Blog de Alejandro Oliveros

Veinte mil libros; por Alejandro Oliveros

Sasha Abramsky, más conocido por su Inside Obama’s Brain, es también el autor de La casa de los 20000 libros, la interesante historia de su abuelo, Chimen Abramsky (1916-2010), uno de los más notables bibliófilos de la Inglaterra contemporánea. Al final de sus días, su colección alcanzaba más de 18000 documentos y libros. Aunque no

Por Alejandro Oliveros | 25 de marzo, 2017
Chimen Abramsky

Chimen Abramsky

Sasha Abramsky, más conocido por su Inside Obama’s Brain, es también el autor de La casa de los 20000 libros, la interesante historia de su abuelo, Chimen Abramsky (1916-2010), uno de los más notables bibliófilos de la Inglaterra contemporánea. Al final de sus días, su colección alcanzaba más de 18000 documentos y libros. Aunque no de todos los libros, sino aquellos que, en una primera etapa, tuvieran que ver con la historia del comunismo internacional, y luego con la tradición hebrea. A decir verdad, su pasión no se limitaba a libros y documentos, sino a todo lo que fuera impresos relacionados con los asuntos de su preferencia: “Chimen se había vuelto tan adicto a la letra impresa, a la lectura de sus libros, al tacto de los viejos manuscritos y al material contenido en su correspondencia, que terminó rodeándose de paredes de palabras”. En algo, o en mucho, me recuerda a Aby Warburg. Lo que sentía Chimen por el material impreso, lo experimentaba Warburg con las imágenes: quería tenerlas todas, en especial las producidas durante el Renacimiento italiano. Su único gran, e inconcluso, proyecto fue organizar un Atlas de imágenes, que llamó Mnemosyne, en homenaje a la diosa de la memoria. Hasta aquí las semejanzas; Warburg era el heredero de la poderosa banca Warburg, mientras que Abramsky era un “pennyless jew” que parece sacado de una  ficción como la conmovedora Job, de Joseph Roth o de alguna historia de Isaac Singer.

Chimen Abramsky nació en la actual Bielorrusia; y su infancia transcurrió durante los confusos años de la Guerra Civil financiada por las potencias occidentales en la recién nacida URSS. Sus horrores fueron los de toda guerra, y de su confusión habla Leo Perutz en su estupenda novela Tiempo de fantasmas.

En 1929, se traslada con su familia a Moscú, donde su padre Yehezkel Abramsky, un joven rabino heredero de una de las “grandes dinastías rabínicas del mundo”, conoció, de manera casi fatal, la represión de los nuevos amos de Rusia. Poco tiempo después de su llegada a la capital bolchevique, Yehezkel  es encarcelado con cargos, que no por imprecisos y falaces , dejaban de  legitimar su encarcelamiento. Fue condenado a cinco años de trabajos forzados, en la misma distante Siberia de la que Ossip Mandelstam no regresaría. Tempranamente, Chimen asume el inevitable parricidio edípico, dejando de lado la herencia rabínica para convertirse, en simpatizante  primero, y luego militante de la totalitaria ideología leninista, una fidelidad que se mantendría intacta por el espacio de treinta largos y álgidos años. Yehekzel será liberado antes de cumplir los cinco años de condena, y conseguirá emigrar a Inglaterra con parte de su familia. En su nueva patria se convertirá en el más influyente rabí, mientras que Chimen compartirá sus afanes entre el coleccionismo y el comunismo.

A mediados de los años treinta, Chimen Abramsky se traslada a Palestina a estudiar en la incipiente universidad hebrea. Será el inicio de su dilatada carrera como erudito y como activista político, organizando asociaciones estudiantiles de filiación leninista. En uno de sus viajes a Londres a visitar su familia, el joven Chimen quedaría atrapado por el comienzo de la Segunda Guerra, lo que definiría su destino como futuro ciudadano británico. En 1943, es aceptado en el Partido Comunista, al cual consagrará el mejor de sus esfuerzos. En lo sucesivo, su tiempo estará siempre ceñido a sus dos grandes intereses, el coleccionismo y el activismo político. Se inicia como librero en una vieja librería judía del East End londinense, una posición ideal para todo el que quiera iniciarse como coleccionista de libros. No todos los libreros son iguales. Existen los que venden libros y los que, aparte de venderlos, se los leen. Chimen era un astuto comerciante y un voraz lector. Su “hidrópica” afición a la lectura (el término se utilizó en el XVI para distinguir a los lectores insaciables, como Sor Juana, por ejemplo) fue reconocida en privado por gente como Hobsbawn o Berlin. Y, a nivel público, por las universidades inglesas que acudieron a sus servicios, a pesar de su condición claramente autodidacta. A la lectura siguió la escritura y, después de publicar un libro en colaboración con Michael Collins, otro comunista, se dedicó a la escritura de cartas a la muerte de Collins. Docenas de miles de ellas, escritas hasta dos veces cuando no disponía de papel carbón.

Sasha Abramsky ha organizado la larga crónica dedicada a las actividades de su abuelo Chimen, como si se tratara de una guía a la visita de su residencia. De acuerdo con él, somos llevados por los principales espacios de la casa de 5 Wills, Highgate, en el norte de Londres: el dormitorio, el recibidor, la cocina, el salón, el comedor, la habitación principal del piso superior, y de vuelta al comedor y al salón; todos, menos la cocina y el baño, tapizados de libros del suelo al techo. Eran casi 20000 los títulos y, aunque en apariencia inocente, tienen no poco de egoístas estos objetos, apropiándose de un territorio que no ceden con facilidad y, en ocasiones, es posible observar cómo hacen caer al suelo a otros volúmenes distraídos en los extremos del estante. El coleccionismo es otro de esos vicios absurdos ante el cual han sucumbido no pocos espíritus distinguidos. Para el coleccionista no hay mañana, su futuro en nuestro tiempo, fríamente digitalizado, es el más incierto. El gran mérito del autor, es haber guardado la memoria, no de tanto de los muchos libros, sino de un ser excepcional, uno de los últimos grandes representantes de una actividad en vías de extinción, como todo lo relacionado con el papel, la más grande de las invenciones del genio humano.

El homenaje de Sasha Abramsky tiene no poco de apasionante, a pesar de lo prolijo y, en ocasiones, banal de su recuento, como en las páginas dedicadas a la cocina. Sin embargo, en sus mejores momentos, estamos frente a una escritura ágil e inteligente. Es el caso de las 60 páginas dedicadas al “Salón”. Entre otras cosas, Abramsky nos presenta, en esta sección, las dolorosas contradicciones de un espíritu cultivado y lúcido como el de su abuelo. A pesar de su refugio en las trincheras de papel de su dilatada biblioteca, Chimen no escapó a los efectos de un tiempo tan tormentoso como el XX. Su rebeldía edípica ante la dedicación rabínica de su padre, se transformó en sumisión ante las torcidas exigencias de la militancia comunista. Este emigrado de la Rusia bolchevique, cuyas mismas autoridades, habían perseguido y encarcelado de manera arbitraria a su padre, mantendría una fidelidad incondicional al Moscú de los gulags y purgas ideológicas. No fue el único intelectual de su tiempo, por supuesto, que mantuvo la extraviada actitud,  pero sí uno de los pocos, con Eric Hobsbawm, Aragón, Sartre, Neruda y otros cuantos, que la sostuvo hasta tiempos más recientes. Al extremo de encargarse, bajo un conocido seudónimo, de la redacción del obituario de la muerte de Stalin en un diario londinense: “Los judíos progresistas de todo el mundo lloran profundamente la muerte de Iósif Stalin, líder de la humanidad progresista, constructor del socialismo y arquitecto del comunismo… El liderazgo de Stalin fue una tremenda contribución al final de la explotación del hombre por el hombre, raíz del antisemitismo y la discriminación racial”. Su militancia se mantendría aún por algún tiempo, hasta que por fin, en 1958, dos años después de Hungría y a raíz de las denuncias de Jruschov, se convenció de la farsa del humanismo soviético: “Lo que provocó (la salida del partido) fue el descubrimiento de que todo lo que había creído sobre la Unión Soviética como un lugar donde el antisemitismo no existía era falso”. Un conflicto parecido había enfrentado mucho antes el también judío y camarada, Isaac babel. En lo sucesivo, la de Chimen Abramsky será la posición del amante desengañado que no perdona a la amada la traición. Y, con la conocida furia, del converso, se convertirá en enemigo de todo lo que tan apasionadamente había exaltado durante varias décadas.

A medida que avanzamos en la lectura del libro de Abramsky vamos entendiendo el objetivo del autor: escribir una biografía, no tanto de su abuelo, no ya de los 20000 libros, sino del hombre y la esposa que construyeron una vivienda con ese material. Un espacio ameno, frecuentado por un sector importante de la intelectualidad  británica de izquierda, que llegaba al número 5 Hills, Highgate, no a hurgar en los incontables impresos sino a conversar sobre los grandes temas en lo más parecido a un Salón que existió en el Londres de su tiempo. Chimen alimentaba la curiosidad de sus visitantes con las informaciones más rebuscadas, mientras que Mini reconfortaba sus cuerpos con humeantes sopas fieles a la gastronomía kosher de sus antepasados. El mundo de la informática ha inventado nuevos mundos mientras condenó a otros a la desaparición. Teme uno que entre ellos se encuentre el apasionante oficio del coleccionista de libros, que tuvo en Chimen Abramsky a uno de sus más brillantes exponentes. Y que lo convirtió, a pesar de las aberraciones de su filiación comunista, en el protagonista del excitante libro de su nieto Sasha Abramsky.

*

DIEZ LIBROS QUE HABRÍA RECOMENDADO CHIMEN ABRAMSKY PARA ENTENDER LA REVOLUCIÓN RUSA:

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1. John Reed: Diez días que conmovieron el mundo.

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2. Victor Serge: El año 1 de la revolución rusa.

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3. León Trotsky: Historia de la revolución rusa.

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4. Edmund Wilson: La estación Finlandia.

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5. Isaac Deutscher: León Trotsky (3 vols).

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6. Isaac Babel: La caballería roja.

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7. Boris Pasternak: Doctor Zhivago.

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8. Edward Hallett Carr: La revolución bolchevique (3 vols.).

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9. Orlando Figes: La revolución rusa.

10-richard-pipes-la-revolucion-rusa

10. Richrd Pipes: La revolución rusa.

 

 

Y DIEZ PELÍCULAS:

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1. El acorazado Potemkin. S. Eisenstein (1925)

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2. La madre. Pudovkin (1926)

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3. Octubre. S. Eisenstein (1928)

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4. El undécimo año. Dziga Vertov (Documental, 1928)

5-el-cuarenta-y-uno-chukhrai

5. El cuarenta y uno. Grigori Chukhrai (1956)

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6. El don apacible. Sergei Gerasimov (1957)

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7. El doctor Zhivago. D. Lean (1965)

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8. Diez días que estremecieron al mundo. N. Swallow (Documental, 1967)

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9. Rojos. Warren Beatty (1981)

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10. El último bolchevique. Chris Marker (1992)

 

Francisco Pérez Perdomo en una región sin tiempo; por Alejandro Oliveros

Desde su distante Boconó, Francisco Pérez Perdomo llegó a Caracas, en 1948, para estudiar derecho en la Universidad Central de Venezuela. Allí se encontraría con otros miembros de la llamada “Generación del ‘58”; la misma que, en 1961, fundó el Grupo Sardio y, más tarde, El Techo de la ballena. Como todos ellos, Pérez Perdomo

Por Alejandro Oliveros | 18 de marzo, 2017
Francisco Pérez Perdomo

Francisco Pérez Perdomo

Desde su distante Boconó, Francisco Pérez Perdomo llegó a Caracas, en 1948, para estudiar derecho en la Universidad Central de Venezuela. Allí se encontraría con otros miembros de la llamada “Generación del ‘58”; la misma que, en 1961, fundó el Grupo Sardio y, más tarde, El Techo de la ballena. Como todos ellos, Pérez Perdomo fue un convencido militante de la más extrema vanguardia literaria. Desde su primer libro, Fantasmas y enfermedades, se dio a conocer por una ajustada dicción donde confluían dos de las presencias que marcaron a buena parte de los poetas de esa época: el venezolano Ramos Sucre, y el franco-belga Henri Michaux. Poemas en prosa casi siempre, escritos en primera persona, con asuntos como el desdoblamiento, las reiteradas visitas de figuras fantasmáticas, una realidad sin bordes, alucinatoria y angustiosa. Todos temas e imágenes que, en Michaux y en sus seguidores venezolanos, se inscribían en la mejor retórica surrealista y para-surrealista.

La cuidada escritura de la poesía de Pérez Perdomo fue reconocida dentro y fuera de Venezuela. Aquí, ganaría importantes concursos; y, fuera, sería incluido, con otros cuatro vates venezolanos, en la legendaria Antología de la poesía viva latinoamericana, publicada en España, en 1966, por el argentino Aldo Pellegrini. En su prólogo, el antólogo,  surrealista él mismo, destacaba los alcances de esta poética en nuestros países : “No hay duda de que el surrealismo  tenía que ejercer una particular atracción en Latinoamérica por su doble carácter de lenguaje poético y concepción revolucionaria de la vida… El surrealismo ofrece a los nuevos poetas el privilegio de una deslumbradora libertad de expresión, el incentivo de la imagen insólita y su permanente carácter experimental. El mundo de lo mágico, tan fuerte en las culturas precolombinas, significa también un punto de contacto con el surrealismo”. La poesía de Pérez Perdomo es un claro ejemplo de esta retórica.

Siempre de acuerdo con esta lírica impersonal y oblicua, hermética e indiferente, reiterados atributos de la modernidad, Pérez Perdomo escribió todos sus libros, por lo menos hasta 1988, cuando comienza a observarse un prudente distanciamiento de esta ortodoxia. Ese año aparece su colección Los ritos secretos, que llama la atención, en algunos textos, por su sintaxis más relajada y asuntos hasta ahora no tratados. En el primero de los poemas, “Ese es mi nombre”, la escritura parece una crítica a todo lo publicado con anterioridad, una lírica impensable en sus años de militancia surrealista: “Francisco me nombran/esa es mi gracia/yo soy de estos lugares…” El tono confesional, introducido en Venezuela por poetas de  generaciones posteriores, es adoptado con inteligencia y decoro por el poeta de Los venenos fieles. En lo sucesivo, en sus mejores momentos, será el autor de una poesía nostálgica, olorosa a provincia y zaguanes húmedos, a campo polvoriento, paredes sollozantes y momentos iluminados en la “región sin tiempo de la infancia”: “Yo tenía siete años/y jugaba papagayos en las colinas…”. No es improbable que sus poemas más permanentes, los haya escrito Pérez Perdomo cuando comenzó a distanciarse de la retórica surrealista y se dedicó a componer versos siguiendo de cerca la “verdadera voz del sentimiento”.

