Blog de Naky Soto

Un cachazo en vez de un tiro: el hampa que lee; por Naky Soto

Leer la prensa. Hojear la revista Épale Ccs, Premio Nacional de Periodismo 2014. Dice Gustavo Mérida que dijo Richard Peñalver (aquel que disparó desde Puente Llaguno e hizo campaña con su foto aprovechando la denominación de “Héroe de la Patria” y haciendo apología del delito) en el artículo “Vivir en el cerro”, publicado en la edición […]

Por Naky Soto | 15 de Septiembre, 2014

disparo cachazo 640b

Leer la prensa. Hojear la revista Épale Ccs, Premio Nacional de Periodismo 2014. Dice Gustavo Mérida que dijo Richard Peñalver (aquel que disparó desde Puente Llaguno e hizo campaña con su foto aprovechando la denominación de “Héroe de la Patria” y haciendo apología del delito) en el artículo “Vivir en el cerro”, publicado en la edición Nº 89 de la revista encartada en la versión dominical del diario Ciudad Ccs.

Quienes aprovechan el control de cambio para comprar dólares baratos y venderlos luego en el mercado negro despiertan la indignación de Mérida, al punto de admitir que provoca pegarles un quieto. Esa idea —justificada en su línea argumentativa— abre el compás para una reflexión con el hampa que lee. Porque cada quien elige cómo ganarse la vida y. ya que él (porque además sólo le habla a malandros y víctimas masculinas) eligió el delito, debe darse el chance de ejercerlo con un cambio revolucionario: ¡el cachazo!

El hampa lee; por Naky Soto 640A

Haga click sobre la imagen para ampliarla


No tiene que ser uno. ¡No, por favor! Si no vas a disparar y tienes la ocasión de humillar a otro, de ejercer el poder que te da un arma, úsala con placer, con alevosía. Entonces métele dos o tres cachazos. Y dale duro, durísimo. Déjale la cabeza partida, pero regálale la posibilidad de echarle el cuento a su mujer y de abrazar a sus hijos. No le quites esa posibilidad, porque hacer eso, justo y sólo eso, es lo que te hace un coño’e tu madre.

Robar no, matar por robar sí. Robar es una opción, una forma de ganarse la vida. Robar incluso a alguien más pobre que tú, alguien que se asuste ante tu llamado a quieto, alguien que no sepa cómo reaccionar por miedo o por indignación.

Vamos de nuevo: al autor le indigna el corrupto que juega con los dólares; al autor le provoca matar a ese degenerado. Es una posibilidad. Y ya que se le ocurrió, ¿por qué no aprovechar la rendija para una lección ética contra las balas y a favor de la cacha? Porque partirle la cabeza a la víctima de un asalto es menos grave.

Banalizar el hecho delictivo ante la posibilidad de sumar menos muertos, ¿quién no va a apoyar un llamado a frenar las balas? Mi preocupación reside en cuál será la próxima frontera para no ser tan coño’e tu madre: Mátalo pero no lo descuartices, para que puedan velarlo completo.

En todo caso, ésta es una oportunidad para medir la incidencia pública del encarte Épale Ccs. Debiéramos estar pendientes de las estadísticas sobre robos y asaltos, preguntarle al vocero del CICPC cuántos cachazos van sumando, cuántos cachazos comienzan a sustituir balas.

Lástima que no haya ni gasa en los hospitales para frenar las hemorragias de esos güiros bien partidos.

Esto es un quieto a la decencia, un cachazo cultural. Duro, durísimo. Y pagado con nuestros impuestos.

Alfredo Sadel: aquel cantor, estos públicos; por Naky Soto

No recuerdo a quién le escuché decir que a medida que envejecemos volvemos a hacernos niños. Los adultos mayores vuelven a ver lo cotidiano con criterios más sencillos, y la urgencia de sus necesidades, que pueden ser interpretadas como majaderías, solo corresponden a la ilusión que les proveen algunas tareas y la resistencia que les […]

Por Naky Soto | 20 de Agosto, 2014
Aquel cantor, estos públicos; por Naky Soto 640

No recuerdo a quién le escuché decir que a medida que envejecemos volvemos a hacernos niños. Los adultos mayores vuelven a ver lo cotidiano con criterios más sencillos, y la urgencia de sus necesidades, que pueden ser interpretadas como majaderías, solo corresponden a la ilusión que les proveen algunas tareas y la resistencia que les generan otras, que no por ineludibles ganan gratitud, desde el consumo de vegetales y píldoras, hasta el control del azúcar.

Diré entonces que esta audiencia estaba constituida por adolescentes, de unos 75 años como edad promedio, y con una notable desproporción de género a favor de las damas. Admiro mucho la estética de esa generación, preocupada en los detalles, con prestancia en el desplazamiento, a pesar de los bastones que sustituyen hoy sus pasados tacones. Ya sentadas, la imagen de sus cabezas blancas sobresaliendo del borde de las sillas daba para una fotografía hermosa, como ellas, como sus manos, donde el esmalte de rojos clásicos, es capaz de distraer el imperio de sus venas sobresalientes. Zarcillos, collares, pulseras, broches, anillos, un ajuar de perlas y otros materiales modestamente iridiscentes. Y esa regla maravillosa de combinar cada elemento de su vestuario, e, independientemente del resto del maquillaje que se hubiesen aplicado, todas, absolutamente todas, usaban colorete y labial.

Mi mamá estaba preciosa. En el carro tarareó “Escríbeme”, una de sus piezas favoritas. Mi papá nos volvió a narrar una entrevista en la que Plácido Domingo afirmaba que ningún otro intérprete había logrado cantar “Granada” como él. Plácido Domingo, repetía. Los cuentos sobre sus dotes de serenatero y seductor no faltaron en la antesala. Es que era tan bello, nos dijo una doña a modo de excusa por esos cuentos. Mi marido murió sin cantar bien ni el cumpleaños feliz, dijo otra que hizo reír al pequeño grupo con el que ingresamos a la sala.

“Aquel cantor” es una historia bien narrada, y lo es, justo por las voces que construyen el relato. Su hermosa tía Josefina Luna; artistas como Aldemaro Romero, Simón Díaz, Plácido Domingo o Emilita Dago, talentosos hombres como Carlos Cruz Diez y Jesús Rosas Marcano. Son testimonios que reconstruyen la vida de un ciudadano ejemplar, vinculado a causas justas, un artista que se erigió a sí mismo, regalándole a sus contemporáneos ese raro fenómeno de sentirse orgullosos de alguien cercano, posible y por ello conocido. Tras 25 años de su ausencia, rememorar inclusive el concierto que realizó en el recién estrenado teatro Teresa Carreño es emocionante: Ustedes saben por qué estoy aquí, necesitaba verlos, dijo Sadel al presentarse en el escenario. Llorar de alegría en estos días es una cosa rara.

La generación de Sadel es probablemente la que ha gozado del registro más amplio y nutrido de avances tecnológicos, desde el imperio de la radio que demandaba interpretaciones en vivo -retando a los artistas a probar una y otra vez sus talentos- hasta un Ipod donde puedes reunir toda su discografía en 2GB de memoria. Y así irás repasando el valor de los discos de vinil, el alcance de la televisión, el comportamiento de sus fanáticas —sin duda más elegantes que las de Justin Bieber, pero igualmente febriles— y ese logro invaluable que supuso el contraste entre lo popular y lo clásico, acercando a muchos a escuchar obras que de otro modo no hubiesen conocido.

A diferencia de lo que suele ocurrir con una película normal, el almuerzo reunió comentarios sobre nuestras emociones viendo el documental, no la historia ni el guión, sino cuándo se nos aguaron los ojos, qué recordamos al ver a tal personaje, lo linda que sonó una canción u otra. Nuestros adolescentes —mis padres— nutrieron de detalles la Caracas de esos tiempos, sus memorias se cruzaban para un relato más profundo del país que les permitió formar su familia, traer a la mesa a un hombre que narrado desde las memorias de quienes le conocieron personalmente, constituyen un trozo maravilloso de esa Venezuela que ahora nos resulta tan lejana.

Escuchar la historia de este hombre, cuya belleza trascendió sus registros vocales, y que contribuyó a mucho más que la cristalización de romances en el pasado, es importante. Así, la próxima vez que alguien les diga “¡Vamos a la Sadel!”, sabrás a quién se honra en esa plaza, por qué tiene tanto sentido que manifestaciones democráticas o vítores artísticos se reúnan allí, por qué aquel cantor es una noble referencia a una Venezuela hermosa, una que seguimos siendo, aunque a veces no sepamos cómo reunirla, narrarla, expandirla.

Aquel cantor, estos públicos; por Naky Soto 640b

El circo como derecho, por Naky Soto

“Están peleando el diablo y la diabla”, así dicen en Oriente cuando llueve con sol. El vapor que produce esa pelea en las alturas detuvo mis intenciones de ir más lejos. Opté por un centro comercial pequeño, con locales de igual proporción, que aún ofrecen el trío feliz —sopa, seco y jugo— a unos precios […]

Por Naky Soto | 15 de Julio, 2014

El circo como derecho, por Naky Soto 640

“Están peleando el diablo y la diabla”, así dicen en Oriente cuando llueve con sol. El vapor que produce esa pelea en las alturas detuvo mis intenciones de ir más lejos. Opté por un centro comercial pequeño, con locales de igual proporción, que aún ofrecen el trío feliz —sopa, seco y jugo— a unos precios moderados, como sus porciones. Sus menúes sólo existen en pizarras, con caligrafías que prueban que no todos aprendimos a escribir en cuadernos de doble línea. Me sumo a la breve cola del que ofrece pollo a la plancha. Me anteceden dos funcionarias.

Sobre sus prótesis mamarias reposan el logo y nombre de la institución. En sus espaldas, para contrariar mi espera, los ojos virolos del finado, con la firma abajo, a la derecha. Un revolucionario lo hubiese puesto a firmar a la izquierda, pero el negocio no es la congruencia simbólica de seguir haciendo propaganda con empleados públicos, el negocio son los millones que cuesta el bordado de las franelas rojas. Tricolor adelante, blanco y negro atrás. Misiones por delante. Comisiones por detrás.

No sólo Maripili Hernández elige estilistas anclados en los ochentas. La más alta de esta dupla en la cola también porta una melena de rubio indefinido, exageradamente voluminosa e inamovible. Pero la pequeña es la hembra alfa, con las puntas del cabello revelando el mal uso de la plancha, tan áridas y punzantes como su verbo.

