Blog de Luis Vicente León

Mugabe: A propósito de las panaderías; por Luis Vicente León

Este artículo lo referí hace tiempo, pero su vigencia es perfecta. Lo recordamos a propósito de la intervención de panaderías. Algunos piensan que la embarazosa historia de los controles de precios de los griegos, analizada impecablemente por Ángel Alayón en Prodavinci hace varios años, debía haber sido suficiente como para que el mundo entendiera lo

Por Luis Vicente León | 26 de marzo, 2017
Fotografía de Juan Barreto para AFP

Fotografía de Juan Barreto para AFP

Este artículo lo referí hace tiempo, pero su vigencia es perfecta. Lo recordamos a propósito de la intervención de panaderías.

Algunos piensan que la embarazosa historia de los controles de precios de los griegos, analizada impecablemente por Ángel Alayón en Prodavinci hace varios años, debía haber sido suficiente como para que el mundo entendiera lo inadecuado e inútil de esa medida. Pero la historia nos ha mostrado que el error se ha repetido una y otra vez, pese a que el resultado siempre ha sido desastroso.

Volvamos a ver la historia que Ángel nos cuenta, ahora desplazados a Zimbabwe en el siglo 21.

“Imagine una economía en la que los precios se duplican diariamente. A ese endemoniado ritmo llegó a crecer la inflación en Zimbabwe. La cifra oficial durante el 2008 alcanzó la ilegible cifra de doscientos treinta y un millón por ciento anual (231.000.000.000%). El dinero no valía nada y los ciudadanos sobrevivían en medio de uno de los fenómenos económico más temidos: la hiperinflación. Pero regresemos la película de Zimbabwe ocho años y vayamos hasta el 2000”.

Desde principios del 2000, Zimbabwe sufría las consecuencias de la desinversión que implicó la confiscación de las tierras de los hacendados blancos y de una política monetaria expansiva. Los precios comenzaron a subir, al principio con cierta timidez, alcanzando para el año 2000 un 54%. Cinco años después, los precios crecían a un 585,4% anual y ya para el 2006 los precios rompieron la barrera de los mil.

Robert Mugabe se enfrentó a un dilema y decidió perseguir a los comerciantes culpándolos del proceso inflacionario. En diciembre de 2006, Burombo Mudumo y Lemmy Chikomo, de Lobels Bakery, fueron sentenciados a cuatro meses de prisión por vender el pan por encima de los precios regulados. El magistrado que dictó sentencia dijo que “el encarcelamiento debería servir de advertencia a otros potenciales violadores de la Ley”. Los panaderos, ahora presos, argumentaron en su defensa que habían enviado cartas a los ministerios encargados de la regulación de precios advirtiéndoles que si vendían a los precios establecidos se verían obligados a parar la producción. Nunca recibieron respuesta y, ante el dilema, decidieron producir y vender. No creían que serían castigados con la pérdida de su libertad, pero entre rejas se vieron.

Los precios aceleraron su ascenso, así que Mugabe decidió tomar cartas en el asunto y decidió prohibir la inflación. Sí, leyó bien: prohibir la inflación. Emitió un decreto que obligaba a disminuir de forma inmediata en un cincuenta por ciento (50%) todos los precios de la economía y, luego de esa extraordinaria reducción de precios, nadie podría subirlos nuevamente.

La política de Mugabe tuvo consecuencias inmediatas: en solo un fin de semana los consumidores agotaron todas las existencias de alimentos y electrodomésticos. En la mañana del lunes los comercios amanecieron vacíos y unos cuantos comerciantes despertaron tras las rejas por presunta especulación y acaparamiento. A partir de ese momento era prácticamente imposible conseguir carne, sal, azúcar, pan, leche o aceite. Zimbabwe. Los economistas desistieron de la idea de medir la inflación por una razón: los precios eran irrelevantes pues no había productos.

La situación en Zimbabwe ha mejorado desde el 2009. Mugabe aceptó el uso de moneda extranjera como medio de pago y comenzó un proceso de liberación de los precios. Incluso ha dado señales de permitir el retorno de los antiguos hacendados a sus tierras. “Zimbabwe es un país que continúa errando en un complicado laberinto político y económico, pero, paradójicamente, ahora lo transita tomado de la mano del Fondo Monetario Internacional, su antiguo enemigo”.

Sin comentarios.

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Vuelta a Caracas; por Luis Vicente León

Después de un viaje espectacular a San Cristóbal llegamos al aeropuerto de Santo Domingo para regresar a Caracas. Ya con el boarding en mano, sólo quedaba desayunar pastelitos y comprar pan andino (bueno, no había pan, pero es igual). A la hora indicada avisaron que el vuelo estaba retrasado y seis horas después lo cancelaron.

Por Luis Vicente León | 19 de marzo, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la imagen para ver la galería completa

Después de un viaje espectacular a San Cristóbal llegamos al aeropuerto de Santo Domingo para regresar a Caracas. Ya con el boarding en mano, sólo quedaba desayunar pastelitos y comprar pan andino (bueno, no había pan, pero es igual). A la hora indicada avisaron que el vuelo estaba retrasado y seis horas después lo cancelaron. Es una escena natural hoy en Venezuela, con un sistema aéreo deteriorado, sin divisas y con precios regulados.

Ya no había vuelos en El Vigía, La Fría o Barinas, reducidos a su mínima expresión. Todo indicaba que había que quedarse, pero para mí esa no era una opción. Tenía la presentación de Escenarios Datanálisis la mañana siguiente y una conferencia sobre mi visita a Japón organizado por la embajada.

Sin tiempo que perder conseguí un taxi y salí sin pestañar con un estimado de 12 horas de odisea. Tan pronto entramos en la carretera el taxista mencionó que debía cargar gasolina. En Táchira los obligan a tener un chip para poner máximo 30 litros por día. Las primeras bombas estaban cerradas y cuando finalmente llegamos a una con gasolina, la cola suponía al menos dos horas de espera. Decidimos seguir, pero la situación se tornó crítica. En el próximo pueblo nos paramos a preguntar a un viejito dónde se conseguía gasolina. Él mismo ofreció diez litros a 400 bolos cada uno. Hecho el “deal” necesitaba ir al baño pero todo estaba cerrado. Regresé sin cumplir mi cometido y le pregunté dónde podía conseguir uno. Me miró como quien mira a un bobo y preguntó por qué no me iba a la matica. Seguimos sin resolver el problema. En el camino, el taxista me preguntó qué hacia yo en San Cristóbal. “Tuve varias presentaciones”, respondí. “Ah, ¿usted es cantante?”. Me reí y sólo dije: “¿con esta voz?”.  Muchos pueblos y muchas bombas después: gasolina. La cola era feroz pero no había opción. Dejé al taxista en su puesto y me fui a buscar el baño y al verlo entendí la sabiduría del viejito anterior. Al regresar, el taxi estaba a dos puestos de echar gasolina delante de un camión. ¿Cómo llegó ahí? Supuse que le había pagado al camionero para colarse. Cuando le fui a reclamar, el camionero me reconoció: “el señor de Globovisión”. “No, vale, de Datanálisis”, respondí para no usurpar funciones. Pidió una foto y me manifestó su preocupación por los grados de corrupción a los que hemos llegado en el país. Tenía un ataque de moralidad bachaquera.

