, con base en su físico de metro ochenta y tres de estatura y su larga zancada. Puede ganar espacios por velocidad y por cuerpeo. Juanpi aporta la pausa y da sentido a las jugadas; Peñaranda es vértigo, regate y potencia. En transiciones defensa-ataque es posible que sus recursos alcancen su cima, cuando no la logren a través de sus buenos recursos técnicos.

Jugando para Venezuela, ambos han expuesto parte del recorrido de la cancha que pueden ofrecer jugando en zonas bajas del mediocampo. Esto facilita la estructuración de otro tipo de ofensivas, en especial durante las transiciones defensa-ataque. No será descabellado ver en Málaga algo que ya se ha visto en la Vinotinto: Juanpi subiendo la pelota por un lado, mientras Peñaranda, en otra zona del campo, inicia una carrera con la finalidad de recibir el balón en un área distinta a donde comenzó la jugada.

Una vez en campo rival, sin transiciones rápidas, Añor es bueno protegiendo la pelota y Peñaranda atacando los espacios. Con Juanpi se facilita el posicionamiento en campo contrario, la defensa con la pelota y la posesión del balón. Si ambos logran hallar continuidad en su juego, la posibilidad de que algo de eso se traslade a la Vinotinto puede ser clave de cara a los próximos partidos del Premundial Rusia 2018. Los funcionamientos no pueden calcarse de un equipo a otro, pero sí pueden establecerse condiciones para facilitar su expresión.

Tras la renuncia de Juande Ramos, técnico español con el que Málaga inició la temporada, y la llegada de Marcelo Romero, de momento no hay muchos apuntes tácticos que desarrollar. Romero sólo ha dirigido un partido (derrota contra el Celta de Vigo) del que no pueden sacarse conclusiones a mediano plazo de cara al sistema y el funcionamiento del equipo. En ese encuentro, Juanpi no fue titular y Peñaranda, por no tener el permiso para jugar, lo vio desde la grada. Sin embargo, si ambos futbolistas son capaces de convencer al nuevo entrenador y éste los nutre de herramientas para que puedan explotar su talento, podrían apropiarse futbolísticamente del equipo.

El lunes 16 de enero, contra la Real Sociedad, es una oportunidad.

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Tomás Rincón, un venezolano en la Juventus; por Nolan Rada

El 29 de diciembre de 2016, Juventus, actual líder del campeonato de primera división de Italia, compartió imágenes en su cuenta oficial de Twitter donde se observa al futbolista venezolano Tomás Rincón durante pruebas médicas en la ciudad de Turín. “Le visite di Tomas #Rincon sono terminate” (las visitas de Tomás Rincón terminaron), se informó

Por Nolan Rada Galindo | 29 de diciembre, 2016
Fotografía tomada de la cuenta oficial en Twitter de la Juventus de Turín

Fotografía tomada de la cuenta oficial en Twitter de la Juventus de Turín

El 29 de diciembre de 2016, Juventus, actual líder del campeonato de primera división de Italia, compartió imágenes en su cuenta oficial de Twitter donde se observa al futbolista venezolano Tomás Rincón durante pruebas médicas en la ciudad de Turín. “Le visite di Tomas #Rincon sono terminate” (las visitas de Tomás Rincón terminaron), se informó en una de las fotos. Tomás Rincón se integrará a Juventus de Turín luego de concretarse un acuerdo con el equipo italiano Genoa, equipo con el que Rincón estaba jugando el campeonato italiano. En este acuerdo se cede al futbolista venezolano por lo que resta de temporada 2016-2017 a cambio de dos millones de euros y se establece una opción de compra al final de temporada, según han informado distintos medios internacionales.

El préstamo convierte a Tomás Rincón en el primer venezolano que da un verdadero salto hacia la élite competitiva europea. Los logros de Juventus explican su prestigio: 32 campeonatos de Serie A, el equipo más ganador de Italia; dos Copas de Europa y 3 Copas de la UEFA. De ahora en adelante, Rincón no sólo jugará en una liga importante, lo que empezó a hacer cuando jugó en Alemania con el Hamburgo. Esto es algo más. Tomás Rincón va a jugar en un equipo donde la norma no es sólo competir: se trata de trascender.

El caso de Rincón ilustra algunos aspectos interesantes sobre la formación de los futbolistas. Soccer Data Venezuela aporta un dato clave: es uno de los seis futbolistas venezolanos que completó el ciclo formativo a nivel de selecciones, pasando por la Sub 15, Sub 17, Sub 20 hasta llegar a la selección absoluta en la que actualmente es capitán. Más allá de lo alarmante que resulta que sólo seis jugadores lo hayan logrado, el registro dice mucho sobre la regularidad futbolística de Rincón.

Las categorías inferiores son un sistema para establecer igualdad competitiva entre las edades y un escalón formativo para el futbolista. Esto no es una cuestión menor. En esos niveles, el jugador suma aspectos técnicos y tácticos, a la vez que se desarrolla como individuo. No se trata sólo de respetar los lapsos de formación física, sino también los técnicos y psicológicos, para que pueda responder a los contextos deportivos y culturales que podría enfrentar.

Rincón llega a uno de los equipos más fuertes de Europa. La duración del vínculo consistirá en cuán bien logre entender y desempeñar el rol que se le asigne dentro del equipo. Así, podrá aspirar a objetivos inmediatos como tener más minutos de juego, en caso de que no sea titular, o lograr desplegar su estilo a través del equipo, ser influyente y no sólo partícipe.

¿Su cambio de equipo puede influir en la Vinotinto? 

Inmediatamente, sobre el campo, es posible que no. Incluso, en caso de no jugar con regularidad, podría afectar su rendimiento en la selección. Sin embargo, su nueva etapa suma a un largo proceso de valorización del futbolista venezolano en los mercados internacionales. Además, nutrirse de la estabilidad y fortaleza mental de Juventus, de sus compañeros, mejorando en el entendimiento del juego y desarrollando consciencia de que el fútbol genera distintos escenarios en los que no hay que perder la cabeza, podría hacerlo un mejor futbolista. Si luego es capaz de transmitir esa serenidad a sus compañeros de Venezuela, a quienes les cuesta levantar cabeza en escenarios adversos, el salto individual que ha dado Rincón comenzará a tener real influencia en la selección de Venezuela.

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El camino de Stefany Hernández hacia la madurez; por Nolan Rada Galindo

En Gran Bretaña se suele decir que quien pasa mucho tiempo en Piccadily Circus se encontrará con todas las personas que conoce. En un espacio dominado por los vehículos a motor, debió extrañar que alguien se trasladara sobre un monopatín negro marca Air Walk sobre las diez de la noche el 11 de agosto de

Por Nolan Rada Galindo | 26 de diciembre, 2016
Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic

Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic

En Gran Bretaña se suele decir que quien pasa mucho tiempo en Piccadily Circus se encontrará con todas las personas que conoce. En un espacio dominado por los vehículos a motor, debió extrañar que alguien se trasladara sobre un monopatín negro marca Air Walk sobre las diez de la noche el 11 de agosto de 2012. Era la venezolana Stefany Hernández, campeona internacional de BMX. Venía de la Villa Olímpica para iniciar en el Eros de Piccadily Circus una noche de desahogo tras la frustración por ser eliminada en las semifinales del BMX de los Juegos Olímpicos Londres 2012 el 10 de agosto.

En el sitio se genera un incesante tránsito de turistas y británicos a pie, en carros particulares o transporte, como los famosos autobuses de dos pisos. Piccadily Circus parece que nunca se apaga, parece que entre tiendas, el teatro y sitios nocturnos siempre ofrece un espacio al cual asistir. Entre placeres y distracciones, la tentación en Piccadily no es encontrar rostros familiares sino extraviar el propio. Y eso hizo Stefany.

Por calles como las de Soho y el centro de Londres se le pudo ver aquel día, hasta que su paso se detuvo en una discoteca —hay versiones que dicen que fueron dos; ella recuerda sólo una—, un lugar de música latina al que luego llegaría un grupo de periodistas venezolanos. La compañía bailaba salsa mientras ella observaba porque no sabe bailarla. “Pero agarré el micrófono y comencé a hablar. Con dos cervezas, estaba prendida. Obviamente, en entrenamiento tenía tiempo sin tomar y con dos cervezas…”.

Esa noche que comenzó sobre las ruedas del monopatín plegable que llevó desde Suiza porque en Londres “no quería caminar”, entre bebidas, música y caminatas, terminó aproximadamente a las cinco de las mañana en un episodio en el que Stefany se puso a llorar, “y me dijo que ella no podía con esto, que era mucho joderse para nada y que capaz no iba a seguir (en el BMX)”, como recuerda Juan José Sayago, amigo y actual Jefe de Medios de Comunicación de Stefany. En ese momento, todo era contrariedad para ella:

“El deporte no me aportaba nada: tanto que uno hace y las cosas no salen como uno espera. Desde ahí se desencadenaron una serie de hechos y decisiones incorrectas que me tuvieron perdida durante seis meses”

Comercios caraqueños como Dogout en el Hotel Alba, donde comía ceviche, tomaba cerveza y whiskey, y el restaurante Ganadero Grill en el Centro Comercial Ciudad Tamanaco solían ser frecuentados por Stefany:

“Quería darle un vuelco completo a mi vida. Esos días eran una locura. Una locura. Ni me importaba mi vida […]. Yo fui demasiado, demasiado acaba trapos. Siempre he querido ser la número uno en todo”

En Caracas, iba al volante de una camioneta Grand Cherokee plateada que le prestó uno de sus tíos. La aguja de aceleración del vehículo podía ser llevada hasta marcar los 180 kilómetros por hora y además “comía como una gorda”. La esperanza olímpica de Venezuela había pasado de recorrer pistas de bicicross a construir, entre locales y calles, la dinámica perfecta para acabar con su carrera.

El fracaso en Londres 2012 no fue común, caló hondo. Previo a la eliminación en las semifinales y la posterior crisis hay que remontarse a los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, donde una fractura en el tobillo derecho puso en riesgo su carrera y le apartó del apoyo institucional para el resto del Ciclo Olímpico.

Juan José Sayago, al revivir el episodio, recuerda que pensó que Stefany “no correría más”. Al estrés y el temor natural de la lesión se sumó la posibilidad sugerida por los médicos de que no se recuperaría a tiempo para lograr clasificarse a los Juegos Olímpicos. Tal sospecha se volvió argumento para la Federación Venezolana de Ciclismo y el Ministerio del Deporte para reducir el apoyo. Sin embargo, ante ese riesgo, movida por el dolor y el orgullo, Stefany soltó a Carmen Mendoza, su mamá, una frase que suena a promesa y parece estar bordada de amor propio: “Les dije que sí iba a los Juegos. Yo les dije que iba y ellos me conocen”.

Parte del camino hacia Londres 2012 fue cubierto con dinero de su bolsillo, incluido un viaje a Brasil pasado por lluvia, cuando estuvo esperando un taxi con su bolso y su bicicleta en São Paulo, luego de que otros la mojaran al pasar. Quizá fue éste uno de los momentos que vino a su mente, una vez clasificada a Londres, y tras abrazar a su mamá, cuando le dijo: “¿Viste? Les demostré que podía entrar a las Olimpíadas”.

Esos Juegos eran la cima para una niña que creció rodeada de bicicletas, que creyó haber hecho todo lo posible para estar en ellos y trascender. Aunque todavía no fuera consciente de que le faltaba incorporar cambios en su preparación física y mental, un equipo multidisciplinario, para descubrir que su rendimiento podía ser aún mejor, que lo que había hecho no era suficiente para rendir sobre la bicicleta con el número 469, en honor a la fecha de nacimiento de su sobrina Camila, algo que para ella representa tenerlos sobre la bicicleta en cada carrera, que “es la manera de llevar a mi familia conmigo”.

Para entenderlo, atravesó distintas etapas dentro de esa dinámica de fiestas y desinterés por el deporte, desde comenzar becada a estudiar Derecho en la Universidad Santa María, pasando por un peligroso episodio de tránsito con un señor en la Avenida Bolívar de Caracas, hasta compartir charlas motivacionales con Juan José Sayago y otra con Mariana Pajón, su competencia directa en bicicross, en Colombia.

En la Universidad no resistió más que un par de semanas, incómoda en el ajetreo, el tráfico y la contaminación caraqueña, casi inmóvil en un pupitre dentro de uno de los salones de clase y, quizá, anhelando las bicicletas y las pistas que dibujaba en el cuaderno y que llegó a enviar en imágenes por teléfono a su mamá en Francia. Si no hallarse en las aulas fue insuficiente para encontrarse, sí fue determinante la luz verde del semáforo que vio un día ingresando a la Avenida Bolívar de Caracas tras atravesar el Centro Simón Bolívar.

La señal la invitó a acelerar hasta pasar de los 140 a los 160 kilómetros por hora, aproximadamente. Sobre el asfalto no había otros carros ni peatones a simple vista. “De pronto iba pasando un señor con una carreta. En lo que me vio, el señor se quedó tieso, en vez de seguir, y yo frené con los dos pies”. En este punto del relato, Stefany recrea con su voz en el restaurante Chacao Bistró de Caracas los sonidos que los cauchos de la camioneta producían al ser bruscamente detenidos sobre el asfalto. “Y la camioneta se paró a centímetros, a roce del señor”. Quién sabe qué habría pasado si en vez de 160 kilómetros por hora hubiera estado transitando sobre los 180 a los que solía trasladarse por la autopista cuando salía de la Universidad en dirección hacia El Paraíso, donde estaba viviendo. El hecho detonó una pregunta: “¿Qué carajo estoy haciendo con mi vida?”.

Es posible que esa misma pregunta surgiera de manera velada en las charlas que sostuvo con Juan José Sayago, a quien llama con el diminutivo Juanjo, y que también atravesaba una etapa complicada durante esos meses posteriores a Londres 2012. Juanjo conoce a Stef, como él le dice, desde el año 2009, cuando la vio en los Juegos Bolivarianos organizados en el estado Sucre.

Sin embargo, no fue hasta mediados de 2013 cuando comenzaron a trabajar juntos. Sus conversaciones se fundamentaron en el presente que ambos vivían, entre finales de 2012 y principios de 2013, cuando personalmente cada uno tenía problemas y ninguno tenía claro qué querían hacer con sus respectivas vidas. Stef seguía con la idea de retirarse y Juanjo seguía insistiendo en que se tomara las cosas con calma.

