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Crónica de un regreso a Caracas VI: Antecedentes penales

por Pedro Plaza Salvati

16/12/2017

Fotografía de Nicola Rocco / Archivo de Fotografía Urbana

Misión apostilla

A las cuatro y media de la mañana, con las calles desoladas, nos dirigimos en carro hacia el centro de Caracas. Tomamos una de las rampas de acceso a la avenida Libertador. Apenas descendemos, a pocos metros, un hombre completamente desnudo de espaldas a nuestra vista se baña con el agua de un chorro que cae sobre la avenida. La escena es impactante. La Libertador es una intermitencia de oscuridad total a claridad parcial. Acelero a pesar de que el camino está lleno de huecos. Seguimos en la penumbra vial hasta que empalmamos con el inicio de la avenida Urdaneta a través del elevado que está enfrente de la Torre Mercantil.

Pasamos a la altura de La Candelaria y, más arriba, observamos a lo lejos, una fila al costado de Relaciones Exteriores, a pocos metros de la esquina de Carmelitas, como una imagen sacada de un sueño. Dejo el carro en una calle íngrima al lado del Banco Central con la idea de buscarlo cuando sean las seis de la mañana. Caminamos hasta el final de la cola y delante de nosotros, ya a esa hora, hay unas cien personas. En ese mismo momento un grupo numeroso de hombre y mujeres con colchones, sábanas, maletas y enseres aparece desde el costado de la sede del Ministerio de Relaciones Interiores, que tiene unas escuetas luces verticales blancas navideñas. En ese momento la edificación, no sé por qué, me da una sensación de tiempos de fascismo y me pregunto si la gente que pasa se dispone a invadir algún inmueble. Estamos sobre la acera que al final muere en Puente Llaguno, en donde se divisa esa inquietante escultura que brinda un aire de realidad tergiversada, de la que sobresale una de las figuras con las manos al aire como pidiendo que no le abran un expediente con antecedentes penales.

Hay carteles grandes por todas partes que dicen Zona de Seguridad y diviso cerca del Palacio de Miraflores una barrera que atraviesa completamente la Urdaneta; se siente tan lejano y cercano al mismo tiempo. Un hombre con sombrero en bicicleta porta termos de café y pasa por la acera, dice frases incoherentes que suelta por momentos. Vemos también a un grupo de cuatro guardias nacionales en motocicletas que se dirigen hacia Miraflores. Se detienen en formación en Puente Llaguno, como si hicieran acrobacias. Al rato regresan y pasan enfrente de nosotros. Una sucesión de carros comienza a estacionarse frente a la fila.

Cuando empieza a aclarar el día y ya el reloj marca las seis de la mañana, me dirijo al carro para tratar de conseguir un estacionamiento que esté abierto. Las tonalidades del amanecer caen indirectamente sobre la avenida Urdaneta. El carro, por suerte, sigue en el mismo solitario lugar al lado del Banco Central. Conduzco por la Avenida Oeste 3, paralela a la Urdaneta, detrás del BCV, y observo que hay mucha basura en casi todas las esquinas. Recuerdo que antes, a esa hora de la mañana, era sencillo estacionar en la zona. Ahora no, ahora casi todos los estacionamientos están tomados por el gobierno con antipáticos letreros de Solo Puesto Fijo. Doy varias vueltas. El amanecer cobra otras tonalidades y me provoca detenerme a tomar una foto. En algunas esquinas hay hombres que no se ven amigables. Luego de múltiples intentos infructuosos llego a un estacionamiento que está casi mordiendo el elevado donde se colocan los vendedores de libros en la Urdaneta, y que me acepta el carro. Me dice que la tarifa plana es de Bs. 3.500 y que no tiene punto de venta. “Yo tengo efectivo, no hay problema”, le contesto.

Camino y sigo viendo mucha basura. Me encuentro con una fila gigante para comprar el pan en un local que hace esquina. Empieza mi ascenso desde el elevado de la Avenida Urdaneta con la Ave. No. 17 hasta Relaciones Exteriores. Observo una cola gigantesca que se forma frente al Registro Principal, del otro lado de la acera, para la protocolización de títulos de graduados que se van con la esperanza de ejercer su profesión en otro país, obtener una reválida, continuar con otros estudios o simplemente conseguir un trabajo fuera de las fronteras.

Veo a una señora que parece indigente pero que está sentada dentro de una suerte de círculo de concreto donde en un momento dado pudo haber estado un gran árbol. Vende ejemplares de Últimas Noticias que tiene recostados, uno por uno, sobre el borde de esta estructura circular, cada ejemplar fijado con una piedra. Ella lee uno de los periódicos como si estuviera en la sala de su casa, con las piernas cruzadas. Sigo caminando hacia arriba y me percato de nombres de edificios que evocan el pasado: Austerlitz, Phelps, por ejemplo. Hay un grafiti, como una mancha en negro, que dice “Ramos Allup payaso eres el responsable del Caracazo”. Se mezcla la Caracas antigua con la Caracas transformada en propaganda revolucionaria.

