Entrevista#CCS450

Linsabel Noguera: Un niño no piensa en el carro que viene, sino en la pelota que se va

por Cheo Carvajal

22/11/2017

 

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

Conozco a Linsabel desde que comenzó a estudiar en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Hace rato que es licenciada. A eso le sumó una maestría en Libros y literatura infantil y juvenil, por la Universidad Autónoma de Barcelona. Es fundadora de La rana encantada, una asociación civil desde la que promociona el libro, la lectura, el arte y la formación en ciudadanía y cultura de paz. Por todas partes aparece, con su sonrisa, trabajando con niños, no importa si es en un centro de arte, en la plaza de Los Palos Grandes o en una escuela en un barrio. Con sus cuentos y sus lecturas despierta la vida, la estimula. Y ahora esa práctica la lleva también en bicicleta.

—Terminaste mezclando cuentos, lecturas, libros, con la bicicleta y la ciudad.

—Tal como el espíritu de Caracas, todo aquí está cruzado. No podemos fragmentar las cosas. Mi manera de abordar el conocimiento es así, vinculando una cosa con otra. Eso me ha traído no solo buenos aprendizajes, sino una manera muy rica para enseñar y aprender mientras enseño.

El año que viene celebro 30 años desde que empecé a contar cuentos. Empecé gracias a Cuentos Bajo la Sombra. Cuando los vi en la universidad, dije, “eso es lo que yo quiero hacer” y empecé a formarme. Entré a El Chichón, y allí también me formé, con una base muy sólida de sensibilización sobre el universo infantil. Para mí fue muy significativo, porque empiezas a ver a los niños desde otro punto de vista. Empiezas a tener una construcción tomando en cuenta que son personas con necesidades, intereses, con opiniones propias. Empiezas a descubrir y valorar su inteligencia, esa sabiduría natural que todos los seres humanos traemos desde la infancia. Empiezas a relacionarte con ellos de tú a tú, como ciudadanos.

—¿Caracas trata a sus niños como ciudadanos?

—Caracas no trata a los niños como ciudadanos. Les brinda espacios para que puedan estar, pero hace falta una revisión profunda de cómo la ciudad mira a los niños, no solamente desde esa entelequia que es “la ciudad”, sino desde las asociaciones de vecinos, los consejos comunales, las familias, las escuelas, las alcaldías, el gobierno nacional, porque hay una ausencia de visión sobre la infancia. De hecho, cuando tratas de seguir el rastro de alguna medida de protección para un niño o un adolescente, a través del sistema de la Ley Orgánica de Protección del Niño, la Niña y el Adolescente, te encuentras en un laberinto. Y cuando empiezas a ver los espacios en la ciudad, te das cuenta que no son para que un niño los pueda disfrutar.

Particularmente pienso, viendo experiencias en otros países, y documentándome con la experiencia de Frato (Francesco Tonucci) de La ciudad de los niños, que si una ciudad es buena para los niños con más razón es buena para los adultos. Si los alcaldes, los concejales, los líderes vecinales, las familias comenzáramos a pensar la ciudad en función de que fuera permeable, amable, una ciudad habitable por el niño, eso se convertiría en una ciudad habitable para todos.

—Mencionaste a Frato, quien ha llevado lejos la idea de la ciudad para los niños, como constituir parlamentos para revisar políticas públicas y proponer. En Caracas y en nuestras ciudades, donde no se cumple ni una norma, igual vemos niños, sobre todo en zonas populares, que se mueven solos, el hermanito de nueve con el de seis, en calles que a veces no tienen ni aceras. Más allá de lo normativo, ¿qué hace falta para desarrollar la autonomía?

—Darle al niño su lugar. A través de esa experiencia del juego, de la relación con el otro a partir del espacio público, el niño se apropia de este. Esa es una de las cosas más ricas que tienen muestras ciudades, que el niño “no se para en artículos”, dice “voy a jugar” y modifica ese espacio con su presencia. Tomando en cuenta eso, lo que necesita la ciudad para ser más ciudad para los niños es que el adulto que la organiza los escuche. A lo mejor no te proponen como en Europa, a través de un parlamento infantil, pero sí con su actividad diaria, con el uso que hacen de los lugares por donde transitan, en los lugares donde juegan.

