Blog de Javier Cercas

Adam Zagajewski y la patria; por Javier Cercas

En su crónica sobre la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras a Adam Zagajewski, Xavi Ayén escribía en La Vanguardia que había sentido vergüenza al escuchar que algunos tertulianos de radio se quejaban de que el premio no hubiese recaído en Javier Marías, al parecer uno de los favoritos a recibirlo este año. “¡A ver

Por Javier Cercas | 12 de agosto, 2017
Adam Zagajewski

Adam Zagajewski

En su crónica sobre la concesión del Premio Princesa de Asturias de las Letras a Adam Zagajewski, Xavi Ayén escribía en La Vanguardia que había sentido vergüenza al escuchar que algunos tertulianos de radio se quejaban de que el premio no hubiese recaído en Javier Marías, al parecer uno de los favoritos a recibirlo este año. “¡A ver a cuántos españoles han premiado en Polonia!”, protestaba airadamente uno de esos tertulianos, según el cronista. El propósito de este artículo es sumarme a la vergüenza de Ayén, y tratar de razonarla.

De entrada: yo no dudo de que Marías merezca ese premio —ese o cualquier otro—, pero sólo alguien que no haya leído a Zagajewski puede dudar de que Zagajewski sea digno de él; el escritor polaco es, sencillamente, uno de los mayores poetas vivos. También es por cierto un prosista excepcional, como puede comprobarse leyendo los textos recogidos en Dos ciudades (en particular el que da título al libro: una pequeña obra maestra); pero sobre todo es un poeta. Supongo que no faltará quien alegue que la poesía es en rigor intraducible y que, como la mayoría de nosotros no lee a Zagajewski en polaco, no podemos apreciarlo con plenitud y por tanto premiarlo en España es poco menos que hacer un brindis al sol. El reproche no carece por completo de fundamento, pero en el fondo es de un purismo ornamental, de escaparate. Cuenta Borges que en una ocasión asistió a una abominable representación de Macbeth: la traducción era espantosa, igual que los actores; el escenario, un horror. Pero concluye: “Salí deshecho de pasión trágica”. Y concluye también: “Shakespeare se había abierto camino”. Así es: la poesía de verdad siempre se abre camino, sobre todo una poesía prosaica, alérgica a cualquier inflación retórica, como la que practica Zagajewski igual que la practicaba su maestra, la inmensa Wislawa Szymborska. Lean, si no, este poema, traducido con sobria excelencia por Xavier Farré, titulado Busca y dedicado a uno de los grandes temas de Zagajewski, el desarraigo: “Volví a la ciudad / donde fui niño / y adolescente y un viejo de treinta años. / La ciudad me recibió con indiferencia, /los megáfonos de sus calles murmuraban: / ¿no ves que el fuego todavía arde?, / ¿no oyes el estrépito de las llamas? / Vete. / Busca en otro lugar. /Busca. /Busca la verdadera patria”. Dicho esto, volvamos al núcleo del problema: ¿es justo que un premio español distinga a un autor extranjero, sobre todo habiendo buenos autores españoles a quienes premiar? La duda ofende: la grandeza de una cultura se mide no sólo por su capacidad para fomentar y reconocer el talento propio, sino también —o quizá sobre todo— por su capacidad para reconocer el talento ajeno, para darle cobijo, para ofrecerle si hace falta una patria como la que busca Zagajewski en su poema. Eso es lo que, pese a todo, sigue haciendo grande a Francia: esa acogedora generosidad para celebrar el talento, venga de donde venga, y para asimilarlo hasta volverlo francés; y eso es lo que hace grandes a otras culturas. En su citada crónica, Ayén recordaba un dato esclarecedor: desde 1981, el Princesa de Asturias ha distinguido a 16 autores españoles, mientras que en el mismo periodo sólo un autor sueco ha obtenido el Nobel. Javier Marías ha sido galardonado en Francia, Italia, Irlanda, Alemania, Chile y quizá algún otro país. Y mi penúltima novela —perdonen que hable de mí: es lo que más cerca me pilla, como decía Unamuno— tuvo la fortuna de obtener seis premios, sólo uno de ellos español: los demás eran chinos, italianos y de alcance europeo. En España, en cambio, apenas existen reconocimientos a creadores foráneos, y el Premio Cervantes, que en teoría es el más importante de nuestra lengua, está regido por una bochornosa norma no escrita según la cual un año se concede a un autor español y otro a uno latino­americano, como si viviéramos en época del Imperio o como si España no fuera una simple nación y Latino­américa un inmenso continente. Es una mezquindad.

En resumen, el Premio Princesa de Asturias de las Letras no ha premiado este año a Zagajewski, sino que se ha premiado a sí mismo. Es decir: nos ha premiado a todos.

El roce del ángel de la historia; por Javier Cercas

Bashkim Shehu pasó ocho años en las cárceles de Albania. Hoy vive en Barcelona y escribe como forma de volver la cara hacia el pasado.

Por Javier Cercas | 24 de julio, 2017
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Angelus Novus (1920), de Paul Klee

Hay un cuadro de Paul Klee que se titula Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo sobre lo cual ha clavado la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta, las alas desplegadas. A algo así debe de parecerse el ángel de la historia. Su cara está vuelta hacia el pasado. Donde nosotros vemos una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe, que amontona ruina sobre ruina arrojándola a sus pies. Él bien quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero entretanto sopla desde el paraíso un huracán que se enreda en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. El huracán lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo. Esta tempestad es eso que llamamos progreso.

Lo anterior no lo escribí yo; lo escribió Walter Benjamin poco antes de suicidarse en Portbou, en la frontera francesa, adonde había llegado en septiembre de 1940, fugitivo de los nazis, con la esperanza de cruzar la Península y huir por Lisboa a EE UU. El fragmento de Benjamin, tan enigmático como otros del pensador alemán, ha sido objeto de interpretaciones contrapuestas; en torno a él (y al propio suicidio de Benjamin) gira Angelus Novus, la última novela de Bashkim Shehu traducida al castellano. Shehu sabe mucho de las ruinas que deja el huracán de la historia. Su padre, Mehmet Shehu, es una figura central de la Albania del siglo XX: baste decir que entre 1954 y 1981 fue el segundo hombre más poderoso de Albania y la mano derecha de Enver Hoxha, que hizo de ese país la dictadura más implacable y hermética del bloque socialista. Hasta que en otoño de 1981 se desató el huracán. Tras aceptar que uno de sus hijos se hiciera novio de una chica con familiares disidentes en el exilio, Shehu fue acorralado por la paranoia del régimen y empujado al suicidio antes de ser denunciado como traidor y enemigo del país, de que su mujer fuera condenada a 25 años de cárcel, su consuegro a 8, uno de sus hermanos a 12 y el otro se suicidase; en cuanto a sus hijos, el mayor también se suicidó, el mediano fue condenado a 15 años y el menor, Bashkim, a 18. Veintiséis años tenía Bashkim cuando sobrevino este apocalipsis, que ha contado en El otoño del miedo; esa experiencia se halla también en el origen de Angelus Novus. Aquí, un narrador que se identifica con Shehu cuenta su relación con un compañero del penal de Burrel llamado Mark Gjoka o Mark Shpendi; éste, que no ha gozado de los privilegios de hijo de jerarca del régimen de los que ha gozado Shehu y se ha pasado la vida intentando huir de su país y circular por “la gran autopista del mundo”, es un tipo excepcional, de una inteligencia y una memoria excepcionales, hasta el punto de que, en aquella cárcel “donde los delirios y los sueños se intercambian”, el narrador lo identifica con un avatar frustrado de Walter Benjamin. Por ahí la novela se convierte en una reflexión sobre el poder destructor del individuo que poseía el Gulag albanés y en una sutilísima descripción del “tejido orgánico de locura” que constituía aquel régimen de pesadilla; pero, además de reflexión y descripción, la novela es también exorcismo, o lo parece: una vez abolido el régimen, salen de la cárcel Shehu y su compañero, pero éste no se lanza a recorrer las grandes autopistas del mundo, sino a conjurar su vocación de suicida encerrándose a reflexionar sobre el suicidio de Benjamin, y es imposible apartar la sospecha de que, para el narrador, contar la historia de ese suicidio frustrado es su forma de conjurar su propio suicidio.

Bashkim Shehu pasó ocho años en las cárceles de Albania, hasta que salió en 1991, con el fin de la dictadura. En 1997 recaló en Barcelona, donde vive desde entonces con su mujer y sus dos hijas, escribiendo, que es una forma de volver la cara hacia el pasado para intentar despertar a los muertos y recomponer lo despedazado por el huracán del progreso. A veces, cuando se leen sus libros, igual que cuando se habla con él, uno siente un escalofrío, como si acabara de rozarle el ángel de la historia.

