Blog de Federico Vegas

Una historia interminable; por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 6 de junio, 2016
Warhol, Do It Yourself (Violin) 640

Do it yourself, Violin (1962). Andy Warhol

De los chistes me gustan los cortos con juegos de palabras. Si el juego incluye idiomas, pues mejor. Aquí va uno que tiene hasta su toque de latín:

—¿Cómo se dice “coitus interruptus” en japonés? —me pregunta un amigo con gran seriedad.

Sin darme tiempo de intentar una respuesta, me responde con un alarido de samurái blandiendo un sable:

—¡Yatáaa!

Este asunto de las súbitas terminaciones me lleva al extremo opuesto: ese cuento chino de que los hombres pueden tener orgasmos sin eyacular. Los maestros taoístas sostienen que la eyaculación agota la energía, pues el cuerpo asume que se está preparando para crear un nuevo ser y entrega lo mejor de sí. Por lo tanto, cuando el objetivo no es la procreación, los maestros de la contención recomiendan que la práctica sexual sirva sólo para dar y recibir placer, así se conservan las fuerzas generativas y se mantiene la salud. El gran secreto radica en aprender cómo alcanzar el clímax, incluso varias veces seguidas, sin que se desencadene la eyaculación y la consiguiente pérdida de erección.

Soy tan occidental o tan indolente que desistí al primer intento. El panorama no era prometedor para quien ya tuvo sus hijos y se dedica a jugar con sus nietos.

En literatura este asunto de “terminar” (un verbo atormentado por la sexualidad) es también un tema decisivo. José Balza escribió, y no me canso de recordarlo: “El cuento —como una relación sexual— es algo que quiere extenderse pero que debe concluir pronto”.

El solo hecho de “concluir” ya cuenta con una suficiente carga de tensión. Ese “pronto”, tan ominoso, no se aplica al arte de escribir novelas. Los novelistas necesitan tener algo de taoístas, pues deben mantenerse en un estado de vigorosa excitación por dos o tres años años hasta que, un buen día, acaban de una buena vez y para siempre.

Aunque para Borges estas finalizaciones serán siempre un ejercicio casi abstracto de voluntad. Más de una vez lo afirmó: “Todo texto es un borrador hasta la muerte del autor”. Según otra de sus frases, hasta la misma muerte podría no ser un final: “Todo texto es un borrador de otro borrador”.

Muchos de mis escritores favoritos dejaron novelas sin terminar. Según Picasso, la inspiración existe, pero más vale que te agarre trabajando. También la muerte puede atraparte en plena faena y las posibilidades se acrecientan a medida que eres más prolífico. Así le sucedió a Hermann Melville con su Billy Budd, a Flaubert con sus dos escribientes parisinos, Bouvard y Pécuchet, a Steinbeck con Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros.

 

La Sagrada Familia

Estas fatales interrupciones no le quitan calidad o trascendencia a la obra. La Sagrada Familia ha debido quedar como una ofrenda abierta al cielo, tal como la dejó Gaudí cuando lo atropelló un tranvía. Así pensaban los anarquistas de entonces, al punto que se robaron y destruyeron los planos del arquitecto. Si Gaudí viera los churros que están levantando en su nombre estaría agradecido con el conductor del tranvía.

Un ejemplo sublime es el Réquiem de Mozart. Al dejarlo inconcluso, por la fiebre reumática que se lo llevó a los 35 años, sentimos cómo se convirtieron en música sus propios jadeos de agonizante.

La pintura es el género que por más tiempo y con más variantes se ha nutrido de la idea de “no terminar”. En su naturaleza siempre estará presente esta posibilidad como limitación y como recurso. En el viejo Whitney de Nueva York, ahora convertido en una extensión del Metropolitan Museum, se está presentado una de las exhibiciones más aleccionadoras que he visto en mucho tiempo. Se titula Unfinished (“sin terminar”). Un subtítulo nos advierte desde qué punto de vista se va a explorar el tema: “Pensamientos que permanecen visibles”.

Esta sugestiva frase proviene del Tratado de la pintura y el color que Plinio el viejo escribió hace unos 20 siglos. Decía Plinio que en la obra de un artista interrumpida por su fallecimiento, los dibujos preliminares están visibles y los pensamientos parecen estar vivos, llenos aún de potencia creadora, y sentimos el dolor de esa mano que no logró finalizar su trabajo.

