Blog de Federico Vegas

Los círculos y una huella de identidad; por Federico Vegas

Dicen que la vida tiene etapas que se oponen, o se compensan. Primero entras en una centrífuga que te va alejando del eje desde el cual giras. Años después, o meses, o horas, pues también existen ciclos diurnos y nocturnos, te vas haciendo concéntrico, recogiéndote en círculos que se van cerrando hasta regresarte al punto

Por Federico Vegas | 7 de enero, 2017

Dicen que la vida tiene etapas que se oponen, o se compensan. Primero entras en una centrífuga que te va alejando del eje desde el cual giras. Años después, o meses, o horas, pues también existen ciclos diurnos y nocturnos, te vas haciendo concéntrico, recogiéndote en círculos que se van cerrando hasta regresarte al punto de partida. De niño me asomé a los círculos centrífugos escribiendo en un cuaderno mi primera dirección:

Yo, mi cuarto, quinta El Pinar, calle Cachimbo, Los Chorros, Caracas, Venezuela, Suramérica, Hemisferio Occidental, planeta Tierra, Sistema Solar, Vía Láctea, el infinito”

Era emocionante elaborar esos listados cuyos dos extremos, el que se inicia en nuestro interior y el que termina en la nada, nos asoman a vistas fascinantes y abismos tenebrosos. Por un tiempo me entusiasmaron las órbitas más amplias hasta llegar al supercúmulo de las galaxias. Estas distancias a las que no llega la luz lucían tentadoras y alguna vez pude imaginar su música interestelar, pero al pasar del medio siglo comencé a perder el interés por dimensiones que requieren cohetes o transmigraciones y ahora solo me concibo en el contorno donde me acuesto y me levanto. Ya lo decía Montejo:

“Por todos los astros lleva el sueño
pero solo en la tierra despertamos”

Y también Paul Éluard:

“Hay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti”

Ralph Waldo Emerson proponía que el ojo es el primer círculo y el horizonte que genera la mirada es el segundo. Para la escala de mi horizonte Venezuela es demasiado amplia e imprecisa. Mi vida y hasta mis sueños se conforman con los bordes de una circunferencia que coincide con el valle protegido por El Ávila y las colinas del sur donde ahora vivo. Otra cosa es que mis hijos, regados por el mundo, me obliguen a visitar otras ciudades donde no me gustaría morir ni resucitar.

El deseo de volver a un centro que quedó atrás se manifiesta de diversas maneras. A veces sueño con volver a mi colegio en los tiempos de cuarto grado, otras veces al Chuao de mi adolescencia, o a un pueblo frente a la playa llamado Caruao. Una de las opciones que más me atraen es aquel anillo de Los Chorros donde busco mi infancia en un hogar que ya no existe. Al no contar con la quinta El Pinar y los pinos en cuya copa me mecía, suelo entrar en un lugar inexplicable que llaman “Los Galpones de Los Chorros”.

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Jardines del Centro de Arte Los Galpones. Créditos fotográficos: Walther Sojo y centrodeartelosgalpones.com

Digo inexplicable porque no se entiende su existencia y menos aún la persistencia de este “Centro de Arte”. Es un recinto que parece vivir a contracorriente: mientras más hostil y desangelada se nos va haciendo la ciudad, más paz y serenas sorpresas encuentro en Los Galpones. Es quizás una aldea sitiada, pero también puede ser un foco de reconquista y una clave de lo que puede ser Caracas. Apenas me adentro en su trama de árboles y salas de exposición me invade la cálida interioridad de los retornos. Cuando termina la visita a las galerías y vuelvo a la calle, algo de infinitud se viene conmigo y soy otra vez un poco centrífugo, y hasta excéntrico.

Una tarde de diciembre, mientras las puertas de Caracas se iban cerrando por la llegada de una Navidad que se manifiesta como un éxodo, cumplí con el ritual de volver a Los Galpones y entré en una de sus galerías, “Espacio Monitor”, como si fuera la habitación donde guardaba mis juguetes. En toda buena exposición hay un artista que se expone al colocar la carne de su alma en un asador , y otros que damos vueltas a la parrilla sin darnos cuenta de cuánto está en juego. Está bien, no hemos sido convocados para entender la totalidad sino para presentir algo que nadie puede predecir ni conducir.

La actual muestra presenta ocho artistas con obras cuyo soporte son las paredes. Están más cerca del mural que del cuadro. No hay marcos ni pedestales, lo que le da al lugar una atmósfera de permanencia. “Contra la pared”, es el título que los congrega, como si una fuerza los apuntara en medio de un conflicto, una sensación que acompaña a todo caraqueño. A los ocho los une esta condición; todos han sido, son o serán algún día, habitantes de una Caracas abatida por una profunda crisis.

Esta convocatoria me recuerda —para continuar con mi obsesión circular— aquel “Circulo de Bellas Artes” formado por unos jóvenes caraqueños que comenzando el siglo XX se rebelaron contra la Academia y su director, Antonio Herrera Toro. De ahí va a surgir la llamada “Escuela de Caracas”.

Pienso que lo de “círculo” y “escuela” podría intercambiarse. Después de la ruptura con la Academia surge una nueva “Escuela de Bellas Artes”, y será una segunda generación la que expandirá esta renovación a un “Círculo de Caracas” que tendrá vigencia hasta los años cincuenta.

San Agustín propone que Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. El Círculo de Caracas no llegó a tanto, pero la imagen es más acorde con un grupo de artistas que no tenían un lugar de reunión o espacios expositivos permanentes, ni formaron una asociación o alianza, ni emitieron un manifiesto de adhesión a determinados conceptos. Solo los unía una actitud más realística ante el paisaje, una tendencia basada en una observación de la atmósfera y topografía del trópico que tendría como protagonista inicial el valle de Caracas. Por esta razón me resulta tan íntimas y familiares las propuestas de estos maestros, son imágenes de mis confines y del paisaje que ahora mismo, con una diferencia de ángulo y a más de medio siglo, tengo al frente mientras escribo.

Vista al Ávila desde Boleíta (), de Manuel Cabré

Vista al Ávila desde la laguna de Boleíta, de Manuel Cabré

Esa tarde de un diciembre que moría al nacer, sentí que había llegado a un nuevo círculo de Caracas mucho más amplio y divergente, formado por artistas que trabajan regados por el mundo como semillas esparcidas por una política de huracanes.

De izquierda a derecha: Espacio Monitor, “Contra la pared”

Galería “Espacio Monitor”, de la exposición Contra la pared

Como no puedo hablar aquí de todos los convocados, voy a centrarme en la propuesta de Arturo Herrera, un creador que me atrae por varias razones. La primera se basa en otro cruce de nombres que resulta sugerente. Esa fusión del sublime Arturo Michelena con el temible Antonio Herrera tiene que significar algo. Y en esto no puedo estar equivocado, porque todo artista venezolano debe sentirse descendiente de esos padres eternos y disfrutarlo, pero pocos cargan con ambos en su nombre y en su apellido, como si te impusieran el compromiso de un hijo elegido.

Conocí a Arturo Herrera en un almuerzo donde exhibió unos silencios casi monásticos. En ese momento no conocía su pintura, solo sabía que trabaja en Berlín, y ante sus modales y figura aséptica me dije: “Este tipo es cura o cirujano”. Acerté en ambas cosas.

A medida que nos acercamos a su obra se hace cada vez más evidente una atención escrupulosa y esa es la esencia de toda religión: una entrega consagrada y permanente que va desde las ideas hasta la meticulosa factura. En este quehacer está presente lo que le intuía de cirujano, pues su instrumento principal parece ser el bisturí, o un exacto prodigioso que ni le falla ni lo cansa.

Este procedimiento que supone una elección en cada corte nos asoma a su visión de la creación. Algunos suponen que Dios creó el mundo agregando elementos a un vacío durante una ardua semana. Otros creen que su labor fue eliminar lo inútil y lo caótico de un barullo ilegible, y desde entonces toda creación científica o artística parte de una elección frente a la infinita multiplicidad de la vida.

El trabajo de Arturo se ha multiplicado a diversos temas y medios de expresión que solo he visto y admirado en la web. Las únicas obras que pude casi tocar parten de formas que extrae —o abstrae— con su bisturí de figuras clásicas de Walt Disney, ese mundo de la fantasía inventado por un hombre que alguna vez se confesó culpable por no haber referido su obra al paisaje y la historia norteamericana, y, cuando por fin hizo el intento, comenzó a irle bastante mal.

A Knock (2000), de Arturo Herrera

A Knock (2000), de Arturo Herrera

En la posibilidad de esta vuelta a lo autóctono está la clave de la obra que más me conmovió de la exposición: en el muro que Arturo intervino con figuras que parecen extraídas de una realidad misteriosa pude ver el verde profundo de los árboles de Los Chorros.

Paradójicamente, lo que más me emociona es que quizás no lo haya hecho adrede, sino sea simplemente algo que sucedió, como tantos otros prodigios que le acontecen a los caraqueños cuando regresan a Caracas.

Esa percepción del color no la tuve el día de la visita, sino dos noches más tarde, cuando comencé a leer una novela de Jamaica Kincaid: Autobiografía de mi madre. La madre de Jamaica murió mientras ella nacía, así que es una biografía construida mediante ausencias y espectros que se manifiestan a través de la naturaleza, como cuando describe el camino a la casa de su padre:

“Al doblar cada curva aparecía el color verde oscuro de los árboles que crecían con una ferocidad que ninguna mano había intentado todavía restringir, un verde tan implacable que alcanzaba al mismo tiempo una gran belleza y una gran fealdad y, sin embargo, también una gran humildad. Era, existía en si mismo: no se le podía añadir nada; no se le podía quitar nada”

Ese verde feroz, bello e implacable en su oscuridad, lo conocí de niño en los árboles orgullosos de sus sombras que crecen sin moderación en Los Chorros, “como si la belleza residiera en el tamaño”, y tuve la enorme suerte de volver a verlo este diciembre estampado contra un muro blanco.

Mural de Arturo Herrera

Vuelve, de Arturo Herrera

¿Cómo se nos presenta el verde de esos árboles? No estamos ante el entramado de sus hojas. La aventura a que nos invita va más hacia dentro. Una frase de Gottfried Benn me ayuda a entender lo que siento, no necesariamente lo que veo:

Para aquel que se esfuerza en dar expresión a su interior, el arte no es algo pertinente a las ciencias humanas, sino algo tan físico como las huellas digitales”

No puedo asegurar que estamos ante la huella de identidad de un árbol caraqueño ampliadas con gozo desde un taller en Berlín, pero no hay duda de que el mundo interior de un hombre se ha integrado al mundo interior de algo… algo que a lo mejor no tiene nada que ver con los árboles, ni con Los Chorros, ni con Caracas, ni con mi infancia, y sea una operación de cirugía aplicada al bosque de Bambi a raíz de la muerte de su madre.

Esa tarde no me importaban las causas, los orígenes, solo los efectos, y di las gracias por haberme sentido por un instante contra la pared y en el centro de un tiro al blanco, pero esta vez bajo la mira de Dios.

En el Timeo de Platón se habla mucho de círculos y regresos:

“La unidad perfecta del tiempo, o año perfecto, se realiza cuando las ocho revoluciones de velocidades diferentes han vuelto a su punto de partida, después de una duración medida por el círculo de lo mismo y de lo semejante”

Timeo se refiere a las revoluciones de los astros, que sin duda son más de ocho, pero lo importante no son sus aciertos o desaciertos astronómicos, sino cuánto nos reconforta la belleza de estos párrafos, que escuchó con deleite el propio Sócrates. Hay tantas sugerencias y presagios en “un año perfecto”, en volver al “punto de partida” de un círculo donde se unen y equilibran lo mismo y lo semejante. Para no habar de “las ocho revoluciones de velocidades diferentes” que presentan los convocados al Espacio Monitor, quienes en su marcha a través del cielo necesitan volver periódicamente sobre si mismos, y esta vez se reunieron en un salón de Los Chorros ubicado en Caracas y en la Vía Láctea.

Desde mi afán por buscar el eje donde giramos, no le exigiría propiedades astrales a ese año perfecto, solo un poco de ayuda para unir el yo y el infinito con un mínimo de dolor y tanto placer como haga falta.

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12 notas de fin de año; por Federico Vegas

I Cuando el capitán inglés James Cook llegó a Australia en 1770 le preguntó a los nativos cuál era el nombre de unos extraños animales que llevaban las crías en unas bolsas pegadas al vientre. “Kan ghu ru”, le contestaron y como “canguro” quedó en los diccionarios. Años después se supo que en el idioma

Por Federico Vegas | 30 de diciembre, 2016
Fotografía tomada de la cuenta personal de eljoja en Flickr bajo Creative Commons

Fotografía tomada de la cuenta personal de eljoja en Flickr bajo la licencia Creative Commons

I

Cuando el capitán inglés James Cook llegó a Australia en 1770 le preguntó a los nativos cuál era el nombre de unos extraños animales que llevaban las crías en unas bolsas pegadas al vientre. “Kan ghu ru”, le contestaron y como “canguro” quedó en los diccionarios. Años después se supo que en el idioma aborigen “kan ghu ru” significa “no te entiendo”.

En nuestros afanes de diálogo no sé quienes son los ingleses y quienes los aborígenes, pero sí quienes son los que damos brincos desesperados cargando con las crías.

II

Tengo un título para un ensayo que no avanza: “El gobierno no tiene quien le escriba”. La procedencia del título es tan obvia que voy a quitarme de encima el peso del cuento de García Márquez revelando el final:

La mujer sacude al coronel por la franela mientras le pregunta:

—Dime, ¿qué comemos?

El coronel necesitó la vida entera para llegar a sentirse puro, explícito, invencible, y poder responder:

—Mierda.

El gobierno tampoco tiene quien le escriba mientras se jura cada vez más puro, se hace descaradamente explícito y exhibe con más ínfulas la perversión de creerse invencible; y de paso, vamos comiendo cada vez más mierda.

O deberíamos decir que no existe quien escriba “bien” del gobierno, porque los ensayistas hemos gastado nuestras municiones atacándolo con antibióticos que fortalecen la enfermedad, los novelistas comienzan a incluirlo como una peste que todo lo invade, los poetas simplemente lo ignoran como una metáfora contaminante.

III

Amanece en Caracas. La montaña luce feliz. Los pájaros van callando. La luz parece que acabaran de inventarla. La temperatura ayuda a creer que Adán y Eva sí andaban desnudos en el Paraíso. ¿Cómo creer que estamos en el escenario de un infierno?

IV

Consciente es tan distinto a consiente.

Una persona consciente es responsable de sus actos y trata de minimizar las consecuencias negativas y aprovechar las positivas.

Una persona consiente cuando autoriza o permite que los demás hagan una cosa o no se opone a lo que quieran hacer.

Según esto somos una oposición inconsciente que consiente.

V

¿Qué nació primero, la gallina de la culpa o el huevo del delito?

Es posible que los delitos se originan en una culpa no resuelta y hablar de un Gobierno culpable se refiere a su origen psíquico más que a las consecuencias de sus actos.

VI

El gobierno sí tiene quien le escriba. Lo que sucede es que sus escritores han desistido de una literatura interpretativa para concentrarse en un manual de acciones específicas utilizando el género de la telenovela: construcción de los personajes, diálogos del día, creación constante de nuevos dramas secundarios, definición y consolidación de malos y buenos, estrategias para que la historia no tenga final.

VII

El poeta ruso Joseph Brodsky proponía que para sobrevivir bajo la presión totalitaria, el arte debe aumentar su densidad en proporción directa a la magnitud de la presión a la que se ve sometido.

Según esta misma ecuación, a medida que la presión totalitaria aumenta, lo que el gobierno haya tenido de carga poética se va licuando como tinta en el agua. Los que mandan deben estar concientes de esta merma para tomar una medida tan extrema como poner al Presidente a bailar salsa. Ciertamente la salsa es un medio muy directo y telúrico, pero está en su esencia etimológica el peligro de ponerse piche, o de cortarse.

VIII

A Maduro no podría juzgarlo la MUD, ni siquiera el Tribunal Supremo de Justicia, solo la Radio Rochela hubiera podido emitir un juicio justo.

IX

La novela es un instrumento para enfrentar el poder desde la derrota y la fragilidad. La frase me gusta; tiene incluso una razonable dosis de paradoja y la resumo: “La historia la escriben los triunfadores y las novelas los derrotados”. El ejemplo más reciente es Adiós Miss Venezuela, donde hasta Osmel Souza es derrotado, y lo goza.

¿Cómo diablos se enfrenta el poder desde tan devastadas circunstancias? No me refiero al poder como una meta objetiva e inmediata a la que queremos acceder, sino a la tarea de denunciar su enfermiza permanencia, sus misteriosos y ocultos mecanismos, desde una apuesta en la que podríamos perderlo todo.

X

El referéndum revocatorio es lo mejor que tiene nuestra constitución, y lo más innovador. Habría que hacerlo obligatorio para todos los cargos. Nada de recoger firmas que luego sirven para que te persigan. Debe ser automático, así los gobernantes vivirán asustados y se desvivirán haciéndolo bien, y sabrán que son servidores y que los tienen en la mira, y si se corrompen les darán una buena revisada.

Paradójicamente es el derecho que ha sido más maltratado: lista de Tascón, firmas planas y aplazamientos hasta llegar a su desaparición definitiva. En tiempos de absoluta incompetencia y corrupción nadie ha sido revocado.

XI

Un amigo dominicano quiere que le explique la situación del país. Le aseguro que estaríamos perdiendo el tiempo, porque ni él sería capaz de entenderla ni yo de explicarla. Me mira molesto y me asegura que vale la pena que hagamos el esfuerzo.

Le preguntó:

—¿A cuánto estaba el peso con respecto al dólar en los años ochenta?

—Creo que en unos 26 pesos por dólar.

—Imagínate que hoy necesitaras 26.000.000 de pesos para comprar un dólar.

No responde. Su expresión parece la de las vacas cuando observan el pasto de los potreros después de comer. Lo que le acabo de decir necesita cuatro estómagos para digerirlo. Por fin logra hablar:

—No entiendo.

—Yo tampoco —respondo, feliz de que podamos pasar a otro tema.

XII

Él nunca imagino que sería tan manoseado, de ida y de vuelta. De aquella moneda brillante que los niños mirábamos como un tesoro, al arrugado papel que vale más que su imagen aunque esta se haya multiplicado por mil y por cien.

El otro día que contaba billetes con rapidez, no sé si para llevarlos o al retirarlos del banco, la secuencia de rostros pareció convertirse en un dibujo animado y fue surgiendo una expresión de disgusto que parecía decir: “¡Para ya, coño!”. Pero iba por la mitad y continué sin perder el ritmo de tahúr en los dedos, evitando mirar unos ojos que se cerraban bajo el peso del dolor y un suspiro: “Hasta cuando me cuentan sin tomarme en cuenta”.

Sobre la fe en la esperanza de los ilusos; por Federico Vegas

Todos conocen la usual trilogía donde confluyen “fe, esperanza y caridad”, las llamadas virtudes teologales, o hábitos que Dios nos infunde para que ordenemos nuestro trato con él, una exigencia que les impone un peso insoportable. En este ensayo escrito en el 2007, preferí sustituir a la caridad por la ilusión, por parecerme una mejor

Por Federico Vegas | 14 de noviembre, 2016

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Todos conocen la usual trilogía donde confluyen “fe, esperanza y caridad”, las llamadas virtudes teologales, o hábitos que Dios nos infunde para que ordenemos nuestro trato con él, una exigencia que les impone un peso insoportable. En este ensayo escrito en el 2007, preferí sustituir a la caridad por la ilusión, por parecerme una mejor vecina de la fe y la esperanza. Lo retomo, hoy, a finales del 2016, por sentir que tanto la fe, como la esperanza y la ilusión, viven en un revoltillo, en un promiscuo revolcadero que no cesa.

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Sobre la fe en la esperanza de los ilusos

Exploremos algunas palabras que significan una cosa pero que también pueden sugerir su contrario; palabras con trampas, con lastre; palabras que pueden incluso encajarse en nuestro lenguaje hasta configurar un pensamiento paralelo y algo alelado.

Imaginemos un hombre que por más que elabore y prolongue sus ideas, éstas no lleguen a reflejar aquello que realmente siente. O algo peor aún, supongamos que sus pensamientos son enemigos de la solución al problema que se ha planteado. Es como si al tener frío dijera que tiene calor y, mientras el frío más lo atormenta, él más se quejara del calor que hace; y de esta manera, mientras más arduamente reflexiona, más se aleja de su meta, hasta transformarla en un espejismo, en una imagen de su propio extravío. Supongamos también que estos desvaríos se deban a que nuestro hombre, sin saberlo, ha trastocado el significado de sus palabras más queridas, más utilizadas y veneradas, al no haber asumido el ancestral peso y las peligrosas dualidades que ellas soportan.

