Literatura

Un atleta de la derrota, por Gustavo Valle

Por Gustavo Valle | 28 de octubre, 2013

Eduardo_Lalo_Un_atleta_de_la_derrota_por_Gustavo_Valle_simone“No soy estadounidense, no soy cubano, soy puertorriqueño”, dice Eduardo Lalo en su discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos obtenido con su novela Simone, un libro que explora la condición de un escritor en el borde de una sociedad que parece ignorarlo y expulsarlo. La noción de lo periférico, de lo radicalmente insular permea las páginas de esta novela. De hecho, la invisibilidad como rasgo colectivo ha sido uno de los ejes de la obra del puertorriqueño: lo invisible como condición existencial pero también política. Puerto Rico, único país de América Latina colonizado dos veces, hereda esta indeleble marca: “somos una colonia, no hay que maquillarlo”, se lamenta, “es una una situación política osificada. Un tema sin fin; no pasa nada y no pasará nada”. Se refiere a la condición de Estado Libre Asociado y a la remota posibilidad de que eso cambie, a pesar de las resistencias de la población. Los puertorriqueños se enorgullecen de pertenecer a una cultura latina, de ser hispanohablantes, eso no está en duda, pero esto no parece ser suficiente. Para colmo “los independentistas —dice Lalo, quien este martes presentará en Buenos Aires su nueva novela La inutilidad— están muy divididos”.

Esta tensión entre metrópoli y colonia, y la infructuosa resistencia a ser parte de esa colonia genera una carga melancólica que Lalo reclama para su literatura: “escribo para reivindicar nuestro derecho a la tragedia”. Su obra se enfrenta contra la estampa caribeña de la alegría y la indolencia tropical, contra esa mirada piadosa y culpógena sin duda construida desde afuera; esa que dice “somos unos miserables pero gozamos como nadie”, apunta con ironía. Un prejuicio cómodo y de valor turístico que recae en casi toda la cuenca del caribe pero que en Puerto Rico se problematiza todavía más. “El caribe es un espacio muy triste”, remata.

Quien pretenda encontrar en el universo literario de este escritor alguna alusión al trópico ruidoso que nos ha dejado un Luis Rafael Sánchez o el barroco lúdico de Severo Sarduy, se equivoca. Tampoco la Sonora Ponceña, ni “Rompe, Saragüey” ni Héctor Lavoe aparecen en sus páginas. “No olvidemos que Lavoe —nos advierte— se autodestruyó”.

El protagonista y narrador de Simone es un ser solitario y cabizbajo, “el que camina mirando el suelo”, un tipo algo sombrío y roto que pasea su orgullosa diferencia por las calles de un San Juan víctima de la desmemoria y de los obscenos emblemas de la sociedad de consumo. Permanentemente relegado hacia un margen como si el mundo fuera una onda expansiva con el que, sin embargo, no tiene más remedio que convivir. Un testigo crítico y escéptico de una ciudad cruzada por los migrantes precarizados de República Dominicana o la China, quizás sus auténticos semejantes y compatriotas. La ciudad como territorio de exploración de la extranjeridad, el lugar donde desfilan el amigo que se fue, la profesora que se irá, los chinos que llegaron, y el narrador viviendo su propia experiencia de descolocamiento.

Bajo el antifaz de Simone (Simone Weil) Li Chao, estudiante inmigrante y trabajadora de un restaurante chino, encarnación de la invisibilidad social, seduce al narrador y protagonista a partir de intrigantes mensajes y lo arranca de su solipsismo para abrir una ventana hacia la experiencia del amor. Lo que vendrá después será una unión incómoda, conmovedora y vibrante, llena de obstáculos entre dos sujetos periféricos y excluidos. Y la sexualidad como un reflejo de esa experiencia en las fronteras, en lo limítrofe, y el amor como metáfora de la relación indisoluble del narrador con su ciudad, un espacio que lo retiene y al mismo tiempo lo expulsa.

Simone ocurre en un San Juan perdido en el tiempo, desmemoriado y que solo puede ser recompuesto, si acaso, en sucesivas intervenciones artísticas que sus personajes, de manera también invisible, llevan a cabo. De hecho, Li es una dibujante que no firma sus piezas, “afirmando que en la ejecución misma estaba la autoría”. Y es que Lalo, además de escritor es artista gráfico y fotógrafo y algunos de sus libros son ensambles de palabras e imágenes, lenguajes que migran, al igual que sus personajes, de un lugar a otro, de un país a otro, de un identidad a otra, e incluso, de una preferencia sexual a otra, como ocurre con Li Chao.

La novela concluye con la discusión entre un escritor español y un puertorriqueño en la que se exacerban las diferencias entre metrópoli y colonia, y donde se renuevan los reproches más remotos y conocidos asociados a la lógica de la dominación. Algunos verán aquí el retorno a conflictos quizás superados o en todo caso eclipsados por otros de nuevo cuño, pero en un país como Puerto Rico, cuya identidad sigue atravesada por la condición colonial, estos reclamos, no carentes de resentimiento, se convierten en gritos desesperados: “es la voz del desengaño y de la herida abierta”, frente a una “lengua patrimonial que parece sacada de un despacho de notario”. En definitiva, el conflicto de la lengua y el de su apropiación. Y el escritor como una esponja de estas diatribas: “uno queda solo, irremediablemente solo con su ira”. “El escritor —remata Lalo— es un atleta de la derrota”.

Gustavo Valle Autor de los libros "Materia de otro mundo" (2003), "Ciudad imaginaria" (2006), "La paradoja de Itaca" (2005), "Bajo tierra" (2009) y "El país del escritor" (2013). Ganó la III Bienal de Novela Adriano González León y el Premio de la Crítica.

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