Y llegó un encuentro en Colombia con su principal referencia, su principal contendiente.

A la sombra de Mariana Pajón, “por ahora”

Mientras manejaba un vehículo hacia un encuentro nocturno con amigos del BMX, Mariana Pajón, bicampeona olímpica de la disciplina, comenzó a contarle a Stefany el “tras cámara” de su desempeño. La colombiana compartió con la venezolana parte de los sacrificios personales que ha realizado, el esfuerzo que dedica en el cuidado y atención de su cuerpo: “Duerme temprano, es medio abuelita, pero que todo lo que yo hago es por un sueño más grande, estar en el top de mi carrera deportiva”. Aproximarse desde el asiento del copiloto al lado más humano de Mariana, lejos del brillo de medallas pero a través del cual las consiguió, impactó profundamente a Stefany:

“Ver lo que ella lograba, ver todo el esfuerzo que ella hacía, me hizo pensar: ‘¿cómo voy a pretender querer ser alguien en la vida, si sigo con un ritmo de vida como el que traía?’. En ese momento decidí que no era Caracas, no era Derecho, no era rumbear ni el alcohol. Es que quiero ser campeona olímpica”

Stefany siente que en esa conversación se produjo una conexión tan especial como cuando se conocieron en Melgar, Colombia, en su primera competencia internacional.

Ya en la pista, le llamó la atención una niña con un casco rosado, quien junto a su padre repasaba saltos y hacía la revisión del área competitiva. Se acercó a ellos y les preguntó si podía acompañarlos en la práctica, que ella también quería saltar. Ellos eran Mariana Pajón y Carlos Mario Pajón.

Al rato de estar sobre la pista y las bicicletas, ambas se dijeron sus edades. “Competimos juntas”, concluyeron. Tenían sólo seis años y no sólo compitieron juntas, sino que, sin bicicletas de por medio, también compartieron. “Íbamos a comprar cotufas y entonces ella se reía, porque yo las llamo cotufas y ella las llamaba crispetas. Estábamos descubriendo todas esas cosas”, todas las diferencias culturales entre ambas, enlazadas por un deporte.

“Ella se acuerda de todas esas anécdotas. Qué locura. Cuando íbamos caminando, se caían las cotufas y nos regresamos adonde el señor, le decíamos que se nos habían caído, y nos volvía a dar. Andábamos como las mejores amigas”

Las niñas se presentaron a las familias. Carmen Mendoza, la mamá de Stefany, recuerda:

“Desde ese día, me hice amiga de Claudia Londoño, la mamá de Mariana. Corría el papá, el señor Carlos, los dos hermanos y la niña. Igualito éramos nosotros. Ella me explicó cómo era la niña y me di cuenta de que se parecían en tantas cosas, cómo estaban haciendo su carrera. La mamá me explicó ese día que Mariana corría con los varones, y desde ese día pensé que Stefany, para ser mejor, tenía que correr con los varones. Nunca me la dejaron correr”

Aquello era “un campeonato precontinental, algo así”, recuerda Stefany, quien resume los dos días de competencias en uno ganado por ella y otro por Mariana, quien probablemente lucía el cabello cortado a la altura de los hombros, contrario a la larga cabellera que luce actualmente. “No había final. Eran tres carreras acumulativas por día”. En el primero, Stefany ganó dos de las tres competencias, ganó la primera competencia contra Mariana Pajón.

En Venezuela, Stefany “ganaba con mucha facilidad”, según recuerda. Ante la falta de oposición en el plano nacional, Mariana se convirtió en su principal rival y en una persona a quien admirar. ¿Qué producía el éxito de Mariana en Stefany?

“En un momento de mi vida me dio rabia por las oportunidades que ella tenía y yo no. Pensaba que ella tenía, en los últimos cinco años, cinco campeonatos mundiales, y yo tenía cinco años, desde 2002 a 2007, sin ganar un campeonato mundial porque no pude asistir a ninguno. Me parecía chimbo”

Es posible que cualquier sentimiento competitivo conviva, de forma intensa y constante, con los personales:

“Ella es una persona que he seguido tan de cerca porque hice una conexión muy bonita. Yo iba a un cyber y ponía Mariana Pajón en Google para ver cómo le iba en las competencias. Siempre fue como una proyección. Ella hacía lo que yo también quería hacer; ella estaba logrando lo que yo también quería lograr. Pero lo estaba viendo desde el banquillo. Y, obvio, no competía siempre y las veces que lo hacía, Mariana me ganaba. Siempre había una competencia, una paridad, y me terminaba ganando ella. De repente Mariana se convirtió en lo que es Mariana y eso para mí fue un golpe que… ¡Wow! Sentí… Es la sensación de vivir bajo su sombra”

Entre sonrisas y momentos de seriedad, conviene poner atención al detalle: si habla del lado humano, la colombiana es “Mariana”; si se le aborda desde lo deportivo, la adversaria pasa a ser “la tipa”. No se trata de buscar ninguneos ni rencores, porque su tono de voz ni su mirada sugieren alguna clase de desprecio hacia ella, al punto de confesar que “como ser humano es un referente”. Sólo es cuestión de advertir que, una vez en la pista, quien es admirada pasa a ser una competidora especial.

“Soy de las personas a las que no les gusta seguir los ideales de nadie. Pero en ella siempre he encontrado esa afinidad. Desde que nos conocimos, cuando teníamos seis años, hasta ahorita que tenemos veinticinco, es el mismo ser humano, la misma alma. Sólo que ella es el oro y yo soy el bronce, por ahora”

Desde esa dualidad podría explicarse el cariño que ambas se mostraron durante la premiación en los Juegos Olímpicos Río 2016.

Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic

Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic

Los fantasmas de Londres 2012 y la presea anhelada: Río 2016

Aunque la Final tiene un significado materializado en la medalla de bronce, no fue el momento más importante para Stefany en Río 2016. Instantes antes de salir a luchar por las preseas, es posible que diera por cumplido su labor en los Juegos, tras superar una tercera manga en la que física y emocionalmente estuvo a punto de desmoronarse.

Su pierna izquierda le dolía por la caída de la segunda manga y en su mente se registraban distintas dudas y temores: “Puedes no estar en la final. Puedes no ganar una medalla olímpica”, se repetía. Era como si el calor de Río estuviera siendo desplazado por el frío de Londres. “Estaba a punto de llorar. Me dolía el cuerpo. Me comencé a sentir débil, ya iba a arrancar a llorar y escuché a mi mamá: ‘¡Vamos, niña, que tú puedes!’”.

El grito se produjo aproximadamente a 200 metros de distancia entre ambas, separadas por una cerca. Stefany le respondió con una sonrisa. Thomas Allier, su entrenador, sabía que algo había cambiado, y sólo le sugirió: “Disfruta. Eso es lo único que quiero, que lo disfrutes”.

Quizá en esa manga, antes que enfrentar a otras oponentes, Stefany enfrentó directamente a su pasado, a lo ocurrido cuatro años antes. “Puedes no estar en la final”. Londres 2012. Si se considera lo hondo que caló aquella experiencia, se entienden aún mejor los dolores de su cuerpo. ¿Qué llevó a Carmen Mendoza a gritarle eso a su hija, cuando normalmente ella no interviene en las competencias, sino sólo las observa desde la grada? La conexión materna:

“Todo lo que ella estaba sintiendo a mí me llegó. Nunca me quito de las gradas. No la molesto para nada. Respeto su espacio hasta después de la carrera. Pero ese día tuve necesidad de llamarla. Ese día tenía una sensación extraña dentro de mí. Estaba temblando y dije: ‘Stefany está mal’. Entonces fui y le grité”

Lo siguiente que Stefany le dijo cuando se volvieron a cruzar fue: “Mamá, ese grito que me diste me revivió. Yo estaba mal. Estaba quebrada”. En la importancia emotiva del hecho debe radicar que Stefany pueda recordarlo con tanto detalle y estima. Orgullosa, y con voz serena, complacida, explica: “Clasifiqué. Para mí, ese fue mi trabajo en los Juegos Olímpicos”.

Sin embargo, ahí no acabaron las Olimpíadas. El sentido competitivo de Stefany Hernández volvía a hacerse presente, así como su capacidad para recordar cada instante de las carreras:

“En esa final salí a ganar una medalla. Y ganar una medalla es pasar la raya. Hay un momento en la carrera donde quizá pude ser más agresiva, cerrando la línea en la primera recta, antes del primer salto. Cerrar mi línea sería correrme hacia la izquierda, como que ‘aguántate tú, que aquí voy yo’. Pero eso era arriesgar mucho. Era buscar una caída. Seguí mi línea exterior. Vi que se me metieron otras. Venía de cuarta. Vi que se abrieron, busqué el hueco. Salí como de segunda. Ahí sí hubo una falla de cálculo mía porque hice una línea diferente de las que hacía en las prácticas, porque fue lo que se me presentó en el momento”

No para. Mentalmente está en Río. Está pedaleando sobre su bicicleta:

“Entonces, cuando llega el salto, tiro la bicicleta, la halo para evitar pegar, pero venía rápido. Pensé que venía más lento y, cuando halé, me sorprendió que sobresalté el muro, no caí en la bajada y perdí velocidad. Es ahí donde quedo de tercera, detrás de la estadounidense (Alise Post). Yo tiré un spring saliendo de la segunda curva, pero hice un error técnico otra vez. Salté otra vez más lejos. En mi percepción, venía más lento de lo habitual, pero en tiempo, fue mi vuelta más rápida, aún con esos dos errores. O sea, hice 34:07 segundos. Al final, uno nunca sabe cuánto hizo verdaderamente en la ronda de la crono (en la que el reloj no se detuvo). Si no fue 35:02 como me pusieron, y no fue 34:03 como se vio en la televisión, esa ronda de la final, con esos dos errores, fue mi vuelta más rápida”

El “soldado raso” que se creía una “raza superior”

Competitivamente, entre Londres 2012 y Río 2016 hay una diferencia clave en la preparación de Stefany Hernández: el equipo multidisciplinario, conformado por asesoría nutricional, preparador físico, psicólogo, masajista, jefe de prensa, entre otras personas que la acompañaron durante el Ciclo Olímpico y las Olimpíadas que derivaron en la Medalla de Bronce. ¿Qué cambió en su mente al trabajar junto con personas de distintas áreas?

“Yo era una persona que sobrestimaba lo que era ser un atleta. Para mí, lo que hacía era lo máximo y era merecedora de todo porque soy una raza superior. En el momento en que comienzo a rodearme de personas que trabajan conmigo, que comienzan a guiarme, a acompañarme, digo: ‘chamo, yo soy un soldado raso’”

Ese soldado raso comienza a exponer parte de su lado humano mientras el fotógrafo busca el mejor ángulo para fotografiar la Medalla de Bronce, en un área próxima al sillón rosado donde está Stefany, y Juan José Sayago, en modo Jefe de Medios de Comunicación, va de un lado al otro en el Comité Olímpico Venezolano (COV) el 31 de agosto de 2016.

Jimmy Requena, su psicólogo, no está en el Comité pero sí estaba en un café ubicado al final del lobby del Hotel Gen, en Santiago de Chile, donde solía tomar un guayoyo a eso de las 4:30 de la tarde en marzo de 2014. A ese mismo lugar iban, con menor frecuencia, Daniela Larreal y Stefany Hernández. Larreal y Requena se conocieron en el vuelo chárter que trasladó a la delegación venezolana hasta Chile para los Juegos Suramericanos 2014. Ya en tierra, Stefany solía acompañar a Larreal hasta ese lugar del Hotel. La frecuencia de los cruces entre cafés y sillas habrá generado la pregunta de la bicicrosista al Requena:

— ¿Y tú qué haces?
— Yo soy psicólogo.
— Mira, chamo, yo necesito uno.

Lo siguiente del diálogo tiene que ver con el número de la habitación en la que ella se estaba quedando. Por el tono de voz con el que recrea la anécdota, no parecía tener muchas esperanzas en que el psicólogo apareciera por allá. Y apareció mientras ella hacía maletas. “Yo sé que puedo mejorar muchas cosas, pero tengo que mejorar en la cabeza”. Intercambiaron números y aproximadamente dos meses después comenzaron a trabajar.

En Chile, Requena estudiaba cómo es la dinámica organizacional de esos eventos deportivos a nivel logístico, médico y la preparación de los entrenadores, con la finalidad de aproximarse al entorno en el que los atletas se mueven y así idear estrategias que puedan serles útiles en esos contextos.

Desde el punto de vista de Requena, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello, la sobrestimación deportiva parte de una narrativa social y política en la que se observa al atleta como si fuera un ciudadano de otra pasta, y no es así. Hacer que Stefany entienda progresivamente esto es parte del trabajo. Para él, al principio de su vínculo laboral fue importante relativizar su carrera deportiva:

“Hubo una parte en la que le eché números, eché para atrás a ver su historia deportiva más reciente. Lo que le mostré fue que su camino en el deporte ha sido muy sinuoso, ha tenido muchos baches y muchos picos, y en torno a esa carrera deportiva han pasado algunas cosas que tienen que ver con ella, con su vida personal, con sus aspiraciones a lo mejor de estudiar, con las aspiraciones de tener afectos importantes en su vida, y pareciera que eso también ha sido sinuoso. Entonces, ¿cómo hacer para que las cosas en vez de ser sinuosas sean más o menos estables?”

La respuesta se encuentra a través de un trabajo global que involucró a Stefany y a distintos miembros del equipo como su entrenador, su Jefe de Medios de Comunicación, su masajista. Recreando parte de los momentos, Jimmy habla como si la tuviera a ella enfrente, y no a un teléfono inteligente:

“No eres el dulce de lechosa de la patria. Eres una venezolana. Tienes que poder decirle a los demás venezolanos, quienes a lo mejor están viviendo una situación distinta a la que puedas estar viviendo tú por estar en unas circunstancias especiales, que cuando tú le echas pichón durante mucho tiempo, sin necesidad de decir que eres la tapa del frasco, puedes de alguna manera involucrar a los demás, seducir a las demás personas para que también lo hagan”

Stefany ya no está enfrente de él:

“Pero, en realidad, las cosas que ella hace, que sólo ocurren en segundos de su vida en una competencia y que pueden a veces ilustrar cosas muy potentes para otros, los demás las estamos viviendo todos los días en procesos más largos”

Stefany no tuvo acompañamiento psicológico similar para su participación en Londres 2012. Requena explica que desde que comenzaron a trazar la ruta hacia Río, después de ese encuentro en Chile, se procuró tanto el desarrollo personal como el deportivo a través de distintas etapas de trabajo que se evaluaron periódicamente para valorar si el vínculo laboral estaba o no rindiendo frutos.