Vicente Gerbasi, de ‘Mi padre el inmigrante’ a ‘Poesías de viaje’; por Alejandro Oliveros

No es infrecuente, en la historia de cualquier literatura, que un autor sea reconocido por razones que no siempre son las más ajustadas. Es el caso, entre nosotros, de Rómulo Gallegos; asociado en la memoria de los venezolanos con Doña Bárbara, a pesar de que para muchos su mejor novela es Canaima. Lo mismo podría

Por Alejandro Oliveros | 11 de marzo, 2017

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No es infrecuente, en la historia de cualquier literatura, que un autor sea reconocido por razones que no siempre son las más ajustadas. Es el caso, entre nosotros, de Rómulo Gallegos; asociado en la memoria de los venezolanos con Doña Bárbara, a pesar de que para muchos su mejor novela es Canaima. Lo mismo podría decirse de Vicente Gerbasi. En efecto, el poeta de Canoabo es, para todos, el autor de Mi padre el inmigrante; un libro notable por lo demás, generoso en líneas e imágenes afortunadas; pero que, sin embargo, no parece lo más permanente de su producción. Si tuviéramos que seleccionar uno de sus libros, no deberíamos dudar a la hora de escoger Los espacios cálidos. Esta colección, publicada en 1952, apenas tres años después de Mi padre…, presenta diferencias sintácticas de un alcance apreciable. La impronta nerudiana es ahora administrada con rigor, y las expresiones de alcance cósmico y americanista han dejado de ser urgentes. El verso es menos ampuloso, la adjetivación limitada y la imaginería menos abstracta y mas existencial. Lo que no ha cambiado es la musicalidad, siempre armoniosa, sin disonancias ociosas y ajustada, gerbasiana hasta el final. El poeta acude a un bienvenido objetivismo para desplazar la injerencia de una no pocas veces forzada subjetividad post-romantica, con sus imágenes emblemáticas: la noche, la muerte, la melancolía. Pero, sobre todo, en Los espacios cálidos, su mejor libro, a pesar de sus textos prescindibles, Gerbasi es menos retorico y más esencial. Los versos ya no son de arte mayor y las estrofas han ganado en precisión y ritmo. Dieciséis años más tarde, Gerbasi publica Poesía de viaje; la dicción de estos poemas, evocaciones de sus viajes como diplomático, nunca largos, casi contenidos, son un desarrollo del estilo inaugurado en Los espacios cálidos. Sólo que ahora el autor está en dominio pleno de su instrumento. Con maestría, se cuida de todo patetismo, de la desbordada emoción, que suele ser el pecado de este tipo de poesía. Otros modelos se insinúan, otras afinidades electivas. No es extraviado recordar a otros líricos contemporáneos; Ungaretti y Saba, para mencionar un par. Con Poesía de viajes, no su último libro, sin embargo, se cierra un ciclo, uno de los más elaborados y afortunados de la poesía que se escribió en estas Américas durante el siglo XX.

El que sigue es un texto de Los espacios cálidos. La intención objetivista es clara, toda dudosa emoción ha sido reducida; y aunque la adjetivación es la de su tiempo, la distancia estética se mantiene; e incluso el momento doloroso de la muerte del precioso animal, es transfigurado y, bajo el sol tórrido de los trópicos, transformado en constelación. La lectura de “La pantera”, uno de los poemas más conocidos del Rilke de Nuevos poemas, parece evidente.

 

EL LEOPARDO

El leopardo se refugia en la noche de las grandes hojas
que brillan como fuentes,
hunde en sus huellas escarabajos dormidos,
da vueltas en su furor oscuro
que tiene lumbre en los ojos.
En torno suyo la sombra huele a vegetales de menta,
dispersa luciérnagas entre las lianas.
Los cazadores toman su piel
y la tienden al viento como una constelación.

Simetrías y asimetrías: José Antonio Ramos Sucre y Andrés Eloy Blanco; por Alejandro Oliveros

Los dos poetas más difundidos de la lírica moderna venezolana, nacieron en la ciudad oriental de Cumaná.  El mayor de ellos, Ramos Sucre en 1890, y Blanco en 1906. Miembros de distinguidas familias de la región oriental, sus casas natales no se distancian más de una pocas cuadras. El destino, sin embargo, quiso que no

Por Alejandro Oliveros | 4 de marzo, 2017
José Antonio Ramos Sucre (izq.) y Andrés Eloy Blanco (der.)

José Antonio Ramos Sucre (izq.) y Andrés Eloy Blanco (der.)

Los dos poetas más difundidos de la lírica moderna venezolana, nacieron en la ciudad oriental de Cumaná.  El mayor de ellos, Ramos Sucre en 1890, y Blanco en 1906. Miembros de distinguidas familias de la región oriental, sus casas natales no se distancian más de una pocas cuadras. El destino, sin embargo, quiso que no se conocieran, a pesar de las simetrías que enlazan la existencia de ambos vates: inclinación por las humanidades, estudios de derecho en la Universidad de Caracas y poetas. Además, vinculados con la carrera diplomática; uno, Ramos Sucre, como funcionario de la Cancillería; y Blanco, como ministro, un par de décadas más tarde, de la misma Cancillería. También para ellos los dioses escogieron una muerte desterrada. La del primero en Ginebra; en lo que no se ha podido refutar que haya sido un suicidio, acosado por el “vampiro de la melancolía”. Y el segundo, en un improbable accidente de tránsito durante su exilio mexicano. Hasta aquí las simetrías, porque nada más divergente que las poéticas que distinguieron sus obras.

A Ramos Sucre se le estima, con razón, como el primer poeta moderno de Venezuela; poemas en prosa, impersonales, herméticos, cultos, exigentes, de una exquisita  sintaxis y la insistencia en la imagen como instrumento básico de expresión. Escribió poco y nunca para muchos, su estilo es el de Cellini y su exquisita orfebrería. Andrés Eloy Blanco, por su parte, apenas si se propuso, durante un tiempo breve, ser un poeta de la modernidad. Le pareció mejor acogerse a una crepuscular estética postromántica, expresada con una dicción convencional y metros tradicionales. Incapaz de disociar el poeta del político, se propuso y lo logró, sin dudas, ser un poeta popular, al alcance de los grandes públicos y el reconocimiento inmediato. No parece haberse identificado nunca con los intentos que adelantaban, no sin fatigas, los mejores de sus contemporáneos por adaptar las nuevas formas expresivas que desde hacía décadas se habían difundido en Europa o los Estados Unidos.

Nacieron en Cumaná, pues, dos poetas de expresiones antípodas, a pesar de las simetrías que pudieron haberlos acercado. Blanco probablemente sea el poeta más leído por los venezolanos durante el siglo XX, aunque no estoy seguro de que lo siga siendo en el XXI. Mientras que Ramos Sucre sigue siendo un raro, cuya lectura se limita a las universidades y a los poetas que lo reconocen como fundador de la moderna lírica venezolana.

La “vida” de Oskar Kokoschka, parte II; por Alejandro Oliveros

Pero no todo era fractura, locura y suicido en aquella Viena fin–de-siècle. Nunca los cafés, la más respetable de las instituciones “culturales” vienesas, estuvieron más visitados de talento y creatividad. En el Central, por ejemplo, “vivía” el poeta Peter Altenberg y recibía las visitas diarias de Adolf Loos, Karl Kraus y Kokoschka, donde discutían acaloradamente

Por Alejandro Oliveros | 25 de febrero, 2017
Bride Of The Wind (1914), de Oskar Kokoschka Date: 1914

Bride Of The Wind (1914), de Oskar Kokoschka

Pero no todo era fractura, locura y suicido en aquella Viena fin–de-siècle. Nunca los cafés, la más respetable de las instituciones “culturales” vienesas, estuvieron más visitados de talento y creatividad. En el Central, por ejemplo, “vivía” el poeta Peter Altenberg y recibía las visitas diarias de Adolf Loos, Karl Kraus y Kokoschka, donde discutían acaloradamente el contenido del último número de la revista de Kraus, Die Fackel. Como siempre, sería Stefan Zweig en su Mendel, el de los libros, quien nos dejaría la más pintoresca descripción de este pequeño mundo de los cafés de la capital imperial. Es cierto que en Berlín y París la vida no era menos excitante, pero ni en Alemania ni en Francia sus ciudadanos estaban sometidos a las tensiones neurotizantes de vivir “los últimos días”. Después de la Primera Guerra, los alemanes, como fue el caso de los austriacos, también pierden un imperio. Pero el káiser Guillermo II para nada representó el papel de Francisco José, ante el cual, como frente al padre, la indiferencia no es probable: o se le ama o se le odia. Esa es la cuestión, los austriacos no sólo pierden a su emperador en 1916, pierden, asimismo, la figura paterna y la identidad, Lo que vino después es la historia del psicoanálisis.

La autobiografía de Kokoschka es un libro revelador. El artista fue uno de los mejores protagonistas de un tiempo trágico y privilegiado. No fue el único, la diferencia con los demás es que supo ilustrarlo con su arte y describirlo con su escritura. Su estilo es casi periodístico en su precisión, sin las oscuridades conceptuales a las que nos tienen acostumbrados los autores germanos. A uno de los episodios más difundidos de su existencia, los tres años de relación con Alma Mahler, dedica el espacio necesario para que entendamos los alcances de este turbulento affaire, cuya turbulencia quedó dramáticamente expresado en su famoso autorretrato con Frau Alma Zemlinsky-Mahler-Gropius-Kokoschka-Werfel. Oskar reproduce en su libro un poema que compuso al final de sus amores con la mujer amada, quien se negó a tener un hijo suyo y en una oportunidad escribió: “Tuve miedo de lo que podría gestarse dentro de mí; temí que pudiera heredar la ferocidad de Kokoschka”. Estos son las líneas finales del poema del artista. No es difícil entender los temores de Alma.

Un macho y una hembra estrangulan una serpiente.
El uno ve con miedo la ventaja del otro.
Y el uno a manos del otro perdió su fuerza.
El gusano surge entonces retorciéndose de los picos chillones.
Dejó caer un pedazo de papel, arrugado por el forcejeo”.
Lo tomé y lo leí, inclinado sobre el polvo.
Los labios ríen a la engañosa paz.
“La felicidad está en otra parte”.

Y al leerlos uno agradece a los dioses que hayan estimulado más sus enormes talentos como artista plástico, que su menguada vocación de poeta. Sin embargo, lo que distingue a Kokoschka, como a todos los buenos pintores de todos los tiempos, fue su amistad con los poetas. En un par de páginas, describe la visita que le hiciera Georg Trakl. Una de las mejores precisiones que conozco del carácter del gran lírico austriaco. Kokoschka cuenta cómo el poeta se presentó una noche, poco antes del comienzo de la guerra, en su taller. El artista trabajaba en el autorretrato con Alma y lo único que pudo ofrecer al visitante fue un barril vacío, como silla, y un poco de vino, y siguió con su trabajo. Trakl había apenas llegado a Viena:

Había llegado de Salzburgo completamente empapado
por la lluvia, pues le gustaba caminar largo rato
ensimismado, sin importarle si era de día o de noche…
El gran cuadro que nos representa a mí y a la mujer
amada sobre una nave naufragada en
medio del océano estaba ya terminado. De repente, el
silencio se vio roto por la voz de Trakl, una voz que
parecía surgir de otro yo…
 Trakl llevaba luto por su hermana gemela,
recientemente fallecida, a la que había estado
unido en un amor más que fraternal…
Su aflicción era como una luna que surgiera frente
al sol y lo oscureciera. Y de pronto comenzó a recitar,
 estuvo hablando lentamente para sí
mismo, palabra por palabra, rima por rima. Ante
mi cuadro, Trakl concibió el singular poema “La noche”,
dándole forma hasta que lo supo de memoria:

 

“… sobre escollos negruzcos

se precipita ebrio de muerte

el temporal abrasador…”

 

Con su mano pálida, señaló el cuadro y lo llamó
Die Windsbraut (La tormenta). Poco después, como
auxiliar sanitario en el frente, moriría de una sobredosis de
fármacos en el hospital militar de Cracovia, desesperado
por la matanza que le tocó contemplar en Grodek.

A Kokoschka le tocó su propio baño de plomo; su paso bajo las “tormentas de acero” y su inmersión en los mares de sangre de aquella la más estúpida y menos gloriosa de las guerras modernas. Como cadete de caballería, fue herido por disparos de una ametralladora rusa y, ya en el suelo, un soldado enemigo le hunde su bayoneta en el costado izquierdo. Hijo de montañeses, Oskar era un joven fuerte y sobrevivió a sus dos heridas. La descripción de los sucesos es casi clínica. Habla de sus lesiones con la objetividad de un viejo corresponsal de guerra. Poco después de su recuperación, fue enviado de nuevo al frente y nuevamente fue herido. Con trastornos irreversibles de equilibrio, Oskar terminó su protagonismo en el conflicto bélico que acabó con la juventud europea, “todo por una vieja puta desdentada”, como cantó Ezra Pound.

“Donde está Helena, está Troya”, dejó alguna vez un ingenio injustamente olvidado. Al final de la crónica accidentada de sus dos años en el frente, con sus tres participaciones voluntarias y sus dos heridas casi fatales, Oskar reconoce la pulsión autodestructiva que animaba su participación:

“Entretanto, yo me había despejado del todo y empezaba a ordenar mis pensamientos. Me había metido en la Guerra Mundial por culpa de mi asunto amoroso; para ser sincero, lo que había pretendido era huir de una situación aparentemente desesperada. Hasta ahora había escapado al destino de incontables congéneres que habían perdido la vida”

El encuentro con un Dr. Neuberger, referido por un amigo también médico y psiquiatra, debe haberlo ayudado a dar con la etiología de su neurosis: “Según me escribe, usted quiere acabar consigo mismo… Usted, Herr Kokoschka, debería explotar el talento que le ha sido dado. Sería una lástima que fuera a parar a una fábrica de jabones”.

En 1926, Oskar Kokoschka visitó por primera vez Londres, la primera de una serie de viajes que lo llevarían a refugiarse en esa ciudad durante los años previos a la Segunda Guerra. Alemania vivía los años de la tregua posterior a 1928. El partido Nazi atravesaba sus momentos más oscuros. En la elecciones de 1924, no habían conseguido más de 14 puestos en el Reichstag, frente a la mayoría social-demócrata y los 45 escaños del Partido Comunista. Pero nadie percibió que se trataba del huevo de la serpiente y menos que nadie la mayoría de sus filósofos. En una correspondencia a Karl Jaspers, le confesaba Martin Heidegger que se había, por fin, “enamorado de Kant”. Un sentimiento que, por desgracia, no compartía la mayoría de sus colegas. En aquellos tiempos de dramática indigencia en Alemania, los que precedieron el ascenso de Hitler, la filosofía crítica del profesor de Königsberg era la más necesaria. No obstante, la idea hegeliana del Weltgeist y su metafísico evolucionismo, terminaría seduciendo a la academia, del mismo modo que Hitler, lo haría con el pueblo alemán. En la misma carta, Heidegger se lo advierte a Jaspers, desde Marburgo:

“Entre los participantes, hay algunos hegelianos con los cuales, desafortunadamente, no tengo comunicación. Están de tal modo hegelianizados, que no saben ni siquiera donde tienen la cabeza. Son hegelianos sin sustancia. Pero de todo esto la cosa más bella es que comienzo de verdad a amar a Kant”

Dejando de nuevo de lado la razón, y manifestando síntomas de lo que llamo “SOG” (“Síndrome del olvido de Goethe”), los alemanes iban directo al precipicio con un entusiasmo digno de mejores causas.

De las memorias de Kokoschka, sólo debemos lamentar su brevedad . Se queda uno esperando un segundo tomo, o un tercero, como con los diarios de Jünger o la autobiografía de Bernhard. Más, a diferencia del capitán Jünger, Kokoschka quien, a su vez, fue teniente del ejército austriaco, rehuye las consideraciones metafísicas y va al grano. A pesar de eso, nos dejó en su Mein Leben algunas opiniones necesarias, como ésta sobre el expresionismo alemán, del cual fue, como hemos dicho, uno de sus más lúcidos y versátiles exponentes:

Lo que hoy en día se etiqueta como expresionismo sólo podía surgir en Alemania, donde se sentía la necesidad imperiosa de llevar el arte a las masas, al “hombre nuevo, a diferencia del “modernismo”, que se conformaba con embellecer la superficie y no se dirigía a la dimensión íntima del ser humano. El expresionismo estaba llamado a converger con el descubrimiento del psicoanálisis de S. Freud y la teoría cuántica de Max Planck. El expresionismo era la manifestación del espíritu de la época, no una moda artística.

