Blog de Alberto Barrea Tyszka

Volver a la calle; por Alberto Barrera Tyszka

Quizás hay que empezar reconociendo que las elecciones del próximo domingo provocan, en la mayoría de los ciudadanos, algo parecido a un cortocircuito interior, un breve mareo en la conciencia, un beriberi emocional por lo menos. Juntos llevamos casi 2 años haciendo todo lo correcto, todo lo posible, todo lo democráticamente correcto y posible, para

Por Alberto Barrera Tyszka | 8 de octubre, 2017
Fotografía de Verónica Aponte / Para ver la galería completa haga click en la imagen

Fotografía de Verónica Aponte / Para ver la galería completa titulada “20 imágenes de la consulta popular del #16J” haga click en la imagen

Quizás hay que empezar reconociendo que las elecciones del próximo domingo provocan, en la mayoría de los ciudadanos, algo parecido a un cortocircuito interior, un breve mareo en la conciencia, un beriberi emocional por lo menos. Juntos llevamos casi 2 años haciendo todo lo correcto, todo lo posible, todo lo democráticamente correcto y posible, para ejercer nuestro voto y expresar de manera participativa y protagónica nuestra opinión. Y juntos fracasamos. El oficialismo, de forma tramposa, cobarde y violenta, hizo lo imposible por impedir que hubiera votaciones libres y universales. Peor aún: organizó su propio bingo de los animales para estafar electoralmente al pueblo venezolano. Sí. Así pasó. Y es una historia que genera una frustración enorme, una indignación infinita.

Hay que reconocer y aceptar que duele. Todavía, cada vez que veo y escucho a Tibisay Lucena, me crujen todas las vocales. Se me atasca una rabia en el origen de la lengua. Hasta mi cédula de identidad echa humo. No es fácil pensar en votar, ir a votar de nuevo, después de todo lo que ha pasado, con este mismo CNE, con este mismo gobierno fraudulento. No es nada fácil. Pero esto no es un gobierno democrático. Y las luchas contra los gobiernos no democráticos nunca han sido fáciles. Exigen superar la radicalidad instantánea, manejarse con mayor inteligencia ante el poder del adversario. La indignación es un sentimiento legítimo pero no es una estrategia política. La emoción no es una forma de pensamiento. No es una maniobra. A veces, por el contrario, es un lujo que no podemos darnos.

Después de todo este tiempo de batallas, desde el inicio de la nueva Asamblea Nacional hasta las marchas en la calle de este año, el oficialismo apura unas elecciones regionales. Sabe que es el momento, su mejor oportunidad, para intentar derrotar a la oposición y lograr recuperar un poco de legitimidad internacional. Su mejor aliado, curiosamente, está del otro lado. Para los comicios del próximo domingo, el gobierno depende más de las bases de la oposición que de las bases del chavismo. Por eso promueven la confusión, distribuyen el desánimo, alientan la abstención. Si todos los pensáramos con el miocardio, nadie iría a votar el 15 de octubre. Luchar contra una dictadura obliga pensar de otra manera.

No deja de ser sorprendente la cantidad de artículos, mensajes, tuits… que están circulando, tratando con ansia de convencer a los futuros abstencionistas del domingo. Es un gran desgaste realizar una campaña donde tú mismo eres tu adversario. Quienes sentencian que votar es claudicar, que votar es “negociar con el régimen”, suelen basar sus feroces críticas en el referendo organizado por la propia oposición. Dicen, repiten, agitan la idea de que “el mandato del pueblo el 16 de julio” fue otro. Que no hay que salir de la calle hasta que Maduro se vaya y se acabó. Que no se hable más. Que cada quien coja su esquina y así resolvemos esto rapidito. Los radicales creen que la magia mueve la historia.

El 16 de julio del año 2017 yo solo vi a un pueblo que quería votar. Más aun: un pueblo que se volcó a votar, incluso con la desautorización institucional. Con un CNE opuesto, con un gobierno amenazante, aun con todo esto, una mayoría abrumadora salió a votar. Ese día, el pueblo mismo se convirtió en institución. En una acción inédita le quitó el poder y la legitimidad al oficialismo. Gracias a eso, en gran parte, la Constituyente se convirtió en una parodia que desconocieron demasiados países en el planeta. El mandato del 16 de julio tiene que ver precisamente con eso. Con un pueblo que, a pesar de su frustración y con todas las sospechas sobre el proceso, insiste en el voto. Quiere pronunciarse. Necesita nombrarse y reconocerse como la mayoría.

Es muy fácil ser un súper héroe en Twitter. Pero la vida real es mucho más compleja. Los ciudadanos de Venezuela tenemos demasiados adversarios: la crisis económica, el proyecto totalitario del gobierno, las divisiones del liderazgo opositor, el cansancio, la impotencia, el desespero… No es fácil. No es nada fácil. Pero es lo que toca. Así son las guerras. Y el Estado nos está haciendo la guerra. El Estado nos quiere arrinconar. Callar. Invisibilizar. Paralizar.

Hay que reconocer y aceptar que cuesta. Pero no es una invitación a una rumba. No se trata de decir: vente a votar, qué gozadera. No. El 15 de octubre forma parte de una misma, larga y difícil, jornada ¿Quieres calle? Ahí está. Los métodos de lucha cambian. El próximo domingo hay una gran marcha. Votar también es volver a la calle.

Temblores; por Alberto Barrera Tyszka

Estaba a punto de pagar, en la caja del supermercado, cuando alguien gritó. A partir de ahí, todo se desató en un instante. Un grito, dos gritos, y tres más, y cuatro y cinco y seis gritos. Los cuerpos comenzaron a correr hacia fuera.  Se disparó la alarma sísmica. Y ya todos fuimos una marea

Por Alberto Barrera Tyszka | 24 de septiembre, 2017
Fotografía de Ronaldo Schemidt para AFP

Fotografía de Ronaldo Schemidt para AFP

Estaba a punto de pagar, en la caja del supermercado, cuando alguien gritó. A partir de ahí, todo se desató en un instante. Un grito, dos gritos, y tres más, y cuatro y cinco y seis gritos. Los cuerpos comenzaron a correr hacia fuera.  Se disparó la alarma sísmica. Y ya todos fuimos una marea de voces y de gestos, desbordándose en el estacionamiento.

Yo pensé en Cristina, en la casa. Vivimos muy cerca del supermercado, casi enfrente, en el segundo piso de un edificio de 1951. Traté de caminar pero el movimiento del piso me lo impedía. El asfalto era gelatina. Resultaba incluso difícil mantener cierto equilibrio. Era como tratar de permanecer de pie sobre un vértigo. Buscar apoyo en los carros era inútil. Todo formaba parte del mismo vaivén. Arriba, las ramas de los árboles danzaban de manera desordenada.  Hasta los segundos parecían cuartearse.

Llegué por primera vez a la capital de México a finales de 1995 y, desde ese momento, he ido cultivando una relación cada vez más cercana con esta ciudad diversa y fascinante. En los tiempos en que no he vivido aquí, siempre he permanecido suficientemente cerca. Ya tengo demasiados afectos hundidos en estas piedras que, a veces, parecen aguas.  No hay en el planeta un lugar tan descomunal y a la vez tan frágil.  Aquí, el único equilibro posible está en la gente.

El primer apartamento que renté estaba en la Plaza Río de Janeiro, en la colonia Roma.  Aunque había pasado una década, esa zona seguía cargando con la mala fama que le dejó el terremoto de 1985. Era un barrio sísmicamente muy inseguro.  Ahí, también, viví mi primer temblor chilango.  Y a lo largo de todos estos años, he ido sumando temblores y alarmas. Pero nunca nada fue como lo que ocurrió este 19 de septiembre.  En mi memoria, solo se mueve de la misma manera la noche del 29 de julio de 1967.

Sucedió en Caracas. Yo tenía siete años y mi familia acababa de mudarse a un edificio en la avenida Rómulo Gallegos. Era de noche y estábamos cenando. De repente, los platos comenzaron a moverse sobre la mesa.  Recuerdo el susto,  el brinco de los cubiertos sobre el mantel, los chillidos,  la oscuridad completa. Mi padre gritó más fuerte que todos y nos obligó a colocarnos debajo de una viga. Mi madre buscó mi hermana menor, que apenas tenía un año y estaba dormida en un cuarto.  Después, los seis bajamos por las escaleras.  Todavía recuerdo con frío ese descenso. Todo a oscuras. Todo lleno de alaridos y llanto. Había grietas en las paredes, faltaban escalones. Una mujer dejó un zapato olvidado en el tercer piso.  La calle era una locura. Pero estaba firme. No recuerdo si nos pusimos a llorar.

No pudimos regresar a nuestra edificio y pasamos un año viviendo en el kínder de un colegio donde mi papá daba clases.  En algunos sábado de mi infancia, veo todavía a unas monjas jugando volibol en un patio desierto. (Quizás por eso –como señala un amigo- me entusiasma tanto la serie “The Young Pope”).  Recordé todo esto de golpe esta semana, mientras trataba de permanecer en pie en el estacionamiento, durante esa fugaz eternidad que llamamos terremoto.  Cuando por fin la tierra se detuvo, una señora que estaba a mi lado, me miró aterrada:  “¿Ya?”, musitó. Suplicante. Esa mínima palabra abarcó toda la dimensión de nuestro miedo, de nuestra vulnerabilidad: ¿ya estamos otra vez vivos?

Los mexicanos cultivan una virtud sorprendente y envidiable: la solidaridad instantánea. La solidaridad que no pregunta, que no espera que la llamen, que no pide permisos. Antes aun que las autoridades o que los medios de comunicación, los ciudadanos ya estaban ahí, en la zona de desastre, activados, sabiendo cómo reaccionar, dispuestos a hacer todo lo necesario.  Con insólita rapidez, una gran mayoría de ciudadanos comenzaron a colaborar en las labores de rescate y apoyo a las víctimas de lo ocurrido.  Se multiplicaron los voluntarios, se crearon centros de acopio, se establecieron prioridades y se canalizaron informaciones y esfuerzos, todo el mundo buscó cómo podía ayudar.  Para decirlo en códigos de canción ranchera, se trata de una sentimentalidad que también sabe ser eficiente. Lo ocurrido esta semana demuestra que no hay nada más eficaz que el amor.