Vas a los barrios y te das cuenta que hay calles donde parecen decir: “Aquí hace falta una acera”. No te lo está diciendo el líder de la comunidad, sino un niño que tiene que brincar un charco o una quebradita que se hace por la lluvia, o por el “juguito” de la basura. Hace falta una acera, un sistema de recolección y procesamiento de los residuos sólidos de la casa, un paso peatonal. Hace falta una señalización que diga que hay un intersección de vías y que el conductor debe tener precaución porque cruzan los niños, no solamente frente a la escuela, porque el niño está en toda la calle. Como dice el cuento de Ekaré: “La calle es libre”.

—Eso exige que la ciudad tenga una velocidad distinta. Que los adultos que van a la aceleración del auto, se detengan a pensar en la ciudad del niño. Ahora mismo ese adulto promedio, que toma decisiones sobre la ciudad, no piensa en un montón de gente: no solo en los niños, no piensa en los adultos mayores, no piensa en las personas con discapacidad. La ciudad está pensada bajo la premisa de que fluyan los automóviles.

—Muchas veces no piensa ni en sí mismos. Se sensibiliza al adulto cuando hay que volver a formarlo sin la mirada adulto-centrista que tiene de la infancia y la adolescencia. Hay que romper ese paradigma y retomar una mirada que diga: “¿Qué querías en tu comunidad cuando tenías 15 años?, ¿qué te hubiese gustado tener cuando tenías 10 años? ¿Cómo vivías en tu comunidad cuando eras un niño de cinco? ¿Qué te gustaría que hubiese en la ciudad para tu hijo de dos años?”. Si nos sentamos a responder esas preguntas, te darás cuenta que lo que necesitamos son espacios habitables. Un espacio que te da la bienvenida, amable, un espacio donde un niño pueda jugar dentro de un margen de seguridad. No es un parque al borde de la acera, a la orilla de la avenida, donde un niñito sale corriendo detrás de la pelota, porque no va a pensar en el carro que viene sino en la pelota que se va. En ese momento no hay nada que lo detenga, y no es seguro para él.

—¿Cómo es un “espacio habitable”?

—Un espacio habitable es aquel donde contemplas todas las variables para que el niño se sienta en confianza, que haya seguridad. Y la seguridad implica que haya iluminación, protección, infraestructura que no se deteriore con el tiempo, con la previsión de mantenimiento de esa estructura. Un espacio con sombra. Un parque, una plaza, necesitan sombra, si no los niños no pueden jugar. ¿A qué hora va a jugar el niño, a las ocho de la noche? Esa es la hora en que tiene que recogerse en su casa para prepararse para el día siguiente.

—¿Qué demandan los niños, por ejemplo, en los espacios que has trabajado?

—En Caicagüita tuvimos una experiencia muy bonita con el programa Postales para paz. Conversando con los niños nos dijeron, en la placita, que ellos querían que allí hubiese casitas para los pajaritos, que hubiese más árboles, que no se hicieran charcos en la plaza. Quiere decir que quieren un buen sistema de drenaje, que no oliera mal, lo que se traduce en un buen sistema de recolección de basura y sensibilidad en la comunidad sobre cómo manejar sus desechos sólidos, ya que frente a la deficiencia que tenemos en recolección de basura, los ciudadanos lo que podemos hacer es ser más conscientes de la basura que producimos.

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

—Una vez le pregunté a un niñito qué quería para la ciudad y dijo: “¡Más colores!” Alguien interpretó que quería una plaza más colorida y dijo que no, que quería colores para pintar la plaza.

—Exactamente. Otra de las cosas que dijeron tiene que ver con la estética de los lugares. Hay personas que piensan que como es una comunidad, un barrio, como que no tuvieran derecho a lo bonito, y la belleza es un derecho común. Lo bonito de la belleza es que es diversa, lo que es bello para unos no es bello para otros. Los niños nos dijeron que querían que en la plaza hubiese una pintura de colores que hiciera que la plaza se viera más bonita, porque si la plaza se veía más bonita, los adultos iban a cuidarla, porque nadie la cuidaba porque se veía fea.

