Blog de Federico Vegas

Gracias a Maduro; por Federico Vegas

Dice el proverbio: “Nada une tanto una familia como un hijo poeta. Todos se unen en su contra”. Los dictadores tienen también este capacidad unificadora. Si además se trata de un dictador parlante hasta la incontinencia, un imitador sin pudor y con delirios de elocuencia, llega a generar un furioso rechazo que poco ayuda a

Por Federico Vegas | 24 de julio, 2017

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Dice el proverbio:

“Nada une tanto una familia como un hijo poeta. Todos se unen en su contra”.

Los dictadores tienen también este capacidad unificadora. Si además se trata de un dictador parlante hasta la incontinencia, un imitador sin pudor y con delirios de elocuencia, llega a generar un furioso rechazo que poco ayuda a pensar y un odio tan tóxico que puede llegar a favorecerlo.

En Venezuela podemos decir: “Gracias a Maduro que nos ha dado tanto”. Si Chávez fue capaz de dividir el país, Maduro se está encargando de unificarlo al someterlo a un sufrimiento profundo y ecuménico. Nunca antes el país ha estado tan unido bajo el yugo de males tan innecesarios y absurdos que afectan a todos por igual en un democrático padecimiento. Somos un país demotrágico.

Maduro se ha entregado a sus causas y sus efectos empleando a fondo las facetas de la vida humana que definió Schopenhauer: Lo que es, lo que tiene y lo que representa. No es casualidad que exclame mientras se retoca la gorra y el traje: “Me parezco a Saddam Hussein”. Y no le falta razón cuando remata la frase: “Un Hussein en vivo”.

Pareciera exagerado entonar en su nombre la canción de Mercedes Sosa, pero hay estrofas de “Gracias a la vida” que se ajustan. Decir que “Me ha dado la marcha de mis pies cansados”, es demasiado obvio; más revelador es cantar:

Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano,
Cuando miro al bueno tan lejos del malo,

 Los venezolanos tenemos hoy un corazón que se ha expandido dolorosamente al vivir en carne propia los frutos de una mente torpe y mala que nos ha alejado de los bienes de una tierra generosa y propicia a la felicidad. Al mismo tiempo hemos recibido un instrumento para enfrentar la más grave crisis de nuestra historia republicana:

Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él las palabras que pienso y declaro.

En estos últimos meses se ha precisado el lenguaje con sangre. Los verbos y las definiciones confusas que ocultaban las verdaderas intenciones han desaparecido dando paso a la visión transparente de cómo una minoría armada pretende dominar a una mayoría desarmada, y en consecuencia, esa mayoría cuenta ahora con un pensamiento claro, diáfano, poderoso, para declarar que no se va a dejar doblegar.

Ya no hay disfraces, ya Maduro no “se parece a alguien”, ya es lo que representa y sostiene entre las manos sin tapujos ni espejismos. Ahora podemos llamar a los hechos por su nombre y hablar de dictadura sin divagaciones ni porcentajes. Tenemos un lenguaje nítido, inequívoco. Así comienzan los verdaderos cambios. Al principio era el verbo, y el verbo se hizo carne, y habita entre nosotros lleno de gracia y de verdad.

Un pasado impredecible; por Federico Vegas

He llegado a preguntarme: “¿Será acaso que Dios no existe?” Si Dios no actúa en los asuntos de los hombres por un sentido de justicia, espero que sí lo haga bajo los impulsos del hartazgo, porque nuestros opresores son, fundamentalmente, una ladilla suprema que no hay polvo ni rasuración que la elimine. ¡Con cuánto gozo

Por Federico Vegas | 3 de julio, 2017
Carlos Garcia Rawlins

Fotografía de Carlos Garcia Rawlins para REUTERS

He llegado a preguntarme: “¿Será acaso que Dios no existe?”

Si Dios no actúa en los asuntos de los hombres por un sentido de justicia, espero que sí lo haga bajo los impulsos del hartazgo, porque nuestros opresores son, fundamentalmente, una ladilla suprema que no hay polvo ni rasuración que la elimine. ¡Con cuánto gozo y descaro chupan y se aferran hasta invadir y destruir lo más íntimo!

Los dioses griegos no premiaban o castigaban a los hombres en base a un pacto preestablecido en diez mandamientos. Eran más veleidosos y peligrosamente temperamentales. Podían pasar de enamorarse de un mortal a detestarlo sin razones aparentes. Por eso nuestro drama parece griego. Los dioses deben haberse enamorado de Chávez para perdonarle su disparate golpista y luego otorgarle el don del encantamiento e insólitos recursos; al final fueron implacables al quitarle su manto protector. Maduro, en cambio, los debe haber tenido obstinados desde el principio y ya perfila su propio castigo proponiendo que recorrerá un camino opuesto al de su ídolo: si Chávez pasó de las armas a los votos, el vociferante asegura que pasará de los votos a las armas (una inversión que, como veremos, es una perversión). Es una desgracia que tantos venezolanos estemos involucrados en la maldición que él mismo se ha impuesto.

Si hubiese fuerzas celestiales que movieran nuestros hilos, ¿cuál sería nuestro futuro?

En el capítulo final de la serie Fargo dice uno de los personajes:

—¿Has escuchado el dicho ruso: “El pasado es impredecible”? ¿Quién de nosotros puede asegurar qué ha ocurrido realmente y qué es simplemente un rumor, una opinión?

Los rusos se refieren también a la imposibilidad de saber cómo el pasado va a moldear el futuro y cómo van a ser interpretados estos efectos.

Explicarle a un extranjero qué está sucediendo en Venezuela es imposible por una razón muy sencilla: nosotros tampoco lo entendemos. En un tiempo en el que se amontonan los chismes y los rumores, los análisis y las fantasías, las burradas y los engendros, es imposible narrar un hecho. Añádase que estamos sobre un pozo de riqueza donde están metiendo mano un revoltillo de mafias y potencias. Y sobre este revoltillo está Cuba, una franquicia que ha vivido por más de medio siglo del ilusionismo, de un poder soterrado y paciente que va penetrando como las enfermedades incurables. En sus apuestas, siempre con muy poco respaldo constante y sonante, tienen la ventaja de no tener nada que perder. Lo relevante no es que tengan un buen servicio de inteligencia, sino el hecho de contar con ese único recurso.

En medio de este aquelarre, ¿cómo no va a ser impredecible nuestro pasado e inasible presente? Si el que narra suele contar ficciones haciendo que parezcan verdades, nosotros parecemos fabuladores masoquistas mientras intentamos narrar nuestras incertidumbres.

Hoy, para el venezolano, el acto de contar sus problemas es un doloroso ejercicio de ficción. Nuestro pasado, tanto el lejano como el de hace apenas unas horas, es errático. Unas veces se precipita, otras se estanca, siempre nos confunde. Ya no parece servirnos para entender e imaginar un destino, ahora esperamos que sea el futuro quien se encargue de darle un sentido a la tragedia que estamos viviendo. Lo que suponemos han sido extremos de crueldad son solo antesalas; cuando creemos haber visto los límites de la maldad y el absurdo, resultan ser el abrebocas de lo que se nos viene encima. Abril, mayo y junio han sido apenas “entremeses”.

Estos círculos del infierno que funcionan como cajas chinas tienen su razón de ser. Este régimen basa su fortaleza en incentivar y premiar las peores pasiones de los hombres: el servilismo sobre la competencia, la avidez sobre la probidad, la fealdad sobre la belleza, la destrucción sobre la creación, la voluntad ciega de poder sobre la comprensión y el entendimiento, y por ese camino han llegado a promover y celebrar la perversidad como metodología. Un perverso es aquel que desea voltear las normas de la sociedad y disfruta ejerciendo estas inversiones, convirtiéndolas en su manera de expresarse y relacionarse con los demás. Maduro ha dado el ejemplo volteando la mesa que le sirvió su padre, o quizás revelando la naturaleza giratoria de la tortilla. Según el diccionario, la cuarta acepción de la palabra versión es “Operación para cambiar la postura del feto que se presenta mal para el parto”.

Freud y el psicoanálisis han examinado la relación de la perversidad con una sexualidad frustrada. Luis Buñuel estaba obsesionado con este tema y es el basamento de su obra. En su autobiografía, El último suspiro, propone que al perverso no le gusta mostrar en público su perversión, que es su secreto y no suele pasar de ser un deseo. Aquí está la clave del éxito del gobierno promoviendo la perversidad: crea las condiciones para realizar públicamente los deseos, para desatarlos y darle al perverso plena libertad de expresarse, de darse un banquete y ser condecorado y ascendido. ¿Habrá mayor perversión que un país donde se enfrentan una fuerza armada y una desarmada, y todos son hijos de la misma patria? Vean los rostros de las estudiantes de la Universidad Simón Bolívar arrodilladas y esposadas e imaginen el placer de sus verdugos.

El hombre que manejaba la tanqueta que derribó la puerta de Miraflores en 1992 hoy es presidente de Pequiven. El que derribó con otra tanqueta las puertas de El Paraíso, (el conjunto residencial llamado “Los verdes”) debe estar esperando su recompensa. Y debería ser algo más sustancioso que Pequiven pues el absurdo de su violación es mayor. ¿Qué es un palacio comparado con una comunidad de familias similar en escala al pueblo de Chuspa en el litoral central, y varias veces mayor que Jadacaquiva en Paraguaná o San Rafael de Mucuchíes en los Andes merideños.

Pensando en lo impredecible del pasado me he puesto a pensar en las cosas que hemos ganado, en aquello que sí es predecible una vez que ha mostrado sus frutos y su lógica. Hay una que es fundamental.

Alejandro Varderi me cuenta una reflexión que le escuchó a María Elena Ramos: “Creíamos que la democracia es una madre que nos cuida, pero es una amante a la que hay que amar y cuidar”.

La cadena de transmisión de esta idea debe venir de muy atrás y debemos ayudar a que se propague. Yo se la voy contando a todo el que me tropiezo añadiendo algunos matices. Unas veces la democracia es una novia muy seria a la que amaré toda la vida, otras una mujer bella, coqueta y cruel.

En Venezuela, la democracia era como una abuela rica, golpeada por los años y con muchos herederos esperando a que se muriera para quedarse con su fortuna. Finalmente murió y se han llevado hasta los cimientos de su casona.

A mediados del siglo XX la palabra “democracia” aparecía en el nombre de todos los partidos, ahora en el de ninguno. El término empezó a tener algo de fórmula vieja, de cantaleta engañosa y desprestigiada que se debía evitar. Su ausencia explica esos nombres tan raros y rebuscados que tienen las nuevas agrupaciones políticas.

Hoy, el concepto “democracia” ha vuelto a renovarse con la intensidad de los amores que parecen imposibles. Un pueblo engañado y saqueado, sometido a una represión cada vez más ilegítima e inconstitucional, se ha reencontrado y unido en la calle, y, con el testimonio vital de su presencia, va encontrado la dimensión y el propósito de un verdadero poder originario e intransferible. Una opresión malsana y repulsiva nos ha permitido reencontrarnos con esa amante adorada y por tanto tiempo tratada como la puta de un pueblo minero. Esa es la paradoja: el poder opresor ha generado un poder liberador.

Esa fuerza liberadora existe y radica en quienes están entrando en la vida política, más que en los que están de salida. Todo joven vejado y gaseado, encarcelado, herido, es y será un ferviente amante de la libertad, incluyendo a los jóvenes asesinados, quienes hoy son los que están más presentes como el más cierto de los pasados. Aún más apasionante que la libertad es el deseo de alcanzarla. Lo que no podemos predecir es si esta potencia dará sus frutos, o la perversidad, que se crece ante la posibilidad de cercenar la belleza, logrará aplastar la promesa y la democracia que está renaciendo en las calles de nuestro país.

El resultado de esta coyuntura afectará a la historia de la humanidad, pues Venezuela ya es un arquetipo y una referencia a nivel mundial. Cuando relato mi versión de los hechos a extranjeros, siempre me miran con una expresión de incredulidad, o de recelo, como si yo pudiera ser uno de los culpables. Cuando por fin callo, exclaman con un suspiro que es casi un bostezo:

—¡Qué lástima… un país tan bello!

Me asombra que siempre utilicen este adjetivo (que hoy he utilizado tantas veces). No sé si tomarlo como una esperanza o una maldición, y recuerdo una frase de Julián Barnes: “Dios, sé que no existes, pero cómo te extraño”.

Un país suavecito; por Federico Vegas

I Les recomiendo un libro que recopila los ensayos del doctor Rafael Muci Mendoza. Se titula Primum non nocere, un aforismo latino que podemos traducir como “Lo primero es no hacer daño”. Este precepto está implícito en el juramento hipocrático y en los comentarios de Galeno, pero no aparece escrito con su elegante simpleza hasta

Por Federico Vegas | 12 de junio, 2017

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I

Les recomiendo un libro que recopila los ensayos del doctor Rafael Muci Mendoza. Se titula Primum non nocere, un aforismo latino que podemos traducir como “Lo primero es no hacer daño”. Este precepto está implícito en el juramento hipocrático y en los comentarios de Galeno, pero no aparece escrito con su elegante simpleza hasta mediados del siglo XIX, y aún está por definir quien lo acuñó por primera vez.

Hay frases con tanta autoridad que no necesitan autor, pero ese mismo peso y obviedad a veces las hunde en el olvido. Nos educan con la idea de hacer el bien y olvidamos que lo primero es no hacer daño en el intento. De mis años de arquitecto tengo una larga lista de propuestas que le ocasionaron molestias a mis clientes. Muchas veces fui irresponsable en mi búsqueda de un buen diseño. Recuerdo cuando Ferro, un maestro de obra a quien le tuve mucho respeto, me comentó sobre uno de mis proyectos que él estaba construyendo:

—Perdone arquitecto, pero esta casa es rara.

Ese día comprendí que debía centrarme en la herencia ancestral de un hogar y no en acrobáticas innovaciones.

Podríamos decir que mientras más idealistas son los deseos de hacer el bien mejor se cocina la posibilidad de hacer el mal. Ya lo dijo un autor francamente anónimo: “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

Es comprensible que un médico no nos cure aunque lo intente, pero es imperdonable que nos deje peor de como entramos a su consultorio. Pensemos también en las maravillosas ofertas de los políticos y su capacidad de acarrear calamidades, como el incomprensible cataclismo que estamos viviendo.

Nuestra situación es semejante a la del preso que estaba sometido a unas condiciones terribles y su abogado le preguntó:

—¿Qué vas a hacer cuando salgas de esto?

A lo que el hombre respondió muy asustado:

—¡Pero… es que acaso habrá más!

En esto pienso mientras observo el video del exfiscal general de la nación y exembajador en Italia, Isaías Rodríguez, anunciando a todo gañote que gracias a una constituyente mejor que la anterior dejarán al país “suavecito”, un adjetivo del que se han apropiado los fabricantes de papel higiénico.

¿Qué significará un país suavecito?

II

Algunos aforismos fundacionales deben haber nacido casualmente. Sócrates no decía: “¡Agárrense de las manos que voy a decir algo importante!”. Sus discípulos eran los que comentaban: “¿Escuchaste lo que el maestro dijo hoy?”, y alguien, como Platón o Jenofonte, lo escribía. Esto explica que una frase suya aparentemente casual, “La mejor salsa es el hambre”, Cervantes la ponga veinte siglos después en boca de Teresa, la mujer de Sancho.

Algunos de las más solemnes pensamientos de Sócrates se hacen más interesantes si los ponemos en seguidilla, aunque fueran dichos en diferentes contextos:

Solo existe un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia.

–Solo el conocimiento que nos llega desde el interior es verdadero conocimiento.

–El único conocimiento verdadero es saber que no sabes nada.

De manera que para combatir el mal de la ignorancia debemos mirar en nuestro interior y enfrentar el insondable mal de nuestra propia ignorancia, una paradoja que nos señala la trascendencia del aforismo: Primum non nocere.

No es casualidad que el gran aporte de Muci Mendoza haya sido el estudio del fondo del ojo. Él mismo nos cuenta de “un tiempo cuando todo lo existente tras la negra pupila se encontraba sumido en la umbrosa espesura de la ignorancia”, hasta que en 1850 un joven físico y fisiólogo alemán, Hermann von Helmholtz, “penetró esa recóndita urdimbre mediante la invención de un simple instrumento para iluminar el interior del ojo”. La aventura que comenzó entonces ha sido paciente y metódica. Muci Mendoza le recuerda a sus colegas que “sólo se reconoce lo que se ve y sólo se ve lo que se reconoce”.

Ralph Waldo Emerson proponía que el ojo es el primer círculo y el horizonte que se genera al mirar a nuestro alrededor viene a ser el segundo. Es emocionante pensar que el tercer círculo esté dentro de nosotros. Allí se encuentran los recintos y pasadizos donde se enfrentan y se conjugan el mal y el bien, el conocimiento y la ignorancia.

III

Mi círculo interior es una caja de resonancia donde toda voz y sonido es un eco o un augurio donde vibra Venezuela. En las ciudades que visito persiste una montaña, tan invisible como verde y presente, señalando un horizonte perdido que vamos a reconquistar. Siempre pasan ante mis ojos, o ensueños, valerosos jóvenes que me van dejando atrás con sus marchas y martirios. Para ellos no hay opción. Ciertamente podrían marcharse del país, pero la desesperación los ha hecho sabios y entienden que “la vida que aquí perdiste, la has destruido en toda la tierra”.

En todo lo que leo está presente Caracas y solo ella es real, el resto es fuga y fantasía. Hasta que, de pronto, la literatura me ofrece un testimonio que se ajusta a nuestros sufrimientos con tanto apego que me cuesta distinguir la ficción de la realidad.

Hoy estoy en Venezuela a través de El callejón de los milagros, la novela del premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz. Aunque es difícil alcanzar la insólita variedad de una calle en El Cairo, hay suficientes similitudes para trasladar la novela a Latinoamérica. Ya Jorge Pons la adaptó a un vecindario de Ciudad México y le dio el papel principal a Salma Hayek. Así que el callejón de Mahfuz bién podría estar en nuestro San Agustín del Sur o en La Pastora.

Para animarlos a leer el libro, y para explicar mi estupor y asombro, les voy a describir uno de los personajes más sorprendentes: Zaita, quien vive en un cuartucho dentro de una panadería.

Zaita se ha especializado en la fabricación de lisiados y sus clientes son los mendigos de El Cairo. Su singular oficio consiste en crear la lesión más adecuada para cada personaje. Los clientes entran en su cuartucho en perfecto estado y salen ciegos, cojos, jorobados, mancos o con una pierna amputada.

Para Zaita es primordial “primero hacer daño”, algo que él y sus clientes consideran hacer el bien. Al visitarlos para cobrar su porcentaje, Zaita les pregunta cariñosamente:

—¿Qué tal la ceguera?, ¿cómo se te da el andar cojo?

A lo que los mendigos responden:

—Muy bien, gracias a Dios.

Cuando Zaita le advierte a uno de sus clientes:

 —Lo de la ceguera es una operación muy delicada. Supongamos que pierdas de verdad la vista a causa de un accidente o de un error. ¿Qué harías?

El futuro mendigo contesta con indiferencia:

—Sería un don del cielo. ¿Qué provecho he sacado de mi vista para lamentar perderla?

La escena más inquietante es el encuentro de Zaita con un hombre de porte agradable y digno. Zaita le pregunta:

—¿Por qué quieres hacerte mendigo?

—Ya lo soy —contestó el hombre con voz serena—, pero no gano nada.

A lo que Zaita responde con emoción:

—¡La dignidad es la mejor deformación de todas! Con la dignidad conseguirás lo que quieras. Serás un mendigo fuera de serie. Te mirarán con sorpresa y la gente dirá: “Este hombre debe de haber valido mucho”. Pero no te figures que puedes escatimarme el sueldo bajo el pretexto de que no te he hecho ninguna deformidad. Eres libre de hacer lo que quieras, pero desgraciado de ti si te atreves a salir del barrio.

Desde hace décadas nuestro nación se ha convertido en una máquina de pobreza alimentada con petróleo, pero ahora esta máquina también fabrica deformidades como política de gobierno y mecanismo para mantenerse en el poder.

Analicemos uno de los ejemplos más desalmados y apremiantes. Los guardias nacionales han pasado de ser defensores a agresores, de agresores a voraces aves de rapiña que generan pánico, furor y desorden entre los manifestantes, asesinando jóvenes en la vanguardia y robando mujeres en la retaguardia.

Ante semejante deformación Padrino López exclamó levantando el dedo:

—¡No permitiré una atrocidad más!

Uno se pregunta: “¿Es que acaso vendrá algo peor?”. Y con toda razón, pues todo juicio y toda promesa de nuestros opresores es una deformación más en el camino hacia la creación de un país suavecito.

El silencio de Padrino López ante la desgarradora atrocidad que ocurrió al día siguiente de su advertencia, me recuerda la canción sobre el hombre que al llegar a Ciudad Bolívar se comió la cabeza de una zapoara:

Me la comí, ay, qué atrocidad, puse la torta por mi terquedad.

Su terquedad es evidente, pero estamos hablando de algo más que una torta y la cabeza de un pescado.

Deformación es también convertir a un país rentista en un país mendicante. Las últimas operaciones financieras son las de un agonizante pordiosero que quiere comprar tiempo bajo la filosofía de: “Después de nosotros, el diluvio”. Parecen concebidas por el mismo Zaita,

El proceso más grave de deformación lo está sufriendo nuestra Constitución. Aquel minilibro de cubierta azul se fue haciendo cada vez más pequeño entre los dedos de Maduro hasta desaparecer por completo. Ahora quieren sustituir a la calificada por Chávez como “la mejor Constitución del mundo” por algo que niega su espíritu y gestación, y celebran alegremente la idea de un feto mal concebido como la salida hacia ese país suavecito que Isaías invoca estirando las cinco vocales y matizándolas con un tono más de vampiro que de Luis Fonsi.

IV

Hay dos maneras de mantenerse en el poder. Una es hacer las cosas muy bien; la otra hacerlas muy mal. La diferencia es que hacer el bien en política implica permitir las alternativas, incluso promoverlas; en cambio un mal gobierno basa su permanencia en negarlas.