Viajantes de sí mismos; por Javier Cercas

Escribo este artículo en un hotel de Ciudad de México, adonde he venido a promocionar mi última novela. Es lo que hacemos los escritores actuales después de publicar cada nuevo libro: viajar durante meses para dar a conocer a nuestro recién nacido, convertidos en viajantes de nosotros mismos, tratando de desempeñar con la mayor dignidad

Por Javier Cercas | 17 de junio, 2017

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Escribo este artículo en un hotel de Ciudad de México, adonde he venido a promocionar mi última novela. Es lo que hacemos los escritores actuales después de publicar cada nuevo libro: viajar durante meses para dar a conocer a nuestro recién nacido, convertidos en viajantes de nosotros mismos, tratando de desempeñar con la mayor dignidad posible el “grotesco papelón de literato”, por decirlo como Sánchez Ferlosio. Eso, claro está, si tenemos suerte y conseguimos cazar algunos lectores aquí y allá y llegamos a vivir de lo que escribimos. Si no tenemos suerte, nada: a pasar hambre y a que nos lea nuestra madre (¡un beso, mamá!). Sólo si tenemos muchísima suerte podemos ahorrarnos papelones y pluriempleos, pero para eso hay que ser García Márquez, y ya de viejo, cuando solía decir que, por mucho dinero que gane, un escritor siempre es “un pobre con plata”. En resumen: el auténtico éxito consiste para un escritor de hoy en no tener necesidad de promocionar sus libros ni de dedicar un minuto de tiempo a hablar de ellos, sino sólo a su verdadero oficio, que se reduce a leer, escribir y pensar en las musarañas.

No me malinterpreten. No digo que, aparte de indispensable para la vida pública de los libros, su promoción sea sólo nociva para quienes los escribimos: al fin y al cabo, en ese tiempo viajamos gratis, comemos y bebemos gratis y solemos hablar sin que nadie nos interrumpa, tres privilegios nada desdeñables; a veces, incluso, lo que decimos o escuchamos puede resultarnos útil, abrirnos vías inéditas de trabajo o resolvernos problemas prácticos. Esto, seamos justos, también ocurre. Pero lo normal es que uno sienta con razón que lo que está es perdiendo el tiempo; más aún: a veces siente que, por su culpa, por su culpa, por su grandísima culpa, está perjudicando al hijo recién salido de sus entrañas a quien trata de dar a conocer. Pongo un ejemplo de esta paradoja perversa. Al hablar de su propia obra, todo escritor está proponiendo, de forma consciente o inconsciente, una interpretación de ella; esa interpretación puede ser honesta o deshonesta, buena, mala o regular, pero el caso es que inevitablemente coarta la libertad interpretativa del lector, que es quien completa el libro (sin lector no hay literatura: la mitad de los libros la ponemos los escritores; la otra mitad, los lectores). Esto puede tener consecuencias nefastas. En época de Cervantes, los escritores, mentira parece, no concedían entrevistas, pero eso no significa que no promocionasen sus libros, sin ir más lejos en los prólogos de sus libros. Y en el prólogo del Quijote, Cervantes afirma famosamente que su libro es “todo él una invectiva contra los libros de caballerías”. Nunca sabremos con certeza por qué Cervantes puso esa frase en el frontispicio de su novela —tal vez intentaba proteger a su vástago de críticas que de todos modos sufrió—, pero lo cierto es que la advertencia ha gozado de un éxito duradero, entre otros motivos porque la generosidad equivocada de los lectores nos entrega a los autores el monopolio de la interpretación de nuestras obras. Tampoco digo que, confrontada con la novela, la afirmación de Cervantes sea falsa; sí, que es insuficiente, porque comporta un empobrecimiento del sentido profundo del libro: tanto como decir que don Quijote es sólo un personaje ri­dículo —y no también heroico—, o que el Quijote contiene sólo una ridiculización del heroísmo —y no también su exaltación—. Y desde luego no digo que la frase de Cervantes fuera la única responsable de que el mundo tardase siglo y medio en empezar a entender de verdad su obra maestra; lo único que digo es que, creyendo favorecer con ella la lectura del Quijote, Cervantes contribuyó a propagar una interpretación reduccionista de él.

Es lo que solemos hacer los escritores cuando hablamos de nuestros libros. No siempre, pero sí a menudo; en todo caso, se trata de un peligro real. Por eso lo mejor que pueden hacer los lectores es no tomarse demasiado en serio lo que los escritores decimos de nuestros libros, y lo mejor que podemos hacer los escritores es hablar lo menos posible de ellos y dedicar todo nuestro tiempo a escribirlos.

Los caballeros, el decano y las humanidades; por Javier Cercas

La enseñanza de las humanidades es fundamental porque la democracia consiste en conseguir para la plebe los privilegios reservados a la élite.

Por Javier Cercas | 26 de febrero, 2017
Monumento a Cervantes (1929), en la Plaza de España, Madrid.

Monumento a Cervantes (1929). Plaza de España, Madrid.

A veces he preguntado por qué resulta tan difícil en España el debate de ideas —la discusión pública, educada y razonada—, y casi siempre me he contestado que por nuestra suntuosa tradición de intolerancia, responsable de que casi siempre la discrepancia intelectual se confunda con la agresión personal y de que, en consecuencia, para nosotros el auténtico debate intelectual consista en arrearle un sartenazo al discrepante o, en su defecto, en cortarle los testículos: todo lo demás es cosa de nenazas. Últimamente, sin embargo, me digo que quizá haya una explicación complementaria. Desde principios del siglo XVII, justo cuando la intolerancia empieza a asfixiarnos, somos un país de pobres, y el resultado de esta desgracia es que España, que había sido un país de caballeros, se convierte en un país de pícaros. Ahora bien, el pícaro ni puede ni quiere debatir sobre ideas: a él no le interesa la verdad o la falsedad, la justicia o la injusticia; lo único que le interesa es la propia supervivencia: al pícaro, colocar la verdad o la justicia por encima de su beneficio personal le parece ridículo. Esto explica que Don Quijote fuera un loco de remate, objeto de pitorreo general: es el último caballero español. Desde entonces domina en España la moral del pícaro, y la prueba es que quien triunfa en la literatura española no es el talante caballeresco de Cervantes, sino el picaresco de Quevedo; desde entonces todos o casi todos —y sobre todo los supuestos caballeros— somos unos pícaros redomados; desde entonces aquí no se debate ni se discrepa, al menos en público: se arrean sartenazos o se cortan testículos, y se sale corriendo con el botín. Todo lo demás es cosa de nenazas.

Pero por una vez, y sin que sirva de precedente, hagamos como si fuésemos caballeros. Hace un tiempo se publicó en este periódico un artículo titulado Cómo no defender las humanidades; lo firmaba Jesús Zamora Bonilla, decano de Filosofía de la UNED, y en él se trataban de desenmascarar algunas formas equivocadas de abogar por la enseñanza de las humanidades en esta época de desprestigio de las humanidades. El propósito es loable, y algunos de los argumentos del decano son acertados; los dos fundamentales, en cambio, me parecen erróneos. El primero afirma que hay que desechar la idea de que las humanidades contribuyen “a nuestra realización como personas”, porque en realidad no son más que una suerte de entretenimiento superior que no hace que quienes lo cultivan sean “ni un poquitín menos imbéciles” que quienes no lo cultivan. Pero si las humanidades son sólo un pasatiempo, me pregunto, si, aparte de para entretener, no sirven para llevar una vida más rica, más compleja y más intensa, ¿para qué demonios necesitamos las humanidades? Por lo demás, no sé si leer a Cervantes, a Dostoievski y a Kafka ha contribuido a mi realización como persona, pero estoy absolutamente seguro de que ha hecho que yo sea muchísimo menos tonto de lo que soy, y mi vida, mucho menos pobre, pálida y plana. El segundo argumento del decano sostiene que la formación humanística no es fundamental en una democracia, y se pregunta cómo podría serlo algo que históricamente ha sido “más bien un instrumento para la diferenciación social de las élites económicas (…), un privilegio de caballeros y una garantía de que esos mismos caballeros iban a ser los que tuvieran la sartén por el mango”. La respuesta al interrogante salta a la vista: esa formación es fundamental porque la democracia consiste precisamente en dotar a todos de los derechos que antes eran sólo de unos pocos, en conseguir para la plebe los privilegios reservados a la élite, en hacer amos de los esclavos y ciudadanos de los súbditos; en definitiva: consiste en convertir a los pícaros en caballeros capaces de coger la sartén por el mango y de ocuparse de debatir con libertad sobre todo y no sólo de su mera supervivencia.

