Telón de fondo

El miope de los relojes

por Elías Pino Iturrieta

18/12/2017

Pal Rosti fue un viajero húngaro que nos visitó en 1857. Dejó un libro titulado Memorias de un viaje por América (UCV, 1968), en cuyas páginas recogió las impresiones de una tierra que provocó su atención por las maneras peculiares de enfrentar la vida. Se había formado en el estudio de las ciencias naturales, pertenecía a la nobleza de su país y había participado en la revolución de 1848. Traía un aparato para hacer fotografías, quizá el primero que se utilizara entre nosotros, y no dejaba de hacer preguntas que la gente respondía para salir del paso, impresionada por lo que sentía como un fisgoneo indiscreto.

Las credenciales que le servían de apoyo, un porte de caballero y la curiosa máquina que guardaba en el equipaje, desde cuyo misterio brotaban imágenes inesperadas del paisaje, le concedieron el prestigio de la autoridad, especialmente después de la publicación del relato de sus peripecias, editado en 1861 bajo el título de Uti Emlékezetek Americából. Al año siguiente fue admitido en la Academia de Ciencias de Hungría. Sin embargo, los pergaminos del currículo y la atenta mirada condujeron a juicios incapaces de apreciar cabalmente la realidad que exploraba, especialmente las vivencias del género humano que habitaba la comarca.

Formado en la cátedra europea e hijo de una presuntuosa modernidad que miraba desde sus alturas, no pudo comprender el contorno que lo desafiaba. Perdió el viaje, si buscaba corolarios provechosos y serios. Es lo que se desprende de sus afirmaciones sobre la relación de los venezolanos con la medición del tiempo y con la ponderación de las distancias, que veremos de seguidas.

Esta es la primera:

Conocí muchos nobles y ricos señores que no tenían reloj. Hay pueblos, es más, localidades bastante grandes, sin un solo reloj. Relojes de torre no hay, por la sencilla razón de que –debido a los terremotos- tampoco hay torres. El tiempo lo determinan el azar, la cocinera sirve la comida cuando se acuerda, el arriero aparece cuando le provoca y en las citas una media hora, o la hora entera, no se toma en cuenta.

El reproche que asoma toma cuerpo en la segunda observación. Afirma allí:

Esta gente no tiene idea clara de las distancias y del tiempo. Nunca pude saber, con seguridad, cuánto distaba una localidad de otra. Decían cerca o lejos, según la comparación que hacían con una u otra población. No se podía confiar en las medidas de distancia. Lo mismo pasa con el tiempo. Mientras el campesino húngaro puede decir la hora, con puntualidad asombrosa, según la posición de las estrellas o del sol, los de aquí parece que no conocen ni la división del sol en horas. Muchas veces me dijeron que serían las siete, cuando eran por lo menos las diez. Las fases del día son entre ellos las siguientes: “Madrugada” (el amanecer, a eso de las cinco). “Mañanita” (la mañana temprano, a la salida del sol, hasta las siete o las ocho). “Mañana” (antes del mediodía). “Tardecita” (de dos a cuatro). “Tarde” (más o menos la hora de la merienda) y “Noche”. Si preguntaba a qué distancia estaba algún lugar y cuándo llegaría, me respondían: “Si sale por la mañanita, llegará cuando el sol esté por aquí”; y señalaban dónde estaría el astro, pero no sabían qué hora sería entonces.

Rosti hace analogías con el tipo de vida que conoce y con las rutinas europeas. Son el rasero de su cálculo y el fundamento de su crítica, seguramente respetados y reverenciados por las personajes cultos de la época y recogidos en las publicaciones de prestigio. Debemos pensar que, navegando en su vapor, don Pal se pudo apoltronar en un sillón de la Academia de Budapest sin que a nadie le pareciera exagerado. Tal vez algún lector desprevenido de la actualidad sienta que descubre advertencias plausibles sobre la conducta de los antecesores, explicaciones dignas de atención sobre los tumbos del pasado, pero, la verdad sea dicha, apenas ha topado con una deplorable mirada superficial.

Antes de explayarse en reproches, antes de sugerir las razones del atraso venezolano, el viajero debió hacerse unas preguntas elementales, es decir, las mismas que ahora se aconsejan a los lectores entusiastas que pueda tener en nuestros días. Pal Rosti era un científico reconocido que debía atender los requerimientos del método que ya imperaban en la segunda mitad del siglo XIX. Debió atenerse a sus mandamientos para no caer en la charlatanería. En nuestro caso, para alejarse de la tentación de tergiversar la realidad con el presumible objeto de aumentar su prestigio de analista perspicaz.

Si en la Venezuela de 1857 no había horarios, ni patrones, ni obligaciones perentorias de asistencia a un lugar de trabajo, ni salarios jugosos y seguros, ni calendarios escolares generalizados, ¿hacían falta relojes? En una comarca sin caminos y sujeta a las amenazas del invierno o a los azotes del verano, ¿importaba la atención de las distancias entre unas comunidades que por fuerza eran remotas y habitualmente inaccesibles? En un mapa caracterizado por la desconexión de una diversidad de economías domésticas, por la existencia de secciones solazadas en su autarquía, ¿era de vida o muerte hacer con precisión la cuenta de las leguas?

En una república sin regímenes capaces de dominar el territorio no tenían sentido los cronómetros. Tampoco hacía falta el cómputo de los trayectos. Eran objetos innecesarios, piezas superfluas en el pedazo de paraíso terrenal que seguramente fuimos.


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