Blog de Luis Pérez-Oramas

El movimiento 16 de Julio; por Luis Pérez Oramas

Si no fuera un tratado hermético sobre la incorporeidad de Dios, o sobre la onomástica divina en la Escritura, el libro que los venezolanos de esta hora requerimos llevaría por título aquel de Mose ben Maimon, Mainónides: Guía de perplejos. Hasta aquí la teología judaica. Tanto la forma en que la dictadura venezolana se ha

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 13 de agosto, 2017
Opositores venezolanos se concentran para participar en la consulta popular del 16 de julio de 2017. Fotografía de Verónica Aponte. Haga clic en la imagen para ir a la fotogalería completa

Opositores venezolanos se concentran para participar en la consulta popular del 16 de julio de 2017. Fotografía de Verónica Aponte. Haga clic en la imagen para ir a la fotogalería completa

Si no fuera un tratado hermético sobre la incorporeidad de Dios, o sobre la onomástica divina en la Escritura, el libro que los venezolanos de esta hora requerimos llevaría por título aquel de Mose ben Maimon, Mainónides: Guía de perplejos.

Hasta aquí la teología judaica.

Tanto la forma en que la dictadura venezolana se ha impuesto con su parapeto constituyente ilegítimo –gracias al cual pretende abusar de su poder absoluto– como la manera en que la oposición, tras haber acometido el acto político más contundente y admirable de la historia reciente, el pasado 16 de Julio, se ha dejado arrebatar en diatribas necias su enorme capital político, merecerían figurar en el archivo universal de la perplejidad, sin contar el de la infamia.

Venezuela ha entrado en la oscuridad, literal y simbólicamente, y no sabremos cuándo verá luz de nuevo. La república, que había muerto tantas veces en el pasado, vive ahora en su estado terminal. El pueblo venezolano no había sufrido nunca en su historia, como hoy, a la vez la asfixia económica y el abuso de poder; la precariedad material y social junto a la represión más bárbara, brutal y desmedida; la carestía y la absoluta ausencia de justicia.

Todos sabemos –empezando por los que hoy usurpan el Estado– cuán explosiva puede ser –y de hecho está siendo– esta trágica combinación de miserias. Venezuela puede haber entrado en una guerra civil de baja intensidad, no por ello menos cruenta. Y así puede mantenerse, letal y latente, a fuerza de miedo, tortura y represión.

Tengo para mí que cuando la normalidad democrática retorne a Venezuela, cuando la república sea restaurada, entre los ingentes desafíos deberemos considerar de raíz, de cabo a rabo, toda su estructura de defensa, empezando por el ignominioso sistema de justicia militar, que deberá rendir cuentas ante la justicia civil e internacional.

Los venezolanos del presente tenemos que aprender a vivir en dictadura, tenemos que reinventar las formas de hacer política –cuyo último fin es evitar que los hombres se entrematen– e imaginar la política en dictadura.

Dos lecciones fundamentales parecen escapársenos: la república y la democracia son regímenes regulados, pero la dictadura no obedece a reglas, más allá del mantenimiento de su tiránico poder, y para ella ninguna norma es respetable. Ese, no otro, es el tiempo que hemos empezado a vivir, ya sancionado formalmente el 30 de julio con un fraude electoral de dimensiones inconmensurables.

De allí la segunda lección que parecemos desdeñar: si la dictadura no obedece a reglas, más que las de su poder de abuso, entonces vivimos un tiempo de perplejidades inexorables y de nada sirve establecernos normativas absolutas. Por ejemplo, decir como si fuese blanco o negro: hay que inscribirse, o no hay que inscribirse.

Sépanlo todos: quienes hablan como si poseyeran la verdad absoluta son unos estafadores del presente y son también cómplices de la dictadura. Les importa más su ego que el sufrimiento de la gente. Cuando no hay regla, sino aquella de la sobrevivencia política, que es la de nuestro adelgazado presente, el moralismo sobra, las lecciones de los grandes filósofos que todo lo saben sin hacer nada forman parte de los despojos de la hora, de lo desechable.

Lecciones filósoficas mejores que aquellas de quienes hablan desde su escondite en las redes son las de la verdadera razón práctica, que es por cierto la razón de los artistas y de los creadores, y la razón política: son las lecciones de la prudencia, que aconseja prepararse para actuar ante lo que no conocemos.

Si la dictadura es el reino de una política sin reglas, entonces es también el espacio de lo que no conocemos. Y tendremos que aprender a actuar ante lo que no conocemos, evitando a toda costa las normas absolutas, los mandamientos tiesos, los maximalismos del discurso ante la amenaza inminente que es también el régimen del terror con el cual la dictadura se hace eficaz.

Hemos entrado al pantano de la historia de la mano de una secta tan ignorante como obcecada y en el pantano sólo podremos movernos con grandes dificultades, la mayor parte del tiempo en forzadas lentitudes.

Es difícil ser optimista hoy en Venezuela y sin embargo estamos obligados moralmente a repetirnos lo que sí conocemos: que esta dictadura se inaugura en las condiciones en las que todas las dictaduras caen y concluyen: cuando ya no tiene pueblo que la acompañe, cuando ya no tiene medios que la financien, cuando ya no tiene pretexto institucional que la disimule, cuando ya no tiene aliados creíbles en el mundo, cuando sólo cuenta con la fuerza bruta de la violencia para mantenerse.

No debería durar mucho.

Pero para ello requiere de nuestra inteligencia, y sobre todo de nuestra prudencia para hacer política bajo su terrible imperio. Quienes nos oponemos, quienes clamamos por el retorno de la República tenemos que hacer uso de todos los medios legales –todos, sin excepción– para combatirla. Ponerse a dictar prohibiciones es tan inútil como contraproducente.

Los demócratas y republicanos de Venezuela no podemos permitirnos perder lo que hemos ganado. Lo que hizo posible la jornada del 16 de Julio existe, es y debe seguir siendo un movimiento político que nos acompañe en estos trabajos y días difíciles.

El movimiento que hizo posible esa organización y tal convocatoria debe continuar, potenciarse: el pueblo tiene que seguir siendo consultado, directamente, fuera de las estructuras ilegítimas que nos han impuesto violando la ley fundamental, espontánea y democráticamente.

El movimiento 16 de Julio debe abrazar todas las fuerzas que, dentro y fuera de la Mesa de la Unidad, se oponen a la dictadura. Debe asumir su instrumental político plebiscitario y su capacidad referendaria para oponerle a los desmanes del régimen la opinión expresa del pueblo, manifestada a través de comicios locales y generales.

Debemos ser consultados sobre las autoridades electorales (por designar) y judiciales (designadas). Debemos ser consultados por el nombre de quien debería, con urgencia y disciplina irrestricta, encarnar la voz de la república contra la tiranía, anunciar las líneas tácticas y estratégicas que puedan devolvernos la libertad, la prosperidad, la democracia y el imperio de la ley.

El movimiento 16 de Julio contiene la forma de una nueva política y debe ser nuestro norte: no sólo marchas; también votos y participación referendaria que dejen al 30 de julio en la ignominia, condenando con esos votos, con la expresión pacífica y organizada de la voluntad popular, los actos de una dictadura que va directo al desfiladero de la historia, donde se constituirá en la más oscura de las sombras del pasado.

Venezuela por cárcel; por Luis Pérez Oramas

Desde el 8 de julio de 2017, Leopoldo López Mendoza tiene a Venezuela por cárcel. Como prácticamente la totalidad de los 30 millones de venezolanos, como los que siguen en las mazmorras, o como aquellos que no pueden viajar, forzados por prohibiciones espurias, ultrajados en su condición ciudadana al haber sido despojados de su documentación,

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 8 de julio, 2017
Fotografía de AFP

Fotografía de AFP

Desde el 8 de julio de 2017, Leopoldo López Mendoza tiene a Venezuela por cárcel. Como prácticamente la totalidad de los 30 millones de venezolanos, como los que siguen en las mazmorras, o como aquellos que no pueden viajar, forzados por prohibiciones espurias, ultrajados en su condición ciudadana al haber sido despojados de su documentación, o como los que no pueden volver sino a riesgo de su seguridad, o como aquellos que mueren lentamente de hambre y falta de medicina.

El líder de Voluntad Popular tiene ahora una cárcel más amplia pero, esperamos, una mejor base para seguir trabajando, junto a todos, por el retorno del imperio de la ley y de la República.

Que no cambie el tercio, sin embargo, como el toro bravo que vuelve a nacer en el caballo donde lo espera el castigo. Todo lo que pueda acontecer en estos días no debería distraernos de la necesidad de exigir justicia ante lo que ha sido, ya sin sombra de duda, el más bochornoso evento de la historia política de la nación y el mayor ultraje a la República de que se tenga memoria –mucho peor que el de aquellas montoneras de 1848: el ataque brutal, cobardemente planificado contra el Palacio Legislativo, contra la representación legítima de las mayorías nacionales, contra el pueblo, la ley, el mismo día en que celebraba su independencia.

No es de extrañar que semejante barbaridad haya tenido que ver con esta nueva cárcel para López: los “mediadores zapateros” saben que la línea cruzada ese día es irreversible en el daño mundialmente causado a su imagen: basta ver la portada de los periódicos más importantes del planeta. Los “mediadores zapateros” deben haberle impuesto al gobierno una onza de razón, que se traduce en un gesto para intentar enmendar una situación sin enmienda, para tratar vanamente de controlar o retener las ondas del daño que su propia estulticia les ha causado.

