Blog de Elías Pino Iturrieta

País inédito; por Elías Pino Iturrieta

La sociedad actual no se parece a las anteriores por una razón obvia: el calendario no se mueve en vano. Las respuestas de los venezolanos de nuestros días ante las solitudes del entorno forman un conjunto de conductas que, aparecidas en una sola temporalidad, expuestas en una sola época, no habían actuado en términos colectivos.

Por Elías Pino Iturrieta | 19 de junio, 2017
Detalle de "Alegoría del buen y mal gobierno" de Ambrogio Lorenzetti

Detalle de “Alegoría del buen y mal gobierno” de Ambrogio Lorenzetti

La sociedad actual no se parece a las anteriores por una razón obvia: el calendario no se mueve en vano. Las respuestas de los venezolanos de nuestros días ante las solitudes del entorno forman un conjunto de conductas que, aparecidas en una sola temporalidad, expuestas en una sola época, no habían actuado en términos colectivos.

Basta sentir que la historia jamás se repite para llegar a tal conclusión, pero conviene identificar los elementos a través de los cuales se puede anunciar la existencia de un movimiento de los hombres del que no se tenían evidencias cabales, o que apenas se había abocetado en el pasado. Cuando se advierten, podemos tener conciencia de nuestra peculiaridad y actuar con propiedad partiendo de ella. Tras ese objeto se extienden los comentarios que se ofrecen en adelante, sin pretensiones de exhaustividad.

La redondez extraordinaria de la dictadura puede encabezar el catálogo de las novedades. En un país que ha sufrido regímenes enloquecidos como el de Cipriano Castro, o tan brutales como el de Juan Vicente Gómez, la afirmación puede parecer exagerada. Sin embargo, los excesos de la represión que el régimen de Maduro ejerce contra las manifestaciones populares, remiten a la existencia de un desenfreno de poder que apenas se perfiló en el pasado, aunque ya se había asomado al postigo durante el mandato de Chávez.

La persecución masiva de la oposición contrasta con las pinzas usadas por las tiranías anteriores para el control de los perseguidos. El madurismo ha pasado de los hostigamientos selectivos a los acosos generalizados. El deseo de mostrar los colmillos todos los días contrasta con las exhibiciones por cuotas de los mandones antiguos. Nada oculta el afán de dominación: la colonización de los poderes públicos, con excepción de la AN, se ofrece con ostentación; la ubicua presencia de las fuerzas armadas en la toma de decisiones, y en su ejecución, hace ver a las militaradas viejas como una trivialidad; lo mismo sucede con la corrupción y con el despilfarro, si queremos machacar ahora las analogías; la divulgación cotidiana de patrañas  es la médula de un plan invariable, a pesar de su inconsistencia; el menosprecio de la propiedad privada, esto es, de lo más encarecido por los ciudadanos, domina con creces las intenciones de la cúpula; la asfixia de la libertad de expresión, mediante el ataque de los medios independientes o a través de la compra o la clausura de voceros que antes destacaban por su autonomía, apenas tuvo tímidos prefacios en la primera mitad del siglo XX.

El desprecio de la ciudanía, manifestado en los anteriores rasgos, ni siquiera se observó en las bullas de un individuo fatuo y posesivo como Guzmán Blanco. Hablamos de una reunión de lacras, de una acumulación de elementos destructivos sobre las cuales no se puede tener memoria. ¿Por qué? La trayectoria antecedente de la república les negó posibilidades de agrupación.

Las luchas masivas de la sociedad también se encuentran  en el centro de la escena, pero en el rol de debutantes, hasta el punto de determinarla con su peso. El régimen ha provocado una repulsa en todos los rincones del mapa, debido a la cual se ha producido una conmoción de la que tampoco se encuentra registro en el inventario de las pugnas políticas ocurridas hasta la fecha. Los sucesos del siglo XIX, cuando los negocios públicos dependían de intereses caudillistas y de las milicias campesinas que podían reclutarse a duras penas, no se le parecen ni una pizca. La inexistencia de partidos de masas, como los que dirigieron la cohabitación durante el período de la democracia representativa y antes, en el octubrismo adeco, vuelve más notorio el fenómeno. Una manifestación sin banderías organizadas en la vanguardia, pero tampoco en el rabo, anima un desfile insólito del todo, sin motivaciones ideológicas precisas ni símbolos  específicos que lo dirijan. Con una brújula mínima, o vacilante, la gente ha tomado las ciudades y aún los campos, para ocupar un lugar gigantesco que no había habitado y en cuyo cobijo no se nota incómoda. Pudiera hablarse de movimientos venidos de la nada, si no topáramos con el lodazal en cuyo fondo fueron alimentados por la dictadura. De un limbo edificado por los escombros de los partidos tradicionales se pasó, sin solución de continuidad, a un infierno rojo-rojito de cuyas candelas quieren escapar los venezolanos tratando de apagarlas a como dé lugar, aún por las malas, sin que nadie les informe de veras sobre el método para hacerlo. Si se ha de buscar un dato relevante para la identificación de un proceso marcado por las espinas y los enigmas, por los rudimentos y las inauguraciones, la sociedad devenida animal de mil cabezas sin domadores en la plaza es necesariamente uno de ellos.

Los líderes de nuevo cuño forman parte del acertijo, desde luego, en especial una generación que, por razones cronológicas, no formó parte del pasado más cercano. Debido a su temprana edad, muchos de sus  integrantes apenas tuvieron papeles secundarios en las postrimerías de la democracia representativa, y los otros comenzaron a formarse en la vida cuando el chavismo se hizo hegemónico. La suerte de nacer y crecer en hora oportuna, es decir, de tener apenas nexos precarios con un tiempo desgastado y descascarado, o que se ha juzgado con desdén, los convierte en las piezas más atractivas en el mostrador rodeado de compradores y mirones. No hay generaciones químicamente puras, esto es, libres de la influencia de los hechos que las preceden y del mandato de sus difuntos metidos en el sepulcro, pero comunican tal sensación, independientemente de que posean cualidades que los han llevado a la cúspide de un proceso histórico porque han acertado en su traducción. Sea como fuere, estamos ante una juventud que parece incontaminada, tras la cual marcha una sociedad sin otro bastón fuerte a mano. Pocas veces se ha visto en el pasado una sensación de esta guisa, un contorno tan influido por los desconocidos de la víspera. O, para meter otro ingrediente en el ancho caldero, por la participación de protagonistas que habían participado en política por la tangente y ahora se ubican en lugar céntrico. Es el caso de la Conferencia Episcopal Venezolana, alejada de las cosas de este mundo desde el siglo XIX, o apenas metida a ratos en ellas cuando las circunstancias la obligaban. Si recordamos el silencio de la jerarquía católica frente al gomecismo, o su colaboración con la dictadura de Pérez Jiménez, nadie puede negar que los obispos de nuestros días le han dado la vuelta a la tortilla y a la cocina en la que se hacía.

Una descomunal crisis de la economía, capaz de tocar a todos los sectores de la sociedad, aún a los pudientes, domina el panorama. Se pudiera afirmar que no estamos frente a una calamidad singular, debido a que la preceden muchas anteriores, pero hay elementos muy abultados que le conceden singularidad. El derrumbe de la actividad de la cual depende la producción y la distribución de la riqueza no ha obedecido a causas como otras anteriores, porque se ha provocado sin la presencia de una hostilidad generalizada entre los miembros de la colectividad, sin los motivos de las guerras civiles, y sin que las catástrofes naturales hayan aportado su cuota de destrucción. Puede atribuirse, sin temor a exagerar, solamente a la incompetencia del régimen y al predominio de la corrupción en los negocios dependientes del sector público.

Sin batallas campales, sin gamonales en armas, sin terremotos ni inundaciones, sin que la naturaleza haya metido la mano, la mengua de la actividades materiales cubre a la ciudadanía con su lóbrego manto, hasta conducir a una estrechez que quizá solo se sintiera antes de la explotación comercial del petróleo. Es un asunto que deben dilucidar los economistas, pero, de momento, cuando se siente el impacto de un menoscabo panorámico en los campos de la alimentación y los medicamentos, y la aparición de un fenómeno jamás visto entre nosotros, la emigración masiva de los venezolanos, ¿cómo dudar en torno al tránsito de un país relativamente hospitalario a la vergüenza de una comarca miserable, de un itinerario que no se hacía, por ejemplo, desde los tiempos de Joaquín Crespo?

Los hechos descritos están entrelazados, forman parte de un solo paquete de derrumbe. Se deben jerarquizar, si tal posibilidad cabe, para saber si fue  primero el huevo o fue la gallina. También se deben ubicar en un compartimento elástico, en un archivo que debe crecer, porque apenas se ha mirado hacia los que parecen protuberantes. La intención del texto ha sido, sin llegar a conclusiones definitivas, intentar una presentación de los elementos del país que experimenta una encrucijada jamás padecida por sus criaturas. Cuando la consideremos como lo que de veras es, una desgracia excepcional, quizá podamos soldar las piezas del rompecabezas.

La historia según Maquiavelo; por Elías Pino Iturrieta

En los tiempos recientes, la sociedad venezolana ha querido rastrear su historia con especial interés. Mira con ahínco hacia el pasado, como si la memoria la pudiera sacar de los embrollos de la actualidad. Jamás habíamos manejado antes la vida con la mirada puesta cada vez más en el espejo retrovisor, se pudiera afirmar. Pero,

Por Elías Pino Iturrieta | 12 de junio, 2017
maquiavelo

Nicolás Maquiavelo retratado por Santi di Tito

En los tiempos recientes, la sociedad venezolana ha querido rastrear su historia con especial interés. Mira con ahínco hacia el pasado, como si la memoria la pudiera sacar de los embrollos de la actualidad. Jamás habíamos manejado antes la vida con la mirada puesta cada vez más en el espejo retrovisor, se pudiera afirmar. Pero, ¿tiene sentido semejante empeño?, ¿conduce a desenlaces prácticos? Las preguntas tienen respuestas variadas, aunque seguramente predomine aquella de acuerdo con la cual, como la historia jamás se repite, es poco lo que puede enseñar sobre los hechos de la posteridad.