Es verdad: hay malas razones para defender las humanidades; pero no son las que señala el decano Zamora Bonilla. Éste anuncia otro artículo donde, dice, olvidará las malas razones y explicará las buenas. Estaremos atentos: las necesitamos con urgencia.

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DFW; por Javier Cercas

David Foster Wallace fue tal vez el escritor más talentoso de mi generación. Su genio resulta más visible en sus crónicas y ensayos.

Por Javier Cercas | 1 de enero, 2017

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HAY ESCRITORES que importan más por lo que vislumbran o prefiguran que por lo que escriben. También hay escritores que, casi siempre a causa de una muerte trágica y prematura, se erigen en iconos de un tiempo, en sujetos de una leyenda y objetos de un culto acrítico que a menudo provoca en el lector resabiado la sospecha natural de que, como escritores, son puros bluff. Ambas descripciones se ajustan con exactitud al destino de David Foster Wallace; salvo que DFW fue cualquier cosa menos un bluff.

La editorial Random House vuelve a publicar La broma infinita, la novela emblemática de DFW, y la más extensa: 1.200 páginas. La leí hace 20 años, cuando se publicó por vez primera, pero en todo este tiempo he pensado que la leí mal, porque los comentarios que de ella me llegaban no respondían a mi recuerdo; ahora que he vuelto a leerla he comprendido que eran los comentaristas los que apenas habían leído la novela. Suele ocurrir con libros tan exigentes: si uno se concede el privilegio de leer los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido hasta llegar al último, que quizá es el mejor, puede terminar con la sospecha razonable de que la mayor parte de los que hablan de esa novela única lo hacen casi sin haberla leído. El tema de La broma infinita es la adicción; es decir: nuestro anhelo infinito de esclavitud. DFW sentía que esa tara definía la Norteamérica actual, una sociedad tiranizada por la frivolidad de los medios y la industria del entretenimiento, y rendida al imperativo de la satisfacción inmediata; puede ser, pero es más probable que el pánico a la libertad sea una flaqueza inherente al ser humano.

Me pregunto si alguien lo ha dicho mejor que Dostoievski, un escritor al que DFW admiraba por encima de todos: “No hay para el hombre preocupación más constante que la de buscar cuanto antes, siendo libre, ante quién inclinarse”. En La broma infinita, el símbolo de esta sed de servidumbre es una película, titulada La broma infinita, que anula la voluntad de sus espectadores, quienes en cuanto la ven ya sólo quieren dedicar su vida a verla: esa película ausente, de cuyo contenido casi no sabemos nada, es el punto ciego de la novela, la oscuridad central que la ilumina por entero y la dota de todo su sentido. Borges le reprochó al Ulises su proceder acumulativo: su incapacidad para seleccionar lo relevante y descartar lo superfluo; dirigida a la obra de Joyce, la objeción me parece injusta, pero no dirigida a la de DFW. Ésta contiene fragmentos deslumbrantes, pero es víctima de uno de los peores peligros que acechan a un escritor —la facilidad— y de una de las más dañinas supersticiones americanas —la de la Gran Novela: la de la Novela Grande—; así que es difícil no darle la razón a Michiko Kakutani, quien comparó La broma infinita con las esculturas inacabadas de Miguel Ángel: la obra de un genio, aunque no sea una obra genial. En realidad, el genio de DFW resulta más visible en sus crónicas y ensayos. Es ahí donde DFW, que fue un escritor encarnizadamente posmoderno, libra un combate titánico y desesperado contra la ironía cínica, sarcástica y nihilista del posmodernismo, lo que le condujo a abogar por una especie de literatura pedagógica. Nunca la practicó, por fortuna —era demasiado buen escritor para hacerlo—, pero esa lucha agónica le convirtió en heraldo de una literatura nueva, que nunca llegó a ver.

DFW nació en 1962 en Nueva York, pero gran parte de su vida transcurrió en Urbana, Illinois, donde residían sus padres. Allí viví yo dos años a fines de los ochenta, mientras DFW peleaba contra una depresión protegido por el “Fondo Mr. y Mrs. Wallace para Niños Desnortados”, como lo llamaba el escritor. Por eso he pensado a veces que no es imposible que alguna noche de entonces, en alguna casa de aquella pequeña ciudad universitaria donde todos los veinteañeros nos conocíamos y todos asistíamos a todas las fiestas y todos hablábamos con todos, me cruzase con DFW y conversásemos con una cerveza en la mano. Quién sabe. Era tal vez el escritor más talentoso de mi generación, y el 12 de septiembre de 2008 se ahorcó en el patio de su casa de Claremont, California.

La leyenda del último traje de Antonio Machado; por Javier Cercas

Cómo es posible que la guerra terminara hace casi 80 años y todavía tengamos que contener las lágrimas ante la tumba de Antonio Machado. Eso es lo que me pregunto en silencio cada vez que voy con mi familia al cementerio en que descansa el poeta, en Colliure, el pueblito francés situado a pocos kilómetros

Por Javier Cercas | 5 de octubre, 2016
La leyenda del ultimo traje de Antonio Machado; por Javier Cercas 640

Tumba de Antonio Machado en Collioure, al sur de Francia. Fotografía de la Fundación Antonio Machado.

Cómo es posible que la guerra terminara hace casi 80 años y todavía tengamos que contener las lágrimas ante la tumba de Antonio Machado. Eso es lo que me pregunto en silencio cada vez que voy con mi familia al cementerio en que descansa el poeta, en Colliure, el pueblito francés situado a pocos kilómetros de la frontera española donde, huyendo de la victoria franquista, Machado encontró refugio y murió justo antes del fin de la guerra. La tumba se halla a la entrada del cementerio y está siempre cubierta de los ramos de flores de sus visitantes; yo nunca le llevo nada. Aunque cada año, ante ella, me acuerdo de un poema de Machado; este verano fue ese que empieza “Yo voy soñando caminos / de la tarde” y que luego sigue: “En el corazón tenía / la espina de una pasión. / Logré arrancármela un día: / ya no siento el corazón”. Cuando acabo de decirlo, alguien pregunta si eso significa que no hay vida sin dolor y que, si te quitas el dolor, te quitas la vida. “Puede ser”, contesto. Otro pregunta –esto siempre lo pregunta alguien: no falla– cuándo va a volver Machado a España, o si no debería haber vuelto ya. “No lo sé”, contesto. “De momento está bien donde está”. Muñoz Molina ha escrito que el barranco de Víznar, el lugar donde asesinaron a Lorca, es nuestro Poets’ Corner, el majestuoso lugar de Westminster donde los ingleses entierran a sus grandes escritores; nada que objetar, salvo que, si falla Víznar, aquí está Colliure.

Al salir del cementerio me adentro en el callejón Antonio Machado y veo al pasar junto a un patio una pareja de ancianos. Pocos metros más allá desemboco en el hotel donde el poeta se alojó durante sus últimas semanas de vida, con su hermano José y su madre, que está enterrada con él. El hotel es un viejo caserón de tres plantas, con balaustradas y escalinatas de piedra; en tiempos de Machado se llamaba Bougnol Quintana; yo siempre lo he visto cerrado. Nos quedamos mirando la fachada y, cuando llevamos un rato frente a ella, pido a mi familia que me espere y vuelvo con los dos ancianos, que se acercan a mí en cuanto me ven a la entrada de su patio. Son ingleses, se llaman Weaver, parecen encantados de atenderme. En inglés, les pregunto si llevan muchos años viviendo allí; me contestan que no viven allí, pero que pasan allí los veranos desde finales de los años ochenta. Les pregunto si han oído hablar de Machado. “Claro”, me contestan y, cuando les digo de dónde soy, me preguntan: “¿Es verdad que es el Shakespeare español?”. “No”, contesto; me oigo añadir: “Pero es el mejor poeta español moderno”. Luego les pregunto si viene mucha gente a ver su tumba. “Mucha”, asienten. Me cuentan que al principio Machado y su madre estaban enterrados en una tumba humildísima y luego los cambiaron a la actual, que el hotel lleva 25 años vacío, que el Ayuntamiento intentó comprarlo sin éxito. Después les pregunto si han oído contar historias del paso de Machado por Colliure. “Alguna”, reconoce el señor Weaver. Y me cuenta lo siguiente. Al parecer, los habituales del hotel estaban muy intrigados porque nunca veían comer juntos a los hermanos Machado, y algunos atribuyeron esa rareza a una inquina provocada por las amarguras del exilio; hasta que un día descubrieron la verdad: los hermanos no tenían más que un traje, y se lo turnaban para bajar al comedor. “Es sólo una leyenda”, sonríe el señor Weaver. “Quizá no sea verdad”.