Porque, finalmente, en el contexto de las arduas labores de rescate, siempre se llega a punto donde la tecnología o las herramientas son inútiles, donde ya no sirven los teléfonos celulares ni los instrumentos térmicos, donde ni siquiera se puede escavar con un pico o una pala…Es el punto donde la experiencia más humana y más básica es la única que puede hacer algo.  Es el rescatista delgado que se cuela por una grieta, que se arrastra por un túnel. Es el rescatista que, en medio de los escombros, levanta su puño cerrado y establece una seña que se va repitiendo como una ola. “¡Silencio total!”, grita de pronto una voz. Y se hace el silencio.  Un silencio que llega a los animadores de turno en la televisión, que se prolonga incluso hasta los televidentes. Un silencio total en una de las ciudades más grande del mundo. Un silencio que se ha vuelto esperanza, que busca del otro lado de las ruinas una voz, un golpe tenue, una vida.

En muy pocos días, México nos enseña que la memoria de la tragedia puede ser una poderosa fuerza de salvación. Así como se puede temblar de miedo y de dolor, también se puede temblar de emoción,  de solidaridad y de futuro.

Conejos; por Alberto Barrera Tyszka

Lo más inquietante es la risa.  Verlos a todos así, tan divertidos, carcajeándose frente a las cámaras de televisión, manejando con insólita superficialidad las tragedias de la gente. ¿Eso es una reunión de Ministros de un país que está en crisis? ¿Así se comportan, eso dicen, de esa manera hablan y analizan nuestros problemas? ¿Para eso

Por Alberto Barrera Tyszka | 17 de septiembre, 2017
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Fotografía de @MINPPAU

Lo más inquietante es la risa.  Verlos a todos así, tan divertidos, carcajeándose frente a las cámaras de televisión, manejando con insólita superficialidad las tragedias de la gente. ¿Eso es una reunión de Ministros de un país que está en crisis? ¿Así se comportan, eso dicen, de esa manera hablan y analizan nuestros problemas? ¿Para eso les pagan? ¿En verdad Fredy Bernal cobra un sueldo por proponer que la cría de conejos es una alternativa a la crisis alimentaria del país?  ¿Y todos los demás?  Los que se mueren de la risa mientras el Ministro habla de mascotas con lacitos, de las diferencias entre el animalito que te llevas a la cama y los dos kilos y medio de carne que puedes llevarte a la boca…todos ellos, ¿también cobran por estar ahí, por banalizar la realidad, por burlarse de esa forma de la gran mayoría de los venezolanos?

Mientras crecen las noticias de niños muertos por desnutrición, mientras se reitera la alarma de la UNICEF por el aumento de un 30% en la mortalidad infantil en el país en el año 2016, tenemos a un equipo de gobierno haciendo chistes sobre la multiplicación de los conejos,  debatiendo con grosera trivialidad sobre la experiencia de aquellos que deben explorar en bolsas de basura para poder comer.  Lo más indignante es la risa. La frivolidad del gobierno frente al hambre.

¿Por qué conejos? He pasado días dándole vueltas a esa pregunta.  No hay dentro de la gastronomía popular, al menos que yo recuerde, algún plato de uso mas o menos frecuente que tenga la carne de conejo como ingrediente principal. No existen, por ejemplo, unas famosas empanaditas de conejo de Jusepín. Tampoco existen alguna legendaria receta de conejo con ají dulce y papelón. O un guiso de arroz con coco y conejo que se coma en Semana Santa en las costas de Falcón. No. Para nada. El conejo no forma parte importante de la historia de la sazón nacional.  Pero, sin embargo, sí tiene un sentido diferente, más protagónico, en el habla coloquial.  De hecho, podría decirse que el conejo tiene una presencia mayor en nuestra lengua que en nuestros fogones.

La palabra conejo, en Venezuela, también sirve para designar a una persona cándida, “crédula, sin malicia”, como apunta más de un diccionario que se dedica al tema en la web. Se usa frecuentemente para referir la inocencia como cualidad negativa. Se dice que alguien está perdido de conejo para señalar que ese alguien está perdido de pendejo, que está siendo engañado o estafado en su buena fe. Usada en ese sentido, la palabra dialoga mucho mejor en el contexto del ejercicio del poder que viene dominando al país desde hace años.  El oficialismo actúa como si todos los demás fuéramos conejos.

Desde ayer, en un desesperado intento por recuperar cierta legitimidad internacional, el oficialismo ha organizado “una cumbre mundial de solidaridad con Venezuela” con la idea de lograr una “declaración de los pueblos en defensa de la revolución bolivariana”.  Toda esta palabrería rimbombante, en el fondo, solo es una gran cacería de conejos.

Un Estado que no es capaz de garantizar la supervivencia de los enfermos en los hospitales públicos,  gasta el dinero en financiar un evento con casi 200 invitados internacionales.  Es un espectáculo irracional y grosero, el show organizado por una élite que se auto proclama como Revolución pero que, todavía, sigue sin explicar dónde están los casi mil millones de dólares que ingresaron al país por concepto de renta petrolera.  Se trata de la misma empresa política que se auto define como anti imperialista pero que dona 500 mil dólares para el acto de juramentación de Donald Trump.  Son un grupo exclusivo que tiene su ejército privado, que reprime, detiene, condena, tortura, asesina. Llevarán a los felices participantes del mundo a ver los edificios de la Misión Vivienda. Pero nunca les mostrarán los hospitales. Ni tampoco las cárceles. Jamás les mostrarán las estadísticas sangrientas de las OLP.

En el único país donde se impide investigar los casos de corrupción de Odebrecht, esto dijo ayer el Canciller Jorge Arreaza, en el marco de esta nueva cumbre internacional: “Esta es la patria de la humanidad, aquí se están dando las grandes luchas para garantizar que en todos los países del mundo haya una posibilidad de igualdad”.  Dicen lo que sea. De cualquier manera.  Aunque sea absurdo. Aunque sea inverosímil. Aunque sea increíble.  No importa. Siempre quieren conejear a todo el mundo. De eso se trata este encuentro “Todos somos Venezuela”.  El gobierno necesita urgentemente recuperar algunos gramos de credibilidad.  El discurso del chavismo ha caído aun más que los precios del petróleo.

No hay que olvidar nada de esto cuando, nuevamente, aparece en el horizonte la alternativa del diálogo y de la negociación. Las condiciones son distintas, el contexto ha cambiado, pero los interlocutores siguen siendo los mismos.  Todos sabemos que cuando Jorge Rodríguez aparece sonriendo, afirmando que la oposición y el mundo deben reconocer a la ANC y respetar sus decisiones,  Jorge Rodríguez solo está disparando al aire, anda de cacería,  está buscando conejos.

Entre la ley y el queso blanco; por Alberto Barrera Tyszka

En medio del júbilo y la alegría que distingue a la alta sociedad caraqueña, el pasado 2 de septiembre se inauguró una importante exposición fotográfica en los espacios de la conocida Casa Amarilla de la capital del país. La gala, donde se dio cita buena parte de lo más granado de nuestra élite, estuvo coronada

Por Alberto Barrera Tyszka | 3 de septiembre, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

En medio del júbilo y la alegría que distingue a la alta sociedad caraqueña, el pasado 2 de septiembre se inauguró una importante exposición fotográfica en los espacios de la conocida Casa Amarilla de la capital del país. La gala, donde se dio cita buena parte de lo más granado de nuestra élite, estuvo coronada nada más y nada menos que por Delcy Rodríguez. La flamante presidenta de la ANC, con el savoir faire que la caracteriza, explicó a la concurrencia la importancia y la trascendencia del evento. La exposición es una muestra de 40 retratos de Nicolás Maduro en muy diferentes facetas y distintos momentos de su vida. Las imágenes van desde la etapa más nice, en la infancia, hasta la época actual. En una transmisión televisiva, el propio Presidente agradeció –con su modestia de siempre– el homenaje. Antes de terminar, en esta tournée llena de emoción y de sorpresas, Rodríguez anunció que, a partir de ese momento, “cada constituyente sale a sus municipios con una maleta cargada de esta exposición, de estas fotografías, para ser expuestas en todas las plazas Bolívar del país para compartir la visión del presidente Maduro como político, como humanista, como presidente”. La ovación puso a más de uno a punto de lágrimas. La sala se deshizo en aplausos.

El mismo día, en otro país, en un lugar que no ve o no quiere ver la casta oficialista, Susana Rafalli, experta en seguridad alimentaria, hablaba del informe que adelanta Cáritas sobre el aumento de la desnutrición infantil en Venezuela. Las estadísticas son aterradoras. Desde hace tiempo, Rafalli viene alertando sobre un problema que ya tiene dimensiones de tragedia. Ahora el hambre es lo único que avanza a paso de vencedores.

Para poder existir, el oficialismo necesita construir una ficción de país. La fantasía necesita más coherencia que la realidad. Ahora, por ejemplo, pareciera que el Fiscal designado por la ANC es un hombre nuevo, que salió de la nada, que recién aterriza en el poder. ¡Qué eficiencia! ¡Qué velocidad! ¡Qué precisión!… ¡En menos de un mes le ha abierto los ojos al país! Ha descubierto –¡Santo Cristo de Urachiche!– que había unos civiles inconstitucionalmente juzgados por tribunales militares. ¿Cómo se dio cuenta? ¿Cómo logró dar con eso en tan poco tiempo? El nuevo Fiscal siempre puede sorprendernos. Su primera evaluación sobre las protestas fue reveladora: ¡Tala de árboles! ¡Ecocidio! El tipo está en todo. Tiene brío, empuje, decisión. En pocos días descubrió que la otra fiscal es una delincuente. ¡Qué ojo, carajo! Casi parece que la hubiera conocido desde hace tiempo. Pero no. Llegó, olfateó el aire, abrió una gaveta y listo. Ya descubrió que Luisa Ortega Díaz es corrupta, mafiosa, subversiva, proyankee y, además, por si fuera poco, una insoportable narcisista. ¿Dónde estaba este Fiscal antes? ¿Por qué el oficialismo lo tenía escondido? Estos son los funcionarios que necesita el país. ¿Dónde estaba este Fiscal cuando robaron 300 mil dólares de la casa de Nelson Merentes? ¿Dónde estaba cuando la Asamblea chavista se negó a debatir el caso de Antonini Wilson y su maleta con más de 700 mil dólares?