Al frente de la Santa Capilla un militar da instrucciones a un nutrido grupo de personas, como si se tratara del plan de acción del día. ¿Qué hace un militar con su uniforme verde dando instrucciones a un conjunto de hombres y mujeres de civil que tal vez sirvan los intereses de la revolución? No hay disimulo alguno. Otro militar bosteza y espera en una moto al que da instrucciones a los civiles. Camino un poco más y llego hasta donde está Ana que veo con los ojos aguados. Había soltado unas lágrimas pocos minutos antes. Le vino la idea de que me podía haber pasado algo. Tomar casi una hora por las dificultades para estacionar es suficiente motivo que justifique su angustia. El celular ni pensé en sacarlo, aunque se puede considerar un perolito, a esa hora de la mañana es una tentación innecesaria. Su preocupación es la angustia de todos los venezolanos. La fila ahora llega hasta Puente Llaguno y gira cuando se inicia la escalera, como una animal que tuerce la cola. Alrededor de la fila se instala un vendedor de estampillas, una venta de empanadas y un servicio de fotocopiadora en la entrada de un oscuro y angosto edificio. El día casi termina de aclarar y le digo a Ana que voy a tomar un café y que cualquier cosa me envíe un mensaje si logra entrar.

Hace varios meses contratamos a una empresa que se dedica a “sacar papales”: actas de nacimiento, matrimonio o antecedentes penales que era lo que Ana necesitaba para un importante trámite. Habíamos utilizado el servicio en dos oportunidades y habían cumplido pero nos advirtieron ahora, luego de meses de espera, que el servicio de apostilla de documentos estaba suspendido. Habíamos estado esperando unos cinco meses luego de contratado el servicio para algo que, a lo sumo, según lo ofrecido, tardaría un mes. Por casualidad, en este regreso a Caracas, una amiga nos dice que se acababa de sacar los antecedentes penales. Le pregunté cómo había hecho y me dijo que, siendo condición imprescindible que asista la persona que solicita el trámite, con el pasaje de salida del país estampado con el sello húmedo de la aerolínea (algo que hicimos en Copa) se podía apostillar el documento.

Carrasquel y el hombre que voló los depósitos de la CIA

Me siento en una cafetería cerca del Ministerio de Relaciones Interiores donde me sirven un café aguado. El punto de venta pasa rápido. Empiezo a anotar lo que oigo, el hablar es una algarabía; hombres que conversan sobre las carreras de caballo del día de ayer, pretendiendo una normalidad perdida, y que vociferan frases sobre política y economía:

“¿Cómo esta gente no va a poder controlar la inflación?, chico, ¡no me jodas!”/ “Los precios de las cosas son ficticios”/ “A mí me regalaron varios paquetes de Harina Pan. Ustedes los bachaqueros están explotando a la gente”/ “¿Vieron que nombraron a un general en PDVSA?”/ “Yo tengo mi futuro listo: yo me voy a Ciudad Bolívar. ¿Tú sabes lo que son cuarenta y siete años vendiendo libros? ¡Y nadie agradece nada! Toda una vida ayudando a mi pueblo para nada. Como dice el dicho: ‘el vivo vive del bobo’”/ “Tanta gente haciendo cola para comprar el pan. Mira, yo vengo caminando desde Catia y lo que se ve son puras colas para comprar el pan. Ya la gente se acostumbró a todo, hermano. Menos mal que yo no como pan”.

Saco con disimulo el perolito y tengo un mensaje de Ana en el que me avisa que ya pasó la primera entrada donde están las rejas. Termino el café y pido prestado el baño y me dan una llave amarrada con un mecate delgado a una lata aplastada de cerveza. El mecate está insertado por la hendidura donde se bebe. Deben haberle hecho otro hueco en el fondo para poder amarrar la llave.

Me acerco de nuevo a Relaciones Exteriores. La fila ahora tiene dimensiones enormes. Me recuesto en la entrada para ver si veo a Ana dentro del enrejado, que es como una estación intermedia. La misma cola parece varias filas cortas en zigzag. A mi lado una señora conversa con un señor. El señor es mayor pero muy enérgico. Oigo que la señora es familia de Carrasquel, el gran beisbolista venezolano. El señor dice que ha practicado ciclismo, boxeo y béisbol, que no toma ni fuma, nunca lo ha hecho en su vida. Es delgado y los dientes le salen de la boca como púas que asemejan una mata que no recuerdo. Es de ojos claros que se ven a través de los anteojos. Habla de forma amena, entusiasmada, no se detiene en los cuentos, dice que tiene ochenta y cinco años pero habla con la intensidad de un adolescente. Es gestor, se dedica a ayudar a la gente a sacar papeles. Para mis adentros me digo que ojalá lo hubiéramos contratado, algo me inspira confianza en el señor. Tal vez por el llamado de la venezolanidad me incorporo a la conversación. El tema llega a lo político y dice que ha conocido a todos los presidentes de Venezuela, excepto a Leoni. Que su familia es descendiente del indio Guaicaipuro, que era dueña de muchos terrenos en Baruta, pero que en los años sesenta las autoridades se los quedaron con el argumento de que eran terrenos para el pueblo.