“Hablábamos de varios aspectos de su vida. El deportivo es una parte, y no sé si la más importante; es uno de los aspectos valiosos. Pero está el tema de las relaciones interpersonales, está el tema de las relaciones de pareja, de sus expectativas de futuro, de cómo se siente con ella misma, los hábitos, las rutinas, qué hacía en el día a día”

Este proceso se documentaba a través de diarios, principalmente elaborados por Requena, aunque eventualmente, a petición de él, Stefany también sumaba su lectura del presente. “La idea era que analizáramos las cosas por partes, las que eran más oportunas, y pudiéramos ir estudiando esas partes analíticamente”, dice el psicólogo. También hacían ejercicios de visualización, de recreación de los escenarios. Stefany lo explica: “Normalmente, siempre sabes cómo son las pistas, las conoces y hacemos las prácticas de visualización detalladamente”, y se traslada:

“Te pones en el partidor, pones el pie izquierdo, haz la vuelta con el derecho, los trabajos de respiración, sale. Y ese trabajo es fa-ti-gan-te. Me fatiga más hacer eso que los entrenamientos en la pista. Necesitas tanta concentración, tanto enfoque. Es increíble. Es repetir, repetir, repetir y repetir. La cuestión es que ya, cuando llegas al momento, sabes qué tienes que hacer, sabes cómo actuar y estás viviendo en el momento y, ante cualquier cosa que te salga, estás preparado para resolverlo”

Requena, quien advierte que “la visualización no es la solución” del proceso y que es un “complemento de muchas otras cosas”, describe el trabajo al que se llegó, primero, a través de ejercicios de calma y respiración:

“Vinieron en un momento en el que ella estaba muy acuciosa en detectar pequeños cambios. También pasaba que en algunas circunstancias no se podía entrenar físicamente porque llovía, porque hacía mucho viento o alguna cosa por el estilo. No se montaba en la bicicleta porque no era seguro. Hicimos algunos ejercicios que supusieran repasar lo que ella hacía en el gimnasio, en la pista, también se hizo en otras cosas no deportivas. El propósito era que ella pudiera hacer un repaso mental sin estar en el momento o el lugar. […] Eso es fatigador porque nosotros no estamos acostumbrados a hacer repasos deliberados, controlados, acerca de algunas experiencias”

Este trabajo, de 40 minutos de duración, se producía antes de los entrenamientos, “de manera que ella pudiera hacer un ensayo previo con las cosas que ya estaban previstas o planificadas” de la preparación. ¿Qué permitió este proceso en Stefany Hernández? “Generar algunos hábitos y algunas vías neurosensoriales, de manera que estuviera conectado lo que está pasando en la cabeza con lo que posiblemente podía ocurrir en los músculos”.

Para Stefany, quien puede contactarlo por Skype o a través de WhatsApp cuando siente que algo la perturba o alguna situación la desborda, Jimmy Requena “lo que hace es como pintar lo que está sucediendo”. Uno de los objetivos a largo plazo de Requena es que Stefany sea cada vez más capaz de gestionar por sí misma sus situaciones. “Hemos creado una relación de confianza y camaradería”, reconoce ella. “Podemos trabajar juntos. A veces tenemos nuestros encontronazos, pero es la gente que hace falta para trabajar”, dice acerca de su equipo.

Ha sido mediante ese trabajo que Stefany comprendió de mejor manera el contexto en el que estaba y lo que éste le reclamaba, tanto deportiva como humanamente.

“Me di cuenta de que hay tanto camino por recorrer y empecé a enfocarme en mí misma, en dar lo mejor de mí. Yo sé que todavía tengo muchísimas cosas que mejorar. Son detallitos. A veces son las diez y media de la noche y uno piensa ‘voy a durar hasta las once mandando mensajes’. Y a las diez de la noche ya tienes que estar durmiendo. ‘¿Me podré comer esa pedacito de pan?’ No, no te lo puedes comer. Cosas por el estilo. Las personas que estaban a mi alrededor me acompañaban. Estaba con mi psicólogo y decía: ‘me provoca comerme un chocolate’ o algo así, y él me respondía: ‘agarra este limón, chúpatelo y mata tu ansia’. Por ejemplo, si mi objetivo era dejar de comer algunas cosas. El objetivo de él era evitar colocarle tanta azúcar al café, por así decirlo. Entonces yo lo empujaba a él y él me empujaba a mí. ‘Ah, pero si le vas a echar azúcar al café, yo puedo hacer esto… ¿No? Entonces no le eches’. Fue un trabajo en equipo”

En retrospectiva, Carmen Mendoza, de quien su hija heredó un similar tono de voz y la misma mirada, y quien no quería que su hija hiciera bicicross por los riesgos que el deporte implica, considera que “todo lo que ella se ha ganado es bien merecido”. Ahora Stefany Hernández lleva una dieta baja en azúcar, aunque siente debilidad por el quesillo, evita comer productos lácteos, a menos que sean leche de almendra o de arroz, y “café negro, petróleo, sin azúcar” en las mañanas. Le gusta el agua de coco, la misma que toma en Chacao Bistró directo del coco el 8 de octubre de 2016, luego de buscar un sitio donde pudiera desayunar algún plato bajo en harinas. “Con el tiempo, te das cuenta de que la diferencia se hace en los pequeños detalles, en cuidar tu cuerpo, tu digestión”.

Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic

Stefany Hernández retratada por Víctor Radovanovic

“Soy yo y ya”

Entre los detalles que han cambiado, está el trato mediático que recibe la atleta. Ha sido una de las noticias deportivas más importantes de 2016 y cada medio ha querido tenerla en sus páginas y cámaras. Aquél miércoles 31 de agosto, se expuso en la sede del COV el balance de los Juegos Olímpicos, con su presidente, Eduardo Álvarez, y el ministro de deportes, Mervin Maldonado, a la cabeza. Instantes después de la ponencia, canales como Globovisión, TVES, VTV y Meridiano ya se aproximaban a Stefany luego de la una de la tarde. Otros periodistas esperaron hasta seis horas para poder conversar con ella y levantar el registro fotográfico.

Pasadas las cinco de la tarde, la atleta dejó la ropa deportiva que la marca Squiros elaboró para la delegación olímpica venezolana por un vestido y cambió su calzado con la bandera de Venezuela por unos tacones. El cambio de ropa estriba en una sesión de fotos y una entrevista con el equipo de la revista Fascinación. El vestido es negro y desnuda sus brazos y una cicatriz entre el hombro y la clavícula derecha. Dos cortes en la prenda muestran los laterales de su abdomen a la altura de las costillas; en las del lado derecho, están tatuados unas letras y unos anillos.

Al caminar, segura, pasa frente a un corpóreo de su figura. Es parte de la utilería que se ha montado en el COV para la entrega del balance de Río 2016. Entre la representación y la mujer de carne y hueso hay una diferencia estética importante: la forma como usa su cabello. La imagen de cartón la muestra de brazos cruzados y con el cabello recogido y alisado, en oposición a la gran melena de rizos negros que luce ahora. Lo fácil es pensar que el cambio es estrictamente estético. Luce más bella. Lo difícil es entender que la cola con la que sujeta su cabello alisado también amarró parte de su personalidad durante años.

En la rueda de prensa que diste al regresar de Río, comentaste que hubo un tramo en el que decides aceptar aspectos de tu personalidad, tanto virtudes como defectos, y reconocer fallos. ¿Qué aspecto de tu personalidad descubriste en ese proceso?
Que puedo ser yo, completamente yo —sonríe—. Me puedo equivocar en una entrevista y puedo continuar y decir “estoy equivocada”, o hacerte un puchero y decirte “chamo, dame dos minutos que estoy cansada”, o “necesito reflexionar, recalcular”. Me liberé. Soy yo y ya.

Te soltaste el pelo.
Sí. Siempre tenía ese pensamiento de que “tu cabello es malo, tienes que alisártelo, que no sé qué”. Y yo pensando: ¿cómo va a ser malo algo que es natural? Yo nací así. “Ay, eres mala de nacimiento. Salió mala de fábrica”. No. Yo soy así.

Te escuché decir que soñabas con salir de tu casa despeinada.
¡Sí! Uno de mis sueños. Desde chiquita decía: “¿por qué me tengo que estar peinando?”. Pero siempre era la presión social, la mamá, la prima, todos te decían comentarios sobre el cabello y el peinado. Entonces, ¿por qué no puedo ser yo? Soy yo y ya. Y si me arreglo, me arreglo; y si no me arreglo, no me arreglo. ¿Cuál es el problema?

Su mamá, quien todavía se dirige hacia ella como “niña” y quien vive en Francia tras casarse con un oriundo de aquel país europeo en el año 2011, recuerda que “desde chiquita no le gustaba peinarse. Ella llevaba los cabellos alborotados y una gorra. Ella siempre quería tener su cabello suelto y una gorra puesta”. El estilo generó inconvenientes familiares:

“Una vez tuve que comprar gorras de colores, ponerle piedritas y cosas bonitas para vestirla diferente. Siempre las tías, por parte de papá, discutían conmigo por eso, pero es que si esa su personalidad no se la voy a cambiar. A los 15 años fue que ella empezó a peinarse. Yo la peinaba para que fuera a la escuela. Si por ella fuera, se hubiese ido con los cabellos como los tiene ahorita”

¿Se puede entender que liberar tu cabello ha sido liberar tu personalidad?
Ha sido liberar mi alma. Soy yo.

Al menos familiarmente, esa liberación se produjo en diciembre de 2015, en la casa de su mamá en Lyon, Francia, pasadas las nueve de la mañana. Stefany llegó al hogar con los cabellos totalmente sueltos, para sorpresa de la mamá:

— ¿Stefany, qué pasó?
— Nada. Quiero ser libre. No me digas nada. Ésta soy yo. Estoy cansada de estar con la cuestión de que tengo que estar bonita, de que tengo que maquillarme para esto… Yo soy yo. Me encontré.

Esa Navidad la pasó con sus cabellos sueltos. Meses después, durante la tarde en el COV, Stefany le dice a Juan José Sayago que debió haber hecho un curso para aprender a posar. Dice sentirse incómoda ante el lente y el flash, aunque, coqueta, parece disfrutarlo. Y no para de jugar con sus rizos negros.

Similar conducta mostró en el programa de radio Zona Radical el sábado 8 de octubre de 2016, vestida con una blusa gris clara con flores rosadas y un jean azul claro, hasta que se le salieron las lágrimas recordando a su papá, Juan Hernández, quien fue empleado de SIDOR, y quien también es conocido como “Juan Caramelo” o “Don Caramelo”.

El sobrenombre proviene de Puerto Ordaz:

“Allá lo conocían así. Decíamos Juan Hernández y nadie sabía quién era. Lo conocían como ‘Juan Caramelo’ en esa zona, donde hay puros amigos de él, porque dicen que mi papá es dulcito como el caramelo”

La voz segura se tambalea por momentos. Parece que por su mente pasan demasiados recuerdos o demasiadas preguntas. “Mi papá siempre fue responsable, el que traía el pan a la casa, que trabajaba para nosotros, para nuestro bienestar”, al punto de vender un Jeep Wrangler “rojito, hermoso, de dos puertas” para que sus hijos pudieran asistir a una competencia internacional.

En ese Jeep iban a la pista, a la playa y por ese Jeep terminaron yendo a competir al mundial de la disciplina en Brasil en el 2002. Stefany tenía 11 años y ya había competido en un mundial, tras asistir al de Estados Unidos en 2001.

“Venía ganando y me caí en la final. Solita. Quedé octava. Fue mi primer mundial. Ganó Mariana. En el 2003 el Mundial fue en Australia. ¡Ni que vendiera la casa iba a poder ir!”

Fue cerca de su casa, en el estacionamiento rodeado por los edificios de la Urbanización Ventuari en Puerto Ordaz, en la que Stefany vivía, donde se produjeron sus primeros paseos sobre una bicicleta luego de las 7:30 de la noche de casi todos los días de la semana, cuando su vida se contaba por meses de nacida y no por años.

El responsable de esos paseos fue Eduardo Ávila, hoy múltiple campeón de bicicross. “Después de que bajaba de la pista, yo tenía que pasar por donde Stefany, montarla en mi bicicleta, darle una vuelta por el estacionamiento para que ella se pudiera quedar tranquila y la volvía a dejar en su casa”. La mamá de Stefany lo llamaba porque si no se producían los paseos, sí se generaban los berrinches de la niña. Cuando ella no quedaba conforme, el paseo se extendía hasta las casas vecinas fuera de la urbanización.

Con el tiempo, Ávila se volvió una guía en el mundo del bicicross para Stefany Hernández. Fue él quien le enseñó a manejar bicicleta, primero con las clásicas rueditas, y luego sin ellas. “En menos de un mes aprendió”. Fue él, junto con otros bicicrosistas, quien la lanzó por primera vez en una pista, en el Polideportivo Venalum.

Quizá Stefany, quien desde niña se refiere a él como “Ayi”, recordó alguno de esos episodios en el Aeropuerto Internacional Manuel Piar, cuando ella volvió a Puerto Ordaz luego de Río 2016 y Ávila estaba ahí para recibirla. Del encuentro quedó una frase: “‘Ayi’, logramos la medalla, ¡logramos el objetivo!”.