Joseph Brodsky nos advierte, con sutil vehemencia, sobre cómo nuestro equilibrio interior depende de nuestro vocabulario: “Acumular aquello que no ha sido expresado del todo o con propiedad puede desembocar en la neurosis”. Podemos llamar incontinencia o indigestión a este acaparamiento verbal. Lo importante, insiste Brodsky, es que la expresión no debe rezagarse por demasiado tiempo de la experiencia.

Revisemos ahora tres palabras con las cuales más de una vez nos hemos llenado la boca y el alma sin tener idea de lo fácil que es extraviarse en ellas. Hurguemos en el sentido de la “esperanza”, de la “fe” y de la “ilusión”; términos que en nuestros días se vienen acumulando cual si fueran frutos salvajes, o prendas abandonadas en una tintorería.

Sobre la esperanza

La esperanza comienza su larga historia negándose a salir de la caja de Pandora. Hesíodo y Esquilo la temían por ambigua, pero es Eurípides quien, en Las suplicantes, sentencia sin tapujos: “Engañosa esperanza, que ha desordenado muchos Estados”. Estos juicios y recelos no ayudaron a que la esperanza llegara a entrar en el culto oficial ateniense. Epicúreos y estoicos no la incluyeron en sus sistemas.

Pandora era una especie de Eva, quizás más bella, más tonta y mas curiosa. Zeus se la ofrece con muy malas intenciones a Epimeteo, el hermano de Prometeo, quien había logrado encerrar a la vejez, a la fatiga, la enfermedad, la locura, el vicio, la pasión, y también a la esperanza, en una caja que jamás debería abrirse. Pero ocurre que Pandora, al igual que Eva frente a la manzana, no resiste la tentación de lo prohibido y abre la caja. Hesíodo nos cuenta que los males brotaron como una nube desastrosa y se esparcieron por toda la tierra. Sólo quedó dentro de la caja la esperanza, la cual, “con sus consejos falaces y sus pobres consuelos disuadió a los atormentados hombres de cometer un suicidio general”.

Este episodio, tal como lo narra Hesíodo, es tan terrible y confuso como la sentencia de Yahvé al negarnos el Paraíso. Pareciera que algo no funciona en el texto de Hesíodo, o será acaso en la traducción. ¿Cómo operan esos consejos falaces y esos pobres consuelos, si la esperanza nunca salió de la caja? ¿Cómo agradecer, si las ignoramos, esas mentiras que nos distancian de un suicidio masivo? Pareciera más bien que ha ocurrido lo contrario: gracias a que la esperanza ha permanecido en la oscuridad de su encierro, los hombres aún no hemos enfrentado su terrible faz y el pavor de sus pastosos vacíos. Desconociendo su verdadera naturaleza es como logramos soñar con sus encantos y sobrevivir.

Con los siglos la esperanza mejorará su imagen y conocerá épocas que se han aferrado a ella con histérica paciencia. Con el proverbio: “La esperanza es lo último que se pierde”, la sabiduría popular ha sabido resumir tanto su mitología como las veleidades de su encierro.

Sobre la fe

En su libro De paganos, judíos y cristianos, Arnaldo Momigliano nos cuenta que fue en Roma donde la diosa de la Esperanza encontró por fin un albergue decente. Curiosamente su primera casa fue un templo dedicado a la “esperanza vieja”, aunque los romanos imaginaban a la diosa Spes como una mujer joven y fuerte. Más tarde tendrá sitio en un segundo templo, esta vez acompañada de la fe.

Momigliano pasa a explorar el significado para griegos y romanos de esa compañera de “Spes” llamada “Fides”, la cual tiene, como suele ocurrirle a los asuntos de la fidelidad, una evolución complicada. Los romanos le otorgaron una exaltada importancia, llegando a definirse a sí mismos como el pueblo de la “fides”En su templo se celebraban asambleas del Senado y se archivaban documentos sobre relaciones internacionales. Fides era la protectora de los juramentos y base de la confianza en las relaciones de los hombres, reflejada en cosas tan prácticas como el crédito comercial. Nuestro clásico apretón de manos era para los romanos un acto de fe.

Los griegos también asociaban la fe al apretón de manos, pero no tanto al acto de unirlas como al de separarlas, a ese último gesto entre los que mueren y los que continúan viviendo. La fe de los griegos, llamada pistis, se refería a un vínculo emocional entre vivos y ancestros, entre el presente y el pasado.

Los romanos asimilaron también este sentido de “fides” en sus creencias tradicionales, honrando aquello que ya sucedió pero que sigue vigente. Durante la república predominó esta fe similar a la lealtad y a la sinceridad. La fe era lo que le daba valor objetivo a una promesa, a un juramento.

Durante el Imperio la fe agarra vuelo y pasa de alimentar la confiabilidad a nutrir creencias y ciegas convicciones. Se aleja para siempre del apretón de manos bilateral y pasa a constituir la llamada in fidem populi Romani que el enemigo vencido debía aceptar. La fe comienza a referirse a la rendición ante un superior y ya no de un trato entre iguales, y comienza a nutrir pomposos títulos, como Fides Augusta, o el Fides militum, tan de moda entre nosotros.

Esta fides romana del imperio se ha alejado de la fe griega. La pistis, o fe de los griegos, era una definición de reciprocidad, una palabra demasiado igualitaria para referirse a la relación entre los dioses y los hombres, o entre dominados y dominadores. En cambio la nueva “fides” imperial se prestaba mejor a la relación que pronto iba a plantear el cristianismo entre su Dios, representado por la iglesia, y los que se autoproclamaban “fieles”. Dice Cioran: “¡Qué lástima que para llegar a Dios haya que pasar por la fe!”.

Tenemos pues una fe que sirve para “fiar”, una fe que une a los hombres a niveles más espirituales y fraternales, una fe que organiza la política de un imperio, y así llegamos a los misterios unidireccionales de nuestra fe. En consecuencia: es probable que cada vez que pronunciamos este exigente monosílabo se acentué nuestro viaje en un túnel de un sólo sentido.

Sobre la ilusión

En su Breve tratado de la ilusión, Julián Marías nos explica que la palabra ilusión se deriva del latín illusio, que a su vez procede de illudere, y finalmente de ludus: juego. Sin duda una etimología verosímil, ya que toda ilusión tiene su buena dosis de azar. Pero, ¿de qué tipo de juego estamos hablando? Illudere, para los romanos, era ciertamente jugar, divertirse, pero ridiculizando algo o alguien; de allí que illusio se asociaba a burla, a escarnio, y más tarde la palabra iba a adquirir uno de su sentidos más universales: el del engaño que perpetra el ilusionista.

Según Marías el término ilusión aparece por primera vez, oficialmente, en el Tesoro de la Lengua Castellana, de Sebastián de Covarrubias (Madrid, 1611). Aquí la ilusión comienza con mal pie: “Vale tanto como burla”, ella se da “cuando nos representan una cosa en apariencia diferente de lo que es, o por causas secretas de naturaleza, o por alteración del medio o del órgano del sentido, o por vehemente aprehensión de una cosa imaginada, que parece estar presente”. Concluye Covarrubias: “El demonio es gran maestro de ilusiones”, sólo santos como San Antonio y San Benito lograron resistir sus embates.

Esta mala reputación de la ilusión parece darse en todos los idiomas que la han tomado del latín. Existe una sola excepción, y se da precisamente en nuestro idioma. El español logra, parcialmente, rescatar a la ilusión de entre las artimañas del demonio para darle un sentido positivo, incluso a veces excelso. Pero conviene saber que tomó su tiempo estirar el espectro de la ilusión desde la desgracia de “ser un iluso” hasta la gracia de “estar lleno de ilusión”.

Lo primero que resalta de esta dualidad es que se basa en los verbos “ser” y “estar”, tan determinantes en el castellano. También podemos comenzar a suponer que el “demonio” de Covarrubias, lejos de sentirse derrotado, se sentiría complacido, dada su reconocida sutileza y agilidad, al contar con una herramienta tan atractiva y ahora con una doble faz.

Julián Marías se pregunta cómo, cuándo y porqué pasó la ilusión a incluir extremos tan distantes. El reconocimiento definitivo de un significado esperanzador ocurre en 1967, cuando el Diccionario de uso del español, de María Moliner, la define como “Alegría o felicidad que se experimenta con la posesión, contemplación o esperanza de algo”.

La poesía registró mucho antes estas felices alegrías. Para Marías, Espronceda es el pionero. Nos da como ejemplo, un fragmento de su “Serenata”:

En tu ilusión embebida,
feliz te finges, y sientes
mis caricias

Bellas líneas, pero, ¡Atención! Entre Elisa y su amado Delio, quien la arrulla, existen unas rejas y la dama debe fingir una felicidad por unas caricias que ni siquiera la rozan.

Para Marías, el significado positivo de ilusión se mantuvo por mucho tiempo en estado latente, tanteando la lengua, pero los diccionarios, como suele suceder, se mantuvieron reacios a usos tan disímiles. Una contradicción que se evidencia con claridad en los llamados diccionarios de traducción, útiles para que no se confundan con peligrosas semejanzas quienes vienen de un idioma a otro. En un breve diccionario español-francés, cuando traducen “ilusión” del francés al español, aparece como “engaño”; en cambio, cuando traducen del español al francés, la ilusión se convierte en plaisir, en espoir, en esperanza. Con esta breve receta quien cruza la frontera entre Francia y España sabrá a qué atenerse cuando se ilusiona.

En los diccionarios de sinónimos, al menos en el de Fernando Corripio de 1974, la ilusión apenas roza con “espejismo” y “ofuscación”, de resto todo es “anhelo” y “sueño”, incluso pasa por “seguridad”, “certidumbre” y “convicción”, hasta llegar a dos palabras que ya revisamos en este ensayo: “fe” y “esperanza”.

Ahora examinemos una pregunta ineludible que nos plantea el Pequeño tratado de la ilusión: ¿cuál es el origen y qué consecuencias tienen en nuestra vida estos vuelos hispanos de la ilusión? Julián Marías nos habla del caldo de cultivo que se inicia en el siglo XVII con el descubrimiento del sueño y de la ficción, no como opuestos a la realidad, sino como formas de realidad que reflejan la condición del hombre. Puede que en estos juegos de espejos y espejismos los hispanos hemos ido extraviando la perspectiva de qué refleja a qué. El Segismundo de Calderón, héroe curtido en estos afanes, unas veces esgrimió y otras fue hendido por el doble filo de la palabra “reflexión”, la cual unas veces significa reflejarse y un instante después reflexionar.

Los hispanoamericanos llevamos sobre nuestra piel estas heridas, pero también estas armas, luego más nos vale estar bien consientes de nuestra herencia de ilusiones e ilusionismo. Sin advertencias, la ilusión es capaz de hacer estragos al andar entre pensamientos que se alimenten de espejismos.

Marías asoma que esta historia española de la ilusión debe ir acompañada de una historia de la desilusión. Puede que este segundo estado anímico explique y confirme el anterior, puede incluso que sea nuestra verdadera afición y para lo que tengamos más gracia y talento. Los venezolanos, que duda cabe, nos hemos convertidos en unos maestros de la desilusión.

A diferencia de los otros idiomas de origen latino, en el español la desilusión también puede tener un significado positivo: “Conocimiento de la verdad con que se sale del engaño”, o, resumiendo: “desengaño”. Estamos pues sujetos a complejos beneficios: ilusionados o desilusionados siempre pretendemos salir ganando. En un caso nos aferramos a la esperanza, en el otro a denigrar de una verdad por perdida e inútil. Es así como el engaño se cuela entre nosotros sin mostrar jamás su verdadero rostro, semejando a la esperanza que nunca salió de su caja, y a una fe que no quiere darnos la mano y nos aplasta con el sello de una moneda que nunca ofrece su verdadera cara.

Nota: así llegamos al final del 2016. Nuestra situación me recuerda el cuento de Raymond Carver: “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Esa es la palabra que se lleva el premio de “Piquete al revés”. El Gobierno la utiliza con tan sádica truculencia que la Real Academia está pensando en agregar una acepción:

 

15. m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia suficiencia, repele y aborta el encuentro y la unión con otro ser.

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Vidas paralelas; por Federico Vegas

Plutarco se dedicó a comparar personajes de Grecia y de Roma que tuvieron oficios e intereses similares, como Alejandro y Julio César, Demóstenes y Cicerón. Las vidas que intentaré explorar son menos heroicas y mi análisis ciertamente será menos sabio, apenas un vuelo rasante. Son personajes que han vivido en el mismo tiempo histórico y

Por Federico Vegas | 4 de noviembre, 2016

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Plutarco se dedicó a comparar personajes de Grecia y de Roma que tuvieron oficios e intereses similares, como Alejandro y Julio César, Demóstenes y Cicerón. Las vidas que intentaré explorar son menos heroicas y mi análisis ciertamente será menos sabio, apenas un vuelo rasante. Son personajes que han vivido en el mismo tiempo histórico y en un mismo país, lo que acentúa tanto las similitudes como las diferencias, al punto que sus trayectorias pueden parecernos más perpendiculares que paralelas.

Presento dos casos, dos paralelismos. El primero me atrajo porque trata de los inicios, de lo determinante que pueden ser los puntos de partida, la promesa o la condena de un comienzo. El segundo me llega más cerca pues trata de los finales, de cómo la vida nos lleva unas veces al margen y otras al centro, y de las ambigüedades y trampas de estas elusivas posiciones.

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Yon Goicoechea (8-11-1984)– Héctor Rodríguez (26-3-1982)

Una sola vez los vi juntos. Fue en el 2007, durante un debate en Globovisión tan informal como intenso. Eran entonces dos prometedores líderes estudiantiles muy atractivos e inteligentes. Sus puntos de vista eran tan opuestos que pensé serían amigos para siempre al haber encontrado, ambos, un valiente contendor y un incitante complemento.

Lo primero que llamó mi atención fue que Héctor se refería a los compañeros de Yon como “Los muchachos”. Héctor es dos años y medio mayor que Yon, una diferencia que pesa mucho a los veinte años, pero no tanto como para usar un adjetivo que suena a barrera generacional. A lo largo del debate se hizo evidente que la verdadera diferencia radicaba en la ubicación con respecto al poder. Yon representaba a la oposición y Héctor al gobierno, y a la edad en que todo está por darse esta suerte de estatus es determinante, particularmente cuando el chavismo se perfilaba como una estructura todopoderosa y aún plantea con descaro su apetito de eternidad.

El punto central de la discusión era el cierre de Radio Caracas Televisión. Héctor defendía el cierre del canal como una medida para equilibrar a las televisoras, “en su mayoría en manos de privados”. Yon consideraba ese cierre como un atentado a la libertad de expresión y un paso del gobierno hacia el dominio completo de los medios de información.

La perspectiva sobre el tema ha cambiado mucho en diez años. Lo que entonces parecía relativo y discutible se ha ido haciendo cada vez más absoluto e irrebatible. Héctor podría hoy justificarse diciendo que era otro el momento histórico, pero las leyes de la historia suelen ser retroactivas y tienden a juzgar el pasado según los dictados del futuro. El tiempo, esa medida inexorable de lo vivido y por vivir, opera en contra de Héctor como un pantano en el que intenta avanzar mientras se hunde.

En el 2007 el gobierno celebró alborozado el talento y la juventud de Héctor. No tenía el magnetismo de Robert Serra, pero sí mucha más compostura y ponderación, la suficiente para confiarle varios sucesivos ministerios y la Vicepresidencia del Consejo de Ministros para el Desarrollo Social y Misiones. Ahora está en la Asamblea y es el mejor orador del oficialismo, al punto que hay ocasiones en que pareciera no haber otro.

Su tragedia está plasmada en una ecuación: mientras se ha ido haciendo más poderoso más se identifica con los errores de una tragedia a la que llegó tarde, convirtiéndose en el joven actor de una película empezada, Héctor va hurgando cada vez más atrás para justificar las recientes actuaciones del gobierno, diciendo que no son tan graves como la actuación del ejército en “El Caracazo” de 1989, o las suspensiones de las garantías que implantó Rómulo Betancourt en los años sesenta. Defiende el pasado reciente con un pasado remoto, pues ya no parece haber nada bueno adelante, solo cosas peores atrás, y avanza caminando de espaldas para no ver la corrupción y la incompetencia que lo rodea. La trampa que ha ido labrando con sus extraordinarias aptitudes es haberse convertido en lo mejor de lo peor cuando ya no parece haber remedio.

Los años que ha vivido Yon Goicoechea desde aquel encuentro en Globovisión resultan más propicios para una novela, y con esto intento justificar mi preferencia. La actuación del movimiento estudiantil a que pertenecía fue determinante en la única elección que perdió Chávez. Al año siguiente Yon gana el premio Milton Friedman por su labor defendiendo los derechos de los ciudadanos. Ha arrancado con buen pie, quizás demasiado rápido y demasiado bien. Él mismo cuenta que a los 22 años le “cayó la política encima como un edificio”.

La oferta de poder para un opositor no era tan precisa y grandiosa como la que recibió Héctor. El futuro lucía como una posibilidad que estaba por definirse y Yon sintió el enorme peso de expectativas para las que no tenía respuestas. Había un vacío que debía llenar y decide irse a estudiar a Columbia University.

Paralelamente, y para insistir en la posibilidad de una novela, existe una historia de amor. Me asombra cómo en la saga de nuestros actuales presos políticos aparece siempre una mujer bella, abnegada y bien dispuesta a dar la pelea. Yon debe haber sentido la tentación de convertirse en un exilado más y darle paz a su esposa y a sus hijos. Llega el 2016 y está a punto de continuar sus estudios en Europa; resulta tan fácil, tan posible, tan lógico. Pero no hay nada peor que dudar cuando sabes que el llamado de tu Patria es sagrado, y la familia Goicoechea regresa a un país que está viviendo un enfrentamiento, que no es más cruento porque un bando tiene el absoluto dominio de las armas.

Yon se encuentra con sus amigos y compañeros de partido, el más combativo y el que tiene el mayor porcentaje de presos y perseguidos. Empieza a recorrer el país, a entender el nuevo momento histórico, a sentir la insoportable tensión. Dos meses después es detenido y encerrado. Las pruebas del gobierno tienen tanto de montaje que avergüenzan al ministro encargado de presentarlas.

Si su detención fuera un incidente aislado sería un hecho rocambolesco, al borde de lo anecdótico y tragicómico, pero, cuando sabemos que es parte de un patrón aplicado a centenares de políticos se torna en algo pestilente, siniestro, enfermizo, pues la misma cantidad de casos hace que nuestra atención no se detenga lo suficiente en una injusticia cruel, enloquecida.

Algo de poética tiene que tener nuestra realidad. Me pregunto que habrá dicho Héctor cuando le pidieron ayuda para resolver una componenda tan evidente. En la novela que me gustaría escribir, Héctor va en auxilio del contrincante con quien tuvo uno de sus episodios más dignos. Desmonta la patraña y Yon vuelve a ser libre. Se dan un abrazo y ambos vuelven a la lucha.

El drama está servido para dedicarle toda nuestra atención: ¿Hacia dónde van estas dos vidas, en la plenitud de sus facultades, que aún pueden dar tantos frutos?

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Arturo Sosa (12-11-1948) – Armando Rojas Guardia (8-9-1949)

Arturo es un año mayor que Armando, quien a su vez me lleva solo seis meses. Los tres estudiamos en el mismo colegio, el San Ignacio de Loyola.

Cuando tenía unos ocho años me enviaron a un campamento de verano. Me pareció un campo de concentración y me fugué. No debo haber recorrido más de tres kilómetros pero el episodio fue un escándalo. Al final se estableció que quien estaba mal era yo, un niño más raro que rebelde. Fue una cruda manera de descubrir la racionalidad del poder.

Arturo estaba en ese mismo campamento. Siendo año y medio mayor tenía mejores armas para pasarla bien. Siempre usaba una chaqueta McGregor de las de cierre hasta el cuello. Creo que la primera manifestación de una vocación religiosa es la forma de vestirse, y en el caso de Arturo incluía una manera de mantener las manos en los bolsillos que me intrigaba. Un día me atreví a preguntarle:

—¿Qué tienes ahí?

Sonrió como si tuviera días esperando la pregunta, sacó el puño derecho con elegancia y lo abrió ante mis ojos. En la palma tenía una pequeña virgen de estaño; quizás “Nuestra Señora del buen camino”, patrona de los jesuitas.

Luego desaparece por años, aunque estudiábamos en el mismo colegio. Algo en su misma distinción e impecabilidad lo hacía invisible. Pero seguía siendo una referencia. Era la constancia de que un niño puede elegir su destino como si Dios lo hubiera elegido al nacer.

Armando Rojas Guardia estaba en un salón al lado del mío y aparece en mis recuerdos cuando tendríamos unos doce años. Puede que a esa edad ya esté todo decidido y escrito porque la imagen que tengo es la de un poeta cansado. Lo cierto es que tanto Arturo como Armando estaban fuera de lo realmente físico; nada tenían que ver con las peleas y con los deportes, pero esta ausencia no la veíamos como carencia o debilidad, sino como una fortaleza inaccesible.