Me despido de los Weaver y me reúno con mi familia, que me somete a un interrogatorio sobre mi entrevista a los dos ancianos y, mientras caminamos hacia el coche para volver a casa y divago sin responder, me pregunto si voy a ser capaz de contarles la leyenda del último traje de Machado, si acertaré a explicar sin que me tiemble la voz que hay hombres que no aceptan perder la dignidad ni en la peor de las derrotas, y me digo que sólo nos habremos arrancado la última espina de la pasión de Machado cuando ya nadie tenga que contener las lágrimas en Colliure por su culpa, que entonces él también podrá por fin volver a casa y que, aunque quizá ya no nos quede corazón, ese día la guerra habrá terminado de verdad. “Mejor os lo cuento en un artículo”, respondo.

Populismo bueno; por Javier Cercas

En su último libro, Who Rules the World?, Noam Chomsky afirma que para la Administración norteamericana su terrorismo, “aunque sea terrorismo, es benigno”, mientras que el terrorismo ajeno es maligno. El libro de Chomsky, uno de los referentes de Podemos, constituye una denuncia de la inconsistencia y la hipocresía que rigen la política exterior estadounidense,

Por Javier Cercas | 29 de septiembre, 2016
Populismo bueno por Javier Cercas 640

Echo: Number 25 (1951) de Jackson Pollock

En su último libro, Who Rules the World?, Noam Chomsky afirma que para la Administración norteamericana su terrorismo, “aunque sea terrorismo, es benigno”, mientras que el terrorismo ajeno es maligno. El libro de Chomsky, uno de los referentes de Podemos, constituye una denuncia de la inconsistencia y la hipocresía que rigen la política exterior estadounidense, pero lo cierto es que también los ideólogos de Podemos parecen pensar que existe un populismo malo y otro bueno. No sé si esta creencia es hipócrita; me parece inconsistente, equivocada.

El populismo es un concepto difuso. Tradicionalmente designaba una ideología caracterizada por la hostilidad a las élites y la devoción al pueblo: según ella, lo que define a las élites es, además de sus privilegios, su egoísmo, su carácter corrupto y su desprecio de la gente común, mientras que lo que define al pueblo es su condición de víctima de las élites y su naturaleza virtuosa; el populismo tradicional también se caracterizaba por su rechazo de la división entre izquierda y derecha, su desconfianza del pluralismo político y su fe en un caudillo capaz de encarnar por sí solo al pueblo y expresar sus deseos. Todos estos rasgos, típicos de los fascismos, han sido lógicamente vistos con desconfianza por la izquierda democrática. En los últimos años, sin embargo, algunos pensadores de izquierda los han reivindicado; es el caso de Ernesto Laclau, inspirador ideológico del principal teórico de Podemos: Íñigo Errejón. Según Laclau, el populismo es una ideología hueca, sin contenido, pero ahí reside su principal virtud, porque en determinado momento es capaz de alojar toda la frustración y la justa rabia de los oprimidos contra unas instituciones democráticas insuficientes, incapaces de dar respuesta a las demandas de la gente común. Ese momento es el momento populista, como lo llama Chantal Mouffe, y los populistas deben aprovecharlo para provocar el cambio social con el carburante de la frustración y la rabia y las insuficiencias democráticas. Es lo que ha intentado Podemos. Ahora bien, como los propios populistas reconocen, ese carburante sirve lo mismo para impulsar a Trump o a Le Pen que a Podemos: la única diferencia es que, según Podemos, su populismo es benigno mientras que el de Trump o Le Pen es maligno. Ahí radica la equivocación o la inconsistencia, si no la hipocresía. Dejemos de lado ahora la desconfianza de la democracia que el populismo moderno ha heredado, igual que su querencia por el carisma de los hombres fuertes (como Trump o Le Pen, Iglesias es menos un político que un caudillo, y es mil veces preferible el peor político que el mejor caudillo, porque el político está hecho para la paz y el caudillo para la guerra); la pregunta es: ¿cómo sabemos que el populismo de Podemos es bueno y el de Trump no? ¿Sólo porque Trump es de derechas y Podemos no? Pero, ¿no habíamos quedado en que ya no existen la derecha ni la izquierda sino sólo los de arriba y los de abajo? Y sobre todo: ¿basta cambiar a los de arriba por los de abajo o a la élite por la gente común para que desaparezca la corrupción y un país sea más justo y más próspero? Dado que nadie con dos dedos de frente se cree la pamema de que el pueblo es esencialmente virtuoso, ¿no ocurrirá más pronto que tarde que, convertidos en la nueva élite, los de abajo se vuelvan tan egoístas, corruptos y privilegiados como los de arriba, la nueva casta como la vieja? ¿Qué habremos arreglado, entonces? ¿No será que, como decía la vieja izquierda, lo que hay que cambiar no son las personas sino el sistema?

No: igual que no hay terrorismo bueno y terrorismo malo, no hay populismo bueno y populismo malo. Igual que todo terrorismo es malo porque apela a la violencia, todo populismo es malo porque apela a la frustración y la rabia (aunque sean justas, o precisamente porque lo son); también porque apela al pueblo, que es una abstracción de trilero, y no a los ciudadanos, que son realidades tangibles, sujetos de derechos y deberes, hombres y mujeres responsables de su destino. A ellos apelaba la vieja izquierda; a ellos, creo yo, debería seguir apelando la nueva.

La peor especie; por Javier Cercas

Lo bueno de no leer es que, digas lo que digas, casi siempre te parece que lo que dices es muy original. Lo malo de leer es que, digas lo que digas, en cuanto te descuides acabas descubriendo que incluso las cosas que te parecen más originales ya se habían dicho mucho antes de que

Por Javier Cercas | 18 de septiembre, 2016
La peor especie; por Javier Cerca 640

A Logician Devil (1951) de Salvador Dalí

Lo bueno de no leer es que, digas lo que digas, casi siempre te parece que lo que dices es muy original. Lo malo de leer es que, digas lo que digas, en cuanto te descuides acabas descubriendo que incluso las cosas que te parecen más originales ya se habían dicho mucho antes de que tú las dijeses. Conclusión: si quieres seguir sintiéndote muy inteligente, no leas, amigo lector, no leas.

Hace unas semanas publiqué en esta columna un artículo titulado La barbarie de la literalidad, donde anuncié la invasión del mundo por una nueva especie: los tontos cultos; pues bien, hace 90 años Ortega escribió un texto titulado La barbarie del ‘especialismo’, donde anunció la invasión del mundo por una nueva especie: los sabios ignorantes. No es lo mismo, de acuerdo, pero se parece. Para Ortega, el sabio ignorante era el especialista, es decir, el hombre que sabe muy bien su mínimo rincón del universo, pero ignora de raíz todo el resto, lo que lo convierte en un sabio superficial y un ignorante profundo, incapaz de dotar de un sentido genérico a su ínfima parcela de conocimiento; también lo convierte en el prototipo del hombre-masa, uno de los conceptos más divulgados y peor entendidos de Ortega, porque no se refiere a una clase social sino a una clase de hombre caracterizado por la falta de humildad intelectual y por la incapacidad para escuchar y para someterse a instancias superiores: el sabio ignorante se comporta en todas las cuestiones que ignora “no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”. Hace un año pasé seis semanas felices en Oxford, dictando un ciclo de conferencias. Dos cosas me llamaron la atención: la primera es que a mis rollos literarios asistían todo tipo de gentes, incluidos filósofos, historiadores, antropólogos o politólogos, lo que resulta casi impensable en la universidad española; la segunda es que el La barbarie de la literalidad; por Javier Cercas 320X60propio diseño de la universidad es una declaración de principios contra la barbarie del “especialismo”: la prueba es que no está organizada por departamentos o facultades –es decir, por especialidades–, sino por colleges donde conviven expertos en todas las materias y donde uno desayuna con un biólogo, come con un latinista y cena con un matemático. Nadie está diciendo que no haya que especializarse; lo que digo es que no basta con saber mucho de una cosa: hay que saber mucho de una cosa y un poco de muchas, porque sólo en el contexto de éstas tiene un sentido aquélla. Por lo demás, para Ortega el sabio ignorante estaba confinado al ámbito de la ciencia; hoy, en cambio, los tontos cultos están por doquier, empezando por las llamadas ciencias sociales y humanas. De hecho, la misma denominación delata la tontería culta, porque uno de los síntomas inequívocos de ésta son las pretensiones de cientificidad; la expresión ciencias sociales (no digamos humanas) contiene casi un oxímoron: sólo en un sentido lato o metafórico se puede hablar de ciencia cuando se trata de la sociedad (no digamos de los hombres) y casi nada tiene de científico el estudio de los fenómenos sociales (no digamos humanos). La política, por ejemplo. Ninguna peluquera tiene un juicio más certero sobre física o matemáticas que el más humilde físico o matemático, pero Maite, mi peluquera de Verges, acertó de lleno el resultado de las últimas elecciones generales cuando todos los politólogos se equivocaron. Hablo en serio: lean El juicio político de los expertos, un libro donde Philip E. Tetlock demuestra con datos abrumadores que los aciertos de los especialistas no superan los de gente corriente y bien informada. Esto no significa que no haya que escuchar a los expertos; lo que significa es que, salvo cuando se trata de ciencias auténticas, nadie puede ahorrarle a nadie el trabajo de forjarse un juicio propio. Y, por cierto, que después de todo la democracia no es tan mala idea.