Regresado el taxista a regañadientes al puesto de atrás, el resto del viaje fue un poema. Había 12 alcabalas en la autopista José Félix Ribas. Nos pararon en 8, y de esas 5 fueron consecutivas, con diferencia de menos de 3 kilómetros entre cada una. En la cuarta se me ocurrió hacer un chiste: “Esta debe ser la autopista más segura del mundo”. No se los recomiendo. El policía me ordenó llevar mi maleta al otro lado de la autopista y en una mesita de plástico inmunda chequeó artículo por artículo, con saña y placer.

Llegando a Valencia: Gasolina otra vez. No hubo bomba abierta en la vía y cuando el carro ya estaba echándose explosiones, apareció una bomba del otro lado de la autopista a la que recurrimos tirándonos prácticamente por un barranco para girar.

Ahora sí, rumbo a Caracas. Ya no puede pasar nada más. Bueno, sólo que estaban haciendo mantenimiento al túnel de Los Ocumitos y la cola parecía una panadería antes de la militarización. Ahora ya no hay colas… porque tampoco hay pan.

Fue una odisea. Pero llegué, cumplí mi responsabilidad con éxito y ratifiqué lo que he pensado siempre respecto a nuestro país. El camino puede ser largo, difícil y peligroso, pero hay momentos en la vida cuando hay hacer lo que se deba hacer pese a las trabas, la adversidad y el miedo.

¿Qué va a hacer el gobierno?; por Luis Vicente León

No tengo información privilegiada sobre este tema por lo que cualquier cosa que diga aquí forma parte de mis hipótesis personales y, como tales, pueden cumplirse o no. Sólo el futuro lo dirá. Lo primero es entender que el gobierno sabe que con su respaldo actual no podría ganar una elección. También sabe que controla

Por Luis Vicente León | 12 de marzo, 2017
Fotografía de Will Riera / Para ver la fotogalería completa haga click en la imagen

Fotografía de Will Riera / Para ver la fotogalería completa haga click en la imagen

No tengo información privilegiada sobre este tema por lo que cualquier cosa que diga aquí forma parte de mis hipótesis personales y, como tales, pueden cumplirse o no. Sólo el futuro lo dirá.

Lo primero es entender que el gobierno sabe que con su respaldo actual no podría ganar una elección. También sabe que controla las instituciones de poder, con excepción de la Asamblea Nacional, y que las decisiones de esas instituciones no van a retar, por ahora, los deseos y necesidades de la revolución.  El gobierno entiende que la oposición tiene problemas de articulación y que eso la debilita para defender sus intereses y derechos. Finalmente, esta claro para ellos que su estrategia ha sido la colonización de la democracia con la base de la democracia que es la elección. Saben como moverse en esa realidad, pero cambiar de ahí a una dictadura clásica, que preserve el poder por la fuerza y sin elecciones, los colocaría frente a una caja negra que no saben como funciona.

Con esto en mente, me atrevería a decir que el gobierno tiene un dilema. Necesita y prefiere validarse en un proceso electoral (algo confortable para ellos), pero no puede correr el riesgo de perderlo (porque sería demoledor). Eso nos deja dos escenarios en escalera: 1) una elección controlada (su opción preferida y conocida) o 2) una radicalización política total (si no les queda más remedio).

¿Cómo es eso de la elección controlada?  Si el gobierno no ganaría las elecciones, parece que su juego ganador es retrasarlas y ubicarlas en una macro elección a finales del 2018. En ese tiempo, el gobierno podría tratar tres acciones concretas. La primera es prepararse para una reducción severa de la competitividad electoral. En dos platos, lograr que la elección no sea justa, equilibrada ni transparente. Pero no me refiero a las condiciones de ventajismo que ya han caracterizado obviamente las elecciones pasadas. Me refiero a que el gobierno decida y logre hacer algo más estrambótico. Eso de lo que tantas veces la ha acusado la oposición de haber hecho, pero que ahora podría decidir hacer de verdad en todo su esplendor. Por cierto, que después de haber sido acusado de tantas cosas tiene una ventaja a su favor: no van a acusarlo de nada que no lo hayan acusado antes, sin costos para él. Pero con la brecha actual entre oposición y gobierno, esto no sería suficiente. La segunda estrategia sería llegar a esa elección con una oposición fracturada. Pero no me refiero a las fracturas naturales actuales, que luego la oposición suele resolver en primarias para la elección de sus candidatos, sino a la posibilidad de que la oposición tenga un candidato único, pero que se enfrente, no sólo a un chavista, sino a una candidato independiente, también contrario a Maduro, pero que no se someta a una primaria opositora (donde no podría ganar) y logra, sin embargo, aglutinar una masa relevante (mayoritaria o no) a su alrededor, disminuyendo la potencia opositora. En tercer nivel, queda la posibilidad de que el chavismo, entendiendo que el presidente tiene un grave peso en el ala, decida cambiar el caballo y apelar por una oferta alternativa y fresca, que tenga la capacidad de elevar, aunque sea de manera restringida, la conexión de la gente con el legado de Chávez, mucho más fuerte y popular que el presidente Maduro.

¿Ganaría el gobierno con esta estrategia?  Ni idea. Sigue siendo peliagudo, pero no tiene muchas opciones. Lo que si queda claro es que si llegando a esa elección descubre que ni con magia gana, entonces les queda el segundo escenario. El riesgo es alto, pero será siempre menor que perder seguro en el primero. De todo esto hablaremos el miércoles en nuestros “Escenarios Datanálisis”.

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A los morochos: ¿Qué es el populismo?; por Luis Vicente León

Luego de terminar una entrevista telefónica con un periodista extranjero, me di cuenta de que mis hijos me miraban con algo que parecía curiosidad. “¿Qué pasa?”, pregunté extrañado. “Papá, ¿qué es eso del populismo, que cada vez que lo nombras terminas intenso?”. La pregunta me tomó por sorpresa y mi respuesta en ese momento fue

Por Luis Vicente León | 5 de marzo, 2017
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El expresidente argentino Juan Domingo Perón y su esposa Eva Duarte en 1950. Fotografía de Associated Press

Luego de terminar una entrevista telefónica con un periodista extranjero, me di cuenta de que mis hijos me miraban con algo que parecía curiosidad. “¿Qué pasa?”, pregunté extrañado. “Papá, ¿qué es eso del populismo, que cada vez que lo nombras terminas intenso?”. La pregunta me tomó por sorpresa y mi respuesta en ese momento fue bastante pobre, así que decidí profundizar el tema para ellos y para ustedes aquí.

El populismo es una oferta política engañosa, aparentemente atractiva para las personas más desposeídas, que usualmente son quienes lo apoyan con más pasión y, paradójicamente, quienes terminan más afectados por sus resultados, invariablemente devastadores.

No se llama populismo por casualidad, sino porque es popular. Logra engañar a la gente ofreciendo repartirle gratis cosas, usualmente producidas o propiedad de otros, a quienes los populistas llaman ladrones y especuladores, mientras la economía los definen correctamente como productores y generadores de riqueza y a quienes les pueden expropiar todo, menos su conocimiento exclusivo de cómo esas cosas se hacen y se distribuyen eficientemente. Los discursos populistas son encendidos, llenos de culpables, enemigos imaginarios y marcianos invasores.