Poco más adelante, acude al ejemplo de las Cruzadas de los Niños para exponer una de las defensas más apasionadas del movimiento más influyente del moderno arte austríaco y alemán.

Laboriosamente, Herwarth Walden consiguió mantener unidas las distintas facciones en el seno de su revista Der Sturm hasta que los nacionalsocialistas y los dirigentes soviéticos, en sus respectivas áreas de influencia, pusieron fin a la inquietud espiritual de la juventud. El destino del expresionismo alemán recuerda, en su situación igualmente trágica dentro de la historia del espíritu, a las Cruzadas de Niños en la Edad Media y a los iconoclastas surgidos en las guerras de religión.

Como historiador quisiera decir que ni el bigote del káiser Guillermo segundo ni el de Stalin igualan en importancia, al movimiento conocido como expresionismo, a pesar de que este fue en todas partes un fugaz manifiesto de minorías. Quizá hubiera en él una oportunidad para la supervivencia espiritual de Europa, una oportunidad que aun hoy estamos dejando pasar. En los años en que la escoria gobernó Alemania, en los años del envilecimiento de todo lo humano, el expresionismo como “arte degenerado” fue lo primero en sucumbir.

La naturaleza transgresora del expresionismo alemán, su insistencia en el potencial liberador del arte y la poesía, lo convirtieron en el principal enemigo del totalitarismo nazi. Esto ocurre con todos los expresionismos y todos los totalitarismos. En Venezuela, el expresionismo vivió sus mejores momentos, y el totalitarismo se confunde con el “viridianismo”, en referencia a la escena del banquete, en la inolvidable Viridiana, de Luis Buñuel.

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La “vida” de Oskar Kokoschka; por Alejandro Oliveros

He comenzado la relectura de un libro que estuve postergando durante muchos años.   No existía ninguna causa aparente para esa demora.  Desde que fue traducido al inglés en 1986, estuve interesado en este libro, que habría de acompañarme desde 1988, cuando fue publicado en su versión castellana, mejor traducida, por una vez, que la anglosajona.

Por Alejandro Oliveros | 18 de febrero, 2017
Naturaleza muerta con cordero sacrificado, 1910. Oskar Kokoschka

Naturaleza muerta con cordero sacrificado, 1910. Oskar Kokoschka

He comenzado la relectura de un libro que estuve postergando durante muchos años.   No existía ninguna causa aparente para esa demora.  Desde que fue traducido al inglés en 1986, estuve interesado en este libro, que habría de acompañarme desde 1988, cuando fue publicado en su versión castellana, mejor traducida, por una vez, que la anglosajona. Ahora   disfruto el enorme placer de volver a las páginas de Mi vida, la  extraordinaria autobiografía de Oskar Kokoschska, uno de los pintores a los cuales he sido más fieles desde que comencé a enseñar “Arte del siglo XX” en la Escuela de Arte Arturo Michelena, de Valencia, a mediados de los setenta.  Desde la primera línea, he sentido lo que le pasa a uno cuando lee el libro de un amigo, que uno sabe, o cree saber, lo que va a ocurrir.  No es mucho lo que conocía de la vida del maestro vienés: que fue un destacado miembro del  expresionismo alemán; que su pintura fue prohibida en Alemania; que, como todos los sobrevivientes de la catástrofe, huyó a Estados Unidos; que tuvo una relación tormentosa con Alma Schindler, viuda de Mahler  y ex de Walter Gropius; que pintó un gran lienzo donde aparecen ambos; que nunca fue muy sociable, y cosas así. Pero, después de las primeras páginas de su libro, todo lo que dice me resulta extrañamente familiar.

Kokoschska  fue un protagonista privilegiado de buena parte del siglo que pasó.  Al menos en su mitad más apasionante, la que llegó a su fin con los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki.  Nació súbdito del imperio de Francisco José y sufrió persecuciones en el Reich de Hitler.  Ocho años mayor que Joseph Roth, pertenece por tanto a esa generación huérfana de patria, que se quedó sin pasaporte con el tratado de Versalles de 1918.  En su caso, tal vez  fue menos grave esta circunstancia.  Al fin y al cabo, había nacido en las afueras de Viena y no en alguna oscura localidad de la vasta geografía imperial, que fue el caso de Roth.  A todo esto se refiere con singular lucidez en este libro de memorias, publicado a los 84 años, de los 94 de su vida.  No es un libro de recuerdos como los de Malraux o Neruda, escritos por  plumas profesionales.  Más bien es producto de la colaboración con algún ghost writer que puso  en el papel lo que le dictaba el artista.  No quiere decir que hubiese sido ajeno al oficio de la escritura.  En su juventud, escribió poesías y dramas que fueron irregularmente recibidos.  Los dos primeros libros con títulos que prefiguraban su  filiación expresionista:  Los jóvenes soñadores (1908) y Asesinato: la esperanza de las mujeres (1909). De Los jóvenes… son   estas líneas de lo que originalmente era un libro de poesías para niños:

Rojo pececito,
pececito rojo,
te voy a cortar en dos
con mi cuchillo;
voy a separar tus mitades
con mis dedos
para poner fin
a tus vueltas en el agua.

Del segundo, una obra de teatro, son estas líneas desesperadas:

Soledad, hambre y silencio
me tienen confundido,
no hay aire,
esta va a ser una larga noche.

No fue  Kokoschka, por supuesto, el primero en reaccionar de esta manera en contra de los lánguidos cisnes y damas agonizantes del simbolismo tardío, pero sí uno de los  más precoces.  Y aunque no se hubiese inmortalizado como poeta, se debe reconocer que esta lírica, provocadora y violenta, gravitó de modo decisivo sobre la lírica de otros vates del expresionismo alemán: Trakl, Heym, Benn, Lasker-Schüler.

El libro de Kokoschka abunda en revelaciones inquietantes.  Doblemente valiosas, cuando recordamos la figuración del maestro en el origen del arte del siglo XX.  Y de la literatura también, habida cuenta de la temprana aparición de sus escritos.  Dos son las afirmaciones a las que me quiero referir en esta ocasión.  En la primera, alude a una condición de la modernidad artística en la que no muchos se han detenido.  Dice OK:

Del mismo modo, la situación social ofrecía un cuadro cada vez más deteriorado.  Se demostraba la validez de la antigua sentencia según la cual nunca se habla tanto de la necesidad de reformar como cuando no se sabe por dónde y cómo empezar.  El movimiento que se llamaría modernismo nació con la firme voluntad de emprender una renovación de la existencia humana….     

Lo importante de esta afirmación es la insistencia en resaltar la verdadera ideología del modernismo.  Que no se trata exclusivamente de una postura estética, sino que tiene una connotación marcadamente ética y colectiva.  Y lo ha sido así desde sus lejanos fundadores.  La huida al lejano Pacífico de Gauguin, es la más aparatosa repulsa a la sociedad de su tiempo, donde todo comenzaba a revelarse con la siniestra fisionomía que, ochenta años después, será sujeto de anatomías filosóficas como las de Marcuse o Adorno.  A su manera, más tranquila pero no menos radical,  Georges Seurat insistirá en que su iconografía fuera protagonizada  por una fauna de lamentables fantasmas que, en el horizonte borroso, ven alejarse tiempos de una armonía perdida con la naturaleza.  “Mi sufrimiento es cuando no estoy en armonía”, dirá Ungaretti en una iluminación.  Y, seguramente equivocado en sus objetivos, Marinetti, amigo y animador de Ungaretti, no se propondrá menos que la “renovación de la existencia humana”, cuando fundó el movimiento origen de todas las modernidades y que bautizó, con acierto envidiado, con el nombre de  futurismo.  Esa voluntad de ir de la estética a la ética y la sociología, fue extremada por la “vanguardia rusa”,  de la misma manera que extremado fue su aniquilamiento por Stalin y sus secuaces, para los cuales la existencia humana estaba bien como estaba, y apenas debería ser reformada para mantenerlos en el poder.  Rápidamente entendió el  dictador soviético que el modernismo era uno de los peores enemigos del estado totalitario.  Ya lo había precisado ese fundador de todos los totalitarismos que fue Mussolini.  Y de ese modo lo entendería Hitler, el más destacado de sus discípulos.

En su siguiente afirmación, Kokoschska intuye la causa del desastre que fue la aparición forzada de la sociedad moderna.  Aquella que superó los perfumes marchitos de la “belle epoque”, para ceder su lugar al siglo XX, un tiempo de tecnologías mal entendidas y deshumanizaciones sostenidas:

Podemos preguntarnos si esto no sería acaso debido al hecho de que la revolución técnica llegó precipitadamente, arrancado a la sociedad de un      estilo de vida conservador antes de que pudiera surgir otro capaz de sustituirlo.

 Antes de comentar esta opinión referida a la Europa de la primera preguerra, me gustaría añadir un par de líneas sobre lo que ocurrió en Venezuela casi cincuenta años después  cuando, finalmente, la modernidad se estableció entre nosotros.  Fue algo más complejo que esto, pero, a mediados de los cincuenta, el gobierno emprendió una cantidad de obras públicas aprovechando una de las recurrentes bonanzas petroleras.  En un gesto inexplicado, el dictador de turno convocó a los mejores arquitectos, venezolanos o no, para que se encargaran del diseño y construcción de los numerosos proyectos.  El más destacado de este grupo de profesionales, Carlos Raúl Villanueva, asumió el encargo de la Ciudad Universitaria, el más ambicioso de todos. El resultado es bien conocido, uno de los mejores conjuntos arquitectónicos de la América Latina de su tiempo.  Villanueva no era ningún desconocido.  Había participado en los planes  urbanísticos de gobiernos anteriores y en su lenta evolución se había ido acercando a un estilo claramente internacional.  Pero, antes de inscribirse de manera irreversible en la aventura del arte moderno, le había dedicado cuatro años (1941-45) a la reurbanización de El Silencio, un proyecto de alcance social que no descuida la estética y que era la evolución más adecuada de la arquitectura colonial y post-colonial.  Era de esperar que esta salida a la tradición arquitectónica se extendiera por toda la capital y el resto del país.  Pero no fue así.  A la vuelta de escasos diez años, Villanueva y la administración que lo apoya, y el conjunto de jóvenes talentos que lo sigue, toman la decisión de modernizar compulsivamente a la capital y a algunas ciudades del interior.  Se produce la ruptura con la tradición y vastos sectores de la red urbana, de buenas a primera asisten a una transformación radical.  De la casa de  zaguán y modestos apartamentos, se pasa  a la vida en modernos edificios  sin ninguna experiencia previa.  Las pequeñas residencias de un solo plano son sustituidas por modernas y altas  construcciones, dotadas de modernas tecnologías arquitectónicas: ascensores, luces de mercurio y  dinámicas vías de acceso.  La muestra más elocuente es el hermoso proyecto para la Universidad Central, al cual Villanueva dedicó los mejores veinte años de su existencia.  El resultado es uno de los conjuntos que mejor ilustran las posibilidades de la arquitectura moderna.  Pienso en esto cuando releo las líneas de OK y no puedo dejar de creer que tiene razón.  En Venezuela, la modernidad se impuso de una manera tan violenta, que pasamos cincuenta años tratando de incorporarla a un proyecto nacional.   Nunca se logró, y los grandes logros de la modernidad en la Venezuela actual, signada por el retroceso como política de estado, quedaron como piezas de museo, como la empresa heroica de un grupo de talentos que soñó con una Venezuela audazmente moderna, una utopía malentendida y que propició la visual fracturada de los paisajes urbanos de Venezuela.

Oskar nació un primero de marzo de 1886, el mismo año que vio nacer a Gottfried Benn en Brandemburgo y por lo tanto  súbdito del segundo imperio de habla alemana de esos días.  El primer imperio, por antigüedad, que no por fuerza, era el  austro-húngaro de Francisco José, al cual perteneció Kokoschka.   Georg Trakl, también austriaco, de Salzburgo, nació apenas un año más tarde.  Kirchner era algo mayor (Aschanfeenburg 1880, en Alemania).  Emil Nolde, 1867, tal vez sea el mayor de los maestros del expresionismo   también de origen germano. Elsa Lasker-Schüler, también  alemana y la menos joven nació en 1869. Georg Heym, de la alemana Silesia, fue el más joven de todos, y el más efímero, pues apenas vivió veinticinco años 1887-1912.  No son todos los expresionistas, son los que recuerdo en este momento, un periodo en el cual siento que todavía no ha superado los efectos adversos de una irregular difusión.

Pero todos, protagonistas de vidas desgarradas, existencias fracturadas, como la época que les tocó vivir.  Freud trató de curar, con su psicoanálisis, a esta generación pero fracasó.  Sus neurosis no eran tan edípicas como creía y más pudo el Zeitgeist (el espíritu de lo tiempos) que las secretas pulsiones de cada uno.  Todos tenían algo de enfermos, y algunos mucho.  Tal vez se trató de un error diagnóstico.  A las que había que psicoanalizar era a las naciones y no a los ciudadanos.  Y de esta manera pensaba el imaginario doctor Silberstein, autor del también imaginario El niño nervioso y gran lector de Dostoievsky y Poe, uno de los más fascinantes personajes de imaginados por el vienés Stefan Zweig.   Un brillante médico cuya incapacidad para llevar a término su estudio, La neurosis de las naciones, es una circunstancia que no  deberíamos terminar de lamentar.  Del vasto proyecto, sólo escribió el primer capítulo, el dedicado a Grecia, donde ofrece una versión de las disposiciones mentales de los griegos, que, en literatura y filosofía, tenía un equivalente en   Nietzsche, que es lo que expone Zweig en su poco conocida, por desgracia, novela Clarissa. Aun ficticio, el nombre del libro de neurología nunca publicado, es de lo más elocuente cuando tratamos de entender el devastador efecto que la decadencia y caída del imperio austro-húngaro produjo en la psique colectiva.  La neurosis de las naciones, y de eso se trataba, de una serie de países neurotizados ante el ocaso de un sistema político centenario con no poco de patriarcal.  Las naciones que integraban el imperio de los Habsburgo no eran pocas, y sus habitantes los más numerosos de Europa:  Austria, Hungría y otros estados federados:  Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia, República Checa, además de vastas regiones de Transilvania, Polonia, Veranea y el Alto Adige italiano así como Friuli-Venetto  y Trieste.  La amenaza era la orfandad.  Un riesgo que lo acentuaban la avanzada edad del emperador y la debilidad de su sucesión.  Francisco José se había quedado sin hijo varón y el que seguía en la línea era un  poco simpático archiduque.  Nadie expresó mejor este desamparo que el último de los iluminados, el gran Georg Trakl.  Unas líneas sólo de uno de sus textos más reveladores, “Revelación y caída”:

Extraños son los caminos del hombre.
Cuando iba sonámbulo por la habitaciones de piedra.
Y en cada uno ardía un solitario candil, un candelabro de cobre
y, cuando presa del frío, me fui a la cama,
reapareció en la cabecera la sombra negra de la extraña,
en silencio oculté el rostro en mis manos ….  