— Te lo voy a decir así: si pensaron en regalarnos algo para el día del niño, pudieron usar el cerebro, ¿cómo se les ocurre contratar al circo que está al borde de la autopista y no el del ceceté?
— Es un regalo.
— Pero a mí me gustan los regalos que estén buenos, como yo. Todas tenemos sobrinos, nietos, yo qué sé, otros niños en la familia, pues. Tenían que darnos más entradas de manera que pudiéramos llevarlos a ellos también, pero las entradas sólo para mí y mis hijos, no me parecen “un regalo” —eleva los dedos para hacer las comillas al borde del rostro de su compañera—.
— Nos están dando un día de semana, ¡tú sí te quejas!
— ¡Ajá! ¡Otro punto! Si nos iban a dar un día libre pa’ ir al circo, ¿por qué no contrataron la función del viernes? Por ser el día del niño, el domingo todas vamos a estar ocupadas, o sea que es un día menos de descanso. Tenían que darnos el viernes y así armábamos  un puentecito para hacer otras cosas.
— Tú sí eres arrecha —dice la Farrah Fawcett criolla, batiendo la melena de izquierda a derecha, para negar mientras demuestra su inercia capilar—.
— ¡Claro que sí! Pero lo menos aceptable es que se les ocurra que está bien darnos los tickets-juguete por el mismo monto del año pasado, ¿estos tipos no saben qué es la inflación o quieren que se los explique? Con eso no le compro a mi hija ni un vestido pa’ la Barbie que le regalé en navidad.

Ante la expresión de contrariedad de la rubia, la pequeña eleva la voz mientras se lleva las manos a la cadera, como un vaquero:

— Los derechos son para defenderlos, ¡la que tiene que reflexionar eres tú! Si uno no exige lo que es de uno, nadie te la da, ¡lo más importante en esta vida se consigue peleando, mi amor!, desde el juguete para tu hijo hasta el día libre que necesitas para celebrar con él. Lo que es de uno se pelea.
— ¿Vas a guarimbear, entonces?
— No, niña, más sencillo: no trabajo; así protesto yo. Cumplo horario y más nada, el que no me da lo que quiero, yo no le doy lo que quiere, ni que sea el Gobierno ni nada. Mi rebeldía es tan eterna como tú sabes quién —y levanta la mano derecha mientras gira para señalar con el índice el bordado en su espalda, aunque sólo eleva las nalgas—.
— Entonces de rebelde no tienes nada.
— Eso crees tú. Él es el que sigue mandando.

Farrah abraza a la engrinchada y se ríen mientras avanzan. Hacen su solicitud y se marchan pellizcando las arepitas dentro de sus bolsas. El señor que me sucedía en la cola se coloca a mi lado para hacer su pedido. Sin mirarme afirma que para ese problema no hay Constituyente que valga. Termina su comentario así:

— Sólo piensa que esa mujer está multiplicada. ¿Qué nos queda? ¿Ser optimistas y rogar porque sean una minoría? ¿Cómo te reconcilias con la vagabundería?

No esperó mi respuesta. Caminó batiendo la cabeza en señal de negación… salvo que él es calvo.

Miss Defensora del Pueblo: 2007-2012; por Naky Soto

Vimos a Gabriela Ramírez, defensora del pueblo, defenderse a sí misma. Vimos a la Guardia del pueblo prohibirle al pueblo llegar hasta su sede. Vimos al pueblo ser asfixiado por manifestar su derecho al libre tránsito y a la protesta contra la Defensoría. Vimos a Gabriela Ramírez privilegiar su indignación por el manejo tendencioso que […]

Por Naky Soto | 14 de Marzo, 2014

Miss Defensora 2007-2012, por Naky Soto 640A

Vimos a Gabriela Ramírez, defensora del pueblo, defenderse a sí misma. Vimos a la Guardia del pueblo prohibirle al pueblo llegar hasta su sede. Vimos al pueblo ser asfixiado por manifestar su derecho al libre tránsito y a la protesta contra la Defensoría. Vimos a Gabriela Ramírez privilegiar su indignación por el manejo tendencioso que de sus recientes declaraciones realizara un medio impreso venezolano. Ahora nos toca ver la violación del artículo 57 de la Constitución, que establece que la información debe ser oportuna, lo que hace imperativo señalar que la acreditación grado “A” que hoy dice recibir la defensora, no se corresponde con méritos de fechas recientes, sino con documentos consignados por las actividades de la Defensoría en el quinquenio 2007–2012 y le fue otorgada en mayo de 2013. Publicar a destiempo esta nota no tiene fines informativos sino propagandísticos.

En términos prácticos, lo que gana la Defensoría del Pueblo con esta acreditación grado “A” es la asesoría del Comité Internacional de Coordinación de las Instituciones Nacionales, la asistencia a eventos de la Organización de las Naciones Unidas y del propio Comité –una reunión anual y una conferencia bienal– con derecho de palabra y el envío regular de informes a sus homólogos. No es un sello Norven, ni una garantía de calidad ISO 9000 ni es una estrellita en la frente.

No hay contradicción con otra organización. En noviembre de 2012, la defensora Gabriela Ramírez afirmó que no existía contradicción alguna entre el ingreso de Venezuela al Consejo de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas a la par del retiro de nuestro país de la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El argumento central residió en la amplitud que por su estructura supone el Consejo, versus la parcialidad que signaba a la Corte.

El Comité Internacional de Coordinación de las Instituciones Nacionales de Promoción y Protección de los Derechos Humanos, es el órgano independiente que se encarga de hacer seguimiento y revisión de estas organizaciones cada 5 años. En 2013 le correspondió a la Defensoría del Pueblo venezolana, cuyo informe de desempeño y progresos, no llegó a incorporar los terribles sucesos vividos en abril del año pasado. Diversas organizaciones venezolanas de Derechos Humanos, solicitaron al Comité la revisión de la acreditación de la Defensoría con el envío de un informe donde explicaban las múltiples violaciones de las que han sido objeto venezolanos, sin el concurso de la Defensoría para su amparo y resarcimiento correspondientes, teniendo como parámetro los Principios de París relativos al estatuto y funcionamiento de las instituciones nacionales de derechos humanos.

En el momento de su ingreso al Consejo de DDHH, Ramírez afirmaba el compromiso que significaba la elección de Venezuela y el propio Ejecutivo se comprometía en tomar acciones para combatir la inseguridad –cuyo incremento ha sido tan alarmante como sostenido–, y mejorar la situación de las cárceles –de los últimos 4 motines, la ministra Iris Valera aún no consigna informes–, sin ofrecer garantías para honrar las garantías de libertad de expresión –corroborado con nuestra hegemonía comunicacional y autocensura–, la independencia judicial o la mejora de su relación con la Corte Interamericana, de cuya jurisdicción logró separarse en septiembre de 2013.

El problema del timing. 26 asesinados, 1600 detenidos, centenares de heridos, más de 120 periodistas agredidos en la coberturas de sucesos y al menos 44 casos de tortura reconocidos por las autoridades. Ante este saldo, el gobierno venezolano brinda hoy por el logro de una acreditación cuya base reside en el quinquenio pasado, advirtiendo que antes del acto había sido consignada la documentación de las investigaciones que se realizan por presuntos maltratos a la integridad personal durante los hechos de violencia que se han suscitado en Venezuela desde el 12 de febrero, con especial énfasis en la reducción lograda de las manifestaciones, que contabilizaron en principio en 18 municipios, para señalar su disminución a 14 y afirmar que solo persisten en 6 de los 335 municipios del país. Afirmación que entra en contradicción con las manifestaciones celebradas ayer en San Cristóbal, Mérida, Maracaibo, Barquisimeto, Cumaná, La Victoria, Valencia, Puerto Ordaz, Valera y Caracas, que lamentablemente terminaron con acciones represivas por parte de los cuerpos de seguridad del Estado, con el terrible saldo de 3 asesinados y 14 heridos de bala solo en el estado Carabobo.

En todo caso, Ramírez señaló desde Ginebra que la Defensoría hace seguimiento a los funcionarios de seguridad que presuntamente han incurrido en excesos de represión, que ya hay varios detenidos, sin precisar dónde están ni quiénes son, tanto menos en cuál estadio se encuentran las investigaciones que sobre ellos adelantan, pero prometió que de llegar a comprobarse alguna actuación represiva indebida y de acuerdo al criterio del juez correspondiente, los funcionarios pagarán prisión según lo establecido en nuestra legislación.

La promoción de la acreditación es entonces una pieza más a la apuesta de la ebullición de la indignación, haciendo que esos parámetros internacionalmente aceptados para la observancia de las funciones de las instituciones nacionales de DDHH, en áreas como independencia, cumplimiento con su mandato, contenido y propósito de informes defensoriales y relaciones con la sociedad civil, necesiten de la ponderación que el propio ciudadano pueda hacer entre lo que vive y lo que es reportado por la Defensoría. Que la defensora haya dedicado el cierre de su declaración a la promoción de un documento para prevenir el acoso escolar en el marco de esta crisis política, es poco menos que una burla a la población que por razones políticas ni representa, ni defiende.

¿Y a ti quién te defiende? A diferencia de sus homólogos latinoamericanos, como los defensores de Ecuador o Perú, Ramírez ha sostenido una relación conflictiva con las organizaciones defensoras de DDHH en Venezuela. Los que deberían fungir como sus principales aliados en la difícil tarea de proteger al pueblo frente a un gobierno que ha perdido la separación de sus poderes y los contrapesos frente al Estado, han sido incluso [des]calificados por ella, como organizaciones antigubernamentales.

El primer informe evaluativo que sobre el desempeño de la Defensoría del Pueblo para el período 2007–2012 enviaran diversas ONG venezolanas de DDHH, estuvo basado en la experiencia de estas organizaciones y el desarrollo social en su relación con la institución. Entre los hallazgos del estudio se encuentra la ausencia de independencia de los máximos responsables de la institución; la falta de estímulo al cumplimiento con estándares internacionales de derechos humanos y el cuestionamiento de los órganos de protección; la instrumentalización del Informe de la Defensoría como un mecanismos más de propaganda del gobierno; y la existencia de una oferta formativa en derechos humanos, sesgada y excluyente.

