Blog de Alonso Moleiro

Un naufragio llamado Corpoelec, por Alonso Moleiro.

Por Alonso Moleiro | 13 de Mayo, 2013

El punto de condensación del fracaso de la gestión pública en la era del chavismo tiene un nombre. Se llama Corpoelec. Un relato con un libreto que se ha repetido incontables veces en América Latina, con consecuencias que han sido advertidas por tirios y troyanos, pero que se repite de nuevo con deleite, de la mano de este nuevo elenco de gestores del desastre. Esta nueva versión de fanáticos de la extrema izquierda, que ni olvida ni aprende.

Recapitulemos. Luego de años de desinversión y descuidos, dos grandes apagones nacionales que tuvieron lugar en 2007 enviaron un alerta grave al alto gobierno y al país entero. O se tomaban medidas inmediatas para reactivar el parque de generación eléctrica, o, como varias veces le advirtieron a la dirigencia de Miraflores los propios trabajadores del sector, los apagones se volverían parte del folclor cotidiano en toda la geografía nacional.

Fueron muchas las voces que le sugirieron a Hugo Chávez que recompusiera los mandos gerenciales del sector, despolitizara por completo el servicio y persistiera en el modelo mixto de gestión. Modelo mixto, insistimos, no exclusivamente privado, que, con sus altibajos, mantenían a la nación en un estado aceptable en materia de generación y transmisión poco antes de reventar la crisis. Un esquema que, si bien empezaba a mostrar síntomas de agotamiento, había dotado al país de un servicio que alguna vez, sobre todo en Caracas, fue de primer mundo. Gracias a los esfuerzos realizados en sucesivas administraciones, Venezuela había llegado a ser una nación casi totalmente electrificada, con una red de altísima penetración en poblaciones remotas, gracias a lo hecho al respecto por Cadafe. Superior, con mucho, al que ofrecían naciones vecinas, como Colombia o Perú.

Un socarrón y telegénico Hugo Chávez, en uno de sus célebres “pases” en directo a Palacio, se burlaba de nuevo en 2007 de aquellas voces que le aconsejaban mantener la presencia de capitales privados asociados con el estado con el objeto de salvar la existencia de un servicio eléctrico medianamente eficiente en Venezuela. Los neoliberales, decía de nuevo, muerto de la risa, empeñados en horadar las raíces de la patria, pretendiendo venderle a la nación el canje de oro por espejitos. Nadie iba a engatusarnos otra vez con barajitas repetidas. La solución, decía, estaba ya preparada, y estaba destinada a resolver el problema de raíz: la Corporación Eléctrica Nacional, presidida por Hipólito Izquierdo, centralizaría el servicio, ahora totalmente estatizado, y dotaría de coherencia las metas organizacionales de la nación en el ramo.

Lo que sucedió a partir de entonces, más allá de las buenas intenciones, es historia patria. La historia del sandinismo, del castrismo, del primer Alan García, de algunos presidentes bolivianos, del peronismo, de Morales Bermúdez y Velasco Alvarado. La Historia del estatismo latinoamericano. Corpolec es la vanguardia del universo del reposero. La punta de lanza de una espeluznante ristra de experiencias ruinosas y sin dolientes en el sector estatal. El orificio por el cual se desangra la nación en medio de una lamentable demagogia patriotera. Ese universo de la órbita del chavismo que siempre supone que los problemas se resuelven con arrebatos pueriles, entonando consignas, eligiendo gerentes con torneos de aplausos o pronunciando encendidas arengas de carácter sindical, absolutamente teatrales, ridículas y desprovistas de contenido.

La historia de Sidor, de Venalum y Alcasa, de Edelca, de Agropatria, de Lácteos Los Andes. El libreto de la sinrverguenzura. Nóminas abultadas, desorden gerencial, deudas acumuladas y despilfarro de recursos. Una empresa que es más conocida por arrancar los afiches del candidato de la oposición que por resolver los graves problemas que presenta la nación en la prestación de ese servicio. Corpolec no sólo no solucionó nada: sumió a la nación en los sótanos del tercermundismo. Sus siglas, más tristemente célebres que famosas, se volvieron el sinónimo de los apagones. Cuatro y cinco cortes de luz por día en todas las ciudades grandes del país, salvo Caracas. La provincia venezolana sumida en la oscuridad hasta por cinco horas seguidas, en una nación que llegó a ser la productora de energía más importante de América Latina gracias al ambicioso sistema de represas levantadas en la última parte del siglo XX.

La estafa de Corpolec le ha salido muy barata al gobierno. Asombra que, llegados a este punto, con una indignante impunidad, ahora Nicolás Maduro pretenda que el país le crea que todo lo sucedido se trata de un sabotaje.

Alonso Moleiro 

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