Blog de Luis Vicente León

¿Qué puede pasar ahora?; por Luis Vicente León

Escribir hoy, en el medio de grandes incertidumbres y con los acontecimientos pasando a mil por hora, es difícil y peligroso en términos de proyecciones. Aún así voy a tratar de responder esta pregunta con una simplificación de los múltiples escenarios posibles, tomando en cuenta sólo aquellos con mayor probabilidad de ocurrencia, de acuerdo con mi

Por Luis Vicente León | 23 de abril, 2017
Fotografía de Maura Morandi

Manifestantes opositores marchan hacia la sede de la Conferencia Episcopal. Caracas, 22 de abril de 2017. Fotografía de Maura Morandi

Escribir hoy, en el medio de grandes incertidumbres y con los acontecimientos pasando a mil por hora, es difícil y peligroso en términos de proyecciones. Aún así voy a tratar de responder esta pregunta con una simplificación de los múltiples escenarios posibles, tomando en cuenta sólo aquellos con mayor probabilidad de ocurrencia, de acuerdo con mi visión, también imperfecta, del tema.

Hay algunos elementos predeterminados que podemos dar por sentados en cualquier escenario. El primero es el deterioro económico. El 2017 estará signado por una crisis económica severa, producida por el modelo primitivo de intervención y amplificada por el deterioro de los ingresos petroleros y la convulsión política.

Lo segundo es que esa convulsión vino para quedarse. Está claro que la oposición enfrenta a un gobierno que controla los recursos económicos, las armas legales e ilegales, los medios y la mayoría de las instituciones. Estando en poder luchará como sea para preservarlo y si lo pierde, luchará también con todo para recuperarlo, frente a un potencial gobierno alternativo que estaría en graves problemas de estabilidad económica y política.

Tercero, la Comunidad Internacional estará atenta y activa sobre lo que pasa en Venezuela, lo que aumenta el costo de la represión, con los riesgos de sanciones actuales o potenciales, que generan presiones de división interna.

Finalmente tenemos el casi infinito costo de salida del gobierno, lo que lo convierte en un Kamikaze. Como condimento a este predeterminado, tenemos que la posibilidad de una negociación exitosa para bajar los costos de salida son muy bajas, debido a que la oposición tiene todavía dos tareas pendientes para poder llegar ahí: a) el poder de negociación, es decir algo que entregar, lo suficientemente fuerte como para que el gobierno acepte o esté obligado a salir del poder y b) un interlocutor válido, que tenga suficiente poder de control interno para comprometerse en acuerdos incómodos con un gobierno que ha violado explícitamente sus derechos. Con respecto a la primera carencia, la misma podría resolverse con la presión de calle, que más allá de una marcha “épica” se convierta en una manifestación imparable, en todo y de todo el país y que se traduzca en ingobernabilidad. Pero esto sigue dejando a la segunda variable sin respuesta: ¿quién negocia para bajar los costos de salida?

Con esto en mente, definimos los dos escenarios más probables:

1. Que la presión opositora continúe creciendo, pero el gobierno esté dispuesto a reprimir brutalmente y sin descanso, aún en el medio del repudio internacional y las sanciones, pues su alternativa es sólo una: que le corten la cabeza. Con un sector militar también comprometido, este escenario se puede prolongar por un tiempo impredecible, que lleva al país a la conformación de grupos paramilitares y guerrilleros que pasan a formar parte de la vida cotidiana del país, pero con el gobierno manteniendo el poder.

2. Que la presión opositora llegue al máximo nivel y fracture internamente al chavismo y al sector militar, frente al miedo de lo que podría ocurrirles en el futuro ante violaciones brutales y evidentes a los derechos humanos, con delitos imprescriptibles. En este caso, es probablemente que el sector militar sea quien decida buscar y coordinar la negociación para reducir y controlar los costos de salida. Esa negociación ocurriría con un líder opositor que haya logrado en el camino capitalizar la lucha y convertirse en el referente intocable del grupo que presiona el cambio.

Podemos escribir muchas más alternativas, pero en estas dos se concentran las mayores probabilidades de que se pare en ellas la bolita de esta ruleta rusa.

Unas elecciones que darán de que hablar; por Luis Vicente León

Ya no recuerdo la cantidad de veces que me han preguntado si lo que esta pasando en Venezuela es parte de un plan sofisticado  o es el resultado de la filosofía nacional: “mientras vaya viniendo vamos viendo”. A lo largo de estos años he cambiado de respuesta a esa pregunta. Primero pensaba que en el

Por Luis Vicente León | 16 de abril, 2017
 Fotografía de Iñaki Zugasti / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Fotografía de Iñaki Zugasti / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Ya no recuerdo la cantidad de veces que me han preguntado si lo que esta pasando en Venezuela es parte de un plan sofisticado  o es el resultado de la filosofía nacional: “mientras vaya viniendo vamos viendo”.

A lo largo de estos años he cambiado de respuesta a esa pregunta. Primero pensaba que en el chavismo no había nada muy sofisticado y que los resultados eran producto del ensayo y el error; bueno, más del error que del ensayo. Pero luego comencé a pensar que no. Que detrás de todo esto sí había un plan estructurado para concentrar y preservar el poder a toda costa, privilegiando primero la colonización de la democracia a través de la base de esta que es la elección. Siendo Chávez muy popular, las elecciones le permitían controlar y colonizar las instituciones de poder y bloquear todo el resto de los elementos democráticos, como la independencia de poderes, el respeto a la constitución, la alternancia y, si era necesario, el propio proceso electoral.

Pero si me lo preguntan hoy, tendría la tentación de responder: “todas las anteriores”.  Claro que hay un plan y una estrategia, pero la misma ha ido cambiando en el tiempo dependiendo de las circunstancias y, especialmente, de los múltiples errores cometidos. Me parece que el chavismo es lo más lejano a un reloj suizo, y los errores, que son muchos, han ido llevándolo por caminos que no necesariamente eran los que originalmente habían diseñado y buscado. Pero lo que si queda claro, es que su objetivo final sigue siendo el mismo: conservar el poder como sea, cambiando quizás la forma para hacerlo.

En este sentido, si tuviera que proyectar cuál será la próxima etapa en la estrategia política oficial, diría que esta será buscar una mega elección en diciembre del 2018.  Anunciarla con relativa anticipación, para canalizar la energía opositora hacia ahí, tratar de bajar la tensión interna e internacional y comenzar sus acciones tendientes a lograr que esa elección sea controlada por el chavismo, “como sea”.

Sí, ya sé que muchos de ustedes tiene en su cabeza la idea de que a estas alturas el gobierno no ganaría una elección de ninguna manera y que frente a esa realidad, el escenario base es que bloqueará también la elección presidencial y se declarará abiertamente dictadura, bajo cualquier excusa estrambótica de las que usan cotidianamente las autocracias. Pero creo que esa es una visión equivocada. No me mal interpreten. NO estoy diciendo que el gobierno estará dispuesto a ir a una elección convencional, honrar la democracia y salir del poder, si eso es lo que quiere el pueblo (que sin duda es lo que quiere). Lo que estoy diciendo es que el gobierno preferirá mantener las apariencias, aunque sea  a través de un evento electoral sesgado, opaco y no competitivo. Para el chavismo resulta infinitamente más inteligente tener una elección inválida y sesgada que bloquear totalmente el proceso electoral y quedar en total evidencia. Y entonces, si mi olfato no falla (y claro que puede fallar), vamos de cabeza a la elección, comprando casi dos años que restan constitucionalmente para “prepararla” en términos de ¿quién podrá y quién no podrá participar?, ¿quién puede y quién no puede votar?, ¿cuán secreto será el voto en ese proceso?, ¿cuántos candidatos no chavistas (distintos a opositores) se pueden colocar en la escena? y ¿qué líder chavista convendrá presentar en esa elección?