El aeropuerto estaba repleto. Stefany regresaba a la tierra donde creció, donde entrenó y entrena, alternando con la preparación que realiza en Suiza gracias a una beca del programa Solidaridad Olímpica del COV, con una medalla colgando de su cuello y algunos amigos próximos a ella. Entre las diferencias culturales que ha encontrado a través de años de entrenamiento tanto en Venezuela como en el exterior, la atleta se sincera:

“Aquí tienes a los amigos que te llenan el corazón y el alma de alegría. Pero es muy difícil ser un atleta de alto rendimiento teniendo amigos con la cultura del venezolano. Chamo, aquí les gusta demasiado la rumba; son demasiado poco serios. Estaba conversando con unos amigos en el Club Ítalo de Puerto Ordaz, el primer momento que tuve para mí sola con mis amigos. Y después de hablar y reflexionar sobre muchas cosas, les dije: ‘muchachos, de corazón, va a sonar un poquito fuertecito, pero es muy sincero. No quiero clavarles un cuchillo ni nada: menos mal que me fui, si me hubiese quedado aquí con ustedes, yo no hubiese llegado a donde estoy’. ¿Cómo tú puedes decir ‘me voy a dormir a las diez?’ Te responden: ‘¡No te vayas, que apenas estamos comenzando! Si eres no sé qué, aguafiestas…’. Y tú: ‘pero es que tengo que dormir’”

Dormir, para luego despertarse e ir a trotar durante las primeras horas de la mañana:

“No soy de endurance. Troto diez, quince minutos y listo, para estirar. Eso lo suelo hacer en las mañanas todo el tiempo allá en Suiza. Mi entrenador lo llama dinamic wake up. Se trata de meter al cuerpo, desde la mañanita, en el mood (modo), porque eso lo solemos hacer en las carreras. Pero lo tomé como rutina diaria”

Una rutina que fue parte de un proceso coronado en esa medalla de bronce con la que juega en el COV o que entrega a su Jefe de Medios de Comunicación como si fuera una objeto cualquiera. Se trata de una medalla que en un primer momento le supo a poco porque su deseo era y sigue siendo el Oro Olímpico. En retrospectiva:

“Es la medalla al esfuerzo, por no haberme rendido ante las adversidades. Es la medalla de que te caíste pero te levantaste, te montaste en la bicicleta, la cadena estaba afuera, agarraste, corriste… Así sea con una pata rota yo tenía que terminar esa carrera. Tenía que terminar dando todo por el todo. Para mí es la satisfacción de decir: soy medallista olímpica”

¿Qué es para ti triunfar?
¿Qué es para mí triunfar? —suspira, medita la respuesta—. ¿Qué es para mí triunfar? Una de las cosas que me ha estado sucediendo es que la gente se me acerca y me dice: “Dios te bendiga. Gracias por esa alegría. Eres orgullo de Venezuela. Continúa así”. O sea, mensajes de corazón, en un país con una situación como en la que estamos, en la que mucha gente siempre anda como engrinchada, donde a veces tú dices “buenos días” y nadie te responde, o “gracias” y no te dicen “de nada” o “dame agua” y es “dame agua, por favor”. Qué bonito que, con este resultado, estés dándole una alegría y haciendo sentir orgullosos a unos ciudadanos que viven en una situación de tensión todos los días, porque para todos es clara la situación de tensión que hay en Venezuela. Para mí, esa retribución de las personas, el amor, el cariño, la sinceridad de las personas, es lo que me gané.

Para el momento de esa respuesta, Stefany no había pasado a saludar en la Unidad Educativa Colegio Virgen Niña. En esa escuela dice haber logrado excelentes notas: “Nunca fui la primera en la escuela porque, por los viajes y todo, perdía un examen y bajaba el promedio”. Fue ahí donde tantos docentes le sugirieron que dejara el deporte, al verla llegar con raspones en la cara y en las rodillas, y donde se forjó una fama de defensora de los demás.

Años después, se hace un anuncio a través del audio interno de la institución: “Todos los profesores saquen a los alumnos al pasillo, todos los profesores saquen a los alumnos al pasillo”, para que, de forma imprevista, escucharan unas palabras que Stefany no tenía preparadas. “Yo pasé a saludar, ¿me entiendes?”. Algo que sí parece tener más claro es que será mamá. “Yo siempre digo que quiero tener cuatro muchachitos. No sé qué van a querer ser ellos; pero sean lo que sean, a todas con ellos. Creo que cada ser humano decide lo que quiere ser en su vida”.

No sería extraño imaginar a Stefany Hernández leyéndoles una de sus novelas preferidas, El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

¿Qué hay de Fermina Daza, la protagonista de El amor en los tiempos del cólera, en Stefany Hernández?
Me identifico es con el otro tipo, con Florentino Ariza. Forever inlove. El tipo es demasiado enamorado y yo soy demasiado enamorada. La tipa me parecía que no era libre. Así que nunca me pude identificar con ella. Pero el tipo simplemente era… Me doy. No importa que me espiche, me quede vacío. Pero doy todo. En eso me relaciono.

Pero en la novela el tipo tiene sus desajustes y empieza a hacer desastres…
Bueno, todos tenemos nuestros desajustes en la vida. Me encantó cuando estaban demasiado viejitos, en el barco, juntos, y el tipo le dice: “Me guardé mi virginidad nada más para ti” —carcajadas—. Ese momento de la novela para mí fue crucial. Me pude reír, llorar y todo al mismo tiempo. ¡Este viejo sinvergüenza! —carcajadas—, Gabriel García Márquez es una bestia. ¡Una bestia! Me encanta cómo escribe.

¿Te habría gustado conocerlo?
Creo que sí. Con unos vinitos. Le habría preguntado sobre Florentino Ariza, de dónde lo sacó. ¿Eres así de entregado tú también, Gabo?

Fotografía de Víctor Radovanovic

Fotografía de Víctor Radovanovic

Sentada sobre un sofá, la chaqueta con los colores de la bandera de Venezuela cubre el tatuaje que antes se observaba a través del corte derecho del vestido negro. En tinta sobre piel dice “Warrior” junto con los anillos olímpicos. Se lo hizo poco después de Londres 2012 en el Centro Comercial Babilonia en Puerto Ordaz, mientras esperaba a una amiga. Quién sabe si eso fue una especie de promesa, marcar un pendiente a conquistar, un pendiente que la frustración llenó de bruma pero que a partir de ese momento la acompañó en su piel.

El presente, luego de Río 2016, no está mucho más claro. Sin embargo, sus pensamientos tienen otro rumbo, aunque no estén escritos en piedra ni tatuados. Por su mente pasan planes que van desde aplicar en enero en la Universidad de Ginebra para estudiar Relaciones Internacionales, vincularse con la gerencia deportiva, algún cargo en el Comité Olímpico Internacional, hasta adentrarse de lleno en el deporte venezolano, en especial con los niños, mientras sigue viajando con una maleta roja similar a las de un juego de maletas que le regaló su mamá cuando tenía 18 años, para competir a nivel internacional. “Vamos a ver. Hay veces que uno tiene planes en la vida, pero hay que adaptarse a lo que el universo tenga escrito para ti”.

Stefany Hernández ha comenzado a recibir el reconocimiento que siempre soñó, al que siempre había aspirado. Se podría pensar que ese es su mayor triunfo. Pero es posible que tal lectura sea errada. Ella ya no es la misma que dudaba ante los entrevistadores ni que colecciona tristezas. Su verbo es casi arrollador y su mirada depredadora, como si siempre tuviera en la mira un reto o una pista. Al escucharla hablar, y verla caminar, se filtra que mediante el deporte, en pistas sobre una bicicleta, Stefany Hernández encontró algo que valora más que cualquier medalla: una forma de vida que le permite ser ella misma, reconocerse en el espejo. No fue casualidad que durante aquel evento en el COV, instantes después de recibir un diploma, gritara sonriendo: “¡Maduré, maduré!”.

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Venezuela 0 Brasil 2: el apagón y las dos caras de Rafael Dudamel; por Nolan Rada

1 Cuando se fue la luz durante el partido entre Venezuela y Brasil, los aficionados presentes en el Estadio Metropolitano de Mérida lo celebraron como un triunfo. Poco importó que Venezuela perdiera 0 a 2 en su casa: en el campo sólo se veían encendidas algunas vallas eléctricas de publicidad mientras los jugadores abandonaban la

Por Nolan Rada Galindo | 13 de octubre, 2016
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Fotografía de Nolan Rada

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Cuando se fue la luz durante el partido entre Venezuela y Brasil, los aficionados presentes en el Estadio Metropolitano de Mérida lo celebraron como un triunfo. Poco importó que Venezuela perdiera 0 a 2 en su casa: en el campo sólo se veían encendidas algunas vallas eléctricas de publicidad mientras los jugadores abandonaban la cancha. Lo curioso era cierta algarabía, cierto goce, como si en vez de un hecho vergonzoso se tratara de un gol contra el gobierno venezolano, transmitido en señal internacional.

La magnitud de la polarización también se puede medir en cánticos antes y durante un partido de fútbol. En éste del 11 de octubre de 2016 se escucharon tantas consignas políticas como arengas futbolísticas, pero las primeras tuvieron más impacto y empuje que las segundas. Y con el apagón del minuto 74, instantáneamente se generó una estruendoso “¡Fuera Maduro! ¡Fuera Maduro! ¡Fuera Maduro!” que se fue apaciguando levemente, hasta que emergió el grito de “¡Revocatorio! ¡Revocatorio! ¡Revocatorio!”.

La crisis política y social cayó de golpe en la cancha.

Junto con los aficionados, el bochorno eléctrico también era observado por invitados internacionales y algunos presidentes de clubes nacionales, presentes en Mérida debido a un encuentro con Laureano González, presidente de la Junta Directiva de la FVF, para tratar el nuevo formato de las Copas y la revisión de estatus federativos. No bastaron la autonomía energética de los equipos del audio interno del Estadio ni la música para evitar las consignas incómodas.

Apenas algunas áreas ajenas a la cancha, como el fondo sur, el área de periodistas y la parte externa del Estadio, tenían luz. Desde las oscuras gradas ya el “¡Y va a caer!” había llegado antes del “Dale, dale Vinotinto”, antes del “Vamos, venezolanos, que esta noche tenemos que ganar” e incluso antes del apagón. Fue el grito que recibió al grupo de periodistas que llegó al estadio poco después de las cinco de la tarde. Esos mismos periodistas que no pudieron enviar su trabajo a tiempo el día anterior porque también se fue la luz en la noche.

No sólo no hicimos buen fútbol, tampoco estamos en condiciones para ser un buen anfitrión: a los internacionales ya les había generado sorpresa que en los baños del estadio no hubiera agua y fuera necesario sacarla de tanques azules y tobos para lavarse las manos.

En Venezuela, como en el fútbol, a veces lo básico reclama esfuerzos extraordinarios.

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Fotografía de Nolan Rada

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Si hasta acá no se ha escrito sobre el partido es porque el resultado no sorprendió tanto como la oscuridad. Venezuela sigue sin ganarle a Brasil en partidos oficiales.

El dominio fue tal que resumirlo en sólo un partido, en apenas un puñado de minutos, sería menospreciar las diferencias históricas entre ambas selecciones.

Dice Simon Kuper en Fútbol contra el enemigo que:

“Los brasileños afirman que hasta en el pueblo más pequeño [de Brasil] hay una iglesia y un campo de fútbol… aunque luego puntualizan que ‘iglesia no siempre, pero campo de fútbol sí’. Y es que, si bien hay más gente que va a misa que al fútbol, no hay acontecimiento público que pueda equipararse a este deporte”

Es un fútbol que ha vivido cientos de contextos y ha aprendido a reaccionar ante ellos. Ayer jugaron como si la lluvia torrencial no fuera un condicionante y sobre un campo maltratado desplegaron un fútbol convincente, sencillo y a la vez grato de ver. El performance del visitante destacó todavía más ante la incapacidad de Venezuela para juntarse como equipo, para abandonar la cultura del pelotazo y propiciar más pases entre ellos que carreras hacia el vacío o en retroceso ante un contraataque de Brasil.

Si, además de la superioridad técnica y táctica, se producen fallos como los de Dani Hernández o Wilker Ángel durante una salida, seguirá siendo más llamativo lo que pasa alrededor de la cancha que lo que se desarrolla sobre el campo.

Mientras Hernández intentaba darle salida al equipo desde el fondo, pasó el balón a los pies de Gabriel Jesús. El brasileño, cara a cara con el arquero, se la levantó de sombrerito. Toda una declaración de intenciones: la parábola, de alto nivel técnico, obligó a Hernández a mirar al cielo antes de ver entrar el balón en su arquería.

Sólo habían pasado ocho minutos y el partido de la Vinotinto ya se había roto.

No es de extrañar que más de un aficionado también mirara hacia el cielo durante el partido para reclamar explicaciones al más allá, ante lo ilógico que resulta que no haya habido partido de Venezuela en esta eliminatoria en la que su torpeza no resultara en un disparo en el pie. Los errores se han vuelto tan constantes que al público parece que cada vez le sorprenden menos. Ya saben: “Los gritos que se repiten acaban siendo ladridos en la noche; se puede seguir durmiendo”.

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Fotografía de Nolan Rada

Brasil continuó su peloteo de lado a lado. Lo ensayaron en el entrenamiento previo y dio la sensación, por momentos, de que el partido era eso: un entrenamiento sin mayor resistencia.

Todo parte desde el fondo, donde a través de pases cortos a una velocidad moderada, van avanzando hasta llegar a zonas próximas al área rival. Ya ahí, la velocidad aumenta, los jugadores se mueven hacia los espacios o se abren a banda. La pelota corre más rápido y el vértigo incrementa. Ante eso, Venezuela sólo pudo ofrecer como respuesta la zancada de Adalberto Peñaranda, quien hasta el momento sólo es un poco lento cuando le toca resolver las jugadas: “¿la paso o remato, encaro o me detengo?”. En el instante en que surge la pregunta, un brasileño lo obstaculiza y se mueren las ilusiones de un país.

El segundo gol, firmado por William, surgió de la propuesta descrita. La jugada que inició desde el fondo se fue decantando hacia la banda izquierda y terminó con un centro hacia la espalda de Rolf Feltscher, al segundo palo de la arquería de Hernández. Lo siguiente que se vio fue al brasileño definiendo con comodidad. De forma similar pudieron haber caído dos o tres goles más. Brasil pareció correcto hasta en las formas: ¿qué sentido tenía venir y golear de más a un país en crisis?

Rafael Dudamel, por su parte, deberá priorizar cuál crisis atajar primero, porque el equipo ni defiende ni ataca bien. En ambos escenarios parece movido por la improvisación antes que por un sentido lógico y ensayado.

Improvisar con algo tan indomable como una pelota puede ser complicado. Incluso para la Vinotinto, que de 30 puntos disputados sólo suma 2.

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A las 6:49 de la tarde, antes de que los equipos salieran a realizar movimientos precompetitivos, Dudamel se asomaba al Estadio Metropolitano de Mérida a través del túnel de salida. Se le veía cómodo, saludando y conversando con delegados y sujetos trajeados, quizás vinculados con algún área de la organización del partido. También sonreía.

