Blog de Alberto Barrea Tyszka

Memoria del ñame; por Alberto Barrera Tyszka

Escuché en la radio una propaganda oficial promocionando el ñame. La muchacha tenía una voz agradable y hablaba con un entusiasmo casi musical. Como si nos estuviera invitando a una fiesta: vamos todos pa’ la rumba. No te la puedes perder. Vamos a pasarla bomba. Va a haber yuca, ocumo y mapuey. De inmediato, la

Por Alberto Barrera Tyszka | 12 de marzo, 2017
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Fotografía de Andrés Kerese para el especial “El hambre y los días”

Escuché en la radio una propaganda oficial promocionando el ñame. La muchacha tenía una voz agradable y hablaba con un entusiasmo casi musical. Como si nos estuviera invitando a una fiesta: vamos todos pa’ la rumba. No te la puedes perder. Vamos a pasarla bomba. Va a haber yuca, ocumo y mapuey.

De inmediato, la memoria —siempre flexible y errática— me dejó en alguna noche de mi infancia. A veces, a la hora de la cena, mi madre ponía sobre la mesa ñame y queso. Eso era lo que tocaba. Uno o dos pedazos del tubérculo hervido y una rodaja de queso blanco salado. A mi me encantaba. Y, desde entonces, se me activa el recuerdo debajo de la lengua cuando pienso en esa combinación. El ñame con queso forma parte de los sabores de mi nostalgia. Pero no es un ideal gastronómico. Si mi madre hubiera podido, de seguro nos habría servido un bisteck con arroz o un rueda de carite sierra con ensalada. Hacer de la pobreza una utopía me parece indignante.

El gobierno se empeña en no reconocer el hambre. La ve pero no la acepta. Prefiere el espejismo que la realidad porque la realidad delata su ineficacia, su negligencia, su corrupción. Por eso, entonces, el oficialismo se dedica infamemente a convertir la miseria en una virtud. Desde el año pasado, lanzaron la campaña “Agarra dato, come sano, come venezolano”. El proyecto promueve el consumo de verduras y de vegetales producidos en el país, para tratar de paliar la imposibilidad de la mayoría de la población para acceder a productos como la carne, el pollo, el pescado, el arroz, las pastas, la harina… Pero el tiempo ha demostrado que tampoco la auyama, la batata, la yuca o el ñame son tan baratos. Un presupuesto familiar tampoco puede acceder fácilmente a los —ahora— tan bolivarianos tubérculos. Tal vez por eso mismo la muchacha de la radio también hablaba de sembrar y de cultivar en cada casa sus propias cosechas. Todo sabemos que eso es imposible. El futuro de la revolución está en la calle: el hombre nuevo debe comer basura.

Quizás llegue el día en que, en una cadena nacional, el Presidente diga que comer perrarina no es tan malo. Que se ha descubierto que las conchas del cambur son muy saludables. Que el cartón mojado con un poco de sal es alimenticio y le hace bien al corazón. Y saldrán, nuevamente, Delcy Rodríguez y Jorge Valero a repetir por el planeta que en Venezuela no hay hambre, que somos felices y no tenemos ninguna necesidad, que aquí —literalmente— comemos de todo.

La noticia de un bebé de 3 meses, fallecido esta semana en Ocumare del Tuy a causa de desnutrición, debería haber paralizado al país. Pero solo es un caso más, otra noticia repetida. Nada demasiado nuevo. Nada demasiado sorprendente. Es aterrador constatar que la tragedia se nos ha convertido en una rutina. Al negarla, el gobierno banaliza la realidad. Le quita peso, valor, dignidad. La despoja de su posibilidad de escándalo. El oficialismo ahora vive para ocultar el sufrimiento del pueblo.

“No hagas colas innecesarias”, dijo la muchacha de la propaganda en la radio. Esa es la voz del poder. No solo desconoce tu realidad, tu angustia; encima descalifica tu desesperación, tus intentos por enfrentar esa realidad, por salir de esa angustia. Para el gobierno, las colas son un caprichito, una mala crianza de aquellos necios que todavía no han entendido que ser pobre es bueno, que no hay nada como el ñame, que tener hambre nos hace mejores venezolanos.

Esta semana, sin embargo, hubo una manifestación diferente. Es un hecho que puede ser muy subversivo dentro del panorama simbólico del país. Fue una protesta por comida, según señala la noticia. Pero fue, además, frente a la casa de un gobernador. La gente trató de acercarse a la fachada donde reside el General retirado García Carneiro y comenzó a reclamar. El destino del hambre no tiene control. La gente sabe dónde viven los poderosos. El gobierno podrá negar la realidad, hasta que la realidad toque las puertas de sus casas. ¿Qué hay en la despensa del Gobernador? ¿Qué comen los ministros? ¿Qué hay en la nevera de Miraflores? ¿Una bolsita clap?

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28 años después; por Alberto Barrera Tyszka

Mi hija Paula tenía 3 años. Volteó a verme con un qué pasa en la mirada. Vivíamos a unas cuadras del Puente de Baloa y de la redoma de Petare. Durante todos esos días, nunca dejamos de escuchar disparos. Decían que era peligroso asomarse a las ventanas. Pero desde la azotea vimos imágenes espantosas. Vimos

Por Alberto Barrera Tyszka | 5 de marzo, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

Mi hija Paula tenía 3 años. Volteó a verme con un qué pasa en la mirada. Vivíamos a unas cuadras del Puente de Baloa y de la redoma de Petare. Durante todos esos días, nunca dejamos de escuchar disparos. Decían que era peligroso asomarse a las ventanas. Pero desde la azotea vimos imágenes espantosas. Vimos a militares armados, disparando, avanzando por la calle; vimos a gente tendida en el suelo, detenida, herida, tal vez muerta. Todo era confuso y aterrador. Aparecía ante nosotros un país que no habíamos visto, al menos así de cerca, en esas dimensiones. El país de la violencia.

Yo estaba empleado en El Diario de Caracas. Trabajaba en el archivo, ordenando o buscando textos escritos, imágenes, materiales hemerográficos. Mi otra  tarea consistía en llegar muy temprano cada mañana a leer todos los periódicos importantes del país y, luego, redactar un informe para la dirección, detallando cómo había salido El Diario con respecto a los otros medios impresos: qué noticias faltaban o no, qué información o qué sesgo diferente había ganado o perdido el rotativo en la edición de ese día.  Ese trabajo me permitió conseguir un permiso para transitar libremente por la ciudad mientras duró el toque de queda.  Nunca había sentido que Caracas fuera tan frágil.

Después del 27 de febrero de 1989, la ciudad ya no pudo ser la misma. Ya todos sabíamos de lo que éramos capaces. Una nueva posibilidad se coló en todas las hipótesis de los caraqueños. Se inauguró la posibilidad del saqueo masivo, del descontrol y —también— la posibilidad de la violencia del Estado, una agresión más ordenada y también más feroz. Nos estrenamos en la transgresión colectiva y en la represión impune. Caracas era otra. El miedo renovó su significado. Tal vez comenzamos a entender, de otra manera, que los otros pueden ser una amenaza.

Días después asistí a varias reuniones y asambleas con miembros de organizaciones populares. El debate estaba caliente ¿Realmente podía evaluarse todo lo ocurrido como una expresión política, orgánica, con alguna dirección? ¿O se trataba solo de un estallido, de la manifestación de un descontento ante las medidas de ajustes que –contra todas sus promesas electorales- acababa de tomar el recién iniciado gobierno de Carlos Andrés Pérez? ¿Qué significado político podían tener los saqueos?  También, por supuesto,  se sumaba al debate la actuación de los militares y de los cuerpos policiales, la cantidad de muertos, de desaparecidos, las violaciones a los derechos humanos que —todavía hoy— siguen sin aclararse.

Hace pocos días, en el contexto del nuevo aniversario del Caracazo, el General Vladimir Padrino López  señaló que “aquel fatídico día, el gobierno de turno hizo uso desmedido de la fuerza pública para orquestar una represión que generó caos, anarquía y consecuentemente la masacre de conciudadanos desarmados, lo cual fue y seguirá siendo objeto de repudio y rechazo”.   El Ministro de la Defensa tiene el mismo problema que la mayoría de los altos funcionarios del gobierno: habla en un idioma que los venezolanos no comprendemos.  La élite oficialista vive en otra dimensión, en una zona donde todo es distinto, donde nada se parece a nuestra realidad. Hablan desde un tiempo donde ya todo ha cambiado. Se mudaron a la utopía y nos dejaron aquí, con el país.

Las palabras de Padrino López, puestas en ese mismo orden, una tras otra, con la misma cadencia y el mismo sentido, podrían acompañar perfectamente las imágenes de los soldados disparando, golpeando, deteniendo a personas….durante las muchas manifestaciones populares que han expresado su descontento ante gobierno de Nicolás Maduro. Los ejemplos sobran. Debe haber un subgénero en youtube dedicado a la represión bolivariana.  Las comillas del Ministro de la Defensa podrían ilustrar perfectamente el video de la salvaje golpiza que la guardia nacional le dio a Marvinia Jiménez. Solo es un ejemplo.

Mi hija va a cumplir 31 años y, a veces, todavía tiene la misma pregunta en los ojos ¿Qué pasa? El país ha cambiado tanto y, a la vez, no ha cambiado nada. Los discursos varían, la violencia persiste. Siempre estamos peor. Padrino López asegura que la FANB “reza” para que no se repita otro Caracazo. Él personalmente podría hacer mucho más. En enero del 2015, el Ministerio de la Defensa dictó la resolución 8610 que, contraviniendo lo que establece la Constitución, permite a los militares usar armas de fuego en contra de las manifestaciones civiles.  Es decir que, 28 años después, el Estado ha otorgado un permiso para que la Fuerza Armada actúe, legalmente, como lo hizo en el caracazo. Padrino López podría derogar esa resolución. Solo es otro ejemplo.