Es lo que sostiene sin vacilación la historiografía contemporánea. Pero un historiador luminoso, Nicolás Maquiavelo, le concedía gran utilidad para el remiendo de los embrollos de cada presente. Veamos ahora un poco su punto de vista, para que no perdamos la afición nacional por los asuntos de antaño y aún para que no dejemos de pensar que pueden servir de salvavidas.

Como se sabe, Maquiavelo fue un agente político de especial trascendencia, si lo definimos con palabras de nuestros días. Fue figura esencial en el arreglo de los sucesos relacionados con el poder en la Florencia de su tiempo, entre 1494 y 1527. Como Secretario de la Señoría y debido a sus  contactos con los poderosos de la ciudad, fue portavoz de los intereses de una vacilante república  en la mayoría de los negocios que se ventilaban en las cortes de la península itálica y del extranjero, en conciliábulos estelares y en los campos de batalla.

Su interés era el presente, en consecuencia. De los sucesos que discurrían en el entorno no solo dependía su salario de burócrata, sino también su reputación y su vida. Su oficio era descifrar una endemoniada rutina y cobrar por ello. Como no pertenecía a la nobleza, ni tenía dinero, dependía de sugerir soluciones sobre los agobios de su actualidad.

Unos agobios descomunales, si juzgamos por los personajes con los que lidió: figuras capaces de trascender el tiempo y los confines geográficos para convertirse después en referencias universales. Tales los casos de Savonarola, un fraile fanático; de los poderosos Médicis, del sanguinario César Borgia y del papa Julio II, quien más congeniaba con las soldadescas que con la vaticana piedad. La obligación de tratar con unos individuos como ellos no admitía descuidos, ni salidas eruditas que podían parecer anacrónicas.

En su papel de interlocutor, o de testigo privilegiado, debía llegar a análisis capaces de servir a los patrones florentinos que esperaban sus luces. Si se agrega el hecho de que debía proponer salidas sobre las discusiones de los grandes en palacio, sobre la formación de milicias, sobre la ropa de moda o sobre cómo aumentar los impuestos sin provocar demasiada roncha, estamos ante un predicamento en el cual la actualidad tenía dedicación exclusiva.

Pero el Secretario se aficionó a los libros de historia desde su juventud, cuando el padre lo puso a leer a Tito Livio. De las páginas de la Historia de Roma saltó a los escritos de Tucídides sobre las guerras griegas, a la vida de los personajes ejemplares descrita por Plutarco y a la crónica de villanos descomunales redactada por Tácito. Esas obras, que en ocasiones citaba de memoria, se convirtieron en compañía reiterada y lograron que fuera uno de los historiadores más célebres de su época, autor de investigaciones como los Discursos sobre la primera década de Tito Livio o la Historia de Florencia, estimadas como joyas de la historiografía renacentista.

Veamos la razón del interés: buscaba ejemplos en la antigüedad, para que sirvieran como analogías a la hora de hacer su trabajo de agente político. Consideraba que de la obra de los personajes antiguos manaban comparaciones provechosas para el entendimiento de las turbulencias de su tiempo, circunstancias y pormenores que servían para su rol de consejero y de remendador de entuertos. El enigma de los hombres de su época, escribió Maquiavelo, se podía descifrar y hasta pronosticar gracias al conocimiento de la conducta de los protagonistas del pasado. ¿Por qué? Porque los circunstancias varían, pero los hombres no.

Maquiavelo consideraba que, mientras el teatro en el que actúan los hombres se renueva a través del tiempo, los actores siempre se manejan como sus antecesores, movidos por las mismas virtudes y por los mismos vicios, por temores y entusiasmos que se machacan fatalmente mientras rueda el almanaque. Solo la influencia de la suerte puede deparar sorpresas, agregaba, debido a que la buena y la mala fortuna, es decir, resortes que no dependen de la voluntad de los seres humanos, pueden modificar el rumbo de las cosas. Si no fuera por un elemento así de fortuito, la historia casi podía ser cartilla infalible para pasar con lucidez las pruebas del futuro.

Tal vez los venezolanos de nuestros días sientan como el Secretario cuando enfrentan su rompecabezas. Quizá encuentren sentido práctico a lo que respondemos los historiadores cuando nos preguntan sobre las salidas de un país atormentado, es decir, sobre problemas para cuya solución carecemos de respuestas serias. ¿Acaso los venezolanos de ogaño no son iguales a los de antaño? ¿Acaso se equivoca un pensador tan certero como Maquiavelo? Antes de aventurar una contestación fulminante debe saberse que, cuando debía enfrentar desafíos que le parecían arduos, el autor de El príncipe consultaba a los astrólogos.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

1856: El primer sainete para cambiar la Constitución; por Elías Pino Iturrieta

No marchaban bien las cosas cuando comenzó 1856 y la ciudadanía esperaba con interés el mensaje anual del presidente José Tadeo Monagas. Todos quedaron sorprendidos por lo que mandó a decir ante el Congreso. Algo realmente extraño, si se conocen los acontecimientos de la víspera. En breve, el tiempo demostró que no había motivos para

Por Elías Pino Iturrieta | 5 de junio, 2017
Retrato de José Tadeo Monagas (1857), de Martín Tovar y Tovar

Retrato de José Tadeo Monagas (1857), de Martín Tovar y Tovar

No marchaban bien las cosas cuando comenzó 1856 y la ciudadanía esperaba con interés el mensaje anual del presidente José Tadeo Monagas. Todos quedaron sorprendidos por lo que mandó a decir ante el Congreso. Algo realmente extraño, si se conocen los acontecimientos de la víspera. En breve, el tiempo demostró que no había motivos para la sorpresa.

La epidemia de cólera estaba a punto de desaparecer, pero todavía se empeñaba en su trabajo de matar. El país requería de unas atenciones sanitarias que no terminaban de desperezarse. La epidemia acababa de sacar de este mundo al general Juan Muñoz Tébar, prócer de la Independencia, cuya desaparición condujo a una imponente manifestación de duelo. Las cuentas del Ministerio de Hacienda no cuadraban, aunque habían mejorado un poco. Todavía se negociaba en Londres la deuda externa, sin resultados concretos. Los caminos contratados en 1854 permanecían en el papel de los planos. Apenas se había creado una Escuela Elemental de Ciencias y Artes durante el año anterior. El censo de población solo se había realizado en Barquisimeto, Carabobo y Maracaibo. “Esto no marcha”, dijo una de las Muñoz Tébar en el entierro de su pariente.

La inconformidad se convirtió en alarma debido a la llegada inesperada de una escuadra holandesa que no venía en son de paz. Con tres navíos armados, pretendía reclamar la propiedad de la Isla de Aves para el gobierno de los Países Bajos. La gente se había regocijado antes por la noticia de la próxima puesta en servicio de un vapor con destino a Nueva York, que agilizaría las comunicaciones con los Estados Unidos para beneficio del comercio, pero la amenaza de los holandeses aguó la fiesta.

Se suponía que el jefe del Estado tomaría en cuenta los sucesos y propondría soluciones ante los diputados. Sin embargo, aparte de no presentarse en el salón de sesiones, por intermedio del Secretario de lo Interior y Justicia prefirió tratar un tema que no figuraba en la agenda de los asuntos públicos, o que apenas se había tocado sin que nadie lo hubiera extrañado.

De seguidas se copia lo fundamental de ese tema que Monagas consideró entonces como trascendental, pese a la gravedad de la amenaza holandesa:

“No me es dado prescindir de someter hoy a vuestra consideración el asunto más grave de cuantos se hayan ventilado bajo el actual orden constitucional; cuestión de alta trascendencia que agita todos los ánimos, que alienta todas las esperanzas y despierta los más preciosos recuerdos de tiempos más venturosos: os hablo, legisladores, de la Confederación Colombiana”

Después, a través del ministro, habló de Boyacá y Pichincha para desembocar en la siguiente petición:

“Es ya tiempo, legisladores, de que escogitéis los medios de llenar los votos de vuestros comitentes (…) Pensad que en la llama del patriotismo que sale de aquellos sepulcros el Genio de América encenderá pronto o tarde la antorcha que ilumina a Colombia regenerada”

“Colombia regenerada”: tal era la misión que el Presidente de la República encomendaba a los representantes del pueblo. Debían ocuparse de revisar los códigos de los países que habían formado la gigantesca nación, para ver cómo se resucitaban y uniformaban. El mapa anterior a 1830 se debía analizar con minuciosidad, para ver cómo cuadraba con la geografía posterior del vecindario, o cómo no la perturbaba. Después de concertarse con las fuerzas vivas de Nueva Granada y Ecuador, supuestamente ganadas para la empresa de revivir las hazañas bolivarianas, se inauguraría una etapa dorada de la historia continental con Venezuela a la cabeza. El advenimiento de ese lapso de gloria implicaba unos retoques previos y urgentes de la ley fundamental, que don José Tadeo aconsejaba por intermedio de su ministerial mandadero.

Los diputados quedaron atónitos frente lo que se les pedía. ¿Cómo es posible que no dedicara una sola línea a la escuadra holandesa que amenazaba la soberanía?, se preguntaban. También les extrañó que no hubiese tratado el problema de la deuda externa, sobre cuyos pormenores había sostenido una sesión días antes con los ministros. En algunos corrillos se llegó a decir que el mandatario estaba loco, porque tonto no era, o que era presa de un embrujo.