Los linealpensantes interpretan que si el gobierno no puede ganar una elección, simplemente no la hará. Les juego morisquetas o morocotas a que en este caso particular, tendremos elecciones. Sólo que serán unas elecciones que darán mucho, pero mucho que hablar.

¿Habrá una elección?; por Luis Vicente León

Y agreguemos si esa elección podría ser transparente y competitiva. La sola recurrencia de esta pregunta en las últimas semanas, indica que en el entorno hay una especie de esperanza de que este evento ocurra frente a los acontecimientos que se desarrollan en nuestro país. La respuesta más honesta a esta pregunta tiene que ser:

Por Luis Vicente León | 9 de abril, 2017
People gather outside a validation center during Venezuela’s CNE second phase of verifying signatures for a recall referendum against President Maduro, in Caracas, Venezuela, June 24, 2016. REUTERS/Mariana Bazo

Fotografía de Mariana Bazo para Reuters

Y agreguemos si esa elección podría ser transparente y competitiva. La sola recurrencia de esta pregunta en las últimas semanas, indica que en el entorno hay una especie de esperanza de que este evento ocurra frente a los acontecimientos que se desarrollan en nuestro país. La respuesta más honesta a esta pregunta tiene que ser: depende.

Dejemos el tiempo de lectura de este párrafo para que se desaten los monstruos de los radicales linealpensantes, que en este mismo momento ya estarán tuiteando sobre mi evidente “guabineo” al no dar una respuesta determinante a tan simple pregunta. Interesante, por cierto, sobre todo viniendo de quienes siempre responden con certeza y convicción total lo que ellos quieren que pase, sin que pase nunca. Esos que tumbaron a Chávez desde su primer año en poder. Ellos, cuya frase favorita hace más de 18 años es: “esto no aguanta más”. Los que daban por sentado que con la muerte de Chávez se moría el chavismo. Los que afirmaron que si el gobierno evitaba el referéndum, ardía Troya.  Los mismos que después han culpado a negociadores y Vaticano de nuestra incapacidad colectiva de atender y resolver el problema, frente a un gobierno concentrador de poder, recursos, medios y armas, como si ellos, por cierto, fueran dioses en el Olimpo, libres de todo pecado y error.  Ok. Una vez dado el espacio para que liberen su frustración y hagan lo que sí saben hacer, que es atacar a quienes piensan distinto a ellos desde la misma acera, ante su propia incapacidad de hacer algo inteligente contra el verdadero adversario común, seguimos.

Esa salida electoral o negociada, pacífica y estable, depende de dos variables claves, que dan o no racionalidad a la posibilidad de ocurrencia de ese hecho. Por una parte, el costo de salida del gobierno y por la otra, el costo oficial de bloquear la elección y reprimir.

Comenzando por la primera, no hay forma de imaginar una elección decente y transparente, que puede tener como resultado la cabeza del gobierno y los funcionarios llamados a convocarla. Es irrelevante si la mayoría de la población lo desea y lo vota o si ellos se lo merecen. Un gobierno que tiene costo infinito de salida, amenazado personalmente, grupalmente y familiarmente, se convierte en un kamikaze que estará dispuesto a todo para defenderse, bajo la premisa, por demás racional, de que es mejor perder la cabeza en una batalla que entregarla de seguro en una elección que sabes que perderías.

La segunda variable no es menos importante. Para imaginar una elección, es indispensable que el costo oficial de evitarla sea lo suficientemente elevado como para dificultar el bloqueo y la represión. Este costo se eleva en efecto con la ayuda de la comunidad internacional, pero sólo es realmente importante si la sociedad internamente decide participar y defender sus derechos integralmente y en todos sus espacios.

Pero el secreto del éxito no proviene sólo de elevar el costo de la represión sin modificar el costo de salida. Esa es la base de la propuesta radical, que busca la calle para cortar la cabeza del gobierno. El mejor resultado de esa combinación es una guerra, que aún ganando, dejará al país en una situación completamente inestable. Se trata de elevar el costo del bloqueo electoral, para usar esa fuerza como poder de negociación frente al gobierno para re-institucionalizar el país, combinado con una reducción de costos de salida, que abra la compuerta para una elección justa y transparente y un cambio pacífico a futuro. Si ambas variables no están en la mesa y se mueven en la dirección correcta, la posibilidad de éxito es un límite que tiende a cero y la frustración será de nuevo el resultado más probable.

La inhabilitación de Capriles y la estrategia de la división; por Luis Vicente León

La inhabilitación de Capriles forma parte de una estrategia del gobierno que busca matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, es la forma convencional de reducir la competitividad en las elecciones potenciales futuras. El gobierno termina apuntando con rifle a los candidatos y líderes que considera más peligrosos y deja en el juego

Por Luis Vicente León | 7 de abril, 2017

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La inhabilitación de Capriles forma parte de una estrategia del gobierno que busca matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, es la forma convencional de reducir la competitividad en las elecciones potenciales futuras. El gobierno termina apuntando con rifle a los candidatos y líderes que considera más peligrosos y deja en el juego sólo a quienes sean menos potentes en términos electorales o más abiertos a una negociación futura.

La inhabilitación de candidatos y partidos es un clásico de las autocracias modernas, las cuales necesitan validarse electoralmente para evadir el calificativo de dictadura (aunque lo sean de facto) y ganar una especie de legitimidad de origen electoral, aunque la elección sea “mala”.

Pero esas elecciones que requiere el gobierno no las puede ganar debido a su baja popularidad y falta de conexión en un evento transparente y sin sesgo, por lo que requiere construir una elección a la medida, en términos de candidatos, partidos, electores potenciales, fechas y control operativo del sistema electoral.

El segundo objetivo busca provocar divisiones dentro de la oposición para reducir su capacidad de triunfo, incluso frente a elecciones no competitivas. La situación más probable, una vez que el gobierno inhabilita a los favoritos, es que estos no reconozcan la decisión y luchen por mantenerse como los líderes y candidatos de la fuerza opositora, o llamen a una lucha cuyo objetivo primario no sea una elección donde no se les permite participar.

Mientras tanto, los líderes opositores que sí están habilitados para participar, plantearán que es necesario asumir el sacrificio (de los inhabilitados, por supuesto) para no perder la oportunidad de concentrar el voto opositor en un candidato que tenga la opción legal de inscribirse, confiando que ganará y rescatará las instituciones y la democracia.

Esta es la primera fractura. Pero en adición, al obrar sobre los actores que pueden o no participar en una elección, el gobierno manipula la propia elección primaria o los acuerdos políticos posibles de su adversario, provocando tensiones internas para resolver el dilema de selección sobre líderes que no son necesariamente los preferidos de la población opositora.

Esta estrategia, en el caso venezolano, es menos poderosa que en Nicaragua, pues la realidad numérica del soporte del presidente Maduro lo ubica por debajo de 25% del soporte popular, con una concentración de rechazo enorme, que no tenía Ortega en el momento de sus acciones equivalentes.

Cualquier candidato que la oposición presente de manera unitaria, sería un favorito contundente para ganar. Algo que no ocurría en el caso nicaragüense. No obstante, si la oposición se fractura sobre el hecho de si debe o no asistir a una elección sesgada –el evento puede ocurrir con ella fracturada o sin ella por completo–, aun no siendo unos comicios competitivos o representativos, ayudarían al gobierno a tener una excusa de legitimidad electoral, pese a las acusaciones de fraude y manipulación que puedan presentarse. Los casos de Nicaragua y Rusia aquí si nos enseñan mucho al respecto.