El gobierno que nos oprime lo está haciendo supremamente mal, pero no crean en mis juicios, pues provienen de ese círculo donde conviven el mal y la ignorancia. Hagan su propio examen interno de lo que es malo y es bueno, una tarea que en el mejor de los casos es eterna, y tomen una posición. Seamos dueños al menos de los fondos de nuestros ojos.

Bueno proviene del latín “bonus”, que puede significar “El que busca un enemigo”. Pareciera que el bien necesitara un opositor para existir, para comprobarse. Ese rival es el mal, pues lo malo también depende de lo bueno. Los filósofos definen el mal como una ausencia de moral, bondad, caridad, afecto… la lista es muy larga y, por lo tanto, inútil. Lo que sí conviene tomar en cuenta es que esas ausencias se refieren a las cualidades que debería tener un ser según su naturaleza o destino.

Para Platón, el bien existe en el reino de las ideas, de los conceptos, y el mal en la esfera de lo palpable, de lo sensible. Algo semejante propone un viejo grafiti:

Las niñas buenas van al cielo
Las niñas malas a todas partes

Esta distinción es una manera prosaica de recordarnos que en el mundo real el mal se hace sentir con más facilidad y elocuencia que el bien, y, por lo tanto, el punto de partida y la base donde se construye el relativo andamiaje del bien es no haciendo daño al prójimo.

Facundo Cabral lo explica con un cuento. En uno de sus conciertos el presidente Menem se acerca a la madre de Facundo y le dice:

—Soy un gran admirador de su hijo, ¿en qué podría ayudarla?

—Con que no me joda es suficiente —responde la viejita.

Los filósofos de la religión son más exigentes y se atormentan tratando de conciliar el mal y el sufrimiento en el mundo con la existencia de un Dios omnisciente, omnipresente, omnipotente e infinitamente bueno. Las posibilidades más clásicas son cuatro:

Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz. Luego no es omnipotente.
Dios es capaz de prevenir el mal pero no desea hacerlo. Entonces es malévolo.
Dios es capaz y desea hacerlo. ¿De dónde surge entonces el mal?
Dios no es capaz ni desea hacerlo. Luego no es Dios.

Presento estas dramáticas opciones porque la capacidad de hacer daño de nuestros gobernantes nos está hundiendo en estratos teológicos donde hasta el Papa resulta sospechoso.

Ya hemos dejado atrás una etapa que voy a ilustrar con un listado que nos ofrece Marguerite Yourcenar en su ensayo sobre la historia de Roma: Conocimos el gigantismo que no es sino la imitación fraudulenta y malsana de un desarrollo; ese derroche que impulsa a creer en la existencia de unas riquezas que ya no se tienen; esa pletórica abundancia pronto reemplazada por la penuria en cuanto se presenta la crisis más mínima; esa atmósfera de inercia y de pánico, de autoritarismo y de anarquía; esas reafirmaciones pomposas de un gran pasado en medio de la mediocridad actual y del presente desorden; esas reformas que sólo son paliativos; ese afán de sensacionalismo que acaba por hacer que triunfe la peor política.

Ahora hemos entrando de lleno en otra dimensión del mal y las referencias hay que buscarlas en textos sobre períodos históricos más perversos.

Isaías Rodríguez, miembro de la comisión presidencial para la constituyente, nos anuncia que la nueva Constitución “no tendrá los frenos de la otra” y permitirá sacar a la oposición “de todo”, y pondrá al país “finito”, “suavecito”, “afilado”, y se podrá acabar con los “parásitos”, “aniquilarlos”.

Estamos ante seres que “no son genios del mal, ni locos que obtienen placer asesinando, sino de funcionarios con una auténtica incapacidad para pensar” en la existencia de otros que piensan distinto, y nos hablan de una solución final ejecutada por guardias, soldados y policías para quienes esta tarea constituye “un trabajo, una rutina cotidiana, con sus buenos y malos momentos. De hecho, no son atormentados por problemas de conciencia. No son pervertidos ni sádicos, sino que son, y siguen siendo, terroríficamente normales”.

Las frases entre comillas de estos últimos párrafos las he tomado del libro La banalidad del mal, el libro de Hanna Arendt sobre el juicio al criminal nazi Adolf Eichmann.

Suena escandaloso comparar la tragedia venezolana con el Holocausto, pero no me estoy refiriendo a medidas o proporciones, sino a una dirección, a una rutina creciente, a una voluntad que se presenta sin descaro por uno de los pensadores del régimen, la versión deformada de un exfiscal, exembajador y expoeta que una vez le recitó a Hugo Chávez:

Créeme que encontré mi fe
Cuando acepté tu voluntad
De compartir con todos
La duda de los otros

El término “suavecito”, utilizado para calificar el proceso de aniquilar a quienes ya son la mayoría indiscutible del país, es de una crueldad descarnada y escatológica. Es difícil encontrar un adjetivo más oprobioso para definir la vitalidad de un país, su capacidad de convivencia, de generar alternativas y nuevos caminos, la voluntad de permitir la diversidad y la libre elección.

Un país suavecito es aquel donde hacer daño a tu prójimo es una banalidad sin importancia mientras puedas mantenerte en el poder.

El reposo de los Guerreros; por Federico Vegas

“Yo solo era libre en el campo de batalla, nunca tenía la libertad de poder descansar, y quien no encuentra una forma de descanso no puede sobrevivir por mucho tiempo en la batalla”. Al leer esta frase del escritor James Baldwin, que resume su lucha contra el racismo, pensé en nuestros jóvenes guerreros. Se siente

Por Federico Vegas | 2 de junio, 2017
Fotografía de Miguel Gutiérrez

Fotografía de Miguel Gutiérrez para EFE

“Yo solo era libre en el campo de batalla, nunca tenía la libertad de poder descansar, y quien no encuentra una forma de descanso no puede sobrevivir por mucho tiempo en la batalla”.

Al leer esta frase del escritor James Baldwin, que resume su lucha contra el racismo, pensé en nuestros jóvenes guerreros. Se siente un decidido deseo de libertad en sus movimientos, en la energía que irradian, en su valiente presencia en la primera línea de combate. Pero, luego, ¿dónde y cómo descansan? Necesitan reposo para sobrevivir a la batalla, y no hay mayor descanso que encontrarle sentido a arriesgar la vida.

He visto videos donde piden ayuda, el apoyo de una segunda línea que les proporcione agua, comida, refugio. Entienden que no los acompañemos en la vanguardia, pero nos exigen una generosa y firme retaguardia.

También he leído textos donde se les critica señalando que su violencia genera más violencia, el terreno en que el gobierno cuenta con más recursos para expresar su sadismo. Las acciones de la juventud venezolana son la inevitable respuesta a una violencia de dimensiones tan vastas y persistentes como un aire irrespirable que te sofoca o aguas contaminadas que te envenenan. Las reacciones inevitables no necesitan justificación, solo dirección y el descanso que permite a los guerreros reflexionar.

Pongamos un caso. A un amigo que admiras le revientan el corazón con una bomba lacrimógena. Hasta en el sonido de su nombre hay belleza: Juan Pernalete. El ministro Ernesto Villegas culpa a los compañeros de lucha de Juan, y su mentira es tan ramplona y titubeante que una voz a su espalda tiene que ayudarlo a soltar la insólita declaración que acaban de inventarse. Ya no sabes si es peor el crimen o la infamia, y el descanso te resulta insoportable y no puedes evitar seguir luchando. Hemos entrado al reino de lo inevitable.

La retaguardia tiene otras exigencias. Para quienes los círculos de acción se nos han ido cerrando y hemos vuelto al hogar de donde una vez partimos, las energías son otras. A medida que envejecemos el mundo se nos vuelve más extraño, más compleja la ordenación entre los vivos y los muertos. Los viejos deberíamos ser exploradores. ¿Aquí o allá? No importa dónde. Debemos estar inmóviles y sin embargo movernos hacia otra intensidad en busca de una mayor unión, de una comunión más profunda.

Estas últimas cinco líneas no son mías. Las he presentado sin comillas ni cursivas para hacerlas más penetrantes, digamos que más casuales al crear menos expectativas. Son una versión en prosa de un fragmento del poema “East Coker”, de T. S. Eliot, el segundo de sus Four Quartets. East Coker es el pueblo de donde proviene la familia de Eliot, y grabada en la lápida de uno de sus ancestros está la frase inicial y final del largo poema: “En mi principio está mi fin. En mi final está mi principio”.

La sola traducción de “In my end is my beginning” ya presenta estimulantes dificultades. “End” puede traducirse como “final” o “finalidad”. “Beginning” puede referirse a los “comienzos” o a los “principios”. En ambos casos estamos en los extremos del tiempo o definiendo un propósito.

Aristóteles proponía que cada ser tiene una finalidad que está determinada por su esencia. Esa finalidad deseosa de manifestarse es su potencialidad. El filósofo también se preguntaba: “¿Podemos llamar feliz a un hombre mientras vive o habrá que esperar al final de su existencia?”.

Quizás la felicidad consiste en una coincidencia entre el “final” y la “finalidad” de nuestras vidas que parte de una creciente relación entre nuestros “comienzos” y nuestros “principios”. La revisión de dónde nos encontramos con respecto a estos extremos requiere de un descanso que a los jóvenes guerreros les está negada. Entre otras cosas porque no se les ha permitido ser jóvenes.

El poema de Eliot está lleno de referencias a ese estado terminal a que han sido sometidos quienes están en los años más prometedores y llenos de potencialidades que no encuentran donde sembrarse.

Y solo queda el terror creciente

De no tener ya nada en qué pensar.

O como cuando, bajo anestesia,

La mente está consciente pero consciente de nada.


Quédate inmóvil, dije a mi alma,

Y espera sin esperanza.

Porque la esperanza sería esperanza

En lo que no debe esperarse.

Chávez le ofreció a Maduro, tal como Zeus a Titón, la eternidad en el poder que había soñado para sí mismo. Pero, Chávez olvidó entregarle a Maduro, tal como Zeus olvidó entregarle a Titón, el don de la eterna juventud.

Titón se convirtió en un anciano tan endeble que la vida le pesaba cada vez más, vivir y continuar viviendo se convirtió en su peor castigo. Chávez no le trasmitió a Maduro la capacidad de renovarse, de innovar, de sorprender y pronto se convirtió en un cadáver político que daba lástima entre su propia gente. Era impresentable, incalumniable, y será por mucho tiempo una referencia de las desgracias de aferrarse al poder cuando ya era el fiel y máximo representante del dolor, la miseria y la decadencia de los venezolanos.

Los primeros síntomas fueron las escenas de baile, de béisbol, de piano, ciertos enredos con las fechas y los nombres, los meditabundos viajes en carro de noche con los amigos y una novia silenciosa, cosas de viejo que quiere aferrarse a la vida. Lo de hablar con las vacas aún creo que fue un montaje, pues una de las vacas mostraba bastante interés y preocupación. La metáfora de invitar a su constituyente a unas vacas que van al matadero no tiene desperdicio.

Y ese aire senil y descompuesto ha invadido todas las instancias del gobierno. Caen las mejillas, pesan los párpados, las voces son más roncas y gangosas, las expresiones más taciturnas; los jueces se van escurriendo y desapareciendo dentro de sus túnicas avergonzados de sus competentes y prestos disparates; otros engordan y la papada les tiembla cuando despotrican ya sin fuelle. Hay algo egipcio y hierático, como si fueran figuras convocadas para representar el arquetipo de un poder eterno y momificado. Todos, hasta el más humilde locutor, se equivocan y contradicen, como aquel joven periodista que se convirtió en el Ministro de comunicar infamias.

Al otro lado está la creatividad y el furor de quienes rondan la mayoría de edad y ya son mayoría. Si en las marchas del oficialismo reina la tediosa uniformidad de los que caminan protegidos y seguros de obtener algo a cambio, en las de la oposición se avanza bajo amenaza de muerte, y este temor supremo, junto a la indignación de ser reprimido, genera manifestaciones de una belleza trágica que nos sorprenden y nos aterran.

Quien marcha desarmado contra una fuerza armada dispuesta a asesinarte es un mártir. Aunque sea el amigo que está a su lado quien muera, también eres mártir por haber corrido el mismo riesgo con la misma valentía y la misma entrega. Esas muertes graneadas, selectivas, proporcionales, cubiertas con la mentira y la justificación, son la expresión más patriótica de nuestra historia, inmensamente más aleccionadoras y terribles que la de los soldados que emboscaron traidoramente a soldados de su misma promoción y uniforme la noche del 4 de febrero de 1992.

Nuestros guerreros sin reposo ya son vencedores. Le han abierto los ojos a la historia. Han desnudado a los oficialistas mostrando las carcasas donde ya no hay alma ni amor por Venezuela, solo pavor de perder el poder y ser sometidos a la justicia.

Unas estrofas de Eliot nos asoman al lado más duro de lo que estamos viviendo, a su cara más existencial:

Solo existe la lucha por recobrar lo perdido

Y encontrado y perdido una vez y otra vez

Y ahora en condiciones que nada propician.

O quizá no hay ganancia ni pérdida:

Para nosotros solo existe el intento.

Lo demás no es asunto nuestro.

No quiero pensar que esta última línea, “lo demás no es asunto nuestro”, se convierta en el lema de los guerreros sin reposo. Sé que el homenaje y el reconocimiento no son descanso, pero quizás sí lo sea una comprensión desde esta lejana y quizás inútil retaguardia de escritor. Ofrecer las referencias preservadas en la literatura puede ayudar a encontrar lugar en ese continuo encontrar y perder, y volver a encontrar, que no es un mal solo nuestro, sino el motor de la historia de la humanidad.

Los viejos exploradores, desde esta inmovilidad que pretende movernos “hacia otra intensidad, en busca de una mayor unión y una comunión más profunda”, nos atrevemos a decirles que entre ustedes han nacido cientos, miles de líderes, y ya el país tiene una dirección y una nueva belleza. Nuestra felicidad duele y nuestra esperanza está naciendo, pero la felicidad y la esperanza no están llamadas a ser grandes o pequeñas, incipientes o plenas, sino a generar más vida, a propagarse y compartirse.

No puedo decir si es en el reposo o en la batalla donde se organizan y definen los principios y las finalidades que generan los movimientos políticos capaces de cambiar un país, pero sí puedo asegurar que definir y lograr esos principios y esas finalidades, y generar un verdadero final y un verdadero comienzo, será un merecido descanso para los jóvenes guerreros y para todos los venezolanos.

***

East Coker, Poema completo, traducción de José Emilio Pacheco.

Video de Ernesto Villegas.

Anotaciones sobre el Decreto de Guerra a Muerte; por Federico Vegas

I “La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere de ningún motivo, solo de una oportunidad”, escribió la novelista inglesa George Eliot. Venezuela se ha convertido en un arquetipo de este axioma al entrar de lleno en una crueldad tan desatada como un vicio sobrealimentado por traficantes. Otro escritor inglés, poeta y también de apellido

Por Federico Vegas | 25 de mayo, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

I

“La crueldad, como cualquier otro vicio, no requiere de ningún motivo, solo de una oportunidad”, escribió la novelista inglesa George Eliot.

Venezuela se ha convertido en un arquetipo de este axioma al entrar de lleno en una crueldad tan desatada como un vicio sobrealimentado por traficantes.

Otro escritor inglés, poeta y también de apellido Eliot, nos advertía:

Abril es el mes más cruel: engendra

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos y anhelos, despierta

inertes raíces con lluvias primaverales.

Le hemos dado la razón, quizás demasiada, porque mayo también está siendo el mes más cruel y junio continuará despertando raíces y anhelos que algunos creyeron inertes.

El motivo y la oportunidad de tanta crueldad se está centrando en un conflicto entre civiles y militares, una relación que siempre ha sido movediza, como esas arenas que pueden tragarnos al no ofrecer un apoyo firme y duradero. Si revisamos nuestra historia ha habido un predominio del poder militar frente el poder de los civiles. Sobre el presente estado de esta errática evolución, debemos precisar dos puntos de los cuales se puede discutir su proporción pero no su esencia:

1. Quienes sostienen a Maduro son sus más decididos opositores, me refiero a la inmensa mayoría de civiles que con su rica y compleja profusión de profesiones y oficios todavía mantienen al país funcionando.

2. Quienes defienden a Maduro son los militares, manejados por la pequeña camarilla de civiles que dicen dirigirlos.

Con estos dos puntos quiero señalar que no hay proporción entre las partes en conflicto. Una es mucho mayor en número y en aportes a la vida del país, la otra es menor en número y oferta de producción y servicios.

Para explorar qué significa ser un militar nos conviene empezar con Simón Bolívar. Él es el paradigma, la referencia más amplia y aleccionadora, y considero que el más civil de los militares. En su vida se dieron todos los infortunios y todas las glorias con la intensidad de los héroes trágicos.

II

Cuando mi padre se afeitaba en las mañanas solía recitar frente al espejo un poema de Tomás Ignacio Potentini sobre Bolívar. Papá era algo lampiño y no solía pasar de las primeras estrofas:

Cuentan que tuvo en su Faz

lo que salva y lo que aterra

rayo de muerte en la guerra

y arco iris en la paz.

¿Cuál era ese rostro que aterraba y esa luminosidad que buscaba la paz?

Se ha escrito mucho sobre el pensamiento de Bolívar, pero nadie con la elocuencia y profundidad de su pluma, un recurso que nos permite conocerlo tanto desde afuera como desde adentro.

En 1797, a los catorce años, Bolívar ingresa en el batallón de milicias de los valles de Aragua. Año y medio después se gradúa de subteniente. Hasta donde sé, allí termina su educación estrictamente militar. En 1812 es nombrado jefe civil y militar de Puerto Cabello, ciudad que pierde a manos de los Realistas y lo obliga a huir de Venezuela. Al año siguiente ya ha realizado la llamada “Campaña Admirable”. En muy poco tiempo ha pasado de su primera derrota y un episodio oscuro que lo involucra en la traición a Miranda, a recibir el título de “El Libertador” cuando entra triunfalmente a Caracas. Tiene solo treinta años. Aún le faltan más de diez años de batallas.

Es evidente en sus cartas y manifiestos que poseía una cultura profunda y extensa. Podemos decir que su formación en una escuela militar fue breve y superficial. Será en el fragor de la guerra y en su amplia visión de humanista donde va a encontrar la sabiduría para lograr sus metas. Leyó las obras de Tito Livio, Polibio, Julio César y Maquiavelo. En estos libros no solo va a encontrar enseñanzas de estrategia militar, también se adentrará en un amplio concepto de la historia de la humanidad fundado en su pasión por Locke, Rousseau, Voltaire, Montesquieu. Esta visión global, que cubre siglos y continentes, va a perfilar su idea de qué significa una verdadera independencia y cuál debía ser el destino de América del Sur.

Logró lo que parecía imposible, pero no tuvo tiempo ni salud para cumplir uno de sus mayores deseos: retirarse a leer y escribir. ¡Qué ofrenda hubiese sido que él mismo nos hubiera contado su vida entera, incluyendo sus amores y sus lecturas! Ese anhelo lo presenta como su gloria y su venganza:

¡Caraqueños! Nacido ciudadano de Caracas, mi mayor ambición será conservar ese precioso título. Una vida privada entre vosotros será mi delicia, mi gloria y la venganza que espero tomar de mis enemigos.

III

Cuando empezaron a formarse en Caracas clubes de lectura, Luis Yslas nos comentaba que el club ideal sería el ejército. Es interesante la idea de un batallón leyendo el Infierno de Dante, o una compañía de blindados comparando la Ilíada con la Odisea. Entrenados para ser obedientes, todos los soldados entregarán su reporte sin falta y grandes contingentes de futuros oficiales se irán haciendo más cultos. Aquí radica el dilema que preocuparía al Alto Mando: la cultura nos hace fuertes y al mismo tiempo frágiles, sensibles, y son tantas las órdenes que requieren actuar más que pensar. No me refiero a que los marinos le teman al mar después de leer Robinson Crusoe, o que los francotiradores, que ahora nos tienen en su mira, se hagan más francos y menos tiradores. Es algo más profundo y provechoso para una nación. Polibio, uno de los autores cuyos escritos frecuentó Bolívar, lo asoma: “No hay testigo tan terrible ni acusador tan potente como la conciencia que mora en el seno de cada hombre”.

Y no existe un oficio que exija más humanidad y conciencia que ser un militar. Está implícito en su formación los extremos de asesinar y ser asesinado, y no hay decisión más definitiva que generar la muerte o la mutilación del prójimo. Manejarse en los escenarios de la violencia con cordura requiere una clara noción del valor de la vida propia y ajena. Quienes son entrenados para salvaguardar o eliminar, proteger o arrasar, se encuentran permanentemente al borde de la barbarie y de las más graves faltas a los mandamientos. Un militar armado y rodeado de civiles desarmados, que está obligado a obedecer ciegamente las órdenes de sus superiores, puede estar sometido a una decisión cercana al martirio. Si decide que la orden recibida no es justa seguramente pasará de ser victimario a ser víctima.

El actual gobierno no es solo corrupto (como han sido todos en mayor o en menor grado), es además corruptor, uno de sus principales medios para estructurar y mantener su poder. Genera “corrompimientos”, sistemas de corrupción que se le imponen al funcionario y al ciudadano al no darle otra opción. Si este mecanismo, que genera graves conflictos con los principios morales, ha dominado a jueces y hombres como Dudamel o Alberto Vollmer, qué podemos esperar del alma de un joven soldado aislado y vigilado en su regimiento.

Estas situaciones críticas que pueden convertirse en abismos sin retorno, nos señalan que las enseñanzas más importantes de Bolívar no son sus estrategias militares, sino sus consideraciones sobre los límites y los extremos que enfrentamos mientras se logran los ideales que están más allá de las metas.

IV

En este sentido, el episodio más extremista y controversial en la vida de Bolívar es su “Decreto de Guerra a Muerte”, redactado en Trujillo durante esa Campaña Admirable a través de nuestros Andes. Está dirigido a sus “conciudadanos venezolanos”.