Seguimos conversando y de pronto, del otro lado de la acera, en la entrada de empleados del Ministerio de Hacienda, se arma una trifulca. Un hombre que porta un carnet se baja del carro y le pega un puño en la cara a un muchacho que estaba con su moto y que posiblemente le obstaculizaba la entrada al estacionamiento. La señora emparentada con Carrasquel al lado mío se angustia y comenta que en Venezuela se han perdido todos los valores. El señor asiente y habla del problema de que los deportistas venezolanos ahora no entrenan como antes. Y agrega: “Yo lo que le digo a la gente es que se olvide de los gobiernos: que viva su vida. Hay que valorar las cosas buenas. ¡Olvídense de la política!”. El motorizado está aturdido con el trompazo y no hace nada, como un símbolo de un pueblo entero. Ella dice que la crisis de valores es tan grande que las personas que se van del país están abandonando a los viejitos y a los perros, lo comenta al momento en que una perra en celos le da un parado rabioso a un par de perros galanes en pleno albor del día. El hombre que golpeó al muchacho entra al estacionamiento. Una cola de suplicantes se arma también frente a ese ministerio no sé con qué propósito. Pienso que ese acto salvaje es producto de casi dos décadas de lenguaje de violencia y del odio sembrado.

Cuenta el señor que conoció a Chávez en Barquisimeto en 1986 cuando todavía era capitán. Chávez y que se le acercó y le dijo: “Tú tienes cara de revolucionario”. “¿Revolucionario?”, dice el hombre que respondió: “¡Yo formé parte de la guerrilla urbana!”. Y nos empieza a contar a la señora y a mí, para mi asombro y disimulo más que fingido, que él fue comunista y guerrillero. Que estuvo con el grupo que en los sesenta, en una operación que realizaron de madrugada, volaron los depósitos de armas de la CIA, los de Rockefeller aclara, que colocaron cuatro bombas molotov y lo volaron. Yo toda mi vida he sido comunista, agrega. “¿Usted estuvo con Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff?”, le pregunto no sé por qué, y me responde difamándolos: “Esos eran unos bandidos. Se quedaban con la plata que nos mandaba el partido comunista de Italia y de Rusia!… Además, Petkoff siempre nos vendía, ay qué casualidad, de pronto había una reunión clandestina y nos caía una redada”. Y le pregunto: “¿Usted conoce a Eduardo Liendo?”. Me responde que no lo conoce y agrego: “Él escribió un libro que se llama Los topos, que narra su experiencia en prisión y los intentos de escape en lo tiempos de agitación que usted me cuenta. Que claro que hoy en día él piensa muy distinto y es el autor de uno de los libros más vendidos de la literatura venezolana, que también se lee en las escuelas, El mago de la cara de vidrio. Es un escritor que admiro mucho y es amigo mío”. Me responde de nuevo que no lo conoce.

La hija de la señora sale y, casi al mismo tiempo, también aparece el cliente del señor. Nos despedimos como si fuéramos amigos de toda la vida. Anoto el nombre y el teléfono del señor pensando en alguna gestión futura (de papeles, nada de volar depósitos). Su cliente me lo recomienda ampliamente. Al rato aparece Ana con cara victoriosa y con la buena noticia de que los antecedentes estarán listos el miércoles por la tarde.

Un paseo “colectivo” y la resistencia de Ronald McDonald’s

Caminamos de Carmelitas hacia abajo. Llegamos a la esquina y, frente al callejón peatonal que da hacia la Casa Amarilla, hay un local a puertas abiertas dedicado al Colectivo Catedral Combativa. El local tiene varias pinturas en las paredes externas con figuras emblemáticas para este colectivo, así de mezcladas: Diosdado Cabello, Nicolás Maduro, Manuela Sáenz, Hugo Chávez, Che Guevara, Lina Ron, Simón Bolívar, Negro Primero, Ezequiel Zamora, Juan Montoya, Robert Serra, José Odreman y Danilo Anderson. Me asombra y no me asombra a la vez encontrarme con esta casa del colectivo en pleno centro de Caracas.

En las paredes de los edificios aledaños hay dibujos como de una mancha negra, parecida a la de Ramos Allup, con la silueta de un hombre arrodillado en el piso apuntando con un fusil y la leyenda: Los colectivos toman Caracas para defender la Revolución. Como si se tratara de un establecimiento comercial, Colectivo Catedral Combativa tiene unas enormes cornetas que disparan hacia la calle y en su interior hay libros, manuales, panfletos y una reproducción en tamaño humano de Chávez. Me pregunto cómo harán muchos de sus miembros para sacar sus antecedentes penales en caso de que los necesitaran para algún trámite dentro o fuera de las fronteras.