Que no cambie el tercio: toro al caballo.

Que no se hable de otra cosa que del ultraje a la República en la Asamblea. Que no haya otro objetivo que el llamado a manifestarse por medio del voto, a la vez real y simbólico, el 16 de julio, bajo observancia académica, técnica y necesariamente internacional.

Que nadie reconozca las instituciones que se han prostituido, los jueces que redactan sentencias en la madrugada obedeciendo a sus dueños, los defensores de su sola causa, los poetastros vendidos para seguir desayunando en París, los abyectos funcionarios que elogiaban el “chasquido de las balas en la cabeza de los escuálidos”, los que abusan de las armas de la nación para defender su pellejo, sus humillantes privilegios: ese fragmento de Venezuela que se ha convertido en circo y cloaca y que no es nuestro, porque la nación no se reconoce en él, porque no es nuestro país.

Los días que corren son álgidos y requieren de un constante ejercicio de razón y de mesura. Si todos estamos en una cárcel de un millón de kilómetros cuadrados, si tenemos todos a Venezuela por cárcel, también tenemos a Venezuela por campo minado.

El régimen de la secta –porque como bien se ha dicho, a Venezuela no la gobierna un partido ni una ideología: a Venezuela la gobierna una secta– es, técnicamente, un gobierno fallido. Sus miembros sufren, a un nivel nunca visto en nuestra historia, de un mal llamado ‘‘disociación’’: no son capaces de verse en el espejo que ellos mismos han empañado; y cuando se ven allí no se reconocen; no son capaces de ver lo que han perdido y que es ya irrecuperable: a la vez el pueblo que los apoyaba, engañado, y la dignidad que apenas tuvieron. En su enfermedad disociativa creen que gobiernan cuando en verdad constituyen un cuerpo cerebralmente muerto, que se mantiene en vida gracias al apoyo de una máquina externa: un respirador de fuego y órganos letales.

Lamentablemente para todos los venezolanos ese respirador que mantiene artificialmente vivo al gobierno en su terapia intensiva es la Fuerza Armada. Ya va siendo hora de que algún signo creíble proceda de sus adentros. De lo contrario, la cantaleta de los líderes democráticos que se encargan de decirnos que no es toda ella apoya a la secta, sino una minoría –que ya ha asesinado a 100 venezolanos en 90 días de protestas– se irá desmoronando, como tantas otras credibilidades inestables.

Por ahora debemos reconocer lo inevitable: por primera vez en la historia de Venezuela la nación no se reconoce en su fuerza armada. Esto también lo han logrado. Era casi imposible en un país erigido sobre la mitología militar de la emancipación: la nación venezolana se ha divorciado, me temo que para siempre, de su ejército. Y esto, que la nación no se reconozca en lo que debería ser el espejo de su pueblo delegado para ejercer la fuerza bajo el imperio de la ley, es lo peor que le puede ocurrir a un ejército. Es –literalmente– su liquidación simbólica, una derrota mucho peor que cualquier fracaso militar.

Allí estamos. Pero que no cambie el tercio. Toro al caballo: hay que seguir empujando, riñón adentro, contra el peto de la represión.

Porque también estamos en este abismo: la única institución con legitimidad política, la Asamblea Nacional, procederá a organizar un plebiscito, sancionado fuera de la institucionalidad prostituida; procederá a renovar autoridades judiciales y electorales, etc. Habiendo el pueblo desconocido la infamia, Venezuela camina hacia la existencia de dos institucionalidades paralelas: una republicana, cuya sanción procede de la legitimidad, frente a otra dictatorial cuya sanción procede de la ley ultrajada por ella misma, que sobrevive desde su lecho de muerte.

Que sólo cambie, pues, el tercio para evitarlo, si aún es posible. Que sólo triunfe el bravo pueblo con la fuerza de la ley. De lo contrario, la noche de todos será más oscura, el dolor más álgido, la cárcel más profunda, la libertad un espejismo inalcanzable.

Hoy; por Luis Enrique Pérez Oramas

Hoy está hablando la generación del 2017, y en su voz o en su grito, en su queja o en su esperanza, en su dolor o en sus muertes vienen a resonar todas las generaciones de venezolanos que los han precedido, todas las voces civiles, cívicas, todos los estertores republicanos, los cantos, los himnos, las

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 19 de junio, 2017
Manifestantes opositores se concentran en un plantón el 14 de junio de 2017. Fotografía de Giovanna Mascetti. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

Manifestantes opositores en un plantón el 14 de junio de 2017. Fotografía de Giovanna Mascetti. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

Hoy está hablando la generación del 2017, y en su voz o en su grito, en su queja o en su esperanza, en su dolor o en sus muertes vienen a resonar todas las generaciones de venezolanos que los han precedido, todas las voces civiles, cívicas, todos los estertores republicanos, los cantos, los himnos, las plegarias, los poemas, las sentencias, las novelas, los dramas, los manifiestos, los discursos.

Pocas veces puede una nación verse tan claramente como lo está haciendo Venezuela hoy en una generación de ciudadanos que amanece a la fuerza indoblegable de su Resistencia, a pesar del humo enceguecedor de las bombas y del luto imperdonable de las muertes que causan. Y cuando digo que puede verse es porque la imagen que Venezuela está produciendo de sí misma es, como toda imagen compleja, doble, estriada, a veces contradictoria, el espejo roto de un atolladero inédito en la historia de la nación y, a la vez, la superficie límpida de una ilusión de país que nunca vimos venir, y que pudiera, o no, llega a ser nuestro.

Este es el presente griego, trágico, de Venezuela.

No sabemos cuánto durará el gobierno de la secta obnubilada que aún nos impone su injusticia y su irracionalidad disfrazada de lenguaradas vacuas y de trucos y trampas letales. No sabemos cuánto más podrá sostenerse la dictadura contra el país entero. Pero una cosa parece absolutamente cierta: no vencerán, ni han vencido el ánimo civil y democrático que surgió, malamente, del pozo de los traumas que ellos mismos han traído a nuestra historia.

Eso sería suficiente para celebrar el momento presente si no hubiese tanto dolor entre nosotros.

La generación de 1928 hubo de esperar su año 35, y aún después su Constituyente del 47 para ver, por muy poco tiempo, al país que había estado buscando finalmente encarnado en la egregia figura de Rómulo Gallegos. Y aún luego vinieron diez años de dictadura para poder, al fin, alcanzar la altura de una república civil que los venezolanos habíamos procurado por más de un siglo y que perdimos en el espejismo caudillesco de una figura mediocre, de otro comandante de la astucia, de otro pájarobravo de la historia. Es decir, entre aquella coronación de una reina de Carnaval, en 1928, y el inicio de la única república que pudo llevar dignamente ese nombre en Venezuela, transcurrieron 30 amargos, dolorosos años.

Los accidentes y los errores de esos tiempos deberían servirnos para entender que, si el techo de nuestras aspiraciones es muy alto, si la certeza es plena de que Venezuela cuenta con un futuro civil inexorable, puede también este tardar mucho en aparecer entre los escarceos humanos y los obtusos escarpados de la historia.

Esos escarceos, y tales escarpados, en forma de inconmensurable cobardía humana, mediocridad moral y bajeza jurídica no cesan de manifestarse cada día desde los extremismos, pero sobre todo desde el aparato subyugado de un Estado al servicio de la secta bolivariana. La sentencia del Tribunal Supremo de Justicia controlado por una camarilla en la que se manifiesta, desvergonzadamente, que una Asamblea Nacional Constituyente puede convocarse sin necesidad de consultar al pueblo a través del voto universal, directo y secreto es quizás uno de sus más fehacientes ejemplos.

¿Se habrán paseado estos jueces mercenarios por el ridículo histórico, indeleble, que van a personificar para siempre en la memoria de esta nación? ¿Sabrá Maduro y su camarilla hasta dónde se han rebajado sin remedio en el catálogo de nuestras miserias históricas? ¿Entienden los silenciosos de la vergüenza, aquellos tontos útiles que aún por soberbia o por miedo, ambas humillantes razones, no se atreven a colocar su voz del lado de la justicia, que están siendo los cómplices de la más grave traición a la patria jamás cometida por un grupo de venezolanos?

Este gobierno, heredero de un régimen de palabras hinchadas y de logros escuálidos, habrá sancionado al final de su trayectoria de escupitajos la forma más abusiva de dictadura: aquella que yace sobre el expolio, por parte de una secta criminal y de un hegemón caricaturesco, de la representación de la voluntad de un pueblo, para contradecirla.

Tanta cantaleta sobre la democracia protagónica y participativa para concluir en los abusos de una dictadura que nos regresa a la prehistoria de la representación política, no sancionada por la voluntad popular, sería motivo de carcajadas, si no fuese hasta la risa un arma letal en estos días.

A la hora en que escribo estas líneas la Organización de Estados Americanos discute la tragedia venezolana. En esta hora cientos de miles de venezolanos vuelven a las calles, con recia decisión de manifestar por la libertad y por el retorno de la república. Serán 80 días o 100. O serán meses y años. Y a esta hora la única respuesta que les ofrece el gobierno es la violencia, el fuego de las bombas, el desprecio y la muerte. Porque al gobierno, hoy, sólo le queda el bunker de los vencidos: la entrega o el suicidio. Y todo es posible en esta hora crítica de Venezuela.