Leamos con calma una parte:

Tocados de vuestros infortunios, no hemos podido ver con indiferencia las aflicciones que os hacían experimentar los bárbaros españoles, que os han aniquilado con la rapiña y os han destruido con la muerte; que han violado los derechos sagrados de las gentes; que han infringido las capitulaciones y los tratados más solemnes; y en fin han cometido todos los crímenes, reduciendo la República de Venezuela a la más espantosa desolación. Así, pues, la justicia exige la vindicta, y la necesidad nos obliga a tomarla. Que desaparezcan para siempre del suelo colombiano los monstruos que lo infestan y han cubierto de sangre; que su escarmiento sea igual a la enormidad de su perfidia, para lavar de este modo la mancha de nuestra ignominia y mostrar a las naciones del universo que no se ofende impunemente a los hijos de América.

Este dramático texto puede leerse desde muchos ángulos e inclinarse a favor de tendencias opuestas. La camarilla del gobierno puede calificar de “bárbaros españoles” a la oposición, a la burguesía y al imperialismo yanqui, expandiendo la referencia a la Cuarta República. Otros dirán que los invasores son los cubanos. Pero hay un presente que ya lleva andado demasiado tiempo con tan desaforada intensidad y efectos tan evidentes que es imposible no ver los hechos que arrojan a nuestros ojos. Se trata de un presente cuyo único futuro es aceptar su condición de oprobioso pasado, pues ya el mundo entero sabe quiénes han dirigido la rapiña y la aniquilación, quiénes han violado los derechos sagrados del pueblo, quiénes han infringido tratados solemnes, quiénes han traído la desolación a nuestros campos e industrias, quiénes han infectado con su monstruosidad hasta los tuétanos de nuestra vida y deben ser escarmentados en justa proporción a su perfidia.

La mayor enseñanza de Bolívar está en su argumento de cierre, donde se unen la faz que aterra y la paz que avizora. Aquí nos presenta rigurosamente la mayor de las crueldades y la más amorosa de las promesas:

Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables.

Es discutible si era válida una oferta de muerte que incluía a los prisioneros. Algunos la defienden argumentado que la guerra a muerte ya era un hecho. La verdadera novedad es la oferta de vida a los americanos aun siendo culpables, al ofrecerles:

… una inmunidad absoluta en vuestro honor, vida y propiedades; el solo título de Americanos será vuestra garantía y salvaguardia. Nuestras armas han venido a protegeros, y no se emplearán jamás contra uno solo de vuestros hermanos.

Esta garantía no necesita defensores y es digna de mantenerla como símbolo y designio del espíritu de nuestra nación.

El discurso del actual gobierno constituye un decreto de Guerra a Muerte, unas veces velado y otras cada vez más manifiesto, contra los venezolanos que lo adversan. El desarrollo de los hechos avanza en esta dirección. Diosdado nos advierte con su mazo que no imaginamos de lo que son capaces de hacer. Otras amenazas ya son viejas, como Vielma Mora jurando que le quitara las tierras a los ganaderos opositores. He visto a un militar con un chaleco antibalas tan grueso que no puede manejar la varita mágica con que señala la maqueta de una Caracas pastoral, detallando con emoción cómo la defenderá de los invasores. Nunca hablará de los miles de cubanos, y tampoco de un gobierno que ha dividido y empobrecido nuestro país al borde de la mendicidad, hasta convertirlo en presa fácil de invasores dispuestos a echar mano a las riquezas que guardamos bajo nuestra tierra. El verdadero propiciador de invasiones es el propio gobierno que nos ha debilitado a los bordes de la agonía.

Y luego están los hechos. Asesinatos de estudiantes programados para que sean proporcionales, es decir, una calculada ración diaria suficiente para amedrentarnos. Y las armas cada vez más letales, y la incorporación de grupos cada vez más apartados de nuestras Fuerzas Armadas en un proceso creciente dispuesto al exterminio y la aniquilación. La nueva proclama establece:

Venezolanos, cuenten con la muerte a menos que permanezcan indiferentes. Gobernantes, contemos con la vida mientras continuamos siendo culpables.

V

Espero en una próxima entrega hablar de Eleazar López Contreras, un militar que encontró la calma y la cordura, y la cultura política, para encontrar un camino hacia la democracia transitando entre extremos. Era el Padrino López de la época, ministro de Defensa de Juan Vicente Gómez, el hombre que durante más años ha dominado el país. A la muerte de Gómez, logró sofocar un conato de rebelión propiciado por la camarilla más cercana a Gómez, decretó la libertad de los presos políticos, invitó a los exilados a regresar al país y restableció la libertad de prensa. Reformó la Constitución en julio de 1936, rebajando el periodo presidencial de 7 a 5 años, cláusula que se aplicó a sí mismo. Trajo progreso y paz. Fue justo, y será siempre un ejemplo de que nuestros militares deben estar al servicio del futuro de nuestros hijos.

El día después; por Federico Vegas

Uno de los espacios más emocionantes de nuestra Asamblea Nacional es el Salón Azul, cubierto por la cúpula donde Martín Tovar y Tovar pintó la Batalla de Carabobo. Al situarnos en el centro del salón estamos envueltos por dos ejércitos que giran a nuestro alrededor en una violenta y elíptica coreografía. Solo el paisaje permanece

Por Federico Vegas | 14 de mayo, 2017
Fragmento de “La batalla de Carabobo”, obra de Martín Tovar y Tovar

Fragmento de La batalla de Carabobo (1887), de Martín Tovar y Tovar

Uno de los espacios más emocionantes de nuestra Asamblea Nacional es el Salón Azul, cubierto por la cúpula donde Martín Tovar y Tovar pintó la Batalla de Carabobo. Al situarnos en el centro del salón estamos envueltos por dos ejércitos que giran a nuestro alrededor en una violenta y elíptica coreografía. Solo el paisaje permanece en su sitio como único e imparcial testigo de lo que sucedió el 24 de junio de 1821.

El mismo día de mi visita llamé a Adrián Pujol y le propuse que pintara una serie de cuadros sobre el 25 de junio de 1821 que podría titularse: “El día después”. Sería el mismo escenario de Tovar y Tovar, pero ahora se han marchado las tropas realistas perseguidas por las de Bolívar y en la llanura solo quedan los heridos y más de tres mil muertos. La naturaleza comienza a predominar sobre los lamentos y pronto retornará el mismo silencio de los árboles y matorrales de cuando nada acontecía en los campos de Carabobo.

Celebramos este encuentro de dos ejércitos como la batalla decisiva de nuestra Independencia, pero aún quedaban más de dos años de lucha en Venezuela y uno más para la culminante gesta de Ayacucho y el final definitivo del dominio español en América del sur.

Pujol no se animó con la propuesta. A los artistas solo les interesa lo que les brota de adentro. Su creación es, y lo celebro, egocéntrica. Tuve que sustraer yo mismo las tropas, las caballerías y los cañones mediante un sistema muy rudimentario. Más que extraer, parece que los ejércitos se esfuman y dejan paso a una pesadilla surrealista, lo cual no viene mal para conectar el pasado con nuestro presente. Al final me quedé con un soldado solitario y absorto. Por su posición, parece estar herido y meditar sobre su condición: “Tanto si voy a morir, como a vivir, prefiero hacerlo con los ojos bien abiertos”.

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Con tantas “esfumaturas”, voy entrando en ese mismo estado de aislada perplejidad y pienso en “el día después” que ya se acerca. Desde la perspectiva de ese soldado, comienzo a comprender que en la vida de una nación son muchos los finales y muchos los principios.

Cada día es el primero del resto de nuestras vidas y el último de los que hemos vivido. En 1821 a nuestro país le faltaba por vivir la Guerra Federal y unas cuantas dictaduras antes de llegar al cataclismo que estamos viviendo. Duelen los retrocesos y los hundimientos, pero siempre esos pasos a través de la barbarie han traído tiempos mejores.

Si al terminar la dictadura de Gómez tuvimos diez años de democracia y cincuenta años más después de la de Pérez Jiménez, el final de la presente dictadura, la más cruel y telúrica, la más farsante y devastadora de nuestra historia, nos traerá varios siglos de paz y prosperidad por esas leyes de Dios que compensan el sufrimiento y por la simple lógica humana del escarmiento. Ya lo decía Anaximandro:

Las cosas perecen en lo mismo que les dio la vida, y deben pagar unas a otras castigo y pena de acuerdo con las sentencias del tiempo, al darse mutuamente justa retribución por las injusticias que han cometido.

A la actual dictadura le ha llegado el tiempo de pagar por sus injusticias, pero antes tendremos que vivir ese “día después” en una tierra que ha sido arrasada a conciencia y convertida en botín, con la alevosía y el gozo de unos enfermos de poder que aplican una represión ciertamente “proporcional”, a quedarse en el poder así sea aniquilando a tantos como haga falta.

Todo ha sido destruido menos la voluntad del bravo, bello y glorioso pueblo que ha abierto los ojos y se niega a ser esclavo de una pandilla creadora de plagas e inmersa en el peor de los cautiverios. Los oficialistas son prisioneros de sí mismos, pues insisten, ya sin poder cambiarlo ni remediarlo, en presentarse ante su audiencia como los imaginativos y cínicos creadores de su propia degradación. Ellos mismos se han esculpido como caricaturas de maldad que dejarán imágenes de horror en la historia de Venezuela que ya nada ni nadie podrá borrar.

El manual de los opuestos; por Federico Vegas

Lo más importante para ser “oposición” es tener una “posición”. El juego de palabras es tan simple como cierto: una oposición sin posición es igual a cero, o a un fatuo y extenuado “¡Oh!”. Tener una posición no significa estar estacionado en un reclamo, un propósito, un argumento o una ideología; no se trata de

Por Federico Vegas | 4 de mayo, 2017
Opositores venezolanos en la marcha del 1 de mayo. Haga click en la imagen si quiere ver la fotogalería completa.

Opositores venezolanos en la marcha del 1 de mayo. Haga click en la imagen si quiere ver la fotogalería completa. Fotografía de Gabriel Méndez

Lo más importante para ser “oposición” es tener una “posición”. El juego de palabras es tan simple como cierto: una oposición sin posición es igual a cero, o a un fatuo y extenuado “¡Oh!”.

Tener una posición no significa estar estacionado en un reclamo, un propósito, un argumento o una ideología; no se trata de mantener un punto sino de reconocer cuáles son los extremos que enmarcan nuestra situación y dónde nos encontramos con respecto a estos límites. Cuando el viajero pregunta cuánto falta para llegar no lo hace para quedarse en el sitio, lo que quiere es organizar la continuación de su viaje. De la misma manera, tener una posición no es establecerse en un rincón donde, orgullosos o derrotados, nos enraizamos; tener una posición equivale a reconocer cuál es nuestro verdadero punto de partida y posible punto de llegada, revisando nuestra ubicación en el ámbito de las ideas que unas veces nos conducen y otras nos arrastran contra nuestra voluntad.

Los venezolanos entendemos bien que tener una posición no es una meta estable y definitiva al estar sometidos a una continua travesía que parece no tener fin. Mientras el final se hace más evidente y perentorio, más lo aleja cruelmente una represión creciente que va sumiendo al país en la peor de las locuras, la de quienes creen tener tanta razón que están dispuestos a inmolar a su propio país mientras sacan sus dineros al exterior. Bastante nos advirtieron que la alternativa a su patria socialista era la muerte, y pretenden que sea solo la nuestra.

La Odisea de Homero fue celebrada en el siglo XIX como una metáfora del tránsito por la vida. En pleno paroxismo del romanticismo inglés, el joven poeta Tennyson escribió sobre un Ulises anciano que se fastidia en Ítaca mientras recuerda cuando vivía “siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento”. Ahora se lamenta: “¡Qué fastidio es detenerse, terminar, oxidarse sin brillo, no resplandecer con las marchas”. Al final del poema, Ulises exclama enardecido en medio de su soledad: “Somos lo que somos, un espíritu ecuánime de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida a combatir, buscar, encontrar y no cesar”.

Mi padre decía que no importa lo que uno sea mientras sea siempre igual. Suena como una fórmula algo exagerada contra los hipócritas, pero creo que se refería, tal como propone Ulises, a ser lo que realmente somos. Y no es esta una tarea fácil para los venezolanos al no saber dónde estamos parados y qué nos depara el destino. Muchas de las referencias que ayudan a darle sentido a nuestras vidas se han perdido, unas por falta de sostén y otras bajo el peso demoledor de un gobierno que subsiste gracias al desconcierto y la desubicación del “cuerpo social”. O debería decir “sociedad”, la palabra que el socialismo del siglo XXI más se ha esforzado en suprimir. ¡Cuántas burlas y desprecio ha recibido por parte del gobierno la idea de una “sociedad civil”!

Este estancamiento explica que nuestra Odisea se esté dando yendo y viniendo sobre nuestra propia tierra. Aquí están los monstruos y las sirenas; aquí combatimos sin armas mientras encontramos cada vez más y más razones para seguir combatiendo, al punto que lo más agotador e insoportable resulta ser tener razones tan evidentes y persistentes que parecen estar a punto de podrirse.

Avanzamos sobre nuestros propios pasos y constantemente corremos el peligro de perder lo avanzado, o de no saber hacia dónde vamos en un viaje que, cuando por fin termine, apenas habrá comenzado, pues entonces habrá que sobrevivir entre los restos del naufragio y enfrentar la resaca de una corrupción inconcebible, oceánica, reacia por sus gigantescas proporciones a las medidas y las calificaciones, al punto que muchas veces parece una fantasía. Tantas veces sentimos que nos arrastran hacia un pasado remoto, de maldades mitológicas y razonamientos primitivos.

En este gran viaje de nuestra vapuleada sociedad, los instrumentos de ubicación son tan importantes como las estrellas para Ulises, pero no les prestamos suficiente atención a cómo se generan nuestros juicios, avanzando muchas veces sin más brújula y bitácora que la propia furia y desesperación.

Cuando Platón, en La República, quiere explicar cómo se generan estos llamados “juicios” nos ofrece el siguiente razonamiento:

Si algo puede entenderse de modo satisfactorio mediante la vista o cualquier otro sentido, entonces no arrastrará el conocimiento hacia la realidad. Ahora bien: si encontramos que al mismo tiempo hay dos posibles explicaciones que son opuestas, entonces habrá necesidad de un juez y será necesario que el alma despeje sus dudas, y la inteligencia tendrá que ponerse a trabajar y preguntarse qué es realmente esa unidad, ese algo que nos intriga

De manera que los paradigmas que podrían traernos más provecho son aquellos que generan a un mismo tiempo dos sensaciones contrarias. Y son muchos los dilemas, las disyuntivas, pero en Venezuela estamos viviendo una experiencia tan reiterativa y sobreexcitada que somos incapaces de permitirle a nuestra inteligencia el grato y productivo cosquilleo de la reflexión. La urgencia nos impide pensar, aunque sea una urgencia que se alarga y estira como la sangre en un agua cada vez más espesa. Nunca antes tantos jóvenes han dedicado tanto tiempo a pensar en su país, pero lo hacen bajo demasiada presión y acoso. Quiero en estas líneas ofrecerles un remanso.

Propongo que cada quien se apertreche con su “Manual de los opuestos” (si es íntimo y personal mejor que si es prestado y mal digerido) para así enmarcar y exponer adecuadamente sus dudas ante tanta realidad que parece tener varias explicaciones, o quizás ninguna. Nuestra tragedia es profunda y debemos incluir en nuestro manual dualidades tan extremas como la idea de principio y de final (que tantas veces confundimos con la de comienzo y finalidad), del sentido del bien y del mal, de la vida y de la muerte. ¿Cuántos padres no han tenido que decidir entre enfrentar la posible muerte de un hijo o arrancarlo de su propia tierra? ¿Qué decirles cuando la primera opción es la que ocurre?

Voy a ofrecer aquí una serie de “opuestos” (sacados de viejos ensayos y de otros nuevos que quizás nunca termine). Ellos me han ayudado a entender ese transcurrir que llamamos conducir nuestras vidas, aunque temo que es la vida la que nos lleva de la mano. Comprendo que mi oferta no se ajusta a la emergencia que nos atormenta y a la velocidad de los acontecimientos, pero insisto en que aún tenemos mucho tiempo y muchas rutas inesperadas que recorrer. Podemos partir de opuestos que parezcan juegos inútiles, simples divertimentos, y desde esta base placentera adentrarnos en zonas más dolorosas y oscuras.

Ofrezco cinco ejemplos y prometo explorar otros en próximas entregas.

El amor y la amistad

No siempre sabemos si es amor o amistad lo que sentimos. Alfonso X, llamado con toda razón “el Sabio”, proponía en el siglo XIII que “el amor puede venir de una parte solamente, en cambio la amistad conviene que venga de ambas dos”. Nos está diciendo que puede haber amor sin amante, pero nunca amistad sin amigo.

El amor es dolorosamente preciso y exigente. Obliga a la definición al buscar lo único, el foco, el centro, y es por este afán de precisión que lo suponemos ciego. El proverbio establece: “Una mujer enamorada le perdona a un hombre todo sus defectos, la que no lo está, no le perdona ni siquiera sus virtudes”.

La relación de dos amigos, en cambio, suele ser recíproca y más acomodaticia. No verse tanto como antes es algo que se reconoce y admite. Hay quienes entienden que el secreto de la amistad consiste en verse poco y disfrutan tanto de los encuentros como de las largas separaciones.

La amistad tiende a observar el horizonte mejor que el amor y ayuda a darnos perspectiva. Es una fuente de infinitas opciones, una biblioteca de la vida con una amplia sección de periódicos viejos que podemos examinar sin tanta culpa; un depósito de objetos perdidos donde puedes dejar miserias inconfesables y rollos inútiles. La magia de la amistad es permisiva. El amor, en cambio, es demasiado heroico, celoso e inmutable.

Sirva esta base para hablar de dos sentimientos que ahora nos desbordan, nos ahogan: el odio y la enemistad, antónimos del amor y la amistad. Creo de poca utilidad odiar a la pandilla de oficialistas que nos gobiernan. Odiarlos sería tan ciego como fue amarlos para quienes creyeron en sus promesas y de nada les sirvió, salvo a los pillos que se han enriquecido groseramente.

Los integrantes de esa malévola camarilla son simplemente nuestros peores enemigos. Entenderlos nos ayudará a enfrentarlos, y, de paso, podremos someternos a la vieja máxima: “Cuando veas algo bueno en tu prójimo, imítalo; cuando veas algo malo, revísate”. Recordemos que la enemistad, como la amistad, tiene que ser un sentimiento mutuo, y por lo tanto hay que darles donde les duela y sientan una fuerza mayor a la que ejercen sobre nosotros. En mi caso debo decir que todo el que fue chavista es mi enemigo, “aun permaneciendo indiferente”, a menos que proclame públicamente su rechazo inequívoco y total al gobierno de Maduro. En esta lista incluyo especialmente a los arquitectos, quienes pretenden que su oficio los hace neutrales con la consigna: “Si no lo hago yo, otro vendrá y lo hará peor”.

Quienes escribimos sobre estos temas, sufrimos con esta posibilidad de no ser verdaderos enemigos, sino unos payasos que mientras más odian más entretienen a otros odiantes y odiadores sin cambiar el curso de la maldición ni la profundidad de los abismos. ¿Qué son estas palabras que ahora escribo frente a la valentía de un joven sangrante que brota de un sótano donde fue golpeado por una gavilla de policías, con el brazo en alto y diciendo con el poco aire que le queda en el pecho:

—Yo lucho por una Venezuela mejor.

Vivimos una Odisea, no una Ilíada. Ciertamente es una guerra civil, pero una en que un bando tiene todas las armas, y, con esa proporción, de poco nos sirve la cólera de Aquiles y de mucho la astucia de Ulises. No estamos en Troya sino atrapados en la cueva del gigante Polifemo que veía y juzgaba por un solo ojo, y fue aniquilado por alguien que se hacía llamar “Nadie” y hoy somos “Todos”.

Lo necesario y lo posible

Hemos ido pasando a una velocidad desconcertante de las posibilidades maravillosas a las necesidades terribles. Ahora lo necesario se ha hecho tan omnipresente que la palabra imposible va tomando terreno. La necesidad, como el hambre, es una mala consejera.

Nuestras necesidades y posibilidades, como todos los opuestos, se semejan precisamente en aquello que las diferencia. Las cosas posibles disminuyen con nuestra indiferencia, desinterés o incomprensión; las cosas necesarias, en cambio, aumentan ante las mismas actitudes.

El reino de lo posible es difuso e imaginativo, relativo y cambiante. Posibilidad tiene que ver con “poder”, pero se refiere a un tipo de imperio con facultades sosegadas y amables donde se vive en una tranquila contingencia y en la disyuntiva de hacer o no hacer.

El reino de lo necesario es preciso y forzoso, y además constante, por más que no se le preste atención. Se trata de un estado de cosas cuya lógica aplastante no le permite ser de un modo distinto. Necesidad viene del latín necesse: “no ceder”, una etimología que nos habla de algo inevitable, indetenible, de circunstancias que se van cerrando a nuestro alrededor hasta asfixiarnos.

Entre estos dos reinos es difícil no tomar partido, pues es como escoger entre el apetito y el hambre, sin embargo nos hemos ido sumergiendo en el menos atractivo. Lo posible es tan grato y sugerente que invita a permanecer suspendidos entre inspiraciones, y solo lo necesario dirige nuestras vidas con una aplastante objetividad que nos obliga a tardíos acuerdos y costosos planes de acción.

Para los tiempos que vienen solo nos queda encontrar la relación entre ambas fuerzas, entender que nuestras actuales necesidades surgieron del desprecio a la magnitud y la belleza de nuestras pasadas posibilidades. Pero siempre habrá la manera de convertir nuestras limitaciones en recursos, solo así podremos asir lo posible para no abandonarlo nunca más, habiendo cabalmente comprendido que las necesidades del país son, precisamente, sus posibilidades perdidas.

En un ensayo llamado “El punto Ciego” el arquitecto Leo Krier explica la alternativa terrible que enfrentamos:

Una humanidad cuya finalidad ya no es más la búsqueda de lo posible, sino la omnipresencia de la necesidad, debe encontrar irónicamente su único placer en su propia destrucción, en el reconocimiento de su inutilidad. Un estado de placer es también un estado de contemplación de nuestro propio ser y hacer. Si ser y hacer no son sino una mera necesidad, el momento de contemplación ha dejado de ser un momento de satisfacción, para convertirse en uno de urgencia. Bajo esta perspectiva, la meticulosa auto destrucción se convierte obviamente en un momento de descanso, un descanso de la urgencia inaguantable frente a la fealdad y una inútil agonía.