Cruzamos la calle hacia la vía peatonal que da a la Casa Amarilla. Los postes de luz antiguos están todos con letreros anclados con la foto del Che Guevara y con varias de sus frases reproducidas en todo el entorno alrededor de la Cancillería y de la Plaza Bolívar. Paso enfrente de la entrada lateral de la Casa Amarilla, donde trabajé un par de años, hace no sé cuánto tiempo, recién graduado de Estudios Internacionales. Esa era mi entrada habitual. Venía todos los días en metro al centro cuando se podía caminar tranquilamente por la zona a pesar del agite de siempre.

La Plaza Bolívar luce pulcra y adornada. De un costado de una baranda está otro militar dando instrucciones a grupos de civiles, muy parecido al que me encontré en la Santa Capilla. Frente al Palacio Municipal hay una serie de módulos enormes al aire libre que narran y reproducen episodios de la vida de Fidel Castro. A la derecha veo el antiguo edificio Francia y me recuerdo del histórico paseo de Chávez por los alrededores de la Plaza Bolívar, cuando preguntaba:

–¿Ese edificio ahí qué es?… Ese es un teatro antiguo, ¿no era? Ajá pero eso está en manos del gobierno, ¿verdad?… ¿Y ese edificio?

–Ese es un edificio que tiene comercio privado de joyerías –se oye la voz de Jorge Rodríguez.

–¡Expropiese! ¡Expropiese!, señor alcalde.

(Pienso en el indulto que el presidente Caldera otorgó a Hugo Chávez cuando cumplía sentencia en prisión por los delitos asociados al golpe de estado de 1992 y cavilo sobre cómo será el procedimiento de borrar los antecedentes penales luego de un indulto).

Ahora veo un letrero en la esquina del edificio Francia en el que se lee que Nicolás Maduro decretó que ese inmueble está destinado a la sede de la Asamblea Nacional Constituyente, cuyo nombre luce como un desafío o una imposición frente a la sede de la legítima Asamblea Nacional. Hago memoria y pienso en las imágenes en televisión de los angustiados comerciantes sacando a la carrera sus pertenecías de sus locales; toda una vida dedicada a un negocio para perderlo de la noche a la mañana: terminar expulsados de sus propios locales como personas con una epidemia incurable.

Seguimos nuestro recorrido en la calle peatonal hacia la Avenida Urdaneta. Observamos una cola como de unas mil personas, según la cuenta visual que hice. Da la vuelta a la cuadra o, mejor dicho, hace una L completa que llega hasta la entrada de Pajaritos. Pregunto para qué es la cola y me dicen que para retirar efectivo del Banco de Venezuela. A los que hacen fila les reparten masivamente un periódico llamado Ciudad Caracas CCS: Revolución a diario. Casi todas las personas tienen un ejemplar del periódico. Tomo uno y veo algunas informaciones: “Cubanos asistieron a la urnas para elegir delegados municipales”/ “PSUV realizó simulacro electoral para las municipales”/ “Basura en Montalbán: llena de basura se encuentra la tercera avenida de Montalbán”/ “Falla de recolección de basura en Caricuao”/ “Carne ni pollo se ve en las carnicerías de Guarenas” / “Repartirán 10 millones de juguetes a través de los CLAP”.

Intentamos entrar a un café llamado Café Venezuela, en la cola un hombre me dice que solo se aceptan tarjetas de débito del Banco Bicentenario y del Banco de Venezuela, lo que quiere decir que aquellos que tenga cuentas en un banco privado no tienen derecho a pagar electrónicamente un café en el Café Venezuela que excluye, en una suerte de apartheid cafetero, a los que no están con la revolución y sus bancos, que fuerzan a un pueblo arrodillado a hacer filas interminables para sacar un monto en efectivo que no vale nada y que, de paso, ideologizan con su panfleto-periódico mientras la gente espera perdiendo la vida. Una cola que muestra los rostros del silencio y la resignación.

Encontramos un raro café moderno. La atención es pésima, de esas en que la cajera te ve con cara de que no quiere vivir más, pero el café es bueno. Continuamos el recorrido. Pasamos por la cuadra donde nació Bolívar. Me viene a la memoria un antiguo e inexistente restaurante árabe al que iba a almorzar cuando estaba en la Cancillería. Me recuerdo, me veo a mí mismo, caminando con mi traje, un poco acartonado como lo exige la profesión diplomática, tranquilo de la vida, sin emblemas ni consignas de ningún tipo.

Giramos hacia la Urdaneta y en la Esquina de Pelota está un edificio invadido desde donde cuelgan ropas hacia la calle. Se ve decrépito, deteriorado, sucio, se percibe sobrepoblado, es una ruina. Lo más extraño es que en la planta baja se conserva un McDonald’s, como para una noticia que debía haber aparecido en algún medio: “Invasores de edificio en Centro de Caracas permiten que el imperialista Ronald McDonald’s continúe operando en la edificación.” Otro titular ficticio sobre la misma noticia en otro periódico de mayor circulación: “¡Qué pelotas!: En edificio invadido en la Esquina de Pelotas los invasores juegan pelota con un McDonald’s”. U otro más serio de un diario imaginario de escaso tiraje: “Capitalismo y comunismo conviven en un edificio invadido por familias donde todavía opera un McDonald’s”. Afuera hay un cartel que dice: La novela de Chávez. Nada de lo que he visto en el centro hasta ahora es novela.