Ofrece cambio y castigo, dos palabras seductivas y motivadoras. El discurso es siempre el mismo: castigo a la oligarquía, redistribución de la renta (operación Robin Hood), intervencionismo económico, controles, expropiaciones e intervenciones de empresas y se acompaña con la criminalización de la disidencia, el nacionalismo y el chauvinismo, entre muchas otras yerbas aromáticas.

Pero el populismo suele tener un tiempo finito para conectar a la población. Su primer problema es la incapacidad para resolver los problemas que promete atender. Él llega cuando la situación es mala y eso le hace mas fácil penetrar el deseo de cambio de la población, pero el resultado también siempre es el mismo: ineficiencia, corrupción, desinversión, destrucción de valor, contracción económica y empobrecimiento exponencial, lo que lleva a sus ejecutores a ofrecer más control para “tapar” los huecos que deja el control anterior, a la vez que acentúa la persecución y la represión contra sus adversarios para fortalecer la tesis de los culpables externos. El resultado es igual que en el del primer control, pero peor y la respuesta de los populistas es controlar aún más para“tapar” los huecos del nuevo control, con el que se pretendía “tapar” los huecos del control previo y así sucesivamente.

Cuando alcanza su nivel máximo de ineficiencia, que siempre llega, la población, que antes los aplaudía, ahora quiere cambio. Independientemente de su nivel de formación termina entendiendo el problema y el responsable como si hubiera pasado por una maestría de economía. Rechaza ahora los controles, el intervencionismo, las expropiaciones y quiere votar para reformular lo que ahora entiende inadecuado e inviable. Pero los populistas, que antes se basaron en el respaldo de esa población para justificar su poder, ahora impiden que ese pueblo se exprese. Amenazan y restringen, coartando incluso su libertad de expresión, bajo la tesis de que si alguien teme decir lo que piensa, terminará por evitar pensar lo que no puede decir.

Como una película de Hollywood, luego de pasar más trabajo que una gata ladrona, el final de esa historia suele ser alentador: el fin del populismo y el rescate de la democracia y el mercado. El problema es que ese final feliz no siempre llega con la misma celeridad, ni comodidad. Depende de lo que la sociedad haga para lograrlo. Pero no se trata de un tema de fuerza sino de inteligencia. Un bien mucho más preciado, valioso… y escaso.

Usted dirá dónde estamos; por Luis Vicente León

La salida pacífica y electoral de un gobierno depende de dos variables centrales: 1. El costo de salida y 2. el costo de evitar una elección que perdería. En una democracia convencional, se produce la relación perfecta para el cambio. Por una parte, la potencial salida del gobierno tiene costos relativamente bajos. Por supuesto que

Por Luis Vicente León | 26 de febrero, 2017
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Fotografía de la serie El #6D en el lente de Will Riera. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

La salida pacífica y electoral de un gobierno depende de dos variables centrales: 1. El costo de salida y 2. el costo de evitar una elección que perdería. En una democracia convencional, se produce la relación perfecta para el cambio. Por una parte, la potencial salida del gobierno tiene costos relativamente bajos. Por supuesto que perder el poder es un drama, pero en el sistema democrático ese costo es acotado. El gobierno puede salir, pero no significa que el partido y el líder pierden todo, incluyendo la posibilidad de volver.

La democracia institucional garantiza la separación de poderes, por lo que una derrota presidencial no significa que el partido saliente deje de tener representantes en el parlamento. Los magistrados no terminan su función porque un presidente sale del poder, ni se cambian los miembros de la mayoría de las instituciones hasta que no se venzan sus períodos. En democracia, el cambio del ejecutivo suele ser soft. La idea del nuevo gobierno es gobernar y ejecutar sus propuestas, pasando rápidamente la página sobre el pasado. Por supuesto que pueden haber eventos específicos contra el gobierno o el líder previo si se descubren o suponen malos manejos y corrupción, pero todo pasa por el tamiz institucional del país, que se supone serio e insesgado. En la mayoría de los casos, los cambios electorales de gobierno no abren una batalla sino que más bien la cierran y las posibilidades de regreso futuro del partido y líderes salientes es posible y hasta elevada. Los costos de salida entonces son bajos y controlados, por lo que los estímulos para hacer “lo que sea” para bloquear las elecciones son casi despreciables. Por otra parte, en un sistema democrático, el costo de evitar la elección y bloquear los cambios naturales deseados por el pueblo suelen ser infinitos. Primero porque conceptualmente la elección es un elemento inherente a la democracia y evitar la elección es romper el sistema y abrir una caja de pandora, empezando por la posición militar que suele ser institucionalista. El bloqueo electoral es inconsistente con la democracia. Las instituciones de poder y la población se convierten en una barrera para el bloqueo. En este sistema, la realidad se ubica en el cuadrante perfecto: bajos costos de salida y alto costo de bloqueo, lo que dificulta que el gobierno intente quedarse a la fuerza.

Pero, ¿qué pasa si el sistema político no es una democracia integral sino un gobierno concentrador de poder y autoritario? La cosa se complica. Mientras más control tiene el gobierno y más acostumbrado está a mandar y a hacer lo que quiera, sin balances de poder ni contrapesos, el costo de su salida se eleva ad infinitum. No se trata sólo del poder que pierde, que ya es suficientemente grande para estimular sus acciones radicales de protección. Se trata también de que sus acciones presentes representan una amenaza futura a su libertad, su integridad personal y su patrimonio, a menos que su salida segura esté garantizada por una negociación, que sólo ocurre si no le queda más remedio.

Si además, el adversario de ese gobierno es estructuralmente débil, fracturado, desarticulado, desarmado y sin liderazgos sólidos y el gobierno logra una relación utilitaria con el sector armado del país, el costo de bloquear salidas electorales, e incluso el costo de reprimir, es bajo y provocativo. Entonces la realidad se ubica en el cuadrante perverso: altos costos de salida, que convierten al gobierno en un ejército de Kamikazes, y bajo costo de bloqueo a la salida pacífica, que estimula a que use la fuerza institucional para evitar toda elección que no pueda ganar, controlar o manipular. Usted dirá dónde estamos.

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Un motivo para celebrar; por Luis Vicente León

No estamos para desperdiciar ni una sola oportunidad para sentirnos orgullosos de lo que somos o tenemos. Algunas personas se ponen tensas cuando, en el medio de los gravísimos problemas que tiene el país y el deterioro evidente de nuestra calidad de vida, algunos nos empeñamos en recordar y resaltar nuestras ventajas, nuestras potencialidades, nuestras

Por Luis Vicente León | 21 de febrero, 2017
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Delegación de estudiantes de la UCAB en el Modelo de Naciones Unidas en Harvard. Fotografía de la Universidad Católica Andrés Bello.