La patria y el país

Desde que oigo hablar de un “carnet de la patria” no hago sino pensar en el humillante panorama de una “patria del carnet”. Prefiero mi vieja cédula de identidad venezolana, con una foto poco favorable que me recuerda mejores años. La asocio con elecciones y con una palabra más amable que patria: “País”. Patria me suena a patriotas y héroes de yeso; país a árboles y hermanos, a una luz que no encuentro sino en nuestros paisajes.

Hay patriotismos que envidio aunque parezcan absurdos, como el del poeta Fernando Pessoa, quien decía que su patria era la lengua portuguesa y más le preocupaba una página mal escrita que una invasión a Portugal. Pero no me atrevo a hacer una defensa tan extrema del español y prefiero la posición de Simone Weil: “Para respetar las patrias extranjeras, hay que hacer de la propia, no un ídolo, sino un peldaño más hacia Dios”.

Esa patria sin ídolos es el país de los paisanos. Marcelino Madriz me enseñó a ser profano con los hinchamientos y fatuidades. Recuerdo una vez que le dijo a su mejor amigo, Francisco Vera Izquierdo:

—Don Paco, ¡déjese de blasones! La única sangre derramada por los Vera en esta patria es por las almorranas.

Un crítico decía al hablar de la obra de la artista cubana Ana Mendieta: “El arte debe haber comenzado en esa relación dialéctica entre los seres humanos y el mundo natural del cual jamás podremos separarnos”. Ana fue arrancada de Cuba a los doce años y de esa separación nació una necesidad de explorar su relación con la tierra, dejando en ella una y otra vez la huella de su silueta como una incesante manera de regresar a sus raíces.

El país nos congrega a pesar de nuestras diferencias, uniéndonos sobre todo con nuestra naturaleza, especialmente la humana. La patria puede separarnos incluso en nuestra semejanzas, como sucedería entre los que, amando esta tierra, tengan o no tengan un carnet.

Ya la palabra “carnet” resulta sospechosa y me recuerda la frase de Groucho Marx: “Yo jamás pertenecería a un club que aceptara un tipo como yo”. El carnet tiene una cualidad que cada vez desprecio más aunque para muchos sea una virtud, el ser “exclusivo” y por lo tanto excluyente.

Busquen el video en que Maduro se pasea en un carromato jalado por una moto. Parece un niño bobo y gigante que juega con una ametralladora y no aguanta las ganas de disparar mientras pide que le tomen una fotografía. De pronto, lleno de gozo, proclama:

—De estas podemos llevar diez mil, veinte mil, a todos los barrios y campos para defender la patria.

Para Maduro no es una pesadilla sino un sueño el vivir en una patria compuesta solo de barrios y campos yermos que viven bajo el permanente acoso de un ejército imperial. Ese sería el único país que justificaría su existencia, un club que quiere convertir a Venezuela en un corazón partido e incapaz de amar, en una fauna de fanáticos llenos de rencor y disfrazados de enamorados fervientes mientras intentamos sobrevivir en un medio país.

Tiempo político y tiempo histórico

Hubo un tiempo en que el tiempo histórico del venezolano se medía por elecciones. Eran cada cinco años y uno podía decir: “Eso fue cuando Luis Herrera”, o “eso duró hasta después del segundo Caldera”. No está mal que la historia marche al ritmo de la política, nuestra mayor proveedora de disparates inolvidables, los cuales, por malos que sean, son preferibles a referencias que tienen que ver con la geografía, como el terremoto de 1967 o el deslave de 1999. Es lamentable que el tiempo político ya no conste de episodios sino de eventos tan imprevisibles como accidentados.

Las acepciones de “episodio” nos convienen. “Partes que integran una obra dramática”, “Hecho que sucede enlazado con otros con los que puede formar un conjunto”. La idea de un conjunto, de una obra que va tomando cuerpo a través de sucesivas elecciones nos fue integrando y llegamos a amarla, a considerarla parte integral de nuestras vidas.

Las acepciones de “evento”, en cambio, nos hacen mucho daño: “Una eventualidad que escapa a los límites de lo planificado”, “Algo imprevisto que puede acaecer aunque no exista seguridad al respecto”, a lo que debemos agregar para ajustarlo a nuestro caso: “Algo que puede no acaecer aunque tenga el respaldo de nuestra constitución”. Hoy las elecciones, cuando quiera que sean, ya no tendrán ese espíritu de periodicidad, de ritmo vital. Bastó con imposibilitar una y eliminar otra para derribar nuestra referencia histórica más importante.

Este espíritu de eventualidad no solo destruyó el derecho al voto, también socavó la noción de participar en un mismo drama que podemos anticipar y celebrar como el gran reloj de nuestra memoria colectiva.

Las elecciones en Venezuela semejan una serie de televisión que un día nos ofrece un par de episodios y luego nadie sabe cómo y cuándo continuará. Esta incertidumbre sería desesperante para los espectadores. Nuestro caso es más grave, pues somos además los verdaderos protagonistas, sumiéndonos a todos en un tiempo histérico donde los hechos rebotan.

Y estamos viviendo sumidos en esta histeria. Según el psicoanalista Rafael López-Pedraza, bajo los efectos de la histeria “todo lo que acontece se queda en la superficialidad de esa histeria, no llega a tocar abajo, en las profundidades de la historia personal ni en la historia del hombre sobre la tierra”.

Hoy, en vez de votar, no hacemos sino rebotar.

La política y la polis

La palabra “héroe” tiende a usarse en medio de calamidades e incertidumbres, incluso menos graves que las que estamos viviendo. El diccionario, como advirtiéndonos de sus malos augurios, la tiene ubicada entre “hernia” y “herpes”. La pregunta es cuánta falta nos hacen estos “más que hombres y menos que Dios”.

En un libro titulado: The Enchafèd Flood (algo así como “La inundación excitada”), el poeta W. H. Auden divide a los héroes en estéticos y éticos. El héroe estético es aquel a quien la naturaleza le ha entregado dotes excepcionales. Somos desiguales e inferiores al héroe estético no por falta de voluntad, sino porque carecemos de sus asombrosas virtudes innatas.

Sobre este tipo de héroe se tiende una trampa desde hace siglos por un error de traducción. La célebre frase de Aristóteles: “El hombre es un animal político”, nos ha llevado a valorar excesivamente algunas cualidades animales que a la larga pueden resultarnos inútiles. Según el historiador H.D.F. Kitto, la traducción correcta de la frase de Aristóteles sería: “El hombre es un animal que pertenece a la Polis”, es decir, que vive en función de su ciudad, de su país. Esta diferencia entre “ser” y “pertenecer” de las dos traducciones es determinante. Una tiende al egoísmo de la superioridad, la otra al diálogo y la generosidad.

Si el hombre es un animal político, aquel que esté dotado con “dotes excepcionales” será el mejor de los políticos. Tarde o temprano, el héroe cree poseer esos dones casi sobrenaturales. Este idea de un ser único y providencial se presta a crear un fetiche del político que termina por predominar sobre la política misma, y, más aún, sobre la Polis.

Nuestra historia reciente nos brinda un ejemplo tan estruendoso que hoy no quiero nombrarlo. Rendimos culto a las cualidades más gráficas del animal político: la vitalidad, la capacidad de trabajo, el empuje, el magnetismo. Este ilimitado deseo de gobernar crea personajes cuya heroicidad estética prevalece sobre sus valores éticos.

Según el mismo Auden, la heroicidad ética, a diferencia de la estética, proviene de una desigualdad accidental y provisional en la relación de los individuos con la política. El héroe ético es aquel que en un momento dado llega a saber más que los demás y puede ofrecer soluciones a una determinada situación. Aquí no se trata de dotes innatas, sino de una coincidencia de tiempo y oportunidad. El héroe no es aquel que puede hacer lo que otros no pueden, sino alguien que sabe algo que los otros desconocen y pueden aprender, y continuar.

Uno de los héroes éticos que más he admirado es Václav Havel, supongo que por ser escritor. La verdad es que no nos vendría mal un gran dramaturgo para entender y encaminar el país en sus bandazos entre la comedia y la tragedia.

Entre nuestros mitos políticos es difícil encontrar este tipo de líder. Su obra se caracteriza por ser simple, precisa, transferible, comprensible; incluso puede transmitir que, una vez entendido su mensaje, su presencia sería prescindible. Rómulo Betancourt cumplió a cabalidad con este último requisito.

No perdamos tiempo buscando superhéroes para las soluciones prodigiosas que tanto necesitamos. Luchemos por recuperar una ética de la política y en ese caldo de cultivo surgirán los políticos y la Polis que verdaderamente necesitamos.

Eros, crimen y poder; por Federico Vegas

I Al principio fue un hombre sin ningún poder. Era un prisionero que manifestaba su rendición y absoluta responsabilidad por la derrota. Otros lo habían hecho bien, él no. Su único argumento era una apuesta al futuro y esa fuerza misteriosa que nadie sabe de dónde viene y cómo se conduce: el erotismo. Eros exhibe

Por Federico Vegas | 22 de abril, 2017

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I

Al principio fue un hombre sin ningún poder. Era un prisionero que manifestaba su rendición y absoluta responsabilidad por la derrota. Otros lo habían hecho bien, él no. Su único argumento era una apuesta al futuro y esa fuerza misteriosa que nadie sabe de dónde viene y cómo se conduce: el erotismo. Eros exhibe sin pudor que la manera de conseguir siempre lo que se quiere es jamás sentirse satisfecho y ha quedado reseñado en la mitología como irresponsable e incontenible, y ciertamente había algo seductor en la estampa de aquel teniente coronel, el jefe de una quimera, y en su verbo obsesionado y lleno de veladas promesas.

Existía y continúa existiendo en esa imagen fundacional el trágico trasfondo de un crimen generado por el golpe militar más traicionero que ha conocido la historia de Venezuela: soldados venezolanos atacaron por sorpresa y desde la oscuridad a soldados venezolanos, y hubo muertos. Pocos recuerdan sus nombres, sus rostros, cuántos y quiénes fueron, pero seguro que en sus familias, entre sus madres y sus hijos, esos asesinatos dejaron ondas de dolor y desconcierto que continúan expandiéndose. El crimen le quita a la muerte su único posible consuelo: ser natural.

Hoy nos gobierna un hombre que solo tiene poder y ningún erotismo. Nada en él seduce ni fertiliza, ni entusiasma. Se apoya en manifestaciones cada vez más descarnadas de omnipotencia e ínfulas de permanencia. Las palabras que más utiliza son, paradójicamente, “amor” y “paz”, y las pronuncia con saña, revelando que por imponer ese amor y esa paz está dispuesto a aplastar un país al que va dejando de pertenecer. Todo en él está regido e invertido por esa muerte de Eros que le ha tocado representar con fruición, y, mientras más trata de ser amoroso, o gracioso, o pacifista, resulta más patético, torpe y falaz. El esfuerzo de ser lo que no es lo desenmascara, lo agota, y él mismo nos confiesa su obra aniquiladora. Habla de trabajar “con fuerza, con amor en las catacumbas del pueblo para atender las necesidades de las familias venezolanas”. Las catacumbas son esas galerías subterráneas que algunas civilizaciones construyeron y utilizaron como lugar de enterramiento. La palabra proviene del griego cata, “hacia abajo” y de la raíz latina cumbo, “yacer, estar acostado”. El gobierno ha labrado esas mismas catacumbas donde espera que el pueblo continúe yaciendo acostado, sumiso, hundido.

II

Es dramático como los oficialistas más jóvenes y prometedores caen en esta trampa. Héctor Rodríguez, jefe de la fracción parlamentaria del gobierno, dice que no le interesa el tema de las elecciones, que asistirán cuando las convoquen. “A mí solo me interesa el CLAP y el carnet de la patria”. A Héctor le atraen los instrumentos de subyugación, esos medios capaces de crear largas filas y humillantes controles para regalar limosnas a los incondicionales. No le atraen las elecciones y el voto porque es el escenario de la seducción, y él prefiere sacrificar su propio erotismo ante el altar del puro poder. Héctor es un hombre leal y agradecido. Pertenece a la camarilla de los que privilegian una lealtad ciega y acuden a rendir cuentas a su líder invocándolo con fervor:

—Comandante, ya casi acabamos con el capitalismo.

La respuesta se va haciendo cada vez más apagada:

—¡Y entonces! ¿Para qué quieres tanto dinero?

—Ha sido el costo de implantar el socialismo.

—¡Y entonces! ¿Por qué tus hijos no viven en Venezuela?

Y ya no hallan qué contestar. Deberían callarse, dejarle al muerto la ofrenda del descanso, pero insisten en exprimirlo con las mismas proclamas de fidelidad. La hipocresía de sus propias vidas es la fidedigna representación de un país moribundo que se va hundiendo bajo el peso de un espectro. Esto explica que luzcan cada vez más apesadumbrados, con el ceño fruncido de la amargura, y también sobrealimentados, embotados, saturados de sus propios estribillos.

Una y otra vez me pregunto qué pensarán esos venezolanos impertérritos, blindados en su terquedad e inconmovibles ante un país en picada. ¿Cómo serán sus noches, cuando despiertan de un mal sueño y no hay guerra económica sino un fracaso suicida? Ojalá Dios les dé el valor de enfrentar su servilismo y puedan decir algún día: “Viví de rodillas y con la cara sucia”.

III

Pienso en los gobernantes por los que he tenido afecto, y aún lo tengo, pues creo en dar continuidad a los buenos sentimiento. Cuando están referidos a nuestros enemigos, nos ayudan a entenderlos. El odio, en cambio, suele ser muy bruto y muy miope.

Jorge Rodríguez ha tenido mi afecto y persiste un hecho que nos une: hubo un crimen en la historia de su familia y también en la mía. Esas ondas que el tiempo va expandiendo a él lo llevó a la política, a mí a la literatura. Y desde esa esfera llena de premoniciones lo imagino, con la fuerza de un sueño recurrente, junto a su hermana frente a la tumba de su padre.

Dice Delcy:

—Cada vez me siento más orgullosa de la herencia que nos dejó nuestro padre.

Después de un largo silencio, Jorge contesta:

—Me pregunto qué pensará de lo que hicimos con su herencia.

Algún día deberán hacerse esa pregunta. La posibilidad de convertirse en los esbirros que asesinaron a su padre los circunda, los acecha. Tiene que ser una carga insoportable temer que la historia de Venezuela los reseñe como partícipes y artífices en un gran crimen, el de orquestar el suicidio de toda una nación.

Podemos juzgar al pasado, pero el pasado no puede juzgar nuestro futuro, y menos pueden hacerlo nuestros muertos. Mientras más amados, más profundos serán sus juicios sobre nuestros actos, y más distantes. Los jueces más exigentes son los que todo lo perdonan y ya no están para juzgarnos.

IV

Creo que la política nació con un crimen. Rómulo mató a su hermano Remo porque no obedeció las leyes que había dispuesto para la fundación de Roma. Rómulo había labrado un gran círculo con su arado y dispuso que esos serían los límites de una nueva ciudad a la que solo se podría entrar y salir por una puerta demarcada al alzar el arado en un tramo. Remo se burló de la endeble zanja y la brincó por un lado cualquiera. Rómulo, lleno de ira, lo mató con el mismo instrumento que había trazado la nueva ciudad.

Es posible que los hechos hayan tenido otro orden. No es casualidad que Caín mate a su hermano Abel y luego funde la primera ciudad que aparece en la Biblia: Enoch. Quizás Rómulo mató a Remo por envidia y, horrorizado por lo que había hecho, creo unas leyes de convivencia para que no volviera a ocurrir un crimen entre hermanos.

La necesidad de la política nace de un asesinato y su propósito es evitar que nos matemos unos a otros. Esto explica que la figura de Chávez surja de un crimen entre hermanos y luego se refugie en Eros para surgir desde la política y con la promesa de una nueva constitución.

Agotado ese erotismo por una irresponsabilidad incontenible y un afán ilimitado de poder, hemos entrado de lleno en la muerte de la política. Venezuela está sometida a la ley del crimen organizado y el desorganizado, al crimen lento y el súbito, al sangriento y al asfixiante, al ejecutivo y al judicial. Del erotismo inicial volcado en una nueva constitución pasamos a la fealdad de un poder desnudo, de expresiones que solo las redime el ridículo, como un presidente que amenaza a su pueblo con inundar las calles de “fuerzas armadas”, y firma esa ley con rabia, en vivo y en directo, mientras, para que no queden dudas, proclama blandiendo la pluma: “¡En este mismo momento la estoy firmando!”.

Puede parecer superficial y frívolo hablar de fealdad habiendo tantas y tan pavorosas evidencias de crueldad, de corrupción e incompetencia, pero ocurre que la expresión más evidente de estas tres enfermedades es, inevitablemente, una fealdad que deforma los rostros. Una cosa son los actos, otra los efectos y otra más la imagen que resulta de esta secuencia. Sucede, además, que esta horripilante fachada no se esconde ni se disimula. Una de las caras más repelentes, la de una agresión despiadada y grosera, se manifiesta y exhibe, publicitándola y promoviéndola con el emblema humillante de un mazo de plástico. Estamos pues ante una fealdad triunfante y orgullosa de sí misma que quiere apropiarse de la historia del país, sometiéndola a su estética y religión.

A inicios de este año, la naturaleza de Caracas vino en nuestro auxilio ante la horrorosa fealdad que pretende enraizarse en nuestra historia. Por una ley de compensación, que tiene siglos persistiendo, nuestra naturaleza ha sido extraordinariamente generosa ofreciendo esperanzas y visiones enaltecedoras al espíritu. Nos asomamos al balcón aturdidos por un mal pensamiento y el vuelo geográfico de una guacamaya nos eleva y entusiasma con su amplia curva. Digo que la guacamaya es geografía por la gracia con que su ruta celebra la disposición de las montañas, sus colores la calidad de la luz y sus alas la dirección del viento. La actuación más fervorosa fue la de los araguaneyes. Bajo la consigna: “Amarillo es lo que luce, verde nace donde quiera”, dieron testimonio de la fuerza encendida que puede tener un despertar.

Y ha ocurrido ese despertar.

Es angustioso e indignante observar la fealdad de los victimarios ante la belleza de las víctimas, de jóvenes cuyas almas están vivas y han preferido ser mártires antes que pillos, esbirros o emigrantes, y que el destino del país se esté decidiendo en esta balanza y no en la seductora y justa política de los votos.

El sufrimiento de unos seres cuyo espíritu inspira tanto sadismo en sus represores, nos lleva a preguntarnos hasta qué punto será llevada esta política del crimen, de los mazos y las quijadas de burro, de perdigones que buscan los pechos más lozanos y prometedores.

Espantados ante los crímenes que hemos sufrido, estamos próximos a una refundación de la política. Ahorrará muchas vidas el que aquellos gobernantes que ya no soporten sus conciencias se presenten ante el país como aquel militar que confesó haber fracasado y aceptó la responsabilidad de sus actos.

Ese día comenzó una nueva etapa en la historia de Venezuela. Que los efectos hayan sido desastrosos no es culpa de la política, sino al contrario, de la inmadurez política de un país harto de sus partidos y dispuesto a lanzarse a un gran vacío. Han pasado más de dos décadas y ahora los venezolanos conocemos las posibilidades y consecuencias de la política. Nunca hemos estado mejor preparados para la más simple de las soluciones, unas elecciones libres.

Hacia los 500 años de Caracas; por Federico Vegas

Decía mi tío Leopoldo, cuando le preguntaban cuántos años tenía, que no lo sabía ni quería saberlo. —Solo sé cuántos años ya no tengo —agregaba—, de los que tengo por vivir no me atrevo a hacer estimaciones. Mientras más vivimos más relativo se nos va haciendo el tiempo. Hay veces que parece un soplo, otras

Por Federico Vegas | 10 de febrero, 2017

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Decía mi tío Leopoldo, cuando le preguntaban cuántos años tenía, que no lo sabía ni quería saberlo.

—Solo sé cuántos años ya no tengo —agregaba—, de los que tengo por vivir no me atrevo a hacer estimaciones.

Mientras más vivimos más relativo se nos va haciendo el tiempo. Hay veces que parece un soplo, otras un huracán. A veces se pone lento, pesado, y parece arrastrarse detrás de nosotros. Al día siguiente nos pasa por encima y sigue de largo tan campante.

El tiempo debería ser lo que hacemos con él y no tanto lo que el tiempo hace con nosotros. Una buena medida son las obras que realizamos con placer, el amor que compartimos con los demás, las buenas conversaciones, mejor si ocurren mientras caminamos por la ciudad que nos vio nacer. Ese es el tiempo con el que debemos cumplir, el verdadero cumpleaños. A la vida no se viene a gozar ni a sufrir, pues pareciera que esas metas no están en nuestras manos; venimos al mundo a ser generosos con lo vivido y por vivir.

El único cumpleaños que me trajo cambios importantes fue el de los 18. A partir de ese día podía votar y manejar. Cincuenta años después me sigue entusiasmando ese voto secreto que por un instante me hace creer que de mi dependiera el destino de Venezuela, pero ahora me niegan con crueles truculencias esa oportunidad. Manejar ya no me gusta tanto, pero esta ciudad me lo exige.

Más que celebrar los 450 años de Caracas deberíamos prepararnos para sus 500. Yo no estaré en esa fiesta, pero, bajo las elusivas leyes de la relatividad del tiempo, cinco décadas no son nada para una ciudad. Recuerdo como si fuera pasado mañana el terremoto del 67 y las fastuosas celebraciones del cuatricentenario.

¿Por qué 500 años son para Caracas tan importantes como para a un joven sus 18?  Sucede que las ciudades, como el ave Fénix, tienen el derecho y el deber de renacer, al menos, cada cinco siglos.