Nadie puede ahorrárnoslo. Y menos que nadie, amigo lector, los sabios ignorantes o los tontos cultos, que son de lejos la peor especie de tontos e ignorantes, porque ni siquiera sospechan lo que son y por tanto no pueden poner remedio a su tara.

La barbarie de la literalidad; por Javier Cercas

Ocurrió hace casi diez años. Por entonces yo preparaba un libro sobre la Transición y fui a entrevistar a Santiago Carrillo, eterno secretario general del PCE y uno de los arquitectos de la Transición. Hablamos durante horas, en su casa, mientras el viejo dirigente comunista fumaba un cigarrillo tras otro. En cierto momento le pregunté

Por Javier Cercas | 1 de septiembre, 2016
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El gran masturbador (1929) de Salvador Dalí.

Ocurrió hace casi diez años. Por entonces yo preparaba un libro sobre la Transición y fui a entrevistar a Santiago Carrillo, eterno secretario general del PCE y uno de los arquitectos de la Transición. Hablamos durante horas, en su casa, mientras el viejo dirigente comunista fumaba un cigarrillo tras otro. En cierto momento le pregunté si él también pensaba, como tantos, que Adolfo Suárez había sido un político inculto. Carrillo se quedó mirándome; luego dio una calada a su cigarrillo. “¿Dice usted que ha sido profesor universitario?”, preguntó. Un poco perplejo, contesté que sí. Carrillo prosiguió: “Entonces habrá conocido usted a muchos tontos cultos, ¿verdad?”. Sonreí. Carrillo también sonrió. “Pues Suárez era todo lo contrario”, dijo.

Desde aquel día he pensado a menudo en los tontos cultos; de hecho, he llegado incluso a pensar que nuestro tiempo es el tiempo de los tontos cultos. ¿Qué es un tonto culto? François Furet sostuvo que la Revolución Francesa terminó a fines del siglo XX, cuando las instituciones políticas de Francia suscitaron un consenso inédito desde 1789; Eric Hobsbawm argumentó que el siglo XX transcurrió entre 1914, cuando estalló la I Guerra Mundial, y 1991, cuando se produjo el colapso de la Unión Soviética; Ian Kershaw acaba de razonar que la II Guerra Mundial empezó el 7 de marzo de 1936, cuando Hitler invadió Renania ante la pasividad de Francia y Reino Unido. Nadie ignora que, para los manuales de historia, las fechas anteriores son erróneas, pero a nadie se le ocurriría reprocharles a esos tres historiadores las afirmaciones precedentes, porque las tres poseen un sentido que sobrepasa la roma literalidad de la cronología; a nadie, salvo a un tonto culto. Un buen amigo escribió no hace mucho que nuestra guerra civil terminó en la Transición, dado que el franquismo no fue más que la prolongación de la guerra por otros medios; la idea no es extraordinaria, pero sí lo es que un profesor universitario denunciara en un libro de éxito la desfachatez analfabeta de mi amigo por ignorar que la guerra terminó en 1939, dato éste que, hasta que fue revelado por nuestro santo varón, todos desconocíamos. Ahí tienen el fruto del triunfo del tonto culto: la barbarie de la literalidad. Se trata de una maldición que cunde, aunque no siempre con efectos tan deletéreos. En el mundillo intelectual español parece últimamente considerarse de una audacia inaudita denunciar la equivalencia entre ficción y mentira vindicada por algunos. Vaya por Dios. No digo que carezca de interés discutir las diferencias que separan una mentira de una ficción, pero siempre que, antes de hacerlo, uno se pregunte por qué ha identificado ambos términos, a veces a modo de provocación o de metáfora, una estirpe que va desde Platón hasta Oscar Wilde y desde el Gorgias de Plutarco hasta Bertrand Russell, pasando por Orson Welles o Picasso, y siempre que no se olvide que, en latín, el verbo que significa “mentir” (mentiri) significa también “inventar”, “imaginar”, “imitar” y “crear una ficción”, lo que explica que Horacio escriba para encarecer a Homero: “Atque ita mentitur, sic veris falsa reminiscet” (“Y así miente, así mezcla lo falso con lo verdadero”). En fin: discutir las diferencias entre una ficción y una mentira puede no ser una pérdida de tiempo (entre nosotros lo ha hecho, con gran sutileza, José María Pozuelo), aunque sólo si no se zanja a la brava el asunto o no se cree que la identificación entre ambas es apenas otro invento diabólico de –horresco referens!– Mario Vargas Llosa.

Ese es el problema: que a menudo estos bárbaros obligan a perder el tiempo explicando lo evidente, que su literalidad de dómines los incapacita para detectar una ironía, distinguir una idea de una boutade o descifrar el significado de una metáfora o una provocación, atrofiando así el pensamiento hasta el límite del enanismo. Aunque, bien pensado, el problema quizá no sea la falta de inteligencia. No sé si fue Gabriel Zaid quien observó que el gran problema cultural de nuestro tiempo no lo provoca la gente que no sabe leer ni escribir, sino la que no quiere leer y no para de escribir. Puede que tenga razón.

El lado humano; por Javier Cercas

No falla. Cada vez que alguien titula un reportaje El lado humano de…” (sustituyan los puntos suspensivos por el nombre de cualquier celebridad), ya sabemos de qué tratará: del amor de la celebridad por su familia, de su pasión por los niños y los animales, de su sencillez y naturalidad, de su apoyo a las

Por Javier Cercas | 27 de agosto, 2016
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Cuadro sin título, elaborado por Jackson Pollock (1912–1956).

No falla. Cada vez que alguien titula un reportaje El lado humano de…” (sustituyan los puntos suspensivos por el nombre de cualquier celebridad), ya sabemos de qué tratará: del amor de la celebridad por su familia, de su pasión por los niños y los animales, de su sencillez y naturalidad, de su apoyo a las causas nobles y su vocación filantrópica. En resumen: el lado humano es el lado bueno.

Pero ¿y el lado malo? Es de pura lógica que, si todos tenemos un lado bueno, incluidas las celebridades, también tenemos uno malo; ahora bien, ¿es el lado malo menos humano que el bueno? ¿Son sólo humanos la bondad, el amor, la generosidad, el coraje y la compasión? Antes de morir acuchillado hacia el final de Otelo, Rodrigo le grita a su verdugo: “¡Yago, perro inhumano!”. Es posible que Yago sea el personaje más malvado concebido por Shakespeare, y es seguro que el escritor inglés quiere a lo largo de Otelo inocular en el lector la duda de si Yago es un hombre o un demonio: de ahí que Otelo le mire los pies cuando se dispone a matarlo, para ver si tiene pezuñas; de ahí que Otelo no consiga acabar con él a pesar de ensartarlo con la espada. Así denuncia Shakespeare, con diabólica habilidad, nuestra propensión temeraria a excluir el mal de lo humano. Porque lo cierto es que, por más canalla que sea, Yago es igual de humano que Otelo o que Rodrigo; la razón es que la maldad es tan humana como la bondad, el odio como el amor, el egoísmo como la generosidad, la cobardía como el coraje y la crueldad como la compasión. Esta evidencia es desagradable y, cuando la realidad es desagradable, tendemos a ocultarla. Personas humanas se llamaba un viejo programa de la televisión catalana donde Quim Monzó protagonizaba una sección memorable; el título era una burla de un pleonasmo común: todas las personas somos humanas, incluido Yago, incluido Hitler, que era tan humano como Francisco de Asís. Y hablando de Hitler: en 2004 Oliver Hirschbiegel estrenó una película titulada El hundimiento en la que recreaba los últimos días del Führer; no era una cinta extraordinaria, pero provocó un escándalo considerable. Según sus detractores, el problema era que presentaba a un Hitler humano, lo que constituía una forma de trivializar al monstruo, casi de rebajar el tamaño de sus crímenes, o de preparar el terreno para rebajarlos. La objeción es de una pobreza desoladora: el problema de Hitler es precisamente que era humano –tan humano como usted y como yo–, que su madre lo adoraba, que amaba a Eva Braun, que adoraba a su perrita Blondi, que trataba muy bien a su secretaria, Traudl Junge; y que, pese a ello, o más bien junto a ello, fue el mayor responsable de sumergir al mundo en una inédita orgía de sangre tras haber conseguido fascinar al país más civilizado de la tierra (y a medio mundo). El problema es que, igual que Yago, Hitler no era un monstruo ni un diablo ni un perro inhumano; si lo hubiese sido, el problema estaría resuelto: muerto el perro, se acabó la rabia. Pero no era un perro, y la rabia no se ha acabado. Continúa aquí, vivita y coleando, lo que significa que Hitler o algo parecido a Hitler siempre puede repetirse.

