Blog de Elías Pino Iturrieta

Cuando llegó el progreso; por Elías Pino Iturrieta

El Liberal fue el órgano de la modernización del país, después de la desmembración de Colombia. Imperaba la idea de superar las costumbres del pasado, que permanecieron durante las guerras de Independencia, y construir una sociedad orientada por el progreso material y por los impulsos del siglo laico. El gobierno recién estrenado, con Páez a

Por Elías Pino Iturrieta | 16 de octubre, 2017
Boulevard de Caracas

Boulevard de Caracas

El Liberal fue el órgano de la modernización del país, después de la desmembración de Colombia. Imperaba la idea de superar las costumbres del pasado, que permanecieron durante las guerras de Independencia, y construir una sociedad orientada por el progreso material y por los impulsos del siglo laico. El gobierno recién estrenado, con Páez a la cabeza acompañado por un conjunto de propietarios entusiastas, se dieron a la tarea de alejarnos del pasado colonial y de los vestigios de tradición que las batallas no habían barrido. ¿Cumplieron el cometido? Venezuela es distinta cuando concluye la administración de los llamados godos, pero quizá deba esperar para que las promesas de una colectividad pujante sean una realidad indiscutible. Veremos ahora cómo describe El Liberal los cambios que se han operado después de ocho años de gobierno autónomo, para conocer las metas propuestas y el entusiasmo que las divulgaba.

Un texto titulado “Progresos de Venezuela”, que circula el 22 de mayo de 1838, nos pone ante el siguiente repertorio de las profesiones que hacían falta para el desenvolvimiento de la colectividad y que eran ya moneda corriente.

Un abogado, un médico, eran personas muy raras fuera de la capital de la República, hoy se cuenta con algunos en todas las provincias y muy pronto estarán llenas todas las necesidades bajo este importante respecto. Un matemático verdaderamente instruido en esta ciencia no lo había en toda la república, hoy tenemos los suficientes para el desempeño de los negocios que ocurren y muy pronto tenemos más de los necesarios. Sin que esto pueda ser en ningún tiempo perjudicial, porque estos conocimientos son siempre provechosos aplicados a las ciencias, a las artes y a cualquiera otras ramas. El estudio de la medicina se hace hoy acompañado del de la anatomía, conocimiento importante de que se carecía en los establecimientos de ayer.

El análisis del fragmento debe considerar que la crítica de las profesiones del antiguo régimen fue fundamental en los escritos de los ilustrados desde finales del siglo XVIII, pero en Venezuela apenas se había trajinado. Sobre el tema solo contamos con unas letras trascendentales de Miguel José Sanz, probablemente escritas en 1805, y con fragmentos sueltos de propaganda en impresos como el Correo del Orinoco. De allí que El Liberal llame la atención sobre la utilidad de las disciplinas como si fuera pionero en el empeño, es decir, que trate a los  lectores como si fueran aprendices de primeras letras.

Pero a continuación se mete en honduras. Agrega:

Sastres, carpinteros, maquinarios, sombrereros, herreros, zapateros; plateros y otros artistas se han establecido en el país y difundido en él conocimientos importantes en sus artes respectivas. Nuestros trapiches, casas, muebles, vestidos y todo lo que sirve para aumentar la riqueza y los goces personales, atestigua por todas partes la mejora que disfrutamos.

Las artesanías fueron despreciadas por la cultura colonial. Eran oficios viles, que solo podían ejercer los miembros menos favorecidos de la sociedad. Se está ahora, por consiguiente, ante una primera valoración que debió llamar la atención de los lectores y de la sociedad que les veía ocupando unas plazas que antes les estaban vedadas, o cuyo entendimiento no cabía en la cabeza de los directores de la comunidad en el pasado.

Para captar a cabalidad la trascendencia de la observación, hecha como si cual cosa, como si fuese asunto natural, se debe relacionar con el párrafo que continuó, a través del cual, según se pudo apreciar, se hace el encomio de la multiplicación de la riqueza y el aprecio de los gustos personales. Cualidades como la modestia y la consideración del esfuerzo individual como una especie de pena, cual castigo dispuesto por la divina providencia,  son arrinconadas ahora para que su desplazamiento sea ocupado por la demostración de los resultados del trabajo del hombre industrioso y de los gustos que se podía dar después de sus faenas. Una sorpresiva apología del trabajo, pero también de los lujos del hogar doméstico, nos indica la magnitud de la mudanza de costumbres que se procuraba, o que comenzaba a formar parte de la rutina.

Las dudas sobre el propósito revolucionario de la descripción llevada a cabo en 1838 se disipan en la afirmación que la concluye:

La extinción de las vinculaciones y mayorazgos decretada  por la ley y la libertad de industria consignada en la Constitución, han dividido grandes propiedades y favorecido el establecimiento de pequeños predios y negocios de agricultura y cría. La libertad y abundancia con que se han importado los instrumentos propios para el cultivo, la libertad y competencia en el mercado y la generalización de los conocimientos han formado una nueva realidad.

¿Había cambiado tanto la sociedad de entonces? Tal vez el periódico exagere porque cumple una función esencialmente propagandística, pero es evidente la comunicación de un proyecto de mudanza colectiva  sobre el cual se pretende sustentar la evolución de la nueva república  y de cuya marcha existen testimonios inocultables. El Liberal no los puede sacar de la nada y remiten a un asunto fundamental, como  se desprende de una lectura atenta: el entierro de  costumbres inveteradas, la  trasformación de la economía, la estimación diversa de la propiedad y de su función social, la puerta abierta para que la riqueza no quedara en pocas manos. Si el progreso no se impone del todo, se perfila amenazante.

“Unas señoritas de los salones”; por Elías Pino Iturrieta

Se tiene la idea de que las mujeres venezolanas logran ubicación justa en el seno de la sociedad cuando el siglo XX está avanzado. No es una apreciación exagerada, debido a que la plena reivindicación de los derechos femeninos es obra de nuestros días, cuando las vemos, por ejemplo, votar y ser votadas para el

Por Elías Pino Iturrieta | 9 de octubre, 2017
"Doctor Syntax with a Blue Stocking Beauty" por Thomas Rowlandson (1756–1827)

“Doctor Syntax with a Blue Stocking Beauty” por Thomas Rowlandson (1756–1827)

Se tiene la idea de que las mujeres venezolanas logran ubicación justa en el seno de la sociedad cuando el siglo XX está avanzado. No es una apreciación exagerada, debido a que la plena reivindicación de los derechos femeninos es obra de nuestros días, cuando las vemos, por ejemplo, votar y ser votadas para el ejercicio de funciones públicas, en altos cargos de naturaleza política o en funciones primordiales de la empresa privada. Tal ascenso es, en esencia, el producto de la modernización de la sociedad, llevado a cabo en forma paulatina después de la terminación de la dictadura gomecista; pero no es únicamente la consecuencia de las solicitudes de una contemporaneidad, es decir, del reclamo de un tiempo distinto del todo a tiempos anteriores. El hilo de la madeja tiene antecedentes de importancia.

No solo porque la mujer, al enfrentar los reclamos de su cotidianidad en el siglo XIX, tuvo la necesidad de hacerse presente a pesar de las limitaciones del entorno. En un mundo hecho por hombres para los hombres, el libreto de la cohabitación las condenaba a situaciones subalternas en la vida privada y en las actividades públicas. Dependían de las decisiones del varón que reinaba en el domicilio doméstico, en la rutina de los gobiernos que comenzaban a imponerse y en el terreno de la economía. Desde la cátedra religiosa se les imponían situaciones de confinamiento, y nadie concebía que participaran en actividades cívicas, sino como adorno; en la promoción de la riqueza, o en polémicas cuyos protagonistas eran siempre varoniles. Sin embargo, las necesidades del ambiente abrieron postigos que ellas supieron aprovechar.

Las conminaciones de la guerra permitieron un debut de importancia. Si quedaban viudas, tenían que salir a la calle a ver por la marcha de la casa. Las necesidades de la patria, o de un partido, divulgadas e impuestas por el género masculino, las metieron en los campos de batalla como compañía imprescindible, y aún como figuras notorias. Los dictados de la moda moderna y las licencias de una urbanidad a tono con los reclamos de una sociedad que imitaba las costumbres europeas, las convirtieron en presencia habitual de tertulias, saraos, teatros y conciertos. Quizá se pueda hablar de un acuerdo tácito para permitirles un lucimiento desusado, una comparecencia cada vez más común, a través de los cuales, con la licencia de la autoridad, escalaron hasta posiciones inimaginables en el pasado.

Pero no podemos mirar el asunto únicamente como una concesión de los dueños y señores de la vida. Gracias a las investigaciones de las colegas Inés Quintero y Mirla Alcibíades, sabemos que se las arreglaron para estar presentes con mayor intensidad en diversos ambientes, después de traspasar los límites que pretendían actuar como casilla complaciente. Ahora nos acercaremos a un punto a través el cual se aprecia cómo llegaron, o quisieron llegar, a posiciones cuyo acceso les estaba negado del todo, posiciones relativas a la actividad intelectual o a la escritura de letras que fueran del dominio público. Como entonces predominó la idea sobre la precariedad de las facultades racionales de las féminas, machacada en numerosos volúmenes y en la prensa más consultada, el episodio que se describirá nos remite a la faena que hicieron para salir de la sumisión en un ámbito que únicamente pertenecía a sus sacerdotes, a sus padres, a sus maridos y a sus hijos. Lo sacamos de las páginas del colega Emad Aboassi (Ideas y letras durante la Guerra Federal, Mérida, ULA, 2011), que vienen al pelo para verlas en desafío ante un intrincado universo.

En 1859 se puso de moda la publicación de cartas de amor en los periódicos. A principios de mayo se incluyó una de ellas en El Monitor Industrial, semanario caraqueño que manejaba el señor Miguel Carmona. Se le atribuía a una joven desesperada y estaba plagada de faltas de ortografía. Era un texto escrito a propósito en son de burla. Nada de particular, a primera vista, hasta cuando recibió una respuesta contundente de un grupo de ciudadanas que acudieron a la redacción de El Heraldo para que permitiera la circulación de una réplica.

Los usuarios de la edición de 14 de mayo pudieron leer:

Debe saber el señor Carmona que para imitar o fingir es necesario mucho talento, de que carece el autor de los hechos diversos, pues no es verosímil que la persona más ignorante atina a errar en todas las palabras, poniendo en todas ellas una letra por otra, como lo ha hecho para zaherirnos:

Sepa U., señor Monitor, que la mayor parte de nosotras podemos darle lecciones de gramática, de retórica, de buen gusto, y sobre todo de discreción y tino, cualidades de que U. y todos sus colaboradores carecen.

Aconsejamos a El Monitor que se muera de repente para tener el gusto de asistir a su entierro, vestidas de gala; pues además de la insulsez de todos sus artículos, no se entienden, porque todas las letras están rotas y sucias como el estilo de todos los colaboradores.

La réplica fue suscrita por “Unas Señoritas de los Salones”, es decir, por jóvenes que participaban en un círculo de lectura y escritura, en una actividad propia de hombres. Pero, por lo que vemos, para ellas era familiar. Su asunto eran las letras y los libros, las expresiones monopolizadas por los hombres. ¿No lo ventilaban sin vacilaciones, como algo natural y merecido? ¿No plantaban cara ante una esperable hostilidad?

De allí que veamos cómo volvieron a la carga el 16 de noviembre, de nuevo en El Heraldo, con frases contundentes.

La necia crítica de U. contra nuestra ortografía no es digna sino de un pulpero que no nos trata, y desconoce por consiguiente nuestro estado de adelanto, que a decir verdad, somos más ilustradas que muchos de los caballeros que nos visitan y de los que, como U., han tomado el hermoso camino del periodismo.

(…) Si U. duda que somos mujeres, estamos prontas a dar nuestras firmas.

No solo insistieron en el ataque del editor Carmona, como se ha visto, sino que también se animaban a una batalla de mayor profundidad que podía involucrar a todo el género masculino y frente a la cual estaban dispuestas a descubrir su identidad.

La batalla no tuvo lugar, o no fue recogida por la prensa, pero lo que interesa es el suceso capaz de anunciar hazañas y trofeos de siglos venideros. Es una lástima que permanezcan en el anonimato las atrevidas de 1859, las pioneras de la causa que se impondrá en una república de las letras habitada por sus sucesoras con legitimidad gracias al impulso de las vicisitudes aparentemente insignificantes que descubren los historiadores.

