Blog de Elías Pino Iturrieta

Los matices del insulto; por Elías Pino Iturrieta

Los grandes teóricos del republicanismo, encabezados por Cicerón, insisten en la contención del lenguaje como esencial para el manejo de los asuntos públicos. Solo los vocablos cristalinos y los argumentos ponderados conducen al convencimiento del elemento discrepante y así se logran consensos para el resguardo del bien común, asegura el autor. Es una orientación que

Por Elías Pino Iturrieta | 14 de agosto, 2017
Detalle de la estatua de Cicerón

Detalle de la estatua de Cicerón ubicada en el Palacio de Justicia de Roma, Italia

Los grandes teóricos del republicanismo, encabezados por Cicerón, insisten en la contención del lenguaje como esencial para el manejo de los asuntos públicos. Solo los vocablos cristalinos y los argumentos ponderados conducen al convencimiento del elemento discrepante y así se logran consensos para el resguardo del bien común, asegura el autor. Es una orientación que ha gozado de general aceptación, pero que solo se debe considerar como una condición ideal. Los consejos de los grandes pensadores tienen sentido y se deben atender, debido a que vienen de la buena fe, o de la experiencia en la conducción de las sociedades, y a que procuran formas de gobierno aceptadas por las mayorías y destinadas a perdurar. Sin embargo, no constituyen un dogma indiscutible.

¿Por qué? La realidad predomina frente a lo que se piense de ella, aún desde la autoridad de los sabios. Una cosa señala el papel escrito con sensatez y con buenas intenciones, pero las indicaciones del entorno llevan las conductas públicas por su cauce sin mirar hacia los llamados del comedimiento. Me acerco a estas generalidades que pueden sonar como fatuidades, para tocar un punto aparentemente menor que sucedió entre nosotros y en nuestros días hasta alcanzar notoriedad. Unas compradoras del automercado recibieron con improperios la presencia de Socorro Hernández, rectora del Consejo Nacional Electoral, para que los voceros del régimen se desgarraran las vestiduras y clamaran por una justicia drástica. No sé si los quejosos de las alturas leyeron a Cicerón, o a otros autores de la misma cúspide, pero convirtieron el episodio en una causa moral y en una obligación de vindicta pública que le dio notoriedad y que sugiere una reflexión capaz de poner las cosas en su lugar.

El insulto ha sido una herramienta de lucha política y un factor de trascendencia en la búsqueda del poder, que no se puede echar a la basura sin considerar asuntos de importancia como la situación en la cual se produce y la ubicación social de los individuos que lo desembuchan. Los tiempos borrascosos producen palabras duras y voces erizadas, cuyo objeto es el crecimiento de la combustión que las anima. En épocas de concordia predomina el verbo sosegado, hasta el punto de convertirse en hábito, pero las horas espinosas producen una cascada de vocablos que son su concordancia y su compañía. Los teóricos obvian este vaivén propio de las sociedades, debido a que conceden prioridad a sus mandamientos sin imaginar cómo los huracanes de la vida los convierten en folio mojado. En consecuencia, los juicios sobre el insulto deben considerar tales escenarios y tales momentos ineludibles.

La Guerra a Muerte no condujo a discursos ponderados, ni siquiera en los labios de los oradores eclesiásticos. La separación de Colombia estuvo llena de querellas y ruidos caracterizados por la inurbanidad. Lo mismo sucedió en el teatro de las guerras civiles durante el siglo XIX, después de 1830, y en numerosos sucesos del siglo XX, especialmente después de la muerte de Gómez, cuando la opinión pública ocupó mayores espacios para hacerse presente, sin que tales sucesos puedan considerarse como anomalías. Fueron hijos legítimos de la época que los aclimató, hasta el punto de que no se puedan entender sus vicisitudes sin el ingrediente de las reacciones apasionadas y violentas que fueron su carne y su sazón. Buscar conductas angelicales en la conducta de los antepasados es una aspiración candorosa porque, en no poca medida, la república fue el producto de las actitudes airadas de quienes la han ido fabricando poco a poco.

Juan Vicente González escribió páginas memorables, en las cuales no dejó de estar presente el ataque venenoso de sus adversarios del Partido Liberal. Los motejó con adjetivos escandalosos y no tuvo más remedio que recibir después dosis gigantescas de su misma cucharada. Al presidente Soublette le dijeron de todo en los panfletos de los amarillos, hasta patrañas y calumnias carentes de fundamento, sin que la tierra temblara en el anuncio de un criollo apocalipsis. Domingo Antonio Olavarría, el famoso Luis Ruíz de las trifulcas contra los triunfadores de la Guerra Legalista, no ahorró el improperio personal para la detracción de Joaquín Crespo, sin que le temblara la pluma ante el temido espadón. Los adversarios del joven Rómulo Betancourt llegaron al extremo de ventilar sus supuestas inclinaciones sexuales para sacarlo del juego, y así sucesivamente. No estamos en la república pensada por Cicerón, sino en la que fuimos haciendo aquí en diversas épocas de acuerdo con la solicitud de cada tiempo histórico.

En consecuencia, el insulto no solo ha formado parte de nuestra historia, sino que también la ha caracterizado en diversas épocas que han resultado esenciales para la formación de la sensibilidad venezolana. Se trató de expulsar de la cotidianidad a través de publicaciones promovidas por los controladores de la sociedad, entre ellas el célebre Manual de Urbanidad y Buenas Maneras escrito por Manuel Antonio Carreño, vulgata de la civilidad que quiso ser una contención de las conductas bárbaras y una fábrica de poses civilizadas a través del cual se metieran los antepasados en una vitrina para que los vieran desde afuera modosos y blanqueados. La faena de carmín y poses artificiales fue recibida con beneplácito por los gobiernos del vecindario, también necesitados del mismo corsé para las costumbres de sus gobernados, pero igualmente agobiados por los dicterios de sus pueblos que no se podían contener únicamente con cárceles y vejámenes. Fue así como el insulto se encubrió, sin que se pudiera desarraigar. Presencia habitual y persistencia explicable, no lo podemos negar con un plumazo, ni siquiera porque lo ordena el decálogo del Carreño.

Pero, así como hay un insulto comprensible debido a las motivaciones de lo circundante, existe el insulto inadmisible en términos republicanos. Cuando lo desembuchan los poderosos es evidencia de menosprecio y vilipendio de la sociedad, sin paliativos. Pienso en Guzmán Blanco deleitándose en los periódicos ante la supuesta incompetencia del pueblo venezolano. O en Andueza Palacio soltando palabras soeces en los burdeles para que los acólitos las celebraran y las comentaran en el mercado. O en Cipriano Castro cuando se burlaba de los presos políticos en las páginas de la prensa. O en Hugo Chávez, cuando ultrajaba a sus adversarios con una ristra de descalificaciones expresadas en plaza pública. Los vocablos malsonantes, si se expresan en tribuna dorada con un anillo de guardaespaldas no son manifestaciones sociales susceptibles de entendimiento, como muchas de las que se han aludido aquí, sino testimonios del menoscabo al que pueden llegar las sociedades en las manos de un autócrata. El cesarismo encuentra en tales expresiones una de sus prendas más elocuentes y deplorables, si nos apegamos a la retórica y a las tipologías de Cicerón.

Es evidente que la reacción de unas vecinas contra Socorro Hernández no corresponde a las evidencias de prepotencia y desprecio que hacen los hombres fuertes desde su custodiada atalaya. Le gritaron cosas duras en la cara. Le dijeron ladrona y asesina mientras compraba comestibles en el mercado, por ejemplo, pero no eran Guzmán ni Chávez los que gritaban, sino unas amas de casa acosadas por la realidad que las asfixia y por la presencia de una funcionaria a quien necesariamente se debe relacionar con el fraude electoral cocinado en el CNE en cuya directiva ocupa puesto principal. Si un insulto puede considerarse como testimonio de decoro y coraje cívicos, este cabe a la perfección. Como los que se aludieron antes para sugerir que la historia no es como desean los manuales de compostura, sino también como disponen las realidades acuciantes de las personas comunes y corrientes.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Los procónsules del Benemérito; por Elías Pino Iturrieta

Gómez impuso una forma exitosa de gobierno, que le permitió permanencia hasta el día de su muerte y aún después, si consideramos que las dos administraciones posteriores lo tuvieron como fundamento. Los mandatos de López Contreras y de Medina Angarita, pese a los esfuerzos llevados a cabo para separarse de la cuna, encontraron origen en

Por Elías Pino Iturrieta | 7 de agosto, 2017

blg_elias_pino_i_proconsules_640416

Gómez impuso una forma exitosa de gobierno, que le permitió permanencia hasta el día de su muerte y aún después, si consideramos que las dos administraciones posteriores lo tuvieron como fundamento. Los mandatos de López Contreras y de Medina Angarita, pese a los esfuerzos llevados a cabo para separarse de la cuna, encontraron origen en el poder que el padre Juan Vicente estableció mientras vivía. De allí la necesidad de detenerse en los fundamentos de una autocracia tan prolongada, de una hegemonía capaz de superar la desaparición física del padre. Entre ellos destaca el control de la sociedad a través del predominio de un conjunto de hombres fuertes establecidos en las principales jurisdicciones de la república, sobre el cual se hará una aproximación en las líneas que siguen.

Como se sabe, la dictadura establecida entre 1908 y 1935 dependió del ejercicio del terror. La representación habitual de tal manera de controlar a la sociedad se localiza en una de las extremidades del tirano que estuvo más cerca de la gente común, que vivió con ella y la obligó con su presencia a permanecer en el cauce de la sumisión: La Sagrada. Hablamos de una policía política de base regional, integrada con predominancia de tachirenses y dependiente del propio Gómez o de contados superiores de confianza.

Fue un cuerpo intachable en su lealtad a la causa e inflexible en el cumplimiento de cualquier tipo de trabajos, aun los más sucios y sangrientos. Las sagradas no ocultaban su presencia, sino todo lo contrario. Eran una compañía cotidiana y ostensible, una caravana de todos los días y todas las noches que no pasaba inadvertida. El Benemérito quería que las vieran y  las temieran. Cuando las sagradas recorrían ciudades y campos, la sociedad sentía el pavor que inspiraba la presencia del individuo temible que todo lo podía desde su domicilio de Maracay, como había demostrado desde su ascenso al poder y como machacaban sus publicistas.

Pero una forma rudimentaria de mostrar y usar los colmillos no basta para comprender la redondez de la dictadura. Las sagradas fueron fundamentales para la asfixia de las contadas búsquedas de democratización que no dejaron de estar presentes entonces, pero se conformaban con representar maneras bárbaras de represión a través de las cuales no se podía asegurar un predominio duradero sobre todas las capas de la sociedad. Carecían de la capacidad de superar los límites del terror primario o inmediato que provocaban. Sus miembros apenas sabían leer y escribir. Obedecían sin vacilación, pero no tenían capacidad para tomar iniciativas políticas, ni simples movimientos relacionados con el orden público. La peinilla y la tortura se necesitaban, pero su alcance no bastaba para asegurar la paz infinita que, según se leía en la prensa oficial, buscaba la Rehabilitación Nacional. El vacío fue llenado por un elenco de procónsules sobre cuyo rol en la aplanadora gomecista se hará la descripción que sigue.

Gómez utilizó un tipo especial de empleados fieles, en quienes descansó la seguridad del régimen desde su advenimiento. Fueron aquellos que probaron su eficacia en los tiempos iniciales mediante demostraciones de fortaleza en cualquier circunstancia. Ninguna veleidad ciprianista ensuciaba sus antecedentes. Jamás figuraron en los elencos del liberalismo del siglo XIX que abrigaba el insustancial deseo de seguir en el candelero. Eran hechuras del hombre que ahora los sostenía, o sujetos mediocres cuya suerte dependía necesariamente del empleador. Pero sabían responder cartas y dictar informes para la secretaría, comían con tenedor y cuchillo, no deslucían en las reuniones del club y hasta podían pasar como sujetos prominentes y decentes  a quienes el jefe reconocía por sus méritos. Patrañas en su mayoría,  cualidades infladas, pero el inflador que vivía en Maracay los colocaba en las cúpulas regionales para que los aceptaran sin discusión. Por lo tanto, encarnaron una alternativa de control que superaba los confines policiales que se aludieron.

La función de los procónsules no se redujo al cuidado de un aspecto específico de la administración, sino al gobierno pleno de una región en representación directa del presidente. Gómez les entregaba una entidad federal para que escogieran a los amanuenses y a los policías; para que vieran de las obras públicas, de las cárceles y de las propiedades privadas, para que atendieran a las fuerzas vivas y fomentaran buenos tratos de negocios. No pocas veces su privanza fue transitoria, porque los cambiaba de lugar cuando las circunstancias lo aconsejaban. ¿Para qué? Para que repitieran la faena, porque no se debía variar una fórmula que funcionaba y permitía el afianzamiento de una autoridad que contaba con los sabuesos, pero que requería de agentes socialmente más representativos. Eustoquio Gómez, Vincencio Pérez Soto, Juan Alberto Ramírez, Silverio González, León Jurado, Timoleón Omaña, Amador Uzcátegui, José María García… se llamaron esos virreyes fijos o itinerantes.

En términos legales eran magistrados de carácter civil, pero el grado superior de militares sin academia los distinguió como individuos enfáticos en cuya presencia la gente observaba o sentía la presencia del dictador. Debido a tales percepciones, sacaron particular provecho de sus misiones. El poder regional implicó la posibilidad de tejer una urdimbre insólita para amasar fortunas mediante asociaciones destinadas a la explotación de las riquezas lugareñas. La forja de tales asociaciones fue como sigue: el presidente del Estado observa sobre el terreno las condiciones del mercado y después propone una empresa que comparte con algún representante del sitio y con una figura del poder supremo, no pocas veces el propio Gómez, o un miembro del clan o del gabinete. Con semejante trinidad de accionistas, las operaciones originaban considerables dividendos que daban asiento al funcionario, fortalecían los vínculos con los intereses inmediatos y cancelaban al jefe, o a su parentela y allegados, un generoso impuesto personal en atención a la licencia que les había concedido de administrar un pedazo de nación.

La escrupulosa contabilidad del gobierno garantizaba un honesto balance a final de año. Un hato, una compañía de transporte, una concesión de petróleo o el tráfago de solares urbanos, por ejemplo, fueron los negocios sin riesgo de una trilogía que se reiteró con frecuencia en diversos rincones del mapa. Mientras tanto, se distribuía entre la gente de cada Estado el manejo de las rentas parroquiales, en torno a cuyos ingresos giró una clientela controlada por el ejecutivo regional. Así de nuevo aumentaba su bolsa el procónsul, mientras multiplicaba en la comarca las deudas de gratitud hacia el régimen.