En las graduaciones del colegio a mediados de los sesenta hubo una cantidad inusitada de vocaciones sacerdotales. No sé cual fue la causa y muy poco de los efectos. Arturo y Armando formaron parte de ese grupo. Pocos van a perseverar en el seminario de Los Teques. Armando desistirá, pero su vida quedará para siempre ligada a la religión.

El verbo “ligar” no es el más adecuado en el caso de Armando. Religare es uno de los posibles orígenes latinos de la palabra “religión”, y nos sugiere una suerte de religación, de vínculo supremo que nos ata fuertemente. Esta versión me cuadra mejor con el Arturo de mis recuerdos. Para acercarme al Armando que conozco prefiero partir de otra posible etimología: relegere. Esta posibilidad tiene que ver con una lectura constante, diligente, que siempre espera encontrar algo más. Una frase que una vez le escuché a Armando lo explica mejor:

—No quiero una religión en la que introduzco una pregunta y brota automáticamente una respuesta.

Esa continua búsqueda te lleva inevitablemente a los márgenes de lo inexplorado. El mismo Armando nos ha hablado con insistencia de una marginalidad que puede “dejar de ser una maldición, una condena”, y convertirse en “una genuina vocación, en una manera insólita de acceder al centro”.

“A Dios se le encuentra en los lugares periféricos, aquellos que más nos obligan a salir en voluntario éxodo hacia las afueras del yo, hacia la intemperie ética que es la acogida radical del Otro, especialmente si ese Otro es el excluido, el marginado, el que vive en la periferia”

Armando describe sin temor y con transparente generosidad cuatro marginalidades que ha convertido en cuatro pilares. Las resumo: La marginalidad del cristiano, pues la figura de un intelectual-cristiano resulta atípica, excéntrica. La marginalidad del poeta dentro de una sociedad que no propicia estados profundos de consciencia donde se haga posible la experiencia poética. La marginalidad del homosexual en una sociedad donde los homosexuales reciben la condena tácita o explícita del ostracismo. La marginalidad del paciente psiquiátrico sometido a la exclusión en clínicas y hospitales junto a compañeros de todas las edades y clases sociales.

El ser cristiano, poeta, homosexual y paciente psiquiátrico son sendas periféricas que han llevado a Armando a una vocación de soledad “al margen de los prevalecientes modelos civilizatorios que signan determinadas horas históricas, al margen de comportamientos masificados, al margen de los patrones colectivos”.

Aquí quería llegar, aquí necesitaba llegar, pues estamos viviendo horas históricas e histéricas en las que poco ayudan los patrones colectivos y los comportamientos masificados. Y es desde esta tremenda necesidad de centralidad y de soledad que quisiera examinar las palabras que recientemente le escuchamos a Arturo Sosa después de ser elegido jefe de los jesuitas.

Entiendo que la senda de Arturo lo llevó siempre al centro de las instituciones ligadas (continúo usando el verbo “ligar”) a sus tareas de educador, de intelectual y de sacerdote. Ha sido director del Centro Gumilla, Superior Provincial de los Jesuitas en Venezuela, Rector de la Universidad Católica del Táchira y, desde el 14 de octubre, General de la Compañía de Jesús. De manera que es comprensible que nos hable desde una posición de absoluta centralidad. Comienza advirtiendo que “la situación en Venezuela es muy difícil de explicar a quien no vive allá”, y ciertamente se expresa como si ya no viviera acá, en este margen incomprensible del mundo.

También explicó que como politólogo ha dedicado la mayor parte de su vida a comprender el proceso sociopolítico venezolano y que ha reiterado “como una letanía” que “no se entiende lo que pasa en Venezuela si no se entiende que el país vive de la renta petrolera y que la administra con exclusividad el Estado”. Yo pensaba que esta era de las pocas cosas que sabían de nosotros quienes no viven en Venezuela, incluyendo el diagnóstico que Arturo nos da del gobierno: “El modelo rentista que ha encabezado el comandante Chávez y que ha seguido Nicolás Maduro ya no se sostiene”. Falta agregar que Maduro está a punto de acabar con el modelo rentista al acabar con la renta. Esa ha sido la fórmula más efectiva del chavismo: “Muerto el perro se acabó la sarna”.

La segunda parte de su diagnóstico es más desoladora: “Lo mismo ocurre en la oposición venezolana, que tampoco tiene un proyecto rentista diferente, que es lo que se necesitaría para salir a largo plazo de esta situación en la que está el país”.

¿Si ni el gobierno ni la oposición tienen la solución, quién la tiene entonces? Me pregunto si será el propio Arturo desde sus letanías. Ese centro elevado y distante es clásico del héroe religioso, quien, al ser dueño de una verdad, será más heroico en la medida que resulte más difícil acceder a su fórmula infalible.

Un gobierno todopoderoso y corrupto, que ha manejado miles de millones durante 17 años, que ha planificado no solo manejar el país desde la renta del petróleo, sino también destruir las posibles alternativas, no podemos compararlo tan alegremente con una oposición atomizada, perseguida, a la que se le arrebata los espacios que ha conquistado con el voto, que gasta una energía incalculable manteniéndose unida, aplacando sus diferencias para enfrentar a un gobierno insaciable. Hacerlo es un ejercicio tan injusto como superficial y pretencioso. ¿Acaso Arturo conoce el pensamiento de toda una nueva generación de jóvenes políticos que luchan por la oportunidad de expresarse, de llevar a la práctica sus ideas? Su planteamiento nos resulta aún más doloroso en medio de una crisis que puede llevarnos a la autodestrucción. No existe ninguna posibilidad de generar un proyecto alternativo si no se nos permite ejercer el derecho al voto.

Arturo Sosa plantea su resumen de nuestra situación tres días antes de que nos fuera negado el derecho a votar. Ese día no tuvo palabras de cariño, ánimo y consuelo para sus compatriotas, ni se refirió a la necesidad imperiosa de volver a contar con ese medio fundamental para el diálogo que es expresarse con el voto. Prefirió elevarse tanto como sus cejas sobre nuestra historia mirándola en su conjunto como a unos condenados que nunca han logrado entender que diablos les pasa.

Entiendo que no puedo juzgar a un hombre con una obra tan amplia y profunda por unas pocas palabras extraídas de un fragmento de su vida, pero es que el momento era tan estelar, tan ecuménico, tan propicio, y nos hacía tanta falta un abrazo de comprensión y apoyo. Exigir que se respete el derecho al voto no es hacer política, es mucho más, es defender la dignidad del hombre, la libertad de los pueblos para elegir su destino.

Armando no tiene la solución pero si la actitud cristiana que necesitamos:

“De mí depende y de nadie más, que mi soledad se degrade a un individualismo militante, sordo y ciego frente a las heridas sangrantes de mi entorno, o, por el contrario, venga a ser una soledad poblada de presencias amadas, llena de atención, de tacto y de delicadeza ante el dolor ajeno”.

Nuestra Asamblea; por Federico Vegas

¿Cuál ha sido la edificación más revolucionaria en la historia de Caracas? ¿Cuál ha sido la que por más tiempo ha cumplido la misma función? ¿Cuál es la más necesaria en este momento histórico? Pueden haber distintas respuestas a cada una de estas preguntas, pero hay una sola que contesta con acierto las tres: el

Por Federico Vegas | 24 de octubre, 2016

¿Cuál ha sido la edificación más revolucionaria en la historia de Caracas?

¿Cuál ha sido la que por más tiempo ha cumplido la misma función?

¿Cuál es la más necesaria en este momento histórico?

Pueden haber distintas respuestas a cada una de estas preguntas, pero hay una sola que contesta con acierto las tres: el Palacio Legislativo, sede de la Asamblea Nacional.

¿Por qué su arquitectura fue tan innovadora en su tiempo, y, a la vez, tan adecuada para dar albergue y continuidad a una asamblea a través de siglo y medio de dictaduras y democracias?

¿Qué celebra y propicia este edificio?

La celebración de nuestra democracia

Los grandes palacios de Florencia semejan fortalezas con sus altas fachadas de piedra y pequeñas puertas y ventanas. Los Palacios de Venecia son enormes vitrinas con arcadas abiertas donde ricos mercaderes se sentían seguros y dichosos de exhibirse.

Izquierda: Palazzo della Signoria, Florencia; derecha: Palazzo Ducale, Venecia

Izquierda: Palazzo della Signoria, Florencia; derecha: Palazzo Ducale, Venecia

Estas diferencias de estilo fueron consecuencia de una situación política. Florencia vivió siglos de luchas internas: disputas entre Gibelinos y Güelfos, enfrentamientos entre la aristocracia y la nueva élite mercantil, rivalidades entre los Albizzi y los Médici, más los delirios religiosos de Fray Jerónimo Savonarola.

En cambio Venecia tuvo la suerte de consolidar una república más estable, donde los problemas internos se resolvían con una suerte de democracia para evitar tanto las rivalidades como una excesiva concentración de poder.

¿Cómo nuestra historia política ha asumido a nuestro llamado “Palacio Legislativo”?

Fue iniciado en 1872 por Antonio Guzmán Blanco, llamado el “déspota ilustrado”. Uno de los sueños despóticos e ilustrados de Guzmán era crear, para su gloria personal, un capitolio a imagen y semejanza de las grandes repúblicas. Los medios eran escasos y al principio los tres poderes compartían los espacios del modesto palacio, pero no les resultaría fácil convivir teniendo necesidades tan distintas, y pronto el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial se marcharon dejando al Legislativo disfrutar de toda la edificación.

Es comprensible que se marcharan el presidente con los jueces y se quedaran los asambleístas. La naturaleza del lugar, con sus aperturas generosas a la ciudad y al cielo, la hace apropiada para una actividad más cívica y compartida entre iguales. Su configuración invita al encuentro y la discusión abierta, pero no va bien con los secretos y argucias de quienes ejercen el poder y emiten sentencias, instancias que requieren de resguardo y fuertes medidas de seguridad. Y ya vimos el domingo, 24 de octubre, lo fácil que es traspasar las amplias y francas puertas de la Asamblea.

Entrada Este del Palacio Legislativo

Entrada Este del Palacio Legislativo

No existe un espacio donde se congreguen tantos servidores públicos elegidos por el pueblo y al servicio de todo el país. El presidente es uno solo; los gobernadores y alcaldes se deben a sus regiones; a los jueces los elige la Asamblea, pero pueden tornarse contra ella, como hoy lo demuestran pruebas estruendosas e incesantes. La Asamblea también elige a los rectores del Poder Electoral, hoy al servicio de la permanencia del Poder Ejecutivo.

Este recuento nos señala que el cuerpo constituido con la mayor cantidad de venezolanos elegidos por el pueblo es nuestra Asamblea, y, por consiguiente constituye el ente más genuinamente democrático. A esto se añade que sea la institución más recientemente elegida, lo que tiene una doble significación ahora que estamos bajo la amenaza de no celebrar elecciones por mucho tiempo.

La celebración de lo civil

Ya hemos hablado en otro ensayo sobre las dificultades que ha tenido la palabra civil en el castellano. Provenía de una palabra latina, civilis, que significaba “perteneciente a la ciudad o a los ciudadanos”, pero en la evolución de nuestro idioma empezó a significar “Ruin, mezquino”. La razón de semejante descenso es que lo civil se oponía estructuralmente a lo militar, y el poder militar era entonces la fuerza predominante. En Francia, Italia y Cataluña, donde los ciudadanos contaban con mejores instituciones, la palabra civil conservó su significado latino, al que se fue agregando “sociable, urbano, atento”.

Le tomó tiempo a lo civil ganar terreno en España e Hispanoamérica, y aún hoy ese significado de ruin y mezquino aparece en la séptima acepción del diccionario de la Real Academia, como amenazando con regresar al primer lugar.

Hace años, el entonces ministro Miquilena se preguntaba:

—¿Sociedad civil, con qué se come eso?

Nos estaba asomando a una amenaza que ahora se ha cumplido: en Venezuela el poder no reposa en la sociedad ni en las instituciones civiles, sino en la fuerza militar y los representantes civiles encargados de servirles.

La tercera acepción de civil en el diccionario habla de aquello “que no es militar ni eclesiástico”. Nuestro Palacio Legislativo, por su misma escala y disposición, radicalmente distintas a las de una fortaleza o una iglesia, se presta a las actividades civiles. Desde el momento en que se entra a la edificación sentimos que está dedicada a las tareas propias del ciudadano. Los uniformes y las armas, las togas negras y los birretes, no tendrían sentido en sus corredores ni en los jardines de su gran patio.

La celebración de nuestra casa tradicional

Nuestro Palacio Legislativo es pequeño comparada con los de Bogotá, Buenos Aires y la Habana. Dicen que el de La Habana está inspirado en el Panteón de París, la catedral de San Pedro de Roma y el Capitolio de los Estados Unidos (al que sobrepasa en altura), y ciertamente se le nota un exceso de ambición al pretender suplir con referencias formales sus carencias democráticas en tiempos de Gerardo Machado y Fulgencio Batista. Al triunfar la revolución castrista fue disuelto el Congreso y el edificio pasó a ser la sede del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Equivalía a decir que la asamblea cubana había sido una fantasía y había que sustituirla con algo más científico, una clásica versión tropical del materialismo dialéctico.

Izquierda: Palacio legislativo en la Habana; derecha: Palacio de la legislatura en Buenos Aires

Izquierda: Palacio legislativo en la Habana; derecha: Palacio de la legislatura en Buenos Aires

Esos capitolios grandiosos pueden ser contraproducentes. No siempre conviene que sobre espacio, pues se presta a la acumulación y la estupidez. La sede de nuestra Asamblea es modesta si hablamos de palacios, pero sus proporciones son generosas si la consideramos como una casa.

No creo que entre los propósitos del déspota ilustrado y sus arquitectos estuviera realizar una interpretación de la casa caraqueña tradicional. Debe haber sido más bien una referencia inevitable de un modelo que ya tenía varios siglos funcionando.

La tipología de casa urbana que heredamos de la colonia fue muy exitosa, de aquí su perdurabilidad. Sigue siendo una solución válida, fresca, acogedora y muy urbana. Su planta de espacios organizados alrededor de un patio viene a ser un microcosmos de la ciudad. Lo que para la casa era el patio para la ciudad era la plaza.

En los años cincuenta este sabio modelo fue abandonado y de la casa con patio se pasó, en una sola generación, a mitificar el modelo anglosajón de la quinta con jardín. Son modelos antagónicos. Uno tiene sus espacios abiertos al aire y la luz en el centro y está concebido para integrarse y formar cuadras; el otro tiene sus espacios abiertos en la periferia y está concebido para estar separado. De la casa como instrumento de integración se pasó a la casa como un medio de disgregación.

 

tercero

Izquierda: Casa de patio; derecha: Quinta con jardín

Lo cierto es que Guzmán Blanco nos dejó en herencia una extraordinaria interpretación del hogar caraqueño tradicional. Sus arquitectos ampliaron los patios y corredores de la intimidad familiar y los convirtieron en espacios propicios para que los diputados se encontraran y argumentaran sobre el destino de la nación.

El llamado Palacio de Miraflores, construido unos veinte años más tarde por Joaquín Crespo, y sede de la Presidencia de la República a partir de Cipriano Castro, ejemplifica la tipología de una quinta con jardín, montada y resguardada en una colina y separada de la trama urbana.

Vista del Palacio de Miraflores en 1909

Vista del Palacio de Miraflores en 1909

Leon Battista Alberti explicó en tiempos del Renacimiento cuál debe ser la relación entre la arquitectura y el urbanismo: “La ciudad es una gran casa, y la casa, a su vez, una pequeña ciudad”. Tenemos la suerte de tener en el centro fundacional de Caracas una gran casa convertida en una pequeña ciudad.

Palacio legislativo en Caracas. Patio interior.

Palacio Legislativo en Caracas. Patio interior.

La celebración de nuestra ciudad

La Caracas de la colonia había quedado devastada con las guerras de independencia. En 1870 todavía se veían las ruinas que había dejado el terremoto de 1812 y la ciudad aún no alcanzaba los 50.000 habitantes que tenía el 19 de abril de 1810.

Después de un letargo de medio siglo había llegado el momento de dejar atrás la ciudad colonial y crear la capital de una joven y aturdida república. En la gesta que inicia Guzmán a partir de 1870, la ciudad va a ser la máxima expresión de su pensamiento político. Cada una de sus obras refleja su visión sobre un tema: el parque El Calvario señala cuál debe ser la relación entre la naturaleza y lo urbano; la plaza Mayor pasó de ser un mercado a convertirse en un jardín donde se rinde culto a Bolívar; el acueducto de Macarao y la creación de un nuevo cementerio al sur de la ciudad demuestran la importancia de la salud pública. La relación entre lo que crea Guzmán y los limitados medios de que dispone es impresionante, sobre todo por lo mucho que nos está diciendo, proponiendo, orientando, augurando.

Muchos de los nuevos edificios consisten en fachadas neoclásicas superpuestas a construcciones que ya existen y se les da nuevos usos. Más tajante es su estrategia de derribar templos y conventos para dotar a la ciudad de edificaciones civiles. Para Guzmán, la ciudad colonial estaba dominada por lo sacro y le había llegado la oportunidad a lo cívico. El caso más notable va a ser el Palacio Legislativo, construido en una cuadra donde antes había un institución religiosa.

Fue un evento y un escándalo cuando las Reverendas Madres de la Inmaculada Concepción fueron obligadas a desalojar su convento, muchas de ellas damas de sociedad que se habían recluido por sus virtudes o por sus pecados. Nada más exclusivo que un convento de clausura y más inclusivo que una asamblea. El término “exclusivo” lo hemos convertido en una cualidad cuando implica excluir. Yo prefiero los espacios incluyentes, como los mercados y las plazas.

La manera en que el Capitolio se implantó donde antes estaba el convento fue para los caraqueños una sorpresa mayor que el desalojo de las reverendas. Hasta entonces las edificaciones se ajustaban a los límites de la cuadra creando un sistema de muros continuos con portales y ventanas, pero ahora el edificio se retiraba con entrantes que regalaban jardines a la calle. El damero dejaba de ser una camisa de fuerza y los edificios podían generar en su perímetro bulevares, nuevas experiencias urbanas. La noción de espacio público ya no se limitaría a las plazas.

Vista aérea

Vista aérea

Fachada norte

Fachada norte

Fachada sur

Fachada sur

Cuando Ricardo Razetti realiza su plano de Caracas en 1897, ya Guzmán Blanco había sido derrocado y vivía en el París de sus sueños y principales referencias, pero Caracas sigue siendo la ciudad que él había reinterpretado. En este plano podemos ver el impacto del Capitolio, su esplendida oferta a los que están dentro y fuera del edificio.

Plano de Caracas por Ricardo Razetti, 1897

Plano de Caracas por Ricardo Razetti, 1897

14. Segmento plano de Ricardo Razetti, 1897

Los arquitectos que trabajaron con Guzmán van a estar sometidos a mucha presión. Luciano Urdaneta y Hurtado Manrique deberán manejar diversas técnicas, desde elementos metálicos prefabricados hasta muros de adobe. Otra exigencia era la prisa. La parte sur, donde están los espacios para las sesiones de la Asamblea, se construyó en menos de cinco meses, un tiempo récord para entonces e imposible de lograr hoy en día.

El espacio que más me asombra y disfruto es el patio central. Su misma proporción, mayor a la usual en las casas de entonces y de ahora, debe haber asombrado a los caraqueños del siglo XIX tanto como hoy a los del siglo XXI. Una de las fotos que tomé en mi última visita podría ser de las playas de Morrocoy o de un bosque en Barlovento. Es hermoso y emocionante encontrar en el corazón del recinto un homenaje a nuestra naturaleza.

Chaguaramos en el patio.

Chaguaramos en el patio. Fotografía de Federico Vegas

El patio fue un descubrimiento tan fundamental como la rueda. Permitía en las enormes extensiones del campo crear una suerte de pequeño espacio urbano y en la ciudad dar presencia al verde en los hogares. En Caracas se ha convertido en una especie en extinción. La familia venezolana que dependió del patio para vivir y congregarse, ha logrado eliminarlo en pocas décadas. Esta nueva condición, con implicaciones creo que antropológicas, me lleva a pensar que uno de los mayores aportes de nuestro pequeño palacio y gran casa sea ese gran patio que es también una pequeña plaza. Los niños que lo visitan se sienten desconcertados al principio y muy felices minutos después.

La celebración de nuestra alma republicana

No hay sede de gobierno con más historia que la casa de nuestra Asamblea Nacional, ni con más presencia en la memoria colectiva. Todos sabemos donde está y cómo funciona.

El Palacio de Miraflores, en cambio, es cursi y estrambótico; la sede de los jueces está disgregada en varios lugares; las rectoras electorales se reúnen en no sé que pisos del Centro Simón Bolívar.