Pero cuando descendí por el sendero de piedras,
me asaltó la locura y comencé a gritar en la noche;
y cuando con mis dedos plateados
me incliné sobre las aguas silenciosas,
vi que mi rostro me había abandonado.
Y la voz blanca me dijo: “Acaba con tu vida”
Con un suspiro se levantó en mi la sombra de un niño
y me observo radiante y con ojos cristalinos:
entonces caí llorando bajo los árboles
y la poderosa bóveda de las estrellas.

Eneas y Mark Strand; por Alejandro Oliveros

Entre los libros que me regaló Mark Strand en uno de nuestros últimos encuentros en Nueva York, se encuentra The Weather of Words. Lo subtituló, “Poetic invention”, tal vez haciendo referencia a una pieza que es puramente ficcional, donde su hijo de cuatro años entabla con él una discusión sobre las traducciones de Palazzeschi que

Por Alejandro Oliveros | 11 de febrero, 2017
Paisaje con Dido y Eneas, 1769. Thomas Jones

Paisaje con Dido y Eneas (1769), de Thomas Jones

Entre los libros que me regaló Mark Strand en uno de nuestros últimos encuentros en Nueva York, se encuentra The Weather of Words. Lo subtituló, “Poetic invention”, tal vez haciendo referencia a una pieza que es puramente ficcional, donde su hijo de cuatro años entabla con él una discusión sobre las traducciones de Palazzeschi que el niño estaría acometiendo. Son quince trabajos ensayísticos donde se reúnen diversas consideraciones sobre su arte poética y la de algunos colegas como Joseph Brodsky; sin embargo, el que más me llamó la atención al abrir el libro fue una aproximación a Virgilio. Lo he dicho en otra parte, la admiración por el romano es una de las afinidades que mantengo con Strand. “Algunas observaciones sobre el Libro VI de Eneida”, es como llamó el autor a esta original aproximación a la narrativa de las experiencias de Eneas en el Hades. Strand llama la atención sobre la cantidad de ocasiones y las circunstancias en las que los héroes homéricos y virgilianos se abrazan. Comienza recordando el abrazo que le da Ulises al fantasma de su madre en el Canto XI de Odisea, que es el del descenso del hijo de Laertes al submundo. Luego señala Strand el abrazo de Eneas al fantasma de su esposa en el Libro II de Eneida en medio de las ruinas de su hogar en Troya. Creúsa se devuelve en medio de la huida y es atrapada por el desastre. Cuando Eneas llega es demasiado tarde y lo que encuentra es el cadáver de su esposa, “más grande que el natural”, que se dirige a él con prudentes palabras. Strand tiene razón al detenerse en este episodio que narra el encuentro del héroe con un fantasma. No es nada inusual este tipo de encuentros entre los esforzados héroes. En otra secuencia memorable, en Eneida VI, Eneas se va a tropezar con cantidad de fantasmas, incluyendo los de Palinuro y Anquises. Pero ninguno tan impresionante como el del héroe virgiliano y Dido, su ex amante y reina de Cartago. Pero no nos adelantemos. Vamos a hacer como Strand y detenernos en la reunión Eneas y el cadáver de Creúsa, su amada esposa.

La historia de Eneas con el episodio de Creúsa, la cuenta el héroe en presencia de Dido en el Libro II de Eneida. La bella reina africana todavía no sospecha, porque así pasa, que va a ser la sucesora de la troyana en el “corazón del visitante”. Eneas concluye su narrativa con las últimas palabras que le dirigió el fantasma de Creúsa, donde lo “libera de toda obligación hacia ella”. Lo que sigue es una traducción al castellano de la celebrada, con justicia, versión al inglés de Robert Fitzgerald

“No se gana nada lamentándote de tan desgarrada manera, amado esposo. Todo ha ocurrido como lo dispusieron los dioses. No puedes llevar a Creúsa contigo; no estuvo dispuesto así ni lo permitiría el Señor del Olimpo. Te espera un dilatado destierro y largas millas de mar. Llegarás a Hesperia donde el lidio Tiber fluye suavemente entre ricas haciendas y con los años llegará la paz te favorecerá y un reino y una reina. Seca esas lágrimas por tu amada Creúsa. Ya no veré la orgullosa patria de los mirmidones ni la de los dólopes, ni serviré a las damas griegas yo una troyana y nuera de la divina Venus. No, la gran Madre de los dioses me retiene aquí en esas costas. Adiós y saluda a tú hijo que es también mío”

Hay que reconocer la prudencia de Creúsa. Sabía que en su largo periplo se iba a encontrar con Dido y la convertiría en su amante. Pero no dice nada, ¿por qué? me pregunto. Cuando alude al “un reino y una reina”, no se refiere, precisamente, a Cartago y Dido. Habla de Roma y de Livia, la hija del rey Latino, a la que encontrará a su llegada al futuro emplazamiento de la Urbe. ¿Era prudencia o celos? No menciona a Dido en su largo y acertado vaticinio. Prefirió ignorarla, no mencionar su nombre siquiera. Dido por su parte, tiene que haberse sentido confundida. ¿Se refería a ella la narración de Eneas? Era reina y tenía un reino, amén de ser viuda y joven. Desde el primer momento se sintió atraída por el troyano exiliado. Se trataba de un héroe en busca de un reino y ella tenía uno. Durante años había gobernado con sensatez los dominios cartagineses, pero ahora sentía la necesidad de un hombre que gobernara a su lado, que se encargara de las difíciles tareas del gobierno. Y ahora este esforzado visitante le hablaba de lo que iba a ser su futuro, un futuro que estaba dispuesto a compartir. El silencio de Creúsa, su reticencia a contar el cuento completo va a ser la causa de la ruina de Dido y de la vergüenza de Eneas.

Lo de Strand es un signo más de nuestros tiempos de cambiante sensibilidad. Que consiste en una relectura de Virgilio, el gran vate condenado por la miopía de la modernidad al papel de mero imitador de Homero. Una distorsión que comenzó a ser cuestionada a finales del novecientos y que, en estas décadas primeras del XXI ya no ha quien se atreva a mantener. Una actitud más sensata sería la más obvia: Homero es Homero, y Virgilio es Virgilio.

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Embriaguez de destino, Gottfried Benn y Klaus Mann; por Alejandro Oliveros

Del 9 de junio de 1933 es la famosa carta de Klaus Mann, ya en el destierro californiano, con su padre, el muy famoso Thomas Mann, y su madre, dirigida a Gottfried Benn. Se dirige a él como “Querido y venerado Dr. Benn”. Y comienza con estas palabras: “Permita a un apasionado y fiel admirador

Por Alejandro Oliveros | 4 de febrero, 2017
Klaus Mann (Izq.) y Gottfried Benn (Der.)

Klaus Mann (Izq.) y Gottfried Benn (Der.)

Del 9 de junio de 1933 es la famosa carta de Klaus Mann, ya en el destierro californiano, con su padre, el muy famoso Thomas Mann, y su madre, dirigida a Gottfried Benn. Se dirige a él como “Querido y venerado Dr. Benn”. Y comienza con estas palabras:

Permita a un apasionado y fiel admirador de sus obras acudir a Ud. con una pregunta… por el hecho de que me he enterado de que Ud., en realidad, como único autor alemán con el que nosotros habíamos contado, no se ha dado de baja de la Academia ……”

Y luego viene la pregunta:

“¿En qué sociedad se encuentra Ud. allí? ¿Qué le pudo inducir a poner su nombre que ha sido para nosotros el ejemplo del más alto nivel y de una pureza verdaderamente fanática, a disposición de esos (los nazis) cuyo nivel es absolutamente inaudito en la historia europea y de cuya impureza moral el mundo se aparta con horror?… Heinrich Mann, al que Ud. ha rendido homenaje como ningún otro, ha sido expulsado ignominiosamente de la misma organización en la que Ud. permanece; mientras mi padre, al que Ud. le gustaba citar, es ultrajado”

La pregunta busca sentido a todo colaboracionismo, no sólo en Alemania, sino en todos los países que han transitado los infiernos de la ambición totalitaria que apenas comenzamos a padecer en Venezuela. En estos casos, tal vez lo mejor sea el silencio, como en el caso de Heidegger; o la distancia, en el de Jünger. Pero Benn trató de justificar su escogencia en términos indignos de un hombre de su talento. El pobre Klaus hace gala de sus buenos modales y bondad para tratar de entender a su querido y venerado Dr. Benn:

“Ud. se refugia siempre en un irracionalismo enconado por antipatía. Esta actitud fue puramente espiritual y tuvo para mí una gran fuerza de seducción, como lo confieso, pero esto no impidió que sintiera sus peligros… Sólo el gran gesto contra la civilización, un gesto que, como sé, atrae demasiado al hombre espiritual y de pronto se halla uno en el culto de la violencia y luego de Adolf Hitler”

Termina:

“Pero ha de saber que, para mí y algunos otros, Ud. pertenece a los muy pocos que no quisiéramos perder de ninguna manera en el “otro lado”. Pero el que se comporte ambiguamente en esta hora no pertenecerá ya, ni hoy ni nunca, a nosotros. Pero Ud. sabrá lo que cambia por nuestro afecto y cuál es el gran sustituto que se le ofrece. Si no soy un mal profeta, será al final ingratitud y desprecio”

En esto no se equivocó el hijo del gran Thomas. La situación con Benn era la más incomprensible para sus contemporáneos. Todos suponían que iba a abandonar Alemania después de la llegada de Hitler. Pero suponían mal, y no por falta de lucidez, sino por una suerte de complicidad en aquella desconfianza en la razón a la cual culpaban de los desastres de la República de Weimar. De allí esa mención al “irracionalismo” de Benn.

En 1948, Benn rescata de su cuestionable pasado y una Berlín en ruinas, el texto del malogrado Klaus Mann y la publica en Doble Vida, un año después del suicidio de Klaus en 1949:

“Nadie ha vuelto a leer esta carta desde hace quince años, y cuando la volví a tomar hoy me sentí completamente desconcertado. Este joven de veintisiete años había enjuiciado la situación mejor que yo, había previsto exactamente el desarrollo de las cosas… Publico la carta como homenaje al difunto, del cual conservo un recuerdo amistoso, a pesar de todos los fuertes ataques hechos contra mí por él y su círculo”

En su Doppelleben, Benn incluye también su respuesta a la misiva del hijo de Thomas Mann, algunas de cuyas opiniones siguen impresionando por su estulticia, casi inimaginables en un escritorio de su genio. Opiniones, hay que recordar, escritas en 1933, el año de la toma del poder por Hitler. Como ésta:

Me declaro muy personalmente por el nuevo estado porque es mi pueblo que aquí abre su camino. ¿Quién soy yo para excluirme? ¿O conozco algo mejor?

Y sobre la falacia del “pueblo”, invención de Hitler, y al cual acuden todos los regímenes totalitarios:

“¡El pueblo lo es todo! Pues debo, en primer lugar, a este pueblo mi existencia espiritual y económica, mi idioma, mi vida, mis relaciones humanas, todo lo que es mi cerebro. De él proceden mis antepasados, a él vuelven los niños. Y como crecí en el campo y con los rebaños sé todavía lo que es la patria. La gran ciudad, el industrialismo, el intelectualismo todos sobras que la época echó sobre mis pensamientos, todos fuerzas del siglo contra las cuales me volví en mi producción, hay momentos en que toda la vida martirizada se hunde y que no hay nada más que la llanura, que la amplia llanura, la estaciones del año, la tierra, las palabras sencillas, el pueblo. Es por esto que me he puesto a disposición de aquellos, a quienes Europa niega cualquier consideración”

Todo esto apesta a demagogia y fascismo.

“No obstante hay que seguir luchando”, es el título de un ambiguo poema de Benn escrito durante el año de su intercambio con Klaus, es decir, el aciago 1933.

“No obstante hay que seguir luchando”.

El denominador sociológico
que dormía detrás de los siglos
Se llama: alguno grandes hombres
que sufrieron mucho. 

Se llama: algunas horas mudas
en el viento de Sils-María;
El realizarse va cargado de heridas,
si de realización se trata. 

Se llama: alguno guerreros moribundos
torturados y pálidos como la sombra;
a ellos hoy, mañana al vencedor
¿por qué hiciste esto?

Se llama: las serpientes golpean los colmillos,
el veneno, el mordisco, el diente,
el-escalofrío-del-Ecce-Homo,
en la sangre y en la senda del hombre –

Se llama: muchas ruinas hacen señas:
las rozas quieren paz,
ve, pues, deslizándote,
en lo que nunca ha de acabar. 

Se llama, en fin: callarse y actuar,
sabiendo que ha de caer,
no obstante, hay que seguir con la espada en la mano
ante la hora del mundo. 

(Trad. López de Abiada)

Hay muchas cosas que el lector quisiera saber. Empezando por el final, ¿qué quiere decir Benn con die stunde der welt (la hora del mundo)? ¿Se refiere acaso al momento nefando en la historia alemana del ascenso del Hitler al Reichstag? Todo parece indicar que el Dr. Benn, como el propio Heidegger, fue víctima de esa “embriaguez del destino”, a lo que se refiere en un comentario de 1950.

Sils-María, por su parte, es una pequeña población suiza en las alturas alpinas preferido por Nietzsche durante algunos años para sus retiros estivales: 1881 y 1883-1888. Trabajó en alguno de sus libros, en especial en la Segunda parte del Zaratustra y en su idea del eterno retorno producto de un rapto de inspiración a orillas del lago Silvaplana. En su inteligente Nietzsche y el círculo vicioso, Klossowski reproduce una carta de Nietzsche a Gast, su “amigo y maestro de música”, donde consigna la intensidad de sus emociones en Sils-María, el paisaje donde fue sacudido por la verdad revelada:

“El sol de agosto está sobre nosotros, el año huye, un silencio mayor, una paz mayor se extiende sobre las montañas y los bosques. En mi mente se han levantado pensamientos —nunca los había visto semejantes— ¡no dejaría que nada se trasluciera y me sostendría yo mismo en el seno de una calma inquebrantable! ¡Ah, amigo mío a veces me atraviesa la sensación de que, después de todo, vivo una vida tan peligrosa porque soy de ese tipo de máquinas que pueden explotar! La intensidad de mis sentimientos me hace estremecer y reir —en muchas ocasiones he llegado a no poder abandonar mi habitación, con el pretexto risible de que mis ojos estaban inflamados—. Una y otra vez, ayer, durante mis paseos, derramé lágrimas, no sentimentales, sino de júbilo; y, entre lágrimas, cantaba y……… cosas absurdas, colmado con una nueva visión que me da ventaja sobre todos los hombres”

Y después, en Ecce Homo, regresa sobre aquel momento iluminado: 

“Voy a contar ahora la historia del Zaratustra La concepción fundamental de la obra, el pensamiento del eterno retorno, esa fórmula suprema de afirmación a que se puede llegar en absoluto, es de agosto de 1881. Se encuentra anotado en una hoja a cuyo final está escrito: ‘A 6000 pies más allá del hombre y del tiempo’. Aquel día caminaba yo junto al lago de Silvaplana a través de los bosques; cerca de una imponente roca que se levanta en forma de pirámide no lejos de Surlei, me detuve. Entonces me vino ese pensamiento”

A la hoja a la cual hace referencia se lee:

“Primeros de agosto de 1881 en Sils-María, a 6000 pies sobre el nivel del mar y mucho más alto aún sobre todas las cosas humanas”

No dejo de pensar en que Nietzsche, consciente o no, asume esta actitud a lo Manfredo, como resultado de reiteradas lecturas de Byron. No hay que olvidar que, para Goethe, el vate inglés era el más grande de los poetas británicos después de Shakespeare.