Fíjate en todo lo que ellos te están diciendo: queremos espacios agradables a la vista, que inviten estéticamente, pero que sean funcionales, que tengan banquitos para los abuelos, porque a muchos de ellos los llevan los abuelos a pasear a la plaza. Que la parada de autobús que está en una de las aceras colindantes sea ordenada, que haya sombra. Que tenga una cancha para jugar metras. Aquí somos muy tropicales, hace mucho calor, pero en este caso no pidieron piscina, aunque sí en otras comunidades.

—Mencionaste que adultos, alcaldías, instituciones, asociaciones de vecinos, no están pendientes de una ciudad para los niños. Y metiste en esa lista a las escuelas. Pareciera que estas no están conectadas con el entorno, no entiende la ciudad como aula, eso es fatal para la ciudad. Y por alguna extraña razón, sobre todo en barrios, es muy común ver basureros al lado de escuelas.

—La escuela tiene que ser más permeable a lo que pasa a su alrededor, pero en nuestras circunstancias actuales quizás no esté tan presta. No hay el tiempo mental para pensar qué hacer como comunidad escolar para vincularse con la comunidad donde se inserta la escuela, para generar acciones de ida y vuelta que construyan esa relación de ciudadanía que se necesita, no solamente para el niño, sino también para el adulto formador de ese niño. Es importante repensar la estructura de la escuela, que se organiza tradicionalmente puertas adentro, mirándose como una comunidad dentro de otra y no como una integrada a su entorno. Abrir sus espacios al intercambio con la comunidad, ampliando su rol de formación a la familia y los vecinos. La experiencia de la Escuela Canaima, en La Vega, podría ser una referencia de escuela integrada a la comunidad. Recuerdo que los niños y sus padres eran parte importante del mantenimiento de la infraestructura, jardines y los espacios a su alrededor.

Cuando hablamos de construir ciudadanía, por lo menos como la enfocamos desde La rana encantada, nos fundamentamos en conocer los derechos que tienes como niño, como persona, como ser humano. ¿Qué leyes de nuestro país te amparan para que puedas reclamar la garantía de esos derechos?. La Ley Orgánica de Protección del Niño, Niña y Adolescente, la Constitución Nacional, la Ley Orgánica de Educación, incluso la ley de los Consejos Comunales, todas amparan el espacio del niño y del adolescente, pero como no conocemos los artículos no sabemos cómo implementarlos, están solo en el papel.

Cuando comienzas a leerlos y desglosarlos, a conversarlos con los niños y los adolescentes, con los papás y los adultos, te dicen: “¡Ah, es que eso está ahí!” Entonces volvemos, metafóricamente y realmente, al cuento de Ekaré, La calle es libre: mirarte como el motor de una reconstrucción. Y cuando empiezas a hacer esa reconstrucción, lo haces no desde el adulto-centrismo, sino desde la mirada de ese niño.

—¿Qué necesidades expresa la mirada de ese niño?

—Espacio para correr, para moverse. No solamente para “botar energía”, como dicen la abuelitas, sino para el desarrollo óptimo de su desarrollo psicomotriz, para el desarrollo de sus relaciones sociales. Y justamente esas relaciones sociales son las que hacen comunidad. Cuando le permites a un niño tener un espacio donde correr, moverse, treparse en un árbol, estás haciendo ejercicio de ciudadanía, mucho mejor si sabes cómo se llama ese árbol y cómo cuidarlo, y que alrededor de este haya un jardincito.

En la mirada de ese niño ves urbanistas natos. En el barrio 5 de Julio de Petare, que es uno de los que menos árboles tiene en la ciudad, Anthony, un niño que tenía en ese momento 7 años, dijo algo bellísimo: “La paz es que los árboles puedan vivir con los edificios y con la gente”. Ahí está poetizando un concepto de urbanista, está manifestando su idea de ciudad. ¡Y qué idea de ciudad tan bonita, donde las construcciones, las personas y la naturaleza puedan estar en armonía!