El historiador González Guinán da el clavo cuando hace el siguiente comentario sobre el curioso Mensaje de 1856. Veamos:

“Forzosamente tenía que llamar la atención pública (…) porque en documentos anteriores el Presidente, ya por sí como por medio del Secretario de lo Interior y Justicia, había sido adverso a la propaganda reconstructora de la Gran Colombia (…) ¿Quería entrar en el campo de las reformas en bien de las nacionalidades creadas por Bolívar, u ocultaba algún propósito meramente personal? El tiempo lo descubrirá en breve”

En efecto, el tiempo cumplió su cometido. Colombia no le importaba un comino a José Tadeo Monagas. Su interés era cambiar la Constitución de 1830, con el objeto de permanecer en el poder. Como había peleado con su hermano José Gregorio, y porque se veía mal que la sucesión presidencial se resolviera únicamente entre ellos, buscó la fórmula adecuada para que su plan no se criticara como merecía. Vio en Bolívar y en las hazañas de la Independencia el escudo que podía evitar dardos envenenados. Colombia fue un pretexto estrambótico para librarse de la Carta Magna, que impedía su continuismo.

La Constitución de 1857 derogó la Carta Magna de 1830, aumentó de cuatro a seis años el mandato presidencial y permitió que el Congreso reeligiera a José Tadeo Monagas, quien olvidó su reciente y repentino colombianismo. En 1858 triunfó la Revolución de Marzo, que lo derroca, y en 1859 comenzó la Guerra Federal.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Sobre republicanismo. Homenaje a Juan Germán Roscio; por Elías Pino Iturrieta

Estamos en 17 de agosto de 1898. Desde París, Georges Clemenceau escribe al conde de Aunay: “Habría un medio de asombrar al universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”. La afirmación, que debe sorprender por la fecha de su escritura y por el lugar desde el cual se remite, orienta hacia la historicidad

Por Elías Pino Iturrieta | 29 de mayo, 2017

blg_pino_iturrieta_juan_roscio_640416

Estamos en 17 de agosto de 1898. Desde París, Georges Clemenceau escribe al conde de Aunay: “Habría un medio de asombrar al universo, haciendo algo totalmente nuevo: la República, por ejemplo”. La afirmación, que debe sorprender por la fecha de su escritura y por el lugar desde el cual se remite, orienta hacia la historicidad y hacia la trascendencia del fenómeno aludido. No se trata de algo que está esperando su debut para sorpresa del mundo, pero que ha encontrado trabas para su establecimiento. De allí la posibilidad de plantearlo como una alternativa del futuro, como una necesidad de finales del siglo XIX, es decir, como si se estuviera ante un asunto inédito.

Las palabras contrastan con otras muy remotas de Tito Livio. En Los orígenes de Roma, especie de historia oficial de los logros de la república en la antigüedad, llega a decir que “el tema es viejo y trillado”. Quiere advertir, en consecuencia, que ya no vale la pena su tratamiento, o que puede conducir al tedio. Livio no podía saber que el contenido predilecto de sus páginas tendría largo camino, hasta el punto de hacer que un estadista francés que reflexionaba en las proximidades del siglo XX lo sintiera todavía como una probabilidad, como un hecho susceptible de muchos esfuerzos y de océanos de tinta.

¿Sentimos cosas semejantes en la Venezuela de nuestros días, sobre un asunto tan caro a los hombres desde los tiempos antiguos? No ha formado parte de las polémicas habituales, ni siquiera en algún debate aislado que pudo tener resonancia, me parece. Alguna vez se planteó con intensidad en la Academia Nacional de la Historia, pero no circuló más allá de sus salones. Quizá apenas los ensayos de Germán Carrera Damas hayan trajinado la parcela. El trabajo de los partidos políticos, la voz de los líderes y la mayoría de las letras que han circulado sobre los negocios públicos que ahora pasan por uno de sus capítulos más dignos de análisis, o más llamados a provocar la angustia colectiva, no han ponderado el suceso. Una memoria somera de las prioridades del discurso predominante permite observar cómo ha privilegiado el punto primordial de la pérdida de la democracia, sin sentir que tal pérdida depende de un menoscabo anterior en cuyo centro se encuentra la desaparición del republicanismo.

Ni siquiera el hecho de que la república se sometiera a un nuevo bautismo que la convirtió en “Bolivariana”, es decir, en breviario de una interpretación tendenciosa de lo que había sido a través del tiempo, condujo a la alarma. Tal vez se haya sentido que el asunto carecía de relevancia porque no se interrumpía la historia en términos formales debido a la imposición de una monarquía, o de hábitos de mando y obediencia semejantes a los coloniales. O porque se mantenían en el papel las pautas de administración asomadas a partir de 1811 y reiteradas en las normas liberales de 1830, acopladas a lo que plantearon los padres fundadores durante las guerras de Independencia o a partir de la desintegración de Colombia. Chávez no se coronó, como tampoco lo hicieron antes el viejo Páez, los hermanos Monagas, Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez o Marcos Pérez Jiménez. No se rodearon de cortes principescas, ni vistieron de púrpura, ausencia de trapos y símbolos a través de la cual se sugería la permanencia del libreto fundacional de sociabilidad.

Pero, ¿por qué no se coronaron? Debido a la existencia previa de una lucha por el establecimiento de los valores republicanos, llevada a cabo en épocas cronológicamente diferenciadas que condujeron a una condena del personalismo y de la arbitrariedad en atención a las solicitudes de cada tiempo histórico. Como se colige de un conjunto de esfuerzos y de pensamientos que parte de los discursos de Livio y continúa explorando senderos en los desafíos de Clemenceau, se trata de un esfuerzo extendido por el mundo occidental que no ha llegado a desembocaduras generales y estables, de un reto susceptible de los añadidos y los retoques que cada época y cada contorno solicitan.

Por lo que concierne a Venezuela, se origina en las propuestas de la Independencia, concretadas en la Constitución de 1811 y en numerosos textos de entonces que buscan un arraigo más profundo a partir de 1830 para llegar a la actualidad dando tumbos en la dirección correcta, esto es, buscando concordancia con los principios propuestos y jurados a partir de la victoria contra el absolutismo español.

Para describir el asunto de manera sencilla, el filósofo y politólogo Andrés Rosler nos alivia el rompecabezas a través de su test para detectar republicanos. Escribe en Razones públicas, un libro de 1968: “En efecto, de te fabula narratur, si usted está en contra de la dominación, no tolera la corrupción, desconfía de la unanimidad y de la apatía cívicas, piensa que la ley está por encima incluso de los líderes más encumbrados, se preocupa por su patria mas no soporta el chauvinismo, y cree, por consiguiente, que el cesarismo es el enemigo natural de la república, entonces usted es republicano aunque usted no lo sepa”.

Rosler ofrece un compendio capaz de responder sobre conductas y talantes establecidos y defraudados en una evolución del discurso político, divulgado desde sus orígenes romanos y sometido a una diversidad de expresiones que llegan hasta la actualidad. Pero no refiere a individuos democráticos, sino a ciudadanos, a sujetos virtuosos que congenian con unos valores desde los cuales proyectan una manera específica de vivir en sociedad. Esa manera específica puede incluir, por ejemplo, la cohabitación dentro de administraciones monárquicas. Se supone, entonces, que para ser demócrata, o democrático, uno antes ha de ser republicano, aún cuando permita que sus gobernantes lleven corona.

Esa “narración que habla de ti” y en la cual se sostiene el test de Kosler no solo conduce al entendimiento de todo lo que se ha escrito sobre la república, sino también a los esfuerzos de diferentes sociedades para lograrla, de diferentes patrias, si no queremos alejarnos de las palabras del autor. En el fondo se trata de establecer la libertad en el seno de espacios disímiles, después de pregonar la altura de sus metas y la superioridad de sus ventajas.

El establecimiento de la libertad en un sistema capaz de resguardarla y de ponerla en concordancia con las necesidades de generaciones sucesivas, produce un conjunto de conductas individuales, de explicaciones, de descripciones, de contradicciones y regulaciones que forman una tradición de naturaleza política en cuyo seno se logra, después de compromisos y sacrificios cuya característica no es necesariamente la permanencia, ni siquiera el largo plazo, que puedan existir y desaparecer unas repúblicas tan peculiares como la de Florencia durante el Renacimiento o como la francesa del siglo XVIII, unidas por el objetivo esencial de evitar el predominio de potestades personales y arbitrarias en la administración de la sociedad. O como la venezolana en algunos tramos de los siglos XIX y XX, para que a la hora del aterrizaje no nos quedemos fuera de la pista y podamos despegar de nuevo cuando el tiempo lo permita.

Ahora conviene una cita de Tocqueville, que produzca un vínculo del republicanismo venezolano con el autor de quien hacemos memoria y a quien rendimos homenaje aquí. Según escribe Tocqueville en su análisis sobre La democracia en América: “En la constitución de todos los pueblos, sin que importe cual fuera la naturaleza de la misma, se llega a un punto donde el legislador está obligado a depender del buen sentido y de la virtud de los ciudadanos”. Sin la existencia de la virtud de cada cual, había asomado mucho antes Livio, el destino de los códigos republicanos y la república misma están condenados a la fragilidad y a la desaparición. La república requiere de un destinatario devenido actor, de un receptor y agente a quien se debe que ella exista y prevalezca.

Si tal premisa tiene sentido, el problema de la república en Venezuela cuando se anuncia su nacimiento parece insoluble. Pensada para la primera década del siglo XIX, se remite a un conglomerado sin relaciones con ella, a un conjunto de individuos formados en la cultura colonial que desconocen, en términos mayoritarios, ideas y hábitos distintos a los de un régimen absolutista.