La estrategia del abismo; por Luis Pérez Oramas

Se veía venir. Los signos eran claros, los síntomas oscuros. Todas las aves agoreras lo anunciaban: Nicolás Maduro Moros ha decidido no salir del laberinto. La convocatoria caricaturesca y tramposa a una Asamblea Constituyente es una de las decisiones políticas más desesperadas, obtusas, estultas de la historia de nuestra nación. Creo que nada, en verdad,

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 3 de mayo, 2017

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Se veía venir. Los signos eran claros, los síntomas oscuros. Todas las aves agoreras lo anunciaban: Nicolás Maduro Moros ha decidido no salir del laberinto.

La convocatoria caricaturesca y tramposa a una Asamblea Constituyente es una de las decisiones políticas más desesperadas, obtusas, estultas de la historia de nuestra nación. Creo que nada, en verdad, se le compara.

El gobierno de la dictadura se ha dejado hundir por su propia avalancha excrementaria: violando desesperadamente la Constitución, por enésima vez, se confiesa autor absoluto e indiscutible del golpe de Estado.

Fíjense: el primer magistrado de la Nación denuncia con esta convocatoria todo el desprecio que le merece la constitución de la República que preside y descaradamente revela la naturaleza antidemocrática de su régimen.

Lo único que lo motiva –también vergonzosamente expuesto en esta decisión incomprensible y suicida– es el terror de perder el poder. Su cobardía no tiene medida, o sí: tiene la medida de su capacidad para destruir un país entero por su miedo.

¿En qué lugar del mundo, qué nación con un mínimo sentido de respeto por el destino de la gente, qué organismo internacional va a reconocer una constitución que se proclama violando todos los principios constitucionales que rigen la posibilidad de enmienda o cambio de la ley fundamental? ¿Quién va a reconocer un régimen que surgiría de tal Asamblea, en el supuesto negado de que esta Constituyente poseyera un mínimo de condición de posibilidad para materializarse, cuando se la convoca negando expresamente el principio del sufragio universal, fundamento indiscutible de la soberanía política moderna?

La estulticia, la absoluta desconexión con la realidad, la carencia de toda intuición, la pérdida total de rumbo son las únicas sinrazones que pueden explicar la decisión absurda de pretender re-fundar una república contra el 80% de la voluntad de sus ciudadanos.

Esto no es viable, esto no tendrá lugar: es más, esto es ya el fin del gobierno. Nicolás Maduro está en el medio de su propia pesadilla: no ha tenido que dormirse para padecerla: él mismo se la ha inventado, él mismo la ha creado.

Lamentablemente esa pesadilla nos atañe a todos, nos hiere a todos, nos humilla a todos. Los muertos de esa pesadilla son nuestros, nuestras y muy reales son sus heridas. Pero su eje, su centro, su desquiciado nervio y su mayor víctima es su propio autor, el personaje más mediocre que haya visto la historia política de Venezuela –y probablemente del mundo– ocupar un cargo de esta magnitud.

Esta decisión manifiesta claramente que el régimen dictatorial de Venezuela sobrepasa cualquier precedente histórico en América Latina –quizá con la excepción de aquel imbécil gobierno militar argentino que pensó un día poder sobrevivir políticamente declarando una guerra contra Gran Bretaña.

Nicolás Maduro en cambio le ha declarado la guerra a su propio país, a su propio pueblo y su derrota será quizás más dolorosa para todos, porque sólo él cuenta con el monopolio de las armas, pero también será peor, inmensamente peor para sí mismo y para la camarilla corrupta y obnubilada que lo mantiene en el poder como se mantiene en vida a un cuerpo cerebralmente muerto.

Hemos sobrepasado el límite en el que toda fuerza, cualquier fuerza es inútil ante la voluntad moral e iracunda de un pueblo: se nos viene encima, acaso, un incendio de proporciones nunca vistas en Venezuela, y el único pirómano que lo enciende y lo alimenta es este despreciable Nerón que nos gobierna. Pero también viene, para Nicolás Maduro y para su régimen, la caída hacia un precipicio sin fin, oscuro y cruento. Porque la estrategia de la Constituyente, insensatamente antidemocrática y anticonstitucional, no es otra cosa que la estrategia del abismo.

La dictadura sí tiene nombre; por Luis Pérez Oramas

Hace apenas unos días, aquí en Prodavinci, argumentaba yo que la dictadura venezolana carecía de nombre. Argumentaba, más concretamente, que el manejo intencional de la legalidad como un espacio ambiguo, hasta transformarlo en un abismo vacío y puramente formal donde sólo anida la injusticia y la violencia, contribuía a que el mundo tuviese grandes dificultades

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 24 de abril, 2017
Fotografía de Giovanna Mascetti.

Fotografía de Giovanna Mascetti.

Hace apenas unos días, aquí en Prodavinci, argumentaba yo que la dictadura venezolana carecía de nombre. Argumentaba, más concretamente, que el manejo intencional de la legalidad como un espacio ambiguo, hasta transformarlo en un abismo vacío y puramente formal donde sólo anida la injusticia y la violencia, contribuía a que el mundo tuviese grandes dificultades en identificar al régimen chavista, y a su sucesor designado, como encarnaciones precisas de una dictadura.

La realidad se ha ocupado de hacer añicos mis palabras. Sigue siendo verdad que el gobierno venezolano se enmascara detrás de tecnicismos legales, pero ahora es claro que su formalismo solo sirve para desencadenar la furia de la violencia y la violación de los más elementales derechos ciudadanos. Ya el mundo sabe que la constitución venezolana, de la que sólo queda en pié una imagen maltrecha, es sólo pretexto de trasvestismo político para que se disfracen de ángeles legales quienes ultrajan la ley, mientras tratan de esconder sus crímenes contra el cuerpo social e institucional de la nación. Es así que el Defensor del Pueblo puede llegar a considerar que no hubo falta grave en la sentencia de la Corte que interrumpió el orden constitucional, según afirmó en la cadena CNN recientemente, ofreciendo como argumento que “el Consejo Moral no lo consideró una falta grave”.

Ya sabemos lo que vale la persona humana y lo que vale el pueblo para este gobierno, para Nicolás Maduro y para el hermano de Hugo Chávez, ministro de cultura y por lo tanto oxímoron político, cuando divulgan, en sus medios, al lado de la imagen de los ciudadanos que escapan de la asfixia lacrimógena a través de la cloaca de Caracas, el lema de al Guaire lo que es del Guaire.

Ya sabemos cuánto le interesa entonces a este régimen la libertad, la salud o la vida: le interesa tanto como le interesan sus propios excrementos. El tema es serio y lleva su carga de jurisprudencia filosófica. Dominique Laporte escribió a fines de los años 70 un libro fascinante, lectura obligada para quienes se interesen por la vinculación del cuerpo humano y la política, por la biopolítica, titulado simplemente Historia de la mierda. Allí se nos recuerda que el Estado moderno surge, entre otras cosas, al instituir para el excremento humano el espacio de lo privado. Es decir, en pocas palabras, según escribe Laporte: “El Estado es la cloaca, y no solamente porque vomita desde su boca devoradora la ley divina sino porque instituye la ley de lo propio encima de sus cloacas”.

Tanto hemos debatido en nuestras bizantinas discusiones el tema del Estado moderno en Venezuela, y hoy sabemos con ardor de agonía y rabia, en este día del silencio por quienes caen injustamente, que el Estado en Venezuela no es moderno, tal como lo denuncia su incapacidad para construirnos cloacas. El Guaire al descampado que atraviesa nuestra ciudad es prueba elocuente de lo que afirmo. Pero la imagen épica de la semana, aquella de los ciudadanos que escapan de la violencia del Estado atravesando la cloaca del río es también la confirmación elocuente de la vinculación genética entre gobierno y cloaca.

Hoy sabemos que la dictadura chavista ha alcanzado su nombre: es una dictadura fecal. Sus dirigentes, el brazo sicarial de la sociedad que los defiende y la fuerza armada que los proteje mientras reprime avorgonzantemente al pueblo pacífico en su protesta, son restos intestinales de la historia. Dominique Laporte ofrece en su libro un capítulo particularmente interesante sobre la obscenidad del tirano:

“Para que los miembros (de la sociedad) hagan cuerpo con la sede del Estado de conquista (…) sólo se requiere que este se asegure el control de los orificios, que sea prevenido de que no defecaremos fuera ni de otra forma sino según los códigos –del amo, del que sabe, y notablemente de aquel que sabe contenerse”

Es curioso que la dictadura haya alcanzado a revelarse obligándonos a nosotros –sus sujetos, ilegalmente– a oler nuestra propia mierda. Esto tampoco es novedad en la jurisprudencia histórica de los gobiernos tiránicos. “Para el gobierno del aprendizaje esfincterial del cuerpo social, el Estado (que es, recordamos, según el filósofo, sinónimo de cloaca) insiste al invitar a sus sujetos a oler. Se conduce como el educador ‘obsceno y feroz’ que castiga la incontinencia del niño haciéndole husmear sus excreta, o peor. De allí la nueva experiencia del olfato que toma sus impulsos, históricamente, en presencia del Estado fuerte. El olor deviene lo innombrable y lo bello todo aquello que se fundamenta en la eliminación del olor, concomitante con el proceso de individuación del desecho, de su instauración en la esfera de lo privado.”