Partiendo de Ticiano, Rembrandt y Rubens, en Unfinished nos vamos asomando a obras sin terminar por la muerte o enfermedad del artista, o por simple pérdida de interés. En otras hay una intención en lo inacabado. Se trata de técnicas para focalizar la atención, o para crear intimidad, o acentuar rasgos de vitalidad, o dar una impresión de movimiento, o de misterio, como una Mariana de Silva que en 1775 Anton Mengs dejó sin rostro y sin perro.

Anton Raphael Mengs left some key details out of his Portrait of Mariana de Silva y Sarmiento, duquesa de Huescar, 1775

Anton Raphael Mengs left some key details out of his Portrait of Mariana de Silva y Sarmiento, duquesa de Huescar, 1775

Leo en el catálogo reflexiones de Delacroix y de Picasso donde proclaman que terminar un cuadro es asesinarlo, lo contrario a darle vida. Ya en el Renacimiento tomó fuerza el término “non finito” para celebrar la sugerente magia de lo inacabado. Disfruté mucho leyendo los diferentes textos. Los motivos para no terminar una pintura son sin duda más variados y entretenidos que para terminarla, y los curadores deliran con sus razonamientos. Una de las leyendas que acompañan los cuadros cuenta que Miguel Ángel y Leonardo son conocidos por haber comenzado más obras de las que terminaron, como si alguien alguna vez fue capaz de terminar más de lo que comenzó.

Vincent van Gogh, “Street in Auvers-sur-Oise” (1890).

Vincent van Gogh, Street in Auvers-sur-Oise (1890).

Me conmueve uno de los paisajes que Van Gogh pintó en Auvers-sur-Oise. Apenas le falta terminar el cielo donde flotan las muestras del azul que pensaba emplear. Leo que pocos días después se suicidaría. Vuelvo a ver el cuadro y siento que la mano de Vincent se acaba de retirar. Plinio tenía razón.

Cézanne le dedicaba tanto tiempo a sus composiciones que utilizaba flores artificiales para pintar las naturales y perecederas, aun así quedaban zonas sin pintar. Su explicación es que las “sensaciones colorantes” que crea la luz en el lienzo no le permitían cubrir ciertas partes. Gracias a este “impedimento” se convirtió en el maestro de los vacíos. Picasso aseguraba que Cezánne solo tenía que tocar la tela para que el cuadro existiera.

The Charnel House. Paris 1944-45; dated 1945. Oil and charcoal on canvas, 6' 6 5/8" x 8' 2 1/2". Mrs. Sam A. Lewisohn Bequest (by exchange) and Mrs. Marya Bernard Fund in memory of her husband Dr. Bernard Bernard and anonymous funds. (93.1971) Image licenced to Karole Vail GUGGENHEIM MUSEUM by Karole Vail Usage : - 3000 X 3000 pixels (Letter Size, A4) © Digital Image © The Museum of Modern Art/Licensed by SCALA / Art Resource

Pablo Picasso. The Charnel House. París (1944-45)

En la muestra, Picasso es una de las figuras dominantes y ciertamente la más versátil. Su manejo del “Non finito” llega incluso a extremos repudiables. En 1946 pintó La casa Charnel, una composición que él llamaba “Masacre” y recuerda su Guernica. Donó el cuadro a la “Asociación Nacional de veteranos de la Resistencia” y un año más tarde lo pidió de vuelta para terminarlo. Nunca lo devolvió y en 1954 se lo vendió a un coleccionista americano.

Baudelaire defendió los cuadros de Corot proponiendo que no todo lo que está “completo” está terminado. Así mismo, algo terminado hasta el último detalle puede carecer de la unidad y la fuerza de algo completo. La frase suena mejor en francés, pues los términos “fait” y “fini” son más contundentes y poéticos. “Fait” parece llevar implícito la fe y el soplo que propone Baudelaire para alcanzar una verdadera realización: “El valor de un toque espiritual bien colocado es enorme”.