A pesar de su participación prominente en las vanguardias literarias alemanas el poema de Benn es de una síntesis más bien clásica. Cuartetos de cuatro versos rimados de seis a ocho sílabas.

Der soziologische Nenner,
der minter Jahatausenden schlief,
heisst: ein para grosse männer
und die litten tief.

Así durante las seis estrofas, cuya musicalidad anti-rilkeana, se basa en la repetición del monosílabo Heisst, cuyo mejor equivalente es el reflexivo castellano “se llama”. La comprensión del texto, o una de las posibilidades, así sea en forma parcial se dificulta un tanto menos con una lectura de las que llaman en las escuelas de letras “contextual”. Esto es, colocando al texto “en situación”. Lo escribió Benn tomado por esa “embriaguez del destino”, ese arquetipo terrible que despertó Hitler en el “pueblo alemán”. Se trata de lo que podría llamarse, en una expresión que no es la más ajustada, de un “poema histórico”:

Estrofa 1a: el destino de Alemania y el ejemplo de Nietzsche.

Estrofa 2a: Nietzsche como profeta de Alemania, a raíz de la epifanía en Sils-María.

Estrofa 3a: Los soldados alemanes muertos y heridos de la Primera Guerra Mundial y la necesidad de su reinvindicación.

Estrofa 4a: Los enemigos de Alemania y, otra vez, Nietzsche.

Estrofa 5a: El eterno retorno, de Frederic.

Estrofa 6a: La salida al impasse histórico de 1933. ¿Hitler?

De 1936 es Mefisto, el más difundido de los libros del malogrado hijo de Thomas Mann, y detrás del tenue disfraz del “poeta Pelz”, uno de los personajes de la dilatada novela, Klauss Mann describe con devastadora ironía, al que una vez fuera su “venerado” Benn:

“El poeta Pelz, cuya lírica altamente exigente, en cierta oscura forma hasta sublime, de difícil comprensión, se habían entusiasmado muchos jóvenes que ahora estaban exiliados. Benjamin Pelz, un hombre pequeño y rechoncho, de ojos suaves, azules y fríos, mejillas colgantes y boca ancha, cruelmente lasciva, explicó en una conversación íntima que amaba el nacionalsocialismo porque iba a destruir esta civilización cuyo orden mecánico se había hecho insufrible, porque conducía al abismo, olía a muerte e iba a desencadenar dolores sobre una parte del mundo que estaba empezando a endurecerse y transformarse en una fábrica perfectamente organizada y en un sanatorio para débiles a partes iguales”

Mann se extiende en la descripción de las creencias de Pelz, que me cuesta creer, en estos términos, hayan sido las de Benn:

“Nuestro amado Führer nos arrastra a la oscuridad y a la nada ¿cómo podríamos dejar de admirarle nosotros, los poetas que tenemos una relación especial con la oscuridad y el abismo? No es en absoluto exagerado llamar divino a nuestro Führer. Es la divinidad del infierno, que fue lo más sagrado para los pueblos abiertos a lo mágico. Yo le admiro ilimitadamente, porque odio sin límites la yerma tiranía de la razón y el concepto ídolo burgués de progreso. Todos los poetas que merecen llamarse así son los enemigos natos y conjurados de este progreso. El mismo hacer poesía es vuelta al estado primitivo —sagrado, precivilizado, de la humanidad. Hacer poesía y matar, sangre y canción, muerte e himno: lo uno va con lo otro”

Lo que resulta más incómodo es que mucho más tarde, en 1950 y muerto Klauss, Benn habrá de referirse al “retrato” en Mefisto con indiferencia y desparpajo. Lo único que niega no son las convicciones del “poeta Pelz”, sino que él tuviera, como el personaje de la ficción, acceso a las altas autoridades del partido. En lo que se refiere a las extravagantes ideas de Pelz, todo parece estar de acuerdo con sus creencias: “Todo esto, como he de observar, es una libertad poética del autor. Yo no entré ni salí en ningún sitio, tampoco era invitado en ninguna parte, no pisaba ningún ministerio ni ningún palacio, ninguna velada ni ninguna recepción…” ¿Y lo demás?

Los tiempos de totalitarismo, como el alemán, el soviético o el venezolano, propician las actitudes más lastimosas, como las de Gottfried Benn. Directores de orquesta, que dirigen el coro en los cumpleaños del dictador y lo asisten a apagar las cansadas velitas, hasta los magistrados que solo caminan en sus rodillas y los poetas que cantan la siniestra corte. Las dictaduras suelen propiciar no sólo la ruina material, sino lo que debería ser peor: el colapso de la experiencia espiritual.

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Sobre Gottfried Benn; por Alejandro Oliveros

Entre los libros que compre la última vez que estuve en la librería Tschan, en Montparnasse, se encuentra uno de Joseph Roth, una colección de artículos periodísticos, publicados en francés con el título tan sugestivo de Une heure avant la fin du monde. En opinión de algunos, que para nada es la mía, lo mejor

Por Alejandro Oliveros | 28 de enero, 2017
Gottfried Benn

Gottfried Benn

Entre los libros que compre la última vez que estuve en la librería Tschan, en Montparnasse, se encuentra uno de Joseph Roth, una colección de artículos periodísticos, publicados en francés con el título tan sugestivo de Une heure avant la fin du monde. En opinión de algunos, que para nada es la mía, lo mejor de Roth serían estos trabajos periodísticos; su amigo y biógrafo Soma Morgenstern, entre otros. Reconozco el talento del austríaco como cronista, pero un autor que haya escrito una de las diez mejores novelas en alemán del siglo veinte, no puede haber escrito una ficción de segundo orden. Son muchas las crónicas que he leído de Roth y aún más las que me quedan por leer. Siempre inteligentes y reveladoras. Como la que dedica a la ya no tan comentada filiación de Gottfried Benn con los nazis. Pareciera que, en un raro acuerdo, los cazadores de nazi en literatura hayan concentrado sus esfuerzos en el escurridizo caso Martin Heidegger. Y no creo justo que sea así. Las vinculaciones de otros escritores, casi siempre franceses, con el nazismo fueron más entusiastas y comprometedores que las del pensador de Sein und Zeit.

Benn fue uno de los poetas más brillantes y sin duda el más influyente de la generación del llamado, tal vez con razón, expresionismo alemán. El más interesante de todos los movimientos literarios aparecidos en Europa durante las primeras décadas del novecientos, incluyendo, por supuesto al mal llamado en castellano surrealismo, en uno de los galicismos más atroces del idioma. Los contemporáneos de Benn fueron grandes en todo, e incluyen genios como el de Schönberg, Kokoschka, Trakl, Fritz Lang, Maurice Stiller, Nolde. Fueron artistas y poetas predestinados a la catástrofe. Todos nacidos a finales del XIX, muchos de ellos, como Trakl, ahogaron sus sueños y cuerpos, como Franz Marc, en los abarrotados hospitales de sangre e inmundas trincheras del frente occidental. Los jóvenes ingleses y franceses vivieron una situación parecida, pero no produjeron ningún expresionismo, demasiado ocupados en ser ingleses y franceses respectivamente. Los primeros siguieron cantando las dudosas glorias del imperio y los segundos se refugiaron en el esteticismo de siempre.

La Alemania de Benn y sus contemporáneos es la del espartaquismo, aquel intento trágico de establecer un gobierno revolucionario en Alemania, comentado por todos los historiadores serios y notables escritores, como el Nossack de Al vencedor desconocido, una de las ficciones más logradas y olvidadas de la narrativa alemana contemporánea. Un intento confuso y trágico que terminó con grandes masacres y la muerte asesinada de sus dos grandes líderes, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. De acuerdo con Hobsbawn, “La historia del partido comunista alemán es trágica. La gran esperanza del mundo en 1919, no es más que un episodio aislado en la historia de Alemania… Otros también aprendan de este fracaso”. Y “fracaso”, en un contexto colectivo es la palabra clase para entender la generación de Gottfried Benn.

El mejor teórico del expresionismo fue, precisamente, Gottfried Benn. En una recapitulación escrita en 1933, en defensa del movimiento frente al criterio oficial nazi, escribió:

“Reconozco que, psicológicamente, me siento bien con la definición de expresionista y me da la impresión de que su método me es innato… (se trata) de la destrucción de la realidad, la penetración brutal hasta la raíz de las cosas, hasta el punto en que ellas no puedan ser matizadas ni ablandadas con valores individualistas ni distorsionadas a favor del realismo o de un proceso psicológico, sino que aguardan en el silencio prolongado del yo absoluto, la llamada del espíritu”

El revolucionario que así hablaba formaba parte de la Academia de Letras de Alemania durante los primeros años del nazismo. El asunto es que para Benn, como para Heidegger y tantos otros, la ideología nazi era la expresión más acabada de la postura revolucionaria.

Mis primeros contactos con Benn datan de 1966 y, con mayor interés, de 1969, cuando era estudiante del cuarto año de Medicina. Y, como con tantas otras cosas, el encuentro fue propiciado por Eugenio Montejo, quien encontraba alguna analogía entre mis estudios y la profesión del vate alemán. Desde entonces me he sentido atraído por la vida y obra de Benn. Una atracción que se vio interrumpida, a lo largo de una larga década, por mis lecturas de Paul Celan. Pero nunca permití que la obra del Dr. Benn se alejara mucho de mis ojos. De hecho uno de los primeros libros que adquirí durante mi primera visita a Nápoles, fue la edición Einaudi de Aprèslude. Pero fue en francés donde comencé a leerlo de manera “ordenada”. En 1972, en la legendaria Librería Galatea en Viamonte 564, conseguí el estudio, de los más completos hasta ahora en francés, que Jean-Charles Lombard le dedicó en la inolvidable serie Poètes d’Aujourd’hui. Y de esa época es otra traducción en francés que acabó de encontrar, en el caos de mi biblioteca, realizada por Pierre Garnier. Este es uno de los poemas traducidos por Garnier y que parece dedicado a Else Lasker-Schüler, la distinguida poeta de origen judío que fuera amante de Benn:

A….

Puedes permanecer en el umbral,
pero no vayas a cruzarlo
a mi casa no se puede llegar,
es necesario allí haber nacido. 

Ver cómo llega el viajero y se detiene,
si tiene sed, que le alcancen un vaso de agua,
pero uno solamente, después
que se vuelvan a pasar las viejas cerraduras.

Pero fue gracias al poeta francés Robert Rovini, que llegué a conocer mejor al contradictorio pensador y exquisito poeta. Gracias a los buenos esfuerzos de la Librería Francesa de Caracas, pude ponerme en la preciosa selección de los ensayos de Benn recogidos bajo el genérico título de Un poète et le monde. Fue la única manera de leer, como no fuera en el original, el inevitable ensayo “Problemas de la lírica”. Allí, entre otras afirmaciones provocadoras, se destaca aquella en la cual el autor señala que, a él, “Tosca me dice más cosas que el Arte de la Fuga”. Pero no es este tal vez discutible señalamiento, lo que ha hecho la gloria del ensayo. Otras afirmaciones son verdaderamente ejemplares:

“Al producir la poesía no se observa sólo la poesía, sino también a uno mismo. La producción de la poesía es un tema, no el único tema, pero en cierto modo está presente por todas partes. Particularmente significativo en este sentido es Valéry, en el cual la simultaneidad poética y de la introspección crítica llega al punto en que ambas se compenetran”. Dice: “¿por qué no se puede concebir la producción de una obra de arte como una obra de arte en sí misma?”

Con su “Problemas de la lírica”, que en realidad fue una conferencia dictada cinco años antes de su muerte, Benn se convirtió en uno de los teóricos más influyentes de la lírica europea durante la segunda mitad del XX. El favorable comentario de T. S. Eliot fue apenas uno de los muchos reconicimientos de su importancia.

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4 poemas del nuevo libro de Alejandro Oliveros, ‘Cuaderno de Milán’

Zbignew Herbert en Ferrara Zbignew Herbert se detiene a la entrada del Castello Estense, y piensa en Tasso: “Pobre Torquato, pasando frío en las mazmorras de este castillo imponente. No son las cortes los lugares más seguros para los poetas. Mejor el destierro que la servidumbre; andar sin trabajo que servir de embajador al tirano,

Por Alejandro Oliveros | 21 de enero, 2017
PIazza del Duomo, Milán

PIazza del Duomo, Milán

Zbignew Herbert en Ferrara

Zbignew Herbert se detiene a la entrada
del Castello Estense, y piensa en Tasso:
“Pobre Torquato, pasando frío
en las mazmorras de este castillo imponente.

No son las cortes los lugares más seguros
para los poetas. Mejor el destierro
que la servidumbre; andar sin trabajo
que servir de embajador al tirano,
o cantar sus alabanzas a cambio
de unas medallas de cobre. Vivimos tiempos
que, en verdad, parecen el cuento
de un idiota lleno de ruidos y rabia.

He vivido a menudo entre el pretérito
y el presente, crucificado por el lugar
y el tiempo y, sin embargo, dichoso
y confiando en el que el sacrificio
no fue en vano. He escrito poesía
seria, trágica, y ahora escribo sobre
la enfermedad, el cuerpo enfermo
y la búsqueda  de la redención.
Pienso en el exilio, como todos, ahora
que mi país es una tierra estéril.

Pobre Torquato, puedo imaginar
los dolores de su locura, los he vivido
más allá de lo merecido. Solo aspiro
a que uno de mis poemas, uno solo
sea tan permanente como su inmortal
Jerusalén liberada”.

Utopía

Por motivos que no son los de Mandelstam,
soy un fugitivo de la utopía.
Cuando, como ahora, apartado en la niebla
de Milán, escucho esta palabra favorita
del novecientos, me abandono
a la tristeza y el desconcierto.
En San Pedro, se vuelve a hablar
de perseguir lo imposible, creer
en lo improbable, y yo recuerdo
la sangre derramada en nombre
de ese fantasma a lo largo del siglo veinte.
No quiero para Alessandro el fervor
de los iluminados ni el entusiasmo,
digno de mejor causa, de los convencidos.
El regreso al equilibrio y belleza de las cumbres,
el azul de las olas que siempre recomienzan,
eso es lo que anhelo para sus ojos:
esperanzas probables y sueños reales.

Restaurant Roma

Camino con Alessandro por la Galleria
Vittorio Emanuele, y recuerdo
que no era Milán, sino Roma el sueño de los ojos
de mi padre. Hablaba de la gran urbe
como uno de sus vecinos: el Circo Massimo,
la Domus Aurea desaparecida
y las arcadas del Coliseo; los mosaicos
de Santa Maria Maggiore, y la
mejor manera de llegar a San Pietro in Vincoli
para admirar el Moisés,  “Lo único
que queda de la tumba de Julio II”. Conocía
bien las termas de Dioclesiano,
donde Miguel Ángel construyo una iglesia
de nombre impronunciable. Sobre
la Sixtina se extendía en detalles
leídos en Selecciones: la simetría
de los cuarenta metros y los personajes
del Juicio Final, entre ellos
el autoretrato del artista atormentado.
Mi padre nunca viajó
a Italia, ni siquiera salió de Venezuela,
pero cuando visité la ciudad,
diez años después de su muerte, la encontré
sin cambios, tal como él la había
imaginado, en su aislada mesa
del restaurant Roma en Valencia.