El advenimiento del Estado moderno puede resumirse entonces a través del pasaje del stercus –el estiércol que invade el espacio público– a los excreta –los excrementos como cosa privada–. Tal es, argumenta el filósofo de la mierda, el punto de inflexión en el que identificamos el nacimiento del Estado moderno.

Es muy importante entender entonces, cuando todos estamos en el Guaire, cuando somos todos los venezolanos quienes atravesamos sus fétidas aguas, literal e históricamente, que ese punto de inflexión no logró realizarse nunca en nuestro país. Más aún: lo poco que se logró retorna, inexorablemente, con su fetidez inconfundible, a una fase que antecede a la existencia de un Estado legítimo, en la cual la escena pública, toda ella, se asemeja al stercus.

Resulta que un inmenso escritor de nuestro tiempo, el autor del legendario diario de guerra titulado Tumba para 500.000 soldados, Pierre Guyotat, solía decir lo siguiente: “Confieso que al preferir la mierda pública a la mierda privada no hago más que oponerle al totalitarismo del Estado un totalitarismo de la mierda.”

Venezuela atraviesa ese momento: un momento sin retorno. Todos estamos por lo tanto en medio del río putrefacto. Todos estamos atravesando el Guaire. Puede ser que esa ausencia de retorno, esa travesía, se traduzca en una guerra civil a baja intensidad, o puede ser que los abscesos purulentos provocados por la dictadura, que sí tiene nombre, sigan brutalmente haciendo explosión en nuestra cara. El gobierno, como una hiena, se alimenta de la confusión que ha sembrado, de la censura que ha impuesto, de la violencia que disemina. La institución armada, eunuca, ha permitido que el monopolio de la fuerza se le escape. Lo ha hecho por complicidad y por miedo: el fuego que está en otras manos es sólo fuego de muerte, escueto de justicia, es decir, fuego letal, y también fecal, público estiércol que no cesará de devolverse hacia quienes deberían haber detentado, en el marco del imperio de la ley, el monopolio de la fuerza. Tal es el abismo preciso ante el cual nos encontramos.

Todos sabemos que podemos, en esta hora, evitarlo: restaurando la república, instaurando las competencias plenas de los representantes del pueblo legítimamente electos, designando autoridades electorales y judiciales competentes y objetivas, convocando a elecciones generales, decretando una amnistía que alcance a todos los presos políticos. Sólo esas decisiones harán posible que el país se calme y se encamine por una senda, aunque plena de escollos, esperanzadora.

En nombre de la comunidad cultural hemos puesto a circular todas estas peticiones en un documento que quiere ser de todos. En él argumentamos que cuando la ley no existe, porque ha sido absolutamente violada y es por lo tanto inservible para regular la convivencia, permanece sólo en medio de nosotros como un espantapájaros. Contra ese muñecón desfigurado nos resta apenas el recurso de invocar, y de colocarnos bajo la advocación de la legitimidad política.

El régimen chavista ha dejado a Venezuela al descampado. La legitimidad está, por lo tanto, sólo en la calle, navegando las aguas sucias que han desbordado sobre nosotros. Pueda la libertad, la democracia, la república resurgir de ese Ponto oscuro donde se encuentra, con precisión aterradora y a pesar de la fetidez de la historia, hoy, lo mejor de Venezuela.

La dictadura sin nombre; por Luis Pérez Oramas

La historia de nuestro presente –incluso para quienes estamos desafortunadamente lejos– huele a gas pimienta. Huele –y duele– a perdigones adquiridos con dólares subsidiados por un gobierno sin legitimidad: y por cada perdigón, un antibiótico que no existe; por cada bomba de gas, una botella de medicamento, suero o quimioterapia; por cada bala una píldora

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 8 de abril, 2017
Fotografía de Iñaki Zugasti

Efectivos de seguridad lanzan bombas lacrimógenas contra manifestantes opositores en la marcha del 6 de abril de 2017 convocada por la Mesa de la Unidad Democrática. Fotografía de Iñaki Zugasti. Haga click en la imagen para ver la fotogalería del #6Abr completa

La historia de nuestro presente –incluso para quienes estamos desafortunadamente lejos– huele a gas pimienta. Huele –y duele– a perdigones adquiridos con dólares subsidiados por un gobierno sin legitimidad: y por cada perdigón, un antibiótico que no existe; por cada bomba de gas, una botella de medicamento, suero o quimioterapia; por cada bala una píldora contra la epilepsia, y un ser herido –una victima, a veces mortal– y un humillado, el venezolano que sufre –o muere– de no tener cura ni alimento.

Venezuela está de nuevo en ascuas, ante un destino que ha sido claramente definido por la voluntad popular, por el rechazo absoluto a una dictadura que ha parasitado a la república hasta hacerla parte de su excremento. Cuando veo las nubes intoxicantes de gas que no detendrán al pueblo en busca de un futuro mejor, también veo, con asco, con náuseas, la mueca cínica, la sonrisa helada y falsa de José Luis Rodríguez Zapatero, arguyendo tecnicismos y encarnando la caricatura histórica de una supuesta prudencia, cuyo tiempo ya ha pasado.

¿Cuántas veces la ley ha sido violada? ¿Cuántas veces la invocación de la constitución ha encarnado su ultraje? La crisis venezolana ha llegado a su punto de quiebre y quien hoy no lo vea no tendrá más remedio que ser su víctima. La crisis venezolana ha alcanzado su colmo, y ya no hay retorno. La nación está ante un dilema sin escapatoria: elecciones generales o guerra civil. Tal es el tema de Venezuela en este día aciago y, sin embargo, contra toda esperanza, esperanzador.

¿Cuántos muertos soporta la conciencia de Zapatero y de sus cómplices políticos? ¿Cuántos muertos espera la comunidad internacional –la Unión Europea por ejemplo– para tomar medidas que sean más que cantos gregorianos?

Sucede –a lo que parece– que esta dictadura que ha carcomido la institucionalidad civil en Venezuela, enmascarada en un exceso de nombres, en un exceso de fórmulas, esta falacia política, este régimen abyecto y cínico del miedo y del chantaje, no tiene aún nombre a los ojos del mundo. Es, pues, una dictadura sin nombre, una dictadura que se le esconde a su propio nombre tras una tramposa instrumentalización jurídica del terror.

Lo propio de lo que viene y nadie sabe; lo propio de lo que sucede y nadie espera; lo propio de lo inminente es carecer de nombre. Tampoco tiene nombre lo que puede acontecer en Venezuela si, a esta altura precisa de la historia, el gobierno no cede para satisfacer las cuatro clarísimas demandas de la nación: convocatoria de elecciones, restitución del orden constitucional, liberación de los presos políticos y cese inmediato de la represión militar.

Tengo para mí que los venezolanos deberemos reflexionar a toro pasado, cuando esto se decante hacia un retorno de la república y de la legitimidad política. Deberemos preguntarnos entonces cómo llegamos a esta tragedia, a este clímax de lo inhabitable, de lo incomunicable, a este destrozo de la vida, del espacio común y de los nombres.

Quizás encontraremos una respuesta en nuestra propia ambigüedad, en nuestra secular, empecinada cultura del guabineo. La dictadura de Maduro es una dictadura guabinosa: eso no la hace ser menor dictadura, ni más leve en el sufrimiento que infringe, en el dolor que produce o en la podredumbre moral y material que infecta con cada uno de sus actos. Pero llegará el tiempo de pensar por qué –y cómo– permitimos los venezolanos que se instaurara en el país una dictadura que requiere, para ser reconocida como tal en el mundo, de traducción simultánea: hasta dónde hemos sido todos cómplices de esta dictadura sin nombre, embozada, pero cuyos colmillos de animal cada día relucen con mayor, terrorífica, claridad.

Siempre he tenido la sospecha de que en el desprecio a las formas –en la común asunción de que no importa el cómo de lo que hacemos– yacen muchas de las raíces de nuestra infelicidad colectiva, de nuestro fracaso en la historia. Tal deflación de las formas, que muchas veces se alimenta de amiguismo, de alcahuetería colectiva, es lo que paradójicamente ha permitido la inflación de nombres sin uso, de leyes sin sentido, de tecnicismos burocráticos que han inundado nuestra realidad, tanto como nuestra conciencia, en los últimos dieciocho años de agonía y suplicio nacional.

Porque al saber que podemos servirnos de cualquier atajo, la norma es inútil: la dictamos para embozarnos en ella, para ostentarla a sabiendas de que nadie la respeta. Este ha sido el recurso sobre el cual se ha instaurado la dictadura plebiscitaria de Hugo Chávez, la dictadura sin nombre de Nicolás Maduro y el secreto velo que encubre a los criminales de nuestra hora: el Defensor del Pueblo, la Fiscal, el Presidente, el Tribunal y todos sus cómplices.

Todos pasan por “impecables” ante la letra de la ley que ellos mismos saben no tiene utilidad ninguna, ni sentido, porque todos sin excepción la evitan con atajos y violencias. Pero el ingenuo mundo –la sonrisilla helada de los comisarios de la moral internacional– sólo ve este exceso leguleyo, esta invocación incesante a la norma, bajo cuyo peso muerto se esconde el nombre de la dictadura y la nación se asfixia.

