Blog de Pedro Plaza Salvati

Un mensaje para Umberto Eco; por Pedro Plaza Salvati

Por Pedro Plaza Salvati | 23 de febrero, 2016
Un mensaje para Umberto Eco; por Pedro Plaza Salvati 640

Umberto Eco, fotografiado por Bernardo Pérez.

Un martes, 8 de noviembre de 2011, conocí a Umberto Eco. Me encontraba bajo el amparo de una beca de la Universidad de Nueva York completando un programa de escritura de dos años. Una de las materias electivas que pude tomar fue la del profesor David Samuels en la escuela de periodismo. Se llamaba The storytellers (Los contadores de historias). Samuels es un talentoso narrador especializado en la no ficción, un editor-colaborador de Harper’s y colaborador de The New Yorker. Sus métodos de enseñanza son brillantes y excéntricos. Su vestimenta en clase dependía, en ocasiones, de la historia a la que estaba dedicado, y no era inusual verlo con un traje formal un día o vestido de metalero a la siguiente semana. La única vez que no lo vimos en clase estaba en una gira de conciertos siguiéndole la pista a Kanye West para una historia, American Mozart, que terminó publicando en The Atlantic.

Nos reuníamos todos los martes y ese día de otoño iba a escuchar a Umberto Eco. Le dije a Samuels que me iba a retirar más temprano, que me excusara. Lo veo de golpe con la mirada hipnotizada. Sale del trance y me responde:

— Dile a Eco, por favor, que lo estuve esperando una hora ayer en el Waldorf Astoria, en el lugar pautado en el Lobby, pero que no apareció.

—… Claro, por supuesto, profesor Samuels, le daré su mensaje —fue mi respuesta ingenua y espontánea.

En el metro le daba vueltas a cómo iba a lograr hablarle al gigante italiano de las letras, a uno de los pensadores más importantes de los últimos tiempos. Acepté la encomienda a lo Western Union sin saber en qué me estaba metiendo. Sin embargo, el ticket que sostenía en la mano, el de Friends de la New York Public Library (NYPL), que me había costado $15 a precio de amigo, revestía ahora una importancia mayor: no sería un alma anónima más dentro de la audiencia.

Umberto Eco más allá del bien y del mal; por Boris Muñoz 320Desciendo del metro D en Bryant Park y me dirijo a la entrada del Schartzamn Building, sede principal de la Biblioteca Pública de Nueva York. Entro al recinto y tomo asiento mientras seguía elucubrando sobre las maneras posibles de cumplir con el mandato. Veo que a pocas sillas de mí está sentado el escritor mexicano Alvaro Enrigue, que había recibido ese año una suerte de beca o Fellows de la propia Biblioteca de Nueva York.

La conversación está pautada entre Umberto Eco y Paul Holdengraber, director de la serie LIVE de la NYPL, y el tema estaría centrado, aunque no exclusivamente, en el último libro publicado por Eco para ese momento, El cementerio de Praga. Ya me veía hundido si no lograba darle el mensaje a Eco en la abarrotada sala que esperaba ansiosa la conversación con el intelectual.

Son las 7:00 pm y comienza el evento. Eco tiene un marcado acento italiano en inglés. Su aspecto es afable (hablo intencionalmente en presente ahora que Eco no está entre nosotros). Ostenta la simpatía que uno atribuye siempre a los italianos. La misión que me había encargado Samuels dificultaba mi concentración en la charla. Me daba cuenta de mi abstracción cuando salía de ella y hasta sentí incomodidad de que el profesor me hubiese saboteado el goce de la conferencia.