Ese es el problema. El primer problema, quiero decir. El segundo es todavía peor, porque es tan perdurable que no ha cambiado desde que Shakespeare lo denunció. El problema es que consideramos que el mal no guarda ninguna relación con nosotros, que no queremos verlo porque nos repugna y nos asusta, que hemos optado por considerarlo indescifrable e inhumano y decidido que no hay que intentar explicarlo, que explicarlo es casi justificarlo. Esta actitud es cómoda pero catastrófica; la razón es que nos vuelve extremadamente vulnerables: situar el mal en un lugar ajeno, inhumano e inexplicable, como hacen Rodrigo y Otelo, nos impide entenderlo y darnos las armas para combatirlo, lo que nos deja indefensos frente a él. Por eso es más urgente entender el mal que el bien. Y quizá, quién sabe, más fácil: al fin y al cabo, como escribió Imre Kertész tras pasarse la vida intentando descifrar su paso por Auschwitz, “lo verdaderamente inexplicable no es el mal, sino el bien”.

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Texto publicado en El País y reproducido con autorización

Síntomas del fin del mundo; por Javier Cercas

Los síntomas de que uno se está haciendo viejo son variados, pero dos suelen ser inequívocos: el primero es que uno empieza a pensar que vive en el peor de los mundos posibles; el segundo es que uno empieza a abominar de los cócteles, en particular de los cócteles literarios. El primer síntoma es conocido.

Por Javier Cercas | 8 de julio, 2016

Síntomas del fin del mundo; por Javier Cercas

Los síntomas de que uno se está haciendo viejo son variados, pero dos suelen ser inequívocos: el primero es que uno empieza a pensar que vive en el peor de los mundos posibles; el segundo es que uno empieza a abominar de los cócteles, en particular de los cócteles literarios. El primer síntoma es conocido. Se da cuando alguien empieza a decir que antes el mundo estaba lleno de gente virtuosa y ahora de canallas, que antes estaba lleno de gente inteligente y ahora de necios, que antes estaba lleno de valientes y ahora de cobardes. Esta nostalgia es a menudo una forma de vanidad, o de autobombo: quien la ejerce proclama en secreto que pertenece a un mundo de antaño que es superior al de hogaño, que su mundo es mejor que el de los demás, que él mismo es mejor que los demás; esta nostalgia no tiene fundamento: todo indica más bien que siempre ha existido igual cantidad de virtuosos y de canallas, de inteligentes y de necios, de valientes y de cobardes. Es indudable que con los años uno ve por todas partes más encanallamiento, más necedad y más cobardía, pero tal cosa no siempre ocurre porque esas miserias aumenten, sino porque la experiencia enseña a detectarlas con mayor facilidad en los otros y, si uno no es del todo deshonesto, también en uno mismo. Jorge Manrique nunca dijo que todo tiempo pasado fue mejor (porque eso es falso y Manrique sólo dice la verdad); lo que dijo Manrique es que nos lo parece. La vejez no es un buen momento, y desde luego hay que tener temple para no abominar del futuro sabiendo que no vas a vivirlo. Por lo demás, y dado que no creo en una realidad ultraterrena, no tengo más remedio que creer que ésta es la mejor realidad: no hay otra; también creo que no puede ser tan malo un mundo donde está cada vez más extendido el uso de la anestesia, de la democracia, del aire acondicionado y de la torta del Casar.

Así que yo diría que de momento no padezco el primer síntoma de envejecimiento (y por tanto no corro un riesgo inmediato de convertirme en uno de esos personajes brillantemente retratados por Jordi Gracia en El intelectual melancólico); por desgracia no puedo decir lo mismo del segundo. De entrada debo advertir que, durante las casi cuatro décadas de mi vida en que no asistí a un cóctel literario, porque nadie me invitó, yo imaginé a menudo el paraíso en forma de cóctel literario, algo así como el jardín de Academos en Atenas o el salón de Madame du Deffand en París, sólo que animado por vino de Rioja y canapés de Cabrales. Por supuesto, cuando por fin me invitaron a un cóctel me faltó tiempo para asistir a él, y entonces descubrí que la realidad superaba mis expectativas: a diferencia de lo que ocurría en la Academia de Platón, allí era posible entrar sin saber geometría y, a diferencia de lo que ocurría en el salón de Madame du Deffand, era posible entrar sin ser inteligentísimo, cultísimo e ingeniosísimo; más aún: allí se podía beber y comer de gorra, discutir a grito pelado con el primer incauto, emborracharse de mala manera y, una vez finalizado el cóctel, concluir la velada vomitando en la acera y destrozando el mobiliario urbano. Me encantó. Tanto que a partir de aquel día no falté a uno solo de los cócteles literarios a los que fui invitado, y que al cabo de dos o tres años de cócteles literarios constantes acabé totalmente empachado de cócteles literarios. Desde entonces imagino el infierno en forma de cóctel literario. No soy el único. En el libro donde registró las conversaciones que mantuvo con Borges durante los casi 60 años de su amistad, Bioy Casares anota esta observación de su amigo (28-IX-1963): “A veces pienso que yo hubiera tenido mucho gusto de estar con las personas que encontré en un cocktail. Pero si hay diez personas, hay una décima parte de cada una; si hay cincuenta, una cincuentava parte de cada una. Salgo de los cocktails tristísimo, como si me hubieran escupido”. A mí me ocurre más o menos lo mismo. Asistir a un cóctel es como hacer zapping con la gente, como ingresar en una pesadilla kafkiana: te cruzas con una persona a quien hace tiempo que no veías y, cuando más interesante está la conversación, aparece una segunda persona; esto te obliga a abandonar a la primera persona para hablar con la segunda, a la que al cabo de un rato debes abandonar para hablar con una tercera que luego abandonarás por una cuarta, y así sucesivamente. El resultado es que, como dice Borges, sólo hablas con una ínfima parte de cada persona (más ínfima cuanto más concurrido es el cóctel); el resultado es que hablas con todo el mundo y no hablas con nadie. De ahí la soledad infernal, la tristeza absoluta.

Mejor no ir a cóctel ninguno. Mejor quedarse en casa. Y es así como, poco a poco, uno deja de ver a los amigos y se convierte en un misántropo furioso y un intelectual melancólico, convencido de que antes el mundo era un lugar magnífico, seguro de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Asistir a los cócteles es malo, pero no asistir a los cócteles es peor. Esto no tiene solución. El fin del mundo está cerca.

Texto publicado en El País Semanal y en Prodavinci con autorización del autor

Tremenda apología de la siesta; por Javier Cercas

No entiendo el desprecio de los escritores por los llamados libros de autoayuda; al fin y al cabo, todo buen libro nos ayuda a algo: a no sentirnos sometidos, a vivir de forma menos distraída, con suerte a entender alguna cosa, o simplemente a pasar el rato; si no nos ayudaran los libros (o si

Por Javier Cercas | 1 de julio, 2016

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No entiendo el desprecio de los escritores por los llamados libros de autoayuda; al fin y al cabo, todo buen libro nos ayuda a algo: a no sentirnos sometidos, a vivir de forma menos distraída, con suerte a entender alguna cosa, o simplemente a pasar el rato; si no nos ayudaran los libros (o si no nos hiciéramos la ilusión de que nos ayudan), ¿para qué los leeríamos? Miento. En realidad entiendo muy bien el desprecio de los escritores por los libros de autoayuda: primero, por la envidia que nos da que sus autores suelan forrarse escribiéndolos; y segundo porque, igual que el énfasis en la verdad delata al mentiroso, el énfasis en lo que ayuda delata a lo que estorba. Sea como sea, si alguna vez soy capaz de escribir un libro de autoayuda, escribiré una apología de la siesta.