Destino

Durante un tiempo acompañé a mi tío
en el recorrido por sus propiedades
en Bejuma. Comenzaba siempre
por las siembras de caña, que crecía,
verde clarita, para convertirse
en oscura melaza y papelón.
Luego, era el turno de las mandarinas
y naranjas, brillando con la luz dorada
que bajaba sin prisa  de las colinas.
Al final, eran los cultivos de tabaco,
y sus verdes plantas dispuestas
como soldaditos para un desfile.
Mi tío Mario era como sus tierras,
dulce y transparente. Una mañana,
de regreso a casa: “Alejandro,
¿por qué no te haces agrónomo
para que te ocupes de estas tierras?”
No tuvo hijos, y yo era el único varón
de la familia. Lo dijo no más una vez
en la privacidad de su Jeep. Por mi parte,
sólo lo confié a mi hermana Alicia.
Recuerdo sus palabras: “En Bejuma
no hay cines, ni museos, ni librerías,
que es lo que a tí te gusta”. Al poco tiempo,
mi tío enfermó y murió prematuramente.
Nunca supe cuál fue el destino de aquellas
tierras benditas. Ahora, desaparezco
en la niebla de Milán y me imagino
con el sombrero de mi tío y sus botas
llenas de barro. Llego hasta la Scala
y pienso: “Creo que, después de todo,
mi querida hermana tenía razón”.

El sueño de Baudelaire; por Alejandro Oliveros

Entre tantas cosas interesantes de La folie Baudelaire, de los más recientes libros de Roberto Calasso, una de las que más apreciamos es la de habernos estimulado a la relectura del famoso “sueño de Baudelaire”. Ya hace varios años que Michel Butor le dedicó un ensayo que nunca se contó entre sus mejores. El “sueño”

Por Alejandro Oliveros | 14 de enero, 2017

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Entre tantas cosas interesantes de La folie Baudelaire, de los más recientes libros de Roberto Calasso, una de las que más apreciamos es la de habernos estimulado a la relectura del famoso “sueño de Baudelaire”. Ya hace varios años que Michel Butor le dedicó un ensayo que nunca se contó entre sus mejores. El “sueño” fue una experiencia onírica que el poeta describe a su fiel Charles Asselineau en carta del 13 de marzo de 1856. Calasso, después de reconocer que interpretar este sueño sería una “grave indelicatezza”, porque “implicaría admitir la existencia de una mente a través de la cual la mente de Baudelaire podría leerse con transparencia”, se dedica, a lo largo de veintitrés largas páginas, a interpretarlo. El resultado, por supuesto, deja mucho que desear como todas las interpretaciones que se proponen de los sueños.

Las imágenes del sueño de Baudelaire se corresponden a las del paisaje urbano. Nada de arroyos o castillos normandos aquí, sino calles vacías e iluminadas, donde la gente puede caminar en la alta noche; noctámbulos, coches, burdeles con sus patrona y prostitutas; grandes periódicos, la posibilidad de museos y galerías. Baudelaire es un poeta urbano, el primero de ellos y, por eso el primero de los modernos, y su sueño también. Básicamente narra que, a eso de las 2-3 de la madrugada, se encontraba paseando solo, como un “flâneur” cualquiera, por las calles de París, cuando se encontró con Castilla (subrayado en la carta), un amigo, que andaba de diligencias a esa misma hora. Toman un coche porque Baudelaire también tiene algo qué hacer, un asunto personal y urgente. Se dirigen a una gran casa de prostitución donde el poeta tiene que entregar a la patrona un libro suyo que acaba de salir publicado. Al verlo, se da cuenta de que se trata de un libro pornográfico. Pero el volumen no era más que un pretexto para besar a una de las jóvenes prostitutas y sin esa excusa no cree que hubiese llegado a aquel burdel. Llegan al establecimiento, se baja y se promete no dejar esperando durante mucho tiempo al amigo que se queda en el coche. Después de tocar la puerta, ve que tiene el sexo fuera del pantalón y que no sería decente presentarse de esa manera, ni siquiera en un establecimiento como aquel. Comienza a sentir los pies mojados y es que anda descalzo y los metió en un pequeño charco al comienzo de las escalinatas. Después de lavárselos y antes de dejar la casa, entra. El libro no volverá a aparecer.

Se encuentra en medio de largas galerías, oscuras y tristes, que se comunican entre sí, como en los viejos cafés o casas de juegos. Las mujeres discuten con los clientes entre los que distingue algunos colegiales. Deprimido e intimidado se queja de no poder ver sus pies. Observa que sólo uno está calzado pero pronto serán los dos. Los muros de las vastas galerías están adornados con dibujos de todo tipo y no todos son obscenos. Hay diseños arquitectónicos y figuras egipcias. En un lugar apartado, encuentra una serie de dibujos que le llama la atención, son miniaturas y pruebas fotográficas. Se trata de pájaros multicolores cuyos ojos están vivos, a menudo no son más que medios pájaros: “imágenes bizarras, monstruosas, casi amorfas, como aerolitos”, escribe. Todos con sendas notas: “Fulana de tal, de tantos años, ha dado a luz a un feto en el año tal y cosas por el estilo.” Baudelaire piensa que los dibujos están hechos para proporcionar ideas sobre el amor. Y que sólo a un periódico como El Siglo se le podía ocurrir la idea de abrir un burdel que también fuera museo, un museo médico, fiel a su confianza en la ciencia y el progreso. Pero en aquella oscura colección de dibujos que integran el museo, hay una criatura que está viva. Es un monstruo nacido en el burdel cuyas facciones desconocemos. Es una pieza viviente de la colección eternamente posada en un pedestal. No es del todo feo, incluso es de agradable apariencia con sus colores verde y rosado. Esta agachado y contorsionado. Hay algo negruzco que sale de su cabeza, algo elástico, como el caucho, como una gran serpiente, que rodea su cuerpo dándole varias vueltas. Cuando se le pregunta, el monstruo responde que es un apéndice que se desprende de su cabeza y que, al ser tan largo y pesado tiene que enrollárselo alrededor de los miembros. Durante una cantidad de años ha tenido que estar allí, sobre el pedestal, para satisfacer la curiosidad de los visitantes. Pero su mayor sufrimiento es a la hora de comer. Como es una criatura viviente tiene que comer con las jóvenes empleadas y arrastra el pesado apéndice hasta el comedor. Allí tiene que enrollárselo o ponerlo en una silla como si fuera un mecate para que no lo tumbe de espaladas y poder comer. Él, tan pequeño y reducido, es colocado al lado de una mujer grande y bien robusta. Baudelaire habla con el monstruo quien le cuenta su vida, sus problemas y desdichas sin ninguna amargura, se interesa por él pero se niega a tocarlo. En ese momento, a las cinco de la mañana, lo despierta el ruido que hace su compañera con un mueble en otra habitación. La compañera de Baudelaire no es otra que Jeanne Duval, morena, alguna vez prostituta, no especialmente agraciada, a la cual el poeta dedicó todas sus atenciones durante los largos años de vida en común. Y que, Manet, heredero del realismo de Velásquez, inmortalizó en un retrato que molestó al poeta por considerar que el pintor la presentaba de manera poco favorable. Baudelaire se despertó con dolores en las piernas y la columna y cansado, lo que atribuye al hecho de haber dormido en la misma posición contorsionada del monstruo. El “sueño” recuerda muchas cosas. Primero que nada a Poe, pero tambien a Hoffmann, modelo del norteamericano. Más reciente, a Arthur Schnitzler, cuyo Doble sueño es una película. Es un sueño “moderno” cantidad de resonancias arquetipales, míticas. El paisaje de Epidauro y las curas de Asclepio. Las serpientes fálicas y los falos dionisíacos, la Artemisa arcaica. Se ha querido identificar a Baudelaire con el monstruo del sueño. Calasso es uno de ellos y estoy de acuerdo. Una interpretación que, aunque parece adecuada, deja mucho que desear, por lo que ya sabemos.

Como siempre en estos caso que se relacionan con los poetas y el sueño, nada mejor que acudir al buen Albert Béguin. Dice más en las cinco breves páginas que le dedica a Baudelaire en L’âme romantique et le rêve que los muchos libros que han tratado el tema. No se refiere Béguin al célebre “sueño”. Su aproximación es más general. Refiere lo que el sueño significó para el autor de Las flores del mal, sus expectativas, su fe y su renuncia cuando, helas!, ya era demasiado tarde. Béguin cita a Baudelaire:

En el sueño, ese viaje nocturno de todos los días lleno de aventuras, hay algo
verdaderamente milagroso; es un milagro cuya veracidad ha rebajado al
misterio. Los sue
ños del hombre son de dos tipos: uno, lleno de hechos de
su vida cotidiana, de sus preocupaciones y deseos, de sus vicios, los cuales
se combinan, en formas m
ás o menos raras, con objetos entrevistos durante
el d
ía, que, indiscretamente se han fijado en la vasta tela de su memoria. Este
es el sue
ño natural, se trata del hombre mismo.

Pero hay otro tipo de sueño, el sueño absurdo, imprevisto, sin relación o co-
nexi
ón con el carácter, la vida y las pasiones del que duerme, este sueño, que
llamar
ía jeroglífico, representa evidentemente el lado sobrenatural de la vida.

Lo mismo pensaban los románticos alemanes. Y, como ellos, pero en la “hormigueante ciudad”, Baudelaire pensaba que el sueño, no sólo era una “segunda vida”, como descubrió Nerval, sino que tenían un significado y ese significado era lo que la deba sentido a la existencia. Estamos a mediados del ochocientos, falta mucho para Freud y Jung. Es lo que dice a su amigo Asselineau antes de contarle su sueño del burdel-museo: “Acuérdate que no es sino una muestra de las miles que me acosan, y no tengo que decirte que su completa singularidad, su carácter general, que es ser absolutamente ajeno a mis ocupaciones o aventuras personales, me han hecho siempre creer que se trata de un lenguaje casi jeroglífico del cual no tengo la clave”. Para el gran poeta, el primer poeta de la modernidad, el único refugio para la sensibilidad acosada por el materialismo rampante del neo-riquismo burgués eran esos “paraísos artificiales”, esos estados de supra-conciencia provocados por el alcohol, las drogas o el sueño. Lo importante, y con Baudelaire todo es importante, es su convicción en cantar lo nuevo, así que se tenga que acudir al “short-cut” de los estupefacientes. Esto es lo que lo hace el primer poeta moderno. El poeta romántico se encontraba demasiado ocupado en la contemplación narcisista de sus propias miserias existenciales para entregarse a la búsqueda de la novedad, con él mismo era suficiente. Para Baudelaire era necesario,

Sumergirse en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?
Hacia el fondo de lo desconocido, para encontrar lo nuevo.

Los sueños, de toda naturaleza pudieron más que el vate parisino. Béguin no deja de reconocerlo:

Al final de su vida, cuando ya no brotan de él sino gritos de angustia
y conmovedoras oraciones, renegar
á del sueño, al cual había pedido
tanto, y acusar
á de su naufragio a si inclinación a la fantasía, que le
hizo perder veinte a
ños, poniéndolo por debajo de una masa de brutos
que trabajan todos los d
ías. La pérdida del yo en la grandeza de la
enso
ñación, que antes le había parecido tan deseable, en adelante
ya no ser
á para él sino una cobardía ante el trabajo

 A comienzos, todavía de un indeciso XXI, el sueño sea, tal vez, el único misterio, con la vida, que nos queda.

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Tres novelas venezolanas del novecientos; por Alejandro Oliveros

Enrique Bernardo Núñez y Cubagua Enrique Bernardo Núñez, como dijera Oviedo y Baños de Venezuela, es un escritor “portatil”. Nativo de Valencia, llegaría a ser, eventualmente, cronista de Caracas, ciudad a la que dedico su colección de crónicas, “La ciudad de los techos rojos”. Antes de su reiterada residencia capitalina, se le vería en las

Por Alejandro Oliveros | 7 de enero, 2017
De izquierda a derecha: José Antonio Calcaño, Carlos Andrés Pérez, Rómulo Betancour y Enrique Bernardo Núñez. Palacio de Miraflores, Caracas. 1960. [Archivo de Fotografía Urbana] // Haga click en la imagen para leer "El gran Enrique Bernardo Núñez en el Palacio de Miraflores"; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

De izquierda a derecha: José Antonio Calcaño, Carlos Andrés Pérez, Rómulo Betancour y Enrique Bernardo Núñez. Palacio de Miraflores, Caracas. 1960. Imagen del Archivo de Fotografía Urbana. Haga click en la imagen para leer “El gran Enrique Bernardo Núñez en el Palacio de Miraflores”; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Enrique Bernardo Núñez y Cubagua

Enrique Bernardo Núñez, como dijera Oviedo y Baños de Venezuela, es un escritor “portatil”. Nativo de Valencia, llegaría a ser, eventualmente, cronista de Caracas, ciudad a la que dedico su colección de crónicas, “La ciudad de los techos rojos”. Antes de su reiterada residencia capitalina, se le vería en las esquinas de Porlamar, escuchando historias y leyendas de los lugareños, acumulando imaginarios y tradiciones inmortales, que le servirían para escribir Cubagua, una de las tres grandes novelas de la literatura venezolana del novecientos. Cubagua es una gran historia y una extraordinaria aventura formal, una de las más arriesgadas y acabadas de la literatura en castellano de su tiempo. Una tensa, deslumbrante y visionaria narración que prefigura proyectos como Pedro Paramo, Ficciones o Los pasos perdidos. Un texto complejo que, como recomendaba Dante a los lectores de su Comedia, puede ser leída en forma “literal” o en un sentido figurado. Es decir, que puede leerse como un cuento de maravillas, como tantos relatos de conquistadores y viajeros. O puede asumirse en un sentido alegórico, donde el autor “esconde una verdad oculta bajo un bello engaño”, y al referirse a algo en particular, en realidad se refiere a otra cosa, que es, a fin de cuentas, lo que es una alegoría. De este modo, y tal vez con razón, los estudiosos han preferido entender Cubagua. Bernardo Núñez, al hablar de la inclemente y cruel explotación de los placeres perlíferos de la isla, estaría, en realidad, aludiendo a la desigual, y no menos implacable, explotación de los yacimientos petrolíferos de la Venezuela de su tiempo. En ambos casos, la experiencia es la más gratificante. Como cuento, Cubagua es deslumbrante. El blanco sol de la geografía insular se apodera de la retina del lector y lo lleva por las arenas y espumas de un mar alucinado. Como alegoría, es el canto trágico de los excesos de la dominación colonial de todos los tiempos. Bernardo Núñez apenas nos recuerda que la lógica cruel de este modo de explotación no desapareció con el fin de las conquistas; bajo distintas apariencias, el colonialismo no ha perdido su insoportable actualidad. El destino portátil de nuestro autor no se limitó al país natal. Conoció la geografía de países latinoamericanos como Panamá, Cuba o Colombia. O los Estados Unidos, donde, para el asombro de sus allegados, sepulto, bajo las aguas del Hudson, la edición de otra de sus novelas, La galera de Tiberio. El gesto, admirable, ilustra las exigencias límites del autor con su propio trabajo. Una actitud que puede iluminar sobre su seriedad y que la posteridad ha tomado en cuenta, al reconocer a Cubagua como una de las grandes novelas hispanoamericanas del siglo XX.

Mariano Picón Salas, Miguel Otero Silva y Rómulo Gallegos. [Fundación Fotografía Urbana] // Haga click en la imagen para ver la Fotogalería Fundación Fotografía Urbana // Rómulo Gallegos: relato visual de su presidencia, su exilio y su retorno

Mariano Picón Salas, Miguel Otero Silva y Rómulo Gallegos. Imagen del Archivo de Fotografía Urbana. Haga click en la fotografía para ver la fotogalería completa.