Miss Defensora 2007-2012, por Naky Soto 640B

Puedes consultar este informe hecho por Acción Solidaria, el Centro de Derechos Humanos de la Universidad Católica Andrés Bello, Civilis Derechos Humanos, Espacio Público y el Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea). Haciendo click  aquí puede consultar el informe.

La defensora afirmó en Ginebra que también denunciará la campaña de odio que se ha desencadenado contra la Defensoría y su persona ante la oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, la relatoría de Libertad de Expresión y la relatoría especial sobre la situación de los defensores de los derechos humanos. Si este empeño fuese proporcional con la voluntad para ayudar a resarcir las múltiples violaciones de DDHH de las que son objeto tantos venezolanos, muchos celebraríamos esta acreditación pasada, cuya continuidad solo garantiza más indignidad.

Vaya nuestra felicitación retroactiva por algo obtenido en 2013. Ahora lábrese el respeto en este 2014, acompañando a las víctimas de esta desproporcionada violencia de Estado, tal como el 28 de febrero se lo indicara la Alta Comisionada para los Derechos Humanos, Navi Pillay, en una nota que lamentablemente no difundieron los medios del Estado.

#27F, 25 años después; por Naky Soto

El país retumbó y yo era una adolescente. Estábamos en la clase más desagradable de todo el bachillerato. Un profesor de apellido Milano hacía las veces de explicar física, pero su actitud distraía cualquier capacidad de atención y comprensión. La hermana Julia entró sin tocar la puerta y nos pidió con severidad recoger nuestras cosas, […]

Por Naky Soto | 27 de Febrero, 2014

27 de febrero, 25 años después; por Naky Soto 640

El país retumbó y yo era una adolescente. Estábamos en la clase más desagradable de todo el bachillerato. Un profesor de apellido Milano hacía las veces de explicar física, pero su actitud distraía cualquier capacidad de atención y comprensión. La hermana Julia entró sin tocar la puerta y nos pidió con severidad recoger nuestras cosas, luego habló en privado con el profesor. Un barullo multiplicado rondaba la estructura del colegio, algo inusual en horas regulares de clases. La hermana se colocó en el centro del pizarrón y anunció que algo muy grave estaba ocurriendo afuera, que era imperioso estructurar nuestra salida inmediata y organizada, por lo que fue separándonos dentro del salón por zonas de residencia.

Yo miré con la certeza de que sólo una de mis compañeras vivía en mi urbanización, pero no compartíamos salón, ni la había visto ese día. Salimos en el orden dispuesto, con preguntas, sin datos. Nadie acertó sus especulaciones, ninguna se acercaba ni un poco a lo que estaba sucediendo. Mientras en el colegio se quedaban organizando los transportes, recibiendo llamadas de padres y madres, controlando a las más pequeñas para quienes cualquier ida al patio era exactamente un recreo y nada más que un recreo, nosotras emprendimos el regreso a casa, y a diferencia del grupo más numeroso que utilizaría la avenida Rómulo Gallegos, nosotras bajamos a la Francisco de Miranda, para recibir el primer impacto visual: dos camiones de Pepsi Cola, volcados a la altura de una sede bancaria. Habían bañado con diminutos vidrios y líquido ambos tramos de la avenida, así que entre las aceras fuimos armando nuestras columnas para mantenernos juntas, conversando y meditando sobre lo que podría estar pasando. Despedimos al grupo que bajaría a La Carlota y seguimos rumbo al este.

Siempre me tranquilizó vivir en Palo Verde, al estar más allá de Petare ─uno de los principales focos de rutas urbanas de Caracas─ en esa zona convergen más de cien líneas de autobuses. La merma más importante de mi grupo ocurrió en Los Ruices, la siguiente zona beneficiaria del colegio por su proximidad. Nos quedamos tres que iban a La California, dos a El Llanito, una a Buena Vista y yo allá, donde Jesucristo dejó la chola.

Un barullo mayor se propagaba por mi tránsito, cornetas de autobuses y carros, gente más acelerada, gente arrecha, gritos, insultos, rabia, mucha rabia en el ambiente. El callejón Lebrún tenía gente, fuera del hospital Pérez de León, médicos, enfermeras y pacientes construían también sus teorías. Unos estudiantes echaban broma en la otra acera, a la altura del mítico bar Anacoco, y me aullaron algo que no llegué a oír. Le pregunté a un señor de la cauchera 24 horas qué estaba pasando, y luego de revisarme de arriba a abajo me dijo muy serio que siguiera pa’ mi casa porque todo estaba revuelto. Habló de Guarenas, Guatire y del centro. Le gritaba a otro señor más joven que trajera de una buena vez el maldito candado para terminar de cerrar e irse. Cruzar el provisional ─ya tiene más de 30 años─ elevado de Palo Verde, aún con lo temprano, era poco menos que imposible. Otro señor, obviamente papá, me rogó que no subiera al elevado, que tuviera mucho cuidado porque en la subida a Mesuca todo era un desorden. Muchos negocios en la redoma de Petare cerraban y abrían sus santamarías en una especie de arritmia colectiva, pues más peso tenían los rumores que aquello que efectivamente estaba ocurriendo entre ellos. En Pepeganga no había tanta gente, pero se escuchaban gritos, cornetas. Me paré en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Las Vegas de Petare, y otra vez vi rostros alterados, hasta los consecuentes catequistas de siempre, recomendaban con firmeza que subiéramos a nuestros hogares porque la cosa estaba color de hormiga. La entrada al barrio José Félix Ribas era una feria de gente y carros, de sudores y carreras. Mucha gente a pie.

Terminé la empinada subida hacia mi edificio con señoras comprando cosas y un tráfico espantoso en la avenida central. Llegué a casa y mi hermana tenía encendidos –como buena estudiante de periodismo– los dos televisores y los dos radios, combinando noticias con nuestro sempiterno teléfono gris de Cantv, sin candado entre los aros de los primeros números pues la adolescencia estaba superada. Mi mejor amiga vivía apenas tres edificios más abajo y no pudimos hablar, las llamadas no cesaban, con las mismas preguntas: ¿ya llegaron todos? ¿Dónde está tu mamá? ¿Y tu papá? Mi hermana que veía un reportaje y yo escuchaba otro: Guarenas como primer foco de protesta, luego Catia, luego El Valle y Coche, después Antímano, el 23 de enero, gente en las calles, gente protestando contra el paquete de Carlos Andrés Pérez. En algún momento dijeron Petare. Y así, delante de nosotras comenzó el grito de saqueo, en la urbanización que estelarizó la frase del Musiú Lacavalerie: ¡Vengan pa’ que lo vean!

Mi trozo de ciudad se encendió. Si te asomabas al pasillo de los ascensores podías ver la movilización en las zonas más altas de José Félix Ribas, si lo hacías al balcón verías la agresión injustificable que vecinos de tantos años acometían contra sus comerciantes. La tienda de licores, la papelería de la esquina, la panadería, todo, cualquier espacio, en un júbilo repugnante, incontrolable, generalizado. En algún momento las despensas se acabaron, no había más que asaltar. El otro grito común es que ya venían del barrio. Que preparáramos macetas, cualquier objeto contundente que lanzarles. Era absurda la solicitud después de ver a los propios residentes acabar con los negocios. Poco antes de la medianoche llegó la Guardia Nacional, desplegando hombres a lo largo de la avenida principal, una arteria que serviría de zanja y trinchera, pues entre los claros de los edificios se veía el cerro con precisión sin viceversa posible. Las azoteas también servirían, todo contribuyó a la acción del Estado. Disparos, gritos, disparos, gritos, toda la noche, toda la madrugada. Conocer el desvelo por miedo, por compasión a los que caían y aún no sabíamos si eran culpables o inocentes.

A misa pudimos ir varios días después. El recorrido hacia Las Vegas era desolador. Los agujeros que las balas habían hecho en las paredes de los edificios servía para recordar vehementemente las detonaciones que les dieron origen, los gritos de noche en los barrios vecinos, la angustia de mis padres por hacernos dormir en la sala, con más de una pared de por medio con respecto a la calle; la previsión de mamá por distribuir la comida con prudencia, la televisión encendida casi todo el día, las llamadas de familiares, de amigos; los militares dando versiones que el padre Matías Camuñas, nuestro párroco, desmentiría en sus homilías con toda la cólera que semejantes crímenes despertaban en un hombre de Dios y del pueblo.

El país retumbó y aún hoy no hay cifras del total de muertes que se produjeron en esos días, muchas versiones, más dilaciones en los procesos. Ningún reivindicado, salvo por el dictamen de la Corte Interamericana de DDHH en 2004, a la que el gobierno denunció en el año 2013, logrando excluir a Venezuela de sus competencias. Se violaron Derechos Humanos y se acabaron las posibilidades de trabajo de muchos comerciantes que no pudieron levantar de nuevo el capital necesario para trabajar. La pobreza dejó de ser un pasaporte directo al cielo para convertirse en eje de las reflexiones de mucha gente que entendió la urgencia de resolver semejantes condiciones de vida, en un país con los recursos de Venezuela, hoy mermados, aniquilados. No habrá indemnización que pague el dolor de los desaparecidos y muertos, y los sucesos que este año han movilizado focos de protesta en diversas ciudades del país nos recuerdan que no importan los protagonistas, un Estado sin vocación democrática y más preocupado por conservar el poder que por mediar en los problemas, puede ser igualmente represor. La izquierda o la derecha son entelequias cuando posees lacrimógenas, perdigones y balas. Cuando mezclas cadenas de radio y televisión con una opresión desmesurada e irresponsable. Cuando a pesar de eso, sigues demandando aplausos para los que te coaccionan.

Mi ciudad se enciende todos los días, en la violencia como hábito y recurso, en el irrespeto como fórmula para el sujeto con armas. En la muerte como dictamen. El color de hormiga se nos hizo una constante, con sus vidrios, con sus pegostes, con esos gritos que no cesan, implacables.

Firmas y disparos, por Naky Soto

El propio Hugo Chávez decidió en 2009, al término de un partido de sóftbol, decretar el 2 de febrero como un día de júbilo nacional con consecuencias legales para quienes no lo acataran. El motivo era celebrar sus 10 años de ascenso al poder, a pesar de compartir la fecha con los también electos Jaime Lusinchi (1984), […]

Por Naky Soto | 5 de Febrero, 2014

BLOG_Firmas_y_disparos_por_Naky_Soto_640_

El propio Hugo Chávez decidió en 2009, al término de un partido de sóftbol, decretar el 2 de febrero como un día de júbilo nacional con consecuencias legales para quienes no lo acataran. El motivo era celebrar sus 10 años de ascenso al poder, a pesar de compartir la fecha con los también electos Jaime Lusinchi (1984), Carlos Andrés Pérez (1989) y Rafael Caldera (1994).