No estamos para desperdiciar ni una sola oportunidad para sentirnos orgullosos de lo que somos o tenemos. Algunas personas se ponen tensas cuando, en el medio de los gravísimos problemas que tiene el país y el deterioro evidente de nuestra calidad de vida, algunos nos empeñamos en recordar y resaltar nuestras ventajas, nuestras potencialidades, nuestras bellezas y nuestros logros. Entiendo su preocupación, pero no la comparto. Creo, al revés, que mientras más resaltemos nuestros valores positivos, nuestras ventajas comparativas, el valor de nuestra gente y nuestra historia, es más claro el porqué vale la pena luchar por nuestro país. Asumir los retos para provocar el cambio y estar dispuestos a los sacrificios que eso pueda conllevar. Entonces, no se trata de evadir realidades ni minimizar los infinitos problemas que tenemos. Se trata de recordar que frente a esos problemas hay unos venezolanos capaces de provocar los cambios necesarios. Esos, como la delegación de estudiantes de la UCAB y de la USB, que viviendo la misma crisis, son capaces de brillar en las principales competencias del mundo y ganar premios en China, en New York y ahora, de nuevo, en Harvard. Claro que hay que celebrarlos, claro que hay que decirles mil veces lo orgullosos que estamos de ellos y de nuestra universidad, que ha sido capaz de pulir esos diamantes y darles todo su esplendor. Claro que hay que resaltar que somos capaces de competir en el mundo con los mejores y ganar. Porque eso también es recordarles a ellos, y a todos, la responsabilidad que tenemos no sólo de ganar afuera sino sobre todo de ganar adentro la competencia más importante y compleja. La de nuestra propia felicidad. Un abrazo a la delegación venezolana en MUN Harvard por sus logros espectaculares y por recordarnos que Sí Se Puede.

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Derek, el hijo de todos; por Luis Vicente León

A los 15 años, Juan Manaure soñaba con ser un atleta de alto desempeño. La suerte lo topó con Francisco Paco Diez, quien al ver su potencial lo enroló en el campamento de Los Cocodrilos, donde fue fichado y luego becado para estudiar en New York, donde tuvo hasta la oportunidad de jugar uno a

Por Luis Vicente León | 19 de febrero, 2017

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A los 15 años, Juan Manaure soñaba con ser un atleta de alto desempeño. La suerte lo topó con Francisco Paco Diez, quien al ver su potencial lo enroló en el campamento de Los Cocodrilos, donde fue fichado y luego becado para estudiar en New York, donde tuvo hasta la oportunidad de jugar uno a uno con Michael Jordan. Regresó a Venezuela y ha tenido una carrera profesional exitosa en el básquet, incursionó en la música, ha participado en videos famosos y ha sido imagen de canales de televisión.

Derek, el hijo de Juan, tenía exactamente esa edad y toda la vida por delante. Los sueños y las oportunidades abiertas, un ejemplo de superación y éxito al frente. Pero él no se topó con la suerte, sino con lo que se enfrentan tantos venezolanos a diario. La inseguridad, la pérdida de valores, el deterioro social de nuestro país. Lo secuestraron y lo asesinaron. Truncaron otra vida de la que ya no podremos en el futuro contar otra historia bonita sino esa relacionada con la forma vil con la que lo mataron.

Derek es el hijo de Juan. Pero lo podría ser de Pedro o de Carlos. De un chavista o de un opositor. De una persona rica o pobre. Es irrelevante, porque Derek es hoy hijo de todos los venezolanos, como también es de todos el dolor, la pena, la rabia, la frustración y la más profunda tristeza ante el secuestro y el asesinato.

La historia de Derek es la de tantos niños y jóvenes venezolanos que se funden en una sola. Leemos con espanto la noticia, sin haberlo conocido a él ni a su padre, porque leemos en ella también nuestra historia personal. Vivida o por vivir. Aparece en nuestra mente ese perverso miedo que se ha convertido en un indeseable compañero de vida. Ese sentimiento espantoso que nos atormenta y paraliza tan pronto tenemos nuestros hijos y, entonces, como decía Andrés Eloy Blanco, tenemos también todos los hijos del mundo y con ellos todos los miedos del planeta.

Derek no es sólo el hijo de Juan, sino la representación de todos nuestros hijos venezolanos, quienes viven una situación dramática de riesgo e inseguridad. Es la gráfica del miedo congelante que sentimos cuando salen a jugar a la calle (si es que ahora a alguien se le ocurre dejarlos y asumir semejante riesgo). Cuando se van al colegio y te quedas con el corazón acelerado, pero no de amor paternal, sino de puro miedo. Cuando toman por primera vez el carro y te provocaría que fuera mejor un tanque blindado para protegerlos. Cuando quieren salir de fiesta y tú, en cambio, quisieras congelarlos para que no crezcan, ni salgan, ni te pregunten, ni te pidan nada que no sea un juguete para jugar encerrados en casa. Cuando comienza la batalla campal por la libertad, que desean y merecen, y tú tienes que negociar y restringir la salida del jueves y del viernes y del sábado y del domingo y en aquellas que ellos ganan (porque no hay forma de que no ganen), tú te quedas aterrorizado en casa, esperando el momento en que finalmente regresan y los sientas protegidos, aunque en el fondo sabes que no están realmente seguros en ninguna parte, incluyendo tu casa o la de la abuela.

Derek es el hijo de Juan, pero también el de cada padre y madre venezolano que vive la angustia infinita de criar a sus hijos en el medio de una guerra, quizás la más feroz de todas las guerras del mundo. La batalla contra la inseguridad personal que mata a miles de inocentes al año. Contra las instituciones que no son capaces de protegernos. Contra los jueces que sueltan bandidos. Contra las cárceles que se convierten en cuarteles operativos de secuestradores y asesinos. Contra nuestra propia incapacidad para abordar el problema. Esa es la verdadera guerra de Venezuela… y la estamos perdiendo.

La culpa es de Chúo; por Luis Vicente León

Hace años, trabajando en el Boston Consulting Group, un colega me contó una experiencia que habían tenido en Colombia, estudiando el sector de calzado. A lo largo de las entrevistas que realizaron a expertos de toda la cadena, buscando entender los bloqueadores que impedían su crecimiento, los involucrados tenían siempre un culpable externo que explicaba su

Por Luis Vicente León | 12 de febrero, 2017
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Fotografía de Reuters

Hace años, trabajando en el Boston Consulting Group, un colega me contó una experiencia que habían tenido en Colombia, estudiando el sector de calzado. A lo largo de las entrevistas que realizaron a expertos de toda la cadena, buscando entender los bloqueadores que impedían su crecimiento, los involucrados tenían siempre un culpable externo que explicaba su incapacidad de desarrollo. Los productores finales decían que era imposible desarrollarse con los precios y calidad del cuero colombiano procesado, muy lejano al internacional. Por su parte, las tenerías sentían que el problema tenía que ver con las condiciones en las que recibían el cuero crudo, que terminaba siendo malo y caro. Los proveedores de cuero decían que no era posible tener un material de primera calidad tomando en cuenta que las fincas entregaban las vacas maltratadas. Finalmente, los finqueros respondían que las vacas, por sí mismas, se ubicaban a pleno sol y se pegaban contra los alambres de púas, paredes y árboles, deteriorando su piel. El resultado final era obvio: “la industria de zapatos de Colombia no era competitiva… por culpa de las vacas”.

