Petróleo

Olvidemos La Faja, el futuro es convencional

por Andrés M. Guevara

Fotografía de PDVSA

11/01/2018

“La edad de piedra no terminó por falta de piedras. La edad del petróleo terminará mucho antes de que se acabe el petróleo”.
Sheikh Ahmed Zaki Yamani

Por décadas, los observadores y estudiosos del petróleo venezolano han estado obsesionados, fascinados, empeñados en la Faja Petrolífera del Orinoco: un reservorio de petróleo extra pesado, de en una escala gigantesca, alucinante. Pero, ¿y qué tal si esa obsesión no es más que un error estratégico en el siglo XXI?

Esto es parte del argumento que Leopoldo López y Gustavo Baquero desarrollan en su libro Venezuela Energética, que apunta no solo a aumentar la producción de Venezuela a 5 millones de barriles diarios hacia 2035, sino a que la mitad de esa producción provenga de crudos convencionales y no solo de los crudos extra pesados de la Faja.

Es una meta ambiciosa y, en mi opinión, la correcta.

Cambiar el énfasis nuevamente hacia los crudos convencionales representaría una reversión completa de una tendencia de treinta años. Después de heredar los cinco proyectos de la Faja desde la apertura petrolera de los años 90, el chavismo se centró en desarrollar aún más la Faja Petrolífera. El grandilocuentemente llamado proyecto Magna Reserva realizó perforaciones a gran escala para demostrar la posición de Venezuela como poseedor de las mayores reservas de petróleo del mundo.

Esta exploración por vanidad del crudo extra pesado tiene poco sentido económico hoy en día. El costo de desarrollo de nuevos yacimientos (o greenfield como se conocen en inglés) de la Faja es aproximadamente el doble de los costos para desarrollar petróleos convencionales que no requieren mejoramiento (o upgrading como se conoce en inglés). Los nuevos proyectos de la Faja requerirían precios del crudo por encima de los 70 $/barril para justificar la masiva inversión aguas abajo, de acuerdo con la consultora IHS markit. Por supuesto, la ronda Carabobo de licitación de bloques de la Faja en 2009 generó jugosos bonos para el gobierno en su momento y diversificó la geopolítica de la Faja, aunque ninguno de los bloques otorgados entonces haya sido desarrollado mas allá de escuetos esquemas de producción temprana.

Cuando uno combina los desafíos económicos de desarrollar nuevos proyectos en la Faja con la revolución energética mundial en curso, que prevé el pico de demanda de petróleo ocurriendo en los próximos 10 a 20 años, no es demasiado difícil ver que gran parte de los recursos petrolíferos de Venezuela, y específicamente de la Faja, permanecerán bajo tierra.

Una irrelevancia estratégica

La Faja fue estratégicamente relevante cuando no había un final a la vista para la demanda de petróleo y pensábamos que el petróleo convencional se acabaría. Hoy, ese ya no es el caso.

De acuerdo con las previsiones energéticas de la petrolera BP, las reservas probadas de petróleo se han más que duplicado en los pasados 35 años (por cada barril de petróleo consumido, más de dos han sido descubiertos). Petróleo técnicamente recuperable —una amplia categoría que busca medir los recursos que podrían ser extraídos con la tecnología actual— es estimado en aproximadamente 2.6 billones (o millones de millones) de barriles. Alrededor del 65% de estos recursos están localizados en el Oriente Medio, en la antigua Unión Soviética y en norteamérica.

Esta abundancia de recursos petroleros contrasta con el lento crecimiento de la demanda. Se espera que la demanda acumulada de petróleo para 2035 esté en alrededor de 0,7 billones de barriles (menos de un millón de millones de barriles), cantidad significativamente menor que la de las reservas recuperables en solo el Medio Oriente.

Al mirar más allá del 2050, la demanda global acumulada de petróleo se estima que alcanzará a ser menos de la mitad de los recursos petroleros técnicamente recuperables cuantificados hoy. En otras palabras, el mundo tiene más petróleo del que jamás necesitará en el futuro. Esto significa que solo los “mejores” barriles verán la luz del día. Esto también explica porque la mayoría de los analistas esperan que el precio del petróleo se mantenga alrededor de 60 $/barril.