Se me ocurrió que podría comunicarle el recado durante el segmento de preguntas, que normalmente se realiza en las charlas de la NYPL, a riesgo de ser criticado por no formular una verdadera pregunta. Mi atención oscilaba y, cuando estaba totalmente absorto en mi elucubración por lo marcado del acento italiano, tenía la sensación de que alguien hablaba de carros de carrera, de un asesinato en Sicilia, del calcio (fútbol) o de cómo cocinar la pasta al dente. Luego regresaba mi atención para captar píldoras de lo que decía, como cuando manifestó que “una irritación” fue la semilla que germinó el libro El cementerio de Praga. Qué interesante, me dije a mí mismo: una novela que nace a partir de una irritación. La charla es amena y el público ríe con las ocurrencias de Eco.

Sólo odias algo de lo que puedes estar atraído, afirma. A mí no me interesan los elefantes, por lo tanto no puedo odiarlos. Eco lanza este tipo de frases que deja silencios seguidos de risas. Continúo dándole vueltas en mi cabeza a cómo hacer llegar el recado hasta que veo una pila de libros, que no había advertido, sobre una mesa. Parecían, de hecho, lápidas amontonadas de un cementerio.

Umberto Eco se despide; por Marcelino Bisbal 320Antes de asistir al evento estaba claro de que no pensaba comprar el libro, sólo quería escuchar hablar a Eco. Pero sobre esa mesa estaba la solución a mi dilema, el dilema Samuels. De pronto se me hizo todo cristalino, no había otra alternativa sino comprar el libro, sacrificarme por el bien superior. Por ello tuve que pagar al precio marcado de venta, en lugar de haberlo adquirido a los precios de descuento que se consiguen en Strand, la megalibrería de Nueva York.

Eco es muy expresivo con las manos, como el estereotipo del buen italiano, o más bien como si estuviera haciendo traducción simultánea con gestos de sí mismo. Lo que resulta contradictorio o, más bien atractivo, es que está hablando de temas filosóficos, de escritura, de cuestiones existenciales mientras gesticula como un hombre exaltado de la calle. Sus manos son parte de su semiótica, si se quiere. Impresiona la vitalidad que muestra para un hombre que en cuestión de un par de meses cumpliría ochenta años. Me concentro y escucho que dice que hoy en día internet es una fuente confiable para investigar, como por ejemplo al momento de escribir una novela, pero que, al menos, se debe verificar en cinco fuentes distintas. Si hay discrepancias se debe indagar de otras fuentes de información.

Termina la conversación. No hay sesión de preguntas y se arma una larga fila para la firma de libros. Me encuentro con una amiga escritora colombiana. Hacemos la fila juntos. Vamos poco a poco hasta que llegamos y le digo, tú primero, por caballerosidad y porque sabía que lo mío iba a ser más complejo. Mi amiga me pide que le tome una foto mientras le firman el libro. Toca mi tuno y coloco mi ejemplar de 437 páginas adquirido con el efectivo que por suerte tenía en la cartera. Estampa su firma y le digo: I have a message from David Samuels. Eco se queda perplejo. Vuelvo a repetir la frase y se acerca una mujer que seguramente era su editora en inglés o su asistente americana. Les explico a ambos que soy amigo de David Samuels, que él sabía que venía hoy al evento y que me pidió que les dijera lo que me había dicho que les dijera. Eco finalmente comprende y me dice, en su inglés italianizado, al tiempo que mueve con intensidad las manos en el aire: “¡Pero si estuvimos esperándolo en el lobby del hotel!”.

Con Umberto Eco en Caracas; por Tulio Hernández 320Luego de proseguir unos segundos más con la conversación, entre los tres, llegamos a la conclusión de que mientras Eco estaba sentado en algún lugar del lobby del Waldorf Astoria, Samuels tenía que haber estado sentado en otra sección. Ambos pensaron que el uno había embarcado al otro. “Dígale por favor que llame para hacer otra cita”, me dijo Eco que le dijera a Samuels.

Salí de la biblioteca con la satisfacción de haber cumplido y sin mucha idea de qué iba The Prague cemetery, en el cual deslicé mi ticket del evento y que veo en este momento de nuevo, cuatro años más tarde, como un recuerdo, ahora que ha partido el gran hombre universal.

Pedro Plaza Salvati 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.