Cierro con un mensaje de rechazo contundente a la inhabilitación, persecución y apresamiento de líderes opositores que entorpecen la búsqueda de soluciones democráticas en Venezuela, y envío a Henrique Capriles, como lo he hecho antes con todos los afectados, mi palabra de solidaridad, respeto y estima.

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LEA TAMBIÉN:

La inhabilitación a Henrique Capriles: otro golpe a la Constitución; por José Ignacio Hernández 

¿Qué declaró Capriles tras ser inhabilitado por la Contraloría General? // #MonitorProDaVinci

Asamblea Nacional vs TSJ: A fuego lento o se arrebata; por Luis Vicente León

Es difícil hacer, por ahora, una interpretación sofisticada sobre la decisión del TSJ de “suplantar” explícitamente las funciones de la Asamblea Nacional bajo la tesis de que esta se encuentra en “desacato”. No podemos descartar la posibilidad de que estemos en presencia de un error de cálculo y que el gobierno no haya estimado los

Por Luis Vicente León | 2 de abril, 2017

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Es difícil hacer, por ahora, una interpretación sofisticada sobre la decisión del TSJ de “suplantar” explícitamente las funciones de la Asamblea Nacional bajo la tesis de que esta se encuentra en “desacato”.

No podemos descartar la posibilidad de que estemos en presencia de un error de cálculo y que el gobierno no haya estimado los costos reales de esta insólita medida y que ahora se le vienen encima. Los errores en política son comunes y este gobierno ha cometido muchos de ellos. Pero siendo sincero, dudo que este sea el caso, incluso considerando los últimos acontecimientos que podrían dar la apariencia de recule no planificado. Mi primera impresión es que el gobierno ha planteado una estrategia deliberada de tira y encoje, pero que está preparado y dispuesto a la radicalización total si no logra bajar la tensión política manipulando a la oposición.

Las dramáticas consecuencias de una medida de este tipo: estrambótica, ilegítima y  claramente antidemocrática, tenían que ser evidentes hasta para sus propulsores internos más irracionales. Y la única forma de que ellos se quisieran meter en esa sampablera, partiendo de una situación en la que no parecían estar en riesgo, frente a una oposición mayoritaria pero fracturada y débil, es que supieran algo que los llevara a necesitar radicalizarse y elevar la temperatura antes de tiempo, incluso considerando la posibilidad de cruzar una frontera prohibida momentáneamente, para dar luego unos pasos atrás, elevando el precio de aquello que podrían entregar a la oposición para calmarla, como por ejemplo el reconocimiento de la Asamblea y aparentar un juego institucional típico de un país con división, independencia y respeto de poderes, sin arriesgarse ellos mismos a lo que definitivamente es imposible que entreguen: la elección.

Una hipótesis que podría justificar este juego adelantado es que lo hiciera para salirle al paso a algunas fracturas internas en el chavismo. Las declaraciones de la fiscal son un ejemplo de este riesgo y no sabemos que más hay por detrás. En ese caso, es posible que el gobierno pensara que era vital abrir el juego y tener más claro el mapa de amigos y enemigos internos, para luego actuar, hacer limpieza y negociar. Si este es el caso, es normal que su juego sea de ensayo y error.

Los costos internacionales de esta acción son elevados y lo saben, pero la verdad es que ya eran altísimos y difíciles de parar. Es una situación muy incómoda y peligrosa, pero la pregunta es: ¿para evitar el riesgo de que le corten la cabeza, estará dispuesto el gobierno a entregar su cabeza en una elección?  La respuesta racional es NO. Siempre será menos malo que lo aíslen y no ir a una elección que los sacaría del poder como corcho de limonada, con costos de salida infinitos, que los pulverizaría política y personalmente.

La otra hipótesis es que esto tenga que ver con lo económico. Con la necesidad de validar los acuerdos de la faja y los nuevos endeudamiento externos, algo que se complica con la negativa de la Asamblea a hacerlo. Podría el gobierno, con esta decisión, intentar darle más institucionalidad a las aprobaciones del TSJ ante una AN inhabilitada,  pero la verdad sea dicha, difícilmente los inversionistas verán con menos riesgo una decisión como ésta, rechazada explícitamente por el mundo entero.  Esto no les traería beneficios y la protección futura de tercero de buena fe queda pulverizada. También está la posibilidad que detrás de todo esto haya una decisión de no pagar la deuda externa. A 10 días de un pago importante, el timing suena adecuado para usar la emergencia política como excusa para el default. Es una hipótesis que no puede descartarse, más si se escuchan rumores de que el gobierno podría estar ahora más proclive que antes a analizar una reestructuración de deuda como solución a su crisis de flujo de caja.  Sin embargo, parece descabellado pensar que el gobierno, con una crisis económica severa y una conflictividad política en ascenso, esté dispuesto a entrar a la caja negra de un default  y aceptar los potenciales costos de un bloqueo económico, seguro y demoledor, con el país desindustrializado y dependiente de divisas para importar, que en este caso es igual a comida y medicinas.  Si mi olfato no me falla (y claro que puede fallar) estamos más bien frente al juego de las autocracias modernas: radicalización política y posible permeabilización económica para liberar tensión.

La primera parte de esa ecuación parece estar ejecutándose y aunque tendrá costos elevados, debemos volver a recordar que la otra opción para ellos es una elección que perderían sin duda, con costos descomunales.

La crisis económicas no sacan gobiernos fácilmente, como algunos suelen plantear como sí un cambio de gobierno es la consecuencia directa de un descalabro económico. Lo vimos en China, en Cuba, en Zimbabwe y en muchos otros países africanos donde hoy mismo sale la gente despavorida por la crisis, pero no los gobiernos.

Pero lo que si traen la crisis económicas es presión para flexibilizar y comprar oxígeno. Todavía esta segunda parte de la ecuación no se ve en Venezuela. Las decisiones cambiarias recientes son tan primitivas como siempre. Pero si bien muchos de mis colegas ven un desenlace político inmediato y un aumento insostenible de la presión de cambio de gobierno, yo veo más bien un tejemaneje complejo y largo que no sabemos donde va a terminar en lo político, mientras en lo económico, hay una mayor presión para la implementación de estrategias más abiertas para rescatar equilibrios. Esto me resulta contradictorio con hacer default. Y sé que esta opinión va a contrapelo al comportamiento del mercado de deuda venezolana en Wall Street esta semana. El riesgo siempre existe, pero sigo pensando que el gobierno hará lo indecible para evitarlo. La imagen de un país embargado y sin nada que comer no me resulta potable para el gobierno. (Si les parece que esto es lo que está pasando ahora mismo y que no puede ser peor, créanme que no están entendiendo nada de las consecuencias de un default).

En lo político, queda claro que las tensiones aumentarán. Que el gobierno querrá dar dos pasos adelante y uno hacia atrás. Y si no tiene más remedio, tenderá a radicalizarse y aislarse, lo cual lo hace más peligroso a él que a sus adversarios.

Pero el riesgo para el chavismo también esta ahí y no es despreciable. Ahora no sólo debe temer a la oposición y a la comunidad internacional sino a sus propias fracturas internas, que están vivitas y coleando. Esto me recuerda un axioma clásico del análisis de las revoluciones: estas son más proclives a colapsar por implosión que por acción deliberada del enemigo externo, pero esto, como los buenos platos, se cocina a fuego lento…o se arrebata.

Mugabe: A propósito de las panaderías; por Luis Vicente León

Este artículo lo referí hace tiempo, pero su vigencia es perfecta. Lo recordamos a propósito de la intervención de panaderías. Algunos piensan que la embarazosa historia de los controles de precios de los griegos, analizada impecablemente por Ángel Alayón en Prodavinci hace varios años, debía haber sido suficiente como para que el mundo entendiera lo

Por Luis Vicente León | 26 de marzo, 2017
Fotografía de Juan Barreto para AFP

Fotografía de Juan Barreto para AFP

Este artículo lo referí hace tiempo, pero su vigencia es perfecta. Lo recordamos a propósito de la intervención de panaderías.