Un mural de Ánimas Benditas y cigarrillos imperialistas.

El ambiente en la tarde el miércoles en el centro de Caracas se siente mucho más exaltado, mucho más caribeño que cuando vinimos el lunes. El horario para retirar los antecedentes penales apostillados es de 1:30 p.m. a 3:30 p.m. Dejo a Ana de un lado de la acera del Banco Central, como en una repetición de lo hecho anteriormente, y me dispongo a buscar un puesto. Luego de intentar en varios estacionamientos logro que lo acepten en el mismo sitio del lunes. Camino en ascenso esta vez por la Avenida Oeste 3 paralela a la Avenida Urdaneta. Hay mucha basura acumulada en las esquinas. Un perro devora restos de alimentos en un lado de la acera. Veo a varios hombres reunidos, cada uno recostado de una moto, me dan la impresión de que deben pertenecer a algún colectivo.

Me detengo ante un mural pintado del lado posterior de un quiosco, que da hacia la calle y que me llama la atención. En la parte superior tiene la leyenda escrita en rojo: He vuelto para la gran batalla final contra el imperialismo, carajo (la coma es mía). En el medio hay tres figuras: Cristo en forma con el torso descubierto (un Cristo fit) con una suerte de sábana blanca que le cubre el resto del cuerpo, Simón Bolívar a la izquierda de Cristo, montado sobre su caballo blanco con una espada visible y envainada que le cuelga de la cintura y, no podría ser otra, la de la derecha es la de Chávez, una representación entre las tantas que abundan en el centro de Caracas, montado sobre otro caballo blanco y vestido de llanero. A un costado del quiosco hay una pintura pequeña del rostro de Maduro con una leyenda de agradecimiento a Chávez por haber dejado a Maduro “para seguir dando más duro”. Y una advertencia escrita: Ánimas Benditas castiga duro a los que rayen este mural.

En la esquina donde está el Ministerio de Hacienda tienen puesta una tarima de propaganda a Erika, la candidata del chavismo al Municipio Libertador. Me recuerdo de la cadena nacional de Radio y Televisión a las diez de la noche del día anterior utilizada para promover a varios candidatos del chavismo en las municipales: “Rostros de la democracia”, se llamaba la cadena: Rodolfo Pérez-Municipio Zamora/Pedro Bastidas-Municipio Girardot/José Alejandro Terán-Municipio Vargas/ Erika Farías-Municipio Libertador. Todas las emisoras de radio y televisión mostrando “los rostros de la democracia”.

El estruendo de la música cubre todo el ambiente en los alrededores. Cruzo la calle y me acerco al Ministerio de Relaciones Exteriores donde me esperaba Ana. La cantidad de gente sobrepasa la altura de Puente Llaguno y se desborda hacia la Avenida Baralt, debajo del puente. Entablamos conversación en la fila con un muchacho de aspecto reggaetonero que comenta que él está sacando los antecedentes penales para viajar a Cuba. El muchacho tiene zapatos Adidas, camisa Country Park, pantalones rojos sin marca visible pero a la moda, todo combinado: gris, rojo y azul, cada cierto tiempo se coloca los audífonos para oír su música. Nos enteramos de que, siendo ciudadano venezolano, es necesario sacar los antecedentes penales apostillados para poder sacar la visa de turismo a Cuba. El muchacho solo quiere conocer Cuba; es una excepción con el resto de los presentes que quieren irse del país a como de lugar.

Entonces pienso que Caracas es la ciudad más peligrosa del mundo, o casi siempre entre las tres más peligrosas del mundo, con 28.479 asesinatos solo en el 2016, según el Observatorio Venezolano de Violencia y que, por contraste, todo el mundo comenta que La Habana es muy segura. Tan segura que los políticos cubanos se dan el lujo de humillar a los venezolanos exigiéndoles antecedentes penales, sin importar la ayuda/donaciones/regalos multimillonarios que han recibido. No importa que se tenga pasaporte y todos los requisitos en orden, alguien que haya cometido un delito y se haya regenerado o que ese delito haya sido una causa imputada injustamente no tiene oportunidad: hay que sacarse los antecedentes penales para viajar a Cuba. No quieren delincuentes venezolanos de visita.

Termino de dar vueltas en mi cabeza a estas conjeturas con la música de Érika a todo volumen en un cuadrante donde está el Ministerio de Hacienda, el Banco Central, el Ministerio de Relaciones Interiores y el Ministerio de Relaciones Exteriores. Detrás de nosotros está un hombre que dice ser gestor y que lee una novela policíaca de Perry Mason mientras espera. Observo a una señora que vende cigarrillos al detal:

Chesterfield: Bs. 600 (cigarrillos imperialista muy populares en el mundo en épocas pasadas) Pall Mall: Bs. 700 (cigarrillos imperialistas gringo-británicos) Belmont: Bs. 800 (marca original de cigarrillos venezolanos introducida por Tabacalera Biggot, que es a su vez es una filial de la British American Tabacco, dueños de Pall Mall).

