Blog de Elías Pino Iturrieta

Los grandes congresos de Venezuela (II); por Elías Pino Iturrieta

Presiones y esperas En el futuro, a la mandonería no le queda más remedio que congeniar con los diputados. Ya se ha establecido una tradición que se puede mutilar, pero que se debe tolerar. Se los tiene que tragar, aun cuando suspire por el alivio de usarlos  como elemento decorativo. Las agallas de los hombres

Por Elías Pino Iturrieta | 24 de abril, 2017
Fotografía de Getty Images

Fotografía de Getty Images

Presiones y esperas

En el futuro, a la mandonería no le queda más remedio que congeniar con los diputados. Ya se ha establecido una tradición que se puede mutilar, pero que se debe tolerar. Se los tiene que tragar, aun cuando suspire por el alivio de usarlos  como elemento decorativo. Las agallas de los hombres fuertes  se deben encubrir con el retoque parlamentario, y en ocasiones deben morigerar su apetito por el influjo de algunos discursos que traspasan el límite de los escaños. El Congreso Nacional ya forma parte de los hábitos republicanos,  como extremidad baldada por el general José Tadeo, pero necesaria para que los personalismos se laven la cara, aún en mandatos  tan mediocres  como el llamado Gobierno Azul  que se impone entre 1869 y 1870,  o ante la fatuidad de Guzmán Blanco. O también  para que se detengan proyectos de interés personal y banderizo, como sucedió en 1892, cuando el presidente Andueza pretendió el continuismo y topó con la resistencia de unos representantes que pasaban por domesticados.  El Congreso generalmente bendice a los hombres fuertes, pero ellos  lo deben camelar para que se eviten convulsiones de importancia. Las espadas dominan en la mayoría de las vicisitudes, pero se cuidan de evitar el riesgo de unas manos alzadas y desarmadas.

Tiene importancia  tal forma de juzgar las cosas, debido a que remite al establecimiento de un hábito que se hace imprescindible, o de una fórmula con licencia superior ante el menester de que el libreto se mantenga apegado, por una suerte de incómoda determinación de los antepasados,  a un plan originario de gobierno. Se puede hablar ante tal predicamento de una alianza de factores anti republicanos, desde luego, pero también de una  reserva de valores latentes  que más tarde ocupa plazas de trascendencia.

La otra cúspide

Aunque por breve lapso, la  reserva se vuelve realidad fulminante a partir de 1945,   después de la liquidación de la  última administración posgomecista,   cuando el demonio de la política se mete en el pellejo de los venezolanos debido al énfasis  de un cuerpo deliberante cuyo aliento, proveniente de  una tradición  con la cual apenas se relacionaban a  conciencia  sus protagonistas,  no habían podido apagar las tiranías. La Asamblea Constituyente que inició sus labores en 1947 vincula a la mayoría de los venezolanos con los problemas de la sociedad, hasta el punto de involucrarlos en debates grandes y pequeños que suceden en todos los rincones; hasta el portento de ofrecer alternativas de selección de ideas políticas y aún de formas de comunicación cotidiana o de imitación de maneras de liderazgo,  capaces de establecer, ahora libre de posibilidades  de desarraigo prolongado, un republicanismo propiamente contemporáneo en todas las escalas de la colectividad, con las  resistencias del caso.

Pedagogos de una flamante sociabilidad, actores de polémicas memorables, líderes que no guardan sus palabras en el hemiciclo, oradores cercanos al pueblo más humilde e ineducado, manejadores de temas que pocas veces se habían tratado en las tribunas,   los diputados de entonces  fundaron un parlamentarismo  menos aldeano y más cosmopolita, libre de afeites anacrónicos, menos recatado y más atrevido, menos protocolar y más cálido.  El Diario de Debates de la Cámara y los testimonios de la época dan cuenta de la aparición de un fenómeno de largo aliento, con el cual solo se puede parangonar el trabajo de los padres conscriptos de 1830. Ni siquiera la aplanadora de la representación adeca, sustentada en la emoción popular pero proclive al sectarismo y a las intemperancias, pudo evitar que la institución, a través de compromisos honorables,   condujera a la colectividad de una Venezuela a otra, más hospitalaria y generosa.