Un plan que no podían concretar los sagrados, desde luego, sino otro tipo de gentes más perspicaces y sacrosantas. Una manera de gobernar que, debido a su eficacia, no terminó con el gomecismo, ni desapareció durante el posgmecismo. El lector se asombrará cuando descubra la fecha de la conclusión formal de este tipo de mandarinatos, con los afeites indispensables.

El gorila impotente; por Elías Pino Iturrieta

La dictadura de Maduro solo se puede sostener a través de la fuerza. Pareciera que no se dice ahora nada nuevo, debido a que tal es o ha sido  el destino de todas las dictaduras que han existido entre nosotros. Sin embargo, el caso de la actualidad  propone la observación de rasgos excepcionales que lo

Por Elías Pino Iturrieta | 31 de julio, 2017

blg_elias_pino_i_gorila_640416b

La dictadura de Maduro solo se puede sostener a través de la fuerza. Pareciera que no se dice ahora nada nuevo, debido a que tal es o ha sido  el destino de todas las dictaduras que han existido entre nosotros. Sin embargo, el caso de la actualidad  propone la observación de rasgos excepcionales que lo conducen a la imposibilidad absoluta de aproximarse a la realidad para hacer tratos con ella hasta llegar a situaciones de alivio, a búsquedas capaces de insinuar salidas que no sean cruentas.

Ninguna de las dictaduras que se han padecido desde los comienzos del siglo XX ha contado con una reprobación tan decidida y masiva de la sociedad. Tampoco las del siglo XIX, desde el régimen de los Monagas, si consideramos que las reacciones de la colectividad eran entonces controladas por el interés de los caudillos militares, quienes  las  manejaban a  gusto en sus escaramuzas. La presencia de una  trama de voluntades dispuesta a luchar contra el mal gobierno, como la que hoy  se puede observar en su colosal estatura a simple vista, es un fenómeno nuevo de la historia. De allí que esté  Maduro ante un rompecabezas de estreno, cuya soldadura la está negada por inhabilidad.

El régimen de Cipriano Castro fue el primer plan autoritario del siglo XX que pudo lograr sus objetivos porque no tuvo rivales de importancia. La debilidad de los capitanes que se le oponían en el campo de batalla  era evidente. Descoyuntados y sin  liderazgo, fueron presas fáciles del gallo montañés. La falta de ideas que fue característica predominante del liberalismo amarillo permitió el arraigo del nuevo discurso oficial, independientemente de  su contenido. Las cárceles repletas de soldados alicaídos fueron la solución.   La Restauración Liberal fue acabada por  la veleidad del dictador y por la cría de cuervos que permitió, sin que la sociedad se diera por aludida.

Gómez encontró sendero cómodo para su dominación. La peinilla del compadre había hecho la parte fundamental de la doma. Don Juan Vicente la perfeccionó con la ayuda de los recursos provenientes del petróleo, hasta imponer una tiranía a plenitud que no debió preocuparse por las reacciones de la sociedad. Fueron reacciones tímidas, en todo caso, como para que en la cúpula no se perdiera el sueño  hasta la hora de la muerte física del detentador del poder.

La fortaleza de la administración establecida a partir de 1908 permitió el proceso denominado posgomecismo, que en buena medida significó la prolongación de una autocracia después de la desaparición del autócrata. La sociedad entonces se incorporó de veras a los negocios públicos, hasta el punto de promover presiones que las administraciones de López Contreras y Medina Angarita debieron atender por fuerza, aunque no pocas veces de grado.

Llegamos así a un primer predicamento de trascendencia  histórica, en el cual los titulares de un poder de origen dictatorial se ven ante la obligación de averiguar lo que piensa la sociedad y de tratar de atender sus solicitudes, aún las más atrevidas. Pero, entonces,  ¿por qué se llega al  octubrismo adeco? Porque a los albaceas del tirano les faltó pericia en el entendimiento de las señales que la sociedad les enviaba  desde su centro y desde todos sus rincones.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez las presiones de la sociedad no fueron constantes, ni alarmantes. El populismo del trienio pasó a hibernación porque el oso estaba muy cansado, para que la resistencia se redujera al sacrificio de unas vanguardias sin apoyo popular. Los partidos pujantes de la víspera hicieron mutis por el foro, o fueron juguetes de una represión frente a la cual no contaron con el soporte de una militancia que se suponía aguerrida. Bastó el retorno de los tormentos de cuño gomecista,  para que el Nuevo Ideal Nacional se sintiera  seguro de su novedad y de su  patriótico arraigo, sin piedras en el camino; o con el bulldozer que las aplastaba para edificar el Círculo Militar  ante la admiración general.

El establecimiento de la hegemonía de Hugo Chávez contó con el languidecimiento de los partidos que habían sido esenciales durante el período de la democracia representativa. ¿No eran los responsables de una convivencia  que venía dando tumbos hacia el despeñadero, hecha un estropicio? ¿No estaban allí, justo en el momento adecuado, para llenar  el catálogo de los desahuciados? El  desencanto multitudinario le vino de perlas al carisma del comandante: estableció un vínculo afectuoso entre sus colmillos y las ilusiones de la sociedad que no fue óbice sino soporte, que no fue imposición sino  novia frenética en luna de miel. No hubo entonces necesidad de interpretar a la sociedad. No hacía falta. Solo era cuestión de cortejarla, hasta donde pudieran los anzuelos  del encantador. Todo en medio de la mayor tranquilidad, sin apremios.   Para hacer el mandado bastó   un huero discurso de venas abiertas y santuarios profanados.

Desaparecido el encantador y las bodas de Camacho devenidas divorcio y oficio de difuntos, ahora a Nicolás Maduro le toca interpretar las señales del entorno. Debe emprender al trabajo que no llevaron a cabo sus antecesores porque no hacía falta. Ardua tarea, debido a que topa con las indicaciones de un torbellino difícil de identificar en los anales del país debido a que jamás se había exhibido con una estatura así de gigantesca, ni como fenómeno compartido en términos masivos.  El amor convertido en odio, la confianza cambiada por el recelo, la obediencia trocada en insumisión, la indiferencia sentida como vergüenza y como antigualla,  la necesidad  de estrenar un republicanismo que parecía expulsado de la historia, las ganas colectivas de vomitarlo junto con los suyos forman una reunión de informaciones que no está en capacidad de procesar, ni siquiera en sus contenidos más superficiales; un caudal avasallante de testimonios que no caben en su cabeza.

Un sujeto que, por ejemplo,  se aferre a las ideas que no tuvo Ezequiel Zamora y a la infinitud de la existencia del difunto  Hugo Chávez; un tipo que cree en la maldad intrínseca que tiene habitación en la Casa Blanca;  un individuo que profesa un culto cívico militar  que no tiene militares sino milicos, y que no cuenta con  ciudadanos sino con burócratas de medio pelo; un indigente que siente la botija llena  cuando no tiene en qué caerse muerto; un simulacro de banquero que no puede acabar con el billete de cien bolívares… jamás entenderá lo que está pasando en Venezuela, jamás calculará la trascendencia del movimiento social que se le opone. La prehistoria no puede sentir el advenimiento de una nueva luz de la Historia. Por consiguiente, la existencia y la  permanencia de Nicolás Maduro dependen de reprimir, de torturar y  matar. Es  su destino y su condena, para general desdicha.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Cuando la masturbación fue un peligro nacional; por Elías Pino Iturrieta

Seguramente habrán oído hablar de Telmo Romero, estimados lectores. Fue un yerbatero famoso en su época, tachirense de origen, a quien colocó el presidente Joaquín Crespo en posiciones influyentes en política, y a quien encargó altas responsabilidades en el campo de las ciencias médicas. En el mejor día de su destino, después de una primera

Por Elías Pino Iturrieta | 24 de julio, 2017

telmo36

Seguramente habrán oído hablar de Telmo Romero, estimados lectores. Fue un yerbatero famoso en su época, tachirense de origen, a quien colocó el presidente Joaquín Crespo en posiciones influyentes en política, y a quien encargó altas responsabilidades en el campo de las ciencias médicas. En el mejor día de su destino, después de una primera entrevista con El Taita de la Guerra, se convirtió en figura ineludible de los círculos sociales. Cuando quiso estirar su influencia hasta ámbitos realmente inadmisibles cayó en desgracia, pero ya había marcado con sus pasos los rasgos de una época distinguida por la opacidad. Partiendo de las investigaciones de Ramón J. Velásquez, ahora nos acercaremos a su idea sobre un terrible mal que amenazaba a los hombres de entonces.

Pero debemos recordar antes que el jefe del estado y su esposa, Jacinta Parejo, quedaron prendados de la sabiduría del campesino recién llegado. Después de familiarizarse con sus pócimas, pensaron que no debían aprovecharse ellos solo del universo de semejantes maravillas: debían servir para el bien de los venezolanos. De allí que el jefe lo pusiera en la dirección de dos institutos de importancia: el Hospital de Lázaros y el Hospital de Enajenados Mentales. Estaba seguro de que, gracias a las yerbas de Telmo, o a los procedimientos que su ingenio inventara, se limpiaría la piel de los leprosos y los locos recobrarían la cordura. Doña Jacinta apoyó la iniciativa, porque confiaba ciegamente en el tino que tenía en el trato con el prójimo. Romero era tan sensato en sus vínculos con el entorno presidencial, que no dudaba en consultarle sobre la pericia de los ministros, sobre los nombres para cargos vacantes y sobre planes de fomento material.

Los médicos certificaban sus curaciones por miedo ante la intemperancia de Crespo, aún cuando la inesperada eminencia acudiera a procedimientos tan crueles como el del trepanar el cráneo de los locos para mejorar sus trastornos con chorros de agua fría, que les echaba a través de unas mangueritas especialmente preparadas para el tratamiento. Uno de los libros más vendidos de 1884 fue El bien General, un volumen con las recetas de Romero que pasaba de mano en mano mientras los enfermos y los candidatos a enfermarse clamaban por nuevas ediciones. El establecimiento más visitado en la Caracas de 1886 fue la Botica Indiana, negocio de su propiedad que vendía fórmulas exclusivas, licores, sillas de montar y muebles importados de los Estados Unidos. Tal vez no imaginaran los clientes que, al visitar el insólito bazar, se exhibían como figuras de una época deplorable, como pedazos de un aparador digno de las trastiendas.

En la segunda edición de El Bien General, que circuló en 1885 y se vendió como pan caliente, Telmo Romero advirtió a la multitud de sus lectores sobre el nuevo riesgo que amenazaba a la colectividad, sobre un terrible padecimiento que podía acabar con las nuevas generaciones. ¿Cuál era la calamidad?

… el funesto vicio que se adquiere de niño, lanzado a él por quien haya tenido la desgracia de descender hasta ese pervertimiento vergonzoso, destructor y anticristiano del onanismo material (…) El niño (…) al entrar a la edad de la pubertad, añade al onanismo material el que llamaré mental, por el cual se ve en la necesidad de forzar la imaginación a representar la voluptuosidad del deleite hasta obtener el falso placer, que es su invisible suicidio.

Se debía tener cuidado cuando el mal comenzaba, advirtió. De allí que se detuviera en la siguiente escena para provocar la alarma de los padres de familia:

El niño, obedeciendo a una causa que él no se explica, se separa insensiblemente de sus compañeros, huye de ellos si por acaso se llega a tratar del vicio a que él está entregado en secreto, les recrimina duramente al oírles hablar de Venus, evita por cuantos medios le es posible las reuniones de familia y delira por estar solo en su habitación o en otro lugar retirado para saciar sin pérdida de tiempo el aciago vicio que lo domina. En breve se afectan sus nervios, tiemblan sus manos, se torna asustadizo, pierde el brillo de sus ojos y no resiste una mirada por temor a ser descubierto.

Entre los males producidos por la masturbación destacan, según El Bien General: la insania, la idiotez, los desmayos repetidos, la debilidad de las piernas, las calenturas, vómitos de sangre y dolores del pulmón derecho. Pero, ¿de dónde saca unas conclusiones de tal especie?  El autor aseguraba que había estudiado “centenares de casos dentro y fuera de los hospitales”. ¿No es suficiente, aparte de contar con el favor de Crespo? Aún cuando también desembuchara descripciones sobre el descubrimiento de la perturbación en sus comienzos, como la que se leerá de seguidas, disparatada de veras:

Cuando el mal no está muy avanzado se distingue por lo inclinado del sombrero hacia atrás debiendo ser viceversa para ocultar así el extravío de la mirada, la dilatación de la pupila y las supuestas cualidades morales que presenta. Durante este período, el mal toma cuerpo.

Debemos recordar que está hablando una celebridad de la época, un pontífice del crespismo, una eminencia de las postrimerías del Liberalismo Amarillo contra quien nadie se atrevió a levantar la voz hasta entonces. Antes de publicar la segunda edición de El Bien General, había mostrado un falso diploma de médico que, según aseguró ante propios y extraños, le había concedido una acreditada institución de los Estados Unidos. La prensa lo felicitó por el logro y doña Jacinta hizo un desayuno en su honor. En consecuencia, no podía pasar por un charlatán cualquiera cuando encabezó la cruzada contra el onanismo, pudo contar con auditorios cautivos y entusiastas. Sin embargo, una nueva desmesura de su patrocinador lo lanzó al despeñadero. Crespo lo condecoró con la Medalla de Instrucción Pública, y asomó entre los allegados su intención de colocarlo en el rectorado de la Universidad Central.

Como se sabe, al enterarse de la promoción que se reservaba a Romero, los estudiantes de la Universidad Central asaltaron la Botica Indiana e hicieron una hoguera con las páginas de El Bien General. El cuasi borlado frustrado desapareció del mapa para caer en una profunda depresión, relata Ramón J. Velásquez. Porque se apagaba su influencia, desde luego, pero quizá también porque los vigorosos y avisados jóvenes que le propinaron el puntapié demostraron la necedad de su teoría sobre la masturbación.