Ya lo sé: para muchos la siesta sigue siendo una costumbre bárbara y ancestral, un privilegio inútil de gente ociosa. Nada más lejos de la verdad, aunque yo también tardé mucho tiempo en entenderlo. De niño no me explicaba por qué en casa, después de comer, mis padres declaraban la noche en pleno día y cerraban la barraca, como si de golpe se hubieran cansado de estar vivos. Más tarde, cuando era joven, feliz e indocumentado, la siesta se convirtió para mí en la quintaesencia cochambrosa de lo español, un invento carpetovetónico a medio camino entre el hidalgo hambriento del Lazarillo y el castellano viejo de Larra (ninguno de los cuales, que yo recuerde, dormía la siesta), falsedad avalada en teoría por el hecho de que la palabra “siesta” era, al parecer, una de las dos que el español le había prestado al mundo (la otra era “guerrilla”). Tuve que vivir en Estados Unidos para descubrir la siesta; por supuesto, no lo hice porque allí la duerman, sino precisamente porque no la duermen: por espíritu de contradicción (o, por decirlo de forma menos distinguida, para joder). Fue entonces cuando descubrí la verdad, y es que no se duerme la siesta por ganas de vivir menos, sino de vivir más: quien no duerme la siesta sólo vive un día al día; quien la duerme, por lo menos dos: despertarse es siempre empezar de nuevo, así que hay un día antes de la siesta y otro después. (Escribo “por lo menos” porque recuerdo haber leído un artículo de Néstor Luján donde contaba que hay gente que duerme o dormía hasta 6 o 7 siestas diarias). También descubrí que quienes no trabajan pueden permitirse el lujo de saltarse la siesta, pero quienes trabajamos no: de Napoleón a Churchill, de Leonardo a Einstein, todo el que curra de verdad duerme la siesta. Sé que hay quien dice que la siesta le sienta mal, que se despierta de ella con dolor de cabeza; la respuesta a tal objeción es la que me daba mi madre cuando yo se la ponía: “Eso te pasa por no haber dormido lo suficiente”. ¿Cuánto es lo suficiente? No se sabe. Las medidas son infinitas; las más extremas son la de Cela y la de Dalí. La de Cela es eterna: la clásica siesta de pijama, padrenuestro y orinal. La de Dalí es insignificante: se duerme con unas llaves en la mano; cuando las llaves caen al suelo, se acabó la siesta: en ese instante mínimo, uno se ha dormido. Las medidas, ya digo, son infinitas, y cada uno debe encontrar la suya. Por lo demás, antes dije que uno duerme la siesta para vivir más; no quise decir con más intensidad, o no sólo: hay estudios serios –entre ellos uno de la Harvard School of Public Health– que demuestran que la siesta reduce el riesgo de enfermedades coronarias. En el 24 de octubre de 2012, The New York Times publicó un reportaje sobre Ikaria, una isla griega poblada por gente que, según rezaba el título, “se había olvidado de morir”; por supuesto, todos dormían la siesta.

Pero mi libro de autoayuda no se limitará a ensalzar las virtudes prácticas de la siesta; ante todo, será una vindicación moral de la siesta, una defensa de la siesta como forma de insumisión, como manifiesto intransigente de rebeldía: igual que Lucifer, el ángel rebelde, el héroe absoluto del espíritu de contradicción, quien cierra la barraca en horario laboral dice No a todos y a todo (por decirlo de forma menos distinguida: manda a la mierda el mundo en pleno día). Ese ínfimo corte de mangas cotidiano quizá no cambie las cosas, pero produce un placer indescriptible. Ya lo verán; ya lo estoy viendo: me voy a forrar.

Tres lecciones de García Márquez; por Javier Cercas

La primera me la dio la primera vez que estuve con él, en el verano de 2005. Fue durante una comida en casa de Carmen Balcells, su agente (y también la mía). A ella asistieron, además de la anfitriona, su mujer, mi mujer y varios trabajadores de la agencia. En mi recuerdo, García Márquez se

Por Javier Cercas | 24 de junio, 2016
Tres lecciones de García Marquez por Javier Cercas 640

Gabriel García Márquez, fotografi en 1984 por Ben Martin. Time Life Pictures/Getty Images.

La primera me la dio la primera vez que estuve con él, en el verano de 2005. Fue durante una comida en casa de Carmen Balcells, su agente (y también la mía). A ella asistieron, además de la anfitriona, su mujer, mi mujer y varios trabajadores de la agencia. En mi recuerdo, García Márquez se dedicó sobre todo a preguntar, que es lo que suelen hacer los sabios, y en determinado momento me preguntó cuántas veces reescribía un libro. Empecé a dar explicaciones: dije que, aunque casi siempre escribía la primera versión a mano, en las sucesivas usaba el ordenador, y que entonces podía reescribir decenas de veces una misma frase, un mismo párrafo… “No, no”, me interrumpió, como si me riñera. “Nada de frases, nada de párrafos. ¿Cuántas veces reescribes entero el libro, de pe a pa?”. Tragué saliva, reflexioné, contesté: “No lo sé. Depende del libro”. Y luego dije un título y un número: dos, tal vez tres. García Márquez sonrió, satisfecho; dijo: “Yo, seis”. No sé si exageraba (no lo creo: no, al menos, si se refería a los libros posteriores a Cien años de soledad); y aunque exagerase: es un millón de veces preferible quien exagera con humildad lo mucho que le costó hacer algo bueno, vindicando su orgullo de artesano, que quien exagera con soberbia lo poco que le costó hacer algo malo, escudándose en su desidia para ocultar su incapacidad.

La segunda lección me la dio en Cartagena de Indias o más bien en un patio de un hotel de Cartagena de Indias, en el invierno tropical de 2006. Yo me alojaba allí, invitado por el Hay Festival, y García Márquez, que tenía una casa en la ciudad, pasó por el hotel acompañado por un grupo de amigos. Hizo que me sentase a su lado, pidió algo de beber (creo que whisky) y me cogió del brazo; a ratos, cuando le dejaban, me hablaba al oído. Digo cuando le dejaban porque estar aquel día con García Márquez es lo más parecido que me ha pasado en mi vida a estar con el Papa; la gente hacía cola para darle la mano, para mostrarle una edición cualquiera de una de sus obras, para que bendijese su matrimonio reciente, para que besase a su bebé. “¿Sabes una cosa?”, me susurró en un intervalo de la procesión. “No voy a volver a publicar ninguna novela”. “Lo siento”, dije, con absoluta sinceridad; luego le pregunté por qué iba a hacer eso. “Mira, Javier”, contestó, apretándome con fuerza el brazo. “Yo soy un viejo: ya sé engañar a todo el mundo; si quisiera, podría hacerlo. Pero a quien no puedo engañarme es a mí. Y si los libros no salen de las tripas, es mejor no escribirlos”.

Esas fueron dos lecciones que me dio García Márquez: una de disciplina (o de modestia) y otra de autoexigencia; aunque, ahora que he escrito lo anterior, me doy cuenta de que, en el fondo, ambas son una misma lección de honestidad. ¿Y la tercera lección? La tercera –como todas las demás lecciones que me dio, a mí y a todos– está donde están las mejores lecciones de un escritor: en sus libros. Durante la primera mitad del siglo XX, la literatura tendió a encerrarse en sí misma; a esa tendencia debemos algunas de las mejores novelas que ha dado la historia, pero a veces también, a la larga, una literatura vanidosa, autofágica y finalmente conformista, una literatura para literatos, que es el destino más triste de la literatura, o para esnobs: gente a quien no le gusta leer, sino que lo que le gusta es que le guste leer. Durante la segunda mitad del siglo XX, la narrativa latinoamericana recuperó para el español el legado perdido de Cervantes, poniendo otra vez a nuestra lengua en el lugar de privilegio que había ocupado con Cervantes; dentro de esa hazaña general, la hazaña específica de García Márquez consistió en devolverle la mejor narrativa universal a eso que los anglosajones llaman el common reader y todos traducimos como lector común y Juan Ferraté traducía, admirablemente, como lector de buena fe: aquel al que lo que le gusta es leer. García Márquez, cada una de cuyas obras tenía lectores e imitadores en todo el mundo, no escribía para ese lector –ningún escritor digno de tal nombre lo hace–; pero tampoco escribía contra él, ni de espaldas a él, porque, como Cervantes, era incapaz de concebir la novela sin él, o simplemente porque no le tenía miedo. Esta es la tercera lección de García Márquez: una lección de coraje.

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Otro artículo perfecto; por Javier Cercas

Hace años me comprometí a escribir cada año un artículo veraniego sobre los artículos que me hubiera gustado escribir ese año. No he cumplido, pero no volverá a ocurrir (o eso espero): al fin y al cabo, no hay que descartar que alguien pueda imaginar, entre los escombros de estos artículos nonatos, el artículo perfecto,

Por Javier Cercas | 18 de junio, 2016

Otro artículo perfecto; por Javier Cercas

Hace años me comprometí a escribir cada año un artículo veraniego sobre los artículos que me hubiera gustado escribir ese año. No he cumplido, pero no volverá a ocurrir (o eso espero): al fin y al cabo, no hay que descartar que alguien pueda imaginar, entre los escombros de estos artículos nonatos, el artículo perfecto, el que todos los articulistas perseguimos en vano.