El plan de la república en ciernes debe provocar un tránsito, este sí inédito de veras, del vasallaje a la ciudadanía, de la falta de la virtud individual encarecida por los clásicos a su florecimiento como cosa corriente, del sinsentido al “buen sentido”. Si ni siquiera los promotores del cambio político son todos republicanos cabales, o pioneros convencidos de una novísima forma de administrar los negocios públicos que conduzca al predominio de la libertad, como planteaban los modelos que seguían –los Estados Unidos y Francia, en especial– se puede augurar un ensayo precario que no será capaz de divorciarse de la tradición contra la cual se ha levantado.

Pero lo hace, según se puede comprobar en el ensayo de cohabitación establecido después de la desaparición de Colombia. El descalabro de la sociedad estamental, la mengua física de la aristocracia que había iniciado la contienda, la división y la debilidad del clero, la aparición de actores sin presencia hasta la fecha, el comercio de libros y de gentes venidas del extranjero, la multiplicación de la actividad periodística, las diferencias establecidas entonces entre el militarismo y el civilismo, la obligación de pensar en proyectos de fomento material para salir del atolladero que es la herencia de la guerra, se conjugan para concluir en el testimonio de una manera diversa de vivir en cuya cúpula se establecen los principios republicanos en boga.

No se quedan en el aire esos principios. Comienzan a cobrar vida en las formas de gobernar y en las costumbres de la gente, no solo para lograr cambios fundamentales de cohabitación sino también para dejar un credo y un legado sin el cual no se puede explicar la historia posterior. Ensayo sin redondez, seguramente, pero evidencia de una variación de la sociedad a través de la cual sabemos que los amagos antecedentes del republicanismo no pasaron en vano.

Son muchas causas, pues, grandes y pequeñas, las que conducen a esta primera evidencia de republicanismo llamada a perdurar, pero dentro de ellas conviene detenerse en la obra de un pensador mayor de la Independencia.

Desde 1811, la comunidad de impresores de Filadelfia se ha interesado en la divulgación de libros relacionados con la revolución hispanoamericana. Ha tratado de seleccionar a los autores de mayor trascendencia, entre los cuales figuran fray Servando Teresa de Mier, Manuel Lorenzo de Vidaurre, Vicente Rocafuerte y Manuel Torres. En 1817, el impresor John Furtel agrega al repertorio El triunfo de la libertad sobre el despotismo, Réplica de los hebreos después del cautiverio de Babilonia y Homilía del Cardenal Chiaramonti, escritas por el venezolano Juan Germán Roscio.

Como ha demostrado el colega Rafael Rojas en Las repúblicas de aire, obra de 2009, Filadelfia es entonces un importante foco de ilustración que se convierte en plataforma ideológica para los exiliados del sur del continente. Las páginas que salen de sus talleres circulan después en Londres, Madrid, La Habana, Veracruz y Buenos Aires, como parte de la lucha de ideas que se desarrolla mientras ocurren las batallas campales. Roscio está ahora en la vanguardia de la contienda, junto con las cabezas más lúcidas del republicanismo nuestro que se abre paso.

Aparte de sus trabajos en la redacción de la Constitución de 1811, de sus artículos en la Gaceta de Caracas y en el Correo del Orinoco, o de las funciones públicas que ejerce, lo fundamental de la obra de Roscio radica en su empeño por la formación de individuos capaces de participar en un designio republicano de manera consciente. Para dar los primeros pasos en Venezuela sobre el cometido, se hunde en un asunto que fuera quizá el más espinoso de la época: las relaciones entre la religión imperante y los planes de modernidad en la parcela política.

Escoge un tema envolvente, un asunto panorámico del cual nadie podía escapar, si se considera la influencia todavía apabullante de la cultura colonial. Hurga en una vivencia capaz de tocar las fibras de todos los individuos formados en el vasallaje, para usar una herramienta de análisis a través de la cual podía cada cual llegar a conclusiones provenientes de su albedrío sin provocar desenlaces calamitosos, sin descender a las candelas del infierno. En realidad no trabaja un tema que solo concierne a los venezolanos, sino también a todos los vecinos del imperio hispánico determinados desde antiguo por un mismo aprendizaje. De allí la trascendencia de El triunfo de la libertad sobre el despotismo. De allí se edición en Filadelfia.

Roscio hace una lectura diversa y desafiante de las Sagradas Escrituras, con el objeto de demostrar que han sido manipuladas por las autoridades del imperio, religiosas y seculares, tras un plan hegemónico e injusto. Los textos bíblicos permanecen como autoridad, debido a que no reniega de sus contenidos, pero son sometidos a una crítica susceptible de llegar a conclusiones distintas a las predominantes hasta la fecha. Es el insólito Lutero tropical que nadie descubre entonces, el reformador de las explicaciones tradicionales que apenas se asoma sin el ánimo de provocar perturbaciones de envergadura, aunque las quiere provocar, no en balde parangona la autoridad de la Biblia con la autoridad de lo que pueda pensar quien visite sus páginas como lo hizo el hábil maestro desde su candil.

Como la intención del texto debió, antes de su publicación, formar parte de los comentarios de los compañeros ilustrados, o de las polémicas provocadas por la posibilidad de establecer la tolerancia de religiones en la nación naciente, de una pugna inevitable y no pocas veces soterrada frente a los prejuicios; como el autor debía ser ya la encarnación del ciudadano que debía convertirse en pilar del nuevo sistema, su propuesta vuela a Filadelfia para permanecer en la sensibilidad de quienes la convierten en realidad más tarde.

La obra de Roscio forma parte de una tradición subestimada, de un empeño que apenas se valora en nuestros días, de una búsqueda de virtud y “buen sentido” que no anima de veras la lucha contra la dictadura dominante. Pero, si sentimos que pertenece a una historia que ya hicimos en términos de excelencia, según la medida de los tiempos, que tiene conexiones con el propósito de las obras mayores de la cultura occidental, que es “una narración que habla de ti” y que, por lo tanto, merece continuidad, quizá podamos repetir pronto entre todos una carta como la escrita por Clemenceau en 1898.

¿País de mandones?; por Elías Pino Iturrieta

Se tiene la idea de que la voluntad de los poderosos está hoy y ha estado siempre por encima de la ley. En una república a medias ha predominado la arbitrariedad, es decir, la preferencia que los asuntos públicos han dado a los representantes o a un representante del Ejecutivo frente a la disposición de

Por Elías Pino Iturrieta | 22 de mayo, 2017
De izquierda a derecha: Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez

De izquierda a derecha: Guzmán Blanco, Juan Vicente Gómez y Pérez Jiménez

Se tiene la idea de que la voluntad de los poderosos está hoy y ha estado siempre por encima de la ley. En una república a medias ha predominado la arbitrariedad, es decir, la preferencia que los asuntos públicos han dado a los representantes o a un representante del Ejecutivo frente a la disposición de las regulaciones codificadas, se ha sostenido hasta la fatiga. En consecuencia, cuando observamos o padecemos la influencia de una decisión personal, de una imposición cuyo origen es lo que un solo individuo poderoso considere porque le da la gana, o porque conviene a sus intereses, carecemos de motivos para preocuparnos más de la cuenta. Si así ha sucedido antes, desde cuando Venezuela es Venezuela, ¿por que rasgarnos las vestiduras? ¿No son situaciones habituales, violaciones que, debido a su reiteración, forman parte de nuestra vida y, por lo tanto, dejan de ser violaciones?

La sensación se refuerza a través del recuerdo de imposiciones personales que se han hecho célebres, hasta el extremo de alimentar una memoria de prepotencias sin las cuales no pareciera posible una explicación de la vida venezolana. En las reminiscencias más socorridas ocupan lugar de preferencia las petulancias de Guzmán Blanco, capaces de sellar la sensibilidad de tres décadas de evolución social; el miedo provocado por lo que pudiera decidir en una mala noche el Taita de la Guerra; peor todavía, el silencio de Gómez a través del cual se resolvía el destino de la nación sin necesidad de que mediaran las palabras. Hablamos de más de medio siglo de evolución, susceptible, no sólo de asegurar la existencia de una deformación recurrente de los negocios públicos, sino también de aconsejarnos cordura ante un entendimiento del gobierno que necesariamente pasa por esas trabas, o las permite sin alarma, o las busca para no perder hábitos ancestrales.

En esa presencia de las voluntades personales, a través de las cuales se puede sostener la idea de la existencia de un pueblo inepto que depende necesariamente de una voluntad superior e indiscutible; o, en el mejor de los casos, de un selecto grupo de personas que rodean con su consejo a los hombres fuertes, encuentra fundamento la teoría del gendarme necesario. Laureano Vallenilla, comunicador de la necesidad de un Cesarismo democrático capaz de encarrilar a las masas incompetentes que en el futuro se harán cargo de su destino después de que el César haga la pedagogía correspondiente, es el teórico de las mandonerías que hemos padecido, o a las cuales nos hemos venido acostumbrando hasta estimarlas como piezas imprescindibles de nuestro desenvolvimiento como sociedad.

El autor no parte de endeble base, debido a que busca y encuentra en las realidades del pasado las evidencias capaces de avalar su punto de vista; es decir, un repertorio de gamonales ante los cuales se ha rendido la colectividad a través del tiempo. De allí que otro teórico del positivismo puesto al servicio del gomecismo, Pedro Manuel Arcaya, hablara de la existencia de una “sociedad suicida” que no pasó a un cementerio profundo y ancho debido a la influencia de los caudillos que fueron capaces de controlar su instinto de muerte.

El imperio de las voluntades personales encuentra así una especie de apoyo “científico”, por si algo les faltara para que se las considerase como eje y médula de la marcha de unos hombrecitos ineptos y pusilánimes. Estamos ante interpretaciones dignas de atención, debido a que solo se detienen en un rasgo de la sociedad hasta el punto de permitir que la cubra con espesa cortina. Su peligro estriba en que no solo procuraron la legitimación de una dictadura como la de Juan Vicente Gómez, sino también en el hecho de ofrecer como rasgo predominante la sumisión de los venezolanos a los caprichos de sucesivos mandones para quienes no existía la legalidad. En consecuencia, la república no se concreta porque la sociedad prefiere otros escudos, otros salvavidas, otros alivios, se desprende o se puede desprender de tales argumentos. Ciertamente se ocupan de la valoración de una característica colectiva que no se puede subestimar, pero niegan la existencia de una parte esencial de la realidad que demuestra exactamente lo contrario.

