Blog de Juan Nagel

Las regionales y el dilema del multitasking; por Juan Cristóbal Nagel

En la política educativa se ha identificado un problema llamado teaching to the test, que traducido significa enseñar para el examen. El problema es el siguiente: en muchos sistemas educativos se ha querido atacar la baja calidad en la educación ligando los pagos de las escuelas al desempeño en pruebas estandarizadas. En teoría, el incentivo de

Por Juan Nagel | 10 de agosto, 2017
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Fotografía de Unidad Democrática

En la política educativa se ha identificado un problema llamado teaching to the test, que traducido significa enseñar para el examen.

El problema es el siguiente: en muchos sistemas educativos se ha querido atacar la baja calidad en la educación ligando los pagos de las escuelas al desempeño en pruebas estandarizadas. En teoría, el incentivo de los colegios debiera ser mejorar la educación de los niños y poder demostrarlo en estas pruebas. Las instituciones en las que sus alumnos no rinden sufren cuantiosas pérdidas. Buscan así que los colegios traten de mejorar la calidad de la educación que imparten por interés propio.

“Enseñar para el examen” quiere decir que, muchas veces, los colegios dejan de hacer cosas igualmente importantes para la educación de los niños con el fin de asegurarse que estos salgan bien en las pruebas. Entre las prácticas de ética dudosas figura el pedirles a los niños de bajo rendimiento que no asistan a clase el día de las pruebas, la eliminación de materias claves que no figuran en las pruebas como ciencias sociales o educación física, o el incentivar la trampa en las pruebas.

Las pruebas tienden a mejorar el rendimiento medido de los alumnos, pero como documentan David Besanko y sus colegas en el libro Economics of Strategy, cuando se hacen pruebas diferentes que no están atadas al desempeño, las aparentes ganancias desaparecen. Pareciera que la mejora en el desempeño en las pruebas no es un reflejo de una mejora en la calidad de la educación sino más bien un reflejo de que en las escuelas los alumnos aprendan a tomar bien las pruebas.

Uno puede concluir entonces que, por donde van los incentivos, ahí irán los esfuerzos. Lo demás se deja de lado.

Lo que está sucediendo con las elecciones regionales es un claro ejemplo de esto.

Los políticos venezolanos no son buenos haciendo varias cosas a la vez. De hecho, tal como han dicho los economistas Paul Milgrom y el ganador del Nobel Bengt Holmström, ninguno de nosotros es bueno en eso que llaman el multitasking. Cuando hay recursos limitados (tiempo, dinero para hacer política, energía movilizadora), los esfuerzos se harán en aquellas actividades que más provecho personal rinden. Lo demás pasa a ser secundario y sencillamente no se hace o se hace mal.

El mundo de la gerencia conoce esto desde hace tiempo. Por ejemplo, si el bono de un gerente se condiciona al crecimiento del share de mercado, éste hará lo imposible por aumentar las ventas, aún a costas de los beneficios de la compañía. Si, en cambio, se amarra a la reducción de costos, la calidad sufrirá porque el gerente buscará la manera de disminuir los costos a como dé lugar.

Los políticos venezolanos de oposición se enfrentan actualmente a un dilema. Existe un grupo de ellos que quiere que el foco se mantenga en presionar al gobierno de Nicolás Maduro a través de protestas callejeras, que aumenten la presión internacional y militar y lleven al Gobierno a realizar concesiones. Otro grupo piensa que el foco debe estar en pelear por ganar unas gobernaciones que, en teoría, tienen chance de ganar.

Decir que se pueden hacer ambas cosas es poco creíble. Ambas estrategias son excluyentes. Lo que sirve para ganar gobernaciones —mítines, recorrer pueblos, coordinar testigos electorales, movilizar electores, impedir el fraude— difiere mucho de lo que se ha recetado —presión de calle, lobby internacional y llamamientos a las FANB— para llevar a una salida electoral que ponga fin al gobierno de Maduro.

Y ante esta disyuntiva, muchos de los líderes de oposición ya se han decidido. Dejarán de lado aquello por lo cual vienen luchando, pero que tiene poco chance de rendirles un beneficio, por aquello que les podría rendir un logro inmediato.

Esa es una posición legítima. Incluso, podría ser considerada la correcta. Pero lo menos que podemos pedirle a nuestros políticos es que la hagan explícita, que reconozcan que hay un cambio de estrategia y que, por ahora, la lucha por desalojar a Maduro deja de ser la principal.

Decirle a la gente que se van a hacer ambas cosas —luchar por las regionales y también luchar por el cambio de presidente— es engañar. Ni las gobernaciones van a hacer salir a Maduro, ni los esfuerzos que se hagan por ganarlas acercarán a los venezolanos a esa meta. Y como bien sabemos, no podemos esperar que los políticos hagan múltiples cosas a la vez.

Tal como en las escuelas sometidas a pruebas, dejarán de lado aquello que no reporta beneficios para concentrarse en la meta que ellos consideran accesible.

¿Por qué me debería interesar Venezuela?; por Juan Nagel

  Uno de los frecuentes campos de batalla entre el gobierno de Venezuela y la oposición es el escenario internacional. Este es un terreno en el que la oposición aparece débil y desarticulada. Parte de su problema es no saber responder a la pregunta que sirve de título a este artículo. La pregunta “¿por qué

Por Juan Nagel | 19 de febrero, 2017
Simpatizante opositor en la Av. Francisco de Miranda a la altura de Chacao. ©Fotografía de Verónica Aponte [01/09/2016] / Para ver la galería completa haga click en la imagen

Simpatizante opositor en la Av. Francisco de Miranda a la altura de Chacao. ©Fotografía de Verónica Aponte [01/09/2016] / Para ver la galería completa haga click en la imagen

Uno de los frecuentes campos de batalla entre el gobierno de Venezuela y la oposición es el escenario internacional. Este es un terreno en el que la oposición aparece débil y desarticulada. Parte de su problema es no saber responder a la pregunta que sirve de título a este artículo.

La pregunta “¿por qué me debiera interesar Venezuela?” no se dice, para no ofender las normas diplomáticas. Sin embargo, está muy presente en el RAM de nuestros interlocutores.

Los representantes de la oposición no siempre tienen una respuesta convincente a esa pregunta. Es más, a veces ni siquiera se la han planteado. Esta falta de claridad y de sentido estratégico hace que se pierdan oportunidades de avanzar una agenda internacional pro-activa.

Un ejemplo de esto surgió recientemente.

Hace unos días, un reportaje de Marianna Párraga (Reuters) reveló que Venezuela estaba atrasada en sus compromisos petroleros con Rusia y China. La nota, basada en documentos internos de PDVSA, alega que Venezuela debe a ambos países millones de barriles de crudo y productos refinados que éstos pagaron de forma anticipada.

Si la oposición tuviese claridad táctica, hubiese organizado un viaje urgente a Beijing y Moscú para hablar sobre este tema con las autoridades de ambos países. Plantearle a los rusos y a los chinos que sólo ellos pueden dar seguridad de cumplimiento de los compromisos contraídos por Venezuela tendría mucho sentido en el contexto actual.

Ganarse a los chinos y a los rusos sólo se logra dando garantías de que los intereses de ambos países no sólo serán respetados, sino que serán honrados de mejor manera.

En cada conversación, en cada viaje diplomático, la oposición debe tener claridad con respecto a los intereses y objetivos del interlocutor. Esto requiere un monitoreo constante de las realidades geopolíticas de los diferentes países con los que se dialoga.

Muchas veces pensamos que la comunidad internacional debe solidarizarse con la oposición por un tema de “democracia,” o de “derechos humanos.” Lamentablemente, lo que mueve al mundo no son esos objetivos grandiosos, sino más bien cosas mundanas – intereses geopolíticos, militares, económicos, o petroleros. Si la oposición no se empapa del realpolitik de sus interlocutores, poco podrá transformar la acción internacional en hechos concretos.

Esto aplica también para el caso de América Latina. A la región le interesa la “estabilidad.” La oposición tiene que vender la idea de que sólo ellos aseguran estabilidad. Esto pasa por convencerles que saben cómo contener el narcotráfico, el fundamentalismo islámico, y la migración masiva de venezolanos. Pero esto requiere tener un plan –convencer que se entiende la naturaleza de los problemas, y que pueden atacarlos.

Pero no se trata ya de vender “estabilidad” solamente, sino de vender “progreso.” La oposición también ha fracasado en vender el enorme potencial que tendría una Venezuela post-chavista bien gobernada.

Muchas industrias –el retail, la construcción, la banca, la infraestructura, el transporte, el petróleo y sus derivados– podrían encontrar en Venezuela un campo fértil de expansión. Muchas de estas industrias tocan los intereses de los políticos con los que Venezuela dialoga –o debiera dialogar– ya sea en Santiago, México, Beijing, o Riad.

Hasta ahora, no se ha logrado vender la idea de que la oposición sería “good for business.”. Parte del problema es que no cuentan con equipos técnicos que puedan explicar, en detalle, las reformas que podrían enrumbar a Venezuela en todas estas áreas.

En el fondo, la comunidad internacional pareciera preferir al chavismo antes que a la oposición porque piensan que no está lista para gobernar. No han sabido convencer a los principales actores internacionales que un gobierno de la oposición sería bueno, tanto para los intereses de los venezolanos como para los de ellos.

