Blog de Federico Vegas

La importancia de la lengua; por Federico Vegas

Charla en el “Gran Café de Gràcia”, Barcelona, España, en el marco de “Encuentros con escritores venezolanos”, el 21 de septiembre de 2017. Organizada por Editorial Alfa, Librería Dr. Sagán, Ediciones Ekaré Tengo un tío que vive en Madrid. Me refiero a uno de esos tíos que en Venezuela llamamos “tío”, es decir, que soy su sobrino. Hago

Por Federico Vegas | 22 de septiembre, 2017
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Obra El beso de Gustav Klimt

Charla en el “Gran Café de Gràcia”, Barcelona, España, en el marco de “Encuentros con escritores venezolanos”, el 21 de septiembre de 2017. Organizada por Editorial Alfa, Librería Dr. Sagán, Ediciones Ekaré

Tengo un tío que vive en Madrid. Me refiero a uno de esos tíos que en Venezuela llamamos “tío”, es decir, que soy su sobrino. Hago esta aclaratoria porque, según la Real Academia Española, un tío también puede ser: “Una persona cuya identidad se desconoce o no se quiere expresar”; o algo aún más confuso: “Persona que provoca admiración o rechazo en otra”. En realidad esta dualidad es bastante común, pues todos llevamos a cuestas cosas que admiramos y cosas que rechazamos de nosotros mismos. Todos somos, en el fondo un tío en su acepción más contradictoria.

Este tío que vive en Madrid, y es un tío lejano por el lado de mi padre, me escribe diciendo que conoce al secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española, y que podrían invitarme a dar una charla.

Inmediatamente entro en un estado de angustia y el apartamento donde vivo en Barcelona se va haciendo aún más estrecho. La angustia todo lo hace más angosto, pero anda a sus anchas, y esta sensación, tan espacial, tan constreñida, explica en buena parte lo que siento y es un buen punto de partida para explicar mi aprensión: ¡Yo no quiero ir a Madrid!

¿Y por qué no quiero ir a Madrid? Siento como si Madrid fuera otro país, otro continente, otra civilización, otra época, y tengo miedo de que me guste, me encante, me fascine, y entonces dudar y preguntarme: “¿Qué diablos estoy haciendo en Barcelona?”.

No es grave que a uno le gusten dos ciudades, o dos personas, pero en mi situación actual no conviene tener dudas. Italo Calvino decía que la diferencia entre un pueblo y una ciudad es que en el pueblo, si estás indeciso entre dos amores, debes tomar una decisión o quedarte solo. En la ciudad, en cambio, siempre puede aparecer una tercera persona que te guste aún más, y fin del dilema.

Pero no tengo fuerzas para escoger, decidir. Estoy huyendo de una pasión llamada Caracas, y se trata de una separación tan fuerte que me tiene agotado. Necesito con urgencia el remanso de otra pasión, de una entrega absoluta. Soy un hombre… o quizás debería decir, para ser menos dramático: soy un tío sin centro, sin su amor de más de medio siglo.

El escritor italiano Tomasso Landolfi escribió en los años cincuenta un cuento llamado “La mujer de Gogol”. Gogol se ha casado con una mujer inflable que adopta diferentes formas, desde muy flaca hasta muy gorda, según los caprichos de su marido. Esta mujer que cambia de peluca y maquillaje, con la que Gogol duerme y juega todas las noches, en el cuento se llama Caracas. ¿Por qué Landolfi llamó Caracas a la muñeca inflable de un escritor ruso? La respuesta es sencilla: en esos años de esplendor Caracas era muy bella y muy cambiante. Cuando el pintor López Méndez hablaba de la ciudad que había conocido de niño, y la comparaba con la Caracas de su vejez, “unas cien veces más grande”, solía exclamar: “Caracas no ha tenido un desarrollo, ni siquiera un crecimiento, ¡Caracas lo que ha tenido es una hinchazón!”. Un término muy gráfico que sugiere, a un mismo tiempo, exageraciones, el efecto de heridas o de golpes, excesos, vanidades y fatuos engreimientos.

Necesito aferrarme a una nueva ciudad, inventarme una pertenencia, una fidelidad, fabricarme a toda velocidad un pasado en Barcelona, aunque sea reciente, y la ilusión de un futuro que vaya más allá del fin de semana. No quiero opciones, no quiero tomar más aviones ni barcos, a lo sumo, trenes de cercanías. Quiero estar en esta nueva ciudad sin pensar en cuánto tiempo me queda, sin andar como esos turistas que le toman la mano a su pareja y, desde una silla de extensión frente a un mar que ya está frío, suspiran como reos de muerte: “Mi amor, nos quedan solo tres días”. Quiero ser espacialmente monógamo, una suerte de monolocus.

Un amigo venezolano afirma con vehemencia que él es monógamo, pues cuando ve a una mujer que le atrae se pone como un mono y llega al extremo de rascarse las nalgas emocionado. Este tonto chiste no es una digresión. Creo firmemente en que todo chiste tonto trae una enseñanza, y a veces mientras más tonto, más sabio (Los chistes son flatulencias de la inteligencia. Dejan tras las risas la estela de un incómodo silencio, pero nos dejan pensativos). Mi amigo nos recuerda que todo aquel que se proclama “monógamo” es un tío muy raro, de esos que no sabemos si admiramos o rechazamos, y puede estar escondiendo una fuerte tendencia animal que puede ir desde orangután desatado hasta gorila posesivo.

Esta versión de la monogamia como represión es válida, pues igual le ocurre a mi monogamia espacial: Cuando hablo de establecerme en un centro, en realidad estoy soñando en viajar con la valentía y la libertad de un “girovagante”, capaz de ir a donde quiera, sin ataduras, sin calendario. “¡Girovagando!”. Me fascina ese gerundio italiano. En estos días me encantan todos los gerundios, pues no están definidos por el tiempo ni por el modo, ni por el número, ni la persona. Cuando digo “girovagando”, puede ser hoy, ayer o mañana; puede tratarse de algo real o subjetivo, o imperativo; puedo estar solo o acompañado, pueden ser ustedes los que vagan y no yo.

Sucede que me ando sintiendo estancado, timorato, indeciso, desubicado, sumido en un distanciamiento con mi lugar de origen, con el epicentro de mis primeras imágenes, con mi casa, mi biblioteca, con esa Caracas que se nos va desinflando. Un verdadero viaje necesita de un punto de partida y de llegada, y yo estoy sufriendo de algo que más tarde trataré de explicar: una nostalgia esférica, multidireccional. “Nostalgia”, parece tan antigua como “melancolía”, pero la inventó un médico suizo hace unos tres siglos para diagnosticar el dolor por regresar que sufrían los soldados que servían en tierras lejanas.

No solo no quiero ni asomarme a Madrid, también le temo a las Academias, o también temo que lleguen a gustarme. Podría decir a mi favor que no me agradan los lugares donde no puede entrar todo el mundo. Amo los mercados, las plazas, los bulevares, las estaciones de tren, los lugares donde se entra sin pagar ni presentar credenciales o carnet de socio. Soy capaz de entrar en una estación de tren, estar a punto de comprar un pasaje a Madrid, y arrepentirme, y disfrutar con la faena, con la sensación de salir de la estación y encontrarme en Barcelona sin tener que pagar un centavo.

Enseguida le envié a mi tío, al clásico tío que apreciamos y respetamos, un mensaje que lo espantara y le hiciera cambiar de idea al pensar: “Será un disparate invitarlo, está un poco loco” —o “loquito” como proponían mis tías con sus despiadados diminutivos.

Vuelvo a revisar su correo para compartir con ustedes mi respuesta, y me llevo una sorpresa que me ha dejado muy avergonzado. Mi tío no se refiere a una invitación a hablar, sino a una visita guiada por las instalaciones de la Asociación de Academias de la Lengua Española, lo que hace aún más disparatada mi apresurada respuesta:

…. Yo encantado, pero tendría que ser algo divertido. Podría ser un examen de la lengua, de la propia. Hablar de la importancia en la literatura de las papilas gustativas. O disertar sobre las enjabonadas de lengua que nos dieron de niños cuando decíamos malas palabras. ¿Te acuerdas, tío? Seguro que en tu infancia eran la regla y no la excepción. Recuerdo con horror la pastilla color blanco hueso de jamón Camay.

 ¡Qué metida de pata! Estaba chalequeando, saboteando algo que nunca me habían ofrecido, y me porté como un precipitado tonto, pues, en el fondo, sueño con que me inviten a algo, a hablar, a contar lo que me pasa, tal como hoy estoy haciendo aquí gracias a Irene, a Pablo y Ulises.

El correo que mandé, en respuesta a aquella inexistente invitación académica, continuaba buscando el escándalo, el rechazo:

…Cuando era niño, una de las exploraciones que más temía, y más deseaba, era un beso de lengua. Me parecía una ceremonia serísima. En las películas, mi primera y única referencia, podía percibir si los actores lo hacían con placer o con esfuerzo, con lengua o sin lengua.

Mucho antes de dar un beso de cachete fugaz a una niña aún más fugaz, intuía la importancia de un genuino beso y podía presentirlo en mi piel. Al escuchar la famosa canción de los años cincuenta, sobre “el beso en España”, no tenía dudas de que el principal protagonista en ese “beso de amor que no se lo dan a cualquiera” debía ser la lengua. Un aplastamientos de puro labio no sería suficiente. Tendría que haber un intercambio, una exploración, traspasar una frontera, adentrarse.

Esta aventura, deseada y temida, imposible e inevitable, que algún día debería enfrentar, sería,y continúa siendo,el epicentro de esaaprensión que Francisco Vera Izquierdo plasmó en una frase admirable: “De joven no me acercaba a las mujeres por temor a que me dijeran que no, y de viejo por miedo a que me digan que sí”.

Ya lo advierte la canción:

En España, bendita tierra,

Donde puso su trono el amor,

Solo en ella el beso encierra

Armonía, sentido y valor

Me creí de punta a punta esa jactancia, que suena tan franquista, de que los besos españoles son los más serios, y los más profundos, pues la hembra lo lleva muy dentro del alma. La experiencia me indica, querido tío, que no andaba tan errado. Los besos gringos son más bien rocheleros, como si el amor fuera algo gracioso y no la maravillosa tragedia que debe ser. Lo cierto, lo universal, es que de todos las posibles variantes sexuales,el beso de lengua es la más reveladora y la que requiere más armonía, sentido y valor. Ese paso que algunos llaman “preámbulo”, y es literalmente un “abrebocas”, es altamente definitorio. Después de un buen beso todo resulta fácil y propicio, y el camino se nos abre como una ofrenda deslizante, indetenible.

También hay que celebrar la igualdad de condiciones que exige y ofrece. En la gran mayoría de los contactos sexuales suele haber una diferencia, a veces notable, entre las partes involucradas. Haz tu propio inventario. Pero en el beso, ¿cuánta diferencia puede haber entre un par de lenguas? Nadie venga a decirme que la de los hombres es viril, grande y musculosa, incluso carrasposa, y en cambio la de la mujer es tierna, dulce y como acolchadita. Lo masculino y lo femenino quedan en suspenso ante una igualdad que alcanza hasta la epiglotis. Quizás sea esta la única paridad que se da absolutamente y viene a ser un descanso en un mundo temeroso de las diferencias. Si el beso va bien, todo irá bien. La penetración ha sido mutua y compartida, al punto que no se sabe quién está dentro de quién. Sentimos la temperatura y el aliento, o el hálito, para ser más románticos, que es el testimonio más directo y profundo de nuestra interioridad. A esos efluvios se refieren los amantes cuando se ufanan de tener “química”. Los cinco sentidos están comprometidos por lo cerca que se encuentran al lugar de los hechos. Se involucran el olfato, el gusto, el oído, el tacto. Hasta los ojos cerrados están viendo más que nunca, como si nos adentráramos en los radiantes paisajes del alma…. La lengua, no la real y académica, sino la realenga, puede ser muy sabia.

Fin del correo. A última hora lo revisé y envié solo las primeras cinco líneas. Fue suficiente, mi tío no ha vuelto a hablarme de una visita a Madrid.

Ahora que lo pienso, el “girovagante” sobrino no estaba tan mal encaminado. Esa charla, a la que nunca me invitaron, ha podido tener un cierto nivel académico. Si pensamos cuánta información se intercambia en un beso y lo unificadora que resulta, y a esto añadimos que se hace en igualdad de condiciones, podemos preguntarnos: ¿Y no es, acaso, ese intercambio, esa igualdad, esa integración, la razón de ser de un idioma, de una lengua viva?

Muchas veces las consecuencias nos hacen olvidar las causas. ¿Qué puede saber un archipiélago de un manantial? Ese instrumento prodigioso que la Real Academia llama “lengua española” tiene su origen en ese musculo infatigable que vive replegado y amenazado por nuestros dientes. Piensen por un momento en lo responsable y prudente de su comportamiento. Se imaginan el aspecto que tendríamos si le concediéramos a nuestra querida lengua un merecido descanso, dejándola colgar libremente y tomar aire (Cuidado con hacer este experimento al acostarse. Al sabio Tejera le preguntaron si dormía con la chiva sobre o bajo la sábana y nunca más se recuperó de una crisis de insomnio).

“Saber” proviene de “sabor”. Lo primero que sabemos es a qué sabe lo que nos sabe bien y lo que nos sabe mal. Mucho antes de los presocráticos, algún filosofo debe haber establecido qué se podía comer y qué no, un conocimiento clave para sobrevivir.“Sabio” y “sabor”, “sabiduría” y “sabroso” provienen del latín “sapere:tener inteligencia, y también, tener buen gusto”. Los italianos aún utilizan el verbo “sapere”: conocer, y “sapore”: sabor, y mi preferido, “saporito”: sabroso.

Nada más sabio que tener buen gusto, un don que, curiosamente, no aplicamos a los alimentos, sino a la moda y a la decoración, a veces a la arquitectura. Quien tiene buen gusto no anda lamiendo ropa, ni muebles, ni edificios, luego debe haber algún tipo de acuerdo entre el ojo y la lengua que genera una suerte de “pupilas gustativas”. Mi padre, por ejemplo, cuando veía llegar a una persona que le caía bien, se relamía, como si fuera un manjar la conversación que estaba por darse. Hoy por cierto es su cumpleaños. Me pregunto con quién lo estará celebrando y dónde, pero sin preocuparme. Seguro que la está pasando bien. Se lo merece.

Las derivaciones de nuestros cinco sentidos son todas curiosas. Tener buen tacto tiene que ver más con saber aproximarse que con saber tocar. Quien tiene buen tacto no anda manoseando a su prójimo. El buen olfato se usa para los negocios y el buen ojo para un futuro que aún no podemos ver. En Venezuela decimos que tiene el ojo podrido el que no sabe escoger parejapor enamorarse solo de las perecederas virtudes. Como decía Sofía Loren, conviene enamorarse de los defectos, pues son los que se exponencian con los años.

Al oído lo referimos a la música, pero también es clave en el lenguaje. Habría que fundar la “Real Academia de la oreja española”, pues sin uno que oiga no hay idioma que valga. Más importante que hablar o escribir es que alguien te entienda.

El abortado viaje a Madrid, a una academia de la que no conoceré ni siquiera las instalaciones, tiene un tercer trasfondo. Por una serie de razones, una de ellas el cataclismo que estamos atravesando en Venezuela, mi lengua está en crisis. Me refiero a su afición favorita: la literatura.

Comencé a escribir a los 46 años. Primero fueron artículos en el periódico “El Nacional” sobre arquitectura y ciudad. Escribía una vez cada tres semanas. Mandar un ensayo un jueves y verlo publicado un lunes me parecía un acto de magia. Es tan distinto escribir a leer el texto impreso, convertido en algo público, reproducido con otro aroma y a una escala industrial. Imaginaba a mis lectoresdesayunando con el periódico abierto, o, tal como yo, sentados en su baño con una seriedad solemne mientras vamos evacuando las malas noticias. Esta suerte de intimidad compartida se convirtió en un vicio. Igual que me gusta más comprar libros que leerlos, me asomé a la trampa de preferir publicar a escribir.

Casi sin darme cuenta comenzaron a surgir los cuentos. Solo tenía borradores de historias que había vivido, así que llamé al primer libro El borrador. Todo texto es un borrador, incluso después de la muerte del autor. Borges lo dijo muy bien: “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio”.

Mi recomendación es comenzar por uno mismo, usar ese personaje que nadie conoce mejor, o peor. Así volví a los pasillos del colegio y a los jesuitas, y fui llegando al tema de la primera novia y un beso que se inicia y termina en el agua:

Cuando me pasó flotando muy cerca y su cabellera se deslizó por mi pecho, supe que debíamos retornar a nuestro escondite, una caseta donde guardaban las toallas. Era el último chance de la tarde. Teníamos las huellas de los dedos demasiado arrugadas para continuar acariciándonos bajo el agua deslumbrante de la piscina.

Le acaricié el cuello y cerré los ojos con vigor —no se fueran a abrir solos—. Fuimos juntando, ya con más noción de escala, bocas y dedos de los pies, hombros y rodillas, brazos y muslos, y así fue cómo por primera vez quedamos totalmente adheridos.  Por fin mi  erección se extendía a todo mi cuerpo y dejaba de dolerme.

Mientras la estrechaba sucedió el milagro. Comenzó a brotarle por los pechos, por la barriga y el vientre, un agua tibia que se derramaba entre los dos y se deslizaba adentrándose en mi traje de baño. Mientras más la apretaba, más agua salía de aquella fuente infinita y melosa.

El deleite me desconcertó y respiré por la boca, lo cual ella me tenía terminantemente prohibido, con su fórmula insistente:

—Traga saliva y respira por la nariz.

Pero esta vez la saliva era dulce y me dejó lamerla olvidando sus normas.

Un salvavidas que venía cargado de colchonetas puso fin a nuestro beso y nos fuimos a vestir para la película de las siete.

Yo estaba feliz. Había sido bautizado. Nada de lo que me habían contado, o leído, o visto en películas, se aproximaba o explicaba nuestro beso.

En la fila para el cine la abracé por la espalda y le dije en secreto:

—Mi vida, esa agüita, tan divina, ¿De donde sale?

Ella apenas movió los labios y me respondió como en clave:

—Copas.

Pasé un buen rato sentado a su lado en la oscuridad dándole vueltas al significado amoroso, anatómico o fisiológico de la palabra “copas”. Después de revivir la escena cien veces y hacer varios diagramas mentales entendí que el secreto de aquel manantial sorprendente estaba en las generosas copas de su traje de baño anaranjado. Llevaba allí  horas de precalentamiento y ya se le habría evaporado el cloro y adquirido la fragancia de sus nacientes senos cuando nuestro abrazo la derramó.

Pensé explicarle lo que había sentido e imaginado, decirle de rodillas que veneraba aquella agua bendita, aquel orgasmo epidérmico, viniera de donde viniera, como un presagio casual de otras aguas más profundas y cálidas, pero me arriesgaba con tantos ímpetus a asustarla y  perderme los besos de lo poco que nos quedaba de película y de noviazgo.

Nunca imaginé que sería capaz de escribir una novela. Me juraba un corredor de distancias cortas y, de pronto, había sobrepasado las 300 páginas. Escribía sobre el Falke, un barco donde venían jóvenes estudiantes junto a viejos militares que querían derrocar a Gómez, el dictador que más tiempo ha gobernado a Venezuela. La expedición fue un estrepitoso y total fracaso, y tuve la buena suerte (o la mala, porque con la suerte, y sus ondas de largo alcance, nunca se sabe) de que la publicación del libro coincidiera con el golpe contra Chávez, otro fracaso fenomenal. José Vicente Rangel, el sumo sacerdote del chavismo, me llamó para felicitarme. Fue generoso. Yo hubiera preferido que me llamara para amenazarme, pues la novela era, entre otras cosas, un llamado contra las tiranías.

La siguiente novela, Sumario, trata del único magnicidio en nuestra historia, el asesinato del presidente Carlos Delgado Chalbaud. De nuevo, criticaba las dictaduras y los ismos. Cada vez que se junta un apellido con un ismo, las cosas van muy mal. Hay ciertos apellidos a los que no les cuadra el sufijo. Es una ventaja que suene tan mal “Aznarismo”, “Zapaterismo”, el “Rajoysismo”. Nosotros vamos a estar por un largo tiempo bajo la resaca del Chavismo, y esta vez sería Chávez quien celebraría la novela en uno de sus programas semanales en cadena nacional.

Vamos a acelerar la película, pues no quiero aburrirlos con una historia que bien conocen. Todo ha ido cambiando a nuestro alrededor. Hace un mes escribí un artículo titulado Diario de una catástrofe. Comienzo diciendo:

Todo escrito que no perjudique a la dictadura al punto de que esta necesite censurar o encarcelar al autor, es un texto políticamente inútil. Mi hija varias veces me lo ha dicho cuando le pido su opinión sobre algo que estoy por publicar:

—Está bien, papá, pero no es como para que te metan preso.

Los escritores venezolanos solo estaremos utilizando a conciencia la literatura si logramos que el SEBIN toque a nuestra puerta y nos encuentre en pijama. Si somos capaces de dormir tranquilos una noche completa, lo escrito está al servicio del dictador y su artera prédica de estar buscando la paz. Mis noches de insomnio se deben, más que al miedo, a una asfixiante sensación de inutilidad.

Aquí tienen el resumen de lo que me sucede. Los deseos de enfrentar una omnipotencia que todo lo invade ha terminado por carcomerme, por paralizarme. En Caracas me siento como un inútil, en Barcelona como un traidor. No encuentro como escribir algo que sea tan cierto, tan fuerte, tan acertado, tan demoledor, tan efectivo, que me convierta en un desterrado, en un exilado político, y ya no en un girovagante paralizado y recluso de sus propias ansiedades.

Al mismo tiempo, se me ha ido haciendo cada vez más difícil escribir cuentos o novelas. Tengo varias ideas, pero siempre se atraviesan como nubes negras esos artículos sobre política que pretendo escribir con  armonía, sentido y valor, pero terminan siendolos divertimentos de un escritor buscando comprensión y desahogo. Debe ser por ese síndrome de llenar los silencios que me atormenta desde niño.

En Venezuela la literatura es lo opuesto al crimen, pues no paga. Este año el reporte de ventas, y eso que tengo un buen editor, es de cinco dólares. Hace poco me invitó a almorzar y sentí que le quedaba debiendo. Carlos Fuentes decía que había que escribir como si estuviéramos muertos. No sé si cuentaescribir como si uno estuviera agonizando, o esfumándose.

Y entonces me fui de Caracas y llegué a Barcelona, supuestamente hasta noviembre del 2017. Ya solo me quedan dos meses para encontrar una excusa válida para no volver a Venezuela.

James Joyce dijo una vez, o varias veces: “Ya que no podemos cambiar de tema, cambiemos de país”.  Pero ese “cambiar” no funciona. Ya Horacio nos advirtió:

Los que corren tras los mares cambian de clima, no de ánimo.

Y tiene razón. Es en las rutinas ordinarias, la de pasear por una calle, tomar un café en una plaza o bañarme en el mar, cuando me considero un traidor. Para hacer faenas tan sencillas, bien podría estar con los míos. Pero son esos placeres sencillos abiertos a todo ciudadano, los que se han ido haciendo imposibles en mi ciudad. Caminar en Caracas es quizás más peligroso que marchar. Caminar de día, da miedo. No es un terror inmanejable, es un miedo sutil, pero constante. Caminar de noche, como haremos todos al salir de este encuentro,simplemente no existe.

A los venezolanos la nostalgia se nos ha ido tornado esférica. Sentimos tanto el dolor de querer marcharnos como el de querer volver, y, ya de vuelta en Caracas, el dolor de haber regresado. Es una nostalgia que funciona en todas las direcciones.

Hablo de una nostalgia esférica y no circular porque, además de ocurrir en la dimensión relativamente plana del ir y venir, opera también en el tiempo, y esas nostalgias no tienen remedio, pues se proyectan en una sustancia a través de la cual no podemos avanzar ni retornar.Nadie vuelve al pasado ni se adelanta al futuro, por más que el español tienda a apresurarse. Usamos la misma palabra para el comienzo del día que para el día siguiente. Apenas nos levantamos ya es “mañana”, o la mañana. Los otros idiomas tienen “morning” y “tomorrow”, “mattina” y “domani”. El Catalán nos permite escoger entre “matí” y  “demá”.

Pareciera que el español nació con cierta prisa por vivir, pero el tiempo es inexorable. Pessoa nos asoma a una terrible posibilidad: “No hay nostalgia más dolorosa que aquella de las cosas que no han sido nunca”. El humorista Willy Rogers lo dice de una manera más cruel: “Las cosas no son como solían ser, y probablemente nunca lo fueron”.

Esta vertiente es la que me concierne como escritor. Alimentarme de lo que nunca fue y extrañarlo como si hubiera existido, es un buen punto de partidapara inventar una ficción y hacerla lucir real.

Pero la lengua se cansa. Hace años leí unas líneas de Vallejo que fueron como una premonición, un presentimiento:

¡Y si después de tantas palabras,

no sobrevive la palabra!