Esta fue la historia que recordé hace pocos días cuando oí una explicación muy estructurada, en la que la entrevistada concluía que los problemas de la oposición, en su conjunto, eran responsabilidad exclusiva de la MUD y su secretario general, ambos ineficientes y hasta sospechosos. Según este análisis, la incapacidad para lograr los cambios es culpa de Chúo Torrealba, por lo que hay que cambiarlo cuanto antes para rescatar la senda de éxitos que traíamos el año pasado y que casi termina en la salida de Maduro. Si no se consigue a nadie que quiera asumir ese rol (¿por qué será?), lo dejamos a él, pero rotamos la vocería entre todos los partidos, grandes, medianos y chiquitos, que conforman la MUD y Sanseacabó el problema.

Interesante. En este análisis, no se considera, por ejemplo, que la MUD es un constructo creado como punto de encuentro entre partidos estructuralmente distintos, con visiones radicalmente diferentes sobre la forma en la que se debe enfrentar al Gobierno y que no se dotó de reglas de juego consensuadas para dirimir las diferencias naturales entre grupos heterogéneos y donde, por cierto, se pretende que las grandes organizaciones políticas tengan el mismo peso que los partidos de maletín. No se considera tampoco el hecho de que el Secretario General no es un decisor y que su función más complicada es articular a un grupo de actores, con intereses encontrados, que tienen el doble objetivo de: 1) sacar a Maduro del poder y 2) sustituirlo por él mismo, algo que puede complicar dramáticamente la relación entre ellos.

Tampoco se incorpora en el análisis el hecho de que la oposición, siendo mayoría, enfrenta a una fuerza política minoritaria, pero que controla las instituciones, la plata, los medios, las armas y la relación militar. Se les olvida que esa institucionalidad controlada bloquea la acción opositora y que para enfrentarla es necesaria una oposición alineada, estructurada y liderada, cada una de esas condiciones más escasa que el azúcar, la leche o el papel tualé.  Y esto no tiene que ver con Chúo, sino con la forma inadecuada de organización para enfrentar a un Gobierno que concentra totalmente el poder. No se trata de personas, sino de alianzas de poder que hay que conformar para tomar decisiones, les guste o no a todos los llamados a cumplirlas. Cambias personas y no la forma de articulación: no cambias nada. A Chúo, como a Aveledo, hay que darles gracias por el sacrificio asumido y excusas por los ataques de los destemplados, extensivas a cualquiera que lo sustituya, pues sin cambios de fondo, tendrá el mismo resultado.

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¿Quién es el líder de la oposición?; por Luis Vicente León

Muchos piensan que la oposición no tiene líder. Las encuestas, en cambio, dicen que tiene varios. Sin entrar al detalle numérico, hay cuatro líderes con respaldo cuantitativo estadísticamente significativo: Leopoldo López, Henrique Capriles, Henri Falcón y Henry Ramos. En el caso de Leopoldo López, su nivel de soporte proviene de la población autodefinida opositora. Lo

Por Luis Vicente León | 5 de febrero, 2017
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De izquierda a derecha: Leopoldo López, Henrique Capriles, Henri Falcón y Henry Ramos.

Muchos piensan que la oposición no tiene líder. Las encuestas, en cambio, dicen que tiene varios.

Sin entrar al detalle numérico, hay cuatro líderes con respaldo cuantitativo estadísticamente significativo: Leopoldo López, Henrique Capriles, Henri Falcón y Henry Ramos.

En el caso de Leopoldo López, su nivel de soporte proviene de la población autodefinida opositora. Lo evalúan como un líder fuerte, inteligente y valiente. Su arribo a la primera posición ocurrió después de la derrota opositora en las elecciones presidenciales contra Maduro, cuando López aprovechó la decepción generada por la decisión de Capriles de denunciar un fraude electoral, pero no invitar a sus seguidores a defender el triunfo. Más allá de las condiciones reales que justificaban, en mi opinión, esa decisión en su momento, lo cierto es que esa combinación le abrió un espacio a la posición a favor de defender “como sea” la fuerza de la mayoría y López la aprovechó y potenció. A esto se sumó luego el sentimiento de solidaridad primaria que recibió luego de ser apresado y convertirse en el más emblemático preso político del país. Sin embargo, su posición se ha mantenido estancada y la cárcel limita, pese a la visibilidad que obtiene y maneja estupendamente bien, apuntalado por su esposa.

En el caso de Capriles, su popularidad se sustenta en el mismo grupo opositor que apoya a López. Se convirtió en el líder absoluto de la oposición a lo largo de dos campañas electorales en las cuales demostró ser, por mucho, el mejor candidato que ha tenido la oposición. Su mejora comunicacional fue notable. Su contacto cara a cara cubrió con creces sus debilidades como orador de masas y fue capaz de generar esperanzas de triunfo que motivaron y animaron a sus seguidores. Sin embargo, su popularidad se afectó luego de la segunda elección, por las razones ya comentadas, y cedió espacios a Leopoldo por un par de años. En 2016 logra reconectarse, adueñándose de la propuesta de referendo que devolvió las esperanzas a la oposición. No obstante, la frustración alrededor del bloqueo oficial a ese evento, sin que Capriles haya podido cumplir sus promesas-amenazas, ha tenido costos de popularidad que deberá resolver.

El siguiente líder es quizás el más inesperado: Henri Falcón. Su crecimiento ha sido impresionante. Crece con el respaldo de los independientes, no de los opositores comprometidos. Su propuesta moderada y su estrategia de expresar posiciones retadoras a algunas decisiones tanto del Gobierno como de la oposición le gana rechazos relevantes de los radicales de ambos lados, pero le abre puertas en los moderados, los independientes y los chavistas descontentos, que podrían considerarse los espacios más grandes del mercado. Sin embargo, es importante resaltar que aunque su penetración es muy prometedora, Falcón tiene retos dentro de la oposición. Si bien una fractura entre López y Capriles le daría a él una ventaja de concentración en los independientes, una elección primaria le exigiría moverlos a votar en un evento en que no han sido proclives a participar.

El caso de Henry Ramos es también relevante. Su liderazgo proviene de su desempeño como presidente de la Asamblea Nacional, el cual ha sido positivamente evaluado, algo que se refuerza en los opositores por el ataque permanente de Maduro, quien lo posiciona aún mejor en su grupo objetivo. Paradójicamente, siendo un político tradicional y mayor, se convirtió en el líder más fresco del entorno político venezolano. Su experiencia, chispa y manejo oratorio son superiores al de sus adversarios, pero su salida del “spot” podría opacarlo y tiene el reto de mantenerse sin esa muletilla tan especial.

Usted dirá.

Tres escenarios, una sola desgracia; por Luis Vicente León

El solo hecho de que a estas alturas estemos discutiendo si habrá o no elecciones regionales, o si éstas convienen como estrategia política es una barbaridad. Las elecciones no son un comodín que se realiza cuando conviene a alguna de las partes. Son la expresión básica de la democracia y están concebidas como un derecho

Por Luis Vicente León | 29 de enero, 2017
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Fila de votantes durante las elecciones legislativas del 6 de diciembre de 2015. Fotografía de Will Riera. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

El solo hecho de que a estas alturas estemos discutiendo si habrá o no elecciones regionales, o si éstas convienen como estrategia política es una barbaridad.

Las elecciones no son un comodín que se realiza cuando conviene a alguna de las partes. Son la expresión básica de la democracia y están concebidas como un derecho y una obligación. Los tiempos de ejecución de las elecciones formales están atadas a los períodos constitucionales de los funcionarios elegidos por el pueblo y es una obligación constitucional y democrática ejecutar esas elecciones en los momentos previstos para ello.