Antropología revolucionaria o la distorsión de la historia

Ana logra entrar al enrejado previo al ingreso a Relaciones Exteriores. Nos despedimos y me voy a dar una vuelta por el centro, con curiosidad antropológica y escritural. Desciendo desde la Esquina de Carmelitas por la Avenida Norte 4. Paso por el lugar que rinde homenaje a los colectivos, ahora me parece familiar con solo haberlo visto hace un par de días. Sigo mi descenso hacia la zona de Capitolio, sede de la Asamblea Nacional que ahora es más la sede de la Asamblea Nacional Constituyente. Hay varios puestos de venta de la Lotería de los animalitos. El camino está lleno de vendedores sobre todo de oro pero también de euros y dólares, vociferan la oferta de sus productos a bocajarro como si se tratase de una chuchería o golosina que ofrecen al transeúnte.

Camino hasta la entrada del metro y paso por el Palacio de las Academias en la Avenida Universidad. En la llamada Casa Bicentenario veo el anuncio de la exposición “De Lenin a Chávez: 100 años de revolución”, que me entero fue inaugurada como parte de la FILVEN 2017. Decido entrar y presencio un recuento histórico, más bien una versión apañada de acontecimientos históricos con distintas reproducciones, fotos y leyendas que inicia con la revolución bolchevique: “Hoy en Venezuela se mantiene la lucha que iniciaron las grandes mayorías rusas en 1917. La Revolución Bolivariana enfrenta a los mismos enemigos históricos: el capitalismo financiero mundial, el imperialismo internacionalista regional y la burguesía apátrida, e igual que en la Rusia de Lenin, solo la unión de un pueblo la seguirá conduciendo a la victoria”, se lee en un cartel.

Al fondo de la exposición hay una gran foto panorámica, casi que de punta a punta de la sala, que representa a cientos de ciudadanos chinos y la revolución de Mao con el grotesco detalle, alterando las realidades, como un exabrupto de pésimo gusto: en medio de la multitud china está insertada la fotografía de una mujer venezolana con la boca abierta gritando y sosteniendo una camiseta roja con el hashtag YoSoyChávez. En el segundo nivel hay reproducciones a cuerpo completo de líderes revolucionarios, Fidel cargando su fusil, Chávez con el brazo alzado.

Entre tantas reseñas de movimientos revolucionarios se representa 1992, el año del intento de golpe de estado de Chávez: “El MBR-200 trae un nuevo amanecer político: Venezuela despierta con la revolución bolivariana”. Luego prosigue un cuadro representativo de la victoria de Chávez en 1998 y otro mucho más grande: “Constituyente: Ahora sí hay democracia. 1999: Aprobada la Constitución Bolivariana”.

¿Podemos imaginar cuál es el último cuadro?:

“2017: La constituyente frena al fascismo en Venezuela”.

Revelación en la Santa Capilla

Salgo de la exposición. Hay que tener estómago para disimular. Camino por las calles. Cada vez me doy más cuenta de cómo se hunde Venezuela, el lavado de cerebro. Veo a dos hombres cargando un botín preciado: dos bolsas CLAP; la compra de la conciencia y del pensamiento a través de la comida. Llego a la Esquina de San Francisco y desciendo hasta la sede del Consejo Nacional Electoral que, a esta hora, parece un lugar abandonado. Y pienso en todas las marchas fallidas para llegar a este Centro de Manipulación Electoral, la baranda nocturna cuando los rectores se disponen, en horas de la madrugada, a bajar la guillotina de la democracia. Me resulta muy extraño que el lugar esté tan abandonado. Siento peligro. Se percibe una energía siniestra.

Decido regresar hacia la avenida Universidad y camino hasta la sede principal del Banco de Venezuela desde donde nace otra vez una cola gigantesca de similar magnitud a la del lunes, solo que ahora la gente recibe el sol en sus caras y cuerpos como una penitencia agregada a la degradación de tener que postrarse en una fila durante horas para retirar una mísera cantidad de efectivo del banco del Estado, una suma que con suerte llegará a ser equivalente a un dólar $1 si se corre con suerte (un billete de cien mil bolívares, el nuevo, con el que no se puede pagar casi nada: nadie lo recibe porque no hay billetes de menor denominación que se le aproximen en valor para dar cambio). Una foto enorme de Chávez cubre los vidrios de la fachada lateral del banco.