En La Vega un niño me dijo que el derecho que a él más le gustaba era uno que iba a inventar: “El derecho a andar en bicicleta”. Yo le pregunté: “¿Por qué quieres andar en bicicleta?”, “porque a mí me gusta andar en bicicleta, pero además porque es un medio de transporte que no contamina”. Los niños tienen una visión de ciudad que si los adultos la escucháramos podríamos construir ciudades más equilibradas, más sostenibles.

—Ese derecho “inventado” existe: la bicicleta es un medio de transporte, con el mismo derecho a la vía que un carro.

—Por ahí empieza mi vinculación con las bicicletas y la idea de hacer Leer en Bici, que es una biblioteca infantil comunitaria itinerante, para visitar escuelas, comunidades. Entonces nos damos cuenta que hay comunidades que no tienen una biblioteca cerca. Sorprende cuando los adultos que traen a los niños a la actividad nos dicen: “Es primera vez que él agarra un libro en su vida”. ¡Niños de 12 años que por primera vez agarran un libro! ¿Cómo hacer más accesible ese vínculo con el libro?, no solamente por el aprendizaje, sino por el placer de tener el libro en las manos y compartir con otra persona si te gustó. El vínculo y la relación interpersonal que se da a partir de la lectura, así como lo que puedes encontrar de ti mismo en el libro, hace indispensable que haya espacios de lectura en las comunidades.

De tanto ir para todos lados con el morral lleno de libros, pensé que tenía que hacer esto mucho más movible, porque en el morral no puedo cargar más de 10 libros. De la experiencia de “bibliobusera” siempre tuve la idea de que sería chévere hacerlo en bicicleta, pero yo era de las que pensaba que en Caracas no se podía andar en bicicleta.

—¿Y ahora piensas que sí se puede?

—Sí se puede, pero lo tuve que descubrir. Afortunadamente en mi camino conseguí personas que me ayudaron a descubrirlo, cuando llegué al espacio de Caracas Combo, hace un par de años, allí estaba BiciAventuras y BiciGourmet, que forman parte de la Asamblea de Ciclismo Urbano de Caracas y de la BiciEscuela. Yo les comenté la idea y el link fue inmediato. La sinergia se dio, en dos meses tenía comprada la bicicleta, un mes más tarde ya había pasado por la BiciEscuela y empezamos el piloto de Leer en Bici en Macuto, en la calle donde está el Castillete. Un espacio donde se cruza y vincula todo: rescatar el espacio público y activar la comunidad. Tomamos un parque con la comunidad, y con apoyo del consejo comunal y la Alcaldía, salieron los indigentes que pernoctaban allí y los muchachos que consumían droga. La comunidad limpió el parque de heces, ropa, peroles, alimentos, basura, limpió la canal que lleva agua de lluvia del malecón. Rescató el espacio y allí se hizo el piloto.

Fue muy bonita la primera experiencia. A partir del hecho bibliotecario, de la lectura, de narrar historias, tú logras unir cosas que te gustan: andar en bicicleta, formar ciudadanía, rescatar espacio público, apropiarte de ese espacio rescatado, y todo esto se convierte en una fiesta. No una fiesta sin avatares, al contrario: celebrar sobreponiéndote a los obstáculos, moldeando la adversidad como ciudadano para construir el espacio que queremos habitar.

—Lo lógico sería que ese acercamiento al libro no dependa del viaje que eventualmente alguien hace en bicicleta, o en una kombi, como la del Banco del Libro o Ekaré, sino que la biblioteca esté siempre allí. Por eso Medellín ha sido una referencia importante.