La pomada paecista; por Elías Pino Iturrieta

Después de 1848, el régimen de José Tadeo Monagas hace lo que puede para sostenerse. El asalto del parlamento ha creado distancias profundas entre los líderes de la sociedad, hasta el punto de que nadie vea la posibilidad de acuerdos como los que se dieron en 1830, cuando Venezuela recobra su autonomía después de separarse

Por Elías Pino Iturrieta | 17 de julio, 2017

640-paez

Después de 1848, el régimen de José Tadeo Monagas hace lo que puede para sostenerse. El asalto del parlamento ha creado distancias profundas entre los líderes de la sociedad, hasta el punto de que nadie vea la posibilidad de acuerdos como los que se dieron en 1830, cuando Venezuela recobra su autonomía después de separarse de Colombia. Pese a los intereses en conflicto y al peso de la figura del Libertador, entonces se llega a consensos favorables a la secesión. Tales compromisos se vuelven cada vez más difíciles, especialmente después del suceso que la historia conoce como “asesinato del congreso”. El ataque de unos representantes indefensos abre distancias insuperables, frente a las cuales solo queda el camino de la represión. En consecuencia, de los acuerdos inaugurales se pasa a una hostilidad generalizada que el gobierno trata de evitar con mano férrea, sin impedir que se incremente cada vez con mayor intensidad.

Los enemigos del gobierno ponen sus ojos en Páez, el derrotado de la víspera. En una situación en la cual faltan todavía instituciones sólidas, o en cuya evolución el personalismo ha debilitado las que existían, las esperanzas se cifran en el retorno triunfal del Centauro. Después de dura cárcel, el fundador de la república se encuentra en el exilio mirando desde lejos cómo José Tadeo desmantela lo que considera como su obra personal. Hacia allá acuden los disidentes de diferentes tendencias, incluso muchos miembros del Partido Liberal que habían sido sus antagonistas, para pedirle que encabece una rebelión. Los movimientos armados que suceden en la época, y que también se extienden durante el régimen de José Gregorio Monagas, se denominan “fusionistas” debido a que se llevan a cabo por el acercamiento de los godos y los amarillos que antes no congeniaban. Muchos olvidan tensiones y diferencias para coligarse contra una administración nefasta.

El descontento se multiplica a partir de 12 de marzo de 1849, cuando el congreso aprueba una Ley de Fiestas Nacionales en la cual se incluye como efemérides patria el 24 de enero del año anterior. El asalto del congreso se debe celebrar cada año por mandato de la representación nacional, junto con el 19 abril, el 5 de julio y el 24 de julio, cumpleaños de Simón Bolívar. ¿Por qué? La sorprendente ley, redactada por los asaltados, explica las razones:

En 24 de enero de 1848, agotado el sufrimiento bajo una nueva y odiosa tiranía, que rebosaba en abusos y pretensiones retrogradantes y destructoras, supo el pueblo espontánea y valientemente recobrar su dignidad sosteniendo los fueros de la libertad.

El calendario cívico enciende muchas ronchas, sin que la situación pase a mayores. Solo sabemos que, en 1850, los empleados públicos del cantón San Felipe se niegan a celebrar la fiesta del 24 de enero, para que el Ejecutivo ordene una investigación del suceso. En general, la reacción no pasa de murmuraciones habituales y de la distribución de un par de pasquines en Caracas, Maracaibo y Barquisimeto. De momento no se encuentra un camino que no sea el de la propaganda, dentro del cual topamos con el curioso episodio que ahora se describirá.

En 1853, los “oligarcas” resuelven hacer una curiosa publicidad de naturaleza política. Encargan a Francia unos tarros de porcelana que contienen pomada, pero en cuyo exterior se exhibe la efigie del general Páez. Se trata de catorce docenas y media de objetos que llegan en una pequeña embarcación procedente de Le Havre. Pero, como no se está ante una inocente loción para la piel, sino frente a una receta para la curación de otros padecimientos de actualidad, el gobierno enciende las alarmas y se pone en movimiento.

El 7 de marzo, ante el Secretario de Estado del Despacho de Hacienda se expone así la situación:

La introducción de semejantes artículos se opone abiertamente a la moral política y (…) su circulación en el país sino puede tener otra consecuencia que la burla y el escarnio del pueblo venezolano hacia el hombre que más desgracias le ha causado, forman sin embargo un satírico contraste con el espléndido triunfo de las instituciones democráticas y con el arraigo del hombre en el corazón del pueblo de hombres y de ideas tan contrarias a las que formaban el círculo de aquel apóstol del absolutismo y a los que ellos proclamaban. Al que informa le consta que de otra forma y del mismo modo se han expendido en esta provincia en desprecio de la moral pública pañuelos y otros objetos que tienen impresos o inscritos ya el nombre y la efigie del mencionado José Antonio Páez, tratando de magnificar o deificar así, los partidarios de este hombre, el triunfo y el dominio del gran partido liberal den la República. Debe, por tanto, el Gobierno (…) en homenaje a la opinión pública escarnecida con la introducción de semejantes artículos, impedir en la esfera de sus atribuciones, abusos de esta naturaleza.

Seguramente el ministro no se fija en la galimática redacción del informante, quizá un pobre policía sin luces, pero ordena la persecución del peligroso contrabando. En breve los tarros de pomada son descubiertos y destruidos, pero no se da con el paradero de los responsables del “delito”. Si el lector está ante un episodio aparentemente trivial que desconocía, tal vez también se esté enterando  ahora de que el 24 de enero de 1848, día del asalto al Congreso, fue durante un tiempo fiesta nacional.

La Independencia de Venezuela y el Contrato Social; por Elías Pino Iturrieta

La Independencia no solo luchó contra sus enemigos naturales, los realistas y los partidarios de la tradición de cuño hispánico, sino también con las ideas de los padres fundadores. Los diputados del Congreso y los escritores de tendencia republicana tenían su propia concepción del mundo y quisieron concretarla en la sociedad que se separaba de

Por Elías Pino Iturrieta | 10 de julio, 2017
Firma del Acta de Independencia 1811, de Juan Lovera

Firma del Acta de Independencia 1811, de Juan Lovera

La Independencia no solo luchó contra sus enemigos naturales, los realistas y los partidarios de la tradición de cuño hispánico, sino también con las ideas de los padres fundadores. Los diputados del Congreso y los escritores de tendencia republicana tenían su propia concepción del mundo y quisieron concretarla en la sociedad que se separaba de España. Nada extraño, desde luego, porque los hechos siempre dependen de cómo sus protagonistas piensan en la víspera sobre las situaciones en general y sobre los hechos anteriores; de los libros que han leído y de los autores que los han marcado. Las circunstancias de un entorno determinan la acción de quienes son movidos por ellas, pero también, y en ocasiones no poco, las ideas de las cuales se apropiaron antes del reto que los conmina en situaciones de apremio.

El caso de la nueva hechura del mapa de Caracas, uno de los sucesos tratados con mayor insistencia en el Parlamento de 1811, sirve para ver la influencia de una idea o teoría célebre en un asunto concreto que se dilucida. Se debe cambiar el mapa porque una república, si quiere estrenarse con fundamento, debe remendar la topografía dispuesta por la monarquía contra la cual se ha reunido la asamblea. Pero también por un asunto de inequidad que molesta a los representantes de numerosos partidos y cantones: la Provincia de Caracas domina los debates porque cuenta con la abrumadora mayoría de diputados que les concede la extensión de su territorio y la cantidad de sus poblados. Además, muchos de los que hablan desde sus escaños no se sienten como parte de la provincia principal, a pesar de vivir dentro de sus confines geográficos, porque los intereses que han forjado en lugares distantes y desconectados no son los mismos que defiende la capital. No son caraqueños sino valencianos, por ejemplo, y quieren hablar y votar como tales.

Estamos ante un asunto provocado por las conminaciones del entorno, ante una pugna de factores creada a través del tiempo, frente a diferencias innegables que afloran justo cuando encuentran ocasión. Cuando topa con una primera oportunidad para manifestarse, el asunto de los regionalismos ocupa primer plano y lucha por sus fueros. Es de tal magnitud la pugna, que muchos temen por el inicio de una guerra civil aún antes de que se declare la Independencia, si se declara. Un negocio arduo que influirá en la sociedad durante lo que resta de siglo, por lo menos, anuncia que llega para quedarse. No crearemos una tiranía caraqueña, afirman en las tertulias del salón de sesiones muchos representantes que debutaban en política. Pero, ¿cómo argumentan por su causa en la tribuna?, ¿son solamente empujados por las particularidades regionales, o por un pensamiento forjado en la lejanía y acogido por la celebridad de su autor?

Vamos la intervención de Fernando Peñalver, diputado por el partido de Valencia, en la sesión de 18 de junio de 1811:

Los pueblos de América, desde el momento que depusieron sus despóticos gobernadores, repeliendo la fuerza por la fuerza, quedaron dueños de sí mismos para ligarse de nuevo como quisiesen. Desde este punto las ciudades capitales de las que antes eran provincias dejaron de serlo, y entraron como uno de los pueblos que recobraban su libertad, a formar el nuevo contrato que había de reunirlos en una sociedad común.

Agrega Peñalver que solo se ha formado, a duras penas, un acercamiento fugaz de los pueblos venezolanos que cesará al establecerse “el nuevo contrato político”.

La negación de todo tipo de vínculos debido al regreso del goce original de los derechos generales es el fundamento de esta estimación excesivamente apegada a una teoría. Peñalver quiere aplicar, cuando la historia ya ha hecho un recorrido largo, concreto y conocido, una doctrina que solo es aplicable a su inicio. Un entendimiento de los orígenes de la sociedad, que remonta a Epicuro, pasa por Locke y alcanza fama en las páginas de Rousseau, se convierte en el argumento estelar de un diputado regional para levantarse contra el poder ostentado por los caraqueños.

Todos los contactos de índole diversa que existen desde el período de la conquista española y han formado una comunidad concreta en 1811, son desestimados por la exagerada interpretación. Una ruptura total del orden establecido, producida por el apego absoluto a una explicación abstracta sobre la formación de las sociedades en los primeros capítulos de su existencia, podía dejar libre el camino para que los venezolanos que querían ser republicanos se hicieran cariocas, o vecinos del Virreinato del Perú, por ejemplo, si se les antojaba. Todo cabía en el excesivo discurso de Peñalver.

Como otros diputados apoyan la antihistórica interpretación, aplaudiéndola y haciendo ruidos, Francisco Javier Yanes, representante por Araure, jurisdicción de la provincia de Caracas, responde de inmediato:

Aunque se disolviesen los pactos que existían entre la América y la España, y aunque por esta disolución quedasen todos los pueblos en el goce primitivo de sus derechos, debe suponerse, pues que nada dijeron, que ratificaron tácitamente los vínculos de territorio y división política y geográfica a que estaban (…) reconociendo una soberanía colectiva en el cuerpo que se les anunció como depositario de la autoridad que cesó el 19 de abril. Estos vínculos existían cuando las provincias invitadas por Caracas vinieron a confederarse status quo: es muy claro que mientras el nuevo pacto expresado y sancionado individualmente por todos sus habitantes no los reduzca a una masa general, independiente de toda otra relación anterior, y que la confederación reconozca esta nueva existencia política de Venezuela, no pueden tener lugar las razones que acaba de alegar el anterior orador.

El razonamiento de Yanes encarna la inclinación sensata de la controversia, porque demuestra la inoperancia de la exposición de Peñalver. Indica que la existencia de evidentes vínculos entre las partes del territorio, impide la aplicación de un contratismo extremo. No se puede, sino solo en medio de quimeras, retornar a una estación en cuyo seno lo ya formado se transforme en “masa general”. No puede haber una “masa general” en la Venezuela de 1811.

Juan Germán Roscio, diputado por Calabozo, ante la resistencia de los voceros regionales no deja de considerar el interés de la doctrina del Contrato Social que se ha usado como soporte de las prerrogativas de los protestantes ante la preeminencia de Caracas, pero la limita en los siguientes términos:

La autoridad que recayó en el cabildo de Caracas el 19 de abril, emanó de la abdicación que hicieron en él los antiguos mandatarios, y aunque por la originaria del Gobierno de la península se disolvieron los vehículos del pacto social, no debe entenderse esto sino de las grandes corporaciones que gozaban de representación territorial, y no de aquellas municipalidades que permanecieron ligadas a sus respectivas cabezas de provincia. Pretender otra cosa sería destruir toda relación social, anular la dependencia del hijo del padre, del inferior al superior, del soldado al jefe, del esclavo al Señor, y venir a parar en la anarquía.

Roscio acepta que el movimiento de abril de 1810 concluyó el contrato con España, pero mediatiza los efectos de tal conclusión en beneficio de las “grandes corporaciones”. Caracas, por ejemplo, y otras capitales provinciales, cuya importancia en el entorno no pueden poner en tela de juicio unos principios primitivos que, si se aceptan a rajatabla, llevarían a la destrucción de la convivencia. Un argumento macizo, desde luego.

Lo interesante del caso consiste en que no se planteara en un aula para entendimiento de los estudiantes, sino en el congreso para detener una locura de corolarios incalculables. Semejante locura, en lugar de afincarse, para volverse cordura, en la peculiaridad de los espacios que representaba, en las evidencias que los hacían distintos y los llevaban a sentirse disminuidos frente a una influencia insoportable, se conformó con repetir un magisterio remoto y sin nexos plausibles con la coyuntura que se vivía. Aunque había un nexo, claro: el entusiasmo de unos lectores desprevenidos.

Cuando se refiere a los tiempos en los cuales supuestamente se suscribió el pacto social, Rousseau admite que reflexiona sobre “un estado que ya no existe, que ha podido no existir, que probablemente no existirá jamás”, pero sus acólitos venezolanos de 1811 remiten a una experiencia indiscutible del principio de los tiempos, sobre la cual se calcularán los poderes y los escenarios de una cohabitación que todavía no se ha formado. El descubrimiento de los valladares de la Independencia encuentra testimonios dignos de atención en asuntos como este contratismo nuestro de inicios republicanos.

Carujadas; por Elías Pino Iturrieta

No he retenido el nombre del chafarote de quien depende la custodia de la Asamblea Nacional (AN), ni lo quiero retener. No será por mis letras que se inscriba con sus señas en los anales de la antirrepública, aunque lo merece. Otras crónicas dedicadas a la descripción de nuestras oscuranas, de nuestras porquerías, se ocuparán

Por Elías Pino Iturrieta | 3 de julio, 2017
Fotograf

Fotografía de la Asamblea Nacional

No he retenido el nombre del chafarote de quien depende la custodia de la Asamblea Nacional (AN), ni lo quiero retener. No será por mis letras que se inscriba con sus señas en los anales de la antirrepública, aunque lo merece. Otras crónicas dedicadas a la descripción de nuestras oscuranas, de nuestras porquerías, se ocuparán del detalle. Lo llamaré simplemente el chafarote, en la seguridad de identificarlo con redonda fidelidad. En cambio, al presidente del Parlamento, Julio Borges, lo menciono con respeto. En un episodio digno de todo repudio fue la encarnación del civismo frente a la fuerza bruta.