Esquiando en Miraflores; por Alberto Barrera Tyszka

Lo más sorprendente y revelador del caso de Adrián Solano es su actitud. El problema no es que no sepa esquiar sino que le parezca natural presentarse en un campeonato mundial de esquí sin saber esquiar. Lo extraordinario es que le parezca normal viajar a Finlandia, tratar de esquiar sobre una pista de 10 kilómetros,

Por Alberto Barrera Tyszka | 26 de febrero, 2017
fotografia de Tanjug para AP

Fotografia de Matthias Schrader para AP

Lo más sorprendente y revelador del caso de Adrián Solano es su actitud. El problema no es que no sepa esquiar sino que le parezca natural presentarse en un campeonato mundial de esquí sin saber esquiar. Lo extraordinario es que le parezca normal viajar a Finlandia, tratar de esquiar sobre una pista de 10 kilómetros, sin haber tenido la más mínima preparación para hacerlo. Esto fue lo que escribió Adrián Solano en su cuenta de Instagram: “aunque no conocía la nieve y no tuve la oportunidad de entrenar, aquí estoy dando lo mejor”. Es una expresión perfecta de la certeza nacional que se empeña en afirmar que la improvisación es un método.

No es una novedad que las autoridades francesas se comporten como se comportan la mayoría de los funcionarios de migración en el planeta. Donald Trump no es una invención propia. Es un síntoma de un tiempo lleno de mudanzas, miedos y resentimientos. Tampoco es una novedad que hayan actuado con racismo y sarcasmo, que hayan sospechado de alguien porque les parece un pobre proveniente de latinoamérica.  Más  desconcertante es la respuesta de la Canciller venezolana. Desde la épica del twitter, Delcy Rodríguez escribió que –siguiendo instrucción del Presidente Maduro– presentaría una “fuerte protesta” por “afrenta” contra el “deportista”. ¿A cuántos venezolanos les ocurre diariamente lo mismo en cualquier aeropuerto del mundo?  ¿Por qué a Rodríguez le parece tan especial y diferente este caso?

En un segundo mensaje, además, siempre desde la trinchera de las redes sociales, la Canciller añadió: “Es absolutamente inadmisible las ofensas contra el gentilicio venezolano, producto de las campañas de desprestigio de la oposición violenta” (SIC).  La conclusión es: Rodríguez protesta contra el embajador de Francia pero, en rigor, según ella misma sostiene, debería protestar contra la MUD, porque la culpa de la detención del esquiador que no sabe esquiar la tiene la oposición.  Es tan absurdo que incluso cuesta ordenarlo en unas frases. La lógica del oficialismo impide pensar.

Quizás, lo que realmente ocurre es que Solano nos recuerda a todos lo que está pasando en el país. Solano nos desnuda en medio del frío. Nos expone ante las cámaras del mundo. No hay mayores diferencias entre lo que hace Adrián Solano y lo que hace el Presidente de la República. Con cualquiera de las acciones o declaraciones de Nicolás Maduro, en los últimos 3 años, se puede armar también un video tan divertido como patético, tan insólito como trágico. Basta recordar lo que ha dicho y hecho con los poderes especiales que se le dieron para enfrentar y derrotar la supuesta guerra económica. El único sentido de eficacia que conoce Maduro es la creación de Estado Mayores. Antes cualquier crisis, su respuesta es la misma: constituye una nueva instancia, casi siempre militar, para que ella se haga cargo de la crisis.  No ha podido solucionar nada. Ni siquiera le ha salido bien el estridente cambio de billetes. Ha ido delegando todo y, finalmente, al menos ante el público, ha quedado reducido a la representación. Maduro no ejerce el poder, solo lo representa. Sale al escenario cuando le toca y repite lo que dice el libreto. Está ahí para ocultar algo. Por eso promociona el liqui liqui y obvia la inflación o la escasez. Por eso el presupuesto del 2017 –aprobado de espaldas al país- asigna más dinero a la propaganda que a los servicios de agua y de luz. Por eso habla de salsa y no menciona que los quirófanos del Hospital oncológico Luis Razetti llevan un mes cerrados.

Pero incluso, a la hora del espectáculo, Maduro también patina, resbala, se tropieza, hace el ridículo. Esta semana, tratando de burlarse de Julio Borges, terminó burlándose del dolor de la población, de la tragedia de un grupo de venezolanos que murieron por comer yuca amarga.  Intenta un chiste y no le sale una morisqueta sino una vulgaridad, una ofensa indignante.  También tiene serios problemas de coherencia argumental.  Lo ocurrido esta semana con Rajoy puede ser un buen ejemplo. Durante estos 3 años, Maduro no ha hecho otra cosa que insultar al primer mandatario español. Entre otras nimiedades, le ha dicho “basura”, “corrupto”, “racista”, “colonialista”, “sicario”, “vende patrias”… El pasado 17 de febrero se refirió a él como “bandido” y “protector de delincuentes y asesinos”.  Sin embargo, hace 3 días, con naturalidad, simpatía y completa seriedad, mandó un saludo y dijo “espero estar pronto en España con mi amigo Mariano Rajoy”. ¿En cuál Nicolás Maduro hay que creer? ¿Cuál de todas sus representaciones hay que tomarse en serio?

Lo más sorprendente y revelador del caso de Adrián Solano es su parecido con el caso de Nicolás Maduro. Haz la prueba. Métete en youtube, pon el video de la pista de esquí de Finlandia. Coloca la cara de Nicolás sobre el cuerpo de Solano. Míralo bien, ahí, con su uniforme anaranjado, trastabillando sobre la nieve. Ni esquía, ni camina, no avanza. Es un peligro para los demás. Pero sonríe. Orgulloso. También puedes hacer el ejercicio al revés. Toma cualquier video de Nicolás y coloca la cabeza Solano sobre el liqui liqui de turno. También funciona. Ahí está Solano, sonriendo junto a Cilia. Ahí está Maduro vuelto un ocho con sus chapaletas de madera. Los dos se confunden, son iguales. Ambos miran a cámara. Nos miran. Sonríen, como diciéndonos “No sé nada de esto pero le estoy poniendo corazón. Estoy cagándola pero estoy feliz. Estoy dando lo mejor”. Es el mismo chapoteo sobre el precipicio. Solano solo es un espejo.  Nicolás Maduro está esquiando en  Miraflores.

La tiranía institucional; por Alberto Barrera Tyszka

La sigla oculta al verdugo. Esas letras, tan exactas como impersonales, pueden ser un espejismo. Pueden servir para que no veas el rostro del agresor, para que no sepas quién te roba, para que no conozcas el nombre de tu violador. La sigla oculta al verdugo y legitima su crimen. El tránsito del poder se

Por Alberto Barrera Tyszka | 12 de febrero, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

La sigla oculta al verdugo.

Esas letras, tan exactas como impersonales, pueden ser un espejismo. Pueden servir para que no veas el rostro del agresor, para que no sepas quién te roba, para que no conozcas el nombre de tu violador. La sigla oculta al verdugo y legitima su crimen.

El tránsito del poder se expresa en el lenguaje. El nombre del Presidente también se ha devaluado. El mismo se ha encargado de restarle valor a sus propias palabras. Nicolás Maduro pierde día a día su significado. Pierde el sentido pero también pierde la voz. Ya no suena como antes. Es un Presidente que se ha dedicado a ser cada vez menos. Ha renunciado a sí mismo, a su posibilidad de ser Nicolás Maduro. Ha ido relegando sus funciones, sus deberes. Primero en los militares, ahora en Tareck El Aissami. Su nombre no tiene la misma fuerza. Ya no asusta a nadie. Tampoco convence a nadie. Nicolás Maduro: dos palabras que parecen estar desvaneciéndose. Cada vez con más frecuencia, están asociadas a una praxis insólita, absurda. ¿Qué se puede pensar de un Presidente que se ocupa de un animar un programa musical por la radio, mientras su país padece la inflación más alta del planeta?

El nombre de Nicolás Maduro se ha gastado muy rápidamente. Ya ni siquiera funciona bien a la hora de denominar a un dictador. Es tan chambón que no calza demasiado bien con ese título. Ya se presta más al chiste que al miedo. La casta que nos gobierna parece haberse quedado, provisionalmente, sin un eje en el lenguaje, sin un nombre único, claro. ¿Quién manda? En realidad, no lo sabemos. ¿Quién nos somete? ¿Quién destruye a la democracia y despoja a los ciudadanos de cualquier experiencia de poder? Aparentemente, nadie. Solo una sigla. Te ese jota.

Letras que no dicen nada y que lo dicen todo. La sigla es supuestamente aséptica. Independiente, inmaculado, incuestionable. Actúa con la solemnidad del orden para destruir el orden. Su eficacia reside en la pureza de su violencia. Ni siquiera tiene rostro. Peor aún: es el rostro de la justicia. Esa es su máscara. Este martes 7 de febrero, en la apertura del año judicial, así habló la sigla: “La gestión judicial es una construcción colectiva en la que magistrados y jueces dan su aporte ordinario y extraordinario para lograr las metas y objetivos planteados con templanza y mística para servir de la mejor manera a nuestra nación”. Es una voz llena de palabras huecas. Ni siquiera hacen ruido. Es el vacío.

Y, sin embargo, durante todo el año 2016, el TSJ se dedicó a rechazar, cancelar, suspender o prohibir, la democracia, el ejercicio del poder decretado por el pueblo en las últimas elecciones. “En un año —según asegura el abogado Gustavo Linares Benzo— se anularon más leyes que en 200 años”. La sala Constitucional se ha transformado en una banda de sicarios judiciales. Reciben instrucciones del gobierno y ejecutan de inmediato acciones en contra de cualquier propuesta que no haya sido aprobada por la élite oficial. Hay que vencer el espejismo de las siglas para no olvidar a los verdugos. Detrás de la sigla hay funcionarios concretos, nombres que se están prestando para esta masacre. Los escribo: Gladys Gutiérrez, Arcadio de Jesús Delgado, Carmen Zuleta de Merchán, Juan José Mendoza, Calixto Ortega, Luis Damiani, Lourdes Benicia Suárez. Los leo. Los pronuncio. Los repito. No quiero olvidarlos. Hay otra historia distinta a la historia oficial, un relato que no es el relato de los poderosos. Hay también una historia ciudadana, popular, que se tiene que seguir contando, que no puede olvidar a los infames y traidores de este tiempo.