—Cuando le preguntas al niño qué quiere en su comunidad, muchos dicen: “quiero un espacio para leer”. No lo llaman biblioteca. En realidad quieren decir un espacio para jugar, para encontrarse con sus amigos. Ese espacio es una biblioteca comunitaria, un centro cívico. La Asociación Civil por la Caracas Posible tuvo hace unos años un proyecto muy bonito que era dotar a las comunidades de centros cívicos infantiles, comunitarios. Yo trabajé en esa ocasión con ellos, tuve la oportunidad de ir a cuatro de los que se abrieron. Es el sueño de que en cada comunidad haya una biblioteca o un espacio de lectura que sirva de punto de referencia y de encuentro para los niños, jóvenes y la comunidad. Al final la biblioteca termina convirtiéndose en eso: un espacio de convivencia.

Los consejos comunales tienen, por ley, el derecho de solicitar recursos para construir en la comunidad. Pero no solo pensar en términos de espacios deportivos, que son muy útiles, hace falta el otro espacio con otra velocidad, para mirarte hacia adentro, compartir con el otro que también se está mirando, y esa pequeña unión convertirla en lo que queremos ser y lo que queremos hacer como comunidad.

Linsabel Noguera retratada por Mauricio López

—El “coco”, para no dejar que los niños salgan de manera autónoma a la calle, suelen ser los carros, dueños de las vías. ¿Crees que en las escuelas se esté gestando un cambio al respecto?

—No lo he visto. De hecho, en los lugares donde he ido, desaparecieron los patrulleros escolares. Siempre pensé que si había un conductor consciente no era necesario el patrullero escolar, pero ¿cómo hacemos para sensibilizar a ese conductor, para que sea consciente de que no es el dueño de la calle, que en la calle hay peatones, ciclistas, y que entre ellos hay niños, y que el vehículo es mortal? ¿Qué carrocería tiene un peatón o un niño? Muchos de esos transeúntes tienen movilidad reducida, o discapacidades que no les permiten reaccionar con rapidez para salvaguardar su vida.

La política tendría que estar apuntalada en una ciudad con menos carros, orientada al peatón, al ciclista, a las personas que usan medios alternativos de transporte. Pero no con políticas que a la vuelta del período de gobierno se olvidan y se acaban, ciclovías que no terminan de conducir a ningún lugar, bonitos paseos de fin de semana que no son prácticos para movilizarte en la ciudad de norte a sur y de oeste a este, que conecten la ciudad.

Cuando piensas en la conectividad de la ciudad para el peatón, para el ciclista, para la persona con movilidad reducida, empiezas a pensar en una caminería que tiene un jardín y un jardín asociado a un banquito y un banquito a una placita, y una placita asociada a una ciudad para habitar, y que si yo lo hago en este municipio, el otro municipio, independientemente de la afiliación ideológica que tenga, diga, si esto es bueno allá, también es bueno acá, y se replique tomando en cuenta el beneficio para el ciudadano, no el beneficio de la carrera política.

—¿Qué desea un chamo que habita un barrio? ¿Qué desea uno que va a escuchar cuentos en la Hacienda La Trinidad? ¿Qué los diferencia, en qué coinciden?

—Hay muchas coincidencias, pero también diferencias que vienen de sus propias experiencias. Por ejemplo en Turgua una petición común de los niños y adolescentes a la ciudad, es transporte, vialidad y agua, porque en su experiencia es lo que necesitan. Luego vienen escuelas y parques. En la Hacienda La Trinidad, por ejemplo, donde van los colegios privados del municipio Baruta, los niños piden que haya lugares para ir al cine, que haya jugueterías donde puedan jugar. Más que bibliotecas, ellos piden y sueñan con ludotecas para jugar. Piden también que sirvan los semáforos y que la gente no “se los coma”.

En los barrios, cuando preguntas ¿qué te gustaría que hubiese en tu comunidad?, responden: “A mí me gustaría que en mi comunidad hubiese agua”, en coincidencia con Turgua. También piden, y ahí vamos a lo común, espacios de la naturaleza, que eso se traduce en parques, jardines, paisajismo, árboles, pajaritos. Te piden espacios para jugar, eso también es una coincidencia, un lugar donde puedan correr y jugar a la ere.