Los hechos ocurrieron el pasado 27 de julio. Fue suspendido el debate en el hemiciclo cuando se tuvo noticia de que unos guardias nacionales habían agredido a dos diputadas. Ellas les reclamaron la entrada de unas cajas provenientes del Consejo Nacional Electoral, que no debían permanecer en el interior del Parlamento sin provocar suspicacias, pero recibieron como respuesta unos gritos y unos golpes.

Los representantes del pueblo salieron a proteger a sus colegas, pero fueron recibidos por una soldadesca que los trompicó con escudos y corazas. De inmediato, una poblada que olía a Monagas mezclado con Maduro, es decir, a populacho ligado con lumpen, trató de hacer estragos en el lugar. Por fortuna, la barrera de los diputados y un fugaz rapto de conciencia cívica metido en el pellejo de los troperos detuvo la invasión. De seguidas se produjo el incidente entre Borges y el chafarote.

El presidente de la AN entró en los dominios del chafarote para reclamar la conducta de sus subordinados, pero recibió, en lugar de explicaciones y disculpas, bullas incongruentes, destemplanzas y, para coronar la escena, un empujón por la espalda. El presidente de la institución trató de argumentar, mientras la agitación predominaba en los aledaños. Llamó la atención sobre el desmán que se llevaba a cabo, sin obtener la respuesta de carácter institucional que merecían su lugar entre los altos poderes del Estado y la obediencia de los militares a la autoridad civil.

Los gestos y las lenguas del chafarote contrastaron con el comedimiento de Borges, quien optó por retirarse después de cumplir su obligación de sugerir decencia y recato al interlocutor. Misión imposible, dadas la facha y los ademanes del infeliz sujeto que lo afrentaba, pero conducta merecedora del encomio de la ciudadanía. No pudo estar mejor representada entonces la soberanía popular, cuyos representantes eran sometidos a vilipendio.

Desde la creación estable de la república, en 1830, la Constitución fundacional dispuso la dependencia de los militares ante el poder civil. No solo se eliminó entonces el fuero castrense, sino que también se sugirió a los uniformados, sin oficio por la culminación de las guerras de Independencia, que se incorporaran al avance de la nación a través del ejercicio de actividades productivas; o que participaran en las elecciones de cuerpos colegiados sin las ventajas que les concedía su celebridad de guerreros vencedores. Podían dar ejemplos de patriotismo, decían los repúblicos de la época, trabajando como agricultores o como ganaderos, o aficionándose a los discursos de los candidatos que optaban por cargos electivos. La norma fue incluida en las Constituciones del futuro, mientras la invitación para que se integraran a la cohabitación moderna sin salir del cuartel, o pidiendo la baja para actuar como hombres comunes en la política y en el fomento de la riqueza, se machacó luego sin solución de continuidad.

La norma y las conminaciones se estrenaron mientras el general Páez ejercía como jefe del Estado, pero también cuando el general Soublette lo sucedió en la casa de gobierno y el general Carreño trabajó de vicepresidente, conductas de las cuales se deduce cómo la ley se pasea en paz por acantonamientos y fortalezas si persigue de buena fe el bien común.

La pugna entre el bien común y los intereses sectoriales, entre las miras amplias y la mezquindad, se concretó por primera vez en 1835, durante los inicios del gobierno del presidente José María Vargas. Los oficiales del “Ejército Libertador” se levantaron en armas, tras el objeto de restablecer las prerrogativas que había negado la Carta Magna cinco años antes. Querían que se les tratara como en el pasado colombiano, con tribunales especiales y con precedencia frente a las demás instancias de administración; con recompensas y distinciones por la sangre derramada en las batallas contra los realistas, sin tanta solicitud de credenciales ni probanzas de aptitud cuando buscaban los pocos cargos remuneradores que ofrecía el erario.

El alzamiento fracasó, para fortuna de la república, pero dejó para la posteridad las Epístolas Catilinarias de Francisco Javier Yanes, en cuyas páginas se consideró al militarismo como una amenaza recurrente y de arduo desarraigo en el futuro. También fijó en la sensibilidad de las generaciones venideras la escena del diálogo entre el coronel Pedro Carujo, uno de los conspiradores, y el mandatario justo contra quien se erizaron las bayonetas.

Por la mala prensa que lo ha acompañado con asiduidad, Carujo se puede prestar para una fácil analogía con el chafarote de nuestros días. Sin embargo, no es lícito el parangón por la diferencia abismal de épocas y porque el alzado de 1835 podía exhibir un currículo realmente incomparable. Carujo quedó marcado por su participación en el atentado contra la vida del Libertador, un intento de magnicidio criticado con fundamento por sus contemporáneos y por los historiadores de todos los colores. Debe, en consecuencia, arrastrar el baldón a través del tiempo, pero no fue un espadón corriente. Estudioso sin prisas, escritor correcto, miembro de tertulias ilustradas, catedrático en Bogotá y autor de discursos que llamaban la atención por lo avanzado de sus posiciones liberales, las propuestas que envió desde la cárcel a las sesiones de la Convención de Valencia, en cuyos escaños se restableció la autonomía de Venezuela, se escucharon con atención para llevarlo al desenlace de la amnistía.

Supongo que el chafarote de la actualidad sabe leer y escribir, pero no tengo noticia de sus otras habilidades intelectuales. Es probable que ni se aproximen a los aportes del predecesor, detalle que hace mucho muy forzada la alternativa de juntar dos fragmentos de historia y dos biografías como si fuesen de catadura idéntica. No se pueden llenar con tanta facilidad las cuartillas de un escribidor. De allí que convenga colocar a Vargas como incomparable del todo, pese a que hoy no dejen de encontrarse parecidos con sus ejecutorias en la conducta de algunos líderes contemporáneos, Borges entre ellos, que deben lidiar con su militarada.

Lo importante del asunto, en todo caso, es comprobar cómo permanece e influye en Venezuela una facción antirrepublicana que la convivencia de casi dos siglos no ha podido desarraigar, pero contra la cual se lucha sin descanso como sucedió hace días en la AN.

***

LEA TAMBIÉN:

Matar un ruiseñor y la reacción de Borges; por Pedro Plaza Salvati

Un coronel de apellido Lugo; por Francisco Suniaga

Atrapados en la Asamblea Nacional; por Indira Rojas

Los bueyes viejos de Gómez; por Elías Pino Iturrieta

La fórmula de arar con bueyes viejos se la debemos a Gómez, quien la popularizó cuando decidió acudir a antiguos servidores para desembarazarse de una situación comprometida. Ninguna genialidad, como han afirmado los simpatizantes del Benemérito, sino simplemente la receta sugerida por una estrecha cabeza de agricultor sin luces. Ahora, cuando la dictadura de Nicolás

Por Elías Pino Iturrieta | 26 de junio, 2017
Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Imagen del Archivo Fotografía Urbana

La fórmula de arar con bueyes viejos se la debemos a Gómez, quien la popularizó cuando decidió acudir a antiguos servidores para desembarazarse de una situación comprometida. Ninguna genialidad, como han afirmado los simpatizantes del Benemérito, sino simplemente la receta sugerida por una estrecha cabeza de agricultor sin luces. Ahora, cuando la dictadura de Nicolás Maduro mueve las piezas de su tablero para salir de un atolladero, conviene mirar hacia esos antiguos movimientos que solamente son conductas orientadas a la sobrevivencia.

Gómez probó a sus hombres y supo para lo que servían, para lo que podían ser útiles, pero no por la posesión de una ciencia del gobierno sino simplemente por la práctica de los labriegos ricos que miraban a los peones desde la casa grande para calcular los límites de sus servicios.

Cuando cambiaba a los ministros y a los procónsules, pero especialmente cuando sentía que pasaba por una situación complicada, hurgaba en la memoria de La Mulera para cuidar la labranza y la cosecha. Si apenas se trataba de llevar a cabo una molienda sin interrupciones, sin otras metas en la mente, sobraban las teorías políticas y los consejos de los letrados. Apenas trataba de salir del paso con el socorro de lo que estuviera a mano, sin exagerar en materia de innovaciones.

Es un aspecto digno de atención, debido a que nos pone frente a la imposibilidad que tenía el tirano de comprender las necesidades de un país que se transformaba por la influencia del petróleo y necesitaba, por lo tanto, ideas y designios correspondientes al reto. Gómez gobernó Venezuela imitando los usos de administración de una hacienda cafetalera. Por eso no se valió de una policía moderna y eficaz, sino de los chácharos a quienes conocía y en quienes confiaba desde niño. Por eso siguió con las prisiones de antes, sin renovar los establecimientos penitenciarios. Lo mejor que se le ocurrió fue hacer más crueles los castigos que el país sufría desde el siglo XIX. También por eso se rodeó de liberales amarillos cuando empezó a gobernar, y de los veteranos del nacionalismo mochista que le ayudarían mientras dejaba de caminar a tientas. Por eso hizo del andinismo un credo sempiterno, en la medida en que le proporcionaba bastones que jamás ofrecerían sorpresas.

Lo importante del asunto radica en lo siguiente: sin cambiar de mentalidad, sin mover ni un ápice su sensibilidad campesina, trató con los capitalistas de Holanda y de Estados Unidos, inscribió a Venezuela en el club de los países ricos, fundó un ejército, oyó lenguas ininteligibles, atesoró fortunas fabulosas, conoció gente inesperada, vio cine americano y modas estrambóticas, viajó en automóviles confortables, se hizo traidor y perseguidor de traidores.

El país cambiaba porque debía hacerlo, no en balde pasaba por un baño de hidrocarburos, pero su dirigente mantenía fidelidad a una biografía invariable, es decir, a un entendimiento anacrónico de la realidad. Las imágenes que lo presentan montado en una mula y rodeado de guardias a caballo, o con indumentaria de campesino y polainas en las playas de Ocumare, son la traducción fiel de su peripecia de mandón desde principios del siglo XIX, cuando formó parte de la cúpula castrista. No sabía ni quería cambiar, mientras Venezuela hacía maromas históricas. Su asunto era la petrificación, pese a la metamorfosis del entorno. La petrificación le daba jugosos resultados.

La versión del sujeto incapaz de entender los desafíos de un universo marcado por los enigmas no ha pasado a la posteridad por el empeño de los letrados que fueron sus leales servidores. Presentar a Gómez como un individuo incapaz de comprender su realidad durante veintisiete años, es decir, casi como un idiota de plazo largo sediento de poder, no convenía a los autores que le escribían loas y memorandos, o que lo buscaban por negocios atractivos. No podían presentar la receta de los bueyes viejos como la repetición de una salida gastada, como una evidente falta de ideas e iniciativas, sino como una muestra de ingenio.

Don Juan Vicente era “el hombre fuerte y bueno”, el “César democrático”, el “puente del futuro”. En consecuencia, nadie lo podía ver en el terreno de los gobernantes comunes, o de los mandones sin una sola idea en la cabeza. No se trataba solo de enaltecer al hombre que cancelaba con generosidad sus servicios, sino especialmente de lavarse ellos la cara. De allí que pasaran a la posteridad como intelectuales dotados de una profundidad excepcional, como unos estudios pacientes y certeros, pero jamás como manumisos de un sujeto oscuro en cuya conducta encontraban cobijo la mediocridad, la rapacidad, la insensibilidad y la ignorancia que ellos debían ocultar en espesa cortina. Los autores del positivismo también fueron bueyes viejos de Gómez, pese al tamaño de sus bibliotecas y a su afición a los maestros de moda.

La posteridad debe entender de manera diversa los sucesos del pasado, en especial si se han asentado en la sensibilidad de quienes los llevan en la memoria. Detalles como el de los colaboradores de un tirano abominable que se han abocetado ahora, iletrados y cultos, desconocidos y célebres, pueden ayudar en la faena de juzgar con mayor propiedad el presente. Quizá no sirvan para llegar al extremo de llevarnos a entender los “cambios” que Maduro hace ahora en la alta burocracia, pero sí para hacernos menos ingenuos y más severos frente a los hombres que desfilan frente a nuestras narices.

País inédito; por Elías Pino Iturrieta

La sociedad actual no se parece a las anteriores por una razón obvia: el calendario no se mueve en vano. Las respuestas de los venezolanos de nuestros días ante las solitudes del entorno forman un conjunto de conductas que, aparecidas en una sola temporalidad, expuestas en una sola época, no habían actuado en términos colectivos.

Por Elías Pino Iturrieta | 19 de junio, 2017
Detalle de "Alegoría del buen y mal gobierno" de Ambrogio Lorenzetti

Detalle de “Alegoría del buen y mal gobierno” de Ambrogio Lorenzetti

La sociedad actual no se parece a las anteriores por una razón obvia: el calendario no se mueve en vano. Las respuestas de los venezolanos de nuestros días ante las solitudes del entorno forman un conjunto de conductas que, aparecidas en una sola temporalidad, expuestas en una sola época, no habían actuado en términos colectivos.

Basta sentir que la historia jamás se repite para llegar a tal conclusión, pero conviene identificar los elementos a través de los cuales se puede anunciar la existencia de un movimiento de los hombres del que no se tenían evidencias cabales, o que apenas se había abocetado en el pasado. Cuando se advierten, podemos tener conciencia de nuestra peculiaridad y actuar con propiedad partiendo de ella. Tras ese objeto se extienden los comentarios que se ofrecen en adelante, sin pretensiones de exhaustividad.

La redondez extraordinaria de la dictadura puede encabezar el catálogo de las novedades. En un país que ha sufrido regímenes enloquecidos como el de Cipriano Castro, o tan brutales como el de Juan Vicente Gómez, la afirmación puede parecer exagerada. Sin embargo, los excesos de la represión que el régimen de Maduro ejerce contra las manifestaciones populares, remiten a la existencia de un desenfreno de poder que apenas se perfiló en el pasado, aunque ya se había asomado al postigo durante el mandato de Chávez.

La persecución masiva de la oposición contrasta con las pinzas usadas por las tiranías anteriores para el control de los perseguidos. El madurismo ha pasado de los hostigamientos selectivos a los acosos generalizados. El deseo de mostrar los colmillos todos los días contrasta con las exhibiciones por cuotas de los mandones antiguos. Nada oculta el afán de dominación: la colonización de los poderes públicos, con excepción de la AN, se ofrece con ostentación; la ubicua presencia de las fuerzas armadas en la toma de decisiones, y en su ejecución, hace ver a las militaradas viejas como una trivialidad; lo mismo sucede con la corrupción y con el despilfarro, si queremos machacar ahora las analogías; la divulgación cotidiana de patrañas  es la médula de un plan invariable, a pesar de su inconsistencia; el menosprecio de la propiedad privada, esto es, de lo más encarecido por los ciudadanos, domina con creces las intenciones de la cúpula; la asfixia de la libertad de expresión, mediante el ataque de los medios independientes o a través de la compra o la clausura de voceros que antes destacaban por su autonomía, apenas tuvo tímidos prefacios en la primera mitad del siglo XX.