Hasta que no cambiemos esa percepción, su lobby internacional seguirá siendo poco efectiva.

Aquí no puedes pensar en dólares; por Juan Cristóbal Nagel

Llego a Maracaibo, y lo primero que me llama la atención es la basura. Basura por todas partes —en las pocas alcantarillas, pegada a los cadillos que sobresalen tercamente de la acera, acoplada a los troncos de las matas de mamón cual adorno de velcro—. Conchas de cambur, pañales, cajas, lo que a vos se

Por Juan Nagel | 18 de enero, 2017
Ilustración de Mark Wagner. Haga click en la imagen para ver sus trabajos

Ilustración de Mark Wagner. Haga click en la imagen para ver sus trabajos

Llego a Maracaibo, y lo primero que me llama la atención es la basura.

Basura por todas partes —en las pocas alcantarillas, pegada a los cadillos que sobresalen tercamente de la acera, acoplada a los troncos de las matas de mamón cual adorno de velcro—. Conchas de cambur, pañales, cajas, lo que a vos se te ocurra.

Llego a casa de mi mamá y es el mismo cuento, la acera llena de basura. Pienso que mi madre, a los ochenta, ya no va a ponerse a recoger, y la señora que la ayuda tiene otras prioridades. Además, me dicen, si te pones a limpiar la acera te asaltan. Capaz que hasta la escoba se la llevan.

Mi mamá me dice que es porque los camiones de basura no pasan. Que como no hay repuestos, no se sabe cuando pasan, y uno saca la basura a la calle y ahí queda, uf, días de días, a merced de los gatos callejeros y, bueno, de la gente que hurga en la basura. Tú sabes como está este país.

Le pregunto a mi tía, la concejal, cuánto paga la gente por el aseo urbano. Una casa normal pues, no una mega-quinta de la Virginia, sino una casa normal tipo las que hay en la Falcón. Me dice que están proponiendo subir el precio a setecientos bolívares, pero que la gente está histérica por eso.

Pa’ nada, me dice, porque la morosidad es del 80%.

Setecientos bolívares. O sea, menos de veinte centavos de dólar al mes.

—Aquí no puedes pensar en dólares —brinca mi mamá.

Es verdad, la gente en Venezuela no gana en dólares. Sin embargo, en una economía globalizada, ¿es posible no pensar en dólares?

Si bien los sueldos de los trabajadores del aseo urbano no son en dólares, lo cierto es que lo demás si hay que “dolarizarlo”.

Los repuestos de los camiones —ni hablar de los camiones en sí— vienen de afuera. Las computadoras que se usan en las oficinas del gobierno también. La tinta para imprimir las facturas —esa que nadie paga— también viene de afuera.

Ni hablar de lo que la gente consume. Si bien los sueldos no están en dólares, todo lo demás viene de afuera —la comida, las medicinas, hasta los billetes que se usan para pagar esas cosas—.

No pensar en dólares es extraerse del sentido común. Creer que en Venezuela lo que importa es el bolívar es una falacia. En un mundo globalizado, por supuesto que hay que pensar en precios internacionales.

Sin embargo, hacer eso nos llevaría a una epifanía dolorosa. Traducir los sueldos a dólares dejaría al que lo hace reducido a una depresión. Se entiende, entonces, la reticencia a querer extraerse de ese mundo globalizado. Aceptar la globalización es aceptar hasta cierto punto lo pobre que se ha vuelto nuestro país.

Esa reticencia a pensar en precios internacionales puede ser una buena evasión. Sin embargo, nos lleva al colapso económico, a cerrarnos al mundo.

Los venezolanos o creemos en el bolívar, o tenemos repuestos en los camiones de basura. No podemos tener ambas cosas.

¿Qué puede aprender Venezuela de Hart y Holmström, los nuevos Nobel de Economía?; por Juan Nagel

Este lunes, el Banco Central de Suecia otorgó el Premio Nobel en Economía a los profesores Oliver Hart y Bengt Holmström. Y la razón principal para darles este reconocimiento ha sido su extensa contribución a aquello que se conoce como “Teoría de Contratos”. No lo culpo, estimado lector, si cree que eso de la Teoría

Por Juan Nagel | 11 de octubre, 2016

H y H 2

Este lunes, el Banco Central de Suecia otorgó el Premio Nobel en Economía a los profesores Oliver Hart y Bengt Holmström. Y la razón principal para darles este reconocimiento ha sido su extensa contribución a aquello que se conoce como “Teoría de Contratos”.

No lo culpo, estimado lector, si cree que eso de la Teoría de Contratos es una cuestión para abogados. De modo que si se pregunta qué puede decir la economía acerca de los contratos pues, gracias a Hart y a Holmström, mucho.

Los contratos juegan un papel fundamental en la forma de distribuir los derechos de propiedad en una sociedad. El diseño de los incentivos dentro de los contratos determina cómo se comportan los agentes económicos. Es decir: si diseñas una buena política, pero los incentivos de los agentes que la implementan están mal encaminados, esa política se puede ir por un barranco.

De hecho, muchos de los fracasos de las políticas públicas en Venezuela tienen que ver con contratos mal diseñados y agentes económicos que responden a intereses propios y no a los de sus superiores. Por eso, he aquí algunas de las lecciones de Hart y Holmstöm y cómo aplicarlas a la realidad venezolana.

1. Quién es el dueño de qué sí importa… ¡y mucho!

A través de una serie de papers, Hart y sus coautores determinaron que la propiedad sobre los activos cambia radicalmente los incentivos que tienen los socios de preservar el valor de la empresa.

Por ejemplo: cuando una empresa compra a otra, los incentivos de los gerentes de la empresa que ha sido comprada son muy diferentes a aquellos que tenían  antes de la compra. Ahora que han sido comprados, estos gerentes tendrán menos incentivos para preservar el valor de la empresa más grande.

En Venezuela tenemos un buen ejemplo: la situación de nuestra industria petrolera demuestra cómo los venezolanos no hemos logrado aprender de la sabiduría de Hart. Es sabido que durante buena parte de la era chavista el gobierno se dedicó a expropiar empresas petroleras y conexas. Esos contratos fueron rediseñados y hubo empresas enteras que fueron tomadas. Hoy los resultados están a la vista: los trabajadores de las empresas tomadas fueron despedidos o cambiaron sus incentivos radicalmente.

Ya sea que hablemos de empresas que prestan servicios o de socios minoritarios en empresas mixtas, la desaparición de los derechos de propiedad ha resultado en incentivos perversos que motivan a los agentes involucrados a no velar por preservar el valor de la industria.

Por supuesto, esto no sería un problema si los incentivos de los nuevos dueños de todo (es decir: el Estado) estuviesen bien alineados, pero ahí es donde las teorías del profesor Holmstöm entran en juego.

2. Cuando a un empleado se le pide mucho,
se dedicará a aquello por lo que más se le recompense

A PDVSA se le exige mucho: se le pide que produzca petróleo, se le pide que explore, se le pide que mantenga, se le pide que refine, pero tambié se le pide que venda alimentos, que construya casas, que financie campañas políticas y pare usted de contar.

¿Cómo puede un gerente hacer todo esto bien? Pues la respuesta según Holmström es sencilla: no puede.

Un gerente en una situación como ésta decidirá enfocarse en aquello para lo cual la recompensa personal sea mayor. El tiempo es finito y si hay que decidir entre complacer al gobernante de turno y financiar su último capricho (lo cual le rendirá una gran recompensa personal) o invertir en el mantenimiento de un pozo (por lo cual se le premiará poco), generalmente los gerentes decidirán enfocarse en lo primero.

Aunque sería equivocado creer que los males que estamos señalando son exclusivos del gobierno.

Por ejemplo, una profesión en la cual los incentivos perversos del “multi-tasking” están presentes es en la educación. Nuestros maestros tienen que hacer muchas cosas: preocuparse por la educación de los niños, disciplinarlos, asegurarse de que lleguen bien a sus hogares e incluso últimamente preocuparse por su alimentación. En esa situación, la forma en la cual se mide su desempeño determinará la actividad a la que le dedicarán más tiempo. Es decir: si a un maestro se le premia por la cantidad de alumnos que pasan su materia, decidirá enfocarse en eso, dejando de lado las otras responsabilidades que se le exigen pero por las cuales no se le recompensa.

3. Si te importa la calidad, cuidado al privatizar.

Las teorías de Hart y Holmström incluso afectan cómo miramos las privatizaciones.

Una de las posiciones más controversiales de Hart tiene que ver con las privatizaciones. Los contratos mediante los cuales los agentes privados prestan servicios públicos son, por naturaleza, incompletos. Esto quiere decir que nunca especificarán completamente todo lo que debe hacer el privado ante cada situación que se presente. Por supuesto, el privado buscará aprovecharse lo más que pueda dentro del límite de lo establecido en el contrato, de modo que siempre tratará de disminuir costos. Así, si el contrato no está bien escrito, buscará ahorrar lo más posible en la prestación del servicio contratado.

Esto no es malo per se, pero en algunas situaciones puede serlo. Y mucho. Por ejemplo, Hart ha dicho que privatizar las cárceles no es buena idea, ya que los contratos incompletos llevarán a que el prestador privado rebaje los costos, brindando un servicio de mala calidad. Los incentivos nunca estarán bien alineados como para impedir que esto suceda, según explica Hart.