En la marcha hacia la modernidad no haría falta defender por demasiado tiempo las virtudes de lo “inacabado” pues se iría haciendo la norma y ya no la excepción.

Jackson Pollock, NUMBER 28

Jackson Pollock, Number 28 (1950)

El texto que acompaña el lienzo que Pollock pintó en 1950, Number 28, nos explica que la obra se expande sin centro ni jerarquía entre sus partes, excediendo sus propios límites en todas las direcciones. En verdad sentimos que los cuatro bordes del cuadro son una arbitraria terminación de la actividad y, tal como decía Plinio, aquí nuestra imaginación quiere seguir con el juego, como resistiéndose a aceptar la artificialidad de un final.

Warhol, Do It Yourself (Violin) 640

Andy Warhol, Do it yourself, Violin (1962)

En 1962 Warhol realiza Do it yourself, Violin, inspirado en esos cuadritos donde de niños pintábamos los colores por números. La celebración de la máxima: “qui est fait n’est pas fini”, es en este caso más temporal que espacial. Estamos ante un proceso suspendido en el que parecen haber participado al menos dos personas por las diferentes maneras en que algunos recuadros han sido coloreados. Warhol no sólo juega con una imagen tan popular como una lata de sopa, también con nuestra nostalgia por esa infancia que se resiste a extinguirse.

¿Por qué se propagó esta falta de límites y finiquito con tanta fuerza? Quizás porque no solo dejó de haber un final, tampoco era ya posible garantizar que existiera una finalidad, un fin. Lo único que persiste es ese “toque espiritual” que prevalece por sus propios méritos, sin necesitar una justificación moral ni religiosa, sin obedecer a un precepto o a un canon, sin tener nada que confirmar o representar, sin otro propósito que existir, explorar.

Para entender mejor el significado de esta búsqueda deberíamos regresar a la literatura. Si partimos otra vez de José Balza, podemos decir que, tal como ocurre con los verdaderos amores, uno quiere que las novelas duren para siempre y, a diferencia del cuento, es posible y legítimo que jamás concluyan. En esta angustiosa prolongación nadie ha sido más constante que Kafka. Escribió tres novelas, todas inacabadas y publicadas póstumamente por su amigo Max Brod, quien fue sometido al absurdo encargo de recibir en custodia tres manuscritos geniales que no debía publicar.

Vamos a centrarnos en su segunda novela. En El proceso Josef K es arrestado una mañana por una razón que desconoce. A partir de ese momento enfrentará una pesadilla para defenderse de algo que nunca sabremos qué es. A medida que se adentra en el sistema judicial va a encontrar que las más altas instancias a las que pretende apelar son las más sumisas y dependientes. Llega un momento en que sólo desea aligerar la misión de sus verdugos y poner fin al proceso asumiendo como cierta una culpa que desconoce. Su entrega es total:

K pensaba que su deber era coger el cuchillo cuando pasaba de mano en mano sobre su cabeza y clavárselo. Pero no lo hizo; en vez de eso, giró el cuello y miró a su alrededor preguntándose:

—¿Dónde está el tribunal supremo ante el que nunca he comparecido?

Mientras con ojos vidriosos aún logra ver cómo sus dos asesinos observan su muerte, exclama:

—¡Muero como un perro!

Era como si la vergüenza debiera sobrevivirle.

Este es uno de los finales posibles. Franz solía enviar cartas a su amigo Max con otras alternativas, hasta que desistía y abandonaba para siempre el proyecto. ¿Por qué nunca terminó sus novelas? Quizás porque tratan de la búsqueda de una gracia divina en un mundo donde Dios ya no existe. Su aventura avanza a través de una frustración interminable mientras trata de incorporarse a un sistema que se desvanece, pero que jamás termina de soltar sus presas.

Ya nos asomamos a cómo el arte tenía siglos explorando el drama de la infinitud. Leonardo Da Vinci dijo una vez que “las obras de arte nunca se terminan, sólo se abandonan”. Es la misma idea de Borges de que toda obra es solo un borrador, una idea que Warhol llevó al extremo: “Mi mente es como un grabador que tiene un solo botón: Borrar”.