De la altura a la medianía

El paso de los diputados  escogidos después en el hermetismo por Pérez Jiménez, sumisos y mediocres en su gran mayoría, no le pudo hacer sombra a la luz antecedente. Por el  contrario, hizo  que se recordara   su fulgor y se anhelara su retorno. En la elección de   los congresos a partir de 1959 se ocultó la búsqueda del regreso del parlamento octubrista, en cuanto posibilidad de refundar la convivencia lograda a prisa después del posgomecismo. Al principio se aprecia la continuidad, debido a los esfuerzos de los representantes de los partidos de mayor importancia para el mantenimiento del orden democrático frente a la subversión armada y por la aprobación de una Constitución de larga vigencia temporal, capaz de dotarnos de hábitos más homogéneos y más orientados a la afirmación del bienestar colectivo; pero más tarde se impone, o parece que predomina, una especie de letargo que abre un abismo entre la actividad de los diputados y los electores. Un juicio sobre cada una de las legislaturas que acompañan al restablecimiento de la democracia es muy aventurado, por la variedad de sucesos que se desarrollan entre el derrocamiento de Pérez Jiménez y el ascenso de Chávez, pero sobre su resultado tal vez se llegue a conclusiones compartidas en términos generales: decaimiento de las élites que las integran, ascenso de figuras de limitada proyección y, en especial, el desarrollo de una sensibilidad dominada por reproches y desencantos que tienden a corolarios negativos.

La fuerza menos fuerte

No es inhabitual que, en un país que continúa aferrado a la voluntad presidencial, los diputados paguen los platos rotos. El hecho de sentir que no tienen la sartén por el mango, sino solo en situaciones de urgencia, invita a críticas despiadadas. De allí la distorsión en torno a una función vital, sobre cuyas evidencias  se termina abonando el terreno para grandes brechas: los modos de concertación entre los voceros de los partidos, en cuya realización se trabaja con insistencia en las oficinas de sus habitantes y que son susceptibles de manejar tensiones hasta el encuentro de desenlaces de necesidad. Tales encuentros, comunes para el juego democrático cuando sus rutinas lo requieren,  terminan por verse como negociaciones oscuras y deleznables. En consecuencia, lo que debe ser un hábito saludable para que las aguas no abandonen su cauce en contingencias de relativa normalidad, le echa leña a la candela de una apreciación fácil sobre los tratos de las élites que termina en condena abrumadora.

La función esencial del diálogo de naturaleza democrática, propio de los contactos de los representantes del pueblo más dotados para la función, o de sus jefaturas, se anota entonces en el inventario de las deudas de la democracia con el pueblo. A la hora de cobrar esas deudas, reales y supuestas, lo más sencillo consiste en pasar la factura a los pagadores que parecen más frágiles. El asunto  invita a reflexiones de mayor calado, no sin considerar que  aumenta  las aguas de la cascada que lleva  a los parlamentos de la democracia a sus postrimerías, entre empellones y silencios cómplices; y al regocijo que despiertan los congresos sucesivos, que apenas son micrófonos y cámaras del presidente Chávez. El presidencialismo recobra los fueros que todavía atesora, con diputados hechos a su medida, como en el ayer remoto. ¿Colorín colorado? No, desde luego, si apreciamos cómo la Asamblea Nacional de mayoría opositora ha recobrado hoy el favor popular y libra escaramuzas cruciales contra la dictadura.

Metidos en la historia

Las escaramuzas responden a los resortes del entorno, a las conminaciones de la actualidad, pero tienen parentesco con el fenómeno histórico que se ha abocetado aquí. No hay  cosa más perjudicial que mirar el suceso de manera aislada, como producto de motivaciones inminentes, aunque sean ellas las que en esencia lo determinen. Las cosas no están para una contemplación superficial. La valoración del trabajo de los parlamentos del pasado, o la faena admirable de algunos de ellos, ofrece una plataforma que da consistencia a lo que sucede frente a nuestros ojos, o en interior de nuestras vivencias. Así como las peripecias que nos conciernen no comienzan  cuando se suscribe nuestra partida de nacimiento, ni terminan cuando se firma nuestra acta de defunción, la gesta de la Asamblea Nacional de la actualidad proviene de raíces firmes, gracias a cuyo vínculo con una proeza de civilidad  que no se ha apreciado con la pausa que merece,  se convierte en algo más íntimo y caro, o en un adelanto del porvenir. La lucha entre la república y la negación de la república viene de antiguo y no ha cesado. En su evolución ha dejado evidencias para alimentar los ánimos, o para ponerlos a dieta, según se ha tratado de mostrar. Ahora se trata de apreciarlas en la dimensión justa, no en balde nos meten a todos en una historia tortuosa y alentadora, en un acontecimiento esforzado  y noble  que se debe profundizar.