El desprecio de la ciudanía, manifestado en los anteriores rasgos, ni siquiera se observó en las bullas de un individuo fatuo y posesivo como Guzmán Blanco. Hablamos de una reunión de lacras, de una acumulación de elementos destructivos sobre las cuales no se puede tener memoria. ¿Por qué? La trayectoria antecedente de la república les negó posibilidades de agrupación.

Las luchas masivas de la sociedad también se encuentran  en el centro de la escena, pero en el rol de debutantes, hasta el punto de determinarla con su peso. El régimen ha provocado una repulsa en todos los rincones del mapa, debido a la cual se ha producido una conmoción de la que tampoco se encuentra registro en el inventario de las pugnas políticas ocurridas hasta la fecha. Los sucesos del siglo XIX, cuando los negocios públicos dependían de intereses caudillistas y de las milicias campesinas que podían reclutarse a duras penas, no se le parecen ni una pizca. La inexistencia de partidos de masas, como los que dirigieron la cohabitación durante el período de la democracia representativa y antes, en el octubrismo adeco, vuelve más notorio el fenómeno. Una manifestación sin banderías organizadas en la vanguardia, pero tampoco en el rabo, anima un desfile insólito del todo, sin motivaciones ideológicas precisas ni símbolos  específicos que lo dirijan. Con una brújula mínima, o vacilante, la gente ha tomado las ciudades y aún los campos, para ocupar un lugar gigantesco que no había habitado y en cuyo cobijo no se nota incómoda. Pudiera hablarse de movimientos venidos de la nada, si no topáramos con el lodazal en cuyo fondo fueron alimentados por la dictadura. De un limbo edificado por los escombros de los partidos tradicionales se pasó, sin solución de continuidad, a un infierno rojo-rojito de cuyas candelas quieren escapar los venezolanos tratando de apagarlas a como dé lugar, aún por las malas, sin que nadie les informe de veras sobre el método para hacerlo. Si se ha de buscar un dato relevante para la identificación de un proceso marcado por las espinas y los enigmas, por los rudimentos y las inauguraciones, la sociedad devenida animal de mil cabezas sin domadores en la plaza es necesariamente uno de ellos.

Los líderes de nuevo cuño forman parte del acertijo, desde luego, en especial una generación que, por razones cronológicas, no formó parte del pasado más cercano. Debido a su temprana edad, muchos de sus  integrantes apenas tuvieron papeles secundarios en las postrimerías de la democracia representativa, y los otros comenzaron a formarse en la vida cuando el chavismo se hizo hegemónico. La suerte de nacer y crecer en hora oportuna, es decir, de tener apenas nexos precarios con un tiempo desgastado y descascarado, o que se ha juzgado con desdén, los convierte en las piezas más atractivas en el mostrador rodeado de compradores y mirones. No hay generaciones químicamente puras, esto es, libres de la influencia de los hechos que las preceden y del mandato de sus difuntos metidos en el sepulcro, pero comunican tal sensación, independientemente de que posean cualidades que los han llevado a la cúspide de un proceso histórico porque han acertado en su traducción. Sea como fuere, estamos ante una juventud que parece incontaminada, tras la cual marcha una sociedad sin otro bastón fuerte a mano. Pocas veces se ha visto en el pasado una sensación de esta guisa, un contorno tan influido por los desconocidos de la víspera. O, para meter otro ingrediente en el ancho caldero, por la participación de protagonistas que habían participado en política por la tangente y ahora se ubican en lugar céntrico. Es el caso de la Conferencia Episcopal Venezolana, alejada de las cosas de este mundo desde el siglo XIX, o apenas metida a ratos en ellas cuando las circunstancias la obligaban. Si recordamos el silencio de la jerarquía católica frente al gomecismo, o su colaboración con la dictadura de Pérez Jiménez, nadie puede negar que los obispos de nuestros días le han dado la vuelta a la tortilla y a la cocina en la que se hacía.

Una descomunal crisis de la economía, capaz de tocar a todos los sectores de la sociedad, aún a los pudientes, domina el panorama. Se pudiera afirmar que no estamos frente a una calamidad singular, debido a que la preceden muchas anteriores, pero hay elementos muy abultados que le conceden singularidad. El derrumbe de la actividad de la cual depende la producción y la distribución de la riqueza no ha obedecido a causas como otras anteriores, porque se ha provocado sin la presencia de una hostilidad generalizada entre los miembros de la colectividad, sin los motivos de las guerras civiles, y sin que las catástrofes naturales hayan aportado su cuota de destrucción. Puede atribuirse, sin temor a exagerar, solamente a la incompetencia del régimen y al predominio de la corrupción en los negocios dependientes del sector público.

Sin batallas campales, sin gamonales en armas, sin terremotos ni inundaciones, sin que la naturaleza haya metido la mano, la mengua de la actividades materiales cubre a la ciudadanía con su lóbrego manto, hasta conducir a una estrechez que quizá solo se sintiera antes de la explotación comercial del petróleo. Es un asunto que deben dilucidar los economistas, pero, de momento, cuando se siente el impacto de un menoscabo panorámico en los campos de la alimentación y los medicamentos, y la aparición de un fenómeno jamás visto entre nosotros, la emigración masiva de los venezolanos, ¿cómo dudar en torno al tránsito de un país relativamente hospitalario a la vergüenza de una comarca miserable, de un itinerario que no se hacía, por ejemplo, desde los tiempos de Joaquín Crespo?

Los hechos descritos están entrelazados, forman parte de un solo paquete de derrumbe. Se deben jerarquizar, si tal posibilidad cabe, para saber si fue  primero el huevo o fue la gallina. También se deben ubicar en un compartimento elástico, en un archivo que debe crecer, porque apenas se ha mirado hacia los que parecen protuberantes. La intención del texto ha sido, sin llegar a conclusiones definitivas, intentar una presentación de los elementos del país que experimenta una encrucijada jamás padecida por sus criaturas. Cuando la consideremos como lo que de veras es, una desgracia excepcional, quizá podamos soldar las piezas del rompecabezas.

La historia según Maquiavelo; por Elías Pino Iturrieta

En los tiempos recientes, la sociedad venezolana ha querido rastrear su historia con especial interés. Mira con ahínco hacia el pasado, como si la memoria la pudiera sacar de los embrollos de la actualidad. Jamás habíamos manejado antes la vida con la mirada puesta cada vez más en el espejo retrovisor, se pudiera afirmar. Pero,

Por Elías Pino Iturrieta | 12 de junio, 2017
maquiavelo

Nicolás Maquiavelo retratado por Santi di Tito

En los tiempos recientes, la sociedad venezolana ha querido rastrear su historia con especial interés. Mira con ahínco hacia el pasado, como si la memoria la pudiera sacar de los embrollos de la actualidad. Jamás habíamos manejado antes la vida con la mirada puesta cada vez más en el espejo retrovisor, se pudiera afirmar. Pero, ¿tiene sentido semejante empeño?, ¿conduce a desenlaces prácticos? Las preguntas tienen respuestas variadas, aunque seguramente predomine aquella de acuerdo con la cual, como la historia jamás se repite, es poco lo que puede enseñar sobre los hechos de la posteridad.

Es lo que sostiene sin vacilación la historiografía contemporánea. Pero un historiador luminoso, Nicolás Maquiavelo, le concedía gran utilidad para el remiendo de los embrollos de cada presente. Veamos ahora un poco su punto de vista, para que no perdamos la afición nacional por los asuntos de antaño y aún para que no dejemos de pensar que pueden servir de salvavidas.

Como se sabe, Maquiavelo fue un agente político de especial trascendencia, si lo definimos con palabras de nuestros días. Fue figura esencial en el arreglo de los sucesos relacionados con el poder en la Florencia de su tiempo, entre 1494 y 1527. Como Secretario de la Señoría y debido a sus  contactos con los poderosos de la ciudad, fue portavoz de los intereses de una vacilante república  en la mayoría de los negocios que se ventilaban en las cortes de la península itálica y del extranjero, en conciliábulos estelares y en los campos de batalla.

Su interés era el presente, en consecuencia. De los sucesos que discurrían en el entorno no solo dependía su salario de burócrata, sino también su reputación y su vida. Su oficio era descifrar una endemoniada rutina y cobrar por ello. Como no pertenecía a la nobleza, ni tenía dinero, dependía de sugerir soluciones sobre los agobios de su actualidad.

Unos agobios descomunales, si juzgamos por los personajes con los que lidió: figuras capaces de trascender el tiempo y los confines geográficos para convertirse después en referencias universales. Tales los casos de Savonarola, un fraile fanático; de los poderosos Médicis, del sanguinario César Borgia y del papa Julio II, quien más congeniaba con las soldadescas que con la vaticana piedad. La obligación de tratar con unos individuos como ellos no admitía descuidos, ni salidas eruditas que podían parecer anacrónicas.

En su papel de interlocutor, o de testigo privilegiado, debía llegar a análisis capaces de servir a los patrones florentinos que esperaban sus luces. Si se agrega el hecho de que debía proponer salidas sobre las discusiones de los grandes en palacio, sobre la formación de milicias, sobre la ropa de moda o sobre cómo aumentar los impuestos sin provocar demasiada roncha, estamos ante un predicamento en el cual la actualidad tenía dedicación exclusiva.

Pero el Secretario se aficionó a los libros de historia desde su juventud, cuando el padre lo puso a leer a Tito Livio. De las páginas de la Historia de Roma saltó a los escritos de Tucídides sobre las guerras griegas, a la vida de los personajes ejemplares descrita por Plutarco y a la crónica de villanos descomunales redactada por Tácito. Esas obras, que en ocasiones citaba de memoria, se convirtieron en compañía reiterada y lograron que fuera uno de los historiadores más célebres de su época, autor de investigaciones como los Discursos sobre la primera década de Tito Livio o la Historia de Florencia, estimadas como joyas de la historiografía renacentista.

Veamos la razón del interés: buscaba ejemplos en la antigüedad, para que sirvieran como analogías a la hora de hacer su trabajo de agente político. Consideraba que de la obra de los personajes antiguos manaban comparaciones provechosas para el entendimiento de las turbulencias de su tiempo, circunstancias y pormenores que servían para su rol de consejero y de remendador de entuertos. El enigma de los hombres de su época, escribió Maquiavelo, se podía descifrar y hasta pronosticar gracias al conocimiento de la conducta de los protagonistas del pasado. ¿Por qué? Porque los circunstancias varían, pero los hombres no.

Maquiavelo consideraba que, mientras el teatro en el que actúan los hombres se renueva a través del tiempo, los actores siempre se manejan como sus antecesores, movidos por las mismas virtudes y por los mismos vicios, por temores y entusiasmos que se machacan fatalmente mientras rueda el almanaque. Solo la influencia de la suerte puede deparar sorpresas, agregaba, debido a que la buena y la mala fortuna, es decir, resortes que no dependen de la voluntad de los seres humanos, pueden modificar el rumbo de las cosas. Si no fuera por un elemento así de fortuito, la historia casi podía ser cartilla infalible para pasar con lucidez las pruebas del futuro.

Tal vez los venezolanos de nuestros días sientan como el Secretario cuando enfrentan su rompecabezas. Quizá encuentren sentido práctico a lo que respondemos los historiadores cuando nos preguntan sobre las salidas de un país atormentado, es decir, sobre problemas para cuya solución carecemos de respuestas serias. ¿Acaso los venezolanos de ogaño no son iguales a los de antaño? ¿Acaso se equivoca un pensador tan certero como Maquiavelo? Antes de aventurar una contestación fulminante debe saberse que, cuando debía enfrentar desafíos que le parecían arduos, el autor de El príncipe consultaba a los astrólogos.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

1856: El primer sainete para cambiar la Constitución; por Elías Pino Iturrieta

No marchaban bien las cosas cuando comenzó 1856 y la ciudadanía esperaba con interés el mensaje anual del presidente José Tadeo Monagas. Todos quedaron sorprendidos por lo que mandó a decir ante el Congreso. Algo realmente extraño, si se conocen los acontecimientos de la víspera. En breve, el tiempo demostró que no había motivos para

Por Elías Pino Iturrieta | 5 de junio, 2017
Retrato de José Tadeo Monagas (1857), de Martín Tovar y Tovar

Retrato de José Tadeo Monagas (1857), de Martín Tovar y Tovar

No marchaban bien las cosas cuando comenzó 1856 y la ciudadanía esperaba con interés el mensaje anual del presidente José Tadeo Monagas. Todos quedaron sorprendidos por lo que mandó a decir ante el Congreso. Algo realmente extraño, si se conocen los acontecimientos de la víspera. En breve, el tiempo demostró que no había motivos para la sorpresa.

La epidemia de cólera estaba a punto de desaparecer, pero todavía se empeñaba en su trabajo de matar. El país requería de unas atenciones sanitarias que no terminaban de desperezarse. La epidemia acababa de sacar de este mundo al general Juan Muñoz Tébar, prócer de la Independencia, cuya desaparición condujo a una imponente manifestación de duelo. Las cuentas del Ministerio de Hacienda no cuadraban, aunque habían mejorado un poco. Todavía se negociaba en Londres la deuda externa, sin resultados concretos. Los caminos contratados en 1854 permanecían en el papel de los planos. Apenas se había creado una Escuela Elemental de Ciencias y Artes durante el año anterior. El censo de población solo se había realizado en Barquisimeto, Carabobo y Maracaibo. “Esto no marcha”, dijo una de las Muñoz Tébar en el entierro de su pariente.

La inconformidad se convirtió en alarma debido a la llegada inesperada de una escuadra holandesa que no venía en son de paz. Con tres navíos armados, pretendía reclamar la propiedad de la Isla de Aves para el gobierno de los Países Bajos. La gente se había regocijado antes por la noticia de la próxima puesta en servicio de un vapor con destino a Nueva York, que agilizaría las comunicaciones con los Estados Unidos para beneficio del comercio, pero la amenaza de los holandeses aguó la fiesta.