Me hubiera gustado mucho escribir, por ejemplo, un ar­tículo anunciando que nunca volveré a escribir un artículo sobre el nacionalismo. Es una pérdida de tiempo: como dice Proust, lo que no ha entrado racionalmente en una cabeza no puede salir de ella de forma racional. El nacionalismo es un sentimiento convertido en ideología. O una neurosis. Todas las sociedades tienen la suya: la de Cataluña es España. Mi artículo recogería una frase que le oí decir en sueños a un personaje que parecía Vladímir Putin, pero que bien podría ser Jordi Pujol: “El catalán que no quiere la independencia no tiene corazón; el que la quiere no tiene cabeza”. En mi artículo abominaría de quienes abominan del nacionalismo catalán (o el vasco, o el gallego) pero lamentan la falta de patriotismo español, de quienes sostienen que el nacionalismo español ya no existe, de quienes protestan contra los que quieren abolir el castellano en Cataluña pero no contra los que quieren abolir el catalán en Aragón. Otro artículo que me hubiera gustado escribir es un elogio de Alemania en estos tiempos en que todos despotrican de Alemania. El argumento hubiera sido simple: nadie puede liderar mejor que Alemania la unión de Europa, porque nadie en Europa está más cerca que los alemanes de terminar con el nacionalismo; ellos, hacia finales del siglo XVIII, lo inventaron, y ellos, hacia mediados del XX, lo llevaron a su éxtasis: 50 millones de muertos. De ahí que ninguna persona alfabetizada pueda oír en Alemania la palabra nacionalismo sin que se le pongan los pelos de punta; de ahí que en el centro de Berlín haya un monumento a los soldados soviéticos que en 1945 tomaron esa ciudad a sangre y fuego, y de ahí que la mayor aspiración actual de los mejores alemanes sea disolverse en Europa. Para rebajar mi entusiasmo teutón me hubiera gustado escribir un artículo asombrándome del asombro causado en Alemania por la publicación, en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, de textos del joven John F. Kennedy en los que éste alaba a Hitler; porque es asombroso que los alemanes, que han asumido mejor que nadie su pasado reciente, hayan olvidado que el problema no es sólo por qué una banda de gánsteres liderada por un psicópata hechizó a su país, sino por qué hechizó al mundo. Me hubiera gustado también comentar el concepto de “depresión poscomunista”, acuñado por Emmanuel Todd para describir el vacío dejado por la desaparición del comunismo en aquellos lugares en que éste constituyó “una creencia colectiva estructurante”, un vacío sin el que no se explican el nihilismo de Berlusconi ni el populismo racista de Le Pen; el artículo hubiera incluido una frase letal de Dostoievski: “No hay para el hombre preocupación más constante que la de buscar cuanto antes, siendo libre, ante quién inclinarse”. Y, puestos a hablar de Dostoievski, me hubiera encantado contar la historia infame y fascinante, desvelada por el The Times Literary Supplement, de un erudito que se vengó de sus colegas engañándolos durante años con el invento de un falso encuentro entre Dickens y Dostoievski, que todos creyeron.

Pero lo que más me hubiera gustado escribir es un comentario de la obra de Guillaume Dustan, un mediocre escritor difunto, homosexual y exhibicionista reivindicado ahora por el incurable esnobismo francés; el artículo sería en realidad una excusa para hacer una furiosa apología de la discoteca, lugar que de chico frecuenté poco, porque estaba hecho un lío con Kierkegaard y Unamuno, y de mayor todavía menos, porque los porteros tienden a confundirme con un padre en misión de vigilancia y no suelen dejarme entrar. Pero estoy convencido de que es un lugar fantástico, ideal para las noches de agosto. El artículo terminaría con estas palabras de Thomas Clerc a propósito de la pasión discotequera de Dustan: “La danza y la música unen a la gente, y en el fondo la discoteca de noche es el lugar de una vanguardia popular. Ella realiza el ideal democrático”. Feliz verano.

Este texto fue publicado en El País Semanal y en Prodavinci con autorización del autor.

Con la mano en el corazón; por Javier Cercas

Esto no es un artículo ad hominem. Un artículo ad hominem no está escrito para atacar un argumento sino a una persona, y no hay nada más vil que eso. Pero, quizá porque la mala fe podría interpretarlo como un artículo ad hominem, yo he tardado casi tres años en resolverme a escribirlo. Me disculpo:

Por Javier Cercas | 7 de junio, 2016

Con la mano en el corazon por Javier Cercas

Esto no es un artículo ad hominem. Un artículo ad hominem no está escrito para atacar un argumento sino a una persona, y no hay nada más vil que eso. Pero, quizá porque la mala fe podría interpretarlo como un artículo ad hominem, yo he tardado casi tres años en resolverme a escribirlo. Me disculpo: fue un paréntesis pusilánime.

La historia que contaré es doble. Yo sitúo la primera parte hacia la segunda mitad de 1979, todavía durante la Transición. Antes de continuar debo decir que en política casi siempre he sido lo peor que se puede ser, lo más soso y aburrido –un maldito socialdemócrata, un puñetero liberal de izquierdas–, pero por entonces, con 17 años, iba de ácrata, revolucionario y contracultural. Aquella tarde asistí a una conferencia de Xavier Rubert de Ventós en Girona. Aunque a esa edad yo sólo había leído, de sus escritos, El arte ensimismado y artículos sueltos aquí y allá, Rubert ya era para mí una rock-star del pensamiento (ahora recuerdo que, de camino hacia el evento, le vi a través de la puerta del bar Los Claveles, y me quedé un rato allí, al acecho, mirándole comerse unos calamares a la romana).

La conferencia no me decepcionó. El filósofo habló de política y, 35 años después de escucharle, aún puedo reproducir, si no sus palabras, sí el sentido de sus palabras. Rubert vino a decir, con su estilo nervioso, irónico y provocador, que, en democracia, la política no debe ser épica ni sentimental sino aburrida y sosa, que hay que dejar la épica y los sentimientos para el arte y la vida privada, que la política es prosa y no poesía, que la tarea del político no consiste en intentar traer el cielo a la tierra sino sólo en mejorar la tierra –en esa humildad estriba su grandeza–, que el político no debe prometer la felicidad: debe conformarse con facilitar las condiciones para que cada uno la busque por su cuenta.

Cuando Rubert terminó de hablar, se hizo un silencio pétreo en la sala; lo rompió el escritor Antoni Puigvert –entonces, me temo, un muchacho casi tan ingenuo como yo–, quien lamentó, desolado, que Rubert quisiera arrebatarle la emoción a la política, dejarnos a todos sin utopía. “Mira, chaval”, vino a responderle Rubert, “a mí lo que me emociona es ver al alcalde de Barcelona peleándose para que todas las viejecitas de la ciudad puedan usar a un precio ridículo el transporte público. Eso es la política”. La verdad: salí eufórico, despreciando las abstracciones sentimentales y narcisistas y convencido de la sensatez heroica del empeño en mejorar la vida minúscula de gente concreta.

Esa es la primera parte de la historia; la segunda ocurrió hace poco, en septiembre de 2012, justo al inicio del llamado proceso soberanista catalán, cuando un grupo de independentistas organizó frente al palacio de la Generalitat un acto de adhesión a Artur Mas a su vuelta de una reunión fracasada con Rajoy y antes de que convocase las elecciones que debían conducirnos al firmamento de la independencia. Para entonces, tras algunos vaivenes políticos, Rubert era ya el principal teórico del independentismo, un independentismo en teoría laico y práctico, desprovisto de la ganga romántica y sentimental del viejo nacionalismo. Digo en teoría porque, según recogieron muchas televisiones, allí estaba Rubert aquel día, en primera fila, rodeado de cortesanos, con la mano en el corazón, con una sonrisa de emocionada gratitud y casi con lágrimas en los ojos, después de cantar Els segadors, mientras todos aplaudían al líder carismático.

Fue un día tristísimo. Durante años he pensado que lo fue porque estaba viendo a una rock-star de mi adolescencia incurriendo en el mismo error del que él nos había librado cuando era joven y estaba lleno de inteligencia y vitalidad; ahora sé que no es así: ahora sé que estaba triste por mí, por la gente de mi quinta, porque comprendí que ahora nos iba a tocar a nosotros explicarles a los chavales la verdad –que el cielo no existe, que las utopías siempre traen el infierno, que la política es prosa y no poesía, razón y no sentimiento, que lo esencial no son los grandes ideales sino la minúscula gente concreta–, y sobre todo estaba triste porque comprendí que, por mucho que nos esforzásemos, ninguno de nosotros sería capaz de explicarlo mejor de lo que 35 años atrás lo explicaba Rubert.

Texto publicado en El País Semanal y en Prodavinci con autorización del autor