El periodista Eugenio Martínez, especialista de alto calibre en la investigación y análisis del sistema y de los procesos electorales en el país, explica la compleja y perversa relación de sentencias y acciones entre el TSJ y el CNE para ir minando la alternativa de electoral y la existencia de los partidos políticos en el país. Es la danza macabra de las siglas. La tiranía institucional que permite un control del poder aun sin liderazgo. Chávez vive, la mafia sigue.

La naturaleza institucional de la dictadura tiene que estar, de entrada, en cualquier escenario de negociación. El punto de partida está corrompido. La sigla no es legítima. La sigla es la expresión más clara de la violencia de los privilegiados en contra de la mayoría de los venezolanos. Si no hay un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, no hay diálogo posible. No hay futuro. No hay país.

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Algunas ideas revolucionarias para el uso del liqui liqui; por Alberto Barrera Tyszka

Hay quienes piensan que se trata de un error de Nicolás Maduro. Hay quienes, incluso, creen que es una frivolidad, una muestra de amaneramiento ideológico; quienes dicen que resulta inaceptable que —en el contexto de esta cruenta guerra en contra del imperialismo— el Presidente Obrero se haya puesto de lo más fashion y haya decretado

Por Alberto Barrera Tyszka | 5 de febrero, 2017

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Hay quienes piensan que se trata de un error de Nicolás Maduro. Hay quienes, incluso, creen que es una frivolidad, una muestra de amaneramiento ideológico; quienes dicen que resulta inaceptable que —en el contexto de esta cruenta guerra en contra del imperialismo— el Presidente Obrero se haya puesto de lo más fashion y haya decretado que el 2017 es “el año de la recuperación del liqui liqui”. Están confundidos. Se equivocan. Nuevamente lo subestiman. Nicolás Maduro es un adelantado. Él siempre va más allá. Mientras nosotros estamos ocupados en la banalidad de la inflación y de la escasez, él avanza hacia otro lado. Mientras nosotros tratamos de entender y digerir las estadísticas y los presupuestos, él lee atentamente los patrones de Carolina Herrera y de Ángel Sánchez. Nosotros estamos en el presente y Maduro ya está en el horizonte, diseñando la utopía, trabajando por el glamour bolivariano.

Pero no hay que olvidar que esa utopía comienza hoy. Que los sueños se construyen poco a poco y desde ya. Por eso es que, valientemente, el Compañero Presidente ha lanzado ahora esta propuesta luminosa: a partir de ahora el liqui liqui es nuestra “vestimenta nacional”. Para evitar suspicacias, malos entendidos, o acciones de sabotaje de la derecha, creo que es necesario empezar a proponer usos revolucionarios de este traje. Es imprescindible —chavistamente hablando— definir con claridad la función de este atuendo dentro de la perspectiva del proceso que estamos viviendo. El liqui liqui debe ser nuestra metáfora: como todavía no llega el hombre nuevo, tengamos por lo menos ya un traje nuevo.

Una de las primeras propuestas es que la camisa del liqui liqui sea de lona y que, en las costuras interiores traiga cosidas varias pequeñas arandelas. La idea es simple pero eficaz. Se trata del modelo “liqui liqui silla”. Funciona como un quita y pon muy útil a la hora de hacer cualquier patriótica cola. Pongamos que usted se encuentra en una de esas divertidas y fabulosas filas de gente, esperando algunas horitas, para poder comprar harina, jabón en polvo, o una medicina. Usted viene preparado y simplemente quita la camisa de liqui liqui, la voltea y la convierte en una fabulosa mini hamaca, tamaño fundillo. Puede sostenerse con un pequeña estructura de metal. Puede también usar las mangas para colgarla por ejemplo de una reja. Es un sistema de descanso autogestionario ideal, muy recomendable en tramos largos como los de los pasaportes o los carnets de la patria.

Otra alternativa, un poco más extrema pero enmarcada en la misma situación, es el modelo “liqui liqui loco”. Es una idea audaz y desenfrenada. Consiste en diseñar la parte interna del traje como una camisa de fuerza. De esta manera, al voltear la vestimenta y calzársela, las mangas funcionarán como bandas sujetadoras que amarran y someten al cuerpo. Se recomienda que el modelo sea siempre blanco y con botones gruesos. Puede ser muy útil a la hora de sortear colas y conseguir atención inmediata en las emergencias de los hospitales y centros de atención. Este modelo también viene acompañado de un gorrito y de un bozal, ambos con el mismo diseño.

Otra idea es trabajar una línea de producción amplia de liqui liquis de camuflaje. Se trata de una gama variada y extensa de distintas posibilidades de estampados, acordes con las diversas situaciones de nuestra cotidianidad. Los ejemplos son muchos: el liqui liqui verde olivo (para tratar de hacerse pasar por oficial militar, puede venir con o sin medallas); el “Tricolor” (ideal para actos públicos); el liqui liqui con cachucha (para disfrazarse de líder opositor en infiltrarse en el enemigo); el “Gobernador” (que incluye una corona, imitación de la vieja realeza europea); el “TSJ” (que está hecho con hojillas de afeitar: corta y destruye todo lo que toca); el liqui liqui “Trino Mora” (que viene sin mangas); el llamado “El Preventivo” (que trae estampada una mancha de sangre y un orificio de bala, para hacer creer a los malandros que llegaron tarde, que unas cuadras antes ya te robaron)… Las opciones son infinitas. Podrían usarse, también, como medios de comunicación, desarrollando activamente mensajes por todo el territorio: ¿se imaginan un liqui liqui rojo que tenga estampada la frase: “yo no hablo mal del gobierno”?

Pero sin lugar a dudas la línea estrella de este proyecto es el modelo “El Oligarca”. Se trata de un liqui liqui especial para altos funcionarios: está blindado. En su forro interno trae una fina combinación de acero, estaño y vejiga de chivo, que lo hace sólido pero flexible, perfectamente manejable. Su peso permite todo tipo de movimientos y su resistencia está garantizada. Se confecciona en el exterior y es totalmente exclusivo. Es un modelo élite para la élite.

Porque, obviamente, a partir de este año, todos los funcionarios públicos deben comenzar a usar liqui liquis. Podría establecerse un modelo estándar, unicolor pero con diferentes tonalidades, para marcar las distintas jerarquías, y con una pequeña insignia en el costado izquierdo, a la altura del corazón, donde venga cosido el nombre y el cargo de cada empleado. Si el cargo es muy largo, la insignia podría seguir en línea recta hacia la manga izquierda del liqui liqui. No es broma. Nuestro Estado Bolivariano tiene cargos de altísima responsabilidad que, algunas veces, necesitan más de dos palabras para designar cabalmente todas sus tareas. Un ejemplo perfecto apareció hace pocos días en la Gaceta Oficial. Se trata del compañero Nicolás Ernesto Maduro Guerra. Su insignia tendría que decir: “Nicolás Maduro II. Director General de la Dirección General de Delegaciones e Instrucciones Presidenciales de la Vicepresidencia de la República”. ¡Eso no es cualquier cosa, coño! ¡Es una insignia que va del pecho al codo, por lo menos! ¡Para eso también debe servir un revolucionario liqui liqui!

Yo supongo que esta misma semana, dada la importancia del tema, el propio Presidente nombrará entonces un nuevo Estado Mayor para la producción y uso del liqui liqui. Si no, al menos, creará alguna Vicepresidencia de la Liquiliquirería. Es lo que corresponde. Esa es la realidad que atiende el gobierno. Es lo único que ve. Lo demás no existe.

Un día después de que Maduro anunciara su proyecto textil, falleció una niña en un hospital en la ciudad de San Félix. Tenía 7 meses y estaba desnutrida. Por eso murió. No es la primera infante que, debido a esa misma causa, pierde la vida en lo que va de año en el Estado Bolívar. El cadáver de esa niña es la demostración más trágica y contundente de que los 25 años del 4 de Febrero son una estafa. Derrocharon miles de millones de dólares para dejar al pueblo peor que antes.

El 2017 no es el año del liqui liqui. Es el año del hambre. La revolución solo es una pasarela.

Carta de un patriota cooperante; por Alberto Barrera Tyszka

Compañero Diosdado: Perdóneme la franqueza, pero no tengo otra manera de empezar: ¿qué vaina es esa, pues? ¿A usted qué le dio? Cuando leí la noticia, al principio, yo pensé que era un chiste pero, luego, cuando vi que la cosa venía en serio, me asusté. No puede ser, compañero. Ustedes no pueden seguir equivocándose

Por Alberto Barrera Tyszka | 29 de enero, 2017
Alberto Barrera

Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

Compañero Diosdado:

Perdóneme la franqueza, pero no tengo otra manera de empezar: ¿qué vaina es esa, pues? ¿A usted qué le dio? Cuando leí la noticia, al principio, yo pensé que era un chiste pero, luego, cuando vi que la cosa venía en serio, me asusté. No puede ser, compañero. Ustedes no pueden seguir equivocándose de esa forma. Y cuando digo ustedes me refiero a ustedes: unidos o peleados, en bandos o en fracciones, son siempre el mismo grupetín que está allá arriba, rotándose los cargos, pasándose la pelota los unos a los otros, siempre en la pomada, pues. Ustedes están convirtiendo el autogol en el deporte preferido del chavismo.

Déjeme explicarme, camarada. Esto de andar poniendo letreritos, pancartas, carteles o calcomanías en todos lados, diciendo “Aquí no se habla mal de Chávez” es —antes que nada— una estúpida manera de evidenciar que estamos en problemas. Si usted prohíbe algo es porque ese algo ya ocurre. ¿Me entiende? Se lo pongo más claro: si usted pone frente a su casa un aviso que dice: “Se pinchan cauchos”, usted está reconociendo que ya se hartó, que ya no soporta que haya gente que se la pasa estacionando su carro en ese lugar, delante de su residencia. Y por eso advierte, amenaza, prohibe. Pues lo mismito pasa con su gran idea. Usted, diputado Cabello, esta semana le ha anunciado a todo el mundo que en este país, en casi todos lados, se habla mal de Hugo Chávez. Que el Comandante Eterno ya no está en los altares sino en las muelas, en los refunfuños, en la exasperación, en el ayayay por todo lo que nos pasa.