El nuevo Fiscal tiene una memoria flexible y una moral caprichosa. Mientras él declara orondo frente a las cámaras, en otro país, en un territorio que la oligarquía bolivariana se empeña en negar, Isaías Baduel pasa más de 20 días desaparecido en los sótanos del poder. Cientos de presos aún esperan un proceso y un trato acordes con la ley. Yon Goicoechea y muchos otros siguen secuestrados por la inteligencia militar. La violencia del Estado es una acción pero también una amenaza, un miedo que se distribuye para crear el espejismo de la normalidad. El Poder Originario no está en el pueblo. El Poder Originario se lo robó el Sebin.

Pero por mucho que quieran imponérnoslo, el país de la ficción gubernamental no puede sobrevivir en las calles. Es cierto: el liderazgo de la oposición subestima al oficialismo, le cuesta mucho adelantarse a las acciones. Pero el oficialismo comete un error mucho más grave: subestima al pueblo. Ahora salen a promover las elecciones como si todos los venezolanos no supiéramos que han pasado casi dos años evitándolas, impidiendo que el pueblo vote. Ahora hablan de paz y de justicia, como si pudiéramos olvidar lo que los militares hicieron durante todos estos meses. Ahora le echan la culpa a Donald Trump de la crisis humanitaria, como si nadie recordara que siempre negaron que en el país hubiera hambre y escasez. La revolución es una quimera cada vez más frágil.

En el otro país, en el mapa que el gobierno ya no sabe leer, los noticieros van a los buses y la urgencia se expresa de otras maneras. Un tuit de Laura Helena Castillo lo resume perfectamente: “Si ganas salario mínimo integral, el ingreso completo de dos días de trabajo equivale a 420 gramos de queso blanco”. Ese es el límite de la fantasía oficial. Pueden prohibir el odio, pero no pueden prohibir el hambre. Entre la ley y el queso blanco, la Constituyente es una ilusión desechable.

La revolución en el ventilador; por Alberto Barrera Tyszka

Ahí la puso, nuevamente, esta semana, la Fiscal Luisa Ortega Díaz. Lo que tanto temían, ocurrió. Todo el estiércol está en el aire. Y no es fácil sortear la situación. No es tan sencillo pasar agachadito debajo de cien millones de dólares, por ejemplo. Si alguien, medianamente sensato, todavía tiene alguna pregunta sobre la naturaleza

Por Alberto Barrera Tyszka | 27 de agosto, 2017
Fotografía de Esther Carolina Fernández

Fotografía de Esther Carolina Fernández

Ahí la puso, nuevamente, esta semana, la Fiscal Luisa Ortega Díaz. Lo que tanto temían, ocurrió. Todo el estiércol está en el aire. Y no es fácil sortear la situación. No es tan sencillo pasar agachadito debajo de cien millones de dólares, por ejemplo. Si alguien, medianamente sensato, todavía tiene alguna pregunta sobre la naturaleza del oficialismo, las denuncias realizadas por la Fiscal prometen desvanecer todas las dudas. Ya en España comenzaron a salir noticias sobre los negocios de algunos clanes bolivarianos. En México y Panamá las investigaciones están en marcha. Quizás pronto los rumores se conviertan en evidencias. Pero, ante los ojos del mundo, ya no solo queda claro que Maduro dirige un gobierno dictatorial, represivo, que ejerce ferozmente la violencia del Estado en contra de cualquier disidencia, sino que ahora también es evidente que es un gobierno escandalosamente corrupto, que se trata de una élite envilecida que se ha hecho millonaria manteniendo al pueblo en la miseria. El chavismo está podrido.

Pero justo en el momento cuando el oficialismo parece haber perdido toda legitimidad, aparece entonces el gobierno norteamericano con nuevas sanciones económicas y Donald Trump le da a Nicolás Maduro algo de oxígeno, aunque sea oxígeno discursivo. Ya salió el Canciller Arreaza exigiendo a la ONU tomar medidas, diciendo que el gobierno va a “proteger al pueblo” del bloqueo financiero de los Estados Unidos. Quienes quebraron al país, ya tienen una simple pero eficiente explicación que dar. Y no hay que subestimar la narrativa antiimperialista. Menos en este continente, tan maltratado por la política exterior de Estados Unidos; menos con un personaje como Trump en la Casa Blanca. El gobierno por fin tiene al gran enemigo que tan desesperadamente estaba buscando.

Ya no hay que hablar de la inflación sino de invasión. Ya no hay que enfrentar la escasez de alimentos y de medicinas, las denuncias de corrupción, las masacres en las cárceles, el problemas los presos políticos… Ahora hay que organizar ejercicios de campaña, jornadas de entrenamiento para defender a la patria. El gobierno que se ha militarizado de manera feroz y vertiginosa tiene, por fin, la oportunidad de justificar ese proceso. Tal vez la mayoría de la población venezolana no crea en esta farsa. Pero el gobierno, igual, la repetirá y la difundirá. Es combustible retórico. A los paranoicos les ha llegado un perseguidor visible. El oficialismo vuelve a tener un argumento. Es mejor hablar del imperialismo que de los testaferros y de las cuentas bancarias en Suiza.

¿Cuánto puede, realmente, durar este guion? No es fácil saberlo. Quizás no demasiado. La tragedia real del país devora rápidamente cualquier espejismo. Pero sin duda es un refuerzo para la mentalidad de “contexto de guerra” con la que se maneja el oficialismo. Todo esto solo alimenta la vocación totalitaria de la Constituyente. Tanto la autoproclamada “Comisión de la Verdad” como el proyecto de ley contra el odio son ahora los instrumentos perversos para terminar de enterrar la democracia en el país. El gobierno que ha hecho de la opacidad su metodología, que ha ocultado todas las estadísticas e invisibilizado el dinero público, pretende ahora decretar qué es verdad y qué es mentira en el país. El gobierno que convirtió el odio en una política de Estado pretende ahora crear una legislación para combatir el odio.

¿Quiénes se erigen como la nueva conciencia nacional? Los mismos que han hecho negocios durante todos estos años. Los mismos que no reconocen el voto popular. Los que detienen a estudiantes, los torturan, los encarcelan. Los mismos que son responsables de las masacres de Barlovento o de Puerto Ayacucho. Los que te pinchan el teléfono. Los que secuestran. Los que te desaparecen. Los que te despiden del trabajo si no te pones la camisa roja o si no votas por ellos. Los que aparecen en televisión y te llaman escuálido, golpista, apátrida, maricón. Los que te suspenden los viajes y los conciertos porque dijiste algo que no les gustó. Los que tienen empresas fantasmas en otros países. Los que te han robado miles de millones dólares. Ellos ahora van a juzgarte. Van a definir tu futuro.

Lo primero que habría que hacer en Venezuela es hablar del odio institucional. De la manera en que el chavismo se instaló en el Estado como si estuviera reconquistando su territorio, como si expulsara a un enemigo extranjero de su casa. Llegó con la idea de quedarse para siempre. Y, desde ese nuevo poder, comenzó a instrumentalizar el odio en todos los espacios. ¿Acaso ya olvidamos el primer símbolo comunicacional en las campañas de Chávez? El puño alzado, golpeando la mano abierta. ¿Qué era eso? ¿Puro cariño? ¿Ternurita de la buena?

Vicente Díaz señaló alguna vez que, pretendiendo eliminar la exclusión económica, el chavismo había creado una enorme y terrible exclusión política. Así fue. Y ahora, a su manera, aun con el control del poder, las consecuencias les llegan por donde menos esperaban: quien siembra exclusiones, cosecha escraches. Confieso que yo, en lo personal, me siento incómodo y rechazo cualquier situación de violencia. Sobre todo si involucra gente menor de edad o personas inocentes. Pero puedo entender que el escrache es en el fondo un estallido, una válvula de escape. Por eso mismo, también, quienes realizan estas acciones muchas veces se muestran algo descontrolados, nerviosos, más dispuestos a gritar cualquier cosa que a ordenar una frase coherente. Se trata de una catarsis defensiva. Con todos los riesgos que eso tiene. Es la reacción irracional ante tantos años de escrache oficial, ejercido días tras días, sin ninguna piedad, en contra de cualquiera. El odio no se regula con leyes. Es una dinámica. Un vínculo.

Cuando Diosdado Cabello habla de amor, ¿alguien le cree? Probablemente no. Probablemente, ni los suyos. Cuando Tarek Williams Saab invoca la justicia, ¿quién confía en él? Cuando Delcy Rodríguez menciona la verdad y el odio, ¿en qué pensamos los venezolanos? Nos roban millones de dólares, nos golpean, nos encarcelan… ¿y encima quieren que los amemos? Ni de vaina. Nosotros lo sabemos: la ley contra el odio es una ley para censurar, para reprimir a los ciudadanos y para proteger a los corruptos. La revolución sigue estando en el ventilador.

La tragedia y la esperanza; por Alberto Barrera Tyszka

Enfrentar a unos políticos cínicos e inescrupulosos es tan difícil y arriesgado como oponerse a un comando de la Guardia Nacional en cualquier manifestación. Eso que llamamos resistencia no es una acción que solo puede darse en la calle, con escudos y con máscaras antigás. A veces, el poder de la mentira es tan aterrador

Por Alberto Barrera Tyszka | 20 de agosto, 2017
Fotografía de AVN

Fotografía de AVN

Enfrentar a unos políticos cínicos e inescrupulosos es tan difícil y arriesgado como oponerse a un comando de la Guardia Nacional en cualquier manifestación. Eso que llamamos resistencia no es una acción que solo puede darse en la calle, con escudos y con máscaras antigás. A veces, el poder de la mentira es tan aterrador como las balas. También producen muerte. Y desaliento, impotencia, rabia, desolación. Y frente a la violencia institucional que ejercen los poderosos es mucho más complicado resistir: ¿cómo combatir una farsa solemnemente estructurada?, ¿cómo pelear contra un engaño convertido en sistema, formalizado, distribuido sin pudor por todos los medios? Cuando Delcy Rodríguez mira hacia la cámara, altiva, soberbia, como si en realidad hubiera ganado una elección democrática; cuando desdobla una sonrisa sardónica y habla desde la arrogancia de los oligarcas, cuando se dirige a los diputados electos por el pueblo (que no cobran desde hace un año y han sido despojados de toda posibilidad de acción) y les dice que el parlamento no ha sido disuelto y que ellos deben seguir trabajando… ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer cuando Delcy Rodríguez se transforma en una bomba lacrimógena?

