Modern Love

Casarse es mejor que morir, ¿no?

por Pauline Miller

Fotografía de Maurizio Gambarini / DPA / AFP

03/01/2018

 “¿Y si tan solo nos casamos?”, preguntó Chris.

“Muy bien”, le dije, y después me desmayé de cansancio.

No sabía qué me pasaba; sentía que mi cuerpo se estaba apagando. Necesitaba ir al hospital pero, como actriz sin grandes oportunidades que tenía empleos de medio tiempo para pagar las cuentas, no tenía seguro médico.

Chris y yo habíamos estado juntos y felices durante tres años, viviendo en departamentos separados en la ciudad de Nueva York. Ninguno de nosotros estaba ansioso por casarse. Él era divorciado y no estaba listo para apresurar nada. Yo quería estar con alguien que amara, pero me creía demasiado progresista para tener una relación tan convencional.

Era cínica respecto del amor, o quizá cínica por lo que el matrimonio le podía hacer al amor. Me acechaban mis recuerdos de la infancia sobre el matrimonio de mis padres. Cuando tenía 5 años, mi madre se casó con mi padrastro cuatro meses después de conocerlo, sin darse cuenta de lo difícil que sería unir a nuestras familias, tan diferentes.

Ambos habían enviudado de sus primeras parejas debido a enfermedades inesperadas, pero tenían perspectivas opuestas sobre cómo ser padre soltero. Básicamente, ella se hizo estricta y él se hizo permisivo, lo cual significa que combinar nuestras familias fue como mezclar las series Déjaselo a Beaver y Shameless. Siguieron casados, pero gran parte de mi infancia fue un desastre doloroso que me convenció de que no existía el amor, sino que solo se trataba de una euforia temporal e ilusoria.

Sin embargo, aquí estaba, desafiando mis convicciones y aceptando una propuesta de amor (y beneficios de salud). Los síntomas de mi enfermedad me llegaron poco a poco. No reconocí lo grave de la situación sino hasta que las cosas se pusieron mal un domingo por la noche en la casa de los padres de Chris.

Mientras estábamos sentados en la mesa, me sentí ridículamente fría y ni siquiera tenía la fuerza para seguir sentada. “Me está dando gripa”, dije. “Tengo que recostarme”.

Enterrada bajo tres cobijas sobre el sofá, seguía temblando. El padre de Chris fue a verme a la sala. “Esa no es gripa”, dijo. “Debes ir al médico”.

No hice nada durante dos días. Después, llamé a mi amigo internista que vive en Reno, Nevada. Le describí mis síntomas, incluyendo las extrañas erupciones en mi rostro y los tobillos que empezaban a hincharse. Me ordenó que fuera a la sala de emergencias.

“¿Tengo que hacerlo?”. Mi capacidad de negación era sorprendente.
“Es posible que algo esté muy mal con tus riñones. Ve”.

Intenté no entrar en pánico mientras pasé los siguientes dos días explorando opciones de seguro médico. El seguro de Freelancers Union resultó ser demasiado caro y declararme en bancarrota me hacía sentir al borde del desastre. Me estaba volviendo loca tanto por el dinero como por la idea de morir.

Fue entonces que Chris me pidió que me casara con él. No era lo que la mayoría de la gente consideraría una propuesta de ensueño, pero estaba haciendo lo que podía porque me amaba y quería salvarme la vida. ¿Hay algo más romántico que eso?

Me preocupaba estar usándolo porque, aunque lo amaba mucho, no creía en el matrimonio. No veía por qué un pedazo de papel cambiaría nuestra relación, más allá de vivir en un apartamento pequeño en vez de dos (aunque, desde luego, podíamos hacer eso sin casarnos).

De cualquier forma, no tenía la capacidad de pensar al respecto en ese momento. Intenté convencerme de que no era la gran cosa, pero sabía que existían diferencias tangibles e intangibles.

Chris se reportó enfermo al trabajo el lunes por la mañana y después le preguntó al departamento de Recursos Humanos cuánto tardaría en cobrar efecto el seguro médico para su nueva esposa. La respuesta: ¡de inmediato!

Le pidió a su mejor amigo, Frank, que fuera nuestro testigo en el ayuntamiento en unas horas. Puesto que es un hombre precavido, Frank dijo: “Mmm, detengámonos un minuto y reflexionemos al respecto…”.

Chris le colgó.

Llamé a Rachel, mi amiga actriz, quien desbordaba alegría de poder ayudar. Después, Chris fue a su departamento a recoger la copia que necesitaba de sus papeles de divorcio. Tomó el metro en el centro, caminó a través del puente de Brooklyn y llamó a su terapeuta para que lo apoyara. La consulta con sus padres habría sido demasiado complicada en todos los aspectos, así que nos la saltamos, y decidimos que después sufriríamos las consecuencias de haberlos lastimado.