¿Quién le dio esa idea, compañero? Parece una estrategia del enemigo. Es una vaina que no tiene ni pies ni cabeza. Se lo digo de pana. Yo creo que es una cosa que atenta, incluso, contra la identidad. ¿Usted ha visto cómo, en general, reaccionamos los venezolanos ante lo prohibido? ¿Usted ha visto cómo funciona nuestro ADN frente a cualquier protocolo del orden? Nos da piquiña. Nos cuesta. Las formas nos parecen una invitación a transgredirlas. Alborotan nuestras resistencias. Es el síndrome de la raya amarilla. Fíjese: cuando en el piso hay una raya amarilla y un anuncio que dice: “Espere su turno detrás de la línea”, ¿qué hace uno? Mínimo, pisa la raya. Y luego, saca un zapato hacia delante. O inclina medio cuerpo, como si la vaina fuera la partida de una carrera de caballos. Hay algo en ese tipo de indicaciones que nos incomoda enormemente. ¿Usted ha visto lo que importa un semáforo en Caracas? Nada. Pues estamos hablando de algo parecido. ¿Qué cree usted que va a pasar cuando un grupo de compatriotas llegue a una oficina pública y se encuentre, ahí, colgado en la pared, un letrero que diga “aquí no se habla mal de Chávez”? ¿Qué cree que es lo primero que van a hacer esas personas? ¡Exactamente! ¡Hablar mal de Chávez! ¡De forma inmediata! ¡En piloto automático y todos al mismo tiempo, además! Y si no los dejan hablar, entonces se van a quedar en silencio, mirándose, con una extraña complicidad, con una sonrisita pícara. Y en ese momento todos se van a poner a pensar mal de Chávez. De Chávez y de toda la cuerda de empleados que cuelguen letreros como ése en sus oficinas.

Pero pongamos que yo estoy equivocado, compañero. Que he sido vulnerable ante la campaña mediática de la derecha y del imperialismo gringo. Que estoy confundido y que usted tiene toda la razón. ¿Entonces? ¿Cuál es el proyecto? ¿Prohibir la crítica y el cuestionamiento? ¿Obligar a todo el mundo a quedarse en silencio, aceptando las cosas como están? Se lo pregunto así, de frente, porque usted también dijo que no hay “argumentos para hablar mal de Maduro ni de su gobierno”. O sea que la cosa sigue por esa vía. ¿Y entonces? ¿Hay que quedarse callado frente un hospital donde no funciona la emergencia por falta de insumos? ¿Hay que hacer silencio frente a la Masacre de Barlovento? ¿No hay que decir nada sobre la corrupción, sobre los miles de millones de dólares que nadie sabe dónde están? ¿Hay que quedarse callado ante la escasez y la inflación? ¿Cómo se tapan los gritos cuando uno ve a gente buscando comida entre bolsas de basura? ¿Qué es lo que quiere, diputado? ¿Convertir al país en una manada de mudos? ¿Esa es la revolución? ¿Así funciona la democracia participativa y protagónica? ¿La imposición del silencio es el nuevo plan de la patria?

Yo a veces siento, compañero, que ustedes viven en otro sitio. O que el país en el que ustedes viven no se parece en nada al nuestro. Ustedes viven en el país donde hay dólares y no existen los controles, en el país donde no hay que hacer colas y sobran los escoltas. En el país donde todas las noticias son excelentes y nadie tiene una crítica. Pero todos los demás, los que no estamos enchufados, vivimos en Venezuela. Y por eso somos lenguas largas. Todos somos mal hablados. Ustedes pueden seguir haciéndose los sordos. Pero jamás podrán prohibir que la realidad les hable.

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El regreso de los gorilas; por Alberto Barrera Tyszka

Ayer, Diosdado Cabello, embutido en un traje militar de campaña, rodeado de soldados y de cámaras de televisión, empuñó ferozmente un micrófono para carajear a Obama, a la oposición, a cualquiera que no quiera someterse al plan eterno de la revolución. “No tenemos miedo de verdad, perdimos el miedo hace tiempo”, vociferó. Tanto lo perdieron

Por Alberto Barrera Tyszka | 15 de enero, 2017

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Ayer, Diosdado Cabello, embutido en un traje militar de campaña, rodeado de soldados y de cámaras de televisión, empuñó ferozmente un micrófono para carajear a Obama, a la oposición, a cualquiera que no quiera someterse al plan eterno de la revolución. “No tenemos miedo de verdad, perdimos el miedo hace tiempo”, vociferó. Tanto lo perdieron que hoy, precisamente, el Presidente ni siquiera se atreve a presentar su Memoria y Cuenta del 2016 ante el Parlamento. Maduro prefiere hablar frente a un Tribunal escogido a dedo por el oficialismo. No desea correr ningún riesgo. Le da culillo enfrentarse a quienes lo cuestionan. Maduro solo puede dar la cara ante sus amigos o en cadena nacional. No quiere que nadie lo interrumpa. No le rinde cuentas al país sino al TSJ, ese club privado donde solo entran sus amigos.

Este fin de semana es una metáfora terrible del desastre nacional: el sábado el gobierno legitima las armas y la violencia, el domingo el gobierno deslegitima la democracia y el poder de la ciudadanía.

El ejercicio militar Zamora-2000 es una agresión brutal en contra de la dignidad de los venezolanos. Se organizó la movilización y participación de 580 mil personas, entre efectivos militares y población civil. Se realizaron simulacros, maniobras, ejercicios de entrenamiento. Se probó armamento nuevo y de mucho poder. El propio Presidente apareció en imágenes, empuñando un fusil… Como si varias fragatas extranjeras estuvieran detenidas frente a nuestras costas. Como si la amenaza de una invasión fuera inminente. Como si realmente existiera un enemigo colosal a punto de atacarnos. El Ministro de Defensa, en un destemplado ataque de maoísmo, ya había señalado la ruta: la “guerra popular prolongada”. ¿Contra quién? No se sabe. El chavismo necesita urgentemente un enemigo. Tal vez son, en todo el planeta, los que están más contentos con la llegada de Donald Trump la Casa Blanca.

Pero la mayoría de los venezolanos no tiene uniformes sino hambre. ¿Cuánto costó el ejercicio militar de ayer? ¿Cuál fue el presupuesto de ese espectáculo? ¿Con qué moral la Fuerza Armada se gasta balas en un show mientras en los hospitales faltan las jeringas? ¿Qué clase de ejército juega a la guerra invisible, dándole la espalda a la guerra real que ataca a su población?

Obviamente, todo esto forma parte del mismo proceso de descomposición que viene desarrollándose aceleradamente en el país. El contra ataque siempre ha estado presente en la metodología del chavismo. Es un elemento central en su concepción bélica de la política. Ante cualquier surgimiento disidente, se implementa una defensa y, después, un fulminante contra ataque. Cualquier intento por lograr que regrese la democracia al país, se encontrará con está dinámica, orquestada sin pudor desde el Estado y con dinero público. Ahí donde los venezolanos ven oxígeno, el oficialismo ve una nueva oportunidad para la asfixia.

Dentro de ese esquema cabe todo lo que hemos visto en este comienzo del 2017: la suspensión del diálogo, la omisión de fechas para la elección de gobernadores, y el uso impúdico de la violencia, sin respeto a ninguna legalidad. Esa es la lección que quiere dar el poder: aquí están las consecuencia de haber osado —tan siquiera— intentar activar un referendo revocatorio.

No hay manera de narrar lo que ocurre sin que el relato, de manera irremediable, nos conduzca a las viejas y repugnantes prácticas de los gobiernos militares sudamericanos del siglo XX. El relato de la detención de cualquier ciudadano (más aún, siendo un diputado, gozando de inmunidad parlamentaria) dentro de un túnel, su posterior desaparición e inmediato encarcelamiento, con la única justificación de la voz del poder, acusándolo de sabotaje, es una práctica clásica de gobiernos como el de Videla o Pinochet. Lo mismo que lo ocurrido con la detención del General Baduel o de distintos concejales en diferentes lugares del país. Lo mismo que pasa con todos los presos políticos, incluso con varios que —aún teniendo legalmente su libertad— siguen retenidos en las cárceles. Si a finales del año pasado, ante los juicios fabricados para impedir el revocatorio, se instaló en el país la idea de que estamos en una dictadura, este 2017 solo confirma, por desgracia, que estamos en una dictadura violenta: este es el regreso de los gorilas.

El Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, en su presentación de hoy, probablemente no hablará de las masacres de Barlovento o de Cariaco. Y de seguro tampoco presente las cifras del exterminio oficializado que han ido ejecutando las OLP. No mencionará el hambre, la miseria, la escasez de comida o de medicinas. El Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, hoy, en su rendición de cuentas, no hablará de la realidad ni de lo que nos ocurre a los venezolanos. Hablará de sus éxitos y de las conspiraciones en su contra. Su proyecto es institucionalizar la violencia e ignorar al país.

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Los abandonados; por Alberto Barrera Tyszka

Yo le he puesto cabeza. Se lo juro, diputado Borges. Y me he colocado enfrente y detrás de la frase, la he mirado por arriba y por abajo, la he pronunciado de mil maneras, pero nada. Nada de nada, diputado. No la entiendo. No me suena. No sé cómo hacer para que su propuesta se

Por Alberto Barrera Tyszka | 8 de enero, 2017

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Yo le he puesto cabeza. Se lo juro, diputado Borges. Y me he colocado enfrente y detrás de la frase, la he mirado por arriba y por abajo, la he pronunciado de mil maneras, pero nada. Nada de nada, diputado. No la entiendo. No me suena. No sé cómo hacer para que su propuesta se relacione con nuestra realidad. Déjeme ponerle un ejemplo: cuando usted, desde el podio de la Asamblea Nacional, decía que el parlamento iba a aprobar el abandono del cargo por parte de Nicolás Maduro, casi nadie en este país lo estaba viendo o escuchando. En todas las radios y en todos los televisores se repetía la imagen de Nicolás Maduro repitiendo una cadena del día anterior. Él estaba ahí. Absurdamente presente. Imponiéndose. Maduro seguía en su lugar y a usted nadie lo estaba escuchando denunciar que Maduro había abandonado su lugar. No sé si me explico.