Aparte de la ubicación de estos poderes, está la imagen que surge al preguntarnos cómo diablos funcionan. Del presidente y sus ministros hemos visto alguna vez una larga mesa; de los rectores solo un rostro cansado frente a un micrófono; de los jueces bastante menos, algo en su misma naturaleza los hace remotos y ocultos.

Los congresistas, en cambio, son actores continuamente expuestos y acosados por cámaras y micrófonos al estilo del programa “Gran hermano”.

Hace pocos días visité por primera vez el salón de sesiones y me impresionó su escala. Me sentí como cuando visité el colegio donde estudié primaria y todo lucía más pequeño. Otra referencia que vino a mi mente fue el corral de la comedia en Almagro, y ciertamente se han dado interesantes comedias en nuestra Asamblea. Pero también tragedias. El asalto al congreso de 1848 que provocó ocho asesinatos no ocurrió en el actual Palacio Legislativo, pero el aura de esos hechos sí se siente, especialmente después de este domingo, cuando fue asaltado por una turba. No es casualidad que en 1848, tal como ahora, se estaba considerando enjuiciar al presidente de la república.

De nuevo con la acuciosidad de un episodio de “Gran Hermano”, vimos largas y exhaustivos videos de los asaltantes, sus paroxismos y muecas mientras esperaban a que milagrosamente los viniera a reconducir, esta vez hacia la salida, el alcalde Jorge Rodríguez.

El dantesco zafarrancho fue positivo. La escena toda solivianta la viva presencia que la Asamblea tiene en nuestra psique. Sabemos bien dónde están nuestros diputados, cómo actúan, a qué presiones y riesgos están sometidos, la valentía y sacrificios que su vocación les exige, y esa misma observación obsesiva nos hace partícipes, protagonistas y dolientes de lo que está en juego. En este pertenecer y estar presente reside la esencia y el sentido de la democracia.

Es paradójico que un lugar tan importante no esté protegido y que sus entradas, insisto, sean tan francas e invitantes. No existe una edificación pública más transparente. Podemos ver a través de sus puertas y su patio desde la calle este hasta la calle oeste. ¿Qué sentido tiene entonces que la mayor y más variada concentración de elegidos se encuentre en un lugar tan abierto, tan frágil? La respuesta es que allí está el alma de nuestra democracia y el alma nunca debe estar acorazada ni escondida.

Más temprano que tarde toda nación comprende que debe proteger su alma, el espejo donde todos necesitamos reflejarnos. La fuerza con que sintamos este deber y este derecho es en definitiva la única garantía de su permanencia.

La cebolla y el verdugo; por Federico Vegas

El país que somos nos persigue. Desesperado pide explicaciones, soluciones, acosándonos hasta entumecernos. Cuesta entender que hemos vivido por más de una década sometidos a una guerra económica de desgaste, la de un gobierno contra su propio pueblo. Hay un ejército de ocupación que acaba con nuestros recursos y ecosistemas, nos proyecta ante el mundo

Por Federico Vegas | 17 de octubre, 2016
Tres figuras y un retrato de francis Bacon

Tres figuras y un retrato (1975), de Francis Bacon

El país que somos nos persigue. Desesperado pide explicaciones, soluciones, acosándonos hasta entumecernos. Cuesta entender que hemos vivido por más de una década sometidos a una guerra económica de desgaste, la de un gobierno contra su propio pueblo.

Hay un ejército de ocupación que acaba con nuestros recursos y ecosistemas, nos proyecta ante el mundo como unos sumisos payasos, patrocina el miedo a ser asesinados, persigue al productor y degrada al consumidor, celebra los exilios de nuestros hijos como un enemigo menos, encarcela a nuestros representantes y anula a la Asamblea que elegimos democráticamente.

Cuando ese ejército te hace perder horas de trabajo para buscar comida en una cola, ha logrado quebrarte más allá de un principio bíblico: “Te ganarás el pan con el sudor de tu frente”, pues ese sudor se te irá haciendo cada vez más degradante, ajeno a los dictados de tus pensamientos y súbdito de un regalo.

Cuando te piden tus huellas digitales y la cédula laminada para comprar un kilo de auyama, ¿crees que el ejército de ocupación lo hace porque es necesario? Te equivocas. Lo hace porque le da placer someterte, dominarte, hacerte sentir indigno de merecer tu propia tierra.

Ayer entré a una papelería para hacer tiempo antes de una cita y, para mi sorpresa, había un estante con libros de poesía. Abrí al azar un ejemplar con la obra del sueco Tomas Tranströmer y encontré dos poemas que se miran uno al otro. En la página 152 está “Fachadas”. Tiene sólo dos estrofas:

Al final del camino veo el poder
Y parece cebolla
Con rostros superpuestos
Que caen uno a uno…

Se vacían los teatros. Medianoche.
Arden las letras en las fachadas.
El misterio de la carta sin responder
Se hunde en el destello frío.

El poema de la página 153 tiene un título para el que sólo faltan pocos días: “Noviembre”. También es breve:

Si se aburre, el verdugo se vuelve peligroso.
Se enrolla el cielo ardiente.

Se oye tocar de celda en celda
Y la habitación desborda la helada.

Y ya no pude continuar disfrutando el libro. Los dos poemas me oprimen, me obligan. No existe una casualidad que me libere de la opresión, todas me conducen al mismo punto, el de una sensación de inutilidad que se acerca a la inexistencia, a lo inorgánico.

La cebolla tiene un merecido y ancestral sitial en la gastronomía, pero en la poesía se lo ha ido ganando poco a poco. Mi ignorancia me lleva a apostar que uno de los primeros ejemplos se lo debemos a Pablo Neruda con su “Oda a la cebolla”. Es un bello poema, pero resulta excesivamente culinario. Van apareciendo ollas y aceites, tomates y ensaladas, sales y cuchillos, y lágrimas que no afligen. Prefiero “La cebolla” de Wislawa Szymborska. La encuentro más centrada y guarda, además, inquietantes semejanzas con la de Tranströmer. Ofrezco dos estrofas:

La cebolla es otra historia.
No tiene entrañas la cebolla.
Es cebolla hasta la médula,
hasta el colmo de la cebollosidad.
Cebolluda hasta el meollo,
acebollada por fuera,
podría escrutar su interior
la cebolla sin temor.

En nosotros hay barbarie y salvajismo
apenas cubiertos por la piel,
el infierno de lo interno,
y anatomía ardiente.
Pero en la cebolla, hay solo cebolla
y no sinuosos intestinos.
Reiteradamente desnuda
Nunca jamás diferente.

Por culpa de mi obsesión, fruto de la expectativa constante por ese evidente final que nunca llega, veo metáforas politizadas por todas partes. Puedo jurar que en esa cebolla, “múltiples veces desnuda” y “nunca jamás diferente”, está retratado el gobierno, un poder cuyos rostros superpuestos caen uno a uno mientras sigue siendo puro poder hasta la mera médula. En el fondo no hay nada, ni ideología, ni verdades, ni logros, ni metas, ni más finalidad que un acebollado y cebolludo aferrarse al poder.

Nuestra barbarie y salvajismos los conocemos tanto como la piel que cubre nuestras ardientes anatomías, pero esa composición no debe avergonzarnos. Tantas veces ese peligroso hervidero se ha tornado en amor y creatividad. Sí debemos temer esa insaciable y tozuda superposición de la cebollosidad. Wislawa lo explica en la última estrofa:

La cebolla tiene esencia.
Su vientre es una promesa
que se envuelve a sí misma en aureolas
para su propia gloria.

En nosotros hay grasas, nervios, venas,
secreciones y secretos.
Se nos ha denegado
la idiotez de lo perfecto.

Esa idiotez de un perfecto y obsesivo afán por permanecer en el poder sólo la logran unos pocos gobiernos.

Un mal gobierno dura poco.

Un gobierno muy malo dura mucho.

Un gobierno maldito no logras quitártelo de encima.

Uso el adjetivo “maldito” sin rencor y con generosidad, pues se trata de una maldición que nos incluye junto a los gobernantes. Ellos tampoco saben cómo salir del cataclismo que han creado y lo advierten en sus rostros al mirarse en el espejo, por más adornos y riquezas que tenga el marco. Observemos sus expresiones, ¿acaso no parece que alguien les estrujara una cebolla en las narices?

La segunda estrofa del poema “Fachadas” no deja lugar a las metáforas. Es una descripción fidedigna. Ya sabemos que significan los vacíos, la oscuridad, las letras ardiendo hasta consumirse, los justos pedidos sin respuesta, los destellos del frío, los hundimientos.

Y pronto viene noviembre. ¡Atención! El verdugo se está aburriendo. Después de acabar con la Asamblea del pueblo le queda poco por destruir. No se soporta a sí mismo y ya no encuentra descanso tocando de celda en celda. Necesita más prisioneros y los va a encontrar, hasta terminar devorándose a sí mismo. Es tan equitativo y saludable que caiga el último velo que cubre el meollo de la nada.

Alexis Romero propone en el prólogo del libro de Tranströmer que cada poema es un manifiesto contra el destierro inesperado de la alegría y la inocencia, “un llanto de la cultura”. Es cierto. Hay líneas y alternativas que pueden ser muy duras:

Al final solo el humo negro, al final solo el verdugo devoto.

Quince años por 60 segundos; por Federico Vegas

Yo quería ser director de cine, e hice el intento, hasta que empecé a descubrir que requiere un valiente don de mando del que carezco. No sé delegar ni convencer con la fuerza que lo hace Diego Rísquez. Mientras mayor es mi entusiasmo, más introvertido me vuelvo, más necesitado de soledad, por eso me he

Por Federico Vegas | 24 de septiembre, 2016
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Fotograma del videoclip “No pasa nada” de Famasloop.

Yo quería ser director de cine, e hice el intento, hasta que empecé a descubrir que requiere un valiente don de mando del que carezco. No sé delegar ni convencer con la fuerza que lo hace Diego Rísquez. Mientras mayor es mi entusiasmo, más introvertido me vuelvo, más necesitado de soledad, por eso me he ido metiendo en este oficio de la escritura que tanto exige apartarse.

Esta claudicación ha sido provechosa, pero tiene su carga de nostalgia. Añoro el contacto con las emociones de los actores, que hoy son apenas sombras que se mueven en mi imaginación; y la coordinación de los complicados instrumentos, que en mi trabajo no pasa de un teclado; y la emoción del tiempo, un recurso que para el director de cine siempre es escaso y para el escritor a veces parece sobrar.

Hace dos días estas diferencias se han hecho dolorosamente palpables. Unos jóvenes han creado un video de un minuto y han causado una conmoción. Tres de sus productores han sido detenidos y tres más están siendo buscados para ser juzgados por la justicia militar. Si reparten la culpa entre los creadores, cada uno debería ser responsable por unos diez segundos, y parece que ya un fiscal habló de quince años de prisión (año y medio por segundo). Con este grupo de creadores se estaría batiendo un record de injusticia y saña, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué habrá en ese video que les resulta tan ofensivo y peligroso a los militares y al Gobierno?

Estoy orgulloso de lo escrito por colegas sobre lo que está sucediendo en nuestro país, y los respeto cada día más. De lo último que le leí a César Miguel Rondón, “Cuando ya nada importa”, se desprende: “Qué más podemos decir”. César habla sobre la rara y terrible sensación de estar metido en un desierto, y podríamos añadir, “donde las palabras no tienen efecto, digas lo que digas”.

Y esta semana descubrimos que hay otras maneras de expresión que sí importan, que sí duelen y producen desmedidas reacciones que revelan el miedo a que se diga lo que debemos decir. El video es una llama en el desierto, pero también un oasis donde comienza a beber una historia sedienta y necesitada de medios para expresarse con contundencia.

¿Qué diablos sucede en esos 60 segundos para generar tanto encono? Vemos a una madre enferma, una nevera donde no hay más que un pepino, una hija a cargo del hogar. Hasta aquí no hay nada que no haya sido dicho y visto antes. La trama se complica cuando nos enteramos de que el padre de la joven es un soldado.

Nuestro soldado (uno de los aportes del video es hacerlo sentir como nuestro) forma parte de un pelotón que está firme en una calle para no dejar pasar una marcha que protesta. Justo en el segundo 30 comienza la escena sacrílega que origina la persecución, la detención y la huida de todo el que tenga que ver con la producción de este video. La hija le comunica a su padre:

—A mamá se le acabaron las pastillas. Voy a salir a buscar comida en alguna cola.

Aquí es donde se traspasa la peligrosa frontera entre lo civil y lo militar, una zona peligrosa y confusa que debemos explorar.

En nuestro idioma a la palabra “civil” le tomó mucho tiempo asentarse y asumir lo que hoy tiene de sociable, de urbano y civilizado, al definir lo que es “propio del ciudadano”, tal como en sus orígenes latinos.

Al principio su significado era desestimable, mezquino, ruin, de baja condición y procederes, pues en los albores del español lo civilis se oponía a lo militaris: “lo propio del caballero”. Si dudan de esta evolución y su persistencia, pregúntenle a un militar, al que le tengan confianza qué piensa de los civiles.

Con los siglos, lo “civil” ha ido ganando terreno. En el DRAE de 1970 la acepción de grosero, ruin, mezquino, vil, está en el tercer lugar. En la edición del 2001 estos vicios pasan a la sexta acepción, pero siempre lo civil estará en peligro de volver a envilecerse.

En la historia de la política venezolana no hay tema más importante que la relación entre lo civil y lo militar, pues la proporción entre ambas fuerzas ha signado a todos los gobiernos. No voy a resumir aquí la historia de esta relación, solo me atrevo a decir que los civiles llevan la desventaja si analizamos los diferentes sistemas de gobierno que hemos tenido.

Con respecto al presente, les propongo un simple ejercicio: escriban en una hoja las siete personas que consideran culpables por el cataclismo que estamos viviendo. Es probable que lleguen a la figura número siete sin escribir el nombre de un militar en ejercicio.

¿Qué significa este resultado? ¿Qué no tienen responsabilidad en la dirección del país?

Pareciera que la respuesta es otra y se encuentra en una de las mutaciones que ha sufrido nuestra democracia en su tránsito hacia una total desaparición. No es una fantasía desmedida suponer que los militares son los que mandan mientras siete figurones civiles se están chupando toda la culpa, o mejor dicho, más de la que ya tienen.

La frase de Churchill: “Never was so much owed by so many to so few”, en nuestra Venezuela habría que traducirla: “Nunca tan pocos le han hecho tanto daño a tantos ciudadanos”. Esta sensación insoportable de que los gobernantes son pocos, cada vez menos, solo se entiende si esa reducida troupe de entretenedores, extraordinariamente bien pagados, tiene el apoyo de los militares, o más grave aún, si les sirve de mampara, de pararrayos.

Esta enrevesada situación explica que los militares pretendan encargarse de algo tan civil como producir y distribuir comida, y algunos líderes de la oposición digan que son gente muy competente; una ciega, torpe y adulante manera de decirle incompetente al gobierno y sonreírle al verdadero poder.

Por estas circunstancias resulta tan peligroso hurgar en ese límite entre lo civil y lo militar. En el caso del video, al mostrarnos con imágenes que valen más que mil palabras  (y todos los ensayos de todos los escritores) que un soldado es también un civil que está sufriendo, que está harto.

La democracia de finales del siglo XX, temerosa con toda razón del poder de los militares, les inventó limitaciones absurdas: no podían votar ni opinar. Estas barreras se eliminaron, pero en un solo sentido. Ante los militares los civiles somos tan mudos como unos muertos. Ellos pueden opinar sobre nosotros, juzgarnos, pero es un delito que una hija le diga a su padre, quien es uno de nuestros soldados y también un ciudadano:

—Papá, los que están protestando están sufriendo tanto como nosotros. Esto ya no se aguanta, y tú lo sabes.

Si esto no es un delito, ¿por qué tanto escándalo por la escena donde se representa este diálogo?

Esas hijas a cargo del hogar, que están vivas con esa vida capaz de generar más vida, no van a encontrar la solución, pero si propiciarán el desenlace. Las palabras de Jeremías no conocen límites ni fronteras: “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera”.

 

Sobre las estatuas; por Federico Vegas

Hemos ido perdiendo el arte de hacer plazas, iglesias y estatuas. Como son artes que tienen que ver con lo urbano quizás la clave de estas tres mermas tenga que ver con la desacralización del espacio público. Lo que antes tenía un sentido religioso y político ahora es puramente funcional, recreativo en el mejor de

Por Federico Vegas | 16 de septiembre, 2016
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Fotografía de Venezolana de Televisión

Hemos ido perdiendo el arte de hacer plazas, iglesias y estatuas. Como son artes que tienen que ver con lo urbano quizás la clave de estas tres mermas tenga que ver con la desacralización del espacio público. Lo que antes tenía un sentido religioso y político ahora es puramente funcional, recreativo en el mejor de los casos.

Las estatuas son las que están pasando más aceleradamente a la categoría de especies urbanas en extinción. Hasta las más recientes parecen tener expresiones de susto o excesivo pudor, como pidiendo perdón por usurpar un mismo espacio por demasiado tiempo.

El escultor, como el arquitecto, vive en tiempos donde no hay conciencia de lugar, ni de heroicidad, ni dioses, ni dogmas, ni ágoras, ni mandamientos. Ya no tenemos creencias, sólo opiniones, y, cuando simulamos un fervor patriótico nos atascamos en disparatadas caricaturas.

Recuerdo el caso de la estatua de José Martí en Chacaíto. Si alguna secta decidiera socavar la imagen del héroe y poeta no hubiera logrado un efecto tan contundente e irremediable. Hasta donde le seguí la pista, la estatua carece de plaza. Está colocada, y quizás sea este el único acierto, sobre una isla. Un segundo error fue proporcionarle a un hombre que murió joven y en combate una especie de andadera que le otorga un aire senil. No contentos con esto, la escala de la estatua es levemente inferior al 1:1; cómo esos muebles imperceptiblemente más pequeños que utilizan en los apartamentos modelo para que luzcan mas espaciosos y engatusar al comprador.

Véase también el caso del Bolívar que en 1988 se colocó en el Parque Vargas (no sé si continúa en el mismo lugar).  Una de las excusas para su desproporción es que debía tener 7 metros y el presupuesto lo achicó. Creo que el problema no fue de altura sino de concepto. Se quería hacer un Bolívar civil, no militar, y la idea se desarrolló con mucha inconsistencia. Bolívar está arropado por un manto como de plomo que le pesa hasta paralizarlo, al punto que la zancada que está dando parece ser el última. Este maltrecho tributo que se hizo en tiempos de Lusinchi a la civilidad de Bolívar, no estaba dedicado al Libertador, sino a levantar la imagen de los políticos civiles de finales del siglo XX, cuando la anti-política empezaba a agarrar cuerpo y las instituciones civiles iniciaban su agonía.

1873. Guzman Blanco. Estatua El Saludante. 1

Estatua ecuestre de Antonio Guzmán Blanco entre la antigua sede de la Universidad Central de Venezuela, hoy Palacio de las Academias, y el Palacio Federal Legislativo entre la esquina San Francisco y La Bolsa, Caracas. Erigida en 1875.

Guzmán Blanco entendió la magia del Bolívar ecuestre y pretendió perpetuarse con una estatua donde aparece montado a caballo, vestido con casaca y saludando con tanta efusividad que lo llamaron “el saludante”. Los caraqueños también entendieron su propósito y fue lo primero que derribaron al final del Guzmancismo. El saludante y otras de sus estatuas fueron despedazadas. Sólo se conservan dos pedazos, una mano y parte de un torso que aún deben estar en el Museo John Boulton.

Las primeras estatuas del dios Hermes eran pilares de unos dos metros apoyados sobre una base cuadrada; en el tope tenían una cabeza barbuda y en el frente un falo erecto. Su propósito fundamental: orientar al viajero. A algunos les parecerá una expresión muy rudimentaria, a otros les recordará las obras de Marisol Escobar.
En su libro Mortales e Inmortales, Jean Pierre Vernant nos explica que el origen de las estatuas surge de la necesidad de “hacer visible lo invisible”, “darle en nuestro mundo lugar a entidades de otro mundo”, “inscribir lo ausente en lo presente”. Para Vernant los griegos al principio no manejaban el concepto de “imagen” sino el de “dobles”, formas que no se conciben como “apariencias” sino como “apariciones”. No son ilusiones, creaciones del pensamiento o imitaciones de una divinidad; son más bien presencias, sueños, fantasmas, talismanes.

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Dada esta procedencia mágica, tenía más importancia el material que la forma, tanto, que la imagen suele estar cubierta, protegida. La fuerza de los primeros ídolos no radicaba en ser visto, sino al contrario, en estar ocultos, apartados del público, creando la expectativa de la aparición que ocurrirá en el momento oportuno del rito. Contemplar el objeto sagrado demasiado tiempo puede incluso enloquecerte.

Este ídolo oculto se va a convertir en estatua expuesta, en una imitación del Dios que no tiene en si misma valor sagrado. El arte comenzará a independizarse de lo religioso. Una vez que el ídolo pierde su sentido secreto, una vez que es expuesto y desnudado públicamente, necesita adquirir la significación y la estructura de una imagen, de algo que estará al descubierto y deberá ser bello. Comienza a relacionarse con el espacio y pasará de la esfera privada a la pública. Ya no es una entidad secreta con el privilegio de ser sin parecer, ahora depende de su apariencia para existir. Para Vernant, la presentación del ídolo en la ciudad, convertido en estatua de mármol, coincide con los nuevos templos volcados al exterior, cuyos frisos y ornamentos predominan en la fachada. El Dios tiene ahora residencia fija. “Lo divino se hace espectáculo”, permanente y localizado.

A la estatua ya no se le pide que opere en el mundo como una fuerza eficaz, más bien debe actuar en el ojo del espectador trasmitiendo algunas lecciones y muchas emociones. La estatua es una representación liberada del ritual y sometida al juicio de los ciudadanos.

Todos los monumentos de una ciudad ofrecen una valiosa lección, incluso los mutilados, los erradicados, o los adefesios impuestos por el poder más mezquino. Los monumentos agredidos y abandonados, como la estatua de Colón o la de María Lionza, nos obligan a confrontar el simplismo de nuestros barbarismos.

Algo escuché de una estatua de O’Higgins que estaban fundiendo en Haití y no dio tiempo de traer para la inauguración de una plaza. Decidieron colocar una versión en yeso que pintaron de color bronce. El gobernador debió acortar su discurso porque una lluvia pasajera le estaba dando al héroe aspecto de albino pecoso. Al final resultó una estatua velada, más que develada, y nadie sabe dónde se encuentra.

Comprender el sentido de la estatuaria en un mundo de descreídos es labor del artista. Redescubrir la relación entre la estatua, la plaza y la ciudad, es labor del arquitecto. Ambas son tareas muy cuesta arriba, o muy cuesta bajo. En esa pendiente suelen estrellarse los políticos que para perpetuarse utilizan imágenes de sus héroes. Quieren “inscribir lo ausente en lo presente”, y tanto se aferran a esta ausencia que la ridiculizan. Al que le gusten las estatuas que se haga una propia, como Guzmán Blanco, y que sus fracasos derriben la suya y no la de su predecesor.

Digo esto porque ahora tendremos una nueva estatua de Chávez en Margarita, y conociendo los antecedentes de experiencias similares, es razonable temer por su destino.

En torno a los cuatro jinetes del Apocalipsis; por Federico Vegas

He leído cuatro libros en el mes de agosto, dos títulos editados hace más de medio siglo que conseguí en un mercado de calle a precios irrisorios, y dos novedades que compré por una cantidad mortificante en esas librerías que nos seducen con su aroma a pulpa fresca. Cuentos orientales Marguerite Yourcenar escribió Cuentos orientales

Por Federico Vegas | 6 de septiembre, 2016
En torno a los cuatro jinetes del Apocalipsis; por Federico Vegas

Detalle de “Los cuatro jinetes del apocalipsis” , perteneciente a la serie de grabados Apocalipsis (1498), por Albrecht Dürer

He leído cuatro libros en el mes de agosto, dos títulos editados hace más de medio siglo que conseguí en un mercado de calle a precios irrisorios, y dos novedades que compré por una cantidad mortificante en esas librerías que nos seducen con su aroma a pulpa fresca.

Cuentos orientales

Marguerite Yourcenar escribió Cuentos orientales en 1938. El primer relato se titula “Cómo se salvó Wang-Fô”. Trata de un viejo y maravilloso pintor que es encadenado y llevado ante el emperador de China, quien le anuncia que le va a sacar los ojos y cortar las manos. El emperador fue criado en el aislado salón de un palacio rodeado de paisajes pintados por Wan-Fô, y de niño pensaba que así era el mundo, pero al salir a la realidad sufrió una gran desilusión:

—Descubrí que mi imperio no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato y borradas sin cesar por nuestras lágrimas.

Esta es la razón de sus deseos de venganza:

—Tú has hecho que me asquee de cuanto poseo y desear lo que jamás podré poseer.

Antes de cumplirse la sentencia, el emperador le exige a Wang-Fô que terminé una marina que dejó por la mitad. Le traen al frágil anciano pinceles, tintas y el inacabado rollo de seda, y Wang-Fô comienza a ampliar la superficie del mar. Al borde de las aguas crecientes que amenazan con inundarlo todo, dibuja una barca en la cual se monta junto a su ayudante Ling. Cuando ya se alejan y dejan atrás el palacio anegado, Wang-Fô se pregunta qué será del emperador, de los cortesanos y los eunucos. Ling le responde:

—Esas gentes no están hechas para perderse en el interior de una pintura.

Y, con dos pinceladas más, “desaparecieron para siempre en aquel mar de jade azul que Wang-Fô acababa de inventar”.

Algo así siento cuando escribo o cuando leo sobre las terribles injusticias con que somos acosados en Venezuela. No importa lo objetivo y acertado, valientes y punzantes que sean los ensayos, mientras más ciertos y mejor escritos, más parecen alejarse en su propia belleza e inteligencia, dejando al gobierno sumergido en aguas que no parecen mojarlos ni son capaces de asumir o entender.

En resumen: ¿Escribo contra la barbarie o para escapar de ella?

Tragedia en Francia

En ese mercado a cielo abierto encontré también el clásico reportaje de André Maurois, Tragedia en Francia. Maurois explica lo mal que se prepararon los franceses para enfrentar los evidentes deseos de expansión alemanes que generaron la segunda Guerra Mundial. El libro comienza en 1935, cuando el autor conoce a Winston Churchill durante una cena en Londres. Churchill lo agarra por el brazo y le dice con cierta brusquedad:

—Monsieur Maurois, ya no hace falta escribir más novelas ni biografías, ¡No! Lo que hace falta es escribir un artículo por día, el mismo todos los días, donde usted dirá de distintas maneras una sola cosa: la aviación francesa, que antes era la primera del mundo, ahora ha retrocedido a un quinto lugar. La aviación alemana, que era inexistente, está a punto de convertirse en la primera. Si usted grita estas verdades a Francia, habrá cumplido una obra más grande que escribiendo los amores de una mujer o las ambiciones de un hombre.

Maurois no escribió un solo artículo sobre el tema y luego lo lamentó amargamente. Había que haberle prestado más atención a Churchill, pero cómo podía saber que estaba hablando con uno de los líderes que iban a enfrentar, y vencer, a una de las locuras más arrolladoras de la historia.

Pensando en oportunidades perdidas, me pregunto: ¿cuál será ese tema central que deberíamos tocar todos los días desde diversos ángulos? Creo que es la urgente necesidad de realizar un referendo, pero también me pregunto cuántos puntos críticos hemos ido dejando atrás, que de haber tratado con suficiente contundencia nos hubiésemos ahorrado tantos sufrimientos.

Los juicios históricos no pertenecen al presente, demasiado fugaz para juzgar. Sólo el futuro tiene tiempo para hacerlo, y lo hará bajo su propia perspectiva. Los líderes que llevaron Venezuela al desastre serán juzgados no de acuerdo a sus primeras intenciones, sino en base a los efectos de sus actos. El rostro que dejarán para la historia será el que tengan al caer, una estampa que las ínfulas de poder y eternidad han ido tornando monstruosa.

Hacer comparaciones con Hitler, Himmler, Goebbels y Göering hace nada sonaba ridículo, tan alejado de lo que puede llegar a ocurrirnos como lo fue en 1935 para André Maurois, pero a medida que vamos viendo las expresiones de furia y omnipotencia de quienes nos oprimen, y la magnitud del cataclismo que continúan orquestando, y la manera vertiginosa en que se van reduciendo mientras se guisan en su propio caldo, y el afán con que se tornan cada vez más caricaturescos, uno se aterra ante los episodios y muecas que estamos por presenciar, y entonces se pregunta: ¿Quiénes son los cuatro jinetes de nuestro Apocalipsis? O para ser más precisos: ¿quién es el más malo, el más feo, la facha que en el futuro habrá de representar nuestra debacle? Lamentablemente hay de sobra para escoger un ganador. No me atrevo a ofrecer alternativas, pues no quisiera ofender a ninguno de nuestros ofuscados gobernantes y jueces al no incluirlo en el “hit parade” de la maldad. Hagan sus apuestas.

 Limonov

De las dos novedades editoriales empiezo con Limonov, de Emmanuel Carrère, un autor tan fascinante como insoportable. Carecer de mesura y de pudor es parte de su atractivo, y el personaje Limonov, “mitad héroe romántico y mitad majadero abominable”, le viene como el sucio a la uña al ser de su misma estirpe. La novela es irresistible y te atrapa adentrándote en las fronteras del insomnio. El resumen que ofrece la duodécima edición de Angrama habla de un personaje real que parece surgido de la ficción, a través del cual el autor traza un contundente retrato de la Rusia de los últimos cincuenta años. Limonov forma parte de la disidencia en la Unión Soviética hasta que se exilia en Nueva York. Sigue su viaje a París donde publica una novela sobre sus andanzas neoyorquinas: “El poeta ruso prefiere los negros grandes” (ciertamente escandalosa, pues lo grande no se refiere a la altura). Termina de vuelta en la Rusia poscomunista donde funda un partido que será prohibido. Va a la cárcel, escribe más libros y al salir se convierte en opositor de Putin.

Carrère le saca el jugo a un hombre que escribió varias versiones de su autobiografía, y la fórmula parece funcionar. Su novela gano en el 2011 el “Prix de Prix”, que elige la mejor obra entre las que se han ganado los ocho premios literarios más importantes de Francia.

La tragedia venezolana es tan amplia que no hay libro o película dramática que no ofrezca alguna alusión, alguna clave, ejemplo o pista de nuestro derrotero. Del libro Limonov quiero resaltar tres.

En la página 199, Carrére se apoya en Martin Malia para describir a la Rusia del siglo XX:

“El socialismo integral no es un ataque contra abusos específicos del capitalismo, sino contra la realidad. Es una tentativa de abolir el mundo real, un intento condenado a corto plazo, pero que durante un determinado período consigue crear un mundo surrealista definido por esta paradoja: la ineficacia, la penuria y la violencia se presentan como el bien supremo”.

No sé que diablos es el “socialismo integral”, pero sí estoy seguro de que todos tenemos un ejemplo de irrealidad que más veces, o más recientemente, no hemos logrado tragarnos. Yo me atraganté hasta el borde de la asfixia y de la risa viendo al ministro Reverol presentar las pruebas sobre los actos de terrorismo que planificaban Yon Goicoechea y Carlos Melo.

Cien paginas después, Carrère nos ofrece una explicación de la transición en Rusia después del comunismo a través de las palabras del ex primer ministro Yegor Gaidar:

“Tiene usted que comprender que no elegimos entre una transición ideal hacia la economía de mercado y una transición criminalizada. La elección era entre una transición criminalizada y la guerra civil.”

Si Cuba fue una versión caribeña de la Revolución Rusa, Venezuela ha quedado ensartada entre la imitación de una Cuba que va dejando de ser y la Rusia de esa transición criminalizada (una evolución hacia el crimen que equivale a una guerra civil en la que uno de los dos bandos está inerme). De ser cierta la propuesta de Marx: “La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”, la tercera repetición debe tener lo peor de ambas opciones.

Hacia el final, Carrère describe el campo de concentración con nombre de profeta, “Engels”, donde Limonov estuvo recluido dos años.

“Las condiciones en que comen debería incitar a la rebelión, a romperlo todo, a ensartar cabezas en picas, pero no: encorvados, protegiendo con los brazos sus escudillas de hojalata, como si corrieran el riesgo de que les roben la ración, los prisioneros engullen en silencio una sopa muy líquida, con un poco de pan negro. Esta alimentación sin vitaminas les pone la tez gris, da a la mierda un olor malsano y, sin matarles de hambre, les quita toda energía. Una estrategia deliberada, desde luego”.

En Venezuela estamos pasando del chiste de adelgazar al drama de enflaquecer. Ciertamente el hambre debería incitar a la rebelión, pero lejos de ser una garantía puede ser un obstáculo insalvable cuando cada quien se aferra a su escudilla, creyendo que quien lo roba es el vecino y no el gobierno.

Estas tres citas del libro de Carrère me dejaron sin fuerzas para escribir, al sentir que no quería seguir emulando la esfumación de Wang-Fô, y que ya era tarde, como lo fue para Maurois, para enfrentar la fábrica de irrealidades, la criminalización, la búsqueda de comida.

 Las tareas de la casa

Entonces llegó a mi rescate Las tareas de la casa. Me gusta el título. Por la casa empieza la caridad y también debería empezar la política. El libro reúne una nueva recopilación de ensayos de Natalia Ginsburg, quien vivió en la Italia de Mussolini. Siendo judía y antifascista, toda su familia fue perseguida y su marido murió torturado. A pesar de tanto dolor, Natalia fue capaz de encontrar un camino gracias a la literatura y logró darle un sentido a su vida. Creo que su obra se basa en un principio muy simple: si el mal y las desgracias se extienden más allá de lo que concebías como posible, pon tu empeño en extender el bien y la bondad para tener una visión equilibrada del mundo.

El ensayo donde mejor desarrolla esta idea lo escribió en 1969. Comienza hablando de un periodista que le preguntó si la novela estaba en crisis y nos confiesa que el tema le pareció inconducente, inútil.

Justo en esos días llegó a sus manos Cien años de soledad. Natalia no sabía quién era García Márquez antes de leer su libro, y ahora le estaba infinitamente agradecida al haber encontrado la respuesta a la pregunta que tanto le molestaba:

“Si es verdad, como dicen, que la novela está muerta, o a punto de morir, saludemos entonces a las últimas novelas que han venido a alegrar la tierra”.

Necesito compartir sus palabras y espero que proporcionen a escritores y lectores la alegría, o la fe en la alegría que nos hace tanta falta:

“Las auténticas novelas operan el prodigio de devolvernos el amor por la vida y la sensación concreta de lo que queremos de la vida. Las auténticas novelas tienen el poder de alejar de nosotros la cobardía, la torpeza y el sometimiento a las ideas colectivas, a los contagios y a las pesadillas que se respiran en el ambiente. Las auténticas novelas tienen el poder de llevarnos de golpe al corazón de la verdad”.

Siempre viene bien tener fe en los que nos gusta hacer, en lo que haríamos por nada, en lo que parece inútil e innecesario, en “esas cosas del mundo que a menudo se ven amenazadas de muerte y que, sin embargo, son inmortales”.

El cuarto jinete del Apocalipsis tiene por nombre “Muerte”, y le fue dada la potestad sobre la cuarta parte del mundo para matar con espada, con hambre y mortandad junto a las fieras de la tierra. Ésta es otra comparación que puede parecer exagerada mientras se nos va haciendo cada vez más cierta. Hace falta precisión y realismo para combatir a los cuatro jinetes, pero sin olvidar ni poner en duda los recursos de Wang-Fô, o el caudal de verdad que surge al revelar los amores de una mujer o las ambiciones de un hombre.

CLAP, CLAP, CLAP; por Federico Vegas

Los idiomas nos ofrecen sorpresas inesperadas cuando los comparamos. Y no me refiero solo a una maestría en Literaturas Comparadas, dedicada a examinar los clásicos de distintos países, sino a los errores que ocasionan las similitudes de los llamados “falsos amigos”, esas palabras de dos idiomas que escribiéndose o pronunciándose igual tienen significados diferentes. Entre

Por Federico Vegas | 20 de junio, 2016

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Los idiomas nos ofrecen sorpresas inesperadas cuando los comparamos. Y no me refiero solo a una maestría en Literaturas Comparadas, dedicada a examinar los clásicos de distintos países, sino a los errores que ocasionan las similitudes de los llamados “falsos amigos”, esas palabras de dos idiomas que escribiéndose o pronunciándose igual tienen significados diferentes.

Entre el italiano y el español se dan casos muy divertidos, como “burro”, que para nosotros es un animal y para los italianos una apetitosa mantequilla; o “largo”, que para los italianos significa “ancho”; o “pasto”, que para nosotros es comida de vacas y para ellos de gente.

El ejemplo de “falsos amigos” que voy a explorar no incluye una palabra de uso arraigado entre nosotros, sino un término que el gobierno acaba de inventar y pretende imponernos mediante una de esas combinación de siglas que se orquesta para lograr un efecto impactante gracias a un sonido fácil de recordar (y más difícil aún de olvidar), como es el caso de CLAP:  “Comité local de abastecimiento y producción”.

No voy aquí a preguntarme a quién abastecen ni qué diablos producen estos dichosos comités, sino a mostrar la manera diáfana, casi mágica, en que surgen los secretos y trampas de esta novedosa y sonora invención cuando la analizamos desde otro idioma.

En inglés, el onomatopéyico “CLAP” tiene varios significados y todos pueden resultarnos reveladores. El primero de la lista es “ruidoso”, tanto que en sus orígenes solía significar “trueno”. Fue alrededor del siglo XV cuando empezó asociarse con aplaudir o producir un sonido golpeando una palma contra la otra. En este mutuo esfuerzo que realizan ambas manos anulando sus movimientos para lograr un sonido tan pasajero como reiterativo debemos detenernos, pues constituye una precisa metáfora de lo que busca y logra el gobierno: una aplastante, paralizante y pasiva celebración.

Aplaudir tiene sus gradaciones. Una sola palmada sirve para matar un zancudo, dos para llamar la atención de un niño travieso. A partir de tres resulta una descarga deliciosa cuando brota del placer y el agradecimiento, pero se convierte en una mecánica insípida y estática cuando parte de la sumisión, de la necesidad, o del hambre pura y simple (si es que puede haber simpleza y pureza en pasar hambre). No es casualidad que los aplausos más largos y acompasados se den en Corea del Norte, auqnue no se quedan atrás las autoridades que asisten a las alocuciones de Maduro o Diosdado y celebran con mecánica obediencia y sonrisas de utilería desde sus chistes hasta sus arrecheras.

La segunda opción que ofrecen los diccionarios de los ingleses puede sonar exagerada, pero es lo que hay y alguna clave podremos entresacar de sus ardientes picazones, pues CLAP puede también referirse a algo tan universal como la gonorrea. No vale la pena extendernos aquí sobre su origen y transmisión. Algún irredento o enchufado podría argumentar que no se aplica a nuestros CLAP lo que la gonorrea tiene de infeccioso, pero sí ciertamente lo que tiene de local.

De ser cierto que le debemos a un partido de ideólogos españoles el título de esta nueva forma de repartición tan sesgada, con su desafortunada dosis de anglicismo, las motivaciones históricas serían más comprensibles, pues desde los tiempos de la Armada Invencible no se han llevado bien con los ingleses y les gusta hacerse los sordos, tanto o más que cobrar duro y en dólares.

Quizás fue un acto deliberado de genuina “mala leche” —otro ejemplo de “falsos amigos”, pues en España significa “mala fe” lo que para nosotros es “mala suerte”— y los ideólogos estarán aplaudiendo los escandalosos titulares en la prensa del Imperio:

Venezuelan crisis generates the CLAP

Una historia interminable; por Federico Vegas

De los chistes me gustan los cortos con juegos de palabras. Si el juego incluye idiomas, pues mejor. Aquí va uno que tiene hasta su toque de latín: —¿Cómo se dice “coitus interruptus” en japonés? —me pregunta un amigo con gran seriedad. Sin darme tiempo de intentar una respuesta, me responde con un alarido de

Por Federico Vegas | 6 de junio, 2016
Warhol, Do It Yourself (Violin) 640

Do it yourself, Violin (1962). Andy Warhol

De los chistes me gustan los cortos con juegos de palabras. Si el juego incluye idiomas, pues mejor. Aquí va uno que tiene hasta su toque de latín:

—¿Cómo se dice “coitus interruptus” en japonés? —me pregunta un amigo con gran seriedad.

Sin darme tiempo de intentar una respuesta, me responde con un alarido de samurái blandiendo un sable:

—¡Yatáaa!

Este asunto de las súbitas terminaciones me lleva al extremo opuesto: ese cuento chino de que los hombres pueden tener orgasmos sin eyacular. Los maestros taoístas sostienen que la eyaculación agota la energía, pues el cuerpo asume que se está preparando para crear un nuevo ser y entrega lo mejor de sí. Por lo tanto, cuando el objetivo no es la procreación, los maestros de la contención recomiendan que la práctica sexual sirva sólo para dar y recibir placer, así se conservan las fuerzas generativas y se mantiene la salud. El gran secreto radica en aprender cómo alcanzar el clímax, incluso varias veces seguidas, sin que se desencadene la eyaculación y la consiguiente pérdida de erección.

Soy tan occidental o tan indolente que desistí al primer intento. El panorama no era prometedor para quien ya tuvo sus hijos y se dedica a jugar con sus nietos.