El culto personalista al líder ha experimentado matices obsesivos tras su fallecimiento, convencidos de que sin él es improbable sostener la cohesión de sus fuerzas, justo cuando las consecuencias de sus decisiones se multiplican con mayor ferocidad que la misma inflación. Llegamos entonces a la celebración del 4 de febrero, antesala al último 5 dedicado a recordar su partida, pues en marzo se cumplirá un año. En ese mismo mes, el 26, se estrenará la celebración de su salida de la cárcel de Yare, pues indican los conocedores que es el primer registro fotográfico en el que Nicolás Maduro aparece a su lado.

Soldados leales honran a insurgentes. Desde el Cuartel de la Montaña, el sitio de operaciones donde se rindió Chávez, celebran el fracaso, lo que trataron y no lograron a pesar de las muertes ocasionadas. Celebran la intención y se premian. Las únicas medallas que pueden [im]ponerse se justifican en un absurdo rocambolesco: la prelación de la intención sobre el logro, signando una manera de narrarse, de reinterpretar sus errores ─cuando no les alcanza la creatividad para endilgárselos a otros─, de gobernar para ser televisados.

t060426a-independencia

Nicolás dedicó su discurso a alegar la pertinencia de la celebración, brindar una contextualización del momento histórico del golpe fallido y exaltar el valor de la Fuerza Armada Nacional. Todas estas variables, bajo la influencia transversal de Chávez, cuya ubicuidad política alcanzó para comparar la firma del Acta de Independencia en 1810 con su golpe fallido en 1992. La civilidad igualada a la barbarie del uso de las armas para atentar contra la democracia.

Los mismos enredos que atravesó hace pocos días tratando de honrar a Fabricio Ojeda, a quien tildó de líder democrático a pesar de haber sido inmortalizado con un fusil, los vivió anoche, cuando ya no había más mecate que halar a su padre putativo y alababa con desmesura la valentía de los militares golpistas de 1992.

La Venezuela paralela. Con un solo sujeto, repitió sus argumentos alternando los verbos y los predicados. El 4F se justifica porque fue la presentación en sociedad de su líder. Nicolás narró su versión de una Venezuela de los noventa que niega con rotundidad los logros de mis padres, su movilidad social construida con trabajo y esfuerzo. Lo más curioso fue el debate que externalizó tratando de ubicarse en el grupo socioeconómico de la empatía: habló por la clase media y luego por los pobres, habló de su imposibilidad de ir a una universidad, aunque sus hermanas sí lo hicieron y se graduaron; de la inaccesibilidad a una vivienda propia, un carrito, un empleo formal y digno, un seguro social que funcionase. Cuando sumó la pestaña de la privatización, enloqueció, declarando como privatizado hasta el aire que respirábamos.

¡Pero surgió el hombre!“, gritó, “Llegó nuestro padre, el segundo Bolívar, el que nos liberó aquel 4 de febrero“. No puede haber libertad en el fracaso. Lo militar transformado en hegemónico es exactamente la negación de la libertad. Tan hondo es en este caso, que pretenden obviar que Chávez para acceder al poder debió construirse un perfil en el terreno civil, aunque nunca lo entendiera, aunque lo dinamitara.

Y habló de masacres, de muertes, de cómo Chávez llegó para cambiar eso y más. Absurdo. Los rostros de sus acompañantes revelaban su incomprensión del guión que improvisaba Nicolás. Honraba el uso de armas, hacía apología de la violencia, admitiendo el quiebre institucional que explicó como necesario. Trasladó a los golpistas fallidos la emoción de un pueblo que esperaba su liberación, aunque vivieran en democracia, se celebraran elecciones y la gente decidiera, eso no era suficiente para un hombre con la superioridad histórica de Chávez. Y así como la institucionalidad es accesoria, Nicolás es argumentalmente maniqueo, como un niño para quien los malos sólo pueden ser más malos y los buenos, los suyos, son buenos hasta cuando matan.

La solicitud de un minuto de silencio para honrar a los soldados caídos, sin incluir a las víctimas civiles, fue un exceso innecesario.

El problema de la puesta en escena. Nicolás teme. Su emoción más auténtica es la ira que le produce el miedo de su notable debilidad. La carencia de liderazgo, la cortedad de su verbo, la torpeza de su interacción con sus audiencias, que por monocorde y repetitivo no saben cuándo ni qué aplaudir. El apellido Chávez es el mantra del aplauso, pero no siempre funciona, porque lo usa en demasía. En medio del desespero por la baja emoción que estaba logrando en cadena nacional, una idea lo asaltó: ¡Todos tenemos un brazalete tricolor! Y emocionado afirmó que el 4 de febrero hizo resurgir el tricolor nacional, justo cuando nuestra soberanía estaba amenazada por el FMI y la oligarquía, cuando estábamos a punto de convertirnos en una estrella más de la bandera norteamericana, los golpistas fallidos eligieron la bandera ─de 7 estrellas─ como símbolo distintivo de su insurrección y entonces la rescataron, la resignificaron, la convirtieron en el ícono de los verdaderos demócratas. Nadie aplaudió.

Los titulares de mañana. Tienen que ser míos. Algo así debió pensar. Un día en que muchos venezolanos vivieron la apertura de procesos judiciales por protestar bajo el delito de asociación para delinquir, Nicolás afirmó que: “En Venezuela se acabó la represión”. Luego pasó a comparar la hidalguía con la que Chávez vivió sus dos años de presidio versus los lloriqueos de los presos recientes. ¡Cobardes!, les espetó. No hubo reacción en la audiencia.

A la amenaza de los divisionistas del Gran Polo Patriótico le dedicó el trozo más sincero de su intervención, no por ello el mejor logrado. “¿Ustedes saben qué es un ego? Es una cosa por aquí [tocándose el pecho]; usted agarra y le mete vanidad, egoísmo y egolatría y le sale un ego“, aseguró. Sensato. Salvo que no dijo nombres, aunque afirmó que si lo siguen presionando los dirá y no habrá marcha atrás. Esta advertencia la hiló con la solicitud de disciplina y unidad de la Fuerza Armada, exigiendo su subordinación total al Comandante en Jefe (¿él?) y al Comandante Eterno. No es difícil subordinarse a un muerto. Tampoco hubo aplausos.

Atribulado por lo fallido de su discurso, decidió apostar por la línea que mejores réditos le ha reportado hasta ahora: amenazar a empresarios y comerciantes. Les dio un plazo: el próximo lunes. Aquel que para el lunes 10 de febrero no haya acatado a cabalidad la Ley de Precios Justos —aún sin reglamento— será procesado por la justicia y pagará 14 años de cárcel. Hará lo que tenga que hacer. Será implacable, juró. Expropiaciones, confiscaciones, las medidas más radicales. No me subestimen, dijo, con el dedo índice extendido. Por fin lo aplaudieron.

Emocionado con los aplausos, pasó al tema más espinoso: la delincuencia. “Estamos empeñados en avanzar en el plan de pacificación“, lo dijo rodeado de hombres armados en la celebración de un golpe de Estado fallido, dentro de un cuartel. No van a poder con el Estado, cuidado, cuidado. Pero no le hablaba a los malandros. La advertencia la justifica con una declaración realmente preocupante: “Tenemos indicios certeros de que está entrando crack a Venezuela para pagar con drogas la violencia desestabilizadora“, alertando por igual a los cuerpos de seguridad del Estado y al pueblo. Y probó todas las combinaciones posibles con la palabra paz: familias, comunidades, carreteras, escuelas, universidades, autopistas, hospitales, todos de paz. “Somos gente de miedo, guerreros, pero gente de palabra también, de ley, de hacer cumplir la ley“, esto también fue contra la derecha. A los delincuentes les recomendó acogerse al plan de pacificación, entregar las armas, probar con una vida distinta, armónica con la Constitución y su proyecto, con el legado, o lo que fuere.

Cerró ordenándole a Henrique Capriles que vaya a trabajar, aunque está convencido que el pueblo de Miranda declarará el cargo vacante y se lo dará a un hombre, pensó rápido en la baja popularidad de Jaua y agregó: o una mujer; porque Capriles acaba de regresar de Miami donde estaba conspirando y bailando breakdance. Y se despidió porque ya comenzaba el juego de la Serie del Caribe que no quería perderse.

Una vez más, el alivio ante los vítores de cierre le ayudó a ganar fuerza en la voz, a exhalar un suspiro ante el segmento al que más aduló: la juventud militar. Como un novio arrepentido al que se le descubrió una infidelidad. Duro idilio el de Nicolás con el poder. Severos rivales unos militares a los que les aseguró demasiadas veces que tomar las armas para imponer su visión es correcto. Un flirteo pesado, donde la firma popular no es suya y los disparos tampoco.

Pasaporte a Nicolás, por Naky Soto

Después de tres meses de espera, el 30 de diciembre llegó el mensaje del Saime con la fecha y hora asignadas para renovar mi pasaporte. Desoyendo la recomendación de mi esposo, llegué con apenas media hora de antelación a mi cita, consiguiendo un gentío por delante. ¿Qué es una cola más para una venezolana? Me acerqué hasta […]

Por Naky Soto | 10 de Enero, 2014

Pasaporte a Nicolas

Después de tres meses de espera, el 30 de diciembre llegó el mensaje del Saime con la fecha y hora asignadas para renovar mi pasaporte. Desoyendo la recomendación de mi esposo, llegué con apenas media hora de antelación a mi cita, consiguiendo un gentío por delante. ¿Qué es una cola más para una venezolana? Me acerqué hasta la puerta para comprobar si debía hacerla, a pesar de tener una hora establecida para la gestión. Un panal de gente interrumpía la visión del único guardia, enjuto y achacoso, que respondía las mismas preguntas con paciencia y algo de autoridad. En efecto, esa cola desestructurada era obligatoria para ingresar a la oficina donde me darían el número para entonces realizar el trámite.