El asunto es delicado y en esta hora grave de muerte, dolor y lágrimas, pudiera suceder que pensemos en ello como en algo ancilar, accesorio. Pero no lo es: la nación venezolana tiene que reivindicar hoy el espíritu –no la letra– de la ley. La nación que hoy exige con la democracia ultrajada el retorno de la república debe erigirse en nombre de la voz viva de la legitimidad sobre la que se funda toda ley, hasta incluso denunciar su letra muerta. Esa es la hora que vivimos. Ese, nuestro dilema moral.

Nicolás Maduro es culpable de perjurio, y con él todo su gobierno, esa farsa. Al llegar, en sospecha de ilegitimidad, a la primera magistratura –lo notamos– juró en nombre de otro hombre y con ese gesto de palabra vació de sentido, absolutamente, su destino político: juró conducir a la nación en nombre de Hugo Chávez, quien a su vez había jurado asesinar la ley sobre la que juraba. Estos gestos, que son puramente simbólicos, están sin embargo plagados de efectos: son performativos y en su consecuencia, irremediables, destructivos.

El juramento es el sacramento político por excelencia –nos recuerda Agamben–. Pero el juramento que debería servir para mantener la promesa o el contrato, la ley en este caso, sacralizando aquello sobre lo cual se jura, puede ser la otra cara del perjurio. Tal es el estado moral de una dictadura, y más aún de una dictadura sin nombre, escondida en los ropajes desgarrados de la república: humillar el juramento y, en lugar de sacralizar aquello sobre lo cual jura, maldecirlo. La dictadura equivale entonces a una maldición.

Entiéndase lo que digo: no es solamente este gobierno una maldición. Este gobierno, su dictadura sin nombre, en cada uno de sus actos y palabras, maldice a la nación, a todos nos maldice. Y la nación, Venezuela, tiene el deber moral y el derecho político, en todo legítimo, de responder a quien la maldice, de emanciparse, de restituir, con su dignidad, la legitimidad del juramento que la constituye.

La nueva moral; por Luis Pérez Oramas

A fines del año pasado, como suele suceder cada dos años desde hace más de medio siglo, tuvo lugar en São Paulo la última edición de la Bienal de arte más significativa del continente americano, por su antigüedad, su incomparable dimensión internacional y su resonancia crítica. Es difícil juzgar un evento como este y más

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 17 de febrero, 2017
Corrida de toros (1934), de Pablo Picasso

Corrida de toros (1934), de Pablo Picasso

A fines del año pasado, como suele suceder cada dos años desde hace más de medio siglo, tuvo lugar en São Paulo la última edición de la Bienal de arte más significativa del continente americano, por su antigüedad, su incomparable dimensión internacional y su resonancia crítica.

Es difícil juzgar un evento como este y más cuando se ha tenido la responsabilidad de dirigir curatorialmente una de sus ediciones, como me correspondió a mí en 2012: la prudencia se hace imperativa.

La Trigésima Segunda Bienal de São Paulo recibió, según revelan los datos numéricos, una excelente recepción por parte del público local. Su título, Incerteza Viva, es una variación de los recientes temas prevalentes en este tipo de eventos, incluida mi Bienal —la Trigésima, dedicada a la Inminencia de las poéticas, es decir, a lo que viene y no podemos saber y de cuyo cuerpo la obra de los artistas se encarga de dibujar el contorno provisorio—. En el caso de la última edición, el título Incerteza Viva es suficientemente elocuente, y se hace a su vez eco del asunto que ocupó a la polémica edición que la precedió, la Trigésima Primera Bienal, la cual inquiría sobre ‘las cosas que no existen’.

‘Incerteza Viva’, más allá de sus aciertos curatoriales o de las obras incluidas en ella, conmovedoras, mediocres o excelentes, reflejaba una actitud general, cada vez más patente en la conversación contemporánea, de la antropología a la política, y ampliamente “mediada” en los centros urbanos de occidente, y por ende en el mundo que estos dominan: se trata de una nueva moral, naturalista y maniquea, según la cual, en trazos gruesos, los humanos encarnamos el mal y la naturaleza el bien.

A lo largo y ancho de aquella Bienal, y como síntoma de un pensamiento tan dominante como superficial, se podían encontrar los testimonios de este nuevo moralismo naturalista: videos e instalaciones que, con facilidad empática, tienen por objeto comunicarnos que las culturas ancestrales son superiores a la nuestra, siempre malhayada y pecadora, estigmatizada de posesividad e individualismo; en sus corredores y galerías abundaban pequeños ecosistemas artificialmente mantenidos con especímenes de vegetales, plantas y florecillas. Las construcciones precarias —de tierra o palma— se repetían. El vídeo de un brillante artista contemporáneo brasilero hizo sensación, y aún recibe elogios internacionales: en él una serie de pescadores en la lejanísima región de Ceará abrazan contra sus torsos musculosos y bruñidos los peces, mientras estos mueren —no al anzuelo clavado, sino “humanamente” conectados a la respiración de sus predadores—.

El atractivo vídeo de Jonathas de Andrade, titulado O Peixe, fue motivo de discusiones acaloradas: para muchos de los espectadores, que comparten la loable idea de una muerte animal con empatía, la visión de la muerte es, en sí misma, insoportable y, por lo tanto, el vídeo todo, aun cuando ambiguamente a la favor de este nuevo naturalismo moralista dominante, les resulta problemático.

Un amigo de humor un tanto oscuro suele repetir un comentario sarcástico basado en la notoria afición naturalista que tuvo lugar en la Alemania de la preguerra: cuando veas a los pueblos de una sociedad moderna fascinados con las florecillas del campo, cazando mariposas, ponte alerta: puede ser que detrás vengan los hornos de gas y las masacres humanas. La blague, por supuesto, peca de injusticia y de falta de pudor con las víctimas de los inimaginables crímenes de una historia demasiado reciente.

Pero como escribió Aby Warburg, ya entrando en materia de arte, los estetas hedonistas suelen contentarse con el florilegio de la línea decorativa exterior, como quien se satisface ante la flora más bella y aromática, sin advertir que la comprensión de la fisiología de circulación y aumento de sus líquidos solo se revela a quien se enfrasca en observar el tortuoso nudo subterráneo de sus raíces.

El mundo urbano contemporáneo, higienizado, inmaterialmente conectado, simulando un cuerpo social que sólo parece existir como potencial mercadotecnia de control ha olvidado, casi absolutamente, el sentido verdadero de su relación con el mundo natural. Sintomáticamente, en los últimos años del siglo XX y durante estos inciertos inicios del XXI, de Fernand Deligny y Willem Flusser a Jacques Derrida y Giorgio Agamben; de Michel Serres a Jean-Luc Nancy, Jackie Pigeaud y Jean-Christophe Bailly; de Pascal Quignard a Matteo Nucci y Pierre Bergounieux la necesidad de re-pensar lo humano en su relación con la naturaleza, revisando nuestra condición animal, se ha impuesto en diversos campos del conocimiento y de la literatura.

Todo sucede como si una ideología contemporánea nos condujera —en realidad nos turbara— hasta hacernos creer que nuestra animalidad es asunto trascendido, como por lo demás nuestro dominio sobre la naturaleza sería una ganancia inexorable, irreversible, llevándonos a la absurda certeza según la cual sólo somos homo faber, sólo alma técnica, humanidad sin cesar progresiva y transformadora.

Este mito de una humanidad no-animal y progresista sufre, no obstante, de cuando en cuando, el reverso brutal de lo que emerge y nunca esperábamos: catástrofes, pandemias, muerte. Así acontecen las “tragedias naturales”: tornados que dejan regiones inmensas en ruinas; o tsunamis que apagan en minutos miles de vidas humanas y arrasan países enteros; terremotos que desvastan sin cesar las urbes; animales ínfimos, invisibles, que portan enfermedades incurables; las células malignas que no cesan de hacerse tumores en nosotros, por no hablar de nuestros mismos instintos de seres vivos que pulsan desde su oscuridad filogenética para convertirnos en predadores de nosotros mismos: en fin, nomos en su eterna, e irresuelta, disputa con physis.

Esta irrefrenable violencia del ser natural, esta inexorable indiferencia de la naturaleza a nuestro destino como humanos explica —ella sola— la invención de la cultura, no como algo opuesto a ella, sino como la única forma de sobrevivencia en medio de ella: suma de dominios necesarios y suplementos creativos con los cuales la humanidad se asegura la posibilidad de existir más allá de la indiferencia de la naturaleza, más allá de nuestras instintivas necesidades, más allá de esa pulsión violenta de lo vivo e incontrolado que es el magma sobre el cual se asienta nuestra estadía temporal en el mundo.

Vale recordar que physis, el término que desde Heráclito se usa para nombrar a lo natural significa, en aquella misma lengua del primer filósofo del devenir, en verdad y estrictamente, emergencia: physis es aquello que pulsa en el mundo, lo que sobreviene naturalmente.

Ahora bien, la sociedad posindustrial ha ido generando una ideología que, asentada en unas cuantas fábulas absurdas —y con memorable ayuda de la disneylandización de la naturaleza— en la diseminación ad nauseam de una moral sentimental, quiere hacernos creer que lo natural es bueno, que los animales poseen intereses y hasta pueden aspirar a derechos, llegando a proponer, en un exceso ad absurdum, que el respeto a la vida debe traducirse por un mandamiento absoluto de no sacrificar a ningún ser vivo.