¡Más valdría, en verdad,

que se lo coman todo y acabemos!

En estos días llegó a mis manos un fragmento del poema de T. S. Eliot: “Miércoles de ceniza”. Su mensaje es aún más pertinente:

Si la palabra perdida está perdida, si la palabra gastada está gastada,

si aún no ha sido dicha ni escuchada la palabra nunca dicha y jamás escuchada,

aun así seguirá siendo una palabra que está por ser dicha,

una palabra que necesita ser escuchada,

una palabra sin palabras, una palabra dentro del mundo

y para el mundo.

Y la luz brilló en las tinieblas

y contra la palabra el mundo inquieto continúa girando

en torno al centro de esa palabra silenciosa.

Oh  pueblo mío, ¿qué te estoy haciendo?

 Cuántas palabras hemos dicho y están perdidas; cuántas palabras hemos repetido y están gastadas; cuántas hemos dejado de decir y de escuchar. Podemos aceptar que no hemos dicho las palabras necesarias, o que hemos repetido demasiadas veces las palabras justas, pero nunca despreciar la justicia de las palabras.

Hoy me pregunto como en el cuento De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raimond Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de política?

El cuento de Carver termina así:

—Se acabó la ginebra —anunció Mel.

—¿Y ahora qué? —dijo Terri.

Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno, lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.

Así me encuentro, sentado en esa misma mesa oscura donde se acabó la ginebra y ya no hay nada que decir, ni qué escuchar, solo el silencio de corazones.

Epílogo

Gracias a la oportuna invitación a esta charla, tan poco académica, tan abierta, tan gratis, tan de hijos que son amigos, y amigos que son hermanos, he tocado fondo y comenzado a entender, o a recordar, o a revivir, algunas cosas que quiero compartir.Primero debo darles las gracias por haberme servido de confesores y ayudarme a encontrar algo de luz. Vislumbro cuatro giros al tornillo para sentirnos más libres.

I

La literatura es esencialmente inútil. Solo lo inútil es permanente y el arte es lo que permanece a pesar de no servir para nada. Esto es tan cierto y tan extraño que, hasta en la arquitectura, las obras más bellas son las que ya no tienen ninguna utilidad. En la reciente exposición del MOMA sobre arquitectura moderna latinoamericana, las estrellas venezolanas fueron el Helicoide y el hotel Humboldt. Dos piezas de los cincuenta que hoy son ruinas arqueológicas y nadie sabe qué hacer con ellas. Soñar con escribir útiles ensayos que cambiarán el país es una pesadilla que invadió todos mis sueños. Es hora de aceptar mi inutilidad política, y disfrutarla, o padecerla con cierta alegría y menos masoquismo.La literatura no resuelve problemas, solo trae algo de reposo al que los tiene; en el mejor de los casos, algo de luminosidad y sensible fragilidad, que es donde reside la verdadera fortaleza. La historia la escriben los vencedores y, las novelas, los perdedores.

II

Venezuela será muy pronto el país del retorno. En una sola generación pasamos de ser de un país de inmigrantes a uno de emigrantes. A partir de los años cincuenta creíamos ser el centro del mundo.Veíamos llegar familias de Italia, de España, de Portugal, de Hungría, del Líbano. Ahora somos una periferia incomprensible y atomizada. Nuestro futuro es convertirnos en el país del retorno, pero esta vez llevaremos dentro de nosotros uno de los principios de El libro de los 24 filósofos, una obra de la Edad Media de autor desconocido: “Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Nuestra nostalgia esférica puede llevarnos a una comprensión del verdadero sentido de vivir en el mundo.El propósito de vivir, como decía Simmel, es generar más vida. Yo añadiría que nueva y distinta.

III

Barcelona es el refugio ideal para entender esa esfera cuyo centro está en todas partes, y que Borges celebró en uno de sus mejores ensayos. Barcelona es una ciudad plena de centralidades que está buscando se respete la legitimidad de su propio centro. Esta ciudad ha vivido una injusticia ancestral, endémica, y la ha llevado con dignidad, sin perder su capacidad de crear. Tiene a su favor una geografía única, y la geografía es la madre de la historia. Y un estilo único que la recorre y la unifica. Me recuerda a Venecia, una ciudad infinita, pues a donde quieras que mires siempre está Venecia. Barcelona se multiplica con un mismo espíritu y un mismo lenguaje.

IV

Nuestros sentidos le dan sentido a la vida cuando va perdiendo sentido.Vislumbro una posible solución a mis contradicciones, a mi estancada girovagancia: Si quiero viajar sin moverme de Barcelona tendré que hacerlo con la lengua.

El gusto, el tacto, el olfato, la vista, el oído, son a la vez un refugio y un punto de partida. Debemos encontrar lo que nos ofrecen los sentidos, tanto sus extensiones como su expresión más simple y palpable.  No podemos olvidar que esas ventanas comienzan en nuestro propio cuerpo y son extensiones de nosotros mismos. Me aferro a esta idea. Se bien que al final de mi vida, lo que recordaré de mi lengua, no serán los cuentos y las novelas escritas, sino los besos de Marta, mi esposa.

A continuación el póster del evento.

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Un héroe de la transición; por Federico Vegas

I Decimos que a la oposición le falta un líder, un conductor que nos unifique. Por supuesto que nos hace falta, pero, ¿existen las condiciones para que tal personaje exista y sea efectivo? ¿Podía acaso existir un líder opositor en la Alemania de Hitler, en la Rusia de Stalin, en la Cuba de Fidel, hoy

Por Federico Vegas | 30 de agosto, 2017

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I

Decimos que a la oposición le falta un líder, un conductor que nos unifique. Por supuesto que nos hace falta, pero, ¿existen las condiciones para que tal personaje exista y sea efectivo? ¿Podía acaso existir un líder opositor en la Alemania de Hitler, en la Rusia de Stalin, en la Cuba de Fidel, hoy en día en la de Raúl?

Si comparamos con los citados contextos al actual régimen que nos aplasta, alguien podría decir que exageramos o tratamos de ser efectistas, pero si nos fijamos en el ángulo de la pendiente que van señalando las sucesivas violaciones, fraudes, muertes y mentiras flagrantes, la comparación adquiere más sentido. Para ser más prudente, me limito a decir que la aparición de un líder de oposición, congregante y capaz de reconducir al país, fue más factible en las democracias de Carlos Andrés II y Caldera II que en los regímenes de Chávez y Maduro.

Más que un héroe de oposición necesitamos un héroe de transición hacia un nuevo contexto político, alguien que sea más puente que monumento, que limite su heroicidad a esa función y luego entregue el testigo del poder y el estrellato a otro corredor. En la historia de Venezuela hay un ejemplo notable, incluso insólito. El que un militar, ministro de la Defensa de la dictadura más férrea y larga que ha conocido Venezuela —los 27 años de Juan Vicente Gómez—, haya sido uno de los creadores de nuestra democracia moderna, es una proeza difícil de explicar. Vista desde el presente suena a cuento de hadas.

II

Cuando era niño conocí a Eleazar López Contreras. Tenía una figura de Don Quijote próspero, pues era el hombre más flaco y alto que había visto en mi vida. “Espigado” es un mejor adjetivo por lo pálido y una tendencia a desaparecer cuando estaba de perfil. Su aparente fragilidad era elegante y parecía estar callado hasta cuando hablaba. De hecho, no recuerdo haberle escuchado palabras, sino un sonido antiguo y agudo de poco fuelle que todos se esforzaban en entender. Algo no me cuadraba con el cuento de que aquel hombre había sido presidente de Venezuela.

Mi abuelo lo veneraba. Había servido en su gobierno, antes en el de Gómez y después lo haría en el de Medina. Me tomo tiempo entender, y asumir, que el abuelo había sido un gomecista. Nací en 1950 y a los ocho años vi nacer una nueva democracia que iba a ocupar una buena parte de mi vida. “Dictadura” era entonces una mala palabra, algo inconcebible, primitivo, y resulta que mi abuelo había estado al servicio de un tirano.

Nunca le pregunté sus motivos ni su visión de esos años. De niño le tenía miedo, y, justo cuando empezamos a hacernos amigos, le dio por morirse. En un cuento titulado “La Carpa”, logré contar la historia de nuestro encuentro y despedida. Todavía sé muy poco de su pasado. Su infancia está en el género de las leyendas familiares que ya a nadie interesan. Sólo sé que quedó huérfano siendo muy niño y que su padre era un general, algo que entonces era tan poco meritorio como ahora, y un detalle que es una posible excusa: Juan Vicente Gómez le pagó sus estudios y ayudó a su familia.

El abuelo Ovidio se graduó de abogado y creo que era agregado naval, por una pequeña historia que nos contó mi madre:

 —En un acto de mi colegio, yo hacía de “Bella durmiente” y tenía mucha emoción de que papá me viera. Y resulta que llegó cuando ya casi terminaba la función. Recuerdo que estaba haciéndome la dormida, esperando el beso salvador, cuando escuché un revuelo entre el público. Giré la cabeza entreabriendo los ojos y lo vi llegar con un uniforme blanco tan deslumbrante que hasta las monjas se alborotaron. El también venía de una función.

Ovidio Pérez Agreda estuvo involucrado en dos casos que demuestran la confianza que le tenía el tirano: el juicio a quienes participaron en el fracasado levantamiento del cuartel San Carlos en 1928, y, antes, en 1923, en la investigación sobre el asesinato de Juancho, hermano de Juan Vicente Gómez y vicepresidente de la república.

A Juancho le dieron 27 puñaladas en su hamaca guindada en una habitación del “mismísimo” (para usar una expresión bien gocha) Palacio de Miraflores. Como suele suceder, lo primero fue culpar a la oposición, pero pronto corrieron fuertes rumores que iban desde conflictos familiares hasta el despecho amoroso de un subalterno. Los chismes se devoraron la verdad y el crimen quedó en el archivo de los grandes misterios. El propio Gómez se encargó de los interrogatorios, que deben haber sido cruentos, y mi abuelo fue uno de los fiscales. Quizás llegó a saber quiénes fueron los culpables, pero nunca compartió el secreto. Mi padre se lamentaba de no haber conversado con su suegro sobre este caso.

—¿Por qué nunca le preguntaste? —le reclamé.

Se quedó pensativo y respondió con sinceridad:

—No me atreví.

III

En el levantamiento frustrado del cuartel San Carlos está involucrado Eleazar López Contreras de diversas maneras. La versión más conocida es que fue el héroe absoluto al acabar sin ayuda de nadie con el alzamiento. El 6 de abril de 1928, López, entonces jefe de la guarnición de Caracas, se entera de una sublevación al norte de la ciudad. Se dirige inmediatamente al cuartel acompañado de su chofer y lleva como única arma un fuete. Su llegada desconcierta a los soldados rebeldes y los somete sólo con voces de mando y el pequeño fuete que se haría famoso.

La historia que me contaron de niño tiene algunas variantes. Cuando López se dirige en carro a enfrentar el golpe, vio que venía llegando el capitán Pimentel, uno de los involucrados. Entonces le dice a su edecán y chofer: “Sanabria, hágalo preso”, y Sanabria se baja con un sable mientras López sigue caminando para el cuartel. Pimentel está armado y le dispara a Sanabria cuatro tiros calibre 22. Ninguno fue mortal. Sanabria, mientras se desangraba, mantuvo con la punta de su sable a Pimentel contra una pared.

López llega caminando al cuartel y pide que le abran el portón. Se abre solo un postigo y un soldado le dice que el cuartel está tomado.

—¿Por quién? —pregunta López.

—Por nosotros —responde tímidamente el sublevado.

López introduce su revólver por la apertura y dispara. Un segundo guardia decide abrir el portón.

Al día siguiente, López es uno de los jueces instructores en la preparación del expediente contra todos los alzados. De pronto, decide inhibirse y remite el expediente al gobernador de Caracas.

¿Cuál es la razón para semejante cambio de actitud? Resulta que entre los cadetes alzados se encuentra su hijo mayor, Eleazar López Wolkmar, de 20 años. Gómez le ofrece liberar al joven, pero López no acepta y su hijo pasará un año en prisión. Luego es desterrado, pero ya estaba enfermo de muerte por las malas condiciones en que había vivido.

El caso del victorioso López Contreras se complica. ¿Por qué supo antes que nadie lo que se estaba cocinando? ¿Por qué acudió solo? ¿Fue invitado a participar y prefirió llevarse todo el mérito? El hijo es una pieza que no encaja y Gómez manda al padre a la guarnición del Táchira, que es un puesto de mucha importancia, pero convenientemente lejos de los escandalosos corrillos caraqueños. Tres años más tarde será nombrado ministro de Guerra y Marina. López sabía callar y esperar.

Su vida militar estuvo signada por ese tipo de rumor, de dudas, de recelos. Se le vinculó al alzamiento del general José Rafael Gabaldón y al del general Román Delgado Chalbaud, cuando la Expedición del Falke. La explicación a tantas versiones quizás sea que todos querían a su lado a un hombre culto, inteligente y buen organizador. Hoy lo califican de militar “moderno”, una manera de celebrar lo mucho que tenía de civil, o de civilizado. El militar “primitivo” solo puede expresarse con las armas, generalmente exhibiéndolas o asesinando ciudadanos desarmados, y desconfía y desprecia las instituciones civiles.

Eleazar López Contreras quería ser médico, pero, igual que mi abuelo, quedó huérfano siendo muy niño, una circunstancia que a veces lleva a buscar la paternidad en las esferas del poder. Su verdadero padre era un militar que abandonó su hogar en Queniquea, un pequeño pueblo ensartado en las faldas de los Andes, dejando a su esposa encinta. Ese mismo año, el fugitivo muere en Cúcuta de fiebre amarilla. Sabemos que esa figura paterna que el niño jamás conoció iba a llenarla Gómez. El mismo López lo dijo mientras enterraban al terrible y temible patriarca que parecía inmortal: “Fue el mejor padre que he tenido”.

Eleazar debe haber conocido esta suerte de padre putativo a los 16 años, cuando la Revolución Restauradora se llevó con sus promesas románticas y aires de aventura al excelente estudiante que una vez quiso ser médico. El líder de la Revolución, Cipriano Castro, y su subalterno, Juan Vicente Gómez, serían las figuras de un drama de fidelidades y traiciones, “conjuras” y “aclamaciones”, en el que Gómez, más zamarro, recio y prudente, iba a prevalecer.

El joven de Queniquea, convertido en capitán, conocerá pronto las actitudes opuestas de ambos jefes. En la batalla de Tocuyito, que sella la victoria de la Revolución, recibe un balazo en el brazo y lo llevan a un dispensario en Valencia, donde no mejora; Gómez lo envía a Caracas y se encarga de que lo traten los mejores médicos. Un año después, López es teniente coronel y edecán del presidente Cipriano Castro. Tiene apenas 17 años y va a durar poco en el cargo. Cipriano Castro, famoso por sus arrebatos, no le perdona una equivocación y lo destituye entre insultos. Imagino que para entonces ya López habría decidido quién sería su verdadero jefe.

No le resultará fácil definir esta posición. Tanto Castro como Gómez desconfían de él, pues cada quien lo cree en el bando contrario. Como ya he propuesto, quizás ambos presumían de la lealtad del prometedor oficial. Este enredo de sospechas lo deja varado en puestos relegados, más civiles que militares, paseando por toda la geografía de Venezuela, desde La Vela de Coro hasta las Salinas de Araya.

Unos diez años después, cuando ya Gómez tiene tiempo siendo el dueño absoluto del país, se convence de que López Contreras está de su lado. Los espías del régimen han interceptado una carta del hermano de Castro donde cuenta que López Contreras ha sido invitado a una rebelión y se ha negado. Lo ascienden a coronel cuando ya sus compañeros son generales, pero ya nada podrá detener su capacidad administrativa y creadora. Es nombrado director de Guerra y se ocupa de modernizar el armamento del ejército venezolano. Ahora sus viajes son a Francia, Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos, comprando ametralladoras y cañones. También participa en la modernización de la Escuela Militar, lo cual le va dar un gran prestigio entre los nuevos oficiales.

Tendrá tiempo para escribir. Es un apasionado de la historia y publica dos libros: Síntesis de la vida militar de Sucre y Bolívar conductor de tropas. Tiene buena pluma, lo que no suele ser tan usual en un militar como el espíritu de subordinación al jefe:

En nuestra consagración al servicio de la Institución de la Armada de la República, bajo la experta dirección del Benemérito General Don Juan Vicente Gómez, creador del moderno Ejército Venezolano, hemos recibido el mayor estímulo para orientar nuestro criterio y espíritu militar, por medio del estudio de las campañas preconcebidas y desarrolladas por el genio incomparable de Bolívar.

En 1931 es ascendido a ministro de Guerra y Marina. Cuatro años después muere Gómez y el ministro de Guerra es encargado de la presidencia. Nunca antes ni después fue tan necesaria su consigna de “Calma y cordura”, como cuando enfrento a los poderosos familiares de Gómez y otras figuras que querían continuar con el mismo sistema.

IV

¿Cuál era ese sistema?

No hay que forzar tanto la barra para encontrar semejanzas entre el final del gomecismo y el inevitable final del madurismo (digo esto basándome en una estrofa de Sor Juana Inés: “Y no hay razón para nada, habiendo razón para tanto”). Al fin y al cabo, o “al fin del cabo”, se trata del mismo país bajo una tiranía con disfraces similares. Dos rasgos resaltan: Gómez hizo reformar varias veces la Constitución para ajustarla a sus necesidades de permanencia. Sus más firmes opositores, y quienes más carne pusieron en el asador, fueron los estudiantes.

Bajo Gómez se va a dar una evolución más definitiva por la aparición de una inesperada riqueza, solo comparable al filón que hoy es el narcotráfico. Al comienzo de su mandato se dio un gran auge económico gracias a la agricultura y la cría, pero luego llegaron las compañías extranjeras, brotaron chorros de petróleo y comenzaron a descender las exportaciones de café y de cacao. Entre 1916 y 1926, las exportaciones de petróleo se multiplican por mil. Venezuela deja de ser un país agropecuario y se transforma en un país minero, pero manejado con el criterio de una gran hacienda.

Gómez, junto a sus compadres y familiares, se reparten las tierras del país. Una de las haciendas del Benemérito va desde el Cunaviche al Capanaparo. Con tanto petróleo no es indispensable desarrollarlas y muchas se mantienen ociosas. Son símbolos de poder más que medios de producción, mientras el dictador otorga concesiones como si el país fuera suyo y la nación venezolana es saqueada por extranjeros que parecen redactar las nuevas leyes sobre derechos de extracción. Otra semejanza notable y dolorosa con el régimen actual, que vende y recontravende el país a los rusos y a los chinos. Se trata del mismo musiú con distinto cachimbo. La vida es una ruleta, el problema es que la nuestra es rusa.

Los estudiantes que se rebelaron contra Gómez no lograrán ningún cambio, salvo el más importante, el de sus propias almas. La llamada “Generación del 28”, por iniciar su movimiento en el carnaval caraqueño de 1928, irán a dar a La Rotunda, al castillo de Puerto Cabello, a las colonias de Araira, al presidio de Palenque, y finalmente a un exilio que será fundamental para consolidar su formación y una nueva visión del país.

V

La primera tarea de López como presidente será sofocar un conato de rebelión propiciada por los familiares del dictador. La propia impetuosidad y prepotencia de personajes como Eustoquio Gómez, primo del fallecido, facilitó el proceso. El Congreso lo ha nombrado Presidente Constitucional de la República para el periodo 1936-1943 y comienza decretando la libertad de los presos políticos, restableciendo la libertad de prensa y permitiendo el regreso al país de los exiliados.

Resulta ser un hombre conciliador, dado a buscar entendimientos más que a ejercer a represiones en un momento que el pueblo le exigía que eliminara todo aquello oliera a gomecismo. Va a conocer y tener que lidiar con erupciones de libertad: disturbios espontáneos o propiciados por partidos políticos, movimientos estudiantiles y sindicatos. Centrará su represión en los comunistas, un adjetivo que ha servido para todo e incluyó al entonces incipiente e impaciente Rómulo Betancourt. Se aprueba una nueva Constitución Nacional que reduce el período presidencial de 7 a 5 años y se elimina la reelección. López quiere dar la impresión de que no ha venido a eternizarse.

La lista de instituciones que se crean es apasionante, especialmente porque van a ser efectivas y a perdurar: Consejo Venezolano del Niño, un Instituto Técnico de Inmigración y Colonización que planifica repoblar los campos y aprovechó lo que nos ofrecía una Europa en crisis, la Ley del Trabajo que redacta el joven Caldera, el Servicio Técnico de Minas y Geología, el Instituto Pedagógico de Caracas, nuevos cuerpos que van desde los Bomberos de Caracas hasta la, hoy desvirtuada, Guardia Nacional, el Museo de Bellas Artes y el Museo de Ciencias, el Banco Central de Venezuela, el Ministerio de Agricultura y Cría, el Ministerio de Comunicaciones.

La frase de Rufino Blanco Fombona no es exagerada: “López había hecho en 5 años lo que sus antecesores no habían hecho en 50”. Me atrevo a decir que ha sido el presidente que ha hecho más con menos y en una de las situaciones más críticas y explosivas de nuestra historia, cuando estaba en juego, como ahora, entrar en el caos y la barbarie. Gracias a López Contreras, Venezuela se convertirá en el país del retorno, y podrá expresarse y dar frutos esa generación de jóvenes médicos, ingenieros, artistas, escritores y los políticos que transformarán a Venezuela y la llevarán al esplendor de la segunda mitad del siglo XX.

VI

A López lo sucede el general de división Isaías Medina Angarita, también, para ese momento ministro de Guerra y Marina. Otro caso excepcional, pues Medina ofrece aún más libertades y progreso. Pero no voy a alargar este ensayo hablando de Medina, quien tiene toda mi simpatía. Recomiendo El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga, para explorar una de las aristas de cómo termina su presidencia. Las novelas a veces enseñan más que los libros de historia, pues los pueblos solo tienen la historia que son capaces de imaginar.

Una de las razones del final de Medina es que, apenas se inicia el golpe, organizado por los ya no tan jóvenes adecos junto a militares que pocos años más tarde se quedarán con el poder, muchos creen que López Contreras está con los sublevados. Es el drama de siempre: todos quieren tenerlo de su lado. Pero ni siquiera López sabe bien lo que está pasando. Cuando se presenta a ofrecer su ayuda a Medina cae en el epicentro de la trampa. La Junta Revolucionaria de Gobierno ordenará su expulsión junto a Medina y será enviado a Estados Unidos mientras un “Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa”, los declara reos de peculado. Los acompañan 150 venezolanos más, entre ellos, Ovidio Pérez Agreda.

VII

La casa de Eleazar López en Miami se convirtió en un centro de conspiración de hombres que la historia había dejado atrás. Me recuerdan la tripulación del Falke, hombres con pasado y hombres con futuro, que en el presente solo encontrarían fracaso y desolación. López comentaría:

Estoy agradecido con este destierro, con la prisión, con esos juicios políticos a los que me tienen sometido, pues completan mi figura de político venezolano. Yo he sido de todo en Venezuela: Ministro, Presidente, Jefe de Guarnición, invasor, guerrillero, todo menos preso político y desterrado. Y en Venezuela no puede haber jefe político sin una historia de destierro.

Tiene razón, pero una cosa es un desterrado que llega a presidente y otra, muy distinta, un presidente desterrado.

¿Qué pensaría mi abuelo del inesperado exilio?

La historia le había dado la oportunidad de servir a la democracia naciente. Fue gobernador del estado Bolívar con López y ministro de Trabajo con Medina. Una de sus primeras actuaciones fue adecentar la plaza de Ciudad Bolívar, la cual solía estar invadida de animales: “Todo el que encuentre un cerdo en la plaza es suyo”, decretó para poner orden. Funcionó por unos días, pero pronto se supo que algunos sinvergüenzas estaban arreando los cochinos de sus vecinos hacia la plaza con el cuento de que andaban sueltos.

Uno de sus cargos fue cónsul en Georgetown. Ir a servir en aquella ciudad tan caliente y húmeda no era un castigo, sino una de sus obsesiones. La reclamación de los límites de Venezuela con la entonces Guayana Británica en la zona del Esequibo era un tema que lo apasionaba. Creo que descubrió un documento importante, decisivo, concluyente, una clave que sigue siendo un secreto de Estado o un documento perdido entre la negligencia y el despiste.

Lo que nunca perdió fue su agradecimiento a Gómez. Volvió a Venezuela cuando Pérez Jiménez retomó la vía militarista y despachó a los adecos. La democracia volvía a lucir como una fantasía inoperante. No se podía hablar mal del nuevo dictador, pero si del que había muerto en el 1935, en todos lados menos en la mesa de mi abuelo, un comedor muy concurrido gracias a las delicias culinarias de su esposa, la dulce María Delfina, protagonista de mis mejores sueños infantiles. No en balde mis abuelos son los padrinos de Armando Scannone.