El primer periódico de Venezuela se autocensuró; por Elías Pino Iturrieta

Hubiera provocado el éxtasis de Nicolás Maduro y el regocijo de su antecesor. El alicate del Ministerio del Poder Popular para la Información sin trabajo. Un ahorro de los recursos para comprar periódicos y periodistas. Tranquilidad en el departamento encargado de negar el papel y la tinta para los impresos, sin necesidad de atender solicitudes

Por Elías Pino Iturrieta | 2 de octubre, 2017

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Hubiera provocado el éxtasis de Nicolás Maduro y el regocijo de su antecesor. El alicate del Ministerio del Poder Popular para la Información sin trabajo. Un ahorro de los recursos para comprar periódicos y periodistas. Tranquilidad en el departamento encargado de negar el papel y la tinta para los impresos, sin necesidad de atender solicitudes incómodas de los dueños de los medios. Un suceso perfecto, una perla caída del cielo para los enemigos de la libertad de expresión, para los adoradores de las voces monocordes. ¿Tenemos ganas de exagerar, o de escribir a lo loco? ¿Felicitaremos a los inquisidores por cosechar el fruto deseado sin la labranza de la parcela? ¿Se describirá ahora el corolario de la dictadura perfecta, del anhelo de silencio espontáneo con el cual sueñan las autocracias? ¿De qué hablamos? De un periódico trascendental, algo así como el príncipe de la prensa venezolana, capaz de anunciar en su primera entrega que su principal preocupación consistirá en evitar la  expresión autónoma del pensamiento.  Así mismo, como si cual cosa, paladinamente.

Pero no se trata de un subterfugio, a través de cuyo anuncio se ocultan segundas intenciones. Los redactores no son amigos del truco, ni reciben un estipendio especial para pescar usuarios con declaraciones estrambóticas. Son escritores de buena voluntad, gente correcta que cumple el servicio de poner a leer a los venezolanos, por primera vez,  letras hechas en casa; hombres ilustrados que quieren cambiar el mundo con la pluma, o de hacerlo más hospitalario en la comarca. Nadie puede imaginar a un joven llamado Andrés Bello, quien estuvo metido en el número de iniciación  y escribió en sus folios sin firmar, maquinando ardides para que los espectadores, debutantes como él en el trajín de las imprentas, se quebraran la cabeza ante una declaración escandalosa que haría las delicias de los mandones de la posteridad. Es un anacronismo redondo que uno meta a Maduro y a Chávez en el comentario de los frenos que se pone el semanario que inicia la historia de nuestro periodismo, pero no resulta forzado imaginarlos en salivación ante un grupo de escritores que casi anuncian que no van a escribir, o que lo harán a medias sin la amenaza de un verdugo. Como el joven Nicolás y don Hugo Rafael  juegan y jugaron  con el calendario patrio  según su antojo, la licencia de verlos maravillados ante las prudencias de la Gazeta de Caracas no pasa de pecado venial. Y ahora vamos a la historia.

La primera entrega de la Gazeta de Caracas circula el 24 de octubre de 1808, bastante tarde si se compara con la aparición de periódicos y libros en el resto de las colonias españolas,  pero a tiempo para anunciarse como vocero de grandes trasformaciones. Declara que ve la luz “por un espontáneo interés del Gobierno” con el objeto de favorecer los intereses provinciales. Trabajará por el fomento del comercio y la agricultura, y para beneficio de los talentos locales que aparecerán en sus folios. En consecuencia, pide a los autores que envíen sus textos a la oficina de la imprenta, situada en la calle de la Catedral detrás de la Posada del Ángel.

Pero, para que todo marche sobre rieles, para no provocar desconfianzas innecesarias, los redactores agregan:

Se da al público la seguridad de que nada saldrá de la Prensa sin la previa inspección de las personas que al intento comisione el Gobierno, y que de consiguiente en nada de cuanto se publique se hallará la menor cosa ofensiva a la Santa Religión Católica, a las Leyes que gobiernan al País, que pueda turbar el reposo o dañar la reputación de ningún individuo de la sociedad, a que los propietarios de la Prensa tienen en el día el honor de pertenecer.

Si siguen al pie de la letra la advertencia, los promotores y los escritores de estreno tendrán poca materia para la pluma. No podrán meterse con la madre iglesia, ni con las regulaciones imperiales, ni criticar a los miembros de la colectividad, mucho menos a la figura del monarca. ¿Sobre qué escribirán los venezolanos, o qué leerán a partir de octubre de 1808, si todo lo veda la Gazeta? El rey, el obispo,  la clerecía, el Capitán General,  las disposiciones de las instituciones y  la vida de las personas no se  tocarán ni con el pétalo de una rosa. Hoy diríamos que el primer vocero de opinión pública se ata a propósito de pies y manos cuando pretende dar sus primeros pasos, es decir, que es apenas una simulación o una fantasía. Sin embargo, la gente de la época no pudo reaccionar de semejante forma.

La vida establecida en la colonia venezolana es un calco del modelo de cohabitación cuyo origen se encuentra en la Edad Media,  luego reafirmado por los fundadores de los estados nacionales de Europa y trasladado a América por los conquistadores españoles. La esencia de tal convivencia es la idea de la armonía entre las criaturas de la sociedad, impuesta por Dios y de obligatorio establecimiento con el objeto de evitar un caos y aún el fin de los tiempos, el Apocalipsis. Hay un plan concebido por la divinidad para la vida de los seres humanos, sujeto a capítulos inexorables de evolución y determinado por unas autoridades y unas influencias cuyo origen es siempre metafísico: los reyes, los papas, los mitrados, todos los eclesiásticos, la nobleza de la sangre, por ejemplo. La introducción de la desarmonía es una conspiración diabólica, por lo tanto. Velar por la simetría, grande obra de Dios  que debe permanecer sin variaciones hasta el día del Juicio Final, es una obligación primordial. Tal es, grosso modo, la idea del mundo mudada a Venezuela desde la llegada del conquistador, remachada por el púlpito, por la cátedra universitaria  y por los hábitos de las mayorías a través del tiempo. ¿La va a atacar la Gazeta de Caracas?

En consecuencia, no se está ahora ante un caso de autocensura, según la entendemos hoy, sino ante la única declaración que podía salir  de un periódico y debían esperar los lectores. Especialmente cuando se inicia el primer capítulo de un recorrido inédito. Especialmente cuando los aires del Siglo de las Luces apenas están soplando, o solo conmueven la sensibilidad de un sector  minoritario de vasallos, la mayoría miembros de la aristocracia lugareña. Ni siquiera se puede manejar la hipótesis de que los redactores de origen criollo hacen una falsa declaración de intenciones para engañar a los burócratas peninsulares y al propio Capitán General: en la totalidad de los fascículos que  publican en adelante, hasta principios de 1811, no traicionan la inicial declaración de comedimiento, la bendición de la armonía social.

Las letras se hacen más atrevidas cuando conviene al establecimiento, cuando la salvaguarda del orden celestial impuesto en la tierra debe ocuparse de  referir las tropelías de la Revolución Francesa, los triunfos de la armada británica contra Napoleón y, porque la realidad de las guerras europeas lo impone, un declive del imperio español que invita a otro tipo de salvaguardas.

Poner en el título que el primer  periódico de Venezuela se autocensuró buscó llamar la atención. Meter en el texto al  dictador de turno y al  mandón fallecido cumplió con el cometido que me he impuesto de no darles tregua cuando la ocasión permite. Como sentenció Benedetto Croce, “toda historia es historia contemporánea”, en especial cuando cuenta con lectores capaces.

Tres vagos proverbiales; por Elías Pino Iturrieta

La república, después de las guerras de Independencia, careció de una burocracia eficiente. Ni siquiera figuras tan importantes como Páez y Monagas, famosos por sus hazañas, pudieron cumplir el cometido de encontrar colaboradores dignos de tal nombre para que las oficinas funcionaran a medio paso. Parece un detalle insignificante, pero remite a los escollos con

Por Elías Pino Iturrieta | 25 de septiembre, 2017
"La taberna"; por Cristobal Rojas / 1987

“La taberna”; por Cristobal Rojas / 1987

La república, después de las guerras de Independencia, careció de una burocracia eficiente. Ni siquiera figuras tan importantes como Páez y Monagas, famosos por sus hazañas, pudieron cumplir el cometido de encontrar colaboradores dignos de tal nombre para que las oficinas funcionaran a medio paso.

Parece un detalle insignificante, pero remite a los escollos con los cuales topó la sociedad para el logro de la meta de progreso que se había prometido después de la desaparición de Colombia. ¿Cómo funciona un experimento orientado hacia el bienestar material, si no cuenta con brazos que lo ejecuten? ¿Cómo se convierten las ideas en realidad, cuando los despachos están desiertos o mal servidos?

Estamos frente a problemas que no han contado con el interés de los estudiosos, como si la vida dependiera de lo que habitualmente se considera como grandes proezas de la política. Se ha descuidado la investigación de una parte importante de la rutina, sin cuyo conocimiento no se explican los tumbos de un país desmantelado por las batallas de tres lustros contra los ejércitos españoles.

Algo traté de averiguar sobre el asunto (Fueros, civilización y ciudadanía, UCAB, 2006), pero en forma somera. De allí provienen los casos que se describirán, después de mirar un par de observaciones de carácter general.

La primera es de 1831, fue escrita en Valencia y proviene de la pluma de Ángel Quintero, hombre de confianza de Páez y destacado burócrata de entonces. Dice así:

Ni siquiera en esta ciudad tan afecta, aparece gente que sirva los empleos aunque se les implore. El decir de los particulares es que deben dirigirse a sus haciendas, a atenderlas, y la gente que actuó en la Convención firmando las suscripciones de apoyo, tampoco quieren trabajar. Tenemos que seguir buscando. A S.E le consta que no desmayo en la causa, no es mi debilidad, pero la situación está difícil sin atreverme a asegurar por qué motivos.

La segunda es de 1848, viene de Angostura y está firmada por el gobernador de la entidad. Veamos:

Acontece con frecuencia que se elige un individuo para servir un destino concejil y ocurre a un médico que le libra una certificación en que consta que el elegido padece éste o aquel otro mal, que por razones que el médico tiene buen cuidado de especificar, le imposibilitan para estar sentado, si el empleo es sedentario, moverse si su desempeño requiere ejercicio corporal etc. (…) Recientemente han sido nombrados en esta Capital alcaldes  parroquiales cuatro ciudadanos que a su turno se han excusado de admitir el nombramiento por los medios dichos, y sin embargo de los padecimientos que sufren, según las certificaciones presentadas, continúan en sus tareas privadas con el mismo tesón que los que disfrutan una perfecta salud.

Ahora se escarba en el panorama para presentarles tres curiosos predicamentos individuales, a través de los cuales se capta la renuencia de los venezolanos de la época en relación con los empleos que se ofrecían. El mirarse en el espejo de unos antecesores que son capaces de llegar a explicaciones estrambóticas para permanecer en la holganza, refleja conductas de interés que nos conciernen.

El argumento manejado por Pedro León en junio de 1842 es una joya. Se le propone el cargo de administrador de la prisión de Puerto Cabello, pero su piedad  impide la aceptación del encargo. Afirma ante el gobernador:

La clemencia de los apóstoles y santos padres es mi norte, que impídeme ver aherrojados a los prójimos, y hermanos, aunque se responsabilicen de los peores crímenes. Y si no puedo ver a la gente presa porque sufro, menos puedo cobrar por tenerlos presos. El emperador Filipo permitió que uno de sus servidores dejara el trabajo en una cárcel, por los sufrimientos que padecía frente a los cautivos. San Francisco no recomendaba trabajar en las cárceles, porque se endurecía el corazón. El príncipe de Austria, con ser lo que era, dijo que prefería un cuartel a una cárcel, para redimir sus pecados. Y está escrito en el Evangelio que, al que más falta, más se le ayuda. Por eso les agradezco la proposición, pero no voy a aceptar.

En 1846, un tal José María Pereira a quien se ofrece en San Carlos un puesto de auditor de tropas, no acude a autoridades pías sino a motivos totalmente pedestres. Va al grano:

(…) no congenio con la pólvora y no me gusta la munición, porque se me asocian mucho con la guerra, siendo yo de costumbres caseras.

Pero es más rebuscada o más descarada la carta que envía un trujillano de nombre Juan Cruz, para rechazar el empleo de escribano que ha solicitado en dos ocasiones. En septiembre de 1845, escribe a la Secretaría de lo Interior y Justicia:

Uno no debe buscar un trabajo que no le gusta, y es la verdad que a mí lo que me gusta es leer, pero no me gusta escribir. Porque (sic) no es lo mismo el cansancio del ojo, que el cansancio de la mano, que es lo que acabo de entender el año pasado de tanto escribir unas cartas, y copiar unas leyes muy largas, buenas pero largas. Resulta que la mano se me envaró muy envarada, y no voy a ponerme en lo mismo. Pero, a lo mejor, si tienen un encargo que me acomode, pues estoy a las órdenes. Mientras tanto, seguiré pendiente, esperando lo que me consigan.

El lector de hoy tal vez pueda pensar que estemos ante tempranas objeciones de conciencia, o ante confesiones nacidas del libre albedrío, pero quizá hile así muy fino. Yo me conformo con la presentación de tres inútiles de postín que pueden explicar, junto con otros de su género, lo que costó hacer república en nuestro siglo XIX.