Niegan, en primer lugar, la existencia de un pensamiento de cuño republicano que se remonta a 1810 y que no deja de divulgar el mensaje del civilismo frente al personalismo. Ignoran, por lo tanto, la presencia y la insistencia del influjo de mentes imprescindibles para el entendimiento de los negocios del poder en Venezuela: Roscio, Sanz, Yanes, Toro, Acosta, González, Guzmán el viejo, Lander, Larrazábal, Becerra, Riera Aguinagalde, Briceño Iragory, Mijares, Adriani, Picón Salas, Liscano y muchos otros que marcan con su luz un itinerario triunfal que recorre los siglos XIX y XX. Pero en especial, desprecian el experimento cabal de república que se lleva a cabo entre 1830 y 1848, en el cual se establece un sistema de frenos y contrapesos que impide la hegemonía de unos guerreros tan significados como Páez y Soublette, mientras se aclimata una sensibilidad liberal y laica que nos separa de los hábitos coloniales y de la sangre de la Independencia para la fragua de una civilización morigerada de orientación moderna. Un lapso prolongado de construcción en el cual se siembra una semilla cuyo cuidado procuramos en nuestros días, pero que los adoradores del personalismo califican como capítulo trivial y pasajero.

La subestimación de ese tramo de historia convenía a los teóricos del positivismo, y ahora conviene a los plumarios del actual personalismo de origen militar. De allí la necesidad de confirmar su existencia, ante los intereses de los adoradores de las autocracias y ante la ignorancia de una gran masa de destinatarios a quienes se ha escamoteado un conocimiento fundamental para que el presente tope con el aliciente de lo más enaltecedor del pasado. Para que nadie relacione las luchas de nuestros días con la superficialidad de un conglomerado que da palos de ciego porque nadie le ofreció una brújula. Para que sintamos cómo ahora nos apegamos a una vieja iluminación que no cesa de conducirnos. Para tener conciencia de que peleamos contra una anomalía.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Sobre rebeliones populares; por Elías Pino Iturrieta

Recientemente Provea, una ONG de reconocida labor en la defensa de los Derechos Humanos, aseguró que ahora sucede otra vez en Venezuela una rebelión popular, fenómeno cuyos antecedentes encontró en 1958. Como en horas cruciales conviene tener las ideas claras, aquí se tratará de hacer precisiones sobre el asunto. La conciencia de la novedad de

Por Elías Pino Iturrieta | 15 de mayo, 2017
Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la foto para ver la galería completa

Fotografía de Diego Vallenilla / Haga click en la foto para ver la galería completa

Recientemente Provea, una ONG de reconocida labor en la defensa de los Derechos Humanos, aseguró que ahora sucede otra vez en Venezuela una rebelión popular, fenómeno cuyos antecedentes encontró en 1958. Como en horas cruciales conviene tener las ideas claras, aquí se tratará de hacer precisiones sobre el asunto. La conciencia de la novedad de lo que vivimos en nuestros días se apuntala en el señalamiento de su singularidad. Así nos enteramos del camino inédito que estamos transitando como sociedad.

Es probable que una gesta colectiva como la que llevamos a cabo contra la dictadura de Maduro no haya sucedido antes. El pueblo levantado en su inmensa mayoría contra un régimen abusivo y ladrón no había debutado todavía, según se tratará de describir en lo que sigue. La hazaña colectiva se fundamenta en hechos pasados, como traté de explicar en otro lugar, pero, a la vez, muestra todos los rasgos de su excepcionalidad cuando se buscan analogías en los fastos de ayer. En el pasado, muy por el contrario, el pueblo hizo ostentación de su paciencia y aun de su excesiva sumisión ante las dictaduras, como para que nos pongamos a hablar de una conducta enaltecedora que ahora nos vivifica.

La mencionada organización sugiere que Pérez Jiménez fue derrotado por una rebelión popular, pero su afirmación es inexacta. Los venezolanos de ese tiempo callaron casi durante una década, omitieron su parecer o dieron muestras de un ostensible colaboracionismo. Solo unos centenares de ciudadanos valientes y dignos hicieron entonces el trabajo de la resistencia, ante la indiferencia de la sociedad.

Seguramente la hazaña de un puñado de republicanos comprometidos con la libertad sea el acicate de la reacción masiva que hoy protagonizamos, pero jamás el silencio ominoso de las mayorías. La dictadura de Pérez Jiménez fue derrotada por un movimiento militar, por negocios sigilosos de los cuarteles, y solo en los días inmediatamente anteriores al 23 de enero de 1958 ocurrieron manifestaciones masivas que aceleraron un proceso que evolucionó en círculos cerrados, casi herméticos. En consecuencia no se puede hablar de rebelión popular cuando se hace memoria de lo sucedido entonces, a menos que el ejercicio de recordar dependa del capricho; a menos que se pretenda coquetear con el pueblo por acciones que no se atrevió a realizar.

Tampoco la sociedad reaccionó contra la tiranía gomecista. Aguantó durante veintisiete años a su verdugo, mientras reinaba una oscuridad imponente que la gente no quiso perturbar. Dejo el asunto en las manos de un grupo de guerreros, la mayoría procedentes del siglo XIX, esperando que una próstata enferma metiera a su tirano en la tumba. Presenció en silencio la prisión de los estudiantes de 1928, sin pasar de las murmuraciones y clamando por la comodidad del olvido. Vio desde su confortable palco la invasión del Falke, como si se tratase de una película taquillera para cuya exhibición nadie compró entrada. Apenas se atrevió con unas convulsiones en el comienzo del posgomecismo, para dejar que en breve las aguas volvieran a su cauce junto con la pasividad de los espectadores irresponsables.

Es cierto que entonces las reacciones violentas conducían a La Rotunda, a tormentos inenarrables y a la muerte sin concesiones, pero también es cierto que solo un puñado de venezolanos dio la cara por el republicanismo negado y envilecido. También es cierto que otras sociedades han reaccionado de manera diversa frente a sus mandones, pese a estar sometidas a desafíos y amenazas de la misma brutalidad. Por ejemplo, el pueblo mexicano frente a la autocracia de Porfirio Diaz, personaje poderoso y temido, contra quien se levantó en armas en todos los rincones del país, o en casi todos, hasta echarlo del poder.

Dejemos la exageración, por tanto, a la hora de llenar de condecoraciones el pecho de los venezolanos por actitudes heroicas que no existieron. En el himno nacional se habla de ¨bravo pueblo¨, pero hay que poner la afirmación en remojo. Los vocablos funcionan como incentivo, como puente en busca de apoyos para una causa que no los tiene, o para tratar de meterle emoción a un conjunto de personas que miran las cosas desde la distancia, pero no reflejan una realidad indiscutible.

Las guerras de Independencia remiten a la existencia de una convulsión generalizada, pero tal convulsión no se vincula con las rebeliones populares. Si de tales rebeliones se trata, sabemos cómo el pueblo no participó en la primera reacción de importancia contra la monarquía y cómo después se alzó contra unos indeseables señorones que se atrevieron a pisotear los derechos de Fernando VII. La Independencia no fue una rebelión popular, en consecuencia. No paso de guerra civil, si aceptamos el análisis de Vallenilla Lanz sobre el conflicto.

El siglo XIX fue tiempo de guerras civiles, es decir, de una conflictividad generalizada que así como se puede atribuir a la constancia del descontento popular, dependió del fenómeno del caudillismo y de los personalismos dominantes en sucesivas cúpulas.

Los liberales y los godos de entonces no congeniaban con la participación de las masas. Tal asunto no figuraba en sus programas porque no les era familiar, y porque solo sabían manejarse como se manejaron las cosas antes de la desmembración de Colombia, con lanzas y pólvora obedecidas por la colectividad campesina.

La república de entonces no dependía de la participación popular, a menos que esta se manifestara en los campos de batalla para tomar el gobierno y para permanecer en su seno mientras se pudiera. Sangre a cantaros, acompañada de copiosa literatura en cuyas páginas se clamaba por la paz sin pensar en cómo llevarla a cabo con una persistente participación de la sociedad. Unos cuantos repúblicos llamaron la atención sobre el asunto y trataron de sembrar la semilla de una colectividad comprometida con los valores del civilismo y con los fundamentos de la soberanía popular, pero no pensaron en una conducta levantisca que se expresara en sentido masivo sin que los cortejos de cadáveres desfilaran en las calles de las ciudades.

Entre otras cosas porque no había ciudades en esos tiempos. Faltaban los teatros en los cuales pudiera ocurrir una rebelión popular como la que ahora vemos y protagonizamos, o algo semejante. En un país deshabitado, en lo más parecido a un desierto sin maneras efectivas de comunicarse sus contadas criaturas, las horas de hoy no tienen vísperas, los luchadores de ogaño no encuentran antecedentes. Tampoco en los hechos tempranos del siglo XX, según se trató de describir. De lo cual se colige la exageración de la meritoria ONG, pero especialmente la irrupción de un suceso sorprendente en nuestros días, de unos hechos insólitos que pueden conducir a un capitulo prometedor de la historia que no solo merece un análisis detenido, sino también, sin duda, justificada apología.