En uno de esos almuerzos de tres horas, uno de sus cuñados empezó a criticar el gomecismo. Lo hacía con prudencia, tratando de mantener cierta altura. El abuelo lo atajó en la segunda frase:

—En esta mesa no se habla mal del general Gómez.

—Pero Ovidio, tú tienes que comprender…

El cuñado no había terminado la frase cuando mi abuelo ya había puesto su revólver sobre la mesa. Pálido, alcanzó a añadir:

—Ovidio, tú sabes bien que yo nunca he sido un hombre de armas.

El abuelo se dirigió a su hijo menor:

—Leopoldo, vaya a mi habitación. En la mesa de noche hay un 38 cargado. Tráigaselo al tío Rafael.

El tío nunca volvió. Debe haberse arrepentido de su imprudencia, porque veneraba los mondongos de su hermana.

Al abuelo lo recuerdo triste, ausente, con una expresión parecida a la nostalgia, pero estanca, pues era un mundo al que ya no quería volver. A veces el pasado es demasiado pasado, como si te partieran en dos y avanzaras divido, incompleto.

La acusación de peculado que estableció el famoso tribunal habla de 70.000 bolívares gastados sin el adecuado sustento durante la construcción de la avenida Táchira de Ciudad Bolívar. Bautizar con el nombre de un estado andino una avenida en Guayana es un acto de adulancia. Ese es mi reclamo al abuelo, pero lo cierto es que la avenida sigue en su sitio y con el mismo nombre. Con respecto al asunto del peculado, pude hacerme una opinión treinta años después de su muerte. Un día me encontré en el restaurante Da Guido al padre de mi cuñado más querido. Antonio José Puppio fue uno de los líderes adecos en Ciudad Bolívar y sería un gran abogado. Conversar con él era un placer, especialmente de esa historia de Venezuela tan lejana y tan cercana, poblada de fantasmas que a veces se nos aparecen. En ese almuerzo me hizo una revelación que me cortó la digestión, pero me permitió ver el pasado como en una película bien enfocada y en colores. Me contó, sin preámbulos, que él había sido el que llevó el caso en contra de mi abuelo. Su explicación fue sencilla, diáfana:

—Había que buscar culpables que justificaran el golpe, y tu abuelo fue el elegido. Era el único que había construido algo. Un amigo de los dos se me acercó y me dijo: “Pero, chico, por qué la agarran con Ovidio. Ese hombre es buena gente”. Yo le respondí: “Es el candidato ideal, pues es muy echón”. Al menos en eso sí estábamos de acuerdo.

La explicación fue demasiado rauda y escueta para explicar el inicio de un viaje con tantas ramificaciones. A lo mejor yo no hubiera nacido si el abuelo hubiese sido menos echón. Lo cierto es que prefiero tener un abuelo engreído que ladrón, además me cuadra con su porte. Aprovecho para decir que era impresionantemente buenmozo, y sé de unos lances románticos que no me atrevo a incluir en este relato con ínfulas de ensayo, pero seguro los escribiré pronto, pues con estas remembranzas ya están latiendo, rompiendo las fuentes como en los partos.

VIII

El golpe de Estado de la Junta Militar en 1948 que desplazó a los adecos, también le permitió a Eleazar López volver al país. Los nuevos jerarcas buscaban el apoyo o el perdón de un hombre que no podía estar de acuerdo con la nueva política, un militarismo que él creía haber logrado dejar atrás. Se retira a la vida privada y se dedica a escribir, a explicar y justificar sus actuaciones. En Proceso Político Social, de 1955, se centra en el episodio crucial de su vida, la última etapa de la dictadura de Juan Vicente Gómez y su ascenso a la presidencia. No lo he leído. Dudo que haya podido explicar su cambio, el enorme giro que le dio a su vida. ¿Era algo que se estuvo cocinando en esos años de prudencia, de calma y de cordura? Quizás no le gustó nunca ser militar. Se veía tan fuera de lugar cargado de medallas e insignias, como disfrazado a la fuerza. O quizás lo marcó el espíritu de los estudiantes. Siempre estuvo en contra de cómo habían sido tratados los estudiantes, lo más prometedor del país, ese futuro a punto de ser presente que puede llegar a ser cercenado.

Al caer Pérez Jiménez, López regresa a la política buscando la concordia, su mayor especialidad. Comienza por acercarse a su antiguo enemigo político, Rómulo Betancourt, el nuevo presidente. Debe haberlo aconsejado cuando Rómulo atravesó por situaciones similares a las suyas. El país entero lo acogió con cariño y respeto, agradeciendo, sobre todo, su aporte cívico, al haber servido de puente para la transición de una dictadura a una democracia. Pero nunca le gustó que lo llamaran “presidente de transición”. “Yo me considero”, solía decir, “un presidente de evolución y no de revolución”.

Murió a los noventa años y acompañé a mi abuelo al entierro. De vuelta a la casa lo vi llorar mientras manejaba. Me impresionó la ausencia de lágrimas, de gestos. ¿Sería que en realidad no estaba llorando, o que lo hacía como alguna vez lo harán las piedras?

En esos meses, o en esos años, le escuché a mi madre decir lo que hubiera sido un sacrilegio en la mesa de sus padres:

—Ese Rómulo Betancourt no era tan mala gente.

No debo revelar aquí el final del cuento que escribí sobre el final del abuelo, pero no resisto colar unas cuantas líneas que están casi al final:

Cuando murió la abuela, sin avisar, sin quejarse, el abuelo se mudó a una casa en El Rosal y se dedicó a fumar y hacer crucigramas. Nunca más he visto viejas tan atractivas como las que lo persiguieron, pero a todas las enamoraba y las despedía con la misma triste y leve sonrisa. En las tardes salía en interiores con un bate y apaleaba unas trinitarias sembradas en los linderos de la casa. Según él, era la mejor manera de podarlas. Y era cierto, las ramas parecían disfrutar los golpes furiosos y de cada batazo brotaban en pocos días puñados de flores agradecidas.

Diario de una catástrofe; por Federico Vegas

I Si ya nadie tiene aguante para escuchar más explicaciones y elaboraciones sobre algo estruendosamente evidente, ¿para qué escribir sobre el tema? Cuando se necesitan urgentes acciones, las palabras justas se hacen más necesarias que nunca, pero, al mismo tiempo, se tornan insoportables. Muchas veces he sentido que más benefician los hechos a mi escritura

Por Federico Vegas | 14 de agosto, 2017
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Fotograma de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman

I

Si ya nadie tiene aguante para escuchar más explicaciones y elaboraciones sobre algo estruendosamente evidente, ¿para qué escribir sobre el tema?

Cuando se necesitan urgentes acciones, las palabras justas se hacen más necesarias que nunca, pero, al mismo tiempo, se tornan insoportables.

Muchas veces he sentido que más benefician los hechos a mi escritura que mi escritura a lo que nos sucede. Siento que aprovecho la fuerza de las circunstancias para expresarme, desahogarme, como si este fuese el único objetivo.

Ya es imposible mantener ese doloroso divertimento. A partir del domingo, 30 de julio de 2017, todo escrito que no perjudique a la dictadura al punto de que esta necesite censurar o encarcelar al autor, es un texto políticamente inútil. Mi hija varias veces me lo ha dicho cuando le pido su opinión sobre algo que estoy por publicar:

—Está bien, papá, pero no es como para que te metan preso.

Los escritores venezolanos solo estaremos utilizando a conciencia la literatura cuando el Sebin toque a nuestra puerta y nos encuentre en pijama. Si somos capaces de dormir tranquilos una noche completa, lo escrito está al servicio del dictador y su artera prédica de estar buscando la paz. Mis noches de insomnio se deben, más que al miedo, a una asfixiante sensación de inutilidad.

El otro problema angustioso es la imposibilidad de comenzar y terminar una idea coherente. Apenas comienzo a reaccionar frente a un hecho sobreviene otro aún más contundente e inhumano. Trato de dar una respuesta inteligente, pero presiento que ya la inteligencia de muy poco nos sirve. Solo contamos con la intuición, esa fuerza que el filósofo Henri Bergson describe como una lámpara a punto de apagarse que arroja una leve luz sobre nuestra personalidad, nuestra libertad, nuestro destino. Esta es la única manera de llegar a lo inaprehensible, a lo inefable, a lo más profundo de una injusticia tan oscura que resalta como un inmenso en la frente.

Según Bergson, la inteligencia se caracteriza por una natural incomprensión de la vida. Ocurre que tiende a detener lo que analiza y convertir el hecho en un cadáver para colocarlo en el escaparate de sus calificaciones y ordenamientos. Las fortalezas de la inteligencia son a la vez un peso, un lastre que le quita el vuelo necesario para acompañar la evolución continua de las cosas que examina. Nuestra vida política, aunque parece sumida en un absurdo estancamiento que nos ahoga, siempre está fluyendo, produciendo nuevas formas de maldad, de horror, que nuestros inteligentes escritos han hecho aún más pesadas al impedirnos intuir su secuencia.

No podemos elegir ser intuitivos; si acaso crear las condiciones para que la intuición se sienta a gusto. Escribir un ensayo, por más que se trate de un pasajero intento de comprender, no es el método más propicio. El ensayo suele estar signado por el afán de llegar a algo que tenga principio y final, dos instancias que no existen en el verdadero transcurrir de los hechos históricos.

He optado por llevar un diario veloz y veleidoso, íntimo e irresponsable, así quizás podré acompañar a los hechos sin la obsesión de atraparlos. Estas casuales impresiones no garantizan que logre acompañar nuestro devenir, pero quizás resulten más provechosas que esa manía de “rematar” las ideas. Serán anotaciones con algo de hipo y de suspiro, pero nunca con el trámite de una verdadera digestión (un proceso que ya sabemos en qué termina). Voy a intentar avanzar como quien pasea y va dejando un registro de lo que observa. Stendhal decía que una novela es un espejo que recorre un camino. Los venezolanos avanzamos entre amenazantes espejismos que terminan siendo ciertos.

La guía de mi escritura, o punto de partida de las primeras incitaciones, suele ser el azar del encuentro con los libros, preferiblemente los usados que ya nadie quiere. Allí están los clásicos que sobreviven al manoseo y vuelven a reaparecer en ventorrillos manteniendo su brillo y su misión. Este azar requiere y propicia algo de intuición, pues no encuentro lo que busco, más bien ruego que la suerte propicie un encuentro que había postergado hasta olvidarlo. No me refiero a leer el libro completo, puede ser una frase en la primera página, tan conmovedora que debo cerrar el libro para recuperarme y quizás nunca más vuelva a abrirlo; como un par de líneas en el prólogo de Romain Rolland a su biografía de Miguel Ángel: “En el mundo hay un solo heroísmo: ver el mundo tal cual es; y amarlo”. La heroicidad que Venezuela nos exige me obliga a cerrar los ojos y cerrar los puños hasta dejar de pensar.

II

Domingo, 13 de agosto

Dos semanas después del zarpazo desconstituyente, he vuelto a toparme con Alexis de Tocqueville y su Democracia en América. Acosado por la pregunta que me persigue, “¿Para qué escribir?”, voy directo al capítulo XX: “Sobre la industria literaria”. Tocqueville nos explica que la democracia no solo lleva la afición de las letras a las clases industriales, también lleva el espíritu industrial al seno de la literatura.

En las aristocracias, los lectores son difíciles y poco numerosos; en las democracias es menos penoso agradarles, y su número es prodigioso.

Me asombra cuánto tiempo me ha tomado percatarme de algo tan obvio: estamos bajo el yugo de una aristocracia, una pésima noticia para los escritores venezolanos. Vivimos una nueva realidad sin espíritu industrial en la que sólo Suniaga en Venezuela y Alberto Barrera en el exterior parece que podrán sobrevivir. Los venezolanos solo queremos saber una cosa: “Hasta cuándo durará esto”, y cada día el tema va perdiendo espectadores. Los posibles lectores están agotados y terminan desconfiando hasta de su propio idioma, y así, ¿quién quiere leer?

“¡Aristocracia!”, suena tan raro y tan cierto. A partir de Chávez nos dirigen los mismos personajes del mismo drama. Como en una partida de dominó, intercambian los oficios y hasta la facha, pasando, como un actor que cambia de libreto, de hacer de doble blanco a ser la peor de las cochinas. Es una aristocracia de sangre, pero de sangre derramada. Las fortunas de estos nuevos nobles no les cabe en la conciencia y se han ido deformando, preparándose para perdurar en el óleo con marco dorado que consagrará sus vicios, o en esas fotos escandalosas y desvaídas sobre los capítulos más infames de nuestra historia. Ellos no circulan por los espacios públicos de los demás ciudadanos. Ya lo dice el Papa Francisco: “La corrupción apesta y roba la esperanza”, y estos aristócratas saben que hay un pachulí, un berrinche que los descubre. Transitan en secreto por otros ejes, como el dictador y su esposa, quienes bajan la voz al pasear por la ciudad de noche, aunque estén solos y en un carro blindado. A veces se les puede ver en tarimas saludando a caricaturas de la plebe, o en videos donde dan rienda suelta a su omnipotencia mientras esbozan unas sonrisas rarísimas. Sus familiares están regados por el mundo y sujetos a reseñas que tiene más de “Adiós” que de Hola. Ver a los hijos sufrir por el odio que han generado sus padres tiene más de circo que de justicia.

De la etimología de Aristocracia, “el gobierno de los mejores”, es inevitable pasar al término “Kakistocracia”, el gobierno de los peores. Ya en varios artículos recientes ha cundido esta inevitable referencia. Se ajusta tan bien a nuestros sempiternos personajes que da grima desarrollar el tema. Un diccionario de sociología define a la kakistocracia como “un estado de degeneración de las relaciones humanas en que el gobierno está controlado y dirigido por seres que ofrecen toda la gama, desde ignorantes y matones electoreros hasta bandas y camarillas sagaces, pero sin escrúpulos”.

Kakistos es el superlativo de kakos, lo peor de lo “malo”, “sórdido”, “sucio”, “vil”, “incapaz”, “perverso”, “nocivo”, adjetivos que se aplican a la tormenta perfecta que estamos atravesando. La pregunta es si los “kakos” generan la tormenta, o existen condiciones desde atmosféricas hasta astrológicas para estar viviendo (contradiciendo al mismísimo Leibniz) en “el peor de los mundos posibles”, una conjunción tan funesta que ha generado la “Cagastocracia” que la dirige y representa. En otras palabras: ¿La cagastocracia ha generado la cagástrofe, o debemos invertir la ecuación y buscar unas fuerzas destructivas que preceden a quienes las han aprovechado con tanta saña?

No es fácil explicar la existencia de un organismo que se hace más poderoso con su propia descomposición. “Cagastrofe” es un vocablo cubano que define un mal que trae consigo repetidas malas consecuencias. En nuestro caso, esa es la clave de la subsistencia del gobierno. Un ejemplo: ¿A quién se le ocurre hacer un fraude electoral de proporciones bíblicas, denunciadas hasta por los propios operadores, y enseguida llamar a unas nuevas elecciones? Suena como un sinsentido, casi un trabalenguas. Pues en manos de la cagastocracia se convierte en un arma desgarradora, una pócima divisionista que no hay por dónde agarrarla.

Estamos ante una refundación del país partiendo de uno de los períodos que la historia creyó dejar atrás: el feudalismo. A nuestros señores feudales no les interesa la población, solo el territorio y sus riquezas para venderlas a Imperios Orientales y disfrutar con la ganancia en Imperios Occidentales. El hambre, la emigración, los asesinatos, los colapsos sociales, no son consecuencias que les preocupan, sino el método más conspicuo (aquello que es prestigioso, insigne, reconocido y prominente) para apoderarse de grandes extensiones. Se basa, tal como ocurrió en la Edad Media, en la difusión del poder desde la cúspide hacia la base donde el poder local se ejerce de forma efectiva con gran autonomía e independencia. Cada gran kako tiene su coto, su pequeño imperio, su cartel, desde petróleo hasta distribución de alimentos, desde drogas hasta el nuevo negocio de la represión, donde los jóvenes son secuestrados como manadas de ganado y después vendidos a sus padres. Se trata de una Antigüedad Tardía, pero no es un preámbulo del Renacimiento, sino del modo de producción esclavista.

Estamos volviendo a los tiempos de cuando la palabra “civil”, “lo propio del ciudadano”, tenía un significado desestimable, mezquino y ruin. En esa Edad Media donde nos vamos adentrando, lo “civilis” se oponía a lo “militaris”: “lo propio del caballero”. De aquí que por centurias lo “civil” fuera algo villanesco, propio del no caballero. Ahora, como entonces, los diferentes ejércitos ven a la población civil como un coto de caza y una raza inferior. Esto explica que siendo la población civil una mayoría tan evidente, y con una conciencia política muy desarrollada, se encuentre en un estado de indefensión y franca depresión a punto de hacerse endémica y constitucional.

No puedo intuir el futuro pero sí imaginar un pasado. ¿Cómo sería Venezuela si el actual sistema de gobierno hubiera sido una constante desde 1958? No es difícil hacer el listado de lo que no habría en base a la lista de lo que no han hecho. Basta con extender lo que han destruido en veinte años para ver paisajes tan desolados y despoblados como los del Séptimo sello, la película de Ingmar Bergman.

La obra de Bergman trata de un caballero armado que atraviesa la Europa medieval durante la Peste negra. Va hacia su castillo, donde cree que podrá estar aislado y a salvo. Durante su travesía va jugando una partida de ajedrez con la Muerte, la cual ha venido a llevarse su alma. El título del film proviene del Apocalipsis: “Cuando el Cordero rompió el séptimo sello del rollo, hubo silencio en el cielo durante una media hora”.

El silencio del cielo representa el silencio de Dios ante el desastre que han producido los hombres en la tierra, y es también el silencio del hombre ante la pérdida de su fe.

Así me siento y así termina el primer y último día de un diario que espero poder continuar.

***

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Mentira; por Federico Vegas

Mi primera visión de la mentira se basa en la sencilla clasificación de mi Tía Antonia: “Las mentiras se dividen en blancas, grises y negras. Las blancas son mentiras que ni favorecen al que las cuenta ni perjudican a terceros; las grises son mentiras que nos favorecen y son pecado venial; las negras son aquellas

Por Federico Vegas | 10 de agosto, 2017
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Ilustración de Norman Rockwell

Mi primera visión de la mentira se basa en la sencilla clasificación de mi Tía Antonia:

“Las mentiras se dividen en blancas, grises y negras. Las blancas son mentiras que ni favorecen al que las cuenta ni perjudican a terceros; las grises son mentiras que nos favorecen y son pecado venial; las negras son aquellas que perjudican al prójimo y son pecado mortal”.

En uno de los capítulos más interesantes de la novela de Mark Twain, Las aventuras de Tom Sawyer, le encargan a Tom que pinte de blanco una larga cerca, la peor tarea que se le puede pedir a un niño un sábado por la mañana. Mientras Tom está trabajando se aproxima otro niño. Apenas Tom lo ve llegar deja su pose de fastidio y comienza a manejar la brocha con ademanes de artista. El niño le pide a Tom que lo deje pintar un poco, pero Tom se niega:

—Si fuera la cerca de atrás no importaría pero ésta es la que da a la calle y debe ser pintada con sumo cuidado.

El niño le ofrece a Tom su manzana si lo deja pintar tan solo un metro. Luego van llegando otros niños que también quieren pintar. Al final la cerca tiene tres manos de pintura y Tom ha recibido 20 metras, un soldado de plomo y otros tesoros propios de esa edad maravillosa. Mark Twain resume: “Si no se le hubiese acabado la pintura, Tom habría dejado en bancarrota a todos los niños del pueblo”.

¿Cómo clasificar esta historia según el código de la Tía Antonia? Ciertamente Tom obtuvo un provecho utilizando a su prójimo, pero ¿mintió para lograrlo? Y, por otro lado, ¿realmente perjudicó a sus amigos?

Tom había descubierto una verdad que Mark Twain resume de la manera siguiente: “El trabajo es aquello que estamos obligados a hacer. El juego es aquello que no estamos obligados a hacer”. Para poner en práctica esta verdad, Tom tenía que actuar y convertir el trabajo en juego, de manera que sus amigos se convirtieran, no en víctimas, sino en actores que desconocían su verdadero papel.

Esta aventura de Tom Sawyer nos obliga a pensar más en el mentir que en la mentira, en el acto más que en el hecho. Esto es lo que propone Jaques Derrida en su libro Historia de la mentira, basado en la legendaria máxima de San Agustín:

… no se miente al enunciar una aserción falsa que uno cree verdadera; se miente enunciando una aserción verdadera que uno cree falsa. De manera, pues, que es por la intención como hay que juzgar la moralidad de los actos.

Es cierto lo que propone San Agustín, pero se está refiriendo sólo al posible mentiroso. ¿Qué pasa con su auditorio? ¿Qué resulta más grave: recibir aserciones falsas expuestas con intenciones verdaderas, o recibir verdades expuestas con intenciones falsas? Estas preguntas son relevantes en un mundo que da bandazos entre ambas posibilidades, un mundo donde las mentiras siempre han sido consideradas como herramientas intrínsecas al oficio de gobernar, y, especialmente, al de pretender gobernar para siempre.

Para Kant el asunto es transparente: la mentira no necesita de la cláusula según la cual debería perjudicar a otro, “pues siempre perjudica a otro. Aunque no sea a otro hombre, sí a la humanidad en general, ya que descalifica a la fuente del derecho”.

El hombre de Estado suele quedar mal plantado ante los requerimientos sagrados que exigen las fuentes del derecho. Tanto él, como los ciudadanos a quienes se dirige, enfrentan una posibilidad terrible, algo que Derrida llama la “dimensión realizativa”. En esta dimensión la capacidad de interpretar lo cierto o falso de una supuesta verdad, es rebasada por la necesidad de realizarla, de llevarla cabo y mantenerla en pie. Es así como el acto, sin que importe el que se base en verdades o mentiras, se convierte en una verdad consumada.

Esta opción la manejan bien los regímenes totalitarios. Derrida cita un párrafo del libro de Alexandre Koyré, la función política de la mentira moderna:

Los filósofos de los regímenes totalitarios niegan el valor propio del pensamiento que, para ellos, no es luz sino un arma. Su finalidad, su función, nos dicen, no es revelarnos lo real, es decir lo que es, sino ayudarnos a modificarlo, a transformarlo guiándonos hacia lo que no es.

Es injusto limitar esta disposición (a modificar, más que a revelar) sólo a los regímenes totalitarios, más bien pareciera ser una característica de toda acción política. Hannah Arendt va más allá, ella nos propone que la imaginación sería la raíz común de la capacidad de mentir y de la capacidad de actuar, pues existe una “innegable afinidad de la mentira con la acción y el cambio del mundo; en síntesis, con la política”. El mentiroso no tiene que hacer grandes esfuerzos para aparecer en la escena política, es un actor por naturaleza; dice lo que no es porque quiere que las cosas sean diferentes a lo que son. Quiere cambiar el mundo. Hay también los que quieren, además de cambiarlo, paralizarlo a su imagen y semejanza, a la medida de una mentira que solo encuentra reposo en una creciente opresión.

Arendt sostiene con esta tesis que no existiría una historia política sin la posibilidad de mentir, parte importantísima de la libertad, de la acción y, por supuesto, de la imaginación. Este fin del camino nos lleva al problema del auditorio, los receptores de tanta acción e imaginación política. ¿Cómo debemos prepararnos para enfrentar las verdades de hecho, las verdades impuestas a través de su realización, de una concreción a la fuerza?

Recordemos una adivinanza. Venimos por un camino y llegamos a un puente que luce muy frágil. En la entrada del puente hay dos hombres, uno que dice siempre la verdad y otro que dice siempre la mentira. ¿Cómo hacemos para saber si el puente es transitable? ¿A cuál de los dos preguntamos? La solución es sencilla, le preguntamos a uno cualquiera de los dos hombres:

—Si le pregunto a tu vecino si el puente resistirá ¿qué me ha de responder?

Cualquiera sea la respuesta siempre será una mentira, o bien le habremos preguntado al mentiroso y éste transformará la verdad en mentira, o le habremos preguntado a quien dice la verdad y éste trasmitirá intacta la respuesta del que miente. En el caso de que cualquiera de los dos responda “sí”, significa que el puente no resiste, y viceversa.

¿Cuál es la moraleja? Si hacemos del puente una metáfora de la política y de la necesidad de elegir ante las ofertas que se nos hacen, podemos llegar a una primera conclusión: es más factible encontrar a la entrada del puente estos opuestos, que encontrar a un hombre que siempre miente, o a uno que siempre diga la verdad.

En la vida uno suele decidir en condiciones similares a las del acceso al puente, y conviene tomar en cuenta la posibilidad de esta duda, de este enfrentamiento, de esta autorregulación, de este circuito que pasa por la verdad y la mentira para obtener algún tipo de certeza.

Este sería el punto que debemos agregar a la tesis de Arendt. Derrida le critica su indefectible optimismo por creer ciegamente que la verdad, a la larga, tiene su estabilidad asegurada. Yo me atrevo a agregar que tanto este optimismo como esta estabilidad requieren, para subsistir, de la participación de quienes recibimos una supuesta verdad o una supuesta mentira, me refiero a quienes debemos hacer preguntas cruciales antes de cruzar el puente.

