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Visiones periféricas / “Las manos de los maestros” de J.M. Coetzee; por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 13 de septiembre, 2016
Visiones perifericas Las manos de los maestros de JM Coetzee 640x417

El escritor John Maxwell Coetzee.

Una de las paradojas más habituales de la relación que una modernidad periférica como la hispanohablante tiene con las instituciones culturales anglosajonas es que su naturaleza marginal se pone de manifiesto allí donde más se esfuerza por imitar esas instituciones pero no las condiciones materiales que las hacen posibles. Acerca de la New York Review of Books se ha dicho mucho, pero es más lo que se ha tratado de imitarla, en particular en los territorios en los que se habla español. Quienes hayan leído en una ocasión la publicación habrán percibido que su estilo claro, conciso y aparentemente objetivo parece fácilmente imitable; no lo es, sin embargo, como tampoco lo son las instituciones económicas y políticas que la sostienen pese a su naturaleza clara y abiertamente deficitaria, el respeto a la institución del libro que preside la cultura anglosajona, la naturaleza de los premios y de los apoyos que dinamizan su escena literaria y hacen posible la subsistencia de sus escritores, la condición verdaderamente cosmopolita de la edición en inglés, su diversidad, su atractivo. Una cultura deliberadamente barroca como la hispanohablante tiene, por fuerza, que imitar las formas en vez de los contenidos; pero, por supuesto, el carácter connatural de su imitación no la hace menos lamentable: lamentable o no, no es la peor de las tendencias propias de esa cultura (la cual, vale la pena recordarlo, también se caracteriza por un porcentaje importante de misoginia, racismo y homofobia), y es posible que, pese a todo, ésta tenga en la imitación una salida.

La producción ensayística del extraordinario escritor sudafricano J.M. Coetzee es, en cualquier caso, por completo deudora del imperativo de calidad de la publicación antes mencionada, pero es evidente que, en procura de una claridad y una concisión no necesariamente presentes en sus mejores libros, los ensayos de Coetzee tienen algo escolar, como si fuesen los de un alumno que intenta impresionar a sus profesores. Quizás en ello también haya resabios de una subjetividad deudora de la experiencia de la modernidad periférica. Una primera lectura de sus ensayos pone de manifiesto la contradicción propia del intelectual proveniente de los márgenes al menos geográficos de su cultura: por una parte, un deseo de enfrentarse a la metrópoli en relación a la autoridad con la que se habla acerca de los “grandes” autores, los autores universales (en el primer volumen de estos “ensayos selectos”, Coetzee escribe acerca de la condición de clásicos de T.S. Eliot y de Johann Sebastian Bach, aborda las obras de Walt Whitman y William Faulkner y da cuenta de lo que Némesis de Philip Roth tiene de tragedia griega; en el segundo volumen, el mejor de los dos, sus temas son incluso más universales: Friedrich Hölderlin, los cuentos de Joseph Roth, Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil, las obras de Samuel Beckett, Italo Svevo y Zbigniew Herbert, entre otros); por otra parte, el autor despliega un saber específico, una especie de competencia cultural vinculada con su origen, en este caso, con el territorio sudafricano y la modernidad periférica del inglés: sistemática, deliberadamente, Coetzee escribe sobre la supuesta ociosidad de los hotentotes en los primeros textos escritos sobre su territorio, sobre la dificultad del observador europeo para encontrar belleza y orden en el paisaje africano, sobre la sangrienta fantasía colonialista alemana y el genocidio que propició, sobre las contradicciones políticas de Nadine Gordimer y las obras de Doris Lessing, Patrick White y Les Murray, poeta bovino australiano.