Déjeme decirle que también lo he escuchado en alguna entrevista, insistiendo en el punto y tratando de explicarlo mejor. Pero quedé igual. Peor aún: dudé de mí, sentí un parpadeo feroz en la autoestima. Luego comencé a pensar que quizás era un problema de contexto. Que se estaba produciendo entre usted y nosotros un chisporroteo discursivo. Es como si todo el país estuviera hablando del precio de las cebollas y usted, de pronto, empezara a hablarnos de Justiniano y del origen del derecho romano. Ahí hay un cortocircuito, una pelea de luces y chasquidos que termina en un vacío.

Tratar de demostrar que Nicolás Maduro ha abandonado su cargo puede ser un ejercicio retórico interesante, pero es un ejercicio audaz de la imaginación. Hay que tener mucho pensamiento abstracto para encontrarle rápida coherencia a esa propuesta. Yo sospecho que a la mayoría de los venezolanos la experiencia nos dice otra cosa. La mayoría, más bien, sentimos que Nicolás Maduro lleva meses aferrado desesperadamente a su cargo. Más aún: sentimos que no le importa destruir al país con tal de permanecer ahí, así, en su cargo. Se ha vuelto más autoritario y cínico. Ha utilizado sin pudor las instituciones del Estado. Ha abusado de su poder. Ha mentido como nadie… todo, precisamente, para no abandonar ni un segundo la Presidencia de la República. Por eso impidió a toda costa el Referendo Revocatorio. Por eso el Poder Electoral terminó delatando su servidumbre en una pequeña nota de prensa. Por eso cobardemente se improvisaron juicios express en contra de la MUD. Para no correr ni siquiera el riesgo. Para prohibir la democracia de cualquier manera.

Hace un año, diputado Borges, cuando la oposición tomó posesión del Parlamento, nos ofrecieron concentrar su acción política en la salida de Maduro de Miraflores. Y fracasaron. Las explicaciones dan para un largo debate. Las especulaciones dan para un maratón de disputas. Esta semana, al asumir la Presidencia de la AN, usted ha vuelto a poner en el centro de su programa la salida de Maduro. Por supuesto que tiene otras propuestas pero su centro, su primera convocatoria, su urgencia, apunta nuevamente hacia lo mismo. Y rápidamente, el escenario político quedó atrapado otra vez en el mismo forcejeo inútil. Usted anuncia que el parlamento declarará el abandono del cargo y Maduro —al mismo tiempo— celebra su obesidad en cadena nacional diciendo “estoy kilúo”. Al día siguiente, el oficialismo vuelve a introducir una demanda para que el Tribunal Supremo de Justicia impida el trabajo de la AN; mientras la Fuerza Armada nos muestra nuevamente su sometimiento al partido de gobierno. Es una historia que ya conocemos. En menos de 10 días, el 2017 se parece peligrosamente al 2016.

Lo peor de todo, diputado, y perdóneme la desesperanza, es la inquietante sensación de que la élite política —sin importar bandos o ideologías— está cada vez más aislada. Que vive pendiente de sus intereses y de sus proyectos, de sus cupos y de sus cuotas de poder, muy lejos del país real, abandonado, devorado por la simple y brutal economía.

Historia de un billete; por Alberto Barrera Tyszka

Para Susana Pons El billete está apretado en la mano de una señora. La señora se encuentra en una larga cola. La cola empieza en la puerta del banco y se extiende por varias calles. En las calles todos los negocios han cerrado. Los comerciantes temen que pase algo. Pero en realidad no pasa nada.

Por Alberto Barrera Tyszka | 18 de diciembre, 2016
Fotografía de Giovanna Mascetti

Fotografía de Giovanna Mascetti

Para Susana Pons

El billete está apretado en la mano de una señora. La señora se encuentra en una larga cola. La cola empieza en la puerta del banco y se extiende por varias calles. En las calles todos los negocios han cerrado. Los comerciantes temen que pase algo. Pero en realidad no pasa nada. Alguna gente rezonga, otros mastican sus melancolías. Dentro de la vitrina de una tienda de electrodomésticos hay varios televisores encendidos. En uno de ellos, un noticiero repite las imágenes de la canciller protestando en Argentina. La señora mira y se pregunta ¿cuánto valdrá el collar que lleva Delcy Rodríguez guindando en el cuello?, ¿pesará mucho? Si Delcy Rodríguez estuviera en esa cola, ¿se pondría también ese collar?

La señora tiene sed y mal humor. Aprieta el billete de 100 en su mano como si fuera un mantra. En su bolso guarda muchos rollos con billetes iguales, ajustados con ligas de goma. Son el ahorro familiar de casi un año. Empezaron en febrero, cuando ella y su marido escucharon al doctor diciendo que el quirófano era irremediable. Una operación de próstata los puso a juntar billetes —luchando contra la inflación y la escasez— hasta lograr alcanzar la cifra necesaria. Pero antes, como siempre, llegó “El destructor”. Nicolás Maduro, con todos sus súper poderes económicos, lo hizo de nuevo. Ahora pulverizó los ahorros del pueblo. Dejó a todo el mundo sin billete.

La señora está cansada. Ya lleva horas ahí. Llegó desde muy temprano a la cola. El rostro de Bolívar, tatuado sobre el papel que tiene en su mano, se ha ido asfixiando poco a poco. Todo está detenido y, sin embargo, todo se está cayendo. Es una sensación tan extraña. La vida de pronto parece un accidente sin final. La esperanza va muy despacio. Aquí solo es veloz el deterioro.

Detrás de cada billete de 100 puede haber una historia. La del señor que viajó desde Valencia a Caracas para cambiar 2 mil ochocientos bolívares. La de los abastos arrasados en el Estado Bolívar. La de los muchos billetes danzando sobre el aire, en una coreografía jamás vista en nuestro país. La historia de aquellos que trataron de contar la historia de un billete, como la radio Fe y Alegría de Guasdualito, y terminaron siendo allanados y censurados por la policía. Era un operativo de “rutina”, dijeron. Detrás de cada billete de 100 puede haber una historia, muchos relatos de un pueblo defendiéndose y resistiendo ante la opresión del Estado, ante el saqueo y la violencia oficial.

Por supuesto que, como siempre, el gobierno actúa para salvarnos. Por eso nos humilla. Porque quiere protegernos. La culpa siempre es de otros. Siguiendo el Método Maduro, cualquier gobierno del planeta podría legitimar la represión y justificar su permanencia eterna en el poder. Los responsables del todo el caos que vivimos son el imperialismo, la derecha y las mafias bachaqueras. El Presidente se monta en un tarima y empuña el sable de Bolívar, un sable —dice— que jamás se ha presentado así, que por primera vez aparece en este día. Es un espectáculo nunca visto. De la Batalla de Carabobo a la Chapuza de los billetes de a 100.

Unas horas más tarde, la parafernalia heroica se ha desvanecido y el gobierno anuncia que la vaina no es tan radical, que las mafias no son tan mafias ni el sable es tan sable. Que hay prórroga. Que vamos a darnos un recreo en mitad de esta guerra a muerte. Que todo lo que dijimos y vivimos esta semana es un chiste. Que da igual. Que es mentira.

Es mentira la cola. Es mentira la angustia. Son mentiras los kilómetros recorridos y las horas de espera. Son mentira también los billetes perdidos, cambiados, depositados de cualquier forma y sin respaldo claro. Nadie entiende nada, nadie explica nada, todo da lo mismo. El gobierno pretende resolver realidades complejas con consignas cada vez más simples.

La señora mira el billete arrugado. Está sobre la mesa de su sala. Junto a la bolsa que tiene todos los otros billetes que, algún día, quizás sean una operación de próstata. Es de noche y tiene ganas de llorar. No es fácil vivir en un país donde cualquier dolor es inútil. Extenuada, cierra los ojos y trata de imaginar el futuro más cercano. Piensa en los nuevos billetes, por ejemplo. Imagina, de pronto, un billete nuevo, resplandeciente, tendido en esa misma mesa, frente a ella. ¿Qué haría? ¿Qué historia podría vivir con ese nuevo billete?

De pronto, tiene una idea. Es una imagen que se acerca, que surge desesperada del ansia de estos días. Se ve a ella misma tomando una pluma y escribiendo sobre ese nuevo papel dos palabras. Tan solo dos palabras: elecciones ya.

La política suspendida; por Alberto Barrera Tyszka

Hace un año, en estas fechas, aun estábamos celebrando. Habían pasado ya varios días del arrollador triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias y, todavía, se sentía en el aire un ánimo de cohetes. El ansia de cambio se había hecho mayoría. La esperanza se había mudado de lugar. Parece mentira que, doce meses

Por Alberto Barrera Tyszka | 11 de diciembre, 2016

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Hace un año, en estas fechas, aun estábamos celebrando. Habían pasado ya varios días del arrollador triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias y, todavía, se sentía en el aire un ánimo de cohetes. El ansia de cambio se había hecho mayoría. La esperanza se había mudado de lugar. Parece mentira que, doce meses más tarde, estemos aquí, otra vez, con menos ilusiones y con mucha más pobreza, represión y autoritarismo, sin nada que festejar.

La dirigencia opositora –más dividida de lo que pensábamos- le apostó a convertir la salida de Maduro en una nueva fantasía nacional, en la solución de todos los problemas. Se confió, pensó que el oficialismo respetaría las reglas del juego, y supuso que ya el escenario estaba preparado y dispuesto para un cambio. Que el Referendo Revocatorio era casi una cortesía natural, una forma de darle chance al Presidente de bajarse de la historia.

Del otro lado, la dirigencia oficialista le apostó a violar la Constitución e impedir de mil maneras la democracia participativa y protagónica. Despojó a la nueva Asamblea de toda legitimidad y comenzó a sabotearla sin ningún pudor. El resultado ha sido catastrófico. Para ambos. Y también para el país, por supuesto. Mientras la crisis económica avanza, devorando de manera brutal y vertiginosa a la mayoría de la población, los actores políticos permanecen paralizados, engarzados en retóricas inútiles que solo los desgastan, los presentan muy lejos de la realidad. Con otras emergencias. Con otras prioridades.