De la iglesia de ayer a la iglesia de hoy; por Elías Pino Iturrieta

La conducta de la jerarquía eclesiástica frente a la dictadura de nuestros días representa un deslinde de proporciones históricas, en relación con sus reacciones del pasado ante los asuntos públicos. Jamás se había mostrado como bloque compacto para opinar sobre los negocios de la sociedad y para comprometerse en posiciones enfáticas. Los jefes de la

Por Elías Pino Iturrieta | 8 de mayo, 2017
convocó una marcha a nivel nacional para honrar a los caídos durante las protestas. Fotografía de Verónica Aponte. Haga click en la imagen para ir a la fotogalería completa

Opositores venezolanos se reúnen en la sede de la Conferencia Episcopal Venezolana para honrar a los caídos durante las protestas. 22 de abril de 2017. Fotografía de Verónica Aponte. Haga click en la imagen si desea ir a la fotogalería completa

La conducta de la jerarquía eclesiástica frente a la dictadura de nuestros días representa un deslinde de proporciones históricas, en relación con sus reacciones del pasado ante los asuntos públicos. Jamás se había mostrado como bloque compacto para opinar sobre los negocios de la sociedad y para comprometerse en posiciones enfáticas. Los jefes de la iglesia católica están estrenando una conducta, una presencia insólita para sus fieles y para la colectividad en general, fenómeno que reclama una explicación que vaya de lo panorámico a lo particular para entender el significado de lo que ahora intentan los obispos desde una región habituada a pasar sin escándalo muchos capítulos exigentes de la historia ante los cuales prefirió callar, o asomarse apenas un poco.

Pasos sin prisa

La explicación panorámica aconseja una búsqueda en el campo de la historia de las mentalidades, según cuyas teorías los actores de una sociedad determinada, principales y subalternos, reaccionan de manera automática ante las solicitudes del ambiente hasta cuando ese ambiente, conmovido por sus carencias y sus insatisfacciones, los obliga a cambiar en sentido progresivo. Las reacciones no son sucesos de plazo breve, sino todo lo contrario: se prolongan durante siglos, hasta cuando la mentalidad colectiva, presionada por los pasos cotidianos de su vida, propone actitudes de diferente cuño cuyo destino es la ruptura del cascarón en el que se ha refugiado durante siglos. Entonces se advierte una mudanza de la vida que no se puede medir de acuerdo con las agujas de los relojes habituales, sino mediante las señales perezosas de un calendario poco proclive a las sorpresas.

En el caso de la iglesia establecida en Venezuela desde los orígenes coloniales, su función de soporte de la evangelización a través de su papel de pilar del trono conduce al predominio de un entendimiento de la vida a través del cual hace causa común con la cúpula para apuntalar la dominación del papado y del príncipe que aparece como su socio y, por lo menos en el papel, también como su dependiente. Los mitrados son valedores incondicionales del poder civil, con contadas excepciones que no conducen a rupturas dignas de consideración sino a diferencias a las cuales mueve una rivalidad transitoria. En general, el condominio de la Corona con la sede pontificia funciona con regularidad, apenas con molestias caracterizadas por la fugacidad de contados enfados de los obispos. Los curas de almas se desempeñan de manera semejante, en especial porque lo intrincado de la geografía les permite licencias a través de cuya aplicación se convierten en una especie de mandarines con sotana a quienes escuda una ley canónica que se hace de la vista gorda mientras en Madrid nadie se entera de sus pecados.

Entre el rey y la patria

El movimiento de Independencia modifica la situación, sin transformarla del todo. Gracias a la aparición de un clero relacionado a medias con el pensamiento ilustrado, pero en especial vinculado de veras con los intereses de los blancos criollos que proponen la ruptura con España, se produce una escisión que no llega hasta las sedes episcopales sino lentamente, pero que es capaz de promover la creación de banderías patriotas y realistas entre los sacerdotes de la región. Para resumir la situación, el historiador José Virtuoso habla de una Crisis de la catolicidad llamada a la orientación de realidades diversas en el futuro. Estamos frente a un caso digno de especial reflexión, si se considera la actitud de Roma ante las revueltas. Mientras Pío VII publica una encíclica para exigir a sus sacerdotes de las colonias la defensa de Fernando VII, muchos de sus destinatarios venezolanos prefieren trabajar como capellanes de Bolívar y de Páez, o redactar oraciones patrióticas que podían penarse con excomunión. Esta primera crisis de la catolicidad abre el camino de un itinerario político que no se había trillado, pero que no significa un cambio general de las autoridades eclesiásticas.

La reacción de numerosos representantes del clero a favor de la Independencia se puede explicar por la timidez de los revolucionarios en el tratamiento de aspectos carísimos para la fe tradicional, como los relacionados con la libertad de cultos. En la medida en que los insurgentes mantienen la exclusividad de la religión católica, hasta el punto de conservar sin retoques su monopolio, un escollo importante se supera en los cabildos eclesiásticos. Cuando Bolívar le hace carantoñas al arzobispo de Bogotá, quien las recibe sin disgusto, o se comunica sin muestras de heterodoxia con el arzobispo de Mérida de Maracaibo para tratar sobre sedes vacantes y sobre la necesidad de pedir la mirada indulgente de Su Santidad, otras piedras desaparecen del sendero. La realidad legitima la escisión, sin que nadie sea remitido a las candelas del infierno. Ha ocurrido un primer tránsito de la iglesia venezolana, de las alturas del poder a los sobresaltos de las luchas terrenales, sin el predominio del escándalo. ¿Cómo ven los feligreses esta primera mutación? No hay evidencias sobre sus respuestas, pero no se muestran especialmente conmovidos.

Palo abajo

En cambio, la iglesia que ha intentado un cambio de rol sale con las tablas en la cabeza. Pierde a muchos de sus sacerdotes, quizás a los más eminentes, y queda sin recursos para la formación de nuevos seminaristas. Debe acostumbrarse a un trato distinto con las nuevas autoridades, sin saber cómo hacerlo en términos uniformes. Ha de enfrentarse a desafíos inimaginables, pese a que tales desafíos se habían asomado en contadas discusiones sobre el papel de los eclesiásticos en una sociedad liberal que no existía, pero que estaba a punto de estrenarse sin remilgos. Deben insistir en la amistad de los liberales con la Santa Sede, mientras unos liberales de nuevo cuño están empeñados en la fundación de una sociedad laica. Deben combatir las prédicas del evangelio capitalista que ahora no solo se predica, sino que también se vuelve práctica retadora en los negocios de las ciudades, en el descaro de unos prestamistas desenfrenados y en los litigios del Tribunal Mercantil. Jamás imaginaron los representantes de la fe tradicional que fuesen Páez y Soublette los campeones de la indeseable metamorfosis.

La promulgación de la libertad religiosa y la eliminación del fuero provocan el exilio del arzobispo, quien se une a los militares para un primer alzamiento en 1835, condenado al fracaso pero heraldo de una situación que repercute negativamente en los cabildos eclesiásticos. El desastre de la primera escaramuza pone de relieve la precariedad de un poder determinante desde la antigüedad, para que el estado laico se vuelva más robusto y pueda llevar a cabo sus planes sin mayores miramientos. El pueblo no sigue con entusiasmo a su prelado, ni a los solados soliviantados, para que el poder político se sienta aliviado por la precariedad de un antagonista sobre cuya fuerza no se tenían noticias ciertas. Ahora predominan las evidencias sobre su debilidad, fenómeno que después permite el descubrimiento de otras fragilidades que animarán a una hegemonía mayor sobre la jerarquía eclesiástica y sobre los sacerdotes que le deben obediencia. De momento, Páez elimina los diezmos y propone la limitación de los monasterios, sin que la sangre llegue al río.

Socios menores

Las potestades eclesiásticas al servicio de los hermanos Monagas y el silencio de unos púlpitos que antes no ahorraban sermones sobre este valle de lágrimas, confirman la decadencia. Sobre el punto se deben considerar los documentos recopilados en Roma por el historiador Lucas Castillo Lara sobre la segunda mitad del siglo, a través de los cuales no solo se descubre la disminución del influjo de los templos en las actividades económicas, que manejaban a través de un sistema generalizado de préstamos a los fieles y mediante el control de numerosas decisiones testamentarias, sino también por la rudimentaria formación de los seminaristas. Las escuelas para la educación de los futuros sacerdotes son apenas un remedo, para que sus criaturas carezcan de latines y aún de una instrucción elemental cuando se ocupan de los curatos. Sus ideas del pasado pierden fuelle por la anemia de los voceros, mientras en la casa de gobierno tratan con tranquilidad a los obispos y a sus sucesores. Cuando Guzmán profundiza sus planes para el dominio de la madre iglesia, encuentra el camino despejado.

De allí que los designios liberales que se concretan a partir de 1870 carezcan de enemigo. En Venezuela no ocurren guerras provocadas por las reformas de los “progresistas” porque las fuerzas tradicionales carecen del liderazgo de una iglesia disminuida. Nada de sangrías como las que suceden en México y en Colombia debido a la trascendencia de las sotanas, por ejemplo. El Ilustre Americano solo se las tiene que arreglar con un arcediano levantisco, quien no encuentra clientela para levantarse en armas contra los amarillos pecadores. Pío IX debe mandar desde Roma a un emisario, con instrucciones para establecer la paz ante batallas campales que jamás existieron. Estamos ante el perfeccionamiento de un proyecto laico sin escollos de importancia, ante una hegemonía de la potestad temporal que señala el invariable silencio eclesiástico, aún ante desmanes que claman al cielo, como los que predominan durante la dictadura de Gómez. Apenas una media docena de curas valientes se opone entonces a las atrocidades de una etapa lóbrega, mientras los obispos nadan entre la colaboración y la mudez. Por fortuna para la institución dominada, el propio Gómez, cuando permite el retorno de los jesuitas a quienes piden los prelados auxilio para la restauración de los seminarios y para una instrucción coherente de sus alumnos, en los tiempos que siguen recobrarán su voz y su influencia.