Detrás de esta monumental escaramuza moral se esconde el rostro monstruoso del neocapitalismo global que, embozado en el horror común a la muerte visible, disimula la variedad mortal de sus manipulaciones biogenéticas y militares para que la muerte sea invisible, para que creamos junto a nuestros dulces animales de compañía que hemos llegado a encarnar la bondad humana mientras ignoramos el origen y el destino de todo lo que nos hace seres orgánicos, de todo lo que nos alimenta, de los innumerables animales que mantienen en vida (y a veces amenazan con muerte) a nuestro cuerpo animal.

Una de las puntas de lanzas más perversas de la nueva moral naturalista es, pues, el animalismo. Cómplice, entre otros, del multimillonario negocio veterinario destinado a la producción de medicinas y accesorios para animales domésticos y de la producción industrial de alimentos procesados, el animalismo es un fundamentalismo asentado sobre la nueva moral sentimental que pretende imponerse a fuerza de prohibiciones, con indiferencia absoluta del bien general.

Ideología urbana, el animalismo, impulsado por la ignorancia y por el olvido moderno de nuestra verdadera relación con la naturaleza y con el mundo animal, se asienta entonces sobre una jerarquía estetizante en la que se aprecia a cierto tipo de mamíferos con mirada empática mientras se desprecia al resto de los animales que carecen de gracia doméstica. El animalismo pretende hacernos creer con ello, que todos los animales son mascotas potenciales y que, al ser “sintientes”, son también sujetos de derecho.

Pero la ley, ninguna legítima forma de ley, puede asentarse sobre sentimientos, sino exclusivamente sobre razones. Y la razón —también científica, pero sobre todo filosófica— no permite deducir de la cualidad “sintiente” la existencia de conciencia moral en los animales no humanos. Por ello estos ni poseen conciencia del deber, ni tienen capacidad de elaboración de memoria que no sea puramente sensitiva. La naturaleza no es tampoco buena, ni mala: es pura emergencia factual, indiferente y pulsional.

Los animales mueren, entre otras cosas, para alimentarnos. En todo caso para ello los matamos y —entre otras razones— los criamos. Esta verdad, que no debería ser ruda para nadie, quiere ser camuflada tras una serie de argumentos sofistas, moralistas, falsamente progresistas en los que asoma el siempre rostro angélico de la “buena conciencia” inquisitorial.

Nadie niega la necesidad moral de actuar legítimamente y con compasión racional ante el reino animal. Algunos, incluso, podemos ser “veganos”, pero ¿acaso nos hemos preguntado lo que sucedería con los cientos de millones de animales de cría y con aquellos salvajes si la humanidad entera llegase a ser “vegana”? ¿Los masacraríamos? ¿Los esterilizaríamos, como es uso habitual en la medicina veterinaria de animales domésticos, para controlar su reproducción? ¿Procederíamos, como se hace en los zoológicos, pero en masa, a la práctica general del culling o sacrificio, para mantener sus equilibrios?

También existe, a contrapelo del moralismo animalista, el sacrificio ritual, religioso o simplemente ceremonial de algunos animales. Me cuento entre quienes creen que estas ceremonias sacrificiales pueden ser portadoras de sentido y fuente legítima de cultura, especialmente cuando se llevan a cabo con respeto consensuado y tradicional de las formas y del equilibrio natural. En algunas de ellas reside, como en la tauromaquia ibérica, —aún— el rastro de origen de la diferenciación humana con relación a la naturaleza indiferente: el toro sometido en el vuelo inverosímil de los paños a la lentitud de un tiempo humano. Suplementos infuncionales, estos sacrificios celebran la verdad de nuestra separación con relación a la physis pura e incontrolada: nuestra capacidad para inventar el mundo y no sólo padecerlo.

El sentimentalismo animalista, ejerciendo una violencia inusitada, apuntalado en el populismo político, persigue en América y en Europa a la tauromaquia ibérica, donde sea que esta se manifieste. Arguyendo contra el “maltrato animal”, y desconociendo profundamente todo de la cultura taurina y de su función en el equilibrio ecológico de vastas regiones, los animalistas promueven su prohibición autoritaria. No hay ningún fundamento racional en sus posiciones, más allá de la supuesta empatía con el animal o del tabú sentimental que les impide soportar la visión de la muerte animal. No les importa ninguna razón, menos aún les importa constatar que la prohibición de la tauromaquia conllevaría la extinción de una especie animal ancestral, acaso el único puente biológico que la humanidad conserva con el animal primal y, por lo tanto, con la agonía de la que proviene nuestra propia diferencia humana, que es precisamente lo que la ceremonia taurina conmemora.

Hace tres semanas el animalismo activista se encarnizó violentamente contra el público que volvía, amparado en una decisión de justicia, a la plaza de toros de Bogotá para presenciar la vieja y aún moderna ceremonia de los toros. Las acciones de los animalistas colombianos, violando el derecho ajeno y perturbando la paz pública, se disimulan en la expresión de una empatía por el “sintiente” animal, manifestando impunemente su ignorancia y multiplicando falacias descaradas. La Corte Suprema de Colombia, en una decisión contradictoria con su propia jurisprudencia reciente, ha puesto a la tauromaquia colombiana en el hilo de la supervivencia al delegar en el Congreso, en un lapso de dos años, la responsabilidad de decidir por vía legislativa sobre la sobrevivencia de la cultura taurina en Colombia.

Habría que recordar, en estos tiempos oscuros, falazmente teñidos de sentimentalismo moralista, los argumentos expuestos por el gran psicólogo norteamericano Paul Bloom, en su libro Against Empathy: The Case for Rational Compassion (Ecco, 2016). La empatía, según Bloom, consiste en el acto de experimentar el mundo como uno piensa que otro lo experimenta. En el caso de los animalistas antitaurinos: experimentar el mundo como piensan que el toro, sobre el cual todo ignoran, lo experimenta. Sostiene Bloom, acertadamente, y a contrapelo del asentamiento mayoritario, que la empatía no puede, ni debe nunca ser fundamento de moralidad. Que la empatía, en su incapacidad para asimilar un diagnóstico racional y general sobre la realidad, es fundamentalmente injusta, y tiende a llevarnos al parroquialismo y al racismo. De hecho: toda exclusión irracional de otro es, por definición, empática, y el mejor ejemplo de ello es, precisamente, el racismo.

Rodrigo de Zayas ha argumentado en su libro La tauromaquia y el afán totalitario de su prohibición (Almuzara, 2010), haciendo uso del arsenal deconstructivo, en contra del apoyo al animalismo sostenido por Jacques Derrida en sus últimos años. Zayas desmonta los presupuestos morales del prohibicionismo animalista y populista. Entre sus argumentos, Zayas recuerda que la única fundamentación legítima del derecho es el interés general, y rescatando al marqués de Beccaria, fundador si hay alguno de la reforma racional e ilustrada del derecho moderno, nos recuerda el imperativo de ponderar la utilidad común a la hora de legislar, así como solo considerar el perjuicio general a la hora de punir.

En una de sus notas a pie de página, Zayas rescata esta cita de Georges Bataille:

“En nuestros días el matadero es maldito y puesto en cuarentena como un barco portador del cólera. Pero el hecho es que las víctimas de esa maldición no son los carniceros o los animales, sino la misma buena gente que ha llegado al punto de no poder soportar su propia fealdad, fealdad que responde en efecto a una necesidad enfermiza de limpieza, de pequeñez biliosa y de aburrimiento: la maldición (que no aterroriza más que a quienes la profieren) les lleva a vegetar lo más lejos posible de los mataderos, y a exilarse por corrección en un mundo amorfo en el que no queda nada horrible y donde, soportando la obsesión indeleble de la ignominia, se ven reducidos a no comer más que queso”

En nuestros días la muerte animal es maldita y, al ser inevitable, se la esconde. Si se la acomete en público, incluso bajo estrictas normas ceremoniales y en respeto absoluto de equilibrios ecológicos y culturas ancestrales —como en la cacería o la pesca regulada, como en la tauromaquia— se pretende prohibirla bajo pretexto de sentimientos sin base racional alguna, de pura empatía moralista, ignorando supinamente el perjuicio general y el daño que tales prohibiciones causarían al interés común.

Legislaciones (y prohibiciones) sentimentales, a imagen de las “órdenes ejecutivas” de la nueva presidencia norteamericana: tal es la amenaza que se cierne sobre estos tiempos flacos en los que toda inteligencia política es sustituida por la práctica exclusiva del carisma, cuando todo análisis de la realidad es marginado por la encuesta de opinión, y cuando la voz autorizada o competente es suplantada por un ruido de rumores en las redes sociales, donde todos hablan sin límites de todo, con indiferencia absoluta de la verdad, y de su búsqueda sincera, objetiva y desapasionada.

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La palabra de la república; por Luis Pérez Oramas

¿Cuál es —o debe ser— la palabra de la república? En este tiempo de tumulto y cacofonía, mientras la ansiedad y el hambre, el hartazgo y la humillación, la desesperanza y la impaciencia convierten nuestras “redes” en vomitorios sin sentido, con contenido que golpea aunque golpear no es posible, ¿dónde está —o debe estar— la

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 8 de noviembre, 2016
Reunión en un círculo rojo, de Jacobo Borges

Reunión con un círculo rojo (1974), de Jacobo Borges

¿Cuál es —o debe ser— la palabra de la república? En este tiempo de tumulto y cacofonía, mientras la ansiedad y el hambre, el hartazgo y la humillación, la desesperanza y la impaciencia convierten nuestras “redes” en vomitorios sin sentido, con contenido que golpea aunque golpear no es posible, ¿dónde está —o debe estar— la palabra de la república?