La historia de la política parece siempre olvidarse del receptor. Cuando Arendt se refiere al hombre que aparece en la escena política, nos está hablando de quien está por ser elegido, no de quienes lo eligen, parte indispensable del proceso. Por ejemplo, en Venezuela se habla de la decadencia y corrupción de los partidos políticos como causa de la falta de fe y participación de los electores, pero muy poco se examina la posibilidad inversa, que los partidos se hayan corrompido por la falta de fe y participación de los ciudadanos.

Ante el engaño toda la culpa recae siempre en el que miente. Poca responsabilidad se achaca a quienes llegan a aceptar la más negra de las mentiras, a quienes aceptan ser engañados y perjudicados para favorecer las aspiraciones de quien enarbolaba las banderas de sus resentimientos y sus rencores.

Según esto, y volviendo al puente y a quienes lo cruzan, la metáfora también puede tener sugerencias más directas: no importa cuál sea la combinación, el resultado siempre será una mentira. Sólo quedan nuestras dudas como único refugio verdadero, optimista y libre, como fuente del derecho y, en definitiva, como alimento de una genuina reacción.

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Gracias a Maduro; por Federico Vegas

Dice el proverbio: “Nada une tanto una familia como un hijo poeta. Todos se unen en su contra”. Los dictadores tienen también este capacidad unificadora. Si además se trata de un dictador parlante hasta la incontinencia, un imitador sin pudor y con delirios de elocuencia, llega a generar un furioso rechazo que poco ayuda a

Por Federico Vegas | 24 de julio, 2017

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Dice el proverbio:

“Nada une tanto una familia como un hijo poeta. Todos se unen en su contra”.

Los dictadores tienen también este capacidad unificadora. Si además se trata de un dictador parlante hasta la incontinencia, un imitador sin pudor y con delirios de elocuencia, llega a generar un furioso rechazo que poco ayuda a pensar y un odio tan tóxico que puede llegar a favorecerlo.

En Venezuela podemos decir: “Gracias a Maduro que nos ha dado tanto”. Si Chávez fue capaz de dividir el país, Maduro se está encargando de unificarlo al someterlo a un sufrimiento profundo y ecuménico. Nunca antes el país ha estado tan unido bajo el yugo de males tan innecesarios y absurdos que afectan a todos por igual en un democrático padecimiento. Somos un país demotrágico.

Maduro se ha entregado a sus causas y sus efectos empleando a fondo las facetas de la vida humana que definió Schopenhauer: Lo que es, lo que tiene y lo que representa. No es casualidad que exclame mientras se retoca la gorra y el traje: “Me parezco a Saddam Hussein”. Y no le falta razón cuando remata la frase: “Un Hussein en vivo”.

Pareciera exagerado entonar en su nombre la canción de Violeta Parra, pero hay estrofas de “Gracias a la vida” que se ajustan. Decir que “Me ha dado la marcha de mis pies cansados”, es demasiado obvio; más revelador es cantar:

Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano,
Cuando miro al bueno tan lejos del malo,

 Los venezolanos tenemos hoy un corazón que se ha expandido dolorosamente al vivir en carne propia los frutos de una mente torpe y mala que nos ha alejado de los bienes de una tierra generosa y propicia a la felicidad. Al mismo tiempo hemos recibido un instrumento para enfrentar la más grave crisis de nuestra historia republicana:

Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él las palabras que pienso y declaro.

En estos últimos meses se ha precisado el lenguaje con sangre. Los verbos y las definiciones confusas que ocultaban las verdaderas intenciones han desaparecido dando paso a la visión transparente de cómo una minoría armada pretende dominar a una mayoría desarmada, y en consecuencia, esa mayoría cuenta ahora con un pensamiento claro, diáfano, poderoso, para declarar que no se va a dejar doblegar.

Ya no hay disfraces, ya Maduro no “se parece a alguien”, ya es lo que representa y sostiene entre las manos sin tapujos ni espejismos. Ahora podemos llamar a los hechos por su nombre y hablar de dictadura sin divagaciones ni porcentajes. Tenemos un lenguaje nítido, inequívoco. Así comienzan los verdaderos cambios. Al principio era el verbo, y el verbo se hizo carne, y habita entre nosotros lleno de gracia y de verdad.

Un pasado impredecible; por Federico Vegas

He llegado a preguntarme: “¿Será acaso que Dios no existe?” Si Dios no actúa en los asuntos de los hombres por un sentido de justicia, espero que sí lo haga bajo los impulsos del hartazgo, porque nuestros opresores son, fundamentalmente, una ladilla suprema que no hay polvo ni rasuración que la elimine. ¡Con cuánto gozo

Por Federico Vegas | 3 de julio, 2017
Carlos Garcia Rawlins

Fotografía de Carlos Garcia Rawlins para REUTERS

He llegado a preguntarme: “¿Será acaso que Dios no existe?”

Si Dios no actúa en los asuntos de los hombres por un sentido de justicia, espero que sí lo haga bajo los impulsos del hartazgo, porque nuestros opresores son, fundamentalmente, una ladilla suprema que no hay polvo ni rasuración que la elimine. ¡Con cuánto gozo y descaro chupan y se aferran hasta invadir y destruir lo más íntimo!

Los dioses griegos no premiaban o castigaban a los hombres en base a un pacto preestablecido en diez mandamientos. Eran más veleidosos y peligrosamente temperamentales. Podían pasar de enamorarse de un mortal a detestarlo sin razones aparentes. Por eso nuestro drama parece griego. Los dioses deben haberse enamorado de Chávez para perdonarle su disparate golpista y luego otorgarle el don del encantamiento e insólitos recursos; al final fueron implacables al quitarle su manto protector. Maduro, en cambio, los debe haber tenido obstinados desde el principio y ya perfila su propio castigo proponiendo que recorrerá un camino opuesto al de su ídolo: si Chávez pasó de las armas a los votos, el vociferante asegura que pasará de los votos a las armas (una inversión que, como veremos, es una perversión). Es una desgracia que tantos venezolanos estemos involucrados en la maldición que él mismo se ha impuesto.

Si hubiese fuerzas celestiales que movieran nuestros hilos, ¿cuál sería nuestro futuro?

En el capítulo final de la serie Fargo dice uno de los personajes:

—¿Has escuchado el dicho ruso: “El pasado es impredecible”? ¿Quién de nosotros puede asegurar qué ha ocurrido realmente y qué es simplemente un rumor, una opinión?

Los rusos se refieren también a la imposibilidad de saber cómo el pasado va a moldear el futuro y cómo van a ser interpretados estos efectos.

Explicarle a un extranjero qué está sucediendo en Venezuela es imposible por una razón muy sencilla: nosotros tampoco lo entendemos. En un tiempo en el que se amontonan los chismes y los rumores, los análisis y las fantasías, las burradas y los engendros, es imposible narrar un hecho. Añádase que estamos sobre un pozo de riqueza donde están metiendo mano un revoltillo de mafias y potencias. Y sobre este revoltillo está Cuba, una franquicia que ha vivido por más de medio siglo del ilusionismo, de un poder soterrado y paciente que va penetrando como las enfermedades incurables. En sus apuestas, siempre con muy poco respaldo constante y sonante, tienen la ventaja de no tener nada que perder. Lo relevante no es que tengan un buen servicio de inteligencia, sino el hecho de contar con ese único recurso.

En medio de este aquelarre, ¿cómo no va a ser impredecible nuestro pasado e inasible presente? Si el que narra suele contar ficciones haciendo que parezcan verdades, nosotros parecemos fabuladores masoquistas mientras intentamos narrar nuestras incertidumbres.

Hoy, para el venezolano, el acto de contar sus problemas es un doloroso ejercicio de ficción. Nuestro pasado, tanto el lejano como el de hace apenas unas horas, es errático. Unas veces se precipita, otras se estanca, siempre nos confunde. Ya no parece servirnos para entender e imaginar un destino, ahora esperamos que sea el futuro quien se encargue de darle un sentido a la tragedia que estamos viviendo. Lo que suponemos han sido extremos de crueldad son solo antesalas; cuando creemos haber visto los límites de la maldad y el absurdo, resultan ser el abrebocas de lo que se nos viene encima. Abril, mayo y junio han sido apenas “entremeses”.

Estos círculos del infierno que funcionan como cajas chinas tienen su razón de ser. Este régimen basa su fortaleza en incentivar y premiar las peores pasiones de los hombres: el servilismo sobre la competencia, la avidez sobre la probidad, la fealdad sobre la belleza, la destrucción sobre la creación, la voluntad ciega de poder sobre la comprensión y el entendimiento, y por ese camino han llegado a promover y celebrar la perversidad como metodología. Un perverso es aquel que desea voltear las normas de la sociedad y disfruta ejerciendo estas inversiones, convirtiéndolas en su manera de expresarse y relacionarse con los demás. Maduro ha dado el ejemplo volteando la mesa que le sirvió su padre, o quizás revelando la naturaleza giratoria de la tortilla. Según el diccionario, la cuarta acepción de la palabra versión es “Operación para cambiar la postura del feto que se presenta mal para el parto”.

Freud y el psicoanálisis han examinado la relación de la perversidad con una sexualidad frustrada. Luis Buñuel estaba obsesionado con este tema y es el basamento de su obra. En su autobiografía, El último suspiro, propone que al perverso no le gusta mostrar en público su perversión, que es su secreto y no suele pasar de ser un deseo. Aquí está la clave del éxito del gobierno promoviendo la perversidad: crea las condiciones para realizar públicamente los deseos, para desatarlos y darle al perverso plena libertad de expresarse, de darse un banquete y ser condecorado y ascendido. ¿Habrá mayor perversión que un país donde se enfrentan una fuerza armada y una desarmada, y todos son hijos de la misma patria? Vean los rostros de las estudiantes de la Universidad Simón Bolívar arrodilladas y esposadas e imaginen el placer de sus verdugos.

El hombre que manejaba la tanqueta que derribó la puerta de Miraflores en 1992 hoy es presidente de Pequiven. El que derribó con otra tanqueta las puertas de El Paraíso, (el conjunto residencial llamado “Los verdes”) debe estar esperando su recompensa. Y debería ser algo más sustancioso que Pequiven pues el absurdo de su violación es mayor. ¿Qué es un palacio comparado con una comunidad de familias similar en escala al pueblo de Chuspa en el litoral central, y varias veces mayor que Jadacaquiva en Paraguaná o San Rafael de Mucuchíes en los Andes merideños.

Pensando en lo impredecible del pasado me he puesto a pensar en las cosas que hemos ganado, en aquello que sí es predecible una vez que ha mostrado sus frutos y su lógica. Hay una que es fundamental.

Alejandro Varderi me cuenta una reflexión que le escuchó a María Elena Ramos: “Creíamos que la democracia es una madre que nos cuida, pero es una amante a la que hay que amar y cuidar”.

La cadena de transmisión de esta idea debe venir de muy atrás y debemos ayudar a que se propague. Yo se la voy contando a todo el que me tropiezo añadiendo algunos matices. Unas veces la democracia es una novia muy seria a la que amaré toda la vida, otras una mujer bella, coqueta y cruel.

En Venezuela, la democracia era como una abuela rica, golpeada por los años y con muchos herederos esperando a que se muriera para quedarse con su fortuna. Finalmente murió y se han llevado hasta los cimientos de su casona.

A mediados del siglo XX la palabra “democracia” aparecía en el nombre de todos los partidos, ahora en el de ninguno. El término empezó a tener algo de fórmula vieja, de cantaleta engañosa y desprestigiada que se debía evitar. Su ausencia explica esos nombres tan raros y rebuscados que tienen las nuevas agrupaciones políticas.

Hoy, el concepto “democracia” ha vuelto a renovarse con la intensidad de los amores que parecen imposibles. Un pueblo engañado y saqueado, sometido a una represión cada vez más ilegítima e inconstitucional, se ha reencontrado y unido en la calle, y, con el testimonio vital de su presencia, va encontrado la dimensión y el propósito de un verdadero poder originario e intransferible. Una opresión malsana y repulsiva nos ha permitido reencontrarnos con esa amante adorada y por tanto tiempo tratada como la puta de un pueblo minero. Esa es la paradoja: el poder opresor ha generado un poder liberador.

Esa fuerza liberadora existe y radica en quienes están entrando en la vida política, más que en los que están de salida. Todo joven vejado y gaseado, encarcelado, herido, es y será un ferviente amante de la libertad, incluyendo a los jóvenes asesinados, quienes hoy son los que están más presentes como el más cierto de los pasados. Aún más apasionante que la libertad es el deseo de alcanzarla. Lo que no podemos predecir es si esta potencia dará sus frutos, o la perversidad, que se crece ante la posibilidad de cercenar la belleza, logrará aplastar la promesa y la democracia que está renaciendo en las calles de nuestro país.

El resultado de esta coyuntura afectará a la historia de la humanidad, pues Venezuela ya es un arquetipo y una referencia a nivel mundial. Cuando relato mi versión de los hechos a extranjeros, siempre me miran con una expresión de incredulidad, o de recelo, como si yo pudiera ser uno de los culpables. Cuando por fin callo, exclaman con un suspiro que es casi un bostezo:

—¡Qué lástima… un país tan bello!

Me asombra que siempre utilicen este adjetivo (que hoy he utilizado tantas veces). No sé si tomarlo como una esperanza o una maldición, y recuerdo una frase de Julián Barnes: “Dios, sé que no existes, pero cómo te extraño”.

Un país suavecito; por Federico Vegas

I Les recomiendo un libro que recopila los ensayos del doctor Rafael Muci Mendoza. Se titula Primum non nocere, un aforismo latino que podemos traducir como “Lo primero es no hacer daño”. Este precepto está implícito en el juramento hipocrático y en los comentarios de Galeno, pero no aparece escrito con su elegante simpleza hasta

Por Federico Vegas | 12 de junio, 2017

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I

Les recomiendo un libro que recopila los ensayos del doctor Rafael Muci Mendoza. Se titula Primum non nocere, un aforismo latino que podemos traducir como “Lo primero es no hacer daño”. Este precepto está implícito en el juramento hipocrático y en los comentarios de Galeno, pero no aparece escrito con su elegante simpleza hasta mediados del siglo XIX, y aún está por definir quien lo acuñó por primera vez.

Hay frases con tanta autoridad que no necesitan autor, pero ese mismo peso y obviedad a veces las hunde en el olvido. Nos educan con la idea de hacer el bien y olvidamos que lo primero es no hacer daño en el intento. De mis años de arquitecto tengo una larga lista de propuestas que le ocasionaron molestias a mis clientes. Muchas veces fui irresponsable en mi búsqueda de un buen diseño. Recuerdo cuando Ferro, un maestro de obra a quien le tuve mucho respeto, me comentó sobre uno de mis proyectos que él estaba construyendo:

—Perdone arquitecto, pero esta casa es rara.

Ese día comprendí que debía centrarme en la herencia ancestral de un hogar y no en acrobáticas innovaciones.

Podríamos decir que mientras más idealistas son los deseos de hacer el bien mejor se cocina la posibilidad de hacer el mal. Ya lo dijo un autor francamente anónimo: “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

Es comprensible que un médico no nos cure aunque lo intente, pero es imperdonable que nos deje peor de como entramos a su consultorio. Pensemos también en las maravillosas ofertas de los políticos y su capacidad de acarrear calamidades, como el incomprensible cataclismo que estamos viviendo.

Nuestra situación es semejante a la del preso que estaba sometido a unas condiciones terribles y su abogado le preguntó:

—¿Qué vas a hacer cuando salgas de esto?

A lo que el hombre respondió muy asustado:

—¡Pero… es que acaso habrá más!

En esto pienso mientras observo el video del exfiscal general de la nación y exembajador en Italia, Isaías Rodríguez, anunciando a todo gañote que gracias a una constituyente mejor que la anterior dejarán al país “suavecito”, un adjetivo del que se han apropiado los fabricantes de papel higiénico.

¿Qué significará un país suavecito?

II

Algunos aforismos fundacionales deben haber nacido casualmente. Sócrates no decía: “¡Agárrense de las manos que voy a decir algo importante!”. Sus discípulos eran los que comentaban: “¿Escuchaste lo que el maestro dijo hoy?”, y alguien, como Platón o Jenofonte, lo escribía. Esto explica que una frase suya aparentemente casual, “La mejor salsa es el hambre”, Cervantes la ponga veinte siglos después en boca de Teresa, la mujer de Sancho.

Algunos de las más solemnes pensamientos de Sócrates se hacen más interesantes si los ponemos en seguidilla, aunque fueran dichos en diferentes contextos:

Solo existe un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia.

–Solo el conocimiento que nos llega desde el interior es verdadero conocimiento.

–El único conocimiento verdadero es saber que no sabes nada.

De manera que para combatir el mal de la ignorancia debemos mirar en nuestro interior y enfrentar el insondable mal de nuestra propia ignorancia, una paradoja que nos señala la trascendencia del aforismo: Primum non nocere.

No es casualidad que el gran aporte de Muci Mendoza haya sido el estudio del fondo del ojo. Él mismo nos cuenta de “un tiempo cuando todo lo existente tras la negra pupila se encontraba sumido en la umbrosa espesura de la ignorancia”, hasta que en 1850 un joven físico y fisiólogo alemán, Hermann von Helmholtz, “penetró esa recóndita urdimbre mediante la invención de un simple instrumento para iluminar el interior del ojo”. La aventura que comenzó entonces ha sido paciente y metódica. Muci Mendoza le recuerda a sus colegas que “sólo se reconoce lo que se ve y sólo se ve lo que se reconoce”.

Ralph Waldo Emerson proponía que el ojo es el primer círculo y el horizonte que se genera al mirar a nuestro alrededor viene a ser el segundo. Es emocionante pensar que el tercer círculo esté dentro de nosotros. Allí se encuentran los recintos y pasadizos donde se enfrentan y se conjugan el mal y el bien, el conocimiento y la ignorancia.

III

Mi círculo interior es una caja de resonancia donde toda voz y sonido es un eco o un augurio donde vibra Venezuela. En las ciudades que visito persiste una montaña, tan invisible como verde y presente, señalando un horizonte perdido que vamos a reconquistar. Siempre pasan ante mis ojos, o ensueños, valerosos jóvenes que me van dejando atrás con sus marchas y martirios. Para ellos no hay opción. Ciertamente podrían marcharse del país, pero la desesperación los ha hecho sabios y entienden que “la vida que aquí perdiste, la has destruido en toda la tierra”.

En todo lo que leo está presente Caracas y solo ella es real, el resto es fuga y fantasía. Hasta que, de pronto, la literatura me ofrece un testimonio que se ajusta a nuestros sufrimientos con tanto apego que me cuesta distinguir la ficción de la realidad.

Hoy estoy en Venezuela a través de El callejón de los milagros, la novela del premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz. Aunque es difícil alcanzar la insólita variedad de una calle en El Cairo, hay suficientes similitudes para trasladar la novela a Latinoamérica. Ya Jorge Pons la adaptó a un vecindario de Ciudad México y le dio el papel principal a Salma Hayek. Así que el callejón de Mahfuz bién podría estar en nuestro San Agustín del Sur o en La Pastora.

Para animarlos a leer el libro, y para explicar mi estupor y asombro, les voy a describir uno de los personajes más sorprendentes: Zaita, quien vive en un cuartucho dentro de una panadería.

Zaita se ha especializado en la fabricación de lisiados y sus clientes son los mendigos de El Cairo. Su singular oficio consiste en crear la lesión más adecuada para cada personaje. Los clientes entran en su cuartucho en perfecto estado y salen ciegos, cojos, jorobados, mancos o con una pierna amputada.

Para Zaita es primordial “primero hacer daño”, algo que él y sus clientes consideran hacer el bien. Al visitarlos para cobrar su porcentaje, Zaita les pregunta cariñosamente:

—¿Qué tal la ceguera?, ¿cómo se te da el andar cojo?

A lo que los mendigos responden:

—Muy bien, gracias a Dios.

Cuando Zaita le advierte a uno de sus clientes:

 —Lo de la ceguera es una operación muy delicada. Supongamos que pierdas de verdad la vista a causa de un accidente o de un error. ¿Qué harías?

El futuro mendigo contesta con indiferencia:

—Sería un don del cielo. ¿Qué provecho he sacado de mi vista para lamentar perderla?

La escena más inquietante es el encuentro de Zaita con un hombre de porte agradable y digno. Zaita le pregunta:

—¿Por qué quieres hacerte mendigo?

—Ya lo soy —contestó el hombre con voz serena—, pero no gano nada.

A lo que Zaita responde con emoción:

—¡La dignidad es la mejor deformación de todas! Con la dignidad conseguirás lo que quieras. Serás un mendigo fuera de serie. Te mirarán con sorpresa y la gente dirá: “Este hombre debe de haber valido mucho”. Pero no te figures que puedes escatimarme el sueldo bajo el pretexto de que no te he hecho ninguna deformidad. Eres libre de hacer lo que quieras, pero desgraciado de ti si te atreves a salir del barrio.

Desde hace décadas nuestro nación se ha convertido en una máquina de pobreza alimentada con petróleo, pero ahora esta máquina también fabrica deformidades como política de gobierno y mecanismo para mantenerse en el poder.

Analicemos uno de los ejemplos más desalmados y apremiantes. Los guardias nacionales han pasado de ser defensores a agresores, de agresores a voraces aves de rapiña que generan pánico, furor y desorden entre los manifestantes, asesinando jóvenes en la vanguardia y robando mujeres en la retaguardia.

Ante semejante deformación Padrino López exclamó levantando el dedo:

—¡No permitiré una atrocidad más!

Uno se pregunta: “¿Es que acaso vendrá algo peor?”. Y con toda razón, pues todo juicio y toda promesa de nuestros opresores es una deformación más en el camino hacia la creación de un país suavecito.

El silencio de Padrino López ante la desgarradora atrocidad que ocurrió al día siguiente de su advertencia, me recuerda la canción sobre el hombre que al llegar a Ciudad Bolívar se comió la cabeza de una zapoara:

Me la comí, ay, qué atrocidad, puse la torta por mi terquedad.

Su terquedad es evidente, pero estamos hablando de algo más que una torta y la cabeza de un pescado.

Deformación es también convertir a un país rentista en un país mendicante. Las últimas operaciones financieras son las de un agonizante pordiosero que quiere comprar tiempo bajo la filosofía de: “Después de nosotros, el diluvio”. Parecen concebidas por el mismo Zaita,

El proceso más grave de deformación lo está sufriendo nuestra Constitución. Aquel minilibro de cubierta azul se fue haciendo cada vez más pequeño entre los dedos de Maduro hasta desaparecer por completo. Ahora quieren sustituir a la calificada por Chávez como “la mejor Constitución del mundo” por algo que niega su espíritu y gestación, y celebran alegremente la idea de un feto mal concebido como la salida hacia ese país suavecito que Isaías invoca estirando las cinco vocales y matizándolas con un tono más de vampiro que de Luis Fonsi.

IV

Hay dos maneras de mantenerse en el poder. Una es hacer las cosas muy bien; la otra hacerlas muy mal. La diferencia es que hacer el bien en política implica permitir las alternativas, incluso promoverlas; en cambio un mal gobierno basa su permanencia en negarlas.

El gobierno que nos oprime lo está haciendo supremamente mal, pero no crean en mis juicios, pues provienen de ese círculo donde conviven el mal y la ignorancia. Hagan su propio examen interno de lo que es malo y es bueno, una tarea que en el mejor de los casos es eterna, y tomen una posición. Seamos dueños al menos de los fondos de nuestros ojos.

Bueno proviene del latín “bonus”, que puede significar “El que busca un enemigo”. Pareciera que el bien necesitara un opositor para existir, para comprobarse. Ese rival es el mal, pues lo malo también depende de lo bueno. Los filósofos definen el mal como una ausencia de moral, bondad, caridad, afecto… la lista es muy larga y, por lo tanto, inútil. Lo que sí conviene tomar en cuenta es que esas ausencias se refieren a las cualidades que debería tener un ser según su naturaleza o destino.

Para Platón, el bien existe en el reino de las ideas, de los conceptos, y el mal en la esfera de lo palpable, de lo sensible. Algo semejante propone un viejo grafiti:

Las niñas buenas van al cielo
Las niñas malas a todas partes

Esta distinción es una manera prosaica de recordarnos que en el mundo real el mal se hace sentir con más facilidad y elocuencia que el bien, y, por lo tanto, el punto de partida y la base donde se construye el relativo andamiaje del bien es no haciendo daño al prójimo.

Facundo Cabral lo explica con un cuento. En uno de sus conciertos el presidente Menem se acerca a la madre de Facundo y le dice:

—Soy un gran admirador de su hijo, ¿en qué podría ayudarla?

—Con que no me joda es suficiente —responde la viejita.

Los filósofos de la religión son más exigentes y se atormentan tratando de conciliar el mal y el sufrimiento en el mundo con la existencia de un Dios omnisciente, omnipresente, omnipotente e infinitamente bueno. Las posibilidades más clásicas son cuatro:

Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz. Luego no es omnipotente.
Dios es capaz de prevenir el mal pero no desea hacerlo. Entonces es malévolo.
Dios es capaz y desea hacerlo. ¿De dónde surge entonces el mal?
Dios no es capaz ni desea hacerlo. Luego no es Dios.

Presento estas dramáticas opciones porque la capacidad de hacer daño de nuestros gobernantes nos está hundiendo en estratos teológicos donde hasta el Papa resulta sospechoso.

Ya hemos dejado atrás una etapa que voy a ilustrar con un listado que nos ofrece Marguerite Yourcenar en su ensayo sobre la historia de Roma: Conocimos el gigantismo que no es sino la imitación fraudulenta y malsana de un desarrollo; ese derroche que impulsa a creer en la existencia de unas riquezas que ya no se tienen; esa pletórica abundancia pronto reemplazada por la penuria en cuanto se presenta la crisis más mínima; esa atmósfera de inercia y de pánico, de autoritarismo y de anarquía; esas reafirmaciones pomposas de un gran pasado en medio de la mediocridad actual y del presente desorden; esas reformas que sólo son paliativos; ese afán de sensacionalismo que acaba por hacer que triunfe la peor política.

Ahora hemos entrando de lleno en otra dimensión del mal y las referencias hay que buscarlas en textos sobre períodos históricos más perversos.

Isaías Rodríguez, miembro de la comisión presidencial para la constituyente, nos anuncia que la nueva Constitución “no tendrá los frenos de la otra” y permitirá sacar a la oposición “de todo”, y pondrá al país “finito”, “suavecito”, “afilado”, y se podrá acabar con los “parásitos”, “aniquilarlos”.

Estamos ante seres que “no son genios del mal, ni locos que obtienen placer asesinando, sino de funcionarios con una auténtica incapacidad para pensar” en la existencia de otros que piensan distinto, y nos hablan de una solución final ejecutada por guardias, soldados y policías para quienes esta tarea constituye “un trabajo, una rutina cotidiana, con sus buenos y malos momentos. De hecho, no son atormentados por problemas de conciencia. No son pervertidos ni sádicos, sino que son, y siguen siendo, terroríficamente normales”.

Las frases entre comillas de estos últimos párrafos las he tomado del libro La banalidad del mal, el libro de Hanna Arendt sobre el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann.

Suena escandaloso comparar la tragedia venezolana con el Holocausto, pero no me estoy refiriendo a medidas o proporciones, sino a una dirección, a una rutina creciente, a una voluntad que se presenta sin descaro por uno de los pensadores del régimen, la versión deformada de un exfiscal, exembajador y expoeta que una vez le recitó a Hugo Chávez:

Créeme que encontré mi fe
Cuando acepté tu voluntad
De compartir con todos
La duda de los otros

El término “suavecito”, utilizado para calificar el proceso de aniquilar a quienes ya son la mayoría indiscutible del país, es de una crueldad descarnada y escatológica. Es difícil encontrar un adjetivo más oprobioso para definir la vitalidad de un país, su capacidad de convivencia, de generar alternativas y nuevos caminos, la voluntad de permitir la diversidad y la libre elección.

Un país suavecito es aquel donde hacer daño a tu prójimo es una banalidad sin importancia mientras puedas mantenerte en el poder.

El reposo de los Guerreros; por Federico Vegas

“Yo solo era libre en el campo de batalla, nunca tenía la libertad de poder descansar, y quien no encuentra una forma de descanso no puede sobrevivir por mucho tiempo en la batalla”. Al leer esta frase del escritor James Baldwin, que resume su lucha contra el racismo, pensé en nuestros jóvenes guerreros. Se siente

Por Federico Vegas | 2 de junio, 2017
Fotografía de Miguel Gutiérrez

Fotografía de Miguel Gutiérrez para EFE

“Yo solo era libre en el campo de batalla, nunca tenía la libertad de poder descansar, y quien no encuentra una forma de descanso no puede sobrevivir por mucho tiempo en la batalla”.

Al leer esta frase del escritor James Baldwin, que resume su lucha contra el racismo, pensé en nuestros jóvenes guerreros. Se siente un decidido deseo de libertad en sus movimientos, en la energía que irradian, en su valiente presencia en la primera línea de combate. Pero, luego, ¿dónde y cómo descansan? Necesitan reposo para sobrevivir a la batalla, y no hay mayor descanso que encontrarle sentido a arriesgar la vida.

He visto videos donde piden ayuda, el apoyo de una segunda línea que les proporcione agua, comida, refugio. Entienden que no los acompañemos en la vanguardia, pero nos exigen una generosa y firme retaguardia.

También he leído textos donde se les critica señalando que su violencia genera más violencia, el terreno en que el gobierno cuenta con más recursos para expresar su sadismo. Las acciones de la juventud venezolana son la inevitable respuesta a una violencia de dimensiones tan vastas y persistentes como un aire irrespirable que te sofoca o aguas contaminadas que te envenenan. Las reacciones inevitables no necesitan justificación, solo dirección y el descanso que permite a los guerreros reflexionar.

Pongamos un caso. A un amigo que admiras le revientan el corazón con una bomba lacrimógena. Hasta en el sonido de su nombre hay belleza: Juan Pernalete. El ministro Ernesto Villegas culpa a los compañeros de lucha de Juan, y su mentira es tan ramplona y titubeante que una voz a su espalda tiene que ayudarlo a soltar la insólita declaración que acaban de inventarse. Ya no sabes si es peor el crimen o la infamia, y el descanso te resulta insoportable y no puedes evitar seguir luchando. Hemos entrado al reino de lo inevitable.

La retaguardia tiene otras exigencias. Para quienes los círculos de acción se nos han ido cerrando y hemos vuelto al hogar de donde una vez partimos, las energías son otras. A medida que envejecemos el mundo se nos vuelve más extraño, más compleja la ordenación entre los vivos y los muertos. Los viejos deberíamos ser exploradores. ¿Aquí o allá? No importa dónde. Debemos estar inmóviles y sin embargo movernos hacia otra intensidad en busca de una mayor unión, de una comunión más profunda.

Estas últimas cinco líneas no son mías. Las he presentado sin comillas ni cursivas para hacerlas más penetrantes, digamos que más casuales al crear menos expectativas. Son una versión en prosa de un fragmento del poema “East Coker”, de T. S. Eliot, el segundo de sus Four Quartets. East Coker es el pueblo de donde proviene la familia de Eliot, y grabada en la lápida de uno de sus ancestros está la frase inicial y final del largo poema: “En mi principio está mi fin. En mi final está mi principio”.

La sola traducción de “In my end is my beginning” ya presenta estimulantes dificultades. “End” puede traducirse como “final” o “finalidad”. “Beginning” puede referirse a los “comienzos” o a los “principios”. En ambos casos estamos en los extremos del tiempo o definiendo un propósito.

Aristóteles proponía que cada ser tiene una finalidad que está determinada por su esencia. Esa finalidad deseosa de manifestarse es su potencialidad. El filósofo también se preguntaba: “¿Podemos llamar feliz a un hombre mientras vive o habrá que esperar al final de su existencia?”.

Quizás la felicidad consiste en una coincidencia entre el “final” y la “finalidad” de nuestras vidas que parte de una creciente relación entre nuestros “comienzos” y nuestros “principios”. La revisión de dónde nos encontramos con respecto a estos extremos requiere de un descanso que a los jóvenes guerreros les está negada. Entre otras cosas porque no se les ha permitido ser jóvenes.

El poema de Eliot está lleno de referencias a ese estado terminal a que han sido sometidos quienes están en los años más prometedores y llenos de potencialidades que no encuentran donde sembrarse.

Y solo queda el terror creciente

De no tener ya nada en qué pensar.

O como cuando, bajo anestesia,

La mente está consciente pero consciente de nada.


Quédate inmóvil, dije a mi alma,

Y espera sin esperanza.

Porque la esperanza sería esperanza

En lo que no debe esperarse.

Chávez le ofreció a Maduro, tal como Zeus a Titón, la eternidad en el poder que había soñado para sí mismo. Pero, Chávez olvidó entregarle a Maduro, tal como Zeus olvidó entregarle a Titón, el don de la eterna juventud.

Titón se convirtió en un anciano tan endeble que la vida le pesaba cada vez más, vivir y continuar viviendo se convirtió en su peor castigo. Chávez no le trasmitió a Maduro la capacidad de renovarse, de innovar, de sorprender y pronto se convirtió en un cadáver político que daba lástima entre su propia gente. Era impresentable, incalumniable, y será por mucho tiempo una referencia de las desgracias de aferrarse al poder cuando ya era el fiel y máximo representante del dolor, la miseria y la decadencia de los venezolanos.

Los primeros síntomas fueron las escenas de baile, de béisbol, de piano, ciertos enredos con las fechas y los nombres, los meditabundos viajes en carro de noche con los amigos y una novia silenciosa, cosas de viejo que quiere aferrarse a la vida. Lo de hablar con las vacas aún creo que fue un montaje, pues una de las vacas mostraba bastante interés y preocupación. La metáfora de invitar a su constituyente a unas vacas que van al matadero no tiene desperdicio.

Y ese aire senil y descompuesto ha invadido todas las instancias del gobierno. Caen las mejillas, pesan los párpados, las voces son más roncas y gangosas, las expresiones más taciturnas; los jueces se van escurriendo y desapareciendo dentro de sus túnicas avergonzados de sus competentes y prestos disparates; otros engordan y la papada les tiembla cuando despotrican ya sin fuelle. Hay algo egipcio y hierático, como si fueran figuras convocadas para representar el arquetipo de un poder eterno y momificado. Todos, hasta el más humilde locutor, se equivocan y contradicen, como aquel joven periodista que se convirtió en el Ministro de comunicar infamias.

Al otro lado está la creatividad y el furor de quienes rondan la mayoría de edad y ya son mayoría. Si en las marchas del oficialismo reina la tediosa uniformidad de los que caminan protegidos y seguros de obtener algo a cambio, en las de la oposición se avanza bajo amenaza de muerte, y este temor supremo, junto a la indignación de ser reprimido, genera manifestaciones de una belleza trágica que nos sorprenden y nos aterran.

Quien marcha desarmado contra una fuerza armada dispuesta a asesinarte es un mártir. Aunque sea el amigo que está a su lado quien muera, también eres mártir por haber corrido el mismo riesgo con la misma valentía y la misma entrega. Esas muertes graneadas, selectivas, proporcionales, cubiertas con la mentira y la justificación, son la expresión más patriótica de nuestra historia, inmensamente más aleccionadoras y terribles que la de los soldados que emboscaron traidoramente a soldados de su misma promoción y uniforme la noche del 4 de febrero de 1992.

Nuestros guerreros sin reposo ya son vencedores. Le han abierto los ojos a la historia. Han desnudado a los oficialistas mostrando las carcasas donde ya no hay alma ni amor por Venezuela, solo pavor de perder el poder y ser sometidos a la justicia.

Unas estrofas de Eliot nos asoman al lado más duro de lo que estamos viviendo, a su cara más existencial:

Solo existe la lucha por recobrar lo perdido

Y encontrado y perdido una vez y otra vez

Y ahora en condiciones que nada propician.

O quizá no hay ganancia ni pérdida:

Para nosotros solo existe el intento.

Lo demás no es asunto nuestro.

No quiero pensar que esta última línea, “lo demás no es asunto nuestro”, se convierta en el lema de los guerreros sin reposo. Sé que el homenaje y el reconocimiento no son descanso, pero quizás sí lo sea una comprensión desde esta lejana y quizás inútil retaguardia de escritor. Ofrecer las referencias preservadas en la literatura puede ayudar a encontrar lugar en ese continuo encontrar y perder, y volver a encontrar, que no es un mal solo nuestro, sino el motor de la historia de la humanidad.

Los viejos exploradores, desde esta inmovilidad que pretende movernos “hacia otra intensidad, en busca de una mayor unión y una comunión más profunda”, nos atrevemos a decirles que entre ustedes han nacido cientos, miles de líderes, y ya el país tiene una dirección y una nueva belleza. Nuestra felicidad duele y nuestra esperanza está naciendo, pero la felicidad y la esperanza no están llamadas a ser grandes o pequeñas, incipientes o plenas, sino a generar más vida, a propagarse y compartirse.

No puedo decir si es en el reposo o en la batalla donde se organizan y definen los principios y las finalidades que generan los movimientos políticos capaces de cambiar un país, pero sí puedo asegurar que definir y lograr esos principios y esas finalidades, y generar un verdadero final y un verdadero comienzo, será un merecido descanso para los jóvenes guerreros y para todos los venezolanos.

***

East Coker, Poema completo, traducción de José Emilio Pacheco.

Video de Ernesto Villegas.

Anotaciones sobre el Decreto de Guerra a Muerte; por Federico Vegas

I “La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere de ningún motivo, solo de una oportunidad”, escribió la novelista inglesa George Eliot. Venezuela se ha convertido en un arquetipo de este axioma al entrar de lleno en una crueldad tan desatada como un vicio sobrealimentado por traficantes. Otro escritor inglés, poeta y también de apellido

Por Federico Vegas | 25 de mayo, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

I

“La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere de ningún motivo, solo de una oportunidad”, escribió la novelista inglesa George Eliot.

Venezuela se ha convertido en un arquetipo de este axioma al entrar de lleno en una crueldad tan desatada como un vicio sobrealimentado por traficantes.

Otro escritor inglés, poeta y también de apellido Eliot, nos advertía:

Abril es el mes más cruel: engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos y anhelos, despierta

inertes raíces con lluvias primaverales.

Le hemos dado la razón, quizás demasiada, porque mayo también está siendo el mes más cruel y junio continuará despertando raíces y anhelos que algunos creyeron inertes.

El motivo y la oportunidad de tanta crueldad se está centrando en un conflicto entre civiles y militares, una relación que siempre ha sido movediza, como esas arenas que pueden tragarnos al no ofrecer un apoyo firme y duradero. Si revisamos nuestra historia ha habido un predominio del poder militar frente el poder de los civiles. Sobre el presente estado de esta errática evolución, debemos precisar dos puntos de los cuales se puede discutir su proporción pero no su esencia:

1. Quienes sostienen a Maduro son sus más decididos opositores, me refiero a la inmensa mayoría de civiles que con su rica y compleja profusión de profesiones y oficios todavía mantienen al país funcionando.

2. Quienes defienden a Maduro son los militares, manejados por la pequeña camarilla de civiles que dicen dirigirlos.

Con estos dos puntos quiero señalar que no hay proporción entre las partes en conflicto. Una es mucho mayor en número y en aportes a la vida del país, la otra es menor en número y oferta de producción y servicios.

Para explorar qué significa ser un militar nos conviene empezar con Simón Bolívar. Él es el paradigma, la referencia más amplia y aleccionadora, y considero que el más civil de los militares. En su vida se dieron todos los infortunios y todas las glorias con la intensidad de los héroes trágicos.

II

Cuando mi padre se afeitaba en las mañanas solía recitar frente al espejo un poema de Tomás Ignacio Potentini sobre Bolívar. Papá era algo lampiño y no solía pasar de las primeras estrofas:

Cuentan que tuvo en su Faz

lo que salva y lo que aterra

rayo de muerte en la guerra

y arco iris en la paz.

¿Cuál era ese rostro que aterraba y esa luminosidad que buscaba la paz?

Se ha escrito mucho sobre el pensamiento de Bolívar, pero nadie con la elocuencia y profundidad de su pluma, un recurso que nos permite conocerlo tanto desde afuera como desde adentro.

En 1797, a los catorce años, Bolívar ingresa en el batallón de milicias de los valles de Aragua. Año y medio después se gradúa de subteniente. Hasta donde sé, allí termina su educación estrictamente militar. En 1812 es nombrado jefe civil y militar de Puerto Cabello, ciudad que pierde a manos de los Realistas y lo obliga a huir de Venezuela. Al año siguiente ya ha realizado la llamada “Campaña Admirable”. En muy poco tiempo ha pasado de su primera derrota y un episodio oscuro que lo involucra en la traición a Miranda, a recibir el título de “El Libertador” cuando entra triunfalmente a Caracas. Tiene solo treinta años. Aún le faltan más de diez años de batallas.

Es evidente en sus cartas y manifiestos que poseía una cultura profunda y extensa. Podemos decir que su formación en una escuela militar fue breve y superficial. Será en el fragor de la guerra y en su amplia visión de humanista donde va a encontrar la sabiduría para lograr sus metas. Leyó las obras de Tito Livio, Polibio, Julio César y Maquiavelo. En estos libros no solo va a encontrar enseñanzas de estrategia militar, también se adentrará en un amplio concepto de la historia de la humanidad fundado en su pasión por Locke, Rousseau, Voltaire, Montesquieu. Esta visión global, que cubre siglos y continentes, va a perfilar su idea de qué significa una verdadera independencia y cuál debía ser el destino de América del Sur.

Logró lo que parecía imposible, pero no tuvo tiempo ni salud para cumplir uno de sus mayores deseos: retirarse a leer y escribir. ¡Qué ofrenda hubiese sido que él mismo nos hubiera contado su vida entera, incluyendo sus amores y sus lecturas! Ese anhelo lo presenta como su gloria y su venganza:

¡Caraqueños! Nacido ciudadano de Caracas, mi mayor ambición será conservar ese precioso título. Una vida privada entre vosotros será mi delicia, mi gloria y la venganza que espero tomar de mis enemigos.

III

Cuando empezaron a formarse en Caracas clubes de lectura, Luis Yslas nos comentaba que el club ideal sería el ejército. Es interesante la idea de un batallón leyendo el Infierno de Dante, o una compañía de blindados comparando la Ilíada con la Odisea. Entrenados para ser obedientes, todos los soldados entregarán su reporte sin falta y grandes contingentes de futuros oficiales se irán haciendo más cultos. Aquí radica el dilema que preocuparía al Alto Mando: la cultura nos hace fuertes y al mismo tiempo frágiles, sensibles, y son tantas las órdenes que requieren actuar más que pensar. No me refiero a que los marinos le teman al mar después de leer Robinson Crusoe, o que los francotiradores, que ahora nos tienen en su mira, se hagan más francos y menos tiradores. Es algo más profundo y provechoso para una nación. Polibio, uno de los autores cuyos escritos frecuentó Bolívar, lo asoma: “No hay testigo tan terrible ni acusador tan potente como la conciencia que mora en el seno de cada hombre”.

Y no existe un oficio que exija más humanidad y conciencia que ser un militar. Está implícito en su formación los extremos de asesinar y ser asesinado, y no hay decisión más definitiva que generar la muerte o la mutilación del prójimo. Manejarse en los escenarios de la violencia con cordura requiere una clara noción del valor de la vida propia y ajena. Quienes son entrenados para salvaguardar o eliminar, proteger o arrasar, se encuentran permanentemente al borde de la barbarie y de las más graves faltas a los mandamientos. Un militar armado y rodeado de civiles desarmados, que está obligado a obedecer ciegamente las órdenes de sus superiores, puede estar sometido a una decisión cercana al martirio. Si decide que la orden recibida no es justa seguramente pasará de ser victimario a ser víctima.

El actual gobierno no es solo corrupto (como han sido todos en mayor o en menor grado), es además corruptor, uno de sus principales medios para estructurar y mantener su poder. Genera “corrompimientos”, sistemas de corrupción que se le imponen al funcionario y al ciudadano al no darle otra opción. Si este mecanismo, que genera graves conflictos con los principios morales, ha dominado a jueces y hombres como Dudamel o Alberto Vollmer, qué podemos esperar del alma de un joven soldado aislado y vigilado en su regimiento.

Estas situaciones críticas que pueden convertirse en abismos sin retorno, nos señalan que las enseñanzas más importantes de Bolívar no son sus estrategias militares, sino sus consideraciones sobre los límites y los extremos que enfrentamos mientras se logran los ideales que están más allá de las metas.

IV

En este sentido, el episodio más extremista y controversial en la vida de Bolívar es su “Decreto de Guerra a Muerte”, redactado en Trujillo durante esa Campaña Admirable a través de nuestros Andes. Está dirigido a sus “conciudadanos venezolanos”.

Leamos con calma una parte:

Tocados de vuestros infortunios, no hemos podido ver con indiferencia las aflicciones que os hacían experimentar los bárbaros españoles, que os han aniquilado con la rapiña y os han destruido con la muerte; que han violado los derechos sagrados de las gentes; que han infringido las capitulaciones y los tratados más solemnes; y en fin han cometido todos los crímenes, reduciendo la República de Venezuela a la más espantosa desolación. Así, pues, la justicia exige la vindicta, y la necesidad nos obliga a tomarla. Que desaparezcan para siempre del suelo colombiano los monstruos que lo infestan y han cubierto de sangre; que su escarmiento sea igual a la enormidad de su perfidia, para lavar de este modo la mancha de nuestra ignominia y mostrar a las naciones del universo que no se ofende impunemente a los hijos de América.

Este dramático texto puede leerse desde muchos ángulos e inclinarse a favor de tendencias opuestas. La camarilla del gobierno puede calificar de “bárbaros españoles” a la oposición, a la burguesía y al imperialismo yanqui, expandiendo la referencia a la Cuarta República. Otros dirán que los invasores son los cubanos. Pero hay un presente que ya lleva andado demasiado tiempo con tan desaforada intensidad y efectos tan evidentes que es imposible no ver los hechos que arrojan a nuestros ojos. Se trata de un presente cuyo único futuro es aceptar su condición de oprobioso pasado, pues ya el mundo entero sabe quiénes han dirigido la rapiña y la aniquilación, quiénes han violado los derechos sagrados del pueblo, quiénes han infringido tratados solemnes, quiénes han traído la desolación a nuestros campos e industrias, quiénes han infectado con su monstruosidad hasta los tuétanos de nuestra vida y deben ser escarmentados en justa proporción a su perfidia.

La mayor enseñanza de Bolívar está en su argumento de cierre, donde se unen la faz que aterra y la paz que avizora. Aquí nos presenta rigurosamente la mayor de las crueldades y la más amorosa de las promesas:

Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables.

Es discutible si era válida una oferta de muerte que incluía a los prisioneros. Algunos la defienden argumentado que la guerra a muerte ya era un hecho. La verdadera novedad es la oferta de vida a los americanos aun siendo culpables, al ofrecerles:

… una inmunidad absoluta en vuestro honor, vida y propiedades; el solo título de Americanos será vuestra garantía y salvaguardia. Nuestras armas han venido a protegeros, y no se emplearán jamás contra uno solo de vuestros hermanos.

Esta garantía no necesita defensores y es digna de mantenerla como símbolo y designio del espíritu de nuestra nación.

El discurso del actual gobierno constituye un decreto de Guerra a Muerte, unas veces velado y otras cada vez más manifiesto, contra los venezolanos que lo adversan. El desarrollo de los hechos avanza en esta dirección. Diosdado nos advierte con su mazo que no imaginamos de lo que son capaces de hacer. Otras amenazas ya son viejas, como Vielma Mora jurando que le quitara las tierras a los ganaderos opositores. He visto a un militar con un chaleco antibalas tan grueso que no puede manejar la varita mágica con que señala la maqueta de una Caracas pastoral, detallando con emoción cómo la defenderá de los invasores. Nunca hablará de los miles de cubanos, y tampoco de un gobierno que ha dividido y empobrecido nuestro país al borde de la mendicidad, hasta convertirlo en presa fácil de invasores dispuestos a echar mano a las riquezas que guardamos bajo nuestra tierra. El verdadero propiciador de invasiones es el propio gobierno que nos ha debilitado a los bordes de la agonía.

Y luego están los hechos. Asesinatos de estudiantes programados para que sean proporcionales, es decir, una calculada ración diaria suficiente para amedrentarnos. Y las armas cada vez más letales, y la incorporación de grupos cada vez más apartados de nuestras Fuerzas Armadas en un proceso creciente dispuesto al exterminio y la aniquilación. La nueva proclama establece:

Venezolanos, cuenten con la muerte a menos que permanezcan indiferentes. Gobernantes, contemos con la vida mientras continuamos siendo culpables.

V

Espero en una próxima entrega hablar de Eleazar López Contreras, un militar que encontró la calma y la cordura, y la cultura política, para encontrar un camino hacia la democracia transitando entre extremos. Era el Padrino López de la época, ministro de Defensa de Juan Vicente Gómez, el hombre que durante más años ha dominado el país. A la muerte de Gómez, logró sofocar un conato de rebelión propiciado por la camarilla más cercana a Gómez, decretó la libertad de los presos políticos, invitó a los exilados a regresar al país y restableció la libertad de prensa. Reformó la Constitución en julio de 1936, rebajando el periodo presidencial de 7 a 5 años, cláusula que se aplicó a sí mismo. Trajo progreso y paz. Fue justo, y será siempre un ejemplo de que nuestros militares deben estar al servicio del futuro de nuestros hijos.

El día después; por Federico Vegas

Uno de los espacios más emocionantes de nuestra Asamblea Nacional es el Salón Azul, cubierto por la cúpula donde Martín Tovar y Tovar pintó la Batalla de Carabobo. Al situarnos en el centro del salón estamos envueltos por dos ejércitos que giran a nuestro alrededor en una violenta y elíptica coreografía. Solo el paisaje permanece

Por Federico Vegas | 14 de mayo, 2017
Fragmento de “La batalla de Carabobo”, obra de Martín Tovar y Tovar

Fragmento de La batalla de Carabobo (1887), de Martín Tovar y Tovar

Uno de los espacios más emocionantes de nuestra Asamblea Nacional es el Salón Azul, cubierto por la cúpula donde Martín Tovar y Tovar pintó la Batalla de Carabobo. Al situarnos en el centro del salón estamos envueltos por dos ejércitos que giran a nuestro alrededor en una violenta y elíptica coreografía. Solo el paisaje permanece en su sitio como único e imparcial testigo de lo que sucedió el 24 de junio de 1821.

El mismo día de mi visita llamé a Adrián Pujol y le propuse que pintara una serie de cuadros sobre el 25 de junio de 1821 que podría titularse: “El día después”. Sería el mismo escenario de Tovar y Tovar, pero ahora se han marchado las tropas realistas perseguidas por las de Bolívar y en la llanura solo quedan los heridos y más de tres mil muertos. La naturaleza comienza a predominar sobre los lamentos y pronto retornará el mismo silencio de los árboles y matorrales de cuando nada acontecía en los campos de Carabobo.

Celebramos este encuentro de dos ejércitos como la batalla decisiva de nuestra Independencia, pero aún quedaban más de dos años de lucha en Venezuela y uno más para la culminante gesta de Ayacucho y el final definitivo del dominio español en América del sur.

Pujol no se animó con la propuesta. A los artistas solo les interesa lo que les brota de adentro. Su creación es, y lo celebro, egocéntrica. Tuve que sustraer yo mismo las tropas, las caballerías y los cañones mediante un sistema muy rudimentario. Más que extraer, parece que los ejércitos se esfuman y dejan paso a una pesadilla surrealista, lo cual no viene mal para conectar el pasado con nuestro presente. Al final me quedé con un soldado solitario y absorto. Por su posición, parece estar herido y meditar sobre su condición: “Tanto si voy a morir, como a vivir, prefiero hacerlo con los ojos bien abiertos”.

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Con tantas “esfumaturas”, voy entrando en ese mismo estado de aislada perplejidad y pienso en “el día después” que ya se acerca. Desde la perspectiva de ese soldado, comienzo a comprender que en la vida de una nación son muchos los finales y muchos los principios.

Cada día es el primero del resto de nuestras vidas y el último de los que hemos vivido. En 1821 a nuestro país le faltaba por vivir la Guerra Federal y unas cuantas dictaduras antes de llegar al cataclismo que estamos viviendo. Duelen los retrocesos y los hundimientos, pero siempre esos pasos a través de la barbarie han traído tiempos mejores.

Si al terminar la dictadura de Gómez tuvimos diez años de democracia y cincuenta años más después de la de Pérez Jiménez, el final de la presente dictadura, la más cruel y telúrica, la más farsante y devastadora de nuestra historia, nos traerá varios siglos de paz y prosperidad por esas leyes de Dios que compensan el sufrimiento y por la simple lógica humana del escarmiento. Ya lo decía Anaximandro:

Las cosas perecen en lo mismo que les dio la vida, y deben pagar unas a otras castigo y pena de acuerdo con las sentencias del tiempo, al darse mutuamente justa retribución por las injusticias que han cometido.

A la actual dictadura le ha llegado el tiempo de pagar por sus injusticias, pero antes tendremos que vivir ese “día después” en una tierra que ha sido arrasada a conciencia y convertida en botín, con la alevosía y el gozo de unos enfermos de poder que aplican una represión ciertamente “proporcional”, a quedarse en el poder así sea aniquilando a tantos como haga falta.

Todo ha sido destruido menos la voluntad del bravo, bello y glorioso pueblo que ha abierto los ojos y se niega a ser esclavo de una pandilla creadora de plagas e inmersa en el peor de los cautiverios. Los oficialistas son prisioneros de sí mismos, pues insisten, ya sin poder cambiarlo ni remediarlo, en presentarse ante su audiencia como los imaginativos y cínicos creadores de su propia degradación. Ellos mismos se han esculpido como caricaturas de maldad que dejarán imágenes de horror en la historia de Venezuela que ya nada ni nadie podrá borrar.

El manual de los opuestos; por Federico Vegas

Lo más importante para ser “oposición” es tener una “posición”. El juego de palabras es tan simple como cierto: una oposición sin posición es igual a cero, o a un fatuo y extenuado “¡Oh!”. Tener una posición no significa estar estacionado en un reclamo, un propósito, un argumento o una ideología; no se trata de

Por Federico Vegas | 4 de mayo, 2017
Opositores venezolanos en la marcha del 1 de mayo. Haga click en la imagen si quiere ver la fotogalería completa.

Opositores venezolanos en la marcha del 1 de mayo. Haga click en la imagen si quiere ver la fotogalería completa. Fotografía de Gabriel Méndez

Lo más importante para ser “oposición” es tener una “posición”. El juego de palabras es tan simple como cierto: una oposición sin posición es igual a cero, o a un fatuo y extenuado “¡Oh!”.

Tener una posición no significa estar estacionado en un reclamo, un propósito, un argumento o una ideología; no se trata de mantener un punto sino de reconocer cuáles son los extremos que enmarcan nuestra situación y dónde nos encontramos con respecto a estos límites. Cuando el viajero pregunta cuánto falta para llegar no lo hace para quedarse en el sitio, lo que quiere es organizar la continuación de su viaje. De la misma manera, tener una posición no es establecerse en un rincón donde, orgullosos o derrotados, nos enraizamos; tener una posición equivale a reconocer cuál es nuestro verdadero punto de partida y posible punto de llegada, revisando nuestra ubicación en el ámbito de las ideas que unas veces nos conducen y otras nos arrastran contra nuestra voluntad.

Los venezolanos entendemos bien que tener una posición no es una meta estable y definitiva al estar sometidos a una continua travesía que parece no tener fin. Mientras el final se hace más evidente y perentorio, más lo aleja cruelmente una represión creciente que va sumiendo al país en la peor de las locuras, la de quienes creen tener tanta razón que están dispuestos a inmolar a su propio país mientras sacan sus dineros al exterior. Bastante nos advirtieron que la alternativa a su patria socialista era la muerte, y pretenden que sea solo la nuestra.

La Odisea de Homero fue celebrada en el siglo XIX como una metáfora del tránsito por la vida. En pleno paroxismo del romanticismo inglés, el joven poeta Tennyson escribió sobre un Ulises anciano que se fastidia en Ítaca mientras recuerda cuando vivía “siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento”. Ahora se lamenta: “¡Qué fastidio es detenerse, terminar, oxidarse sin brillo, no resplandecer con las marchas”. Al final del poema, Ulises exclama enardecido en medio de su soledad: “Somos lo que somos, un espíritu ecuánime de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida a combatir, buscar, encontrar y no cesar”.

Mi padre decía que no importa lo que uno sea mientras sea siempre igual. Suena como una fórmula algo exagerada contra los hipócritas, pero creo que se refería, tal como propone Ulises, a ser lo que realmente somos. Y no es esta una tarea fácil para los venezolanos al no saber dónde estamos parados y qué nos depara el destino. Muchas de las referencias que ayudan a darle sentido a nuestras vidas se han perdido, unas por falta de sostén y otras bajo el peso demoledor de un gobierno que subsiste gracias al desconcierto y la desubicación del “cuerpo social”. O debería decir “sociedad”, la palabra que el socialismo del siglo XXI más se ha esforzado en suprimir. ¡Cuántas burlas y desprecio ha recibido por parte del gobierno la idea de una “sociedad civil”!

Este estancamiento explica que nuestra Odisea se esté dando yendo y viniendo sobre nuestra propia tierra. Aquí están los monstruos y las sirenas; aquí combatimos sin armas mientras encontramos cada vez más y más razones para seguir combatiendo, al punto que lo más agotador e insoportable resulta ser tener razones tan evidentes y persistentes que parecen estar a punto de podrirse.

Avanzamos sobre nuestros propios pasos y constantemente corremos el peligro de perder lo avanzado, o de no saber hacia dónde vamos en un viaje que, cuando por fin termine, apenas habrá comenzado, pues entonces habrá que sobrevivir entre los restos del naufragio y enfrentar la resaca de una corrupción inconcebible, oceánica, reacia por sus gigantescas proporciones a las medidas y las calificaciones, al punto que muchas veces parece una fantasía. Tantas veces sentimos que nos arrastran hacia un pasado remoto, de maldades mitológicas y razonamientos primitivos.

En este gran viaje de nuestra vapuleada sociedad, los instrumentos de ubicación son tan importantes como las estrellas para Ulises, pero no les prestamos suficiente atención a cómo se generan nuestros juicios, avanzando muchas veces sin más brújula y bitácora que la propia furia y desesperación.

Cuando Platón, en La República, quiere explicar cómo se generan estos llamados “juicios” nos ofrece el siguiente razonamiento:

Si algo puede entenderse de modo satisfactorio mediante la vista o cualquier otro sentido, entonces no arrastrará el conocimiento hacia la realidad. Ahora bien: si encontramos que al mismo tiempo hay dos posibles explicaciones que son opuestas, entonces habrá necesidad de un juez y será necesario que el alma despeje sus dudas, y la inteligencia tendrá que ponerse a trabajar y preguntarse qué es realmente esa unidad, ese algo que nos intriga

De manera que los paradigmas que podrían traernos más provecho son aquellos que generan a un mismo tiempo dos sensaciones contrarias. Y son muchos los dilemas, las disyuntivas, pero en Venezuela estamos viviendo una experiencia tan reiterativa y sobreexcitada que somos incapaces de permitirle a nuestra inteligencia el grato y productivo cosquilleo de la reflexión. La urgencia nos impide pensar, aunque sea una urgencia que se alarga y estira como la sangre en un agua cada vez más espesa. Nunca antes tantos jóvenes han dedicado tanto tiempo a pensar en su país, pero lo hacen bajo demasiada presión y acoso. Quiero en estas líneas ofrecerles un remanso.

Propongo que cada quien se apertreche con su “Manual de los opuestos” (si es íntimo y personal mejor que si es prestado y mal digerido) para así enmarcar y exponer adecuadamente sus dudas ante tanta realidad que parece tener varias explicaciones, o quizás ninguna. Nuestra tragedia es profunda y debemos incluir en nuestro manual dualidades tan extremas como la idea de principio y de final (que tantas veces confundimos con la de comienzo y finalidad), del sentido del bien y del mal, de la vida y de la muerte. ¿Cuántos padres no han tenido que decidir entre enfrentar la posible muerte de un hijo o arrancarlo de su propia tierra? ¿Qué decirles cuando la primera opción es la que ocurre?

Voy a ofrecer aquí una serie de “opuestos” (sacados de viejos ensayos y de otros nuevos que quizás nunca termine). Ellos me han ayudado a entender ese transcurrir que llamamos conducir nuestras vidas, aunque temo que es la vida la que nos lleva de la mano. Comprendo que mi oferta no se ajusta a la emergencia que nos atormenta y a la velocidad de los acontecimientos, pero insisto en que aún tenemos mucho tiempo y muchas rutas inesperadas que recorrer. Podemos partir de opuestos que parezcan juegos inútiles, simples divertimentos, y desde esta base placentera adentrarnos en zonas más dolorosas y oscuras.

Ofrezco cinco ejemplos y prometo explorar otros en próximas entregas.

El amor y la amistad

No siempre sabemos si es amor o amistad lo que sentimos. Alfonso X, llamado con toda razón “el Sabio”, proponía en el siglo XIII que “el amor puede venir de una parte solamente, en cambio la amistad conviene que venga de ambas dos”. Nos está diciendo que puede haber amor sin amante, pero nunca amistad sin amigo.

El amor es dolorosamente preciso y exigente. Obliga a la definición al buscar lo único, el foco, el centro, y es por este afán de precisión que lo suponemos ciego. El proverbio establece: “Una mujer enamorada le perdona a un hombre todo sus defectos, la que no lo está, no le perdona ni siquiera sus virtudes”.

La relación de dos amigos, en cambio, suele ser recíproca y más acomodaticia. No verse tanto como antes es algo que se reconoce y admite. Hay quienes entienden que el secreto de la amistad consiste en verse poco y disfrutan tanto de los encuentros como de las largas separaciones.

La amistad tiende a observar el horizonte mejor que el amor y ayuda a darnos perspectiva. Es una fuente de infinitas opciones, una biblioteca de la vida con una amplia sección de periódicos viejos que podemos examinar sin tanta culpa; un depósito de objetos perdidos donde puedes dejar miserias inconfesables y rollos inútiles. La magia de la amistad es permisiva. El amor, en cambio, es demasiado heroico, celoso e inmutable.

Sirva esta base para hablar de dos sentimientos que ahora nos desbordan, nos ahogan: el odio y la enemistad, antónimos del amor y la amistad. Creo de poca utilidad odiar a la pandilla de oficialistas que nos gobiernan. Odiarlos sería tan ciego como fue amarlos para quienes creyeron en sus promesas y de nada les sirvió, salvo a los pillos que se han enriquecido groseramente.

Los integrantes de esa malévola camarilla son simplemente nuestros peores enemigos. Entenderlos nos ayudará a enfrentarlos, y, de paso, podremos someternos a la vieja máxima: “Cuando veas algo bueno en tu prójimo, imítalo; cuando veas algo malo, revísate”. Recordemos que la enemistad, como la amistad, tiene que ser un sentimiento mutuo, y por lo tanto hay que darles donde les duela y sientan una fuerza mayor a la que ejercen sobre nosotros. En mi caso debo decir que todo el que fue chavista es mi enemigo, “aun permaneciendo indiferente”, a menos que proclame públicamente su rechazo inequívoco y total al gobierno de Maduro. En esta lista incluyo especialmente a los arquitectos, quienes pretenden que su oficio los hace neutrales con la consigna: “Si no lo hago yo, otro vendrá y lo hará peor”.

Quienes escribimos sobre estos temas, sufrimos con esta posibilidad de no ser verdaderos enemigos, sino unos payasos que mientras más odian más entretienen a otros odiantes y odiadores sin cambiar el curso de la maldición ni la profundidad de los abismos. ¿Qué son estas palabras que ahora escribo frente a la valentía de un joven sangrante que brota de un sótano donde fue golpeado por una gavilla de policías, con el brazo en alto y diciendo con el poco aire que le queda en el pecho:

—Yo lucho por una Venezuela mejor.

Vivimos una Odisea, no una Ilíada. Ciertamente es una guerra civil, pero una en que un bando tiene todas las armas, y, con esa proporción, de poco nos sirve la cólera de Aquiles y de mucho la astucia de Ulises. No estamos en Troya sino atrapados en la cueva del gigante Polifemo que veía y juzgaba por un solo ojo, y fue aniquilado por alguien que se hacía llamar “Nadie” y hoy somos “Todos”.

Lo necesario y lo posible

Hemos ido pasando a una velocidad desconcertante de las posibilidades maravillosas a las necesidades terribles. Ahora lo necesario se ha hecho tan omnipresente que la palabra imposible va tomando terreno. La necesidad, como el hambre, es una mala consejera.

Nuestras necesidades y posibilidades, como todos los opuestos, se semejan precisamente en aquello que las diferencia. Las cosas posibles disminuyen con nuestra indiferencia, desinterés o incomprensión; las cosas necesarias, en cambio, aumentan ante las mismas actitudes.

El reino de lo posible es difuso e imaginativo, relativo y cambiante. Posibilidad tiene que ver con “poder”, pero se refiere a un tipo de imperio con facultades sosegadas y amables donde se vive en una tranquila contingencia y en la disyuntiva de hacer o no hacer.

El reino de lo necesario es preciso y forzoso, y además constante, por más que no se le preste atención. Se trata de un estado de cosas cuya lógica aplastante no le permite ser de un modo distinto. Necesidad viene del latín necesse: “no ceder”, una etimología que nos habla de algo inevitable, indetenible, de circunstancias que se van cerrando a nuestro alrededor hasta asfixiarnos.

Entre estos dos reinos es difícil no tomar partido, pues es como escoger entre el apetito y el hambre, sin embargo nos hemos ido sumergiendo en el menos atractivo. Lo posible es tan grato y sugerente que invita a permanecer suspendidos entre inspiraciones, y solo lo necesario dirige nuestras vidas con una aplastante objetividad que nos obliga a tardíos acuerdos y costosos planes de acción.

Para los tiempos que vienen solo nos queda encontrar la relación entre ambas fuerzas, entender que nuestras actuales necesidades surgieron del desprecio a la magnitud y la belleza de nuestras pasadas posibilidades. Pero siempre habrá la manera de convertir nuestras limitaciones en recursos, solo así podremos asir lo posible para no abandonarlo nunca más, habiendo cabalmente comprendido que las necesidades del país son, precisamente, sus posibilidades perdidas.

En un ensayo llamado “El punto Ciego” el arquitecto Leo Krier explica la alternativa terrible que enfrentamos:

Una humanidad cuya finalidad ya no es más la búsqueda de lo posible, sino la omnipresencia de la necesidad, debe encontrar irónicamente su único placer en su propia destrucción, en el reconocimiento de su inutilidad. Un estado de placer es también un estado de contemplación de nuestro propio ser y hacer. Si ser y hacer no son sino una mera necesidad, el momento de contemplación ha dejado de ser un momento de satisfacción, para convertirse en uno de urgencia. Bajo esta perspectiva, la meticulosa auto destrucción se convierte obviamente en un momento de descanso, un descanso de la urgencia inaguantable frente a la fealdad y una inútil agonía.

La patria y el país

Desde que oigo hablar de un “carnet de la patria” no hago sino pensar en el humillante panorama de una “patria del carnet”. Prefiero mi vieja cédula de identidad venezolana, con una foto poco favorable que me recuerda mejores años. La asocio con elecciones y con una palabra más amable que patria: “País”. Patria me suena a patriotas y héroes de yeso; país a árboles y hermanos, a una luz que no encuentro sino en nuestros paisajes.

Hay patriotismos que envidio aunque parezcan absurdos, como el del poeta Fernando Pessoa, quien decía que su patria era la lengua portuguesa y más le preocupaba una página mal escrita que una invasión a Portugal. Pero no me atrevo a hacer una defensa tan extrema del español y prefiero la posición de Simone Weil: “Para respetar las patrias extranjeras, hay que hacer de la propia, no un ídolo, sino un peldaño más hacia Dios”.

Esa patria sin ídolos es el país de los paisanos. Marcelino Madriz me enseñó a ser profano con los hinchamientos y fatuidades. Recuerdo una vez que le dijo a su mejor amigo, Francisco Vera Izquierdo:

—Don Paco, ¡déjese de blasones! La única sangre derramada por los Vera en esta patria es por las almorranas.

Un crítico decía al hablar de la obra de la artista cubana Ana Mendieta: “El arte debe haber comenzado en esa relación dialéctica entre los seres humanos y el mundo natural del cual jamás podremos separarnos”. Ana fue arrancada de Cuba a los doce años y de esa separación nació una necesidad de explorar su relación con la tierra, dejando en ella una y otra vez la huella de su silueta como una incesante manera de regresar a sus raíces.

El país nos congrega a pesar de nuestras diferencias, uniéndonos sobre todo con nuestra naturaleza, especialmente la humana. La patria puede separarnos incluso en nuestra semejanzas, como sucedería entre los que, amando esta tierra, tengan o no tengan un carnet.

Ya la palabra “carnet” resulta sospechosa y me recuerda la frase de Groucho Marx: “Yo jamás pertenecería a un club que aceptara un tipo como yo”. El carnet tiene una cualidad que cada vez desprecio más aunque para muchos sea una virtud, el ser “exclusivo” y por lo tanto excluyente.

Busquen el video en que Maduro se pasea en un carromato jalado por una moto. Parece un niño bobo y gigante que juega con una ametralladora y no aguanta las ganas de disparar mientras pide que le tomen una fotografía. De pronto, lleno de gozo, proclama:

—De estas podemos llevar diez mil, veinte mil, a todos los barrios y campos para defender la patria.

Para Maduro no es una pesadilla sino un sueño el vivir en una patria compuesta solo de barrios y campos yermos que viven bajo el permanente acoso de un ejército imperial. Ese sería el único país que justificaría su existencia, un club que quiere convertir a Venezuela en un corazón partido e incapaz de amar, en una fauna de fanáticos llenos de rencor y disfrazados de enamorados fervientes mientras intentamos sobrevivir en un medio país.

Tiempo político y tiempo histórico

Hubo un tiempo en que el tiempo histórico del venezolano se medía por elecciones. Eran cada cinco años y uno podía decir: “Eso fue cuando Luis Herrera”, o “eso duró hasta después del segundo Caldera”. No está mal que la historia marche al ritmo de la política, nuestra mayor proveedora de disparates inolvidables, los cuales, por malos que sean, son preferibles a referencias que tienen que ver con la geografía, como el terremoto de 1967 o el deslave de 1999. Es lamentable que el tiempo político ya no conste de episodios sino de eventos tan imprevisibles como accidentados.

Las acepciones de “episodio” nos convienen. “Partes que integran una obra dramática”, “Hecho que sucede enlazado con otros con los que puede formar un conjunto”. La idea de un conjunto, de una obra que va tomando cuerpo a través de sucesivas elecciones nos fue integrando y llegamos a amarla, a considerarla parte integral de nuestras vidas.

Las acepciones de “evento”, en cambio, nos hacen mucho daño: “Una eventualidad que escapa a los límites de lo planificado”, “Algo imprevisto que puede acaecer aunque no exista seguridad al respecto”, a lo que debemos agregar para ajustarlo a nuestro caso: “Algo que puede no acaecer aunque tenga el respaldo de nuestra constitución”. Hoy las elecciones, cuando quiera que sean, ya no tendrán ese espíritu de periodicidad, de ritmo vital. Bastó con imposibilitar una y eliminar otra para derribar nuestra referencia histórica más importante.

Este espíritu de eventualidad no solo destruyó el derecho al voto, también socavó la noción de participar en un mismo drama que podemos anticipar y celebrar como el gran reloj de nuestra memoria colectiva.

Las elecciones en Venezuela semejan una serie de televisión que un día nos ofrece un par de episodios y luego nadie sabe cómo y cuándo continuará. Esta incertidumbre sería desesperante para los espectadores. Nuestro caso es más grave, pues somos además los verdaderos protagonistas, sumiéndonos a todos en un tiempo histérico donde los hechos rebotan.

Y estamos viviendo sumidos en esta histeria. Según el psicoanalista Rafael López-Pedraza, bajo los efectos de la histeria “todo lo que acontece se queda en la superficialidad de esa histeria, no llega a tocar abajo, en las profundidades de la historia personal ni en la historia del hombre sobre la tierra”.

Hoy, en vez de votar, no hacemos sino rebotar.

La política y la polis

La palabra “héroe” tiende a usarse en medio de calamidades e incertidumbres, incluso menos graves que las que estamos viviendo. El diccionario, como advirtiéndonos de sus malos augurios, la tiene ubicada entre “hernia” y “herpes”. La pregunta es cuánta falta nos hacen estos “más que hombres y menos que Dios”.

En un libro titulado: The Enchafèd Flood (algo así como “La inundación excitada”), el poeta W. H. Auden divide a los héroes en estéticos y éticos. El héroe estético es aquel a quien la naturaleza le ha entregado dotes excepcionales. Somos desiguales e inferiores al héroe estético no por falta de voluntad, sino porque carecemos de sus asombrosas virtudes innatas.

Sobre este tipo de héroe se tiende una trampa desde hace siglos por un error de traducción. La célebre frase de Aristóteles: “El hombre es un animal político”, nos ha llevado a valorar excesivamente algunas cualidades animales que a la larga pueden resultarnos inútiles. Según el historiador H.D.F. Kitto, la traducción correcta de la frase de Aristóteles sería: “El hombre es un animal que pertenece a la Polis”, es decir, que vive en función de su ciudad, de su país. Esta diferencia entre “ser” y “pertenecer” de las dos traducciones es determinante. Una tiende al egoísmo de la superioridad, la otra al diálogo y la generosidad.

Si el hombre es un animal político, aquel que esté dotado con “dotes excepcionales” será el mejor de los políticos. Tarde o temprano, el héroe cree poseer esos dones casi sobrenaturales. Este idea de un ser único y providencial se presta a crear un fetiche del político que termina por predominar sobre la política misma, y, más aún, sobre la Polis.

Nuestra historia reciente nos brinda un ejemplo tan estruendoso que hoy no quiero nombrarlo. Rendimos culto a las cualidades más gráficas del animal político: la vitalidad, la capacidad de trabajo, el empuje, el magnetismo. Este ilimitado deseo de gobernar crea personajes cuya heroicidad estética prevalece sobre sus valores éticos.