Hacia el renacimiento

No se trata de una recuperación automática: a la complicidad con el gomecismo sigue el entusiasta apoyo de la dictadura de Pérez Jiménez, quien se hace coromotano y legionario de la fe nacional mientras los prelados pasean la custodia de la Patrona por todos los estados en una exhibición de seguimiento sumiso. La posibilidad de entender el cambio que sucederá en breve no solo radica en la vitalidad de la educación de las nuevas promociones de sacerdotes, sino también en la orientación propuesta desde el Vaticano desde los tiempos de León XIII, cuya encíclica sobre la explotación de los humildes y sobre la necesidad de que los católicos la impidan, no solo se aclimata en los seminarios y en los apuntes de los directores espirituales, sino también en las aulas de los colegios religiosos. Ahora no solo se fomenta progresivamente un nuevo discurso en los templos, que concierne a la sociedad en general: cuenta con un auditorio juvenil que no había existido desde los tiempos de la Independencia. El fenómeno se observa en toda su magnitud durante el Trienio Adeco, cuando varios sacerdotes se convierten en voceros de su institución y de buena parte de la feligresía en las sesiones de la Asamblea Nacional Constituyente, mientras se estrena un partido socialcristiano con vocación de poder. No ha de ser superficial esa presencia, debido a que un movimiento de los colegios religiosos pone entonces a temblar a los líderes del octubrismo.

De allí la aparición de posteriores conductas, aisladas en principio, pero orientadas hacia cosechas más voluminosas, que se advierten después del desmantelamiento del ensayo democrático intentado por los adecos. La Pastoral del arzobispo de Caracas, Arias Blanco, sobre las injusticas padecidas por las clases trabajadoras durante el perezjimenismo; y la conducta enfática del rector de la Universidad Católica Andrés Bello, Barnola, contra las atrocidades de la dictadura militar, anuncian el advenimiento de la beligerancia religiosa que hoy se ha convertido en realidad palmaria. En el mensaje de un prelado y en la reacción de un sacerdote desde un plantel de altos estudios, se advierten las raíces próximas del árbol que ha florecido en los documentos de la Conferencia Episcopal Venezolana de nuestros días. Después de transitar un moroso sendero, los prelados ahora son populares, quizá como jamás en el pasado, y se han convertido en poderoso imán.

Debe saber el lector que ahora apenas se ha intentado el esbozo de los antecedentes de un fenómeno mayor de la actualidad, a través del cual se propone un intento de comprender cómo unos actores de la historia republicana pasan de los rincones al centro de las tablas. Hacen falta versiones más pausadas y profundas, a cuyo trabajo se invita desde aquí, con las correcciones que convengan, para no dejar las cosas en la mitad del camino. Amén.

***

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Los grandes congresos de Venezuela (II); por Elías Pino Iturrieta

Presiones y esperas En el futuro, a la mandonería no le queda más remedio que congeniar con los diputados. Ya se ha establecido una tradición que se puede mutilar, pero que se debe tolerar. Se los tiene que tragar, aun cuando suspire por el alivio de usarlos  como elemento decorativo. Las agallas de los hombres

Por Elías Pino Iturrieta | 24 de abril, 2017
Fotografía de Getty Images

Fotografía de Getty Images

Presiones y esperas

En el futuro, a la mandonería no le queda más remedio que congeniar con los diputados. Ya se ha establecido una tradición que se puede mutilar, pero que se debe tolerar. Se los tiene que tragar, aun cuando suspire por el alivio de usarlos  como elemento decorativo. Las agallas de los hombres fuertes  se deben encubrir con el retoque parlamentario, y en ocasiones deben morigerar su apetito por el influjo de algunos discursos que traspasan el límite de los escaños. El Congreso Nacional ya forma parte de los hábitos republicanos,  como extremidad baldada por el general José Tadeo, pero necesaria para que los personalismos se laven la cara, aún en mandatos  tan mediocres  como el llamado Gobierno Azul  que se impone entre 1869 y 1870,  o ante la fatuidad de Guzmán Blanco. O también  para que se detengan proyectos de interés personal y banderizo, como sucedió en 1892, cuando el presidente Andueza pretendió el continuismo y topó con la resistencia de unos representantes que pasaban por domesticados.  El Congreso generalmente bendice a los hombres fuertes, pero ellos  lo deben camelar para que se eviten convulsiones de importancia. Las espadas dominan en la mayoría de las vicisitudes, pero se cuidan de evitar el riesgo de unas manos alzadas y desarmadas.

Tiene importancia  tal forma de juzgar las cosas, debido a que remite al establecimiento de un hábito que se hace imprescindible, o de una fórmula con licencia superior ante el menester de que el libreto se mantenga apegado, por una suerte de incómoda determinación de los antepasados,  a un plan originario de gobierno. Se puede hablar ante tal predicamento de una alianza de factores anti republicanos, desde luego, pero también de una  reserva de valores latentes  que más tarde ocupa plazas de trascendencia.

La otra cúspide

Aunque por breve lapso, la  reserva se vuelve realidad fulminante a partir de 1945,   después de la liquidación de la  última administración posgomecista,   cuando el demonio de la política se mete en el pellejo de los venezolanos debido al énfasis  de un cuerpo deliberante cuyo aliento, proveniente de  una tradición  con la cual apenas se relacionaban a  conciencia  sus protagonistas,  no habían podido apagar las tiranías. La Asamblea Constituyente que inició sus labores en 1947 vincula a la mayoría de los venezolanos con los problemas de la sociedad, hasta el punto de involucrarlos en debates grandes y pequeños que suceden en todos los rincones; hasta el portento de ofrecer alternativas de selección de ideas políticas y aún de formas de comunicación cotidiana o de imitación de maneras de liderazgo,  capaces de establecer, ahora libre de posibilidades  de desarraigo prolongado, un republicanismo propiamente contemporáneo en todas las escalas de la colectividad, con las  resistencias del caso.

Pedagogos de una flamante sociabilidad, actores de polémicas memorables, líderes que no guardan sus palabras en el hemiciclo, oradores cercanos al pueblo más humilde e ineducado, manejadores de temas que pocas veces se habían tratado en las tribunas,   los diputados de entonces  fundaron un parlamentarismo  menos aldeano y más cosmopolita, libre de afeites anacrónicos, menos recatado y más atrevido, menos protocolar y más cálido.  El Diario de Debates de la Cámara y los testimonios de la época dan cuenta de la aparición de un fenómeno de largo aliento, con el cual solo se puede parangonar el trabajo de los padres conscriptos de 1830. Ni siquiera la aplanadora de la representación adeca, sustentada en la emoción popular pero proclive al sectarismo y a las intemperancias, pudo evitar que la institución, a través de compromisos honorables,   condujera a la colectividad de una Venezuela a otra, más hospitalaria y generosa.

De la altura a la medianía

El paso de los diputados  escogidos después en el hermetismo por Pérez Jiménez, sumisos y mediocres en su gran mayoría, no le pudo hacer sombra a la luz antecedente. Por el  contrario, hizo  que se recordara   su fulgor y se anhelara su retorno. En la elección de   los congresos a partir de 1959 se ocultó la búsqueda del regreso del parlamento octubrista, en cuanto posibilidad de refundar la convivencia lograda a prisa después del posgomecismo. Al principio se aprecia la continuidad, debido a los esfuerzos de los representantes de los partidos de mayor importancia para el mantenimiento del orden democrático frente a la subversión armada y por la aprobación de una Constitución de larga vigencia temporal, capaz de dotarnos de hábitos más homogéneos y más orientados a la afirmación del bienestar colectivo; pero más tarde se impone, o parece que predomina, una especie de letargo que abre un abismo entre la actividad de los diputados y los electores. Un juicio sobre cada una de las legislaturas que acompañan al restablecimiento de la democracia es muy aventurado, por la variedad de sucesos que se desarrollan entre el derrocamiento de Pérez Jiménez y el ascenso de Chávez, pero sobre su resultado tal vez se llegue a conclusiones compartidas en términos generales: decaimiento de las élites que las integran, ascenso de figuras de limitada proyección y, en especial, el desarrollo de una sensibilidad dominada por reproches y desencantos que tienden a corolarios negativos.

La fuerza menos fuerte

No es inhabitual que, en un país que continúa aferrado a la voluntad presidencial, los diputados paguen los platos rotos. El hecho de sentir que no tienen la sartén por el mango, sino solo en situaciones de urgencia, invita a críticas despiadadas. De allí la distorsión en torno a una función vital, sobre cuyas evidencias  se termina abonando el terreno para grandes brechas: los modos de concertación entre los voceros de los partidos, en cuya realización se trabaja con insistencia en las oficinas de sus habitantes y que son susceptibles de manejar tensiones hasta el encuentro de desenlaces de necesidad. Tales encuentros, comunes para el juego democrático cuando sus rutinas lo requieren,  terminan por verse como negociaciones oscuras y deleznables. En consecuencia, lo que debe ser un hábito saludable para que las aguas no abandonen su cauce en contingencias de relativa normalidad, le echa leña a la candela de una apreciación fácil sobre los tratos de las élites que termina en condena abrumadora.

La función esencial del diálogo de naturaleza democrática, propio de los contactos de los representantes del pueblo más dotados para la función, o de sus jefaturas, se anota entonces en el inventario de las deudas de la democracia con el pueblo. A la hora de cobrar esas deudas, reales y supuestas, lo más sencillo consiste en pasar la factura a los pagadores que parecen más frágiles. El asunto  invita a reflexiones de mayor calado, no sin considerar que  aumenta  las aguas de la cascada que lleva  a los parlamentos de la democracia a sus postrimerías, entre empellones y silencios cómplices; y al regocijo que despiertan los congresos sucesivos, que apenas son micrófonos y cámaras del presidente Chávez. El presidencialismo recobra los fueros que todavía atesora, con diputados hechos a su medida, como en el ayer remoto. ¿Colorín colorado? No, desde luego, si apreciamos cómo la Asamblea Nacional de mayoría opositora ha recobrado hoy el favor popular y libra escaramuzas cruciales contra la dictadura.