He aprendido y disfrutado mucho gracias a la exposición Unfinished y a esos pensamientos que permanecen visibles en el arte y la literatura. Me hacía tanta falta quitarme de encima por unos días la historia interminable y estancada de mi patria, conversar y meditar por placer, pasear, ser feliz. Pero desde el principio sabía que tarde o temprano volvería a la paralización, al tema que me persigue y agota. Ya no tenemos escapatoria y siempre termino cayendo en algo tan inútil e inconducente como escribir sobre un gobierno cuya putrefacción lo coloca más allá del lenguaje y las palabras.

El gobierno de Maduro se presta para todo sin servir para nada. Podemos decir que es una serie interminable de “coitus interruptos”, o que es el peor polvo de la historia y nos ha traído los peores lodos, o que es un sistema para follarse al pueblo como un maestro taoísta que jamás fecunda ni siembra, o que todo se arreglará el día que grite “¡Yatá!” Quisiera abandonar estas imágenes grotescas con que nos desahogamos hasta creernos libres por ser vulgares —uno de los pocos poderes que nos quedan—, y ahondar en la característica que más nos pesa: el vivir una historia sin fin.

¿Cómo se explica la continuidad de algo que ni termina ni se completa? Alguien decía que si Kafka hubiera nacido en Venezuela sería un escritor costumbrista, y yo me reía como si fuera un chiste. Nunca imaginé que podríamos llegar a configurar una nueva dimensión en la historia de la humanidad, el kafkiano arquetipo de un país que, pudiendo serlo todo, nunca termina de convertirse en nada. Lo que en la historia del arte ha sido un instrumento de creación entre nosotros se ha vuelto una estrategia de destrucción.

Hoy sólo quiero advertir el precio de llegar, tal como K, a aceptar nuestra propia muerte. El más peligroso de los caminos es cargar con la culpa y centrarnos en nuestra finita historia personal a medida que la historia de Venezuela se va despojando de todo final y finalidad.

Federico Vegas 

Comentarios (5)

Honorio
6 de junio, 2016

Se escribe «coitus interruptus», con ambas palabras en latín o en castellano.

Pasante
6 de junio, 2016

Admiro cómo hace “malabarismos” con tantas cosas. Y me conmueve que pueda compartir su desgarradora comprensión de nuestro tránsito. Supongo que a pesar de eso “sabe” que la mayoría no alcanzamos a ver tanto, lo intentamos y desistimos, again and again. Creo que aunque no se vea aún, nuestro esfuerzo individual cuenta, hasta es imprescindible! Así que me voy a atender la morada y seguiré “moliendo” lo que venga a conversarme como este artículo suyo. Cada uno de todos, estamos procesando, así sea un poquito y muy lento para nuestros deseos. Quizás nuestras semillas son de las de mucho mas tiempo para surgir a la vista de nuestra ceguera. Yo también conseguí escaparme unas horas nadando. Hago el esfuerzo de no perder lo bello que gané, pero se me escapa otra vez. Volveré a nadar. Confío mas en el “Director” de todos. Muchas gracias.

icovarr
8 de junio, 2016

En el campo de las diferentes facetas humanas de la creación considero que es autoflagelarse suponer que también somos la anatomía de un fracaso. Pero en la dimensión económica no cabe esta duda. Paul Samuelson decía que “Existen tres tipos de países: Estados Unidos que teniendo todo lo ha hecho todo; Japón que no teniendo nada lo ha hecho todo y los países (como Venezuela) que teniendo todo no ha hecho nada”. Y no se trata de dar aquiescencia a una frustración con esto, el revelador auto-castigo colectivo. Es un hecho palpable que se puede corroborar en las cifras económicas, cifras y datos que, como lo subrayó en su momento Asdrúbal Baptista, hacen de un buen número algo tan valioso como una buena palabra. Podemos permitir la licencia de invocar mejores tiempos pasados económicos, que los hubo y prolongados. Pero la conclusión sigue siendo la misma, flota en el aire como una promesa fallida: teniéndolo todo seguimos convertidos (en materia de progreso económico) en nada.

Georgette
8 de junio, 2016

Gracias!!!

Hugo Barrios Q.
8 de junio, 2016

Que genial capacidad de abstraccion del pensamiento.Venezuela englobada y señalada siglos atrás antes de su descubrimiento.

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