La MUD parece ahora un conjunto desigual, errático. Es un coro donde cada quien dice una cosa distinta, donde a veces importan más las estrategias personales que las urgencias del país, donde ya hasta se acusan unos a otros (sin la necesaria contundencia de los nombres) de soborno o de traición, donde todo lo que se comunica resulta confuso, ambiguo, poco claro… Los errores de la dirigencia opositora no hacen más democrático al gobierno. Tampoco lo hacen más eficiente o menos corrupto. Pero le dan oxígeno. Y el oficialismo sabe administrar el caos. Tiene los recursos y el cinismo necesario para hacerlo. La defensa de sus privilegios les garantiza un sentido de la unidad más sólido. Viniendo de una derrota electoral y con un nivel bajísimo de aprobación, ha terminado el año logrando lo impensable: volver a suspender el sentido de alternabilidad en la sociedad venezolana. Minar el poder, el rigor y la legitimidad de las elecciones.

Después de haber decretado públicamente que estábamos en una dictadura, después de que la palabra dictadura se instaló con fuerza en el país, el final de este 2016 está marcado por una instancia donde todas las palabras, cada día, parecen deshacerse. La famosa mesa de diálogo ha convertido el diálogo en algo anodino, burocrático, etéreo. Casi podría ser una escena escolar: un cura italiano llama a los muchachos peleones de la clase y los encierra en un salón, obligándolos a conversar. Ninguno de los dos dice nada concreto. Se acusan, se excusan. Manotean. Se amenazan mutuamente. Pero nada más. Mientras, afuera, el colegio se derrumba.

La mesa de diálogo ocurre en otro lado, tiene otros calendarios, otras palabras. Y ya solo contagia confusión. Solo produce distancia. Entre el llamado a Rebelión después del 20 de octubre y la declaración de los líderes de oposición esta semana, hay un desastroso y prolongado coitus interruptus. La sensación que queda, después de todo, tampoco le conviene al gobierno. Ha sido obligado a negociar. Y aunque el oficialismo haya logrado momentáneamente congelar la protesta, no ha podido congelar la crisis. La mesa de diálogo ha terminado transmitiendo una imagen que los afecta a ambos: se trata de un espacio privado, donde los dirigentes supuestamente hablan, sin que eso tenga ninguna eficacia, sin que esté necesariamente conectado con lo que en verdad ocurre en el país.

La política parece, entonces, estar suspendida en un limbo. Mientras, las angustias de la mayoría de la gente siguen sueltas, desordenadas, en la calle. Calentando la calle.

Historias de vampiros; por Alberto Barrera Tyszka

En mayo del 2013, Mario Silva se refirió a la diputada Tania Díaz en términos duros y sangrientos. Dijo que era una ladrona y señaló que ella pertenecía a un grupo que —dentro del mismo chavismo— llamaban “los vampiros”. En ese entonces la bancada pro Gobierno era mayoría y controlaba a su antojo la Asamblea

Por Alberto Barrera Tyszka | 20 de noviembre, 2016

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En mayo del 2013, Mario Silva se refirió a la diputada Tania Díaz en términos duros y sangrientos. Dijo que era una ladrona y señaló que ella pertenecía a un grupo que —dentro del mismo chavismo— llamaban “los vampiros”. En ese entonces la bancada pro Gobierno era mayoría y controlaba a su antojo la Asamblea Nacional. Por esa misma razón, impusieron el silencio e impidieron que se debatiera la grabación con las trepidantes confesiones del conductor de La Hojilla. Todos se quedaron calladitos. Trataron de pasar por debajo de la historia. El oficialismo no creía en vampiros.

Tres años después, súbitamente, se han reencontrado con la indignación. Ahora les parece inadmisible que alguien recuerde esa anécdota. Están dispuestos a todo. Actúan como si la intervención de Rafael Guzmán fuera más importante que el triunfo de Donald Trump. Ahora, el oficialismo cree que la palabra “vampira” es un pecado.

En realidad, ponderado todo con cierta distancia y un poco de calma, si Tania Díaz y sus muchachos hubieran permanecido inmutables, este relato sería distinto. Pero, apenas escuchó el término, la diputada saltó descontrolada y, de manera inmediata, formó un revuelo. Si alguien no sabía del cuento, si no se había enterado de que —incluso dentro de las filas bolivarianas— existe un grupo denominado “los vampiros”, en ese justo momento comenzó a interesarse en el tema. Si alguien no conocía, o había olvidado, las denuncias que hace años hizo Mario Silva, en ese preciso instante fue a buscarlas. La vehemencia de la reacción se volvió en contra de ellos. Eso de ver a Héctor Rodríguez inclinándose de manera tan acosadora sobre Guzmán, como si en cualquier momento, en un arrebato de ansia ideológica, fuera a morderle los labios, resultó un espectáculo tan sorprendente como inesperado. Con tanta alharaca, Tania Díaz volvió a ponerse —ella solita— debajo de los reflectores. Resucitó una vergüenza personal. Le confirmó a todo el país que es cierto: así le dicen. Y ella no lo soporta.

También frente a la mayoría de la población, resulta un poco ridículo este repentino aspaviento en defensa de las formas por parte de los parlamentarios gubernamentales. El oficialismo ha sufrido de pronto un fulminante ataque de respeto. Se han mudado, sin aviso y sin anestesia, del manual de Pedro Carreño al manual de Manuel Carreño. Actúan y hablan como si pudiéramos olvidar la antología de ofensas verbales con las que han alimentado el debate político de todos estos años. Para no ir muy lejos, la propia Tania Díaz, en el 2014, llamó “jinetera” a la entonces diputada María Corina Machado. No hace falta revisar demasiado. En la lengua del chavismo, los insultos son tan constantes como las preposiciones. No hace mucho, el propio Presidente Maduro, en una de sus deslumbrantes intervenciones públicas, trató de armar un raro juego de palabras para decir que Henrique Capriles era un periquero. O todavía más directamente, también hace poco, en un acto político, Maduro llamó “coño de su madre” a Henry Ramos Allup. Es el mismo Maduro que, esta semana, por las redes sociales, escribió este mensaje: “Venezuela entera debe repudiar la agresión contra la diputada Tania Díaz por parte de la derecha violenta y fascista”. Sin duda, el tuit es una joya, una muestra fascinante de la locura del poder. La incoherencia ya parece una condición genética del madurismo.

Pronunciando tan solo dos palabras, el diputado Rafael Guzmán produjo un hechizo inusitado. De pronto, el oficialismo quiso convertirse en la nueva liga de la decencia. Aguerridos, valientes, imbatibles, los líderes de la auto proclamada revolución bolivariana han salido de inmediato a enfrentar este nuevo y terrible peligro. Ya organizaron un acto de desagravio. Hablan incluso de demandar a Guzmán. A este paso, van a convertir el “cálmate, Vampira” en una gaita, en una expresión popular jodedora y subversiva. La mejor respuesta ante cualquier histeria absurda, incomprensible.

Porque toda esta clase privilegiada, que pretende atornillarse en los espacios del poder, está dispuesta a declarar, a escribir, a marchar, a enjuiciar, a decir y a hacer lo que sea… para proteger a cualquiera de los suyos. Pero no tienen palabras ni acciones para defender, de la misma manera, a las víctimas de la realidad. ¿Alguno de ellos habló esta semana de lo que ocurre en Quimbiotec? ¿Alguno puso un tuit para defender la vida y la honra de los enfermos que son víctimas de la falta de producción de esta planta estatal? ¿Alguno de estos funcionarios se ha referido a los 9 pacientes con hemofilia que han fallecido este año por falta del medicamento que debía producir esta empresa? ¿Eso no les parece una agravio? ¿Eso no les parece violento? ¿No es, acaso, otra historia de vampiros? ¿No creen que Venezuela entera debería rechazar esta agresión?

La esperanza no se improvisa; por Alberto Barrera Tyszka

Quienes se sientan frente a una mesa de diálogo esperando ver una pelea de boxeo siempre terminarán decepcionados. Y es muy probable que experimenten rabia, impotencia, indignación. Estaban deseando ver una oreja sobre el ring y, de pronto, aparece un juez algo endeble, demasiado neutro, que casi parece el árbitro de un concurso de alcachofas,

Por Alberto Barrera Tyszka | 13 de noviembre, 2016

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Quienes se sientan frente a una mesa de diálogo esperando ver una pelea de boxeo siempre terminarán decepcionados. Y es muy probable que experimenten rabia, impotencia, indignación. Estaban deseando ver una oreja sobre el ring y, de pronto, aparece un juez algo endeble, demasiado neutro, que casi parece el árbitro de un concurso de alcachofas, leyendo un veredicto que por desgracia también suena endeble, casi neutro, como si hablara de alcachofas y no de la tragedia de un país.

Una mesa de diálogo nunca produce victorias instantáneas. Una mesa de diálogo no es un campo de guerra. Por el contrario, existe justamente porque no se quiere llegar al campo de guerra o porque el campo de guerra ya ha fracasado. Hablar de una mesa de diálogo en términos militares es un poco absurdo. No hay reportes de bajas, no hay sangre. La ceremonia del diálogo es más flexible y más ambigua que la ceremonia de las balas. Esa es su naturaleza. Creer que quienes negocian no cometen errores sino traiciones forma parte también de un moralismo fácil. Paradójicamente, así también se maneja el chavismo: la política como un afecto. El triunfo de la vehemencia sobre el discernimiento.

Escribo esto porque pienso que el liderazgo de la oposición ha cometido grandes errores en el manejo político de la crisis. Pero no por eso creo que haya que sumarse al pensamiento mágico de aquellos que denuncian que ese liderazgo se ha rendido, ha claudicado, es desleal, entreguista, y pacta en secreto con el enemigo. Pienso, más bien, que es muy cómodo ser un héroe invisible y actuar como si el país fuera un videojuego. Los guerreros del Twitter llaman a la calle pero no se mudan de sus teclados. Los devotos de la peregrinación a Miraflores deberían dejar de quejarse y comenzar a marchar: ¿por qué no van?, ¿por qué no se lanzan de una vez con sus pies y con furia hasta el Palacio de Gobierno?, ¿por qué no van y sacan a patadas a Nicolás Maduro?, ¿qué los detiene?