Ahora bien, el contra-factual de Hart es el de un Estado que está en capacidad de prestar un servicio público de calidad y que le responde a sus ciudadanos. A  la hora de analizar la realidad venezolana, en la que muchos servicios públicos son ineficientes porque precisamente los agentes no tienen los incentivos bien alineados, el debate entre lo público vs. lo privado se vuelve más complejo.

Sin embargo, las ideas de Hart son valiosas a la hora de diseñar los contratos que necesariamente deberán ser suscritos, una vez Venezuela salga del foso en el que está.

El trabajo de Hart y Holmström nos recuerda que el diseño de los contratos determina los resultados. Más allá de las posiciones ideológicas que se puedan tener, a la larga los agentes responden a incentivos. Y muchas veces esos incentivos están estipulados desde las propias reglas del juego.

En otras palabras: el “qué se va a hacer” no es tanto o más importante que el “cómo se va a hacer”, bien sea cómo se alinean los incentivos para que aumente la producción petrolera o a si los gerentes le dedican más horas a las labores más importantes.

Por supuesto, todas estas teorías presuponen que existe el estado de Derecho. De modo que estando en un país que ha caído en la ilegalidad más absoluta, primero hay que pensar en recomponer las reglas del juego. Sin embargo, nunca es demasiado temprano para recordar que, una vez cumplida esa labor, el diseño de contratos bien pensados será una tarea importantísima a la hora de rearmar nuestra economía.

Ojalá al hacerlo recordemos las lecciones de los galardonados del Nobel de este año.

El Internet de las cosas que pasan; por Juan Nagel

Durante un capítulo de la galardonada serie Mr. Robot, la abogado de una compañía multinacional llega a su amplio townhouse neoyorquino después de trotar. Mientras hace su rutina posterior al ejercicio, su casa se ha vuelto loca: la televisión se enciende con el volumen altísimo, el agua de su ducha sale hirviendo, los teléfonos comienzan

Por Juan Nagel | 7 de septiembre, 2016
El Internet de las cosas que pasan por Juan Cristobal Nagel

Fotograma de la segunda temporada de la serie Mr. Robot (2016)

Durante un capítulo de la galardonada serie Mr. Robot, la abogado de una compañía multinacional llega a su amplio townhouse neoyorquino después de trotar. Mientras hace su rutina posterior al ejercicio, su casa se ha vuelto loca: la televisión se enciende con el volumen altísimo, el agua de su ducha sale hirviendo, los teléfonos comienzan a sonar y sonar. No se trata de que su casa esté embrujada, sino de que su casa entera y todos sus artefactos están conectados a Internet y ha sido “hackeada” por sus enemigos.

Cada día nos acercamos más a esa nueva realidad: la del “Internet de las cosas”. Internet of things es la idea de que, en un futuro cercano, muchos de los artefactos que utilizamos día a día estarán conectados a la web. Así podremos programar la lavadora desde nuestro lugar de trabajo, regular el aire acondicionado estando de viaje o leer que nuestra nevera nos manda mensajes diciéndonos cuáles cosas hacen falta mientars el horno microondas está conectado a las redes sociales.

El “Internet de las cosas” es sólo un reflejo de la nueva realidad. Nuestra vida avanza hacia un estado en el cual nuestra relación con artefactos electrónicos hiperconectados e inteligentes toma un papel predominante.

¿Queda duda de que ese nuevo mundo ya está aquí? Si bien Venezuela se salva de esto debido a la inseguridad y a la crisis, caminar por cualquier ciudad del (“primer”) mundo permite ver gente más interesada en interactuar con sus artefactos que con la gente que les rodea. Y esta tendencia sólo se afianzará a medida que los millennials, esa generación que se crió pegada a una pantalla, envejezcan y pasen a ser el centro del mundo consumidor.

Es paradójico: mientras más conectados estamos, menos interactuamos con las demás personas. Piense en esto: ¿cuándo fue la última vez que una reunión familiar no fue interrumpida por alguna comunicación cibernética? ¿Cuántas peleas ha tenido por Twitter o WhatsApp en los últimos meses? ¿Los miembros de su familia revisan las pantallas mientras se come?

La posibilidad de restringir nuestro círculo a las personas que piensan exactamente como nosotros significa que cada vez estamos menos expuestos (y menos dispuestos) a opiniones diferentes a las nuestras. Incluso las relaciones entre personas que piensan parecido se vuelven más complicadas con la tecnología.

Cuando interactuamos con seres humanos de carne y hueso, medimos el impacto de nuestras palabras y gestos por la reacción que causan en nuestros interlocutores. La reacción de la persona que tenemos en frente –en su cara y en sus palabras– hace que nos midamos a la hora de decir lo que pensamos. Esa reacción no existe en el cibermundo, donde más que personas todo son unos y ceros. Podemos decir lo que queremos sin medir consecuencias y cualquiera que ha peleado con algún grupo de WhatsApp entiende de lo que se trata.

Todos hemos caído en esto. Hace unas semanas, tomé la decisión de dejar la página web de análisis con la que había estado asociado durante más de diez años por causa de desavenencias que derivaban de la interacción virtual. Había llegado un momento en que las relaciones se habían vuelto demasiado ariscas y el respeto natural que debe existir por las opiniones divergentes se había desvanecido. Uno podría decir que esas son “cosas que pasan”, problemas naturales en las relaciones humanas. Sin embargo, hay algo en el mundo cibernético que nos impide ser la mejor versión de nosotros mismos. Poder opinar sin consecuencia, interactuar sólo con gente que opina igual que uno, es una amenaza a nuestro tejido social.

Si a usted le preocupa este fenómeno, lo invito a hacer un simple ejercicio: la próxima vez que sienta ganas de dejar de seguir a alguien en redes sociales porque dijo algo que le ofendió, conténgase. No responda a ese mensaje ofensivo ni le conteste a esa persona que lo insultó por las redes sociales. La próxima vez que alguno de sus amigos de WhatsApp haga un comentario impertinente, muérdase la lengua (el teclado) y no le responda. En vez de interactuar con su teléfono, piense que tiene a la persona en frente y pregúntese: ¿sería capaz de decirle en su cara esto que estoy a punto de escribirle por teléfono?

Internet está cambiando la forma en la que nos relacionamos. Y si bien la tecnología es inevitable, la forma como internalizamos sus efectos no lo es.

Sólo humanizando la tecnología podremos evitar esas “cosas que pasan” y que nos alejan de los demás.

Ciencia ≠ innovación; por Juan Cristóbal Nagel

Hace unos días asistí a una charla dada por el presidente de un prestigioso instituto público de fomento a la investigación científica de un país latinoamericano. Mientras el funcionario hablaba de cómo estaba creciendo la “inversión” en ciencia e innovación (es decir, la plata que se gasta), quedó patente el hecho de que en América

Por Juan Nagel | 13 de junio, 2015

Ciencia ≠ innovación; por Juan Cristóbal Nagel 640

Hace unos días asistí a una charla dada por el presidente de un prestigioso instituto público de fomento a la investigación científica de un país latinoamericano. Mientras el funcionario hablaba de cómo estaba creciendo la “inversión” en ciencia e innovación (es decir, la plata que se gasta), quedó patente el hecho de que en América Latina nos cuesta entender que ciencia no es lo mismo que innovación.

Entender esta diferencia es importante para poder enfocar bien las políticas públicas.

Cuando un organismo público lanza un concurso de proyectos de investigación científica en filosofía, antropología, derecho, sociología, economía, o incluso medicina o ingeniería, se espera que estos fondos resulten en artículos publicados en revistas de divulgación científica, revisados por pares preferiblemente internacionales.

Esto es ciencia. Esto genera conocimiento, eleva la cultura de un país, y ayuda a formar profesionales y académicos utilizando conocimiento generado dentro del propio país. Esto ayuda a que los académicos se codeen a nivel internacional, y facilita el libre flujo de ideas que hacen avanzar a las naciones. Todo esto es bueno, y está bien que se le apoye con fondos públicos.

Esto, sin embargo, no es innovación.

Innovación tiene que ver con el desarrollo de competencias, productos, o disciplinas que tengan un valor comercial. La innovación lleva consigo la expansión de las posibilidades de producción de un país. Como consecuencia de la innovación, surgen nuevos productos, industrias diferentes, y empresas de punta.

Debiera ser obvio que no todo gasto en ciencia es innovación, y viceversa. Una innovación puede tener poco de científico, y hay mucha ciencia que tiene poco de “innovadora,” en el sentido de que no posee ningún valor mercadeable.

Los países asiáticos entienden esta disyuntiva mucho mejor que nosotros. Dos ejemplos de muchos sirven para ilustrar la diferencia.

Mucho se ha escrito del auge reciente de la India, enfocado principalmente en sectores de alta tecnología concentrados en lugares como Bangalore o Chennai. De hecho, la India podría pasar a ser la economía grande de más rápido crecimiento en el mundo, superando la tasa de crecimiento de la China.

Una pieza clave de este desarrollo ha sido la tremenda historia de los institutos de tecnología de la India. Estos institutos, regados en 16 campus a lo largo del sub-continente, se enfocan en ciencias de la ingeniería y ciencias duras, con otras habilidades relacionadas con la innovación tales como el diseño o derecho de propiedad industrial.