No se encuentra ciertamente en la mesa de diálogo porque allí asientan quienes ya dejaron de someter sus decisiones a los designios de la vida republicana —porque son los que tienen en sus manos la mancha de su muerte— y los otros son —o somos— los sobrevivientes de su desfallecer en forzadas anestesias. Pero es entre todos, sin olvidar los necesarios menesteres de la justicia, que debemos reinventar un diálogo, imaginar la república que viene.

No quede duda: volverá la república, más temprano que tarde. Volverá entonces para que podamos reconocer, sin sombra, su palabra, que es palabra de todos y palabra en todos.

Yo leía con interés a mi amigo Alberto Barrera, en estas mismas páginas virtuales, acusando justamente la escisión terrible por donde ha sumido nuestro ser común, que es en el inicio y en el fin un asunto de discursos, de responsabilidad última ante el hecho público de tomar la palabra, de enunciar lo que nos concierne. No podía menos que recordar, entonces, mientras lo leía, aquellos años en los que se incubó la muerte de la república en el más grosero de los desprecios hacia el valor de la palabra por parte de Hugo Chávez: nadie se confunda, porque Maduro es un tapado, proximus lictor de la ceremonia funeral, y plañidero mayor. Pero el responsable está muerto, y estos no hacen más que cargar su féretro, desconsoladamente y a costa nuestra: hambre, ansiedad, hartazgo, humillación de todos.

Chávez lo hizo claro al advertirnos, repetidamente, que lo que él dijera no tenía valor. Que sólo viéramos sus gestos, lo que hacía, el manotazo: y fue aun peor que lo que dijo.

En estas circunstancias es legítimo preguntarse por las condiciones de la conversación. Pero nadie se engañe: en medio de sus ruinas, solo nos queda la palabra para reconstruir el mundo. Es la única vía humana de hacer ciudad.

¿Cuál es, entonces, la palabra de la república?

Sea José Ángel Valente:

“Empieza la palabra poética en el punto o límite extremo en el que se hace imposible decir. Es necesario llegar al borde, al precipicio donde comienza lo imposible. Viaje, dice Georges Bataille, al término de lo posible. Y esa palabra no pertenece propiamente a la ciudad. No es de la ciudad. Sino que a la ciudad le sobreviene o le llega. ¿Y de dónde viene y qué dice esa voz? Viene de un no lugar. Viene del desierto real o simbólico”

Quizás sólo en momentos de agonía absoluta y comunal, cuando la comunidad se ahoga, llegan a coincidir las dos palabras: la palabra poética y la palabra política. Quizá sólo en tiempos ardorosos, cundidos de pérdida y al borde del abismo, puede decirse con todo el peso de la frase que “empieza la palabra política en el punto o límite extremo en el que se hace imposible decir”.

Me temo que estos son los tiempos de Venezuela hoy: nada los describe con mayor exactitud, acritud, dolorosa precisión. Y si la república debe volver, deberá hacerlo desde el “precipicio donde comienza lo imposible”.

Por eso, contra toda razón, hay que re-inventar un diálogo, a riesgo de todo engaño, en el hoyo del tiempo, porque la política, después de la palabra que puede ser de todos, es el momento único del kairós, el instante oportuno —que siempre está a punto de pasarnos por encima, de abandonarnos—.

Me quiero detener entonces en la afirmación de Valente: dice el poeta que la palabra poética no pertenece propiamente a la ciudad. Es palabra eremita, en exilio. Sólo en momentos de agonía absoluta y comunal, cuando la comunidad ya no respira, la palabra política, aquella que propiamente pertenece a la ciudad, se retira, se esconde, se exilia, calla. Así hoy en esta tierra de desgracia.

Dos son, pues, las palabras: la poética y la política. Pero deben polinizarse mutuamente. Un amigo mío ha escrito un bello libro sobre la esperanza en tiempos de desesperanza y lo ha titulado La sobrevivencia de las luciérnagas. Va de un verano en la vida del joven optimista Pier Paolo Passolini, y de la virilidad potencial de aquellos veinteañeros que lo acompañaban en los montes de Pieve del Pino; y va también de sus cuerpos donde demoraba la juventud total, gozosa; y de la cantidad inmensa de luciérnagas que formaban bosques de fuego en bosques de ramajes.

Por la belleza de la palabra (poética) me permito la digresión de la cita:

“A las primeras horas del día (que son una cosa indeciblemente bella) bebimos las últimas gotas de nuestras botellas de vino. El sol parecía una perla verde. Yo me desnudé y bailé en honor de la luz (io mi sonno desnudato e ho danzato in onore della luce); estaba todo blanco (ero tutto bianco), mientras los otros envueltos en sus frazadas como Peones temblaban al viento”

Pero va también este libro de la desesperanza que treinta años más tarde el poeta italiano manifestaba en otra carta:

“Al comienzo de los años sesenta, a causa de la contaminación atmosférica y, sobre todo, en el campo, a causa de la polución del agua (ríos azules, canales límpidos), las luciérnagas comenzaron a desaparecer (sono cominciate a sparire le lucciole)”

Yo evoco el libro de Georges Didi-Huberman porque es una pequeña y poderosa tésis para enfrentar los tiempos de descorazonamiento evocando “la tradición de las oscuras resistencias y la arqueología de las luciérnagas”. Porque no hay —dice el filósofo, acaso observando en la noche opaca del presente a una última luciérnaga— destrucción que sea absoluta así sea contínua —y las sobrevivencias nos dispensan de creer que haya una última revelación, o una salvación final—.

Al borde de lo indecible, pues, la palabra de la república existe como sobrevivencia y tenemos que reconocerla en el muñón de sus murmullos. Comienza este esfuerzo por no hablar por los otros, porque no sabemos nunca quiénes son, qué hacen, cómo se acostumbran a lo que creemos diabólico para nosotros, y lo neutralizan o lo convierten en sátira infinita, en llanto o queja o carcajada inagotable.

Este es nuestro lugar hoy en la historia: el no lugar donde se ha perdido la palabra que pertenece a la ciudad. De esa sima oscura deberá venir, envuelta en sus sobrevivencias, en sus despojos, la palabra de la república, que no será ni apropiación ilegítima del otro —impostura de nosotros— ni espectral formalismo mesiánico. Tenemos que inventarla, modestamente, para empezar de nuevo. También hacerlo sobre los despojos del diálogo. Llevaremos un verso de amuleto, extraído de un poema de Valente: “Con las manos se forman las palabras, / con las manos y en su concavidad / se forman corporales las palabras / que no podíamos decir”.

Un trimestre en La Habana; por Luis Pérez Oramas

La última vez que el gran escritor chileno Jorge Edwards anduvo por La Habana contó con el privilegio de ser despedido personalmente por Fidel Castro. Entiéndase la palabra ‘despedido’ en toda su resonante amplitud, con todas sus consonantes, connotaciones y especialmente en su más literal denotación. Habiendo llegado como lector tarde a la obra maestra

Por Luis Enrique Pérez Oramas | 19 de octubre, 2016
Un trimestre en La Habana; por Luis Pérez-Oramas 640

Fotografía de José Prats Sariol: el escritor cubano José Lezama Lima en la sacristía de la Iglesia del Espíritu Santo, de La Habana (c. 1976)

La última vez que el gran escritor chileno Jorge Edwards anduvo por La Habana contó con el privilegio de ser despedido personalmente por Fidel Castro. Entiéndase la palabra ‘despedido’ en toda su resonante amplitud, con todas sus consonantes, connotaciones y especialmente en su más literal denotación.

Habiendo llegado como lector tarde a la obra maestra en la que Edwards nos ofrece el relato —Persona non grata— y también a La Habana, que pude visitar por primera vez hace sólo pocos meses, me pregunto cómo esta novela de la realidad, esta escritura novelística de la vida ordinaria en la que con magistral sobriedad y con un talento excepcional se retrata la humanidad de cada personaje en una frase, en fin este libro digno de un Stendhal contemporáneo, menos el romanticismo, menos el fracaso de Waterloo, menos la ambición desesperada y los amores a distancia, pero en cuyas páginas descuella más de un caribeño Julien Sorel, no ha sido objeto reciente de nuevas lecturas, cuando agonizan en estertores humanos, a la vez, la revolución y sus engendros continentales, de todo signo por cierto, incluidos aquellos que han anidado como un quiste maligno en Venezuela.

Pocas veces la historia, en lo que tiene de clave, de llave para desentrañar el hermetismo del futuro, habrá coincidido más puntualmente con la potencia de la escritura literaria para enlazarse, como un animal desbocado, en el orden narrativo de la realidad. Pocas veces el instante presente —ya pasado— se hace fábula incesante como en esta novela extraordinaria.