Me puse mis mejores pantalones de mezclilla, mi blusa favorita de Macy’s, negra, de encaje con flores bordadas color rojo y rosa, y me recogí el cabello de los lados. No tenía la fuerza para hacerlo bien, pero no quería parecer un desastre total en mi boda.

Chris, Rachel y yo nos reunimos en la escalera del ayuntamiento en el Bajo Manhattan, las que siempre muestran en La ley y el orden. Rachel nos dio los anillos de juguete que compró en una máquina expendedora del supermercado. Ella y Chris me llevaron cargando entre los dos a los edificios para hacer todo el papeleo mientras el receso por la hora de la comida se acercaba velozmente y entonces, apenas, pasamos. Por suerte, Rachel, que sabe coquetear, utilizó sus encantos con el funcionario y él se apresuró a terminar nuestro papeleo.

Nos envió a un tercer edificio para la ceremonia. El salón municipal, húmedo y frío, parecía estar congelado en la década de los sesenta. Nos formamos en una larga fila entre lo que supusimos que era una novia por correo y su novio, así como una adolescente embarazada con su novio de 25 años con cabello grasoso.

Nuestra jueza le daba un aire a la del programa Judge Judy. Mientras hablaba, Chris me sostenía de un lado y Rachel del otro. Todo duró cinco minutos.

“Felicitaciones”, dijo nuestra jueza. Después gritó: “¡Siguiente!”.

Rachel llamó a un taxi para ella y para mí, mientras Chris corrió a su oficina para ponerme en su seguro. Llamó mientras estábamos atoradas en el tránsito para saber a qué hospital íbamos; llegó a tiempo para mi proceso de admisión.

A lo largo de los siguientes cinco días que pasé ahí, un grupo de especialistas concluyó que tenía lupus, una enfermedad autoinmune que provoca que el cuerpo ataque a sus órganos internos. Había estado al borde de la falla renal y pude haber muerto. Para muchos, descubrir que tienen lupus es un camino largo y misterioso, porque a menudo no hay diagnóstico definitivo. Pero yo tuve “suerte” —un caso inconfundible con todos los síntomas evidentes—.

Chris fue un superhéroe durante nuestra primera semana de matrimonio, que pasé en el hospital. Iba a su trabajo, después a mi apartamento (si yo necesitaba algo), después al hospital, donde a veces se quedaba toda la noche. Y volvía a hacerlo todo el día siguiente.

Nuestro quinto día de matrimonio cayó en Halloween, mi festividad favorita, y Chris llegó al hospital con pelucas de punk rock y collares de Mardi Gras. Esa noche fui dada de alta y salimos del hospital disfrazados, a la calle y a un restaurante, donde comí comida de verdad por primera vez en una semana. Así comenzaron mis aventuras como guerrera del lupus y mujer casada.

Nueve años después, me hicieron una punción lumbar, una biopsia de riñón y un sinfín de inyecciones de plaquetas. He tomado suficientes medicamentos para matar a un caballo. He visto a mis doctores cada seis a doce semanas sin falta y cambié por completo mi dieta y mi estilo de vida; también dormí más de lo que creí humanamente posible. Me tomó años recuperarme de la primera recaída, pero he tenido la suerte de vivir dos periodos de remisión extendida; ahora estoy en el segundo.

Chris y yo aún estamos casados y vivimos en un apartamento estudio con nuestro bichon frisé, Willie. No hemos querido matarnos ni una sola vez. (Bueno, quizá una vez, pero cuando tú o tu esposo casi mueren, es menos probable que se molesten por las pequeñeces).

Después de que mi crisis de salud inmediata pasó, pude mirar en retrospectiva y apreciar lo mucho que hizo Chris para cuidarme. Su lado pasivo desapareció en cuanto me propuso matrimonio. Jamás lo había visto tomar el mando así (¡fue sexy!). Se casó conmigo, aunque se arriesgaba a sufrir la gran furia de sus padres conservadores quienes, como bien lo supuso, se impactaron cuando les dijimos que nos casamos sin decirles.

Me gusta pensar que si las circunstancias no nos hubieran obligado a casarnos, estaríamos viviendo de la misma manera que lo hacemos ahora, pero sin anillos. Sospecho que habríamos terminado por mudarnos juntos. Mantuve mi apellido, así que sería lo mismo. Las obligaciones familiares quizá serían distintas, pero quizá no.

¿Pero acaso nos habríamos vuelto tan unidos si no hubiéramos experimentado la emergencia médica que nos obligó a casarnos? Lo dudo. El lupus me despertó y me obligó a arriesgarme y tener fe en Chris.

Lo que aprendí fue esto: casarse con alguien que amas es mucho mejor que estar casada con tu propio cinismo.


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