Chávez sabía mentir. Y, generalmente, lo hacía bien. Sus herederos conocen el método, tratan de seguirlo, pero son mucho más torpes, más evidentes. Les sale fácil lo fácil: la sorna, la burla, la ironía, el descaro. Pero son incapaces de convocar una esperanza, de comunicar con un mínimo de emoción algo que aunque sea parezca una verdad. Son demasiado obvios. En muy pocos días, sin ayuda de nadie, ellos solitos le han confirmado al país y al mundo que todo lo que prometieron con respecto a la Constituyente era una fantasía infantil, que lo único que realmente les interesa es terminar de apagar la democracia, que la Constituyente sólo sirve para tratar de legitimar la dictadura en Venezuela.

Desde que se instaló este nuevo “milagro”, según pregonaban los altos dirigentes del gobierno, ¿qué ha pasado?, ¿a qué se han dedicado los supuestos nuevos representantes del también supuesto poder popular originario?  El espectáculo ha sido grotesco, patético.  Desde Tibisay Lucena hasta Tarek Williams Saab, pasando por ese detalle que es Nicolasito, el Sin Par de Miraflores.

¿Para qué necesita el país una nueva Constitución? Para suspender, sustituir y perseguir a una Fiscal incómoda, con demasiada información sobre la millonaria corrupción del gobierno. ¿Para qué necesitan los pobres de Venezuela una nueva Constitución?  Para dejarlos sin candidatos por quien votar. Para inhabilitar y encarcelar a líderes de la oposición que puedan ganarle al oficialismo en futuras elecciones. ¿Para qué requiere nuestra sociedad un cambio en la Carta Magna? Para adelantar las elecciones que antes el mismo Consejo Nacional Electoral había retrasado de todas las maneras posibles. ¿Por qué necesitábamos con tanta premura esta Asamblea Constituyente? Porque el país precisa con urgencia una Comisión de la Verdad que premie la represión oficial y someta al país a un régimen de censura y control.

Desde que empezó la ANC, ¿cuántos niños han muerto por desnutrición en Venezuela? ¿Acaso algún funcionario del gobierno ha hablado de esto?

A Hugo Chávez siempre le encantó la contra ofensiva.  Lo repitió en varias oportunidades. Es algo que forma parte de la lógica de la guerra con la que Chávez, lamentablemente, envenenó la política nacional.  Soportaba los ataques, asumiendo que eran movimientos enemigos, para luego en una aparente jugada defensiva terminar agrediendo, conquistando más posiciones de poder. Así como actuó el oficialismo en el paro petrolero, así también actuó ahora en estos meses de protestas de 2017.  Esperaron sin importar la cantidad de muertos, sabiendo que al final podrían cobrarle toda esa sangre al adversario.  Es lo que están haciendo ahora. Es el momento de la contra ofensiva. La oportunidad para profundizar eso que ellos llaman pomposamente “la revolución”.

La estrategia implica una frialdad abrumadora. Una distancia criminal con la vida de los ciudadanos.  Y una apuesta delirante por la farsa. Por hacer de la mentira una definición de gobierno, una forma de vida.  De manera instantánea, el nuevo Fiscal descubrió que la Fiscal General de la República es corrupta, racista, conspiradora violenta y promotora de una invasión gringa.  De manera instantánea, el CNE destrabó todas las dificultas y problemas que interpuso para impedir el referendo y las elecciones y, de pronto, convocó un proceso exprés para el próximo mes de octubre. De manera instantánea… ¿Cómo desactivar un fraude que tiene como cómplices al gobierno, las instituciones y la Fuerza Armada Nacional?

La sociedad democrática venezolana, con sus debilidades y heterogeneidad, lleva años tratando de responder a esa pregunta. No es nada fácil.  Es muy desalentador lo que nos pasa como país. Después de cada dos décadas y una bonanza petrolera estamos peor que antes, en todos los sentidos. Nuestra pobreza es trágica. Y gracias a ella, muchos de los funcionarios del “gobierno de los pobres” se han hecho millonarios. Es trágico un país donde los hijos de una víctima de la violencia del Estado sean ahora quienes legitimen esa misma violencia del Estado. Es trágico un país donde la miseria crece, los hospitales no funcionan, los cuerpos de seguridad masacran a inocentes, hay ciudadanos desaparecidos y estudiantes presos por protestar. Es trágico que todo esto, además, se haga a nombre de la libertad y de la justicia.

En este escenario, ¿el tema de la participación en las elecciones regionales puede ser tratado como un dilema moral? No estamos ante una disyuntiva ética, no debatimos entre opciones más o menos virtuosas, más o menos valientes, más o menos honestas. La dirigencia política, si quiere seguir haciendo política, no tiene otra posibilidad. Está obligada a mantenerse unida y a dar la pelea en todos los espacios que puedan. Aguantar la contra ofensiva no es sencillo. El gobierno solo quiere contaminarnos con una enorme sensación de derrota. Ese es el primer objetivo de la Asamblea Nacional Constituyente. Que olvidemos que somos mayoría. Que pensemos que no sirve de nada ser mayoría. Que aceptemos que han ganado y que ya no importa, que no tenemos nada qué hacer.

Pero nosotros no podemos olvidar lo que ellos no olvidan: cada día son menos. Cada día menos gente los quiere, les cree. Dentro y fuera del país. Es una tendencia que no se ha detenido desde hace años. Un indicador que sigue creciendo. En el fondo, el chavismo pelea contra la historia. Actúan así porque saben que están rodeados.  Ahora la paranoia es su ideología.

La esperanza también puede ser un recurso natural renovable.

Escribir la historia; por Alberto Barrera Tyszka

“Cuando desperté nada podía hacer: seis revólveres me apuntaban a la cara. Abrí un ojo. Un vistazo soñoliento, brumoso, parcial. Podía ser una pesadilla. Fracciones de segundo para saber que estaba preso. Debía hacer algo. Seis revólveres.”  No es el testimonio de un estudiante detenido injustamente en algún prisión del interior del país. Pero podría

Por Alberto Barrera Tyszka | 23 de julio, 2017
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Fotografía de Leo Álvarez

“Cuando desperté nada podía hacer: seis revólveres me apuntaban a la cara. Abrí un ojo. Un vistazo soñoliento, brumoso, parcial. Podía ser una pesadilla. Fracciones de segundo para saber que estaba preso. Debía hacer algo. Seis revólveres.”

 No es el testimonio de un estudiante detenido injustamente en algún prisión del interior del país. Pero podría serlo. Tampoco es un fragmento de una carta de un preso político, llevado sin trámite legal y de madrugada desde su casa hasta El Helicoide. Las comillas con las que comienzo este domingo no fueron escritas en este tiempo y, sin embargo, dolorosamente, de pronto vuelven a formar parte de nuestro presente. Esas tres líneas con un hombre inocente frente a seis revólveres están en la primera página de una novela escrita por José Vicente Abreu en 1964.  “Se llamaba SN” es su título. Es un libro terrible y desolador, una denuncia sobre la brutal represión durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. SN era nombre del terror, las siglas designaban a la Seguridad Nacional.

Hoy en día no hay un solo cuerpo de destrucción, un solo nombre. Hoy está el SEBIN pero también está la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana, la milicia, los grupos paramilitares…Actúan sin temor, sin remordimiento, como si la violencia contra civiles que protestan fuera algo natural, como si la represión, la tortura y el asesinato formaran parte de una nueva normalidad.

Quienes invocaron el Caracazo para rebelarse en contra de los poderes establecidos, han terminado reproduciendo miles de Caracazos cada día. Han profesionalizado la ejecución institucional en contra de la población. Han hecho de la masacre no un evento esporádico sino un procedimiento legal; una rutina uniformada, con permiso para liquidar ciudadanos. El chavismo, en vez de combatir la represión, la ha sacralizado. La violencia militar en contra del pueblo es ahora un acto heroico. Atacar entre 7 u 8 a un estudiante, golpearlo con todo y donde sea, dispararle…merece un bono, una condecoración. Hay que entender que la represión que hemos visto y padecido durante todos estos largos días no es un acontecimiento aislado, no es una reacción repentina frente a la multitud indignada. Es un sistema. El mismo sistema que se aplica en las OLP o en la nómina de las empresas públicas.  El mismo procedimiento que aprobó el CNE y que define las bases comiciales para la elección de la Constituyente.  El Estado como arma de exclusión y aniquilamiento.

Pero hoy el discurso legitimador es mucho más potente, más delirante. Ahora el poder desarrolla y trata de imponer, con mucha más fuerza, su propia justificación. Las dictaduras militares que azotaron a Suramérica en el siglo XX trataron de excusar su violencia denunciando la amenaza comunista. El gobierno de Maduro invoca ahora la amenaza derechista. Pero actúa de la misma manera. El SEBIN y la Fuerza Armada funcionan con los mismos patrones de comportamiento que el crimen organizado. No tienen ningún control. Secuestran ciudadanos. Los desaparecen dentro de los túneles de las fortalezas oficiales. Se mueven al margen de la ley. Y acumulan muertos.  Imponen una justicia propia, sin respetar a los tribunales civiles. Y llenan las cárceles de presos políticos…Y siguen repitiendo que todo lo hacen por la paz, por el futuro, por el progreso, por el amor al pueblo y a la patria. También así hablaba Pinochet. Eso mismo también dijo Videla.

El discurso oficial es otra versión de las mismas prácticas represivas del Estado. Es una bomba lacrimógena o una ráfaga de perdigones sobre el orgullo, sobre el derecho a protestar, sobre el ánimo, sobre el sentido común.  Te disparan pero, además, te llaman asesino. Te golpean pero, encima, te acusan de golpista. Todo tiene que ver con la misma estructura. El discurso también forma parte del mismo sistema de producción de muerte. Existe para confundir, para desesperar, para generar sensación de impotencia, rabia, locura. Cada palabra y cada pausa, cada cita y cada omisión, tienen un espacio y una función en la maquinaria. No es azaroso el silencio selectivo que practica con demasiada frecuencia el Defensor del Pueblo, por ejemplo. Es otra versión de la violencia. Una forma de tratar de darle un nuevo orden al caos.