Antecedentes del Partido Liberal; por Elías Pino Iturrieta

El Partido Liberal se funda el 24 de agosto de 1840. Tiene un  periódico, El Venezolano, gracias a cuyos escritos crece un movimiento nacional sin precedentes. La bandería  y su vocero inician una gesta que cambia el contenido de los negocios públicos y termina por dominar la escena política hasta finales del siglo XIX. Sus

Por Elías Pino Iturrieta | 18 de septiembre, 2017
Retrato de Antonio Leocadio Guzmán por Martín Tovar y Tovar

Retrato de Antonio Leocadio Guzmán por Martín Tovar y Tovar

El Partido Liberal se funda el 24 de agosto de 1840. Tiene un  periódico, El Venezolano, gracias a cuyos escritos crece un movimiento nacional sin precedentes. La bandería  y su vocero inician una gesta que cambia el contenido de los negocios públicos y termina por dominar la escena política hasta finales del siglo XIX. Sus rivales, antes poderosos con José Antonio Páez a la cabeza,  quedan reducidos a fuerzas sin mayor relevancia. De seguidas se describirán los episodios debido a los cuales se va formando la fortaleza que llega a ser.

La Revolución de las Reformas contra el presidente José María Vargas, sucedida en 1835, es un movimiento organizado por personalidades que se consideran excluidas de las decisiones fundamentales. Los capitanes de la Independencia y los clérigos han perdido las inmunidades procedentes de la colonia y de la insurgencia. El experimento capitalista de los godos los ve como unos parásitos, o como una amenaza frente a la modernización que promueven. De allí que su levantamiento no sea bien visto por los propietarios que han construido la institucionalidad de 1830. Tanto los fieles del paecismo  como los que pronto formarán la oposición, rechazan a los reformistas como partes de un pasado indeseable. No pueden considerarse como prólogo de las distancias que terminarán formando el Partido Liberal, pero hay elementos que permiten relacionarlos.

En primer lugar, la alarma que despliegan  sobre la formación de una oligarquía que desestima el principio alternativo. Bajo la sombra de Páez, aseguran los reformistas, se ha entronizado una camarilla que monopoliza las decisiones y ocupa los cargos de relevancia. Tanto el término oligarquía como las críticas por el control exclusivo de la autoridad, formarán parte del lenguaje habitual de la bandería nacida en 1840.

En segundo lugar, la discusión que genera el castigo de los conspiradores. Todavía en 1843 se debate sobre su suerte. Los drásticos y los benévolos, los partidarios del cadalso y quienes prefieren el ostracismo, los que quieren sangre y los que sugieren indulgencias, promueven disputas que contribuyen al desgajamiento de la cúpula, o que profundizan las diferencias políticas donde antes apenas se notaban. Además, los reformistas que regresan al la vida pública se ocuparán de echarle más leña a la candela.

Pero, ¿en ese proceso pueden influir los asuntos personales? Un teatro tan reducido como el que habitan los protagonistas de la época debe fomentar simpatías, antipatías y pasiones capaces de determinar la suerte de la política. Los dirigentes se mueven en una ciudad pequeña, frecuentan las mismas tertulias, pueden discutir con frecuencia sobre temas públicos o privados y compiten por las contadas plazas que ofrece el gobierno. El trato rutinario puede conducir a enconadas rivalidades. Quizá no vaya descaminado quien descubra tales resortes como brújula de los asuntos de trascendencia en el infierno grande de la minúscula Caracas.

O quien se fije en el episodio protagonizado por Antonio Leocadio Guzmán y Ángel Quintero en 1839. Como circula entonces un rumor sobre crisis en el gabinete, Guzmán, quien se desempeña como Oficial Mayor de la Secretaría de Interior y Justicia, escribe en el periódico para desmentirlo. La crisis existe,  pero las aclaratorias no caen bien en el círculo paecista. Conviene asegurar que no hay ropa sucia en la casa de gobierno.  El presidente resuelve nombrar a Quintero como nuevo Secretario del Interior, y el recién designado, hombre famoso por sus intemperancias, despide al Oficial Mayor. Vocablos ásperos y episodios tensos rodean la escena, en cuyos detalles se regodean las hablillas del común y después González Guinán en su Historia contemporánea de Venezuela.

Don Antonio Leocadio aparece desairado ante la población, sobre todo ante sus pares, y ostensiblemente abandonado por el hombre fuerte. Célebre por sus escritos en la prensa desde 1824, propagandista de la Constitución de Bolivia en 1825 y Secretario del Interior en 1831, seguramente juzga lo sucedido como una afrenta descomunal.  ¿Puede alguien negar que las ocurrencias empujaran al despedido hacia la ruta de la oposición?

Pero más atinentes de veras a la colectividad son las reacciones que desde el año anterior se producen contra la Ley de 10 de abril de 1834, que ha establecido la libertad de contratos. Los deudores no pueden atender sus obligaciones debido a la baja en el precio del café, mientras el comercio disminuye el vigor de la víspera. Están a punto de perder sus propiedades, si una política de alivios no los saca del atolladero. El fenómeno  provoca censuras  a través de periódicos cada vez más airados, como La Bandera Nacional, El Nacional y la Gaceta de Carabobo. Los  impresos coinciden en achacar a la legislación las penurias que se comienzan a padecer y proponen la modificación de las reglas que favorecen a los prestamistas, pero el gobierno no tiene oídos para el reclamo. Uno de los escritores más combativos del momento, Tomás Lander, quien tiene reputación de autonomía, es miembro de la Diputación Provincial de Caracas y escribe una serie de fascículos bajo el título de Fragmentos,  acusa a la ley de 1834  de “ruinosa y antivenezolana”.

El 1 de octubre de 1838, después de anunciarse como pilares de un “partido agricultor”, se congregan en junta eleccionaria quienes han manifestado su descontento por separado, o de manera sigilosa. Se trata de personas con influjo en la sociedad por la posesión de haciendas, por el ejercicio de funciones públicas y por su participación en la prensa. Hombres conocidos en la ciudad y en los campos, como: Antonio Leocadio Guzmán, Tomás Lander, Carlos Arvelo, Ramón Ayala, Jerónimo Pompa, Wenceslao Urrutia, Francisco Pérez de Velazco, Juan Alderson y Felipe Macero.

Otro grupo, que algunos llaman “partido aristocrático”, presenta candidatos para oponerse al gobierno. Encabezado por Feliciano Palacios y Tovar, Felipe Tovar, Casimiro Vegas, Mariano Ustáriz y Manuel Felipe de Tovar, cuyos apellidos ventilan  blasones desde la colonia, se constituye en otro factor que quebranta la homogeneidad de las opiniones. Tales reacciones preludian el nacimiento del Partido Liberal, la cercana proliferación de banderas amarillas que levantarán los pardos y los campesinos para modificar la historia que se inició después de las guerras de Independencia.

El problema del liberalismo venezolano; por Elías Pino Iturrieta

El mensaje del liberalismo no florece en el país, debido a un descrédito que viene del siglo XIX sin lograr superación. Los técnicos que trataron de concretar las premisas de un designio liberal durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez quizá ignoraban la historia que conspiraba contra sus planes, o pensaron que bastaba con

Por Elías Pino Iturrieta | 11 de septiembre, 2017
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Antonio Guzmán Blanco retratado por Martín Tovar y Tovar

El mensaje del liberalismo no florece en el país, debido a un descrédito que viene del siglo XIX sin lograr superación. Los técnicos que trataron de concretar las premisas de un designio liberal durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez quizá ignoraban la historia que conspiraba contra sus planes, o pensaron que bastaba con su voluntad para que el país llegara a la cumbre de la felicidad. Un vistazo sobre puntos esenciales del pasado tal vez permita mirar el asunto en algunos de sus aspectos cardinales.

El liberalismo venezolano, pese a que empezó con admirable pie, terminó en un mar de contradicciones que impidieron que la sociedad se animara con sus contenidos, o que gozara de credibilidad. La más reciente de las discordancias se observó en el hecho de que tratara de resucitarse durante la administración de un mandatario que había encarnado todo lo contrario durante su primer paso por el gobierno. CAP fue una especie de emperador del intervencionismo estatal cuando debutó como primer magistrado, hasta el punto de que los ciudadanos del futuro vincularan su gestión con la prodigalidad de la riqueza que manaba de las alturas por decisión de un generoso administrador. Como manejó a su antojo la llave de la cornucopia de la cual manaban los bienes materiales, no había manera de esperar de él algo distinto a la repetición del fenómeno.

Sin embargo, sin aviso ni protesto, sin mayores explicaciones, se convirtió en lo contrario. El dador de los beneficios pretendió que los beneficiarios los buscaran por su cuenta o, por lo menos, a través de unos esfuerzos que antes no figuraban en el repertorio de la mano floja. Ciertamente la reforma no pasó a mayores, apenas se asomó sin provocar mayores aprietos a la colectividad, pero generó una primera reacción de inconformidad, mas también de violencia, capaz de desembocar en disturbios que no se borrarían con facilidad de la memoria colectiva. Ni el partido de gobierno estaba enterado de la magnitud de las reformas propuestas y en vía de ejecución (eso dijeron sus líderes), asunto que no solo remite a la prepotencia de su ejecutor y a la desconexión de los burócratas del ramo en relación con los hábitos predominantes, sino también a la traición que significaba para el “partido del pueblo” que se impusieran a Juan Bimba caminos esforzados sin contar con el feroz forcejeo que debía originar antes.

¿Sabía alguien lo que significaba el liberalismo que traía CAP II en su flamante equipaje? ¿Se había mencionado algo a los votantes que esperaban el retorno de CAP I, es decir, del poder extralimitado que todo lo solucionaba desde las alturas? No se trata de dudar de los beneficios del proyecto que ahora proponía la sorpresiva edición del mandatario, sino de detenerse en la temeridad que significó retar una historia en la cual el liberalismo había jugado pésimo papel. Los tecnócratas de la inesperada rectificación no solo se enfrentaban a una encarecida forma de vida y a un entendimiento arraigado de los negocios públicos, sino también a una tradición de indefiniciones y de estériles contradicciones que quizá desconocieran del todo. No tenían que convertirse en historiadores, ni en buscadores de antiguallas, sino solo en precavidos conocedores de asuntos mínimos.

Desde su fundación como partido organizado, el liberalismo fue la negación de los preceptos en los cuales se aclimató la corriente partiendo de los modelos que le dieron origen. Nació como reacción frente a la administración de los conservadores o godos, sin considerar que justamente la gente del gobierno seguía con disciplinada conducta los principios de la escuela llamada manchesteriana. Campeones del laisser faire, autores de apologías sobre la riqueza de los particulares, defensores a ultranza de la propiedad privada, fieles seguidores de la libre competencia de los poseedores de bienes de fortuna, animadores de la sociedad laica y de la libre expresión del pensamiento, los motejados de godos hicieron que la república segregada de Colombia diera sus primeros pasos como pionera de un entendimiento acoplado con las pretensiones del siglo liberal. Provocaron una conmoción entre la gente que congeniaba con el tradicionalismo (instituciones como el Ejército Libertador y la Iglesia Católica; pensadores de la talla de Fermín Toro), hasta promover un cambio de vida alejado de las costumbres coloniales y cada vez más próximo a las búsquedas del progreso, según se lo entendía entonces. Estamos ante una demostración del liberalismo llamado clásico, que va a ser combatido por los políticos que forman el Partido Liberal en 1840.

Se da así el curioso caso de una inversión de conductas, capaz de conducir a un desierto de esterilidad que impediría el establecimiento del proyecto según pasaba en otros países latinoamericanos como Argentina, Colombia y México. Allá no solo florecieron las polémicas, sino también las guerras civiles, para que el liberalismo se convirtiera en un desafío que involucraba a las grandes mayorías de la población. Aquí no había materia de discusión porque los godos y los liberales pensaban casi lo mismo sobre los asuntos esenciales, pero especialmente porque los que se anunciaron como liberales y fundaron domicilios del partido o repartieron emblemas banderizos en todo el territorio nacional, cambiaron la discusión de las ideas por el apoyo a los caudillos más poderosos; o mucho peor, por la descarada intervención de los sucesivos gobiernos en los asuntos de los particulares. Sucedió así desde la primera presidencia de Monagas para llegar al clímax durante las administraciones de Guzmán Blanco y aún de sujetos tan desprovistos de ideario como Joaquín Crespo. Las reformas sin resistencias dignas de atención, el pensamiento encerrado en los rincones de las oficinas y el personalismo determinando las decisiones fundamentales y entrometiéndose con descaro en la vida privada, condujeron a un simulacro de proyecto de país que debió esperar tiempos mejores.

Las historias de corrupción asociadas a los manejos del Partido Liberal y la mediocridad de la mayoría de sus dirigentes fomentaron el descrédito y alejaron a las masas de sus prédicas. Los liberales eran la nada, o casi la nada, cuando entramos en el siglo XX, pese a que a los políticos preferían presentarse todavía como liberales debido a la necesidad que tenían de que nadie los viera como conservadores, como godos recalcitrantes. Los pobres conservadores habían tenido la pésima fortuna de una cadena de derrotas sucesivas desde el monagato, y especialmente en las escabechinas de la Federación, que los fue convirtiendo en degredo. Si, además, se decía, generalmente sin fundamento, que eran blancos engreídos y, además, descendientes de españoles peninsulares, no podían figurar en cuadros de honor ni siquiera ante la opacidad de los triunfadores. Mayores posibilidades para que el liberalismo hiciera lo que quisiera con Venezuela hasta conducirla a severa postración, por lo tanto, aunque del mal general se desprendiera la caída de un proyecto político que había reinado sin contratiempos.