Estas prestigiosas instituciones son públicas, en el sentido de que su enfoque responde a una decisión de política pública enfocada la mensualidad cuesta alrededor de US$1.500 al año, el equivalente al PIB per cápita de la India. Traducido a la realidad local venezolana, es como si el pago anual fuese de BsF 600.000. (Claro, en la India a nadie se le ocurriría poner en la Constitución que estos centros de excelencia deben ser gratuitos, porque se entendería que la “gratuidad” sería el fin de su independencia financiera y el colapso del sistema como tal)

En Singapur se encuentra el Singapore Institute of Technology (SIT), un instituto público cuyo enfoque es el desarrollo de habilidades en las que Singapur crece o quisiera crecer: física, ingeniería, computación, ciencias alimenticias, ciencias de la información, y ciencias de la salud.

El objetivo principal de esta institución es el de ofrecer educación enfocada en las necesidades de la industria – de hecho, asombra que la ley que crea el SIT dice que “su principal objetivo es el de ofrecer educación de pre-grado en Singapur enfocada en la industria.”

¿La cuota anual para estudiar ahí? Desde 7.400 dólares para los estudiantes locales hasta los 33.000 para los extranjeros.

En cambio, en nuestros países estamos enfrascados en un debate en el que ciencia e innovación se mezclan, como si fueran lo mismo, y en el que se espera que ambas actividades sean financiadas con dinero público y, por consiguiente, compitan por obtener fondos.

Mientras tanto, en países como Corea del Sur o Japón, cerca del 70% de la investigación y desarrollo es realizada por el sector privado –investigación que, por su esencia, tiene un componente de innovación ya que buscan el desarrollo de nuevos productos, o eso que llamamos “el lucro”– en nuestros países el Estado es el que decide qué proyectos son los que deben ser financiados.

La innovación tiene un fin comercial, mientras que la ciencia tiene un fin intelectual. La innovación surge de la búsqueda del lucro, la ciencia de la búsqueda de la verdad. Si no entendemos bien esto, continuaremos engañándonos pensando que estamos “innovando,” cuando en el fondo estamos haciendo “ciencia.”

Cuando Venezuela vuelva a ser un país normal, tenemos que plantearnos seriamente la forma en que vamos a reconstruir la ciencia en el país, pero tomando en cuenta que también debemos enfocarnos en la innovación, y que ambas cosas no son lo mismo.

*

Una versión de este artículo fue publicada en el diario chileno El Mercurio

Nuestra cultura y el desarrollo económico; por Juan Nagel

“Eso no funciona aquí. Nuestros países tienen costumbres muy diferentes”. ¿Cuántas veces, al discutir políticas para el desarrollo económico un tanto diferentes, hemos escuchado esta frase? La creencia de que la “cultura” o los “hábitos” son determinantes en las posibilidades de desarrollo de las naciones es más común de lo que pensamos. Incluso, nosotros los

Por Juan Nagel | 31 de enero, 2015

Nuestra cultura y el desarrollo económico; por Juan Nagel 640

“Eso no funciona aquí. Nuestros países tienen costumbres muy diferentes”.

¿Cuántas veces, al discutir políticas para el desarrollo económico un tanto diferentes, hemos escuchado esta frase?

La creencia de que la “cultura” o los “hábitos” son determinantes en las posibilidades de desarrollo de las naciones es más común de lo que pensamos. Incluso, nosotros los economistas, pecamos de ese pesimismo cuando, al ver los enormes retos que enfrentan algunos países africanos o incluso nuestro propio país, concluimos que hay algunos factores culturales que van a impedir que esos países alcancen el desarrollo.

Esto no es nada nuevo en la historia de la humanidad, como bien nos recuerda el profesor de Cambridge Ha-Joon Chang en su libro Bad Samaritans: The Myth of Free Trade and the Secret History of Capitalism. En ese libro, el autor utiliza una prosa dinámica y vivaz para atacar, y en ciertos casos derrumbar, algunos mitos acerca del desarrollo económico.

Como bien nos recuerda Chang, la creencia de que la cultura impide el desarrollo no es nueva en la humanidad.

Ya en 1915, un consultor gerencial australiano visitó un país y concluyó que los ciudadanos del país en cuestión eran “una raza satisfecha, que le gusta pasarlo bien, y que no piensan que el tiempo es algo que hay que cuidar”. Los gerentes locales estuvieron de acuerdo con él, diciendo que los “hábitos de herencia cultural” de esa nación no podían ser cambiados, y que por eso las personas tendían a la holgazanería.”

La nación de la que hablaban era Japón.

Chang cita a otros autores que, alrededor de la misma época, estudiaron la cultura nipona. Adjetivos como “perezosos”, “sucios”, “salvajes”, y frases como “indiferentes al paso del tiempo”, “excesivamente emocionales”, “gente que no piensa en el futuro y que vive el día a día”, y “no deseosos en enseñarle a la gente a pensar” son utilizados.

Chang también narra cómo diversos autores describían al pueblo alemán a principios del siglo XIX. El autor cita, entre otros, a Mary Shelley, autora de la novela Frankenstein, y a autores como John Russell y Brooke Faulkner, quienes describen al pueblo alemán como “flojo”, “poco trabajador”, “incapaces de cooperar entre sí”, “deshonestos”, y “excesivamente emotivos”.

Lo que estas anécdotas sugieren es que si bien la cultura afecta las posibilidades de desarrollo, ésta no es estática. Las culturas cambian junto con los hábitos, e incluso dentro de un mismo país es difícil generalizar acerca de la cultura, olvidándonos de factores regionales.

En el fondo, es innegable que la cultura es importante para el desarrollo económico. Las actitudes hacia el trabajo, hacia la educación, y hacia el ahorro; los vínculos familiares; la asignación de roles entre los géneros, y otros aspectos indudablemente afectan la propensión a la productividad y la forma cómo las personas responden a los incentivos. El error está en pensar que estos aspectos sin rígidos e incapaces de cambiar.

Las explicaciones culturales hacia el desarrollo pasaron de moda, pero están en boga de nuevo, particularmente a la hora de analizar el Confucianismo y el Islamismo. Muchas personas alegan que Asia se está desarrollando porque los asiáticos comparten ciertos valores fundamentados en el Confucianismo —la actitud de obediencia, cooperación, frugalidad, educación, y trabajo arduo, por ejemplo— que tienden hacia el desarrollo. Ocurre algo similar con el Islam— algunas personas piensan que esa religión impide el desarrollo político “a la Occidental” de los países en los que se profesa.

Sin embargo, de acuerdo con Chang hay aspectos del Confucianismo que desincentivan al desarrollo económico. El confucianismo en su forma clásica veía con malos ojos las profesiones de negocios o ingeniería –lo más prestigioso era ser un burócrata o un soldado, mientras que las demás profesiones eran miradas con malos ojos. Por otra parte, la rígida jerarquía social confucianista impide al ascenso de las clases sociales menores como los artesanos, por lo que la innovación, la creatividad y la actividad empresarial eran miradas en menos.

Es indudable que hay una correlación entre ciertos aspectos culturales y el desarrollo económico. Por ejemplo, todos los países desarrollados valoran el trabajo duro y tienen una actitud cautelosa con respecto al ahorro.

Sin embargo, es errado inferir causalidad de una mera correlación. Es perfectamente posible que el desarrollo haya influido sobre la cultura, o que ambas vayan modificándose de la mano a medida que ciertos aspectos —¿demográficos? ¿tecnológicos?– van cambiando.

Los venezolanos estamos viviendo una debacle social y cultural sin precedentes. Al observar los malos hábitos que se ha inculcado a nuestra población, es fácil caer en la desesperanza. A pesar de ello, es bueno recordar las lecciones del pasado –los malos hábitos pueden ser remendados, las culturas se adaptan, y las sociedades mutan. ¿Hacia dónde? Es cuestión de conseguir los incentivos adecuados.

En el fondo, alegar razones culturales para decir que tal o cual política no va a funcionar en un país es pecar de pereza intelectual. Como economistas, nos formamos creyendo que la gente responde a los incentivos que enfrentan. Si bien es cierto que no cualquier incentivo funciona en cualquier contexto, prescindir de antemano de una experiencia que ha funcionado en otros contextos por meras diferencias culturales es, en el fondo, pecar de inculto.

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Una versión de este artículo apareció en el Diario El Mercurio de Chile.

Las medidas económicas y esa grosería que empieza por “p”; por Juan Nagel

Rápido, ¿qué grosería se le ocurre que comience con “p”? Si es como yo, la primera que le vino a la mente es: privatización. Por alguna razón, la privatización se ha vuelto un tema tabú en nuestra esfera pública. En vez de ser lo que es – un instrumento de política perfectamente legítimo y útil

Por Juan Nagel | 23 de enero, 2015

Las medidas económicas y esa grosería que empieza por p; por Juan Nagel 640

Rápido, ¿qué grosería se le ocurre que comience con “p”?

Si es como yo, la primera que le vino a la mente es: privatización.

Por alguna razón, la privatización se ha vuelto un tema tabú en nuestra esfera pública. En vez de ser lo que es – un instrumento de política perfectamente legítimo y útil en muchas circunstancias – la privatización se ha vuelto eso que nadie osa mencionar en público.