Cuando Nicolás Maduro dice que la Constituyente traerá la paz y el reencuentro de todos los venezolanos, lo único que hace es bailar nuevamente sobre los muertos. Cuando asegura que la Constituyente es un milagro, que relanzará la economía, que nos dará una nueva identidad, no está en el fondo diciendo nada. Solo trata de distraer. Habla para evitar decir. Y, mientras tanto, en alguna oscura celda, hoy como ayer, una mano tal vez raya unas líneas sobre un papel y escribe la verdadera historia del país: “Cuando desperté nada podía hacer. Seis revólveres me apuntaban a la cara”.

Tal día como hoy; por Alberto Barrera Tyszka

  Puedes pronunciar tu nombre.  Porque votar es también un acto de lenguaje. Una forma de nombrarnos. De decir quiénes somos. Uno a uno. Es una manera de hacernos visibles. De deletrear nuestras miradas y nuestras pieles, los colores que somos, la historia que vamos viviendo, lo que nos gusta, lo que nos duele, lo

Por Alberto Barrera Tyszka | 16 de julio, 2017

 

Fotografía de Diego Vallenilla, tomada durante la recolección de firmas en Bello Monte, Caracas, para el referendo revocatorio.

Fotografía de Diego Vallenilla, tomada durante la recolección de firmas en Bello Monte, Caracas, para el referendo revocatorio.

Puedes pronunciar tu nombre.  Porque votar es también un acto de lenguaje. Una forma de nombrarnos. De decir quiénes somos. Uno a uno. Es una manera de hacernos visibles. De deletrear nuestras miradas y nuestras pieles, los colores que somos, la historia que vamos viviendo, lo que nos gusta, lo que nos duele, lo que deseamos, lo que ya no podemos tolerar. Tal día como hoy tenemos la oportunidad de decir todo lo que quieren que callemos.

Porque el proyecto de la Constituyente es el proyecto del silencio. Es un programa para acallar todas las voces que no sean el sonido oficial.  El oficialismo no quiere debates. No quiere disidencia. No quiere poderes independiente. Ya no quiere ni siquiera votos distintos. Menos ahora que la Fiscalía amenaza con sacar a flote las verdades de la corrupción. El que menos puja tiene una suegra con 42 millones de dólares en tres bancos de Suiza. Prometieron detener y encarcelar a los corruptos y han terminado deteniendo y encarcelando a estudiantes, a periodistas, a líderes sociales, a cualquier que se ponga de pie y pretenda quejarse y protestar. Para eso también existe este domingo. Para votar en contra de los enchufados. Para evitar quedarnos definitivamente mudos.

Tal día como hoy podemos decirle a Tibisay Lucena mentirosa. Sí. Tres veces sí. Tres veces mentirosa. Embaucadora. Tramposa. Hiciste lo imposible por impedir el Referendo Revocatorio. Violando la Constitución, apagaste la elecciones regionales. Pero cuando el gobierno te lo indicó saliste corriendo a organizar y legitimar la Constituyente del Partido.  Y, como si todo esto no fuera suficiente, propones para este mismo domingo un simulacro oficial.  No se puede ser tan infantil y tan evidente. No se puede traicionar de manera tan impúdica a las mayorías del país. Tal día como hoy podemos decirle todo esto al CNE. Con un voto. Sólo con eso.

Llevamos más de tres meses observando cómo actúa el bolivarianismo salvaje. Todos hemos visto demasiados videos aterradores. Hemos leído y escuchado testimonios estremecedores. En la historia reciente, como país, nunca antes tuvimos tantas ganas de llorar, tantos días llenos de crueldad y también de mucha cobardía.  Los 7 u 8 tipos que acosaron y golpearon brutalmente a Gyanny Scovino en Lecherías, por citar un ejemplo reciente, son fundamentalmente unos cobardes. Lo hemos visto repetidamente. Caen en bandada, en cayapa, entre varios y por todos lados, sacuden y apalean a ciudadanos indefensos. Les dan con todo. Sin respeto. Sin piedad. Hasta el asco. Ninguno de esos asaltantes debería llevar uniforme. Ningún debería ser considerado un “soldado de la patria”.  Tal día como hoy podemos decírselo. Tal día como hoy podemos gritarle todo esto al Ministro Padrino López.  Podemos demostrarle que, a pesar de todas sus bombas lacrimógenas, seguimos creyendo en la democracia. Este domingo tenemos el chance de convertir la rabia en voto.

Conatel intentó lo imposible: quitarnos el lenguaje. Es otra muestra más del Estado histérico: ahora también están persiguiendo palabras. El gobierno lleva ya demasiado tiempo empeñado en desconocer al pueblo.  Ha desconocido sus realidades. Ha declarado que en Venezuela no hay hambre, que nadie pasa necesidad, que los hospitales funcionan, que hay seguridad y bienestar, que somos como Alemania pero en el trópico. El gobierno ha dicho que todas tus angustias solo son una ficción mediática. Una manipulación de la derecha internacional. Otro exceso de la oposición. Nicolás Maduro se ha reído de la pobreza. Han bailado sobre el dolor y sobre la muerte. Como si no les perteneciera. Ellos solos se salieron del mapa. No reconocen la existencia de otros que no sean ellos. Y ellos cada vez son menos. Su idea de país se reduce a la velocidad del vértigo.

Ningún pequeño funcionario puede venirnos a decir cómo se llama este domingo. Tal día como hoy puedes decir y repetir que esto es una consulta popular, que todos somos pueblo y que todos debemos ser consultados. Nuestro voto le da nombre al país. Este puede ser un domingo de una rebeldía imbatible. Hoy tenemos una oportunidad casi única. Tal día como hoy, participativos y protagónicos, diversos y libres,  podemos salir a firmar entre todos una nueva carta de independencia.

La crueldad; por Alberto Barrera Tyszka

Ahora pareciera que cada noticia necesita una ambulancia. No es posible ver y escuchar lo que ocurre y no dar un alarido. Cada vez tenemos más sangre que palabras. El gobierno ha terminado convirtiendo la violencia en su único espectáculo. El chavismo pasará a la historia como el poder que disfrutó ejerciendo el terror. Frente

Por Alberto Barrera Tyszka | 2 de julio, 2017
Fotografía de EFE

Fotografía de EFE

Ahora pareciera que cada noticia necesita una ambulancia. No es posible ver y escuchar lo que ocurre y no dar un alarido. Cada vez tenemos más sangre que palabras. El gobierno ha terminado convirtiendo la violencia en su único espectáculo. El chavismo pasará a la historia como el poder que disfrutó ejerciendo el terror.

Frente a la simple idea de estar cada vez más obligados a negociar, el oficialismo reacciona con una saña todavía mayor: la represión con cinismo, la violencia celebrada, la brutalidad como goce. Solo así puede explicarse el infierno sistematizado que estamos viviendo y viendo día a día en el país. Las detenciones arbitrarias, el robo a los manifestantes, las golpizas salvajes y en cayapa a cualquiera que se descuide sobre la calle, los juicios express y las condenas por traición a la patria, los traslados a los distintos reclusorios, las torturas, los asesinatos… no es una “violencia desmedida”. Por desgracia es todo lo contrario: es una violencia perfectamente medida, administrada con rigor, ordenada y ejecutada militantemente. Los excesos de los uniformados no son un desorden. Son un orden. Una orden.

Pero, luego, la violencia permanece y adquiere otra forma terrible: se convierte en humor, en festejo, en placer. Creo que nunca antes en el país, al menos en la historia política del siglo XX, tuvimos un gobierno que celebrara de esta manera la muerte. El oficialismo ha logrado alcanzar un grado de delirio inconmensurable. Promueve que perseguir, detener, saquear, golpear, torturar o matar estudiantes, es una virtud. Cuando Maduro condecora al Coronel Lugo está, en el fondo, practicando un rito fúnebre. Es un acto que no solo permite sino que además honra la violencia sobre la ciudadanía, que enaltece los golpes sobre la experiencia de la democracia. Es otra manera de bailar delante de los cadáveres. Es otra forma de decir “no me importa nada”.

Esta es la única oferta que hoy el chavismo le hace al país: la crueldad. Este es su programa político. Se deleitan con el dolor ajeno. Demuestran que el país, en el fondo, no les duele. Que el afecto no es su problema. Que son capaces de ejecutar a cualquiera sin remordimientos. Eso hacen con la Fiscal, con Roberto Picón, con todos los detenidos, con quienes salgan a manifestar… Siguiendo la misma lógica bélica, los cuerpos de seguridad también se comportan como un ejército en territorio enemigo, extranjero. Vienen a saquear y a liquidar, tienen que arrasar con todo. Por eso son crueles y celebran su crueldad. La expone. La muestran con orgullo. No solo creen que es necesaria. Piensan incluso que es buena, noble. Por eso premian sus propios crímenes.

Después de casi 20 años, por desgracia hemos encontrado el gran logro de la revolución: la crueldad. El hombre nuevo es un refrito de lo peor del hombre viejo. El hombre nuevo es un delincuente con carnet. El hombre nuevo es un asesino con charreteras. El hombre nuevo no se conmueve con nada. Disfruta el dolor de los otros. Cree que el sadismo también es bolivariano. Se ríe de todo lo que pasa. Nunca pregunta. Dispara primero y, después, vuelve a disparar.

¿De qué hablamos cuando hablamos de dialogar?; por Alberto Barrera Tyszka

A esta altura de los tiempos, que es lo mismo que decir a esta altura de los muertos, o a esta altura de los perdigones y de los gasecitos, a esta altura de los presos y de los injustamente detenidos, ¿se puede acaso dialogar con el gobierno? En estas circunstancias, asediados con la misma violencia

Por Alberto Barrera Tyszka | 25 de junio, 2017
El presidente Nicolás Maduro dirige el acto para conmemorar el día de la Batalla de Carabobo. Fotografía de Cristian Hernández para EFE

El presidente Nicolás Maduro en el acto para conmemorar el día de la Batalla de Carabobo. Fotografía de Cristian Hernández para EFE

A esta altura de los tiempos, que es lo mismo que decir a esta altura de los muertos, o a esta altura de los perdigones y de los gasecitos, a esta altura de los presos y de los injustamente detenidos, ¿se puede acaso dialogar con el gobierno? En estas circunstancias, asediados con la misma violencia por los militares y por la inflación, negados o humillados por el discurso oficial, ¿es posible sentarse a hablar con el verdugo? ¿Cómo? ¿De qué manera?