El pájaro Fénix tiene el mismo plumaje rojo, anaranjado y amarillo incandescente de las guacamayas que surcan las tardes caraqueñas, también el fuerte pico y las mismas garras. Cada 500 años lo consume el fuego y luego resurge de sus cenizas con todos sus dones, como el de llorar lágrimas curativas. Ya lo decían los budistas: “el dolor y el sufrimiento son nuestros maestros”.

Cuentan que la guacamaya Fénix vivió en el Jardín de El Paraíso hasta el día que Adán y Eva fueron expulsados. Esa tarde de cambios irreversibles vino un ángel a desterrarlos y de su espada ardiente surgió una chispa que incendió al inocente pájaro en su nido. Por haber sido la única criatura que se había negado a probar la fruta del bien y del mal, Dios le concedió la capacidad de renacer de sus propias cenizas, convirtiéndose en un símbolo de purificación e inmortalidad.

Cuando siente que le ha llegado la hora de morir, el pájaro Fénix hace un nido con hierbas aromáticas y al tercer día comienza a arder. Una vez que se queman sus carnes totalmente, sus huesos son transportados a un lugar llamado la “Ciudad del Sol” y allí son depositados en un altar. Entonces los sacerdotes examinan esos registros del pasado y descubren qué le estaba sucediendo a Fénix cuando cumplió los quinientos años. Esto explica que el ave renazca cada vez más sabía y con renovadas ganas de ser feliz y próspera.

¿Qué conclusiones podemos sacar al estudiar los huesos de nuestra ardiente Caracas? ¿Qué propuestas podemos hacer para hacerla más dueña de su futuro y liberarla de las condenas que le imponemos? ¿Cuándo y cómo aprenderá a diferenciar el mal del bien? ¿Cuál es la carne que está en el asador? ¿Cuáles son esas vértebras y costillas que han de prevalecer?

Quisiera desarrollar una serie de nueve temas sobre los dictados del pasado que reclaman un futuro. Iban a ser diez pero le temo a todo lo que sepa a mandamiento. Tampoco pretendo ser exhaustivo. Habrá otras exploraciones que también apuntan hacia lo más importante o urgente. Solo puedo asegurar que estas nueve posibilidades me atraen y entusiasman. Tienen diferente escala y propósito. Unas son más teóricas y se darán a largo plazo, otras tratan sobre propuestas más pragmáticas que podrían iniciarse hoy mismo, o que han sido perversamente postergadas.

Me atrevo a enumerar estas ideas y presentarlas brevemente con la esperanza de que Prodavinci me obligue a desarrollarlas en próximas entregas. Hay tiempo hasta el año 451.

Soñar con los 500 años de Caracas me ayudará a olvidar este año 450, tan terrible, tan estancado, tan henchido de una aparente irreversibilidad. Ya lo decía Marcel Proust:

No hay más paraísos que los perdidos.

Sobre la vivienda

Bloques de la Misión Vivienda sobre la avenida Libertador

Bloques de la Misión Vivienda sobre la avenida Libertador

La vivienda debe ser creadora de ciudad, no su substituto o su negación.

El Estado debe propiciar y organizar óptimas condiciones legales, urbanas y financieras, y los privados construir en esa trama sometiéndose, en definitiva, al juicio de los usuarios. El Estado no está llamado a adjudicar las viviendas, sino los ciudadanos a adquirirlas en condiciones justas  y, por consiguiente, a cuidarlas como algo propio y ganado con su esfuerzo.

Una vivienda sin ciudad nos va convirtiendo en náufragos. El punto de partida y la meta no puede ser lograr una cantidad de viviendas cuyo valor será nulo si lejos de crear una mejor ciudad la degradan y empobrecen.

Aristóteles nos ofrece una referencia, o quizás un imperativo: “Por naturaleza, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, ya que el conjunto es necesariamente anterior a la parte.”

Hay otro párrafo del mismo filósofo que debe orientar estas relaciones entre la parte y el todo: “La ciudad tiene su origen en la urgencia del vivir, pero subsiste para el vivir bien”.

Boulevard Libertador

Avenida Libertador

Avenida Libertador

La Libertador debe pasar de ser una avenida que hunde automóviles a un boulevard que libere ciudadanos.  Hace falta generar contextos que dignifiquen los elementos, y no elementos que destruyan a su contexto.

Un ejemplo de la obsesión política por el número de viviendas olvidando el compromiso de hacer una ciudad más digna se ha dado a lo largo de esta avenida, al insertar torres de vivienda que no ofrecen más que cajas de celdas para habitar, sin ofrecer nada a la calle en sus plantas bajas. Se dio un gran paso cuando se dejó de edificar en los márgenes de la ciudad, pero la falta de una conciencia urbana ha generado una marginalización de la trama existente en el centro.

La avenida Libertador es hoy una larga fosa que divide la ciudad como una herida, convirtiendo una hendidura de kilómetros en uno de los recorridos más tristes de Caracas, solo animado por la transexualidad. Conquistar ese hundimiento cubriéndolo con un gran bulevar arbolado generará un contexto ideal para renovar la avenida con viviendas, comercios y espacios públicos.

En Boston se logró algo similar, con el costoso agravante de que debieron empezar por hundir una autopista y luego cubrirla. Aquí ya nos hicieron el hueco.

El Parque La Carlota

Solución ganadora al concurso Parque La Carlota, realizada por Manuel Delgado, Jorge Pérez Jaramillo y la oficina Opus Estudio, radicada en Medellín

Solución ganadora al concurso Parque La Carlota, realizada por Manuel Delgado, Jorge Pérez Jaramillo y la oficina Opus Estudio, radicada en Medellín

Caracas necesita que le cumplan la mejor de sus promesas.

Por alguna perversa ley de compensación, ocurre con absurda frecuencia que los espacios que pueden ofrecernos la mayor felicidad y dicha sean sometidos a los mayores absurdos y desidias.

Así ocurre con el actual aeropuerto de La Carlota, llamado a ser el más bello y accesible parque de Caracas y una gran plaza donde la ciudad celebre su magnífica  naturaleza y geografía. De contemplar viene la palabra templo.

Esa promesa es hoy el gran corral de Caracas, el patio trasero de la casa donde se acumula lo que sobra o nadie sabe donde colocar. Allí se da la negación de lo civil, que es el reino de lo militar.

El concurso para diseñar un parque ha sido una de las convocatorias a nuestros arquitectos y urbanistas más amplias, democráticas y fructíferas. Los resultados plantearon una visión creadora de la ciudad y entregaron una ofrenda grandiosa y vinculante a los caraqueños.

Estas posibilidades fueron saboteadas con un centro ferial inexistente y un puente, el más abigarrado de todas las autopistas de Caracas. En esa estructura para tanques de guerra se ha gastado más que lo se requería para todo el parque. Y nadie lo cruza ni tendrá sentido hacerlo mientras la Carlota permanezca yerma y militarizada.

Legislación urbana

Frontera entre La Urbina y el barrio José Feliz Rivas

Frontera entre La Urbina y el barrio José Feliz Rivas

Caracas necesita revisar y actualizar la mejor de sus tradiciones, la más universal y clásica.

El Imperio español realizó una de las gestas pobladoras más eficientes y permanentes en la historia de la humanidad. Me atrevo a decir que fundó más pueblos y ciudades que el Imperio Romano.

De los centros urbanos de nuestro país solo un 6% han sido fundados después de la Independencia. Pareciera que hemos perdido el arte de hacer ciudades al punto que el Estado hoy se concentra solo en hacer viviendas. Y las hace mal.

Las Leyes de Indias, con su propuesta de dameros y plazas, guiaron por más de tres siglos la estructura de nuestras ciudades. A mediados del siglo XX se impuso  una normativa de inspiración anglosajona basada en porcentajes de ubicación y construcción, separación de funciones y el aislamiento de las edificaciones. Fue la muerte del urbanismo y el nacimiento de las urbanizaciones y otros aislados desarrollos. Pasamos de una trama ordenadora a una red disgregadora.

Los pobladores, al haber perdido la tradición que los congregaba, se irían marginando. Los más ricos en sus torres aisladas, los más pobres en una red sin trama ni espacios públicos estancada en una eterna provisionalidad. Esta es hoy la imagen fundamental de nuestra ciudad y uno de sus problemas esenciales.

Un sistema de plazas

Plaza Los Palos Grandes, diseño de Edwin Otero

Plaza Los Palos Grandes, diseño de Edwin Otero

Lo que es bueno y posible debe repetirse con justicia.

Después de décadas en las que las plazas, lejos de nacer, morían, la alcaldía de Chacao logró hacer en Los Palos Grandes una nueva plaza que resultó ser hermosa, amada por sus vecinos y admirada por todos los caraqueños. Este ejemplo de espacios privados convertidos en públicos puede y debe reproducirse a lo largo de toda Caracas.

Estableciendo una distancia similar a la que existe entre la plaza Los Palos Grandes y la plaza Altamira podríamos ir creando un sistema de remansos y encuentros que vaya tejiendo a la ciudad, dándole centro e identidad a sus partes.

Las plazas no deben ser hechos aislados sino un bordado de episodios que le de sentido y vida a la trama. Tan importante como estar en una plaza es desearla, presentirla, vislumbrarla, caminar hacia ella.

Un paseo desde Petare hasta Catia

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Caminante no hay camino, el camino se hace al andar por la ciudad.

En el 2067 el caminante será el gran protagonista de la ciudad y, ya no más, el automóvil. Para lograr esta meta necesitamos de un sistema con una columna vertebral de la cual vayan surgiendo ramificaciones y alternativas.

Tenemos la fortuna de ya contar con gran parte de este gran eje. De la plaza Sucre en el casco colonial de Petare bajamos a la Francisco de Miranda, que tendrá aceras aún más esplendidas que las diseñadas para la alcaldía de Chacao por Carlos Agell. Hay que aprovechar que Caracas te regala el verde y poblar este paseo con árboles. Caminando siempre hacia el oeste pasamos al lado del Parque del Este, que nos ofrecerá algo más que una cerca de alambre, y del parque de La Estancia, que aportará mucho más que su muro ciego y mezquino. Así llegamos a la plaza Altamira y continuamos hasta el final de la Miranda. En la plaza Luis Brión se inicia el boulevard Sabana Grande, luego la Gran Avenida y ya estamos en la plaza Venezuela, centro geográfico de la ciudad y la mitad de nuestra jornada. Comienza entonces el Parque Los Caobos, y por entre los Museos de Ciencias y de Bellas Artes llegamos al  Parque Vargas. Lo recorremos hasta a la plaza Diego Ibarra, y a través del Centro Simón Bolívar pasamos a la plaza Caracas. Desde allí vemos a la plaza O’Leary de El Silencio y el parque El Calvario, el más romántico de Caracas. Ya  solo falta crear un paseo a lo largo de la avenida Sucre para llegar al parque del Oeste y culminar en el boulevard de Catia, donde podemos desayunar en el mercado, pues esta excursión urbana es para tempraneros.

Según Google Maps el recorrido es de unos 19 kilómetros y nos tomará cuatro horas. Es poco tiempo y longitud para ser la ruta que nos congregará en el civilizado arte de caminar por una ciudad. Y no hace falta hacer el recorrido de punta a punta, es suficiente con saber que existe, que nos aguarda.

La naturaleza

Propuesta de un sistema de áreas verdes en la solución ganadora del concurso Parque La Carlota

Propuesta de un sistema de áreas verdes en la solución ganadora del concurso Parque La Carlota

Hay que partir de un acucioso estudio de la historia de nuestro paisaje y sentar desde él las bases para el renacimiento de nuestro paraíso, perdido por buscarlo cuando lo teníamos en nuestras narices.

Nuestra legislación urbana debe declarar a la naturaleza protagonista principalísima en el diseño de Caracas. En Túnez una ley establece que ningún edificio será más alto que la palmera más alta. Hay un hermoso ejemplo de esta política en las avenidas de La Florida que llevan los nombre de sus árboles: “Los Samanes”, “Los Jabillos”, “Las Acacias”. Algunos aún prevalecen frente a los edificios que han ido sustituyendo las antiguas quintas.

Los paisajistas son considerados los últimos convidados a la fiesta del diseño y están siempre entre los que llegan después, a veces demasiado tarde. Vienen a cumplir con la máxima que establece: “los médicos cubren sus errores con tierra, los arquitectos con hiedra”. El paisajista ha pasado a ser un invitado de relleno, cuando su verdadera vocación es fundacional.

La esencia de la personalidad de Caracas está en su naturaleza. Ella es tan bella y omnipresente que nos adormece. El Ávila, la luz y las brisas nos convierten en alucinados espectadores de profusos dones. Comprender de una vez por todas que en esta ciudad el paisaje es el principal escenario le otorgará a nuestra arquitectura un justo, sereno y clarividente segundo lugar; sólo entonces nuestro anestesiante esplendor dejará de ser la causa solapada de nuestra miseria física y espiritual. El paisaje es nuestro principal patrimonio y debe ser nuestro más fecundo matrimonio. Los paisajistas tienen que plantear las directrices fundamentales de lo urbano y ser los sumos sacerdotes de esta ciudad que se abre desde su valle como una invocación a su espléndido cielo.

El Barrio

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Dueño de la quebrada y de las pendientes imposibles constituye una arquitectura más genuina y representativa de nuestra realidad que aquella a la que circunda. Contiene décadas de esfuerzos y la sabiduría de la emergencia.

En las crónicas de los orígenes de Caracas leemos como una ranchería se convirtió en un damero estable bajo los simples principios de Las Leyes de Indias. En un plano de 1775, llamado “Plan de la Ciudad de Caracas, con división de sus barrios”,  constatamos que en el origen de Caracas el barrio era la célula fundamental. ¿En que momento pasó a denominar aquello que la ciudad desprecia y abandona a su suerte? Con el tiempo la excepción se ha ido convirtiendo la regla. Una simple ley de proporción ha hecho que lo informal sea la imagen más formal.

En su libro De la cuadrícula al Aleph: perfil histórico y social de Caracas, Francisco Ferrándiz narra un episodio que revela la distancia que media entre lo que Lefevbre denominó “representaciones del espacio”, o espacios abstractamente planificados, y las percepciones y usos de los habitantes de dichos espacios:

“Sin duda, la metáfora más idónea del fracaso político y urbanístico del dictador Pérez Jiménez puede encontrarse en el paradójico devenir de una de sus principales intervenciones en el marco de su plan para controlar los barrios. El gobierno encargó al Banco Obrero un estudio cuya finalidad era explorar las posibilidades de crear espacios de vivienda popular de forma masiva para así detener la proliferación de la ciudad informal en los cerros de Caracas, cuyas laderas alojaban, según estimaciones de la época, más de 40.000 ranchos en 1950”.

Estos superbloques no consiguieron solucionar el problema. Aún más dramático ha sido lo que se ha generado alrededor de si mismos: una exacerbación de lo que se pretendía resolver.

Medio siglo después aún se insiste en la misma receta. El Estado no está llamado a hacer viviendas sino a generar las condiciones para que la ciudad nos permita vivir generosamente, aportando nuestro esfuerzo y participando en las decisiones.

Estructura urbana

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Plano de Caracas (1775)

París tiene sus veinte arrondissements, New York sus cinco boroughs, Barcelona sus diez distritos. ¿De qué está formada nuestra ciudad, de urbanizaciones, de barrios, de sectores, de parroquias, de alcaldías, de municipios, de comunas? Hasta a la Alcaldía Metropolitana le salió la competencia de otro ente paralelo e inventado llamado Gobierno del Distrito Capital.

El primer plano que definió las composición nuestra ciudad  es el ya citado “Plan de la Ciudad de Caracas, con división de sus barrios”. Este dibujo de 1775 nos presenta una ciudad colonial de unas 256 cuadras formado por las parroquias Altagracia, Candelaria, San Pablo, Santa Rosalía y Catedral. Cada una con un centro definido por una plaza y una iglesia. Todas mantienen las mismas proporciones, funciones y leyes de crecimiento que el resto de la trama. Existe una continuidad entre las partes, una homogeneidad, una totalidad donde, al mismo tiempo, el ciudadano encontraba una unidad vecinal donde podía ejercer sus deberes y derechos con un sentido de pertenencia.

Hoy en día Caracas carece de una estructura coherente conformada por unidades de escalas semejantes y adecuadas, pues la actual división en cinco alcaldías presenta discrepancias enormes. La alcaldía Libertador ocupa 433 kilómetros cuadrados y tiene unos dos millones de habitantes. La alcaldía de Chacao tiene unos setenta mil habitantes, un tamaño ideal, y sus límites coinciden con los de la original parroquia San José de Chacao.

El último plano en ofrecer una división homogénea y basada en un mismo criterio fue realizado en 1959 por el presbítero Carlos Rosales, quien trazó los límites de las 68 parroquias eclesiásticas de la Caracas metropolitana. Esta lógica y tradicional estructura establecida por la iglesia nos ofrece un importante punto de partida y de reflexión.

A veces nuestra religión tiene una idea del espacio urbano más sana que la establecida por la política. Por algo se autotitula católica, apostólica y romana. Fue capaz de organizar una ciudad medieval y conducirla a través del renacimiento hasta crear la extraordinaria Roma del barroco. Algo podemos aprender.

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Los círculos y una huella de identidad; por Federico Vegas

Dicen que la vida tiene etapas que se oponen, o se compensan. Primero entras en una centrífuga que te va alejando del eje desde el cual giras. Años después, o meses, o horas, pues también existen ciclos diurnos y nocturnos, te vas haciendo concéntrico, recogiéndote en círculos que se van cerrando hasta regresarte al punto

Por Federico Vegas | 7 de enero, 2017

Dicen que la vida tiene etapas que se oponen, o se compensan. Primero entras en una centrífuga que te va alejando del eje desde el cual giras. Años después, o meses, o horas, pues también existen ciclos diurnos y nocturnos, te vas haciendo concéntrico, recogiéndote en círculos que se van cerrando hasta regresarte al punto de partida. De niño me asomé a los círculos centrífugos escribiendo en un cuaderno mi primera dirección:

Yo, mi cuarto, quinta El Pinar, calle Cachimbo, Los Chorros, Caracas, Venezuela, Suramérica, Hemisferio Occidental, planeta Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, el infinito”

Era emocionante elaborar esos listados cuyos dos extremos, el que se inicia en nuestro interior y el que termina en la nada, nos asoman a vistas fascinantes y abismos tenebrosos. Por un tiempo me entusiasmaron las órbitas más amplias hasta llegar al supercúmulo de las galaxias. Estas distancias a las que no llega la luz lucían tentadoras y alguna vez pude imaginar su música interestelar, pero al pasar del medio siglo comencé a perder el interés por dimensiones que requieren cohetes o transmigraciones y ahora solo me concibo en el contorno donde me acuesto y me levanto. Ya lo decía Montejo:

“Por todos los astros lleva el sueño
pero solo en la tierra despertamos”

Y también Paul Éluard:

“Hay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti”

Ralph Waldo Emerson proponía que el ojo es el primer círculo y el horizonte que genera la mirada es el segundo. Para la escala de mi horizonte Venezuela es demasiado amplia e imprecisa. Mi vida y hasta mis sueños se conforman con los bordes de una circunferencia que coincide con el valle protegido por El Ávila y las colinas del sur donde ahora vivo. Otra cosa es que mis hijos, regados por el mundo, me obliguen a visitar otras ciudades donde no me gustaría morir ni resucitar.

El deseo de volver a un centro que quedó atrás se manifiesta de diversas maneras. A veces sueño con volver a mi colegio en los tiempos de cuarto grado, otras veces al Chuao de mi adolescencia, o a un pueblo frente a la playa llamado Caruao. Una de las opciones que más me atraen es aquel anillo de Los Chorros donde busco mi infancia en un hogar que ya no existe. Al no contar con la quinta El Pinar y los pinos en cuya copa me mecía, suelo entrar en un lugar inexplicable que llaman “Los Galpones de Los Chorros”.

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Jardines del Centro de Arte Los Galpones. Créditos fotográficos: Walther Sojo y centrodeartelosgalpones.com

Digo inexplicable porque no se entiende su existencia y menos aún la persistencia de este “Centro de Arte”. Es un recinto que parece vivir a contracorriente: mientras más hostil y desangelada se nos va haciendo la ciudad, más paz y serenas sorpresas encuentro en Los Galpones. Es quizás una aldea sitiada, pero también puede ser un foco de reconquista y una clave de lo que puede ser Caracas. Apenas me adentro en su trama de árboles y salas de exposición me invade la cálida interioridad de los retornos. Cuando termina la visita a las galerías y vuelvo a la calle, algo de infinitud se viene conmigo y soy otra vez un poco centrífugo, y hasta excéntrico.

Una tarde de diciembre, mientras las puertas de Caracas se iban cerrando por la llegada de una Navidad que se manifiesta como un éxodo, cumplí con el ritual de volver a Los Galpones y entré en una de sus galerías, “Espacio Monitor”, como si fuera la habitación donde guardaba mis juguetes. En toda buena exposición hay un artista que se expone al colocar la carne de su alma en un asador , y otros que damos vueltas a la parrilla sin darnos cuenta de cuánto está en juego. Está bien, no hemos sido convocados para entender la totalidad sino para presentir algo que nadie puede predecir ni conducir.

La actual muestra presenta ocho artistas con obras cuyo soporte son las paredes. Están más cerca del mural que del cuadro. No hay marcos ni pedestales, lo que le da al lugar una atmósfera de permanencia. “Contra la pared”, es el título que los congrega, como si una fuerza los apuntara en medio de un conflicto, una sensación que acompaña a todo caraqueño. A los ocho los une esta condición; todos han sido, son o serán algún día, habitantes de una Caracas abatida por una profunda crisis.

Esta convocatoria me recuerda —para continuar con mi obsesión circular— aquel “Circulo de Bellas Artes” formado por unos jóvenes caraqueños que comenzando el siglo XX se rebelaron contra la Academia y su director, Antonio Herrera Toro. De ahí va a surgir la llamada “Escuela de Caracas”.

Pienso que lo de “círculo” y “escuela” podría intercambiarse. Después de la ruptura con la Academia surge una nueva “Escuela de Bellas Artes”, y será una segunda generación la que expandirá esta renovación a un “Círculo de Caracas” que tendrá vigencia hasta los años cincuenta.