Esto me lo recordó el documento de propuestas económicas al gobierno que está circulando por Internet. El mismo, suscrito por sesenta colegas a quienes guardo en la más alta estima, incluye varias propuestas razonables, pero curiosamente omite la mala palabra, esa que empieza por “p.”

Cuando una familia entra en crisis financiera y no puede pagar sus cuentas, lo primero que hace es pensar en qué cosas puede vender. Cierto, también piensa en cómo pedir “fiao,” pero lo racional es considerar cómo liquidar algunos activos para sobrevivir. ¿Por qué no aplicar esta sencilla idea a nuestro quebrado sector público?

Venezuela necesita un programa razonable de privatizaciones. Ya el país no puede seguir costeando a empresas públicas ineficientes. Las pocas empresas públicas que dan utilidades no invierten lo que deben, y los que terminan sufriendo son los ciudadanos venezolanos y, por sobre todo, sus perspectivas de desarrollo futuro. La privatización es una forma rápida de acceder a recursos muy escasos, y cumple un papel fundamental en las mejoras de la productividad, único pilar de desarrollo sostenido que la ciencia económica moderna reconoce.

No hablemos ya de las tierras estatizadas ni de empresas clave como Agroisleña, cuyo evidente colapso sobrevino – oh casualidad – luego de que el Estado se la cogiera para sí. Hablemos de los múltiples bancos, medios de comunicación, hoteles, y otras empresas que han resultado ser inviables.

En Venezuela hay que privatizar las empresas de servicios petroleros. Sólo así se podrán reactivar zonas clave como la Costa Oriental del Lago, y sólo así se podrá incrementar la productividad de nuestros trabajadores.

En Venezuela hay que privatizar una parte importante de la infraestructura pública. Las autopistas, puertos, y aeropuertos que nuestro país necesita – para mejorar la calidad de vida de las personas, para llevar productos a los mercados, para importar productos que terminen en nuestros anaqueles, para desarrollar industrias claves como el turismo – no van a ser construidos por un Estado en bancarrota.

Muchos países de nuestro continente se han embarcado con éxito en este camino, pero en Venezuela la mera mención de permitir la participación privada en nuestra infraestructura causa soponcios en ciertos círculos, incluso entre los mismos economistas. Ya basta.

En Venezuela hay que privatizar a la industria petroquímica. Si bien la privatización de la industria petrolera es simplemente impensable, ¿por qué nadie promueve un sector petroquímico robusto? ¿Qué impide que el talento nacional, unido al capital nacional e internacional, se embarque en un proyecto a gran escala de manufactura de productos derivados del petróleo?

El chavismo lleva meses coqueteando con la privatización de nuestros activos petroquímicos más importantes (Citgo). El propio Hugo Chávez se asoció con Petrobras, una empresa semi-privada, para construir una refinería en Pernambuco, uno de sus múltiples proyectos faraónicos que nunca se materializó. Pero al parecer nosotros, los de este lado de la acera, somos demasiado tímidos para siquiera mencionar la idea.

Esta idea genera muchos anticuerpos, pero hay que superar ese trauma. ¿Acaso un Estado quebrado e ineficiente va a darle a la CVG los recursos que necesita? ¿Acaso el Estado ha logrado solucionar los problemas serios de agua potable, de nuestro lentísimo Internet, o de los apagones que frenan el desarrollo? Con la crisis fiscal que tenemos, ¿de dónde van a sacar Corpoelec o CANTV los recursos necesarios para invertir en una infraestructura de calidad?

El por qué la privatización es un tabú probablemente responde a los veinticinco años continuos de ataques injustos que ha recibido. Desde que se comenzó a privatizar a fines de los años 80, la idea de sacar al Estado de actividades que no le incumben ha generado virulentas acciones por parte de actores políticos, tanto del chavismo como de la oposición.

La razón principal radica en que las empresas estatales son un instrumento fácil de fomento del “pónganme-donde-hay.” Lo que más disgusta a nuestros políticos clientelares es que se les limite la capacidad de colocar a “compañeritos” o “camaradas” en lugares donde puedan disfrutar de una cómoda vida a costillas del erario público. SI bien en teoría una empresa estatal podría ser viable, nuestra praxis criolla nos indica claramente que creer eso es alimentarse de ilusiones.

Como mencioné anteriormente, las sugerencias de mis colegas son razonables, pero se quedan cortas. Pretender que un Estado carente de recursos y sin la más mínima filosofía gerencial pueda proveer de los bienes y servicios actualmente bajo su mando de forma eficiente es vivir en un mundo de fantasía.

Sin un programa de privatizaciones abierto, transparente, y libre de ideologías, no habrá un cambio sustancial en la economía venezolana. Es hora de desmitificar el tema, y comenzar a sacar a la palabra del exilio inmerecido al que se le ha enviado.

Caos en Tailandia, tablets en Corea, por Juan Nagel

Algunas personas creen que el desarrollo en el Este Asiático viene dado gracias a ese “algo” que tienen las culturas orientales, fundamentado en la mezcla de creencias confucionistas y budistas. Sin embargo, esta simplificación opaca el papel que juegan las instituciones en cada país. Una comparación entre dos naciones, Tailandia y Corea, sirve para ilustrar

Por Juan Nagel | 5 de marzo, 2014

Caos en Tailandia, tablets en Corea, por Juan Nagel 640

Algunas personas creen que el desarrollo en el Este Asiático viene dado gracias a ese “algo” que tienen las culturas orientales, fundamentado en la mezcla de creencias confucionistas y budistas. Sin embargo, esta simplificación opaca el papel que juegan las instituciones en cada país. Una comparación entre dos naciones, Tailandia y Corea, sirve para ilustrar esta distinción.

Tailandia ha tenido un crecimiento volátil en los últimos años, y está lejos de ser considerada un “tigre asiático” como algunos de sus vecinos. Tailandia es de los países menos prósperos del este asiático. Su PIB per cápita nominal en el 2013 fue de $5.800 dólares, número 92 del mundo y similar al de República Dominicana. En contraste, en Corea del Sur fue de alrededor de US$24.000, en Taiwán fue de US$ 20.700, y en Singapur fue de US$53.000.

¿Por qué Tailandia se ha quedado atrás? Las recientes protestas pueden ayudar a esclarecer el panorama.

De acuerdo con varios reportajes internacionales, el problema político de Tailandia se fundamenta en su débil democracia. El rey de ese país, Bhumibol Adulyadej, ha sido monarca por 67 años. De acuerdo a la revista Forbes, su fortuna asciende a US$30 mil millones. Pero más allá de su fortuna personal, el rey ha forjado una alianza con las Fuerzas Armadas, y a diferencia de los monarcas europeos o del Emperador de Japón, durante muchos años ha jugado un rol decisivo y activo en la vida política del país. Esto ha hecho que la democracia en Tailandia no se termine de consolidar –el país ha sufrido varios golpes militares en los últimos años.

La actual primer ministro, Yingluck Shinawatra, es la hermana de un depuesto primer ministro, Thaksin Shinawatra. Muchos tailandeses ven a Thaksin como el “trono detrás del poder” de su hermana. El depuesto primer ministro es una figura controversial –un multimillonario populista que es adorado por grandes cantidades de tailandeses pobres, pero que ambiciona ejercer un poder decisorio en la sucesión del trono del rey, aspecto que no se puede discutir en Tailandia so pena de caer en problemas legales.

En este contexto se desenvuelve la vida económica del país. Las protestas no están divorciadas del hecho de que a Tailandia se le considera un país en el que el poder judicial es manejado por el Rey y los militares. La desigualdad del ingreso es de las más altas de Asia, y la centralización de los servicios públicos esenciales en Bangkok es un problema serio. De acuerdo con el Global CompetitivenessIndex del WorldEconomicForum, Tailandia está rankeada entre los países más corruptos de Asia.

Los autores Daron Acemoglu y James Robinson, en su libro Why Nations Fail, postulan que lo que separa a las naciones exitosas de aquellas que no tienen éxito es la naturaleza de sus instituciones. Los autores dicen que los países que fracasan tienen instituciones “extractivas”, aquellas en las que el poder se concentra en una élite que extra recursos del resto de la sociedad para su propio beneficio. En cambio, los países que tienen éxito son aquellos con instituciones “inclusivas”, que permiten el libre intercambio de bienes e ideas, protegen la propiedad privada, y brindan seguridad jurídica y libertades económicas.

Tailandia pareciera ser un ejemplo claro de un país con instituciones “extractivas”. En cambio, Corea del Sur es señalado por los autores como un país con instituciones “inclusivas”. Corea del Sur ha enfatizado la educación como vehículo para la inserción en el mundo laboral, el desarrollo de la innovación, y el aumento en la productividad. Las restricciones para abrir un negocio en Corea son pocas, y la propiedad privada es respetada. El Estado juega un papel decisivo de apoyo a la industria privada y al logro del crecimiento económico. En otras palabras, Corea del Sur posee instituciones “inclusivas”, que fomentan y orientan el emprendimiento.

Venezuela pronto se embarcará en un proceso de rediseño institucional. Conviene entonces plantearse dudas acerca de las instituciones que necesariamente tendremos que construir. ¿Serán estas instituciones “extractivas” como la han sido hasta ahora? ¿O serán más bien “inclusivas? Las instituciones inclusivas generan mercados que, en palabras de los autores, “le dan la libertad a las personas para seguir las vocaciones en la vida que mejor encajan en sus talentos”, y facilitan el que los trabajadores “empiecen negocios, vayan hacia actividades donde su productividad sea mayor, y facilitan el que firmas poco eficientes sean reemplazadas por empresas eficientes.”