El Consejo Nacional Electoral es la institución garante y ejecutora de estos procesos, pero no tiene ningún derecho ni potestad para decidir si la elección debe ocurrir o no, cuándo conviene hacerla o si se deben mantener por un tiempo mayor al que fueron elegidos los funcionarios de elección popular. Eso es, por definición, una aberración. Todo lo contrario, la institución electoral tiene la obligación de ejecutar esos procesos en los tiempos correspondientes y garantizando un proceso transparente, insesgado, equilibrado y decente. Hasta ahora, al menos se habían acercado a la parte de los tiempos correspondientes, pero a juzgar por lo que estamos viendo ahora, ni siquiera esa condición está garantizada.

No voy a entrar al debate del Referendo Revocatorio. Si bien he expresado mi rechazo contundente a las acciones bloqueadoras institucionales del Gobierno a ese evento, puedo acordar que la dimensión de esa elección es distinta a la de los procesos electorales regulares. No hay que cumplir ningún requisito especial para tener el derecho a elegir al presidente, al parlamento, los gobernadores, los alcaldes, diputados legislativos y concejales. Las instituciones deben garantizar que simplemente ocurran en sus tiempos normales. Y eso es lo que no está pasando hoy.

La realidad es que el Estado se tiró a la torera las elecciones regionales que correspondía hacer el año pasado. La excusa fue bastante vulgar. Como la oposición inició un proceso para solicitar un referendo, el CNE no tuvo tiempo de organizar las elecciones regionales. Algunos voceros públicos oficiales agregaron que en el medio de la crisis económica, tampoco había plata para ejecutar ni el referendo o las regionales. Y finalmente otros dirigentes políticos, en este caso de ambos lados, manifestaron que no era el momento conveniente para ir a esas elecciones regionales, como si se tratara de un evento que los políticos pueden decidir si hacen o no discrecionalmente.

No voy a hacer un análisis legal de este tema. Eso se lo dejo al Dr. José Ignacio Hernández, quien sin duda lo hará con mucho más brillo y conocimiento que yo. Tampoco haré un análisis basado en las encuestas. No hace falta. Resulta evidente para todos que, independientemente de la fractura severa en el liderazgo opositor y la desmotivación causada por las sobre expectativas de cambio incumplidas el año pasado, el Gobierno perdería en este momento cualquier elección, pues desmotivación y desconexión no tienen nada que ver con el deseo mayoritario de cambio que tiene la población venezolana y que se expresaría, sin duda, en cualquier proceso electoral.

Entonces prefiero hablar como un analista de escenarios para responder: ¿y ahora qué? Burlar las elecciones, usar excusas para evadirlas, demorarlas, cancelarlas o utilizar mecanismos que invaliden a los adversarios políticos para producir elecciones parapeto es la expresión máxima y típica de las autocracias. Y frente a esto hay tres escenarios: 1) la habituación servil, 2) la huida y 3) la rebelión popular. Tres escenarios, una sola desgracia.

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¿Cómo abordar la inflación?; por Luis Vicente León

La economía es un sistema interconectado y las medidas adoptadas para rescatar un equilibrio perdido no pueden verse de manera aislada. No hay una acción mágica que resuelve la crisis, sino un conjunto de medidas racionales, que bajo el paragua de una lógica global, conducen a la solución, usualmente, en el mediano plazo y después

Por Luis Vicente León | 22 de enero, 2017
Fotografía de Schneyder Mendoza para AFP

Fotografía de Schneyder Mendoza para AFP

La economía es un sistema interconectado y las medidas adoptadas para rescatar un equilibrio perdido no pueden verse de manera aislada. No hay una acción mágica que resuelve la crisis, sino un conjunto de medidas racionales, que bajo el paragua de una lógica global, conducen a la solución, usualmente, en el mediano plazo y después de algunos costos inevitables.

No se trata de evaluar de manera independiente, por ejemplo, el aumento salarial compulsivo. Nadie puede rechazar la idea de que los trabajadores reciban más ingresos cuando estos se pulverizan por la inflación. Aumentar el salario en una situación como esta es una necesidad inminente. Pero no se trata del salario nominal, que no es otra cosa que la cantidad de bolívares que recibe un trabajador, sino el salario real, que es lo que puede comprar con esa cantidad de bolívares. Si un trabajador aumenta los bolívares que obtiene, pero compra cada vez menos con eso, su salario realmente no subió, sino que bajó. Esto se llama ilusión monetaria. La solución no es subir el salario una y otra vez (aunque esa acción pueda ser indispensable mientras no resuelvas el problema). Es atacar lo que causa la pérdida del salario real. Es decir, la raíz de la inflación.

Estamos claros en que aumentar salarios nominales puede ser una acción social vital en una economía de inflación galopante, pero no resuelves el problema y si no apagas la candela, se convierte en una espiral perversa de aumentos permanentes de salarios con pérdidas regulares de capacidad de compra, que nunca son compensadas por el nuevo aumento salarial. El perro mordiéndose la cola.

Hay dos formas de abordar el tema. Una inútil y peor que la enfermedad y otra difícil y compleja, pero eficiente. La primera es creer que el problema inflacionario se debe a que hay un complot que involucra, nada más y nada menos, que a los productores, agricultores, industriales, distribuidores, comerciantes, importadores, gremios, potencias extranjeras, países medianos, pequeños, iglesias, ONG, bancos, mercados financieros, marcianos, entre muchos otros, para destruir la economía y tumbar al Gobierno. Tomada esta ruta, la estrategia a seguir es clara: vas a luchar contra los molinos de viento y tendrás el mismo resultado que el Quijote. Y si no quieres irte tan lejos como a la Mancha, ubícate en la Venezuela de hoy.

La segunda opción es entender que la inflación es un fenómeno económico. Que la base del problema es que no hay suficientes bienes para atender la demanda. Que la producción está en el piso. Que se cayeron las importaciones y las inversiones. Que los costos de producción se disparan impactados por una devaluación dramática en el mercado negro, producida entre otras cosas por el control oficial. Si te vas por aquí, entonces la solución está cantada: tienes que abrir el mercado cambiario y permitir que se ajuste de acuerdo con la oferta y la demanda. Tienes que re estimular el aparato productivo privado para lograr aumentos relevantes de oferta e inversión. Tienes que cambiar el subsidio en dólares, que se queda en el medio de la cadena enriqueciendo a intermediarios y empobreciendo al país, por subsidios directos en bolívares que permitan a la población más pobre paliar los impactos de la sinceración de costos y precios hasta que la economía se equilibre y los ingresos aumenten. Tienes que buscar apoyo de recursos internacionales para financiar la estabilización de tu modelo de cambio y, finalmente, tienes que lograr que los agentes económicos rescaten la confianza, algo que no dependerá de lo que digas sino de lo que hagas.

Tú puedes escoger la ruta que quieras, pero si sigues por la primera, llegarás al mismo lado donde estás hoy. Es una simple cuestión de lógica.