A medida que ha avanzado la organización de la ciudad te das cuenta que los niños van perdiendo sus espacios para correr. Todo se convierte en asfalto, en calle, en cancha. Tú dirías: “Bueno, en la cancha se puede jugar y correr”, pero no es lo mismo porque la cancha es más un territorio de niños grandes, de adolescentes. El niño más chiquito que quiere jugar a la ere o andar en su bicicleta necesita un espacio distinto a la cancha. Inclusive un espacio distinto al parque de columpio y tobogán: necesita el parque de grama y tierra.

—¿Cuáles son los mejores espacios para contar cuentos en la ciudad? En el sentido de la conexión espiritual que termina constituyendo el acto de la narración.

—El mejor espacio para contar cuentos es bajo la sombra de un árbol y, afortunadamente, con todo y que hemos dicho que los niños piden árboles, tenemos muchos lugares donde resguardarse a la sombra de un árbol para contar cuentos. Pero en mi experiencia siento que cuando tú cuentas un cuento, no importa el espacio que sea, el cuento lo trasforma, porque el que cuenta también va escuchando los comentarios, las reacciones, y por ahí vas diciendo, “yo iba a contar este cuento, pero ahora voy a contar este otro”, porque se adapta más a lo que está pasando. Es algo muy orgánico y vivo que transforma el lugar que toca.

Cuando cuentas cuentos puedes llegar a cambiar la energía de ese lugar. Nos ha pasado en la plaza Sucre, en Catia, nos ha pasado en un terraplén en un barrio que era el botadero de basura, que se limpió para esa actividad y a partir de esa actividad quedó limpio para siempre, porque recuperaron el sentido de pertenencia de ese espacio para el encuentro y buscaron otros espacios para botar la basura. Cualquier espacio invita a contar cuentos, mejor si no tienes tantos ruidos de carros alrededor y, sin embargo, cuando estamos allí la gente se acerca porque quiere escuchar, nos ponemos en un rincón más íntimo y el cuento surge.

—¿Qué cuentos recomendarías, entre tu catálogo particular, que hablen sobre la ciudad, sobre todo desde los niños de la ciudad?

—Un cuento clásico, que sigue teniendo vigencia, que tiene más de 30 años, que lo hemos usado muchas veces, La calle es Libre, de Ekaré. Imágenes de Santiago de León de Caracas, de Inés Quintero (Ekaré), Bajo tu ciudad no solo pasa el tren, de Eurídice Zamora (Playco). Hay un libro de Alain Serres que me gusta usar con los niños, que no está vinculado directamente con la ciudad, sino con lo que ellos pueden generar como ciudadanos, Tengo derecho a ser niño. Cuando hablamos de mi derecho como niño, hablamos de ese derecho en el lugar donde vivo, el derecho a la salud, el derecho a la escolaridad, el derecho a un trato amable, el derecho a la equidad, a la justicia, el derecho a no ser discriminado por ninguna condición de cultura, raza, ideología, religión, sexo o discapacidad. Todos los derechos te dicen “así tiene que ser la ciudad”. Si están ahí, ¿por qué no los vemos?

—El programa Postales para la Paz está relacionado con la convivencia. ¿Cómo se sitúan los niños con este tema?

—Este programa tiene que ver con escuchar. A partir del cuento, cuando pasa la anécdota y ya ellos saben lo que el cuento quería decir, porque lo parafrasean, empiezan a salir sus propias experiencias y a hablar sobre cómo ellos viven su espacio, cómo viven el pedacito de ciudad que les toca habitar. Cómo desde ahí se vinculan con sus derechos, si la Convención sobre los Derechos del Niño se hace, o no, efectiva, en su comunidad y en su escuela. Entonces te van diciendo cómo se vinculan con eso. Muchas veces ves que la construcción de la ciudad tiene que pasar por allí: si yo tengo que garantizar el derecho a la salud, ¿qué tengo que tener en una comunidad?: un ambulatorio, un hospital, un espacio de atención primaria, más importante aún, un espacio de prevención. Si nosotros hiciéramos medicina preventiva sería una maravilla. Los niños te lo dicen: “Tengo derecho a tener salud, no solo a que me curen cuando me enfermo, sino que hagan cosas para que siempre esté sano”.