Ya durante el posgomecismo nadie se presentó como liberal o, si lo hizo, nadie lo tomó en cuenta. Después, en los albores de la democracia, se asoció el renacimiento del proyecto con la persona de Jóvito Villalba, pero aquello fue de una inconsistencia sin destino para que, como pasó con los godos antes, nadie se anunciara después como parte de la misma corriente hasta la llegada de los tecnócratas de CAP II. Presenciamos la fugacidad de un capítulo que intentó protagonizar un Movimiento Desarrollista que pasó sin pena ni gloria, y las reformas del mismo cuño llevadas a cabo durante el gobierno de Caldera II por Matos Azócar y Petkoff, sin que se divulgara con bombos y platillos la orientación de una política reñida con la sensibilidad del jefe del estado y con la modorra de los grandes partidos. En el segundo regazo de CAP se aclimataron los liberales, por último, para salir con las tablas en la cabeza.

¿Llegarán ahora a una cima que se comenzó a escalar en 1830? Primero deberán conocer en profundidad los logros del paecismo, en los cuales se resumen las excelencias y los valladares del asunto. Después deberán enfrentar la influencia del populismo chavista y lo que queda de anti liberalismo en el resto de los partidos nacidos en el siglo XX, pero, especialmente, tendrán que revisar las páginas de una historia cuyos rasgos han ignorado, como si todo empezara con ellos en nuestros días.

De cómo los Estados Unidos detienen el bloqueo de Venezuela; por Elías Pino Iturrieta

Los sucesos del bloqueo de Venezuela, ocurridos durante el régimen de Cipriano Castro, han sido hospitalarios con la hipérbole. Permitieron a los entusiastas la edificación de la estatua heroica de El Cabito, y la promoción de una leyenda de coraje contra los poderosos que llega hasta nuestros días. Chávez llevó los restos del caudillo andino

Por Elías Pino Iturrieta | 4 de septiembre, 2017
CIpriano Castro y su gabinete, 1902

Cipriano Castro y su gabinete, 1902

Los sucesos del bloqueo de Venezuela, ocurridos durante el régimen de Cipriano Castro, han sido hospitalarios con la hipérbole. Permitieron a los entusiastas la edificación de la estatua heroica de El Cabito, y la promoción de una leyenda de coraje contra los poderosos que llega hasta nuestros días. Chávez llevó los restos del caudillo andino hasta el Panteón Nacional, y Maduro busca analogías con las bravatas de Trump y la conducta de su gobierno, para tejer el hilo de una épica singular. Tratemos ahora de describir la situación sin abandonar los límites del equilibrio, a ver si limpiamos un poco la memoria de exageraciones y patrañas.

Desde finales del siglo XIX Venezuela vive cargada de deudas. Las guerras civiles y la corrupción han fomentado la ruina del país, hasta provocar situaciones de carestía que impiden el desenvolvimiento normal de la vida. Según el detalle presupuestario de 1901, la república debe a la banca europea más de 120 millones de bolívares, y más de 88 millones a los acreedores domésticos. Debido a la depredación causada por la última de las “revoluciones” finiseculares, la Guerra Legalista, no tiene cómo cancelar las acreencias. Para sobrevivir, el gobierno debe recurrir a nuevos empréstitos, si encuentra incautos, o aprovechadores, que se atrevan a hacer negocios con un país irresponsable e insolvente.

Los financista de Europa, en especial los gerentes alemanes del Disconto Gesellschaft, pierden la paciencia y pretenden reclamar sus haberes por la fuerza. Los capitalistas de París, Londres y Roma, cansados de la morosidad, comparten tal ánimo. Pero saben que no pueden esperar mayor cosa. La fragilidad fiscal del país, el desorden administrativo, el incremento de las corruptelas, una calamitosa baja en el precio del café y la disminución del movimiento de las aduanas impiden el cumplimiento de los compromisos que los acreedores han resuelto arreglar por las malas. La tragedia queda cabalmente explicada en el libro del colega Manuel Rodríguez Campos, 1902: La crisis fiscal y el bloqueo de Venezuela, si necesitan mayor y mejor información.

El canciller de Venezuela, frente a las amenazas, argumenta que solo la vía diplomática y el respeto de la legislación nacional son canales adecuados para la solución del conflicto. En respuesta, los gobiernos de Alemania e Inglaterra, entre el 8 y el 9 de diciembre de 1902, anuncian su unificación para ventilar el asunto de manera compulsiva. Acto seguido, y antes de declarar oficialmente el bloqueo de las costas, el comandante de una flota aliada ordena a sus acorazados la captura de unos lamentables bajeles que formaban la “armada” del país. También manda el desembarco de infantería para protección de las personas de los cónsules. Entonces Italia, Francia, Bélgica y España se unen a la coalición invasora. El mundo contra Venezuela, se pudiera afirmar, si olvidamos que, de momento, los Estados Unidos contemplan la acometida desde la lejanía.

Cipriano Castro no ha salido de un conflicto armado desde 1899, cuando hizo la invasión desde la frontera colombiana. Ha debido enfrentar los combates tempraneros del siglo XX, realizados por los caudillos del pasado que pretenden librarse de un advenedizo. Ha triunfado por sus cualidades de conductor de tropas y por la debilidad de los enemigos, pero no ha tenido ocasión para pensar en problemas tan arduos como los de cargar el lastre de las deudas viejas y de las que él ha contraído para sobrevivir entre tanto guapo alzado. ¿Qué hace ahora, ante enemigos realmente poderosos? Enciende la llama del patriotismo mediante una emotiva alocución que se reproduce sin fatiga, organiza un desagravio a los símbolos patrios y ordena la libertad del más célebre de sus prisioneros, el Mocho Hernández. Además, dispone el acuartelamiento de un desgastado ejército y el combate, en caso de necesidad. No se rendirá ante los invasores, afirma en sus intervenciones públicas. Por último, contrata publicistas en París, Madrid, Bruselas y New York para cantarle su verdad al mundo.

La respuesta que espera de los gobiernos latinoamericanos brilla por su ausencia. Solo Argentina lo respalda a título oficial, a través de un documento doctrinario contra el cobro violento de acreencias a países pequeños y débiles. Pero logra la movilización de los sectores populares, cuyos miembros lo aclaman y lo comparan con Bolívar. Su reputación llega a la cúspide, mientras su soledad frente a los invasores es estentórea. Sin embargo, la gente del pueblo que acude a fervorosas manifestaciones le señala un camino para salir del atolladero: los Estados Unidos de América. Los manifestantes se presentan frente a las sedes de los consulados estadounidenses en Caracas y Maracaibo, al grito de ¡Viva la Doctrina Monroe!

Don Cipriano no imagina lo que puede significar el invitado por el cual clama el pueblo. La geopolítica del gallo de Capacho no pasa de afirmar, en numerosa correspondencia y en discursos sueltos, que se está ejecutando un asalto contra las “repúblicas intertropicales” del cual se salvarían, por ejemplo, naciones como Argentina, Uruguay y México; y cuya amenaza se superaría buscando tratos como los del siglo XIX, pero más ventajosos. Con ideas tan pobres sobre los intereses en juego, especialmente sobre los que apenas comienzan a despuntar, solo será un juguete de las circunstancias. Un juguete famoso, desde luego, pero nada más. De allí que de pronto, aunque sin dejar de pavonearse gracias al trabajo de las plumas de alquiler, se conforme con animar el coro monroeista para ver cómo queda en la parada.

En la Casa Blanca se maneja información de gran importancia. Se enteran de cómo Inglaterra pretende establecimiento en las bocas del Orinoco, y de un plan de los alemanes para construir una base naval en la isla de Margarita. Por intermedio de su embajador en Caracas, y a través de mensajes enfáticos al Káiser y al Foreign Office, los Estados Unidos presionan para el cese de un bloqueo indeseable que, de acuerdo con sus mensajes, no solo interfiere la vida venezolana sino también los valores de la convivencia civilizada, según se entiende ella en el norte desde la fundación de la república. No permitiremos una penetración contraria a los postulados de la Doctrina Monroe, dice y repite la Secretaría de Estado. Castro se postra ante un valedor que parece decidido y cercano: permite que la gestión de la potencia emergente reemplace al gobierno de Venezuela como interlocutor ante unos asaltantes que se marchan con el rabo entre las piernas, o sin hacer ruido, para cuidar el tipo. El conflicto se traslada de Caracas a Washington, para que Venezuela sea entonces lo más parecido a un convidado de piedra.

Los remiendos se hacen ahora en las cercanías de la Casa Blanca, aún pormenores sobre cómo se descontarán los haberes de las aduanas para satisfacción de los acreedores, sin que el gobierno de la Restauración Liberal haga uso de la palabra. Nuestros aliviados administradores dejan hacer hasta la suscripción de un avenimiento definitivo, los Protocolos de Washington, que se firman el 13 de febrero de 1903. Quedan establecidos en la sensibilidad de la sociedad los vocablos de la primera proclama contra el bloqueo: “La planta insolente del extranjero ha profanado el suelo sagrado de la patria”. También la memoria de sucesos de resistencia, como los ocurridos ante el bombardeo de Puerto Cabello y frente a un intento fallido de capturar la Barra de Maracaibo, para regodeo de los patriotas de entonces y del futuro, pero el desenlace no sucede como producto de los esfuerzos de un país agobiado por fuerzas superiores.

La última palabra la tiene entonces el garrote de Theodore Roosevelt. En breve lo probará Cipriano Castro, hasta quedar derrotado, pero esa es una historia más ardua que ahora solo ha tenido su prólogo.

El Capitolio como símbolo republicano; por Elías Pino Iturrieta

Desde su inauguración, el 7 de febrero de 1873, el Capitolio Federal se convirtió en símbolo de la civilización de cuño liberal que se imponía después de un capítulo estremecedor de guerras civiles. Edificado por la vanidad de Guzmán Blanco, pero también en atención a los ideales de civismo divulgados a partir de la declaratoria

Por Elías Pino Iturrieta | 21 de agosto, 2017
Fotografía de Andrés Kerese

Fotografía de Andrés Kerese

Desde su inauguración, el 7 de febrero de 1873, el Capitolio Federal se convirtió en símbolo de la civilización de cuño liberal que se imponía después de un capítulo estremecedor de guerras civiles. Edificado por la vanidad de Guzmán Blanco, pero también en atención a los ideales de civismo divulgados a partir de la declaratoria de Independencia, los venezolanos de la época lo sintieron como una señal de la modernización que habían negado los bárbaros de un tiempo a punto de terminar. La mole de lo que entonces se llamó Templo de la Soberanía Nacional, provocó asombro y  regocijo entre las clases acomodadas y en la sensibilidad de los estratos humildes, cuyos miembros lo visitaron con reverencia y se hicieron eco de lo que significaba como testimonio del entierro de una época oscura y del nacimiento de otra, capaz de cumplir las metas del siglo progresista en el que se vivía. A partir de tal fecha, la política y la vida venezolanas han mirado hacia el interior del edificio y han girado de acuerdo con las controversias sucedidas en su seno.

Lo primero que llamó la atención durante el Septenio guzmancista fue la rapidez del levantamiento de la estructura. Los planos se diseñaron con premura porque lo ordenaba un patrocinador quisquilloso, pero con sumo cuidado. Las paredes y las columnas se elevaron en un santiamén. Pese al reto propio de unos techos frente a los cuales no cabía comparación con las alturas pobres de las catedrales y de los conventos antiguos, una cúpula dorada impresionó de pronto a los viandantes. Los ornamentos adquiridos en el extranjero o encargados a los artesanos más finos del vecindario fueron colocados en cosa  de semanas, para que los curiosos se admiraran ante el vértigo de una mansión jamás construida en la ciudad, tanto por su envergadura física como por el enigma que encerraba. ¿Cuáles eran la promesa y el misterio de ese trabajo supervisado por el jefe del estado como si fuera la razón de su vida? Que sirviera a su vanagloria, sin duda, pero también a la consagración de unos valores y de una forma de dirimirlos que habían carecido de la dignidad de un domicilio bien montado y ubicado en parcela céntrica.

Gracias a la pintura de la batalla de Carabobo, encargada al maestro Martín Tovar y Tovar para que dominara la cumbre del edificio, y a un conjunto de imágenes de los próceres militares y civiles seleccionada con esmero para que llenara las paredes de un sitio ceremonial jamás visto en el país, se logró la creación de un espacio de reunión de naturaleza republicana capaz de provocar inclinación a través de una grandilocuente traducción de la historia. La voz de las paredes y el mensaje de las efigies que se exhibían  por primera vez en ostentoso desfile, nos previno desde entonces sobre la existencia y la trascendencia de un conjunto de principios de carácter fundacional, que debían permanecer como credo y como desafío mientras trascurría el tiempo y las administraciones cumplían su fugaz itinerario. El posterior hallazgo de una copia del Acta de la Independencia firmada por los padres conscriptos coronó la faena: fue colocada en el sitio principal del lugar, como el sacramento del altar en las iglesias católicas.