Las instituciones inclusivas proporcionan educación, pero no a expensas de la iniciativa privada. El modelo educativo en estos países no se basa en quitar libertades a las personas, sino en darles más libertades, en descentralizar el poder político y traspasarlo a los ciudadanos. Se podría argumentar que, gracias a las diferencias en su diseño institucional, los jóvenes de Corea del Sur se dedican a diseñar mejores tablets, mientras los jóvenes de Tailandia protestan en la calle. Así como estos países, Venezuela también deberá decidir cuales instituciones escoger para su futuro desarrollo una vez que el caos de la diatriba política llegue a su fin.

¿Cómo influye la religión en el desarrollo económico en Asia?, por Juan Nagel

¿Cómo influye la religión sobre las decisiones económicas? A principios del siglo XX, Max Weber fue el primero en postular que el Protestantismo explicaba el éxito del capitalismo a través del fomento de una cultura positiva y emprendedora frente a los riesgos. Desde entonces, los académicos han tratado de estudiar los canales a través de

Por Juan Nagel | 24 de enero, 2014

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¿Cómo influye la religión sobre las decisiones económicas? A principios del siglo XX, Max Weber fue el primero en postular que el Protestantismo explicaba el éxito del capitalismo a través del fomento de una cultura positiva y emprendedora frente a los riesgos. Desde entonces, los académicos han tratado de estudiar los canales a través de los cuales las creencias religiosas pueden influir sobre las organizaciones y los países.

Es poco lo que se sabe. Algunos dicen que la religión ayuda al desarrollo porque facilita la existencia de derechos de propiedad y sistemas de justicia eficientes. Otros, como Barro y McCleary (2003), encuentran que el desarrollo económico se correlaciona negativamente con la asistencia a los servicios religiosos, aunque su estudio presenta problemas metodológicos que aún se debaten. Autores como Hilary y Hui (2009) encuentran que en los países más religiosos las empresas tienden a estar menos expuestas a fluctuaciones de riesgo, invierten menos y crecen menos.

El mapeo de la profesión de una religión a la posesión de una actitud concreta en la vida, y de ahí hacia cierto determinismo en el ámbito de los negocios, presenta serios retos metodológicos. Esto no impide, sin embargo, que se estudie la mezcla entre religión y cultura corporativa en determinados contextos. Y uno de los más interesantes para ello se da en Corea del Sur.

Corea del Sur es un caso excepcional porque presenta una inusual mezcla de religiones y filosofías –el budismo, el confucianismo y el cristianismo son todos importantes– y a su vez una trayectoria de desarrollo con pocos paralelos en la historia reciente. Y en su libro Korea, The Impossible Country, el autor Daniel Tudor –corresponsal del The Economist– discute cómo la particular mezcla de religiones en Corea del Sur ha afectado la cultura corporativa de esa nación.

El budismo fue introducido en la península coreana en el primer milenio después de Cristo. La concepción budista de la reencarnación ha ayudado a que los coreanos tengan una creencia más fuerte que el promedio en su capacidad para vencer obstáculos y reinventarse. El autor postula que esto hace que la educación continua sea altamente valorada en la sociedad coreana, un legado quizás de la creencia budista del mejoramiento personal como forma de vencer el karma.

Si bien no es una religión per se, el confucianismo es altamente influyente sobre la cultura coreana. En el confucianismo, las relaciones personales se rigen por determinadas reglas jerárquicas. Esto hace que los empleados de las empresas valoren y respeten a los gerentes con mayor experiencia. También influye en que los jóvenes sigan las guías de sus padres en la búsqueda cada vez mayor de oportunidades educativas, lo que se ha traducido en que Corea del Sur sea el país que mejor desempeño tiene en muchas pruebas internacionales de educación.

Cerca de un cuarto de la población coreana es cristiana, en su mayoría protestantes. En las iglesias protestantes, los coreanos aprenden a sentirse parte de un colectivo y esto se traduce en una mejor filiación con su compañía. Las iglesias coreanas son muy vigorosas y los misioneros coreanos son de los más osados del mundo, una actitud que presenta grandes ventajas a la hora de hacer negocios. Además, las iglesias cristianas sirven como importantes redes de negocios y en Corea del Sur se asocia al protestantismo con el capitalismo, ambas cosas importadas de los EE.UU.

Las tres vertientes religiosas que analiza Tudor son todas ajenas a Corea del Sur, importadas de otras tierras. A esta mezcla se añade el “chamanismo” nativo, cuya principal manifestación es la creencia en los espíritus de la naturaleza. El autor postula que esta apertura a los espíritus naturales hace que los coreanos sean pragmáticos, abiertos a otras creencias y flexibles, actitudes que indudablemente ayudan en los negocios.

Es probable que no existan los determinismos entre las actitudes religiosas y el desarrollo de los países. Sin embargo, la religión indudablemente influye en la cultura de los países. La importancia de lo colectivo, la búsqueda del mejoramiento continuo, el respeto a los mayores, la lealtad hacia el empleador y la adaptabilidad pragmática son actitudes que, según el autor, caracterizan a los coreanos y su forma de hacer negocios. Éstas parecieran todas ser actitudes que merece la pena tener, vengan de donde vengan.

Modelos de planificación: ¿Nueva Zelandia, Australia o Irlanda?; por Juan Nagel

El principal sector exportador de Nueva Zelanda es el de productos lácteos. Las exportaciones de leche, mantequilla, carne y quesos de diversos orígenes representan alrededor del 22% de las exportaciones neozelandesas. ¿Pero cómo surgió la industria láctea en Nueva Zelanda? ¿Surgió gracias al mercado mismo, o existió intervencionismo estatal? En su libro The Making of New

Por Juan Nagel | 20 de enero, 2014

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El principal sector exportador de Nueva Zelanda es el de productos lácteos. Las exportaciones de leche, mantequilla, carne y quesos de diversos orígenes representan alrededor del 22% de las exportaciones neozelandesas. ¿Pero cómo surgió la industria láctea en Nueva Zelanda? ¿Surgió gracias al mercado mismo, o existió intervencionismo estatal?

En su libro The Making of New Zealand, el historiador económico G.R. Hawke explica que hubo mucho de intervencionismo estatal en la principal industria exportadora neozelandesa. Desde el siglo XIX, el gobierno neozelandés comenzó ofreciendo bonos a empresas lecheras que fuesen las primeras en establecerse siguiendo principios básicos que le permitiesen exportar. Dice Hawke que el bono “siguió la práctica de gobiernos centrales y provinciales en establecer industrias”. Esta ayuda se extendió a lo largo del siglo XX mediante el apoyo a actividades de investigación, el desarrollo de técnicas refrigerantes, la ayuda financiera mediante el fomento de instrumentos de manejo de riesgo, el desarrollo de infraestructura de acopio clave y el establecimiento de normas de control sanitario estrictas que permitiesen a la industria láctea acceder a mercados lejanos.

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La economía australiana se desarrolló en el siglo XIX en gran parte gracias al auge de la industria ovejera. Como narra Ian W. McLean en su libro Why Australia Prospered, antes de 1850 los agricultores ovejeros tenían pocos derechos de propiedad y básicamente “invadían” tierras de la Corona Británica. Sin embargo, en 1850, el gobierno británico decidió otorgarles los derechos de propiedad que solicitaban, reconociendo derechos informales existentes y por los cuales hacían lobby. En efecto, esta política les permitió el acceso al capital que les facilitó una rápida expansión. Esta política “vertical” fue determinante para que Australia se desarrollase y no tuviese un destino como el de Argentina, un país con dotaciones factoriales similares pero con una trayectoria de desarrollo diametralmente opuesta.

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A pesar de los vaivenes recientes que ha sufrido como consecuencia de una burbuja inmobiliaria, Irlanda ha transitado en los últimos años por un camino de desarrollo notable. Es de los pocos países europeos que han pasado de ser un país de ingresos medianos a ser un país de altos ingresos. De hecho, hoy en día su PIB per cápita supera el del Reino Unido, Alemania y Francia, siendo que tradicionalmente era bastante menor a los tres.

¿Cómo hizo Irlanda el salto cuantitativo de economía rezagada a “tigre celta”? En su libro Understanding Ireland’s Economic Growth, el economista irlandés Frank Barry explica que la estrategia embarcada desde los años 70 “no fue un regreso al laissez faire… sino más bien una estrategia intervencionista orientada hacia las exportaciones, en la que la inversión extranjera directa fue atraída en forma agresiva mediante ayudas a la inversión e impuestos corporativos bajos para las exportaciones”.

La promoción de las exportaciones irlandesas no se hizo de forma “horizontal,” sino que se enfocó en sectores donde existían retornos crecientes a escala. Estos fueron sectores en los que Irlanda no tenía ventajas comparativas “reveladas”, sino que eran sectores más bien pequeños, en los que no se sabía con certeza si habría ventajas comparativas como el software o el farmacéutico. Fueron estas industrias ganadoras las escogidas por el Estado, en las que se enfocó el esfuerzo de atraer inversión extranjera directa.