San Agustín propone que Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. El Círculo de Caracas no llegó a tanto, pero la imagen es más acorde con un grupo de artistas que no tenían un lugar de reunión o espacios expositivos permanentes, ni formaron una asociación o alianza, ni emitieron un manifiesto de adhesión a determinados conceptos. Solo los unía una actitud más realística ante el paisaje, una tendencia basada en una observación de la atmósfera y topografía del trópico que tendría como protagonista inicial el valle de Caracas. Por esta razón me resulta tan íntimas y familiares las propuestas de estos maestros, son imágenes de mis confines y del paisaje que ahora mismo, con una diferencia de ángulo y a más de medio siglo, tengo al frente mientras escribo.

Vista al Ávila desde Boleíta (), de Manuel Cabré

Vista al Ávila desde la laguna de Boleíta, de Manuel Cabré

Esa tarde de un diciembre que moría al nacer, sentí que había llegado a un nuevo círculo de Caracas mucho más amplio y divergente, formado por artistas que trabajan regados por el mundo como semillas esparcidas por una política de huracanes.

De izquierda a derecha: Espacio Monitor, “Contra la pared”

Galería “Espacio Monitor”, de la exposición Contra la pared

Como no puedo hablar aquí de todos los convocados, voy a centrarme en la propuesta de Arturo Herrera, un creador que me atrae por varias razones. La primera se basa en otro cruce de nombres que resulta sugerente. Esa fusión del sublime Arturo Michelena con el temible Antonio Herrera tiene que significar algo. Y en esto no puedo estar equivocado, porque todo artista venezolano debe sentirse descendiente de esos padres eternos y disfrutarlo, pero pocos cargan con ambos en su nombre y en su apellido, como si te impusieran el compromiso de un hijo elegido.

Conocí a Arturo Herrera en un almuerzo donde exhibió unos silencios casi monásticos. En ese momento no conocía su pintura, solo sabía que trabaja en Berlín, y ante sus modales y figura aséptica me dije: “Este tipo es cura o cirujano”. Acerté en ambas cosas.

A medida que nos acercamos a su obra se hace cada vez más evidente una atención escrupulosa y esa es la esencia de toda religión: una entrega consagrada y permanente que va desde las ideas hasta la meticulosa factura. En este quehacer está presente lo que le intuía de cirujano, pues su instrumento principal parece ser el bisturí, o un exacto prodigioso que ni le falla ni lo cansa.

Este procedimiento que supone una elección en cada corte nos asoma a su visión de la creación. Algunos suponen que Dios creó el mundo agregando elementos a un vacío durante una ardua semana. Otros creen que su labor fue eliminar lo inútil y lo caótico de un barullo ilegible, y desde entonces toda creación científica o artística parte de una elección frente a la infinita multiplicidad de la vida.

El trabajo de Arturo se ha multiplicado a diversos temas y medios de expresión que solo he visto y admirado en la web. Las únicas obras que pude casi tocar parten de formas que extrae —o abstrae— con su bisturí de figuras clásicas de Walt Disney, ese mundo de la fantasía inventado por un hombre que alguna vez se confesó culpable por no haber referido su obra al paisaje y la historia norteamericana, y, cuando por fin hizo el intento, comenzó a irle bastante mal.

A Knock (2000), de Arturo Herrera

A Knock (2000), de Arturo Herrera

En la posibilidad de esta vuelta a lo autóctono está la clave de la obra que más me conmovió de la exposición: en el muro que Arturo intervino con figuras que parecen extraídas de una realidad misteriosa pude ver el verde profundo de los árboles de Los Chorros.

Paradójicamente, lo que más me emociona es que quizás no lo haya hecho adrede, sino sea simplemente algo que sucedió, como tantos otros prodigios que le acontecen a los caraqueños cuando regresan a Caracas.

Esa percepción del color no la tuve el día de la visita, sino dos noches más tarde, cuando comencé a leer una novela de Jamaica Kincaid: Autobiografía de mi madre. La madre de Jamaica murió mientras ella nacía, así que es una biografía construida mediante ausencias y espectros que se manifiestan a través de la naturaleza, como cuando describe el camino a la casa de su padre:

“Al doblar cada curva aparecía el color verde oscuro de los árboles que crecían con una ferocidad que ninguna mano había intentado todavía restringir, un verde tan implacable que alcanzaba al mismo tiempo una gran belleza y una gran fealdad y, sin embargo, también una gran humildad. Era, existía en si mismo: no se le podía añadir nada; no se le podía quitar nada”

Ese verde feroz, bello e implacable en su oscuridad, lo conocí de niño en los árboles orgullosos de sus sombras que crecen sin moderación en Los Chorros, “como si la belleza residiera en el tamaño”, y tuve la enorme suerte de volver a verlo este diciembre estampado contra un muro blanco.

Mural de Arturo Herrera

Vuelve, de Arturo Herrera

¿Cómo se nos presenta el verde de esos árboles? No estamos ante el entramado de sus hojas. La aventura a que nos invita va más hacia dentro. Una frase de Gottfried Benn me ayuda a entender lo que siento, no necesariamente lo que veo:

Para aquel que se esfuerza en dar expresión a su interior, el arte no es algo pertinente a las ciencias humanas, sino algo tan físico como las huellas digitales”

No puedo asegurar que estamos ante la huella de identidad de un árbol caraqueño ampliadas con gozo desde un taller en Berlín, pero no hay duda de que el mundo interior de un hombre se ha integrado al mundo interior de algo… algo que a lo mejor no tiene nada que ver con los árboles, ni con Los Chorros, ni con Caracas, ni con mi infancia, y sea una operación de cirugía aplicada al bosque de Bambi a raíz de la muerte de su madre.

Esa tarde no me importaban las causas, los orígenes, solo los efectos, y di las gracias por haberme sentido por un instante contra la pared y en el centro de un tiro al blanco, pero esta vez bajo la mira de Dios.

En el Timeo de Platón se habla mucho de círculos y regresos:

“La unidad perfecta del tiempo, o año perfecto, se realiza cuando las ocho revoluciones de velocidades diferentes han vuelto a su punto de partida, después de una duración medida por el círculo de lo mismo y de lo semejante”

Timeo se refiere a las revoluciones de los astros, que sin duda son más de ocho, pero lo importante no son sus aciertos o desaciertos astronómicos, sino cuánto nos reconforta la belleza de estos párrafos, que escuchó con deleite el propio Sócrates. Hay tantas sugerencias y presagios en “un año perfecto”, en volver al “punto de partida” de un círculo donde se unen y equilibran lo mismo y lo semejante. Para no habar de “las ocho revoluciones de velocidades diferentes” que presentan los convocados al Espacio Monitor, quienes en su marcha a través del cielo necesitan volver periódicamente sobre si mismos, y esta vez se reunieron en un salón de Los Chorros ubicado en Caracas y en la Vía Láctea.

Desde mi afán por buscar el eje donde giramos, no le exigiría propiedades astrales a ese año perfecto, solo un poco de ayuda para unir el yo y el infinito con un mínimo de dolor y tanto placer como haga falta.

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12 notas de fin de año; por Federico Vegas

I Cuando el capitán inglés James Cook llegó a Australia en 1770 le preguntó a los nativos cuál era el nombre de unos extraños animales que llevaban las crías en unas bolsas pegadas al vientre. “Kan ghu ru”, le contestaron y como “canguro” quedó en los diccionarios. Años después se supo que en el idioma

Por Federico Vegas | 30 de diciembre, 2016
Fotografía tomada de la cuenta personal de eljoja en Flickr bajo Creative Commons

Fotografía tomada de la cuenta personal de eljoja en Flickr bajo la licencia Creative Commons

I

Cuando el capitán inglés James Cook llegó a Australia en 1770 le preguntó a los nativos cuál era el nombre de unos extraños animales que llevaban las crías en unas bolsas pegadas al vientre. “Kan ghu ru”, le contestaron y como “canguro” quedó en los diccionarios. Años después se supo que en el idioma aborigen “kan ghu ru” significa “no te entiendo”.

En nuestros afanes de diálogo no sé quienes son los ingleses y quienes los aborígenes, pero sí quienes son los que damos brincos desesperados cargando con las crías.

II

Tengo un título para un ensayo que no avanza: “El gobierno no tiene quien le escriba”. La procedencia del título es tan obvia que voy a quitarme de encima el peso del cuento de García Márquez revelando el final:

La mujer sacude al coronel por la franela mientras le pregunta:

—Dime, ¿qué comemos?

El coronel necesitó la vida entera para llegar a sentirse puro, explícito, invencible, y poder responder:

—Mierda.

El gobierno tampoco tiene quien le escriba mientras se jura cada vez más puro, se hace descaradamente explícito y exhibe con más ínfulas la perversión de creerse invencible; y de paso, vamos comiendo cada vez más mierda.

O deberíamos decir que no existe quien escriba “bien” del gobierno, porque los ensayistas hemos gastado nuestras municiones atacándolo con antibióticos que fortalecen la enfermedad, los novelistas comienzan a incluirlo como una peste que todo lo invade, los poetas simplemente lo ignoran como una metáfora contaminante.

III

Amanece en Caracas. La montaña luce feliz. Los pájaros van callando. La luz parece que acabaran de inventarla. La temperatura ayuda a creer que Adán y Eva sí andaban desnudos en el Paraíso. ¿Cómo creer que estamos en el escenario de un infierno?

IV

Consciente es tan distinto a consiente.

Una persona consciente es responsable de sus actos y trata de minimizar las consecuencias negativas y aprovechar las positivas.

Una persona consiente cuando autoriza o permite que los demás hagan una cosa o no se opone a lo que quieran hacer.

Según esto somos una oposición inconsciente que consiente.

V

¿Qué nació primero, la gallina de la culpa o el huevo del delito?

Es posible que los delitos se originan en una culpa no resuelta y hablar de un Gobierno culpable se refiere a su origen psíquico más que a las consecuencias de sus actos.

VI

El gobierno sí tiene quien le escriba. Lo que sucede es que sus escritores han desistido de una literatura interpretativa para concentrarse en un manual de acciones específicas utilizando el género de la telenovela: construcción de los personajes, diálogos del día, creación constante de nuevos dramas secundarios, definición y consolidación de malos y buenos, estrategias para que la historia no tenga final.

VII

El poeta ruso Joseph Brodsky proponía que para sobrevivir bajo la presión totalitaria, el arte debe aumentar su densidad en proporción directa a la magnitud de la presión a la que se ve sometido.

Según esta misma ecuación, a medida que la presión totalitaria aumenta, lo que el gobierno haya tenido de carga poética se va licuando como tinta en el agua. Los que mandan deben estar concientes de esta merma para tomar una medida tan extrema como poner al Presidente a bailar salsa. Ciertamente la salsa es un medio muy directo y telúrico, pero está en su esencia etimológica el peligro de ponerse piche, o de cortarse.

VIII

A Maduro no podría juzgarlo la MUD, ni siquiera el Tribunal Supremo de Justicia, solo la Radio Rochela hubiera podido emitir un juicio justo.

IX

La novela es un instrumento para enfrentar el poder desde la derrota y la fragilidad. La frase me gusta; tiene incluso una razonable dosis de paradoja y la resumo: “La historia la escriben los triunfadores y las novelas los derrotados”. El ejemplo más reciente es Adiós Miss Venezuela, donde hasta Osmel Souza es derrotado, y lo goza.

¿Cómo diablos se enfrenta el poder desde tan devastadas circunstancias? No me refiero al poder como una meta objetiva e inmediata a la que queremos acceder, sino a la tarea de denunciar su enfermiza permanencia, sus misteriosos y ocultos mecanismos, desde una apuesta en la que podríamos perderlo todo.

X

El referéndum revocatorio es lo mejor que tiene nuestra constitución, y lo más innovador. Habría que hacerlo obligatorio para todos los cargos. Nada de recoger firmas que luego sirven para que te persigan. Debe ser automático, así los gobernantes vivirán asustados y se desvivirán haciéndolo bien, y sabrán que son servidores y que los tienen en la mira, y si se corrompen les darán una buena revisada.

Paradójicamente es el derecho que ha sido más maltratado: lista de Tascón, firmas planas y aplazamientos hasta llegar a su desaparición definitiva. En tiempos de absoluta incompetencia y corrupción nadie ha sido revocado.

XI

Un amigo dominicano quiere que le explique la situación del país. Le aseguro que estaríamos perdiendo el tiempo, porque ni él sería capaz de entenderla ni yo de explicarla. Me mira molesto y me asegura que vale la pena que hagamos el esfuerzo.

Le preguntó:

—¿A cuánto estaba el peso con respecto al dólar en los años ochenta?

—Creo que en unos 26 pesos por dólar.

—Imagínate que hoy necesitaras 26.000.000 de pesos para comprar un dólar.

No responde. Su expresión parece la de las vacas cuando observan el pasto de los potreros después de comer. Lo que le acabo de decir necesita cuatro estómagos para digerirlo. Por fin logra hablar:

—No entiendo.

—Yo tampoco —respondo, feliz de que podamos pasar a otro tema.

XII

Él nunca imagino que sería tan manoseado, de ida y de vuelta. De aquella moneda brillante que los niños mirábamos como un tesoro, al arrugado papel que vale más que su imagen aunque esta se haya multiplicado por mil y por cien.

El otro día que contaba billetes con rapidez, no sé si para llevarlos o al retirarlos del banco, la secuencia de rostros pareció convertirse en un dibujo animado y fue surgiendo una expresión de disgusto que parecía decir: “¡Para ya, coño!”. Pero iba por la mitad y continué sin perder el ritmo de tahúr en los dedos, evitando mirar unos ojos que se cerraban bajo el peso del dolor y un suspiro: “Hasta cuando me cuentan sin tomarme en cuenta”.

Sobre la fe en la esperanza de los ilusos; por Federico Vegas

Todos conocen la usual trilogía donde confluyen “fe, esperanza y caridad”, las llamadas virtudes teologales, o hábitos que Dios nos infunde para que ordenemos nuestro trato con él, una exigencia que les impone un peso insoportable. En este ensayo escrito en el 2007, preferí sustituir a la caridad por la ilusión, por parecerme una mejor

Por Federico Vegas | 14 de noviembre, 2016

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Todos conocen la usual trilogía donde confluyen “fe, esperanza y caridad”, las llamadas virtudes teologales, o hábitos que Dios nos infunde para que ordenemos nuestro trato con él, una exigencia que les impone un peso insoportable. En este ensayo escrito en el 2007, preferí sustituir a la caridad por la ilusión, por parecerme una mejor vecina de la fe y la esperanza. Lo retomo, hoy, a finales del 2016, por sentir que tanto la fe, como la esperanza y la ilusión, viven en un revoltillo, en un promiscuo revolcadero que no cesa.

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Sobre la fe en la esperanza de los ilusos

Exploremos algunas palabras que significan una cosa pero que también pueden sugerir su contrario; palabras con trampas, con lastre; palabras que pueden incluso encajarse en nuestro lenguaje hasta configurar un pensamiento paralelo y algo alelado.

Imaginemos un hombre que por más que elabore y prolongue sus ideas, éstas no lleguen a reflejar aquello que realmente siente. O algo peor aún, supongamos que sus pensamientos son enemigos de la solución al problema que se ha planteado. Es como si al tener frío dijera que tiene calor y, mientras el frío más lo atormenta, él más se quejara del calor que hace; y de esta manera, mientras más arduamente reflexiona, más se aleja de su meta, hasta transformarla en un espejismo, en una imagen de su propio extravío. Supongamos también que estos desvaríos se deban a que nuestro hombre, sin saberlo, ha trastocado el significado de sus palabras más queridas, más utilizadas y veneradas, al no haber asumido el ancestral peso y las peligrosas dualidades que ellas soportan.

Joseph Brodsky nos advierte, con sutil vehemencia, sobre cómo nuestro equilibrio interior depende de nuestro vocabulario: “Acumular aquello que no ha sido expresado del todo o con propiedad puede desembocar en la neurosis”. Podemos llamar incontinencia o indigestión a este acaparamiento verbal. Lo importante, insiste Brodsky, es que la expresión no debe rezagarse por demasiado tiempo de la experiencia.

Revisemos ahora tres palabras con las cuales más de una vez nos hemos llenado la boca y el alma sin tener idea de lo fácil que es extraviarse en ellas. Hurguemos en el sentido de la “esperanza”, de la “fe” y de la “ilusión”; términos que en nuestros días se vienen acumulando cual si fueran frutos salvajes, o prendas abandonadas en una tintorería.

Sobre la esperanza

La esperanza comienza su larga historia negándose a salir de la caja de Pandora. Hesíodo y Esquilo la temían por ambigua, pero es Eurípides quien, en Las suplicantes, sentencia sin tapujos: “Engañosa esperanza, que ha desordenado muchos Estados”. Estos juicios y recelos no ayudaron a que la esperanza llegara a entrar en el culto oficial ateniense. Epicúreos y estoicos no la incluyeron en sus sistemas.

Pandora era una especie de Eva, quizás más bella, más tonta y mas curiosa. Zeus se la ofrece con muy malas intenciones a Epimeteo, el hermano de Prometeo, quien había logrado encerrar a la vejez, a la fatiga, la enfermedad, la locura, el vicio, la pasión, y también a la esperanza, en una caja que jamás debería abrirse. Pero ocurre que Pandora, al igual que Eva frente a la manzana, no resiste la tentación de lo prohibido y abre la caja. Hesíodo nos cuenta que los males brotaron como una nube desastrosa y se esparcieron por toda la tierra. Sólo quedó dentro de la caja la esperanza, la cual, “con sus consejos falaces y sus pobres consuelos disuadió a los atormentados hombres de cometer un suicidio general”.

Este episodio, tal como lo narra Hesíodo, es tan terrible y confuso como la sentencia de Yahvé al negarnos el Paraíso. Pareciera que algo no funciona en el texto de Hesíodo, o será acaso en la traducción. ¿Cómo operan esos consejos falaces y esos pobres consuelos, si la esperanza nunca salió de la caja? ¿Cómo agradecer, si las ignoramos, esas mentiras que nos distancian de un suicidio masivo? Pareciera más bien que ha ocurrido lo contrario: gracias a que la esperanza ha permanecido en la oscuridad de su encierro, los hombres aún no hemos enfrentado su terrible faz y el pavor de sus pastosos vacíos. Desconociendo su verdadera naturaleza es como logramos soñar con sus encantos y sobrevivir.

Con los siglos la esperanza mejorará su imagen y conocerá épocas que se han aferrado a ella con histérica paciencia. Con el proverbio: “La esperanza es lo último que se pierde”, la sabiduría popular ha sabido resumir tanto su mitología como las veleidades de su encierro.

Sobre la fe

En su libro De paganos, judíos y cristianos, Arnaldo Momigliano nos cuenta que fue en Roma donde la diosa de la Esperanza encontró por fin un albergue decente. Curiosamente su primera casa fue un templo dedicado a la “esperanza vieja”, aunque los romanos imaginaban a la diosa Spes como una mujer joven y fuerte. Más tarde tendrá sitio en un segundo templo, esta vez acompañada de la fe.

Momigliano pasa a explorar el significado para griegos y romanos de esa compañera de “Spes” llamada “Fides”, la cual tiene, como suele ocurrirle a los asuntos de la fidelidad, una evolución complicada. Los romanos le otorgaron una exaltada importancia, llegando a definirse a sí mismos como el pueblo de la “fides”En su templo se celebraban asambleas del Senado y se archivaban documentos sobre relaciones internacionales. Fides era la protectora de los juramentos y base de la confianza en las relaciones de los hombres, reflejada en cosas tan prácticas como el crédito comercial. Nuestro clásico apretón de manos era para los romanos un acto de fe.

Los griegos también asociaban la fe al apretón de manos, pero no tanto al acto de unirlas como al de separarlas, a ese último gesto entre los que mueren y los que continúan viviendo. La fe de los griegos, llamada pistis, se refería a un vínculo emocional entre vivos y ancestros, entre el presente y el pasado.

Los romanos asimilaron también este sentido de “fides” en sus creencias tradicionales, honrando aquello que ya sucedió pero que sigue vigente. Durante la república predominó esta fe similar a la lealtad y a la sinceridad. La fe era lo que le daba valor objetivo a una promesa, a un juramento.

Durante el Imperio la fe agarra vuelo y pasa de alimentar la confiabilidad a nutrir creencias y ciegas convicciones. Se aleja para siempre del apretón de manos bilateral y pasa a constituir la llamada in fidem populi Romani que el enemigo vencido debía aceptar. La fe comienza a referirse a la rendición ante un superior y ya no de un trato entre iguales, y comienza a nutrir pomposos títulos, como Fides Augusta, o el Fides militum, tan de moda entre nosotros.

Esta fides romana del imperio se ha alejado de la fe griega. La pistis, o fe de los griegos, era una definición de reciprocidad, una palabra demasiado igualitaria para referirse a la relación entre los dioses y los hombres, o entre dominados y dominadores. En cambio la nueva “fides” imperial se prestaba mejor a la relación que pronto iba a plantear el cristianismo entre su Dios, representado por la iglesia, y los que se autoproclamaban “fieles”. Dice Cioran: “¡Qué lástima que para llegar a Dios haya que pasar por la fe!”.

Tenemos pues una fe que sirve para “fiar”, una fe que une a los hombres a niveles más espirituales y fraternales, una fe que organiza la política de un imperio, y así llegamos a los misterios unidireccionales de nuestra fe. En consecuencia: es probable que cada vez que pronunciamos este exigente monosílabo se acentué nuestro viaje en un túnel de un sólo sentido.

Sobre la ilusión

En su Breve tratado de la ilusión, Julián Marías nos explica que la palabra ilusión se deriva del latín illusio, que a su vez procede de illudere, y finalmente de ludus: juego. Sin duda una etimología verosímil, ya que toda ilusión tiene su buena dosis de azar. Pero, ¿de qué tipo de juego estamos hablando? Illudere, para los romanos, era ciertamente jugar, divertirse, pero ridiculizando algo o alguien; de allí que illusio se asociaba a burla, a escarnio, y más tarde la palabra iba a adquirir uno de su sentidos más universales: el del engaño que perpetra el ilusionista.

