Blog de Angel Alayón

Juego 3 // Salvador Pérez, pastor de hombres; por Angel Alayón #WorldSeries2014

Los buenos peloteros tienen mucho de ajedrecistas. Antes de que el pítcher lance, deben haber repasado todas las jugadas probables de acuerdo con la situación del juego. Una vez que la bola está en el aire, ya no habrá mucho tiempo para pensar. Los Gigantes perdían 3 a 2 en el octavo inning. Gregor Blanco […]

Por Angel Alayón | 25 de octubre, 2014

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Los buenos peloteros tienen mucho de ajedrecistas. Antes de que el pítcher lance, deben haber repasado todas las jugadas probables de acuerdo con la situación del juego. Una vez que la bola está en el aire, ya no habrá mucho tiempo para pensar.

Los Gigantes perdían 3 a 2 en el octavo inning. Gregor Blanco tocó la bola para tratar de embasar la carrera del empate. Una jugada de habilidad y desespero. Fue un buen toque.  El receptor Salvador Pérez saltó sobre la pelota con velocidad y agilidad. Gracias a la tecnología de StatCast, hoy sabemos que Pérez tardó sólo 0.23 segundos en dar el primer paso y que llegó a la pelota en 2.14 segundos. Algunos dirán que tiene los reflejos de un tiburón australiano. El tiro a primera fue exacto y evitó que Blanco alcanzara con éxito la primera base.

Pérez ya había demostrado sus reflejos y el poder y precisión de su brazo en el segundo inning, cuando Hunter Pence fue fusilado en intento de robo. Un buen catcher es lo más parecido a un ángel de la guarda. Y así parece considerarlo Brandon Finnegan, el novato de 21 años que en junio de este año todavía lanzaba para el equipo de su universidad, Texan Christian University, y que subió a las Grandes Ligas hace 54 días y apenas debutó hace 49. Finnegan entró a lanzar en el cierre del séptimo, con Hunter Pence en la primera y un out.

Luego del juego, el novato confesó que estaba nervioso. Pero le dio todo el crédito a Salvador Pérez por guiarlo en medio de tanta presión.  Finnegan sacó dos outs claves de la mano de un Salvador Pérez que estuvo toda la noche saliendo a hablar con sus lanzadores. Luego vendrían Wade Davis y Greg Holland a silenciar a los Gigantes en el octavo y noveno inning. Un buen catcher es lo más parecido a un pastor. Y Salvador lo es.

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Sherlock Holmes resolvía casos a partir de lo que no había pasado en lugar de lo que pasó. Anoche el perro no ladró ni Nori Aoki estuvo en el right field de los Royals. El jardín derecho fue custodiado por un gran center field: Lorenzo Cain. Y la decisión del manager de los Royals, Ned Yost, lució acertada desde el comienzo del juego. Cain hizo dos grandes jugadas sobre batazos de Posey e Ishikawa en el primer y segundo inning.

Otra decisión interesante de Yost fue subir a Alex Gordon del sexto turno al segundo. Gordon, uno de los pilares de los Royals, estaba en medio de un slump serio: dieciséis turnos sin conectar de hit. Gordon tomó práctica de bateo extra antes del juego y trabajó con el coach de bateo. El diagnóstico era claro: estaba abriendo el compás y no se estaba quedando atrás, una receta para ser sorprendido. En el sexto inning, Gordon encontró a Escobar en primera y al segundo lanzamiento conectó un doble para empujar la segunda carrera del juego. Resucitar a tiempo es también una habilidad. Luego Tim Hudson dominó a Cain y Bochy trajo a Javier López a enfrentar a Eric Hosmer. Fue el turno del juego. López pone a Hosmer en dos strikes. Un bateador contra las cuerdas afina la vista y trata de salvar la zona de strike. Llega a dar seis fouls y llevar la cuenta a 3 y 2. En el onceavo lanzamiento conecta sencillo al center field para empujar la tercera carrera de los Royals. Los Gigantes harían dos carreras en el final del sexto acercando el score, pero ya sabemos que el relevo de los Royals a patir del séptimo sólo necesita para ganar un juego la mínima diferencia.

Fue cerrado, un juego con buenas salidas de los veteranos Guthrie y Hudson, de mucha defensa y contención. Fue un juego que se pareció a la expectativa que se tenía sobre esta serie. Los Gigantes ahora sienten la presión. El setenta por ciento de los que ganan el tercer juego de la Serie Mundial terminan alzando el trofeo, lo que hace sonreir a los Royals. Pero setenta por ciento no es cien por ciento. Ahora le toca reaccionar a los Gigantes.

Juego 2 // Los relevistas sueñan con el infierno; por Ángel Alayón #WorldSeries2014

1. Jake Peavy. Nadie enfrenta dos veces al mismo lanzador. Cuando Jake Peavy ganó la triple corona de pitcheo, Yordano Ventura, su contraparte, tenía apenas 16 años. En 2007, Peavy lanzaba para los Padres de San Diego y era considerado el mejor lanzador del béisbol. Pero el Jake Peavy de anoche era otro, trasegado por las […]

Por Angel Alayón | 23 de octubre, 2014

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1. Jake Peavy. Nadie enfrenta dos veces al mismo lanzador. Cuando Jake Peavy ganó la triple corona de pitcheo, Yordano Ventura, su contraparte, tenía apenas 16 años. En 2007, Peavy lanzaba para los Padres de San Diego y era considerado el mejor lanzador del béisbol. Pero el Jake Peavy de anoche era otro, trasegado por las lesiones y por los años. Un Peavy que tuvo que cambiar su mecánica de pitcheo, vivir con una recta más lenta y apelar a la experiencia. Quizás eso sea lo que signifique el paso del tiempo: adaptarse a las limitaciones.

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Gregor Blanco inició el juego con un home run. Esa temprana ventaja no fue suficiente para que Peavy no tambaleara durante los dos primeros innings, aunque el daño se limitara a sólo dos carreras. Luego de un piconazo contra Omar Infante, Jake se gritaba a sí mismo, llamando con desespero a aquel pitcher imbateable del 2007. Fue sorprendente verlo regresar durante las siguientes tres entradas. Logró llegar al sexto inning limitando a los Royals a esas dos carreras, un resultado que le ofrecía a su equipo la oportunidad de competir. Hasta que vino la emboscada.

2. Yordano Ventura. Yordano Ventura vive de la velocidad. Tiene mucho del mito del abejorro, ese insecto que de acuerdo con su peso y forma teóricamente no podría volar, pero lo hace con independencia de lo que digan los cálculos. Varios científicos han estudiado cómo un hombre de 1.83 de altura y 80 kilos puede lanzar la pelota a más de 100 millas. Ventura tiene una contextura que no justifica esa velocidad pero, como el abejorro, no lo sabe.

Los estudios han explicado que la fuerza con que lanza la pelota depende de la cadena cinética. Es decir, de la optimización de los tiempos en la secuencia de movimientos que implica lanzar. Glen Fleisig, experto en ingeniería médica y mecánica en el American Sports Medicine Instute explica la velocidad de Ventura en estos términos:

“Tiene que ver, más que nada, con los tiempos de sus distintos movimientos [...] Se ve a primera vista. Parece que el muchacho da un paso, su cuerpo se mueve hacia adelante y luego lanza. Pero si lo ves en cámara lenta, realmente es una secuencia de eventos. Cuando el pie en movimiento de un lanzador aterriza, su brazo, que no está conectado en la pierna en absoluto, debe estar en cierta posición, y su cadera y tronco deben estar en otra. Y si analizamos esas cosas en una pequeña fracción de segundo, los mejores pitchers tienen la secuencia correcta”.

 Y Ventura utilizó esa velocidad para darle la oportunidad de igualar la serie a sus Royals de Kansas City. Mantuvo el juego en dos carreras hasta el sexto inning. Posey y Pence conectaron sencillos, hombres en primera y en segunda con un out, y salió Ned Yost a quitarle la pelota a Ventura.

Y allí vino la diferencia de este juego: el relevo.

Yordano Ventura 640 Juego 2 serie mundial 640C

3. La emboscada. Todo niño que pitcha sueña con ser un abridor en las Grandes Ligas. Nadie, a esa edad, dirá que aspira ser algún día un buen relevista intermedio, pero la importancia del relevo está subestimada. No se llevarán los titulares y tampoco tienen los sueldos más altos, pero el juego depende de ellos.

Yost trajo a Kelvin Herrera para solventar la amenaza de los Gigantes.  El primer lanzamiento ante Brandon Belt fue a 100 millas por hora, una recta que le dijo a los Gigantes que la velocidad va a estar presente durante toda la serie. Herrera dominó a Belt y luego a More, para acabar con la conjura de los californianos.

Entonces Peavy abrió el cierre del sexto. Lorenzo Cain se embasó por hit y Eric Hosmer recibió un boleto. Era todo para Peavy, un hombre religioso que siempre le ha atribuido sus éxitos a Dios, pero ahora tendría que rezar.

Bochy llamó a Jean Machí, quien recibió una sólida línea de Billy Butler que permitió a Cain anotar la carrera de poner el juego a favor de los Reales 3 a 2 y dejar hombres en primera y segunda. Era la segunda empujada de Butler, uno de los consentidos de los fanáticos de los Royals y cuya temporada 2014 ha sido la peor de su carrera. Pero ayer nadie pensó en eso. Butler había puesto a ganar a los Royals y  Bochy entró para traer a Javier López, quien dominó a un apagado Alex Gordon.

Bochy entró una vez más para llamar a Hunter Strickland y enfrentar a Salvador Pérez. Los hombres avanzaron a segunda y tercera con un wild pitch, para luego anotar por un doble de Pérez que puso el juego 5 a 2. Luego vino el veterano Omar Infante. Strickland se puso por debajo en la cuenta e Infante esperó la recta para hacer un swing perfecto. Conectó un home run por el left field y determinó las cifras definitivas: 7 a 2.

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Machí y Strickland no pudieron contener la amenaza y allí perdieron el juego. Strickland mostró su frustración luego del home run, le gritó a Salvador Pérez y los dugouts se vaciaron: es la frustración del no-poder y ver cómo los Royals igualaban la serie.

Este altercado le agrega un grado de tensión adicional a una serie que se muestra pareja y con dos equipos que tienen hambre de ganar.

Ayer ambos managers movieron sus piezas en el sexto inning. A Yost le funcionaron; a Bochy no. Una estrategia sin buena ejecución nunca ha llevado a nadie muy lejos.

Los relevistas no sueñan con la gloria: sueñan con el infierno.

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Juego 1 // La noche del gigante Bumgarner; por Ángel Alayón  #WorldSeries2014
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Juego 1 // La noche del gigante Bumgarner; por Ángel Alayón  #WorldSeries2014

A Ángel Alayón, mi padre, quien escribió de beisbol para Sport Gráfico. El béisbol es un juego de señales. Nori Aoki, el segundo bateador del juego, conectó una línea directo al guante de Madison Bumgarner, el abridor de los Gigantes de San Francisco. Luego de atrapar un fly o una línea, normalmente los lanzadores y […]

Por Angel Alayón | 22 de octubre, 2014

A Ángel Alayón, mi padre, quien escribió de beisbol para Sport Gráfico.

Wild Card Game - San Francisco Giants v Pittsburgh Pirates

El béisbol es un juego de señales. Nori Aoki, el segundo bateador del juego, conectó una línea directo al guante de Madison Bumgarner, el abridor de los Gigantes de San Francisco. Luego de atrapar un fly o una línea, normalmente los lanzadores y los infielders “corren la bola”. Es decir: se la pasan a un jugador del infield para hacer la rutina de lanzamientos internas, hasta que la pelota regresa al lanzador para reanudar el juego. Pero no pasó esta vez. Bumgarner ni siquiera volteó a ver a sus compañeros. Era un hombre con una misión. Fue directo a la lomita. Vino a lanzar sin adornos. Vino a ganar.

La madre de Madison Bumgarner confesó en una entrevista que cuando su hijo tenía una mala noche en la lomita ella no podía conciliar el sueño. Anoche Debbie Bumgarner durmió feliz. Madison mostró en el Kauffman Stadium un repertorio incómodo y un control de la zona que presionó a los bateadores de los Royals. Los anestesió.

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Los coachs son seres discretos. Están allí, en una caja a las orillas del campo. Son mensajeros y, a veces, una especie de consciencia de los peloteros. Les susurran cosas al oído en pleno juego. Son importantes, pero no se llevan el protagonismo, a pesar de que muchas veces determinan los resultados.

Gregor Blanco abrió el juego con un hit de habilidad. “De guerrilla”, dirán algunos tiburones nostálgicos. Joe Panik bateó un largo fly hacia el center-left. Roberto Kelly, el coach de primera, gritó con fuerza a Blanco que regresara mientras la bola todavía estaba en el aire y Cain corría detrás de la pelota. Blanco regresó a tiempo para iniciar el pisa y corre y alcanza la segunda ante una defensa sorprendida. De eso se trata el béisbol: de anticipar las jugadas. Y eso fue lo que hizo Kelly.

Posey conectó un sencillo y Blanco llegó hasta tercera. Pablo Sandoval bateó una línea hacia la pared del right field, Blanco anotó la primera carrera y el coach de tercera, Tim Flannery (el aliado histórico de Bruce Bochy) mandó al home a Posey, pero sólo para que fuera puesto out con un tiro de relevo perfecto de Omar Infante. Kelly aportó en la carrera de Blanco. Flannery regaló un out y la posibilidad de una carrera. Detalles es el otro nombre de este juego.

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Hunter Pence es alto y desgarbado. Sus movimientos no son elegantes, pero son efectivos. Pertenece a los pragmáticos del béisbol. Sin embargo, esa aparente falta de coordinación tiene una justificación: Hunter Pence sufre de la enfermedad de Scheuermann, una condición en la médula que impide a quienes la sufren a corregir conscientemente su postura. Es un desorden que usualmente se desarrolla en la adolescencia, pero del que Hunter supo apenas en septiembre de este año, antes de fimar un contrato de 90 millones de dólares con los Gigantes de San Francisco. La movilidad de la columna de Pence es limitada. Sin embargo, la enfermedad no lo ha incapacitado, ni le ha impedido  jugar ni dar batazos como el que le conectó a James Shields en el primer inning con Sandoval a bordo: un home run por el center field en un estadio donde es difícil botarla y que puso el juego 3 a 0, antes de que Bumgarner lanzara su primera bola. Una ventaja que resultó suficiente para que Madison atacara sin piedad la zona de strike.

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La pelota es celosa. No le puedes quitar la vista. El tercer inning comenzó con un error de Brandon Crawford ante un rolling de Omar Infante. No esperó el bote adecuado. Luego Mike Moustakas bateó un doble, conjurando una amenaza seria para Madison: hombres en segunda y en tercera sin outs. Una situación en la que, según el promedio del 2014, se anotaron prácticamente dos carreras (1.84) en las Grandes Ligas de acuerdo con Baseball Pospectus. Bumgarner resolvió la situación con dos ponches consecutivos: uno a un ansioso Escobar y otro a Aoki. Con la primera base libre, le lanzó a Cain con delicadeza. Un gran pitcher sabe cuándo huir y cuando atacar: base por bolas para el peligroso Cain.

Tres hombres en base. “Out en todas partes”, dicen.  Y entonces Bumgarner dominó a Eric Hosmer con un rolling inofesivo hacia la segunda base. Un gran cero. El cero de la noche. Las estadísticas predecían un acercamiento de los Royals, pero un pitcher solo es grande cuando puede lanzar bajo presión, contra las cuerdas, sin margen de error. Bumgarner terminaría lanzando siete entradas y permitiendo apenas tres hits y una sola carrera.

James Shields, el abridor de los Royals, decepcionó a una fanaticada que esperaba un duelo de pitcheo. Su apodo de “Big Game James” le debe más a la rima que a lo que ha hecho en este octubre. El contraste entre su recta y su cambio no estuvo presente. Sus lanzamientos no quebraron. La comunicación con Salvador Pérez parecía no fluir. Un juego para el olvido. Un octubre pare el destierro. Un punto negro para su agencia libre. Quizás fueron los once días sin lanzar. Quizás la Serie le dé otra oportunidad.

El juego fue asimétrico. Los Royals no jugaron a la altura de su reputación. Salvador Pérez dio un home run al dominante Bumgarner en el séptimo inning. Un home run que sonó a un lejano grito de advertencia de que el equipo está vivo. No tanto para este juego, sino para el mucho béisbol que falta.

Los Gigantes ganaron 7 a 1 y se ponen adelante, pero los Royals van a regresar. Porque de eso se trata el béisbol: de regresar, de levantarse, de luchar hasta el final.

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5 apuntes sobre el capital de imaginación y el futuro de Venezuela; por Ángel Alayón

“No es el futuro ni su irreal presencia lo que nos tiene lejos, divididos. Es el lento desastre, la existencia, en donde triunfan los olvidos” José Emilio Pacheco, en Estancias   1 En Venezuela se habla de futuro filtrado por signos de interrogación. Hay urgencias geográficas: ¿Hacia dónde va esto?, temporales: ¿Hasta cuándo dura esto?, existenciales: […]

Por Angel Alayón | 20 de octubre, 2014

“No es el futuro ni su irreal presencia lo que nos tiene lejos, divididos.
Es el lento desastre, la existencia, en donde triunfan los olvidos”
José Emilio Pacheco, en Estancias

 

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1

En Venezuela se habla de futuro filtrado por signos de interrogación. Hay urgencias geográficas: ¿Hacia dónde va esto?, temporales: ¿Hasta cuándo dura esto?, existenciales: ¿Qué va a ser de nuestras vidas? Preguntas y fórmulas que delatan los tiempos de incertidumbre que vivimos, tiempos en los que deambular se convierte en modo de supervivencia y en el que hay pocas apuestas, porque no hay probabilidades sobre las cuales apostar. Porque es mejor vivir bajo riesgo que en un entorno donde el futuro es indescifrable. Porque la incertidumbre es el otro nombre de la oscuridad.

2

El optimismo y el pesimismo son dos reversos de una misma estrategia que permite lidiar con lo desconocido. El pesimista declara con firmeza que ya no hay esperanza, que todo se ha perdido, que no hay futuro y actúa en consecuencia. El optimista se aferra a cualquier fuente de luz que le permita interpretar que pronto el viento cambiará de dirección y que la oscuridad no es absoluta y es solo el presagio de los buenos tiempos. También están los resignados que se mueven como corchos en medio del oleaje, una tercera vía desangelada. A todos los une su propia visión de futuro, una idea personal de lo que vendrá.

3

Pensar sobre el futuro (algo que no existe) requiere de lo que Gary Becker llamó capital de imaginación, un capital que podemos definir como el acervo de ideas, conocimientos, narrativas e historias que nos permite pensar y representar escenarios eventuales y circunstancias posibles. Lo que pensamos sobre lo que viene depende de la cantidad y calidad de capital de imaginación que hemos acumulado a lo largo de nuestras vidas. Invertimos en nuestro capital de imaginación cada vez que nos exponemos a una obra de ficción o de no ficción [literatura, cine, series, ensayos, novelas]. Nuestra visión de futuro depende de la inversión que hayamos hecho en el pasado en las herramientas necesarias para imaginar.

4

El capital de imaginación se deprecia y se desactualiza. En medio de las borrascas del presente, de los alimentos y de los medicamentos ausentes, de crímenes ensordecedores, de una inflación voraz, es fácil olvidar y atender la necesaria reposición de nuestra capacidad de imaginar. Las crisis económicas son momentos devastadores para la imaginación y es por eso que urge contrarrestar la creencia de que el futuro es solo una proyección de los dolores del presente y no un horizonte de posibilidades. Si nuestro mundo es del tamaño de nuestro lenguaje como argumentó Wittgenstein, nuestras acciones en él depende de lo que creamos sea su futuro. Solo podemos imaginar lo que podemos nombrar. Un presente astringente y un poder con ánimos de perpetuidad destruye el lenguaje para así desterrar de los ciudadanos la capacidad de considerar posible la idea de un futuro alternativo a lo que vivimos. Defender el lenguaje es defender la posibilidad de cambio. Es defender el futuro.

 5

Imaginar implica la derrota del presentismo, esa tendencia a interpretar el pasado y el futuro a partir de lo que pensamos y sentimos en el presente, como lo define Daniel Gilbert. Los ahogos pueden impedirnos ver que ha habido países en situaciones mucho más complicadas que las de la Venezuela actual y que han podido superar esas duras circunstancias. El presente puede ser una profecía que autocumplimos. Necesitamos saber (imaginar) que un futuro distinto a lo que vivimos es posible. Y actuar en consecuencia.

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Estos apuntes sirvieron de base para la conversación en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, con Elsa Cardozo y Luis José Oropeza, moderado por Edda Armas. El tema de la mesa de discusión era ¿Se puede conjugar en futuro en Venezuela?

Clorox: de la empresa cerrada a la empresa tomada; por Ángel Alayón

  Clorox anunció el cierre de sus operaciones en Venezuela. En un comunicado expuso sus razones: “Clorox Venezuela hubiera preferido continuar su negocio en Venezuela y suministrar sus productos a los venezolanos. Sin embargo, dadas las restricciones operativas impuestas por el Gobierno venezolano, la considerable incertidumbre económica, las continuas interrupciones de suministros y sin aumentos […]

Por Angel Alayón | 1 de octubre, 2014

 

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Clorox anunció el cierre de sus operaciones en Venezuela. En un comunicado expuso sus razones:

“Clorox Venezuela hubiera preferido continuar su negocio en Venezuela y suministrar sus productos a los venezolanos. Sin embargo, dadas las restricciones operativas impuestas por el Gobierno venezolano, la considerable incertidumbre económica, las continuas interrupciones de suministros y sin aumentos significativos y recurrentes de los precios (…), Clorox Venezuela anticipó que continuarían las considerables pérdidas operativas en el futuro previsible”

Cerrar una empresa siempre es una decisión difícil, además de costosa. Muchas familias dependen de esos puestos de trabajo que pronto dejarán de existir. Muchos proveedores y clientes dependen de esos productos que ya no se producirán. El gobierno reaccionó ante la decisión de Clorox bajo una ya vieja consigna trocada en amenaza: “Empresa cerrada, empresa tomada”, y tomó control de las operaciones, con el objetivo de salvaguardar los puestos de trabajo y la producción.

La antigua Clorox es hoy una empresa estatal y sus trabajadores ahora son empleados públicos. La suerte de la empresa dependerá del Fisco Nacional y de la gerencia pública, como ha sucedido con tantas otras empresas estatizadas desde el año 2007.

No hay razones para ser optimista con el futuro de la producción de la nueva empresa estatizada. El desempeño de las empresas privadas que han pasado a ser propiedad del Estado desinfla cualquier esperanza. Sin embargo, lo más inquietante es la desatención del gobierno a las razones de fondo por la que una empresa como Clorox decide cerrar sus puertas en Venezuela.

Ninguna empresa puede producir a pérdidas de forma permanente. Y el cierre o la quiebra son opciones para detener la destrucción de recursos valiosos que pueden utilizarse con mejor provecho en otros sectores o en otras actividades en la economía. Clorox tuvo tres años vendiendo dos tercios de su portafolio a precios congelados en una economía inflacionaria, una receta para el desastre financiero.

La escasez que se sufre en Venezuela es, en parte, consecuencia de un control de precios que ha desestimulado la inversión y que ya también es causa del shut-down decision, lo que promete agravar la situación. La toma de la empresa por parte del Estado no resuelve este problema que está afectando a muchas empresas. De hecho, bajo el actual control de precios, será el Estado (es decir: nosotros, los contribuyentes) quienes tendrán que financiar las pérdidas de las empresas.

Clorox también mencionó la incertidumbre económica como una de las causas del cierre. ¿Qué va a pasar con los precios de los productos regulados? ¿Qué va a pasar con el sistema cambiario? ¿Ya no va la unificación cambiaria anunciada? ¿El Estado centralizará las importaciones? Son preguntas que no tienen respuesta en la Venezuela actual y que afectan la posibilidad de que el sector privado invierta en Venezuela.

Ya en 1942 Joseph Shumpeter, en su libro Capitalism, Socialism and democracy, advertía que el cierre de empresas podía ser parte de un proceso de “destrucción creativa” en el que nuevas empresas, con productos innovadores, desplazaban a las rezagadas, cuyo destino era la quiebra o el cierre.

Para Shumpeter, el proceso de “destrucción creativa” era inherente a la dinámica capitalista y muchos han interpretado que el cierre de empresas es una consecuencia necesaria de la innovación y del crecimiento económico. Desafortunadamente, el cierre de Clorox no tiene relación con el proceso descrito por Shumpeter. Se enmarca, más bien, en una lamentable y peligrosa tendencia: el número de empleadores en Venezuela en el 2002 era de 611.803 empresas, según datos del INE, y para enero de 2013 ese número de empleadores había disminuido hasta llegar a 345.386. Una dramática caída en el número de empresas que operan en el país que nada tiene de creativa, pero sí de destrucción.

Uno desearía que el caso de Clorox fuera un caso aislado, algo menor. Pero, en realidad, es un síntoma de un problema que atenta directamente contra el bienestar de los venezolanos: no hay ningún país del mundo que haya podido prosperar y superar la pobreza de forma sostenible sin una inversión privada vigorosa.

Shumpeter decía que los primeros interesados en implementar el capitalismo deberían ser los promotores del socialismo. Argumentaba que el capitalismo era la única forma efectiva de acabar con los poderosos tradicionales a través de la innovación, un paso necesario hacia el socialismo. También decía que, para liberar a los hombres de la necesidad de dedicar la mayor parte de su tiempo a la actividad económica, el socialismo necesitaba una sociedad industrializada y eficiente y eso sólo lo podía producir el capitalismo.

Algunos dicen que Shumpeter argumentaba esto para atraer la atención de los socialistas de su tiempo. Sin embargo, hace pocos años, durante el Congreso de Partido Comunista Chino donde se discutía la inclusión de la propiedad privada en la Constitución, le preguntaron a un alto dirigente del Partido si consideraba que la constitucionalización de la propiedad privada en China era una desviación del comunismo. Curiosamente, la respuesta fue shumpeteriana:

“No. Al contrario. Para poder alcanzar el nivel de industrialización que requiere el comunismo, necesitamos inversión privada por unos doscientos o trescientos años más”.

Una respuesta conveniente, dadas las circunstancias, pues, como diría Keynes, en el largo plazo todos estamos muertos.

Mientras tanto, quienes estamos aquí debemos evitar las lamentables consecuencias de la destrucción de empresas, consecuencias que están a nuestra vista, aquí y ahora.

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Expropiación en Venezuela = Ineficiencia + Corrupción; por Luis Vicente León
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El dólar fantasma viene por ti; por Ángel Alayón

La Unión Soviética todavía dominaba a los países bálticos. Era el verano de 1990 y llegamos en tren a Riga, Letonia. Veníamos desde Alemania. Éramos Gaudeamus, un coro de cámara conformado por venezolanos y dirigidos por Guntar Gedulis. Fuimos allá invitados a participar en el Festival de la Canción Letona. Nos asignaron un guía: Anatolijs. […]

Por Angel Alayón | 26 de septiembre, 2014

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La Unión Soviética todavía dominaba a los países bálticos. Era el verano de 1990 y llegamos en tren a Riga, Letonia. Veníamos desde Alemania. Éramos Gaudeamus, un coro de cámara conformado por venezolanos y dirigidos por Guntar Gedulis. Fuimos allá invitados a participar en el Festival de la Canción Letona. Nos asignaron un guía: Anatolijs. Él nos explicó cómo funcionaría nuestra estadía. Y allí se produjo el primer contacto con la realidad de la economía soviética:

— El cambio oficial es cuatro rublos por un dólar. Si ustedes me dan los rublos a mí, yo se los cambio a dieciséis rublos por dólar.

Nuestro guía se convirtió con esa frase en nuestro agente cambiario. Anotaba en una lista los dólares que cada quien le entregaba y regresaba a las dos horas a repartir los rublos multiplicados. A mis dieciocho años no lo sabía, pero eventualmente aprendería que el mercado negro es una característica inherente a los controles de cambio.

También aprendería que un mercado cambiario con tamañas distorsiones es insostenible.

La poeta alemana Xochil Schütz no tuvo la misma suerte cuando vino a Venezuela a participar en el décimo Festival Mundial de Poesía en Caracas. Ella cuenta su experiencia así:

“Cuando le digo a la joven colaboradora del festival que debo cambiar algo de dinero, me exhorta a que los cambie con ella, de forma personal. Quiere viajar a Europa dentro de poco. La entiendo; aunque su abrupta exhortación y algo en su tono de voz me hace desconfiar. Que el gobierno ha establecido una tasa de cambio extremadamente baja, que los venezolanos tienen dificultades para acceder a divisas y que por eso se pagan altos precios por moneda extranjera en el mercado negro, eran cosas que había leído antes de emprender el viaje.

Más tarde, la joven me ofrece canjear mis euros por un precio que en realidad está 80% por debajo del precio promedio del mercado negro e incluso muy por debajo del cambio oficial. Me siento engañada. Me cuesta encontrar el valor para decirle a la joven que me está ofreciendo muy poco dinero. Cuando me oye, hace como si estuviera enterándose de que existe un mercado negro y me monta una escena de gran sorpresa. Poco después me ofrece un tipo de cambio un poco más alto que el anterior y me explica que debido a que ella trabaja para el Gobierno no puede pagar precios de mercado negro. Acepto el trato (que aún es desventajoso) porque temo que en los próximos días tendré que lidiar con frecuencia con esta joven y no quiero arruinar completamente el de por sí ya incómodo ambiente. A pesar de eso no me siento muy bien”.

Creo que debo mandarle un saludo afectuoso a Anatolijs, dondequiera que esté. Un hombre honesto y solidario con los extranjeros.

La Unión Soviética, con su Estado hiperpolicial, nunca pudo contra el mercado negro del dólar. Y así ha sido en cualquier país donde se haya pretendido fijar un precio irreal a la moneda. La economía no soporta la ficción.

Las redes sociales hoy están llenos de cálculos nostálgicos. Se mira hacia atrás para recordar cuánto valía el bolívar y lo que con él se podía comprar. Una revolución que te hace añorar el pasado está en problemas.

Ni hablar de una revolución que te hace soñar en dólares.

Alguna vez lo llamaron el dólar fantasma. Le decían así para enfatizar su inexistencia. Pero como sucede con todo fantasma serio, su existencia no depende de lo que crean los demás. Y mucho menos de los que digan los voceros oficiales.

El dólar fantasma viene por ti.

A propósito de la “guerra contra las colas”, por Ángel Alayón

El lenguaje bélico tiene consecuencias inesperadas. El nuevo Superintendente de Precios, Andrés Eloy Méndez, anunció que el gobierno le declaró “la guerra a las colas”. Sí: la guerra. Supone uno entonces que vendrán batallas, nuevas ofensivas, otros despliegues tácticos. Y caídos. Aunque nunca nadie haya visto una cola morir. Ya, incluso, hay ataques. El establecimiento […]

Por Angel Alayón | 17 de agosto, 2014

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El lenguaje bélico tiene consecuencias inesperadas. El nuevo Superintendente de Precios, Andrés Eloy Méndez, anunció que el gobierno le declaró “la guerra a las colas”. Sí: la guerra. Supone uno entonces que vendrán batallas, nuevas ofensivas, otros despliegues tácticos. Y caídos. Aunque nunca nadie haya visto una cola morir.

Ya, incluso, hay ataques. El establecimiento estatal Supermercado Bicentenario de Plaza Venezuela fue sancionado debido a que sólo estaban en funcionamiento 26 cajas en lugar de 60. Y había gente en cola para pagar detrás de los mostradores. Es interesante que un funcionario público haya decidido sancionar a una empresa estatal. Si no es un acto inédito durante los últimos años, al menos así suena.

Sin embargo, más allá de lo simbólico, una sanción de este tipo apunta los cañones en la dirección incorrecta y más bien atenta directamente en contra de la autonomía gerencial de las empresas, una dimensión de la propiedad privada necesaria para la inversión y maltratada por tantas regulaciones implementadas por este gobierno.

No sabemos cuál es la situación financiera de los “abastos” Bicentenario ni las de otras empresas que podrían ser sancionadas por la ausencia de cajeros, pero cabe preguntarse si la empresa tiene capacidad para contratar a 34 personas más para mantener activas todas las cajas.

Las regulaciones pueden poner en riesgo la viabilidad de cualquier empresa. Incluso quebrarla.

En una economía funcional, las colas frente a los cajeros de los supermercados son una de las dimensiones del servicio que se resolverían a través de la competencia, no desde la regulación. Si en un establecimiento hay mucha cola o mal servicio, los consumidores irían a otro. Pero la economía venezolana no es una economía funcional. Y el verdadero problema en Venezuela no es la cola frente a los cajeros sino aquella que miles de venezolanos están haciendo incluso antes de que abran las puertas de los abastos y supermercados. Una cola que tiene su origen en la escasez que se vive en Venezuela.

El racionamiento es inevitable cuando la oferta disponible no puede satisfacer la demanda y los precios están regulados. Y la cola ha sido, hasta ahora, el principal método de racionamiento en Venezuela. Esos venezolanos que hacen fila a las puertas de un supermercado son víctimas de la escasez. Son la prueba de un fracaso.

[Muchas veces además de racionar por tiempo -la cola-, también se racionan las cantidades que puede comprar una persona. Adicionalmente, debido al diferencial del precio regulado con el precio en el mercado informal, hay que advertir que algunas personas hacen la cola por negocio, para arbitrar entre los dos mercados, una distorsión adicional de los controles].

En las colas se paga con una moneda distinta al dinero: el tiempo. No sería exagerado decir que cada vez que alguien hace una cola deja en ella una parte de su vida. Pudiera establecerse que el precio de un producto racionado es el precio que se paga en bolívares más las horas de de vida que se entregan haciendo fila. En una economía de escasez no requieren sólo tu dinero: requieren de tu tiempo, el último de los recursos escasos.

Las colas son visibles y generan ruido (y hasta violencia). Además, en las colas se habla, algo inconveniente desde el punto de vista político cuando hay insatisfacción. Por eso la tentación de sustituirlas por otros métodos de racionamiento siempre estará presente.

El Ministro de Alimentación, General García Plaza, contó a través de su cuenta de twitter que pronto se implementará el sistema biométrico de abastecimiento que fue creado en el primer trimestre para evitar la extracción de productos básicos y su reventa en el mercado informal.

En otras palabras: la tarjeta de racionamiento.

Cuando se habla de formalizar un sistema de racionamiento sólo puede significar una cosa: el gobierno considera que no puede resolver el problema de la escasez en el corto plazo. Otros pueden creer también que la escasez y el racionamiento ya ha sido incorporado como método de control político.

La formalización del racionamiento nos hace viajar en el tiempo a los viejos y conocidos resultados del llamado socialismo clásico del siglo XX: un kilo de arroz al mes en Polonia, 460 gramos de pollo en Cuba, medio kilo de harina de trigo en Rumania, 700 gramos de azúcar en Vietnam. Cifras que aterran.

¿Es el racionamiento una característica del socialismo del siglo XXI, como lo fue en el socialismo clásico del siglo XX? La pregunta es retórica.

Ahora, ¿está dispuesto el gobierno a deslastrarse de las políticas que hacen que muchos venezolanos peregrinen de madrugada a los supermercados con la esperanza de poder comprar los productos escasos?

No hace falta una “guerra contra las colas”: hace falta una reforma económica que nos aleje de los viejos fantasmas del socialismo del siglo XX.

El precio de la gasolina: una guía para el debate; por Ángel Alayón

  La gasolina no es sólo un combustible: es un fantasma. El presidente Nicolás Maduro convocó a un debate nacional sobre el aumento del precio de la gasolina, un tema que desde el sacudón de febrero de 1989 se considera delicado por sus posibles consecuencias sociales. Quienes están en el gobierno se han autodenominado “hijos […]

Por Angel Alayón | 1 de agosto, 2014

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La gasolina no es sólo un combustible: es un fantasma. El presidente Nicolás Maduro convocó a un debate nacional sobre el aumento del precio de la gasolina, un tema que desde el sacudón de febrero de 1989 se considera delicado por sus posibles consecuencias sociales.

Quienes están en el gobierno se han autodenominado “hijos de El Caracazo” y muchas veces aquel trágico evento se ha asociado con la reacción de la gente a unas medidas económicas dictadas desde el Ejecutivo Nacional y que incluyeron el aumento del precio de la gasolina.

Ya sabemos que la gasolina en Venezuela es la más barata del mundo. Pero ese dato por sí solo no es una prescripción para el aumento del precio. El gobierno debe demostrar en ese debate que el aumento del precio de la gasolina generará más beneficios que costos a la sociedad venezolana. Porque una decisión de este tipo siempre tiene beneficios y costos.

El precio subsidiado de la gasolina genera cuantiosas pérdidas a PDVSA y al fisco nacional: los cálculos oficiales las estiman en 12.500 millones de dólares al año, producto de un subsidio que beneficia principalmente a los venezolanos que se movilizan en vehículos particulares, que son minoría y además tienen un ingreso superior al promedio. En consecuencia, el subsidio de la gasolina es regresivo. Es decir: beneficia a los que más tienen en perjuicio del resto de la sociedad. Por esta razón, en principio, el aumento del precio de la gasolina combatiría la desigualdad. Y ése es un argumento que escucharemos muchas veces en las próximas semanas.

Sin embargo, el beneficio de los que “menos tienen” depende del uso que se le dé a los recursos que genere el aumento del precio de la gasolina. Los dueños de vehículos pagarán más por cada litro de combustible, mientras que a PDVSA y al fisco le entrarán más recursos. ¿Se utilizará ese dinero producto del aumento del precio de la gasolina para beneficiar a quienes hay que beneficiar? En este torno a las respuestas a esta pregunta se centrará buena parte del debate. Muchos dirán que sí aceptan el aumento del precio de la gasolina, pero que debe discutirse sobre el uso de los fondos.

Nicolás Maduro, anticipándose a esta discusión, propuso una fórmula de distribución:

 “Propongo que todo el dinero que venga vaya a un Fondo Social centrado en el país y en sus necesidades”, señaló. La distribución será la siguiente: 20% para la Gran Misión Vivienda Venezuela, 20% para becas del sistema universitario, otro 20% para la Misión el  Amor Mayor, otro para Patria Segura  y un último 20% para vialidad y servicios”.

Se trata de un viejo recurso para darle viabilidad política a lo incómodo: marcar el destino de los fondos que se recaudan con nuevos impuestos o, en este caso, con el incremento del precio de un producto subsidiado a programas inapelables. Sin embargo, la propuesta de Maduro está lejos de agotar la discusión.

El dinero es fungible. El Estado venezolano ya gasta recursos en la Misión Vivienda, en becas para el sistema universitario, en la Misión en Mayor, en Patria Segura y en la vialidad. Si lo que se le asignaría a cada uno de estos programas es una cantidad menor a los que ya se gasta, no hay ninguna garantía de que habrá un incremento en los servicios prestados como consecuencia de lo recaudado por la gasolina.

El gobierno puede utilizar recursos que estaban anteriormente destinados a estos programas y dedicarlos a otras actividades de gastos. Otro aspecto de la discusión será si se justifica la asignación de recursos adicionales a estos programas. Lamentablemente, no hay información disponible sobre el costo-efectividad de los programas sociales implementados por el gobierno. En muchas áreas de inversión del Estado venezolano, el problema no es sólo de recursos, sino de modelo organizativo y de gestión. Es el caso de la viabilidad, por poner un ejemplo.

Conviene advertir que, debido a la fungibilidad del dinero, la discusión no se centrará sólo sobre la efectividad del gasto en las misiones, sino en el manejo de todos los recursos del Estado venezolano.

Tamaña discusión.

Y sin información detallada sobre el uso de los recursos, el debate sobre la gasolina no se podrá llevar a cabo alejado de los eslóganes, consignas y catecismos. ¿Pero pondrá el Gobierno al alcance de los venezolanos la información necesaria para el debate?

Quizás la propuesta de Maduro hubiera sido más efectiva desde el punto de vista comunicacional si hubiera planteado inversiones concretas. Por ejemplo: plantear la construcción de los 1.000 liceos necesarios para cerrar la brecha de estudiantes que no tienen acceso al bachillerato.

Una alternativa a la propuesta de Maduro sobre la que se discutirá bastante es la posibilidad de entregar directamente a los ciudadanos una porción importante de lo recaudado por la gasolina. Autores como Pedro Luis Rodríguez, o Douglas Barrios y José Ramón Morales, han trabajado a profundidad sobre este tipo de propuesta, en parte inspiradas por la exitosa experiencia iraní.

PDVSA también estará en el centro del debate. Una empresa cuya producción ha caído al mismo tiempo que ha visto triplicar su nómina debe preocupar a los venezolanos. La pérdida que produce la gasolina es un problema importante para su flujo de caja, pero no el único. La petrolera ha sido utilizada también como una organización que, lejos de sus funciones petroleras, financia e implementa programas sociales y realiza actividades productivas distintas a las energéticas, complicando la operación y comprometiendo la eficiencia de la principal empresa en Venezuela.

El aumento del precio de la gasolina ocasionará cambios en las conductas de los consumidores, muchos de los cuales se venderán como favorables (y con razón). Se racionalizaría el uso de la gasolina. Aumentaría la presión ciudadana para mejorar el transporte público. Habría una disminución de la congestión. Habría menos contaminación. Habría mejor servicio en las gasolineras.  También se hablará del impacto en los costos de sectores donde el uso de combustibles es intensivo, como el transporte.

No podemos olvidar que la disminución (o eliminación) del gigantesco subsidio a la gasolina desestimularía el contrabando, un problema grave y de raíces profundas, como nos los cuenta Sinar Alvarado infiltrado en una de tantas caravanas de contrabando que cruzan a diario con la venia de no pocas autoridades. Por supuesto, esto dependerá del tamaño del incremento y del grado de sobrevaluación del bolívar.

En un país petrolero y con precios distorsionados, la gasolina debería servir para discutir prácticamente todos los aspectos relevantes del funcionamiento institucional del Estado y de la política económica.

Ojalá pueda plantearse la discusión… o los fantasmas seguirán acechando.

4 notas sobre el control de cambio y la declaración de Aristóbulo Istúriz; por Ángel Alayón

0. La declaración. Este lunes 14 de julio, el Gobernador Aristóbulo Istúriz y dirigente del PSUV afirmó en un evento transmitido por Venezolana de Televisión: “El control de cambio en Venezuela no es una medida económica: el control de cambio en Venezuela, mis queridos compatriotas escua,  es una medida política. Porque si nosotros quitamos el control […]

Por Angel Alayón | 15 de julio, 2014

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0. La declaración. Este lunes 14 de julio, el Gobernador Aristóbulo Istúriz y dirigente del PSUV afirmó en un evento transmitido por Venezolana de Televisión:

“El control de cambio en Venezuela no es una medida económica: el control de cambio en Venezuela, mis queridos compatriotas escua,  es una medida política. Porque si nosotros quitamos el control de cambio, ustedes sacan los dólares y nos tumban. Mientras gobernemos tendremos que tener control de cambio. [...] Y tendremos que amoldarnos, con control de cambio, a  manejar la economía”

1. La confesión: “El control de cambio en Venezuela no es una medida económica, es una medida política”. La declaración de Istúriz contradice lo que desde el alto gobierno se nos había dicho desde que se instaló el control de cambio en 2003: que era una medida económica clave para el desarrollo del país. O lo dicho a partir del 2005: que el control era parte de la estrategia de desarrollo socialista.

Ahora nos dicen la verdad: que se trata de control político. La declaración de Aristóbulo Istúriz valida los supuestos más duros propuestos por la teoría de la elección pública para el análisis de la conducta política: lo que importa es el poder.

2. La confianza: “Si nosotros quitamos el control de cambio, ustedes sacan los dólares y nos tumban”. El Gobernador pronostica que, ante una eventual liberación cambiaria, una gran fuga de capitales haría inviable al gobierno. Habría que recordar que los controles de cambio no detienen la fuga de capitales. Sólo entre 2003 y 2010 salieron de Venezuela 116.240 millones de dólares.

Nelson Merentes, Presidente del Banco Central de Venezuela, decía hace más de un año que todavía la revolución no había tenido éxito económico. La inflación y la escasez nos los recuerdan a diario. La declaración de Istúriz confirma una gran desconfianza en la capacidad que tiene el gobierno de articular una modelo económico que sea compatible con un tipo de cambio libre. Además de una confesión, es un diagnóstico: los venezolanos están prestos a sacar su dinero de aquí y lo que los detiene parcialmente es el control.

No deja de ser paradójico que aliados de Venezuela como Brasil, Nicaragua o Ecuador no requieran del control de cambios para mantenerse en el poder. No le temen a que sus ciudadanos compren o vendan libremente dólares.

El desmantelamiento del aparato productivo nacional ha sido otro mecanismo para que el funcionamiento de la economía dependa, cada vez más, de las divisas. Además, la corrupción es otra forma de dilapidar los dólares de las reservas, como fue denunciado por los ex ministros Edmeé Betancourt y Jorge Giordani. La corrupción tumba gobiernos y el control de cambios la alimenta. Es darle de comer al tigre que morderá tu mano. El control de cambio ya es un síntoma, no sólo la causa. La procesión cambiaria va por dentro.

3. De la crisis económica a la crisis política. Bruce Bueno de Mesquita y Alstair Smith proponen una hipótesis sobre cómo las crisis económicas se transforman en crisis políticas:

“Aunque casi todos consideramos la quiebra de un Estado como una crisis financiera, si la contemplamos desde la perspectiva de la supervivencia política se hace evidente que en realidad equivale a una crisis política. Cuando la deuda supera la capacidad de pago, para un dirigente el problema no es tanto que haya que recortar buenas obras públicas, sino que el titular no disponga de los recursos necesarios para comprar la lealtad política de sus seguidores claves. Los malos tiempos económicos en una democracia significan poco dinero para financiar costosos proyectos pork barrel, concebidos para comprar la popularidad política. Para los cleptócratas, esto significa perderse grandes cantidades de dinero, y tal vez incluso ver que sus cuentas bancarias secretas menguan con la lealtad de sus mal pagados secuaces”

4. La verdad. La película Bulworth [1998] se anunciaba con un eslogan que era un breve tratado de política: “¡Cuidado! Un político está punto de decir la verdad”. En el film de Warren Betty, el senador Bulworth se cansa de una vida de mentiras públicas y decide hacer política diciendo lo que piensa. Las consecuencias de su honestidad política son inesperadas y están cargadas de un optimismo cínico. La película es, precisamente, una denuncia sobre las mentiras que necesita el poder y los intereses para autopreservarse.

Una política económica que permita el desarrollo de Venezuela requiere que se desmonte la retórica que ha permitido que muchos entiendan, como positivas, algunas medidas que están perjudicando con fuerza el bienestar de los venezolanos. Hay que agradecer que Aristóbulo Istúriz haya dicho lo que dijo sobre el control de cambio: la verdad.

***

#Apuntes / La dictadura sentimental, los aeropuertos y las salas de emergencias; por Ángel Alayón

1. La dictadura sentimental. La última de las victorias del estado totalitario es el control de las emociones. El premio mayor de quien domina al otro no es conductual: es sentimental. Corea del Norte lo ha pretendido desde hace más de 66 años: dictar los sentimientos de los coreanos. Cada 8 de julio se conmemora la muerte […]

Por Angel Alayón | 13 de julio, 2014

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1. La dictadura sentimental. La última de las victorias del estado totalitario es el control de las emociones. El premio mayor de quien domina al otro no es conductual: es sentimental. Corea del Norte lo ha pretendido desde hace más de 66 años: dictar los sentimientos de los coreanos.

Cada 8 de julio se conmemora la muerte del Kim Il Sung, el Presidente Eterno, el hombre que controló el poder de modo absoluto desde 1948 durante cuarenta y cinco años. Ese día sonreír es un delito. Nadie debe hablar en voz alta en las calles. Mucho menos bailar. Mostrar alegría se paga con cárcel.

Es el Estado diciéndote que no puedes traicionar el sentimiento oficial, eso que la patria necesita que sientas.

Cuando murió Kim Jong Il, el segundo líder de la dinastía, varios coreanos fueron arrestados porque sus lágrimas y sus quejidos no mostraron el dolor suficiente ante la muerte del héroe. No se trataba de llorar. Se trataba de llorar en una forma y en un tono para que el oficial de turno no pudiera dudar de tu emoción.

El Estado necesitaba pruebas de que tu alma acababa de recibir una herida incurable por la muerte del líder amado.

Bajo el totalitarismo, sonreír o llorar son deberes, no manifestaciones de humanidad. Se sonríe, se llora o se calla a petición de los que mandan.

Los poderosos deben saber que las lágrimas de muchos de los norcoreanos no son sinceras y que la tristeza exhibida en público es sólo una estrategia de supervivencia. Pero eso no les importa. Lo que ellos esperan confirmar es que la gente sonríe, llora o calla porque les temen.

Los poderosos necesitan pruebas de que el miedo está allí, porque es ese miedo la única emoción que requieren para preservar sus privilegios.

2. Terminando el trabajo. Los asesinos eficaces no requieren de segundas oportunidades. Son demasiados los que saben matar.Las salas de emergencias en Venezuela se han convertido en el lugar donde los sicarios ineficientes terminan sus trabajos. Llegan a matar donde otros tratan de salvar vidas.

Los asesinos que llegan a las salas de emergencia matan sabiendo que nadie les impedirá salir. Justo allí donde los médicos trabajan en situaciones extremas y con escasez de insumos. Justo allí donde los médicos también deben ser salvados. Justo donde las balas rematan. Donde la ausencia del Estado es el cómplice necesario.

¿Es Venezuela una sala de emergencia?

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3.  Los retrasos. He viajado 6 veces en dos semanas. Dos veces a Maracaibo, una a Punta Piedras y tres a Maiquetía. He viajado por Aserca y por Conviasa. El resumen hasta ahora:

a) En ninguno de los aeropuertos hay aire acondicionado. El sudor es el pasaporte de los vuelos en Venezuela.

b) En el aeropuerto de Maiquetía te cobran Bs. 127 por bioseguridad. Suena a que estás pagando por un sistema de defensa antiterrorista contra una secta de biólogos descarriados. No. Estás pagando por el ozono, ese ozono que no respiras debido que no hay aire acondicionado y sobre el que se duda ofrezca beneficios para la salud. Pagamos, entonces, por un servicio que no se presta pero que de existir nos haría daño.

c) Los vuelos han despegado con un retraso promedio de tres horas. Las aerolíneas, casi siempre, se disculpan, pero nunca explican.

Y hay tanto por entender. En los aeropuertos, en las salas de emergencia, en los silencios forzados.

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El día que Luis Suárez mordió a millones, por Ángel Alayón

Ver el fútbol con los hijos es una excusa para hablar de los temas que importan. Sostener una conversación amena sobre todo lo que el deporte puede enseñar mientras se comparten alegrías, asombros y decepciones. Es también la oportunidad de decirle a nuestros hijos lo que un día nos dijeron nuestros padres luego del estremecimiento […]

Por Angel Alayón | 25 de junio, 2014

El día que Luis Suárez mordió a millones, por Ángel Alayón 640

Ver el fútbol con los hijos es una excusa para hablar de los temas que importan. Sostener una conversación amena sobre todo lo que el deporte puede enseñar mientras se comparten alegrías, asombros y decepciones. Es también la oportunidad de decirle a nuestros hijos lo que un día nos dijeron nuestros padres luego del estremecimiento producido por una jugada. El gol de Messi en contra de Irán nos permitió hablar sobre la importancia de no rendirse jamás. El agónico empate de Portugal frente a Estados Unidos nos recordó que estar cerca de la victoria no es la victoria. Y así los juegos se convierten en enciclopedias de tópicos para conversar mientras nos divertimos. Los deportes pueden ser más eficaces que la biblia para discutir sobre ética con un niño que vive apasionado por un balón y no tanto por las misas dominicales. En la cancha están sus héroes batallando y muchas de las metáforas que necesitarán más adelante.

Mi hijo vio a Luis Suárez morder a Giorgio Chiellini. A sus ocho años, y con su corta experiencia en el futbol colegial, gritó una tarjeta roja que nunca llegó. El árbitro se desentendió de la jugada y minutos más tarde Uruguay anotaría el gol que los clasificó a octavos de final y que despidió a Italia con una cicatriz difícil de borrar.

Mi hijo sostuvo la tesis de que la eliminación de Italia había sido injusta. Le expliqué que el árbitro Marco Rodríguez no vio la dentellada y, por lo tanto, no podía imponer una sanción sobre una falta que para él no existió.  Le dije además que el mordisco no tuvo que ver con el gol. (En realidad eso es algo que nunca podremos saber. Una acción como esa puede desconcentrar a un equipo y afectar su rendimiento. Las relaciones de causalidad en los deportes son difíciles de determinar. Un equipo que acaba de ser mordido no puede jugar igual. La injusticia es una forma de la derrota). También le dije que era posible que la FIFA sancione a Luis Suárez por su conducta antideportiva. Lo dije con duda, pero esa posibilidad pareció calmarlo.

No hay atenuantes para Suárez, un jugador de experiencia y con antecedentes. Ya se ha perdido diecisiete juegos en su carrera como profesional por haber mordido a un rival en cancha. Millones de personas lo vieron cometer un acto primitivo y fuera del orden deportivo. Muchos de ellos eran niños que lo admiran, niños en edad de aprender que el talento no debe exculpar a nadie. La ausencia de una sanción sería para esa audiencia la evidencia de que alguien puede obrar mal y salir airoso; obrar mal y ser, incluso, aplaudido.

Me gustaría tener la oportunidad de decirle a mi hijo en los próximos días: ¿Viste lo que le pasó a Luis Suárez por haber mordido a Chiellini? La oportunidad de hablar de un acto de justicia que reivindique el “fair play”. La FIFA ha abierto un expediente. Ahora le toca a Suárez alegar en su favor, justificar el acto de hincar los dientes en el hombro de un contrario. Ojalá lo intente desde la dignidad. También me gustaría ver, en el futuro, a un Luis Suárez rehabilitado. A un Suárez que se convierta en ejemplo de que cualquiera puede superar sus errores. Pero ahora mismo debe ser sancionado.

Albert Camus dijo que todo lo que sabía sobre moral y las obligaciones de los hombres se lo debía al fútbol. Quizás no debamos esperar tanto, pero al menos uno aspira a que el deporte le sirva a los niños para aprender desde temprano que los actos tienen consecuencias. Que morder a tu adversario, dentro y fuera de la cancha, siempre te alejará de la posibilidad de triunfar.

Apuntes: “The children” [Capítulo Final de la 4ta. Temporada de #GOT]; por Ángel Alayón

[ALERTA DE SPOILER] Hay verdades que uno preferiría no conocer. Existen, pero agradecemos que no hayan sido puestas a nuestro alcance. Un grado de ignorancia racional que asumimos para poder vivir. Pero ignorar no es una elección cuando hay alguien cuya vida depende de que estés informado de eso que no deseas saber. Tywin Lannister […]

Por Angel Alayón | 17 de junio, 2014

[ALERTA DE SPOILER]

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Hay verdades que uno preferiría no conocer. Existen, pero agradecemos que no hayan sido puestas a nuestro alcance. Un grado de ignorancia racional que asumimos para poder vivir.

Pero ignorar no es una elección cuando hay alguien cuya vida depende de que estés informado de eso que no deseas saber.

Tywin Lannister está acostumbrado a controlar el mundo que lo rodea. Le recuerda a su hija Cersei que debe casarse con Loras Tyrell por el bien de la familia. Pero Cersei se rebela y le dice que no lo hará, que se quedará en King´s Landing protegiendo a su hijo Tommen. “Haré que las llamas devoren nuestra casa antes de permitir que destrocen a mi hijo”. Tywin le pregunta, en tono descreído, cómo lo hará. Y Cersei le responde: “Diciendo la verdad”. Le confirma a Tywin los rumores de su relación incestuosa con Jamie, su hermano.

Un escándalo familiar y un escándalo de poder. La herida para el jefe de la casa de los leones es doble: ahora sabe y no puede dejar de saber.

“Tu legado es una mentira”, le dice Cersei.

Para el poder lo más peligroso sigue siendo la verdad.

*

Tormund, prisionero en el Castillo Negro, le dice a Jon Snow: “Pasaste demasiado tiempo con nosotros, Jon Snow. Ya no eres de los que se arrodillan”. Una manera de clasificar al mundo: quienes se inclinan y quienes no. Siempre hay otros en el espejo donde nos vemos.

*

El viejo Fennez le pide a Daenerys que le permita volver a la esclavitud. No le gusta la vida que lleva como hombre libre en el refugio que le asignaron, donde debe competir con los más jóvenes por espacio y comida. Ella no puede entender cómo este hombre prefiere la esclavitud antes que la libertad. “Tomé esta ciudad para hacerlos libres, no para regular la injusticia”. Pero Fennez no vive en la utopía: sólo compara que su vida anterior era mejor que la de ahora. Daenerys Targaryen le permite firmar un contrato con su antiguo amo que no exceda de un año y Ser Barristan le advierte que muchos querrán lo mismo.

La frustración política se alimenta de las utopías fracasadas. Se puede llegar al poder cantando las melodías que muchos quieren escuchar. Pero, una vez allí, los resultados cotidianos se empiezan a imponer sobre las viejas esperanzas.

Gobernar se trata de los resultados, no de las intenciones.

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*

Un hombre pobre le presenta a Daenerys los huesos calcinados de su hija de tres años. El culpable fue Drogon, uno de los tres dragones de Daenerys. En alguna ocasión los dragones mataron a las cabras de un campesino, quien fue compensado por la Khalessi por el triple del valor de los animales. Pero ante la muerte de la niña no hay compensación posible para el hombre adolorido. Daenerys decide entonces encadenar a dos de sus dragones [Drogon sigue en libertad pues lleva días sin ser visto]. Los encadena para evitar más tragedias [y también para evitar perder el poder].

Ella, que alguna vez rompió las cadenas, ahora debe ponerlas.

Lo que te hace fuerte es lo mismo que puede destruirte. Quizás la vida que aspiramos sólo es posible cuando encadenamos a nuestros dragones.

*

Jamie Lannister arregla el escape de Tyrion. La hermandad tiene mucho de complicidad.

En su camino de fuga, Tyrion descubre algo que también habría preferido ignorar: Shae, la mujer que amó, no sólo lo traicionó en el estrado dando un falso testimonio, sino también en la cama con Tywin, su padre. Tyrion asesina a Shae. Luego, en un encuentro con su padre en el baño, también lo mata. Lo hace con dos disparos de ballestas, el arma preferida por el difunto rey Joffrey.

El de Shae es un crimen pasional, pero el asesinato de Tywin es mucho más difícil de calificar. ¿Mata realmente a su padre o a quien nunca quiso serlo? ¿O asesina al hombre que lo traicionó con la mujer que amaba? ¿O al juez que lo sentenció a muerte, aun siendo inocente?

*

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Tyrion Lannister va en un cajón con rumbo desconocido y una sentencia a muerte. También lleva sus recuerdos ensangrentados. Bran Stark llegó a El Cuervo de Los Tres Ojos para saber que no caminará, pero volará. Jon Snow ha cruzado el muro y quemó los restos de Ygritte para más nunca ser el mismo. Stannis Baratheon continúa su viaje en busca del poder. Arya Stark se va a Braavos, luego de haber aprendido a matar y a confiar sólo en su espada.

*

Algunos viajan para escapar del pasado. Otros buscando un futuro. Pero nadie puede escapar de sí mismo.

Lo que somos viaja con nosotros.

Valar morghulis. Valar Dohaeris.

Apuntes: “The Watchers on the Wall” (Un capítulo de #GameOfThrones), por Angel Alayón

[ALERTA DE SPOILER] 1. Amar. Samwell Tarly le pregunta a Jon Snow cómo es estar con otra mujer. Samwell parece reconocer, ante el asedio, que morir también es no saber. Morir es ignorar en forma definitiva. Jon le ofrece a su amigo una definición que pudo dejarlo más intrigado que antes: — Es, por un […]

Por Angel Alayón | 10 de junio, 2014

[ALERTA DE SPOILER]

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1. Amar. Samwell Tarly le pregunta a Jon Snow cómo es estar con otra mujer. Samwell parece reconocer, ante el asedio, que morir también es no saber.

Morir es ignorar en forma definitiva.

Jon le ofrece a su amigo una definición que pudo dejarlo más intrigado que antes:

— Es, por un instante, ser más que uno.

Amar multiplica. Morir es ser menos que uno.

Tarly tiene miedo, pero está decidido a sobrevivir. Ha obligado a que le abran la puerta del castillo a la sobreviviente Gilly y su hijo. La refugia en una despensa y, antes de ir a cumplir con sus deberes, la besa. Empieza a sentir que ya no sólo debe luchar por sus hermanos, sino por la posibilidad de ser más que uno. Promete que regresará, algo difícil de cumplir en Westeros.

Samwell Tarly le dice a un temeroso compañero de armas: “Cuando no eres nada, no hay razón para tener miedo”. De esta manera explica su comportamiento cuando mató al white walker. Pero ahora tiene miedo: ha dejado de ser nada. Con su conducta en esta batalla, parece decirnos que cuando tienes alguien que te espera, también tienes todas las razones para superar el miedo.

La fuente de la valentía está en los que amas.

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2. Temer. Tarly está en la biblioteca del castillo. Se refugia en un libro. Intenta comprender lo que viene desde el Norte y es sorprendido por el maestro Aemon Targaryen, quien le advierte a Tarly que no debe creer todo lo que lee en los libros cuando se refieren al enemigo.

Las leyendas que allí se encuentran pueden tener su origen en la verdad, pero también son una expresión de nuestros miedos.

Cuando se trata de nuestros enemigos, siempre mentimos. “Imagina lo que ellos dicen de nosotros”. Esas sombras que vemos del otro lado del muro no son de otros, son las nuestras.

Arriba, sobre el muro, Ser Alliser Thorne reconoce ante Jon Snow que debió atender su consejo de sellar el túnel. ¿Cómo apenas 102 soldados pueden combatir a 100 mil? Ésa era la pregunta que Snow intentaba responder, pero ya no había tiempo. Las buenas ideas solo son útiles cuando se aplican de forma oportuna.

Thorne le ofrece a Jon un consejo en forma de sentencia: ser líder significa poder ser cuestionado por cualquiera, pero cuando el líder se cuestiona a sí mismo es el fin, tanto del líder como de quienes lo siguen. Thorme deja a Snow al mando del muro y baja al combate cuerpo a cuerpo. Allí ejerce de líder, inspira y pelea con determinación. Hasta caer herido.

Un muro siempre es la confesión de un miedo. Y el origen de todo lo que se teme es la muerte.

3. Morir. Aemon Targaryen recuerda a su primer amor. Un ejercicio de memoria frente a la muerte. O contra la muerte. Recordar también es ser más que uno. Los antiguos amores también son refugios: “Nada hace tan dulce el pasado como la perspectiva de una muerte inminente”.

Hay cuevas de las que uno no quisiera salir. Poder vivir en un espacio o un momento perfecto es la vieja utopía del Edén. Pero Ygritte y Snow salieron de su cueva a encontrar su destino contrariado. Los compañeros de Ygritte siempre sospecharon que la habilidosa arquera todavía guardaba sentimientos por Jon. Ya había tenido una oportunidad de matarlo y no lo había hecho. Ante las burlas, les grita a todos que quien se atreva a matar a Snow será atravesado por una de sus flechas. “Jon Snow es mío”. Pero justo cuando se encuentra a Snow en el Castillo Negro, tensa el arco y lo apunta, sus palabras encuentran un nuevo sentido: Jon Snow era de ella, pero de otra manera.

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Ygritte duda en dispararle a Jon, justo antes de ser atravesada por la flecha vengadora del huérfano Olly.

Jon la toma en sus brazos. La respiración apenas le alcanza para recordar ese momento cuando fue más que uno con Jon, en aquella cueva de la que nunca debieron salir. Es la memoria otra vez como punto de fuga. Él le promete que se encontrarán de nuevo.

— No sabes nada, Jon Snow.

Esa noche el muro resiste la batalla. Algunos manifiestan alegría, pero Jon Snow advierte que no hay que celebrar demasiado. Es cuestión de tiempo para que el muro caiga. Sólo se ha retrasado lo inevitable.

En una jugada que deja más preguntas que respuestas, decide ir en busca de Mance Rayder, el líder de las bandas y tribus del norte. Tarly le pregunta qué va a hacer: “Voy a intentar matar a Mance”, dice Snow con la resolución de quienes se han quedado sin opción.

Antes de salir del muro, Jon se desarma y le entrega su espada a Tarly diciéndole que prometió no perderla. ¿Cómo va un solitario y desarmado Jon Snow a enfrentar a Mance Rayder y sus seguidores? No podemos saberlo. Pero es claro que el Snow que salió del muro no es el mismo que vimos antes de comenzar la batalla.

El amor, el temor y la muerte siempre nos transforman.

Apuntes: “The Mountain and The Red Viper” [Un capítulo de #GameOfThrones], por Ángel Alayón

[ALERTA DE SPOILER] Oberyn Martell se enfrentó a La Montaña con elegancia y sagacidad. Martell combatía en un esfuerzo por transformar la venganza en justicia. No sólo quería eliminar a La Montaña: quería escucharlo confesar la autoría del crimen contra su hermana y su sobrino. Quería también confirmar que el jefe de los Lannisters había […]

Por Angel Alayón | 3 de junio, 2014

[ALERTA DE SPOILER]

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Oberyn Martell se enfrentó a La Montaña con elegancia y sagacidad. Martell combatía en un esfuerzo por transformar la venganza en justicia. No sólo quería eliminar a La Montaña: quería escucharlo confesar la autoría del crimen contra su hermana y su sobrino. Quería también confirmar que el jefe de los Lannisters había sido el responsable intelectual de su tragedia familiar. El combate parecía disparejo. La Montaña era un gigante frente a Oberyn. Sin embargo, Oberyn mostró una agilidad, coordinación y velocidad que dejó claro desde el principio que la pelea sería más pareja de lo que anticipaban las proporciones físicas de los gladiadores. Oberyn hiere la pantorrilla de La Montaña y logra atravesarlo en el pecho con su lanza. La Montaña cae de espalda, herido de muerte, como una vez cayó Goliat. Oberyn lo ve y se siente ganador. Le exige que confiese lo que tanto le ha pedido a lo largo de la pelea y, ante la evidencia de que su rival agoniza, decide extraerle la lanza para darle la oportunidad de que hable. Martell todavía no gana, pero ya su rostro celebra. Mira triunfante, cual torero, a una Ellaria complacida y a quien le había prometido no morir. Justo en ese momento, la Montaña lo toma desde el suelo, por una pierna, lo derriba, le golpea la cara y le desprende los dientes. Luego introduce los dedos pulgares en la cuenca de los ojos del príncipe para acabar de forma explosiva con lo que hasta ese momento había sido un cráneo.

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La leyenda recuerda a David derribando a Goliat con una piedra. El gigante cayó aturdido con el impacto en la frente, probablemente herido. Tanto los filisteos como los israelitas miraban con asombro el resultado parcial de la contienda. Malcom Gladwell nos recuerda un elemento de la estrategia de David que es indispensable para entender el resultado del mítico combate. David solo se atrevió a acercarse al gigante luego de que yaciera inconsciente. El joven pastor no dudó en sacar su cuchillo y degollar a Goliat con rapidez y eficiencia. Sólo así pudo estar seguro de su victoria.

David sabía que un gigante herido no es un gigante muerto.

Martell se alejó de las milenarias lecciones de David en el viejo arte de batallar gigantes. Oberyn pudo haber triunfado y salvado su vida de haber entendido que nunca es suficiente con derribar al gigante. David no se distrajo, no buscó el aplauso. Martell olvidó que batallaba contra un gigante. Un gigante que, por cierto, quizás usó la astucia en los últimos momentos de su vida, al hacerse el muerto, sólo para engañar al que se presumía era el astuto y así vencerlo.

Un gigante inteligente es un enemigo formidable. Estar cerca de la victoria no es la victoria.

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Tyrion Lannister ha sido condenado a muerte acusado de regicidio. “Ya los dioses hablaron”, sentenció su padre.

Antes del juicio, Tyrion sostuvo una conversación con su hermano Jamie en la celda. Allí recordó como durante su infancia intentaba entender cuáles eran los motivos para que su primo “Orson”, un niño con limitaciones cognitvas luego de una caída, dedicara todo su tiempo a aplastar escarabajos con una roca, uno tras otro, matándolos al compás de un sonido gutural que resonaba por el jardín. Orson mató escarabajos durante años, sin descanso, hasta que una mula lo mató a él.

Tyrion se dedicó a observarlo con detenimiento. Trataba de entender la motivación de tantas muertes aleatorias. Quería saber qué sentía Orson al matar a los escarabajos, cuáles podían ser sus razones.

Buscaba un sentido ante tanta muerte absurda.

A nosotros nos toca también. Igual que Tyrion quizás nunca podamos entenderlo, quizás nunca podamos encontrarle un sentido a la tragedia que nos permita evitarla, pero qué somos si no lo intentamos.

¿Qué somos si renunciamos a la posibilidad de que el mundo sea diferente? ¿La roca, la mano que la impulsa  o los escarabajos?

La escasez y sus consecuencias cognitivas y políticas; por Angel Alayón

Los venezolanos estamos desarrollando un superpoder. Somos capaces de ver en la distancia qué lleva una persona en la bolsa de supermercado. detectamos con nuestra mirada láser del siglo XXI si en ella se transportan los objetos de nuestros deseos: harina precocida de maíz, aceite, azúcar, café, leche. Lo hemos desarrollado desde la angustia. Un superpoder que se […]

Por Angel Alayón | 1 de junio, 2014

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Los venezolanos estamos desarrollando un superpoder. Somos capaces de ver en la distancia qué lleva una persona en la bolsa de supermercado. detectamos con nuestra mirada láser del siglo XXI si en ella se transportan los objetos de nuestros deseos: harina precocida de maíz, aceite, azúcar, café, leche. Lo hemos desarrollado desde la angustia.

Un superpoder que se alimenta de la vaciedad de los anaqueles y del instinto de supervivencia.

Además, la escasez nos ha convertido en seres capaces de preguntarle a cualquier desconocido ¿Dónde conseguiste eso? No se trata de que ahora los venezolanos seamos más sociables. Son interrogatorios de supervivencia, no de amistad. Es el reconocimiento de que en la información que tiene el otro está la clave para obtener los carbohidratos, las proteínas y las grasas requeridas para nuestros cuerpos de cazadores-recolectores.

La escasez tiene mucho de pre-histórico.

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El economista Sendhil Mullainathan y el psicólogo Eldar Shafir publicaron el año pasado el libro Escasez: ¿por qué tener tan poco significa tanto? En él, Mullainathan y Shafir presentan evidencia de que cuando sentimos que los recursos disponibles son insuficientes para satisfacer nuestras necesidades, la escasez toma el control de nuestra mente. “Y lo hace sin que podamos controlarlo. Lo hace inevitablemente y sin que nos demos cuenta”.

La ausencia de lo que necesitamos exige nuestra atención y lo hace a un alto costo. La escasez hace que nos concentremos justo en lo escaso. Si no hay leche, pensamos en la leche, en cómo y dónde conseguirla. La escasez nos hace sufrir de tunneling: nos enfocamos en los temas relacionados con lo que falta, olvidando otros que pueden ser incluso más importantes. Bajo este efecto, somos menos productivos, se deterioran nuestra capacidades cognitivas, disminuye nuestra capacidad para resolver problemas, retenemos menos información y perdemos capacidad de pensar en forma abstracta.

La escasez es más devastadora de lo que parece: nos hace menos inteligentes.

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La escasez en Venezuela alcanza un nivel que es seis veces superior al que se considera normal para una economía. Eso que no-hay es tema de conversación permanente en los hogares y las oficinas. Las colas en los abastos y supermercados se encargan de recordarnos de que la demanda supera a la oferta en muchos productos que necesitamos.

Luego de leer las tesis de Mullainathan y Shafir, debemos preguntarnos: ¿y si los venezolanos estamos bajo el efecto del tunneling, impedidos de utilizar de forma efectiva nuestra capacidad de razonamiento y con la facultad de controlar nuestros impulsos disminuida?

Es inevitable pensar en las consecuencias políticas de esta hipótesis: ¿y si la escasez nos está distrayendo de tal forma que nos hace olvidar las causas de esa situación?

Si ante una situación de escasez disminuyen nuestras capacidades cognitivas, ¿cómo afecta la escasez a la atribución de responsabilidades de los problemas económicos?

¿Cómo se aprovecha el mercadeo político de esta circunstancia? ¿Es más fácil o más difícil imponer una narrativa oficial que explique a conveniencia las causas de las escasez bajo las actuales circunstancias?

Todas son preguntas inquietantes ante una situación que amenaza con agravarse en Venezuela durante los próximos tiempos y capturar algo más que nuestras mentes.