Poderes de los gemelos fantásticos. ¡Actívense! ¡En forma de lugares comunes! De pequeña, cada vez que escuchaba a los mayores hablar, tenía la sensación que decían las mismas cosas, que lo único que alteraban era la repartición del guión. Un día era mi tío Othar el indignado por la corrupción y mi papá el esperanzado; otro era mi abuelo el que no soportaba más la guanábana partidista y mi mamá la encargada de calmarle por algunos cambios positivos que describía sin mucho entusiasmo. Esto no hay quien lo aguante. Ya llegamos al llegadero. Esto se lo llevó quien lo trajo. Aprendí esas frases y las repetía en mis conversaciones con amigos imaginarios, cuando jugaba a ser grande, ataviada con zapatos de tacón y fingía que fumaba, tomándome un jugo en los vasos de cristal que se usaban para el whisky.

La conversación de mis compañeros de cola era como un programa de variedades con un productor borracho, sorteando las críticas por inseguridad con las de la barba del Gobernador del estado Miranda; un insulto para el Presidente y otro para los que lo legitimaron asistiendo a la reunión en Miraflores; el horror por el asesinato de Mónica Spear y la rabia porque los otros 24.000 asesinados no contaron con “la suerte de que le resolvieran el crimen rapidito y le trajeran a la familia en un vuelo pa’ ellos solos” (sic). La desilusión por la Mesa de la Unidad y el desastre de este gobierno que lo ha empeorado todo. La resignación ante la cola para el pasaporte y la decisión de hacer otra en el mercado más cercano, porque había llegado azúcar y aceite de maíz.

Por primera vez en mucho tiempo, me dediqué a escuchar sin interactuar con ninguno de los opinólogos. Desestimé la mayoría de sus comentarios. Escucharlos era oír al Presidente. Eran un resumen de él. Una redistribución falaz de sus declaraciones, vacuas, repletas de obviedades, con la única garantía de que al ser escuchadas, otro las respaldaría sólo por haberlas oído previamente, por conocer lo que estaba diciendo, porque él también lo ha repetido, como se repite el coro de una canción de Arjona, para vergüenza -y negación- de sus más intensos detractores.

Tu pum pum mami mami. No me va a matar. El aprecio de este gobierno por el control ha logrado ser trasladado a las puertas de cualquier local venezolano. Muchos círculos con la franja transversal, en rojo, anuncian la prohibición de fumar, portar armas, discriminar por raza, y en este caso, la impudicia de mostrar piel, prohibiendo los chores, las franelillas y los escotes, aunque el cartel no especificara -a diferencia de los otros- cuál ley establece el mandato. Lo curioso es que todas las funcionarias portaban, además de sus chemises con el logo de la institución, sus siglas en la espalda y la firma del finado en una manga, ¡leggins! Esas medias panty un poco más gruesas, que no moldean sino que marcan sinuosamente lo que tienes -regularmente de más- desde la cintura hasta los tobillos. Pero al parecer, eso no despierta la concupiscencia de nadie.

Cuando era la cuarta de la cola, aparecieron tres mujeres declarando que ellas iban antes que yo. Jamás estuvieron paradas delante de mí en las 2 horas de espera. Estaban sentadas en las jardineras, conversando bajo la sombra de un apamate. Esto sí me hizo hablar, pero igual ingresaron antes, por la confirmación de sus antecesores de que ellas habían estado allí con sus respectivos: ¡cada quién hace la cola como le da la gana!, ¡qué amargada, señora!, ¡ay sí, gran vaina tres puestos!, etc. Otra clave para la aceptación de un hombre cuyo único valor político fue contar con la unción del líder. Que arribara al poder no dependía de sus logros, sino de la capacidad de muchos para ser alcahuetas de una decisión que igual consideraron absurda.

Con el papelito en la mano, me senté a esperar lejos de las tramposas y sus encubridores. El sistema avanzaba por la intervención exclusiva de una muchacha que entremezclaba la atención al ciudadano y a su teléfono. Decía un número en voz alta, invitaba al poseedor a sentarse, le hacía 4 preguntas, ordenaba que volviera a su silla a esperar que le llamaran nuevamente y agarrando su celular, tecleaba. Y sonreía. Habilidad que no le vi interpretar frente a ningún ciudadano. Cuando faltaba un número para atenderme, todos se levantaron de sus puestos de trabajo. Circulaban con sus loncheras, sin hacer contacto visual con los que esperábamos. Se preguntaban qué habían llevado para comer, si lo había hecho la noche anterior, discutían el orden para el uso del microondas. Nadie tuvo la cortesía de decirnos: “Estamos en hora de almuerzo, retomáremos funciones a tal hora”. Nadie. Aunque en la puerta indicara que la atención es de 8:00 a 4:30, en horario corrido.

Porque es muy duro pasar. El Niágara en bicicleta. En la pantalla plana ubicada en una esquina de la sala apareció mi número seguido del puesto Nº 2. Allí reposaba un hombre joven, bronceado, que jugaba a sacarse los restos de comida con la uña de su meñique. Sentándome me pidió el código de la cita, el comprobante de cancelación de las 3 unidades tributarias y la fotocopia de mi cédula. Ratificó mis datos y comenzó su monólogo.

Vive en el Tuy y llegar a Caracas le resulta complicado. Le enfurece que sus compañeros sean tan chismosos, si él llega tarde es problema suyo y del jefe. Ha pedido muchas veces que lo trasladen de oficina pero no han atendido su solicitud. En su criterio, hace bien su trabajo y si a alguien no le gusta, igual se la tiene que calar, porque la gente tiene que entender que ellos tienen días malos como todo el mundo, que a él no le pagan para ser simpático ni buena gente. Él no pide pa’l café, él trabaja y se gana su sueldo, que tampoco es muy bueno. A carcajadas contó que en las camionetas que usa para llegar al tren, lo han asaltado 5 veces, y regularmente se ha salvado porque no lleva mucha plata encima.

Todo esto antes de preguntarme si nací en la parroquia La Candelaria. El pollo que me comí estaba frío.  4 dedos de la mano derecha sobre la pantalla del escáner. ¿Fuiste a comprar aceite pa’l mercado? Pulgar derecho. Mi chamo chiquito se porta burda ‘e mal. 4 dedos de la mano izquierda. Tengo vistea’a a mi hija mayor, anda con un carajito que no me gusta. Pulgar izquierdo. El jefe de mi mujer es peor que un batido de todos los compañeros míos. La firma en el otro escáner. Ahora espera que te vuelvan a llamar por tu nombre. Chao, y reza oíste, reza pa’ que me cambien de esta maldita oficina. Casi 20 minutos de historias que no pedí, que no necesito saber, que explican el retardo del proceso.

Con el comprobante en la mano, me dijeron que con suerte el pasaporte estará listo en dos meses, aunque hay algunos que llegan muy rápido, en mes y medio más o menos, pero lo normal es entre 2 a 3 meses, igual me envían un mensajito y cuando lo reciba debo esperar 48 horas, buscar el comprobante y presentarme en la oficina para que me lo entreguen.

En los años 1600. Cuando el tirano mandó. El Presidente anunció el reacomodo del gabinete ministerial, que incluye reciclajes inexplicables, más militares y ratificaciones de ministros con gestiones cuestionables en algunos casos y nefastas en su gran mayoría. Las declaraciones del Presidente incluyeron una solicitud de alto a la matazón que todos conocemos pero que jamás son reseñadas por los medios del Estado. Él también repetía lo que otros dicen, cargado de clichés e indignaciones injustificables siendo el responsable de que esas matazones ocurran. Él también quiere cantar a Arjona, ser uno más. Gozar del poder sin asumir sus responsabilidades: llegando a la hora que le de la gana, furioso por los que se burlan de sus palabras, jugando con su celular y sonriendo a sus aduladores. Los que se burlan de él. De él, que teniendo pa’l café lo da y lo dice en voz alta y si no lo da lo promete, porque hay recursos. Él, narrando anécdotas que a nadie importan, en cadena nacional, fingiendo ser popular, porque no lo es, incluso copiando al calco cuentos narrados por su antecesor. Él, sacándose los restos de sus declaraciones anteriores con el meñique del finado, multiplicado a colores, viéndonos, amparándolo. Porque él estaba en la cola aunque no lo hayamos visto. Su hijo, al que tenía vistea’o. Porque resolviendo un crimen en 48 horas, los demás tendrán que esperar, y con suerte verán resultados en meses, rogando no recibir un mensajito que les avise de otra muerte. Mientras otros repiten que esto no hay quien lo aguante, que ya llegamos al llegadero, que esto se lo llevó quien lo trajo. Y Capriles se quita la barba y así no legitima a nadie. O sí, pero llega leche o harina, y te salvas de un asalto mientras haces una cola. Una cola más. Hasta que llegue el pasaporte. O la muerte.

Esa violencia silente, por Naky Soto

La profesora venía de un país centroamericano. Su destino final era otra ciudad venezolana que contaría con su intervención como cierre a un importante evento sobre violencia. Fue convencida de aprovechar su tránsito por Caracas para dictar una charla más breve a estudiantes y activistas del tema. Maiquetía indolente La crisis de pasajes aéreos la […]

Por Naky Soto | 5 de Noviembre, 2013

Esa_violencia_silente_por_Naky_Soto_640

La profesora venía de un país centroamericano. Su destino final era otra ciudad venezolana que contaría con su intervención como cierre a un importante evento sobre violencia. Fue convencida de aprovechar su tránsito por Caracas para dictar una charla más breve a estudiantes y activistas del tema.

Maiquetía indolente

La crisis de pasajes aéreos la obligó a vivir una ruta zigzagueante que incluyó su país de origen, Panamá y Aruba antes de tocar suelo venezolano. Acostumbrada a los viajes pero no a nuestro gentilicio, sus últimos compañeros de vuelo le resultaron ostentosos e indiscretos. La experiencia en Inmigración fue agotadora. Sorprendida de la cantidad de chinos con pasaportes venezolanos e indignada por el agravio que recibió por parte de los responsables de la aerolínea, salió a nuestro encuentro hora y media después de lo previsto, pues como solución al extravío de su equipaje que endosaron a la cantidad de vuelos que realizó ofrecieron avisarle por teléfono para que bajase a buscarlo al aeropuerto, si acaso aparecía.

Me pidió que la acercara a un baño. Fuimos juntas y en la puerta una señora robusta impidió nuestro ingreso diciendo:

Espérense ahí, todo el piso está lleno ‘e miao y si no lo limpio ahorita me forman un peo.

La profesora regresó sobre sus pasos con el rostro enrojecido.