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Hay que desmontar el control de cambios; por Luis Vicente León

La única manera de que el mercado cambiario se estabilice es que se desmonte el control de cambios y todos los demandantes puedan comprar sin restricción alguna las cantidades de divisas que requieren al precio que establece el mercado. Si se crea un mercado cambiario nuevo en el que no se puede atender la demanda

Por Luis Vicente León | 17 de enero, 2017
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Fotografía de Miguel Gutiérrez para EFE

La única manera de que el mercado cambiario se estabilice es que se desmonte el control de cambios y todos los demandantes puedan comprar sin restricción alguna las cantidades de divisas que requieren al precio que establece el mercado. Si se crea un mercado cambiario nuevo en el que no se puede atender la demanda y se restringen los compradores y/o las cantidades que se pueden comprar, el resultado es exactamente igual al actual: discrecionalidad en la entrega, insuficiencia de cobertura en la demanda y corrupción, así como el estímulo al arbitraje, es decir, a comprar barato y vender caro como consecuencia de la regulación.

El mercado negro es el resultado automático de la imposibilidad que tienen los demandantes de obtener sus divisas en un mercado regulado. Al no poder obtener lo que necesitan se voltean a buscarlo donde sea y esa es la fuente natural que dinamiza el mercado alternativo, donde se forman precios más elevados y poco transparentes. Sólo desaparece el mercado negro cuando se sincera el tipo de cambio y fluctúa, abierta y legalmente, de acuerdo con la oferta y la demanda. El mercado negro es una consecuencia negativa, perversa y manipulable del control cambiario, que se resuelve abriendo el mercado.

El impacto de la devaluación en el mercado negro sobre los precios internos ya ocurrió parcialmente. Una apertura hoy tendría una parte de los costos cubiertos. Y en el caso de los bienes esenciales, es mejor que el gobierno cree un sistema de subsidios directos en bolívares a la población más pobre y no mantener subsidios en dólares que distorsionan la economía y crean escasez y corrupción. El sacrificio de entregar divisas a 10 bolívares por dólar es demoledor. Y lo más triste es que beneficia poco al consumidor final y mucho a los intermediarios, dejando las ganancias a lo largo de la cadena perjudicando a objetivo teórico. Claro que es necesario trabajar para eliminar las distorsiones, manipulaciones y abusos en el mercado negro. Y la forma de hacerlo es abriendo el mercado cambiario, subsidiando a la población que lo requiere durante la transición y acompañando esta medida con estrategias económicas racionales que permitan la recuperación de la confianza perdida, un factor fundamental sin el cual ninguna medida parcial atenderá adecuadamente el problema.

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2017: un año muy, pero muy retador; por Luis Vicente León

Los números de desempeño económico venezolano son como para engordar el libro Guiness. Tuvimos la más alta inflación del mundo y superamos al subcampeón africano en más de quince veces, en un mundo donde esa enfermedad está casi erradicada. El desabastecimiento es el más elevado de nuestra historia y dudo que haya otro país que

Por Luis Vicente León | 15 de enero, 2017
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Fotografía de Diego Vallenilla

Los números de desempeño económico venezolano son como para engordar el libro Guiness. Tuvimos la más alta inflación del mundo y superamos al subcampeón africano en más de quince veces, en un mundo donde esa enfermedad está casi erradicada. El desabastecimiento es el más elevado de nuestra historia y dudo que haya otro país que se nos acerque. La producción está en el piso y las importaciones caen en más de 60%. Las colas para comprar comida son parte de nuestra vida cotidiana. Conseguir medicinas e insumos médicos se ha convertido en un drama. Los médicos agotan sus listas de alternativas médicas modernas y han tenido que incluir en sus récipes opciones obsoletas, medicinas alternativas, estampitas de la virgen, rezos en sinagoga, cantos en mezquita, ramazos, tabaco y licor.

La educación está en el piso. Mientras los discursos políticos se centran en el incremento de la tasa de niños y jóvenes que participan en el sistema educativo (que probablemente es cierto), los maestros y profesores ganan sueldos de miseria que los obligan incluso a bachaquear para vivir. Las universidades reconducen presupuestos en una economía de inflación galopante que les impide enfrentar necesidades fundamentales. Es imposible mantener operativos muchos de los comedores estudiantiles. Un paseo por el hospital universitario de Mérida te lleva a una depresión segura. Nada distinto a la situación dramática que vive la UCLA o la UCV por falta de presupuesto. Las facultades que se mantienen operativas lo hacen tomando ventaja de la mística de sus autoridades y profesores y del deseo de los estudiantes de seguir formándose, a veces en condiciones infrahumanas.

Intenta ir a la universidad y conectarte con la investigación de punta a nivel global. Pregunta cuántos profesores han ido este último período a formarse en las universidades de primer mundo y han regresado a seguir su carrera docente. Chequea cuántos convenios se han firmado entre las universidades y las empresas para la investigación y el desarrollo nacional. Sabes lo que te vas a encontrar.

No hablemos de la pérdida del salario real, imposible de recuperar con decretos permanentes de aumento de salario mínimo, que se diluye en una clásica ilusión monetaria, corroída por la inflación y sin atender las causas que originan la necesidad de esa compensación.

Agreguemos la situación de inseguridad y, entonces, es fácil entender porqué el sentimiento predominante hoy es el miedo, la frustración y la rabia. Pero esta realidad genera confusiones. Para muchos, es una garantía de que se producirán de inmediato los cambios políticos necesarios para reajustar y reequilibrar el país. Asumen una relación y causalidad directa, garantizada y fulminante entre la crisis económica y el cambio político. Uno de mis colegas favoritos, el doctor Felipe Pérez, me dedicó un artículo larguísimo el año pasado para explicar a detalle mi error al pensar que esta situación podía prolongarse en el tiempo y me retó a apostar: él, que el presidente no pasaba la noche vieja de 2016 en Miraflores y yo que sí. No me gustan las apuestas sobre política, porque es una ciencia inexacta y relancina y menos haría una apuesta que no me gustaría ganar, pero hoy, aún en el error muestral del tiempo establecido por Felipe para la salida de Maduro, insisto en que la solución a este problema es mucho más compleja, costosa y larga. Que no estamos cerca de una solución estable, no importa cuantos discursos encendidos (y simbólicos) se hagan en la Asamblea y cuantas ofertas políticas sobredimensionen las expectativas de la población. Que no habrá cambio real sin una mezcla inteligente de presión y negociación y que el 2017 seguirá siendo un año muy, pero muy retador.

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Los ruidos y las señales; por Luis Vicente León

El secreto de hacer un buen análisis de entorno es intentar separar los ruidos de las señales. En una sociedad extremadamente polarizada como la nuestra, los ruidos son muchos más y por supuesto más sonoros, lo que suele llevarnos a confundir la realidad. El caso del diálogo es perfecto para graficar esas diferencias. Si nos

Por Luis Vicente León | 18 de diciembre, 2016
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Fotografía de Reuters.

El secreto de hacer un buen análisis de entorno es intentar separar los ruidos de las señales. En una sociedad extremadamente polarizada como la nuestra, los ruidos son muchos más y por supuesto más sonoros, lo que suele llevarnos a confundir la realidad.