En literatura este asunto de “terminar” (un verbo atormentado por la sexualidad) es también un tema decisivo. José Balza escribió, y no me canso de recordarlo: “El cuento —como una relación sexual— es algo que quiere extenderse pero que debe concluir pronto”.

El solo hecho de “concluir” ya cuenta con una suficiente carga de tensión. Ese “pronto”, tan ominoso, no se aplica al arte de escribir novelas. Los novelistas necesitan tener algo de taoístas, pues deben mantenerse en un estado de vigorosa excitación por dos o tres años años hasta que, un buen día, acaban de una buena vez y para siempre.

Aunque para Borges estas finalizaciones serán siempre un ejercicio casi abstracto de voluntad. Más de una vez lo afirmó: “Todo texto es un borrador hasta la muerte del autor”. Según otra de sus frases, hasta la misma muerte podría no ser un final: “Todo texto es un borrador de otro borrador”.

Muchos de mis escritores favoritos dejaron novelas sin terminar. Según Picasso, la inspiración existe, pero más vale que te agarre trabajando. También la muerte puede atraparte en plena faena y las posibilidades se acrecientan a medida que eres más prolífico. Así le sucedió a Hermann Melville con su Billy Budd, a Flaubert con sus dos escribientes parisinos, Bouvard y Pécuchet, a Steinbeck con Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros.

 

La Sagrada Familia

Estas fatales interrupciones no le quitan calidad o trascendencia a la obra. La Sagrada Familia ha debido quedar como una ofrenda abierta al cielo, tal como la dejó Gaudí cuando lo atropelló un tranvía. Así pensaban los anarquistas de entonces, al punto que se robaron y destruyeron los planos del arquitecto. Si Gaudí viera los churros que están levantando en su nombre estaría agradecido con el conductor del tranvía.

Un ejemplo sublime es el Réquiem de Mozart. Al dejarlo inconcluso, por la fiebre reumática que se lo llevó a los 35 años, sentimos cómo se convirtieron en música sus propios jadeos de agonizante.

La pintura es el género que por más tiempo y con más variantes se ha nutrido de la idea de “no terminar”. En su naturaleza siempre estará presente esta posibilidad como limitación y como recurso. En el viejo Whitney de Nueva York, ahora convertido en una extensión del Metropolitan Museum, se está presentado una de las exhibiciones más aleccionadoras que he visto en mucho tiempo. Se titula Unfinished (“sin terminar”). Un subtítulo nos advierte desde qué punto de vista se va a explorar el tema: “Pensamientos que permanecen visibles”.

Esta sugestiva frase proviene del Tratado de la pintura y el color que Plinio el viejo escribió hace unos 20 siglos. Decía Plinio que en la obra de un artista interrumpida por su fallecimiento, los dibujos preliminares están visibles y los pensamientos parecen estar vivos, llenos aún de potencia creadora, y sentimos el dolor de esa mano que no logró finalizar su trabajo.

Partiendo de Ticiano, Rembrandt y Rubens, en Unfinished nos vamos asomando a obras sin terminar por la muerte o enfermedad del artista, o por simple pérdida de interés. En otras hay una intención en lo inacabado. Se trata de técnicas para focalizar la atención, o para crear intimidad, o acentuar rasgos de vitalidad, o dar una impresión de movimiento, o de misterio, como una Mariana de Silva que en 1775 Anton Mengs dejó sin rostro y sin perro.

Anton Raphael Mengs left some key details out of his Portrait of Mariana de Silva y Sarmiento, duquesa de Huescar, 1775

Anton Raphael Mengs left some key details out of his Portrait of Mariana de Silva y Sarmiento, duquesa de Huescar, 1775

Leo en el catálogo reflexiones de Delacroix y de Picasso donde proclaman que terminar un cuadro es asesinarlo, lo contrario a darle vida. Ya en el Renacimiento tomó fuerza el término “non finito” para celebrar la sugerente magia de lo inacabado. Disfruté mucho leyendo los diferentes textos. Los motivos para no terminar una pintura son sin duda más variados y entretenidos que para terminarla, y los curadores deliran con sus razonamientos. Una de las leyendas que acompañan los cuadros cuenta que Miguel Ángel y Leonardo son conocidos por haber comenzado más obras de las que terminaron, como si alguien alguna vez fue capaz de terminar más de lo que comenzó.

Vincent van Gogh, “Street in Auvers-sur-Oise” (1890).

Vincent van Gogh, Street in Auvers-sur-Oise (1890).

Me conmueve uno de los paisajes que Van Gogh pintó en Auvers-sur-Oise. Apenas le falta terminar el cielo donde flotan las muestras del azul que pensaba emplear. Leo que pocos días después se suicidaría. Vuelvo a ver el cuadro y siento que la mano de Vincent se acaba de retirar. Plinio tenía razón.

Cézanne le dedicaba tanto tiempo a sus composiciones que utilizaba flores artificiales para pintar las naturales y perecederas, aun así quedaban zonas sin pintar. Su explicación es que las “sensaciones colorantes” que crea la luz en el lienzo no le permitían cubrir ciertas partes. Gracias a este “impedimento” se convirtió en el maestro de los vacíos. Picasso aseguraba que Cezánne solo tenía que tocar la tela para que el cuadro existiera.

The Charnel House. Paris 1944-45; dated 1945. Oil and charcoal on canvas, 6' 6 5/8" x 8' 2 1/2". Mrs. Sam A. Lewisohn Bequest (by exchange) and Mrs. Marya Bernard Fund in memory of her husband Dr. Bernard Bernard and anonymous funds. (93.1971) Image licenced to Karole Vail GUGGENHEIM MUSEUM by Karole Vail Usage : - 3000 X 3000 pixels (Letter Size, A4) © Digital Image © The Museum of Modern Art/Licensed by SCALA / Art Resource

Pablo Picasso. The Charnel House. París (1944-45)

En la muestra, Picasso es una de las figuras dominantes y ciertamente la más versátil. Su manejo del “Non finito” llega incluso a extremos repudiables. En 1946 pintó La casa Charnel, una composición que él llamaba “Masacre” y recuerda su Guernica. Donó el cuadro a la “Asociación Nacional de veteranos de la Resistencia” y un año más tarde lo pidió de vuelta para terminarlo. Nunca lo devolvió y en 1954 se lo vendió a un coleccionista americano.

Baudelaire defendió los cuadros de Corot proponiendo que no todo lo que está “completo” está terminado. Así mismo, algo terminado hasta el último detalle puede carecer de la unidad y la fuerza de algo completo. La frase suena mejor en francés, pues los términos “fait” y “fini” son más contundentes y poéticos. “Fait” parece llevar implícito la fe y el soplo que propone Baudelaire para alcanzar una verdadera realización: “El valor de un toque espiritual bien colocado es enorme”.

En la marcha hacia la modernidad no haría falta defender por demasiado tiempo las virtudes de lo “inacabado” pues se iría haciendo la norma y ya no la excepción.

Jackson Pollock, NUMBER 28

Jackson Pollock, Number 28 (1950)

El texto que acompaña el lienzo que Pollock pintó en 1950, Number 28, nos explica que la obra se expande sin centro ni jerarquía entre sus partes, excediendo sus propios límites en todas las direcciones. En verdad sentimos que los cuatro bordes del cuadro son una arbitraria terminación de la actividad y, tal como decía Plinio, aquí nuestra imaginación quiere seguir con el juego, como resistiéndose a aceptar la artificialidad de un final.

Warhol, Do It Yourself (Violin) 640

Andy Warhol, Do it yourself, Violin (1962)

En 1962 Warhol realiza Do it yourself, Violin, inspirado en esos cuadritos donde de niños pintábamos los colores por números. La celebración de la máxima: “qui est fait n’est pas fini”, es en este caso más temporal que espacial. Estamos ante un proceso suspendido en el que parecen haber participado al menos dos personas por las diferentes maneras en que algunos recuadros han sido coloreados. Warhol no sólo juega con una imagen tan popular como una lata de sopa, también con nuestra nostalgia por esa infancia que se resiste a extinguirse.

¿Por qué se propagó esta falta de límites y finiquito con tanta fuerza? Quizás porque no solo dejó de haber un final, tampoco era ya posible garantizar que existiera una finalidad, un fin. Lo único que persiste es ese “toque espiritual” que prevalece por sus propios méritos, sin necesitar una justificación moral ni religiosa, sin obedecer a un precepto o a un canon, sin tener nada que confirmar o representar, sin otro propósito que existir, explorar.

Para entender mejor el significado de esta búsqueda deberíamos regresar a la literatura. Si partimos otra vez de José Balza, podemos decir que, tal como ocurre con los verdaderos amores, uno quiere que las novelas duren para siempre y, a diferencia del cuento, es posible y legítimo que jamás concluyan. En esta angustiosa prolongación nadie ha sido más constante que Kafka. Escribió tres novelas, todas inacabadas y publicadas póstumamente por su amigo Max Brod, quien fue sometido al absurdo encargo de recibir en custodia tres manuscritos geniales que no debía publicar.

Vamos a centrarnos en su segunda novela. En El proceso Josef K es arrestado una mañana por una razón que desconoce. A partir de ese momento enfrentará una pesadilla para defenderse de algo que nunca sabremos qué es. A medida que se adentra en el sistema judicial va a encontrar que las más altas instancias a las que pretende apelar son las más sumisas y dependientes. Llega un momento en que sólo desea aligerar la misión de sus verdugos y poner fin al proceso asumiendo como cierta una culpa que desconoce. Su entrega es total:

K pensaba que su deber era coger el cuchillo cuando pasaba de mano en mano sobre su cabeza y clavárselo. Pero no lo hizo; en vez de eso, giró el cuello y miró a su alrededor preguntándose:

—¿Dónde está el tribunal supremo ante el que nunca he comparecido?

Mientras con ojos vidriosos aún logra ver cómo sus dos asesinos observan su muerte, exclama:

—¡Muero como un perro!

Era como si la vergüenza debiera sobrevivirle.

Este es uno de los finales posibles. Franz solía enviar cartas a su amigo Max con otras alternativas, hasta que desistía y abandonaba para siempre el proyecto. ¿Por qué nunca terminó sus novelas? Quizás porque tratan de la búsqueda de una gracia divina en un mundo donde Dios ya no existe. Su aventura avanza a través de una frustración interminable mientras trata de incorporarse a un sistema que se desvanece, pero que jamás termina de soltar sus presas.

Ya nos asomamos a cómo el arte tenía siglos explorando el drama de la infinitud. Leonardo Da Vinci dijo una vez que “las obras de arte nunca se terminan, sólo se abandonan”. Es la misma idea de Borges de que toda obra es solo un borrador, una idea que Warhol llevó al extremo: “Mi mente es como un grabador que tiene un solo botón: Borrar”.

He aprendido y disfrutado mucho gracias a la exposición Unfinished y a esos pensamientos que permanecen visibles en el arte y la literatura. Me hacía tanta falta quitarme de encima por unos días la historia interminable y estancada de mi patria, conversar y meditar por placer, pasear, ser feliz. Pero desde el principio sabía que tarde o temprano volvería a la paralización, al tema que me persigue y agota. Ya no tenemos escapatoria y siempre termino cayendo en algo tan inútil e inconducente como escribir sobre un gobierno cuya putrefacción lo coloca más allá del lenguaje y las palabras.

El gobierno de Maduro se presta para todo sin servir para nada. Podemos decir que es una serie interminable de “coitus interruptos”, o que es el peor polvo de la historia y nos ha traído los peores lodos, o que es un sistema para follarse al pueblo como un maestro taoísta que jamás fecunda ni siembra, o que todo se arreglará el día que grite “¡Yatá!” Quisiera abandonar estas imágenes grotescas con que nos desahogamos hasta creernos libres por ser vulgares —uno de los pocos poderes que nos quedan—, y ahondar en la característica que más nos pesa: el vivir una historia sin fin.

¿Cómo se explica la continuidad de algo que ni termina ni se completa? Alguien decía que si Kafka hubiera nacido en Venezuela sería un escritor costumbrista, y yo me reía como si fuera un chiste. Nunca imaginé que podríamos llegar a configurar una nueva dimensión en la historia de la humanidad, el kafkiano arquetipo de un país que, pudiendo serlo todo, nunca termina de convertirse en nada. Lo que en la historia del arte ha sido un instrumento de creación entre nosotros se ha vuelto una estrategia de destrucción.

Hoy sólo quiero advertir el precio de llegar, tal como K, a aceptar nuestra propia muerte. El más peligroso de los caminos es cargar con la culpa y centrarnos en nuestra finita historia personal a medida que la historia de Venezuela se va despojando de todo final y finalidad.

Catecismo del revolucionario; por Federico Vegas

Estoy leyendo la biografía de Lenin escrita por Robert Payne. Entiendo que no es de las mejores, pero encontré el libro en una caja de libros usados, o más bien abandonados a la entrada de un café, y me ha resultado una buen compañero. La profusión de libros se ha tornado tan avasallante que ya

Por Federico Vegas | 18 de mayo, 2016
Nechayev

Sergei Necháyev (1847-1882), definido por Mijaíl Bakunin como “el mayor revolucionario del mundo”.

Estoy leyendo la biografía de Lenin escrita por Robert Payne. Entiendo que no es de las mejores, pero encontré el libro en una caja de libros usados, o más bien abandonados a la entrada de un café, y me ha resultado una buen compañero. La profusión de libros se ha tornado tan avasallante que ya no tiene sentido comprarlos. Es cuestión de esperar a que lleguen a tus manos. Por una lógica que puede ser auspiciosa o preocupante, pues puede deberse a la popularidad o al desdén, mientras más clásico el libro, más probabilidades tienes de conseguirlo sin más costo que sacudirle el polvo. Es cuestión de estar atento.

En el capítulo introductorio, “El precursor”, Payne nos ofrece una biografía muy resumida, y puede que malintencionada, de Sergei Necháyev (1847-1882). Resumo los datos que he encontrado:

Necháyev nació en Ivánovo, un pueblo dedicado a la industria textil. A los 19 años se instala en San Petersburgo y estudia Historia en la Universidad, donde pronto se integra a uno de los grupos más radicales. En medio de ese caldo hirviente conocerá a Mijaíl Bakunin, quien lo bautiza como “la auténtica voz de la juventud rusa” y “el mayor revolucionario del mundo”. Bajo este hechizo, Bakunin ayudó a idealizar una criatura que se lo iría devorando. De esta unión nace el Catecismo del revolucionario (1868), con una retórica tan extrema que Bakunin no se atrevería a firmarlo.

El fanatismo de Necháyev lo llevaría a elaborar una lista de 387 militantes del grupo que dirigía y enviarles desde Suiza paquetes con panfletos subversivos, de una manera tan evidente que fueran atrapados por las autoridades y castigados con la prisión o el exilio, una receta segura para radicalizarlos.

En 1869, Necháyev huye a Ginebra temiendo su arresto. Regresa fugazmente a Rusia creando la sociedad secreta “Venganza del Pueblo”. De vuelta en Suiza, sigue con su tarea editorial hasta que es arrestado en Zurich. Había una orden de detención en su contra por haber asesinado en Moscú a uno de sus compañeros de la sociedad secreta, al pensar (o inventar debido a sus desavenencias) que se trataba de un delator. Fue devuelto a Rusia y condenado a veinte años de trabajos forzados.

Ya tras las rejas de la hermosa y temible Fortaleza de Pedro y Pablo, Nacháyev demostraría un poder de persuasión que rayaba en el hipnotismo. Pronto los guardianes rusos, además de integrarse a su grupo, estaban dispuestos a colaborar en un plan para su fuga.

Las circunstancias cambian cuando es asesinado el zar Alejandro II. El atentado revela la determinación del grupo ejecutor Narodnaya Volya. Un hombre cubierto con un abrigo negro lanza una bomba contra el carruaje del emperador, matando a un jinete e hiriendo al conductor. El zar es sacudido pero resulta ileso. El Jefe de la Policía escuchó cuando el autor del atentado le gritó a alguien e intuye que puede haber otro asesino cerca. Le insiste al zar para que salga de la zona, pero Alejandro quiere ver antes el lugar de la explosión. Rodeado por sus jinetes cosacos se acerca al agujero que ha quedado en la calle. Es entonces cuando otro hombre levanta ambos brazos y lanza una segunda bomba a los pies del zar.

El magnicidio acabó con los movimientos de reforma y el naciente liberalismo. Alejandro III, hijo del zar asesinado, va a reprimir toda oposición al absolutismo zarista y se ensañará contra los movimientos revolucionarios. Cuando le llegan noticias de la influencia y la fama del preso Necháyev, manda a que lo aíslen y lo dejen podrirse en vida.

No resulta fácil a los historiadores ubicar a la figura de Necháyev. Es conocido por su teoría de la revolución con medios mínimos y por su extremismo, pero su relación con el anarquismo y las ideas nihilistas es compleja y discutida. Nunca llegó a crear un credo filosófico. En su apología del terrorismo muchas veces estuvo entre lo serio y lo ridículo, un perfil que lo ha convertido para unos en un precursor y para otros en la caricatura del radical político. Bakunin se alejaría de él. Marx y Engels lo denunciaron como personaje infame. La leyenda de Necháyev se extenderá gracias a Dostoyevski, quien lo recrea en su novela Los endemoniados (Los poseídos, en otras tradiciones) a través del personaje Piotr Verjovenski.

Su Catecismo del revolucionario ha influido sobre generaciones de militantes de distintas ideologías. Las Brigadas Rojas italianas popularizaron sus principios y el Black Panther Party reeditó el catecismo en 1969. Es un texto que a algunos puede parecerle infantil, a otros producto de un psicópata; alguno habrá que lo considere las ideas de un profeta o de un santo.

Calificativos aparte, pienso que representa una actitud y una visión del mundo que va más allá de los orígenes del comunismo en Rusia. Lo que Marx y Engels vieron con malos ojos llegó a influenciar a Lenin y a Stalin, parte de una larga y persistente lista de líderes, al punto que muchas líneas cuadran también con el alma y los procedimientos del nazismo. La frase de Hitler: “Podemos hundirnos, pero nos llevaremos un mundo con nosotros”, revela ese convencimiento de poseer una verdad tan absoluta que justifica la aniquilación propia y ajena. Puede que no sea una corriente filosófica, pero sí psíquica, unas veces consciente y otras inconsciente, y más de una vez ungida de romanticismo y religiosidad.

Albert Camus tenía a Los endemoniados como una de sus cuatro o cinco novelas favoritas. “Las criaturas de Dostoievski, lo sabemos bien ahora, no son ni extrañas ni absurdas. Se parecen a nosotros, tenemos el mismo corazón”, escribió Camus, y con esto no quería decirnos que apoyaba las ideas del personaje Piotr Verjovenski, sino que comprendía sus orígenes, sus causas y sus efectos.

Para entender la psicología que ha generado la destrucción impúdica, sistemática, efectiva y lujuriosa de Venezuela es indispensable estar atento a estas corrientes, unas veces subyacentes y ocultas, otras veces evidentes, arrolladoras, e integradas a una política de Estado.

Todos sabemos que en la humanidad coexisten esas fuerzas de construcción y destrucción, y cómo muchas veces hace falta destruir para construir. Los jefes del gobierno han venido jugando con esta dualidad proclamando que están destruyendo las bases del capitalismo cuando fracasan y construyendo las del socialismo cuando aciertan. Hasta que la cantidad e intensidad de lo destruido arrasó con lo construido por ellos y antes de ellos, y entonces se acudió al catecismo anunciando una y otra vez que se va a radicalizar la revolución, con la valentía de un poseído que está dispuesto a hundir a su propio país.

Leo en un titular del 16 de mayo: “Distribuir alimentos será la nueva función de las Fuerzas Armadas Nacionales tras decreto presidencial”. Lo que nos lleva al papel del militarismo en el juego permanente de la destrucción y la construcción. Es evidente que al militar se le entrena más para destruir que para construir, para reprimir que para estimular, para ocupar que para entregar, para apoderarse que para ceder. Entregar a las fuerzas armadas la más civil de las tareas, que es producir y distribuir la comida, además de revelar una crisis profunda, entrega al país a un nuevo nivel de descomposición. Los militares han dejado de ser guardianes y protectores para convertirse en los oficiantes principales de la destrucción y unos esclavos de su propia avaricia.

El Catecismo de Necháyev que presento puede también parecer primitivo, pero me temo que en muchas frases sentiremos el peso de su actualidad, y quizás encontremos explicaciones a muchos de nuestros absurdos. Se divide en varias secciones: “Deberes del revolucionario hacia él mismo”, “Deberes del revolucionario hacia sus camaradas”, “Deberes del revolucionario hacia la sociedad”, “Deberes de la Asociación hacia el Pueblo”. Aquí tienen la primera parte:

Deberes del revolucionario
hacia él mismo

I. El revolucionario es un hombre que ha sacrificado su vida. No tiene negocios ni asuntos personales, ni sentimientos ni ataduras; ni propiedades, ni siquiera un nombre. Todo en él está absorbido por un único interés, exclusivo. Un solo pensamiento, una única pasión: La Revolución.

