Blog de Alejandro Oliveros

Virgilio y el Divino Niño; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 24 de diciembre, 2016
Detalle de la Maestà de Duccio di Buoninsegna. 1311. Museo dell'Opera Metropolitana del Duomo de Siena

Detalle de la Maestà de Duccio di Buoninsegna (1308–1311), de Duccio

Toda religión que se respete necesita sus profetas. Y este fue uno de los asuntos que tuvieron que enfrentar los ideólogos de la tradición cristiana. A muchos no les pareció convincente la tesis, que fue la que prevaleció al final, de apropiarse de la tradición profética del Antiguo Testamento y adaptarla al nuevo credo. Pero a la mayoría sí, al fin y al cabo, Cristo era descendiente de una de las viejas tribus judías, y convertirlo en Mesías parecía natural. Sin embargo, para otros teóricos parecía más conveniente inscribir a Cristo en una tradición menos sectaria que la hebrea, más abierta y universal. Pues esa era, precisamente, la esencia del cristianismo, su universalidad. Me gusta creer que San Pablo haya sido uno de los primeros en sugerirlo; se había formado en los ideales del clasicismo, uno de los más conspicuos de los cuales era el culto a Virgilio. No recuerdo a ciencia cierta quien fue el primero en proponerlo, pero la ocurrencia tendría una influencia considerable. A partir de ese momento, la leyenda cristiana fue adscrita a la más prestigiosa de las tradiciones, la fundada en Atenas y prolongada con éxito por los romanos. La conclusión era que el Niño, al cual se refiere el autor de Eneida en la cuarta de sus Eglogas, no era otro que el mismo Niño Jesús. Lo que sigue es una imitación del inmortal texto virgiliano.

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EGLOGA IV

Virgilio decide detenerse en Cuma
antes de regresar a casa. Viene de Roma,
y de una entrevista con Mecenas,
su protector. Conoce bien la ruta
y llega al atardecer. Con el temor
de siempre, recorre el estrecho túnel
hasta llegar al Antro de la Sibila.
Allí lo espera, en su oxidado trípode,
la envejecida e inmortal pitonisa:
“He soñado que las musas de Sicilia
me hacían cantar un canto más alto,
donde abundaban tus profecías.
El reino de Saturno regresaba
y de la mano de la Virgen, una nueva raza,
libre de pecado, venia del cielo.
Un niño recién nacido ponía fin
a la Edad de Hierro, al pecado y el dolor;
nuevos tiempos se anunciaban signados
por la dicha eterna y la esperanza.
La tierra baldía se iba cubriendo
con sonrientes geranios, y las trinitarias
escondían las ruinas del viejo mundo.
Desde su cuna, brotaban plantas con frutos
y las serpientes, con su veneno, huían.
Será el comienzo de la Edad de Oro, el triunfo
de la esperanza como  único sendero.
El solsticio señalaba el regreso de la paz
y la misericordia entre hombres de buena
voluntad. El Dios Padre premiaba,
con el reino de los cielos a los humildes,
los refugiados, los que viven lejos de su patria,
los que fueron obligados a dejar la mesa
paterna y su familia, los engañados
por un gobierno vil, las víctimas de la humillación
y el cinismo de los gobernantes, las familias
que no volverán a reunirse en un mismo techo,
los enfermos sin asistencia y los maltratados.
Para eso había llegado el Divino Niño,
para restaurar el orden y la armonía”.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (1)

Estelio Mario Pedreañez
4 de enero, 2017

Magnifico articulo de nuestro admirado Alejandro Oliveros, escrito en la polemica vision antropologica de las religiones. Imposible no recordar la extraordinaria novela “El Viajero del Sol”, cuyo protagonista, un tenoca azteca (mexica) del siglo XV, comenta que el dios cristiano, a pesar de su dramatismo, era poco exitoso en su labor proselitista, ya que pasados 1.500 años de su presentacion, era un total desconocido en su tierra (America); poco conocido en las populosas China, India y Japon; y tenia una competencia muy fuerte en Europa, Asia y Africa con el tardio Ala, sin olvidar a los budistas. Ademas, observo grandes coincidencias en los mitos de los antiguos griegos y las “historias cristianas”,como los sacrificios de Ifigenia y el frustrado del hijo de Abraham. Asi, su “Dios Sol” le parecio mas universal, porque fue adorado en algun tiempo en casi todos los paises que visito o de los cuales recibio noticias, desde Egipto hasta el Japon, sin olvidar a la Europa pagana y politeista

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