No es fácil. Las palabras también tienen geografías particulares. La palabra diálogo tiene su propia tradición en Venezuela. Es parte de una historia reciente pero muy sonora y dolorosa. Aquí, la palabra diálogo no viaja sola. Uno la escucha y de pronto puede pensar en el Ministro Néstor Reverol, siempre conversando consigo mismo, culpando a otros de las muertes que producen día a día sus soldados. Uno ve escrita la palabra diálogo en un titular y puede recordar a Tibisay Lucena dialogando pausadamente para paralizar el calendario electoral del año pasado. O puede recordar también a todos los altos jerarcas del oficialismo diciendo y repitiendo que la crisis humanitaria es mentira, que no hay hambre, que las medicinas sobran, que el país es un paraíso extraordinario, perturbado tan solo por la derecha golpista y blablablá. Uno oye la palabra diálogo y siente que cruje la miopía, que el aliento raspa, que tal vez haya dolor nuevo en el futuro.

¿De qué hablamos cuando hablamos de dialogar? Porque el diálogo no es una simple instancia de trabajo. No es solo un instrumento para la resolución de conflictos. También es una puesta en escena, una acción comunicativa. Es un espacio de significación dentro del mismo conflicto. Es un mensaje que puede ser muy útil a un gobierno que ha practicado un perverso doble juego: mientras asesina, invoca a la paz. Lo que se debate en el fondo es cómo se reparten las culpas de la violencia. El oficialismo, en todos sus frentes y de todas las maneras posibles, ha insistido en responsabilizar a la oposición de todos los daños. Incluso ante evidencias palpables, los ministros y funcionarios han mentido descaradamente. Su fanatismo es oportuno. Siempre los salva.

Pero a medida que nos vayamos acercando al 30 de julio, posiblemente el fantasma del diálogo aparecerá cada vez con más urgencia. Ya, esta semana, después de la reunión de la OEA, tan llena de espectáculos y tan carente de soluciones políticas, un grupo de países liderados por Estados Unidos se ha propuesto trabajar para “facilitar el diálogo” en Venezuela. También el Vaticano, no faltaba más, invoca el diálogo. Y José Luis Rodríguez Zapatero, por supuesto, después de pasear por los pasillos de Ramo Verde, también alude al diálogo. ¿Quién se va a poner en contra? En medio de la trágica situación que vivimos, rechazar el diálogo es algo más que ser un aguafiestas. Es casi una inmoralidad. Y sin embargo, la tradición de la palabra insiste, la sensatez y la honestidad se siguen preguntando ¿cómo? ¿Para qué?

Tomemos por ejemplo lo que dijo Maduro ayer en la celebración de los 196 años de la Batalla de Carabobo: “La Fuerza Armada Nacional Bolivariana debe estar de frente contra la oligarquía y el antiimperialismo y el injerencismo. Estamos en rebelión”. Pasemos por alto el evidente tropiezo de neuronas y papilas gustativas que lo llevó a decir “antiimperialismo” en vez de decir “imperialismo”. El sentido central de la frase es lo que importa: la rebelión no está en la calle sino en los soldados, quienes deben enfrentar con todo a los oligarcas descamisados, a los miles de imperialistas desarmados. Otra cita: “Estamos obligados a mantener las instituciones y la Constitución operativas, sirviendo al pueblo, es nuestro deber”. Y por eso mismo, precisamente, es que, sin consulta y con unas bases comiciales fraudulentas, pretenden cambiar la Constitución. Por eso mismo, están tratando de cercar y sabotear a la Fiscalía General de la República. ¿Tiene sentido dialogar con alguien que habla así, que dice esto?

Peor aún: en realidad, el nombramiento del General Benavides como Jefe de Gobierno del Distrito Capital dice mucho más que todas las alocuciones y declaraciones oficiales. Esta designación solo tiene una lectura posible. A Nicolás Maduro no le importa la política. No le interesa. Prefiere las balas. Nuevamente, le deja el gobierno a los uniformados ¿Cómo se conversa con alguien que piensa de esta forma?

Obviamente, es necesario concertar. La única salida que tiene el país pasa, sin duda, por una negociación. Pero cualquier negociación pasa, también, por un cambio en los parámetros mismos de la comunicación, en las expresiones y en los códigos a la hora de resolver los conflictos en todos los espacios. Ahora, en este país, no se puede volver a hablar en términos de diálogo. Quienes, desde afuera, pretendan ayudarnos deben entender que antes que un mediador― necesitamos un traductor. Aquí no hablamos el mismo lenguaje.

En el idioma oficial la palabra diálogo significa otra cosa. Es una trampa. Una emboscada. La retórica gubernamental está dirigida a normalizar la muerte. Su destino es invisibilizar al pueblo. Existe para desmovilizarnos, para paralizarnos, para saquear cotidianamente cualquier esperanza. Resistir también es reinventar los lenguajes. Lo que hicieron esta semana los estudiantes de Mérida es un excelente ejemplo. Luchar es nombrar de nuevo. De otra manera.

Un retrato violento; por Alberto Barrera Tyszka

Luisa Ortega Díaz los tiene locos. Las respuestas del oficialismo solo han logrado demostrar, de manera rápida y bastante obvia, que las denuncias de la Fiscal son ciertas. Las reacciones del poder han sido tan importantes como las propias actuaciones y declaraciones del Ministerio Público. Ellos solitos, de forma instantánea, sin mediar ningún tipo de

Por Alberto Barrera Tyszka | 18 de junio, 2017

Fotografía del Twitter de Pedro Carreño

Luisa Ortega Díaz los tiene locos. Las respuestas del oficialismo solo han logrado demostrar, de manera rápida y bastante obvia, que las denuncias de la Fiscal son ciertas. Las reacciones del poder han sido tan importantes como las propias actuaciones y declaraciones del Ministerio Público. Ellos solitos, de forma instantánea, sin mediar ningún tipo de discernimiento, se han delatado, han hecho evidente que la democracia no les interesa, que no creen en la independencia de las instituciones, que su plan es quedarse en el gobierno para siempre. El madurismo ha resultado el cóctel político más letal de toda nuestra historia. Combina lo peor de nuestro presente con lo peor de nuestro pasado. No solo ejerce la violencia del Estado en todas las direcciones sino que, además, la premia, la glorifica.

De un día para otro, la Fiscal General de la República pasó a ser el enemigo público número 1 de los poderosos. Esa élite, esos privilegiados que pueden adquirir dólares baratos, que consiguen comida y medicinas, que tienen escoltas y pasaportes; esa minoría que ya no quiere contarse, ahora acaba de decretar que Luisa Ortega Díaz es “indigna”, “fascista”, “corrupta”, “traidora”, “jefa de la oposición”… y que además está loca (“insanía mental”, según Pedro Carreño), es cómplice de todo lo que ocurra (“anima la violencia”, según Jorge Rodríguez), y por lo tanto es responsable de todas los homicidios que se produzcan en las manifestaciones (según Tarek El Aissami). Casi todos los altos líderes de la casta se han pronunciado. Diosdado Cabello ya afirmó que “la Fiscalía no es un poder” y sugirió una purga futura, amenazando con “revisar” el Ministerio Público con detalle. “Uno a uno”.    

Mientras en Telesur, una abogada constitucionalista, supuesta experta en el tema, afirma que el TSJ debería abrir una investigación por “falta de ética” en contra de la Fiscal, el oficialismo introduce en el mismo máximo tribunal una petición de antejuicio de mérito y la solicitud para prohibir la salida del país de Luisa Ortega Díaz. Si alguna persona, de dentro o de fuera, tenía alguna duda sobre cómo el madurismo ejerce el poder en Venezuela, la forma en cómo se ha actuado en contra de la Fiscal es una confesión contundente. Una prueba irrefutable de una legalidad secuestrada, de un sistema que no es confiable. Sin darse cuenta, la reacción de la dirigencia oficialista en contra de la Fiscal le ofrece al país un subtexto muy claro: toda la institucionalidad es una estafa. El mensaje es nítido: la legalidad no importa. O haces lo que yo digo, o te jodo.

La foto de Pedro Carreño frente a Mikel Moreno es un testimonio para la historia. Todo forma parte de una secuencia, filmada en video, retratada para su publicación. Es una puesta en escena. Los dos posan, sin demasiada gracia, como niños en la escuela, unidos por un diploma. Ninguno parece tener mucho entusiasmo. Solo están tratando de otorgarle solemnidad a una pillería. Y ambos lo saben. Pero necesitan que el disimulo continúe. Ni siquiera se están viendo fijamente. Hay algo esquivo en sus posturas, en sus miradas. Sus cuerpos se juntan en un documento insostenible. Es el retrato de una mafia que pretende ser legítima, que aspira a sobrevivir a su propia historia delictiva. En vez de disfrazarse de pistoleros, se disfrazan de diputados y de jueces. Curiosamente, desde el fondo, el retrato de Bolívar parece sonreír de medio lado. Su imagen cruza entre ambos, saboteando el instante.

En todas estas respuestas ante la actuación de la Fiscal General, se va conformando un argumento para rechazar más aún el proyecto de la Constituyente. Aquí están. Míralos. Escúchalos. Estos son los que pretenden cambiar el marco legal del país. Estos son los que supuestamente defienden la independencia e invocan el respeto a la diversidad. Estos son lo que hablan de imparcialidad. Estos son los que critican el sesgo en las instituciones. En ellos debemos creer.

Tanto que mencionan a Chávez y, tal vez, ahora vale la pena recordarles estas palabras: “Hoy tenemos una gran concentración del poder porque unas cúpulas se fueron adueñando del poder judicial y del legislativo y lo manipulan y lo usan a su antojo. Y lo mismo ocurrió con la Fiscalía, con la Contraloría. En Venezuela lo que ha funcionado no es una democracia sino una tiranía de pequeñas cúpulas partidistas, sectores horrorosamente corrompidos que destrozaron a Venezuela”. Lo dijo en Cartagena, en mayo de 1999. Pero la frase calza perfectamente en el momento actual, con el gobierno de Nicolás Maduro. Con su proyecto constituyente. Podría ser la leyenda perfecta para la imagen de Carreño y Moreno. No es el registro de un acto legal. Todo lo contrario. Es en verdad una advertencia, una intimidación. Es un retrato violento. La legalidad como amenaza.