Metidos en la historia

Las escaramuzas responden a los resortes del entorno, a las conminaciones de la actualidad, pero tienen parentesco con el fenómeno histórico que se ha abocetado aquí. No hay  cosa más perjudicial que mirar el suceso de manera aislada, como producto de motivaciones inminentes, aunque sean ellas las que en esencia lo determinen. Las cosas no están para una contemplación superficial. La valoración del trabajo de los parlamentos del pasado, o la faena admirable de algunos de ellos, ofrece una plataforma que da consistencia a lo que sucede frente a nuestros ojos, o en interior de nuestras vivencias. Así como las peripecias que nos conciernen no comienzan  cuando se suscribe nuestra partida de nacimiento, ni terminan cuando se firma nuestra acta de defunción, la gesta de la Asamblea Nacional de la actualidad proviene de raíces firmes, gracias a cuyo vínculo con una proeza de civilidad  que no se ha apreciado con la pausa que merece,  se convierte en algo más íntimo y caro, o en un adelanto del porvenir. La lucha entre la república y la negación de la república viene de antiguo y no ha cesado. En su evolución ha dejado evidencias para alimentar los ánimos, o para ponerlos a dieta, según se ha tratado de mostrar. Ahora se trata de apreciarlas en la dimensión justa, no en balde nos meten a todos en una historia tortuosa y alentadora, en un acontecimiento esforzado  y noble  que se debe profundizar.

Los grandes congresos de Venezuela (I); por Elías Pino Iturrieta

Desde sus orígenes como república, Venezuela es un país presidencialista. En consecuencia, se considera que la autoridad se impone desde el Ejecutivo, mientras el resto de los poderes ejerce funciones accesorias. La influencia de los hombres fuertes y el trabajo de las guerras civiles en el siglo XIX reafirman el punto, que se prolonga durante

Por Elías Pino Iturrieta | 17 de abril, 2017

blog_elias_pino_congresos_i_640416

Desde sus orígenes como república, Venezuela es un país presidencialista. En consecuencia, se considera que la autoridad se impone desde el Ejecutivo, mientras el resto de los poderes ejerce funciones accesorias. La influencia de los hombres fuertes y el trabajo de las guerras civiles en el siglo XIX reafirman el punto, que se prolonga durante los treinta años iniciales del siglo XX debido al predominio de los regímenes autoritarios de Castro y Gómez. Ahora, cuando se observa la preponderancia de una sola voluntad de naturaleza política desde el advenimiento de Chávez, prologada en tiempos menos lejanos por la dictadura de Pérez Jiménez, se apuntala la lápida de una preeminencia ante la cual se han arrodillado los diputados y los jueces.

Cualquier vistazo se detiene en la preponderancia de los individuos establecidos en la casa de gobierno, sin mirar hacia las vicisitudes de la representación popular, mucho menos hacia la sede de los tribunales. Pero, pese al aplastante dominio de un puñado de individuos amparados por los muros de un familiar palacio, la representación popular ha protagonizado momentos estelares de los cuales conviene hacer memoria. Los señores de la judicatura deben esperar un análisis que tal vez será más extenuante.

Confesión de intenciones

Las letras que siguen no pretenden una descripción aséptica, sino la sugerencia de un conjunto de apreciaciones que remitan a una valoración justa de la conducta del actual Parlamento frente a la dictadura de Nicolás Maduro. No quieren salir del cauce de equilibrio que se exige en sentido profesional, pero declaran el propósito de apoyar los esfuerzos de la oposición de nuestros días en el seno del Capitolio para que pensemos, con la información que se pueda asomar, en la necesidad de que cada quien los respalde desde su ámbito. Nada inocente se leerá en adelante, por lo tanto, pero tampoco afirmaciones alejadas de la verdad. Solo puntos de vista quizá poco trajinados, que se quieren entrometer en las urgencias de la actualidad para remendar su capote.

Si algún nuevo conocimiento circula en adelante, en esencia persigue ese objetivo. Hay una tradición de esfuerzos que mueve la conducta de los diputados de la actualidad, un nexo con procesos fundamentales de la sociedad que concede trascendencia a una conducta que en un primer vistazo puede parecer aislada o endeble. No obstante, tal conducta recoge y resume manifestaciones esenciales para el control de los asuntos públicos, sin cuyo entendimiento miraremos los hechos con miopía. Si a las luchas de nuestros días les falta historia, es decir, conexiones con los sucesos llevados a cabo por los antepasados, ahora se recorrerá un poco de ella.

El inicio estelar

Las batallas de la Independencia, esenciales sin duda, colocaron en segundo plano las actividades del Congreso de 1811, cuyas discusiones fueron primordiales en el tratamiento de los asuntos que conmovían las conciencias de su tiempo. No solo porque los diputados declararon la separación de España, sino también por la realización de un entendimiento de la realidad que los venezolanos no habían llevado a cabo. El desconocimiento de la Corona obligó al tratamiento de problemas jamás tocados por la colectividad, nunca desafiados por cabezas nacionales, todos arduos de coser y planchar, pero se hizo en términos correspondientes con las solicitaciones del contorno. Los diputados actuaron con vacilación debido a la magnitud de las mudanzas que acariciaban, pormenor que le otorga entidad especial a lo que hicieron. Comenzaron una fábrica para cuya obra carecían de experiencia, pensaron a solas y en conjunto sobre temas desconocidos, o ante cuyos retos se acercaban a tientas, para dejar un primer testimonio de comprensión del acuciante ambiente que debía señalar los rumbos del futuro.

No tocaron temas superfluos, sino asuntos de difícil solución, si se considera el peso de la tradición contra la cual insurgían y de la cual también formaban parte: la separación de unos poderes públicos que solo existía en los libros prohibidos por las autoridades metropolitanas; la igualdad de los hombres en una sociedad dividida hasta entonces en estamentos diferenciados a cabalidad; la libertad religiosa en un teatro rodeado de sacristías y la elaboración de un mapa político que cambiara la división del territorio impuesta por la monarquía y diera a las regiones el peso que nadie había calculado, por ejemplo. Estamos ante la primera gran reflexión sobre Venezuela, un hecho inédito que debemos a un grupo de representantes del primer civismo encerrados en una capilla. En esa capilla empieza la historia intelectual de la república, aunque la sangre derramada en los campos de batalla la coloque en segundo plano.

La época de oro

Ganada la guerra y creada Colombia entre bombos y platillos con Bolívar en la cúspide, las decisiones de los diputados de 1830 remiten a un capítulo de singular significado, el más importante después de la etapa fundacional. Los hombres reunidos en Valencia llevan a cabo una rectificación medular, la madre de las rectificaciones, gracias a la cual se inaugura el ejercicio de una república liberal de orientación moderna que impone sus principios hasta nuestros días, pese a la traba de los personalismos. ¿Qué hacen los constituyentes de entonces? Arrojan luces sobre las limitaciones del régimen colombiano, especialmente sobre sus reminiscencias coloniales; se escandalizan frente a las trabas que imponía un gobierno establecido en la remota Bogotá; llaman la atención sobre la necesidad de recuperar la peculiaridad de Venezuela como parte de una parcela singular, con economía y sensibilidad particulares que requerían una administración más precisa y menos panorámica; y advierten sobre los peligros del militarismo en un tiempo que tenía a los generales Páez y Mariño en la vanguardia.

No es poca cosa. De allí la fragua de una autonomía que condujo a un profundo viraje de la vida. Los diputados de 1830 obligan a mirar con ojos diversos los logros de la Independencia y a considerar los perjuicios que traía la continuidad del Libertador en el ejercicio del poder. El desafío obligó a debates en los cuales brilló el entendimiento de los voceros, el apogeo de la lucidez asomada antes en la primera asamblea de la Confederación y a veces en las curules de Cúcuta, porque los delegados de la nacionalidad en ciernes no podían aferrarse a controversias banales para el logro de su espinoso objetivo. Tan espinoso, que todavía el patrioterismo, idiota y trivial como de costumbre, los acusa de traición y del crimen del parricidio.

Pero el parlamentarismo de 1830 no solo importa por el deslinde que establece frente al pasado inmediato, sino también por el hábito de deliberación que impuso en las décadas siguientes. La sociedad todavía es un enigma que escudriñan los diputados a través de pormenorizados análisis. La historia que comienza se orienta hacia el establecimiento de una administración de corte liberal-capitalista, empresa aventurada que deben resguardar sus proponentes de Valencia y una maraña de propietarios en bancarrota sin credenciales políticas. El flamante capítulo topa con la resistencia de los oficiales del Ejército Liberador y con los intereses de la jerarquía eclesiástica, ante cuyos fueros debe imponerse en el salón de sesiones una inusual retórica que no permite descanso. Como los que mandan se llaman José Antonio Páez y Carlos Soublette, cargados de laureles, y como en la cercanía se asoman las prerrogativas de unos individuos parecidos a ellos, se debe machacar un sistema de frenos y contrapesos capaz de impedir desmanes, sin que los voceros de la opinión pública encuentren valladares de importancia en su sendero.

No se llega entonces a una situación redonda, a un cumplimiento cabal de las obligaciones del Legislativo, pero la autonomía de la Cámara logra el establecimiento de rutinas escrupulosas en la supervisión del gabinete y de los primeros mandatarios. Tales rutinas importan por su excepcionalidad, porque no abundan en lo que falta de siglo, pero también por la lección de independencia que nos dejan. El hecho de que fuesen asfixiadas por el ataque sucedido en 24 de enero de 1848, cuando el presidente José Tadeo Monagas dirigió una arremetida o permitió que se asaltara la sede del Congreso que lo quería juzgar por abuso de poder, remite al arranque de un proceso de cuño cívico que solo pudo ser sofocado por la brutalidad.