II. En lo más profundo de su ser, y no sólo con palabras sino también con actos, ha roto todo lazo con el orden burgués y el conjunto del mundo civilizado, así como con leyes, tradiciones, moral y costumbres en vigor en esta. Es el enemigo implacable de esta sociedad y si continúa viviendo en ella es para destruirla mejor.

III. Un revolucionario desprecia cualquier teoría: renuncia a la ciencia actual y la deja para las generaciones futuras. Sólo conoce una ciencia: la de la destrucción. Con este fin exclusivo estudia mecánica, física, química y ocasionalmente medicina. Con esta meta se entrega día y noche al estudio de las ciencias de la vida: los hombres, su carácter, las relaciones entre ellos, así como las condiciones que rigen en todos los campos del orden social actual. La meta es la misma: destruir lo más rápida y seguramente posible esta ignominia que representa el orden universal.

IV. El revolucionario desprecia la opinión pública. Siente desprecio y odio hacia la moral social actual, sus directivas y manifestaciones. Para él lo moral es lo que facilita el triunfo de la revolución, y lo inmoral y criminal lo que lo contraría.

V. El revolucionario ha sacrificado su vida, por lo tanto ya no se pertenece. No tiene ningún miramiento hacia el Estado, principalmente, ni hacia la “clase cultivada” de la sociedad por lo que no debe esperarlo tampoco. Entre él y la sociedad un combate a muerte tiene lugar, una lucha abierta o clandestina, sin tregua ni gracia. Debe estar dispuesto a soportar todos los tormentos.

VI. El revolucionario, duro consigo mismo, debe serlo con los demás. Simpatías o sentimientos que podrían reblandecerlo y que nacen de la familia, la amistad, el amor o el agradecimiento, deben ser ahogados por la única y fría pasión de la obra revolucionaria. No existe en él más que un gozo, un consuelo, una recompensa, una satisfacción: el éxito de la Revolución. Debe tener día y noche un solo pensamiento, una única meta: la destrucción inexorable. Persiguiendo con sangre fría y sin descanso el cumplimiento de ese destino, debe estar dispuesto a morir pero también a matar con sus propias manos a aquellos que se opongan a esa realidad.

VII. La naturaleza del verdadero revolucionario excluye todo romanticismo, toda sensibilidad y entusiasmo. También excluye cualquier sentimiento de odio o venganza personal. A su pasión revolucionaria, en él una costumbre cotidiana y constante, debe unirse el más frío cálculo. En todas partes y siempre debe obedecer no a sus impulsos personales, sino a lo que exige el interés general de la Revolución.

Sobre la naturaleza de nuestra destrucción; por Federico Vegas

Toda naturaleza es un arte, que desconoces, Todo azar, una dirección, que no puedes ver; Toda discordia, una armonía, no comprendida; Todo mal parcial, un bien universal; Y, a pesar del orgullo, y el despecho de la razón errada, Una verdad es clara. Lo que es, tiene razón de ser. Alexander Pope, 1773 Llegué a

Por Federico Vegas | 4 de mayo, 2016
Sobre la naturaleza de nuestra destrucción; por Federico Vegas 640

Sin Título. Parte de la serie “Siluetas”, de Ana Mendieta. 1976

Toda naturaleza es un arte, que desconoces,
Todo azar, una dirección, que no puedes ver;
Toda discordia, una armonía, no comprendida;
Todo mal parcial, un bien universal;
Y, a pesar del orgullo, y el despecho de la razón errada,
Una verdad es clara. Lo que es, tiene razón de ser.
Alexander Pope, 1773

Llegué a estas seis líneas por casualidad. Estaba escribiendo sobre la arquitectura en el Caribe de Francisco Feaugas y me había llamado la atención su descripción de cómo inicia sus diseños:

—El lugar me va convocando y dirigiendo los pensamientos que irán dando forma a la casa.

Comencé entonces a buscar literatura sobre la idea de la naturaleza como punto de partida y llegué a la poesía de Alexander Pope.

Alexander Pope era hijo de una rica familia católica, una minoría religiosa perseguida por la Iglesia de Inglaterra, al punto que el poeta nunca pudo entrar a una universidad ni ejercer cargos públicos. De niño tuvo una especie de tuberculosis que afecta la columna vertebral y su altura nunca sobrepasó los 137 centímetros. Vivir excluido de las instituciones y prisionero en un cuerpo de niño enfermo explica su inclinación por la sátira, género que compartió con su buen amigo Jonathan Swift.

Al final de la primera parte de su ensayo, “Essay on man”, encontré este poema que no he podido dejar de explorar. Quizás me ha aferrado a cada una de estas líneas con demasiado afán y este ensayo sea una manera de dejarlas atrás y calmar mi obsesión.

Toda naturaleza es un arte que desconoces

Quizás para compensar el absurdo de su cuerpo maltrecho, Pope propuso a la naturaleza como una guía capaz de ofrecer a todos los seres límites justos y convenientes.

Nuestra visión de la naturaleza y del arte tiende a ser bastante mezquina. Solemos hacernos una idea de lo que es arte y rechazamos aquello que no se ajusta a esta preconcepción, a veces esgrimiendo el argumento de no entenderlo, o, más grave aún, proclamando con orgullo: “No me gusta un arte que tienen que explicármelo”.

Es tan comprensible como lamentable esta tendencia a protegerse de lo desconocido, pues aquí radica tanto el tema como el reto del arte. El artista y el espectador comienzan a disfrutar la esencia del arte cuando atraviesan ese umbral hacia lo que aún no conocen, hacia lo que sienten pero aún no entienden, hacia algo que los está transformando pero aun no se asienta, y quizás no lo haga nunca. El arte es una manera de conocer, de avanzar, en la que participan proyecciones hacia futuros inciertos y pasados remotos. En ese proceso se conjugan nuestras mayores fortalezas y más ocultas fragilidades, al punto que reconocer un profundo nivel de ignorancia, incluso aterrador, puede significar que se nos están abriendo las puertas al enigmático reino de nuestra propia naturaleza.

El drama de esta aventura se percibe en la obra de la artista cubana Ana Mendieta. Ella misma nos señala la dirección que ha tomado: “El arte debe haber comenzado en esa relación dialéctica entre los seres humanos y el mundo natural del cual no podremos jamás separarnos”. Ana fue arrancada de su patria durante su adolescencia y esa distancia marcó su necesidad de explorar su relación con la naturaleza, dejando una y otra vez la huella de su silueta en la tierra como una incesante manera de regresar a sus raíces.

A la naturaleza también le imponemos timoratas limitaciones. Hay quien cree que debe tener un fondo verde. Resulta abismal asomarse a todo lo que abarca algo que nos incluye dese las uñas hasta los dientes, desde el nacimiento hasta la muerte, y angustioso asumir ese continuo llamado a participar en una existencia más diáfana y, a la vez, más misteriosa.

Los venezolanos estamos presenciando cambios terribles en las manifestaciones más sencillas y naturales, como el cielo, la luz, las aguas, los frutos, el sentido de la noche y el paso del tiempo. Hoy reina la destrucción en esa dialéctica entre los seres humanos y su propia tierra que tanto apasionó a Mendieta. Hoy es un ineludible mecanismo de sobrevivencia aceptar el llamado del arte, su valiente estado de búsqueda y de lucha. Y me refiero a su expresión más amplia que es el arte de vivir con dignidad.

Aquí debo advertir, dada la evidente naturaleza política de nuestro devenir, que también existe un arte de la destrucción, y quizás sea esta la manifestación que nos ha resultado más difícil de digerir y, en consecuencia, de enfrentar. La hemos aceptado con la pretenciosa mansedumbre de quien dice: “No me gusta un arte que tengan que explicármelo”.

Todo azar, una dirección, que no puedes ver

Alexander Pope escribió: “All chance, direction, which you can not see”. Entre las opciones para traducir “chance” está “casualidad”, “suerte”, “riesgo”, “ocasión”, “posibilidad”. Yo prefiero hablar de la opción que más me intriga: el “azar”. Me atrae incluso que provenga del árabe y de la flor del naranjo, del azahar, esa flor con propiedades sedantes y ligeramente hipnóticas que se puede usar para calmar los nervios, conciliar el sueño, quitar los dolores de estómago y de cabeza. Esta posible etimología explica porqué calificamos de azar lo que nos angustia y no logramos entender.

Alguna razón tendrá Pope al decirnos que el azar puede ser una dirección que no logramos ver, pues Aristóteles lo incluye entre las tres fuerzas creadoras: la naturaleza, el azar y el arte. Si Pope utilizó el término “chance” es porque el inglés, siempre pragmático y sectario, creó la palabra “hazard”, que le quita al azar su ambivalente fragancia y lo convierte en algo que siempre es peligroso. Hay casos en que esta tendenciosa connotación se cuela al español. En República Dominicana llamar a alguien “azaroso” es uno de los más graves insultos.

Para los árabes, un instrumento para jugar con el azar fue el dado, el cual solía tener en una de sus seis caras la imagen de la flor de azahar, la de peor suerte. Nuestras posibilidades políticas ya no dependen de un dado con opciones estables, planas y definitivas, más se parecen a una ruleta que aumenta su perímetro y se niega a detenerse para no mostrar lo limitado de su oferta.

Nos hemos ido apartando de Dios y el azar ya no es una causa divina oculta a la inteligencia humana. Los filósofos hablan de un acontecimiento debido al encuentro de series casuales diferentes y aparentemente independientes; o al cruce de eventos que no son causa ni efecto uno del otro; o a una coincidencia de la que no tenemos motivos para inferir una uniformidad; o a probabilidades equivalentes que no te permiten establecer algún tipo de previsión.

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Lo que nos ha impedido ser creativos o encontrar una dirección lógica en nuestro azar es precisamente la concurrencia de series ontológicamente diferentes. Esa combinación de “militarismo” y “socialismo” dificulta encontrar uniformidades, relacionar causas con efectos y hacer previsiones. Las otras cuatro caras que se han ido dibujando en el dado son “corrupción”, “inflación”, “mortandad” y la sedante  flor del “narcotráfico”.

Aquí tenemos que señalar de nuevo una secuencia de causas y efectos destructivos como la dirección más evidente. En conclusión: no es por azar que el país se está destruyendo.

Toda discordia, una armonía, no comprendida

A esta posibilidad los venezolanos le hemos entregado el fuelle de nuestras mayores esperanzas al punto de estarnos desinflando. Me contaba el psiquiatra José Luis Vethencourt que la mayoría de las parejas que consideran insostenible su relación de pareja por lo neurótica, al separarse encuentran que sus individuales neurosis aumentan al carecer de la compensación que el matrimonio les ofrecía.

La asamblea es el territorio ideal para revelar estas neurosis y compensaciones, y el más democrático de los poderes al ampliar el espectro de representación a muchos individuos y no a las veleidades de uno solo. Una asamblea puede albergar la discordia y la armonía. Un presidente, terco e impertérrito, no.

Pero un tribunal que fue elegido por la asamblea se ha convertido en el enemigo jurado y crónico de esta misma institución condenándola al divorcio. Parecen psiquiatras dirigiendo un sanatorio a punta de camisas de fuerza. Un supremo acto de destrucción, tan evidente y pernicioso, tan metódico y obstinado, capaz de alimentar la discordia desde tan arriba y con tanta saña, tiene que hacernos comprender los valores de la armonía a medida que la va anulando. Nadie ha representado mejor que estos jueces una locura destructiva que nos ha resultado tan difícil de comprender.

Todo mal parcial, un bien universal;

De nuevo tenemos un problema de traducción. Pope escribió: “All partial evil, universal good”, y resulta que “evil” es una fuerza más precisa que un simple mal.

Nuestra idea del “mal” cubre un amplio territorio. Ya en sus orígenes podía referirse a algo inmundo y sucio, o a algo blando y débil. Digamos que a algo enfermo o a algo capaz de producir enfermedades.

El “evil” de Pope se refiere a la segunda opción, la de ser causa del mal y ya no su efecto. No es casualidad que “evil” esté tan cerca de “devil”, ese ángel que una vez fue portador de la luz hasta que fue rechazado por Dios. Una mejor traducción sería: “Toda maldición parcial puede convertirse en un bien universal”.

Pope está sugiriendo, desde su visión tan optimista como católica, que todo “evil” es parcial y todo “good” es universal. Ya Tolstoy habló de cuánto se parecen las familias felices y como las infelices lo son cada una a su manera.

La historia de la humanidad está llena de ejemplos de maldiciones parciales que trajeron enseñanzas universales, pero es un aprendizaje que se conjuga en pasado y después de terribles consecuencias. Es urgente detener la destrucción, no sea que el país no tenga ya fuerzas para convertir su dolor en enseñanza y seamos un ejemplo lamentable que solo beneficie a otras naciones.

 Y, a pesar del orgullo, y el despecho de la razón errada

Esta era la más constante preocupación de Pope. Ya en otro de sus textos, “Ensayo sobre la crítica”, proponía que la naturaleza, con sus justos estándares, sabiamente refrena el pretencioso ingenio del hombre orgulloso. Él conocía bien la obra de Shakespeare y el final de ese monólogo lleno de dudas, donde Hamlet acepta que la conciencia nos convierte a todos en cobardes y hace que las resoluciones palidezcan, y se desborden empresas de gran importancia, y el hombre de acción se pierda en el desorden de estas corrientes.

Pope se lamenta de cuánto dudamos entre actuar o descansar, entre juzgarnos dioses o animales, entre optar por nuestra mente o nuestro cuerpo, y observa que en este caos de pensamiento y de pasión, creado en parte para elevarnos y en parte para caer, quienes nos creemos amos de todas las cosas y únicos jueces de la verdad, vivimos arrojados a un error interminable. Ante esta condición, Pope vuelve a la primera estrofa y declara a la naturaleza divina como el único juez, como veremos en la sexta línea.

Una verdad es clara, Lo que es, tiene razón de ser.

Aquí tenemos un último problema de traducción, el más crucial. Pope escribió: “One truth is clear, Whatever is, is right”, lo que muchos traducen como: “Una verdad es clara, lo que es, es como debe ser”. Las opciones para traducir “right” son más amplias que “chance”. En el contexto de la frase podríamos utilizar “es justo”, “es apropiado”, “es bueno”, “es acertado”, “es verdadero”, “es razonable”.

¿Qué nos quería decir Alexander Pope? Tenemos que acudir a su pertenencia a una minoría religiosa de Inglaterra que era mayoría en el resto de Europa. Su optimismo filosófico, o si se quiere religioso, tenía una resonancia asegurada, y la tuvo. Voltaire consideraba el “Ensayo sobre el hombre” el más bello poema, el más útil, el más sublime escrito en cualquier lengua. Rousseau dijo que le traía paciencia y consuelo a sus males. Kant lo leía en voz alta a sus alumnos.

Pero esa aparente aceptación de la sabiduría divina era demasiado pedir y, poco más tarde, Voltaire renunció a su admiración por Pope. Su novela Cándido es una sátira a esa última frase tan sentenciosa: “Whatever is, is right”. A través de su personaje Pangloss, Voltaire se burla de la perspectiva de que todo es como debería ser, y lo hace repetir ante desgracias extremas e injusticias desmedidas: “Todas las cosas son buenas en el mejor de los mundos posibles”.

Mediante su sátira, Voltaire nos está sugiriendo que no existe semejante “Gran Plan divino”. La razón tiene que provenir del hombre pues es creada por el hombre. Otra diferencia importante es que Voltaire insiste en que la aventura del hombre tiene una dimensión social, mientras Pope le habla al individuo desde su íntima relación con la naturaleza y con Dios. Él había vivido en ese estado de aislamiento y dentro de un cuerpo reducido.

La segunda epístola de su “Ensayo sobre el hombre” es muy dura y desconcertante, pues pareciera ir más allá que el propio Voltaire. Comienza invitándonos:

Entonces conócete a ti mismo, no supongas a un Dios que investigar;
el estudio del hombre es el estudio apropiado de la humanidad.

Resulta que Pope nos está azuzando, elevándonos para luego aplastarnos, pues poco después baja al hombre de su pedestal:

Ve, enséñale a la Sabiduría Eterna cómo gobernar.
¡Y luego cae en ti mismo y sé un idiota!

Nuestra nación ha ido disminuyendo, cercenándose, idiotizándose, perdiendo valor la moneda y los bienes, la tierra y sus frutos, las reservas y el porvenir, haciéndonos cada vez más enjutos y dependientes de naciones más poderosas. Se ha ido destruyendo no solo la capacidad de producir, también la capacidad de sanar, de reaccionar ante la destrucción, de enjuiciar y castigar a los culpables.

Cuando nos llegó el momento histórico de alcanzar un gran desarrollo, cuando el azar de la historia hizo que una serie de causas y efectos se cuadraran a nuestro favor, la nación fue atacada por una eficiente enfermedad y hoy el mundo observa asombrado la extrema reducción de nuestro cuerpo.

¿Por qué nos sometimos y seguimos sometidos a semejante maldición? Frente a ese categórico “es como debe ser”, yo he preferido escribir “tiene una razón de ser”. Esa fórmula me acerca a esa naturaleza nuestra, a ese arte que desconocemos tan absolutamente.

A Caracas, en el mes más cruel; por Federico Vegas

T.S. Eliot comienza su poema, La Tierra baldía, con unas estrofas que nos resultarán familiares: Abril es el mes más cruel: engendra lilas de la tierra muerta, mezcla recuerdos y anhelos, despierta inertes raíces con lluvias primaverales. No suelen celebrarse en nuestro valle las lilas ni las primaveras, pero sí sufrimos en carne propia los

Por Federico Vegas | 11 de abril, 2016
A Caracas, en el mes más cruel; por Federico Vegas

Anónimo, Laura e il Poeta (detalle) Casa de Petrarca, Arquà Petrarca (Padua). El fresco es parte de una serie de pinturas realizadas durante el siglo XVI.

T.S. Eliot comienza su poema, La Tierra baldía, con unas estrofas que nos resultarán familiares:

Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.

No suelen celebrarse en nuestro valle las lilas ni las primaveras, pero sí sufrimos en carne propia los recuerdos y anhelos de una tierra que muere y nos atormenta el triste palpitar de esas inertes raíces que quieren despertar. No quiero ahora buscar culpables para el lamentable estado del cielo de Caracas, pero sí proponer su estancamiento como una metáfora de pavorosa elocuencia del apestoso gobierno que se cierne sobre nosotros. Lo cierto es que la política se nos va haciendo una historia sin futuro y la historia una geografía donde “aquel que estaba vivo ahora está muerto, y nosotros que vivíamos ahora estamos muriendo, con un poco de paciencia”.

El recuento que hace Eliot es devastador. Se pregunta y se contesta:

¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no ofrece el rumor del agua.

Pero ahora que miramos a nuestros cielos con tanta atención, no quisiera hablar de descensos sino de ascensos, y en la aventura de ascender partiendo de nuestro valle nadie le ha ganado en visiones y primacía a Alejandro Humboldt. Voy a retomar viejas notas y un texto que escribí hace dos décadas para adentrarme en su capacidad de explorar, de prefigurar.

En su Viaje a las regiones equinocciales nos cuenta de su llegada a Caracas, una ciudad con “bienestar, jovialidad franca, cordialidad, cortesía y buenos modales”. Al mismo tiempo, le resultó evidente que en ella se avecinaban grandes cambios. En 1800, justo entre dos siglos, Humboldt advirtió un conflicto creciente entre dos generaciones:

“La una, que es al fin poco numerosa, conserva una viva adhesión a los antiguos usos, a la simplicidad de las costumbres, a la moderación en los deseos. Sólo vive en las imágenes del pasado. Le parece que la América es propiedad de sus antepasados que la conquistaron y, porque detesta eso que llaman la ilustración del siglo, conserva con cuidado como una parte de su patrimonio sus prejuicios hereditarios. La otra, ocupándose menos aún del presente que del porvenir, posee una inclinación, irreflexiva a menudo, por hábitos e ideas nuevas.”

En tiempos de la visita de Humboldt lo más notorio de Caracas no eran su arquitectura y urbanismo, sino la riqueza de su actividad agrícola y la efervescencia de nuevas ideas que esta misma riqueza favorecía. Era un auge que no se plasmaba en lujosos edificios. Había faltado tiempo para que la producción de café y cacao transformara una ciudad que había comenzado siendo de las más pobres de América y ahora comenzaban a estar entre las más ricas. Las dimensiones de sus plazas, calles, iglesias y casas no eran las de un escenario grandioso e impactante; la prosperidad se evidenciaba mejor en los muebles y las bibliotecas, en trajes de fiesta, en tiempo para largos viajes, en la música y en el campo, y, por supuesto, en un creciente espíritu de independencia.