Los grandes congresos de Venezuela (I); por Elías Pino Iturrieta

Desde sus orígenes como república, Venezuela es un país presidencialista. En consecuencia, se considera que la autoridad se impone desde el Ejecutivo, mientras el resto de los poderes ejerce funciones accesorias. La influencia de los hombres fuertes y el trabajo de las guerras civiles en el siglo XIX reafirman el punto, que se prolonga durante

Por Elías Pino Iturrieta | 17 de abril, 2017

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Desde sus orígenes como república, Venezuela es un país presidencialista. En consecuencia, se considera que la autoridad se impone desde el Ejecutivo, mientras el resto de los poderes ejerce funciones accesorias. La influencia de los hombres fuertes y el trabajo de las guerras civiles en el siglo XIX reafirman el punto, que se prolonga durante los treinta años iniciales del siglo XX debido al predominio de los regímenes autoritarios de Castro y Gómez. Ahora, cuando se observa la preponderancia de una sola voluntad de naturaleza política desde el advenimiento de Chávez, prologada en tiempos menos lejanos por la dictadura de Pérez Jiménez, se apuntala la lápida de una preeminencia ante la cual se han arrodillado los diputados y los jueces.

Cualquier vistazo se detiene en la preponderancia de los individuos establecidos en la casa de gobierno, sin mirar hacia las vicisitudes de la representación popular, mucho menos hacia la sede de los tribunales. Pero, pese al aplastante dominio de un puñado de individuos amparados por los muros de un familiar palacio, la representación popular ha protagonizado momentos estelares de los cuales conviene hacer memoria. Los señores de la judicatura deben esperar un análisis que tal vez será más extenuante.

Confesión de intenciones

Las letras que siguen no pretenden una descripción aséptica, sino la sugerencia de un conjunto de apreciaciones que remitan a una valoración justa de la conducta del actual Parlamento frente a la dictadura de Nicolás Maduro. No quieren salir del cauce de equilibrio que se exige en sentido profesional, pero declaran el propósito de apoyar los esfuerzos de la oposición de nuestros días en el seno del Capitolio para que pensemos, con la información que se pueda asomar, en la necesidad de que cada quien los respalde desde su ámbito. Nada inocente se leerá en adelante, por lo tanto, pero tampoco afirmaciones alejadas de la verdad. Solo puntos de vista quizá poco trajinados, que se quieren entrometer en las urgencias de la actualidad para remendar su capote.

Si algún nuevo conocimiento circula en adelante, en esencia persigue ese objetivo. Hay una tradición de esfuerzos que mueve la conducta de los diputados de la actualidad, un nexo con procesos fundamentales de la sociedad que concede trascendencia a una conducta que en un primer vistazo puede parecer aislada o endeble. No obstante, tal conducta recoge y resume manifestaciones esenciales para el control de los asuntos públicos, sin cuyo entendimiento miraremos los hechos con miopía. Si a las luchas de nuestros días les falta historia, es decir, conexiones con los sucesos llevados a cabo por los antepasados, ahora se recorrerá un poco de ella.

El inicio estelar

Las batallas de la Independencia, esenciales sin duda, colocaron en segundo plano las actividades del Congreso de 1811, cuyas discusiones fueron primordiales en el tratamiento de los asuntos que conmovían las conciencias de su tiempo. No solo porque los diputados declararon la separación de España, sino también por la realización de un entendimiento de la realidad que los venezolanos no habían llevado a cabo. El desconocimiento de la Corona obligó al tratamiento de problemas jamás tocados por la colectividad, nunca desafiados por cabezas nacionales, todos arduos de coser y planchar, pero se hizo en términos correspondientes con las solicitaciones del contorno. Los diputados actuaron con vacilación debido a la magnitud de las mudanzas que acariciaban, pormenor que le otorga entidad especial a lo que hicieron. Comenzaron una fábrica para cuya obra carecían de experiencia, pensaron a solas y en conjunto sobre temas desconocidos, o ante cuyos retos se acercaban a tientas, para dejar un primer testimonio de comprensión del acuciante ambiente que debía señalar los rumbos del futuro.