Sin embargo, luego del resultado, la frescura de su rostro no era la misma.

Finalizada la rueda de prensa postpartido, compuesta en líneas generales por un agradecimiento a los asistentes y un discurso sobre la paciencia, sobre el tiempo y sobre el trabajo, con tan poca autocrítica, hizo que entre los asistentes surgiera un mote para la presentación del entrenador: “Budamel”. Fue entonces cuando, luego de atravesar una puerta para salir de la Sala de Prensa, se le escuchó decir entre los pasillos que conectan la sala con los camerinos y áreas administrativas del Estadio: “Quiero salir. No quiero pasar por ahí, por el interior. ¿No se puede?”. La petición, hecha con un tono de voz moderado, sereno, quizás producto de la fatiga, parecía dirigida a evitar la zona mixta, ese espacio donde los jugadores pueden dar declaraciones.

Las circunstancias descubrieron al hombre detrás del título de Seleccionador Nacional.

Mientras los periodistas esperaban en el pasillo de zona mixta, Rafael Dudamel los esquivaba por la derecha. Es imposible saber si lo hacía porque no quería dar más declaraciones. Sin embargo, terminó declarando a los periodistas después del episodio entre pasillos, luego de que las principales figuras del equipo, salvo Adalberto Peñaranda, comentaran el partido.

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Fotografía de Nolan Rada

Y entonces, para sorpresa de quienes siguen a la Vinotinto desde hace años, Dudamel apareció en la zona mixta dejando un discurso complementamente diferente al expuesto en la rueda de prensa. Un audio cedido por el periodista Pablo García Escorihuela permite registrar que ante la pregunta del periodista Juan Sifontes acerca de qué explicación interna le dan al presente y a los errores, el entrenador respondió:

“Es difícil encontrar una explicación ahorita. Hoy nos agobia la impotencia. Saber que se trabaja prepartido la mayor preparación táctica y psicológica para brindarles a ellos la mayor confianza y el mayor entendimiento del rival, repasar lo que queremos, sobre nuestra manera de plantear el partido, el resultado, y las cosas no te salen, te desesperas. […] Estos momentos son muy duros, muy duros, y solamente unidos los vamos a sacar adelante”

Sobre en qué se fundamenta la inseguridad que transmite el equipo al momento de administrar distintos contextos en los partidos y cómo este presente puede influir en el futuro, Dudamel responde a García Escorihuela:

“En las derrotas, porque hemos hecho partidos, por ráfagas, por momentos, buenos. Y no concretas. Entonces, no puedes manejar las circunstancias a tu favor y aparece la angustia, la impotencia, y no es fácil. Y a nosotros se nos hace mucho más difícil, porque a esta exigencia sabemos que, históricamente, nos cuesta más. Entonces tú ves la cancha como empinada. […] Más abajo [en la clasificación] no podemos estar. De aquí para adelante, lo que tiene que producirse es un rebote y saltar hacia arriba. Peor de lo que estamos hoy a nivel de posiciones no vamos a estar”

En relación con Bolivia, el próximo rival de Venezuela en la eliminatoria, Dudamel le respondió al periodista Fernando Petrocelli sobre la viabilidad del 4-4-2 como esquema de juego: “La necesidad de resultado no me puede llevar a mí, desesperadamente, a cambiar de módulo táctico porque confundo a mis jugadores”

Dudamel se marchó de la zona mixta dejando la siguiente respuesta a la pregunta de Alfredo Coronis: “¿Por dónde hirió más Venezuela a Brasil?”

Más que una respuesta, dio la descripción de su estado de ánimo: “Yo creo que hoy nos herimos nosotros mismos. El daño nos lo hicimos nosotros mismos al tener esos errores puntuales en los inicios, tanto del primero como del segundo tiempo”.

En los rostros de los jugadores late la seguridad de quien se siente cómodo en dos o tres frases hechas. Sería irresponsable afirmar que no les duele el resultado, el presente, la crisis… pero lo prolongado de la mala racha parece haber naturalizado la reacción anímica. No se sabe si por alguna pregunta que le hicieron al principio del pasillo o por otra razón, pero sólo Salomón Rondón salió visiblemente incómodo, molesto. Su rápido paso tenía como destino un autobús rotulado con la imagen de Dudamel, un grupo de futbolistas reunidos y su rostro sonriendo, con la mano derecha apuntando hacia el mensaje: “Unidos somos mundialistas”.

El reloj se acerca a la una de la madrugada. Las gradas están vacías.

Hay luz en el Estadio Metropolitano de Mérida.

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La previa al partido Venezuela vs. Brasil: se buscan motivos para sonreír; por Nolan Rada

1 El color azul de la llave del taxi que maneja Nelson Álvarez hace juego con la bandera y las letras BRASIL que se leen en el llavero. Al hablar de fútbol, respira profundo, medita la respuesta, frunce el ceño y dispara: “Mañana haré traición a la Patria”. Explica que la última vez que apostó a favor

Por Nolan Rada Galindo | 11 de octubre, 2016
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Fotografía de Nolan Rada

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El color azul de la llave del taxi que maneja Nelson Álvarez hace juego con la bandera y las letras BRASIL que se leen en el llavero. Al hablar de fútbol, respira profundo, medita la respuesta, frunce el ceño y dispara: “Mañana haré traición a la Patria”. Explica que la última vez que apostó a favor de Venezuela fue cuando jugó contra Argentina y perdió más de cuarenta mil bolívares en un parley al que había puesto menos de cuatrocientos bolívares. Su traición, en el fondo y desde su perspectiva, es una apuesta segura: “Mañana no vamos a ganar”.

En las calles de la ciudad de Mérida no se ve promoción alguna del partido entre Venezuela y Brasil que habrá acá al día siguiente. La sensación general parece ser la misma del taxi: mañana no vamos a ganar. Apenas la venta informal de franelas piratas de la Vinotinto que se pueden comprar por cuatro mil o cinco mil bolívares sugiere ambiente de fútbol. A pocos metros del Estadio Metropolitano se ven apenas unos pequeños carteles colgando de postes amarillos y muestran la imagen de Alejandro Guerra, Salomón Rondón, Christian Santos… y el taxista los ve.

“Este Guerra es bueno, ¿pero cómo lo van a poner si viene de una lesión?”. Nelson se refiere a la alineación contra Uruguay, en el partido previo al de mañana contra Brasil. Pese a su pesimismo —¿u honestidad?—, el taxista parece sentir cierto aprecio por el talento de los venezolanos, en especial del mediocampo hacia adelante. “Josef es bueno… y si juegan los tres…”, dice pensando en Salomón Rondón, Josef Martínez y Adalberto Peñaranda. Sobre el último tiene palabras todavía más amables: “Ese chamo es especial. Yo no entendí por qué lo sacaron contra Uruguay”. Cuando hace ese comentario, Nelson no imagina que una leyenda del fútbol venezolano como Luis Mendoza tampoco entendió el cambio horas antes en el Hotel Venetur Prado del Río, quien dijo desde la piscina del hotel:

— Su salida el otro día nos perjudicó. Es un fenómeno. Lo tenemos que cuidar. Y que no se pinte el pelo: a él lo van a conocer por su fútbol.

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Cuando Luis Mendoza aparece en el hotel, el programa de radio Conexión Goleadora, que en ese momento transmitía desde las áreas comunes, se interrumpe. El periodista Edgardo Márquez pondera la relevancia del exjugador vinotinto y atina: “Quienes lo vieron dicen que es el mejor de la historia”.

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Luis Mendoza retratado por Nolan Rada

Ver a Mendoza caminar resulta conmovedor: su espalda y hombros comienzan a arquearse, en su cráneo cada vez hay menos pelo y su mirada se esconde tras unos lentes de sol modelo aviador. Aunque ya han pasado muchos años desde que debutó con apenas 15 años en la Primera División, vistió la camiseta vinotinto durante 14 años y 3 Copas América. Todavía sonríe cuando se le habla de fútbol.

“El problema de Venezuela es que tenemos cincuenta años de atraso en relación con todos los países sudamericanos”, dice con serenidad, como quien se ha resignado a que el pasado es así y que desde ahí, de alguna u otra forma, se explica el presente.

Sin embargo, el presente también le permite ilusionarse. Considera que ahora los equipos preparan mejor los partidos: “Nosotros apenas salíamos con dos, tres partidos de preparación contra los equipos locales”. También recuerda cómo era el fútbol profesional ligado a las colonias de inmigrantes europeos, cuando militó en el Deportivo Italia y en el Deportivo Galicia.

“Era el fútbol de colonia, donde había cuatro equipos en Caracas. En las tribunas, como teníamos cincuenta años de atraso, también teníamos cincuenta por ciento menos de aficionados a la selección. Entonces, los mismos venezolanos, cuando jugábamos contra un equipo que venía de España o Portugal, el estadio se llenaba de hijos de españoles o de portugueses. Ahora no: ahora la gente va a ver a la Vinotinto y tenemos unos estadios maravillosos, aunque abandonados”

Su entusiasmo se incrementa cuando se le nombra a Deyna Castellanos: “¡Ahhh! ¡Ésa es un fenómeno! Que siga siendo la mejor jugadora femenina del mundo. El fútbol masculino venezolano va por escaleras mientras que el femenino va en ascensor”. Y cuando se le pregunta a propósito de Brasil, el rival de la Vinotinto de este martes en el Estadio Metropolitano, recuerda:

“Habíamos quedado cero a cero hasta el minuto sesenta. Fue una hazaña porque estábamos jugando contra el mejor equipo del mundo que ha existido. Esos fueron los que ganaron el Mundial del 70”

Ya Brasil no es eso, pero la historia de la Vinotinto no ha cambiado tanto como para transmitir la sensación de que puede resistir con comodidad o lastimar a su rival con autoridad. “Al futbolista venezolano le hace falta creérselo”, remata Mendoza.

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Buscando los vestuarios de la Vinotinto sólo conseguimos el Acceso 2, una puerta cerrada con el escudo de la Federación Venezolana de Fútbol pintado afuera y un coleto, dos escobas, cuatro recipientes plásticos, dos tobos, una papelera grande y otros implementos de limpieza. El único rostro visible entre tantos trastos es el de una mujer de cabello negro, piel blanca y algunas arrugas en el rostro. Pedirle permiso para hacerle una entrevista es invocar su lado más tímido, como si la señora volviera a ser niña, al punto de reservarse incluso su nombre. No sirve insistirle. Sonríe apenada y se va caminando con sus botas de plástico beige. Sólo en la voz de otros se encuentra su nombre. Es María.

En el camerino de visitantes que recibe a Brasil hay unos asientos azules con el logotipo de la Federación Venezolana de Fútbol y varios espacios vacíos donde predomina el blanco de las cerámicas. La pizarra acrílica tiene encima una imagen de Cristo acompañada por una inscripción: “Se entregó a la muerte para darnos la vida”. Nadie sabe responder si el cuadro es una petición del equipo, pero, si no lo es, alguien debería pensar en quitarlo: a un país tan creyente como Brasil no conviene recordarle sus deudas, porque podría querer pagarlas ganando en el fútbol.

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A las afueras del campo se despliegan los equipos televisivos de T&H Producciones, la empresa encargada transmitir la señal nacional, donde habrá voces de narradores y comentaristas más un paquete publicitario dedicado al ámbito venezolano, y la señal internacional que saldrá sólo con el audio ambiente y algunas modificaciones en los acuerdos publicitarios.

En el estadio ya comienza a verse actividad: hay cables por todos lados y las móviles (nombradas “La Bestia” y “La Chulita”) comienzan a ser puestas a punto. Se revisan las vallas eléctricas, los periodistas van y vienen mientras que, a pie de campo, los bancos de suplentes esperan refugiados bajo una estructura pintada de gris que tiene poco más de dos metros de altura. A la vez, bandadas de aves de al menos tres especies distintas vuelan a ras de campo y cerca del techo del estadio. Quizás estén aprovechando las mismas corrientes de aire que usan quienes vuelan en parapente desde la montaña que se ve al fondo norte del estadio.

En el centro del campo se ha posado un ave. Es una garza que sólo se altera cuando se aproxima el carro amarillo que poda el césped. Lo conduce José Cano, quien supera los cincuenta años y viste un pantalón gris y una camisa de rayas. Verlo tan dedicado a que la grama quede corta, baja, hace que parezca una orden técnica para que la pelota pueda correr más rápido.

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¿Qué efecto tendrá sobre los equipos de fútbol reunirse a conversar justo en el centro del campo? Muchos lo hacen, muchos guardan el secreto.

Luego de las cinco de la tarde, ya con las vallas publicitarias eléctricas cubiertas con plástico por si llueve y con los cables de audio para la transmisión televisiva camuflados, hay futbolistas entrenando.

Es Brasil.

El pentacampeón del mundo entrena en el Metropolitano de Mérida a la misma hora a la que se convocó a los medios de comunicación para la rueda de prensa de Rafael Dudamel, entrenador de Venezuela. No está claro qué ocurre, pero sí que los medios tienen acceso al entrenamiento del equipo visitante.

Suenan los primeros clicks de los fotógrafos. Otros, sin teleobjetivos que les permitan trabajar desde la distancia, se acercan a la baranda para observar. Apenas algunas personas observan desde arriba los trabajos que realiza Brasil.

En el centro del campo comenzó el entrenamiento, hasta que el grupo se partió en dos. Un lote de diecisiete futbolistas, divididos en grupos de ocho más el arquero, realizan ejercicios en una mitad de la cancha. Entrenan la circulación de pelota en campo rival y la aperturas hacia las bandas, las zonas más maltratadas de un terreno que no está en perfecta condiciones. El otro grupo ensaya remates.

Superada esta etapa, el grupo que practicaba la circulación del balón comienza a practicar distintos desplazamientos tácticos sobre su lado del campo y con la pelota como eje. El ejercicio es reiterativo pero complicado: un jugador comienza sacando la pelota desde el centro del campo, el balón desde el lado derecho llegará hasta el lado izquierdo después de muchos toques y movimientos de jugadores hacia espacios específicos. Por su parte, el grupo de trabajo ha practicado la defensa de los tiros de esquina al segundo palo y comienzan a entrenar la defensa de los centros frontales.

“¡Va a empezar la rueda de prensa de Dudamel!”, dice la periodista Mariann García, indicando que la observación del entrenamiento debe suspenderse.