La inversión extranjera directa en estos sectores clave sirvió para fomentar el nacimiento de empresas irlandesas. Por ejemplo, según Barry, “un estudio reciente de aglomeración (lo que en la literatura se llama clustering) en el sector manufacturero irlandés encuentra que en las empresas de software un tercio de los empresarios había trabajado en empresas extranjeras justo antes de abrir su propia empresa, y dos tercios de ellos habían trabajado en empresas extranjeras en algún momento de su carrera”.

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La experiencia claramente sugiere que el fomento de ciertas industrias en estos países se enfocó en favorecer a los pioneros, a los primeros que se establecieron en estas industrias. Muy a pesar de los creyente del capitalismo a ultranza, los gobiernos de los tres países “escogieron ganadores”. Es decir, se avocaron a apoyar determinadas industrias clave.

Esto concuerda con lo que explica la literatura. Cuando una empresa es la primera en establecerse en una industria y tiene éxito, genera una externalidad positiva: la sociedad se beneficia al saber que el país es exitoso en esa industria. Esa información es un bien público por el cual la empresa pionera no necesariamente es compensada.

La experiencia en estos tres países sugiere que la presencia de políticas verticales, destinadas a premiar a los pioneros en estas industrias y a vencer escollos clave que impedían que surgieran, son fundamentales.

Son tres importantes lecciones para cualquier país que pretenda dar un salto al desarrollo.

La burocracia asiática que necesitamos, por Juan Nagel

Algunas personas creen que el camino del desarrollo es el socialismo. Otras personas creen que el camino es el libre mercado. Poniendo de lado las ideologías, ¿cómo se han desarrollado Japón, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y China? ¿Qué podemos aprender de ellos? Esta pregunta es de vital importancia para quienes estamos interesados en mejorar

Por Juan Nagel | 10 de diciembre, 2013
Son-Goky vs Hakuryu. Mural del artista visual Kenta Torii (Japón, 1983)

Detalle de “Son-Goky vs Hakuryu”, del artista visual Kenta Torii (Japón, 1983)

Algunas personas creen que el camino del desarrollo es el socialismo. Otras personas creen que el camino es el libre mercado. Poniendo de lado las ideologías, ¿cómo se han desarrollado Japón, Corea del Sur, Taiwán, Singapur y China? ¿Qué podemos aprender de ellos?

Esta pregunta es de vital importancia para quienes estamos interesados en mejorar la calidad de vida de las personas. La respuesta es que estos países se desarrollaron con una combinación innovadora de mercado… y de Estado. Ni la mano invisible de Adam Smith, ni la planificación centralizada de Lenin ni su pupila, Karlin Granadillo, pueden explicar ese éxito.

Una de las herramientas más efectivas que hay para desarrollar las economías es la llamada “política industrial”. Ésta consiste en que el Estado escoja industrias claves y, a través de incentivos y otra combinación de políticas que destrabe los problemas de las industrias, los países descubran los sectores en los que tienen ventajas comparativas. Si bien en América Latina se aplicó política industrial durante muchos años y con poco éxito ─Venezuela, en ese ámbito, no termina de aprender las lecciones, como nos lo recuerda Sidor todos los días─ no se puede desechar la idea del todo.

Algo funcionó en Asia. Y ese algo hay que estudiarlo.

Uno de los argumentos más potentes en contra de la intervención del Estado en la promoción de industrias particulares es la cuestión burocrática. ¿Quién decidirá cuáles industrias se benefician? ¿Cómo impedir que los intereses de los industriales capturen a los burócratas? ¿Existirán esos “angelitos” que promocionarán a las mejores industrias y no a las que den más dinero para las campañas de sus superiores?

“Sí, pero olvídate: si pones a unos burócratas a escoger las industrias que deben ser apoyadas, va a haber corrupción pareja”.

Cuando uno habla acerca de las políticas industriales, ése es uno de los primeros cuestionamientos que surgen. El debate no se centra tanto en el “qué” sino en el “cómo”. Decía un brillante colega chileno. mientras planteaba este tema en Chile recientemente, “¿Quiénes son los genios dentro del sector público chileno que van a decidir cuáles industrias reciben apoyo?” Y son resquemores válidos. Sin embargo, hay que recordar que en muchas partes se han implementado estas políticas y que en algunas han tenido éxito.

Pensando en esto, el otro día tropecé con el libro Strategic Pragmatism (1996), del profesor del MIT Edgar H. Schein. Schein estudia la cultura corporativa del Economic Development Board (EDB) de Singapur, precisamente la agencia encargada de implementar la política industrial en ese país asiático que pasó, en menos de una generación, del tercer al primer mundo.

Schein narra cómo la cultura dentro del EDB estaba enfocada en servir de “one-stop shop” para la política industrial. Es decir: servía de “solucionador” de todo tipo de problemas regulatorios. Por ejemplo, cuando la Hewlett-Packard estaba escogiendo una sede asiática para sus fábricas, decidía entre varios países: Taiwán, Hong Kong, Japón o Singapur. Los dos primeros fueron rechazados por su inestabilidad política en ese momento, mientras que Japón lo fue por los altos costos de mano de su obra. Singapur, en cambio, les dio la bienvenida. Y el EDB se encargó de establecer reglas claras.

El hecho de que el EDB trabajase directamente bajo las órdenes del Primer Ministro, Lee KuanYeuw, le daba una enorme credibilidad a sus decisiones. El oficial del EDB encargado del Proyecto HP conocía todos los detalles de la industria y servía como brazo tramitador de cualquier escollo regulatorio con los demás organismos del gobierno de la isla. El contacto entre industria y Estado era fluido, frecuente y lleno de confianza.

Schein narra una anécdota interesante: cuando se iba a inaugurar el edificio corporativo de HP, se anunció la visita de William Hewlett a la isla. Sólo unos días antes de la visita, se dieron cuenta de que el edificio aún no tenía conexión eléctrica y que instalar el transformador para que funcionaran los ascensores iba a tardar semanas. HP estuvo a punto de cancelar la visita ante la posibilidad de que Mr. Hewlett tuviese que subir seis pisos por la escalera, pero el EDB solucionó el problema: sólo por el día en que Mr. Hewlett visitó, extendieron un cable desde un edificio vecino para que el ascensor funcionara.

Esa mentalidad es la que requiere el brazo ejecutor de la política industrial.

Hay otras características que identifica Schein. La burocracia del EDB estaba íntimamente involucrada con las industrias que apoyaban. Los profesionales generalmente tenían acceso directo a los gerentes de operaciones de las empresas, permitiéndoles identificar cuellos de botella y otros problemas en los procesos productivos de forma rápida y así encontrar soluciones eficientes.

La forma organizacional del EDB era bastante plana y sus profesionales eran pocos, pero dedicados. La cultura de “solucionar problemas” implicó que muchas de esas soluciones surgieran desde abajo, desde los profesionales que estaban en contacto con las propias industrias.

Un punto importante que destaca Schein es el poco temor del EDB a los fracasos. Usando una analogía del autor, se aprende más de un accidente de avión que de cien vuelos sin incidentes. Así, el EDB no le teme al apoyo de industrias fracasadas, sino que busca aprender sus lecciones y corregir políticas. Esto requiere una estructura organizativa flexible, comunicativa y pragmática que incentive el aprendizaje a lo largo de la organización.

En resumen, la burocracia que dio resultados en Singapur era flexible y capaz de saltarse las jerarquías de las empresas que apoyaban para inmiscuirse en los detalles de sus problemáticas. Era una burocracia orientada al logro, incorruptible, capaz de resolver trámites diversos y con línea directa al líder del país. Pero, además, dispuesta a aprender de sus errores. En definitiva, una burocracia hiper-profesional.

¿Logrará Venezuela tener esa burocracia? Estamos actualmente implementando una política industrial con una burocracia mediocre y los resultados están a la vista. Pero si aprendiéramos las lecciones de Asia, quizás podamos acertar.

Suena quimérico, pero recordemos que durante los años sesenta Seúl era apenas una aldea.

Patadas en Santiago [a propósito de la violencia en la visita de Capriles a Chile], por Juan Nagel

“¡Me patearon! ¡Me tiraron al piso y me patearon!” Maritza es una venezolana de alrededor de cincuenta años que vive en Chile desde hace quince. Apenas la conocí este jueves, cuando me tocó ser uno de los organizadores del encuentro entre Henrique Capriles y los venezolanos en Chile. Un desconocido me la presentó, alarmado porque

Por Juan Nagel | 22 de julio, 2013

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“¡Me patearon! ¡Me tiraron al piso y me patearon!”

Maritza es una venezolana de alrededor de cincuenta años que vive en Chile desde hace quince. Apenas la conocí este jueves, cuando me tocó ser uno de los organizadores del encuentro entre Henrique Capriles y los venezolanos en Chile. Un desconocido me la presentó, alarmado porque había sido maltratada en la puerta por centenares de chilenos que fueron a canalizar su rabia contra el capitalismo maltratando a ancianas, hombres, mujeres y niños venezolanos cuyas únicas armas eran su ánimo y una que otra gorra tricolor.

Viendo sus ojos llorosos, su cara de angustia y su cabello lleno de los huevos que le había lanzado la turba, le pregunto consternado a Maritza si necesita ayuda médica, señalándole que tenemos una ambulancia disponible. “Ni de broma, mijo. Yo de aquí no me muevo hasta ver al flaco…”

Le ofrezco lo único que puedo: mi botella de agua mineral y un apretón de manos prolongado.