Se suponía que el jefe del Estado tomaría en cuenta los sucesos y propondría soluciones ante los diputados. Sin embargo, aparte de no presentarse en el salón de sesiones, por intermedio del Secretario de lo Interior y Justicia prefirió tratar un tema que no figuraba en la agenda de los asuntos públicos, o que apenas se había tocado sin que nadie lo hubiera extrañado.

De seguidas se copia lo fundamental de ese tema que Monagas consideró entonces como trascendental, pese a la gravedad de la amenaza holandesa:

“No me es dado prescindir de someter hoy a vuestra consideración el asunto más grave de cuantos se hayan ventilado bajo el actual orden constitucional; cuestión de alta trascendencia que agita todos los ánimos, que alienta todas las esperanzas y despierta los más preciosos recuerdos de tiempos más venturosos: os hablo, legisladores, de la Confederación Colombiana”

Después, a través del ministro, habló de Boyacá y Pichincha para desembocar en la siguiente petición:

“Es ya tiempo, legisladores, de que escogitéis los medios de llenar los votos de vuestros comitentes (…) Pensad que en la llama del patriotismo que sale de aquellos sepulcros el Genio de América encenderá pronto o tarde la antorcha que ilumina a Colombia regenerada”

“Colombia regenerada”: tal era la misión que el Presidente de la República encomendaba a los representantes del pueblo. Debían ocuparse de revisar los códigos de los países que habían formado la gigantesca nación, para ver cómo se resucitaban y uniformaban. El mapa anterior a 1830 se debía analizar con minuciosidad, para ver cómo cuadraba con la geografía posterior del vecindario, o cómo no la perturbaba. Después de concertarse con las fuerzas vivas de Nueva Granada y Ecuador, supuestamente ganadas para la empresa de revivir las hazañas bolivarianas, se inauguraría una etapa dorada de la historia continental con Venezuela a la cabeza. El advenimiento de ese lapso de gloria implicaba unos retoques previos y urgentes de la ley fundamental, que don José Tadeo aconsejaba por intermedio de su ministerial mandadero.

Los diputados quedaron atónitos frente lo que se les pedía. ¿Cómo es posible que no dedicara una sola línea a la escuadra holandesa que amenazaba la soberanía?, se preguntaban. También les extrañó que no hubiese tratado el problema de la deuda externa, sobre cuyos pormenores había sostenido una sesión días antes con los ministros. En algunos corrillos se llegó a decir que el mandatario estaba loco, porque tonto no era, o que era presa de un embrujo.

El historiador González Guinán da el clavo cuando hace el siguiente comentario sobre el curioso Mensaje de 1856. Veamos:

“Forzosamente tenía que llamar la atención pública (…) porque en documentos anteriores el Presidente, ya por sí como por medio del Secretario de lo Interior y Justicia, había sido adverso a la propaganda reconstructora de la Gran Colombia (…) ¿Quería entrar en el campo de las reformas en bien de las nacionalidades creadas por Bolívar, u ocultaba algún propósito meramente personal? El tiempo lo descubrirá en breve”

En efecto, el tiempo cumplió su cometido. Colombia no le importaba un comino a José Tadeo Monagas. Su interés era cambiar la Constitución de 1830, con el objeto de permanecer en el poder. Como había peleado con su hermano José Gregorio, y porque se veía mal que la sucesión presidencial se resolviera únicamente entre ellos, buscó la fórmula adecuada para que su plan no se criticara como merecía. Vio en Bolívar y en las hazañas de la Independencia el escudo que podía evitar dardos envenenados. Colombia fue un pretexto estrambótico para librarse de la Carta Magna, que impedía su continuismo.

La Constitución de 1857 derogó la Carta Magna de 1830, aumentó de cuatro a seis años el mandato presidencial y permitió que el Congreso reeligiera a José Tadeo Monagas, quien olvidó su reciente y repentino colombianismo. En 1858 triunfó la Revolución de Marzo, que lo derroca, y en 1859 comenzó la Guerra Federal.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Sobre republicanismo. Homenaje a Juan Germán Roscio; por Elías Pino Iturrieta

Estamos en 17 de agosto de 1898. Desde París, Georges Clemenceau escribe al conde de Aunay: “Habría un medio de asombrar al universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”. La afirmación, que debe sorprender por la fecha de su escritura y por el lugar desde el cual se remite, orienta hacia la historicidad

Por Elías Pino Iturrieta | 29 de mayo, 2017

blg_pino_iturrieta_juan_roscio_640416

Estamos en 17 de agosto de 1898. Desde París, Georges Clemenceau escribe al conde de Aunay: “Habría un medio de asombrar al universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”. La afirmación, que debe sorprender por la fecha de su escritura y por el lugar desde el cual se remite, orienta hacia la historicidad y hacia la trascendencia del fenómeno aludido. No se trata de algo que está esperando su debut para sorpresa del mundo, pero que ha encontrado trabas para su establecimiento. De allí la posibilidad de plantearlo como una alternativa del futuro, como una necesidad de finales del siglo XIX, es decir, como si se estuviera ante un asunto inédito.

Las palabras contrastan con otras muy remotas de Tito Livio. En Los orígenes de Roma, especie de historia oficial de los logros de la república en la antigüedad, llega a decir que “el tema es viejo y trillado”. Quiere advertir, en consecuencia, que ya no vale la pena su tratamiento, o que puede conducir al tedio. Livio no podía saber que el contenido predilecto de sus páginas tendría largo camino, hasta el punto de hacer que un estadista francés que reflexionaba en las proximidades del siglo XX lo sintiera todavía como una probabilidad, como un hecho susceptible de muchos esfuerzos y de océanos de tinta.

¿Sentimos cosas semejantes en la Venezuela de nuestros días, sobre un asunto tan caro a los hombres desde los tiempos antiguos? No ha formado parte de las polémicas habituales, ni siquiera en algún debate aislado que pudo tener resonancia, me parece. Alguna vez se planteó con intensidad en la Academia Nacional de la Historia, pero no circuló más allá de sus salones. Quizá apenas los ensayos de Germán Carrera Damas hayan trajinado la parcela. El trabajo de los partidos políticos, la voz de los líderes y la mayoría de las letras que han circulado sobre los negocios públicos que ahora pasan por uno de sus capítulos más dignos de análisis, o más llamados a provocar la angustia colectiva, no han ponderado el suceso. Una memoria somera de las prioridades del discurso predominante permite observar cómo ha privilegiado el punto primordial de la pérdida de la democracia, sin sentir que tal pérdida depende de un menoscabo anterior en cuyo centro se encuentra la desaparición del republicanismo.

Ni siquiera el hecho de que la república se sometiera a un nuevo bautismo que la convirtió en “Bolivariana”, es decir, en breviario de una interpretación tendenciosa de lo que había sido a través del tiempo, condujo a la alarma. Tal vez se haya sentido que el asunto carecía de relevancia porque no se interrumpía la historia en términos formales debido a la imposición de una monarquía, o de hábitos de mando y obediencia semejantes a los coloniales. O porque se mantenían en el papel las pautas de administración asomadas a partir de 1811 y reiteradas en las normas liberales de 1830, acopladas a lo que plantearon los padres fundadores durante las guerras de Independencia o a partir de la desintegración de Colombia. Chávez no se coronó, como tampoco lo hicieron antes el viejo Páez, los hermanos Monagas, Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez. No se rodearon de cortes principescas, ni vistieron de púrpura, ausencia de trapos y símbolos a través de la cual se sugería la permanencia del libreto fundacional de sociabilidad.

Pero, ¿por qué no se coronaron? Debido a la existencia previa de una lucha por el establecimiento de los valores republicanos, llevada a cabo en épocas cronológicamente diferenciadas que condujeron a una condena del personalismo y de la arbitrariedad en atención a las solicitudes de cada tiempo histórico. Como se colige de un conjunto de esfuerzos y de pensamientos que parte de los discursos de Livio y continúa explorando senderos en los desafíos de Clemenceau, se trata de un esfuerzo extendido por el mundo occidental que no ha llegado a desembocaduras generales y estables, de un reto susceptible de los añadidos y los retoques que cada época y cada contorno solicitan.

Por lo que concierne a Venezuela, se origina en las propuestas de la Independencia, concretadas en la Constitución de 1811 y en numerosos textos de entonces que buscan un arraigo más profundo a partir de 1830 para llegar a la actualidad dando tumbos en la dirección correcta, esto es, buscando concordancia con los principios propuestos y jurados a partir de la victoria contra el absolutismo español.

Para describir el asunto de manera sencilla, el filósofo y politólogo Andrés Rosler nos alivia el rompecabezas a través de su test para detectar republicanos. Escribe en Razones públicas, un libro de 1968: “En efecto, de te fabula narratur, si usted está en contra de la dominación, no tolera la corrupción, desconfía de la unanimidad y de la apatía cívicas, piensa que la ley está por encima incluso de los líderes más encumbrados, se preocupa por su patria mas no soporta el chauvinismo, y cree, por consiguiente, que el cesarismo es el enemigo natural de la república, entonces usted es republicano aunque usted no lo sepa”.

Rosler ofrece un compendio capaz de responder sobre conductas y talantes establecidos y defraudados en una evolución del discurso político, divulgado desde sus orígenes romanos y sometido a una diversidad de expresiones que llegan hasta la actualidad. Pero no refiere a individuos democráticos, sino a ciudadanos, a sujetos virtuosos que congenian con unos valores desde los cuales proyectan una manera específica de vivir en sociedad. Esa manera específica puede incluir, por ejemplo, la cohabitación dentro de administraciones monárquicas. Se supone, entonces, que para ser demócrata, o democrático, uno antes ha de ser republicano, aún cuando permita que sus gobernantes lleven corona.

Esa “narración que habla de ti” y en la cual se sostiene el test de Kosler no solo conduce al entendimiento de todo lo que se ha escrito sobre la república, sino también a los esfuerzos de diferentes sociedades para lograrla, de diferentes patrias, si no queremos alejarnos de las palabras del autor. En el fondo se trata de establecer la libertad en el seno de espacios disímiles, después de pregonar la altura de sus metas y la superioridad de sus ventajas.

El establecimiento de la libertad en un sistema capaz de resguardarla y de ponerla en concordancia con las necesidades de generaciones sucesivas, produce un conjunto de conductas individuales, de explicaciones, de descripciones, de contradicciones y regulaciones que forman una tradición de naturaleza política en cuyo seno se logra, después de compromisos y sacrificios cuya característica no es necesariamente la permanencia, ni siquiera el largo plazo, que puedan existir y desaparecer unas repúblicas tan peculiares como la de Florencia durante el Renacimiento o como la francesa del siglo XVIII, unidas por el objetivo esencial de evitar el predominio de potestades personales y arbitrarias en la administración de la sociedad. O como la venezolana en algunos tramos de los siglos XIX y XX, para que a la hora del aterrizaje no nos quedemos fuera de la pista y podamos despegar de nuevo cuando el tiempo lo permita.

Ahora conviene una cita de Tocqueville, que produzca un vínculo del republicanismo venezolano con el autor de quien hacemos memoria y a quien rendimos homenaje aquí. Según escribe Tocqueville en su análisis sobre La democracia en América: “En la constitución de todos los pueblos, sin que importe cual fuera la naturaleza de la misma, se llega a un punto donde el legislador está obligado a depender del buen sentido y de la virtud de los ciudadanos”. Sin la existencia de la virtud de cada cual, había asomado mucho antes Livio, el destino de los códigos republicanos y la república misma están condenados a la fragilidad y a la desaparición. La república requiere de un destinatario devenido actor, de un receptor y agente a quien se debe que ella exista y prevalezca.

Si tal premisa tiene sentido, el problema de la república en Venezuela cuando se anuncia su nacimiento parece insoluble. Pensada para la primera década del siglo XIX, se remite a un conglomerado sin relaciones con ella, a un conjunto de individuos formados en la cultura colonial que desconocen, en términos mayoritarios, ideas y hábitos distintos a los de un régimen absolutista.

El plan de la república en ciernes debe provocar un tránsito, este sí inédito de veras, del vasallaje a la ciudadanía, de la falta de la virtud individual encarecida por los clásicos a su florecimiento como cosa corriente, del sinsentido al “buen sentido”. Si ni siquiera los promotores del cambio político son todos republicanos cabales, o pioneros convencidos de una novísima forma de administrar los negocios públicos que conduzca al predominio de la libertad, como planteaban los modelos que seguían –los Estados Unidos y Francia, en especial– se puede augurar un ensayo precario que no será capaz de divorciarse de la tradición contra la cual se ha levantado.

Pero lo hace, según se puede comprobar en el ensayo de cohabitación establecido después de la desaparición de Colombia. El descalabro de la sociedad estamental, la mengua física de la aristocracia que había iniciado la contienda, la división y la debilidad del clero, la aparición de actores sin presencia hasta la fecha, el comercio de libros y de gentes venidas del extranjero, la multiplicación de la actividad periodística, las diferencias establecidas entonces entre el militarismo y el civilismo, la obligación de pensar en proyectos de fomento material para salir del atolladero que es la herencia de la guerra, se conjugan para concluir en el testimonio de una manera diversa de vivir en cuya cúpula se establecen los principios republicanos en boga.

No se quedan en el aire esos principios. Comienzan a cobrar vida en las formas de gobernar y en las costumbres de la gente, no solo para lograr cambios fundamentales de cohabitación sino también para dejar un credo y un legado sin el cual no se puede explicar la historia posterior. Ensayo sin redondez, seguramente, pero evidencia de una variación de la sociedad a través de la cual sabemos que los amagos antecedentes del republicanismo no pasaron en vano.

Son muchas causas, pues, grandes y pequeñas, las que conducen a esta primera evidencia de republicanismo llamada a perdurar, pero dentro de ellas conviene detenerse en la obra de un pensador mayor de la Independencia.

Desde 1811, la comunidad de impresores de Filadelfia se ha interesado en la divulgación de libros relacionados con la revolución hispanoamericana. Ha tratado de seleccionar a los autores de mayor trascendencia, entre los cuales figuran fray Servando Teresa de Mier, Manuel Lorenzo de Vidaurre, Vicente Rocafuerte y Manuel Torres. En 1817, el impresor John Furtel agrega al repertorio El triunfo de la libertad sobre el despotismo, Réplica de los hebreos después del cautiverio de Babilonia y Homilía del Cardenal Chiaramonti, escritas por el venezolano Juan Germán Roscio.