Revisemos un fragmento del capítulo XII del libro de Humboldt, titulado Mirada general sobre las provincias de Venezuela. Diversidad de sus intereses. Ciudad y valle de Caracas, donde describe su ascenso a la Silla de Caracas. Humboldt es un explorador tan apasionado como sabio, capaz de ver lo que otros han tenido ante sus ojos sin advertirlo. Su descripción del valle es la más global y conmovedora que jamás he leído:

“La poca extensión del valle y la proximidad de los altos montes del Ávila y la Silla dan a la posición de Caracas un carácter tétrico y severo, sobre todo en esta parte del año en que reina la temperatura más fresca, o sea en los meses de noviembre y diciembre. Las mañanas son entonces de gran belleza; en un cielo puro y sereno se ven patentes las dos cúpulas o pirámides redondeadas de La Silla y la cresta dentada del cerro del Ávila, mas por la tarde la atmósfera se carga, las montañas se empañan; regueros de vapor se ven suspendidos sobre sus cuestas siempre verdes y las dividen en zonas superpuestas entre si. Poco a poco se confunden estas zonas, y el aire frío que desciende de La Silla se sedimenta en el valle y condensa los vapores ligeros en grandes nubes espesas. Estas nubes se ciernen a menudo mas abajo de la cruz de la Guaira, y se las ve avanzar rasando la tierra, hacia la Pastora de Caracas y el cuartel cercano a la Trinidad.”

Humboldt se extraña de que a ningún caraqueño se le haya ocurrido subir al tope a una montaña tan determinante:

“En una región que presenta aspectos tan arrobadores, en una época en que, a pesar de las tentativas de un movimiento popular, la mayoría de los habitantes sólo dirigían sus pensamientos a asuntos de interés físico, como la fertilidad del año, las largas sequías, el conflicto de los vientos de Petare y Catia, yo creía que se debía encontrar muchas personas que conociesen a fondo los altos montes circundantes. No se cumplieron mis esperanzas y no pudimos descubrir en Caracas un solo hombre que hubiese llegado a la cumbre de la Silla.”

Algunos caraqueños lo acompañan, pero por poco tiempo. No entienden el propósito de tanto esfuerzo:

“Esta subida, más fatigosa que arriesgada, desalentó a las personas que nos habían acompañado desde la ciudad, que no estaban acostumbrados a escalar sus montañas. Mucho tiempo perdimos aguardándolas, y resolvimos continuar solos nuestro camino cuando las vimos a todas descender la montaña en vez de escalarla.”

Parece que quienes se devolvieron se llevaron también el agua, pero Humboldt y Bonpland finalmente alcanzaron su meta:

“Llegados a la cumbre, gozamos, aunque solamente por pocos minutos, de la completa serenidad del cielo. Abrazaban nuestras miradas una vasta extensión del país […] Un país sin población se presenta al habitante de la Europa cultivada como una ciudad abandonada por sus habitantes. Cuando se ha vivido por varios años en las selvas de las regiones bajas o en las faldas de las cordilleras americanas, ya no nos asusta una vasta soledad. Uno se acostumbra a la idea de un mundo que no sustenta sino plantas y animales […] En momentos en que examinábamos con un catalejo la parte del mar cuyo horizonte estaba bien determinado y la cordillera de montes de Ocumare tras la cual empieza el mundo desconocido del Orinoco y el Amazonas, una bruma espesa se levantó de las llanuras hacia las regiones altas, colmando el fondo del valle de Caracas. Los vapores, iluminados por arriba, tenían un color uniforme de un blanco lechoso. Aparecía el valle como lleno de agua, y se hubiera tomado por una brazo de mar cuya ribera escarpada formaban las montañas adyacentes […] Es concebible que el valle de Caracas haya podido ser antiguamente un lago interior, antes que el río Guaire se hubiese abierto paso al Este, cerca de Caurimare.”

Luego de un brevísimo descanso llega la hora del descenso:

“Hubiera sido imprudencia permanecer por más tiempo en esa bruma espesa a orillas de un precipicio de siete a ocho mil pies de profundidad […] Poco a poco había desaparecido la bruma. Las luces esparcidas que vimos debajo de nosotros nos causaron una doble ilusión. Las escarpaduras parecían más peligrosas aún de lo que eran, y durante seis horas de continua bajada creíamos estar siempre cerca de las haciendas. No llegamos sino a las 10 de la noche al fondo del valle, muertos de fatiga y de sed. Habíamos andado durante 15 horas casi sin interrupción.”

Después de tanta geografía, Humboldt analiza el porvenir de los indolentes compañeros que lo aguardan en la quebrada de Chacaíto:

“Los caraqueños acababan de escapar del peligro de que se habían creído amenazados con el levantamiento proyectado por José María España. Esta osada tentativa tuvo consecuencias tanto más graves, cuanto en vez de buscar en lo profundo las verdaderas causas del descontento popular, se creyó salvar la metrópoli empleando sólo medios de rigor.”

Y entonces se pregunta qué impide a estos hombres “abrazar la causa de la independencia o aspirar al establecimiento de un gobierno local y representativo.” Concluye que este anhelo “no aventaja lo bastante el amor al reposo y los hábitos de una vida indolente, para comprometerlos a largos y laboriosos sacrificios.” En unos privan los “intereses de familia, el deseo de una tranquilidad ininterrumpida, el temor de lanzarse a una empresa que puede fracasar.” Otros, no reaccionan “por miedo a todos los medios violentos y se lisonjean de que reformas lentas podrán hacer menos opresivo el régimen colonial”. Hay incluso quienes prefieren “ser privados de ciertos derechos que compartirlos con los demás; y aún preferirían una dominación extranjera a la autoridad ejercida por americanos de una casta inferior; abominan toda constitución fundada en la igualdad de derechos”. Por último están quienes “gozan de esa libertad que hay, bajo los gobiernos más vejatorios, en un país cuya población está diseminada y, no aspirando por sí mismos a los puestos, los ven con indiferencia ocupados por hombres cuyo nombre les es casi desconocido y cuyo poder no les alcanza”.

Veamos cuál es su diagnóstico y recomendación:

“La quietud ha sido el resultado del hábito, de la preponderancia de algunas familias poderosas, y, sobre todo, del equilibrio que se establece entre fuerzas hostiles. Una seguridad fundada en la desunión ha de ser conmovida por una masa de hombres que olviden por algún tiempo sus enconos individuales, y se reúnan a merced del sentimiento del común interés. Este sentimiento, una vez despertado, se fortifica con la resistencia, y con el progreso de la ilustración y el cambio de las costumbres disminuyen la influencia del hábito y de las ideas añejas.”

Estaban por llegar los años de Miranda, de Bolívar y Sucre. Humboldt los presiente:

“Cuando esta inclinación se halla acompañada del amor por una instrucción sólida, cuando se refrena y se dirige a merced de una razón fuerte e instruida, sus efectos resultan útiles para la sociedad.”

Alejandro no previó las tragedias que acompañarían a semejantes hazañas. Era imposible penetrar más en nuestro futuro, a las secuencias de heroísmos y desidias que seguirían sucediéndose, a las sucesivas vueltas del destino que traerían democracias felices e infelices, dictaduras descaradas o disfrazadas.

Describir nuestra actual situación no es fácil. Ya futuros historiadores encontrarán los verbos y los calificativos que nos definan. Espero que acierten y no les tiemble el pulso. Sugiero que somos una extraña colonia sostenida con gritos de independencia y mantenida por una mafia indigesta de poder y dinero, bien capaz de acabar hasta con su propio cielo. Más daño le ha hecho Venezuela al socialismo que el socialismo a Venezuela.

Ante tal amenaza, bajemos a esta tierra nuestra donde están por despertar las raíces y los anhelos, utilizando el ejemplo de Francesco Petrarca, quien supo elevarse y regresar a los predios de su alma.

Dicen que el Renacimiento comenzó en 1336, cuando Petrarca subió al Monte de Los Vientos inspirado por el puro placer de disfrutar una vista maravillosa. No encontró un solo amigo que lo acompañara y se decidió por su hermano. Una vez que alcanzó la cumbre y creyó ver todas las regiones de Italia, se sentó en una roca, abrió al azar un pequeño libro, Las Confesiones de San Agustín, y le leyó a su hermano un fragmento:

“Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos.”

 Petrarca no habló más y bajó en silencio hasta llegar a la posada de donde había partido antes de la madrugada. Esa noche se fue a un rincón y le escribió una carta a su confesor. Estas son las últimas líneas:

“Así, ve, mi querido padre, cómo no quiero ocultar a tus ojos nada en mí, pues desvelo escrupulosamente no sólo mi vida entera, sino también cada uno de mis pensamientos. Reza, te lo ruego, por ellos, para que errabundos e inestables como han sido durante un largo tiempo, encuentren alguna vez reposo y, habiendo oscilado inútilmente de aquí para allá, se dirijan al único bien, verdadero, cierto e inmutable.”

¿Cómo nos ve Dios?; por Federico Vegas

El 24 de enero de 1868, los hermanos Goncourt escribieron en su diario: Si existe un Dios, el ateísmo debe parecerle un insulto menor que la religión. Es extraño que dos hermanos lleven un mismo diario, un género que se distingue por revelar las experiencias íntimas de un individuo, especialmente siendo los Goncourt hombres bastante

Por Federico Vegas | 23 de marzo, 2016
Indio desnudo, Árbol en el parque Cachamay, Guayana / Fotografía de Francisco Villegas

Indio desnudo, Árbol en el parque Cachamay, Guayana / Fotografía de Francisco Villegas

El 24 de enero de 1868, los hermanos Goncourt escribieron en su diario:

Si existe un Dios, el ateísmo debe parecerle un insulto menor que la religión.

Es extraño que dos hermanos lleven un mismo diario, un género que se distingue por revelar las experiencias íntimas de un individuo, especialmente siendo los Goncourt hombres bastante distintos. Se llevaban ocho años. Edmond era serio hasta la torpeza y se exigía una flemática responsabilidad. Jules era volátil y alcanzaba con facilidad los límites de la inestabilidad y la travesura. Gracias a que los unía una misma sensibilidad y un fanático amor por las palabras, tenemos hoy esta visión de la vida en París desde los extremos de dos hermanos que también  llegaron a compartir la misma amante.

Pensando en las combinaciones fraternas que me he ido tropezando en la vida, incluyendo las de mis hijos y las de mis propios hermanos, creo que en un mismo hogar suelen nacer perros y gatos. Unos son más buscadores de cariño y viven pendientes de sus padres; los otros andan de su cuenta y a su ritmo, con ese misterioso andar de los felinos, siempre tan vigilantes como ausentes.

De esta imagen familiar pasé a imaginar cómo sería el diario de un país entero, ahora que somos perros y gatos en el peor de los sentidos. Me refiero a un diario donde se asiente lo que toda Venezuela va sintiendo día a día. Suena a fantasía, pero si no dejamos un testimonio colectivo del inútil y apestoso drama que hemos vivido, el futuro estará más desorientado y desprevenido que nuestro reciente pasado. Por más contradicciones que haya entre nosotros, algo habrá que sentimos todos y puede asentarse con el mismo provecho que el diario de Edmond y Jules.

Cuando le conté a Francisco Suniaga lo que escribieron estos dos parisinos un 24 de enero, se alegró mucho:

—Dios debe estar contento conmigo. Lo molesto muy poco.

En ese momento de apertura y amistad se nos abrió a los dos un cambio de perspectiva. Siempre nos preguntamos qué significa Dios para nosotros, si tiene sentido su existencia, cómo representarlo, cómo comunicarnos con él, pero rara vez volteamos la tortilla: ¿Qué le significamos a Dios? O, utilizando el verbo de los Goncourt: ¿Qué tal le parecemos?

Encuentro una pista en un poema de Wislawa Szymborska titulado “El silencio de las plantas”. En nuestra omnipotente aproximación a las plantas, algo habrá semejante a la relación que Dios, de existir, guardaría con nosotros.

Wislawa comienza hablando de una curiosidad que no es recíproca, y nos ofrece la lista de sus plantas favoritas: la “hepática”, muy dada a la permanencia;  la “nomeolvides”, que requiere poca atención aunque su apodo le exija tanto; el “muérdago”, con sus tendencias parasitarias; el bulboso y solitario “narciso”. La poeta tiene un nombre para cada una, pero ninguna tiene un nombre para la poeta, a quien le gustaría charlar un poco

Después de todo, estamos viajando juntas.
Y los compañeros de viaje usualmente conversan,
intercambian comentarios al menos sobre el tiempo,
o sobre la estaciones que pasan volando.

Temas no nos faltarían: Tenemos tanto en común.
La misma estrella nos mantiene a su alcance.
Proyectamos sombra según las mismas leyes.
Intentamos comprender cosas, cada una a su manera,
y lo que no sabemos también nos acerca.

Lo explicaré lo mejor que pueda, solo tienen que preguntarme:
Qué es mirar a los ojos,
por quién late mi corazón,
o  por qué mi cuerpo no tiene raíces.
Pero cómo contestar a preguntas nunca hechas,
siendo yo, además, un ser tan totalmente
nadie para ustedes.

No hay manera, la poeta no logra pasar de un monólogo que las plantas no parecen escuchar. A medida que avanzamos por este emotivo poema —conviene leerlo mientras paseamos por un jardín—, son las plantas las que parecen dioses. Algo tienen de aquellas divinidades griegas que una vez dominaron el universo y ahora son estatuas mudas, tan reacias a responder a nuestras preguntas como en sus mejores años. Esa sospecha incita a Wislawa a cerrar su poema diciendo:

Conversar con ustedes es esencial e imposible.
Urgente en esta vida presurosa
y aplazado hasta nunca.

Más fácil que con las plantas, e incluso que con los gatos, es hablar con los perros, muy dados a responder aunque sea con su incansable cola. Su sumisión a los hombres se debe a que, con tan burdas pezuñas, no logran hacerse cariño unos a los otros, al menos alrededor de las orejas, donde son tan sensibles. El primer lobo que sintió la sofisticación de semejante caricia, lamió la mano del hombre en vez de morderla. Esa misteriosa mezcla de placer con cosquilla lo convirtió en un perro manso, bien dispuesto a adorar a un ser superior capaz de preparar unos guisos deliciosos del que a veces le llegaban despojos. Gracias a su fidelidad han ido ganando terreno a través de los siglos. Me imagino la impresión que ahora les causará el que un ser tan superior se agache a recogerles la mierda en las aceras.

Si resulta que tenemos más de perros divinizados que de semidioses, el observar cómo somos observados por los mejores amigos del hombre puede ayudarnos a entender nuestra relación con Dios. ¿Acaso nuestras mascotas no parecen mirarnos con plácida adoración y absoluta fe? Mira a tu perro jadear de alegría cuando te ve llegar, babear como un grifo y darte vueltas alrededor, y pregúntate si a Dios le gusta vernos así, tan eufóricos, tan pendientes y dependientes, o prefiere la elegante indolencia del gato, o el magnético silencio de las plantas.

Y conste que he presenciado la muerte de dos de mis perros, y la desaparición de un tercero, el más aventurero. Así conocí el vago rastro que deja en la tierra el alma de los animales, tan distante del odio y el arrepentimiento que su estela es suave, natural, más cerca de la perplejidad que del dolor.

Estas visiones que los hombres tenemos de las plantas y los animales son más persistentes y homogéneas que las que tenemos de Dios, sometidas a la inercia de la infancia, a las veleidades de nuestras entrañas, a esos cambios de pendiente que traen los años y a reiteradas o inesperadas influencias. Los mismos hermanos Goncourt escribieron el 8 de febrero de 1868 una versión algo distinta a la del 24 de enero:

Uno de los orgullosos placeres de los hombres de letras es sentir dentro de si el poder de inmortalizar lo que quiera inmortalizar. Por insignificante que sea, siempre estará consciente de poseer una divinidad creadora. Dios crea vidas; el hombre de imaginación crea vidas ficticias las cuales pueden causar una impresión más profunda y más viva en la memoria del mundo.

Quizás Jules, el más atrevido, haya escrito la entrada del 24 de enero, y Edmond, con su oronda seriedad, esta del 8 de febrero. Puede haber sido también al revés, porque la segunda es, sin duda, más irreverente. Pretender que podemos dejar huellas más profundas y vivas que Dios suena a sacrilegio, pero al menos Jules, o Edmond, o los dos hermanos, están reconociendo la existencia de un ser superior, o dejando de reconocer que Dios puede ser también una de nuestras más persistentes ficciones.

Esta glorificación del hombre creador nos lleva a la manera más decisiva y exigente de revisar nuestra relación con Dios. Me refiero a examinar la relación que sostenemos unos con otros partiendo de la respuesta que Jesús le dio a un fariseo cuando le preguntó:

—Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?

—Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.

Paradójicamente el primer mandamiento suele justificar la violación del segundo. Un colosal ejemplo que nos concierne es la fundación de Hispanoamérica, pues se dio en un siglo cuando un mandamiento estaba en su esplendor y el otro en su peor momento. No es casual que el descubrimiento de nuestro continente coincida con la expulsión de los judíos y la toma de Granada. Este proceso de enfrentamiento y exclusión se extendió con mayor crueldad y facilidad a los indígenas que España iba encontrando en sus avances. Las encendidas polémicas sobre si se debía considerar hijos de Dios a los aborígenes dominados, y por lo tanto “prójimos”, solían darse después de las matanzas y los despojos. El poeta Octavio Armand nos ofrece un ejemplo botánico que ilustra esta historia: “El bastón del emperador y el indio desnudo todavía resumen la conquista y la colonización de América”.

La Corona se ungió y se sirvió sin pudor del primer mandamiento y, con una sola religión, un solo idioma y unas mismas leyes para hacer ciudades y pueblos, logró la increíble hazaña de colonizar una inmensidad que iba desde California hasta la Tierra del Fuego.

Este cruento bautizo será determinante. El amor a “Tu Señor”, un Dios que determina lo que sientes y cómo piensas, originó una dependencia vertical que siempre estará acechando contra los acuerdos y la convivencia que se establecen en una democracia. Cada vez que se pierde la capacidad de entendimiento entre los ciudadanos, se acude una vez más a la imagen de un salvador, o a un ángel vengador, o a un profeta portador de nuevas leyes, o a alguien que una las tres figuras e imponga una teocracia capaz de quitarnos el peso de amarnos los unos a los otros como miembros de una misma nación, para entonces dejar en manos del líder religioso y político la facultad de establecer quién es prójimo y quién no.

Me he atrevido a dar estas piruetas históricas para tratar de llegar pronto al presente, pues estamos viviendo una bolivariana exaltación del primer mandamiento capaz de espantar no solo a un Dios que fuera amante de las adulaciones y las relamidas, sino hasta al mismo Bolívar.

Simón Bolívar ya no puede saber lo que pensamos de él, o lo que decidimos hacer con su imagen o sus huesos, pero nosotros sí podemos acercarnos a lo que él pensaba. Si pudiera ver el estado de dependencia, estancamiento y aislamiento en que estamos sumidos, y como continúa celebrándose semejante engendro bajo el respaldo de su nombre, se llevaría las manos a los oídos y voltearía la cabeza como una vez lo hizo su caballo. En esa caja de resonancia llamada Mausoleo debe retumbar la manera en que el mundo nos exhibe con desprecio, como el ejemplo perfecto para un decálogo de disparates, estupidez y corrupción. Imagino a Bolívar observando la frontera con Colombia que soñó con borrar, hoy convertida en un abismo entre dos mundos.

Nuestra teocracia es cada vez más patética con su séquito de guisadores, bachaqueros, mafiosos, pranes, burócratas y enchufados varios. Se habla con descaro del comandante inmortal y divinizado, y de su hijo, un presidente con una evanescente aura religiosa que se va meteorizando aceleradamente en el basamento militar que lo soporta, mientras hasta sus propios sobrinos lo detestan, por haberlos hecho suponer que bajo su custodia serían intocables.

Los jueces, como en un coro de Esquilo, son los cantores de la tragedia, los que le dan su trasfondo ciego e inmutable. Actúan como los sacerdotes del templo, celosos de los dogmas y guardianes de sus propios secretos. Su entrega es impecable y admirable su sumisión. No hay entre ellos un solo protestante, nadie que dude, que titubee, que disienta, pues temen ser tratados como herejes. Bajo sus togas negras, llevan la patria al altar del sacrificio con la fidelidad de los mastines. Son funcionario grises, disciplinados y eficaces, que encarnan con orgullosa santidad la “banalidad del mal”.

No nos ayudará mucho encomendarnos a Dios y obstinarlo con nuestros problemas. Cuando uno de los hombres más obstinadamente poderosos del régimen tiene como lema de su escudo: “Con el mazo dando”, nos está invitando a caer en la trampa de “A Dios rogando”.

Debemos concentrarnos en el segundo mandamiento. Al prójimo es al que debemos entregarle nuestros corazón, alma y entendimiento, y así acabar con esa idea tan paralizante y cismática de que nos gobierna un hijo de Dios.

No puedo asegurar que algo o alguien más allá del espacio y el tiempo nos verá con el cariño que le dedicamos a las plantas o los animales, pero sí creo que podemos ser una mejor Venezuela.