La visita de Capriles a Chile fue como pasar a un mundo bizarro. Durante días, la controversia de si Piñera lo recibiría y dónde lo recibiría ocupó importantes espacios en los diarios. Se decidió que Piñera lo vería en una cena privada, privadísima, en un lugar secreto, secretísimo, alejado del Palacio y de su residencia particular. A esto se añadió el debate acerca de si debía o no recibirlo la favorita a ganar la Presidencia, Michelle Bachelet. Sobre esto, todo el mundo opinaba.

Capriles era convertido así en un jarrón chino que los políticos chilenos no sabían dónde meter. El líder indiscutido de la oposición democrática tratado como si fuera un pobre sarnoso o una mujer de mala reputación, con la cual no convenía ser visto en público. Capriles recibió en abril del 2013 más votos que los que recibieron Bachelet y Piñera juntos en sus respectivas elecciones ganadoras, pero por alguna razón era Capriles el que veía puesta en duda su calidad democrática.

Capriles no fue recibido así por todos. De hecho, fue recibido de forma entusiasta por la mayor parte de los políticos y medios de comunicación chilenos. La Democracia Cristiana, obviamente buscando elevar su perfil como decision maker centrista luego de sacar un humillante 8% en la última primaria presidencial, lo trató a cuerpo de rey.

Sin embargo, la verdad es que la Democracia Cristiana es cada vez más irrelevante en Chile. El guabineo de los que de verdad cuentan —Piñera y Bachelet— legitimó el tratar a Capriles como un paria y no como el demócrata sensato y progresista que es. Así, prominentes miembros del círculo íntimo de Bachelet se dieron el lujo de despreciar a Capriles. El senador socialista Alejandro Navarro dijo que Capriles era “antidemocrático” (sic.) y un “golpista” que conspira contra Venezuela. La alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá, recibió a Capriles exclusivamente bajo su condición de Gobernador de Miranda, y se negó a discutir políticas nacionales con él, dejando en claro que ella estaba en desacuerdo con la postura de Capriles frente a Maduro. El toque de oro vino cuando Michelle Bachelet adujo “problemas de agenda” inexistentes para no reunirse con Capriles.

Este tratamiento abrió las puertas para que activistas comunistas organizaran una feroz protesta contra los ciudadanos venezolanos que asistieron al evento en el ex-Congreso. Vociferando las consignas del libreto de Navarro, insultaban a los compatriotas que trataban de entrar, quitándoles sus gorras, lanzando piedras y huevos, golpeándolos y pateándolos. Cuando las autoridades del ex-Congreso obligaron a cerrar las rejas porque el recinto había llegado a su máxima capacidad, quienes no pudieron entrar quedaron atrapados entre la turba y la reja, sufriendo agresiones aún más prolongadas.

Los venezolanos, tan acostumbrados a la violencia, pensarán que no hay que hacer tanta alharaca por unos golpecitos. Sin embargo, para los que hemos salido del país y nos hemos establecido en un lugar relativamente pacífico y próspero, como Chile, el nivel de odio, violencia e impunidad fue sorprendente, a tal punto que una de las asistentes lo describió en la página Facebook del evento como “la peor experiencia” de su vida.

Mientras los chilenos agredían a una minoría extranjera, la ocupadísima agenda de Michelle Bachelet seguía su rumbo. Esa noche, mientras sus compatriotas agredían a los míos, ella estaba adentro del ex-Congreso en el bautizo de un libro que seguramente pocos leerán. A escasos metros, Henrique Capriles daba un discurso electrizante a un público que sufrió vejámenes por verlo. Si no es por unos minutos más, ambos se habrían encontrado cara a cara en el pasillo del edificio.

Queda la duda de si Bachelet hubiese reaccionado ante Capriles tal como sus compatriotas al otro lado de la reja.

El problema de productividad de Venezuela, por Juan Nagel

Aun cuando gran parte del mundo desarrollado está atascado en un crecimiento lento o directamente en una recesión, hace unos días Venezuela exhibió cifras saludables de su Producto Interno Bruto (PIB). De acuerdo con el Banco Central, el PIB creció 5,6% en el primer trimestre del año, superando a Brasil, México y Colombia e igualando

Por Juan Nagel | 23 de julio, 2012

Aun cuando gran parte del mundo desarrollado está atascado en un crecimiento lento o directamente en una recesión, hace unos días Venezuela exhibió cifras saludables de su Producto Interno Bruto (PIB). De acuerdo con el Banco Central, el PIB creció 5,6% en el primer trimestre del año, superando a Brasil, México y Colombia e igualando a Chile. Algunas autoridades de gobierno citadas anónimamente en The Wall Street Journal esperan que el PIB en general aumente en 5% en 2012.

Esta es una muy buena noticia, especialmente después que el país se vio severamente afectado por la crisis económica de 2008-2009. Desafortunadamente, este aumento repentino en el crecimiento no va a durar.

Puesto que se aproximan elecciones presidenciales, el gobierno ha estado haciendo fuertes gastos. Aunque no se rinde cuenta de las grandes cantidades de egresos gracias a la contabilidad fiscal desafortunadamente oscura de Venezuela, sí sabemos que el gobierno continúa emitiendo deuda y subiendo los límites de ella a pesar de que los precios del petróleo han llegado a un alto nivel histórico. The Economist pronostica que el déficit presupuestario superará el 6,7% del PIB este año.

El gasto durante un auge petrolero puede ser una buena forma de ganar elecciones y, sin duda, ayuda a proporcionar un alza temporal en las cifras del PIB. Pero ayuda muy poco a la productividad del país.

Desde hace largo tiempo se entiende que la productividad —la que se define a grandes rasgos como el valor de los bienes y servicios que produce el trabajador promedio— es el motor principal del crecimiento sostenido. El aumento de la productividad contribuye a explicar por qué algunos países crecen más rápido que otros durante largos períodos de tiempo, y por qué algunos países son más ricos que otros.

Hay diversas formas en que aquellos a cargo de las políticas pueden tener un impacto positivo en la productividad. Por ejemplo, al aumentar el capital se eleva generalmente la productividad, por la simple razón de que el capital permite que los trabajadores añadan más valor a sus procesos de producción. En forma similar, una mejor infraestructura tiene un impacto positivo en la productividad, como lo tiene la educación, un mayor acceso a la tecnología y una burocracia simplificada para los negocios.

Una investigación que hicieron tres destacados economistas venezolanos (Leonardo Vera, José Manuel Puente, y Pável Gómez) detalla los desafíos que enfrenta Venezuela en su búsqueda por elevar la productividad. Además de los factores como la infraestructura, la educación y la tecnología, los autores citaban la creciente propensión del país hacia un tipo de cambio sobrevaluado, como también los procesos políticos del país y las prioridades (negativas) de los principales actores políticos.

Una mirada rápida a los sectores que están contribuyendo a esta reciente tanda de crecimiento indica que ésta no está basada en incrementos palpables de productividad. Las cifras del crecimiento las están dando cuatro componentes principales: la construcción pública, los servicios financieros, las comunicaciones y el comercio minorista. Todo esto está relacionado con un aumento en el gasto de gobierno. Es poco probable que estas industrias formen la base de un crecimiento futuro. La razón principal de por qué los trabajadores en estos sectores parecieran ser más productivos se debe al dinero del petróleo que anda circulando, el cual permite que empresas de telefonía móvil vendan más artículos importados y que los bancos ofrezcan más servicios. Una vez que el precio del petróleo revierta a la media, estos incrementos de productividad desaparecerán, y el PIB se estancará.

Se me vino a la memoria el desafío de productividad de Venezuela en un viaje reciente a Caracas. El avión tuvo un retraso de más de una hora porque la aerolínea tuvo problemas para conseguir un repuesto para la nave; en parte debido a los controles de divisas de Venezuela.

Una vez que aterrizamos, tuvimos que esperar una hora más por el equipaje. El tráfico vehicular en la ciudad tomó otras dos horas. En total, un viaje de una hora se convirtió en una odisea de seis horas. Mientras tanto, nuestro taxista sólo podía esperar en el aeropuerto. No podía volver a la ciudad debido al tránsito, y nosotros no podíamos tomar otro taxi debido a problemas de seguridad.

En el mundo desarrollado, el amigo taxista habría hecho varias carreras de un lado a otro desde el aeropuerto. Podría haber verificado las condiciones de tránsito y luego haber revisado a qué hora aterrizaría el avión. Pero en Venezuela, eso es casi imposible.

Las historias abundan. La gente hace cola durante horas sólo para cobrar un cheque. Conseguir las divisas para que su compañía importe materias primas esenciales demora semanas, si no meses; una mayoría de empresas tiene departamentos completos dedicados a hacer el papeleo. Durante la era Chávez, todos estos obstáculos burocráticos han empeorado.

Los venezolanos se han vuelto perceptiblemente menos productivos en los últimos 12 años. Y, sin embargo, el PIB sigue creciendo.

El secreto para el crecimiento económico en la era Chávez es simple: siéntese sobre algo que todo el mundo quiera, véndalo a un precio que esté subiendo constantemente y gaste sus ganancias en forma generosa. Esto no tiene nada que ver con ser mejor en su trabajo.

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Artículo publicado originalmente en inglés en Foreign Policy