Aunque no son sus mejores textos, los que proponen tácitamente una modernidad periférica cuya clave de acceso tendría el autor de Elizabeth Costello podrían tener interés si en ellos se pusiese de manifiesto la tensión entre centro y periferia que parece haber motivado su escritura. Sin embargo, no hay ninguna tensión en los ensayos de Coetzee (con la excepción de los que dedica a Gordimer, no en vano una autora que, como afirma, “ha escrito sobre la lucha de África contra Europa desde una conciencia occidental”, y las reflexiones acerca de la adopción de la ciudadanía inglesa por parte de T.S. Eliot como forma de “defenderse de un cierto pudor ante la brutalidad americana” en su texto sobre los clásicos), no hay voluntad de trascendencia (de hecho, buena parte de los textos incluidos aquí han sido reseñas, y por lo general no superan su naturaleza coyuntural y provisoria) ni hay mucho que un lector medianamente informado no conozca de antemano sobre los autores que aborda. Algunos de los juicios del autor son de interés (su argumentación del erotismo que permea el uso que hace Whitman del término “democracia” es al menos sugerente, así como su observación de que las novelas de Philip Roth tienen por tema las motivaciones de sus narradores; su afirmación de que “el siglo XIX fue el apogeo del Gran Escritor” al tiempo que “en nuestra época el concepto mismo de grandeza es objeto de sospecha” es, por otra parte, profundamente acertada), y es particularmente meritorio que Coetzee (quizás como parte de un programa más amplio de recuperación de la periferia) busque algo de interés allí donde parece evidente que no lo hay: el kitsch de Irène Némirovsky y Sándor Márai y la Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez.

Los mejores momentos de Las manos de los maestros se encuentran allí donde su autor parece perder el control de lo que se encuentra escribiendo, como en el texto en el que comienza hablando de Marilyn Monroe y su papel en Vidas rebeldes y acaba hablando de lo único que no es actuado en ese, el terror de los caballos exterminados, en la ficción y en el filme. Los ensayos de Coetzee son claros, precisos, eficaces en el cumplimiento de sus objetivos: no hay mucho de interés en ellos (al menos no en proporción a las expectativas que genera en el lector, inevitablemente, su obra de ficción); sin embargo, son superlativos en relación al ensayismo de la mayor parte de los autores hispanohablantes contemporáneos de ficción. Que estos imitasen a Coetzee en sus ensayos sería, incluso con los méritos reducidos que estos ensayos tienen, un paso adelante, para ellos y para su cultura. Quizás no haya mucho más para hacer en la periferia.

J.M. Coetzee
Las manos de los maestros. Volumen I
Trad. Pedro Tena, Eduardo Hojman y Javier Calvo
Barcelona: Literatura Random House, 2016

J.M. Coetzee
Las manos de los maestros. Volumen II
Trad. Ricard Martínez i Muntada, Eduardo Hojman y Javier Calvo
Barcelona: Literatura Random House, 2016

Patricio Pron 

Comentarios (2)

Moises P Ramirez (@moisesp)
13 de septiembre, 2016

Patricio, Interesante el planteamiento sobre centro y periferia de la Modernidad. Pero te pregunto: ¿Qué define a una sociedad como moderna? ¿Su economía? ¿Sus ciudades? ¿Su producción de ciencia y tecnología? ¿Su democracia? ¿Todas las anteriores?

Creo que existe un rasgo distintivo de la Modernidad y es el del respeto a la dignidad de cada individuo, de cada ser humano. En síntesis, la observancia de la Declaración Universal de los DDHH. En eso también somos periféricos… pero lo que más incide en políticas editoriales y trato hacia escritores es que usted y todo escritor que consideremos realiza un oficio esencialmente individual. Si se respeta a todo individuo, se respetará también a los escritores y hasta de manera especial, por ser íconos, casi que encarnación de lo moderno (aunque escriban sobre temas pre-modernos, como Game of Thrones jejeje).

Saludos. Gracias por el artículo!

Rafael Vivas
15 de septiembre, 2016

Felicitaciones por el excelente articulo sobre los ensayos de Goetzee y como los mismos reflejan esa tension que existe entre los escritores de la perferia del mundo que habitan y los valores que ocupan el cenit de las metropolis de ese mundo !! fascinante !!

No se si los defectos de los que adolece la cultura latino americana (su homofobia , racismo, misoginia) representan categorias morales (muy caras a la cultura de las metropolis) o categorias estetico literarias , diria que lo primero . por tanto la presencia de esos defectos no afecta en absoluto la apreciacion de lo segundo , que un escritor por ejemplo puede ser como escritor excelente y admirable aunque sus convicciones no esten alineadas con las que atormentan la sensibilidad de los autores de la metropolis….!!Siempre hay que ver con sospecha la tendencia a valorar lo estetico y literario con el tamiz de nuestras preferencias politicas o morales…..!!

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