Algunos piensan que la embarazosa historia de los controles de precios de los griegos, analizada impecablemente por Ángel Alayón en Prodavinci hace varios años, debía haber sido suficiente como para que el mundo entendiera lo inadecuado e inútil de esa medida. Pero la historia nos ha mostrado que el error se ha repetido una y otra vez, pese a que el resultado siempre ha sido desastroso.

Volvamos a ver la historia que Ángel nos cuenta, ahora desplazados a Zimbabwe en el siglo 21.

“Imagine una economía en la que los precios se duplican diariamente. A ese endemoniado ritmo llegó a crecer la inflación en Zimbabwe. La cifra oficial durante el 2008 alcanzó la ilegible cifra de doscientos treinta y un millón por ciento anual (231.000.000.000%). El dinero no valía nada y los ciudadanos sobrevivían en medio de uno de los fenómenos económico más temidos: la hiperinflación. Pero regresemos la película de Zimbabwe ocho años y vayamos hasta el 2000”.

Desde principios del 2000, Zimbabwe sufría las consecuencias de la desinversión que implicó la confiscación de las tierras de los hacendados blancos y de una política monetaria expansiva. Los precios comenzaron a subir, al principio con cierta timidez, alcanzando para el año 2000 un 54%. Cinco años después, los precios crecían a un 585,4% anual y ya para el 2006 los precios rompieron la barrera de los mil.

Robert Mugabe se enfrentó a un dilema y decidió perseguir a los comerciantes culpándolos del proceso inflacionario. En diciembre de 2006, Burombo Mudumo y Lemmy Chikomo, de Lobels Bakery, fueron sentenciados a cuatro meses de prisión por vender el pan por encima de los precios regulados. El magistrado que dictó sentencia dijo que “el encarcelamiento debería servir de advertencia a otros potenciales violadores de la Ley”. Los panaderos, ahora presos, argumentaron en su defensa que habían enviado cartas a los ministerios encargados de la regulación de precios advirtiéndoles que si vendían a los precios establecidos se verían obligados a parar la producción. Nunca recibieron respuesta y, ante el dilema, decidieron producir y vender. No creían que serían castigados con la pérdida de su libertad, pero entre rejas se vieron.

Los precios aceleraron su ascenso, así que Mugabe decidió tomar cartas en el asunto y decidió prohibir la inflación. Sí, leyó bien: prohibir la inflación. Emitió un decreto que obligaba a disminuir de forma inmediata en un cincuenta por ciento (50%) todos los precios de la economía y, luego de esa extraordinaria reducción de precios, nadie podría subirlos nuevamente.

La política de Mugabe tuvo consecuencias inmediatas: en solo un fin de semana los consumidores agotaron todas las existencias de alimentos y electrodomésticos. En la mañana del lunes los comercios amanecieron vacíos y unos cuantos comerciantes despertaron tras las rejas por presunta especulación y acaparamiento. A partir de ese momento era prácticamente imposible conseguir carne, sal, azúcar, pan, leche o aceite. Zimbabwe. Los economistas desistieron de la idea de medir la inflación por una razón: los precios eran irrelevantes pues no había productos.

La situación en Zimbabwe ha mejorado desde el 2009. Mugabe aceptó el uso de moneda extranjera como medio de pago y comenzó un proceso de liberación de los precios. Incluso ha dado señales de permitir el retorno de los antiguos hacendados a sus tierras. “Zimbabwe es un país que continúa errando en un complicado laberinto político y económico, pero, paradójicamente, ahora lo transita tomado de la mano del Fondo Monetario Internacional, su antiguo enemigo”.

Sin comentarios.

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Vuelta a Caracas; por Luis Vicente León

Después de un viaje espectacular a San Cristóbal llegamos al aeropuerto de Santo Domingo para regresar a Caracas. Ya con el boarding en mano, sólo quedaba desayunar pastelitos y comprar pan andino (bueno, no había pan, pero es igual). A la hora indicada avisaron que el vuelo estaba retrasado y seis horas después lo cancelaron.

Por Luis Vicente León | 19 de marzo, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Después de un viaje espectacular a San Cristóbal llegamos al aeropuerto de Santo Domingo para regresar a Caracas. Ya con el boarding en mano, sólo quedaba desayunar pastelitos y comprar pan andino (bueno, no había pan, pero es igual). A la hora indicada avisaron que el vuelo estaba retrasado y seis horas después lo cancelaron. Es una escena natural hoy en Venezuela, con un sistema aéreo deteriorado, sin divisas y con precios regulados.

Ya no había vuelos en El Vigía, La Fría o Barinas, reducidos a su mínima expresión. Todo indicaba que había que quedarse, pero para mí esa no era una opción. Tenía la presentación de Escenarios Datanálisis la mañana siguiente y una conferencia sobre mi visita a Japón organizado por la embajada.

Sin tiempo que perder conseguí un taxi y salí sin pestañar con un estimado de 12 horas de odisea. Tan pronto entramos en la carretera el taxista mencionó que debía cargar gasolina. En Táchira los obligan a tener un chip para poner máximo 30 litros por día. Las primeras bombas estaban cerradas y cuando finalmente llegamos a una con gasolina, la cola suponía al menos dos horas de espera. Decidimos seguir, pero la situación se tornó crítica. En el próximo pueblo nos paramos a preguntar a un viejito dónde se conseguía gasolina. Él mismo ofreció diez litros a 400 bolos cada uno. Hecho el “deal” necesitaba ir al baño pero todo estaba cerrado. Regresé sin cumplir mi cometido y le pregunté dónde podía conseguir uno. Me miró como quien mira a un bobo y preguntó por qué no me iba a la matica. Seguimos sin resolver el problema. En el camino, el taxista me preguntó qué hacia yo en San Cristóbal. “Tuve varias presentaciones”, respondí. “Ah, ¿usted es cantante?”. Me reí y sólo dije: “¿con esta voz?”.  Muchos pueblos y muchas bombas después: gasolina. La cola era feroz pero no había opción. Dejé al taxista en su puesto y me fui a buscar el baño y al verlo entendí la sabiduría del viejito anterior. Al regresar, el taxi estaba a dos puestos de echar gasolina delante de un camión. ¿Cómo llegó ahí? Supuse que le había pagado al camionero para colarse. Cuando le fui a reclamar, el camionero me reconoció: “el señor de Globovisión”. “No, vale, de Datanálisis”, respondí para no usurpar funciones. Pidió una foto y me manifestó su preocupación por los grados de corrupción a los que hemos llegado en el país. Tenía un ataque de moralidad bachaquera.

Regresado el taxista a regañadientes al puesto de atrás, el resto del viaje fue un poema. Había 12 alcabalas en la autopista José Félix Ribas. Nos pararon en 8, y de esas 5 fueron consecutivas, con diferencia de menos de 3 kilómetros entre cada una. En la cuarta se me ocurrió hacer un chiste: “Esta debe ser la autopista más segura del mundo”. No se los recomiendo. El policía me ordenó llevar mi maleta al otro lado de la autopista y en una mesita de plástico inmunda chequeó artículo por artículo, con saña y placer.

Llegando a Valencia: Gasolina otra vez. No hubo bomba abierta en la vía y cuando el carro ya estaba echándose explosiones, apareció una bomba del otro lado de la autopista a la que recurrimos tirándonos prácticamente por un barranco para girar.

Ahora sí, rumbo a Caracas. Ya no puede pasar nada más. Bueno, sólo que estaban haciendo mantenimiento al túnel de Los Ocumitos y la cola parecía una panadería antes de la militarización. Ahora ya no hay colas… porque tampoco hay pan.