Según Marías el término ilusión aparece por primera vez, oficialmente, en el Tesoro de la Lengua Castellana, de Sebastián de Covarrubias (Madrid, 1611). Aquí la ilusión comienza con mal pie: “Vale tanto como burla”, ella se da “cuando nos representan una cosa en apariencia diferente de lo que es, o por causas secretas de naturaleza, o por alteración del medio o del órgano del sentido, o por vehemente aprehensión de una cosa imaginada, que parece estar presente”. Concluye Covarrubias: “El demonio es gran maestro de ilusiones”, sólo santos como San Antonio y San Benito lograron resistir sus embates.

Esta mala reputación de la ilusión parece darse en todos los idiomas que la han tomado del latín. Existe una sola excepción, y se da precisamente en nuestro idioma. El español logra, parcialmente, rescatar a la ilusión de entre las artimañas del demonio para darle un sentido positivo, incluso a veces excelso. Pero conviene saber que tomó su tiempo estirar el espectro de la ilusión desde la desgracia de “ser un iluso” hasta la gracia de “estar lleno de ilusión”.

Lo primero que resalta de esta dualidad es que se basa en los verbos “ser” y “estar”, tan determinantes en el castellano. También podemos comenzar a suponer que el “demonio” de Covarrubias, lejos de sentirse derrotado, se sentiría complacido, dada su reconocida sutileza y agilidad, al contar con una herramienta tan atractiva y ahora con una doble faz.

Julián Marías se pregunta cómo, cuándo y porqué pasó la ilusión a incluir extremos tan distantes. El reconocimiento definitivo de un significado esperanzador ocurre en 1967, cuando el Diccionario de uso del español, de María Moliner, la define como “Alegría o felicidad que se experimenta con la posesión, contemplación o esperanza de algo”.

La poesía registró mucho antes estas felices alegrías. Para Marías, Espronceda es el pionero. Nos da como ejemplo, un fragmento de su “Serenata”:

En tu ilusión embebida,
feliz te finges, y sientes
mis caricias

Bellas líneas, pero, ¡Atención! Entre Elisa y su amado Delio, quien la arrulla, existen unas rejas y la dama debe fingir una felicidad por unas caricias que ni siquiera la rozan.

Para Marías, el significado positivo de ilusión se mantuvo por mucho tiempo en estado latente, tanteando la lengua, pero los diccionarios, como suele suceder, se mantuvieron reacios a usos tan disímiles. Una contradicción que se evidencia con claridad en los llamados diccionarios de traducción, útiles para que no se confundan con peligrosas semejanzas quienes vienen de un idioma a otro. En un breve diccionario español-francés, cuando traducen “ilusión” del francés al español, aparece como “engaño”; en cambio, cuando traducen del español al francés, la ilusión se convierte en plaisir, en espoir, en esperanza. Con esta breve receta quien cruza la frontera entre Francia y España sabrá a qué atenerse cuando se ilusiona.

En los diccionarios de sinónimos, al menos en el de Fernando Corripio de 1974, la ilusión apenas roza con “espejismo” y “ofuscación”, de resto todo es “anhelo” y “sueño”, incluso pasa por “seguridad”, “certidumbre” y “convicción”, hasta llegar a dos palabras que ya revisamos en este ensayo: “fe” y “esperanza”.

Ahora examinemos una pregunta ineludible que nos plantea el Pequeño tratado de la ilusión: ¿cuál es el origen y qué consecuencias tienen en nuestra vida estos vuelos hispanos de la ilusión? Julián Marías nos habla del caldo de cultivo que se inicia en el siglo XVII con el descubrimiento del sueño y de la ficción, no como opuestos a la realidad, sino como formas de realidad que reflejan la condición del hombre. Puede que en estos juegos de espejos y espejismos los hispanos hemos ido extraviando la perspectiva de qué refleja a qué. El Segismundo de Calderón, héroe curtido en estos afanes, unas veces esgrimió y otras fue hendido por el doble filo de la palabra “reflexión”, la cual unas veces significa reflejarse y un instante después reflexionar.

Los hispanoamericanos llevamos sobre nuestra piel estas heridas, pero también estas armas, luego más nos vale estar bien consientes de nuestra herencia de ilusiones e ilusionismo. Sin advertencias, la ilusión es capaz de hacer estragos al andar entre pensamientos que se alimenten de espejismos.

Marías asoma que esta historia española de la ilusión debe ir acompañada de una historia de la desilusión. Puede que este segundo estado anímico explique y confirme el anterior, puede incluso que sea nuestra verdadera afición y para lo que tengamos más gracia y talento. Los venezolanos, que duda cabe, nos hemos convertidos en unos maestros de la desilusión.

A diferencia de los otros idiomas de origen latino, en el español la desilusión también puede tener un significado positivo: “Conocimiento de la verdad con que se sale del engaño”, o, resumiendo: “desengaño”. Estamos pues sujetos a complejos beneficios: ilusionados o desilusionados siempre pretendemos salir ganando. En un caso nos aferramos a la esperanza, en el otro a denigrar de una verdad por perdida e inútil. Es así como el engaño se cuela entre nosotros sin mostrar jamás su verdadero rostro, semejando a la esperanza que nunca salió de su caja, y a una fe que no quiere darnos la mano y nos aplasta con el sello de una moneda que nunca ofrece su verdadera cara.

Nota: así llegamos al final del 2016. Nuestra situación me recuerda el cuento de Raymond Carver: “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Esa es la palabra que se lleva el premio de “Piquete al revés”. El Gobierno la utiliza con tan sádica truculencia que la Real Academia está pensando en agregar una acepción:

 

15. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia suficiencia, repele y aborta el encuentro y la unión con otro ser.

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Vidas paralelas; por Federico Vegas

Plutarco se dedicó a comparar personajes de Grecia y de Roma que tuvieron oficios e intereses similares, como Alejandro y Julio César, Demóstenes y Cicerón. Las vidas que intentaré explorar son menos heroicas y mi análisis ciertamente será menos sabio, apenas un vuelo rasante. Son personajes que han vivido en el mismo tiempo histórico y

Por Federico Vegas | 4 de noviembre, 2016

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Plutarco se dedicó a comparar personajes de Grecia y de Roma que tuvieron oficios e intereses similares, como Alejandro y Julio César, Demóstenes y Cicerón. Las vidas que intentaré explorar son menos heroicas y mi análisis ciertamente será menos sabio, apenas un vuelo rasante. Son personajes que han vivido en el mismo tiempo histórico y en un mismo país, lo que acentúa tanto las similitudes como las diferencias, al punto que sus trayectorias pueden parecernos más perpendiculares que paralelas.

Presento dos casos, dos paralelismos. El primero me atrajo porque trata de los inicios, de lo determinante que pueden ser los puntos de partida, la promesa o la condena de un comienzo. El segundo me llega más cerca pues trata de los finales, de cómo la vida nos lleva unas veces al margen y otras al centro, y de las ambigüedades y trampas de estas elusivas posiciones.

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Yon Goicoechea (8-11-1984)– Héctor Rodríguez (26-3-1982)

Una sola vez los vi juntos. Fue en el 2007, durante un debate en Globovisión tan informal como intenso. Eran entonces dos prometedores líderes estudiantiles muy atractivos e inteligentes. Sus puntos de vista eran tan opuestos que pensé serían amigos para siempre al haber encontrado, ambos, un valiente contendor y un incitante complemento.

Lo primero que llamó mi atención fue que Héctor se refería a los compañeros de Yon como “Los muchachos”. Héctor es dos años y medio mayor que Yon, una diferencia que pesa mucho a los veinte años, pero no tanto como para usar un adjetivo que suena a barrera generacional. A lo largo del debate se hizo evidente que la verdadera diferencia radicaba en la ubicación con respecto al poder. Yon representaba a la oposición y Héctor al gobierno, y a la edad en que todo está por darse esta suerte de estatus es determinante, particularmente cuando el chavismo se perfilaba como una estructura todopoderosa y aún plantea con descaro su apetito de eternidad.

El punto central de la discusión era el cierre de Radio Caracas Televisión. Héctor defendía el cierre del canal como una medida para equilibrar a las televisoras, “en su mayoría en manos de privados”. Yon consideraba ese cierre como un atentado a la libertad de expresión y un paso del gobierno hacia el dominio completo de los medios de información.

La perspectiva sobre el tema ha cambiado mucho en diez años. Lo que entonces parecía relativo y discutible se ha ido haciendo cada vez más absoluto e irrebatible. Héctor podría hoy justificarse diciendo que era otro el momento histórico, pero las leyes de la historia suelen ser retroactivas y tienden a juzgar el pasado según los dictados del futuro. El tiempo, esa medida inexorable de lo vivido y por vivir, opera en contra de Héctor como un pantano en el que intenta avanzar mientras se hunde.

En el 2007 el gobierno celebró alborozado el talento y la juventud de Héctor. No tenía el magnetismo de Robert Serra, pero sí mucha más compostura y ponderación, la suficiente para confiarle varios sucesivos ministerios y la Vicepresidencia del Consejo de Ministros para el Desarrollo Social y Misiones. Ahora está en la Asamblea y es el mejor orador del oficialismo, al punto que hay ocasiones en que pareciera no haber otro.

Su tragedia está plasmada en una ecuación: mientras se ha ido haciendo más poderoso más se identifica con los errores de una tragedia a la que llegó tarde, convirtiéndose en el joven actor de una película empezada, Héctor va hurgando cada vez más atrás para justificar las recientes actuaciones del gobierno, diciendo que no son tan graves como la actuación del ejército en “El Caracazo” de 1989, o las suspensiones de las garantías que implantó Rómulo Betancourt en los años sesenta. Defiende el pasado reciente con un pasado remoto, pues ya no parece haber nada bueno adelante, solo cosas peores atrás, y avanza caminando de espaldas para no ver la corrupción y la incompetencia que lo rodea. La trampa que ha ido labrando con sus extraordinarias aptitudes es haberse convertido en lo mejor de lo peor cuando ya no parece haber remedio.

Los años que ha vivido Yon Goicoechea desde aquel encuentro en Globovisión resultan más propicios para una novela, y con esto intento justificar mi preferencia. La actuación del movimiento estudiantil a que pertenecía fue determinante en la única elección que perdió Chávez. Al año siguiente Yon gana el premio Milton Friedman por su labor defendiendo los derechos de los ciudadanos. Ha arrancado con buen pie, quizás demasiado rápido y demasiado bien. Él mismo cuenta que a los 22 años le “cayó la política encima como un edificio”.

La oferta de poder para un opositor no era tan precisa y grandiosa como la que recibió Héctor. El futuro lucía como una posibilidad que estaba por definirse y Yon sintió el enorme peso de expectativas para las que no tenía respuestas. Había un vacío que debía llenar y decide irse a estudiar a Columbia University.

Paralelamente, y para insistir en la posibilidad de una novela, existe una historia de amor. Me asombra cómo en la saga de nuestros actuales presos políticos aparece siempre una mujer bella, abnegada y bien dispuesta a dar la pelea. Yon debe haber sentido la tentación de convertirse en un exilado más y darle paz a su esposa y a sus hijos. Llega el 2016 y está a punto de continuar sus estudios en Europa; resulta tan fácil, tan posible, tan lógico. Pero no hay nada peor que dudar cuando sabes que el llamado de tu Patria es sagrado, y la familia Goicoechea regresa a un país que está viviendo un enfrentamiento, que no es más cruento porque un bando tiene el absoluto dominio de las armas.

Yon se encuentra con sus amigos y compañeros de partido, el más combativo y el que tiene el mayor porcentaje de presos y perseguidos. Empieza a recorrer el país, a entender el nuevo momento histórico, a sentir la insoportable tensión. Dos meses después es detenido y encerrado. Las pruebas del gobierno tienen tanto de montaje que avergüenzan al ministro encargado de presentarlas.

Si su detención fuera un incidente aislado sería un hecho rocambolesco, al borde de lo anecdótico y tragicómico, pero, cuando sabemos que es parte de un patrón aplicado a centenares de políticos se torna en algo pestilente, siniestro, enfermizo, pues la misma cantidad de casos hace que nuestra atención no se detenga lo suficiente en una injusticia cruel, enloquecida.

Algo de poética tiene que tener nuestra realidad. Me pregunto que habrá dicho Héctor cuando le pidieron ayuda para resolver una componenda tan evidente. En la novela que me gustaría escribir, Héctor va en auxilio del contrincante con quien tuvo uno de sus episodios más dignos. Desmonta la patraña y Yon vuelve a ser libre. Se dan un abrazo y ambos vuelven a la lucha.

El drama está servido para dedicarle toda nuestra atención: ¿Hacia dónde van estas dos vidas, en la plenitud de sus facultades, que aún pueden dar tantos frutos?

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Arturo Sosa (12-11-1948) – Armando Rojas Guardia (8-9-1949)

Arturo es un año mayor que Armando, quien a su vez me lleva solo seis meses. Los tres estudiamos en el mismo colegio, el San Ignacio de Loyola.

Cuando tenía unos ocho años me enviaron a un campamento de verano. Me pareció un campo de concentración y me fugué. No debo haber recorrido más de tres kilómetros pero el episodio fue un escándalo. Al final se estableció que quien estaba mal era yo, un niño más raro que rebelde. Fue una cruda manera de descubrir la racionalidad del poder.

Arturo estaba en ese mismo campamento. Siendo año y medio mayor tenía mejores armas para pasarla bien. Siempre usaba una chaqueta McGregor de las de cierre hasta el cuello. Creo que la primera manifestación de una vocación religiosa es la forma de vestirse, y en el caso de Arturo incluía una manera de mantener las manos en los bolsillos que me intrigaba. Un día me atreví a preguntarle:

—¿Qué tienes ahí?

Sonrió como si tuviera días esperando la pregunta, sacó el puño derecho con elegancia y lo abrió ante mis ojos. En la palma tenía una pequeña virgen de estaño; quizás “Nuestra Señora del buen camino”, patrona de los jesuitas.

Luego desaparece por años, aunque estudiábamos en el mismo colegio. Algo en su misma distinción e impecabilidad lo hacía invisible. Pero seguía siendo una referencia. Era la constancia de que un niño puede elegir su destino como si Dios lo hubiera elegido al nacer.

Armando Rojas Guardia estaba en un salón al lado del mío y aparece en mis recuerdos cuando tendríamos unos doce años. Puede que a esa edad ya esté todo decidido y escrito porque la imagen que tengo es la de un poeta cansado. Lo cierto es que tanto Arturo como Armando estaban fuera de lo realmente físico; nada tenían que ver con las peleas y con los deportes, pero esta ausencia no la veíamos como carencia o debilidad, sino como una fortaleza inaccesible.

En las graduaciones del colegio a mediados de los sesenta hubo una cantidad inusitada de vocaciones sacerdotales. No sé cual fue la causa y muy poco de los efectos. Arturo y Armando formaron parte de ese grupo. Pocos van a perseverar en el seminario de Los Teques. Armando desistirá, pero su vida quedará para siempre ligada a la religión.

El verbo “ligar” no es el más adecuado en el caso de Armando. Religare es uno de los posibles orígenes latinos de la palabra “religión”, y nos sugiere una suerte de religación, de vínculo supremo que nos ata fuertemente. Esta versión me cuadra mejor con el Arturo de mis recuerdos. Para acercarme al Armando que conozco prefiero partir de otra posible etimología: relegere. Esta posibilidad tiene que ver con una lectura constante, diligente, que siempre espera encontrar algo más. Una frase que una vez le escuché a Armando lo explica mejor:

—No quiero una religión en la que introduzco una pregunta y brota automáticamente una respuesta.

Esa continua búsqueda te lleva inevitablemente a los márgenes de lo inexplorado. El mismo Armando nos ha hablado con insistencia de una marginalidad que puede “dejar de ser una maldición, una condena”, y convertirse en “una genuina vocación, en una manera insólita de acceder al centro”.

“A Dios se le encuentra en los lugares periféricos, aquellos que más nos obligan a salir en voluntario éxodo hacia las afueras del yo, hacia la intemperie ética que es la acogida radical del Otro, especialmente si ese Otro es el excluido, el marginado, el que vive en la periferia”

Armando describe sin temor y con transparente generosidad cuatro marginalidades que ha convertido en cuatro pilares. Las resumo: La marginalidad del cristiano, pues la figura de un intelectual-cristiano resulta atípica, excéntrica. La marginalidad del poeta dentro de una sociedad que no propicia estados profundos de consciencia donde se haga posible la experiencia poética. La marginalidad del homosexual en una sociedad donde los homosexuales reciben la condena tácita o explícita del ostracismo. La marginalidad del paciente psiquiátrico sometido a la exclusión en clínicas y hospitales junto a compañeros de todas las edades y clases sociales.

El ser cristiano, poeta, homosexual y paciente psiquiátrico son sendas periféricas que han llevado a Armando a una vocación de soledad “al margen de los prevalecientes modelos civilizatorios que signan determinadas horas históricas, al margen de comportamientos masificados, al margen de los patrones colectivos”.

Aquí quería llegar, aquí necesitaba llegar, pues estamos viviendo horas históricas e histéricas en las que poco ayudan los patrones colectivos y los comportamientos masificados. Y es desde esta tremenda necesidad de centralidad y de soledad que quisiera examinar las palabras que recientemente le escuchamos a Arturo Sosa después de ser elegido jefe de los jesuitas.

Entiendo que la senda de Arturo lo llevó siempre al centro de las instituciones ligadas (continúo usando el verbo “ligar”) a sus tareas de educador, de intelectual y de sacerdote. Ha sido director del Centro Gumilla, Superior Provincial de los Jesuitas en Venezuela, Rector de la Universidad Católica del Táchira y, desde el 14 de octubre, General de la Compañía de Jesús. De manera que es comprensible que nos hable desde una posición de absoluta centralidad. Comienza advirtiendo que “la situación en Venezuela es muy difícil de explicar a quien no vive allá”, y ciertamente se expresa como si ya no viviera acá, en este margen incomprensible del mundo.

También explicó que como politólogo ha dedicado la mayor parte de su vida a comprender el proceso sociopolítico venezolano y que ha reiterado “como una letanía” que “no se entiende lo que pasa en Venezuela si no se entiende que el país vive de la renta petrolera y que la administra con exclusividad el Estado”. Yo pensaba que esta era de las pocas cosas que sabían de nosotros quienes no viven en Venezuela, incluyendo el diagnóstico que Arturo nos da del gobierno: “El modelo rentista que ha encabezado el comandante Chávez y que ha seguido Nicolás Maduro ya no se sostiene”. Falta agregar que Maduro está a punto de acabar con el modelo rentista al acabar con la renta. Esa ha sido la fórmula más efectiva del chavismo: “Muerto el perro se acabó la sarna”.

La segunda parte de su diagnóstico es más desoladora: “Lo mismo ocurre en la oposición venezolana, que tampoco tiene un proyecto rentista diferente, que es lo que se necesitaría para salir a largo plazo de esta situación en la que está el país”.

¿Si ni el gobierno ni la oposición tienen la solución, quién la tiene entonces? Me pregunto si será el propio Arturo desde sus letanías. Ese centro elevado y distante es clásico del héroe religioso, quien, al ser dueño de una verdad, será más heroico en la medida que resulte más difícil acceder a su fórmula infalible.

Un gobierno todopoderoso y corrupto, que ha manejado miles de millones durante 17 años, que ha planificado no solo manejar el país desde la renta del petróleo, sino también destruir las posibles alternativas, no podemos compararlo tan alegremente con una oposición atomizada, perseguida, a la que se le arrebata los espacios que ha conquistado con el voto, que gasta una energía incalculable manteniéndose unida, aplacando sus diferencias para enfrentar a un gobierno insaciable. Hacerlo es un ejercicio tan injusto como superficial y pretencioso. ¿Acaso Arturo conoce el pensamiento de toda una nueva generación de jóvenes políticos que luchan por la oportunidad de expresarse, de llevar a la práctica sus ideas? Su planteamiento nos resulta aún más doloroso en medio de una crisis que puede llevarnos a la autodestrucción. No existe ninguna posibilidad de generar un proyecto alternativo si no se nos permite ejercer el derecho al voto.

Arturo Sosa plantea su resumen de nuestra situación tres días antes de que nos fuera negado el derecho a votar. Ese día no tuvo palabras de cariño, ánimo y consuelo para sus compatriotas, ni se refirió a la necesidad imperiosa de volver a contar con ese medio fundamental para el diálogo que es expresarse con el voto. Prefirió elevarse tanto como sus cejas sobre nuestra historia mirándola en su conjunto como a unos condenados que nunca han logrado entender que diablos les pasa.

Entiendo que no puedo juzgar a un hombre con una obra tan amplia y profunda por unas pocas palabras extraídas de un fragmento de su vida, pero es que el momento era tan estelar, tan ecuménico, tan propicio, y nos hacía tanta falta un abrazo de comprensión y apoyo. Exigir que se respete el derecho al voto no es hacer política, es mucho más, es defender la dignidad del hombre, la libertad de los pueblos para elegir su destino.

Armando no tiene la solución pero si la actitud cristiana que necesitamos:

“De mí depende y de nadie más, que mi soledad se degrade a un individualismo militante, sordo y ciego frente a las heridas sangrantes de mi entorno, o, por el contrario, venga a ser una soledad poblada de presencias amadas, llena de atención, de tacto y de delicadeza ante el dolor ajeno”.

Nuestra Asamblea; por Federico Vegas

¿Cuál ha sido la edificación más revolucionaria en la historia de Caracas? ¿Cuál ha sido la que por más tiempo ha cumplido la misma función? ¿Cuál es la más necesaria en este momento histórico? Pueden haber distintas respuestas a cada una de estas preguntas, pero hay una sola que contesta con acierto las tres: el

Por Federico Vegas | 24 de octubre, 2016

¿Cuál ha sido la edificación más revolucionaria en la historia de Caracas?

¿Cuál ha sido la que por más tiempo ha cumplido la misma función?

¿Cuál es la más necesaria en este momento histórico?

Pueden haber distintas respuestas a cada una de estas preguntas, pero hay una sola que contesta con acierto las tres: el Palacio Legislativo, sede de la Asamblea Nacional.

¿Por qué su arquitectura fue tan innovadora en su tiempo, y, a la vez, tan adecuada para dar albergue y continuidad a una asamblea a través de siglo y medio de dictaduras y democracias?