En el Capitolio Federal han sucedido debates memorables, se han escuchado las palabras mayores de la patria y se han redactado documentos imperecederos. En sus escaños se han sentado los hombres públicos más dignos de memoria por sus servicios a la ciudadanía. Sus salones conservan la evidencia de grandes esfuerzos por el mejoramiento de la sociedad y por la aniquilación de los enemigos del republicanismo. Cada una de las piezas que lo forman guarda relación con la trayectoria de una existencia orientada hacia la creación de una vida hospitalaria. Por consiguiente, es uno de los símbolos mayores, si no el mayor y menos discutible, de cómo ha existido entre nosotros un esfuerzo gigantesco alrededor del bien común. Los que repasen la nómina de los diputados que ocuparon sus escaños desde 1873 y revisen las actas de las sesiones sentirán el orgullo de una historia llevada a cabo con decoro.

Pero hubo de todo en la rutina del edificio, desde luego. También fue pensión de mercaderes y traficantes, de piratas y bucaneros, de gente gris que debe permanecer en los rincones del pasado para evitar las vergüenzas de la posteridad, de individuos sin ideas ni dignidad para cumplir el trabajo de la representación popular. Porque los electores votaron por ellos, o porque fueron impuestos por el interés de los mandatarios de turno y gracias al mezquino antojo de los partidos políticos, ocuparon unos lugares que en teoría únicamente deben llenar los ciudadanos virtuosos. Virtuosos según el criterio expuesto  por nuestro Andrés Bello en sus lecciones de la universidad que fundó y en los códigos que redactó, o por nuestro Yanes en sus Epístolas catilinarias, o por nuestro Gallegos cuando enfrento a la militarada, para que no se entienda la referencia como un requisito religioso. Solo se mide aquí con la vara del catecismo cívico, para que en el reconocimiento de una morada simbólica afirmemos que lo es pese a las porquerías de muchos de sus habitantes.

No voy a meter en ese oscuro saco a los actuales diputados de la mayoría parlamentaria porque no lo merecen, pero es evidente que desconocen la significación del lugar que el pueblo les ha concedido como morada transitoria. Lo han contemplado con indiferencia, tal vez sin reconocer la entidad que tiene como referencia de los asuntos públicos más notables que se han desarrollado en Venezuela a partir de la afirmación del siglo liberal. Se han caracterizado por la abulia ante la invasión de una representación fraudulenta que nació de la dictadura, hasta el punto de llegar a un acuerdo de condominio para compartir con ella sin hostilidad los campos capitolinos. No han corrido noticias sobre la defensa  que hicieron frente a la irrupción, ni sobre los parapetos que levantaron para la salvaguarda del palacio y de la dignidad de ellos mismos, ni sobre las protestas que pronunciaron para que las registraran los cronistas en letras de oro. Tal vez un tour por los antecedentes del magnífico inmueble los hubiese librado del baldón.

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Los matices del insulto; por Elías Pino Iturrieta

Los grandes teóricos del republicanismo, encabezados por Cicerón, insisten en la contención del lenguaje como esencial para el manejo de los asuntos públicos. Solo los vocablos cristalinos y los argumentos ponderados conducen al convencimiento del elemento discrepante y así se logran consensos para el resguardo del bien común, asegura el autor. Es una orientación que

Por Elías Pino Iturrieta | 14 de agosto, 2017
Detalle de la estatua de Cicerón

Detalle de la estatua de Cicerón ubicada en el Palacio de Justicia de Roma, Italia

Los grandes teóricos del republicanismo, encabezados por Cicerón, insisten en la contención del lenguaje como esencial para el manejo de los asuntos públicos. Solo los vocablos cristalinos y los argumentos ponderados conducen al convencimiento del elemento discrepante y así se logran consensos para el resguardo del bien común, asegura el autor. Es una orientación que ha gozado de general aceptación, pero que solo se debe considerar como una condición ideal. Los consejos de los grandes pensadores tienen sentido y se deben atender, debido a que vienen de la buena fe, o de la experiencia en la conducción de las sociedades, y a que procuran formas de gobierno aceptadas por las mayorías y destinadas a perdurar. Sin embargo, no constituyen un dogma indiscutible.

¿Por qué? La realidad predomina frente a lo que se piense de ella, aún desde la autoridad de los sabios. Una cosa señala el papel escrito con sensatez y con buenas intenciones, pero las indicaciones del entorno llevan las conductas públicas por su cauce sin mirar hacia los llamados del comedimiento. Me acerco a estas generalidades que pueden sonar como fatuidades, para tocar un punto aparentemente menor que sucedió entre nosotros y en nuestros días hasta alcanzar notoriedad. Unas compradoras del automercado recibieron con improperios la presencia de Socorro Hernández, rectora del Consejo Nacional Electoral, para que los voceros del régimen se desgarraran las vestiduras y clamaran por una justicia drástica. No sé si los quejosos de las alturas leyeron a Cicerón, o a otros autores de la misma cúspide, pero convirtieron el episodio en una causa moral y en una obligación de vindicta pública que le dio notoriedad y que sugiere una reflexión capaz de poner las cosas en su lugar.

El insulto ha sido una herramienta de lucha política y un factor de trascendencia en la búsqueda del poder, que no se puede echar a la basura sin considerar asuntos de importancia como la situación en la cual se produce y la ubicación social de los individuos que lo desembuchan. Los tiempos borrascosos producen palabras duras y voces erizadas, cuyo objeto es el crecimiento de la combustión que las anima. En épocas de concordia predomina el verbo sosegado, hasta el punto de convertirse en hábito, pero las horas espinosas producen una cascada de vocablos que son su concordancia y su compañía. Los teóricos obvian este vaivén propio de las sociedades, debido a que conceden prioridad a sus mandamientos sin imaginar cómo los huracanes de la vida los convierten en folio mojado. En consecuencia, los juicios sobre el insulto deben considerar tales escenarios y tales momentos ineludibles.

La Guerra a Muerte no condujo a discursos ponderados, ni siquiera en los labios de los oradores eclesiásticos. La separación de Colombia estuvo llena de querellas y ruidos caracterizados por la inurbanidad. Lo mismo sucedió en el teatro de las guerras civiles durante el siglo XIX, después de 1830, y en numerosos sucesos del siglo XX, especialmente después de la muerte de Gómez, cuando la opinión pública ocupó mayores espacios para hacerse presente, sin que tales sucesos puedan considerarse como anomalías. Fueron hijos legítimos de la época que los aclimató, hasta el punto de que no se puedan entender sus vicisitudes sin el ingrediente de las reacciones apasionadas y violentas que fueron su carne y su sazón. Buscar conductas angelicales en la conducta de los antepasados es una aspiración candorosa porque, en no poca medida, la república fue el producto de las actitudes airadas de quienes la han ido fabricando poco a poco.

Juan Vicente González escribió páginas memorables, en las cuales no dejó de estar presente el ataque venenoso de sus adversarios del Partido Liberal. Los motejó con adjetivos escandalosos y no tuvo más remedio que recibir después dosis gigantescas de su misma cucharada. Al presidente Soublette le dijeron de todo en los panfletos de los amarillos, hasta patrañas y calumnias carentes de fundamento, sin que la tierra temblara en el anuncio de un criollo apocalipsis. Domingo Antonio Olavarría, el famoso Luis Ruíz de las trifulcas contra los triunfadores de la Guerra Legalista, no ahorró el improperio personal para la detracción de Joaquín Crespo, sin que le temblara la pluma ante el temido espadón. Los adversarios del joven Rómulo Betancourt llegaron al extremo de ventilar sus supuestas inclinaciones sexuales para sacarlo del juego, y así sucesivamente. No estamos en la república pensada por Cicerón, sino en la que fuimos haciendo aquí en diversas épocas de acuerdo con la solicitud de cada tiempo histórico.

En consecuencia, el insulto no solo ha formado parte de nuestra historia, sino que también la ha caracterizado en diversas épocas que han resultado esenciales para la formación de la sensibilidad venezolana. Se trató de expulsar de la cotidianidad a través de publicaciones promovidas por los controladores de la sociedad, entre ellas el célebre Manual de Urbanidad y Buenas Maneras escrito por Manuel Antonio Carreño, vulgata de la civilidad que quiso ser una contención de las conductas bárbaras y una fábrica de poses civilizadas a través del cual se metieran los antepasados en una vitrina para que los vieran desde afuera modosos y blanqueados. La faena de carmín y poses artificiales fue recibida con beneplácito por los gobiernos del vecindario, también necesitados del mismo corsé para las costumbres de sus gobernados, pero igualmente agobiados por los dicterios de sus pueblos que no se podían contener únicamente con cárceles y vejámenes. Fue así como el insulto se encubrió, sin que se pudiera desarraigar. Presencia habitual y persistencia explicable, no lo podemos negar con un plumazo, ni siquiera porque lo ordena el decálogo del Carreño.

Pero, así como hay un insulto comprensible debido a las motivaciones de lo circundante, existe el insulto inadmisible en términos republicanos. Cuando lo desembuchan los poderosos es evidencia de menosprecio y vilipendio de la sociedad, sin paliativos. Pienso en Guzmán Blanco deleitándose en los periódicos ante la supuesta incompetencia del pueblo venezolano. O en Andueza Palacio soltando palabras soeces en los burdeles para que los acólitos las celebraran y las comentaran en el mercado. O en Cipriano Castro cuando se burlaba de los presos políticos en las páginas de la prensa. O en Hugo Chávez, cuando ultrajaba a sus adversarios con una ristra de descalificaciones expresadas en plaza pública. Los vocablos malsonantes, si se expresan en tribuna dorada con un anillo de guardaespaldas no son manifestaciones sociales susceptibles de entendimiento, como muchas de las que se han aludido aquí, sino testimonios del menoscabo al que pueden llegar las sociedades en las manos de un autócrata. El cesarismo encuentra en tales expresiones una de sus prendas más elocuentes y deplorables, si nos apegamos a la retórica y a las tipologías de Cicerón.

Es evidente que la reacción de unas vecinas contra Socorro Hernández no corresponde a las evidencias de prepotencia y desprecio que hacen los hombres fuertes desde su custodiada atalaya. Le gritaron cosas duras en la cara. Le dijeron ladrona y asesina mientras compraba comestibles en el mercado, por ejemplo, pero no eran Guzmán ni Chávez los que gritaban, sino unas amas de casa acosadas por la realidad que las asfixia y por la presencia de una funcionaria a quien necesariamente se debe relacionar con el fraude electoral cocinado en el CNE en cuya directiva ocupa puesto principal. Si un insulto puede considerarse como testimonio de decoro y coraje cívicos, este cabe a la perfección. Como los que se aludieron antes para sugerir que la historia no es como desean los manuales de compostura, sino también como disponen las realidades acuciantes de las personas comunes y corrientes.

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Los procónsules del Benemérito; por Elías Pino Iturrieta

Gómez impuso una forma exitosa de gobierno, que le permitió permanencia hasta el día de su muerte y aún después, si consideramos que las dos administraciones posteriores lo tuvieron como fundamento. Los mandatos de López Contreras y de Medina Angarita, pese a los esfuerzos llevados a cabo para separarse de la cuna, encontraron origen en

Por Elías Pino Iturrieta | 7 de agosto, 2017

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Gómez impuso una forma exitosa de gobierno, que le permitió permanencia hasta el día de su muerte y aún después, si consideramos que las dos administraciones posteriores lo tuvieron como fundamento. Los mandatos de López Contreras y de Medina Angarita, pese a los esfuerzos llevados a cabo para separarse de la cuna, encontraron origen en el poder que el padre Juan Vicente estableció mientras vivía. De allí la necesidad de detenerse en los fundamentos de una autocracia tan prolongada, de una hegemonía capaz de superar la desaparición física del padre. Entre ellos destaca el control de la sociedad a través del predominio de un conjunto de hombres fuertes establecidos en las principales jurisdicciones de la república, sobre el cual se hará una aproximación en las líneas que siguen.

Como se sabe, la dictadura establecida entre 1908 y 1935 dependió del ejercicio del terror. La representación habitual de tal manera de controlar a la sociedad se localiza en una de las extremidades del tirano que estuvo más cerca de la gente común, que vivió con ella y la obligó con su presencia a permanecer en el cauce de la sumisión: La Sagrada. Hablamos de una policía política de base regional, integrada con predominancia de tachirenses y dependiente del propio Gómez o de contados superiores de confianza.

Fue un cuerpo intachable en su lealtad a la causa e inflexible en el cumplimiento de cualquier tipo de trabajos, aun los más sucios y sangrientos. Las sagradas no ocultaban su presencia, sino todo lo contrario. Eran una compañía cotidiana y ostensible, una caravana de todos los días y todas las noches que no pasaba inadvertida. El Benemérito quería que las vieran y  las temieran. Cuando las sagradas recorrían ciudades y campos, la sociedad sentía el pavor que inspiraba la presencia del individuo temible que todo lo podía desde su domicilio de Maracay, como había demostrado desde su ascenso al poder y como machacaban sus publicistas.