Como ha demostrado el colega Rafael Rojas en Las repúblicas de aire, obra de 2009, Filadelfia es entonces un importante foco de ilustración que se convierte en plataforma ideológica para los exiliados del sur del continente. Las páginas que salen de sus talleres circulan después en Londres, Madrid, La Habana, Veracruz y Buenos Aires, como parte de la lucha de ideas que se desarrolla mientras ocurren las batallas campales. Roscio está ahora en la vanguardia de la contienda, junto con las cabezas más lúcidas del republicanismo nuestro que se abre paso.

Aparte de sus trabajos en la redacción de la Constitución de 1811, de sus artículos en la Gaceta de Caracas y en el Correo del Orinoco, o de las funciones públicas que ejerce, lo fundamental de la obra de Roscio radica en su empeño por la formación de individuos capaces de participar en un designio republicano de manera consciente. Para dar los primeros pasos en Venezuela sobre el cometido, se hunde en un asunto que fuera quizá el más espinoso de la época: las relaciones entre la religión imperante y los planes de modernidad en la parcela política.

Escoge un tema envolvente, un asunto panorámico del cual nadie podía escapar, si se considera la influencia todavía apabullante de la cultura colonial. Hurga en una vivencia capaz de tocar las fibras de todos los individuos formados en el vasallaje, para usar una herramienta de análisis a través de la cual podía cada cual llegar a conclusiones provenientes de su albedrío sin provocar desenlaces calamitosos, sin descender a las candelas del infierno. En realidad no trabaja un tema que solo concierne a los venezolanos, sino también a todos los vecinos del imperio hispánico determinados desde antiguo por un mismo aprendizaje. De allí la trascendencia de El triunfo de la libertad sobre el despotismo. De allí se edición en Filadelfia.

Roscio hace una lectura diversa y desafiante de las Sagradas Escrituras, con el objeto de demostrar que han sido manipuladas por las autoridades del imperio, religiosas y seculares, tras un plan hegemónico e injusto. Los textos bíblicos permanecen como autoridad, debido a que no reniega de sus contenidos, pero son sometidos a una crítica susceptible de llegar a conclusiones distintas a las predominantes hasta la fecha. Es el insólito Lutero tropical que nadie descubre entonces, el reformador de las explicaciones tradicionales que apenas se asoma sin el ánimo de provocar perturbaciones de envergadura, aunque las quiere provocar, no en balde parangona la autoridad de la Biblia con la autoridad de lo que pueda pensar quien visite sus páginas como lo hizo el hábil maestro desde su candil.

Como la intención del texto debió, antes de su publicación, formar parte de los comentarios de los compañeros ilustrados, o de las polémicas provocadas por la posibilidad de establecer la tolerancia de religiones en la nación naciente, de una pugna inevitable y no pocas veces soterrada frente a los prejuicios; como el autor debía ser ya la encarnación del ciudadano que debía convertirse en pilar del nuevo sistema, su propuesta vuela a Filadelfia para permanecer en la sensibilidad de quienes la convierten en realidad más tarde.

La obra de Roscio forma parte de una tradición subestimada, de un empeño que apenas se valora en nuestros días, de una búsqueda de virtud y “buen sentido” que no anima de veras la lucha contra la dictadura dominante. Pero, si sentimos que pertenece a una historia que ya hicimos en términos de excelencia, según la medida de los tiempos, que tiene conexiones con el propósito de las obras mayores de la cultura occidental, que es “una narración que habla de ti” y que, por lo tanto, merece continuidad, quizá podamos repetir pronto entre todos una carta como la escrita por Clemenceau en 1898.

¿País de mandones?; por Elías Pino Iturrieta

Se tiene la idea de que la voluntad de los poderosos está hoy y ha estado siempre por encima de la ley. En una república a medias ha predominado la arbitrariedad, es decir, la preferencia que los asuntos públicos han dado a los representantes o a un representante del Ejecutivo frente a la disposición de

Por Elías Pino Iturrieta | 22 de mayo, 2017
De izquierda a derecha: Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez

De izquierda a derecha: Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez

Se tiene la idea de que la voluntad de los poderosos está hoy y ha estado siempre por encima de la ley. En una república a medias ha predominado la arbitrariedad, es decir, la preferencia que los asuntos públicos han dado a los representantes o a un representante del Ejecutivo frente a la disposición de las regulaciones codificadas, se ha sostenido hasta la fatiga. En consecuencia, cuando observamos o padecemos la influencia de una decisión personal, de una imposición cuyo origen es lo que un solo individuo poderoso considere porque le da la gana, o porque conviene a sus intereses, carecemos de motivos para preocuparnos más de la cuenta. Si así ha sucedido antes, desde cuando Venezuela es Venezuela, ¿por que rasgarnos las vestiduras? ¿No son situaciones habituales, violaciones que, debido a su reiteración, forman parte de nuestra vida y, por lo tanto, dejan de ser violaciones?

La sensación se refuerza a través del recuerdo de imposiciones personales que se han hecho célebres, hasta el extremo de alimentar una memoria de prepotencias sin las cuales no pareciera posible una explicación de la vida venezolana. En las reminiscencias más socorridas ocupan lugar de preferencia las petulancias de Guzmán Blanco, capaces de sellar la sensibilidad de tres décadas de evolución social; el miedo provocado por lo que pudiera decidir en una mala noche el Taita de la Guerra; peor todavía, el silencio de Gómez a través del cual se resolvía el destino de la nación sin necesidad de que mediaran las palabras. Hablamos de más de medio siglo de evolución, susceptible, no sólo de asegurar la existencia de una deformación recurrente de los negocios públicos, sino también de aconsejarnos cordura ante un entendimiento del gobierno que necesariamente pasa por esas trabas, o las permite sin alarma, o las busca para no perder hábitos ancestrales.

En esa presencia de las voluntades personales, a través de las cuales se puede sostener la idea de la existencia de un pueblo inepto que depende necesariamente de una voluntad superior e indiscutible; o, en el mejor de los casos, de un selecto grupo de personas que rodean con su consejo a los hombres fuertes, encuentra fundamento la teoría del gendarme necesario. Laureano Vallenilla, comunicador de la necesidad de un Cesarismo democrático capaz de encarrilar a las masas incompetentes que en el futuro se harán cargo de su destino después de que el César haga la pedagogía correspondiente, es el teórico de las mandonerías que hemos padecido, o a las cuales nos hemos venido acostumbrando hasta estimarlas como piezas imprescindibles de nuestro desenvolvimiento como sociedad.

El autor no parte de endeble base, debido a que busca y encuentra en las realidades del pasado las evidencias capaces de avalar su punto de vista; es decir, un repertorio de gamonales ante los cuales se ha rendido la colectividad a través del tiempo. De allí que otro teórico del positivismo puesto al servicio del gomecismo, Pedro Manuel Arcaya, hablara de la existencia de una “sociedad suicida” que no pasó a un cementerio profundo y ancho debido a la influencia de los caudillos que fueron capaces de controlar su instinto de muerte.

El imperio de las voluntades personales encuentra así una especie de apoyo “científico”, por si algo les faltara para que se las considerase como eje y médula de la marcha de unos hombrecitos ineptos y pusilánimes. Estamos ante interpretaciones dignas de atención, debido a que solo se detienen en un rasgo de la sociedad hasta el punto de permitir que la cubra con espesa cortina. Su peligro estriba en que no solo procuraron la legitimación de una dictadura como la de Juan Vicente Gómez, sino también en el hecho de ofrecer como rasgo predominante la sumisión de los venezolanos a los caprichos de sucesivos mandones para quienes no existía la legalidad. En consecuencia, la república no se concreta porque la sociedad prefiere otros escudos, otros salvavidas, otros alivios, se desprende o se puede desprender de tales argumentos. Ciertamente se ocupan de la valoración de una característica colectiva que no se puede subestimar, pero niegan la existencia de una parte esencial de la realidad que demuestra exactamente lo contrario.

Niegan, en primer lugar, la existencia de un pensamiento de cuño republicano que se remonta a 1810 y que no deja de divulgar el mensaje del civilismo frente al personalismo. Ignoran, por lo tanto, la presencia y la insistencia del influjo de mentes imprescindibles para el entendimiento de los negocios del poder en Venezuela: Roscio, Sanz, Yanes, Toro, Acosta, González, Guzmán el viejo, Lander, Larrazábal, Becerra, Riera Aguinagalde, Briceño Iragory, Mijares, Adriani, Picón Salas, Liscano y muchos otros que marcan con su luz un itinerario triunfal que recorre los siglos XIX y XX. Pero en especial, desprecian el experimento cabal de república que se lleva a cabo entre 1830 y 1848, en el cual se establece un sistema de frenos y contrapesos que impide la hegemonía de unos guerreros tan significados como Páez y Soublette, mientras se aclimata una sensibilidad liberal y laica que nos separa de los hábitos coloniales y de la sangre de la Independencia para la fragua de una civilización morigerada de orientación moderna. Un lapso prolongado de construcción en el cual se siembra una semilla cuyo cuidado procuramos en nuestros días, pero que los adoradores del personalismo califican como capítulo trivial y pasajero.

La subestimación de ese tramo de historia convenía a los teóricos del positivismo, y ahora conviene a los plumarios del actual personalismo de origen militar. De allí la necesidad de confirmar su existencia, ante los intereses de los adoradores de las autocracias y ante la ignorancia de una gran masa de destinatarios a quienes se ha escamoteado un conocimiento fundamental para que el presente tope con el aliciente de lo más enaltecedor del pasado. Para que nadie relacione las luchas de nuestros días con la superficialidad de un conglomerado que da palos de ciego porque nadie le ofreció una brújula. Para que sintamos cómo ahora nos apegamos a una vieja iluminación que no cesa de conducirnos. Para tener conciencia de que peleamos contra una anomalía.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Sobre rebeliones populares; por Elías Pino Iturrieta

Recientemente Provea, una ONG de reconocida labor en la defensa de los Derechos Humanos, aseguró que ahora sucede otra vez en Venezuela una rebelión popular, fenómeno cuyos antecedentes encontró en 1958. Como en horas cruciales conviene tener las ideas claras, aquí se tratará de hacer precisiones sobre el asunto. La conciencia de la novedad de

Por Elías Pino Iturrieta | 15 de mayo, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la foto para ver la galería completa

Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la foto para ver la galería completa

Recientemente Provea, una ONG de reconocida labor en la defensa de los Derechos Humanos, aseguró que ahora sucede otra vez en Venezuela una rebelión popular, fenómeno cuyos antecedentes encontró en 1958. Como en horas cruciales conviene tener las ideas claras, aquí se tratará de hacer precisiones sobre el asunto. La conciencia de la novedad de lo que vivimos en nuestros días se apuntala en el señalamiento de su singularidad. Así nos enteramos del camino inédito que estamos transitando como sociedad.

Es probable que una gesta colectiva como la que llevamos a cabo contra la dictadura de Maduro no haya sucedido antes. El pueblo levantado en su inmensa mayoría contra un régimen abusivo y ladrón no había debutado todavía, según se tratará de describir en lo que sigue. La hazaña colectiva se fundamenta en hechos pasados, como traté de explicar en otro lugar, pero, a la vez, muestra todos los rasgos de su excepcionalidad cuando se buscan analogías en los fastos de ayer. En el pasado, muy por el contrario, el pueblo hizo ostentación de su paciencia y aun de su excesiva sumisión ante las dictaduras, como para que nos pongamos a hablar de una conducta enaltecedora que ahora nos vivifica.

La mencionada organización sugiere que Pérez Jiménez fue derrotado por una rebelión popular, pero su afirmación es inexacta. Los venezolanos de ese tiempo callaron casi durante una década, omitieron su parecer o dieron muestras de un ostensible colaboracionismo. Solo unos centenares de ciudadanos valientes y dignos hicieron entonces el trabajo de la resistencia, ante la indiferencia de la sociedad.

Seguramente la hazaña de un puñado de republicanos comprometidos con la libertad sea el acicate de la reacción masiva que hoy protagonizamos, pero jamás el silencio ominoso de las mayorías. La dictadura de Pérez Jiménez fue derrotada por un movimiento militar, por negocios sigilosos de los cuarteles, y solo en los días inmediatamente anteriores al 23 de enero de 1958 ocurrieron manifestaciones masivas que aceleraron un proceso que evolucionó en círculos cerrados, casi herméticos. En consecuencia no se puede hablar de rebelión popular cuando se hace memoria de lo sucedido entonces, a menos que el ejercicio de recordar dependa del capricho; a menos que se pretenda coquetear con el pueblo por acciones que no se atrevió a realizar.

Tampoco la sociedad reaccionó contra la tiranía gomecista. Aguantó durante veintisiete años a su verdugo, mientras reinaba una oscuridad imponente que la gente no quiso perturbar. Dejo el asunto en las manos de un grupo de guerreros, la mayoría procedentes del siglo XIX, esperando que una próstata enferma metiera a su tirano en la tumba. Presenció en silencio la prisión de los estudiantes de 1928, sin pasar de las murmuraciones y clamando por la comodidad del olvido. Vio desde su confortable palco la invasión del Falke, como si se tratase de una película taquillera para cuya exhibición nadie compró entrada. Apenas se atrevió con unas convulsiones en el comienzo del posgomecismo, para dejar que en breve las aguas volvieran a su cauce junto con la pasividad de los espectadores irresponsables.

Es cierto que entonces las reacciones violentas conducían a La Rotunda, a tormentos inenarrables y a la muerte sin concesiones, pero también es cierto que solo un puñado de venezolanos dio la cara por el republicanismo negado y envilecido. También es cierto que otras sociedades han reaccionado de manera diversa frente a sus mandones, pese a estar sometidas a desafíos y amenazas de la misma brutalidad. Por ejemplo, el pueblo mexicano frente a la autocracia de Porfirio Diaz, personaje poderoso y temido, contra quien se levantó en armas en todos los rincones del país, o en casi todos, hasta echarlo del poder.

Dejemos la exageración, por tanto, a la hora de llenar de condecoraciones el pecho de los venezolanos por actitudes heroicas que no existieron. En el himno nacional se habla de ¨bravo pueblo¨, pero hay que poner la afirmación en remojo. Los vocablos funcionan como incentivo, como puente en busca de apoyos para una causa que no los tiene, o para tratar de meterle emoción a un conjunto de personas que miran las cosas desde la distancia, pero no reflejan una realidad indiscutible.

Las guerras de Independencia remiten a la existencia de una convulsión generalizada, pero tal convulsión no se vincula con las rebeliones populares. Si de tales rebeliones se trata, sabemos cómo el pueblo no participó en la primera reacción de importancia contra la monarquía y cómo después se alzó contra unos indeseables señorones que se atrevieron a pisotear los derechos de Fernando VII. La Independencia no fue una rebelión popular, en consecuencia. No paso de guerra civil, si aceptamos el análisis de Vallenilla Lanz sobre el conflicto.