¿Qué celebra y propicia este edificio?

La celebración de nuestra democracia

Los grandes palacios de Florencia semejan fortalezas con sus altas fachadas de piedra y pequeñas puertas y ventanas. Los Palacios de Venecia son enormes vitrinas con arcadas abiertas donde ricos mercaderes se sentían seguros y dichosos de exhibirse.

Izquierda: Palazzo della Signoria, Florencia; derecha: Palazzo Ducale, Venecia

Izquierda: Palazzo della Signoria, Florencia; derecha: Palazzo Ducale, Venecia

Estas diferencias de estilo fueron consecuencia de una situación política. Florencia vivió siglos de luchas internas: disputas entre Gibelinos y Güelfos, enfrentamientos entre la aristocracia y la nueva élite mercantil, rivalidades entre los Albizzi y los Médici, más los delirios religiosos de Fray Jerónimo Savonarola.

En cambio Venecia tuvo la suerte de consolidar una república más estable, donde los problemas internos se resolvían con una suerte de democracia para evitar tanto las rivalidades como una excesiva concentración de poder.

¿Cómo nuestra historia política ha asumido a nuestro llamado “Palacio Legislativo”?

Fue iniciado en 1872 por Antonio Guzmán Blanco, llamado el “déspota ilustrado”. Uno de los sueños despóticos e ilustrados de Guzmán era crear, para su gloria personal, un capitolio a imagen y semejanza de las grandes repúblicas. Los medios eran escasos y al principio los tres poderes compartían los espacios del modesto palacio, pero no les resultaría fácil convivir teniendo necesidades tan distintas, y pronto el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial se marcharon dejando al Legislativo disfrutar de toda la edificación.

Es comprensible que se marcharan el presidente con los jueces y se quedaran los asambleístas. La naturaleza del lugar, con sus aperturas generosas a la ciudad y al cielo, la hace apropiada para una actividad más cívica y compartida entre iguales. Su configuración invita al encuentro y la discusión abierta, pero no va bien con los secretos y argucias de quienes ejercen el poder y emiten sentencias, instancias que requieren de resguardo y fuertes medidas de seguridad. Y ya vimos el domingo, 24 de octubre, lo fácil que es traspasar las amplias y francas puertas de la Asamblea.

Entrada Este del Palacio Legislativo

Entrada Este del Palacio Legislativo

No existe un espacio donde se congreguen tantos servidores públicos elegidos por el pueblo y al servicio de todo el país. El presidente es uno solo; los gobernadores y alcaldes se deben a sus regiones; a los jueces los elige la Asamblea, pero pueden tornarse contra ella, como hoy lo demuestran pruebas estruendosas e incesantes. La Asamblea también elige a los rectores del Poder Electoral, hoy al servicio de la permanencia del Poder Ejecutivo.

Este recuento nos señala que el cuerpo constituido con la mayor cantidad de venezolanos elegidos por el pueblo es nuestra Asamblea, y, por consiguiente constituye el ente más genuinamente democrático. A esto se añade que sea la institución más recientemente elegida, lo que tiene una doble significación ahora que estamos bajo la amenaza de no celebrar elecciones por mucho tiempo.

La celebración de lo civil

Ya hemos hablado en otro ensayo sobre las dificultades que ha tenido la palabra civil en el castellano. Provenía de una palabra latina, civilis, que significaba “perteneciente a la ciudad o a los ciudadanos”, pero en la evolución de nuestro idioma empezó a significar “Ruin, mezquino”. La razón de semejante descenso es que lo civil se oponía estructuralmente a lo militar, y el poder militar era entonces la fuerza predominante. En Francia, Italia y Cataluña, donde los ciudadanos contaban con mejores instituciones, la palabra civil conservó su significado latino, al que se fue agregando “sociable, urbano, atento”.

Le tomó tiempo a lo civil ganar terreno en España e Hispanoamérica, y aún hoy ese significado de ruin y mezquino aparece en la séptima acepción del diccionario de la Real Academia, como amenazando con regresar al primer lugar.

Hace años, el entonces ministro Miquilena se preguntaba:

—¿Sociedad civil, con qué se come eso?

Nos estaba asomando a una amenaza que ahora se ha cumplido: en Venezuela el poder no reposa en la sociedad ni en las instituciones civiles, sino en la fuerza militar y los representantes civiles encargados de servirles.

La tercera acepción de civil en el diccionario habla de aquello “que no es militar ni eclesiástico”. Nuestro Palacio Legislativo, por su misma escala y disposición, radicalmente distintas a las de una fortaleza o una iglesia, se presta a las actividades civiles. Desde el momento en que se entra a la edificación sentimos que está dedicada a las tareas propias del ciudadano. Los uniformes y las armas, las togas negras y los birretes, no tendrían sentido en sus corredores ni en los jardines de su gran patio.

La celebración de nuestra casa tradicional

Nuestro Palacio Legislativo es pequeño comparada con los de Bogotá, Buenos Aires y la Habana. Dicen que el de La Habana está inspirado en el Panteón de París, la catedral de San Pedro de Roma y el Capitolio de los Estados Unidos (al que sobrepasa en altura), y ciertamente se le nota un exceso de ambición al pretender suplir con referencias formales sus carencias democráticas en tiempos de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. Al triunfar la revolución castrista fue disuelto el Congreso y el edificio pasó a ser la sede del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Equivalía a decir que la asamblea cubana había sido una fantasía y había que sustituirla con algo más científico, una clásica versión tropical del materialismo dialéctico.

Izquierda: Palacio legislativo en la Habana; derecha: Palacio de la legislatura en Buenos Aires

Izquierda: Palacio legislativo en la Habana; derecha: Palacio de la legislatura en Buenos Aires

Esos capitolios grandiosos pueden ser contraproducentes. No siempre conviene que sobre espacio, pues se presta a la acumulación y la estupidez. La sede de nuestra Asamblea es modesta si hablamos de palacios, pero sus proporciones son generosas si la consideramos como una casa.

No creo que entre los propósitos del déspota ilustrado y sus arquitectos estuviera realizar una interpretación de la casa caraqueña tradicional. Debe haber sido más bien una referencia inevitable de un modelo que ya tenía varios siglos funcionando.

La tipología de casa urbana que heredamos de la colonia fue muy exitosa, de aquí su perdurabilidad. Sigue siendo una solución válida, fresca, acogedora y muy urbana. Su planta de espacios organizados alrededor de un patio viene a ser un microcosmos de la ciudad. Lo que para la casa era el patio para la ciudad era la plaza.

En los años cincuenta este sabio modelo fue abandonado y de la casa con patio se pasó, en una sola generación, a mitificar el modelo anglosajón de la quinta con jardín. Son modelos antagónicos. Uno tiene sus espacios abiertos al aire y la luz en el centro y está concebido para integrarse y formar cuadras; el otro tiene sus espacios abiertos en la periferia y está concebido para estar separado. De la casa como instrumento de integración se pasó a la casa como un medio de disgregación.

 

tercero

Izquierda: Casa de patio; derecha: Quinta con jardín

Lo cierto es que Guzmán Blanco nos dejó en herencia una extraordinaria interpretación del hogar caraqueño tradicional. Sus arquitectos ampliaron los patios y corredores de la intimidad familiar y los convirtieron en espacios propicios para que los diputados se encontraran y argumentaran sobre el destino de la nación.

El llamado Palacio de Miraflores, construido unos veinte años más tarde por Joaquín Crespo, y sede de la Presidencia de la República a partir de Cipriano Castro, ejemplifica la tipología de una quinta con jardín, montada y resguardada en una colina y separada de la trama urbana.

Vista del Palacio de Miraflores en 1909

Vista del Palacio de Miraflores en 1909

Leon Battista Alberti explicó en tiempos del Renacimiento cuál debe ser la relación entre la arquitectura y el urbanismo: “La ciudad es una gran casa, y la casa, a su vez, una pequeña ciudad”. Tenemos la suerte de tener en el centro fundacional de Caracas una gran casa convertida en una pequeña ciudad.

Palacio legislativo en Caracas. Patio interior.

Palacio Legislativo en Caracas. Patio interior.

La celebración de nuestra ciudad

La Caracas de la colonia había quedado devastada con las guerras de independencia. En 1870 todavía se veían las ruinas que había dejado el terremoto de 1812 y la ciudad aún no alcanzaba los 50.000 habitantes que tenía el 19 de abril de 1810.

Después de un letargo de medio siglo había llegado el momento de dejar atrás la ciudad colonial y crear la capital de una joven y aturdida república. En la gesta que inicia Guzmán a partir de 1870, la ciudad va a ser la máxima expresión de su pensamiento político. Cada una de sus obras refleja su visión sobre un tema: el parque El Calvario señala cuál debe ser la relación entre la naturaleza y lo urbano; la plaza Mayor pasó de ser un mercado a convertirse en un jardín donde se rinde culto a Bolívar; el acueducto de Macarao y la creación de un nuevo cementerio al sur de la ciudad demuestran la importancia de la salud pública. La relación entre lo que crea Guzmán y los limitados medios de que dispone es impresionante, sobre todo por lo mucho que nos está diciendo, proponiendo, orientando, augurando.

Muchos de los nuevos edificios consisten en fachadas neoclásicas superpuestas a construcciones que ya existen y se les da nuevos usos. Más tajante es su estrategia de derribar templos y conventos para dotar a la ciudad de edificaciones civiles. Para Guzmán, la ciudad colonial estaba dominada por lo sacro y le había llegado la oportunidad a lo cívico. El caso más notable va a ser el Palacio Legislativo, construido en una cuadra donde antes había un institución religiosa.

Fue un evento y un escándalo cuando las Reverendas Madres de la Inmaculada Concepción fueron obligadas a desalojar su convento, muchas de ellas damas de sociedad que se habían recluido por sus virtudes o por sus pecados. Nada más exclusivo que un convento de clausura y más inclusivo que una asamblea. El término “exclusivo” lo hemos convertido en una cualidad cuando implica excluir. Yo prefiero los espacios incluyentes, como los mercados y las plazas.

La manera en que el Capitolio se implantó donde antes estaba el convento fue para los caraqueños una sorpresa mayor que el desalojo de las reverendas. Hasta entonces las edificaciones se ajustaban a los límites de la cuadra creando un sistema de muros continuos con portales y ventanas, pero ahora el edificio se retiraba con entrantes que regalaban jardines a la calle. El damero dejaba de ser una camisa de fuerza y los edificios podían generar en su perímetro bulevares, nuevas experiencias urbanas. La noción de espacio público ya no se limitaría a las plazas.

Vista aérea

Vista aérea

Fachada norte

Fachada norte

Fachada sur

Fachada sur

Cuando Ricardo Razetti realiza su plano de Caracas en 1897, ya Guzmán Blanco había sido derrocado y vivía en el París de sus sueños y principales referencias, pero Caracas sigue siendo la ciudad que él había reinterpretado. En este plano podemos ver el impacto del Capitolio, su esplendida oferta a los que están dentro y fuera del edificio.

Plano de Caracas por Ricardo Razetti, 1897

Plano de Caracas por Ricardo Razetti, 1897

14. Segmento plano de Ricardo Razetti, 1897

Los arquitectos que trabajaron con Guzmán van a estar sometidos a mucha presión. Luciano Urdaneta y Hurtado Manrique deberán manejar diversas técnicas, desde elementos metálicos prefabricados hasta muros de adobe. Otra exigencia era la prisa. La parte sur, donde están los espacios para las sesiones de la Asamblea, se construyó en menos de cinco meses, un tiempo récord para entonces e imposible de lograr hoy en día.

El espacio que más me asombra y disfruto es el patio central. Su misma proporción, mayor a la usual en las casas de entonces y de ahora, debe haber asombrado a los caraqueños del siglo XIX tanto como hoy a los del siglo XXI. Una de las fotos que tomé en mi última visita podría ser de las playas de Morrocoy o de un bosque en Barlovento. Es hermoso y emocionante encontrar en el corazón del recinto un homenaje a nuestra naturaleza.

Chaguaramos en el patio.

Chaguaramos en el patio. Fotografía de Federico Vegas

El patio fue un descubrimiento tan fundamental como la rueda. Permitía en las enormes extensiones del campo crear una suerte de pequeño espacio urbano y en la ciudad dar presencia al verde en los hogares. En Caracas se ha convertido en una especie en extinción. La familia venezolana que dependió del patio para vivir y congregarse, ha logrado eliminarlo en pocas décadas. Esta nueva condición, con implicaciones creo que antropológicas, me lleva a pensar que uno de los mayores aportes de nuestro pequeño palacio y gran casa sea ese gran patio que es también una pequeña plaza. Los niños que lo visitan se sienten desconcertados al principio y muy felices minutos después.

La celebración de nuestra alma republicana

No hay sede de gobierno con más historia que la casa de nuestra Asamblea Nacional, ni con más presencia en la memoria colectiva. Todos sabemos donde está y cómo funciona.

El Palacio de Miraflores, en cambio, es cursi y estrambótico; la sede de los jueces está disgregada en varios lugares; las rectoras electorales se reúnen en no sé que pisos del Centro Simón Bolívar.

Aparte de la ubicación de estos poderes, está la imagen que surge al preguntarnos cómo diablos funcionan. Del presidente y sus ministros hemos visto alguna vez una larga mesa; de los rectores solo un rostro cansado frente a un micrófono; de los jueces bastante menos, algo en su misma naturaleza los hace remotos y ocultos.

Los congresistas, en cambio, son actores continuamente expuestos y acosados por cámaras y micrófonos al estilo del programa “Gran hermano”.

Hace pocos días visité por primera vez el salón de sesiones y me impresionó su escala. Me sentí como cuando visité el colegio donde estudié primaria y todo lucía más pequeño. Otra referencia que vino a mi mente fue el corral de la comedia en Almagro, y ciertamente se han dado interesantes comedias en nuestra Asamblea. Pero también tragedias. El asalto al congreso de 1848 que provocó ocho asesinatos no ocurrió en el actual Palacio Legislativo, pero el aura de esos hechos sí se siente, especialmente después de este domingo, cuando fue asaltado por una turba. No es casualidad que en 1848, tal como ahora, se estaba considerando enjuiciar al presidente de la república.

De nuevo con la acuciosidad de un episodio de “Gran Hermano”, vimos largas y exhaustivos videos de los asaltantes, sus paroxismos y muecas mientras esperaban a que milagrosamente los viniera a reconducir, esta vez hacia la salida, el alcalde Jorge Rodríguez.

El dantesco zafarrancho fue positivo. La escena toda solivianta la viva presencia que la Asamblea tiene en nuestra psique. Sabemos bien dónde están nuestros diputados, cómo actúan, a qué presiones y riesgos están sometidos, la valentía y sacrificios que su vocación les exige, y esa misma observación obsesiva nos hace partícipes, protagonistas y dolientes de lo que está en juego. En este pertenecer y estar presente reside la esencia y el sentido de la democracia.

Es paradójico que un lugar tan importante no esté protegido y que sus entradas, insisto, sean tan francas e invitantes. No existe una edificación pública más transparente. Podemos ver a través de sus puertas y su patio desde la calle este hasta la calle oeste. ¿Qué sentido tiene entonces que la mayor y más variada concentración de elegidos se encuentre en un lugar tan abierto, tan frágil? La respuesta es que allí está el alma de nuestra democracia y el alma nunca debe estar acorazada ni escondida.

Más temprano que tarde toda nación comprende que debe proteger su alma, el espejo donde todos necesitamos reflejarnos. La fuerza con que sintamos este deber y este derecho es en definitiva la única garantía de su permanencia.

La cebolla y el verdugo; por Federico Vegas

El país que somos nos persigue. Desesperado pide explicaciones, soluciones, acosándonos hasta entumecernos. Cuesta entender que hemos vivido por más de una década sometidos a una guerra económica de desgaste, la de un gobierno contra su propio pueblo. Hay un ejército de ocupación que acaba con nuestros recursos y ecosistemas, nos proyecta ante el mundo

Por Federico Vegas | 17 de octubre, 2016
Tres figuras y un retrato de francis Bacon

Tres figuras y un retrato (1975), de Francis Bacon

El país que somos nos persigue. Desesperado pide explicaciones, soluciones, acosándonos hasta entumecernos. Cuesta entender que hemos vivido por más de una década sometidos a una guerra económica de desgaste, la de un gobierno contra su propio pueblo.

Hay un ejército de ocupación que acaba con nuestros recursos y ecosistemas, nos proyecta ante el mundo como unos sumisos payasos, patrocina el miedo a ser asesinados, persigue al productor y degrada al consumidor, celebra los exilios de nuestros hijos como un enemigo menos, encarcela a nuestros representantes y anula a la Asamblea que elegimos democráticamente.

Cuando ese ejército te hace perder horas de trabajo para buscar comida en una cola, ha logrado quebrarte más allá de un principio bíblico: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”, pues ese sudor se te irá haciendo cada vez más degradante, ajeno a los dictados de tus pensamientos y súbdito de un regalo.

Cuando te piden tus huellas digitales y la cédula laminada para comprar un kilo de auyama, ¿crees que el ejército de ocupación lo hace porque es necesario? Te equivocas. Lo hace porque le da placer someterte, dominarte, hacerte sentir indigno de merecer tu propia tierra.

Ayer entré a una papelería para hacer tiempo antes de una cita y, para mi sorpresa, había un estante con libros de poesía. Abrí al azar un ejemplar con la obra del sueco Tomas Tranströmer y encontré dos poemas que se miran uno al otro. En la página 152 está “Fachadas”. Tiene sólo dos estrofas:

Al final del camino veo el poder
Y parece cebolla
Con rostros superpuestos
Que caen uno a uno…

Se vacían los teatros. Medianoche.
Arden las letras en las fachadas.
El misterio de la carta sin responder
Se hunde en el destello frío.

El poema de la página 153 tiene un título para el que sólo faltan pocos días: “Noviembre”. También es breve:

Si se aburre, el verdugo se vuelve peligroso.
Se enrolla el cielo ardiente.

Se oye tocar de celda en celda
Y la habitación desborda la helada.

Y ya no pude continuar disfrutando el libro. Los dos poemas me oprimen, me obligan. No existe una casualidad que me libere de la opresión, todas me conducen al mismo punto, el de una sensación de inutilidad que se acerca a la inexistencia, a lo inorgánico.

La cebolla tiene un merecido y ancestral sitial en la gastronomía, pero en la poesía se lo ha ido ganando poco a poco. Mi ignorancia me lleva a apostar que uno de los primeros ejemplos se lo debemos a Pablo Neruda con su “Oda a la cebolla”. Es un bello poema, pero resulta excesivamente culinario. Van apareciendo ollas y aceites, tomates y ensaladas, sales y cuchillos, y lágrimas que no afligen. Prefiero “La cebolla” de Wislawa Szymborska. La encuentro más centrada y guarda, además, inquietantes semejanzas con la de Tranströmer. Ofrezco dos estrofas:

La cebolla es otra historia.
No tiene entrañas la cebolla.
Es cebolla hasta la médula,
hasta el colmo de la cebollosidad.
Cebolluda hasta el meollo,
acebollada por fuera,
podría escrutar su interior
la cebolla sin temor.

En nosotros hay barbarie y salvajismo
apenas cubiertos por la piel,
el infierno de lo interno,
y anatomía ardiente.
Pero en la cebolla, hay solo cebolla
y no sinuosos intestinos.
Reiteradamente desnuda
Nunca jamás diferente.

Por culpa de mi obsesión, fruto de la expectativa constante por ese evidente final que nunca llega, veo metáforas politizadas por todas partes. Puedo jurar que en esa cebolla, “múltiples veces desnuda” y “nunca jamás diferente”, está retratado el gobierno, un poder cuyos rostros superpuestos caen uno a uno mientras sigue siendo puro poder hasta la mera médula. En el fondo no hay nada, ni ideología, ni verdades, ni logros, ni metas, ni más finalidad que un acebollado y cebolludo aferrarse al poder.

Nuestra barbarie y salvajismos los conocemos tanto como la piel que cubre nuestras ardientes anatomías, pero esa composición no debe avergonzarnos. Tantas veces ese peligroso hervidero se ha tornado en amor y creatividad. Sí debemos temer esa insaciable y tozuda superposición de la cebollosidad. Wislawa lo explica en la última estrofa:

La cebolla tiene esencia.
Su vientre es una promesa
que se envuelve a sí misma en aureolas
para su propia gloria.

En nosotros hay grasas, nervios, venas,
secreciones y secretos.
Se nos ha denegado
la idiotez de lo perfecto.

Esa idiotez de un perfecto y obsesivo afán por permanecer en el poder sólo la logran unos pocos gobiernos.

Un mal gobierno dura poco.

Un gobierno muy malo dura mucho.

Un gobierno maldito no logras quitártelo de encima.

Uso el adjetivo “maldito” sin rencor y con generosidad, pues se trata de una maldición que nos incluye junto a los gobernantes. Ellos tampoco saben cómo salir del cataclismo que han creado y lo advierten en sus rostros al mirarse en el espejo, por más adornos y riquezas que tenga el marco. Observemos sus expresiones, ¿acaso no parece que alguien les estrujara una cebolla en las narices?

La segunda estrofa del poema “Fachadas” no deja lugar a las metáforas. Es una descripción fidedigna. Ya sabemos que significan los vacíos, la oscuridad, las letras ardiendo hasta consumirse, los justos pedidos sin respuesta, los destellos del frío, los hundimientos.

Y pronto viene noviembre. ¡Atención! El verdugo se está aburriendo. Después de acabar con la Asamblea del pueblo le queda poco por destruir. No se soporta a sí mismo y ya no encuentra descanso tocando de celda en celda. Necesita más prisioneros y los va a encontrar, hasta terminar devorándose a sí mismo. Es tan equitativo y saludable que caiga el último velo que cubre el meollo de la nada.

Alexis Romero propone en el prólogo del libro de Tranströmer que cada poema es un manifiesto contra el destierro inesperado de la alegría y la inocencia, “un llanto de la cultura”. Es cierto. Hay líneas y alternativas que pueden ser muy duras:

Al final solo el humo negro, al final solo el verdugo devoto.