Fue una odisea. Pero llegué, cumplí mi responsabilidad con éxito y ratifiqué lo que he pensado siempre respecto a nuestro país. El camino puede ser largo, difícil y peligroso, pero hay momentos en la vida cuando hay hacer lo que se deba hacer pese a las trabas, la adversidad y el miedo.

¿Qué va a hacer el gobierno?; por Luis Vicente León

No tengo información privilegiada sobre este tema por lo que cualquier cosa que diga aquí forma parte de mis hipótesis personales y, como tales, pueden cumplirse o no. Sólo el futuro lo dirá. Lo primero es entender que el gobierno sabe que con su respaldo actual no podría ganar una elección. También sabe que controla

Por Luis Vicente León | 12 de marzo, 2017
Fotografía de Will Riera / Para ver la fotogalería completa haga click en la imagen

Fotografía de Will Riera / Para ver la fotogalería completa haga click en la imagen

No tengo información privilegiada sobre este tema por lo que cualquier cosa que diga aquí forma parte de mis hipótesis personales y, como tales, pueden cumplirse o no. Sólo el futuro lo dirá.

Lo primero es entender que el gobierno sabe que con su respaldo actual no podría ganar una elección. También sabe que controla las instituciones de poder, con excepción de la Asamblea Nacional, y que las decisiones de esas instituciones no van a retar, por ahora, los deseos y necesidades de la revolución.  El gobierno entiende que la oposición tiene problemas de articulación y que eso la debilita para defender sus intereses y derechos. Finalmente, esta claro para ellos que su estrategia ha sido la colonización de la democracia con la base de la democracia que es la elección. Saben como moverse en esa realidad, pero cambiar de ahí a una dictadura clásica, que preserve el poder por la fuerza y sin elecciones, los colocaría frente a una caja negra que no saben como funciona.

Con esto en mente, me atrevería a decir que el gobierno tiene un dilema. Necesita y prefiere validarse en un proceso electoral (algo confortable para ellos), pero no puede correr el riesgo de perderlo (porque sería demoledor). Eso nos deja dos escenarios en escalera: 1) una elección controlada (su opción preferida y conocida) o 2) una radicalización política total (si no les queda más remedio).

¿Cómo es eso de la elección controlada?  Si el gobierno no ganaría las elecciones, parece que su juego ganador es retrasarlas y ubicarlas en una macro elección a finales del 2018. En ese tiempo, el gobierno podría tratar tres acciones concretas. La primera es prepararse para una reducción severa de la competitividad electoral. En dos platos, lograr que la elección no sea justa, equilibrada ni transparente. Pero no me refiero a las condiciones de ventajismo que ya han caracterizado obviamente las elecciones pasadas. Me refiero a que el gobierno decida y logre hacer algo más estrambótico. Eso de lo que tantas veces la ha acusado la oposición de haber hecho, pero que ahora podría decidir hacer de verdad en todo su esplendor. Por cierto, que después de haber sido acusado de tantas cosas tiene una ventaja a su favor: no van a acusarlo de nada que no lo hayan acusado antes, sin costos para él. Pero con la brecha actual entre oposición y gobierno, esto no sería suficiente. La segunda estrategia sería llegar a esa elección con una oposición fracturada. Pero no me refiero a las fracturas naturales actuales, que luego la oposición suele resolver en primarias para la elección de sus candidatos, sino a la posibilidad de que la oposición tenga un candidato único, pero que se enfrente, no sólo a un chavista, sino a una candidato independiente, también contrario a Maduro, pero que no se someta a una primaria opositora (donde no podría ganar) y logra, sin embargo, aglutinar una masa relevante (mayoritaria o no) a su alrededor, disminuyendo la potencia opositora. En tercer nivel, queda la posibilidad de que el chavismo, entendiendo que el presidente tiene un grave peso en el ala, decida cambiar el caballo y apelar por una oferta alternativa y fresca, que tenga la capacidad de elevar, aunque sea de manera restringida, la conexión de la gente con el legado de Chávez, mucho más fuerte y popular que el presidente Maduro.

¿Ganaría el gobierno con esta estrategia?  Ni idea. Sigue siendo peliagudo, pero no tiene muchas opciones. Lo que si queda claro es que si llegando a esa elección descubre que ni con magia gana, entonces les queda el segundo escenario. El riesgo es alto, pero será siempre menor que perder seguro en el primero. De todo esto hablaremos el miércoles en nuestros “Escenarios Datanálisis”.

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A los morochos: ¿Qué es el populismo?; por Luis Vicente León

Luego de terminar una entrevista telefónica con un periodista extranjero, me di cuenta de que mis hijos me miraban con algo que parecía curiosidad. “¿Qué pasa?”, pregunté extrañado. “Papá, ¿qué es eso del populismo, que cada vez que lo nombras terminas intenso?”. La pregunta me tomó por sorpresa y mi respuesta en ese momento fue

Por Luis Vicente León | 5 de marzo, 2017
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El expresidente argentino Juan Domingo Perón y su esposa Eva Duarte en 1950. Fotografía de Associated Press

Luego de terminar una entrevista telefónica con un periodista extranjero, me di cuenta de que mis hijos me miraban con algo que parecía curiosidad. “¿Qué pasa?”, pregunté extrañado. “Papá, ¿qué es eso del populismo, que cada vez que lo nombras terminas intenso?”. La pregunta me tomó por sorpresa y mi respuesta en ese momento fue bastante pobre, así que decidí profundizar el tema para ellos y para ustedes aquí.

El populismo es una oferta política engañosa, aparentemente atractiva para las personas más desposeídas, que usualmente son quienes lo apoyan con más pasión y, paradójicamente, quienes terminan más afectados por sus resultados, invariablemente devastadores.

No se llama populismo por casualidad, sino porque es popular. Logra engañar a la gente ofreciendo repartirle gratis cosas, usualmente producidas o propiedad de otros, a quienes los populistas llaman ladrones y especuladores, mientras la economía los definen correctamente como productores y generadores de riqueza y a quienes les pueden expropiar todo, menos su conocimiento exclusivo de cómo esas cosas se hacen y se distribuyen eficientemente. Los discursos populistas son encendidos, llenos de culpables, enemigos imaginarios y marcianos invasores.

Ofrece cambio y castigo, dos palabras seductivas y motivadoras. El discurso es siempre el mismo: castigo a la oligarquía, redistribución de la renta (operación Robin Hood), intervencionismo económico, controles, expropiaciones e intervenciones de empresas y se acompaña con la criminalización de la disidencia, el nacionalismo y el chauvinismo, entre muchas otras yerbas aromáticas.

Pero el populismo suele tener un tiempo finito para conectar a la población. Su primer problema es la incapacidad para resolver los problemas que promete atender. Él llega cuando la situación es mala y eso le hace mas fácil penetrar el deseo de cambio de la población, pero el resultado también siempre es el mismo: ineficiencia, corrupción, desinversión, destrucción de valor, contracción económica y empobrecimiento exponencial, lo que lleva a sus ejecutores a ofrecer más control para “tapar” los huecos que deja el control anterior, a la vez que acentúa la persecución y la represión contra sus adversarios para fortalecer la tesis de los culpables externos. El resultado es igual que en el del primer control, pero peor y la respuesta de los populistas es controlar aún más para“tapar” los huecos del nuevo control, con el que se pretendía “tapar” los huecos del control previo y así sucesivamente.

