Perspectivas

Tres experiencias de la gestión cultural en Latinoamérica; por Diajanida Hernández

Por Diajanida Hernández | 30 de marzo, 2017
Fotografía de Artishock

Fotografía de Artishock

Miguel Arroyo en Venezuela, Lina Bo Bardi en Brasil y Jorge Romero Brest en Argentina representan experiencias “fuera de la caja” en el ámbito de la gestión cultural en Latinoamérica. Cada uno con su estilo pero con una búsqueda común: ver y ejercer el oficio como un campo de acción política y social que rompa paradigmas.

Estos tres personajes, figuras centrales de la cultura de sus países (y Latinoamérica), fueron protagonistas y gestores de transformaciones que se dieron durante la década del sesenta. Con sus trabajos, Arroyo, Bo Bardi y Romero Brest impulsaron y sentaron las bases para la conceptualización, ejecución y comprensión de formas (nuevas) de acercarse al hecho cultural, a las obras, al arte y a la gerencia de las instituciones culturales.

La acción de estos tres gestores durante aquellos años sesenta fue abordada durante el seminario Muestra cuenta, organizado por la Colección Patricia Phelps de Cisneros, que se llevó a cabo en el Teatro de Chacao el pasado 17 de marzo. Patricia Velasco, directora de la Fundación Sala Mendoza (Caracas); Tomás Toledo, curador del Museo de Arte de São Paulo (São Paulo); e Inés Katzenstein, directora del programa de arte de la Universidad Torcuato Di Tella (Buenos Aires), fueron los investigadores comisionados para hablar de la huella de esos personajes.

Aunque no fue el objeto de los ponentes, con sus intervenciones no sólo describieron la acción de los gestores, sus propuestas y sus centrales aportes al ámbito cultural, educativo y social; el cuadro completo de las tres conferencias dejaron ver, mostraron las cercanías de las búsquedas y las formulaciones de Arroyo, Bo Bardi y Romero Brest. Entre los tres gestores no hubo un diálogo en esa época y desarrollaron estilos y metodologías diferentes, sin embargo, transitaron un mismo camino, guiados por un mismo espíritu.

Miguel Arroyo, tal como señaló Velasco, se puede ver como un hombre del Renacimiento; un espíritu abierto, curioso: fue ceramista, profesor, curador, museógrafo, escritor, historiador, promotor de las artes, diseñador de interiores. Recordado por su gestión al frente del Museo de Bellas Artes de Caracas, es considerado el padre de la museografía moderna en Venezuela, gracias a él la estructura de la gestión museística fue organizada, profesionalizada y estructurada, y amplió el horizonte de las artes visuales venezolanas al darle cabida y estatus propio a manifestaciones no tradicionales (cerámica, artes decorativas, diseño gráfico, arte prehispánico), presentadas en montajes audaces, sensibles con dispositivos pensados de acuerdo a la naturaleza de las piezas y la relación con el espectador.

Lina Bo Bardi es llamada arquitecto total, fue curadora de arte, profesora, diseñadora, ilustradora editorial, y creó escenografía para teatro y cine, e instalaciones culturales. Modernista pero interesada en lo propio de Brasil, su mirada antropológica le permitió establecer un diálogo entre lo popular y la vanguardia, pensando los espacios, las edificaciones y la relación con el arte como un proceso cotidiano, inacabado, que sería completado por las propias personas: así pensó en sus diseños arquitectónicos, así conceptualizó el MASP y las exhibiciones que tuvo a cargo. Bo Bardi creía en el arte-artesanía, distante del espectáculo y la alta cultura, cercano a la gente, su objeto fue ofrecer un museo fuera de los límites tradicionales, un museo para todos, abierto a la calle.

Jorge Romero Brest fue el guía de la vanguardia argentina de los sesenta, operador central de un momento del arte de su país. Crítico de arte y docente dirigió el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires y el Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella. Brest, abrió espacios a nuevas formas del arte y pregonó la obsolescencia de la idea tradicional de las exposiciones.

Ese espíritu compartido por Arroyo, Bo Bardi y Romero Brest partió de la mirada, una aguda, sensible, crítica y audaz que les permitió descubrir y abrirse al mundo. La genuina curiosidad e interés por el hecho cultural en su amplia dimensión los llevó a cuestionar nociones tradicionales y anticipar el gesto que era necesario. Vieron que había que proponer otra forma de plantear la gestión cultural y la relación con las obras y las instituciones. El gesto apuntó a desacralizar la obra del arte y el modo en que el espectador se relaciona con la misma; pensar otras formas de presentar y fomentar el diálogo con el arte; defender que arte, artefacto y artesanía están en una misma línea; incidir en una nueva narrativa de la historia del arte; sintonizar con los nuevos lenguajes y darles un espacio propio; apostar por la promoción y difusión del arte local y dialogar con el afuera.

Cada uno fue la puesta en escena de la propuesta de un gestor que pensara en estructuras institucionales, que tuviera una vocación pedagógica y estuviera dispuesto a experimentar y arriesgar. Pensaron el arte en su relación social y política con los ciudadanos; trabajaron a contrapelo y el museo fue una escuela abierta, de interacción, de encuentro y movimiento social, que comprendía la naturaleza de los objetos que se exponían y estimulaba el despertar, precisamente, de la mirada sensible, esa que les permitió incluso, anticipar nuestra época de consumo e industrialización.

A pesar de que el gestor cultural hoy es un interlocutor válido yde la profesionalización del oficio, estas tres experiencias nos dicen que aún son caminos singulares y vigentes. Se podría pensar, por ejemplo, en que desde hace un par de años el MASP trabaja para retomar el proyecto que Bo Bardi ideó para esa institución y reabrir el museo a la calle.

Los desafíos de la gestión cultural se complejizan, el reto está en consolidar vías para no sólo mediar culturalmente, sino también producir proyectos que estimulen el diálogo y la participación ciudadana, organicen y generen conocimientos, impulsen iniciativas, procurar su sostenibilidad, defender la diversidad, la inclusión y la libre expresión, y lograrel lugar justo en las políticas de Estado. Ante ese panorama, quizás es necesario salir de la caja y afinar la mirada para continuar la ruta que abrieron y anticiparon Arroyo, Bo Bardi y Romero Brest, su legado es posibilidad.

Diajanida Hernández 

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