Un electrón libre; por Alberto Barrera Tyszka

La imagen se cuela debajo de tus ojos. No sabes cuándo la viste. ¿Fue esta mañana, en un tuit, después de cepillarte los dientes? ¿Te la mandó tu hermana por teléfono? ¿O la imaginaste con brutal nitidez cuando, al final de la tarde, la comentaron en la radio? La imagen sigue ahí. Tras tus párpados.

Por Alberto Barrera Tyszka | 4 de junio, 2017
Fotografía de Marco Bello para REUTERS

Fotografía de Marco Bello para REUTERS

La imagen se cuela debajo de tus ojos. No sabes cuándo la viste. ¿Fue esta mañana, en un tuit, después de cepillarte los dientes? ¿Te la mandó tu hermana por teléfono? ¿O la imaginaste con brutal nitidez cuando, al final de la tarde, la comentaron en la radio? La imagen sigue ahí. Tras tus párpados. Titilando. Aún a las doce de la noche. Es la espalda de un muchacho que no llega a los 20 años. Está llena de hoyos. Disparos. Alrededor de cada agujero la piel se levanta. Parece un retrato de ciencia ficción. Cuando despiertas en la mañana, la imagen sigue ahí. Se ha mudado dentro de ti. Y duele. Y se queja. Y cruje. Y tú sientes ese dolor, ese ay, ese crujido. Tú sientes la impotencia, la rabia, el ácido. Cómo arden las lágrimas antes de salir.

Todos los muertos, todos los heridos, todos los detenidos, son nuestros huéspedes.

Viven en nosotros. Siguen moviéndose dentro de nuestro cuerpo. Inquietos. Preguntan. Protestan. No pueden descansar. No conocen la paz. Siguen diciendo sus nombre. Tercos, testarudos. Son la memoria de la vida en contra de toda la publicidad oficial, en contra de toda la propaganda que diariamente distribuye el poder.

¿Qué suena más? ¿Una cadena o el nombre de César Pereira, de Paola Ramírez o de Juan Pernalete? ¿Qué vale más? ¿Qué tiene más rating? ¿Un programa pagado en la televisión de los poderosos o todos los gritos y los llantos que repican noche a noche en los barrios populares?

Llevamos más de 60 días de violencia. El Estado actúa como si el pueblo fuera un enemigo. Como si su derecho a manifestarse no fuera legítimo. Basta ver lo ocurrido esta semana en La Vega o en El Valle. Ahora el oficialismo piensa que la democracia participativa y protagónica es una conspiración. Por eso necesitan la Constituyente. Están buscando un nuevo marco legal que les permita traicionarse sin pudor. Necesitan una nueva Constitución para prohibir al pueblo.

El oficialismo continúa igual. No está dispuesto a cambiar nada. La única oferta del gobierno es la simulación. Te propongo aparentar que este método electoral es democrático. Te propongo aparentar que, después de la Asamblea Nacional Constituyente, tendremos un referendo consultivo. Te propongo aparentar que aquí no pasa nada, que la solución es el diálogo. Pero mientras tanto, no se ahorra una sola bala. Sigue disparando. Día a día. Cada vez con más saña. Llevamos más de 60 muertos en este tránsito. El Estado actúa como si estuviera de cacería.

Esta semana, en una entrevista a la agencia EFE, Antonio Benavides Torres, Mayor General de la Guardia Nacional Bolivariana, declaró que el comportamiento de sus soldados durante todo este tiempo ha sido “muy profesional e impecable”. No ha visto él nada de lo que tanto denuncian. No tienes bajo sus ojos las imágenes que la mayoría de los venezolanos tenemos. El Mayor General Benavides Torres está tranquilo, satisfecho. Piensa que todo es culpa de la oposición. Cree que las multitudes en las calles responden a una sola vocación, a un plan de “golpe suave”, dictado por una manual extranjero.

Escuchas a Benavides Torres y algo tiembla tras tus pupilas. Sientes que se quema un grito entre las cuerdas vocales. Recuerdas el rostro ensangrentado y desfigurado del obrero que recibió una bomba lacrimógena. Ves de nuevo, sobre la pantalla de la memoria, los demasiados videos donde soldados golpean, abusan, roban, detienen… entre varios e impunemente a cualquier ciudadano. Aquí hay un país indignado, desesperado, que ya no sabe cómo estallar. Pero el Mayor General Benavides Torres no se entera. Ni se inmuta. Apenas reconoce que, quizás, “uno o dos” funcionarios pueden haber cometido algún “exceso”. Nada más. Y, además, los considera una excepción, un “electrón libre” en medio la combustión que existe.

Un electrón libre es un átomo o una molécula que anda por la libre, que se desprende de la estructura a la que pertenece y actúa un poco por su cuenta. Así explica y resuelve Benavides Torres todo lo que ocurre. Así define lo que te duele, lo que no te deja dormir, las ganas de llorar que te esperan apenas despiertas cada mañana.

No es cierto. Un electrón libre es una fantasía mediocre. Una ofensa. La mayoría de los venezolanos hemos visto, vivido o padecido los excesos de la represión militar. Su violencia no es una excepción. Es una orden. Es un método. Es un plan. Es un proyecto de sumisión, de muerte. Nadie puede venir ahora a maquillar esta historia. Es imposible contarnos otra versión. Vive aquí adentro. Aquí se mueve. Nosotros somos todos nuestros heridos, nuestros detenidos; todos nuestros muertos.

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Los sonidos del futuro; por Alberto Barrera Tyszka

¿Cuál es la razón, cuál es el verdadero motivo? ¿Alguien sabe realmente por qué lo hizo? ¿Porque desde niño, por ejemplo, siempre anheló ser Richard Clayderman y ahora por fin logra cumplir su sueño? ¿Porque se cansó de bailar salsa? ¿O porque es un cretino atómico y piensa que el país entero ansía verlo martillando

Por Alberto Barrera Tyszka | 28 de mayo, 2017

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¿Cuál es la razón, cuál es el verdadero motivo? ¿Alguien sabe realmente por qué lo hizo? ¿Porque desde niño, por ejemplo, siempre anheló ser Richard Clayderman y ahora por fin logra cumplir su sueño? ¿Porque se cansó de bailar salsa? ¿O porque es un cretino atómico y piensa que el país entero ansía verlo martillando un piano? ¿Porque realmente cree que sabe tocar y no tiene ni un gramo de miedo escénico? ¿Porque un asesor cubano dijo que un mini recital de ese tipo deprimiría a la oposición? ¿O quizás porque quiere impresionar y reconquistar a Gustavo Dudamel? ¿O porque quiere que –de cualquier manera y en cualquier tono- hablen sobre él? ¿Porque tal vez desea mostrarle al país que, además de no tener carisma ni popularidad, tampoco tiene oído? ¿Porque anda en modo romántico y –tan cuchi– Cilia se lo pidió? ¿Porque maltratar un piano es una acción revolucionaria? ¿Porque no tiene absolutamente nada más ni mejor qué hacer?

Cualquier especulación es válida. Incluso la más incoherente, las más absurda. En la locura del oficialismo ya todo cabe. Voy a aventurar una teoría que probablemente no sea cierta pero que, al menos, me sirve para mudar un poco la esquina de este domingo. Yo creo que Ernesto Villegas, en otro arranque de honestidad periodística y de sagacidad comunicacional, ideó ese momento de inspiración musical para tratar de desviar la atención pública, para robarle interés y cámara a la Fiscal Luisa Ortega Díaz.  Esta semana, ella es nuevamente una noticia incómoda. Ya no saben qué hacer para callarla. Para la revolución, no hay nada más subversivo que un ciudadano independiente.

Es probable que, en su interior, Luisa Ortega Díaz simpatice aun con el chavismo. O al menos con algunos ideales e ilusiones que Chávez propuso a finales del siglo pasado. Es probable, por ejemplo, que personalmente Luisa Ortega Díaz se sienta mucho más cerca de Mari Pili Hernández que de María Corina Machado.  Y es natural y saludable que sea así. Y tiene además todo el derecho de sentirse de ese modo.  Pero la diferencia está en que ahora nada de eso define la actuación de la Fiscal General de la República.  Desde la institucionalidad, de pronto, Luisa Ortega Díaz le ha regresado al país la posibilidad de la verdad.

El trabajo de la Fiscalía ante la violencia que nos está sacudiendo es una hazaña sin precedentes en los últimos años. Sin ninguna alharaca, sin anuncios rimbombantes ni promesas grandilocuentes, sin otra pretensión que la de cumplir cabalmente con su deber, la Fiscalía está ofreciendo una alternativa ante la versión hegemónica que impone el poder, ante el mareo desaforado que produce la polarización. El caso del asesinato de Juan Pernalete no puede ser más emblemático. Sin proponérselo, tan solo tratando de hacer bien lo que toca, la Fiscalía desnuda otro crimen: el engaño de los poderosos, la calumnia y la difamación con que la que el gobierno distorsiona la realidad y manipula mediáticamente lo sucedido.

Una acción institucional que no se somete al control de las cúpulas, deja al descubierto todo el espectáculo de mentiras que construye la élite que domina al país.  Miente descaradamente el General Reverol cada vez que habla de la “violencia terrorista de la derecha”. Miente sin pudor Vladimir Padrino cuando oculta y niega la acción salvaje que ordenan ejercer a los soldados. Mienten groseramente Ernesto Villegas y Diosdado Cabello cuando deforman lo ocurrido y arman un caso falso para acusar de homicidio a 2 jóvenes inocentes. No lo digo yo. No lo dice la oposición. Lo dice el Poder Moral.

Basta con ver la reacción instantánea en contra de la Fiscal para constatar la idea que oficialismo tiene del Estado y de las instituciones.  Las últimas acciones de Luisa Ortega Díaz han servido también para –de manera involuntaria– mostrarle al país la irracionalidad con que funciona el gobierno.  No se han dado tiempo ni siquiera para construir un breve argumento. Han saltado, sin lógica y sin razones, a pedir la cabeza de la Fiscal, a descalificar, a acusar, a amenazar.  Y estos mismos enloquecidos, incapaces de respetar la autonomía de cualquier institución, son los que afirman que la Constitución del 99 ya no sirve, los que pretenden cambiar las leyes y reinventar un nuevo Estado.

