Perspectivas

Una segunda oportunidad para el Museo Marino de Margarita; por Ysabel Viloria

La exhibición de colecciones marinas en la península de Macanao reabrió sus puertas después de nueve meses de cierre, el único período en el que han interrumpido actividades desde su inauguración en 1994

Por Ysabel Viloria | 11 de agosto, 2017
Fotografía de Efraín Vivas

Fotografía de Efraín Vivas

Tres tiburones gata y dos tortugas nadan en el acuario de entrada del Museo Marino de Boca de Río, en el estado Nueva Esparta. Al fondo está el esqueleto de la famosa ballena sardinera Balaenoptera edeni, que da paso a dos pisos con 1000 metros cuadrados de salas que exhiben corales, invertebrados, peces, mamíferos marinos, implementos de pesca artesanal y perlas, barcos, fauna y flora de la Laguna de La Restinga, la isla de Cubagua y un acuario virtual. En 2016, este espacio cerró sus puertas luego de 22 años de actividad ininterrumpida por la crisis económica que atraviesa Venezuela.

La caída abrupta del turismo en la isla de Margarita tumbó las visitas que recibía el museo y financiaba sus actividades. El 1 de noviembre pegaron un cartel en las puertas que anunciaba el cierre “hasta nuevo aviso”. Solo alimentaban a los animales, limpiaban las instalaciones y recibían visitas de escolares como parte del programa El museo va a la escuela. Durante 8 meses trazaron estrategias para reabrir a mediados de julio de 2017, pero las protestas contra el Gobierno lo impidieron. Lograron reiniciar actividades el sábado 5 de agosto.

En 2007 el museo recibió casi 110.000 visitantes. En 2015 cayó 69% la venta de entradas. Un año después la situación se agravó y la afluencia disminuyó 60%. Al cierre del tercer trimestre de 2016, las 31.250 ventas de taquilla resultaron insuficientes para mantener abierta la exhibición. En ese escenario la Junta Directiva y el Consejo Consultivo ejecutaron un “cierre técnico”, el primero en la historia del museo.

La icónica parada turística margariteña se reinventó. Redujeron personal, disminuyeron gastos y buscaron nuevas fuentes de financiamiento. “Abrimos las puertas bajo perfil. No hicimos mucha promoción en medio de toda la situación política y económica que nos envuelve. Sin embargo, el primer fin de semana recibimos alrededor de 150 visitantes, después de todo el tiempo que estuvimos cerrados”, explica Pablo Rodríguez, curador y taxónomo del Museo Marino desde que el espacio solo era una idea que maduraba en la década de los 90.

Fotografía de Efraín Vivas

Fotografía de Efraín Vivas

Los primeros pasos del Museo Marino

El biólogo español Fernando Cervigón llegó a Punta de Piedras, en la isla de Margarita, hacia los años 60. Su encomienda era clara: hacer el registro científico de las especies marinas en las costas de Venezuela. “Vino contratado por Fundación La Salle. Comenzó a hacer sus estudios sobre los peces y se trasladó a la isla de Cubagua donde contactó a las personas más idóneas que son los pescadores. Hizo su muestreo y nació entre ellos una gran relación de amistad y compadrazgo. En el transcurso de esas investigaciones, los pescadores le regalaron animales, conchas, caracoles, le indicaron sitios de varamiento de mamíferos marinos”, recuerda Rodríguez, quien fue pupilo del fundador del museo desde los 14 años de edad.

El tránsito desde el concepto del museo hasta su construcción fue complejo. Un montón de especies, regalos, hallazgos, fósiles y demás piezas que hoy se exhiben en Boca de Río permanecieron durante años arrumadas en cajas y sin cuidados.

Pablo Rodríguez le siguió la pista a la idea desde el comienzo:

“En un principio Cervigón pensó que podía exhibir la colección en una universidad, pero no caló. En 1981, ya con la idea del museo, se pone en contacto con personalidades representativas del estado Nueva Esparta y crea la figura jurídica Fundación Museo del Mar, que patrocina al Museo Marino. Después de muchos fracasos, en 1990 Lagoven, filial de PDVSA, acoge el proyecto y nos hace la planta física donde está la sede”.

Pablo Rodríguez retratado por Efraín Vivas

Pablo Rodríguez retratado por Efraín Vivas

En esa época Rodríguez trabajaba en la Fundación Científica Los Roques, dedicada al estudio del ecosistema marino del archipiélago, pero su mentor lo reclutó para que se encargara de la colección de Margarita. “Me trajo prestado y aquí me quedé. La idea era que organizara ese montón de cajas. Aquí he hecho muchas actividades: supervisor, administrador, coordinador. Soy uno de los encargados del proyecto educativo, soy una especie de vigilante de mantenimiento. Hasta que Cervigón me nombró curador oficial desde 2006 y taxónomo desde que inició el museo”.

Cervigón fundó el Instituto de Investigaciones de la Universidad de Oriente (UDO), pionera en el desarrollo de la ictiología, e impulsó la creación de la Escuela de Ciencias Aplicadas del Mar de la UDO en Boca de Río, hacia finales de los 70.

Fotografía de Efraín Vivas

Fotografía de Efraín Vivas

La reapertura

“El museo siempre fue tan exitoso que nunca recurrimos a subsidio público ni privado. Nunca imaginamos que el país iba a estar quebrado ni que el turismo, en una isla tan próspera, sería presa de este fenómeno económico”, opina Miguel Yabrudes, documentalista y artista gráfico y visual, encargado de la Sala Isla de Cubagua. “Nuestro Museo Marino es el único que está a la orilla del mar. Es pequeño pero con una gran envergadura”.

El fundador del Museo Marino no supo de su cierre. “Fernando venía de varias operaciones. En agosto de 2015 asistió a su último directorio. Su capacidad física y cognitiva comenzó a caer. Murió el 17 de mayo de este año”, cuenta Pablo Rodríguez.

Fotografía de Efraín Vivas

Fotografía de Efraín Vivas

María Salazar tenía tres meses de embarazo cuando decidió renunciar al Museo Marino por el cierre inminente. A diferencia de cinco empleados que demandaron a la institución, ella se retiró. “Nos avisaron que debían cerrar el museo y que no podían seguir pagándonos. Me ofrecí como colaboradora porque vivo muy cerca y desde abril de 2017 volví a atender las visitas de los niños”.

La Fundación Grupo Leiros, que cobija varias empresas de Margarita, aportó los fondos para garantizar el funcionamiento de un trimestre. Carlos Leiros, presidente de la institución, insiste en que la idea es crear una alianza de empresas locales que sustenten la operatividad del Museo Marino para que no dependa de una única fuente de ingresos. También planifican lanzar una página en Internet para recaudar fondos.

La Gobernación de Nueva Esparta prometió financiar las obras que faltan para concluir la Sala de Cuarentena, donde transcurre el período de adaptación de las especies que llegan al museo antes de su exhibición. “Ese espacio está avanzado en 80%”, explica el curador del lugar.

Los planes del Museo Marino no se limitan a sobrevivir a la crisis económica que los llevó al cierre. Para el 19 de noviembre de 2017, aniversario de su fundación, está planificada la inauguración de la sala sobre su creador Fernando Cervigón, en la que presentarán su obra científica, literaria y reconocimientos académicos y profesionales.

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Ysabel Viloria 

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