Pero una forma rudimentaria de mostrar y usar los colmillos no basta para comprender la redondez de la dictadura. Las sagradas fueron fundamentales para la asfixia de las contadas búsquedas de democratización que no dejaron de estar presentes entonces, pero se conformaban con representar maneras bárbaras de represión a través de las cuales no se podía asegurar un predominio duradero sobre todas las capas de la sociedad. Carecían de la capacidad de superar los límites del terror primario o inmediato que provocaban. Sus miembros apenas sabían leer y escribir. Obedecían sin vacilación, pero no tenían capacidad para tomar iniciativas políticas, ni simples movimientos relacionados con el orden público. La peinilla y la tortura se necesitaban, pero su alcance no bastaba para asegurar la paz infinita que, según se leía en la prensa oficial, buscaba la Rehabilitación Nacional. El vacío fue llenado por un elenco de procónsules sobre cuyo rol en la aplanadora gomecista se hará la descripción que sigue.

Gómez utilizó un tipo especial de empleados fieles, en quienes descansó la seguridad del régimen desde su advenimiento. Fueron aquellos que probaron su eficacia en los tiempos iniciales mediante demostraciones de fortaleza en cualquier circunstancia. Ninguna veleidad ciprianista ensuciaba sus antecedentes. Jamás figuraron en los elencos del liberalismo del siglo XIX que abrigaba el insustancial deseo de seguir en el candelero. Eran hechuras del hombre que ahora los sostenía, o sujetos mediocres cuya suerte dependía necesariamente del empleador. Pero sabían responder cartas y dictar informes para la secretaría, comían con tenedor y cuchillo, no deslucían en las reuniones del club y hasta podían pasar como sujetos prominentes y decentes  a quienes el jefe reconocía por sus méritos. Patrañas en su mayoría,  cualidades infladas, pero el inflador que vivía en Maracay los colocaba en las cúpulas regionales para que los aceptaran sin discusión. Por lo tanto, encarnaron una alternativa de control que superaba los confines policiales que se aludieron.

La función de los procónsules no se redujo al cuidado de un aspecto específico de la administración, sino al gobierno pleno de una región en representación directa del presidente. Gómez les entregaba una entidad federal para que escogieran a los amanuenses y a los policías; para que vieran de las obras públicas, de las cárceles y de las propiedades privadas, para que atendieran a las fuerzas vivas y fomentaran buenos tratos de negocios. No pocas veces su privanza fue transitoria, porque los cambiaba de lugar cuando las circunstancias lo aconsejaban. ¿Para qué? Para que repitieran la faena, porque no se debía variar una fórmula que funcionaba y permitía el afianzamiento de una autoridad que contaba con los sabuesos, pero que requería de agentes socialmente más representativos. Eustoquio Gómez, Vincencio Pérez Soto, Juan Alberto Ramírez, Silverio González, León Jurado, Timoleón Omaña, Amador Uzcátegui, José María García… se llamaron esos virreyes fijos o itinerantes.

En términos legales eran magistrados de carácter civil, pero el grado superior de militares sin academia los distinguió como individuos enfáticos en cuya presencia la gente observaba o sentía la presencia del dictador. Debido a tales percepciones, sacaron particular provecho de sus misiones. El poder regional implicó la posibilidad de tejer una urdimbre insólita para amasar fortunas mediante asociaciones destinadas a la explotación de las riquezas lugareñas. La forja de tales asociaciones fue como sigue: el presidente del Estado observa sobre el terreno las condiciones del mercado y después propone una empresa que comparte con algún representante del sitio y con una figura del poder supremo, no pocas veces el propio Gómez, o un miembro del clan o del gabinete. Con semejante trinidad de accionistas, las operaciones originaban considerables dividendos que daban asiento al funcionario, fortalecían los vínculos con los intereses inmediatos y cancelaban al jefe, o a su parentela y allegados, un generoso impuesto personal en atención a la licencia que les había concedido de administrar un pedazo de nación.

La escrupulosa contabilidad del gobierno garantizaba un honesto balance a final de año. Un hato, una compañía de transporte, una concesión de petróleo o el tráfago de solares urbanos, por ejemplo, fueron los negocios sin riesgo de una trilogía que se reiteró con frecuencia en diversos rincones del mapa. Mientras tanto, se distribuía entre la gente de cada Estado el manejo de las rentas parroquiales, en torno a cuyos ingresos giró una clientela controlada por el ejecutivo regional. Así de nuevo aumentaba su bolsa el procónsul, mientras multiplicaba en la comarca las deudas de gratitud hacia el régimen.

Un plan que no podían concretar los sagrados, desde luego, sino otro tipo de gentes más perspicaces y sacrosantas. Una manera de gobernar que, debido a su eficacia, no terminó con el gomecismo, ni desapareció durante el posgmecismo. El lector se asombrará cuando descubra la fecha de la conclusión formal de este tipo de mandarinatos, con los afeites indispensables.

El gorila impotente; por Elías Pino Iturrieta

La dictadura de Maduro solo se puede sostener a través de la fuerza. Pareciera que no se dice ahora nada nuevo, debido a que tal es o ha sido  el destino de todas las dictaduras que han existido entre nosotros. Sin embargo, el caso de la actualidad  propone la observación de rasgos excepcionales que lo

Por Elías Pino Iturrieta | 31 de julio, 2017

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La dictadura de Maduro solo se puede sostener a través de la fuerza. Pareciera que no se dice ahora nada nuevo, debido a que tal es o ha sido  el destino de todas las dictaduras que han existido entre nosotros. Sin embargo, el caso de la actualidad  propone la observación de rasgos excepcionales que lo conducen a la imposibilidad absoluta de aproximarse a la realidad para hacer tratos con ella hasta llegar a situaciones de alivio, a búsquedas capaces de insinuar salidas que no sean cruentas.

Ninguna de las dictaduras que se han padecido desde los comienzos del siglo XX ha contado con una reprobación tan decidida y masiva de la sociedad. Tampoco las del siglo XIX, desde el régimen de los Monagas, si consideramos que las reacciones de la colectividad eran entonces controladas por el interés de los caudillos militares, quienes  las  manejaban a  gusto en sus escaramuzas. La presencia de una  trama de voluntades dispuesta a luchar contra el mal gobierno, como la que hoy  se puede observar en su colosal estatura a simple vista, es un fenómeno nuevo de la historia. De allí que esté  Maduro ante un rompecabezas de estreno, cuya soldadura la está negada por inhabilidad.

El régimen de Cipriano Castro fue el primer plan autoritario del siglo XX que pudo lograr sus objetivos porque no tuvo rivales de importancia. La debilidad de los capitanes que se le oponían en el campo de batalla  era evidente. Descoyuntados y sin  liderazgo, fueron presas fáciles del gallo montañés. La falta de ideas que fue característica predominante del liberalismo amarillo permitió el arraigo del nuevo discurso oficial, independientemente de  su contenido. Las cárceles repletas de soldados alicaídos fueron la solución.   La Restauración Liberal fue acabada por  la veleidad del dictador y por la cría de cuervos que permitió, sin que la sociedad se diera por aludida.

Gómez encontró sendero cómodo para su dominación. La peinilla del compadre había hecho la parte fundamental de la doma. Don Juan Vicente la perfeccionó con la ayuda de los recursos provenientes del petróleo, hasta imponer una tiranía a plenitud que no debió preocuparse por las reacciones de la sociedad. Fueron reacciones tímidas, en todo caso, como para que en la cúpula no se perdiera el sueño  hasta la hora de la muerte física del detentador del poder.

La fortaleza de la administración establecida a partir de 1908 permitió el proceso denominado posgomecismo, que en buena medida significó la prolongación de una autocracia después de la desaparición del autócrata. La sociedad entonces se incorporó de veras a los negocios públicos, hasta el punto de promover presiones que las administraciones de López Contreras y Medina Angarita debieron atender por fuerza, aunque no pocas veces de grado.

Llegamos así a un primer predicamento de trascendencia  histórica, en el cual los titulares de un poder de origen dictatorial se ven ante la obligación de averiguar lo que piensa la sociedad y de tratar de atender sus solicitudes, aún las más atrevidas. Pero, entonces,  ¿por qué se llega al  octubrismo adeco? Porque a los albaceas del tirano les faltó pericia en el entendimiento de las señales que la sociedad les enviaba  desde su centro y desde todos sus rincones.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez las presiones de la sociedad no fueron constantes, ni alarmantes. El populismo del trienio pasó a hibernación porque el oso estaba muy cansado, para que la resistencia se redujera al sacrificio de unas vanguardias sin apoyo popular. Los partidos pujantes de la víspera hicieron mutis por el foro, o fueron juguetes de una represión frente a la cual no contaron con el soporte de una militancia que se suponía aguerrida. Bastó el retorno de los tormentos de cuño gomecista,  para que el Nuevo Ideal Nacional se sintiera  seguro de su novedad y de su  patriótico arraigo, sin piedras en el camino; o con el bulldozer que las aplastaba para edificar el Círculo Militar  ante la admiración general.

El establecimiento de la hegemonía de Hugo Chávez contó con el languidecimiento de los partidos que habían sido esenciales durante el período de la democracia representativa. ¿No eran los responsables de una convivencia  que venía dando tumbos hacia el despeñadero, hecha un estropicio? ¿No estaban allí, justo en el momento adecuado, para llenar  el catálogo de los desahuciados? El  desencanto multitudinario le vino de perlas al carisma del comandante: estableció un vínculo afectuoso entre sus colmillos y las ilusiones de la sociedad que no fue óbice sino soporte, que no fue imposición sino  novia frenética en luna de miel. No hubo entonces necesidad de interpretar a la sociedad. No hacía falta. Solo era cuestión de cortejarla, hasta donde pudieran los anzuelos  del encantador. Todo en medio de la mayor tranquilidad, sin apremios.   Para hacer el mandado bastó   un huero discurso de venas abiertas y santuarios profanados.

Desaparecido el encantador y las bodas de Camacho devenidas divorcio y oficio de difuntos, ahora a Nicolás Maduro le toca interpretar las señales del entorno. Debe emprender al trabajo que no llevaron a cabo sus antecesores porque no hacía falta. Ardua tarea, debido a que topa con las indicaciones de un torbellino difícil de identificar en los anales del país debido a que jamás se había exhibido con una estatura así de gigantesca, ni como fenómeno compartido en términos masivos.  El amor convertido en odio, la confianza cambiada por el recelo, la obediencia trocada en insumisión, la indiferencia sentida como vergüenza y como antigualla,  la necesidad  de estrenar un republicanismo que parecía expulsado de la historia, las ganas colectivas de vomitarlo junto con los suyos forman una reunión de informaciones que no está en capacidad de procesar, ni siquiera en sus contenidos más superficiales; un caudal avasallante de testimonios que no caben en su cabeza.

Un sujeto que, por ejemplo,  se aferre a las ideas que no tuvo Ezequiel Zamora y a la infinitud de la existencia del difunto  Hugo Chávez; un tipo que cree en la maldad intrínseca que tiene habitación en la Casa Blanca;  un individuo que profesa un culto cívico militar  que no tiene militares sino milicos, y que no cuenta con  ciudadanos sino con burócratas de medio pelo; un indigente que siente la botija llena  cuando no tiene en qué caerse muerto; un simulacro de banquero que no puede acabar con el billete de cien bolívares… jamás entenderá lo que está pasando en Venezuela, jamás calculará la trascendencia del movimiento social que se le opone. La prehistoria no puede sentir el advenimiento de una nueva luz de la Historia. Por consiguiente, la existencia y la  permanencia de Nicolás Maduro dependen de reprimir, de torturar y  matar. Es  su destino y su condena, para general desdicha.

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Cuando la masturbación fue un peligro nacional; por Elías Pino Iturrieta

Seguramente habrán oído hablar de Telmo Romero, estimados lectores. Fue un yerbatero famoso en su época, tachirense de origen, a quien colocó el presidente Joaquín Crespo en posiciones influyentes en política, y a quien encargó altas responsabilidades en el campo de las ciencias médicas. En el mejor día de su destino, después de una primera

Por Elías Pino Iturrieta | 24 de julio, 2017

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Seguramente habrán oído hablar de Telmo Romero, estimados lectores. Fue un yerbatero famoso en su época, tachirense de origen, a quien colocó el presidente Joaquín Crespo en posiciones influyentes en política, y a quien encargó altas responsabilidades en el campo de las ciencias médicas. En el mejor día de su destino, después de una primera entrevista con El Taita de la Guerra, se convirtió en figura ineludible de los círculos sociales. Cuando quiso estirar su influencia hasta ámbitos realmente inadmisibles cayó en desgracia, pero ya había marcado con sus pasos los rasgos de una época distinguida por la opacidad. Partiendo de las investigaciones de Ramón J. Velásquez, ahora nos acercaremos a su idea sobre un terrible mal que amenazaba a los hombres de entonces.