—¿Los niños dicen tengo derecho a la vida?

—Lo dicen mucho, porque para ellos el espacio de violencia se ha naturalizado. Como me pasó una vez en Antímano, que una niña se cayó y se rompió una rodilla, entonces yo le pregunto “¿cómo se cayó?”, y me responde un niño de 11 años: “Profe, se cayó como cuando a uno le dan un tiro por la espalda, ¡pum!”. Como eso no existe en mis referencias le tuve que preguntar: “¿Cómo se cae alguien cuando le dan un tiro por la espalda?”, y me responde: “Se cae de rodillas”.

—¿Los niños piden, en sus exigencias, algo relacionado con las armas? 

—Piden que no haya armas. De hecho, desde la plaza Los Palos Grandes, pasando por espacios privados como la Hacienda La Trinidad, la Librería Sopa de Letras y pasando por comunidades como Macayapa, en Libertador, o Turgüa en El Hatillo, los niños te dicen que sería mucho mejor si no existieran las armas. Fabio, que tenía 9 años en ese momento, nos dijo “lo que se necesita es que ya no se fabriquen más armas”. El programa Postales para la Paz comenzó en el preescolar de la Escuela Comunitaria Luisa Goiticoa, hace nueve años, y Samuel nos dijo un día “las guerras se acabarían si la hicieran en los Nintendo, porque así los adultos las perderían todas”. Ellos están muy conscientes que el arma es un detonante de la violencia. Ellos están muy consientes de que la guerra es una cosa de los adultos y que las armas son las que propician las guerras, que la guerra no es solamente lo que ven en las películas, o lo que ven en el noticiero de países lejanos donde hay bombardeos, sino lo que todos los días viven como una pequeña guerra en el barrio, en su comunidad.

—No vivimos en una ciudad en paz.

—No vivimos en una ciudad en paz. La paz la fabricamos con pequeños espacios donde nos encontramos para sentirnos bien, rodeados con personas con quienes nos vinculamos desde el afecto, con quienes compartimos momentos que nos hacen sentir bien y esa suma de momentos crean esa resiliencia, nos da fortaleza y un lugar al cual volver cuando sientes que no estás en paz, pero nosotros no vivimos en un país en paz. Si tomamos en cuenta lo que dicen los niños, que la paz es que se respeten sus derechos, entonces podemos concluir que estamos muy lejos de tener un país en paz, donde no hay derecho a la salud, no hay derecho a la alimentación, no hay un derecho real a la educación, no hay derecho al uso del espacio público y no hay derecho a la vida.

—En el momento que un niño te dice que tiene derecho a la vida es porque algo está mal, porque no es un derecho que un niño reclame, a menos que estés en una zona en guerra. Si piensan en el derecho a la vida es porque esta está amenazada.

—Y tienen un concepto de vida, en mi experiencia, amplio, porque no solamente piensan en el derecho a “estar vivos”. Ellos tienen una sensibilidad que va más allá: tienen derecho a la vida en el sentido que el árbol tiene derecho a la vida, que tiene derecho a la vida el perrito callejero. Sienten que ellos, y los adultos que le rodean, tienen derecho a una vida, pero no a cualquier vida, sino a una vida de calidad. No a una vida donde estén sobreviviendo, sino en la puedan tener acceso a cosas que le hagan disfrutar esa vida.

—¿En Caracas estamos construyendo para esa ciudad?

—Hay un grupo de personas que estamos granito a granito, en espacios comunes, tratando de que así sea. Visto que no hay política de Estado, ni política de gobierno local que haga posible eso, estamos intentando hacerlo posible desde el ciudadano. Eso te da esperanza. Claro, tienes la otra parte, cuando chocas con la pared de las políticas gubernamentales tanto locales como nacionales, donde ves que no hay una visión de construcción de esa ciudad habitable, de esa ciudad para el niño, que finalmente también va a ser beneficiosa para el adulto.


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