Pero tampoco la tontería de aquellos que se sienten radicales salva a la dirigencia opositora de sus propias equivocaciones. La sensación general de que la mesa de diálogo es un retroceso que solo le da ventajas al Gobierno no es un simple problema de comunicación. Ciertamente, al menos eso creo, tiene mucho que ver con el lenguaje, con la ausencia de un pensamiento y de un lenguaje político articulado en la dirigencia opositora. Con la superficialidad con la que se asume el problema de la comunicación y del lenguaje en la MUD. Pero no es solo eso. También tiene que ver con el desorden de las agendas personales, impuestas cada una como prioridades en el escenario de la crisis. Tiene que ver con la falta de conexión con las angustias reales de los ciudadanos, con sus vivencias y con sus códigos y sus maneras de expresar el descontento y el anhelo de cambio.

Pienso que la élite oficialista también comparte estos problemas. Pero tienen a su favor el Estado, el dinero público y la absoluta falta de escrúpulos. Eso siempre ayuda a la hora de maquillar las divisiones y dar imagen de coherencia. Sin duda alguna, tienen mucho más claro el problema de la comunicación. El oficialismo vive en permanente modo de propaganda. No es difícil predecir cómo manipularán los resultados de la mesa de diálogo para reforzar la retórica en contra de la oposición “golpista y apátrida”. Lo que es asombroso es que, después de 18 años, la oposición siga siendo políticamente tan amateur.

El 20 de octubre se rompió el orden constitucional. Fue un hito. Un día histórico. El día en que el oficialismo decidió que las elecciones no eran el camino. El día en que muchos sectores del país entendieron que había llegado el límite, que el gobierno de Nicolás Maduro no era democrático. Nada de eso está reflejado en el comunicado leído ayer. Ya no parece que estamos luchando por nuestros derechos a elegir y a decidir. Ahora parece que estamos pidiendo permiso para ser democráticos.

Tampoco la Venezuela más urgente aparece en ese comunicado. Detrás de la diatriba discursiva de la ayuda humanitaria o el sabotaje económico, no está la tragedia de la gente. No está toda la dimensión de la escasez, de la inflación, del hambre, de la crisis de la salud, de la violencia…Una de las consecuencias de la mesa de diálogo es la idea general de que, en realidad, el país no está ahí. No tiene demasiado que ver con esas conversaciones. La idea de que quienes conversan son dos élites en pugna, enfrascadas en una vieja confrontación. Pero que están hablando de otra cosa. Que se pelean en un idioma extranjero. Que cada vez tienen menos que ver con aquello que nos pasa día a día.

No esperamos una oreja sobre el rin. Pero tampoco una palabra edulcorada. Una frase dicha sin pensar y con apuro. Una negociación de aficionados. Un juego donde cada quien está tratando de ganar su propio partido. Hace casi un año, por fin, la oposición logró realmente convertirse en una propuesta de futuro. En una ilusión colectiva. Puede dejar de serlo. La esperanza no se improvisa.

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Una dictadura dialogada; por Alberto Barrera Tyszka

Tenemos derecho a reconocer nuestra confusión. También tenemos derecho a protestarla. Hay que asumirlo y hay que denunciarlo sin vergüenzas, sin penas. En estos días, estar confundido es tan natural como no conseguir arroz o harina pan. Debería formar ya parte de nuestros protocolos de saludos cotidianos: “Epa, ¿cómo anda la vaina?”, preguntas, de pronto,

Por Alberto Barrera Tyszka | 6 de noviembre, 2016
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Fotografía de AVN

Tenemos derecho a reconocer nuestra confusión. También tenemos derecho a protestarla. Hay que asumirlo y hay que denunciarlo sin vergüenzas, sin penas. En estos días, estar confundido es tan natural como no conseguir arroz o harina pan. Debería formar ya parte de nuestros protocolos de saludos cotidianos: “Epa, ¿cómo anda la vaina?”, preguntas, de pronto, tras encontrarte con tu vecino en las escaleras. Y él responde: “Ahí vamos, tú sabes, la vaina va bien pero confundida”. Te mira y añade: “¿Y tú? ¿Qué más?” Tú contestas: “Aquí, confuso, mi pana, pero pa’ lante”. Quizás eso sería más sincero. Una forma más honesta de desearnos buenos días. Se trata incluso de una difícil certeza sobre lo que está por venir. Ahora lo único que parece más o menos claro en nuestro futuro es que será confuso.

Y tampoco está mal señalar y asumir que, a veces, nuestros líderes políticos son responsables de algunas de estas confusiones. A cuenta de cerrar filas con la unidad y de defendernos del ataque feroz de la casta que controla el Estado y las instituciones, tampoco es saludable establecer complicidades ciegas. El temor a ser percibido como fanático, como radical de tarima o como héroe del Twitter, no debe ser un mecanismo paralizante de la crítica y del debate. Esta semana, Fernando Mires destacaba asertivamente que la base opositora no es una masa, un rebaño que solo espera las instrucciones de su vanguardia. No. Somos una diversidad muy politizada, con demasiados años de experiencia en el deporte extremo de la desesperación. Si éste es el momento de la política, somos una ciudadanía que exige cada vez más y mejor política.

Las imágenes de las mesas de diálogo, primero con Chúo Torrealba y luego, en una instancia aparentemente más formal, con el enviado de El Vaticano, todos en una mesa en semi círculo, presidida por un Nicolás Maduro vestido de blanco, fueron desconcertantes. Nuestros dirigentes de pronto nos miraban y parecían decirnos: “Bueno, coño, tampoco nos tomen tan en serio. Sí, es verdad, esto es una dictadura, pero no es una dictaduuuuura. También es cierto que hablamos de rebelión, pero no tan así, tampoco es que la vaina es una rebelióóóóón. Vamos poco a poco. Con calmita. Déjennos conversar a ver qué pasa”.

Antes, no sintieron la necesidad de explicar nada. No entendieron que, en escenarios tan estrechos y crispados, la comunicación es una responsabilidad política. Tal vez demasiado tarde, El Vaticano terminó siendo el argumento, la justificación. Un milagro instantáneo al que se aferraron todos. Pero, sin duda, de forma demasiado abrupta y sin consulta, saltaron de la trinchera al salón de té. Sin avisar. Sin decir nada. Y por eso es normal que la gente se sienta confundida, políticamente huérfana.

No es algo que afecte únicamente al sector de la oposición. Del otro lado, probablemente, la crisis es peor. ¿Qué clase de liderazgo político tiene el chavismo? La respuesta a esa pregunta tiene, esta semana, variables patéticas. Elías Jaua le ofrece coñazos a un periodista. Tareck El Aissami escribe un tuit hablando de los testículos de Henrique Capriles. Nicolás Maduro estrena un show musical. Las bases que le quedan al chavismo deben estar todavía más confundidas. Sus líderes, tan combatientes tan anti imperialistas, también terminan reuniéndose en secreto con Thomas Shannon. Jamás tuvimos un Gobierno tan cruelmente frívolo en Venezuela. Jamás tuvimos a un presidente capaz de bailar sobre el hambre y la necesidad de la gente. Mientras le entrega a los militares la distribución de las medicinas en la salud pública, Maduro toca bongó en la televisión. Su única política es la banalización de la realidad.

Pero por supuesto que, de entrada, nadie se puede negar a que nuestros líderes se sienten a dialogar, a negociar. Frente a esto, no hay dudas. Cualquier instancia que evite la continuación y el crecimiento de la violencia debe ser agotada. Pero, hay que insistir, el diálogo político en Venezuela pasa por un cambio fundamental en la mentalidad y concepción del oficialismo. Mientras el Gobierno no reconozca la legitimidad de la oposición, ninguna negociación será posible. Un presidente que afirma que sus adversarios políticos no podrán llegar al poder por las buenas, a través de los votos, es un tirano que está absolutamente inhabilitado para dialogar. Lo único que está dispuesto a escuchar Maduro es el sometimiento de los demás.

El 20 de octubre se produjo en el país una crisis y un cambio sentido. Por primera vez, de forma mayoritaria, desde diversos sectores y voces, tanto a nivel nacional como internacional, se definió y se verbalizó al Gobierno como un régimen de fuerza, como un poder no democrático. El diálogo está obligado a permanecer en el 20 de octubre. Al Gobierno le interesa que avance el calendario, pero al país le interesa seguir ahí, en ese día. Se puede hablar y negociar sin perder jamás ese destino: recuperar el orden constitucional y volver a la democracia. Lo otro es seguir aceptando que la confusión es nuestro modo de vida; que ahora, simplemente, estamos en una dictadura dialogada.

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Las trampas del lenguaje por Alberto Barrera Tyszka496

Las trampas del lenguaje; por Alberto Barrera Tyszka

Y entonces resulta que, después de tanta vuelta, aquí estamos de nuevo sentándonos a dialogar. Hoy es un domingo perturbador. No es fácil dialogar con quien no entiendes, escuchar a quien no le crees ni el saludo. Tampoco es fácil rechazar el diálogo. Sobre todo si no tienes otra alternativa, si no tienes ni siquiera

Por Alberto Barrera Tyszka | 30 de octubre, 2016
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Fotografía de Gabriel Méndez. Haga click en la imagen para ver la galería.

Y entonces resulta que, después de tanta vuelta, aquí estamos de nuevo sentándonos a dialogar. Hoy es un domingo perturbador. No es fácil dialogar con quien no entiendes, escuchar a quien no le crees ni el saludo. Tampoco es fácil rechazar el diálogo. Sobre todo si no tienes otra alternativa, si no tienes ni siquiera balas. Hoy es un domingo perturbador. Pero ineludible.

Hay que asumir, con saludable naturalidad, que el diálogo es una condena. Una obligación que ninguno de los dos desea cumplir. Vamos empujados, a regañadientes, llenos de heridas. La primera palabra que brilla, para ambos, es la sospecha. Sospechamos que el otro miente, sospechamos que la conversación no sirve para nada. La rabia muda es una zona de confort.