Una ‘novela política sin ficción’, como la bautizaría Carlos Barral en su momento, Persona non grata narra pormenorizadamente un trimestre en La Habana, entre el 7 de diciembre de 1970 y el 22 de marzo de 1971, período en el que el diplomático Edwards, encargado de negocios por el recién electo gobierno de Salvador Allende, recibió la comisión delicada y auspiciosa de re-abrir la embajada de la república de Chile en Cuba.

Que estos meses breves y dilatados hayan coincidido casualmente con la incubación de un momento de ruptura en la conciencia política latinoamericana —el encarcelamiento y la posterior autocrítica pública del poeta Heberto Padilla— y que muchos de los elementos probatorios de la herejía de Padilla hubiesen sido pronunciados a gañote alegre, en toda ingenuidad, entre borracheras de ron y vino chileno, en la habitación del piso 18 del hotel Habana Riviera, donde Edwards —a falta de una residencia adecuada— hubo de acampar literalmente para acometer su trabajo diplomático, hacen de este libro, a la vez, un testimonio y un espejo de la dimensión política de la literatura, pero sobre todo de la dimensión literaria —en todo novelesca— de la política.

“Lezama se inclinó hacia el lado mío.

— Y usted, Eguar —preguntó—, ¿se ha dado cuenta de lo que pasa aquí?
— Sí, Lezama, me he dado cuenta.
— Pero, ¿se ha dado cuenta de que nos morimos de hambre?
— ¡Sí, Lezama! —repetí.
—Espero que ustedes, allá en Chile —resumió el poeta—, sean más prudentes.”

El pasado mes de noviembre, yo abandonaba el autobús de lujo lleno de millonarios gringos con quienes me había correspondido llegar tarde a La Habana. En él, protegidos del calor por el aire acondicionado y conducidos por el mejor de los guías turísticos de Cuba —funcionarios todos y todos los buses iguales, azul y blanco, cuyo lujo contrasta con la modestia del transporte colectivo y con las colas de personas humildes que desde la calle nos ven con una distancia infinita en los ojos— me sorprendió escuchar de aquel simpático personaje un discurso inesperadamente libre y crítico, hacia la situación de la isla. Tristísima ciudad que en la noche se hace oscura como una boca de lobo, y especialmente silenciosa.

— ¿Y aquí no ven televisión, ni siquiera el fútbol? —preguntó un suizo sorprendido por aquella ausencia de ruido, mientras caminábamos en busca de un lugar de música en vivo por calles sombrías que de no ser Cuba asustarían, cuando apenas pasábamos por una casa en cuyo frente, una placa orgullosa ostentaba las siglas de los Comités de Defensa de la Revolución —la delación como ciudadanía, que en Suiza desconocen.

Abandoné entonces el autobús para visitar la casa de Lezama, en lugar de la de Hemingway que mis compañeros querían todos ver, así fuese sólo desde las ventanas cerradas, desde el exterior. Mis guías me dejaron ir, en cambio, un poco perplejos, después de darme aproximadas direcciones, simulando que desconocían el paradero de Trocadero, 160. Iba yo vestido de una impecable guayabera de lino panameña, que no pasó desapercibida en las calles devastadas y olorosas a aguas negras de La Habana vieja. Pero sólo después de leer a Edwards me percato de mi ingenuidad al creer que iba yo sólo, cuando acababa de descender de un bus en el que viajaban señoras con apellidos de capitalismo sonoro y de solera: Hess, Tisch y Rockefeller.

La casa de Lezama es un abandono visitable, que encontré impuntualmente cerrado, a pesar de una gran ventana que dejaba ver un vestíbulo deprimente en el que yacía el cadáver de un escritorio de burócrata, una silla y un ventilador encendido, soplando sus aires contra un teléfono mudo. Después de mucho dar voces y tocar todos los timbres, escuché el sonido de unas humildes chancletas que venían del fondo del tiempo a paso lentísimo conduciendo a una señora humilde y desnutrida que amablemente me explicó la imposibilidad de visitar la casa del poeta, pues es norma que estén de guardia al menos dos funcionarios presentes, y ella estaba sola.

Después de mucho insistir y de mostrar mi identificación de comisario de arte en un museo neoyorkino apareció, milagrosamente, cargando unas bolsitas plásticas, la funcionaria ausente, quien se unió a las explicaciones, añadiendo que era requerido que hubiese tres funcionarios presentes, no dos, para hacer la visita posible. Al final pude visitar la casa de Lezama —tras una llamada a un misterioso funcionario superior—: tres pequeños cuartos llenos de libros y recuerdos, alineados alrededor de un patio no menos grande, desde el cual cuelga la ropa de los vecinos y se escuchan ecos de una giornata particolare. Se me hizo muy claro una evidencia tardía, igualmente: que no hay recuerdo que pueda albergar mejor la memoria de un escritor que su escritura, siempre prístina.

Es por esta razón que Persona non grata es una lectura esencial para cualquier latinoamericano, para cualquiera que se interese en el destino o en las miserias de la ilusión política, de la política como ilusionismo. Jorge en su Alfita —la nomenklatura cubana rodaba en Alfa Romeos—, generosamente concedido por el aparatchik Meléndez, encargado de trufar su habitación de micrófonos y de seguirlo paso a paso, palabra por palabra, iba de un lado a otro, sorteando lo que se revelaría como una confabulación diseñada desde las oficinas de Raúl Roa y Raúl Castro, y bajo estricta observancia de Fidel, para hacerlo fracasar, para estigmatizarlo ante el presidente Allende como un contrarrevolucionario, intelectual burgués y diplomático irresponsable.

Las circunstancias en las que se desarrolla esta trama íntima —al final se trata de un diario novelesco cuya excelencia estriba en la mirada radicalmente individual del autor— no pueden ser más críticas: el interinato cubano de Edwards acontece entre la elección reciente de Salvador Allende y la repulsa pública, por el aparato oficial de la cultura cubana, de Pablo Neruda, a quien Edwards acompañaría, tras su accidentado paso por La Habana, como secretario en su embajada en París.

Desde su llegada a La Habana, de pequeña humillación en pequeña humillación, los eventos acontecen para demostrar el plan trazado por Fidel: dejar saber su decepción ante Allende por haber nombrado, para tan delicada labor, a un escritor burgués, para más señas apellidado Edwards, es decir familiar —aunque lejano— de la gran burguesía conservadora chilena y, aún peor, del último embajador de Chile en Cuba, otro Edwards.

Central para esta trama son las páginas que describen la visita del buque insignia de la armada chilena, el célebre Esmeralda y el encuentro, en todo a contraestilo, entre el funcionariato cubano y los oficiales y marinos chilenos. Premonición en cada detalle, sólo aparentemente insignificante, de la resolución trágica de esta historia tras el suicidio de Allende y la instauración de la dictadura en Chile, que entonces el narrador desconocía. La inmensa, tácita, soterrada decepción que atraviesa estas páginas cubre a naciones enteras y alcanza a multitudes. Son ellas el mejor retrato que se haya escrito, insuperable, de ese enigma trágico que lleva por nombre Fidel Castro Ruz.

Persona non grata se concluye con dos escenas contrastantes, opuestas: con el fondo tácito de la autocrítica de Padilla —forzado o convencido a retractarse en un acto de humillación pública— la voz del poeta sometido se opone a la escena, explícita, en la que para sorpresa de Edwards, la noche antes de su salida de La Habana, es conducido al despacho de Raúl Roa donde lo espera Fidel Castro en persona, dispuesto a aleccionarlo con toda la violencia de su voz, hasta las cuatro de la mañana. Es entonces la voz serena y digna de Edwards la que enaltece —y nos enaltece— en este libro: su tranquilidad de conciencia ante la rabia desbocada del tiranuelo.

Yo recuerdo entonces mis años 80 en Caracas —aún creíamos en la palabra revolución— y el entusiasmo por la caída de Somoza hizo incendio entre los poetas caraqueños. Vino a Venezuela Lisandro Otero, escritor con talento vendido a la ignominia del estalinismo, quien figura destacadamente con su uso de la palabra gusano en la novela de Edwards. Aquel día yo marqué distancia –infinita– con algunos de mis colegas poetas y entonces revolucionarios. Pasarían tres décadas para que todos sufriéramos, ad nauseam, las consecuencias de aquella fascinación imberbe en la carne de nuestro país, que nos ha dejado sin república en pos del nombre de otro caudillo, también salido de los intestinos fidelistas. En eso andamos y no sabemos hasta cuándo.

En otro de sus libros magistrales, Jorge Edwards ha escrito lo siguiente, que puede —y debe— aplicarse a la lectura de Persona non grata:

“Los latinoamericanos, el continente tonto, como dijo una vez, con su lengua áspera, don Pio Baroja, que a veces damos la impresión de haber aprendido algo, y que casi nunca entendemos o aprendemos nada, tendríamos mucho que asimilar de todo esto”

También se lee Persona non grata como una dulce, literaria venganza. El diplomático humillado se saca del guante la mano del espadachín magistral, la mano que escribe cada una de estas pequeñas miserias con la objetividad del cirujano, a diente seco, sin anestesia, hasta el diálogo culminante en el que la razón hace aguas en la ira del dictador, ante el impasible ciudadano humanista de una nación institucional, a punto de hundirse también en otra tiranía. Pudiera decirse entonces de este libro siempre urgente, lo que Balzac escribiera de Henry Beyle, Stendhal, al concluir la lectura de La Cartuja de Parma: “Si Maquiavelo hubiese escrito una novela, sería esta.”