Telón de fondo

La manumisa vejada

por Elías Pino Iturrieta

08/01/2018

En el principio de la república, los nexos que se forman entre “hombres que se precian de gente de orden” terminan ocasionalmente en terribles infracciones. Ahora se verán las quejas expresadas en 1847 por la liberta Concepción Ibarra, relacionadas con la vejación de una manumisa llamada María Asunción, su hija, a través de las cuales se observa sin subterfugios la aludida complicidad y sus consecuencias. Gracias a la justicia que Concepción Ibarra solicita, topamos con un trajín llevado a cabo en Caracas por unos personajes adinerados que no parecían capaces de provocar una crueldad como la que se llega a ventilar.

María Asunción ha cumplido veinticuatro años, edad que permite su manumisión, pero el proceso se entorpece por el interés de dos figuras prominentes: el banquero Juan Alderson, amigo de José Antonio Páez, y el hacendado Mariano Clemente, miembro de la antigua aristocracia. En lugar de acceder a la petición de la interesada, quien suplica a la Junta de Manumisión para retirarse del servicio de su amo, el señor Alderson, y buscar un camino más llevadero para su existencia, se abre el paso a un procedimiento legal.

Cuando se inicia el proceso, y pese a que está vedado el traspaso de manumisos por los patrones, Alderson la envía al servicio de Clemente en medio de las protestas de la desesperada mujer. Según un expediente dirigido a la consideración del Presidente de la República, la sierva es tratada entonces de manera inhumana:

Clemente recibe a la muchacha descargándole bofetadas en su rostro (…) establece en un cuarto de su propia casa una cárcel privada (…) y allí continúa los maltratos azotándola, y después la pone en el tormento de un cepo. La sentencia a presidio, remitiéndola por las calles y caminos públicos amarrada a su hacienda de Chacao. Haciendo que se le cale un par de grillos y permanece con ellos hasta hoy.

La ilegalidad del traspaso de la manumisa y los rigores a los cuales la someten se llevan también a la instancia del gobernador de la provincia, el noble criollo Mariano Ustáriz, quien pasa dos meses sin manifestar siquiera un parpadeo frente a los hechos. La liberta Concepción Ibarra le ha dicho que su hija “está hoy jalando la tarea del peón más guapo; ha sido y es tratada peor que el más perverso esclavo, peor que el más insigne criminal”, pero el funcionario no se inmuta.

Tampoco responde el procurador municipal, quien es hermano político del señor Clemente. Tampoco atiende los reclamos el ministro de Policía, por sus cercanos vínculos con el banquero Alderson.

Por fin, el Presidente de la República se conmueve y ordena una investigación. Tal vez observara con atención la siguiente frase del escrito enviado por la atribulada madre:

Ecmo. Señor, los cafres no hacen otro tanto con sus esclavos. Los habitantes del Cabo de Buena Esperanza no hacen lo que se ha hecho en Caracas y Chacao con una persona libre. (…) ¡Qué crueldad! ¡Qué barbaridad tan inaudita!

En definitiva, se comprueban muestras de azotes antiguos en las nalgas de María Asunción. Pero el gobernador, en lugar de proceder a libertarla del todo ante las pruebas palmarias de maltrato, hace que retorne a las órdenes de Juan Alderson, el primer patrón que supuestamente inició el calvario y quien tal vez le propinara los latigazos descubiertos en la reciente indagación.

Así concluye, entre la justicia negada a la reclamante y la influencia de los señores involucrados, una iniquidad que por su calibre llega a la consideración del primer magistrado. Podemos pensar que los caraqueños también se enteran del episodio, en el que encuentran evidencias sobre la extraviada marcha de la decencia y la equidad en 1847, como producto de la privanza de dos hombres poderosos.


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