Según el mismo Auden, la heroicidad ética, a diferencia de la estética, proviene de una desigualdad accidental y provisional en la relación de los individuos con la política. El héroe ético es aquel que en un momento dado llega a saber más que los demás y puede ofrecer soluciones a una determinada situación. Aquí no se trata de dotes innatas, sino de una coincidencia de tiempo y oportunidad. El héroe no es aquel que puede hacer lo que otros no pueden, sino alguien que sabe algo que los otros desconocen y pueden aprender, y continuar.

Uno de los héroes éticos que más he admirado es Václav Havel, supongo que por ser escritor. La verdad es que no nos vendría mal un gran dramaturgo para entender y encaminar el país en sus bandazos entre la comedia y la tragedia.

Entre nuestros mitos políticos es difícil encontrar este tipo de líder. Su obra se caracteriza por ser simple, precisa, transferible, comprensible; incluso puede transmitir que, una vez entendido su mensaje, su presencia sería prescindible. Rómulo Betancourt cumplió a cabalidad con este último requisito.

No perdamos tiempo buscando superhéroes para las soluciones prodigiosas que tanto necesitamos. Luchemos por recuperar una ética de la política y en ese caldo de cultivo surgirán los políticos y la Polis que verdaderamente necesitamos.

Eros, crimen y poder; por Federico Vegas

I Al principio fue un hombre sin ningún poder. Era un prisionero que manifestaba su rendición y absoluta responsabilidad por la derrota. Otros lo habían hecho bien, él no. Su único argumento era una apuesta al futuro y esa fuerza misteriosa que nadie sabe de dónde viene y cómo se conduce: el erotismo. Eros exhibe

Por Federico Vegas | 22 de abril, 2017

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I

Al principio fue un hombre sin ningún poder. Era un prisionero que manifestaba su rendición y absoluta responsabilidad por la derrota. Otros lo habían hecho bien, él no. Su único argumento era una apuesta al futuro y esa fuerza misteriosa que nadie sabe de dónde viene y cómo se conduce: el erotismo. Eros exhibe sin pudor que la manera de conseguir siempre lo que se quiere es jamás sentirse satisfecho y ha quedado reseñado en la mitología como irresponsable e incontenible, y ciertamente había algo seductor en la estampa de aquel teniente coronel, el jefe de una quimera, y en su verbo obsesionado y lleno de veladas promesas.

Existía y continúa existiendo en esa imagen fundacional el trágico trasfondo de un crimen generado por el golpe militar más traicionero que ha conocido la historia de Venezuela: soldados venezolanos atacaron por sorpresa y desde la oscuridad a soldados venezolanos, y hubo muertos. Pocos recuerdan sus nombres, sus rostros, cuántos y quiénes fueron, pero seguro que en sus familias, entre sus madres y sus hijos, esos asesinatos dejaron ondas de dolor y desconcierto que continúan expandiéndose. El crimen le quita a la muerte su único posible consuelo: ser natural.

Hoy nos gobierna un hombre que solo tiene poder y ningún erotismo. Nada en él seduce ni fertiliza, ni entusiasma. Se apoya en manifestaciones cada vez más descarnadas de omnipotencia e ínfulas de permanencia. Las palabras que más utiliza son, paradójicamente, “amor” y “paz”, y las pronuncia con saña, revelando que por imponer ese amor y esa paz está dispuesto a aplastar un país al que va dejando de pertenecer. Todo en él está regido e invertido por esa muerte de Eros que le ha tocado representar con fruición, y, mientras más trata de ser amoroso, o gracioso, o pacifista, resulta más patético, torpe y falaz. El esfuerzo de ser lo que no es lo desenmascara, lo agota, y él mismo nos confiesa su obra aniquiladora. Habla de trabajar “con fuerza, con amor en las catacumbas del pueblo para atender las necesidades de las familias venezolanas”. Las catacumbas son esas galerías subterráneas que algunas civilizaciones construyeron y utilizaron como lugar de enterramiento. La palabra proviene del griego cata, “hacia abajo” y de la raíz latina cumbo, “yacer, estar acostado”. El gobierno ha labrado esas mismas catacumbas donde espera que el pueblo continúe yaciendo acostado, sumiso, hundido.

II

Es dramático como los oficialistas más jóvenes y prometedores caen en esta trampa. Héctor Rodríguez, jefe de la fracción parlamentaria del gobierno, dice que no le interesa el tema de las elecciones, que asistirán cuando las convoquen. “A mí solo me interesa el CLAP y el carnet de la patria”. A Héctor le atraen los instrumentos de subyugación, esos medios capaces de crear largas filas y humillantes controles para regalar limosnas a los incondicionales. No le atraen las elecciones y el voto porque es el escenario de la seducción, y él prefiere sacrificar su propio erotismo ante el altar del puro poder. Héctor es un hombre leal y agradecido. Pertenece a la camarilla de los que privilegian una lealtad ciega y acuden a rendir cuentas a su líder invocándolo con fervor:

—Comandante, ya casi acabamos con el capitalismo.

La respuesta se va haciendo cada vez más apagada:

—¡Y entonces! ¿Para qué quieres tanto dinero?

—Ha sido el costo de implantar el socialismo.

—¡Y entonces! ¿Por qué tus hijos no viven en Venezuela?

Y ya no hallan qué contestar. Deberían callarse, dejarle al muerto la ofrenda del descanso, pero insisten en exprimirlo con las mismas proclamas de fidelidad. La hipocresía de sus propias vidas es la fidedigna representación de un país moribundo que se va hundiendo bajo el peso de un espectro. Esto explica que luzcan cada vez más apesadumbrados, con el ceño fruncido de la amargura, y también sobrealimentados, embotados, saturados de sus propios estribillos.

Una y otra vez me pregunto qué pensarán esos venezolanos impertérritos, blindados en su terquedad e inconmovibles ante un país en picada. ¿Cómo serán sus noches, cuando despiertan de un mal sueño y no hay guerra económica sino un fracaso suicida? Ojalá Dios les dé el valor de enfrentar su servilismo y puedan decir algún día: “Viví de rodillas y con la cara sucia”.

III

Pienso en los gobernantes por los que he tenido afecto, y aún lo tengo, pues creo en dar continuidad a los buenos sentimiento. Cuando están referidos a nuestros enemigos, nos ayudan a entenderlos. El odio, en cambio, suele ser muy bruto y muy miope.

Jorge Rodríguez ha tenido mi afecto y persiste un hecho que nos une: hubo un crimen en la historia de su familia y también en la mía. Esas ondas que el tiempo va expandiendo a él lo llevó a la política, a mí a la literatura. Y desde esa esfera llena de premoniciones lo imagino, con la fuerza de un sueño recurrente, junto a su hermana frente a la tumba de su padre.

Dice Delcy:

—Cada vez me siento más orgullosa de la herencia que nos dejó nuestro padre.

Después de un largo silencio, Jorge contesta:

—Me pregunto qué pensará de lo que hicimos con su herencia.

Algún día deberán hacerse esa pregunta. La posibilidad de convertirse en los esbirros que asesinaron a su padre los circunda, los acecha. Tiene que ser una carga insoportable temer que la historia de Venezuela los reseñe como partícipes y artífices en un gran crimen, el de orquestar el suicidio de toda una nación.

Podemos juzgar al pasado, pero el pasado no puede juzgar nuestro futuro, y menos pueden hacerlo nuestros muertos. Mientras más amados, más profundos serán sus juicios sobre nuestros actos, y más distantes. Los jueces más exigentes son los que todo lo perdonan y ya no están para juzgarnos.

IV

Creo que la política nació con un crimen. Rómulo mató a su hermano Remo porque no obedeció las leyes que había dispuesto para la fundación de Roma. Rómulo había labrado un gran círculo con su arado y dispuso que esos serían los límites de una nueva ciudad a la que solo se podría entrar y salir por una puerta demarcada al alzar el arado en un tramo. Remo se burló de la endeble zanja y la brincó por un lado cualquiera. Rómulo, lleno de ira, lo mató con el mismo instrumento que había trazado la nueva ciudad.

Es posible que los hechos hayan tenido otro orden. No es casualidad que Caín mate a su hermano Abel y luego funde la primera ciudad que aparece en la Biblia: Enoch. Quizás Rómulo mató a Remo por envidia y, horrorizado por lo que había hecho, creo unas leyes de convivencia para que no volviera a ocurrir un crimen entre hermanos.

La necesidad de la política nace de un asesinato y su propósito es evitar que nos matemos unos a otros. Esto explica que la figura de Chávez surja de un crimen entre hermanos y luego se refugie en Eros para surgir desde la política y con la promesa de una nueva constitución.

Agotado ese erotismo por una irresponsabilidad incontenible y un afán ilimitado de poder, hemos entrado de lleno en la muerte de la política. Venezuela está sometida a la ley del crimen organizado y el desorganizado, al crimen lento y el súbito, al sangriento y al asfixiante, al ejecutivo y al judicial. Del erotismo inicial volcado en una nueva constitución pasamos a la fealdad de un poder desnudo, de expresiones que solo las redime el ridículo, como un presidente que amenaza a su pueblo con inundar las calles de “fuerzas armadas”, y firma esa ley con rabia, en vivo y en directo, mientras, para que no queden dudas, proclama blandiendo la pluma: “¡En este mismo momento la estoy firmando!”.

Puede parecer superficial y frívolo hablar de fealdad habiendo tantas y tan pavorosas evidencias de crueldad, de corrupción e incompetencia, pero ocurre que la expresión más evidente de estas tres enfermedades es, inevitablemente, una fealdad que deforma los rostros. Una cosa son los actos, otra los efectos y otra más la imagen que resulta de esta secuencia. Sucede, además, que esta horripilante fachada no se esconde ni se disimula. Una de las caras más repelentes, la de una agresión despiadada y grosera, se manifiesta y exhibe, publicitándola y promoviéndola con el emblema humillante de un mazo de plástico. Estamos pues ante una fealdad triunfante y orgullosa de sí misma que quiere apropiarse de la historia del país, sometiéndola a su estética y religión.

A inicios de este año, la naturaleza de Caracas vino en nuestro auxilio ante la horrorosa fealdad que pretende enraizarse en nuestra historia. Por una ley de compensación, que tiene siglos persistiendo, nuestra naturaleza ha sido extraordinariamente generosa ofreciendo esperanzas y visiones enaltecedoras al espíritu. Nos asomamos al balcón aturdidos por un mal pensamiento y el vuelo geográfico de una guacamaya nos eleva y entusiasma con su amplia curva. Digo que la guacamaya es geografía por la gracia con que su ruta celebra la disposición de las montañas, sus colores la calidad de la luz y sus alas la dirección del viento. La actuación más fervorosa fue la de los araguaneyes. Bajo la consigna: “Amarillo es lo que luce, verde nace donde quiera”, dieron testimonio de la fuerza encendida que puede tener un despertar.

Y ha ocurrido ese despertar.

Es angustioso e indignante observar la fealdad de los victimarios ante la belleza de las víctimas, de jóvenes cuyas almas están vivas y han preferido ser mártires antes que pillos, esbirros o emigrantes, y que el destino del país se esté decidiendo en esta balanza y no en la seductora y justa política de los votos.

El sufrimiento de unos seres cuyo espíritu inspira tanto sadismo en sus represores, nos lleva a preguntarnos hasta qué punto será llevada esta política del crimen, de los mazos y las quijadas de burro, de perdigones que buscan los pechos más lozanos y prometedores.

Espantados ante los crímenes que hemos sufrido, estamos próximos a una refundación de la política. Ahorrará muchas vidas el que aquellos gobernantes que ya no soporten sus conciencias se presenten ante el país como aquel militar que confesó haber fracasado y aceptó la responsabilidad de sus actos.

Ese día comenzó una nueva etapa en la historia de Venezuela. Que los efectos hayan sido desastrosos no es culpa de la política, sino al contrario, de la inmadurez política de un país harto de sus partidos y dispuesto a lanzarse a un gran vacío. Han pasado más de dos décadas y ahora los venezolanos conocemos las posibilidades y consecuencias de la política. Nunca hemos estado mejor preparados para la más simple de las soluciones, unas elecciones libres.

Hacia los 500 años de Caracas; por Federico Vegas

Decía mi tío Leopoldo, cuando le preguntaban cuántos años tenía, que no lo sabía ni quería saberlo. —Solo sé cuántos años ya no tengo —agregaba—, de los que tengo por vivir no me atrevo a hacer estimaciones. Mientras más vivimos más relativo se nos va haciendo el tiempo. Hay veces que parece un soplo, otras

Por Federico Vegas | 10 de febrero, 2017

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Decía mi tío Leopoldo, cuando le preguntaban cuántos años tenía, que no lo sabía ni quería saberlo.

—Solo sé cuántos años ya no tengo —agregaba—, de los que tengo por vivir no me atrevo a hacer estimaciones.

Mientras más vivimos más relativo se nos va haciendo el tiempo. Hay veces que parece un soplo, otras un huracán. A veces se pone lento, pesado, y parece arrastrarse detrás de nosotros. Al día siguiente nos pasa por encima y sigue de largo tan campante.

El tiempo debería ser lo que hacemos con él y no tanto lo que el tiempo hace con nosotros. Una buena medida son las obras que realizamos con placer, el amor que compartimos con los demás, las buenas conversaciones, mejor si ocurren mientras caminamos por la ciudad que nos vio nacer. Ese es el tiempo con el que debemos cumplir, el verdadero cumpleaños. A la vida no se viene a gozar ni a sufrir, pues pareciera que esas metas no están en nuestras manos; venimos al mundo a ser generosos con lo vivido y por vivir.

El único cumpleaños que me trajo cambios importantes fue el de los 18. A partir de ese día podía votar y manejar. Cincuenta años después me sigue entusiasmando ese voto secreto que por un instante me hace creer que de mi dependiera el destino de Venezuela, pero ahora me niegan con crueles truculencias esa oportunidad. Manejar ya no me gusta tanto, pero esta ciudad me lo exige.

Más que celebrar los 450 años de Caracas deberíamos prepararnos para sus 500. Yo no estaré en esa fiesta, pero, bajo las elusivas leyes de la relatividad del tiempo, cinco décadas no son nada para una ciudad. Recuerdo como si fuera pasado mañana el terremoto del 67 y las fastuosas celebraciones del cuatricentenario.

¿Por qué 500 años son para Caracas tan importantes como para a un joven sus 18?  Sucede que las ciudades, como el ave Fénix, tienen el derecho y el deber de renacer, al menos, cada cinco siglos.

El pájaro Fénix tiene el mismo plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente de las guacamayas que surcan las tardes caraqueñas, también el fuerte pico y las mismas garras. Cada 500 años lo consume el fuego y luego resurge de sus cenizas con todos sus dones, como el de llorar lágrimas curativas. Ya lo decían los budistas: “el dolor y el sufrimiento son nuestros maestros”.

Cuentan que la guacamaya Fénix vivió en el Jardín de El Paraíso hasta el día que Adán y Eva fueron expulsados. Esa tarde de cambios irreversibles vino un ángel a desterrarlos y de su espada ardiente surgió una chispa que incendió al inocente pájaro en su nido. Por haber sido la única criatura que se había negado a probar la fruta del bien y del mal, Dios le concedió la capacidad de renacer de sus propias cenizas, convirtiéndose en un símbolo de purificación e inmortalidad.

Cuando siente que le ha llegado la hora de morir, el pájaro Fénix hace un nido con hierbas aromáticas y al tercer día comienza a arder. Una vez que se queman sus carnes totalmente, sus huesos son transportados a un lugar llamado la “Ciudad del Sol” y allí son depositados en un altar. Entonces los sacerdotes examinan esos registros del pasado y descubren qué le estaba sucediendo a Fénix cuando cumplió los quinientos años. Esto explica que el ave renazca cada vez más sabía y con renovadas ganas de ser feliz y próspera.

¿Qué conclusiones podemos sacar al estudiar los huesos de nuestra ardiente Caracas? ¿Qué propuestas podemos hacer para hacerla más dueña de su futuro y liberarla de las condenas que le imponemos? ¿Cuándo y cómo aprenderá a diferenciar el mal del bien? ¿Cuál es la carne que está en el asador? ¿Cuáles son esas vértebras y costillas que han de prevalecer?

Quisiera desarrollar una serie de nueve temas sobre los dictados del pasado que reclaman un futuro. Iban a ser diez pero le temo a todo lo que sepa a mandamiento. Tampoco pretendo ser exhaustivo. Habrá otras exploraciones que también apuntan hacia lo más importante o urgente. Solo puedo asegurar que estas nueve posibilidades me atraen y entusiasman. Tienen diferente escala y propósito. Unas son más teóricas y se darán a largo plazo, otras tratan sobre propuestas más pragmáticas que podrían iniciarse hoy mismo, o que han sido perversamente postergadas.

Me atrevo a enumerar estas ideas y presentarlas brevemente con la esperanza de que Prodavinci me obligue a desarrollarlas en próximas entregas. Hay tiempo hasta el año 451.

Soñar con los 500 años de Caracas me ayudará a olvidar este año 450, tan terrible, tan estancado, tan henchido de una aparente irreversibilidad. Ya lo decía Marcel Proust:

No hay más paraísos que los perdidos.

Sobre la vivienda

Bloques de la Misión Vivienda sobre la avenida Libertador

Bloques de la Misión Vivienda sobre la avenida Libertador

La vivienda debe ser creadora de ciudad, no su substituto o su negación.

El Estado debe propiciar y organizar óptimas condiciones legales, urbanas y financieras, y los privados construir en esa trama sometiéndose, en definitiva, al juicio de los usuarios. El Estado no está llamado a adjudicar las viviendas, sino los ciudadanos a adquirirlas en condiciones justas  y, por consiguiente, a cuidarlas como algo propio y ganado con su esfuerzo.

Una vivienda sin ciudad nos va convirtiendo en náufragos. El punto de partida y la meta no puede ser lograr una cantidad de viviendas cuyo valor será nulo si lejos de crear una mejor ciudad la degradan y empobrecen.

Aristóteles nos ofrece una referencia, o quizás un imperativo: “Por naturaleza, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, ya que el conjunto es necesariamente anterior a la parte.”

Hay otro párrafo del mismo filósofo que debe orientar estas relaciones entre la parte y el todo: “La ciudad tiene su origen en la urgencia del vivir, pero subsiste para el vivir bien”.

Boulevard Libertador

Avenida Libertador

Avenida Libertador

La Libertador debe pasar de ser una avenida que hunde automóviles a un boulevard que libere ciudadanos.  Hace falta generar contextos que dignifiquen los elementos, y no elementos que destruyan a su contexto.

Un ejemplo de la obsesión política por el número de viviendas olvidando el compromiso de hacer una ciudad más digna se ha dado a lo largo de esta avenida, al insertar torres de vivienda que no ofrecen más que cajas de celdas para habitar, sin ofrecer nada a la calle en sus plantas bajas. Se dio un gran paso cuando se dejó de edificar en los márgenes de la ciudad, pero la falta de una conciencia urbana ha generado una marginalización de la trama existente en el centro.

La avenida Libertador es hoy una larga fosa que divide la ciudad como una herida, convirtiendo una hendidura de kilómetros en uno de los recorridos más tristes de Caracas, solo animado por la transexualidad. Conquistar ese hundimiento cubriéndolo con un gran bulevar arbolado generará un contexto ideal para renovar la avenida con viviendas, comercios y espacios públicos.

En Boston se logró algo similar, con el costoso agravante de que debieron empezar por hundir una autopista y luego cubrirla. Aquí ya nos hicieron el hueco.

El Parque La Carlota

Solución ganadora al concurso Parque La Carlota, realizada por Manuel Delgado, Jorge Pérez Jaramillo y la oficina Opus Estudio, radicada en Medellín

Solución ganadora al concurso Parque La Carlota, realizada por Manuel Delgado, Jorge Pérez Jaramillo y la oficina Opus Estudio, radicada en Medellín

Caracas necesita que le cumplan la mejor de sus promesas.

Por alguna perversa ley de compensación, ocurre con absurda frecuencia que los espacios que pueden ofrecernos la mayor felicidad y dicha sean sometidos a los mayores absurdos y desidias.

Así ocurre con el actual aeropuerto de La Carlota, llamado a ser el más bello y accesible parque de Caracas y una gran plaza donde la ciudad celebre su magnífica  naturaleza y geografía. De contemplar viene la palabra templo.

Esa promesa es hoy el gran corral de Caracas, el patio trasero de la casa donde se acumula lo que sobra o nadie sabe donde colocar. Allí se da la negación de lo civil, que es el reino de lo militar.

El concurso para diseñar un parque ha sido una de las convocatorias a nuestros arquitectos y urbanistas más amplias, democráticas y fructíferas. Los resultados plantearon una visión creadora de la ciudad y entregaron una ofrenda grandiosa y vinculante a los caraqueños.

Estas posibilidades fueron saboteadas con un centro ferial inexistente y un puente, el más abigarrado de todas las autopistas de Caracas. En esa estructura para tanques de guerra se ha gastado más que lo se requería para todo el parque. Y nadie lo cruza ni tendrá sentido hacerlo mientras la Carlota permanezca yerma y militarizada.

Legislación urbana

Frontera entre La Urbina y el barrio José Feliz Rivas

Frontera entre La Urbina y el barrio José Feliz Rivas

Caracas necesita revisar y actualizar la mejor de sus tradiciones, la más universal y clásica.

El Imperio español realizó una de las gestas pobladoras más eficientes y permanentes en la historia de la humanidad. Me atrevo a decir que fundó más pueblos y ciudades que el Imperio Romano.

De los centros urbanos de nuestro país solo un 6% han sido fundados después de la Independencia. Pareciera que hemos perdido el arte de hacer ciudades al punto que el Estado hoy se concentra solo en hacer viviendas. Y las hace mal.

Las Leyes de Indias, con su propuesta de dameros y plazas, guiaron por más de tres siglos la estructura de nuestras ciudades. A mediados del siglo XX se impuso  una normativa de inspiración anglosajona basada en porcentajes de ubicación y construcción, separación de funciones y el aislamiento de las edificaciones. Fue la muerte del urbanismo y el nacimiento de las urbanizaciones y otros aislados desarrollos. Pasamos de una trama ordenadora a una red disgregadora.

Los pobladores, al haber perdido la tradición que los congregaba, se irían marginando. Los más ricos en sus torres aisladas, los más pobres en una red sin trama ni espacios públicos estancada en una eterna provisionalidad. Esta es hoy la imagen fundamental de nuestra ciudad y uno de sus problemas esenciales.

Un sistema de plazas

Plaza Los Palos Grandes, diseño de Edwin Otero

Plaza Los Palos Grandes, diseño de Edwin Otero

Lo que es bueno y posible debe repetirse con justicia.

Después de décadas en las que las plazas, lejos de nacer, morían, la alcaldía de Chacao logró hacer en Los Palos Grandes una nueva plaza que resultó ser hermosa, amada por sus vecinos y admirada por todos los caraqueños. Este ejemplo de espacios privados convertidos en públicos puede y debe reproducirse a lo largo de toda Caracas.

Estableciendo una distancia similar a la que existe entre la plaza Los Palos Grandes y la plaza Altamira podríamos ir creando un sistema de remansos y encuentros que vaya tejiendo a la ciudad, dándole centro e identidad a sus partes.

Las plazas no deben ser hechos aislados sino un bordado de episodios que le de sentido y vida a la trama. Tan importante como estar en una plaza es desearla, presentirla, vislumbrarla, caminar hacia ella.

Un paseo desde Petare hasta Catia

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Caminante no hay camino, el camino se hace al andar por la ciudad.

En el 2067 el caminante será el gran protagonista de la ciudad y, ya no más, el automóvil. Para lograr esta meta necesitamos de un sistema con una columna vertebral de la cual vayan surgiendo ramificaciones y alternativas.

Tenemos la fortuna de ya contar con gran parte de este gran eje. De la plaza Sucre en el casco colonial de Petare bajamos a la Francisco de Miranda, que tendrá aceras aún más esplendidas que las diseñadas para la alcaldía de Chacao por Carlos Agell. Hay que aprovechar que Caracas te regala el verde y poblar este paseo con árboles. Caminando siempre hacia el oeste pasamos al lado del Parque del Este, que nos ofrecerá algo más que una cerca de alambre, y del parque de La Estancia, que aportará mucho más que su muro ciego y mezquino. Así llegamos a la plaza Altamira y continuamos hasta el final de la Miranda. En la plaza Luis Brión se inicia el boulevard Sabana Grande, luego la Gran Avenida y ya estamos en la plaza Venezuela, centro geográfico de la ciudad y la mitad de nuestra jornada. Comienza entonces el Parque Los Caobos, y por entre los Museos de Ciencias y de Bellas Artes llegamos al  Parque Vargas. Lo recorremos hasta a la plaza Diego Ibarra, y a través del Centro Simón Bolívar pasamos a la plaza Caracas. Desde allí vemos a la plaza O’Leary de El Silencio y el parque El Calvario, el más romántico de Caracas. Ya  solo falta crear un paseo a lo largo de la avenida Sucre para llegar al parque del Oeste y culminar en el boulevard de Catia, donde podemos desayunar en el mercado, pues esta excursión urbana es para tempraneros.