Se acostumbraron a desacreditar fácilmente cualquier disidencia. Pero no pueden desautorizar las voces de la Fiscalía. Ahí están, esos son los sonidos del futuro. La diversidad política y la independencia institucional. El camino para reencontrarnos con una verdad común. Mientras, Nicolás Maduro frente al teclado representa el torpe ruido del pasado. El fracaso de un dictador que, después de ordenar que se reprima al pueblo, finge tocar piano en la inmensa soledad de un teatro vacío.

Tun tun; por Alberto Barrera Tyszka

De pronto, el oficialismo ha entrado en modo sensible. Después de pasar años cayapeando, sin pudor y sin piedad, a sus adversarios, a sus críticos, a cualquier forma de disidencia, ahora, de repente, resulta que recuerdan que hay derechos individuales, que el respeto es necesario, que los linchamientos no son saludables, que es muy feo

Por Alberto Barrera Tyszka | 21 de mayo, 2017
Fotografía de Maura Morandi

Fotografía de Maura Morandi

De pronto, el oficialismo ha entrado en modo sensible. Después de pasar años cayapeando, sin pudor y sin piedad, a sus adversarios, a sus críticos, a cualquier forma de disidencia, ahora, de repente, resulta que recuerdan que hay derechos individuales, que el respeto es necesario, que los linchamientos no son saludables, que es muy feo y peligroso carajear al prójimo.

Ahora recuerdo, por ejemplo, hace años, cuando una propaganda oficial, transmitida repetidamente por el canal del Estado, presentaba una secuencia de dibujos animados descalificando y agrediendo a Carlos Correa, activista de derechos humanos y especialista en temas de comunicación, mostrándolo como un corrupto. Ninguno de los que ahora alzan la mano y la voz, apelando a la conciencia, hizo lo mismo en aquel momento. Por el contrario, tal vez algunos de ellos fueron incluso cómplices de esa acción. Con la anécdota no pretendo justificar nada. Solo quiero señalar que –desgraciadamente– mucho de lo que ocurre solo es un síntoma. El chavismo se dedicó a construir y consolidar un nuevo sistema de exclusión. Ahora todos vivimos sus consecuencias.

Me temo que algunas de las reacciones –desbordadas o no– que comienzan a aparecer tienen que ver, también, con el sostenido intento oficial por negar lo que ocurre. El gobierno se enfrenta, cada vez más, a un límite físico: pretende hacer invisible aquello que, cada día, es más visible, está más presente, hace más ruido. Los oficialistas no quieren aceptar la crisis que vive el país. No reconocen el hambre, las dificultades, la trágica situación de la mayoría de los venezolanos. Tampoco admiten que hay gente, mucha gente, millones de personas, inconformes, protestando, exigiendo un cambio. Para ellos, la multitud que ayer llenó la autopista Francisco Fajardo en Caracas no existe. Estuvo ahí. Inmensa, multicolor, asombrosa. Se multiplicó en imágenes en el resto del país y en el exterior. Pero el oficialismo ha decretado que no fue así, que lo que todo el mundo ve nunca aconteció. El gobierno actúa como si el pueblo fuera un espejismo.

Aun frente a la foto de la descomunal concentración, podrá salir el General Reverol a hablarnos nuevamente de los grupúsculos violentos de la derecha terrorista. Y Nicolás Maduro podrá colgar nuevamente en Youtube otro sensacional video del interior de su carro, con Cilita, Ernestico y Carmencita, todos felices, rumbo a la autopista, a donde de seguro los espera un nutrido grupo de vecinos que quieren conversar con ellos. Y en los periódicos y en los portales, seguirán escribiendo los Hernández Montoya de turno, hablando como si solo hubiera seis mercenarios sifrinos e imperialistas en la calle. Como si los quirófanos del hospital Vargas estuvieran funcionando. Como si el cartón de huevos no valiera doce mil bolívares. Como si la represión fuera legítima.

Y todavía, después de todo lo que ha pasado, con todos los muertos y la cantidad de heridos y de detenidos, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello podrán también aparecer en sus sendos programas televisivos, uno con diván, otro con garrote, y repetir sus verdades, la certeza de que aquí no pasa nada. Estamos en paz, dirá Rodríguez. Prepárense, dirá Diosdado. Aquí no pasa nada, repetirá Rodríguez, mientras Diosdado tal vez vuelva a advertirnos que por ahí está el SEBIN, que cualquier noche pueden tocar a tu puerta.

Pasaron demasiados años disfrutando de un poder sin límites. Demasiados años agrediendo y humillando a los demás. Y todavía no entienden que Venezuela cambió. Todavía no entienden que no pueden seguir mintiendo con tanto descaro. Que no pueden continuar desconociendo a los otros. El chavismo se hunde en su propia sordera. No se da cuenta que está sonando el país: tun tun ¿quién es? Es la democracia, diputado Cabello. ¿A eso le tienen tanto miedo?

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¿Dónde está la esperanza?; por Alberto Barrera Tyszka

Ese tipo que ves ahí, serio, con traje y corbata,  sentado detrás de su escritorio, abriendo un maletín lleno de dólares y mostrándoselo a la mujer que tiene enfrente; ese tipo que sacó de esa manera 11 millones de dólares, billete sobre billete,  sin poner nunca una firma, sin recibir jamás una facturita,  ese tipo…es

Por Alberto Barrera Tyszka | 14 de mayo, 2017

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Ese tipo que ves ahí, serio, con traje y corbata,  sentado detrás de su escritorio, abriendo un maletín lleno de dólares y mostrándoselo a la mujer que tiene enfrente; ese tipo que sacó de esa manera 11 millones de dólares, billete sobre billete,  sin poner nunca una firma, sin recibir jamás una facturita,  ese tipo…es el mismo que un tiempo después, montado en una tarima, vestido de rojo, alzaba su puño y gritaba aguerridamente: “¡Vamos a combatir la vieja ética capitalista podrida de la corrupción administrativa, del tráfico de influencias!”  ¿En cuál de los dos se puede creer? ¿En el pillo que paga, en efectivo y a escondidas, millones de dólares a unos asesores de marketing político brasileños….o en líder que se declara en una cruzada en contra de la corrupción: “Es la batalla contra el capitalismo y sus antivalores, es la batalla contra los bandidos, los politiqueros de la derecha que destruyeron a este país durante años” ¿Cuál de los dos Nicolás Maduro es más real?

En sus pocos años de gobierno, Maduro ha ido perdiendo rápidamente sus disfraces. Esta semana, desde una cárcel de Brasil, donde enfrenta condenas por corrupción y soborno, Mónica Moura ha confesado que Maduro es un capo a lo grande. Que Antonini Wilson es Bambi al lado de nuestro Presidente.  Que, cuando estaba al frente de las relaciones exteriores, el entonces Canciller Maduro podía disponer, tranquilamente, de millones de dólares para pagar los servicios de ella y de su marido, Joao Santana, exitosos asesores en campañas electorales.  Así, de poquito en poquito, en fajas de 300, 500 u 800 mil dólares, les fue pagando humildemente su colaboración y su apoyo.  11 millones de dólares.  Estamos hablando del mismo tipo que hace chiste ante la noticia de un venezolano muerto por comer yuca amarga.

El Presidente obrero es una ficción publicitaria.  El verdadero Maduro tiene las manos manchadas con los dólares que le pertenecían a todos los venezolanos.  Cuando habla de la supuesta guerra económica no recuerda sus reuniones con Mónica Moura.  Y esto solo es una pestaña del iceberg. El oficialismo tiene una inmensa caja negra donde quizás, algún día, podamos encontrar algo del millón de millones de dólares de la bonanza petrolera.  Hacen falta muchas Mónicas Mouras, dispuestas u obligadas a confesar, para poder armar bien el análisis de la crisis económica venezolana. No solo se trata de un modelo fracasado. Se trata de un modelo genéticamente corrupto. Detrás de los quirófanos cerrados del Hospital Vargas, hay un maletín o una bolsa, una caja llena de dólares que algún alto funcionario rojo rojito se llevó.

Eso, también, es lo que busca tapar ahora la Constituyente.  El oficialismo no es solo una forma de suprimir la voluntad del pueblo, de eliminar la democracia. La Constituyente de Maduro es además un atentado en contra de la transparencia, un nuevo acto de corrupción.  Tanto hablar en contra del neoliberalismo y, finalmente, el chavismo terminó privatizándolo todo.  Han privatizado incluso los poderes públicos. Han privatizado a la Fuerza Armada Nacional. Han  convertido a los soldados en su ejército particular. Han puesto todo al servicio de esa nueva clase que llamamos “los enchufados”.  Y ahora, encima, quieren privatizar las elecciones.  Que solo voten los suyos. Los que dependen de ellos. Los que ellos financian. Pretende que la Asamblea de accionistas del PSUV sea el congreso de representantes del país.  La revolución convertida en una Compañía Anónima.

Están dispuestos a todo porque no quieren que todo se sepa. La Constituyente es una forma de imponer el silencio, la opacidad. No quieren un nuevo país que se asome a mirar y revisar lo que ha pasado en estos 18 años. Prefieren las balas, los muertos. Apuestan al desgaste, al cansancio de la gente. Calculan endilgarle luego los muertos a la oposición. Culpar a los otros de todo. A la hora de resistir, el poder tiene más recursos, mas medios, más dinero.  Pero ya no tiene algo fundamental: heroísmo. Ya solo son la representación del orden viejo, que actúa sin piedad, militarmente, en contra de su propio pueblo.

“La gente me grita: ¡Maduro, dale duro! Y yo voy con todo, voy a darle duro a la corrupción donde esté”.  No tiene que ir muy lejos.  Basta con que se mire al espejo. Con hablar con su entorno. Con dar pasos y no poder salir de Miraflores. El oficialismo ya no controla la versión de la historia.  La realidad se le fue de las manos.  Ya no son capaces de convocar alguna ilusión. Ahora, la rebeldía, la pasión, la creatividad, el ansia por un cambio….están en la oposición. El gobierno solo es pasado y violencia. Está atrincherado, defendiendo la corrupción.  La épica avanza entre bombas lacrimógenas. La esperanza está en la calle.