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Fotografía de Nolan Rada

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La Sala de Prensa queda a nivel de campo, así que hay que desandar los tres niveles que se subieron para ver el entrenamiento desde la tribuna.

Dentro de la sala algunos periodistas han tomado asiento, mientras otros se agrupan a los lados. En un instante las dos cornetas que hay en la habitación están rodeadas de grabadoras, micrófonos y teléfonos. Los enchufes también han sido invadidos por distintos dispositivos. La tarima al fondo de la sala está dedicada a las cámaras de televisión. Quien pase por allí sin agacharse inspirará el odio de los camarógrafos.

Hace calor, bastante calor. Y nadie quiere dejar de registrar las palabras del entrenador.

El Dudamel que sale a rueda de prensa transmite la sensación de ser un hombre comprometido con un discurso que puede sonar tan repetitivo como carente de respaldo futbolístico. Habla de paciencia, de tiempo, de que es necesario conseguir fortaleza mental, de que lo que está faltando para ganar “son goles”, como si de pronto descubriera que la única manera como se puede ganar en el fútbol es anotando goles.

Su discurso ya no irradia vitalidad y, en líneas generales, sostiene que es una transición que requiere tiempo, que se necesita el respaldo de la gente y de los medios de comunicación. Sin embargo, el entrenamiento previo al partido no fue abierto a la prensa ni se confirmó el once vinotinto para el partido.

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Fotografía de Nolan Rada

Luego vendría la rueda de prensa de la representación de Brasil, conformada por Filipe Luis, el lateral izquierdo del Atlético de Madrid, y Tite, el entrenador.

Nadie recuerda una sola sonrisa de Rafael Dudamel. Sólo queda resonando el mensaje de la valla que recibe a quienes llegan al Metropolitano de Mérida: “Es por ti, Venezuela”. Parece evidente que tanto el entrenador como el país entero buscan motivos para sonreír.

Un viaje que termina con un mal día en Barquisimeto; por Nolan Rada // #DespachosDLGvsSanLorenzo

1 Entre los pasillos que dan hacia los camerinos del Estadio Metropolitano de Barquisimeto corrió la voz de que en el once del Deportivo La Guaira habría cambios. Los periodistas próximos al túnel de salida hacia la cancha solicitaban las credenciales y la alineación: una fotocopia con los nombres de los jugadores titulares dispuestos sobre

Por Nolan Rada Galindo | 30 de septiembre, 2016
Fotografía de Miguel Vallenilla/GradaDigital.com

Fotografía de Miguel Vallenilla/GradaDigital.com

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Entre los pasillos que dan hacia los camerinos del Estadio Metropolitano de Barquisimeto corrió la voz de que en el once del Deportivo La Guaira habría cambios. Los periodistas próximos al túnel de salida hacia la cancha solicitaban las credenciales y la alineación: una fotocopia con los nombres de los jugadores titulares dispuestos sobre una pizarra con los de los suplentes y el cuerpo técnico al lado. Trámites para resolver la incertidumbre.

Eduardo Saragó espera en la entrada del pasillo que da hacia los vestuarios. Desde ahí puede ver el túnel de salida hacia la cancha donde se persignará antes de que comience el partido. Está con los brazos en jarra. Su camisa de cuadros azules y grises y zapatos marrones contrastan profundamente con los tacos de todos colores y los petos fluorescentes con los que salen a calentar los jugadores. Parece inquieto, pero Saragó transmite serenidad, en oposición a la intensidad que de a poco parece irse elevando sobre el campo.

Fue ahí, en la grama, donde ver a Vicente Suanno en mono y chaqueta deportiva, al borde de la banca, nos hizo entender que el cambio en la alineación era él. El capitán se había lesionado una de sus piernas y no estaba para jugar. Es difícil precisar qué pasa por su mente mientras ve nuestra sorpresa. Su rostro transmite resignación, a la vez que sugiere rabia, frustración y orgullo propio. “Perderme este partido es doloroso”, dice mientras mira hacia la cancha.

Alguien le sugiere que anime a los jugadores con palabras. Suanno reconoce haber hablado con sus compañeros, quienes ya están con los ejercicios previos en el campo. Su mensaje, según contó sentado en uno de los asientos morados del banquillo, consistió en hacerles entender a sus compañeros que se habían ganado el derecho de jugar este partido, probablemente el más importante en la carrera de varios, y que tenían la oportunidad de darle una alegría al país en un marco social complicado en el área económica, alimentaria y médica.

Tácticamente, la lesión de Suanno obligó a subir al mediocampo a Franklin Lucena, luego de un impecable desempeño defensivo en Argentina. Y así Jhon Chancellor se convirtió en la pareja de Luis Morgillo en la zaga.

Sólo los futbolistas y el cuerpo técnico podrán calcular el calibre de la baja. Desde el periodismo, ese marcador final de 0 a 2 (4 a 1 global) se explica en buena medida desde estas variantes. Pero Eduardo Saragó fue más severo en la rueda de prensa: “Jugamos mal todos. Puntualizar a alguien sería irresponsable”.

Fotografía de Miguel Vallenilla/GradaDigital.com

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El partido no empezó tan mal. El balón comenzó a rodar mientras en el cielo larense aparecían rayos y nubes negras muy cerca del estadio, prefacio de la leve lluvia que caería durante el partido y que varios vincularían con la noticiosa Tormenta Mathew.

San Lorenzo comenzó replegado y Deportivo La Guaira asumió tímidamente el dominio del encuentro. Su circulación de balón resultaba buena hasta que le tocaba profundizar para acercarse de forma colectiva al arco rival. El Deportivo no era suficientemente peligroso como para marcar al menos un gol que le permitiera superar la fase, tras el 2-1 en Argentina. Quizás por eso Saragó se pasó todo el partido en el área técnica, alternando estar de pie y en cuclillas y dando órdenes, en oposición a Diego Aguirre, técnico de San Lorenzo, quien salía esporádicamente de los asientos de la banca.

San Lorenzo reconoció las dudas del local y comenzó a avanzar sobre el campo por aire y por tierra. Tanto los desbordes por las bandas como los centros al segundo palo hacían daño en La Guaira. Néstor Ortigoza no caminaba la cancha, como podría sugerirle a un desprevenido su leve sobrepeso, la recorre a su ritmo, uno que mentalmente va muy rápido. Fue al minuto 19 cuando Enmanuel Mas marcó el primer gol argentino, oscureciendo todavía más el ambiente. Para colmo, las ocasiones aisladas, como el cara a cara de Fredys Arrieta contra el arquero Sebastián Torrico, no fueron aprovechadas.

El partido se iba por virtudes ajenas e incapacidades propias.

Cada vez que Saragó tomaba un sorbo del pote verde y naranja parecía estar intentando tragar algo más que el segundo gol de San Lorenzo, anotado por Nicolás Blandi a los 32 minutos.

No debió funcionar, porque escupió buena parte del líquido con un honesto dejo de frustración.

Desde el segundo piso de la grada, empotrados en una esquina con trapos con nombres como “San Justo”, “El Túnel”, “El Talar”, “Polvorines” entre otros, un puñado de hinchas argentinos hacían que su acento retumbara en el Metropolitano: “¡San Loreeenzooo… San Loreeenzooo!”.

Ese segundo gol rompió la eliminatoria y el carácter del Deportivo.

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Minutos después del final de la primera parte, los jugadores se rehidrataban y reposaban sobre colchonetas azules en ese mismo pasillo que conduce hacia el vestuario. El silencio contrastaba con el reggaetón que se escuchaba en el autobús al momento de dejar el hotel y que acompañó algunos instantes antes del partido.

Silencio.

El regreso al campo de ambos conjuntos también decía sobre la estabilidad emocional de los equipos. Mientras San Lorenzo se agrupó en la boca del túnel y salió espoleado por el “Vamo’igual, ¡vamo’!” de Fernando Belluschi, el Deportivo entró al campo de a poco. Un puñado de jugadores primero… otro después. Una conducta inusual, extraña en un equipo que parece bastante unido.

El técnico visitante lo resumió en su rueda de prensa de una forma contundente: “Sobró el segundo tiempo”.

El Deportivo estaba obligado a marcar 4 goles en un contexto donde no supo hallar respuestas futbolísticas ni ímpetu desde las gradas. Para cuando tuvieron que padecer las expulsiones de Lucena y de Arquímedes Figuera, por acciones con manotazos y codazos salidos de la frustración, el partido se hizo tan pesado que hasta los recogepelotas, en su mayoría niños, se preguntaban cuánto faltaba para el final. “Podría haber quedado 9 a 0”, cerró Saragó ante los medios nacionales e internacionales en la sala de prensa.

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Aunque le falta mantenimiento, estructuralmente el Metropolitano de Barquisimeto es mejor estadio que el Nuevo Gasométro de San Lorenzo. Sin embargo, las leyendas que cuentan la historia de los estadios no se han levantado por su capacidad, sus colores ni su modernidad: sin fútbol, sin el fervor de los fanáticos, sin la gloria de los campeonatos y el dolor verdadero de las derrota no hay leyenda.

Son esas emociones las que concretan filiaciones que al Deportivo La Guaira y a nuestro fútbol todavía le faltan. Quizás eso explique que mientras en Argentina los aficionados de San Lorenzo “puteaban” a los jugadores venezolanos, en Venezuela le piden la camiseta a Ortigoza, uno de los principales artífices del triunfo de San Lorenzo, por su capacidad para ordenar a su equipo y de jugar a un toque en la mayoría de los casos.

Fotografía de Miguel Vallenilla/GradaDigital.com

Fotografía de Miguel Vallenilla/GradaDigital.com

Quizá no sea casualidad que, instantes antes del partido, George Antar, presidente del Deportivo La Guaira, viera desde el campo hacia las gradas y se devolviera al túnel. ¿Vio la cantidad de fanáticos que esperaba? Es probable que no, considerando la mueca de decepción que hizo en un estadio que está geográficamente muy lejos de la zona que representan y con sus hinchas naturales desatendidos porque hoy en día en el Estadio Olímpico de Caracas se hacen reparaciones que se prolongan en el tiempo de los presupuestos.

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No basta con que se juegue un puesto en los Cuartos de Final de la Copa Sudamericana. No basta con que haber llegado hasta los Octavos haya sido la mejor actuación de un equipo venezolano en la Copa ni los resultados previos. La cuestión es que, sin esos pequeños pasos en la historia futbolística de los equipos, el camino será todavía más difícil porque ni siquiera darían motivos a los posibles hinchas para pensar en plantearse la conexión emocional: eso que llaman “sentir la camiseta”.

Tras el partido, la sensación generalizada en jugadores y cuerpo técnico es de resignación. El rival terminó superándolos en distintos aspectos y tan temprano en el partido, que entre patadas y carreras debió naturalizarse la emoción. Al Deportivo La Guaira, que se queda en Barquisimeto, ahora le queda ir saldando los tres partidos pendientes que tiene en el torneo local.

Hoy se cierran sus oportunidades, pero inmediatamente después deben pensar en el mañana.

Así de cruel y así de pragmático puede ser el fútbol.

La previa: DLG vuelve a Barquisimeto (y al silencio); por Nolan Rada // #DespachosDLGvsSanLorenzo

Para llegar al Salón Agua Viva, en el Hotel Tiffany de Barquisimeto, se puede subir por escaleras desde el lobby o atravesar un pasillo que conecta las dos torres del hotel. Ni en las escaleras ni en el pasillo se escucha mayor sonido. Es mediodía del 29 de septiembre de 2016 y el cuerpo técnico

Por Nolan Rada Galindo | 29 de septiembre, 2016

Barquisimeto en la previa y el calor jugando a favor por Nolan Rada a

Para llegar al Salón Agua Viva, en el Hotel Tiffany de Barquisimeto, se puede subir por escaleras desde el lobby o atravesar un pasillo que conecta las dos torres del hotel. Ni en las escaleras ni en el pasillo se escucha mayor sonido. Es mediodía del 29 de septiembre de 2016 y el cuerpo técnico junto a los futbolistas del Deportivo La Guaira se encuentran en ese salón preparándose para el partido de vuelta de los Octavos de Final de la Copa Sudamericana que disputarán contra San Lorenzo de Almagro.

Se trata de la charla técnica, así que deben estar analizando a los argentinos en detalle y preparando otros aspectos del juego. Mientras esto sucede, la mayor parte de los periodistas que cubrirán el partido se registran en la recepción del hotel.

Quien sale del Salón podrá ver (a su mano izquierda, hacia el pasillo) una peluquería, una agencia de viajes, las oficinas administrativas y una camiseta de fútbol enmarcada. Tiene franjas rojas y negras y está rematada por un escudo que muestra la silueta de La Divina Pastora y un balón de fútbol. Es la camiseta del Deportivo Lara y, por su tamaño, parece que en ella sólo cabría un niño. Debajo del escudo se lee “I Plan Vacacional” y, más abajo, el logotipo del hotel.

El Deportivo Lara no sólo es el principal equipo de Barquisimeto: también fue dirigido por Eduardo Saragó, el mismo director técnico que ahora, a las 12:59 de la tarde, está frente a los jugadores del Deportivo La Guaira explicando asuntos que la puerta impide escuchar. Detrás de él se suceden diapositivas con cuadros, textos y disposiciones tácticas sobre una pizarra verde.

No se escucha nada y los jugadores, vestidos con shorts y franelas con los colores del equipo, están muy atentos a lo que ahí sucede. Antes que palabras, Saragó parece estar dándoles las herramientas necesarias el día más importante de la historia del equipo.

Si Deportivo La Guaira supera a San Lorenzo, será su mejor clasificación histórica en un torneo internacional. También será la mejor de cualquier equipo venezolano en la Copa Sudamericana. Quizás eso explique que haya más de treinta personas acompañando al equipo, además de jugadores y cuerpo técnico. La cantidad sorprende incluso a periodistas con años en el oficio, quienes comentan que no es normal un despliegue de este tipo en un equipo venezolano.

En la puerta está Miguel Ángel Romero, uno de los asistentes técnicos del equipo. También va de blanco y, cuando advierte la presencia de uno de los periodistas, apoya su brazo en el marco derecho de la puerta.

No se oía nada. Ahora tampoco se ve. Hay que cuidarse de los espías.

En el Salón hay dos baños, un área de cocina, dos cuadros, un espejo horizontal y al menos veinte sillas con cómodos cojines de terciopelo marrón, casi beige, en combinación con los espacios del hotel. La charla técnica termina cerca de la una y media de la tarde con una breve ola de aplausos.