Veo que hay una tienda de Librerías del Sur a la que entro a explorar. Tiene muchos títulos que publica la politizada Monte Ávila Editores con obras de escritores afines a la revolución. Hay una representación en tamaño real de Hugo Chávez sentado tomando café. ¡Hasta en las librerías está el difunto! Salgo y camino unos metros hacia arriba, giro a la derecha y me encuentro con una librería-café, El techo de la ballena, de la Alcaldía de Caracas, que es la de Libertador en realidad, tampoco se trata del Gobierno del Distrito Capital; una estructura paralela creada por la Presidencia de la República en el 2013 para socavar el poder del Alcalde Mayor de Caracas, Antonio Ledezma, el alcalde legítimamente electo por el pueblo.

Entro al Techo de la ballena. Es un lugar agradable sobre todo si se pone en contraste con el ambiente que se respira afuera. Tiene libros publicados por la Alcaldía de Libertador, la que dice llamarse falsamente Alcaldía de Caracas. Los libros que están a la venta son de literatura pero solo de autores afines a la revolución: Carlos Nogera, Luis Brito García, Gustavo Pereira, entre otros. Recuerdo que Jorge Rodríguez fue ganador del Premio de Cuentos de El Nacional y me entra un escalofrío de psiquiatra. El menú parece el de un café en Brooklyn, hasta cupcakes tienen, salvo los jugos naturales y el papelón con limón. Pido un papelón con limón. La señora es bastante amable y se queja de la lentitud de los puntos para poder pagar. La bebida está servida pero no puedo tomarla hasta que se considere que la transacción fue exitosa. Esperamos unos minutos y finalmente pasa.

Salgo de nuevo y atravieso la Plaza Bolívar que tiene letreros demagógicos en los que se ofrece Wi-Fi. Enfrente de la sede del gobierno usurpado a Ledezma tienen montada una obra de teatro con motivos navideños y folclóricos. Hacen chistes, la gente se ríe, no parece la chispa del venezolano. Pasa otro grupo de personas con las bolsas CLAP transparentadas en su contenido: Harina Pan, aceite, arroz y otros productos Not Made in Venezuela. Entro fugazmente a la Catedral de Caracas y veo con regocijo la permanencia de La última cena de Arturo Michelena en su lugar de siempre. En una esquina está el Teatro Principal, que fue remodelado, y adentro se observa una figura de Chávez en dimensión humana vestido de beisbolista. ¿Qué tiene que ver el béisbol con el teatro?

Subo hasta la Santa Capilla. Un estruendo de música revolucionaria trasnochada asciende desde la fosa de la plaza que está enfrente de la pequeña iglesia. El monte brota de las paredes externas de la Santa Capilla como si fuese una iglesia abandonada en un pueblo en los llanos. Adentro hay muy poca luz, como en casi todo el país, lumínica y espiritualmente hablando. Venezuela se ve más oscura desde el espacio, eso han determinado fotografías de satélites, lo que concuerda con lo que he oído de que hay numerosos pueblos y ciudades en el interior del país sin luz. El aspecto interno de las paredes y columnas de la capilla está deteriorado. Hay un mendigo que duerme en un banco y un grupo de personas rezan, rezos que suena más que nunca a súplicas. Me vienen a la memoria todas las personas que he visto en este viaje comer de la basura. Recuerdo el camión del aseo al que un tropel de unos veinte niños se le montaba para disputarse las sobras antes de que el camión se las tragara. Recuerdo a los señores que parecen emigrantes abandonados, con rostros y acentos europeos, pidiendo unos míseros billetes. Recuerdo la escena, la que más me impactó en el viaje, de unos niños en cuclillas tragándose unas empanadas como perros hambrientos; nunca había presenciado una manera de comer tan desesperada. Pienso en las familias abandonadas en las esquinas de la ciudad, tratando de sobrevivir, los venezolanos que andan como cadáveres ambulantes. Todo eso me viene a la mente en la Santa Capilla.

Estoy detallando el altar cuando recibo el mensaje de Ana de que ya está lista. Al salir me encuentro con camiones y grupos de personas promoviendo al Partido Comunista de Venezuela en las elecciones municipales. Me entregan una propaganda que dice: “Vota Gallo Rojo. Firmeza y dignidad revolucionaria. Eduardo Samán, Alcalde de Caracas”. Me llama la atención que ese papel que me entregan es un papel reciclado, impreso en hojas troqueladas sobre préstamos a uno asociados de qué se yo qué organización financiera. Un poco más adelante me entregan un panfleto del Consejo Nacional Electoral con una aclaratoria que me parece redundante o, como mínimo, sospechosa: “En todo el país se emitirá un (1) voto por la candidata o candidato a alcaldesa o alcalde”. El papel del CNE tiene engrapada una hojita que dice: “El PCV alerta al Pueblo Rebelde de Caracas: Una mano peluda en el CNE maniobró para que no aparezca el nombre de Eduardo Samán en las tarjetas del PCV y PPT como candidato a la Alcaldía de Caracas. #CaracasenrebeldíaSamánparalaalcaldía”.