Pero debemos recordar antes que el jefe del estado y su esposa, Jacinta Parejo, quedaron prendados de la sabiduría del campesino recién llegado. Después de familiarizarse con sus pócimas, pensaron que no debían aprovecharse ellos solo del universo de semejantes maravillas: debían servir para el bien de los venezolanos. De allí que el jefe lo pusiera en la dirección de dos institutos de importancia: el Hospital de Lázaros y el Hospital de Enajenados Mentales. Estaba seguro de que, gracias a las yerbas de Telmo, o a los procedimientos que su ingenio inventara, se limpiaría la piel de los leprosos y los locos recobrarían la cordura. Doña Jacinta apoyó la iniciativa, porque confiaba ciegamente en el tino que tenía en el trato con el prójimo. Romero era tan sensato en sus vínculos con el entorno presidencial, que no dudaba en consultarle sobre la pericia de los ministros, sobre los nombres para cargos vacantes y sobre planes de fomento material.

Los médicos certificaban sus curaciones por miedo ante la intemperancia de Crespo, aún cuando la inesperada eminencia acudiera a procedimientos tan crueles como el del trepanar el cráneo de los locos para mejorar sus trastornos con chorros de agua fría, que les echaba a través de unas mangueritas especialmente preparadas para el tratamiento. Uno de los libros más vendidos de 1884 fue El bien General, un volumen con las recetas de Romero que pasaba de mano en mano mientras los enfermos y los candidatos a enfermarse clamaban por nuevas ediciones. El establecimiento más visitado en la Caracas de 1886 fue la Botica Indiana, negocio de su propiedad que vendía fórmulas exclusivas, licores, sillas de montar y muebles importados de los Estados Unidos. Tal vez no imaginaran los clientes que, al visitar el insólito bazar, se exhibían como figuras de una época deplorable, como pedazos de un aparador digno de las trastiendas.

En la segunda edición de El Bien General, que circuló en 1885 y se vendió como pan caliente, Telmo Romero advirtió a la multitud de sus lectores sobre el nuevo riesgo que amenazaba a la colectividad, sobre un terrible padecimiento que podía acabar con las nuevas generaciones. ¿Cuál era la calamidad?

… el funesto vicio que se adquiere de niño, lanzado a él por quien haya tenido la desgracia de descender hasta ese pervertimiento vergonzoso, destructor y anticristiano del onanismo material (…) El niño (…) al entrar a la edad de la pubertad, añade al onanismo material el que llamaré mental, por el cual se ve en la necesidad de forzar la imaginación a representar la voluptuosidad del deleite hasta obtener el falso placer, que es su invisible suicidio.

Se debía tener cuidado cuando el mal comenzaba, advirtió. De allí que se detuviera en la siguiente escena para provocar la alarma de los padres de familia:

El niño, obedeciendo a una causa que él no se explica, se separa insensiblemente de sus compañeros, huye de ellos si por acaso se llega a tratar del vicio a que él está entregado en secreto, les recrimina duramente al oírles hablar de Venus, evita por cuantos medios le es posible las reuniones de familia y delira por estar solo en su habitación o en otro lugar retirado para saciar sin pérdida de tiempo el aciago vicio que lo domina. En breve se afectan sus nervios, tiemblan sus manos, se torna asustadizo, pierde el brillo de sus ojos y no resiste una mirada por temor a ser descubierto.

Entre los males producidos por la masturbación destacan, según El Bien General: la insania, la idiotez, los desmayos repetidos, la debilidad de las piernas, las calenturas, vómitos de sangre y dolores del pulmón derecho. Pero, ¿de dónde saca unas conclusiones de tal especie?  El autor aseguraba que había estudiado “centenares de casos dentro y fuera de los hospitales”. ¿No es suficiente, aparte de contar con el favor de Crespo? Aún cuando también desembuchara descripciones sobre el descubrimiento de la perturbación en sus comienzos, como la que se leerá de seguidas, disparatada de veras:

Cuando el mal no está muy avanzado se distingue por lo inclinado del sombrero hacia atrás debiendo ser viceversa para ocultar así el extravío de la mirada, la dilatación de la pupila y las supuestas cualidades morales que presenta. Durante este período, el mal toma cuerpo.

Debemos recordar que está hablando una celebridad de la época, un pontífice del crespismo, una eminencia de las postrimerías del Liberalismo Amarillo contra quien nadie se atrevió a levantar la voz hasta entonces. Antes de publicar la segunda edición de El Bien General, había mostrado un falso diploma de médico que, según aseguró ante propios y extraños, le había concedido una acreditada institución de los Estados Unidos. La prensa lo felicitó por el logro y doña Jacinta hizo un desayuno en su honor. En consecuencia, no podía pasar por un charlatán cualquiera cuando encabezó la cruzada contra el onanismo, pudo contar con auditorios cautivos y entusiastas. Sin embargo, una nueva desmesura de su patrocinador lo lanzó al despeñadero. Crespo lo condecoró con la Medalla de Instrucción Pública, y asomó entre los allegados su intención de colocarlo en el rectorado de la Universidad Central.

Como se sabe, al enterarse de la promoción que se reservaba a Romero, los estudiantes de la Universidad Central asaltaron la Botica Indiana e hicieron una hoguera con las páginas de El Bien General. El cuasi borlado frustrado desapareció del mapa para caer en una profunda depresión, relata Ramón J. Velásquez. Porque se apagaba su influencia, desde luego, pero quizá también porque los vigorosos y avisados jóvenes que le propinaron el puntapié demostraron la necedad de su teoría sobre la masturbación.

La pomada paecista; por Elías Pino Iturrieta

Después de 1848, el régimen de José Tadeo Monagas hace lo que puede para sostenerse. El asalto del parlamento ha creado distancias profundas entre los líderes de la sociedad, hasta el punto de que nadie vea la posibilidad de acuerdos como los que se dieron en 1830, cuando Venezuela recobra su autonomía después de separarse

Por Elías Pino Iturrieta | 17 de julio, 2017

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Después de 1848, el régimen de José Tadeo Monagas hace lo que puede para sostenerse. El asalto del parlamento ha creado distancias profundas entre los líderes de la sociedad, hasta el punto de que nadie vea la posibilidad de acuerdos como los que se dieron en 1830, cuando Venezuela recobra su autonomía después de separarse de Colombia. Pese a los intereses en conflicto y al peso de la figura del Libertador, entonces se llega a consensos favorables a la secesión. Tales compromisos se vuelven cada vez más difíciles, especialmente después del suceso que la historia conoce como “asesinato del congreso”. El ataque de unos representantes indefensos abre distancias insuperables, frente a las cuales solo queda el camino de la represión. En consecuencia, de los acuerdos inaugurales se pasa a una hostilidad generalizada que el gobierno trata de evitar con mano férrea, sin impedir que se incremente cada vez con mayor intensidad.

Los enemigos del gobierno ponen sus ojos en Páez, el derrotado de la víspera. En una situación en la cual faltan todavía instituciones sólidas, o en cuya evolución el personalismo ha debilitado las que existían, las esperanzas se cifran en el retorno triunfal del Centauro. Después de dura cárcel, el fundador de la república se encuentra en el exilio mirando desde lejos cómo José Tadeo desmantela lo que considera como su obra personal. Hacia allá acuden los disidentes de diferentes tendencias, incluso muchos miembros del Partido Liberal que habían sido sus antagonistas, para pedirle que encabece una rebelión. Los movimientos armados que suceden en la época, y que también se extienden durante el régimen de José Gregorio Monagas, se denominan “fusionistas” debido a que se llevan a cabo por el acercamiento de los godos y los amarillos que antes no congeniaban. Muchos olvidan tensiones y diferencias para coligarse contra una administración nefasta.

El descontento se multiplica a partir de 12 de marzo de 1849, cuando el congreso aprueba una Ley de Fiestas Nacionales en la cual se incluye como efemérides patria el 24 de enero del año anterior. El asalto del congreso se debe celebrar cada año por mandato de la representación nacional, junto con el 19 abril, el 5 de julio y el 24 de julio, cumpleaños de Simón Bolívar. ¿Por qué? La sorprendente ley, redactada por los asaltados, explica las razones:

En 24 de enero de 1848, agotado el sufrimiento bajo una nueva y odiosa tiranía, que rebosaba en abusos y pretensiones retrogradantes y destructoras, supo el pueblo espontánea y valientemente recobrar su dignidad sosteniendo los fueros de la libertad.

El calendario cívico enciende muchas ronchas, sin que la situación pase a mayores. Solo sabemos que, en 1850, los empleados públicos del cantón San Felipe se niegan a celebrar la fiesta del 24 de enero, para que el Ejecutivo ordene una investigación del suceso. En general, la reacción no pasa de murmuraciones habituales y de la distribución de un par de pasquines en Caracas, Maracaibo y Barquisimeto. De momento no se encuentra un camino que no sea el de la propaganda, dentro del cual topamos con el curioso episodio que ahora se describirá.

En 1853, los “oligarcas” resuelven hacer una curiosa publicidad de naturaleza política. Encargan a Francia unos tarros de porcelana que contienen pomada, pero en cuyo exterior se exhibe la efigie del general Páez. Se trata de catorce docenas y media de objetos que llegan en una pequeña embarcación procedente de Le Havre. Pero, como no se está ante una inocente loción para la piel, sino frente a una receta para la curación de otros padecimientos de actualidad, el gobierno enciende las alarmas y se pone en movimiento.

El 7 de marzo, ante el Secretario de Estado del Despacho de Hacienda se expone así la situación:

La introducción de semejantes artículos se opone abiertamente a la moral política y (…) su circulación en el país sino puede tener otra consecuencia que la burla y el escarnio del pueblo venezolano hacia el hombre que más desgracias le ha causado, forman sin embargo un satírico contraste con el espléndido triunfo de las instituciones democráticas y con el arraigo del hombre en el corazón del pueblo de hombres y de ideas tan contrarias a las que formaban el círculo de aquel apóstol del absolutismo y a los que ellos proclamaban. Al que informa le consta que de otra forma y del mismo modo se han expendido en esta provincia en desprecio de la moral pública pañuelos y otros objetos que tienen impresos o inscritos ya el nombre y la efigie del mencionado José Antonio Páez, tratando de magnificar o deificar así, los partidarios de este hombre, el triunfo y el dominio del gran partido liberal den la República. Debe, por tanto, el Gobierno (…) en homenaje a la opinión pública escarnecida con la introducción de semejantes artículos, impedir en la esfera de sus atribuciones, abusos de esta naturaleza.

Seguramente el ministro no se fija en la galimática redacción del informante, quizá un pobre policía sin luces, pero ordena la persecución del peligroso contrabando. En breve los tarros de pomada son descubiertos y destruidos, pero no se da con el paradero de los responsables del “delito”. Si el lector está ante un episodio aparentemente trivial que desconocía, tal vez también se esté enterando  ahora de que el 24 de enero de 1848, día del asalto al Congreso, fue durante un tiempo fiesta nacional.

La Independencia de Venezuela y el Contrato Social; por Elías Pino Iturrieta

La Independencia no solo luchó contra sus enemigos naturales, los realistas y los partidarios de la tradición de cuño hispánico, sino también con las ideas de los padres fundadores. Los diputados del Congreso y los escritores de tendencia republicana tenían su propia concepción del mundo y quisieron concretarla en la sociedad que se separaba de

Por Elías Pino Iturrieta | 10 de julio, 2017
Firma del Acta de Independencia 1811, de Juan Lovera

Firma del Acta de Independencia 1811, de Juan Lovera

La Independencia no solo luchó contra sus enemigos naturales, los realistas y los partidarios de la tradición de cuño hispánico, sino también con las ideas de los padres fundadores. Los diputados del Congreso y los escritores de tendencia republicana tenían su propia concepción del mundo y quisieron concretarla en la sociedad que se separaba de España. Nada extraño, desde luego, porque los hechos siempre dependen de cómo sus protagonistas piensan en la víspera sobre las situaciones en general y sobre los hechos anteriores; de los libros que han leído y de los autores que los han marcado. Las circunstancias de un entorno determinan la acción de quienes son movidos por ellas, pero también, y en ocasiones no poco, las ideas de las cuales se apropiaron antes del reto que los conmina en situaciones de apremio.

El caso de la nueva hechura del mapa de Caracas, uno de los sucesos tratados con mayor insistencia en el Parlamento de 1811, sirve para ver la influencia de una idea o teoría célebre en un asunto concreto que se dilucida. Se debe cambiar el mapa porque una república, si quiere estrenarse con fundamento, debe remendar la topografía dispuesta por la monarquía contra la cual se ha reunido la asamblea. Pero también por un asunto de inequidad que molesta a los representantes de numerosos partidos y cantones: la Provincia de Caracas domina los debates porque cuenta con la abrumadora mayoría de diputados que les concede la extensión de su territorio y la cantidad de sus poblados. Además, muchos de los que hablan desde sus escaños no se sienten como parte de la provincia principal, a pesar de vivir dentro de sus confines geográficos, porque los intereses que han forjado en lugares distantes y desconectados no son los mismos que defiende la capital. No son caraqueños sino valencianos, por ejemplo, y quieren hablar y votar como tales.