Desde el punto de vista venezolano, esto significa que ideas como la creación de la criptomoneda Petro, respaldada por las reservas no desarrolladas de crudo extra pesado del bloque Ayacucho-1, son absurdas. Pero más importante que el Petro, este contexto significa que la Faja Petrolífera del Orinoco no es más el ser-todo ni el fin-todo del crecimiento de la producción. De hecho, López y Baquero argumentan que más que un país petrolero necesitamos convertirnos en tres: una potencia de petróleo convencional, seguir siendo un país de petróleo extra pesado y crear un nodo internacional de gas natural.

Personalmente, he abogado por mucho tiempo la necesidad de reorientar nuestra industria de hidrocarburos hacia el gas natural. López y Baquero comparten esta visión, principalmente enfocada la discusión en términos de descarbonizar la generación eléctrica doméstica. En términos de exportaciones de energía, ellos quieren cambiar el énfasis hacia los crudos convencionales que, a diferencia de los petróleos extra pesados, no necesitan mejorarse. Son más livianos y menos viscosos que la “melaza” de la Faja, lo cual hace más fácil su producción y refinación, más rentable su venta y son mucho menos intensivos en emisiones de carbono que los crudos extra pesados.

Debido a que nuestras reservas son tan enormes y fajacéntricas, a menudo olvidamos que nuestras reservas de petróleo convencional son también abundantes en términos relativos; Venezuela tiene casi tanto crudo convencional como Estados Unidos (55 millardos de barriles), más del doble de las reservas totales de Brasil (16 millardos de barriles) y casi cuatro veces las reservas de México (11 millardos de barriles). Aun si tuviéramos cero crudo extra pesado, Venezuela podría ser todavía un productor de gran porte de petróleo, respaldado por las solas reservas de crudo convencional.

¿Por qué son importantes los crudos convencionales?

En un mundo en el que la demanda de petróleo crece menos rápido que la oferta, la verdadera cuestión que Venezuela tiene que enfrentar es una de prioridades: cuál petróleo extraer y cuál petróleo dejar bajo tierra. Sin duda alguna: querríamos producir el petróleo más fácil, el más rentable y el menos contaminante. Y ese no es el de la Faja, es el convencional.

Adicionalmente hay un riesgo exploratorio relativamente bajo con el petróleo convencional. Sabemos dónde reposa la mayor parte de él, alguno ya ha sido descubierto pero no desarrollado y mucho del ya desarrollado podría ser extraído a través de técnicas de recuperación secundaria como la inyección de gas o agua.

Aún hay más. La producción de crudo convencional puede contribuir también a maximizar la producción de la Faja. ¿Por qué? Porque el petróleo de la Faja es tan viscoso y denso que no puede fluir naturalmente a través de un oleoducto. Para transportarlo, necesitas mezclarlo con hidrocarburos más livianos. Enfocarnos en crudos convencionales pondría fin a la constante inversión en nuevos mejoradores costosos para hacer el crudo extra pesado mercadeable; ¿y sabes qué mejora los diluentes?: Los líquidos extra livianos —también conocidos como condensados— asociados con la producción de gas natural.

Nosotros somos tres países, ¡no solo uno! Venezuela Energética plantea la estrategia correcta. Nuestra obsesión con la Faja está obsoleta; el petróleo parecía escaso y reservas de extra pesados como la Faja (y Canadá) fueron vitales, pero el mundo ha cambiado y evolucionado. El futuro de la industria petrolera estará centrado en los barriles más ventajosos, los de crudos convencionales, y López y Baquero lo ven claramente, una perspectiva acertada acerca de la explotación de nuestro potencial petrolero. En un próximo artículo desarrollare la idea de cómo podría lograrse…

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Este artículo fue publicado originalmente en Caracas Chronicles.


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