¿Con qué lenguaje vamos a hablar? Ese es un elemento fundamental del debate. Porque, desde el uso mismo del lenguaje, el oficialismo diariamente sabotea cualquier posibilidad de entendimiento en el país. El miércoles pasado, Nicolás Maduro volvió a afirmar que “la oligarquía más nunca vendrá ni entrará a Miraflores. Así lo decreto y así lo lograremos” ¿Quién es la oligarquía para Nicolás Maduro? Es la oposición, es cualquiera que adverse al poder establecido. Lo mismo ocurre con el término “derecha”. Una denominación que, en rigor, define muy poco y que sólo sirve para deslegitimar moral y afectivamente a cualquiera que cuestione al gobierno. Pero Maduro, y otros altos funcionarios, insisten en repetir lo mismo. Es decir: tácitamente, todo el tiempo, se auto proclaman dictadores eternos. La democracia y el diálogo no están en su idioma.

Otro ejemplo: en medio de esta agitada y conflictiva semana, el Ministro de la Defensa, flanqueado por el Alto Mando militar, todos con uniforme verde oliva y rostros circunspectos, leyó al país un comunicado que invocaba el rol institucional de la Fuerza Armada y que apelaba a la defensa de la Constitución por encima de cualquier vinculación política particular. Al finalizar el texto, una sola consigna destruyó completamente lo que había leído. La alusión a Chávez contradice de manera feroz el resto del discurso ¿En cuál de los dos mensajes cree Vladimir Padrino? ¿En cuál debemos creer nosotros?

No se trata sólo de la mesa de negociaciones. Se trata del futuro en general. De la necesidad de entrar en otro tono, de buscar otra manera de pronunciarnos y de debatir políticamente. Es un asunto, también, de coherencia, de mínima honestidad ante el país. Cuando, en medio del desastre económico y social que vivimos, Nicolás Maduro se atreve a decir “estamos haciendo aquí en Venezuela la obra de Jesucristo”, Nicolás Maduro se convierte en una chispa incomprensible. Es un cortocircuito galáctico o un cínico también galáctico. Si la salida a la profunda crisis que vive el país pasa por el diálogo, entonces pasa también por las palabras. Por la necesidad de cambiar las palabras. El oficialismo tiene que incorporar a los otros en su discurso. Con respeto y con legitimidad. Sin eso, jamás habrá diálogo.

Estamos ante una narrativa que muta con rapidez y que tiene en la historia reciente importantes referencias. Esta narrativa oficial, además, cuenta con el apoyo de la hegemonía mediática y con un mercadeo utilitario de la figura de Hugo Chávez. En momentos de crisis, la vocería oficialista se consolida desesperada alrededor de su narrativa. Y, por el contrario, la vocería de la oposición se desparrama, se desordena. Su diversidad se convierte en fragilidad. Hay discursos delirantes, distracciones tan incomprensibles como insistir en la búsqueda de la nacionalidad de Maduro para discutir sobre la ruptura del orden constitucional. Aparece, otra vez, la tentación de las salidas instantáneas, la idea de que somos mayoría y de que lo único que hace falta es tener valientes zapatos para llegar a Miraflores, tocar la puerta y entrar. La simpleza de pretender aprovechar la crisis para imponer agendas personales desde un programa de televisión. El radicalismo se sostiene sobre la fe en la magia. Y ya se sabe: los magos no dialogan. Prefieren recitar hechizos.

Pero los desaciertos de los liderazgos de la oposición no justifican el monólogo autoritario del poder. El oficialismo tiene que entender que el diálogo no transcurre únicamente en una mesa delante del representante del Vaticano. El diálogo también se expresa en las acciones del SEBIN, en las detenciones arbitrarias, en los presos políticos. El diálogo está en los oficiales militares que asistieron como público al programa de Diosdado Cabello esta semana. El diálogo está en la expulsión o prohibición de entrada al país a periodistas extranjeros. El diálogo está en un Presidente que usa el adjetivo “fascista” para calificar un derecho constitucional como es la huelga. El diálogo está en el TSJ convertido en instrumento partidista. El diálogo está en el silencio militante ante las denuncias de corrupción en PDVSA. El diálogo también está en la simple posibilidad que tiene cualquier otro de marchar en paz sin que, de forma inmediata, aparezca una manifestación oficialista contra atacando, queriendo enfrentarse. El diálogo supone que el chavismo por fin acepte la alternancia, que por fin entienda que los demás venezolanos no somos la guerra.

Las preguntas que han estado girando sobre el país durante todos estos días se detienen hoy en la esquina de este domingo ¿Es posible dialogar? ¿Cómo? ¿Para qué? ¿Acaso hay país más allá de las trampas del lenguaje?

Después de la palabra dictadura; por Alberto Barrera Tyszka

Antes de salir de vacaciones, dejando al país en un incendio, Nicolás Maduro se despidió de un grupo de seguidores preguntando lo siguiente: “¿Ustedes quieren enfrentarse otra vez en la vida a la tragedia circunstancial que nos tocó vivir el 6 de diciembre que nos ganara la oligarquía? ¿Ustedes se van a calar otras elecciones

Por Alberto Barrera Tyszka | 23 de octubre, 2016

maduro

Antes de salir de vacaciones, dejando al país en un incendio, Nicolás Maduro se despidió de un grupo de seguidores preguntando lo siguiente: “¿Ustedes quieren enfrentarse otra vez en la vida a la tragedia circunstancial que nos tocó vivir el 6 de diciembre que nos ganara la oligarquía? ¿Ustedes se van a calar otras elecciones donde la oligarquía tenga algún triunfo?”  Fue la justificación más clara y directa de la actuación del CNE esta semana. Esas preguntas, lanzadas en voz alta y en tono camorrero, son el único argumento que se esconde detrás del silencio de Tibisay Lucena.

No habló Maduro de fraude. No mencionó ninguna de las supuestas denuncias que ha invocado el oficialismo. Maduro habló con las cuerdas vocales en el duodeno. Habló desde el miedo. Desde la intolerancia. Desde el autoritarismo. Maduro nos dijo que no se cala la democracia, que no acepta que otro, distinto a ellos, pueda ganar las elecciones.  Ese mismo día, por cierto, ante un grupo de sus seguidores, Donald Trump también aseguró que solo reconocería los resultados electorales si él quedaba como ganador.  La vida suele regalarnos casualidades que son relámpagos.

Después de realizado el sicariato judicial, Nicolás Maduro se comunicó nuevamente con el país. Como si no pasara nada demasiado especial. Desde Azerbaiyan y por teléfono, con voz calmada y con una naturalidad indignante, el Presidente hizo un llamado “a la tranquilidad, al diálogo,  a la paz, al respeto a la justicia y al acatamiento de las leyes, a que nadie se vuelva loco”  Hay un Nicolás Maduro para cada ocasión y circunstancia.  Cuando habla con los suyos es feroz, no tiene matices. Cuando quieres expresarse como Presidente, ensaya un tono más ecuánime. Cuando habla con Rodríguez Zapatero, dice lo que la inocencia de Rodríguez Zapatero desea oír. Esta tal vez sea la mayor herencia de Chávez: la organización del delirio. La tranquilidad de que se puede hablar y actuar de forma contradictoria y antagónica sin morir en el intento. La certeza de que se puede mentir sin consecuencias.

El día de ayer, Diosdado Cabello, como vocero del partido de gobierno, dio una rueda de prensa donde nos ofreció otra versión de lo que ha ocurrido esta semana. Es un relato asombroso: la policía secreta ha detenido a un joven concejal del Táchira (cuya esposa ha denunciado que lleva dos días “desaparecido”) y, según asegura Cabello, en su teléfono celular han encontrado todo un nuevo y macabro plan subversivo de la oposición. Ahí, entre chats y archivos de notas, descubrieron la secretísima y violenta agenda con la que la oposición pretendía utilizar la validación de firmas para “tumbar a Nicolás Maduro”.  El PSUV es la impunidad envasada al vacío. Actúa como fuerza militar, como cuerpo policial, y convierte una especulación en algo fáctico. Cabello nos habló como si sus hipótesis fueran confirmaciones. Secuestran a un ciudadano, lo acusan de ser terrorista y, a partir de ahí, descalifican al adversario político, suspenden la vía electoral y se imponen como un poder que está más allá de la democracia.  Los golpes de Estado son para el oficialismo lo que fueron las armas de destrucción masiva para George W Bush.

Pero después de todo esto, por supuesto, Diosdado Cabello invocó el diálogo, el respeto a las reglas del juego, la necesidad de la mediación, la importancia de garantizar elecciones y procesos transparentes…¿Cuál Diosdado es más real? ¿El que baja la voz y convoca al diálogo o el que aparece en un show, con un mazo de cavernícola, amenazando a la oposición?  Ambos son el mismo. Ambos saben que pueden decir lo que sea. Que nada importa. Que luego harán otra cosa. Lo que haga falta. Lo necesario para permanecer en el poder. Para que sus privilegios sean irreversibles.

¿Cómo se lucha contra esto? ¿Cómo se combate a quienes no honran sus palabras? La convivencia humana, en cualquiera de sus formas, depende de una mínima fe en las palabras. El oficialismo ya pasó un límite. No solo frente a la MUD o la comunidad internacional. Pasó un límite frente a todos los venezolanos. Ya sabemos que ellos también lo saben: no son mayoría. Ya sabemos que mienten descaradamente. Que no quieren contarse. Ya sabemos que solo podemos creer en sus amenazas; no en sus promesas. El oficialismo ha perdido su capacidad de ser esperanza. Puede tratar de seguir imponiéndonos su silencio. Pero ya no tiene nada que decirnos sobre nuestro futuro.

La política también es un acto de lenguaje  ¿Es posible dialogar con alguien a quien ya no le creemos nada? ¿Se puede hablar con quien no quiere escucharte? ¿Cómo? ¿En qué condiciones? ¿Cómo se sigue una lucha democrática en un contexto autoritario? ¿Qué frase viene después de la palabra dictadura?

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