Estamos ante un asunto provocado por las conminaciones del entorno, ante una pugna de factores creada a través del tiempo, frente a diferencias innegables que afloran justo cuando encuentran ocasión. Cuando topa con una primera oportunidad para manifestarse, el asunto de los regionalismos ocupa primer plano y lucha por sus fueros. Es de tal magnitud la pugna, que muchos temen por el inicio de una guerra civil aún antes de que se declare la Independencia, si se declara. Un negocio arduo que influirá en la sociedad durante lo que resta de siglo, por lo menos, anuncia que llega para quedarse. No crearemos una tiranía caraqueña, afirman en las tertulias del salón de sesiones muchos representantes que debutaban en política. Pero, ¿cómo argumentan por su causa en la tribuna?, ¿son solamente empujados por las particularidades regionales, o por un pensamiento forjado en la lejanía y acogido por la celebridad de su autor?

Vamos la intervención de Fernando Peñalver, diputado por el partido de Valencia, en la sesión de 18 de junio de 1811:

Los pueblos de América, desde el momento que depusieron sus despóticos gobernadores, repeliendo la fuerza por la fuerza, quedaron dueños de sí mismos para ligarse de nuevo como quisiesen. Desde este punto las ciudades capitales de las que antes eran provincias dejaron de serlo, y entraron como uno de los pueblos que recobraban su libertad, a formar el nuevo contrato que había de reunirlos en una sociedad común.

Agrega Peñalver que solo se ha formado, a duras penas, un acercamiento fugaz de los pueblos venezolanos que cesará al establecerse “el nuevo contrato político”.

La negación de todo tipo de vínculos debido al regreso del goce original de los derechos generales es el fundamento de esta estimación excesivamente apegada a una teoría. Peñalver quiere aplicar, cuando la historia ya ha hecho un recorrido largo, concreto y conocido, una doctrina que solo es aplicable a su inicio. Un entendimiento de los orígenes de la sociedad, que remonta a Epicuro, pasa por Locke y alcanza fama en las páginas de Rousseau, se convierte en el argumento estelar de un diputado regional para levantarse contra el poder ostentado por los caraqueños.

Todos los contactos de índole diversa que existen desde el período de la conquista española y han formado una comunidad concreta en 1811, son desestimados por la exagerada interpretación. Una ruptura total del orden establecido, producida por el apego absoluto a una explicación abstracta sobre la formación de las sociedades en los primeros capítulos de su existencia, podía dejar libre el camino para que los venezolanos que querían ser republicanos se hicieran cariocas, o vecinos del Virreinato del Perú, por ejemplo, si se les antojaba. Todo cabía en el excesivo discurso de Peñalver.

Como otros diputados apoyan la antihistórica interpretación, aplaudiéndola y haciendo ruidos, Francisco Javier Yanes, representante por Araure, jurisdicción de la provincia de Caracas, responde de inmediato:

Aunque se disolviesen los pactos que existían entre la América y la España, y aunque por esta disolución quedasen todos los pueblos en el goce primitivo de sus derechos, debe suponerse, pues que nada dijeron, que ratificaron tácitamente los vínculos de territorio y división política y geográfica a que estaban (…) reconociendo una soberanía colectiva en el cuerpo que se les anunció como depositario de la autoridad que cesó el 19 de abril. Estos vínculos existían cuando las provincias invitadas por Caracas vinieron a confederarse status quo: es muy claro que mientras el nuevo pacto expresado y sancionado individualmente por todos sus habitantes no los reduzca a una masa general, independiente de toda otra relación anterior, y que la confederación reconozca esta nueva existencia política de Venezuela, no pueden tener lugar las razones que acaba de alegar el anterior orador.

El razonamiento de Yanes encarna la inclinación sensata de la controversia, porque demuestra la inoperancia de la exposición de Peñalver. Indica que la existencia de evidentes vínculos entre las partes del territorio, impide la aplicación de un contratismo extremo. No se puede, sino solo en medio de quimeras, retornar a una estación en cuyo seno lo ya formado se transforme en “masa general”. No puede haber una “masa general” en la Venezuela de 1811.

Juan Germán Roscio, diputado por Calabozo, ante la resistencia de los voceros regionales no deja de considerar el interés de la doctrina del Contrato Social que se ha usado como soporte de las prerrogativas de los protestantes ante la preeminencia de Caracas, pero la limita en los siguientes términos:

La autoridad que recayó en el cabildo de Caracas el 19 de abril, emanó de la abdicación que hicieron en él los antiguos mandatarios, y aunque por la originaria del Gobierno de la península se disolvieron los vehículos del pacto social, no debe entenderse esto sino de las grandes corporaciones que gozaban de representación territorial, y no de aquellas municipalidades que permanecieron ligadas a sus respectivas cabezas de provincia. Pretender otra cosa sería destruir toda relación social, anular la dependencia del hijo del padre, del inferior al superior, del soldado al jefe, del esclavo al Señor, y venir a parar en la anarquía.

Roscio acepta que el movimiento de abril de 1810 concluyó el contrato con España, pero mediatiza los efectos de tal conclusión en beneficio de las “grandes corporaciones”. Caracas, por ejemplo, y otras capitales provinciales, cuya importancia en el entorno no pueden poner en tela de juicio unos principios primitivos que, si se aceptan a rajatabla, llevarían a la destrucción de la convivencia. Un argumento macizo, desde luego.

Lo interesante del caso consiste en que no se planteara en un aula para entendimiento de los estudiantes, sino en el congreso para detener una locura de corolarios incalculables. Semejante locura, en lugar de afincarse, para volverse cordura, en la peculiaridad de los espacios que representaba, en las evidencias que los hacían distintos y los llevaban a sentirse disminuidos frente a una influencia insoportable, se conformó con repetir un magisterio remoto y sin nexos plausibles con la coyuntura que se vivía. Aunque había un nexo, claro: el entusiasmo de unos lectores desprevenidos.

Cuando se refiere a los tiempos en los cuales supuestamente se suscribió el pacto social, Rousseau admite que reflexiona sobre “un estado que ya no existe, que ha podido no existir, que probablemente no existirá jamás”, pero sus acólitos venezolanos de 1811 remiten a una experiencia indiscutible del principio de los tiempos, sobre la cual se calcularán los poderes y los escenarios de una cohabitación que todavía no se ha formado. El descubrimiento de los valladares de la Independencia encuentra testimonios dignos de atención en asuntos como este contratismo nuestro de inicios republicanos.

Carujadas; por Elías Pino Iturrieta

No he retenido el nombre del chafarote de quien depende la custodia de la Asamblea Nacional (AN), ni lo quiero retener. No será por mis letras que se inscriba con sus señas en los anales de la antirrepública, aunque lo merece. Otras crónicas dedicadas a la descripción de nuestras oscuranas, de nuestras porquerías, se ocuparán

Por Elías Pino Iturrieta | 3 de julio, 2017
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Fotografía de la Asamblea Nacional

No he retenido el nombre del chafarote de quien depende la custodia de la Asamblea Nacional (AN), ni lo quiero retener. No será por mis letras que se inscriba con sus señas en los anales de la antirrepública, aunque lo merece. Otras crónicas dedicadas a la descripción de nuestras oscuranas, de nuestras porquerías, se ocuparán del detalle. Lo llamaré simplemente el chafarote, en la seguridad de identificarlo con redonda fidelidad. En cambio, al presidente del Parlamento, Julio Borges, lo menciono con respeto. En un episodio digno de todo repudio fue la encarnación del civismo frente a la fuerza bruta.

Los hechos ocurrieron el pasado 27 de julio. Fue suspendido el debate en el hemiciclo cuando se tuvo noticia de que unos guardias nacionales habían agredido a dos diputadas. Ellas les reclamaron la entrada de unas cajas provenientes del Consejo Nacional Electoral, que no debían permanecer en el interior del Parlamento sin provocar suspicacias, pero recibieron como respuesta unos gritos y unos golpes.

Los representantes del pueblo salieron a proteger a sus colegas, pero fueron recibidos por una soldadesca que los trompicó con escudos y corazas. De inmediato, una poblada que olía a Monagas mezclado con Maduro, es decir, a populacho ligado con lumpen, trató de hacer estragos en el lugar. Por fortuna, la barrera de los diputados y un fugaz rapto de conciencia cívica metido en el pellejo de los troperos detuvo la invasión. De seguidas se produjo el incidente entre Borges y el chafarote.

El presidente de la AN entró en los dominios del chafarote para reclamar la conducta de sus subordinados, pero recibió, en lugar de explicaciones y disculpas, bullas incongruentes, destemplanzas y, para coronar la escena, un empujón por la espalda. El presidente de la institución trató de argumentar, mientras la agitación predominaba en los aledaños. Llamó la atención sobre el desmán que se llevaba a cabo, sin obtener la respuesta de carácter institucional que merecían su lugar entre los altos poderes del Estado y la obediencia de los militares a la autoridad civil.

Los gestos y las lenguas del chafarote contrastaron con el comedimiento de Borges, quien optó por retirarse después de cumplir su obligación de sugerir decencia y recato al interlocutor. Misión imposible, dadas la facha y los ademanes del infeliz sujeto que lo afrentaba, pero conducta merecedora del encomio de la ciudadanía. No pudo estar mejor representada entonces la soberanía popular, cuyos representantes eran sometidos a vilipendio.

Desde la creación estable de la república, en 1830, la Constitución fundacional dispuso la dependencia de los militares ante el poder civil. No solo se eliminó entonces el fuero castrense, sino que también se sugirió a los uniformados, sin oficio por la culminación de las guerras de Independencia, que se incorporaran al avance de la nación a través del ejercicio de actividades productivas; o que participaran en las elecciones de cuerpos colegiados sin las ventajas que les concedía su celebridad de guerreros vencedores. Podían dar ejemplos de patriotismo, decían los repúblicos de la época, trabajando como agricultores o como ganaderos, o aficionándose a los discursos de los candidatos que optaban por cargos electivos. La norma fue incluida en las Constituciones del futuro, mientras la invitación para que se integraran a la cohabitación moderna sin salir del cuartel, o pidiendo la baja para actuar como hombres comunes en la política y en el fomento de la riqueza, se machacó luego sin solución de continuidad.

La norma y las conminaciones se estrenaron mientras el general Páez ejercía como jefe del Estado, pero también cuando el general Soublette lo sucedió en la casa de gobierno y el general Carreño trabajó de vicepresidente, conductas de las cuales se deduce cómo la ley se pasea en paz por acantonamientos y fortalezas si persigue de buena fe el bien común.

La pugna entre el bien común y los intereses sectoriales, entre las miras amplias y la mezquindad, se concretó por primera vez en 1835, durante los inicios del gobierno del presidente José María Vargas. Los oficiales del “Ejército Libertador” se levantaron en armas, tras el objeto de restablecer las prerrogativas que había negado la Carta Magna cinco años antes. Querían que se les tratara como en el pasado colombiano, con tribunales especiales y con precedencia frente a las demás instancias de administración; con recompensas y distinciones por la sangre derramada en las batallas contra los realistas, sin tanta solicitud de credenciales ni probanzas de aptitud cuando buscaban los pocos cargos remuneradores que ofrecía el erario.

El alzamiento fracasó, para fortuna de la república, pero dejó para la posteridad las Epístolas Catilinarias de Francisco Javier Yanes, en cuyas páginas se consideró al militarismo como una amenaza recurrente y de arduo desarraigo en el futuro. También fijó en la sensibilidad de las generaciones venideras la escena del diálogo entre el coronel Pedro Carujo, uno de los conspiradores, y el mandatario justo contra quien se erizaron las bayonetas.

Por la mala prensa que lo ha acompañado con asiduidad, Carujo se puede prestar para una fácil analogía con el chafarote de nuestros días. Sin embargo, no es lícito el parangón por la diferencia abismal de épocas y porque el alzado de 1835 podía exhibir un currículo realmente incomparable. Carujo quedó marcado por su participación en el atentado contra la vida del Libertador, un intento de magnicidio criticado con fundamento por sus contemporáneos y por los historiadores de todos los colores. Debe, en consecuencia, arrastrar el baldón a través del tiempo, pero no fue un espadón corriente. Estudioso sin prisas, escritor correcto, miembro de tertulias ilustradas, catedrático en Bogotá y autor de discursos que llamaban la atención por lo avanzado de sus posiciones liberales, las propuestas que envió desde la cárcel a las sesiones de la Convención de Valencia, en cuyos escaños se restableció la autonomía de Venezuela, se escucharon con atención para llevarlo al desenlace de la amnistía.

Supongo que el chafarote de la actualidad sabe leer y escribir, pero no tengo noticia de sus otras habilidades intelectuales. Es probable que ni se aproximen a los aportes del predecesor, detalle que hace mucho muy forzada la alternativa de juntar dos fragmentos de historia y dos biografías como si fuesen de catadura idéntica. No se pueden llenar con tanta facilidad las cuartillas de un escribidor. De allí que convenga colocar a Vargas como incomparable del todo, pese a que hoy no dejen de encontrarse parecidos con sus ejecutorias en la conducta de algunos líderes contemporáneos, Borges entre ellos, que deben lidiar con su militarada.

Lo importante del asunto, en todo caso, es comprobar cómo permanece e influye en Venezuela una facción antirrepublicana que la convivencia de casi dos siglos no ha podido desarraigar, pero contra la cual se lucha sin descanso como sucedió hace días en la AN.

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