Blog de Alejandro Oliveros

Vicente Gerbasi, de ‘Mi padre el inmigrante’ a ‘Poesías de viaje’; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 11 de marzo, 2017

blog_alejandro_oliveros_vicente_gerbasi_640416

No es infrecuente, en la historia de cualquier literatura, que un autor sea reconocido por razones que no siempre son las más ajustadas. Es el caso, entre nosotros, de Rómulo Gallegos; asociado en la memoria de los venezolanos con Doña Bárbara, a pesar de que para muchos su mejor novela es Canaima. Lo mismo podría decirse de Vicente Gerbasi. En efecto, el poeta de Canoabo es, para todos, el autor de Mi padre el inmigrante; un libro notable por lo demás, generoso en líneas e imágenes afortunadas; pero que, sin embargo, no parece lo más permanente de su producción. Si tuviéramos que seleccionar uno de sus libros, no deberíamos dudar a la hora de escoger Los espacios cálidos. Esta colección, publicada en 1952, apenas tres años después de Mi padre…, presenta diferencias sintácticas de un alcance apreciable. La impronta nerudiana es ahora administrada con rigor, y las expresiones de alcance cósmico y americanista han dejado de ser urgentes. El verso es menos ampuloso, la adjetivación limitada y la imaginería menos abstracta y mas existencial. Lo que no ha cambiado es la musicalidad, siempre armoniosa, sin disonancias ociosas y ajustada, gerbasiana hasta el final. El poeta acude a un bienvenido objetivismo para desplazar la injerencia de una no pocas veces forzada subjetividad post-romantica, con sus imágenes emblemáticas: la noche, la muerte, la melancolía. Pero, sobre todo, en Los espacios cálidos, su mejor libro, a pesar de sus textos prescindibles, Gerbasi es menos retorico y más esencial. Los versos ya no son de arte mayor y las estrofas han ganado en precisión y ritmo. Dieciséis años más tarde, Gerbasi publica Poesía de viaje; la dicción de estos poemas, evocaciones de sus viajes como diplomático, nunca largos, casi contenidos, son un desarrollo del estilo inaugurado en Los espacios cálidos. Sólo que ahora el autor está en dominio pleno de su instrumento. Con maestría, se cuida de todo patetismo, de la desbordada emoción, que suele ser el pecado de este tipo de poesía. Otros modelos se insinúan, otras afinidades electivas. No es extraviado recordar a otros líricos contemporáneos; Ungaretti y Saba, para mencionar un par. Con Poesía de viajes, no su último libro, sin embargo, se cierra un ciclo, uno de los más elaborados y afortunados de la poesía que se escribió en estas Américas durante el siglo XX.

El que sigue es un texto de Los espacios cálidos. La intención objetivista es clara, toda dudosa emoción ha sido reducida; y aunque la adjetivación es la de su tiempo, la distancia estética se mantiene; e incluso el momento doloroso de la muerte del precioso animal, es transfigurado y, bajo el sol tórrido de los trópicos, transformado en constelación. La lectura de “La pantera”, uno de los poemas más conocidos del Rilke de Nuevos poemas, parece evidente.

 

EL LEOPARDO

El leopardo se refugia en la noche de las grandes hojas
que brillan como fuentes,
hunde en sus huellas escarabajos dormidos,
da vueltas en su furor oscuro
que tiene lumbre en los ojos.
En torno suyo la sombra huele a vegetales de menta,
dispersa luciérnagas entre las lianas.
Los cazadores toman su piel
y la tienden al viento como una constelación.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

Carlos Rojas Malpica
11 de marzo, 2017

Acertado comentario. Me sigue gustando mucho “Mi padre el inmigrante”. Sin embargo, ese “leopardo” es conmovedor. Hace pocos años me topé con un cunaguaro en una sabana de Apure. A pesar de ser un pequeño felino, bastó verlo para presentir la tensión contenida en el zarpazo…”lumbre en los ojos….y furor oscuro”, no fue atrapado por ningún cazador pues desapareció entre los matorrales…

Carlucho

lunes rodriguez coronel
11 de marzo, 2017

Que maravilla poeta!!

Llegaba el día del agua verde, espesa como un lienzo oscuro con flores. El agua estancada con gérmenes de fiebre, el agua solitaria, perdida, abandonada, donde la garza inmóvil se mira en su tristeza. Y era el día sin pan, el día sin respuesta. El día de los campesinos muertos sobre la yerba reseca. Y tu vida era de nuevo un regresar, un regresar hacia días y noches, hacia el sitio que buscabas en tu desesperación.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.