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Fernando Henrique Cardoso y la mecánica del desarrollo

por Ángel Alayón

Fotografía de Wilton Junior/AE

30/10/2017

El que vence al dragón siempre será escuchado con atención. Fernando Henrique Cardoso asumió el Ministerio de Finanzas de la República Federativa del Brasil con una tasa de inflación que alcanzaba el 2 mil por ciento interanual en 1994. La hiperinflación brasileña golpeaba duro, incrementaba el número de pobres y acentuaba la desigualdad de una sociedad profundamente desigual. La tensión social era creciente. Cardoso, con su Plan Real, logró disminuir la tasa de inflación a un dígito en el cortísimo plazo de dos años y la economía brasileña comenzó un sostenido proceso de crecimiento que la ha convertido ya en la sexta economía mundial con una clase media creciente. ¿Cómo no escuchar al hombre que venció al dragón?

Crecimiento no es desarrollo

Cardoso comenzó su exposición contando la tragedia de la dictadura brasileña: la economía crecía pero Brasil no se desarrollaba. El modelo de sustitución de importaciones protegía a la industria, pero no a los brasileños. El Estado controlaba directamente amplios sectores de la economía: empresas de energía, bancos, seguros, agroindustria, siderúrgica, entre otras, mientras que la iniciativa privada era coartada. Ya para 1985, la mitad de las empresas brasileñas eran de propiedad estatal, y, por supuesto, esa propiedad se correspondía con los sectores más importantes. Las minorías favorecidas por el Estado se beneficiaban, mientras el número de pobres aumentaba. “Crecimiento no es desarrollo”, dijo Cardoso. Y quizá más relevante: en un país con pobreza y desigualdad, crecimiento que no beneficie a los menos favorecidos es insostenible.

La razón insuficiente

El primer paso hacia la superación de la pobreza fue la recuperación de la libertad en Brasil. Un proceso que fue lento y duro. “La democracia no nos cayó del cielo. Vino como consecuencia de la lucha”, dijo el expresidente. En democracia, el que quiera acceder al poder, no puede desestimar a los votantes. “Cuando el voto pasó a ser criterio no hubo gobierno que pudiera gobernar sin ver hacia abajo, hacia la gente”. Inevitable recordar a Amartya Sen y su descubrimiento de que en democracia jamás ha habido una hambruna, pues bajo las primeras señales, hay una respuesta política para atender la situación. “No basta tener la razón. Hay que crear fuerzas para que la razón se imponga”. Y eso es lo que permite la democracia: la conexión entre las necesidades y deseos de la gente con las decisiones políticas.

Desmontando privilegios

¿A quién protegen los altos aranceles? ¿A los industriales o a los consumidores? Ningún político dirá que los protegidos son los industriales. Toda política, buena o mala, siempre se hace en nombre del interés nacional. Cosas del discurso político. Si Brasil quería industrializarse, debía abrir la economía a la competencia y eso implicó desmontar una complicada estructura arancelaria que generaba una cómoda zona de confort a los productores brasileños, a costa de los ciudadanos. “Desarrollo hacia adentro”, lo llamaban. Pero en un mundo global —inevitable que no suene a lugar común— el desarrollo de Brasil obligaba a dejar de mirarse el ombligo y salir a competir con el resto del mundo. “Si no hubiéramos abierto la economía, no habría mejorado la calidad de los productos brasileños”.

Hoy, Brasil, cuenta con una industria exportadora de primer orden.

Exorcizando a Brasil

La inflación era el demonio en Brasil. La creciente pobreza y la desigualdad sus estigmas. No es posible superar la pobreza en un ambiente de alta inflación. No es posible la inversión productiva de largo plazo en un ambiente de alta inflación. Al menos no en los niveles necesarios. Cardoso, el ministro del impopular Ministerio de Finanzas, con su Plan Real, logró derrotar al demonio, lo que lo convirtió en un hombre popular y en Presidente de su país.

El Plan Real implicó un reajuste de las cuentas fiscales de Brasil. Nadie puede vivir permanentemente por encima de sus medios sin consecuencias. El Plan apuntaba a erradicar la política de déficit permanentes financiados por el Banco Central. “Sin responsabilidad fiscal, es imposible derrotar a la inflación”. Por otra parte, Brasil abandonó la inoperante e ineficiente política de control de precios. El alto costo de la vida solo puede combatirse de manera efectiva con un incremento de la oferta de bienes a los consumidores.

Al referirse a la inflación, Cardoso habló de la importancia de la institucionalización de la vida económica. “Hace falta un Banco Central con autonomía”. La tentación de financiar al estado con el impuesto inflacionario siempre estará allí. Nadie puede matar a un dragón si no conoce sus propias debilidades.

El mercado y los pobres

“No se puede dejar que el mercado cuide a la gente”. Con esta frase, Cardoso resume la estrategia del Brasil de las últimas décadas. El mercado nos ayuda a crecer, mientras el Estado se encarga de garantizar que los beneficios del desarrollo alcancen a los menos favorecidos. Educación y salud, capital humano según el término acuñado por Gary Becker en los cincuenta, son áreas esenciales de acción estatal.

Brasil ha tejido una interesante red de programas sociales. El uso del salario mínimo ha sido estratégico y no populista, pues ha estado asociado a incrementos de la productividad. Transferencias condicionadas, ahora reunidas en los programas Bolsa familia, han sido parte esencial de un conjunto de programas sociales que no sólo alivien la pobreza sino que creen las condiciones para superarlas. Y no menos importante en el marco de esta estrategia, según Cardoso, la formalización del empleo por medio de inversiones productivas. Los resultados son alentadores: la clase media pasó desde el año 1993 a la fecha de 23 a 50%, mientras que la pobreza se redujo a la mitad. A eso lo llaman progreso.

Pragmatismo carioca

¿Estado o mercado? Cardoso propone resolver el dilema preguntándose qué sirve mejor al público: ¿lo privado o lo estatal? La respuesta será lo privado o lo estatal, de acuerdo con las circunstancias. Este test supone que las decisiones, en materia de políticas públicas, no se justifican por sus intenciones, sino por sus resultados. En especial, por sus resultados en el bienestar de la gente.

Brasil entendió que el desarrollo del sector privado era clave para el desarrollo del país y por eso lo ha estimulado y promovido, creando un adecuado ambiente de inversión. El Estado tiene su rol, y lo privado también.

Cardoso hizo una especial distinción entre lo público y lo estatal. Lo estatal no es necesariamente público. Una empresa del estado puede perjudicar a la gente, es decir, puede perjudicar a lo público —al público—. El expresidente, consecuente con esta idea, aborrece los monopolios. No hay monopolios buenos: ni públicos, ni privados.

Los desafíos

Brasil es un país con desafíos importantes, pero que sin duda ha encontrado una interesante senda de crecimiento y desarrollo. Un país al cual muchos condenaban a un eterno subdesarrollo por su herencia, el carácter de sus personas y la corrupción —con el facilismo propio de las explicaciones culturales— ha demostrado que los países pueden cambiar, para bien, cuando el conjunto de reglas institucionales permiten que las personas desarrollen su potencial. Y creo que allí está la relevancia de las palabras que Cardoso vino a decir a Venezuela. Lejos de dictar una receta, vino a decir que un país puede cambiar y entrar en una senda del progreso, no importa lo difícil con que se presenten las circunstancias presentes.

Al final, los dragones existen para que alguien pueda vencerlos.

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Este texto fue publicado originalmente el 13 de marzo de 2012.


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