No tocaron temas superfluos, sino asuntos de difícil solución, si se considera el peso de la tradición contra la cual insurgían y de la cual también formaban parte: la separación de unos poderes públicos que solo existía en los libros prohibidos por las autoridades metropolitanas; la igualdad de los hombres en una sociedad dividida hasta entonces en estamentos diferenciados a cabalidad; la libertad religiosa en un teatro rodeado de sacristías y la elaboración de un mapa político que cambiara la división del territorio impuesta por la monarquía y diera a las regiones el peso que nadie había calculado, por ejemplo. Estamos ante la primera gran reflexión sobre Venezuela, un hecho inédito que debemos a un grupo de representantes del primer civismo encerrados en una capilla. En esa capilla empieza la historia intelectual de la república, aunque la sangre derramada en los campos de batalla la coloque en segundo plano.

La época de oro

Ganada la guerra y creada Colombia entre bombos y platillos con Bolívar en la cúspide, las decisiones de los diputados de 1830 remiten a un capítulo de singular significado, el más importante después de la etapa fundacional. Los hombres reunidos en Valencia llevan a cabo una rectificación medular, la madre de las rectificaciones, gracias a la cual se inaugura el ejercicio de una república liberal de orientación moderna que impone sus principios hasta nuestros días, pese a la traba de los personalismos. ¿Qué hacen los constituyentes de entonces? Arrojan luces sobre las limitaciones del régimen colombiano, especialmente sobre sus reminiscencias coloniales; se escandalizan frente a las trabas que imponía un gobierno establecido en la remota Bogotá; llaman la atención sobre la necesidad de recuperar la peculiaridad de Venezuela como parte de una parcela singular, con economía y sensibilidad particulares que requerían una administración más precisa y menos panorámica; y advierten sobre los peligros del militarismo en un tiempo que tenía a los generales Páez y Mariño en la vanguardia.

No es poca cosa. De allí la fragua de una autonomía que condujo a un profundo viraje de la vida. Los diputados de 1830 obligan a mirar con ojos diversos los logros de la Independencia y a considerar los perjuicios que traía la continuidad del Libertador en el ejercicio del poder. El desafío obligó a debates en los cuales brilló el entendimiento de los voceros, el apogeo de la lucidez asomada antes en la primera asamblea de la Confederación y a veces en las curules de Cúcuta, porque los delegados de la nacionalidad en ciernes no podían aferrarse a controversias banales para el logro de su espinoso objetivo. Tan espinoso, que todavía el patrioterismo, idiota y trivial como de costumbre, los acusa de traición y del crimen del parricidio.

Pero el parlamentarismo de 1830 no solo importa por el deslinde que establece frente al pasado inmediato, sino también por el hábito de deliberación que impuso en las décadas siguientes. La sociedad todavía es un enigma que escudriñan los diputados a través de pormenorizados análisis. La historia que comienza se orienta hacia el establecimiento de una administración de corte liberal-capitalista, empresa aventurada que deben resguardar sus proponentes de Valencia y una maraña de propietarios en bancarrota sin credenciales políticas. El flamante capítulo topa con la resistencia de los oficiales del Ejército Liberador y con los intereses de la jerarquía eclesiástica, ante cuyos fueros debe imponerse en el salón de sesiones una inusual retórica que no permite descanso. Como los que mandan se llaman José Antonio Páez y Carlos Soublette, cargados de laureles, y como en la cercanía se asoman las prerrogativas de unos individuos parecidos a ellos, se debe machacar un sistema de frenos y contrapesos capaz de impedir desmanes, sin que los voceros de la opinión pública encuentren valladares de importancia en su sendero.

No se llega entonces a una situación redonda, a un cumplimiento cabal de las obligaciones del Legislativo, pero la autonomía de la Cámara logra el establecimiento de rutinas escrupulosas en la supervisión del gabinete y de los primeros mandatarios. Tales rutinas importan por su excepcionalidad, porque no abundan en lo que falta de siglo, pero también por la lección de independencia que nos dejan. El hecho de que fuesen asfixiadas por el ataque sucedido en 24 de enero de 1848, cuando el presidente José Tadeo Monagas dirigió una arremetida o permitió que se asaltara la sede del Congreso que lo quería juzgar por abuso de poder, remite al arranque de un proceso de cuño cívico que solo pudo ser sofocado por la brutalidad.