Negocié con el taxista la supresión de la música alegando la muerte de un familiar cercano a nuestra invitada. Mantuve mi ventana abajo porque el aromatizador del carro era un Kool-Aid nasal muy fuerte, suficiente tutti frutti para una fábrica de caramelos. Le propuse que subiéramos directo a un centro comercial para comprar lo mínimo necesario, advirtiéndole que los sábados son días de censo presencial en esos espacios. Ella aceptó.

La autopista nos trató con consideración, pero al llegar a Caracas, la ciudad se describió a sí misma: peatones intercalados con motorizados que sólo respetan su toque de corneta continuo, vendedores de helado estacionados sobre rayados peatonales, terciando con taxistas cazando clientes; un niñito caminando al borde de la acera mientras la mamá dedicaba toda su atención al tecleo en su celular; chóferes avanzando aunque la combinación del tiempo del semáforo y el espacio disponible, no alcanzaría para cruzar sin entorpecer el tránsito del otro sentido. Muchas groserías en el ambiente, incluso un par de muchachos que caminaban a nuestro lado mientras entramos al centro comercial reían repitiendo: “¡Maldita sea, marico, qué risa!”.

Jóvenes, flacas y sumisas

El inventario de tiendas visitadas 27 en total en uno de los centros comerciales más grandes de Caracas lo resumiré así:

Ropa íntima: el 99% de la oferta para piezas inferiores son modelos de hilos, cacheteros o cintura baja. Las superiores son push up o especiales para prótesis mamarias, con aplicaciones brillantes o encajes. Mucho animal print y pocos colores clásicos.

Pijamas: de acuerdo al imperio de la juventud que domina nuestro imaginario, o te llevas un baby doll, o pagas por un conjunto de pantalón y camisa de algodón lo mismo que por un vestido de fiesta.

Ropa: tienes que adelgazar. 4/5 de lo disponible está en tallas XS, S o M. Si no cabes, no te quejes.

Zapaterías: Lady Gaga mediante, aprende a caminar sobre plataformas con tacones de 25 centímetros o con zapatos escolares.

Cosméticos: agarra lo que encuentres porque variedad no hay.

Logramos la compra necesaria, pero fue un ejercicio extenuante. En unas tiendas nos vigilaron como potenciales ladronas, en otras debimos esforzarnos por lograr el contacto visual que conquistara la atención de algún vendedor; en dos ocasiones nos mandaron a adelgazar antes de asumir lo escaso de su inventario, y en una nos advirtieron que no tenían punto de venta antes de darnos la bienvenida. En casi todas debí interactuar como la traductora intérprete que banalizaba la descortesía.

En el hotel esperamos unos 15 minutos, que no incluyeron la atención a otro cliente, sino la actualización de las historias amorosas de las tres mujeres que ocupaban la recepción, con intercambio de celulares para ver las fotos de los consortes y los mensajes más recientes que habían recibido. Pero resolvimos el ingreso y la llevé a cenar a una arepera cercana.

Mientras cenamos, la profesora nutría sus preguntas y comentarios con lo que nos llegaba de conversaciones cercanas. Por qué dicen tantas veces “marico(a)”, por qué se burlan del Presidente, siempre tardan tanto para entregar un pedido, por qué no hay papel higiénico en el baño, cuánto es el monto de la cena en dólares. Al hacerle un resumen de nuestro mapa político más reciente, entendí que se parece más al guión de un stand up comedy, que a un proceso político complejo. Cuando nos despedimos, la profesora me dio las gracias y me abrazó, incluso me bendijo con tono maternal.

Ella se irá

La profesora dormirá con una pijama injustificadamente costosa. Usará unas pantaletas incómodas para su edad y estilo. Extenderá el uso del único pantalón que posee por 2 días más, combinándolo con un par de blusas igualmente caras para su calidad. La profesora hablará de violencia ante una audiencia violenta, porque la ejercemos sin armas, en cualquier espacio, continuamente, y a estas alturas del partido: sin darnos cuenta. Hemos aprendido a negociar con la furia. La tensión que vivimos se respira hasta en el despacho de una reina pepeada con un jugo de lechosa. Ella se irá mientras nosotros nos quedamos. Ella se irá de una experiencia feroz que podría ayudarle a reenfocar sus próximos esfuerzos académicos por entender otras formas de violencia.

Es cruel sonreírle a quien te maltrata, porque de no hacerlo las consecuencias pueden ser peores. Es un exabrupto negociar la prestación de un buen servicio partiendo de la sumisión. Cada transacción comercial que realizamos fue un golpe a la decencia: porque les sobra gente, porque no les interesa atenderte, no les interesa que vuelvas, porque aún la crisis no ha cuestionado su poder. El poder de una caja registradora que podría no sumar nada si decidimos no tolerar sus insultos.

Fuimos atropelladas varias veces, verbal y gestualmente. Para mí, es un registro más de un extenso mapa de barbaries, para ella es una fotografía dolorosa de una ciudad que desconocía y a la que dudo le interese regresar.

En el intercambio inexorable de nuestra cotidianidad, los caraqueños tenemos un reto enorme: apiadarnos de nosotros mismos, hacernos conscientes de lo inaceptable del maltrato como norma. Siento que el riesgo de no hacerlo es seguir ejecutando pequeñas venganzas que fomentarán otras, sin saber cómo empezar a cambiar, en un ciclo terrible de negación al progreso, amparándonos en lo distintos que somos al común denominador mientras nos convertimos en parte del total.

Ella se fue.

Nosotros nos quedamos.

Yender, por Naky Soto

Yender. 17 años. Bachiller recién graduado. Trabajaba en una ferretería para aprovechar el tiempo antes de ingresar a la universidad. Por ser menor de edad, cubría el horario entre las 6:00 am y las 2:00 pm. Por su buen promedio al graduarse, su papá le regaló una moto. Llega a las 5:45 y espera a […]

Por Naky Soto | 28 de Octubre, 2013

Yender. 17 años. Bachiller recién graduado. Trabajaba en una ferretería para aprovechar el tiempo antes de ingresar a la universidad. Por ser menor de edad, cubría el horario entre las 6:00 am y las 2:00 pm. Por su buen promedio al graduarse, su papá le regaló una moto. Llega a las 5:45 y espera a su jefe para que abra la puerta y comenzar su trabajo en el almacén. Dos chamos como él, ataviados con chaquetas y gorras, llegan en otra moto. Lo apuntan. Él se baja de la suya, la entrega y comienza a caminar alejándose. Uno de los ladrones da la vuelta, saca la pistola y le dispara en la espalda.

A pesar de estar herido, Yender corre. Pide ayuda. Nadie responde. Se lanza a la vía principal y grita. Logra parar una camioneta, pero el chófer teme que sea un malandro y lo deja ahí. Una vecina camina en su dirección y lo reconoce. Es ella quién realiza todas las llamadas a continuación: policía, bomberos, familiares. Yender le pide que no lo deje solo, que no lo deje morir. Llegan los bomberos, pero no el auxilio. Ya había colapsado.

Colapsada también la emergencia del Hospital Pérez de León, donde piden que pase el familiar que va a reconocer el cadáver. Es su tía, mi amiga, la que asistió creyendo que era un primo y se consiguió con Yender, que acababa de cumplir 17 años la semana pasada, que le prometió que iba a estudiar como ella, que estaba trabajando pero no le agarraría gusto al dinero porque quería estudiar.

El bombero que firma los papeles de defunción le asegura que si lo hubiesen socorrido a tiempo no habría muerto.

La vida no debe ser así, dice ella, una tía no debe enterrar a un sobrino. Era un niño, era bueno, pero la vida en este país es así, dice y llora. La muerte, se corrige. La muerte.

Le compré la muerte a mi hijo, dice su padre. Tanto cuidarlo para que me lo mataran así. Con la edad que tenía no lo dejaban salir de noche, la moto era para ir al trabajo y más nada. Cuando llegaba a la casa se guardaba hasta el otro día. Que viera televisión, que usara Internet, que leyera sus libros, pero en la casa. Y sacó buenas notas y le compré la moto, le compré la muerte. Todos se endilgan un trozo de culpa, a ver si la vergüenza amaina el dolor.

No funciona.

No funciona nada. La morgue de Bello Monte es un recinto monstruoso. Demasiado dolor, demasiadas preguntas ante el dolor. Otro escenario donde la presunción de inocencia es imposible. Los funcionarios del CICPC revisan el vídeo de la cámara de seguridad de la ferretería varias veces para decir lo obvio: desde la perspectiva de la cámara no es posible ver los rostros cubiertos con las gorras, no hay manera de atraparlos hasta que usen la moto. Ellos iniciarán investigaciones. Cuántas llevan en simultáneo, pregunta mi amiga. Demasiadas, responden ellos. Ellos van el primer día y después dejan eso así, asegura ella, no les interesa porque no es suyo, porque no lo amaron. Yender. 17 años.

Él no se resistió, ya tenían la moto, qué les costaba llevársela y ya, por qué tenían que dispararle, se pregunta. Si hubiese sido un malandro estaría vivo, porque a esos les disparan y no les pasa nada, siempre sobreviven, asegura. Durante el velorio veía entrar muchachos como él y no podía dejar de pensar si alguno de ellos era el asesino. Pudo ser cualquiera, ellos no tienen piedad. Van allí a comprobar que nadie los entiende como sospechosos, a verificar que murió y no podrá denunciarlos, a desprenderse del único riesgo que les interesa: saberse libres de la culpa de otros, porque la propia no existe. No hay culpa mientras viven, si acaso eso es vida.

Es un cruce terrible: no me identifiques pero admite mi poder. Si me acusas te mato. Si no me temes, también. Hasta que me maten a mí, pero moriré con poder. Con el poder de haber acabado con varias vidas. Dioses perversos, adictos al absurdo de la impunidad. Es barato ser malandro. Aunque mates, es difícil que te atrapen. Si te atrapan, es difícil que te retengan. Si te retienen, te deshumanizas más, aprendes nuevas formas de hacerlo mal, tus adicciones se diversifican y agrandan.

Llora igual la madre del malandro que la de Yender. Lloran todas en un duelo expansivo, naturalizando el horror. Lloran temiendo quién será el próximo. Lloran descreyendo la inocencia narrada por la otra, sin saber si el tuyo mató al mío o viceversa; quién lo hizo peor.

La institucionalización de expedientes abiertos, una raya más en la única estadística de crecimiento que atraviesa Venezuela: sólo crecen nuestros asesinos y asesinados, sólo crecen nuestras madres viudas.

Una pérdida, por Naky Soto

Nadie habla de ellas. Es un tabú forjado en el dolor de quien las vive, el respeto tácito a esto que ocurriendo y teniendo explicación, jamás será consuelo. Una pérdida: así le llaman. Cuando el obstetra en el ecosonograma cambió el tono de voz, lo presentí sin entenderlo. Presumo que en una reacción de autodefensa, […]

Por Naky Soto | 5 de Septiembre, 2013

NS

Nadie habla de ellas. Es un tabú forjado en el dolor de quien las vive, el respeto tácito a esto que ocurriendo y teniendo explicación, jamás será consuelo. Una pérdida: así le llaman.

Cuando el obstetra en el ecosonograma cambió el tono de voz, lo presentí sin entenderlo. Presumo que en una reacción de autodefensa, apagué mi comprensión. Escuchaba pero no entendía. ¿Que el embrión no tiene vida? “No hay fluido sanguíneo, no late el corazón”. ¿Cómo era posible? Pocos días antes lo vi, lo escuché, era una vida, pequeñita, de un centímetro y medio, en su saco, en medio de esas manchas grisáceas que si no te las explican, no entiendes. Pero ya no hay vida.

El porcentaje más alto de pérdidas dentro del primer trimestre suele ocurrir por problemas del propio embrión. Es mejor que ocurra temprano y no más adelantado el embarazo. Mi racionalidad asume estos argumentos, pero mis emociones no. Probablemente el pragmatismo sea el mejor estímulo que puedes brindarle a un ser desconsolado, obligándole a enjugar las lágrimas con criterio, a pensar en los procedimientos que deben celebrarse a continuación.

El poder de la familia

Del embarazo supieron sólo nuestros amores más cercanos. Es costumbre no hablarlo hasta pasado el tercer mes, pues se supone que es el tiempo de superar los mayores riesgos, y en palabras de una abuela: “a partir de ahí es que los muchachitos siguen su curso”. Un poco de cábala, pero mucho más de sabiduría, comprobada dolorosamente en esta circunstancia.

El aval más grande que tenemos en la vida es nuestro capital emocional. Nuestras familias y amigos son una liga de superhéroes. En estos días, decidieron quitarse sus capas de vuelo para tejernos una manta de abrigo, de protección. Mi hermana es más poderosa que Superman y su fe, inconmensurable. Y a pesar de tanto amor, este es un cuadro que le resta verbo a cualquiera, haciéndoles sentir torpes porque nadie sabe qué decir, qué hacer, cómo ayudar. Las reacciones varían de persona a persona, pero yo, contraviniendo el principio fundamental de compañía, sólo quería estar sola.

El valor del silencio

Quería estar sola. Para no explicar mi llanto constante, mis breves ejercicios de negación, mi rabia nacida desde esta extraña derrota e incluso el sentimiento de culpa por producirles tristeza a quienes deseo hacer felices. Una parte de mí generó lo que llamaré «el rechazo a la esperanza», algo sumamente complejo de explicar a quién desea brindarte consuelo y fortaleza.

La esperanza como la risa, no se pueden imponer, no operan desde la racionalidad. La esperanza no crece en un terreno que acaba de ser golpeado, para bien, supongo, pero golpeado igual.

Mi silencio contó con las interrupciones dulces de Pepe, mi perro reconvertido en gato, merodeandome sin cesar, montándose en mi regazo e invitándome a acariciarle como siempre lo hace, hundiendo su trompa bajo mis manos y levantando la cabeza con energía.

Las caricias son un mantra poderoso, ese movimiento continuo que facilita la reflexión desde lo sedoso del contacto, lo real de su presencia. Peleé con Dios. Le dije cosas fuertes, le torcí los ojos y oré con mas costumbre que fe. E igual tuve que hacerme exámenes, responder a las instrucciones de mi obstetra, tuve que combinar con mediana eficiencia, mi tristeza y mi operatividad, dualidad que sólo hizo posible LuisCarlos, que reservando su propio dolor, me recordó en cada mirada por qué somos una familia.

La imposibilidad fáctica del guayabo

Este es un dolor de otra dimensión. Yo viví desamores, como no. Se ha muerto gente amada y me ha dolido, pero esta es otra dimensión. Lo es, porque afortunadamente he tenido una vida signada por el amor, el respeto y muchas certezas en mi cotidianidad. Eso hace a mi espíritu bastante frágil para el dolor, una bendición desde toda perspectiva. Salvo esta.

Cuando salí del consultorio del obstetra, me monté en el ascensor con la necesidad de encontrar un espacio medianamente discreto para llorar, a todo pulmón, como lo necesitaba. En la cabina se montó una muchacha italiana que a todo volumen hablaba de las fallidas predicciones sobre el sexo de su bebé. Hablaba gritando, se reía. Los minutos que duró el descenso me parecieron una eternidad.

Al ir a hacerme las pruebas obligatorias para interrumpir mi embarazo, una señora hermosa amamantaba a su bebé en el laboratorio. Cuando salí, me crucé con varias embarazadas, gente con coches, niñitos lindos corriendo y más embarazadas. Este será mi escenario lo quiera o no, y de mí depende que verles no se convierta en una laceración. En Venezuela es muy difícil vivir el guayabo de una pérdida, porque si alguna variable compite en sus estadísticas con la criminalidad, es la cantidad de nacimientos por día.

Más fácil es conseguir cocaína

Cytotec es la medicina recetada para la apertura del cuello uterino, pero su localización en Caracas y posterior adquisición nos llevó horas de trámites, prueba de vivir bajo un gobierno punitivo e ineficiente.

En los días más tristes de mi vida, tuvimos que ir y venir de farmacias, con informes médicos, pruebas de laboratorio y hasta ecosonogramas impresos que quedarán en el archivo de la farmacia -¿?- como prueba de que no quise abortar “irresponsablemente”.

Todos los papeles tenían, además del membrete de la clínica, dirección y teléfonos de los médicos, sus firmas y sellos con el resto de sus datos legales. Ningún farmacéutico se tomó la molestia de llamar y verificarlos. Tuvimos que enfrentar su suspicacia, sus explicaciones sobre el riesgo de perder sus licencias e incluso las historias sobre lo penoso de vender esa medicina. Y estas pastillas eran apenas el primer trámite para la extracción del embrión.

Legrado uterino

Esta breve cirugía, mejor conocida como curetaje, necesita los mismos protocolos de un parto. Ninguna institución médica cuenta con salas diferentes para unos y otros, así que, debimos vivir todo el proceso entre los llantos dulces de recién nacidos y la euforia de los familiares que celebraban su llegada a la vida. El último tramo de un proceso difícil, con cierto porcentaje de crueldad para mi percepción, pero así tenía que ser.

Hubo un corte de energía eléctrica a nivel nacional, que retrasó todos los procesos, la obscuridad de un sistema colapsado en varios sentidos. Otra prueba para nuestra entereza. LuisCarlos subió y bajó escaleras para mediar entre esas capas burocráticas a las que poco le interesan los motivos de tu ingreso, y que parecieran cruzarse para ralentizar lo que debiera ser más eficiente. Estuvo allí hasta que me llevaron a quirófano, y cuando desperté de la anestesia con sus dedos jugando en mi cabello y sus palabras separándome de la desorientación.

Unas horas después, salimos a casa a bañarnos, a arroparnos, a seguir.

***

He interumpido mi silencio para estas líneas, porque narrarlo es asumirlo, asumirlo es cerrar un ciclo, sin prescindir del dolor, agradecida del cobijo de nuestros amores y del alcance que la ilusión de una vida nueva tiene en cualquier biografía.

Mientras escribo cae una lluvia torrencial, igualita a la que envuelve mis emociones.

Solidaridad del cielo, presumo.

Porque fuerte es como la muerte el amor.

Cantar de los Cantares 8:6

A por ellos, por Naky Soto

Todos los días en mi entorno hay compras inesperadas y tristemente afortunadas: por el producto obtenido, por el poco tiempo que demoraron en adquirirlo o por la cantidad que pudieron comprar. Papel higiénico, mantequilla, jabón, harina, azúcar, aceite o café, son productos que por escasos se convierten en necesarios, obsesivamente necesarios, para un gentío que […]

Por Naky Soto | 15 de Agosto, 2013

Todos los días en mi entorno hay compras inesperadas y tristemente afortunadas: por el producto obtenido, por el poco tiempo que demoraron en adquirirlo o por la cantidad que pudieron comprar. Papel higiénico, mantequilla, jabón, harina, azúcar, aceite o café, son productos que por escasos se convierten en necesarios, obsesivamente necesarios, para un gentío que -aún teniendo suficiente en casa- compra más «por si acaso».

El que persigue un paquete de papel higiénico no tiene tiempo para militar en una causa distinta que el orden de su cotidianidad. El que teme por su vida, no goza de la entereza para salir a la calle a protestar sin testigos, sin masa, sin medios que lo cubran. El que carece de instituciones, no cree, no puede creer, que goza de algún derecho que garantice su ejercicio civil sin consecuencias per-judiciales. La impunidad de los poderosos se transforma en una mezcla que hace de Freddy Krueger o Chukky, un osito cariñoso, situándoles en el plano imaginario al que pertenecen y ubicándonos a nosotros en la indefensión en la que vivimos.

Pedro Carreño: la noticia planificada

No importa la inversión en vestuario y accesorios, su biografía política quedó signada por la denuncia de espionaje a través de las antenas de DirecTv. Lo que ha dicho después no ha servido. Aunque engole la voz y llene su vocabulario de palabras rebuscadas, sus propios compañeros de partido le entienden como un muppet de Diosdado Cabello y nada más. Ayer trascendió esta agenda, con un discurso pendenciero, el macho que reta al gay aunque no goce de la estatura ni de las condiciones para asumir esa afrenta.

La polarización llevó a muchos a despreciar el carácter homofóbico de sus ideas, aunque un significativo porcentaje de ellos no sepa nada de la agenda LGBTI venezolana, de sus procuras o verdaderos problemas, agrediéndole inclusive con análisis -perdón por el término- que explicaban su vileza en la negación de su propia condición homosexual. Incongruencias que llaman. Pero logró el efecto deseado: él fue la noticia.

El documento que signa la potencial muerte de un partido político, los créditos adicionales que condicionan el escaso valor de la planificación presupuestaria anual, la absurda ley de compra-venta de vehículos usados, pasaron por debajo de la mesa.

Donde diga corrupción

Usted leerá Primero Justicia. Tráfico de influencias, sobornos, peculado de uso, abuso de poder: todo eso es aurinegro. ¿Por qué? Porque lo dicen ellos, y punto y se acabó. Tiene también que sumarle: redes de prostitución, narcotráfico, trata de blancas y blancos -la igualdad de género no admite lógica-, faltas a la moral y las buenas costumbres, perdición, caos, ignominia: todo esto configura la zambumbia que justificará la ilegalización del partido Primero Justicia. ¿Por qué? Porque es necesario acabar con las instituciones que quedan, aquellas que puedan canalizar colectivamente, lo que no nos atrevemos a enfrentar solos, por miedo, desconfianza o depresión.

A pesar de la hambruna por el congelamiento de los campos de trigo, sin la acción sostenida de los ilustrados cuestionando el sentido de la monarquía absoluta, Luis XVI no hubiese caído del modo que lo hizo. Por eso hemos sido capaces de soportar la escasez, el desabastecimiento, la inflación, el aumento desmedido de la criminalidad, la criminalidad de los propios cuerpos de seguridad del Estado, de los militares que han fracasado rotundamente en un plan al que la palabra “vida” le queda grande. Porque el disparador no es, ni será individual, necesita la fuerza de lo colectivo, de la organización política, de las redes que nos brinden la confianza que no tenemos solos.

Comienzan con Primero Justicia, con la apuesta por el efecto ejemplarizante para el resto de los partidos, incluyendo aquellos que dentro del Polo Patriótico pretendan sustituir la disciplina por criticidad. Comienzan con Primero Justicia y si lo logran, no van a detenerse allí. Hay suficiente dispersión en las agendas de conflicto para que ponernos de acuerdo en la movilización sea un reto más exigente que la subida al Kilimanjaro.

Leyes para lo ilegal

Ya vivimos en nuestra comprometida productividad las consecuencias de la inamovilidad laboral, la reforma a la LOTTT o la propia ley de inquilinato, que hace más probable una cita con Obama que el arrendamiento de un apartamento. Tenemos en puertas una nueva Ley Orgánica de Cultura, una propuesta de monopolio estatal que garantizaría la censura antes que el apoyo a la creatividad.

Así, la solicitud desmedida de ideas para enfrentar la corrupción, es un burdo prolegómeno a los poderes especiales que quiere Nicolás Maduro para acabar con los ilustrados. Ya tiene el control de la mayoría de los medios de comunicación, con mejor inversión en el estímulo a la autocensura que en la adquisición -ya poco justificable- de nuevos medios. Ha gestado extraordinarios incentivos para el sector militar, que pretende engrosar con más milicianos: trabajadores, choferes, chicheros, cualquiera que acepte su débil autoridad, tendrá un arma para ¿defender la revolución?, no, digamos que para amenazar al que no acepte su hegemonía, al que disienta, al que proteste, al diferente.

El reto es polarizar más, destruir moral y físicamente a los adversarios, convertirlos en enemigos por la ruta que sea y con ello reagrupar a los propios y capturar a los indecisos que entiendan en la sumisión mejores prebendas que en la oposición.

Donde diga corrupción usted leerá: ___________________.

Tres rounds: a propósito de la violencia doméstica; por Naky Soto

Bajo por el bulevar. El día está caliente, despejado, y un gentío entra y sale de las tiendas con las manos más llenas de niños que de bolsas. Después de revisar mis limitadas opciones, decido entrar a la más grande pues es obvio que allí tendré mayores posibilidades de ser atendida con celeridad. Eso le […]

Por Naky Soto | 19 de Julio, 2013

Bajo por el bulevar. El día está caliente, despejado, y un gentío entra y sale de las tiendas con las manos más llenas de niños que de bolsas. Después de revisar mis limitadas opciones, decido entrar a la más grande pues es obvio que allí tendré mayores posibilidades de ser atendida con celeridad. Eso le digo a la muchacha que en la caja me pide el número de cédula antes de entregarme una tarjeta que muestra un código de barras. Me indica que suba por la escalera de la derecha y camine directo a la ventana preguntando por Patricia.

En mi desplazamiento descubro el imperio de sillas, trabajadores y clientes que estructuran el espacio. Montones de mujeres con sus cabellos portando trozos simétricos de papel de aluminio hojean revistas de farándula local, de las que apenas distingo el nombre desconociendo los rostros que adornan sus portadas. Al terminar las instrucciones de subida y caminata, pregunto por Patricia y sale a mi encuentro una hermosa morena colombiana, que notando las miradas de soslayo del resto de las clientes abre sus brazos para decirme: “No te preocupes, mi amor, aquí todas hemos pasado por eso”.

Trato de sonreír, pero como no comprendo la frase le sostengo la mirada con curiosidad. La sigo hasta la última silla de la derecha y me siento, revisando en el espejo que todas siguen viéndome con sonrisas de consolación. ¿Qué te vas a hacer, mi amor? Secarme con las puntas hacia arriba, por favor. Dicho esto, me coloca la toalla que protegerá mi espalda del calor de la primera parte del secado y pregunta con dulzura -en tono más alto del necesario- ¿Quién fue? ¿Tu marido?

¡Me cae la locha! Llevo el inmovilizador para el hombro, por una luxación de la clavícula. Ya son varios días, así que me he entrenado bastante bien en el uso de la derecha y sólo la derecha para hacer todo cuánto debo hacer, por eso he logrado obviar su presencia cuando no necesito mover las manos. Trato de explicarle que ha sido por problemas de desplazamiento mezclados con mi condición de hiperelasticidad, pero en su expresión es evidente que ni me entiende, ni me cree. El resto de las mujeres de sala tampoco, y en un acto de buena voluntad, una de las clientes abre el foro girando su silla, acción que repite el resto, prescindiendo de los espejos para mirarnos a los ojos. Somos 24 mujeres en total.

Estefanía y las carreras

Está terminando su tratamiento de keratina, que incluye un planchado delicadísimo. Sale mucho humo, pero se supone que eso es lo esperado, que así comprueban que está funcionando. No podrá lavarse el cabello en la próxima semana porque de eso depende la asimilación de la hidratación. Estefanía juega con su celular a pesar de sus uñas artificiales y prolongadas que muestran flores de diversos colores. Sin mirarme me explica que de su primer marido recuerda los años de golpizas que la hacían correr una y otra vez, para esconderse en casa del vecino que le diera albergue y un poco de hielo para mitigar la hinchazón.

Quiso Dios que un día la borrachera no alcanzara para desviarle la mandíbula a ella, sino el control de su volante en la autopista Caracas-La Guaira. Lo enterró varios días después, sin otras lágrimas que las que le producía esa extraña vindicación del miedo que se juró no volver a vivir.

El vídeo de Diana

Mientras espera que el baño de crema surta su efecto, Diana comienza a hablar. Dice que su pareja es un hombre bueno, un poco flojo pero cumplidor, que el problema lo tuvo su hermana menor a quien el tipo que la preñó le cayó a patadas por verla hablando con un primo que no conocía. Abortó. Estuvo en terapia intensiva 6 días en el hospital Domingo Luciani, y entre las visitas que recibió mientras la cuidaba, un amigo de la infancia le juró que iba a solucionar esa afrenta.

Tres días más tarde recibió en su celular un video de baja calidad que mostraba el momento en el que asesinaban al maltratador de su hermana. Aún lo tiene en el celular, ofrece mostrarlo a quien quiera verlo. Hasta Patricia deja de secarme el pelo sin consultarme. Un silencio solemne arropa el espacio mientras el semicírculo se acomoda a su alrededor. Antes de los disparos se escucha con claridad una voz en llanto gritando: “Déjame vivir para conocer a mi hijo”. El asesino -que no es sicario porque no cobró- dice: “Eso es imposible maldito, tu hijo ‘tá en el cielo y tú vas pa’l infierno”. 3 tiros. Al terminar, hubo una reacción en cadena, como una invitación al abrazo de paz en misa. Se abrazaban suspirando y asintiendo.

Yesos para Yesmaría

Ella se quedó de pie después de ver el video. Tiene sobrepeso pero usa faja completa, tacones de plataforma, y mucho maquillaje. Aún falta colocarle algunas extensiones porque los paquetes que compró resultaron insuficientes. 1500 bolívares cuesta cada uno, este será el cuarto que pagará, porque: “yo nunca he tenido el pelo así de largo como tú, mami”, dice mientras me acaricia lo que me han secado.

Dos hijas que parió a los 16 y 18 años y que hoy tienen exactamente esas edades invertidas. La de 18 ya se casó y a la de 16 le va “a meter unos coñazos si sigue con la mariquera con el malandrito ese de la motico”. Todas ríen. Yo no. Ella lo nota y comienza su cuento de trifulcas matrimoniales donde probó la calidad de ollas, lámparas y hasta el espejo de la cómoda que le partieron sobre las costillas, lo único que no le han enyesado en la vida porque no se puede. Lleva una plancha desde hace muchos años porque él le sacó seis dientes un agosto. Sonríe al admitir que es la única oportunidad en la que ha estado flaca, porque el dolor sólo le permitía consumir líquidos y se la pasaba meando. Todas vuelven a reír.

Huyó una madrugada porque la noche anterior lo vio mirar a su hija mayor con “ganas”. La lascivia sí le era imperdonable, contra ella cualquier cosa, pero contra sus hijas nada. Se apareció más allá de La Victoria, en casa de una hermana que la hospedó hasta que encontró cómo regresar y mantenerse. Cierra el relato con: “el huevo de ningún hombre justifica un coñazo en la vida, mami, deja a ese hombre ya”.

Era inútil explicarles que mi lesión no tenía origen en un hecho de violencia, porque todas narraron uno. Cuando Patricia terminó, alabaron cómo me veía y me bendijeron asegurándome que aún soy bella y puedo conseguir a otro. Me despedí con besos y abrazos, parecía un 31 de diciembre celebrado en un baño de un centro comercial. Agradecí sus historias, pagué rápido y salí. En el bulevar sonaban unos tambores portentosos, imán para que los transeúntes dejaran de serlo y se transformaran en vouyeurs de los bailadores, mientras sus caderas alineaban sus propios movimientos.

Ni el toque me sacó del desconsuelo. Lloré todo el camino. Aún lo hago.

“Dame un cuchillo para cortar el aire y besarte”
Yordano Di Marzo