Recibidas las instrucciones, siguen el almuerzo en el comedor Macuto Guayamure, en el mismo nivel del lobby. Terminan de comer y salen. Salen todos. Algunos futbolistas salen conversando entre ellos. Otros, como Franklin Lucena y Vicente Suanno, salen revisando alguna clase de dispositivo móvil. Uno de los últimos en salir es Saragó, quien conversa con alguien por teléfono. Saluda, aún hablando por teléfono. Se nota ilusionado, alegre. No se sabe si eso que lo entusiasma se debe a lo que ha dicho o a lo que está a punto de vivir como técnico.

El último en abandonar el Salón Agua Viva es Vicente Arruda, asistente técnico y encargado del material audiovisual. Fue él quien, durante el vuelo hacia Argentina, procuraba que todos los jugadores vieran los videos en sus computadoras. Sale con sus equipos en brazos y con eso el salón queda solo.

Los jugadores partirán hacia el Estadio Metropolitano de Lara a las tres y cuarenta y cinco de la tarde. Quizás algunos, considerando el calor que hay en Barquisimeto, eche de menos alguna de las botellas plásticas con agua mineral que dejaron abandonadas aquí.

4. El miedo y el regreso a Venezuela; por Nolan Rada // #DespachosDLGvsSanLorenzo

1 Forrado con una chaqueta de San Lorenzo de Almagro, un hincha comienza a hacer preguntas sobre el presente de Venezuela. Cuando pregunta sobre el Deportivo La Guaira, hay en su rostro un deje de menosprecio. Le interesa conocer acerca de sus jugadores y el estilo del equipo. Tiene sentido su poco interés, considerando el poco peso

Por Nolan Rada Galindo | 24 de septiembre, 2016

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Forrado con una chaqueta de San Lorenzo de Almagro, un hincha comienza a hacer preguntas sobre el presente de Venezuela. Cuando pregunta sobre el Deportivo La Guaira, hay en su rostro un deje de menosprecio. Le interesa conocer acerca de sus jugadores y el estilo del equipo.

Tiene sentido su poco interés, considerando el poco peso del fútbol venezolano en los torneos internacionales de clubes. Sin embargo, cuando pregunta sobre Venezuela cambia su actitud.

Al parecer, lo que más teme del juego de vuelta tiene que ver con lo que ahora vive el país y no con los recursos futbolísticos de Deportivo La Guaira.

Y desde afuera nuestro presente parece verse profundamente dramático.

Luego de haberle preguntado dónde se podía conseguir un adaptador eléctrico, el hincha de pelo largo y lleno de canas comenta “Ustedes en Venezuela no tienen nada”. Lo dice con humor. Nos reímos. Tras escuchar algunos comentarios sobre la crisis de alimentos y salud, hace un chiste.

Humor.

Esa leyenda del periodismo llamada Hunter Thompson explicó alguna vez que el humor “se convierte en un hábito, en una técnica de supervivencia”.

Quizás en Venezuela nos reímos demasiado.

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Llegamos de noche. Nos vamos de noche. La cena distendida que hubo después del partido fue una risa común y constante, así como todo el proceso para abordar de vuelta a Venezuela. Al menos hasta que el apagado de las luces internas del avión hizo que la atmósfera se fundiera con la madrugada argentina.

Ésta es la noche más fría del viaje y el grueso de la delegación de futbolistas usa chaquetas azul naval con las tres rayas blancas de Adidas. Durante el tránsito hacia el aeropuerto de Ezeiza, Felipe Núñez cojeaba. Cuando le preguntan cómo está su pierna izquierda, ésa que durante el partido le generó problemas, responde “Mejor… mejor ni hablemos”. Una vez montados en el avión, aún sin que la delegación se acomodara completamente, Eduardo Saragó le pide a unos de sus médicos que vigile a Núñez y haga lo posible para conseguir algo de hielo y se lo coloque durante veinte minutos.

Pasadas las dos de la mañana, a través de las ventanas se puede ver encendida la inmensa ciudad que recibió al Deportivo La Guaira hace tres días. Volvemos en el mismo avión. “The legend of the warrior” sólo tiene encendidas las señales de prohibición de fumar y de desabrochar los cinturones. Desde el aire se produce la misma sensación que en la tierra: uno puede pasar la vida cruzando Buenos Aires y no se aburrirá.

La hora y el agotamiento propician el sueño. Todos duermen o, al menos, lo intentan. La disponibilidad de asientos permite que algunos hagan una cama levantando los posabrazos en las hileras de tres puestos. Algunos descansan en posición fetal con o sin zapatos. Otros estiran una sus piernas dejándolas colgar hacia el pasillo. Hay quien se acomoda como puede en un solo asiento con la cabeza recostada hacia atrás, hacia un lado o sobre el hombro.

Jhon Chancellor duerme con un cojín de cuello y las piernas estiradas. Vicente Suanno, en el ala izquierda del avión, recuesta su cabeza sobre la ventana, al igual que Franklin Lucena, ubicado al fondo de la nave. Eduardo Saragó, de brazos cruzados y sin la gorra naranja del equipo con la que subió, se tumba hacia el lado derecho en la primera línea de asientos.

La atmósfera posterior al partido está llena de ilusión, pese a haber perdido contra San Lorenzo 2 a 1. Ese único gol, en un contexto donde el equipo sufrió hasta hallar una mejoría en la segunda parte, los deja a una victoria de avanzar. Se echan cálculos en los comentarios. En matemática viva, un 1 a 0 en Barquisimeto los metería en los Cuartos de Final de la Copa Sudamericana.

Superada la escala en Bolivia para recargar combustible, la mañana se va abriendo paso entre las nubes y el interior del avión comienza a iluminarse. La entrada de la luz despierta a algunos, que luego de bajar la ventanilla vuelven a lo suyo. Otros se estiran y empiezan las primeras visitas al baño.nolan 4

Luego del desayuno (un sándwich de jamón y queso amarillo, una ensalada con trozos de piña y lechoza y una uva, otro trozo de pan, algo de mantequilla y un alfajor, jugos y café), comienzan a escucharse algunos comentarios. Son casi susurros. Buena parte del equipo sigue con sueño. Otros oyen música con sus audífonos. Argentina ya es un recuerdo.

3.

La plana Buenos Aires y sus luces contrastan con los cerros del estado Lara, las grandes extensiones de tierras próximas al Aeropuerto de Barquisimeto y el calor. Las nubes que antes se veían debajo del avión ahora son sombras sobre la tierra.

A pocos minutos de desembarcar, el piloto de la nave, Juan Carlos Bermúdez, quien entre los periodistas es asumido como una especie de coach motivacional por su inagotable optimismo, trae de vuelta el pasado al dar la bienvenida a los viajeros:

“Quisiera felicitar a Lucena por ese gol que vale dos. ¡Y recordarles que el jueves le van a dar una paliza a esa gente!”

La delegación aplaude. Se ríe. Humor.

No tardarán mucho en darse cuenta de que, antes de estos tres días en Argentina, no había nada que perder. Ahora parece que todo está por ganarse.

Estamos llegando a Barquisimeto. Hace horas alguien le explicaba a aquel hincha de San Lorenzo que su equipo llegaría directo a la capital larense porque “No quieren pasar por Caracas, por las condiciones de seguridad”. No hace mucho la Selección de Argentina tenía dudas sobre viajar a jugar en Venezuela por las mismas razones.

Antes de terminar su conversación, el hincha argentino se despidió deseando que la situación de nuestro país mejore. Es posible que él no sea el único seguidor de San Lorenzo a quien lo social le genere más preocupaciones que lo futbolístico. Y ése podría ser el mayor peligro para el próximo jueves: pensar que el fútbol, en la cancha, es lo menos interesante.

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El Deportivo La Guaira vuela con retraso y en silencio 496

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3. Un gol con el viento en contra de La Gloriosa Butteler; por Nolan Rada #DespachosDLGvsSanLorenzo

En 2008, mientras el San Lorenzo de Almagro estaba celebrando cien años jugando al fútbol argentino, en Venezuela fundaban el Real Esppor Club, la franquicia que se convertiría en el actual Deportivo La Guaira. El dato no expone sólo las diferencias históricas entre ambos equipos: también pone en contexto el marcador con el cual cerró el

Por Nolan Rada Galindo | 23 de septiembre, 2016

Exclusivo Gris

Fotografía de Víctor Grao

Fotografía de Víctor Grao

En 2008, mientras el San Lorenzo de Almagro estaba celebrando cien años jugando al fútbol argentino, en Venezuela fundaban el Real Esppor Club, la franquicia que se convertiría en el actual Deportivo La Guaira. El dato no expone sólo las diferencias históricas entre ambos equipos: también pone en contexto el marcador con el cual cerró el partido entre ambos en el Nuevo Gasómetro: 2 a 1.

El joven equipo venezolano ha salido de una cancha histórica con una eliminatoria de Copa Sudamericana todavía viva y en sus manos, incluso pese a no haber jugado bien.

¿Qué pasó? Estar tan cerca del equipo permite intuir algunas cosas que la distancia no permite. Y quizás hubo un detalle capaz de condicionar al menos una parte del encuentro: Deportivo La Guaira iba a comenzar el partido del lado de la cancha donde había hecho los ejercicios precompetitivos. La decisión, en un primer momento, parecía convenir: de ese lado habría la menor cantidad de cuervos, que es como se les conoce a los hinchas del equipo argentino fundado por el sacerdote Lorenzo Massa. Así los primeros minutos, el acople, transcurrirían lejos de los cánticos.

Pero hubo cambios.

El primer juego de los Octavos de Final de la Copa Sudamericana para un equipo venezolano comenzó con la banda conocida como “La Gloriosa Butteler” gritándole detrás de las orejas a los de la Guaira. Y quizas fue el arquero, Felipe Núñez, quien haya notado el cambio con más crueldad.

Las salidas de Núñez hacia el medio campo, antes que movimientos con fines tácticos o alternativas para cortar acciones, parecían una manera de escapar de los gritos de “la banda más creativa de Argentina”.

Su desempeño durante el primer gol de los argentinos podría justificar más de una teoría. Haciendo lo que en el fútbol se conoce como “La Estatua”, Núñez vio sin moverse cómo el tiro libre pateado por Fernando Belluschi entraba por su izquierda a los once minutos de juego. El dominio inicial de los locales encontraba su premio en la poca resistencia del arquero del Deportivo La Guaira.

Los avances de San Lorenzo hacia la arquería rival se volvieron constantes por la banda derecha, dominada a placer por el rápido y ágil Sebastián Blanco. A La Guaira le costaba tener la pelota: al defender y despejar, los rebotes iban solos hacia los pies rivales. A pesar de intentar avanzar, no lograban asociarse. Y esa incapacidad los empujó a recibir otro gol, producto de un desbarajuste cerca del área que fue aprovechado por Nicolás Blandi, ya cerca del final de la primera parte.

Dos a cero.

Un marcador ideal para el arranque del local.

San Lorenzo se habrá sentido tan cómodo que el segundo tiempo lo empezó con un punto menos de intensidad, como guardándose. Aun estando del lado del clamor de “La Gloriosa Butteler”. Y al comienzo de la segunda mitad ninguno de los dos equipos parecía un claro dominador del balón. Eso hasta que a la atmósfera sonora se sumó un elemento que no había aparecido en el primer tiempo: el viento.

Fotografía de

Fotografía de Víctor Grao

Las poderosas corrientes de aire empezaron a jugar con el balón. Incluso pusieron en riesgo los equipos en el área de prensa. Eran un problema para todos, al menos hasta que decidieron jugar a favor del Deportivo La Guaira.

Se suele decir que dos cabezazos en el área terminan siempre en gol. Lo que no está del todo documentado es qué pasa si ambos cabezazos son dados por un mismo futbolista: Franklin Lucena, ayudado por el viento que frenó el balón, pudo recuperarse después de un intento fallido y así terminar de rematar.

El Deportivo La Guaira había conseguido uno de los puntos de honor: el valor agregado de marcar un gol de visitante.

La anotación llenó de confianza al equipo. Aunque hacía frío y el viento volvía a jugar con la pelota y con los nervios de los equipos, La Guaira lució más cómoda y segura. Al punto de permitirse perder tiempo con unas molestias físicas de Núñez, quien quemó varios minutos tirado en el suelo en dos oportunidades. Esa picardía molestó a toda clase de cuervos. La Tribuna Sur rugía y amenazaba “¡Somos de Boedo, somos de Boedo!”, pero los venezolanos no parecían reparar en ello.

Fotografía de Víctor Grao

Fotografía de Víctor Grao

Conscientes de que ese 2 a 1 dejaba la llave abierta, San Lorenzo lo intentó varias veces durante los minutos finales, logrando generar peligro real, pese a que su dominio del balón ya no resultaba tan eficiente como en el primer tiempo. Por su parte, el Deportivo La Guaira tuvo la malicia de ensuciar el final del partido con faltas y realizó un ajuste que le permitió defenderse mejor: poner su línea de mediocampistas más cerca de su línea defensiva. Y, si bien el sistema defensivo no resultó imbatible, logró mantener el resultado.

Cuando se juega en la casa de un Campeón de Copa Libertadores (San Lorenzo se hizo con el título en 2014), a un equipo como Deportivo La Guaira a veces le corresponde jugar el fútbol de trinchera, ése que consiste en hacerse fuerte en la defensa para resolver los partidos en un contrataque o a balón parado, su mejor recurso competitivo.

Aunque no estuvo brillante en la tarea, el equipo tuvo en Franklin Lucena un activo que resolvió la mayoría de los problemas que se presentaron en fase defensiva.

Ni el juego de San Lorenzo ni la trompeta, el bombo y la bandera de “La Gloriosa Butteler” pudieron desanudar una eliminatoria que ahora debe resolverse el jueves 29 de septiembre y en Barquisimeto.

Algunos hinchas de San Lorenzo se marchan con rostros apesadumbrados por el mal sabor de boca. Mientras tanto, en el espacio destinado para que los futbolistas atiendan a los medios de comunicación, los muchachos del Deportivo La Guaira sonríen e intercambian abrazos.

En sus rostros está la satisfacción de quien sabe que ha cumplido, a pesar de haber sufrido. Con una eliminatoria viva y las esperanzas puestas en el partido de vuelta, es una conducta que podía preverse.