Cuando alcanza su nivel máximo de ineficiencia, que siempre llega, la población, que antes los aplaudía, ahora quiere cambio. Independientemente de su nivel de formación termina entendiendo el problema y el responsable como si hubiera pasado por una maestría de economía. Rechaza ahora los controles, el intervencionismo, las expropiaciones y quiere votar para reformular lo que ahora entiende inadecuado e inviable. Pero los populistas, que antes se basaron en el respaldo de esa población para justificar su poder, ahora impiden que ese pueblo se exprese. Amenazan y restringen, coartando incluso su libertad de expresión, bajo la tesis de que si alguien teme decir lo que piensa, terminará por evitar pensar lo que no puede decir.

Como una película de Hollywood, luego de pasar más trabajo que una gata ladrona, el final de esa historia suele ser alentador: el fin del populismo y el rescate de la democracia y el mercado. El problema es que ese final feliz no siempre llega con la misma celeridad, ni comodidad. Depende de lo que la sociedad haga para lograrlo. Pero no se trata de un tema de fuerza sino de inteligencia. Un bien mucho más preciado, valioso… y escaso.

Usted dirá dónde estamos; por Luis Vicente León

La salida pacífica y electoral de un gobierno depende de dos variables centrales: 1. El costo de salida y 2. el costo de evitar una elección que perdería. En una democracia convencional, se produce la relación perfecta para el cambio. Por una parte, la potencial salida del gobierno tiene costos relativamente bajos. Por supuesto que

Por Luis Vicente León | 26 de febrero, 2017
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Fotografía de la serie El #6D en el lente de Will Riera. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

La salida pacífica y electoral de un gobierno depende de dos variables centrales: 1. El costo de salida y 2. el costo de evitar una elección que perdería. En una democracia convencional, se produce la relación perfecta para el cambio. Por una parte, la potencial salida del gobierno tiene costos relativamente bajos. Por supuesto que perder el poder es un drama, pero en el sistema democrático ese costo es acotado. El gobierno puede salir, pero no significa que el partido y el líder pierden todo, incluyendo la posibilidad de volver.

La democracia institucional garantiza la separación de poderes, por lo que una derrota presidencial no significa que el partido saliente deje de tener representantes en el parlamento. Los magistrados no terminan su función porque un presidente sale del poder, ni se cambian los miembros de la mayoría de las instituciones hasta que no se venzan sus períodos. En democracia, el cambio del ejecutivo suele ser soft. La idea del nuevo gobierno es gobernar y ejecutar sus propuestas, pasando rápidamente la página sobre el pasado. Por supuesto que pueden haber eventos específicos contra el gobierno o el líder previo si se descubren o suponen malos manejos y corrupción, pero todo pasa por el tamiz institucional del país, que se supone serio e insesgado. En la mayoría de los casos, los cambios electorales de gobierno no abren una batalla sino que más bien la cierran y las posibilidades de regreso futuro del partido y líderes salientes es posible y hasta elevada. Los costos de salida entonces son bajos y controlados, por lo que los estímulos para hacer “lo que sea” para bloquear las elecciones son casi despreciables. Por otra parte, en un sistema democrático, el costo de evitar la elección y bloquear los cambios naturales deseados por el pueblo suelen ser infinitos. Primero porque conceptualmente la elección es un elemento inherente a la democracia y evitar la elección es romper el sistema y abrir una caja de pandora, empezando por la posición militar que suele ser institucionalista. El bloqueo electoral es inconsistente con la democracia. Las instituciones de poder y la población se convierten en una barrera para el bloqueo. En este sistema, la realidad se ubica en el cuadrante perfecto: bajos costos de salida y alto costo de bloqueo, lo que dificulta que el gobierno intente quedarse a la fuerza.

Pero, ¿qué pasa si el sistema político no es una democracia integral sino un gobierno concentrador de poder y autoritario? La cosa se complica. Mientras más control tiene el gobierno y más acostumbrado está a mandar y a hacer lo que quiera, sin balances de poder ni contrapesos, el costo de su salida se eleva ad infinitum. No se trata sólo del poder que pierde, que ya es suficientemente grande para estimular sus acciones radicales de protección. Se trata también de que sus acciones presentes representan una amenaza futura a su libertad, su integridad personal y su patrimonio, a menos que su salida segura esté garantizada por una negociación, que sólo ocurre si no le queda más remedio.

Si además, el adversario de ese gobierno es estructuralmente débil, fracturado, desarticulado, desarmado y sin liderazgos sólidos y el gobierno logra una relación utilitaria con el sector armado del país, el costo de bloquear salidas electorales, e incluso el costo de reprimir, es bajo y provocativo. Entonces la realidad se ubica en el cuadrante perverso: altos costos de salida, que convierten al gobierno en un ejército de Kamikazes, y bajo costo de bloqueo a la salida pacífica, que estimula a que use la fuerza institucional para evitar toda elección que no pueda ganar, controlar o manipular. Usted dirá dónde estamos.

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Un motivo para celebrar; por Luis Vicente León

No estamos para desperdiciar ni una sola oportunidad para sentirnos orgullosos de lo que somos o tenemos. Algunas personas se ponen tensas cuando, en el medio de los gravísimos problemas que tiene el país y el deterioro evidente de nuestra calidad de vida, algunos nos empeñamos en recordar y resaltar nuestras ventajas, nuestras potencialidades, nuestras

Por Luis Vicente León | 21 de febrero, 2017
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Delegación de estudiantes de la UCAB en el Modelo de Naciones Unidas en Harvard. Fotografía de la Universidad Católica Andrés Bello.

No estamos para desperdiciar ni una sola oportunidad para sentirnos orgullosos de lo que somos o tenemos. Algunas personas se ponen tensas cuando, en el medio de los gravísimos problemas que tiene el país y el deterioro evidente de nuestra calidad de vida, algunos nos empeñamos en recordar y resaltar nuestras ventajas, nuestras potencialidades, nuestras bellezas y nuestros logros. Entiendo su preocupación, pero no la comparto. Creo, al revés, que mientras más resaltemos nuestros valores positivos, nuestras ventajas comparativas, el valor de nuestra gente y nuestra historia, es más claro el porqué vale la pena luchar por nuestro país. Asumir los retos para provocar el cambio y estar dispuestos a los sacrificios que eso pueda conllevar. Entonces, no se trata de evadir realidades ni minimizar los infinitos problemas que tenemos. Se trata de recordar que frente a esos problemas hay unos venezolanos capaces de provocar los cambios necesarios. Esos, como la delegación de estudiantes de la UCAB y de la USB, que viviendo la misma crisis, son capaces de brillar en las principales competencias del mundo y ganar premios en China, en New York y ahora, de nuevo, en Harvard. Claro que hay que celebrarlos, claro que hay que decirles mil veces lo orgullosos que estamos de ellos y de nuestra universidad, que ha sido capaz de pulir esos diamantes y darles todo su esplendor. Claro que hay que resaltar que somos capaces de competir en el mundo con los mejores y ganar. Porque eso también es recordarles a ellos, y a todos, la responsabilidad que tenemos no sólo de ganar afuera sino sobre todo de ganar adentro la competencia más importante y compleja. La de nuestra propia felicidad. Un abrazo a la delegación venezolana en MUN Harvard por sus logros espectaculares y por recordarnos que Sí Se Puede.

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Derek, el hijo de todos; por Luis Vicente León

A los 15 años, Juan Manaure soñaba con ser un atleta de alto desempeño. La suerte lo topó con Francisco Paco Diez, quien al ver su potencial lo enroló en el campamento de Los Cocodrilos, donde fue fichado y luego becado para estudiar en New York, donde tuvo hasta la oportunidad de jugar uno a

Por Luis Vicente León | 19 de febrero, 2017

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A los 15 años, Juan Manaure soñaba con ser un atleta de alto desempeño. La suerte lo topó con Francisco Paco Diez, quien al ver su potencial lo enroló en el campamento de Los Cocodrilos, donde fue fichado y luego becado para estudiar en New York, donde tuvo hasta la oportunidad de jugar uno a uno con Michael Jordan. Regresó a Venezuela y ha tenido una carrera profesional exitosa en el básquet, incursionó en la música, ha participado en videos famosos y ha sido imagen de canales de televisión.

Derek, el hijo de Juan, tenía exactamente esa edad y toda la vida por delante. Los sueños y las oportunidades abiertas, un ejemplo de superación y éxito al frente. Pero él no se topó con la suerte, sino con lo que se enfrentan tantos venezolanos a diario. La inseguridad, la pérdida de valores, el deterioro social de nuestro país. Lo secuestraron y lo asesinaron. Truncaron otra vida de la que ya no podremos en el futuro contar otra historia bonita sino esa relacionada con la forma vil con la que lo mataron.

Derek es el hijo de Juan. Pero lo podría ser de Pedro o de Carlos. De un chavista o de un opositor. De una persona rica o pobre. Es irrelevante, porque Derek es hoy hijo de todos los venezolanos, como también es de todos el dolor, la pena, la rabia, la frustración y la más profunda tristeza ante el secuestro y el asesinato.

La historia de Derek es la de tantos niños y jóvenes venezolanos que se funden en una sola. Leemos con espanto la noticia, sin haberlo conocido a él ni a su padre, porque leemos en ella también nuestra historia personal. Vivida o por vivir. Aparece en nuestra mente ese perverso miedo que se ha convertido en un indeseable compañero de vida. Ese sentimiento espantoso que nos atormenta y paraliza tan pronto tenemos nuestros hijos y, entonces, como decía Andrés Eloy Blanco, tenemos también todos los hijos del mundo y con ellos todos los miedos del planeta.

Derek no es sólo el hijo de Juan, sino la representación de todos nuestros hijos venezolanos, quienes viven una situación dramática de riesgo e inseguridad. Es la gráfica del miedo congelante que sentimos cuando salen a jugar a la calle (si es que ahora a alguien se le ocurre dejarlos y asumir semejante riesgo). Cuando se van al colegio y te quedas con el corazón acelerado, pero no de amor paternal, sino de puro miedo. Cuando toman por primera vez el carro y te provocaría que fuera mejor un tanque blindado para protegerlos. Cuando quieren salir de fiesta y tú, en cambio, quisieras congelarlos para que no crezcan, ni salgan, ni te pregunten, ni te pidan nada que no sea un juguete para jugar encerrados en casa. Cuando comienza la batalla campal por la libertad, que desean y merecen, y tú tienes que negociar y restringir la salida del jueves y del viernes y del sábado y del domingo y en aquellas que ellos ganan (porque no hay forma de que no ganen), tú te quedas aterrorizado en casa, esperando el momento en que finalmente regresan y los sientas protegidos, aunque en el fondo sabes que no están realmente seguros en ninguna parte, incluyendo tu casa o la de la abuela.

Derek es el hijo de Juan, pero también el de cada padre y madre venezolano que vive la angustia infinita de criar a sus hijos en el medio de una guerra, quizás la más feroz de todas las guerras del mundo. La batalla contra la inseguridad personal que mata a miles de inocentes al año. Contra las instituciones que no son capaces de protegernos. Contra los jueces que sueltan bandidos. Contra las cárceles que se convierten en cuarteles operativos de secuestradores y asesinos. Contra nuestra propia incapacidad para abordar el problema. Esa es la verdadera guerra de Venezuela… y la estamos perdiendo.

La culpa es de Chúo; por Luis Vicente León

Hace años, trabajando en el Boston Consulting Group, un colega me contó una experiencia que habían tenido en Colombia, estudiando el sector de calzado. A lo largo de las entrevistas que realizaron a expertos de toda la cadena, buscando entender los bloqueadores que impedían su crecimiento, los involucrados tenían siempre un culpable externo que explicaba su

Por Luis Vicente León | 12 de febrero, 2017
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Fotografía de Reuters

Hace años, trabajando en el Boston Consulting Group, un colega me contó una experiencia que habían tenido en Colombia, estudiando el sector de calzado. A lo largo de las entrevistas que realizaron a expertos de toda la cadena, buscando entender los bloqueadores que impedían su crecimiento, los involucrados tenían siempre un culpable externo que explicaba su incapacidad de desarrollo. Los productores finales decían que era imposible desarrollarse con los precios y calidad del cuero colombiano procesado, muy lejano al internacional. Por su parte, las tenerías sentían que el problema tenía que ver con las condiciones en las que recibían el cuero crudo, que terminaba siendo malo y caro. Los proveedores de cuero decían que no era posible tener un material de primera calidad tomando en cuenta que las fincas entregaban las vacas maltratadas. Finalmente, los finqueros respondían que las vacas, por sí mismas, se ubicaban a pleno sol y se pegaban contra los alambres de púas, paredes y árboles, deteriorando su piel. El resultado final era obvio: “la industria de zapatos de Colombia no era competitiva… por culpa de las vacas”.

Esta fue la historia que recordé hace pocos días cuando oí una explicación muy estructurada, en la que la entrevistada concluía que los problemas de la oposición, en su conjunto, eran responsabilidad exclusiva de la MUD y su secretario general, ambos ineficientes y hasta sospechosos. Según este análisis, la incapacidad para lograr los cambios es culpa de Chúo Torrealba, por lo que hay que cambiarlo cuanto antes para rescatar la senda de éxitos que traíamos el año pasado y que casi termina en la salida de Maduro. Si no se consigue a nadie que quiera asumir ese rol (¿por qué será?), lo dejamos a él, pero rotamos la vocería entre todos los partidos, grandes, medianos y chiquitos, que conforman la MUD y Sanseacabó el problema.

Interesante. En este análisis, no se considera, por ejemplo, que la MUD es un constructo creado como punto de encuentro entre partidos estructuralmente distintos, con visiones radicalmente diferentes sobre la forma en la que se debe enfrentar al Gobierno y que no se dotó de reglas de juego consensuadas para dirimir las diferencias naturales entre grupos heterogéneos y donde, por cierto, se pretende que las grandes organizaciones políticas tengan el mismo peso que los partidos de maletín. No se considera tampoco el hecho de que el Secretario General no es un decisor y que su función más complicada es articular a un grupo de actores, con intereses encontrados, que tienen el doble objetivo de: 1) sacar a Maduro del poder y 2) sustituirlo por él mismo, algo que puede complicar dramáticamente la relación entre ellos.

Tampoco se incorpora en el análisis el hecho de que la oposición, siendo mayoría, enfrenta a una fuerza política minoritaria, pero que controla las instituciones, la plata, los medios, las armas y la relación militar. Se les olvida que esa institucionalidad controlada bloquea la acción opositora y que para enfrentarla es necesaria una oposición alineada, estructurada y liderada, cada una de esas condiciones más escasa que el azúcar, la leche o el papel tualé.  Y esto no tiene que ver con Chúo, sino con la forma inadecuada de organización para enfrentar a un Gobierno que concentra totalmente el poder. No se trata de personas, sino de alianzas de poder que hay que conformar para tomar decisiones, les guste o no a todos los llamados a cumplirlas. Cambias personas y no la forma de articulación: no cambias nada. A Chúo, como a Aveledo, hay que darles gracias por el sacrificio asumido y excusas por los ataques de los destemplados, extensivas a cualquiera que lo sustituya, pues sin cambios de fondo, tendrá el mismo resultado.

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¿Quién es el líder de la oposición?; por Luis Vicente León

Muchos piensan que la oposición no tiene líder. Las encuestas, en cambio, dicen que tiene varios. Sin entrar al detalle numérico, hay cuatro líderes con respaldo cuantitativo estadísticamente significativo: Leopoldo López, Henrique Capriles, Henri Falcón y Henry Ramos. En el caso de Leopoldo López, su nivel de soporte proviene de la población autodefinida opositora. Lo

Por Luis Vicente León | 5 de febrero, 2017
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De izquierda a derecha: Leopoldo López, Henrique Capriles, Henri Falcón y Henry Ramos.

Muchos piensan que la oposición no tiene líder. Las encuestas, en cambio, dicen que tiene varios.

Sin entrar al detalle numérico, hay cuatro líderes con respaldo cuantitativo estadísticamente significativo: Leopoldo López, Henrique Capriles, Henri Falcón y Henry Ramos.

En el caso de Leopoldo López, su nivel de soporte proviene de la población autodefinida opositora. Lo evalúan como un líder fuerte, inteligente y valiente. Su arribo a la primera posición ocurrió después de la derrota opositora en las elecciones presidenciales contra Maduro, cuando López aprovechó la decepción generada por la decisión de Capriles de denunciar un fraude electoral, pero no invitar a sus seguidores a defender el triunfo. Más allá de las condiciones reales que justificaban, en mi opinión, esa decisión en su momento, lo cierto es que esa combinación le abrió un espacio a la posición a favor de defender “como sea” la fuerza de la mayoría y López la aprovechó y potenció. A esto se sumó luego el sentimiento de solidaridad primaria que recibió luego de ser apresado y convertirse en el más emblemático preso político del país. Sin embargo, su posición se ha mantenido estancada y la cárcel limita, pese a la visibilidad que obtiene y maneja estupendamente bien, apuntalado por su esposa.

En el caso de Capriles, su popularidad se sustenta en el mismo grupo opositor que apoya a López. Se convirtió en el líder absoluto de la oposición a lo largo de dos campañas electorales en las cuales demostró ser, por mucho, el mejor candidato que ha tenido la oposición. Su mejora comunicacional fue notable. Su contacto cara a cara cubrió con creces sus debilidades como orador de masas y fue capaz de generar esperanzas de triunfo que motivaron y animaron a sus seguidores. Sin embargo, su popularidad se afectó luego de la segunda elección, por las razones ya comentadas, y cedió espacios a Leopoldo por un par de años. En 2016 logra reconectarse, adueñándose de la propuesta de referendo que devolvió las esperanzas a la oposición. No obstante, la frustración alrededor del bloqueo oficial a ese evento, sin que Capriles haya podido cumplir sus promesas-amenazas, ha tenido costos de popularidad que deberá resolver.

El siguiente líder es quizás el más inesperado: Henri Falcón. Su crecimiento ha sido impresionante. Crece con el respaldo de los independientes, no de los opositores comprometidos. Su propuesta moderada y su estrategia de expresar posiciones retadoras a algunas decisiones tanto del Gobierno como de la oposición le gana rechazos relevantes de los radicales de ambos lados, pero le abre puertas en los moderados, los independientes y los chavistas descontentos, que podrían considerarse los espacios más grandes del mercado. Sin embargo, es importante resaltar que aunque su penetración es muy prometedora, Falcón tiene retos dentro de la oposición. Si bien una fractura entre López y Capriles le daría a él una ventaja de concentración en los independientes, una elección primaria le exigiría moverlos a votar en un evento en que no han sido proclives a participar.

El caso de Henry Ramos es también relevante. Su liderazgo proviene de su desempeño como presidente de la Asamblea Nacional, el cual ha sido positivamente evaluado, algo que se refuerza en los opositores por el ataque permanente de Maduro, quien lo posiciona aún mejor en su grupo objetivo. Paradójicamente, siendo un político tradicional y mayor, se convirtió en el líder más fresco del entorno político venezolano. Su experiencia, chispa y manejo oratorio son superiores al de sus adversarios, pero su salida del “spot” podría opacarlo y tiene el reto de mantenerse sin esa muletilla tan especial.

Usted dirá.

Tres escenarios, una sola desgracia; por Luis Vicente León

El solo hecho de que a estas alturas estemos discutiendo si habrá o no elecciones regionales, o si éstas convienen como estrategia política es una barbaridad. Las elecciones no son un comodín que se realiza cuando conviene a alguna de las partes. Son la expresión básica de la democracia y están concebidas como un derecho

Por Luis Vicente León | 29 de enero, 2017
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Fila de votantes durante las elecciones legislativas del 6 de diciembre de 2015. Fotografía de Will Riera. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

El solo hecho de que a estas alturas estemos discutiendo si habrá o no elecciones regionales, o si éstas convienen como estrategia política es una barbaridad.

Las elecciones no son un comodín que se realiza cuando conviene a alguna de las partes. Son la expresión básica de la democracia y están concebidas como un derecho y una obligación. Los tiempos de ejecución de las elecciones formales están atadas a los períodos constitucionales de los funcionarios elegidos por el pueblo y es una obligación constitucional y democrática ejecutar esas elecciones en los momentos previstos para ello.

El Consejo Nacional Electoral es la institución garante y ejecutora de estos procesos, pero no tiene ningún derecho ni potestad para decidir si la elección debe ocurrir o no, cuándo conviene hacerla o si se deben mantener por un tiempo mayor al que fueron elegidos los funcionarios de elección popular. Eso es, por definición, una aberración. Todo lo contrario, la institución electoral tiene la obligación de ejecutar esos procesos en los tiempos correspondientes y garantizando un proceso transparente, insesgado, equilibrado y decente. Hasta ahora, al menos se habían acercado a la parte de los tiempos correspondientes, pero a juzgar por lo que estamos viendo ahora, ni siquiera esa condición está garantizada.

No voy a entrar al debate del Referendo Revocatorio. Si bien he expresado mi rechazo contundente a las acciones bloqueadoras institucionales del Gobierno a ese evento, puedo acordar que la dimensión de esa elección es distinta a la de los procesos electorales regulares. No hay que cumplir ningún requisito especial para tener el derecho a elegir al presidente, al parlamento, los gobernadores, los alcaldes, diputados legislativos y concejales. Las instituciones deben garantizar que simplemente ocurran en sus tiempos normales. Y eso es lo que no está pasando hoy.

La realidad es que el Estado se tiró a la torera las elecciones regionales que correspondía hacer el año pasado. La excusa fue bastante vulgar. Como la oposición inició un proceso para solicitar un referendo, el CNE no tuvo tiempo de organizar las elecciones regionales. Algunos voceros públicos oficiales agregaron que en el medio de la crisis económica, tampoco había plata para ejecutar ni el referendo o las regionales. Y finalmente otros dirigentes políticos, en este caso de ambos lados, manifestaron que no era el momento conveniente para ir a esas elecciones regionales, como si se tratara de un evento que los políticos pueden decidir si hacen o no discrecionalmente.

No voy a hacer un análisis legal de este tema. Eso se lo dejo al Dr. José Ignacio Hernández, quien sin duda lo hará con mucho más brillo y conocimiento que yo. Tampoco haré un análisis basado en las encuestas. No hace falta. Resulta evidente para todos que, independientemente de la fractura severa en el liderazgo opositor y la desmotivación causada por las sobre expectativas de cambio incumplidas el año pasado, el Gobierno perdería en este momento cualquier elección, pues desmotivación y desconexión no tienen nada que ver con el deseo mayoritario de cambio que tiene la población venezolana y que se expresaría, sin duda, en cualquier proceso electoral.

Entonces prefiero hablar como un analista de escenarios para responder: ¿y ahora qué? Burlar las elecciones, usar excusas para evadirlas, demorarlas, cancelarlas o utilizar mecanismos que invaliden a los adversarios políticos para producir elecciones parapeto es la expresión máxima y típica de las autocracias. Y frente a esto hay tres escenarios: 1) la habituación servil, 2) la huida y 3) la rebelión popular. Tres escenarios, una sola desgracia.

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