El siglo XIX fue tiempo de guerras civiles, es decir, de una conflictividad generalizada que así como se puede atribuir a la constancia del descontento popular, dependió del fenómeno del caudillismo y de los personalismos dominantes en sucesivas cúpulas.

Los liberales y los godos de entonces no congeniaban con la participación de las masas. Tal asunto no figuraba en sus programas porque no les era familiar, y porque solo sabían manejarse como se manejaron las cosas antes de la desmembración de Colombia, con lanzas y pólvora obedecidas por la colectividad campesina.

La república de entonces no dependía de la participación popular, a menos que esta se manifestara en los campos de batalla para tomar el gobierno y para permanecer en su seno mientras se pudiera. Sangre a cantaros, acompañada de copiosa literatura en cuyas páginas se clamaba por la paz sin pensar en cómo llevarla a cabo con una persistente participación de la sociedad. Unos cuantos repúblicos llamaron la atención sobre el asunto y trataron de sembrar la semilla de una colectividad comprometida con los valores del civilismo y con los fundamentos de la soberanía popular, pero no pensaron en una conducta levantisca que se expresara en sentido masivo sin que los cortejos de cadáveres desfilaran en las calles de las ciudades.

Entre otras cosas porque no había ciudades en esos tiempos. Faltaban los teatros en los cuales pudiera ocurrir una rebelión popular como la que ahora vemos y protagonizamos, o algo semejante. En un país deshabitado, en lo más parecido a un desierto sin maneras efectivas de comunicarse sus contadas criaturas, las horas de hoy no tienen vísperas, los luchadores de ogaño no encuentran antecedentes. Tampoco en los hechos tempranos del siglo XX, según se trató de describir. De lo cual se colige la exageración de la meritoria ONG, pero especialmente la irrupción de un suceso sorprendente en nuestros días, de unos hechos insólitos que pueden conducir a un capitulo prometedor de la historia que no solo merece un análisis detenido, sino también, sin duda, justificada apología.

De la iglesia de ayer a la iglesia de hoy; por Elías Pino Iturrieta

La conducta de la jerarquía eclesiástica frente a la dictadura de nuestros días representa un deslinde de proporciones históricas, en relación con sus reacciones del pasado ante los asuntos públicos. Jamás se había mostrado como bloque compacto para opinar sobre los negocios de la sociedad y para comprometerse en posiciones enfáticas. Los jefes de la

Por Elías Pino Iturrieta | 8 de mayo, 2017
convocó una marcha a nivel nacional para honrar a los caídos durante las protestas. Fotografía de Verónica Aponte. Haga click en la imagen para ir a la fotogalería completa

Opositores venezolanos se reúnen en la sede de la Conferencia Episcopal Venezolana para honrar a los caídos durante las protestas. 22 de abril de 2017. Fotografía de Verónica Aponte. Haga click en la imagen si desea ir a la fotogalería completa

La conducta de la jerarquía eclesiástica frente a la dictadura de nuestros días representa un deslinde de proporciones históricas, en relación con sus reacciones del pasado ante los asuntos públicos. Jamás se había mostrado como bloque compacto para opinar sobre los negocios de la sociedad y para comprometerse en posiciones enfáticas. Los jefes de la iglesia católica están estrenando una conducta, una presencia insólita para sus fieles y para la colectividad en general, fenómeno que reclama una explicación que vaya de lo panorámico a lo particular para entender el significado de lo que ahora intentan los obispos desde una región habituada a pasar sin escándalo muchos capítulos exigentes de la historia ante los cuales prefirió callar, o asomarse apenas un poco.

Pasos sin prisa

La explicación panorámica aconseja una búsqueda en el campo de la historia de las mentalidades, según cuyas teorías los actores de una sociedad determinada, principales y subalternos, reaccionan de manera automática ante las solicitudes del ambiente hasta cuando ese ambiente, conmovido por sus carencias y sus insatisfacciones, los obliga a cambiar en sentido progresivo. Las reacciones no son sucesos de plazo breve, sino todo lo contrario: se prolongan durante siglos, hasta cuando la mentalidad colectiva, presionada por los pasos cotidianos de su vida, propone actitudes de diferente cuño cuyo destino es la ruptura del cascarón en el que se ha refugiado durante siglos. Entonces se advierte una mudanza de la vida que no se puede medir de acuerdo con las agujas de los relojes habituales, sino mediante las señales perezosas de un calendario poco proclive a las sorpresas.

En el caso de la iglesia establecida en Venezuela desde los orígenes coloniales, su función de soporte de la evangelización a través de su papel de pilar del trono conduce al predominio de un entendimiento de la vida a través del cual hace causa común con la cúpula para apuntalar la dominación del papado y del príncipe que aparece como su socio y, por lo menos en el papel, también como su dependiente. Los mitrados son valedores incondicionales del poder civil, con contadas excepciones que no conducen a rupturas dignas de consideración sino a diferencias a las cuales mueve una rivalidad transitoria. En general, el condominio de la Corona con la sede pontificia funciona con regularidad, apenas con molestias caracterizadas por la fugacidad de contados enfados de los obispos. Los curas de almas se desempeñan de manera semejante, en especial porque lo intrincado de la geografía les permite licencias a través de cuya aplicación se convierten en una especie de mandarines con sotana a quienes escuda una ley canónica que se hace de la vista gorda mientras en Madrid nadie se entera de sus pecados.

Entre el rey y la patria

El movimiento de Independencia modifica la situación, sin transformarla del todo. Gracias a la aparición de un clero relacionado a medias con el pensamiento ilustrado, pero en especial vinculado de veras con los intereses de los blancos criollos que proponen la ruptura con España, se produce una escisión que no llega hasta las sedes episcopales sino lentamente, pero que es capaz de promover la creación de banderías patriotas y realistas entre los sacerdotes de la región. Para resumir la situación, el historiador José Virtuoso habla de una Crisis de la catolicidad llamada a la orientación de realidades diversas en el futuro. Estamos frente a un caso digno de especial reflexión, si se considera la actitud de Roma ante las revueltas. Mientras Pío VII publica una encíclica para exigir a sus sacerdotes de las colonias la defensa de Fernando VII, muchos de sus destinatarios venezolanos prefieren trabajar como capellanes de Bolívar y de Páez, o redactar oraciones patrióticas que podían penarse con excomunión. Esta primera crisis de la catolicidad abre el camino de un itinerario político que no se había trillado, pero que no significa un cambio general de las autoridades eclesiásticas.

La reacción de numerosos representantes del clero a favor de la Independencia se puede explicar por la timidez de los revolucionarios en el tratamiento de aspectos carísimos para la fe tradicional, como los relacionados con la libertad de cultos. En la medida en que los insurgentes mantienen la exclusividad de la religión católica, hasta el punto de conservar sin retoques su monopolio, un escollo importante se supera en los cabildos eclesiásticos. Cuando Bolívar le hace carantoñas al arzobispo de Bogotá, quien las recibe sin disgusto, o se comunica sin muestras de heterodoxia con el arzobispo de Mérida de Maracaibo para tratar sobre sedes vacantes y sobre la necesidad de pedir la mirada indulgente de Su Santidad, otras piedras desaparecen del sendero. La realidad legitima la escisión, sin que nadie sea remitido a las candelas del infierno. Ha ocurrido un primer tránsito de la iglesia venezolana, de las alturas del poder a los sobresaltos de las luchas terrenales, sin el predominio del escándalo. ¿Cómo ven los feligreses esta primera mutación? No hay evidencias sobre sus respuestas, pero no se muestran especialmente conmovidos.

Palo abajo

En cambio, la iglesia que ha intentado un cambio de rol sale con las tablas en la cabeza. Pierde a muchos de sus sacerdotes, quizás a los más eminentes, y queda sin recursos para la formación de nuevos seminaristas. Debe acostumbrarse a un trato distinto con las nuevas autoridades, sin saber cómo hacerlo en términos uniformes. Ha de enfrentarse a desafíos inimaginables, pese a que tales desafíos se habían asomado en contadas discusiones sobre el papel de los eclesiásticos en una sociedad liberal que no existía, pero que estaba a punto de estrenarse sin remilgos. Deben insistir en la amistad de los liberales con la Santa Sede, mientras unos liberales de nuevo cuño están empeñados en la fundación de una sociedad laica. Deben combatir las prédicas del evangelio capitalista que ahora no solo se predica, sino que también se vuelve práctica retadora en los negocios de las ciudades, en el descaro de unos prestamistas desenfrenados y en los litigios del Tribunal Mercantil. Jamás imaginaron los representantes de la fe tradicional que fuesen Páez y Soublette los campeones de la indeseable metamorfosis.

La promulgación de la libertad religiosa y la eliminación del fuero provocan el exilio del arzobispo, quien se une a los militares para un primer alzamiento en 1835, condenado al fracaso pero heraldo de una situación que repercute negativamente en los cabildos eclesiásticos. El desastre de la primera escaramuza pone de relieve la precariedad de un poder determinante desde la antigüedad, para que el estado laico se vuelva más robusto y pueda llevar a cabo sus planes sin mayores miramientos. El pueblo no sigue con entusiasmo a su prelado, ni a los solados soliviantados, para que el poder político se sienta aliviado por la precariedad de un antagonista sobre cuya fuerza no se tenían noticias ciertas. Ahora predominan las evidencias sobre su debilidad, fenómeno que después permite el descubrimiento de otras fragilidades que animarán a una hegemonía mayor sobre la jerarquía eclesiástica y sobre los sacerdotes que le deben obediencia. De momento, Páez elimina los diezmos y propone la limitación de los monasterios, sin que la sangre llegue al río.

Socios menores

Las potestades eclesiásticas al servicio de los hermanos Monagas y el silencio de unos púlpitos que antes no ahorraban sermones sobre este valle de lágrimas, confirman la decadencia. Sobre el punto se deben considerar los documentos recopilados en Roma por el historiador Lucas Castillo Lara sobre la segunda mitad del siglo, a través de los cuales no solo se descubre la disminución del influjo de los templos en las actividades económicas, que manejaban a través de un sistema generalizado de préstamos a los fieles y mediante el control de numerosas decisiones testamentarias, sino también por la rudimentaria formación de los seminaristas. Las escuelas para la educación de los futuros sacerdotes son apenas un remedo, para que sus criaturas carezcan de latines y aún de una instrucción elemental cuando se ocupan de los curatos. Sus ideas del pasado pierden fuelle por la anemia de los voceros, mientras en la casa de gobierno tratan con tranquilidad a los obispos y a sus sucesores. Cuando Guzmán profundiza sus planes para el dominio de la madre iglesia, encuentra el camino despejado.

De allí que los designios liberales que se concretan a partir de 1870 carezcan de enemigo. En Venezuela no ocurren guerras provocadas por las reformas de los “progresistas” porque las fuerzas tradicionales carecen del liderazgo de una iglesia disminuida. Nada de sangrías como las que suceden en México y en Colombia debido a la trascendencia de las sotanas, por ejemplo. El Ilustre Americano solo se las tiene que arreglar con un arcediano levantisco, quien no encuentra clientela para levantarse en armas contra los amarillos pecadores. Pío IX debe mandar desde Roma a un emisario, con instrucciones para establecer la paz ante batallas campales que jamás existieron. Estamos ante el perfeccionamiento de un proyecto laico sin escollos de importancia, ante una hegemonía de la potestad temporal que señala el invariable silencio eclesiástico, aún ante desmanes que claman al cielo, como los que predominan durante la dictadura de Gómez. Apenas una media docena de curas valientes se opone entonces a las atrocidades de una etapa lóbrega, mientras los obispos nadan entre la colaboración y la mudez. Por fortuna para la institución dominada, el propio Gómez, cuando permite el retorno de los jesuitas a quienes piden los prelados auxilio para la restauración de los seminarios y para una instrucción coherente de sus alumnos, en los tiempos que siguen recobrarán su voz y su influencia.

Hacia el renacimiento

No se trata de una recuperación automática: a la complicidad con el gomecismo sigue el entusiasta apoyo de la dictadura de Pérez Jiménez, quien se hace coromotano y legionario de la fe nacional mientras los prelados pasean la custodia de la Patrona por todos los estados en una exhibición de seguimiento sumiso. La posibilidad de entender el cambio que sucederá en breve no solo radica en la vitalidad de la educación de las nuevas promociones de sacerdotes, sino también en la orientación propuesta desde el Vaticano desde los tiempos de León XIII, cuya encíclica sobre la explotación de los humildes y sobre la necesidad de que los católicos la impidan, no solo se aclimata en los seminarios y en los apuntes de los directores espirituales, sino también en las aulas de los colegios religiosos. Ahora no solo se fomenta progresivamente un nuevo discurso en los templos, que concierne a la sociedad en general: cuenta con un auditorio juvenil que no había existido desde los tiempos de la Independencia. El fenómeno se observa en toda su magnitud durante el Trienio Adeco, cuando varios sacerdotes se convierten en voceros de su institución y de buena parte de la feligresía en las sesiones de la Asamblea Nacional Constituyente, mientras se estrena un partido socialcristiano con vocación de poder. No ha de ser superficial esa presencia, debido a que un movimiento de los colegios religiosos pone entonces a temblar a los líderes del octubrismo.

De allí la aparición de posteriores conductas, aisladas en principio, pero orientadas hacia cosechas más voluminosas, que se advierten después del desmantelamiento del ensayo democrático intentado por los adecos. La Pastoral del arzobispo de Caracas, Arias Blanco, sobre las injusticas padecidas por las clases trabajadoras durante el perezjimenismo; y la conducta enfática del rector de la Universidad Católica Andrés Bello, Barnola, contra las atrocidades de la dictadura militar, anuncian el advenimiento de la beligerancia religiosa que hoy se ha convertido en realidad palmaria. En el mensaje de un prelado y en la reacción de un sacerdote desde un plantel de altos estudios, se advierten las raíces próximas del árbol que ha florecido en los documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana de nuestros días. Después de transitar un moroso sendero, los prelados ahora son populares, quizá como jamás en el pasado, y se han convertido en poderoso imán.

Debe saber el lector que ahora apenas se ha intentado el esbozo de los antecedentes de un fenómeno mayor de la actualidad, a través del cual se propone un intento de comprender cómo unos actores de la historia republicana pasan de los rincones al centro de las tablas. Hacen falta versiones más pausadas y profundas, a cuyo trabajo se invita desde aquí, con las correcciones que convengan, para no dejar las cosas en la mitad del camino. Amén.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí