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Blog de Angel Alayón

Hablar de escasez en Venezuela… es complejo; por Ángel Alayón

  Los venezolanos no sabemos cuál fue el índice de escasez de febrero. El Banco Central de Venezuela decidió no hacer público el dato, por primera vez desde que se mide la ausencia de productos básicos en los anaqueles. En enero, la escasez se ubicó en 28%, una cifra que se ha traducido en colas, [...]

Por Angel Alayón | 27 de Marzo, 2014
Angel Alayon Escasez Tarjeta de abastecimiento 640

Fotografía de Rodrigo Picón © 2014.

 

Los venezolanos no sabemos cuál fue el índice de escasez de febrero. El Banco Central de Venezuela decidió no hacer público el dato, por primera vez desde que se mide la ausencia de productos básicos en los anaqueles. En enero, la escasez se ubicó en 28%, una cifra que se ha traducido en colas, racionamiento y frustración. Según la información disponible, la escasez en febrero se disparó a niveles aún más alarmantes, pero no conoceremos la cifra.

Nelson Merentes, el Presidente del BCV, explicó su decisión de no informar al público el resultado de la medición oficial de la escasez. Lo hizo en estos términos: “El índice de escasez lo debe tener el Gobierno. No es un índice político. Nosotros le estamos suministrando al Ejecutivo la información correspondiente. No queremos que los índices se conviertan en índices políticos que favorezcan a unos y perjudiquen a otros”.

La decisión de no hacer pública la información sobre la escasez puede tener un efecto contrario al que busca el Gobierno. Es cierto que el dato oficial de escasez puede convertirse en la certificación pública del fracaso de las políticas económicas, pero reservarse el dato no evitará que los venezolanos sufran las consecuencias.

La Economía de la Información enseña que, en presencia de asimetría de información, debemos estar atentos antes las señales que proveen información de forma indirecta, pero incontestable. Decir que no se va a informar sobre la escasez para evitar que ese dato se convierta en un tema político sólo puede significar que la escasez está empeorando. Y eso inevitablemente se convertirá en un tema político. Es pertinente recordar la frase de Ralph W. Emerson: “Lo que eres hace tanto ruido que no me deja escuchar lo que dices”.

Informar sobre la inflación no es suficiente para evaluar la evolución del costo de la vida: también es necesario informar sobre la escasez.

En una economía de escasez, la inflación subestima el costo de los bienes y los servicios. Cuando este se manifiesta en una economía, los datos de inflación pierden la capacidad de reflejar el verdadero costo de esos bienes y esos servicios. Ese costo lo percibimos en las colas, en el tiempo que dedicamos a conseguir lo que necesitamos, en el precio que imponen los buhoneros y hasta en los costos psicológicos.

La decisión de Merentes llega acompañada de otra señal relevante: la implementación de la tarjeta de “abastecimiento seguro”, un sistema que implicará la imposición de limitaciones de cantidades y frecuencia en las compras de productos básicos en las redes estatales de distribución, según han explicado fuentes oficiales. Formalizar un sistema de racionamiento sólo puede significar una cosa: que el gobierno considera que no podrá resolver el problema de la escasez en corto plazo.

La Economía de la información también aconseja ser escépticos ante la revelación de información voluntaria que beneficia a quien la provee. Pero ante la negativa a informar, la conclusión es más sencilla: sólo se oculta información cuando revelarla no es conveniente para quien la posee.

Parece que ahora hablar sobre escasez en Venezuela será tan complejo como hablar de inflación en Argentina [Ver video abajo de Ministro de Economía argentino]. Eso es lamentable, pero peor aún es que no avancemos hacia la solución de la escasez en Venezuela. Las colas, el racionamiento y las angustias no podrán ocultarse con el engavetamiento de una cifra.

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Bolívar blues, por Ángel Alayón

Hay dolores que necesitan confirmación, de pruebas que oficialicen un diagnóstico que no te salva pero que permite reordenar las angustias del pasado. Un dólar oficial a 51,86 bolívares en el llamado SICAD II  es la confirmación de los desequilibrios y de eso que está desequilibrado. Y todo lo que carece de equilibrio corre el [...]

Por Angel Alayón | 25 de Marzo, 2014

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Hay dolores que necesitan confirmación, de pruebas que oficialicen un diagnóstico que no te salva pero que permite reordenar las angustias del pasado.

Un dólar oficial a 51,86 bolívares en el llamado SICAD II  es la confirmación de los desequilibrios y de eso que está desequilibrado. Y todo lo que carece de equilibrio corre el riesgo de caérsenos encima.

La lectura optimista es que es un paso en el camino correcto. La lectura pesimista es que es un paso, sólo un paso, en el desierto. Una lectura alternativa es que es un paso en el camino correcto, pero en la dirección equivocada. Tantas lecturas posibles nos dicen que no sabemos nada y eso es apenas una parte de lo que nos desequilibra.

No es útil sentir nostalgia por el futuro. Nos hablaron de un Bolívar Fuerte, un Bolívar con nombre de superhéroe. Pero quienes así lo nombraron lo expusieron a la más cruel kryptonita que cualquier moneda puede enfrentar: la impresión de dinero inorgánico convertida en una explosión cuyos residuos ahora debilitan al Bolívar Fuerte hasta asfixiarlo.

El Bolívar Fuerte también habría preferido otra muerte.

La economía no soporta la ficción. El precio del dólar tampoco. Desde cualquier trinchera se puede argumentar sobre las consecuencias contables de un dólar oficial a 51,86. Que si el salario mínimo sigue siendo alto o que ahora es más bajo. Que si hoy amanecimos más pobres o que si el dólar de la oscuridad ha sido al fin derrotado. Lo cierto es que no hay cálculo económico que resista los devastadores efectos del enfrentamiento del salario contra la realidad de la caja registradora. No sólo de propaganda vive el hombre.

De eufemismos también se muere.

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LEA TAMBIÉN: ¿Cómo afecta la devaluación del SICAD II el salario mínimo en Venezuela? #Numeralia

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5 apuntes sobre el racionamiento (o la “tarjeta de abastecimiento seguro”), por Angel Alayón

1 Nicolás Maduro lo anunció con un nombre rimbombante: “Tarjeta de abastecimiento seguro”. No habló de racionamiento: ‘no hay que nombrar lo malo’, recomiendan siempre los expertos en branding. Pero la explicación del objetivo de la tarjeta reveló las consecuencias de su implantación: la tarjeta servirá “para acabar con especuladores y bachaqueros” a través de [...]

Por Angel Alayón | 9 de Marzo, 2014

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Nicolás Maduro lo anunció con un nombre rimbombante: “Tarjeta de abastecimiento seguro”. No habló de racionamiento: ‘no hay que nombrar lo malo’, recomiendan siempre los expertos en branding. Pero la explicación del objetivo de la tarjeta reveló las consecuencias de su implantación: la tarjeta servirá “para acabar con especuladores y bachaqueros” a través de su uso por parte de los consumidores en las redes de distribución estatales. Unamos los puntos: la tarjeta de abastecimiento seguro sólo puede contrarrestar a los especuladores y bachaqueros si y sólo si raciona las ventas; es decir, si y sólo si la tarjeta es un mecanismo que limita cuánto y qué pueden comprar los ciudadanos. La lógica subyacente es la presunción (lógica, que ya han hecho pública) de que hay gente que compra productos en las redes de estatales de distribución para venderlos por fuera a un precio mayor o contrabandear. Por lo tanto, continúa el argumento, deben limitarse y controlarse las cantidades vendidas a los consumidores para combatir esas prácticas. Llámalo amor si quieres: bienvenidos al racionamiento del siglo XXI.

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El racionamiento es la consecuencia directa de la escasez. Una escasez que tuvo como causa temprana en este siglo XXI la implementación de los controles de precios en el año 2003 y que se ha agravado luego del colapso del modelo cambiario, afectando a prácticamente todos los sectores de la economía venezolana. Las causas del problema no son los especuladores y los bachaqueros. Las causas del problema están en el modelo económico y sus políticas generadoras de escasez. Especuladores y bachaqueros son una consecuencia del modelo. De hecho, se puede afirmar sin sudar mucho que la presencia y actuación de especuladores y bachaqueros son una característica ineludible del modelo. El racionamiento no funciona para solucionar las causas de la escasez: sólo la administra, sólo la distribuye. El retroceso no es poco: de un país en el que se distribuía la renta petrolera, a un país en el que el gobierno se encarga de distribuir las ausencias.

Ya el racionamiento se había instalado en Venezuela antes de la “tarjeta de abastecimiento seguro”. En muchos establecimientos, privados o estatales, no te permiten llevar más de cierta cantidad de los productos escasos. Muchas veces el método de racionamiento es la cola, en la que los venezolanos pagan, además del precio en la caja, con su tiempo. El que llega más temprano a la puerta del comercio es el que obtiene el producto. En algunos sitios marcan a las personas con números en los brazos para evitar desórdenes públicos. Es la búsqueda del orden frente al anaquel vacío.

La tarjeta de abastecimiento es la formalización de un mecanismo de racionamiento que es inevitable (y lamentable) cuando hay insuficientes productos para satisfacer las cantidades que desean los consumidores.

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El anuncio de la implementación de la “tarjeta de abastecimiento” es una pieza de información clave para entender qué espera el gobierno de la economía en el futuro cercano. Formalizar un sistema de racionamiento sólo puede significar una cosa: el gobierno considera que el problema de la escasez no podrá resolverse en el corto plazo.

La formalización del racionamiento nos hace viajar en el tiempo a los viejos y conocidos resultados del llamado socialismo clásico del siglo XX: un kilo de arroz al mes en Polonia, 460 gramos de pollo en Cuba, medio kilo de harina de trigo en Rumania, 700 gramos de azúcar en Vietnam. ¿Es el racionamiento una característica del socialismo del siglo XXI? ¿O el gobierno está dispuesto a girar el timón de la economía para combatir la escasez?

En Corea del Norte, las raciones de arroz se recortaron por primera vez en 1973. Quien recibía 700 gramos al mes empezó a recibir 607. En 1987, la ración cayó a 547gramos. El gobierno de Corea del Norte nunca ha llamado a estos recortes por su nombre. Estas disminuciones de las raciones de arroz han sido llamadas “donaciones voluntarias” al gobierno. En tiempos de escasez, el hambre se convierte en la última de las ofrendas de los ciudadanos a un gobierno que no puede garantizar la disponibilidad de alimentos.

Se trata del hambre como tributo. De eufemismos también se muere.

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El hambre y los alimentos tienen una larga tradición como instrumentos del poder político. El racionamiento tiene un puesto destacado en esa larga historia de lamentos. Nunca se trata sólo de una respuesta burocrática contra la escasez. Se trata también de un mecanismo subyugante, un mecanismo de dominación, un mecanismo que ha sido utilizado con eficacia para el control político. Unos kilos de comida que fingen apuntar hacia los estómagos, pero cuyo último destino es el alma ciudadana.

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La inflación es un problema superado en el mundo. La escasez ni siquiera se mide en países tan cercanos como Colombia o Brasil. La disponiblidad de bienes se da por descontado. Los ciudadano de esos países no se preocupan sobre conseguir los alimentos o las medicinas que necesitan cada vez que van al mercado o a la farmacia. Tampoco temen que alguien les diga que no pueden comprar las cantidades que quieran de lo que deseen. ¿Estaremos a tiempo, como país, de voltear a los lados y reconocer que no tenemos por qué descender más en el abismo que nos ofrece un modelo económico cuya característica emblemática es la escasez?

Las consecuencias de la paz económica, por Ángel Alayón

La economía no soporta la ficción. La guerra económica fue la narrativa que utilizó el gobierno para explicarle a los venezolanos los síntomas tempranos, pero dolorosos, de una crisis económica: una inflación desbordada y una escasez punzante que amenazaban con causar una derrota política en las elecciones de diciembre pasado. La economía no soporta la ficción, [...]

Por Angel Alayón | 4 de Marzo, 2014

La economía no soporta la ficción. La guerra económica fue la narrativa que utilizó el gobierno para explicarle a los venezolanos los síntomas tempranos, pero dolorosos, de una crisis económica: una inflación desbordada y una escasez punzante que amenazaban con causar una derrota política en las elecciones de diciembre pasado. La economía no soporta la ficción, pero la política sí. Al menos por un tiempo. La verdad económica siempre termina abriéndose camino entre los huecos de los bolsillos y la angustia de los ciudadanos ante los anaqueles vacíos.

Cuando la pregunta más frecuente en las calles es ¿Y qué va a pasar?, la economía se escurre entre los miedos. En Venezuela hay un conflicto político y la crisis económica se moverá al inestable ritmo de lo que suceda en la política.

La economía no soporta la incertidumbre.

La sangre en las calles, las exigencias de justicia, las guarimbas, las barricadas, la represión y los gases lacrimógenos espantan la posibilidad de que un país funcione con normalidad. Es verdad que la solución a la crisis económica pasa por encontrar una solución al conflicto político, pero no conviene desestimar que el conflicto político encuentra también su origen en los desequilibrios económicos, fuente inagotable de insatisfacción y malestar.

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Lorenzo Mendoza pidió, en la Conferencia de Paz, una Comisión de la Verdad Económica. Maduro aceptó y apenas un día después de realizada la propuesta se llevó a cabo la primera reunión entre empresarios y los representantes del Gobierno. A la salida de esa reunión, que fue privada, Jorge Arreaza, el Vicepresidente de la República, afirmó: “Nuestro socialismo reconoce al sector privado, estatal y socio-comunal, a diferencia de proyectos anteriores. Estamos seguros de que podemos convivir y coexistir para generar producción y trabajo liberador”. También dijo que el modelo económico estaba delineado en el Plan de la Patria, ahora Ley de la República. Lo dijo a modo de advertencia. Una advertencia que no aparece en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Las preguntas son inevitables: ¿Es posible alcanzar una economía funcional en Venezuela dentro del modelo económico planteado en el Plan de la Patria? ¿O el capítulo económico de la Conferencia de Paz es sólo una instancia en la que el gobierno tratará de atender y aplacar las quejas más urgentes del sector privado? Curiosamente, Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, dijo ese mismo día de la reunión que “la Conferencia de Paz del área económica no puede convertirse en sólo venir a pedir dólares”. Entonces, ¿sí puede haber una revisión del modelo? ¿O todo se reduce a que no hay dólares para honrar la deuda y el gobierno busca un segundo aire, como el boxeador que reacciona aun cuando está mareado?

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En 1919 se llevó a cabo la Conferencia de Paz de París, encuentro en el que se firmó el Tratado de Versalles y donde se impusieron las cargas económicas a la Alemania vencida para compensar a los países aliados por los costos y daño de la guerra. En aquella conferencia participó un joven y desconocido economista, John Maynard Keynes, como miembro de la delegación del Ministerio de Finanzas británico. Keynes decidió separarse de la Conferencia al ver la desproporción de la carga económica impuesta a la Alemania en ruinas. El economista inglés, quizás el más influyente en el siglo XX, escribió Las consecuencias económicas de la paz, un libro en el que advertía que “la paz” que se pretendía imponer desde la Conferencia de París traería graves consecuencias para Europa y el resto del mundo.

Tiene una particular importancia para Venezuela la advertencia que hace Keynes sobre los controles de precios y la inflación, en especial luego de la aprobación de la Ley de Precios Justos, el más reciente de los instrumentos de control:

“La presunción de un valor espúreo de la moneda, por la fuerza de leyes que regulan los precios, contiene en sí misma las semillas de la decadencia económica final, y pronto seca las fuentes de oferta de productos. Si un hombre es obligado a intercambiar los frutos de su trabajo por un billete que, como la experiencia le ha enseñado, no puede utilizar para comprar lo que necesita a un precio comparable al que él ha recibido por sus propios productos, guardará sus productos para sí mismo, o dispondrá de los mismos para sus amigos y vecinos como un favor, o relajará sus esfuerzos en la producción. Un sistema que obliga al intercambio de mercancías a un valor que no es real no sólo relaja la producción, sino que conduce finalmente al despilfarro y a la ineficiencia del trueque”.

El desastre económico alemán luego de la Primera Guerra Mundial, en parte consecuencia del tratado denunciado por Keynes, fue el caldo de cultivo para el surgimiento de Adolf Hitler y el nacionalsocialismo. La inflación, la escasez y el desempleo son los ingredientes que necesita un país para ver aparecer los peores rasgos de la humanidad. Como advirtió Keynes, ante los desastres económicos “uno no sabe cuál dirección toman los hombres para escapar de sus infortunios”.

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El Gobierno está ante una encrucijada. Debe decidir cuál es el rumbo que tomará en el manejo de la economía. El modelo económico impuesto por Chávez y sostenido por Maduro tiene mucho del socialismo del siglo XX: un modelo estatista que desplaza al sector privado, un sistema de toma decisiones centralizado que abarca desde el manejo de las divisas hasta la intervención en todos los precios de la economía. Un modelo económico que, hasta ahora, ha designado al sector privado como el responsable de todos los males de la economía, desde la inflación hasta la corrupción, pasando por la escasez. Un discurso económico que exculpa al principal responsable de los resultados económicos, al principal responsable de las angustias de los venezolanos. Un discurso económico que se exculpa a sí mismo con eficacia, pero que nada puede resolver.

El socialismo del siglo XX siempre fue acompañado inevitablemente por la escasez. No es una casualidad: es una característica del modelo. No ha sido diferente en el llamado socialismo del siglo XXI. La escasez es una consecuencia directa de la centralización de las decisiones, de la planificación central, del estatismo y de la asfixia a la iniciativa privada. Profundizar este modelo equivale a profundizar los desequilibrios de la economía y sus terribles consecuencias para el bienestar de los venezolanos. ¿Estará dispuesto el gobierno a girar el timón?

Ante las reuniones del capítulo económico de la Conferencia de Paz, convendría recordar la advertencia de Keynes: cuidado con la paz que se pretende imponer: equivocarse allí puede engendrar lo que no quieres ver, justo lo que terminará derrotando a la paz verdadera, justo lo que puede alejarnos de la economía que merecen los venezolanos, especialmente la economía que merecen los venezolanos que menos tienen y más sufren.

Venezuela: la sórdida relación entre escasez, inflación y pobreza; por Ángel Alayón

“Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas” Mark Twain La escasez en enero alcanzó niveles récord. La cifra casi sextuplica los niveles que se consideran normales. El 28% de escasez anunciado por el Banco Central de Venezuela confirma lo que se observa en las calles de Venezuela: ciudadanos deambulando [...]

Por Angel Alayón | 12 de Febrero, 2014

“Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas”
Mark Twain

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La escasez en enero alcanzó niveles récord. La cifra casi sextuplica los niveles que se consideran normales. El 28% de escasez anunciado por el Banco Central de Venezuela confirma lo que se observa en las calles de Venezuela: ciudadanos deambulando de comercio en comercio, ciudadanos haciendo colas y pagando los alimentos con su tiempo, ciudadanos comprándole a los buhoneros a precios que están muy por encima de los publicados en la Gaceta Oficial. Ciudadanos en estado de caza-recolección.

Si la inflación es terrible, la escasez puede ser peor. La combinación de ambos fenómenos, devastador. Cuando el fenómeno de la escasez se manifiesta en una economía, los datos de inflación pierden la capacidad de reflejar el verdadero costo de los bienes y servicios. No se trata de una manipulación del indicador: se trata de que el indicador de inflación subestima los precios de los bienes y servicios debido a la escasez.

¿Cuál es el precio de un producto que no existe? ¿Cuál es el precio de un producto en el que la escasez alcanza el 100%? Esa cifra adquiere dimensiones interestelares: el precio de algo que no existe es infinito. Ni el hombre más rico del mundo puede pagarlo. Cada punto de escasez incrementa el precio efectivo, que es el costo de adquisición total de un producto. Y ese incremento del costo total de adquisición es la suma del precio del producto más todos los costos de transacción involucrados en esa competencia con obstáculos en la que se ha convertido hacer mercado. Ese costo lo percibimos en las colas, en el tiempo que dedicamos a conseguir lo que necesitamos, en el precio que imponen los buhoneros y hasta en los costos psicológicos de la escasez.

La reducción de la pobreza en Venezuela es menor a la que indican las cifras oficiales, al menos en las mediciones que utilizan metodologías relacionadas con la capacidad adquisitiva del ingreso. Y esto se debe precisamente a la distorsión que introduce la escasez en la medición de los precios de la economía.

A mayor escasez, mayor es la subestimación de los precios. En consecuencia, en una economía de escasez creciente, el verdadero poder adquisitivo de los ciudadanos se deteriora a una velocidad mayor de la que sugieren las cifras oficiales de inflación. Otra manera de decirlo: la escasez subestima la inflación y la subestimación de la inflación subestima los niveles de pobreza que reflejan las cifras. Los gobiernos suelen decir que las cosas están mejor que en la realidad: el peligro aparece cuando el propio Gobierno toma decisiones a partir de esa ilusión.

En los años noventa del siglo pasado, Jeffrey Sachs dio cuenta en la literatura económica de una aparente paradoja: ¿le conviene siempre a los ciudadanos de un país que haya precios más bajos? Motivado por la situación en Polonia, Sachs estableció que el bienestar de los consumidores de un país puede incrementarse gracias a un aumento de los precios. Polonia estaba sumida en la escasez y bajo un sistema de precios regulados que hacía inviable la producción. El bienestar de Polonia podía aumentar si el incremento de los precios estimulaba la oferta disponible de bienes y servicios. El bienestar de los consumidores aumenta debido a que el incremento del precio nominal —el precio que es medido por las instituciones oficiales y reflejado en los indicadores de inflación— estimula la oferta disponible de productos, disminuyendo el costo real de adquisición de los bienes. La contrapartida es obvia: una disminución de precios que incrementa la escasez es perjudicial para el bienestar de los ciudadanos.

(A propósito de la Ley de Precios Justos, conviene rescatar la sabiduría económica de aquel dicho: el producto más caro es el que no se consigue)

No sé si estamos en socialismo o si vamos en camino hacia allá, pero la economía venezolana ya presenta una de sus principales características históricas: la escasez.

La centralización del manejo de las divisas ha creado un riesgo sistémico, un elemento propio de los modelos socialistas. Cuando falla la entrega de divisas (centralizada en manos del Estado), falla todo el sistema. No es alentador recordar que La Gran Hambruna China fue la consecuencia de una falla de la planificación central, como ha demostrado Dennis Yang.

Quienes gobiernan nunca deben olvidar que la equivocación de unos pocos puede acabar con la vida de muchos.

El retorno de la expropiación (o “La amenaza de las empresas zombies”); por Ángel Alayón

La amenaza fue clara: si hay que expropiar, vamos a expropiar a quien tengamos que hacerlo para defender la economía. El contexto de la advertencia tuvo carácter de ultimátum: “He llamado a todos los sectores económicos del país a la producción, al trabajo honesto y a la autorregulación de los productos y de los precios. Quiero [...]

Por Angel Alayón | 5 de Febrero, 2014

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La amenaza fue clara: si hay que expropiar, vamos a expropiar a quien tengamos que hacerlo para defender la economía.

El contexto de la advertencia tuvo carácter de ultimátum:

“He llamado a todos los sectores económicos del país a la producción, al trabajo honesto y a la autorregulación de los productos y de los precios. Quiero decir que les voy a dar hasta el lunes que viene. Si el lunes que viene encontramos unidades económicas o empresas violando la Ley de Precios Justos, voy a tomar las medidas más radicales que haya que tomar, para que el pueblo entonces entre a esas unidades a producir”.

Si hay algún momento en el cual se requiere estimular la producción nacional es éste. La escasez y la inflación están causando estragos y el gobierno no tiene las divisas para paliar la situación importando, como sí pudo hacerlo en el pasado, en aquellos tiempos de Hugo Chávez. Estamos hablando de una situación delicada respecto a la oferta disponible de los productos básicos, esos productos cuya ausencia activan los instintos de supervivencia y desatan conductas que preferimos que se mantengan a buen resguardo en viejas películas de Betamax.

Y es justo en este momento que reaparece la expropiación como amenaza. Justo en este momento se va a aplicar una Ley de Precios Justos que lejos de estimular la producción la desestimula, como lo ha hecho durante más de cuatro mil años de historia. Porque aquí la historia debe servirnos para algo: ningún país del mundo ha podido aumentar la producción de bienes básicos con controles de precios. Por algo China, luego de la más trágica de las hambrunas, los desmanteló a partir de 1978. Por algo Brasil lo hizo a principios de los noventa. Por algo esos países hoy son potencias agroalimentarias.

La estatización de la economía venezolana avanzó durante los últimos quince años. Siempre se expropió en nombre del bienestar del pueblo. Nunca un político ha dicho algo diferente para justificar esta medida. Sin embargo, conviene preguntarse si, justo cuando más se necesita de la producción nacional, a las empresas productivas les espera el mismo destino de las empresas que fueron expropiadas durante los últimos años. También conviene preguntarse si el futuro de las empresas privadas venezolanas y el de sus trabajadores será el mismo de Sidor, Agroisleña, Cémex, Lácteos Los Andes, Venepal. En todas esas empresas la producción ha caído a mínimos históricos. Y esto puede traducirse en una crisis histórica.

Quizás ya no haya que temerle a las empresas fantasmas que vienen desde la dimensión desconocida a llevarse en sus maletines los dólares de los venezolanos. Quizás sea hora de temerle a esa nueva categoría corporativa que han creado las estatizaciones: las empresas zombies.

Todos queremos una economía con productos de calidad, diversos y con precios asequibles. Nadie puede saber si otro mundo es posible, pero otra economía sí lo es. Miremos a los lados: Brasil, Colombia, Perú, Chile, Ecuador. Si es necesario, invoquemos la autoyuda como política económica: si ellos pudieron, nosotros también.

Nadie quiere una economía sumida en la escasez y de precios inalcanzables. La solución a los problemas económicos venezolanos no está en sacar a la calle a un ejército de fiscalizadores que intenten hacer cumplir una ley que desestimula la producción. La solución no está en continuar con el proceso de estatización de la economía a través de expropiaciones o confiscaciones. La solución requiere, sabemos, un cambio en las políticas económicas. Y tenemos para dónde mirar.

Justo en este momento, cuando más necesitas del sector privado, no puedes destruirlo. Y menos en el nombre del pueblo, quienes son los que sufren las consecuencias más atroces de las malas decisiones. Evitemos la distopía que se nos acerca: un mundo en el que el gobierno fiscalizará victorioso el cumplimiento de precios justos en empresas que ya no existen. Cómo y qué come la gente en ese mundo es otra cosa.

Somos el daño colateral de una guerra imaginaria. Stop the war.

7 apuntes sobre las medidas económicas, por Ángel Alayón

1 La Ley Orgánica de Precios Justos dice en su primer artículo que la fijación de precios tiene como objeto la consolidación del orden económico socialista productivo. Busco en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y no encuentro ni siquiera la palabra socialista. La idea de orden económico socialista como objetivo de una [...]

Por Angel Alayón | 26 de Enero, 2014

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La Ley Orgánica de Precios Justos dice en su primer artículo que la fijación de precios tiene como objeto la consolidación del orden económico socialista productivo. Busco en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y no encuentro ni siquiera la palabra socialista. La idea de orden económico socialista como objetivo de una Ley que permite fijar los precios de toda la economía nos refiere, más que en nuestra propia Constitución, a dos características esenciales de los socialismos del siglo XX: la planificación central y el desplazamiento de los derechos de propiedad por parte del Estado. En el orden económico socialista el Estado se impone como el que todo lo sabe, el que pretende saber —tener la información— de qué es lo que le conviene consumir a los ciudadanos, cuáles son los bienes que se deben producir, cuáles servicios se deben prestar y a qué precios se debe vender. Es la vieja utopía de la superioridad moral del funcionario público que impone su conocimiento en nombre del amor a su pueblo. Es la vieja utopía de que en el Estado hay alguien que sabe mejor que tú qué es lo que te conviene. Se llama Ley de Precios Justos, pero se trata de la libertad, y en especial  de la libertad de los que menos tienen y deberían tener más.

2

Jorge Giordani dijo alguna vez que “El socialismo se ha construido a partir de la escasez”. La realidad es mucho menos romántica, mucho menos épica: la escasez es una consecuencia del socialismo. No hay experiencia alguna de socialismo clásico en la que no se haya tenido como resultado una gran escasez y racionamiento. Janos Kornai, quizás el economista que mejor conoce cómo funciona una economía socialista, definió estas economías como las economías de la escasez. El Banco Central de Venezuela estimó la escasez de productos básicos sobre el 20% en promedio, un nivel cuatro veces superior al normal. Un nivel que debe alarmarnos. La inflación le pega con fuerza a quienes menos tienen, pero la escasez lo hace con mayor contundencia. Y combinadas, la escasez y la inflación actúan con la perversidad de un arma no convencional, un tipo de arma que no debe utilizarse incluso en los peores conflictos.

3

“La ofensiva contra la guerra económica” tuvo un extraordinario efecto electoral. Alguien pudiera calificarla de “jugada política magistral” que recuerda la contundencia de un “blitzkrieg”, una acción militar relámpago tan efectiva y popular que incluso logró paralizar al liderazgo opositor y transformar las colas frente a Daka en colas frente a la máquina de votación. Pero ni las bajas de esa acción bélica ni los daños colaterales han terminado de contarse. Toda victoria que destruye algo que necesitas tiene algo de pírrica: siempre hay soledad en la victoria. Los anaqueles vacíos son ahora el testimonio de batallas que se creyeron ganadas, pero que en realidad, al ver lo que no está, deben declararse como perdidas. Napoleón y Hitler aprendieron por las malas que llegar a Moscú no era suficiente. Siempre hay un viaje de vuelta, aunque no haya camino de regreso. Pero basta de lenguaje bélico. En realidad de lo que hablamos es de que los comerciantes y empresarios se encuentran sumidos en una densa incertidumbre. Muchas empresas de alimentos y medicinas importaron materias primas e insumos cumpliendo con los requisitos de CADIVI y ahora no saben si sus deudas serán pagadas. ¿Cómo se llama eso? A las líneas aéreas les ofrecen gasolina como medio de pago. La economía petrolera, la de los petrodólares, ahora raciona las divisas y paga con derivados del petróleo. Es el Estado racionador que ahora debe pagar con el subsuelo, con ese subsuelo que es “tuyo, mío, nuestro”, dicen. Somos un país más rentista que nunca, pero con menos renta. Hay renta, pero para otros.

4

Devalúan, pero no lo llaman así. El eufemismo como política macroeconómica. Pero en el abasto, en el mercado, en la cola, no hay fórmula discursiva que sirva como medio de intercambio. Puedes ser capaz de cantar Patria, pero debes pagar en bolívares. Puedes decir los versos más tristes, pero pocas cosas son tan inconmovibles como un anaquel vacío.

5

Reducen los cupos viajeros y disminuyen el total de dólares que puede recibir un venezolano. Y dicen que lo hacen para “derrotar a los raspacupos”, eso hijos no reconocidos de los no-nombrados empresarios de maletín. Advierten que ahora el gobierno estará vigilante para modificar el monto asignado dependiendo del destino de los “raspacupos”. El método es el mensaje. En el extremo, por esta vía terminarán eliminando a los “raspacupos” el día que ya no le entreguen dólares a ningún venezolano. Y la declaración posterior a la medida sería algo como: “Lo hemos logrado. La victoria ha sido total. Ya no hay raspacupos”. Sería el equivalente de declarar una intervención quirúrgica exitosa por haber extirpado un tumor maligno a pesar de que el paciente no haya sobrevivido la operación. Incluso: si intentaran perfeccionar el método, podrían eliminar las empresas de maletín prohibiendo los maletines.

6

La Ley de Precios Justos declara todos los bienes y servicios de utilidad pública e interés social. Todos los bienes que se requieren para el desarrollo de actividades de producción, fabricación, importación, acopio, transporte, distribución y comercialización de bienes y prestación de servicios. Como consecuencia, todos los activos en Venezuela están en una condición de pre-expropiación (o pre-confiscación). Ya no se requiere la determinación del carácter de utilidad pública de un bien: la Ley crea una vía expresa para las expropiaciones. El juego de palabras es demasiado fácil: un estado de pre-expropiación es la antesala de la pre-historia. Olvídenlo, es sólo un juego de palabras. Siempre habrá historia, aunque sea para otros.

7

Lenin abrazó al sector privado para salvar a la Revolución con su Nueva Política Económica. Ante la escasez y el caos posteriores a las confiscaciones masivas, devolvió empresas a sus antiguos dueños, tierras a los productores y restableció el comercio privado. En esa época dijo:

Presumimos ser capaces de organizar la producción y […] distribución desde el Estado […] Estábamos equivocados […] Un número de etapas transicionales eran necesarios. [Debemos construir sobre] el interés personal, los incentivos personales y los principios de negocios […] Debemos lograr primero que funcione […] el capitalismo de Estado”.

Deng Xiaoping también se abrazó al sector privado y sus incentivos a la producción para transformar la economía china, la misma donde murieron treinta millones de personas por una hambruna luego de “El Gran Salto Adelante” y los devaneos de Mao con la planificación central. Xiaoping fue capaz de superar el miedo a la prosperidad que había instaurado Mao, quien había dicho:

Nuestra China tiene dos cosas: una, la pobreza; la otra, la ignorancia… los chinos son analfabetos. El nivel de vida es muy bajo; el nivel educativo también. Nuestra revolución se sostiene sobre esos dos pilares. Si China se convierte en un país próspero, y alcanza un nivel de vida como los del mundo occidental, la gente no querrá revolución”.

Afortunadamente para los chinos, Mao, el máximo Líder, fue traicionado por una generación que no le temió a la prosperidad.

¿Qué hará Nicolás Maduro? (Una pregunta diferente a ¿Qué está haciendo Nicolás Maduro?) ¿Reconocerá la necesidad de un sector privado pujante para poner a crecer la economía y crear las condiciones para una prosperidad sostenible? ¿O se instalará en el pasado, en las utopías del socialismo del siglo XX, con sus trágicas y conocidas consecuencias?

171. La llamada fallida de Mónica Spear al Estado, por Ángel Alayón

Mónica Spear llamó al 171 para pedir ayuda. Accidentada en la autopista junto a Thomas Berry y su hija Maya, Mónica se comunicó con Protección Civil. La respuesta que le dieron es desoladora: no podían ayudarla porque “no tenían unidades disponibles”. Una respuesta que simboliza el fracaso del Estado en proteger el más fundamental de [...]

Por Angel Alayón | 18 de Enero, 2014

Mónica Spear llamó al 171 para pedir ayuda. Accidentada en la autopista junto a Thomas Berry y su hija Maya, Mónica se comunicó con Protección Civil. La respuesta que le dieron es desoladora: no podían ayudarla porque “no tenían unidades disponibles”. Una respuesta que simboliza el fracaso del Estado en proteger el más fundamental de los derechos: la vida.

A Spear y a Berry los asesinaron un rato después de enterarse de que no iban a recibir ayuda de parte de los representantes del Estado del país.

De acuerdo con la información publicada en El Universal, los funcionarios que atendieron la llamada de Mónica fueron despedidos. No se conocen los motivos de esta decisión. Sus compañeros han protestado los despidos argumentando que “ellos sólo le dijeron la verdad a Spear, de que no tenían unidades para atenderla”. Una verdad que duele por lo que no pudo ser, por lo que no fue. La interrogante que nos queda es cuántas llamadas como la de Spear no han sido respondidas. Cuántas llamadas han sido el preámbulo de conocer la verdad de un fracaso antes de la tragedia.

Las políticas públicas tienen una relación complicada con la vida y con la muerte. Especialistas en infraestructura coinciden en que el estado de las vías, la seguridad y el auxilio vial en las carreteras y autopistas venezolanas se han deteriorado desde que el Gobierno Central asumió las competencias de las vías quitándoselas a los gobiernos regionales. Es probable bajo la presión política de ciudadanos ceranos a sus gobiernos, las unidades hubieran estado allí para auxiliar al matrimonio Berry-Spear. El asesinato ha generado una necesaria discusión sobre cómo derrotar a la violencia criminal en Venezuela, una discusión demorada ante la presencia de tanta muerte anónima. Una discusión urgente.

La apuesta debe ser por la vida, y para eso se necesita, entre otras cosas, que nuestras vías dejen de ser ruletas rusas, donde vale más persignarse que conducir respetando las reglas de tránsito.

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Fuente de la noticia sobre la llamada y el despido de los funcionarios: El Universal

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¿Puede haber “Acaparamiento Doméstico”?, por Angel Alayón

En junio del 2013, el Ministro de Alimentación Félix Osorio afirmó que en Venezuela existe “acaparamiento doméstico”, pues las personas hacen compras “innecesarias” ante el escenario de escasez. Ayer el Ministro atribuyó la escasez de harina de maíz precocida al “acaparamiento doméstico”, a pesar de que la producción de las empresas privadas está a su máxima [...]

Por Angel Alayón | 17 de Enero, 2014

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En junio del 2013, el Ministro de Alimentación Félix Osorio afirmó que en Venezuela existe “acaparamiento doméstico”, pues las personas hacen compras “innecesarias” ante el escenario de escasez. Ayer el Ministro atribuyó la escasez de harina de maíz precocida al “acaparamiento doméstico”, a pesar de que la producción de las empresas privadas está a su máxima capacidad.

Vuelve a surgir la interrogante sobre si las familias pueden acaparar. Y la respuesta a esta pregunta depende de la definición de acaparamiento. Si entendemos la noción del acaparamiento como la define la Ley para la Defensa del Acceso a los Bienes y Personas, entonces las familias no pueden acaparar. De acuerdo con la Ley, el acaparador acumula los bienes con la intención explícita de producir escasez, generar un incremento en los precios y beneficiarse de ese incremento al vender a un precio mayor, como bien explica José Ignacio Hernández en su texto ¿Quién es el acaparador? Claramente, ésa no es la intención de los consumidores que refirió el ministro.

Tampoco creo que haya mencionado el acaparamiento doméstico pensando en los hogares como sujetos de aplicación de la Ley. El acaparamiento es una práctica prohibida y acarrea sanciones. Y lo último que debería ocurrir en una situación como la que vive Venezuela es la criminalización de la conducta de los consumidores.

Cuando hay escasez, se produce un fenómeno conocido en la literatura económica como hoarding, palabra que describe una conducta de acumulación de inventarios durante esos tiempos de escasez. Es incluso una conducta que ha sido identificada en varias especies animales, algo que sugiere que estamos en presencia de un comportamiento arraigado en nuestros instintos de supervivencia. El hoarding es la acumulación de inventarios en casa ante la incertidumbre que genera creer que en el futuro no se encontrará lo que se desea comprar.

Su práctica implica adelantar compras futuras como una manera de defender el patrón de consumo del hogar. ¿Cómo decirle a una madre que no compre la leche con qué alimentará a su hijo del mes que viene, si no está segura de que va a encontrarla la próxima vez que vaya al abasto?

El hoarding es una conducta racional desde el punto de vista individual, pero puede traer consecuencias negativas desde el punto de vista colectivo. Es un ejemplo clásico de un problema de acción colectiva, cuando la conducta individual racional puede generar un resultado colectivo negativo.

En todo esto algo de profecía auto-cumplida: hay hoarding debido a la escasez, pero la escasez puede profundizarse debido al hoarding y alimentar el ciclo de escasez. Por cierto: cuando existe hoarding, el bienestar de la familia se afecta negativamente, pues tiene que gastar dinero con el fin de acumular inventarios, un gasto con un significativo costo de oportunidad que sería innecesario en tiempos normales.

La meta debe ser solucionar el problema de la escasez y mejorar la deteriorada seguridad alimentaria. El hoarding no se acabará ni con pensamiento positivo ni con llamados a la conciencia. El hoarding terminará cuando se solucione el problema de la escasez, cuando los ciudadanos puedan confiar en que durante la próxima visita al mercado encontrarán los productos que quieran y en las cantidades que deseen.

Se entiende que hay un problema comunicacional: es más fácil denominar a la conducta de hoarding en español como acaparamiento en lugar de “acumulación de inventarios domésticos”, pero el lenguaje nunca es neutro: usar la palabra acaparador para definir la conducta de las familias ante la escasez pone el acento en una consecuencia del problema y no en sus causas.

Mónica Spear y la oscuridad, por Ángel Alayón

A Mónica Spear y a Thomas Henry Berry los mató la oscuridad. Una oscuridad que se manifiesta en la incapacidad evidente de un Estado en la labor de proteger a los ciudadanos y su derecho a la vida. Spear y Berry se suman a una desafortunada lista en nuestra propia historia universal de la infamia. [...]

Por Angel Alayón | 7 de Enero, 2014

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A Mónica Spear y a Thomas Henry Berry los mató la oscuridad. Una oscuridad que se manifiesta en la incapacidad evidente de un Estado en la labor de proteger a los ciudadanos y su derecho a la vida. Spear y Berry se suman a una desafortunada lista en nuestra propia historia universal de la infamia. Buscarán a quienes apretaron el gatillo y quizás los muestren como un triunfo de la efectividad policial y judicial, la misma que no ha evitado que más de cien mil venezolanos hayan muerto víctimas de la violencia en los últimos diez años, una cantidad de caídos que llenaría cinco veces el Estadio Universitario.

La hija de la pareja asesinada, ahora huérfana, recibió un tiro en la pierna, de acuerdo con las primeras noticias. El atroz episodio que acaba de vivir dejará una cicatriz en su cuerpo, pero los médicos podrán hacer muy poco por la profunda herida que acaba de inflingirle esta sociedad. Y uno, desde la impotencia, implora a todos los dioses que salve la vida de la niña de apenas cinco años de edad: que pronto esté fuera de peligro. Pero eso sería apenas un diagnóstico clínico: ¿quién puede estar realmente fuera de peligro en Venezuela?

Los asesinatos en Venezuela han dejado en la última década al menos más de doscientos mil niños venezolanos sin padre, sin madre o sin ambos, como ha ocurrido en este caso. Nosotros también llevamos esa herida. Todos. Aunque algunos no se den cuenta.

La muerte de Mónica resuena. Es algo propio de la fama. Ella fue Reina de Belleza en un país donde las misses alcanzan cotas de mitos. Han asesinado a una de nuestras reinas, pudiera interpretar un psicoanalista, pero no debemos perder la perspectiva: Mónica era una joven trabajadora de 29 años, madre de una hija y con un esposo, con quienes paseaba por Venezuela. Como cualquier otra venezolana. Su belleza no la salvó porque la oscuridad no discrimina. Su caso resalta por la fama, pero no debemos olvidar que estas tragedias están ocurriendo todos los días en nuestro país.

Se le atribuye a Stalin la frase: “Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes es sólo una estadística”. Stalin nunca la dijo, pero hizo méritos suficientes como para haberla dicho. No dejemos que las estadísticas nos ahoguen en la indiferencia.

Hablamos de una Patria Segura que no protegió a una familia accidentada en una autopista bajo su responsabilidad. Cada bala disparada es un fracaso. Es la ausencia del Estado donde sí debería estar. Cada asesinato impune es la promesa de otra muerte, de otros huérfanos.

Estaban haciendo turismo nacional, recorriendo un país con bellos paisajes, un país que exalta cada vez más la belleza de su naturaleza para olvidarse y ocultar los peligros de la cotidianidad. Lo peor es que la inseguridad no sólo aleja al turismo y a los turistas, esa promesa incumplida de la diversificación: la inseguridad simplemente nos aleja.

Cada vez que un venezolano muere asesinado somos menos país.

Ante la muerte la palabra siempre ha tenido problemas. Quizás sea porque la muerte es la contradicción de la palabra y es justamente la imposibilidad de comunicar. La muerte tiene mucho de silencio. Uno está tentado a desearle a Mónica y a Henry un descanso eterno y paz a sus restos, pero mejor esquivar el lugar común y tratar de construir algo a partir de este dolor.

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Delirio sobre el anaquel vacío, por Ángel Alayón

Un anaquel vacío es la evidencia de un fracaso. Un anaquel vacío es la prueba de que hay algo que se está perdiendo. La palabra anaquel tiene su origen en la palabra minqalah, del árabe clásico, que significa soporte, eso que está allí para sostener algo y, al sostenerlo, exhibirlo. Pero vacío, un anaquel sólo [...]

Por Angel Alayón | 6 de Enero, 2014

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Un anaquel vacío es la evidencia de un fracaso. Un anaquel vacío es la prueba de que hay algo que se está perdiendo. La palabra anaquel tiene su origen en la palabra minqalah, del árabe clásico, que significa soporte, eso que está allí para sostener algo y, al sostenerlo, exhibirlo. Pero vacío, un anaquel sólo muestra lo que pudo ser y no es. Vacío, un anaquel sólo se exhibe a sí mismo en su desnudez y, en lugar de invitar y atraer, nos rechaza.

Nada menos romántico que hablar de inventarios. No hay amor en la contabilidad. Pero se sabe que los héroes de quienes tanto nos gusta hablar no habrían triunfado sin una logística que permitiera el cumplimiento de sus tareas y aventuras. Alejandro El Grande no hubiera podido derrotar a los persas sin un complicado manejo de provisiones para alimentar a sus soldados y animales de guerra lejos de la Macedonia del siglo IV a.C., tiempos y circunstancias en las que alimentar a grandes cantidades de personas era difícil y muy costoso.

En nuestro caso, no hablamos de epopeyas. Hablamos de la vida cotidiana. Hablamos de la compra de pan, de carne, de leche, de harina para alimentar a nuestras familias. Compras que el mundo moderno ha solucionado con facilidad, un mundo que ahora nos produce envidia y nostalgia. ¿Acaso no pueden nuestras farmacias y supermercados estar surtidas como las de Brasil, o cualquier otro país de su preferencia que usted quiera insertar en esta pregunta?

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Un anaquel vacío es también una invitación a entender las causas, a evitar ser víctimas de la falacia narrativa. El poder siempre se excusa y despliega una estrategia comunicacional con la intención de explicar el vacío de los anaqueles culpando a los sospechosos habituales. Es un guión eficaz que tiene profunda raíces en el pensamiento occidental y no debe subestimarse.

En la Antigua Grecia, un hombre virtuoso era aquel que se dedicaba al bienestar de la ciudad y a su defensa militar. Los que se dedicaban a “hacer dinero” eran inferiores. Aristóteles consideraba “riesgoso moralmente” dedicarse a perseguir riquezas a través de la actividad comercial. Por otra parte, el pensamiento cristiano llega a condenar eternamente la riqueza y la actividad comercial. En la Biblia, la riqueza es “injusta” pues parte de una concepción del mundo en la cual no puede crearse. La riqueza bíblica es fija, estática. La economía bíblica es un juego suma-cero donde en realidad no hay posibilidad de aumentar ni de que exista eso que hoy en día llamamos crecimiento económico. “Si alguien no pierde, no hay nadie que gane”, dijo San Agustín. El rico es rico porque le quita la riqueza a los demás. Por eso los camellos van al cielo primero que los ricos (o al menos entran antes por el ojo de una aguja).

Carlos Marx se apropió de algunos de estos conceptos. Como dice Jerry Muller, Marx renombró y redefinió la estigmatización cristiana de “hacer dinero” y creó un nuevo lenguaje para ello. Marx sostenía que los únicos que podían obtener ganancias del mercado eran los dueños del capital —la burguesía—, mientras que los trabajadores —el proletariado— eran explotados por los dueños del capital y nada tenían que ganar del mercado. Los burgueses eran vampiros, una clase moribunda que vivía de extraer la sangre a los vivos.

El problema es que, aunque quienes manejan el poder pueden ser exitosos en su tarea de imponer una narrativa que los exculpe, eso no soluciona los problemas.

Culpar a otro nunca ha solucionado algo. Actuar sobre las causas, sí.

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Enfermos de cáncer que no consiguen sus medicinas ¿Hay alguna relación más directa entre la imagen del anaquel vacío y el bienestar de los ciudadanos? Niños que no se alimentan como quisieran sus madres. ¿Se necesita alguna otra prueba del fracaso del modelo? La escasez mata.

Un delirio no tiene por qué justificarse. Es apenas eso: un delirio. Pero en este caso se trata de un desvarío que no es provocado por alucinaciones, sino por el hecho de que lo que debe estar soportado por los anaqueles no está. Y seguir haciendo lo que se ha hecho hasta ahora no hará sino profundizar el problema, hacernos delirar, dejarnos sin soporte.

10 puntos sobre el comunicado del BCV, por Ángel Alayón

1. Los números. Luego de veinte días de retraso, el Banco Central de Venezuela, en conjunto con el Instituto Nacional de Estadísticas, rompe el silencio y publica la cifra de inflación de noviembre y adelanta la de diciembre. La cifra de inflación de noviembre es 4,8% y la de diciembre es de 2,2%. Esto permite [...]

Por Angel Alayón | 30 de Diciembre, 2013

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1. Los números. Luego de veinte días de retraso, el Banco Central de Venezuela, en conjunto con el Instituto Nacional de Estadísticas, rompe el silencio y publica la cifra de inflación de noviembre y adelanta la de diciembre. La cifra de inflación de noviembre es 4,8% y la de diciembre es de 2,2%. Esto permite afirmar que la inflación de 2013 termina en 56,1%, una de las más altas del mundo. No olvidemos que, de acuerdo con el artículo 318 de la Constitución, el objetivo del BCV es “lograr la estabilidad de los precios y preservar el valor interno y externo de la unidad monetaria”.

2. La posición política. El comunicado se refiere al fallecido presidente Hugo Chávez como “nuestro líder”. Hasta donde alcanza mi conocimiento, los Bancos Centrales no tienen líderes. Los Bancos Centrales son instituciones públicas que deben regirse por la Constitución, independientemente de las preferencias políticas de los miembros que la conforman. Darle perfil político al BCV es perjudicar su credibilidad, pues nada impedirá que una parte de la opinión pública considere que sus acciones corresponden a los intereses de un sector político del país y no a los intereses de la República.

3. Lo que no se dijo. En este comunicado no se informó sobre el índice de escasez y el de diversidad para los meses de noviembre y diciembre. Hay un gráfico de escasez en el que se puede inferir que ese factor aumentó. La escasez ha estado sobre el 20% de forma consistente durante todo el 2013 y es, sin duda, una de las consecuencias más perniciosas de los controles de precios y del manejo cambiario. Siembra muchas dudas el hecho de que no se hayan hecho públicas las cifras de estos indicadores. Cuando hay escasez, los índices de precios subestiman el verdadero costo de adquirir un producto para el consumidor y uno de los efectos más obvios de la disminución forzada de precios es la caída de los inventarios, sin cuya reposición efectiva afectará la diversidad y escasez en el futuro.

4. La teoría de la formación de precios. El comunicado asocia la formación de precios con las variables políticas, dando a entender que la inflación es un fenómeno que responde a una intención política de personas o empresas que pretenden perjudicar al gobierno. El comunicado obvia cualquier explicación de la inflación que se relacione con la expansión de la liquidez monetaria, la disminución de las importaciones, el financiamiento del BCV a PDVSA y a otras empresas estatales, la devaluación del Bolívar o la eliminación del SITME, por ejemplo. También el BCV adopta del gobierno la explicación de las ganancias exageradas para explicar el crecimiento de los precios, cuando en todo caso las ganancias extraordinarias son un problema microeconómico mientras que el crecimiento de los precios se corresponde con un fenómeno macroeconómico.

5. El lenguaje. El comunicado adopta la narrativa y el lenguaje que ha utilizado el Gobierno Nacional para explicar los desequilibrios económicos del 2013. Se habla de ataques especulativos del sector privado, de guerra económica y de la ofensiva contra la guerra económica, frases y conceptos posicionados desde el Gobierno para explicar la actual situación económica y sus acciones. Esto es inusual en los Bancos Centrales, quienes mantienen un discurso independiente del Ejecutivo, a pesar de que se compartan objetivos y se coordinen acciones. Contrasta el lenguaje utilizado en este comunicado con el que usualmente el mismo Banco Central de Venezuela utiliza para comunicar la variación de la inflación, un lenguaje sobrio y técnico, alejado de lo político.

6. Lo contrafactual. El comunicado intenta vender como un éxito las cifras de 4,8% de inflación en noviembre y de 2,2% en diciembre. Lo hace preguntándose cuáles hubieran sido los precios sin ofensiva contra la guerra económica. De acuerdo con el BCV, de no haberse producido las fiscalizaciones del gobierno, la inflación en noviembre habría sido de 6% y la de diciembre de 4,2%. ¿Puede considerarse un éxito la llamada ofensiva contra la guerra económica? Nunca ha sido fácil comunicar un éxito basado en lo contrafactual, y menos cuando los resultados siguen siendo lamentables.

7. Sobre el impacto de las medidas. El BCV le da peso a la opinión pública sobre las medidas. Dice que 7 de cada 10 venezolanos las apoya. Pero, posteriormente, dice que “No obstante, las principales medidas de intervención y fiscalización se focalizaron en rubros cuya ponderación en la canasta del IPC es relativamente modesta en la estructura del indicador”. El BCV advierte que no se tomaron acciones en rubros como alimentos y bebidas, transporte y restaurantes y hoteles, rubros que representan el 64,8% del IPC y agregan que “se requiere calibrar y ponderar el tipo de acciones a desarrollar para contener y rebajar los precios que la conforman”. Este punto es central: la categoría de Alimentos y Bebidas Alcohólicas tiene sus precios regulados desde el año 2003 y representa 41,09% del IPC. El Gobierno no tiene mucho margen de maniobra para bajar los precios allí donde ya los regula y donde ya hay escasez.

8. Acciones correctivas y prospectivas. El comunicado termina con un llamado genérico al gobierno a “seguir promoviendo e incentivando a la producción nacional de alimentos”. Luego llama la atención que en tres párrafos diferentes habla de la construcción de nuevos indicadores y cambios metodológicos, por ejemplo:

a. “El BCV seguirá aportando todas sus capacidades institucionales y su apoyo metodológico a los efectos de construir nuevos indicadores que permitan reflejar,
analizar e interpretar la nueva realidad económica y social que vive el país”

b. “En cuanto al INPC, el 2014 será un año propicio para medir aspectos no recogidos con la metodología convencional”

c. “En conjunción con el INE, es conveniente explorar nuevas herramientas que permitan apreciar el impacto social de las actividades del Gobierno en el bienestar de la población, para evidenciar el efecto de compensación que ha generado la política social ante las perturbaciones económicas”.

¿Qué significan estos cambios? ¿Pretenden alejar la medición de precios en Venezuela de la metodología estándar internacional? Argentina lo hizo… y ahora está trabajando con una comisión del Fondo Monetario Internacional para adaptar una nueva metodología que realmente refleje los cambios en los precios.

9. La política, una vez más. El comunicado cierra con una declaración política e ideológica: “El BCV reafirma su posición al lado del pueblo venezolano, sumando esfuerzos para la construcción protagónica del socialismo como nuevo orden económico nacional”. ¿Debe el Banco Central de Venezuela trabajar por la “construcción protagónica del socialismo”? Eso no es lo que dice la Constitución.

10. Sobre la reputación. “La mujer del César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo” es una máxima que Plutarco le atribuyó a Julio César, quien alguna vez mandó y supo de reputaciones lastimadas.

El BCV y el silencio de la inflación, por Ángel Alayón (+Actualización)

La Ley obliga pero, en Venezuela, sólo a algunos. El Banco Central de Venezuela debió publicar la cifra de inflación de noviembre, a más tardar, el pasado 10 de diciembre, pero aún hoy los venezolanos desconocen en cuánto variaron los precios durante un mes que será recordado en la historia económica venezolana como el mes [...]

Por Angel Alayón | 26 de Diciembre, 2013

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La Ley obliga pero, en Venezuela, sólo a algunos. El Banco Central de Venezuela debió publicar la cifra de inflación de noviembre, a más tardar, el pasado 10 de diciembre, pero aún hoy los venezolanos desconocen en cuánto variaron los precios durante un mes que será recordado en la historia económica venezolana como el mes en que se desató la “ofensiva contra la guerra económica” y la batalla de Daka. El gobierno nacional obligó a bajar los precios de diversos productos y las colas de consumidores aprovechando la oportunidad no se hicieron esperar. La popularidad de estas medidas permitieron al Presidente recuperar sus niveles de aceptación y evitar así el iceberg que representaba, hasta días antes, las elecciones municipales del 8-D.

Pero los silencios nunca han sido inocentes, aunque inocentes y culpables puedan callar por igual. En una alocución ya famosa, Nicolás Maduro dijo: “En noviembre, de acuerdo a nuestro seguimiento, la inflación debería ser menos cinco por ciento” porque muchos productos están a mitad de precio “¿Se darán cuenta los técnicos del BCV y del INE de lo que está pasando más allá de la tecnocracia y la tecnología?”. Maduro no explicó el significado de la frase “más allá de la tecnocracia y la tecnología”, pero no cabe duda que el giro debe interpretarse como un llamado a desestimar los resultados de la metodología estándar para la medición de los índices de precios.

Luego de ese llamado al BCV y al Instituto Nacional de Estadísticas, ningún silencio puede considerarse inocente.

Para más sombras, el presidente del INE anunció que el BCV daría la cifra de inflación de noviembre el pasado 19 de diciembre en rueda de prensa, pero la convocatoria a los medios fue suspendida ese mismo día. El problema al que se enfrenta el BCV es el de la asimetría de la credibilidad. Es difícil ganarla, pero muy fácil de perder. Como sucede con los matrimonios de muchos años, una sola incursión extramarital basta para derrotar la confianza.

Quizás el gobierno venezolano deba mirarse en el espejo argentino. El INDEC, considerado durante mucho tiempo como uno de los mejores organismos de estadísticas de América Latina, se rindió al kirchnerismo en el 2007 y desde entonces sus cifras han dejado de ser creíbles. La situación con la medición de la inflación en Argentina ha llegado a extremos en el que el Ministro de la Economía confiesa lo difícil que es hablar de la inflación en su país:

No se puede subestimar la importancia de los datos oficiales que emanan del Banco Central de Venezuela. Del dato de la inflación depende, por ejemplo, la posibilidad de evaluar el desempeño de la economía en fenómenos tan importantes como el crecimiento económico y la pobreza. Una sola cifra no-creíble (increíble) será suficiente para generar desconfianza absoluta sobre el desempeño de la economía venezolana.

A estas alturas, no podremos saber si la cifra de inflación que se publique reflejará la verdad o no ni afirmar que el BCV presentará una inflación más allá de la tecnocracia y la tecnología. Pero hay un elemento más que debemos contemplar: el retraso también puede ser una señal de resistencia.

La violación de la Ley, al no presentar a tiempo la información, está lastimando la credibilidad del Banco Central de Venezuela cada día que pasa. El silencio es tenso y costoso y ya veremos hacia dónde deriva. Quizás de todos modos deba advertirse que manipular la cifra de inflación no hará que los venezolanos dejen de percibir sus efectos. Pero perder la credibilidad logrará algo mucho peor: cada quien creerá lo que quiera creer.

Romper el termómetro nunca ha curado una fiebre.

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Actualización: El BCV publicó el dato de inflación de noviembre y diciembre el 30 de diciembre de 2013. Lea también: 10 puntos sobre el comunicado del BCV, por Ángel Alayón

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¿Cuánto puede aumentar el precio de la gasolina?, por Ángel Alayón

El vicepresidente Jorge Arreaza anunció, pocas horas después de terminadas las elecciones municipales, que el tema del aumento del precio de la gasolina debía ser discutido como parte de un conjunto de medidas que permitan equilibrar definitivamente a la economía venezolana. Esta declaración marca la reaparición del tema del precio de la gasolina en la [...]

Por Angel Alayón | 10 de Diciembre, 2013

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El vicepresidente Jorge Arreaza anunció, pocas horas después de terminadas las elecciones municipales, que el tema del aumento del precio de la gasolina debía ser discutido como parte de un conjunto de medidas que permitan equilibrar definitivamente a la economía venezolana. Esta declaración marca la reaparición del tema del precio de la gasolina en la agenda de la opinión pública venezolana. Un tema que, gracias a las heridas y cicatrices de 1989 y El Caracazo, los gobernantes venezolanos han manejado con la delicadeza propia de una brigada antiexplosivos cuando le corresponde desactivar una bomba.

Un horizonte sin elecciones durante los próximos dos años parece ofrecer el momento adecuado, desde el punto de vista político, para aumentar el precio de la gasolina. La razón es simple: el aumento del precio de la gasolina no será una medida popular. Podríamos, incluso, proponer un axioma: la probabilidad de ver un incremento del precio de la gasolina es directamente proporcional a la distancia temporal entre elecciones.

Hay muchas razones que justifican un aumento del precio de la gasolina. Decir que es un subsidio que hace pobres a los más pobres y ricos a los más ricos es una manera coloquial de afirmar que es un subsidio regresivo. También es un subsidio que estimula el consumo de combustible, lo que nos convierte en contribuyentes directos del calentamiento global y el smog en nuestras ciudades. Es un subsidio que estimula el uso de vehículos privados sobre el transporte público, algo contrario a  la esencia de una ciudad incluyente. Es un subsidio que contribuye con la congestión vehicular que se lleva en promedio dos horas diarias de la vida de cada venezolano que vive en un centro urbano grande. Y es, también, un subsidio, que impide que PDVSA y el Estado obtengan una importante cantidad de recursos financieros que pudieran ser usados en políticas públicas con impacto positivo para la población venezolana.

El costo de este subsidio para PDVSA alcanza, aproximadamente, unos quince mil millones de dólares anuales (dependiendo de los supuestos, la estimación puede ser mayor). Un monto que suena exuberante en medio de una situación de escasez de dólares. Eliminar el subsidio a la gasolina requeriría que el precio subiera de Bs. 0,097 por litro (97 octanos) a Bs. 6,30 por litro, un incremento equivalente a 6395%. En ese escenario, un tanque de 45 litros pasaría de costar de Bs. 4,36 a Bs. 283. Este cálculo se realiza utilizando el llamado costo de oportunidad de PDVSA. Es decir: preguntándose cuánto dinero deja de percibir PDVSA por vender gasolina subsidiada en comparación con vender gasolina para la exportación. Sí, hemos estado viviendo en Petrolandia.

En el pasado, algunos voceros del gobierno han dicho que el costo del subsidio no debe calcularse utilizando como referencia el precio internacional de la gasolina sino, más bien, que el subsidio debe calcularse en relación con los costos operativos de PDVSA. Una visión contable en lugar de económica. Bajo esta tesis, un cálculo preliminar del subsidio llevaría el precio de la gasolina a un bolívar por litro. Es decir, llenar el tanque de gasolina de nuestro ejemplo anterior pasaría a costar Bs. 45, lo que representa un incremento de 931%.

De utilizarse este criterio, el cálculo del subsidio de la gasolina alcanzaría los dos mil quinientos millones de dólares anuales. Ya vendrá el debate sobre cuál de los cálculos es el correcto, aunque es claro que, al menos desde el punto de vista del análisis económico, el concepto del costo de oportunidad es inapelable.

No hay que olvidar que ya en la frontera PDVSA vende la gasolina a Bs. 20 por litro, lo que ubica el tanque de gasolina de nuestros cálculos en Bs. 900, un monto superior a los dos escenarios planteados anteriormente, pero que se corresponde con el intento de compensar mediante el precio del combustible las distorsiones del tipo de cambio y así desestimular el contrabando de extracción.

¿A cuánto puede aumentar el precio de la gasolina? Veremos qué propone el gobierno, pero no cabe duda de que el análisis económico no será el único factor determinante en lo que suceda con la gasolina. Las políticas públicas no se tratan de resolver elegantemente ecuaciones en un pizarrón. La política estará, nuevamente, en el centro del debate. El aumento en el precio de la gasolina generará ganadores y perdedores que reaccionarán inclinando la balanza comunicacional y la política hacia uno u otro lado. Y veremos ministros intentando no naufragar.

El debate no será sólo sobre el precio de la gasolina, se discutirá sobre el esquema de aplicación y veremos los esfuerzos del gobierno para enmarcar la medida con el objetivo de facilitar su venta. Y en ese debate se escuchará hablar de Irán con mucha frecuencia. Los persas pudieron aumentar el precio de la gasolina bajo un esquema de redistribución de los subsidios. Dudo que en Venezuela se aumente el precio de la gasolina sin proponer un esquema de redistribución de los nuevos ingresos que permita vender la propuesta con mayor facilidad (o, mejor dicho, menor dificultad). También se hablará mucho sobre el uso y destino de los recursos. El aumento del precio de la gasolina es un peso que carga el Gobierno y que cada día se acrecienta. Hugo Chávez, a pesar de su liderazgo, prefirió cargarlo y no dar esa batalla. Dicen que el liderazgo, precisamente, consiste en saber elegir cuándo y cómo dar una batalla. Pero a veces la necesidad obliga.

Lo paradójico es que ahora le corresponde a los hijos de El Caracazo lidiar con sus propios fantasmas.

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Sobre los próximos cien años, por Angel Alayón

La incertidumbre en Venezuela es tan abrasiva que muchas veces  tenemos la sensación de que no podremos escapar del presente. Se discute sobre la posibilidad de múltiples escenarios y esa palabra, escenarios, referida a futuros posibles también nos lleva a pensar, de manera casi inevitable, en roles, tramas, dramas, tragedias, comedias y falsos finales. Quizás [...]

Por Angel Alayón | 30 de Noviembre, 2013

42c4La incertidumbre en Venezuela es tan abrasiva que muchas veces  tenemos la sensación de que no podremos escapar del presente. Se discute sobre la posibilidad de múltiples escenarios y esa palabra, escenarios, referida a futuros posibles también nos lleva a pensar, de manera casi inevitable, en roles, tramas, dramas, tragedias, comedias y falsos finales. Quizás el futuro no sea más que un teatro.

George Friedman se atrevió a pensar sobre lo que podía pasar los próximos cien años. Un atrevimiento en un mundo que se ha encargado de desmentir a los más reputados profetas. Pero la pretensión de Friedman en Los próximos cien años: pronósticos para el siglo XXI no es la del pitoniso ni la del adivino Su triunfo no está en acertar sobre el futuro. Friedman construye, a partir de tendencias socioeconómicas y motivaciones de las élites de los países, una narrativa posible de lo que puede suceder a los largo del siglo que vivimos, una narrativa del futuro a la que él le otorga mayor probabilidad de ocurrencia, pero que representa sólo uno de los futuros posibles.

Una de las tendencias a la que Friedman le presta más atención es al cambio demográfico. La población en los países desarrollados está declinando y la población mundial dejará de crecer en el año 2050. Una de las consecuencias de este fenómeno será la lucha de los países por el capital humano. Hoy los norteamericanos levantan barreras para que los inmigrantes no se cuelen por la frontera, pero en el futuro tendrán que pagar a los posibles inmigrantes para que crucen las fronteras y así salvar el sueño americano.

¿Qué implicaciones tiene esto para un país como Venezuela, donde ya se ha vivido una emigración masiva de médicos? ¿Estaremos preparados para evitar que los profesionales se vayan del país en busca de oportunidades? Creo que la utilidad del libro de Friedman reside en su capacidad de provocar este tipo de preguntas. Las respuestas corren por la casa..

En la visión de Friedman, el siglo XXI tendrá su cuota de guerras, será testigo del declive de China, del debilitamiento de Rusia y del surgimiento de Turquía, Japón y México como potencias. Estados Unidos se mantendría como el país más poderoso, pero en un mundo mucho más equilibrado. ¿Y Venezuela? Friedman no se pronuncia sobre Venezuela ni sobre muchos otros países. Quizás una señal délfica de que el destino sigue en nuestras propias manos. O al menos eso prefiero creer.

Para quienes vivimos en un país que no sabe qué va a pasar en las próximas horas tratar de imaginar cómo será Venezuela en cien años parece un ejercicio inútil. Mas no por dejar de pensar en esos cien años estos van a dejar de ocurrir.

El presente puede ser una trampa. Imaginar futuros posibles y deseados puede ser el primer paso para escapar.

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George Friedman
Los próximos 100 años
Pronósticos para el siglo XXI
Editorial Océano