“Tiempos de oportunidades” y el tigre dientes de sable

Me acerco a Carmelitas. Ana y yo nos encontramos y abrazamos como una pareja victoriosa. ¡Al fin lo logramos! ¡Ana tiene sus antecedentes penales! Sí, claro ya lo sabemos, esto debería ser un trámite de un día o de horas en un país normal pero en Venezuela nos tomó casi seis meses y solo porque nos avispamos en este viaje y nos enteramos de que con el pasaje de salida y asistiendo en persona se podía lograr la apostilla de los antecedentes. Mientras caminamos por la Urdaneta hasta el elevado para buscar el carro, Ana me cuenta algunos detalles de su experiencia una vez adentro del recinto:

“Bueno, sabes que tenía al muchacho que viajaba a Cuba delante de mí y al gestor que leía la novela de Perry Mason detrás. El muchacho me dijo, imagínate, que este es el mejor momento para invertir en el país. Que la persona que tiene dinero puede vivir muy bien pero que, claro, la inseguridad lo mata todo. Y como todo el mundo se va del país y la economía está tan dura, esta es la oportunidad para comprar. Dice que un amigo suyo compró una casa en El Paraíso, imagínate, nada menos y nada más que en El Paraíso, comenta, de doscientos metros, con apenas cinco mil dólares. ¡Cinco mil dólares! El dueño estaba desesperado, se quería ir del país y tenía tiempo vendiéndola hasta que no pudo más.”.

Ana prosigue con el relato:

“Al entrar nos obligaron a hacer fila en una escalera. Luego de la escalera pasamos a una antesala con dos filas de sillas rojas, más o menos unas quince sillas por fila. A los de la primera fila nos pidieron el comprobante que nos dieron el día del trámite para poder retirar nuestros documentos. Esperamos. En la antesala hay un hombre moreno, corpulento, tal vez de unos cuarenta años que se encarga de coordinar el movimiento de la gente y la rotación de sillas.”

Y continúa.

“El lunes cuando vinimos a presentar la solicitud casi todas las taquillas estaban funcionando. Hoy había solo cuatro por lo que el proceso, aunque era solo para retirar los documentos, se hizo mucho más lento y menos fluido. En la sala la gente esperaba ansiosa, moviéndose de asiento en asiento, poco a poco hasta llegar a una de las taquillas abiertas. Hay que buscar el pape físico en una montaña de papeles para entregárselo a la persona indicada. Esto contrastaba con las modernas pantallas que repetían una y otra vez los pasos para lograr la apostilla según el tipo de documento, cómo autorizar a un tercero, horarios de retiro, etcétera. Esperamos con mucha paciencia en la antesala. No había señal para uso del celular dentro del edificio”.

Y concluye:

“El ambiente era extrañamente silencioso a pesar de la cantidad de gente, como si estuviéramos en un velorio o algo así, se oye un murmullo y por un rato largo no resalta ninguna voz. Las pantallas siguen mostrando los requisitos para apostillar en persona los antecedentes penales en casos excepcionales de salida del país: Cédula original y laminada y copia, original y copia del boleto aéreo con sello húmedo de la línea. El señor al lado mío sigue absorto en el libro de Perry Mason. Es un libro muy viejo, el papel está amarillo. Distingo un cuadro de Chávez que dice ‘Comandante Eterno’ y, debajo, un cuadro de Maduro con la banda presidencial y detrás de él un cuadro de Bolívar y la bandera. Hay varios letreros que dicen: ‘Seamos como Chávez (prohibido olvidar)’, ‘4F: Viva el pueblo combatiente’. De pronto el sistema de llamado cambia de ir moviéndose uno de asiento en asiento a ser llamado por nombre y apellido. Ya no hay silencio en la sala. La bulla regresa. La gente se exalta de tanta espera. Los funcionarios mandan a callar a algunas personas. La gente se calma pero al rato vuelve a inquietarse porque, por el ruido, no se pude oír ni escuchar el nombre de los que están siendo llamados. Vuelven a mandar a callar. Hasta que escucho mi nombre y me entregan mis antecedentes penales apostillados”.

Todo eso me lo cuenta mientras caminábamos por la Urdaneta hasta el elevado para luego girar por la calle paralela que sigue teniendo mucha basura. Sobre un tablón en plena calle hay una venta de trozos de carne alrededor del cual se arma una cola frente a un PDVAL cerrado. Pagamos el estacionamiento con treinta y cinco billetes de cien. Salimos entre el gentío y la basura acumulada en las calles. Conducimos sin obstáculos, ese es uno de los beneficios colaterales del colapso: en Caracas ya no hay tráfico. Tomamos el elevado y pasamos al lado de la Torre David con su helipuerto como el esqueleto del tigre dientes de sable del Museo de Ciencias en Los Caobos, uno de los pocos símbolos de la vida caraqueña que permanecen intactos, aparte del Ávila. Vemos la torre, los ranchos construidos dentro de un rascacielos desvencijado e incompleto. La torre parece un moderno edificio neoyorquino pero, por dentro, el país rancho, feliz o infeliz, quién sabe. Le digo a Ana que guarde los antecedentes en la guantera. Es casi la hora del atardecer y las calles se vacían, como el vacío que siento en un país transfigurado más allá del absurdo, más allá de la ruina.


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