Casas muertas de Miguel Otero Silva

Pocas tendencias, en la historia universal de las letras, han causado tantos estragos como el llamado realismo literario. Para los exponentes de esta poética, cuyo más influyente cultivador tiene que haber sido Emile Zola, lo primero es el asunto, el tema, luego todo lo demás. El problema es que, en literatura, como en el arte, el “todo lo demás” a menudo es lo que realmente importa. Si no que otra cosa es la gran poesía, desde Homero y sus hexámetros dactílicos, sino forma, manera, el modo de contar y cantar un cuento que, en ningún caso, de acuerdo con Robert Graves, será más relevante que lo acaecido en Troya. Zola nunca fue Balzac, aunque le hubiera gustado serlo, pero, en su caso, como en el de Chejov o Mann (Heinrich), forma y asunto, en no pocas ocasiones, armonizaron de manera tan adecuada que el realismo de sus mejores libros posee un lirismo que lo exime de las carencias de toda estética realista. El no menor de los riesgos de este estilo, es la posibilidad de ser utilizado con fines extraliterarios. El realismo socialista de los soviéticos es solo un caso, si bien el más infame, y, a la sombra de su mentido atractivo, se escribieron cientos de novelas y relatos de los cuales la memoria de los hombres apenas ha aceptado salvar unas pocas. En Venezuela, el realismo tuvo una fortuna que ningún país se merece. No digo que haya sido el único. De los libros que la posteridad parece aceptar, Casas muertas, de Miguel Otero Silva, tal vez sea uno de ellos. Con una objetividad casi periodística, el narrador nos presenta uno de los episodios más desolados de la desoladora historia venezolana. Me refiero al “exodo”, como lo conocen los sociólogos, de poblaciones agrícolas hacia los sitios de explotación petrolera. Un abandono del campo primordial ante el abandono oficial y el acoso de las enfermedades infecciosas de la zona tórrida. La lectura de esta novela, publicada en Buenos Aires en 1951, es una experiencia documental. El lector siente, con inmediatez a veces insoportable, la absurda crueldad de las guerras civiles, la soledad que avanza como un ejército invasor, el temblor miserable de la malaria, el olor amargo de la quinina, el vuelo insoportable del anofeles homicida y, al final, termina compartiendo, la desolación, la tristeza y el polvo seco de los sueños rotos. Sin el aliento épico de otras empresas realistas, como Las uvas de la ira o El Don fluye apacible, Otero Silva, en Casas muertas, supo hacer uso de la poética del realismo, para escribir una novela que, no por limitada en sus aspectos formales, deja de ser necesaria a la hora de conocer, y sentir, un momento trágico de la historia de Venezuela.

Adriano González León

Adriano González León

Adriano González León y su País portatil

Ningún momento más importante para la historia de la literatura venezolana que el de mediados de los años cincuenta del pasado siglo. El auge petrolero que financio el proyecto de renovación del gobierno central, esa empresa de incorporar al país al mundo de la modernidad, atraería a la ciudad capital a una serie larga escritores y poetas que se encargarían de hacer lo propio con la literatura. Es decir, superar los realismos, costumbrismos y naturalismos oficiales para proponer una sintaxis, de una vez por todas, moderna. El irrepetido acontecimiento reunió, alrededor de las aulas de la Universidad Central y los cafés del este de Caracas, a los jóvenes llegados de las principales ciudades del interior (Maracaibo, Valera, Ciudad Bolívar, Valencia, Barquisimeto) y de otros lugares poco obvios (Escuque, Barinitas, Pampanito, Delta Amacuro). Se trataba del primer y anhelado encuentro con la cultura moderna, expresada en los excitantes planes urbanísticos de arquitectos nacionales y extranjeros atraídos por la aventura renovadora. Caracas respiraba modernidad. Ser modernos era un deber; y así lo asumió esta generación fundadora, la más brillante que ha conocido la literatura nacional, una utopía de inmediato compartida por artistas plásticos, dramaturgos, cineastas y músicos. Caracas, con Rio de Janeiro,era el centro de la modernidad latinoamericana. Fue un privilegio haber vivido en la ciudad durante esos años y haber sido joven para disfrutarlo, como dijera el poeta inglés del París de 1789. Adriano González León fue uno de los grandes protagonistas de esos años maravillosos. Literatura y vida eran para él indisociables. Una cosa y la otra eran lo mismo. Al fin y al cabo, con lucidez de iluminado, pensaba que la vida era una vasta obra literaria escrita por el Gran Autor, y que a ellos les tocaba escribir los comentarios al margen. A él, y otros de su generación, le debemos el compromiso insoslayable con una literatura crítica e inexcusable. Una convicción que produjo una cantidad de obras notables, una de las cuales es País portátil, una de las dos novelas que escribió y una de las novelas más leídas de nuestra narrativa. País portátil es la historia de una nostalgia y de un desdoblamiento existencial. El protagonista, heredero de las guerras civiles y montoneras que devastaron al país en el XIX, ha llegado a Caracas a estudiar en la universidad, donde no se niega al compromiso de su herencia familiar, la revolución, la fascinación de la guerra, y participa en un improbable guerrilla urbana, donde habría de morir en medio de la metralla, con las retinas todavía empapadas de la nieblas y lejanías de la comarca natal. La escritura de País portátil es el tributo del autor a su convicción en las bondades de la modernidad literaria. En sus mejores páginas, González León es también, como lo fue todos los días de su vida, el poeta convencido de los poderes reveladores de la imagen. País portátil es un tributo a un estilo, es cierto, pero, además, un estupendo documento para entender a una Venezuela que se creía toda futuro, en aquella edad de la inocencia política.

Afinidades improbables: Kant y Rousseau; por Alejandro Oliveros

Siempre he considerado, afortunadamente es un sentimiento compartido por muchos, a Ernst Cassirer como uno de los pensadores más serios del siglo XX. Su filosofía de las formas simbólicas es uno de los aportes más brillantes que se ha escrito al estudio de las ciencias culturales. Una ventaja adicional agradecemos en él. Me refiero a

Por Alejandro Oliveros | 31 de diciembre, 2016
Retrato de Jean-Jacques Rousseau, por Allan Ramsey. 1766. Galería Nacional de Escocia

Retrato de Jean-Jacques Rousseau (1766), de Allan Ramsey

Siempre he considerado, afortunadamente es un sentimiento compartido por muchos, a Ernst Cassirer como uno de los pensadores más serios del siglo XX. Su filosofía de las formas simbólicas es uno de los aportes más brillantes que se ha escrito al estudio de las ciencias culturales. Una ventaja adicional agradecemos en él. Me refiero a la claridad de su estilo, tan distinto al de pensadores como Adorno y Lukācs, para no hablar de Heidegger.  Lo primero que leí de Cassirer fue su largo y afortunado estudio sobre Kant. Mucho después, su Mito del Estado, sería libro de texto en varios de mis cursos en la universidad.  No recomiendo referirse a la sinuosa historia del estado moderno sin detenerse en este notable estudio, escrito  poco antes de su muerte y de que se disipara el polvo y la ceniza de un devastado Berlín, en cuya universidad ejerció la docencia durante más de una década. Ahora, tengo en mi escritorio un volumen publicado hace dos años en castellano y que he recomendado a mis alumnos. Lo integran tres ensayos: “El problema J. J. Rousseau”; “Kant y Rousseau” y “Goethe y la filosofía kantiana”.  De todos, el más revelador es el segundo, el dedicado a las afinidades, nada obvias, entre los dos influyentes pensadores.

En apariencia, el autor de Emilio se encuentra tan próximo de Kant como Maquiavelo de San Francisco de Asís. Cassirer en un estilo discreto, aunque no desprovisto de pasión, se encarga de demostrarnos que las apariencias, una vez más, no son la realidad.  La naturaleza de Rousseau, una de las más inquietas o inestables que cabe imaginar, es la menos kantiana.  Kant desde siempre se supo filósofo. Rousseau, por su parte, antes de dedicarse a lo que hacía mejor, que era pensar y escribir, fue “grabador, sirviente, recaudador de impuestos, empleado del catastro, preceptor, copista, secretario de embajada, músico y compositor”.  No es fácil permanecer indiferente ante Rousseau. En su tiempo se le acosó, persiguió, juzgó, pero también se le estimó, celebró, protegió y consintió. En ambos bandos nos encontramos con talentos como el de Voltaire o Kant.  El autor de Cándido, por su parte, escribió que, “a uno le entran ganas de marchar a cuatro patas cuando lee vuestra obra” (Carta a J. J. Rousseau del 30 de agosto de 1755).  A comienzos del siglo pasado, el distinguido profesor de Harvard, Irving Babbit, escribió uno de los más inteligentes y demoledores estudios sobre el ginebrino, un estudio que habría contado con el aplauso de Voltaire. Esta es apenas una de sus opiniones y no la más devastadora:

El estado de naturaleza de Rousseau no es sino la proyección en el vacío de su desenfrenado temperamento y sus impulsos dominantes.  Su programa se propone ensalzar la complacencia ante los deseos infinitos e indeterminados, ante el sinfín de las pasiones, con la complicidad y el auxilio de la imaginación. (Rousseau and Romanticism)

Cassirer no lo dice y no son muchos los que lo dicen, pero es acertado reconocer a Babbit como la influencia dominante, que no la única, en la formación del pensamiento reaccionario del gran T.S. Eliot, su alumno en Harvard: “Babbit necesitaba a un Eliot, y Eliot necesitaba un Babbit”, recuerdo que escribió uno de los mejores biógrafos del Premio Nobel de Literatura. No hay que decir que las simpatías de Eliot por Jean-Jacques no eran las más conspicuas.

Pero sin ser T.S. Eliot, uno no deja de sorprenderse ante la admiración del maestro de Könisberg por el itinerante y apasionado “Citoyen”. Así, “Citoyen”, lo llamaba Diderot, tal como lo reseña Cassirer en una de las páginas inolvidables de su ensayo. Son conocidas las amistosas relaciones de Rousseau y Diderot por lo menos hasta 1757.  También es del dominio público la exaltada hipersensibilidad del ginebrino, hiperestesia, la llamaría Rubén Dario, su paranoia, real e imaginaria y su consecuente huida a la soledad. En 1757, Diderot publica El hijo natural, un drama de costumbres, un ejemplo del llamado “drame bourgesis”, con un final absurdamente feliz. La conocemos no tanto por sus méritos literarios, sino por haber sido la causa de la ruptura entre dos de los más brillantes espíritus de la Ilustración. En una escena del cuarto acto, Constanza, una de las dos protagonistas, se expresa en estos términos: “Apelo a vuestro corazón, interrogadle y os dirá que el hombre de bien está en la sociedad, y que únicamente el malvado está solo”. Eso es todo. Una opinión que resume las aspiraciones sociales y políticas del Siglo de las Luces. Rousseau no lo entendió de esa manera.  Desde su paranoia, esa “patológica desconfianza” que reconoce Cassirer, vio en las palabras de la joven protagonista un ataque apenas oblicuo de Diderot, un cuestionamiento a su existencia retirada en L’Hermitage (Montmerency).  La reconciliación no llegó nunca, a pesar de los acercamientos de Diderot, maniobras no despojadas de una ironía que no pasaban desapercibidas a la hipersensible mirada de Jean-Jacques: “¡Adiós, ciudadano! Si bien se trate de un ciudadano bien singular, como sólo puede serlo un ermitaño”.

Conocía desde antes las disonancias entre Rousseau y sus viejos compañeros “ilustrados”.  Lo que desconocía era el fervor kantiano por el ginebrino y, de verdad, creo que el alemán fue el único entre sus contemporáneos que supo entenderlo.  Tal vez por aquello de que las paralelas se unen en el infinito. Rousseau podía ser un provocador y lo sabía. Cosa que era en él una de vocación. Esta son las primeras palabras de su Emilio: “Todo es perfecto cuando sale de las manos de Dios, pero todo degenera en las manos del hombre. Obliga a una tierra a que de lo que debe producir otra, a que un árbol dé un fruto distinto; mezcla y confunde los climas, los elementos y las estaciones, mutila, su perro, su caballo y su esclavo; lo turba y desfigura todo; ama la deformidad, lo monstruoso; no quiere nada tal como ha salido de la naturaleza, ni al mismo hombre, a quien doma a su capricho, como a los árboles de su huerto”. En un fragmento contemporáneo, recogido en sus Oeuvres completes, en la edición Pléiade, se dice: “El más noble de los seres creados es el hombre, el hombre es la gloria de la tierra que habita; si Dios se complace en algunas de sus obras, es ciertamente en el género humano. Puesto que todo lo que hay en nosotros de natural es admirable y no es por sus propios actos que el hombre se deforma”. Este optimismo era una contradicción al pesimismo antropológico de la Ilustración, que a nada temía más que al estado de naturaleza hobbesiano. Por lo que resultaba alarmante, para decir lo menos, el llamado de Jean-Jacques a los placeres de la naturaleza. Kant saldrá en su defensa y lo hará de manera afectuosa. En su Antropología, el filósofo prusiano expresó sus opiniones: “La hipocondríaca descripción que Rousseau hace del género humano cuando éste osó abandonar el estado de naturaleza no debe ser tomada como una exhortación para regresar a dicho estado y retornar a los bosques, como si esta fuera su verdadera tarea.  En el fondo, sus escritos no querían que el hombre retrocediese al estadio que se encuentra ahora”. La imagen del hombre civilizado contemplándose a sí mismo, cuando venía en estado de naturaleza es memorable. Nadie entendió mejor al itinerante Rousseau que el inmóvil Kant. Su admiración por el ginebrino nunca declinó. En su maravilloso ensayo sobre ambos, Cassirer consigna una anécdota que es la más elocuente:

Es bien conocido que, quien era un modelo de puntualidad y regulaba sus hábitos cotidianos a golpe de reloj, sólo traicionó en una ocasión semejante regularidad: al dejar de dar su paseo diario cuando apareció el Emilio de Rousseau por no interrumpir la lectura de esta obra que le tenía absorto.

Virgilio y el Divino Niño; por Alejandro Oliveros

Toda religión que se respete necesita sus profetas. Y este fue uno de los asuntos que tuvieron que enfrentar los ideólogos de la tradición cristiana. A muchos no les pareció convincente la tesis, que fue la que prevaleció al final, de apropiarse de la tradición profética del Antiguo Testamento y adaptarla al nuevo credo. Pero

Por Alejandro Oliveros | 24 de diciembre, 2016
Detalle de la Maestà de Duccio di Buoninsegna. 1311. Museo dell'Opera Metropolitana del Duomo de Siena

Detalle de la Maestà de Duccio di Buoninsegna (1308–1311), de Duccio

Toda religión que se respete necesita sus profetas. Y este fue uno de los asuntos que tuvieron que enfrentar los ideólogos de la tradición cristiana. A muchos no les pareció convincente la tesis, que fue la que prevaleció al final, de apropiarse de la tradición profética del Antiguo Testamento y adaptarla al nuevo credo. Pero a la mayoría sí, al fin y al cabo, Cristo era descendiente de una de las viejas tribus judías, y convertirlo en Mesías parecía natural. Sin embargo, para otros teóricos parecía más conveniente inscribir a Cristo en una tradición menos sectaria que la hebrea, más abierta y universal. Pues esa era, precisamente, la esencia del cristianismo, su universalidad. Me gusta creer que San Pablo haya sido uno de los primeros en sugerirlo; se había formado en los ideales del clasicismo, uno de los más conspicuos de los cuales era el culto a Virgilio. No recuerdo a ciencia cierta quien fue el primero en proponerlo, pero la ocurrencia tendría una influencia considerable. A partir de ese momento, la leyenda cristiana fue adscrita a la más prestigiosa de las tradiciones, la fundada en Atenas y prolongada con éxito por los romanos. La conclusión era que el Niño, al cual se refiere el autor de Eneida en la cuarta de sus Eglogas, no era otro que el mismo Niño Jesús. Lo que sigue es una imitación del inmortal texto virgiliano.