El caso del diálogo es perfecto para graficar esas diferencias. Si nos remitimos a los comentarios realizados por los analistas, políticos y espontáneos en las redes sociales y en los medios convencionales podríamos concluir que el diálogo es un error. Que la MUD es culpable del fracaso. Que los negociadores son una traidores a la patria y que ya nadie los quiere. Que la gente no desea que sus representantes se sienten a negociar nada con el Gobierno y  que la única vía de solución a este merequetén que tenemos en Venezuela es una marcha épica hacia Miraflores para hacer la diligencia y resolver el tema sin mayores complicaciones, algo que según el imaginario popular estaba listo, cuadrado y organizado y se perdió el impulso porque unos gafos se sentaron para que se los vacilaran. Conclusión: la mayoría de la población rechaza el diálogo, los negociadores  quedaron calcinados y ahora lo que gente quiere es guerra. Esto es el ruido.

Veamos ahora las señales, más allá del hecho concreto de que los proponentes de una marcha épica deberían explicar con qué armas, organización, plata y contactos militares cuentan para concretar su objetivo. Tomemos en consideración la información proveniente de la encuesta nacional flash de Datanálisis realizada entre 9 y el 12 de diciembre.

Para comenzar, 37,1% de los venezolanos considera que el Gobierno es el responsable de que no se llegara a nada relevante en la Mesa de Diálogo, mientras 18,8% responsabiliza a los negociadores y 16,5% a la MUD.

Lejos de lo que suponen muchos formadores de opinión, 57% de la gente consultada considera que la MUD debe seguir en la mesa hasta que se puedan lograr los acuerdos y piensa que el diálogo beneficia a todos los venezolanos, pese a que por ahora no haya resultados concretos. De hecho, 44,4%está en desacuerdo con que la MUD se haya retirado de la mesa, mientras 41% cree que esa es la decisión adecuada. Por cierto, no se trata de que la mayoría considere que esa es la única acción para lograr sus objetivos. Todo lo contrario. La mayoría evalúa como un error el hecho de que haya cedido sus espacios de lucha pacífica y democrática, necesaria para garantizar su poder de negociación y llegar a algo concreto. La crítica entonces no es al diálogo, sino a la decisión de desmovilizarse para negociar. Pero no se trata de una marcha, sino de un país completo que desde todos los espacios exige lo que le pertenece.

El otro mito alrededor del diálogo es que los negociadores están demolidos a nivel de su respaldo popular. Por supuesto que la gente siente que los resultados del diálogo han sido nulos por ahora y 44% de la población piensa que ese proceso le permitió al Gobierno comprar tiempo y desinflar, pero de nuevo esa no es una consecuencia del diálogo, sino de las decisiones adoptadas por el sector político, que por cierto la gente diferencia perfectamente de los negociadores opositores. De hecho, si consideramos la evaluación de gestión de los principales líderes opositores involucrados directa o indirectamente en el diálogo (excluyendo los nacionales que lo rechazan), aunque puedan haber registrado impactos negativos en noviembre, el mes de diciembre no parece malo para ellos. Henry Ramos y Henry Falcón mantienen 58% de evaluación positiva, mientras que Carlos Ocariz obtiene  62,2%. Estos actores políticos podrían hacer suya aquella famosa frase de que “los muertos que vos matasteis… gozan de buena salud”. Así es usualmente como se confunden los ruidos con las señales.

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Los tres cochinitos; por Luis Vicente León

Hace unos años escribí este artículo tratando de explicar que se necesita racionalidad y sacrificios para atender la crisis económica que devasta al país. Pese a que lo que vemos es muy distinto a lo que deberíamos ver, no siento que he perdido mi tiempo todos estos años repitiéndolo y repitiéndolo de todas las maneras

Por Luis Vicente León | 11 de diciembre, 2016
Ilustración de Waldemar Von Kazak

Ilustración de Waldemar Von Kazak

Hace unos años escribí este artículo tratando de explicar que se necesita racionalidad y sacrificios para atender la crisis económica que devasta al país. Pese a que lo que vemos es muy distinto a lo que deberíamos ver, no siento que he perdido mi tiempo todos estos años repitiéndolo y repitiéndolo de todas las maneras posibles. No porque hayan hecho algo al respecto, sino porque cada vez es más evidente el problema, el responsable y el desatino. Entonces lo vuelvo a escribir.

Hay pocas cosas más difíciles que ajustar la economía cuando pierde el equilibrio. Le recuerda a uno aquel programa alemán que pasaban los domingos en la mañana: el Telematch. Los juegos siempre eran rudos y difíciles y los participantes terminaban embarrados hasta la coronilla. El más parecido a lo que vemos en este momento es el juego de los tres cochinitos.

Consiste en que cada jugador tiene frente a sí un barril lleno de agua. Le entregan a cada participante tres cochinitos vivos, que en el momento de partida deben tirar dentro del barril. Los jugadores deben mantener vivos los tres cochinos durante media hora y sólo pueden usar dos manos.

¡Riiiing!, empieza el juego. Caen los cochinitos al fondo del barril y nuestro jugador favorito debe buscar la manera que todos puedan respirar, pero lamentablemente no todos pueden hacerlo a la vez. Mete las dos manos y saca los primeros dos cochinitos, mientras el otro queda sumergido. En el momento perfecto, antes de que el tercer cochinito se ahogue, suelta uno y saca al otro. Y otra vez en el momento adecuado, lanza al siguiente y levanta al otro. El tiempo dividido entre dos cochinitos no da. Si el jugador tiene un cochinito favorito y pretende mantenerlo arriba respirando, alguno de los otros dos se ahoga. No hay preferencias, ni carnet del partido que valga. Es indispensable que los tres traguen por igual.

¿Qué creen ustedes que esta pasando con los cochinitos mientras les toca el turno de respirar? Uno podría pensar que entenderían el juego y aprovecharían el momento arriba para respirar profundo, llenar de oxigeno sus pulmones y se preparan para el rato desagradable en el que les tocará tragar agua.

Pero no, el detalle es que los cochinitos no entienden el juego y cuando los sacan del barril, en vez de descansar y respirar, gritan desesperados. Están protestando por lo que les está pasando, que sin duda es espantoso. Intentan morder al jugador para que termine el juego de inmediato, sin entender que esa mordida lo único que puede lograr es que vaya más rápido al fondo del barril y sin tiempo para recuperarse.

El desespero de los cochinitos, sus gritos y su agresividad puede hacer que el arbitro del juego se ponga nervioso y decida pararlo. Ordena a los jugadores sacar sus cochinitos del barril y llevarlos a la cochinera para descansar. Pero esto sólo alarga y empeora el problema. No hay otra forma de jugar. No se pueden cambiar las reglas. Tendrán que empezar de nuevo y en peores condiciones. No hay manera de que los cochinitos salgan vivos sin tragar agua parejo.

Ahora los cochinitos están corridos en cuatro barriles. Deben perseguirlos por toda la cochinera para comenzar de nuevo. Y serán ahora más difíciles y agresivos. Si finalmente hay un jugador suficientemente preparado e inteligente que logre terminar el juego con sus tres cochinitos vivos, ¿qué creen ustedes qué dirán ellos, en rueda de prensa al terminar? Probablemente dirán que ese es el juego más perverso que han jugado y que el jugador es una desgraciado. Únicamente la historia lo premiará.

Sólo un jugador entrenado, inteligente, inmune al populismo y realmente comprometido con salvar a los demás podrá ganar el juego… Y el cielo.