Según Google Maps el recorrido es de unos 19 kilómetros y nos tomará cuatro horas. Es poco tiempo y longitud para ser la ruta que nos congregará en el civilizado arte de caminar por una ciudad. Y no hace falta hacer el recorrido de punta a punta, es suficiente con saber que existe, que nos aguarda.

La naturaleza

Propuesta de un sistema de áreas verdes en la solución ganadora del concurso Parque La Carlota

Propuesta de un sistema de áreas verdes en la solución ganadora del concurso Parque La Carlota

Hay que partir de un acucioso estudio de la historia de nuestro paisaje y sentar desde él las bases para el renacimiento de nuestro paraíso, perdido por buscarlo cuando lo teníamos en nuestras narices.

Nuestra legislación urbana debe declarar a la naturaleza protagonista principalísima en el diseño de Caracas. En Túnez una ley establece que ningún edificio será más alto que la palmera más alta. Hay un hermoso ejemplo de esta política en las avenidas de La Florida que llevan los nombre de sus árboles: “Los Samanes”, “Los Jabillos”, “Las Acacias”. Algunos aún prevalecen frente a los edificios que han ido sustituyendo las antiguas quintas.

Los paisajistas son considerados los últimos convidados a la fiesta del diseño y están siempre entre los que llegan después, a veces demasiado tarde. Vienen a cumplir con la máxima que establece: “los médicos cubren sus errores con tierra, los arquitectos con hiedra”. El paisajista ha pasado a ser un invitado de relleno, cuando su verdadera vocación es fundacional.

La esencia de la personalidad de Caracas está en su naturaleza. Ella es tan bella y omnipresente que nos adormece. El Ávila, la luz y las brisas nos convierten en alucinados espectadores de profusos dones. Comprender de una vez por todas que en esta ciudad el paisaje es el principal escenario le otorgará a nuestra arquitectura un justo, sereno y clarividente segundo lugar; sólo entonces nuestro anestesiante esplendor dejará de ser la causa solapada de nuestra miseria física y espiritual. El paisaje es nuestro principal patrimonio y debe ser nuestro más fecundo matrimonio. Los paisajistas tienen que plantear las directrices fundamentales de lo urbano y ser los sumos sacerdotes de esta ciudad que se abre desde su valle como una invocación a su espléndido cielo.

El Barrio

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Dueño de la quebrada y de las pendientes imposibles constituye una arquitectura más genuina y representativa de nuestra realidad que aquella a la que circunda. Contiene décadas de esfuerzos y la sabiduría de la emergencia.

En las crónicas de los orígenes de Caracas leemos como una ranchería se convirtió en un damero estable bajo los simples principios de Las Leyes de Indias. En un plano de 1775, llamado “Plan de la Ciudad de Caracas, con división de sus barrios”,  constatamos que en el origen de Caracas el barrio era la célula fundamental. ¿En que momento pasó a denominar aquello que la ciudad desprecia y abandona a su suerte? Con el tiempo la excepción se ha ido convirtiendo la regla. Una simple ley de proporción ha hecho que lo informal sea la imagen más formal.

En su libro De la cuadrícula al Aleph: perfil histórico y social de Caracas, Francisco Ferrándiz narra un episodio que revela la distancia que media entre lo que Lefevbre denominó “representaciones del espacio”, o espacios abstractamente planificados, y las percepciones y usos de los habitantes de dichos espacios:

“Sin duda, la metáfora más idónea del fracaso político y urbanístico del dictador Pérez Jiménez puede encontrarse en el paradójico devenir de una de sus principales intervenciones en el marco de su plan para controlar los barrios. El gobierno encargó al Banco Obrero un estudio cuya finalidad era explorar las posibilidades de crear espacios de vivienda popular de forma masiva para así detener la proliferación de la ciudad informal en los cerros de Caracas, cuyas laderas alojaban, según estimaciones de la época, más de 40.000 ranchos en 1950”.

Estos superbloques no consiguieron solucionar el problema. Aún más dramático ha sido lo que se ha generado alrededor de si mismos: una exacerbación de lo que se pretendía resolver.

Medio siglo después aún se insiste en la misma receta. El Estado no está llamado a hacer viviendas sino a generar las condiciones para que la ciudad nos permita vivir generosamente, aportando nuestro esfuerzo y participando en las decisiones.

Estructura urbana

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Plano de Caracas (1775)

París tiene sus veinte arrondissements, New York sus cinco boroughs, Barcelona sus diez distritos. ¿De qué está formada nuestra ciudad, de urbanizaciones, de barrios, de sectores, de parroquias, de alcaldías, de municipios, de comunas? Hasta a la Alcaldía Metropolitana le salió la competencia de otro ente paralelo e inventado llamado Gobierno del Distrito Capital.

El primer plano que definió las composición nuestra ciudad  es el ya citado “Plan de la Ciudad de Caracas, con división de sus barrios”. Este dibujo de 1775 nos presenta una ciudad colonial de unas 256 cuadras formado por las parroquias Altagracia, Candelaria, San Pablo, Santa Rosalía y Catedral. Cada una con un centro definido por una plaza y una iglesia. Todas mantienen las mismas proporciones, funciones y leyes de crecimiento que el resto de la trama. Existe una continuidad entre las partes, una homogeneidad, una totalidad donde, al mismo tiempo, el ciudadano encontraba una unidad vecinal donde podía ejercer sus deberes y derechos con un sentido de pertenencia.

Hoy en día Caracas carece de una estructura coherente conformada por unidades de escalas semejantes y adecuadas, pues la actual división en cinco alcaldías presenta discrepancias enormes. La alcaldía Libertador ocupa 433 kilómetros cuadrados y tiene unos dos millones de habitantes. La alcaldía de Chacao tiene unos setenta mil habitantes, un tamaño ideal, y sus límites coinciden con los de la original parroquia San José de Chacao.

El último plano en ofrecer una división homogénea y basada en un mismo criterio fue realizado en 1959 por el presbítero Carlos Rosales, quien trazó los límites de las 68 parroquias eclesiásticas de la Caracas metropolitana. Esta lógica y tradicional estructura establecida por la iglesia nos ofrece un importante punto de partida y de reflexión.

A veces nuestra religión tiene una idea del espacio urbano más sana que la establecida por la política. Por algo se autotitula católica, apostólica y romana. Fue capaz de organizar una ciudad medieval y conducirla a través del renacimiento hasta crear la extraordinaria Roma del barroco. Algo podemos aprender.

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Los círculos y una huella de identidad; por Federico Vegas

Dicen que la vida tiene etapas que se oponen, o se compensan. Primero entras en una centrífuga que te va alejando del eje desde el cual giras. Años después, o meses, o horas, pues también existen ciclos diurnos y nocturnos, te vas haciendo concéntrico, recogiéndote en círculos que se van cerrando hasta regresarte al punto

Por Federico Vegas | 7 de enero, 2017

Dicen que la vida tiene etapas que se oponen, o se compensan. Primero entras en una centrífuga que te va alejando del eje desde el cual giras. Años después, o meses, o horas, pues también existen ciclos diurnos y nocturnos, te vas haciendo concéntrico, recogiéndote en círculos que se van cerrando hasta regresarte al punto de partida. De niño me asomé a los círculos centrífugos escribiendo en un cuaderno mi primera dirección:

Yo, mi cuarto, quinta El Pinar, calle Cachimbo, Los Chorros, Caracas, Venezuela, Suramérica, Hemisferio Occidental, planeta Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, el infinito”

Era emocionante elaborar esos listados cuyos dos extremos, el que se inicia en nuestro interior y el que termina en la nada, nos asoman a vistas fascinantes y abismos tenebrosos. Por un tiempo me entusiasmaron las órbitas más amplias hasta llegar al supercúmulo de las galaxias. Estas distancias a las que no llega la luz lucían tentadoras y alguna vez pude imaginar su música interestelar, pero al pasar del medio siglo comencé a perder el interés por dimensiones que requieren cohetes o transmigraciones y ahora solo me concibo en el contorno donde me acuesto y me levanto. Ya lo decía Montejo:

“Por todos los astros lleva el sueño
pero solo en la tierra despertamos”

Y también Paul Éluard:

“Hay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti”

Ralph Waldo Emerson proponía que el ojo es el primer círculo y el horizonte que genera la mirada es el segundo. Para la escala de mi horizonte Venezuela es demasiado amplia e imprecisa. Mi vida y hasta mis sueños se conforman con los bordes de una circunferencia que coincide con el valle protegido por El Ávila y las colinas del sur donde ahora vivo. Otra cosa es que mis hijos, regados por el mundo, me obliguen a visitar otras ciudades donde no me gustaría morir ni resucitar.

El deseo de volver a un centro que quedó atrás se manifiesta de diversas maneras. A veces sueño con volver a mi colegio en los tiempos de cuarto grado, otras veces al Chuao de mi adolescencia, o a un pueblo frente a la playa llamado Caruao. Una de las opciones que más me atraen es aquel anillo de Los Chorros donde busco mi infancia en un hogar que ya no existe. Al no contar con la quinta El Pinar y los pinos en cuya copa me mecía, suelo entrar en un lugar inexplicable que llaman “Los Galpones de Los Chorros”.

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Jardines del Centro de Arte Los Galpones. Créditos fotográficos: Walther Sojo y centrodeartelosgalpones.com

Digo inexplicable porque no se entiende su existencia y menos aún la persistencia de este “Centro de Arte”. Es un recinto que parece vivir a contracorriente: mientras más hostil y desangelada se nos va haciendo la ciudad, más paz y serenas sorpresas encuentro en Los Galpones. Es quizás una aldea sitiada, pero también puede ser un foco de reconquista y una clave de lo que puede ser Caracas. Apenas me adentro en su trama de árboles y salas de exposición me invade la cálida interioridad de los retornos. Cuando termina la visita a las galerías y vuelvo a la calle, algo de infinitud se viene conmigo y soy otra vez un poco centrífugo, y hasta excéntrico.

Una tarde de diciembre, mientras las puertas de Caracas se iban cerrando por la llegada de una Navidad que se manifiesta como un éxodo, cumplí con el ritual de volver a Los Galpones y entré en una de sus galerías, “Espacio Monitor”, como si fuera la habitación donde guardaba mis juguetes. En toda buena exposición hay un artista que se expone al colocar la carne de su alma en un asador , y otros que damos vueltas a la parrilla sin darnos cuenta de cuánto está en juego. Está bien, no hemos sido convocados para entender la totalidad sino para presentir algo que nadie puede predecir ni conducir.

La actual muestra presenta ocho artistas con obras cuyo soporte son las paredes. Están más cerca del mural que del cuadro. No hay marcos ni pedestales, lo que le da al lugar una atmósfera de permanencia. “Contra la pared”, es el título que los congrega, como si una fuerza los apuntara en medio de un conflicto, una sensación que acompaña a todo caraqueño. A los ocho los une esta condición; todos han sido, son o serán algún día, habitantes de una Caracas abatida por una profunda crisis.

Esta convocatoria me recuerda —para continuar con mi obsesión circular— aquel “Circulo de Bellas Artes” formado por unos jóvenes caraqueños que comenzando el siglo XX se rebelaron contra la Academia y su director, Antonio Herrera Toro. De ahí va a surgir la llamada “Escuela de Caracas”.

Pienso que lo de “círculo” y “escuela” podría intercambiarse. Después de la ruptura con la Academia surge una nueva “Escuela de Bellas Artes”, y será una segunda generación la que expandirá esta renovación a un “Círculo de Caracas” que tendrá vigencia hasta los años cincuenta.

San Agustín propone que Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. El Círculo de Caracas no llegó a tanto, pero la imagen es más acorde con un grupo de artistas que no tenían un lugar de reunión o espacios expositivos permanentes, ni formaron una asociación o alianza, ni emitieron un manifiesto de adhesión a determinados conceptos. Solo los unía una actitud más realística ante el paisaje, una tendencia basada en una observación de la atmósfera y topografía del trópico que tendría como protagonista inicial el valle de Caracas. Por esta razón me resulta tan íntimas y familiares las propuestas de estos maestros, son imágenes de mis confines y del paisaje que ahora mismo, con una diferencia de ángulo y a más de medio siglo, tengo al frente mientras escribo.

Vista al Ávila desde Boleíta (), de Manuel Cabré

Vista al Ávila desde la laguna de Boleíta, de Manuel Cabré

Esa tarde de un diciembre que moría al nacer, sentí que había llegado a un nuevo círculo de Caracas mucho más amplio y divergente, formado por artistas que trabajan regados por el mundo como semillas esparcidas por una política de huracanes.

De izquierda a derecha: Espacio Monitor, “Contra la pared”

Galería “Espacio Monitor”, de la exposición Contra la pared

Como no puedo hablar aquí de todos los convocados, voy a centrarme en la propuesta de Arturo Herrera, un creador que me atrae por varias razones. La primera se basa en otro cruce de nombres que resulta sugerente. Esa fusión del sublime Arturo Michelena con el temible Antonio Herrera tiene que significar algo. Y en esto no puedo estar equivocado, porque todo artista venezolano debe sentirse descendiente de esos padres eternos y disfrutarlo, pero pocos cargan con ambos en su nombre y en su apellido, como si te impusieran el compromiso de un hijo elegido.

Conocí a Arturo Herrera en un almuerzo donde exhibió unos silencios casi monásticos. En ese momento no conocía su pintura, solo sabía que trabaja en Berlín, y ante sus modales y figura aséptica me dije: “Este tipo es cura o cirujano”. Acerté en ambas cosas.

A medida que nos acercamos a su obra se hace cada vez más evidente una atención escrupulosa y esa es la esencia de toda religión: una entrega consagrada y permanente que va desde las ideas hasta la meticulosa factura. En este quehacer está presente lo que le intuía de cirujano, pues su instrumento principal parece ser el bisturí, o un exacto prodigioso que ni le falla ni lo cansa.

Este procedimiento que supone una elección en cada corte nos asoma a su visión de la creación. Algunos suponen que Dios creó el mundo agregando elementos a un vacío durante una ardua semana. Otros creen que su labor fue eliminar lo inútil y lo caótico de un barullo ilegible, y desde entonces toda creación científica o artística parte de una elección frente a la infinita multiplicidad de la vida.

El trabajo de Arturo se ha multiplicado a diversos temas y medios de expresión que solo he visto y admirado en la web. Las únicas obras que pude casi tocar parten de formas que extrae —o abstrae— con su bisturí de figuras clásicas de Walt Disney, ese mundo de la fantasía inventado por un hombre que alguna vez se confesó culpable por no haber referido su obra al paisaje y la historia norteamericana, y, cuando por fin hizo el intento, comenzó a irle bastante mal.

A Knock (2000), de Arturo Herrera

A Knock (2000), de Arturo Herrera

En la posibilidad de esta vuelta a lo autóctono está la clave de la obra que más me conmovió de la exposición: en el muro que Arturo intervino con figuras que parecen extraídas de una realidad misteriosa pude ver el verde profundo de los árboles de Los Chorros.

Paradójicamente, lo que más me emociona es que quizás no lo haya hecho adrede, sino sea simplemente algo que sucedió, como tantos otros prodigios que le acontecen a los caraqueños cuando regresan a Caracas.

Esa percepción del color no la tuve el día de la visita, sino dos noches más tarde, cuando comencé a leer una novela de Jamaica Kincaid: Autobiografía de mi madre. La madre de Jamaica murió mientras ella nacía, así que es una biografía construida mediante ausencias y espectros que se manifiestan a través de la naturaleza, como cuando describe el camino a la casa de su padre:

“Al doblar cada curva aparecía el color verde oscuro de los árboles que crecían con una ferocidad que ninguna mano había intentado todavía restringir, un verde tan implacable que alcanzaba al mismo tiempo una gran belleza y una gran fealdad y, sin embargo, también una gran humildad. Era, existía en si mismo: no se le podía añadir nada; no se le podía quitar nada”

Ese verde feroz, bello e implacable en su oscuridad, lo conocí de niño en los árboles orgullosos de sus sombras que crecen sin moderación en Los Chorros, “como si la belleza residiera en el tamaño”, y tuve la enorme suerte de volver a verlo este diciembre estampado contra un muro blanco.

Mural de Arturo Herrera

Vuelve, de Arturo Herrera

¿Cómo se nos presenta el verde de esos árboles? No estamos ante el entramado de sus hojas. La aventura a que nos invita va más hacia dentro. Una frase de Gottfried Benn me ayuda a entender lo que siento, no necesariamente lo que veo:

Para aquel que se esfuerza en dar expresión a su interior, el arte no es algo pertinente a las ciencias humanas, sino algo tan físico como las huellas digitales”

No puedo asegurar que estamos ante la huella de identidad de un árbol caraqueño ampliadas con gozo desde un taller en Berlín, pero no hay duda de que el mundo interior de un hombre se ha integrado al mundo interior de algo… algo que a lo mejor no tiene nada que ver con los árboles, ni con Los Chorros, ni con Caracas, ni con mi infancia, y sea una operación de cirugía aplicada al bosque de Bambi a raíz de la muerte de su madre.

Esa tarde no me importaban las causas, los orígenes, solo los efectos, y di las gracias por haberme sentido por un instante contra la pared y en el centro de un tiro al blanco, pero esta vez bajo la mira de Dios.

En el Timeo de Platón se habla mucho de círculos y regresos:

“La unidad perfecta del tiempo, o año perfecto, se realiza cuando las ocho revoluciones de velocidades diferentes han vuelto a su punto de partida, después de una duración medida por el círculo de lo mismo y de lo semejante”

Timeo se refiere a las revoluciones de los astros, que sin duda son más de ocho, pero lo importante no son sus aciertos o desaciertos astronómicos, sino cuánto nos reconforta la belleza de estos párrafos, que escuchó con deleite el propio Sócrates. Hay tantas sugerencias y presagios en “un año perfecto”, en volver al “punto de partida” de un círculo donde se unen y equilibran lo mismo y lo semejante. Para no habar de “las ocho revoluciones de velocidades diferentes” que presentan los convocados al Espacio Monitor, quienes en su marcha a través del cielo necesitan volver periódicamente sobre si mismos, y esta vez se reunieron en un salón de Los Chorros ubicado en Caracas y en la Vía Láctea.

Desde mi afán por buscar el eje donde giramos, no le exigiría propiedades astrales a ese año perfecto, solo un poco de ayuda para unir el yo y el infinito con un mínimo de dolor y tanto placer como haga falta.

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12 notas de fin de año; por Federico Vegas

I Cuando el capitán inglés James Cook llegó a Australia en 1770 le preguntó a los nativos cuál era el nombre de unos extraños animales que llevaban las crías en unas bolsas pegadas al vientre. “Kan ghu ru”, le contestaron y como “canguro” quedó en los diccionarios. Años después se supo que en el idioma

Por Federico Vegas | 30 de diciembre, 2016
Fotografía tomada de la cuenta personal de eljoja en Flickr bajo Creative Commons

Fotografía tomada de la cuenta personal de eljoja en Flickr bajo la licencia Creative Commons

I

Cuando el capitán inglés James Cook llegó a Australia en 1770 le preguntó a los nativos cuál era el nombre de unos extraños animales que llevaban las crías en unas bolsas pegadas al vientre. “Kan ghu ru”, le contestaron y como “canguro” quedó en los diccionarios. Años después se supo que en el idioma aborigen “kan ghu ru” significa “no te entiendo”.

En nuestros afanes de diálogo no sé quienes son los ingleses y quienes los aborígenes, pero sí quienes son los que damos brincos desesperados cargando con las crías.

II

Tengo un título para un ensayo que no avanza: “El gobierno no tiene quien le escriba”. La procedencia del título es tan obvia que voy a quitarme de encima el peso del cuento de García Márquez revelando el final:

La mujer sacude al coronel por la franela mientras le pregunta:

—Dime, ¿qué comemos?

El coronel necesitó la vida entera para llegar a sentirse puro, explícito, invencible, y poder responder:

—Mierda.

El gobierno tampoco tiene quien le escriba mientras se jura cada vez más puro, se hace descaradamente explícito y exhibe con más ínfulas la perversión de creerse invencible; y de paso, vamos comiendo cada vez más mierda.

O deberíamos decir que no existe quien escriba “bien” del gobierno, porque los ensayistas hemos gastado nuestras municiones atacándolo con antibióticos que fortalecen la enfermedad, los novelistas comienzan a incluirlo como una peste que todo lo invade, los poetas simplemente lo ignoran como una metáfora contaminante.

III

Amanece en Caracas. La montaña luce feliz. Los pájaros van callando. La luz parece que acabaran de inventarla. La temperatura ayuda a creer que Adán y Eva sí andaban desnudos en el Paraíso. ¿Cómo creer que estamos en el escenario de un infierno?

IV

Consciente es tan distinto a consiente.

Una persona consciente es responsable de sus actos y trata de minimizar las consecuencias negativas y aprovechar las positivas.

Una persona consiente cuando autoriza o permite que los demás hagan una cosa o no se opone a lo que quieran hacer.

Según esto somos una oposición inconsciente que consiente.

V

¿Qué nació primero, la gallina de la culpa o el huevo del delito?

Es posible que los delitos se originan en una culpa no resuelta y hablar de un Gobierno culpable se refiere a su origen psíquico más que a las consecuencias de sus actos.

VI

El gobierno sí tiene quien le escriba. Lo que sucede es que sus escritores han desistido de una literatura interpretativa para concentrarse en un manual de acciones específicas utilizando el género de la telenovela: construcción de los personajes, diálogos del día, creación constante de nuevos dramas secundarios, definición y consolidación de malos y buenos, estrategias para que la historia no tenga final.

VII

El poeta ruso Joseph Brodsky proponía que para sobrevivir bajo la presión totalitaria, el arte debe aumentar su densidad en proporción directa a la magnitud de la presión a la que se ve sometido.

Según esta misma ecuación, a medida que la presión totalitaria aumenta, lo que el gobierno haya tenido de carga poética se va licuando como tinta en el agua. Los que mandan deben estar concientes de esta merma para tomar una medida tan extrema como poner al Presidente a bailar salsa. Ciertamente la salsa es un medio muy directo y telúrico, pero está en su esencia etimológica el peligro de ponerse piche, o de cortarse.

VIII

A Maduro no podría juzgarlo la MUD, ni siquiera el Tribunal Supremo de Justicia, solo la Radio Rochela hubiera podido emitir un juicio justo.

IX

La novela es un instrumento para enfrentar el poder desde la derrota y la fragilidad. La frase me gusta; tiene incluso una razonable dosis de paradoja y la resumo: “La historia la escriben los triunfadores y las novelas los derrotados”. El ejemplo más reciente es Adiós Miss Venezuela, donde hasta Osmel Souza es derrotado, y lo goza.

¿Cómo diablos se enfrenta el poder desde tan devastadas circunstancias? No me refiero al poder como una meta objetiva e inmediata a la que queremos acceder, sino a la tarea de denunciar su enfermiza permanencia, sus misteriosos y ocultos mecanismos, desde una apuesta en la que podríamos perderlo todo.

X

El referéndum revocatorio es lo mejor que tiene nuestra constitución, y lo más innovador. Habría que hacerlo obligatorio para todos los cargos. Nada de recoger firmas que luego sirven para que te persigan. Debe ser automático, así los gobernantes vivirán asustados y se desvivirán haciéndolo bien, y sabrán que son servidores y que los tienen en la mira, y si se corrompen les darán una buena revisada.

Paradójicamente es el derecho que ha sido más maltratado: lista de Tascón, firmas planas y aplazamientos hasta llegar a su desaparición definitiva. En tiempos de absoluta incompetencia y corrupción nadie ha sido revocado.

XI

Un amigo dominicano quiere que le explique la situación del país. Le aseguro que estaríamos perdiendo el tiempo, porque ni él sería capaz de entenderla ni yo de explicarla. Me mira molesto y me asegura que vale la pena que hagamos el esfuerzo.

Le preguntó:

—¿A cuánto estaba el peso con respecto al dólar en los años ochenta?

—Creo que en unos 26 pesos por dólar.

—Imagínate que hoy necesitaras 26.000.000 de pesos para comprar un dólar.

No responde. Su expresión parece la de las vacas cuando observan el pasto de los potreros después de comer. Lo que le acabo de decir necesita cuatro estómagos para digerirlo. Por fin logra hablar:

—No entiendo.

—Yo tampoco —respondo, feliz de que podamos pasar a otro tema.

XII

Él nunca imagino que sería tan manoseado, de ida y de vuelta. De aquella moneda brillante que los niños mirábamos como un tesoro, al arrugado papel que vale más que su imagen aunque esta se haya multiplicado por mil y por cien.

El otro día que contaba billetes con rapidez, no sé si para llevarlos o al retirarlos del banco, la secuencia de rostros pareció convertirse en un dibujo animado y fue surgiendo una expresión de disgusto que parecía decir: “¡Para ya, coño!”. Pero iba por la mitad y continué sin perder el ritmo de tahúr en los dedos, evitando mirar unos ojos que se cerraban bajo el peso del dolor y un suspiro: “Hasta cuando me cuentan sin tomarme en cuenta”.