Lo que seguirá siendo un misterio es eso de que en Buenos Aires el viento haya decidido jugar a favor de Venezuela.

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2. Saragó antes de El Ciclón y la casa del San Lorenzo; por Nolan Rada // #DespachosDLGvsSanLorenzo

1 Es 21 de septiembre y en Argentina celebran el Día de la Primavera. El cielo está despejado y aunque hay algo de frío, el sol comienza a calentar el ambiente. Eduardo Saragó, técnico del Deportivo La Guaira, está sentando en el lobby del hotel. Se desparrama sobre el cojín de una gran butaca tapizada

Por Nolan Rada Galindo | 22 de septiembre, 2016

Exclusivo Gris

Fuera del Tunel.

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Es 21 de septiembre y en Argentina celebran el Día de la Primavera. El cielo está despejado y aunque hay algo de frío, el sol comienza a calentar el ambiente.

Eduardo Saragó, técnico del Deportivo La Guaira, está sentando en el lobby del hotel. Se desparrama sobre el cojín de una gran butaca tapizada en cuero marrón. Cerca de él, dos hombres con aire de empresarios conversan sobre acciones, dinero, Telefónica. El técnico venezolano contrasta con su mono deportivo gris, la chaqueta negra y zapatos deportivos. Todo es Adidas. Es probable que los entrenadores del fútbol se sientan más cómodos cuando la etiqueta les hace creer que el mundo y la cancha se parecen.

A sus espaldas se ven peatones ocupando amplias aceras, carros desplazándose por calles enormes. Todo ese espacio para el peatón se convierte en un elemento de contraste con la Caracas que traen puesta en la memoria y la escala humana permite que la imponente arquitectura de Buenos Aires no los aplaste. Los miembros de la delegación se dejan tomar de la mano por la ciudad, que los lleva a conocer cafés que trabajan hasta entrada la madrugada, librerías, teatros, el Obelisco, la Plaza San Martín. Los paseantes van abrigados con suéteres, camperas, bufandas. Se mueven. Caminando. En bicicleta. Taxis. Motos. Colectivos. Sí, se mueven. Hace 14° centígrados de temperatura con una sensación térmica marcada por el viento que limpia la Avenida Córdoba. Es primavera.

Areas verdes de la Plaza San Martin

Cuando no usa su voz, Saragó está tecleando en su iPhone. En eso se parece bastante a sus jugadores: le resulta imposible dejar el teléfono a un lado. Conversa con Miguel Cordero, el preparador físico. Falta un día para ir contra el San Lorenzo. Ambos parecen relajados. Cordero le cuenta a otro empleado del club que a eso de las seis y media de la mañana se fue a caminar a Puerto Madero. Se ríe al recordar que la gente lo veía con asombro. Podría haber sido por su piel oscura, por su acento o su rapado corte de cabello. Lo que veían era su vestimenta: se fue a caminar en “shorts y remera” del Deportivo La Guaira por un sitio donde todos parecen estar saliendo del frío. Un empleado del Sheraton precisa: “Es el día más bonito de la semana”.

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De los jugadores no se tiene más coordenadas que las comidas. Sabemos que desayunaron como a las nueve de la mañana, en una de las áreas del Restaurante La Pérgola en el tercer piso del hotel. Comieron en cuatro mesas redondas con manteles blancos, sentados en unas sillas marrones a juego con la oscura alfombra del lugar. El sitio está ubicado justo encima de la entrada del hotel, ahí donde ponen en hilera las banderas de un montón de países. Está la de Venezuela. Sabemos que almorzaron en el mismo lugar donde ayer habían hecho ejercicios de recuperación. En cinco mesas dispuestas pudieron comer ensalada, arroz, milanesa de carne, frutas, jugo de naranja, papas y alguno que otro vegetal. Pablo González, nutricionista del equipo, dice que los jugadores tienen una dieta compuesta entre 3.000 y 3.500 calorías. Los almuerzos suelen tener la mayor carga de alimentos, pero a medida que se acerca la hora del partido los jugadores, por interés propio, empiezan a reducir la cantidad de comida. Ninguno se quiere perder el partido por una indigestión.

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En el área de conexiones del hotel hay una rueda de prensa a la que sólo asisten periodistas venezolanos. Saragó se sienta sobre una silla marrón, cruza los brazos, apoya los codos sobre la mesa redonda y comienza a hablar.

En su rostro se ve que ha descansado. Parece más tranquilo que la noche anterior. Aunque quizás sólo está resignado: sabe que ya no se puede hacer el trabajo que no se hizo ayer por el retraso. Los jugadores van a descansar hoy y apenas tendrán el reconocimiento de cancha a las seis de la tarde, luego de una charla técnica que anuncia para mitad de tarde.

El encuentro con la prensa da algunas pistas de lo que podría ser el discurso con el que recibirá a los jugadores en el vestuario. No es una arenga, pero tiene un inspirador punto de emotividad y amor propio. Pero cuando le preguntan qué significa haber llegado a los Octavos de la Copa Sudamericana (algo que ningún otro equipo venezolano había logrado) responde tajante: “Es histórico, pero no suficiente”.

Más adelante recuerda lo que han tenido que hacer para llegar hasta acá: vencer a Tolima y a Emelec. Hace énfasis en que su mayor virtud está en lo colectivo, en que logran funcionar realmente como un equipo. Lanza una flor a Vicente Suanno, su extensión sobre el campo, “un intelectual”. Saragó se siente seguro: “queremos seguir y confiamos en que lo vamos a hacer”.

No es indiferente al hecho de que San Lorenzo suele triturar a sus rivales desde los primeros minutos, pero apunta: “Nosotros en la Copa hemos sido un buen equipo. Hemos sido fuertes”. Y hace énfasis en esa última palabra: “Fuertes. Y el partido de mañana es el clave para poder cerrar una clasificación”.

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Segundos antes del almuerzo, Suanno explica en qué consiste ser la extensión de un técnico sobre el campo: “consiste en mucho planteamiento táctico, en muchas instrucciones determinadas en distintos puntos del partido”.

— ¿Cómo se entienden desde la distancia y con todo un estadio gritándoles?
— En encuentros de este estilo, en estadios amplios, a veces no hay grito que puedas escuchar. Pero con una señal o algún tipo de gesto puedes aclarar una situación táctica. Cerrarse. Abrirse más. Ocupar alguna zona que el rival esté dando. Darle alguna indicación a un jugador que esté alejado.

El caso del vínculo Saragó-Suanno es singular. “Con una indicación, con una seña, uno sabe hacia dónde él pretende que los jugadores puedan recibir la pelota con más espacio o hacerle daño al rival”. A Suanno le gusta leer libros de liderazgo. Cita autores con facilidad: John C. Maxwell, Tony Robbins. También expone cuán conectado está con el mensaje de Saragó, con esa idea de ser un equipo sólido: “Me gusta leer libros que buscan potenciar a los compañeros que están al lado, porque esto es un deporte de conjunto, una dinámica donde no triunfa uno sino muchos. En ese sentido busco fortalecerme”.

— ¿Cómo se impulsa a diez compañeros?
— Haciéndoles entender que el beneficio personal es el beneficio continuo de un equipo. Y que en la medida en que un jugador crezca pueden crecer todos los demás. Llegar al Everest y tomarte una selfie es diferente a llegar al Everest y tomarte una foto grupal. En ese sentido, veo eso como un sinónimo de fútbol: uno no puede hacer un gol solo. Tiene que hacerlo con el equipo. Y uno no puede ganar el partido solo: tiene que ganar el partido con otros.

Su próxima escalada al Everest está a unos cuarenta minutos del hotel, ante un equipo que representa al barrio de Boedo, San Lorenzo.

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Dicen que fue en Boedo donde se compuso “Sur”, el tango de “Nostalgias de las cosas que han pasado,/ arena que la vida se llevó./Pesadumbre de barrios que han cambiado/ y amargura del sueño que murió”. Si fuera necesario comparar las áreas próximas a Plaza San Martín con los alrededores del estadio ubicado en la Avenida Francisco Fernández de la Cruz, entre las avenidas Perito Moreno y Varela, esta zona de Buenos Aires es evidentemente más austera. Un caraqueño podría compararlo con la parroquia San Martín, hasta que vea las luces del Estadio Pedro Bidegain, el “Nuevo Gasómetro”. En la casa del San Lorenzo existe un poco del lujo que no sobra en sus alrededores. El conductor del expreso donde se traslada la prensa, un gordo blanco con aire bonachón que dice que no se le da el fútbol, nos advierte: “Boedo es bastante peligroso”. Al escucharlo, los periodistas nos vemos las caras, incrédulos. Venimos de Caracas, una de las ciudades más violentas del mundo.

Los jugadores no han llegado. El conductor del autobús que los lleva no conocía la ruta, así que los periodistas llegamos antes que ellos y somos los primeros en sorprendernos por la magnitud del estadio.

En una grada lateral está pintado el escudo de San Lorenzo. En la tribuna sur se leen las iniciales del equipo en blanco sobre el fondo rojo y azul. La tribuna que está frente al escudo tiene ochenta y cinco escalones que mañana serán llenados por hinchas y gritos. Para frenar su ímpetu están los para-avalancha, una estructura similar a la de una arquería con poco más de un metro de largo y de ancho. Al verlos, el periodista Juan Sifontes recuerda: “Son como los que dijeron que iban a poner en el Olímpico”. Hay menos de diez pasos entre esos ochenta y cinco escalones y la reja pintada de blanco que separa el concreto de la grama. Un detalle: entre los dos niveles de la reja hay alambre de púas. Antes que hinchas, parece que el espacio espera monstruos.

Tunel de salida

Debajo de la tribuna principal está el túnel por donde salen los jugadores. También hay un gimnasio completo y la sala para las ruedas de prensa. Al frente, debajo de la tribuna sur, hay un improvisado taller de herrería, una cancha de baloncesto y una pista de patinaje. Economía del espacio.

Recrear a ras de campo los gritos, los cánticos, los fuegos artificiales, la pasión de un barrio representada por un equipo apodado “El Ciclón” ya pone la piel de gallina.

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Hay un visitante imprevisto en el entorno del equipo. Se trata del técnico Raúl Cavalleri. Viste una camisa azul claro (“celeste”, se dice acá). Está de pie en uno de los accesos al campo y desde allí observa el espacio con naturalidad, sin sorpresa. Y era predecible que Vicente Suanno caminara hacia él.

Entre ellos hay historia. Se remonta a 2003, cuando el extinto Deportivo Italchacao visitó San Lorenzo y salió con un resultado feroz: 6-0. Uno de los periodistas resume el hecho: “Los volvieron mierda”. Ya a pocos pasos de Cavalleri, Suanno es el primero en hablar: “Después de trece años, otra vez aquí”. Es evidente que “El intelectual” no olvida la goleada, pero tampoco deja que eso le descomponga el momento. Le da gusto ver a Raúl Cavalleri.

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Mientras todo esto sucede, un grupo de futbolistas hace un rondo en el campo. Es un ejercicio simple: los jugadores forman una rueda y uno de ellos está en el centro. Hasta que no toque el balón estará persiguiéndolo. El juego se acaba cuando Miguel Cordero los llama. “¡Vamos, vamos, vamos!” Cordero es el encargado de que los jugadores entren en calor. “¡El partido, el partido, el partido!” Empieza su trabajo con distintos ejercicios de calentamiento físico y mental. “Te van a presionar, ¡te van a presionar!” Su trabajo va en ambos sentidos, pues debe asegurarse de que cada futbolista pueda tonificar y adecuar su cuerpo al mismo tiempo que debe adentrarlos en el ambiente que mañana vivirán. “¡Coño, esto es otro nivel!”

Grita exigiendo concentración, eficiencia en los ejercicios, precisión en los pases. Exige. Exige mucho. Ya no se ríe como en la mañana. Y entonces Saragó se ubica en el centro del campo. El técnico es todo silencio y observación. Atiende los mecanismos que el equipo trabaja, ubicados en el mediocampo bajo, en la zona de contención donde está la última línea que protege a la defensa. Van a practicar la salida de balón.

Los jugadores, pasándose la pelota, se desplazan en distintas direcciones y ocupan los espacios aunque no les llegue el balón: la intención es que quien lo reciba lo haga con el equipo en la mejor posición posible. Cuando no sale bien, Cordero es rabia pura. Saragó, en cambio, observa: el primero se encarga del trabajo en campo propio y Saragó asume el trabajo en el campo rival, cerca del arco contrario.

Algo cambia cuando Saragó se vuelve un activo participante del entrenamiento y empieza a disponer ejercicios para entrenar el posicionamiento en campo contrario. Los jugadores, que ahora se dividen en los que usan chaleco amarillo y los que no, se marcan a presión, se barren, se avisan de las marcas próximas. “¡Te van! ¡Te van!”

El partido ha comenzado.

Sarago, tras el entrenamiento

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Pep Guardiola ya ha dicho que la función de un entrenador, de un cuerpo técnico, es ofrecer a los jugadores las herramientas para abordar los distintos contextos que un partido ofrezca. El objetivo de este tipo de entrenamientos es ensayar sobre las debilidades del rival. Cuando el partido se ve en televisión, nada de esto resulta obvio para el televidente. Tampoco lo es para el hincha en el estadio.

Más allá de las estrategias para posicionarse y permanecer en campo rival, están aquellas que en realidad resuelven los partidos, ésas que derivan en goles. Cuando se acercan al arco, la portería parece custodiada por el enorme escudo de San Lorenzo. Y ahí les toca comenzar a practicar remates, pases, centros. La intensidad va menguando a medida que pasa el tiempo. Los balones se detienen y los jugadores hacen sus estiramientos del final. Se toman algunas fotos y parte del cuerpo técnico comienza a recoger los implementos deportivos.

Saragó está sentado en la segunda hilera de asientos de la banca. Ha vuelto al silencio. Sus ojos alternan la mirada entre algo que sostiene en sus manos (¿su iPad?) y el campo de juego. Antes que grama y gradas, parece estar mirando algo más.

El jueves 22 de septiembre, a las siete y quince minutos de la noche argentina, será el primer director técnico venezolano en vivir este capítulo. No lo sabe aún, pero hay al menos un argentino que lo apoya en su tarea: el conductor del autobús de prensa, ése al que no se le da el fútbol pero igual dijo “Espero que ganen, porque a mí San Lorenzo no me cae bien”.

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