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EGLOGA IV

Virgilio decide detenerse en Cuma
antes de regresar a casa. Viene de Roma,
y de una entrevista con Mecenas,
su protector. Conoce bien la ruta
y llega al atardecer. Con el temor
de siempre, recorre el estrecho túnel
hasta llegar al Antro de la Sibila.
Allí lo espera, en su oxidado trípode,
la envejecida e inmortal pitonisa:
“He soñado que las musas de Sicilia
me hacían cantar un canto más alto,
donde abundaban tus profecías.
El reino de Saturno regresaba
y de la mano de la Virgen, una nueva raza,
libre de pecado, venia del cielo.
Un niño recién nacido ponía fin
a la Edad de Hierro, al pecado y el dolor;
nuevos tiempos se anunciaban signados
por la dicha eterna y la esperanza.
La tierra baldía se iba cubriendo
con sonrientes geranios, y las trinitarias
escondían las ruinas del viejo mundo.
Desde su cuna, brotaban plantas con frutos
y las serpientes, con su veneno, huían.
Será el comienzo de la Edad de Oro, el triunfo
de la esperanza como  único sendero.
El solsticio señalaba el regreso de la paz
y la misericordia entre hombres de buena
voluntad. El Dios Padre premiaba,
con el reino de los cielos a los humildes,
los refugiados, los que viven lejos de su patria,
los que fueron obligados a dejar la mesa
paterna y su familia, los engañados
por un gobierno vil, las víctimas de la humillación
y el cinismo de los gobernantes, las familias
que no volverán a reunirse en un mismo techo,
los enfermos sin asistencia y los maltratados.
Para eso había llegado el Divino Niño,
para restaurar el orden y la armonía”.

Los imperios y su decadencia; por Alejandro Oliveros // #LecturasDeAlejandroOliveros

Algún efecto surtieron los Macallan de ayer en le tarde porque dormí bien y amanecí de buen ánimo. Caminé un rato por el parque, me tomé uno de los insuperables “café au lait” de E. y terminé con una copa de Rioja. Esto fue lo que más me impresionó durante mi primera visita a Francia

Por Alejandro Oliveros | 17 de diciembre, 2016
Fragmento de una estatua romana en bronce del emperador Marco Aurelio Antonino Augusto. Posterior al año 170 D.C. Colección del Museo del Louvre. Fotografía de Marie-Lan Nguyen

Fragmento de una estatua romana en bronce del emperador Marco Aurelio Antonino Augusto. Posterior al año 170 D.C. Colección del Museo del Louvre. Fotografía de Marie-Lan Nguyen

Algún efecto surtieron los Macallan de ayer en le tarde porque dormí bien y amanecí de buen ánimo. Caminé un rato por el parque, me tomé uno de los insuperables “café au lait” de E. y terminé con una copa de Rioja. Esto fue lo que más me impresionó durante mi primera visita a Francia durante la Navidad de 1979. Estábamos con unos amigos venezolanos en un “Hotel particulier” en Bayeux, cuyos dueños, unos odontólogos se iban a París el día siguiente y nos dejaban con sus hijos. Antes de irse, nos invitaron a desayunar. Con el condumio rutinario, quesos, pan croissants, más dos o tres botellas de vino tinto que habían quedado de la noche anterior. Eran todavía tiempos heroicos en los cuales el agua mineral no había extendido su insípido imperio sobre las mesas del mundo. Agua había ciertamente en aquella mesa normanda, pero nadie pensó desplazar las bondades de aquellos burdeos por las dudosas espumas de una Perrier. Hay un poco de aburrido en estas costumbres adultas contemporáneas.

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En uno de los mejores libros que se ha escrito en lengua inglesa (The Decline and Fall of the Roman Empire) Edward Gibbon, su autor, reconoce cuatro causas esenciales en la desaparición del imperio romano: 1. Los estragos del tiempo y la naturaleza: “Con sus habilidades, el hombre es capaz de construir monumentos más permanentes que el estrecho lapso de vida de su propia existencia; sin embargo, estos movimientos, como él mismo, son perecederos y frágiles, y en los ilimitados anales del tiempo, su vida, como sus obras, deben ser asimismo consideradas un fugaz momento; 2. Los hostiles ataques de bárbaros y cristianos. El efecto destructor de los primeros fue, para el príncipe de los historiadores modernos, menos definitivo que el de los cristianos. Al fin y al cabo, “los godos evacuaron Roma al sexto día y los vándalos después de quince”. En cambio para los cristianos, “las estatuas, altares y casas de los demonios, era considerados algo abominable y, en comando absoluto de la ciudad, trabajaron con celo y perseverancia para borrar la idolatría de sus antepasados; 3) El uso y abuso de los materiales. Se refiere Gibbon a la deconstrucción que los cristianos hicieron del urbanismo romano (templos, termas, teatros, circos) para transformarlos en iglesias, basílicas y otras construcciones de la nueva religión, y 4) Las luchas domesticas de los romanos. Al análisis de estos factores es que el gran historiador dedica las casi 3000 páginas de su admirable crónica.

En su brillante ensayo publicado recientemente en Foreign Affairs (“Complexity and Collapse Empires on the edge of Chaos”) Naill Ferguson prefiere dejar para el final de su trabajo el análisis de las tesis de Gibbon, y no es difícil entender por qué. Es conocida la inclinación del profesor de Harvard hacia las explicaciones nuevas de cuestiones viejas. Como la guerra, el imperio británico o las causas de la supremacía de las potencias europeas sobre las del Lejano Oriente.

En el trabajo de Foreign Affairs, Ferguson se propone cuestionar la teoría tradicional del auge y caída de los imperios, a la cual la “mayoría de las personas se mantiene aferrada”, y que consiste en enmarcar la historia de los imperios en una concepción cíclica de la historia. “En los ilimitados anales del tiempo, su vida, como su obra, etc. Su primera cita es de Henry St. John, el influyente historiador británico, que ingenió la teoría la según la cual incluso los mejores gobiernos, cargan en ellos las “semillas de su propia destrucción, y aunque crezcan y mejoren por un tiempo, rápidamente tienden a la disolución. Cada hora que viven es una hora menos que tienen de vida”. A pesar de lo convincente de la dramática afirmación, el profesor Ferguson piensa que algo tiene de falaz. Su propósito es desconstruir lo que parece irrefutable. Entre líneas, se lee su aspiración a establecer un nuevo paradigma en los estudios históricos sobre los imperios. Nada menos.

La segunda autoridad a la que acude Ferguson es el napolitano Gianbattista Vico, quien, en su inquietante Principios de una esencia nueva (1725), cuestionó la noción aceptada por la Ilustración de una historia de desarrollo horizontal y propuso algo inesperado: una concepción cíclica de la historia, más cerca de las hipótesis orientales y órficas que de las de Descartes. Buen hijo del Siglo de las Luces, a pesar de sus ideas frecuentemente heterodoxas la razón priva en el tercer estadio evolutivo, la racionalidad se impone a la barbarie. Para Vico, el desarrollo de la humanidad pasó por tres tapas de organización. La primera, es la etapa divina, regida por una “teología mística”; la segunda, en un orden trinario, perfectamente aristotélico, corresponde a la etapa heroica, es la era de las repúblicas aristocráticas, en ellas el poder no radica en el cielo, desde donde Júpiter ordenaba con sus truenos y relámpagos, y ejercía el poder a través de los sacerdotes y reyes-sacerdotes, sino en los líderes de las familias principales en la creencia de que estaban allí por derecho divino. La tercera, surge de la duda racional de este supuesto origen divino por parte de la plebe y de la conciencia recién adquirida de la igualdad, lo cual da origen a las democracias. El esquema de Vico es circular y recurrente. Después de alcanzado el nivel donde priva la racionalidad, la decadencia es inevitable y se vuelve al barbarismo, de donde se sale siguiendo el mismo esquema divino, heroico, humano.

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Después de referirse a Henry St. John y a Vico, Ferguson se refiere a dos comentaristas de la fisiología imperial. Ambos, Paul Kennedy y Jared Diamond, de acuerdo con el catedrático de Harvard, habrían incurrido en el mismo de error de Vico. Esto es, considerar que la evolución de los imperios sigue a la de los hombres: nacimiento, ascenso, decadencia y muerte. Ni siquiera los historiadores franceses de la Escuela de “Anales” (Bloch, Braudel, Lefevre) escapan a la crítica de Ferguson. Fueron ellos, con su desviada tesis de “la longue durée”, los que han causado la moderna falacia de observar el desarrollo de las culturas en largos períodos de tiempo, con lo cual no han hecho sino revisar y actualizar las tesis cíclicas de la Ciencia Nueva. Ferguson plantea una pregunta por demás inquietante, cuya respuesta es el objeto del ensayo: “¿Y si, a pesar de todo, la historia no fuera cíclica y lenta, sino arrítmica, en ocasiones casi estacionaria pero también capaz de acelerarse velozmente, como un carro deportivo? ¿O si el colapso no se presentara después de siglos sino que se presentara de repente, como un ladrón en el medio de la noche?”.

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Ferguson entiende los imperios como “sistemas complejos”, integrados por gran número de componentes interconectados que se organizan de manera asimétrica, más parecidas a un nido de termitas que a una pirámide egipcia. Funcionando entre el orden y el desorden, “al borde del caos” (Christopher Langton). Los “sistemas complejos” en apariencia pueden funcionar de manera estable, en perpetuo equilibrio. Pero, en realidad, viven un proceso constante de adaptación. Así, se puede presentar un momento en el cual el sistema entra en crisis. Un pequeño estímulo puede poner en marcha una “fase de transición”, que va del benigno equilibrio a la crisis, “una mariposa bate sus alas en el Amazonas y provoca un huracán en el sureste de Inglaterra”, dice, acudiendo a la reveladora imagen primero usada por Ray Bradbury y luego adaptada por Edward Lorenz para ilustrar su teoría del caos.

Los argumentos de Ferguson son tan interesantes como cuestionables. Lo que no se le puede negar es el apasionamiento con el que expone sus tesis, ni el brillo de sus citas. Después de la mariposa de Bradbury-Lorenz, el docente de Harvard recuerda una de las más inquietantes explicaciones que se han publicado recientemente sobre el tema de lo previsible. Es la imagen del “cisne negro” de Nassim Taleb el mismo que dio nombre a la más recientes de las falacias, “the narrative fallacy”. Para designar la tendencia de historiadores tradicionales a explicar los procesos de acuerdo a un modelo “acumulativo”, como los de Annales, en sus conferencias de 1977 en John Hopkins, recogidos en La dynamique du capitalisme, uno de los padres de este modelo acumulativo, Fernand Braudel, sintetizaba su manera de entender la historia. Se trataría de la “enumeración de fuerzas oscuras que trabajan y empujan hacia delante el conjunto de la vida natural, y más allá o por encima, la entera historia de los hombres”. A esto, precisamente, es lo que Taleb, citado por Ferguson, llama la “falacia narrativa”. Lo más probable es que un “sistema complejo”, colapse no porque le “llegó la hora”, después de un largo período de decadencia, sino debido a algo imprevisto e impredecible. Como la aparición del “cisne negro”, cuando durante siglos y siglos se creyó que sólo eran blancos. El mundo de los sistemas complejos es apasionante por muchas cosas, una de ellas es que no se sabe cómo se comportan y cuál será su destino. Conocer su funcionamiento “es parte esencial de una estrategia que pueda anticipar y postergar su caída”. El problema es que los sistemas complejos son completamente “no deterministas “, lo que hace “imposible cualquier predicción sobre su futura conducta basada en la información conocida”.

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En la última sección de su ensayo, Ferguson reitera su tesis: que los imperios se parecen mucho a los “sistemas complejos”, incluyendo la “tendencia a desplazarse de la estabilidad a la inestabilidad de manera violenta”. Es decir, su decadencia no es resultado, como se ha venido aceptando, de una evolución cíclica, casi aristotélica con sus tres edades bien definidas, surgimiento, desarrollo y colapso. Aquí es donde formula su esperado comentario al libro de Gibbon. Y el resultado es decepcionante. Apenas un párrafo donde nos dice lo que ya sabíamos, o debíamos saber. Que La historia de la decadencia y caída del imperio romano fue publicada originalmente en seis tomos, entre 1776 y 1788, y que cubre un período de 1400 años, desde el 180 al 1590. Ferguson se niega a reconocer que el imperio romano presentaba síntomas de disolución irreversible después de la muerte de Marco Aurelio en 180, con sus recurrentes crisis políticas y económicas, el acoso cada vez más cerrado de viejas y nuevas tribus bárbaras como los hunos, o el crecimiento poblacional con sus riesgos malthusianos, de mayor población para una misma producción de alimentos.

Ferguson nos pide que consideremos los siglos finales del imperio como un “sistema complejo”, adaptativo que funcionaba “normalmente” a pesar de las guerras civiles, las invasiones y migraciones bárbaras, el ascenso de la clase pretoriana y la disolución de la unidad religiosa. El autor de El triunfo del dinero no está sólo en su proyecto de imponer un nuevo paradigma que nos sea útil para la comprensión de los procesos históricos. Desde hace unos años el tema de la caída de Roma ha ejercido una fascinación especial entre las academias y público de Occidente. La inestabilidad del orden mundial después de la caída de la Unión Soviética es una de las causas. Otra es la percepción, después de las reiteradas crisis económicas de que también el “otro” imperio, el de los Estados Unidos, está a punto de disolverse. El crecimiento indetenible de las exportaciones chinas e hindúes no ha hecho sino agudizar esta sensación. Como siempre, Hollywood ha entendido esta preocupación primero que las universidades y partidos políticos y ha producido, con éxito previsible películas como Gladiador, en las cuales el tema de la decadencia romana lleva al espectador a pensar en la decadencia de su propia organización social.

De los historiadores que han aportado nuevas teorías sobre la caída del imperio (el alemán Alexander Dernandt propuso 210 de ellas en su difundido libro), Ferguson destaca los nombres de dos profesores de Oxford: Peter Heather (The fall of the Roman Empire, 2005 y Fall of Rome and the birth of Europe, 2010) y Bryan Ward-Perhins (The fall of Rome and the end of Civilization,2005). Pero también ha podido referirse a otros como Joseph Tainter (The Collapse of Complex Societies, 1988) o J.B. Bury (History of the later Roman Empire). En una síntesis interpretativa de las tesis de Heather y Ward-Perhins, Ferguson muestra su acuerdo con la teoría de que la caída de Roma no fue lenta y prolongada, como lo entendió Gibbon, sino más bien “súbita y dramática, como puede esperarse cuando un sistema complejo se hace crítico”. Con más entusiasmo que capacidad de convicción, Ferguson continua en su defensa de lo que podríamos llamar, utilizando una expresión desacreditada, la implosión de Roma: “Lo que es más impresionante es la rapidez del colapso del imperio romano. Apenas en cinco décadas la población se redujo en 3/4 partes… Lo que Ward-Perhins llama ‘el fin de la civilización’ se presentó en el curso de una sola generación”. Para otra oportunidad dejó mis observaciones a la intención del profesor Ferguson de establecer un nuevo paradigma para explicar el colapso de los imperios, incluyendo, y esto es lo más inquietante, el norteamericano.