Blog de Arturo Almandoz

Tía Maruja en el Vietnam silencioso; por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 30 de diciembre, 2014

Tía Maruja en el Vietnam silencioso; Arturo Almandoz Marte

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A diferencia de papá, quien nunca salió de Venezuela por estrecheces presupuestarias que cementaron su sedentarismo generacional, su hermana mayor mostró inquietudes viajeras desde joven, o al menos desde que se lo permitió su profesión de profesora de secundaria en la próspera Venezuela de la segunda posguerra. Habiendo hecho con sus colegas normalistas una travesía de meses por Europa a mediados de los cincuenta, cuando ninguno de sus padres o hermanos había estado allende la nativa Cumaná, las credenciales viajeras de tía Maruja se enriquecieron con una pasantía de casi un año en Texas, para mejorar el inglés que enseñaba en colegios caraqueños. Fue iniciativa controversial en la familia conservadora, sobre todo en vista de la condición solterona que la hija evidenciaba para finales de aquella década dictatorial; pero los abuelos terminaron aceptando al tratarse de una beca agenciada por un pariente en la compañía petrolera en que laboraba.

 Según recuerdo de mi infancia, los viajes de tía Maruja continuaron durante los años sesenta, generalmente en las vacaciones escolares, ora para contemplar el sol de medianoche con amigas en Escandinavia; ora para visitar parientes en la España de Franco; ora para internarse con colegas desde Londres a través de la campiña inglesa. En todos esos destinos gustaba de quedarse por semanas para sumergirse mejor en el viaje, según comentaba al regreso, cuando mamá solía invitarla alguna tarde para que nos echara los cuentos que se tornaban miríficos para nuestra cotidianidad casera. Si bien prefería acompañantes para viajar a Europa, también gustaba la tía solterona de aventurarse sola en destinos americanos, de Alaska a la Patagonia, armada tan solo con sus guías de turismo y aquel bolívar nuestro que era antónimo de devaluación y control de cambio.

En julio de 1973, tía Maruja nos visitó en la casa de San Bernardino para informarnos que partía a Chile; era un destino que había pospuesto por mucho tiempo, a pesar de ser gran admiradora de la segunda patria de Andrés Bello y del país que acogiera a Picón Salas durante su exilio gomecista. Desde sus años en el Instituto Pedagógico, sentía ella admiración honda por don Mariano, a través de quien, seguramente, alimentó su interés por el culto país austral, avivado por el Nobel a Mistral en 1945, que tanto emocionó a las educadoras latinoamericanas; y coronado en el 71 por el de Neruda, que más leía ella como viajero existencial que como poeta inabarcable.

Ensalzándolo por ser el único país latinoamericano con dos nobeles literarios, papá sentía también interés palpitante por Chile, pero más motivado por el agitado proceso político desencadenado en 1970, tras la llegada al poder de Salvador Allende. Ese interés había aumentado con el sedentarismo impuesto por el cáncer de laringe que le fuera diagnosticado aquel mismo año; desde entonces su habitual lectura de periódicos y revistas adquirió ribetes historicistas que le hicieron calibrar la trascendental coyuntura chilena. De manera que en aquella visita de despedida no pudo menos papá que advertir a la hermana que no era momento de conocer el país en el que se rumoraba un golpe inminente, a lo que ésta replicó que ya el viaje estaba preparado y no podía deshacerse sin que perdiera el dinero. Recuerdo entonces que cuando tía Maruja partió en su Dodge verde oliva ya de nochecita, papá le comentó a mamá, con la carraspera que las radiaciones le habían dejado: “La va a agarrar el golpe en el Vietnam silencioso”.

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Si bien estaba yo algo informado, entrando a la adolescencia, de la turbulenta situación chilena, no entendí por qué papá se refirió a aquel Vietnam cuya guerra asociaba yo con Richard Nixon y los Estados Unidos; pero la imagen habría de aclararse en sus peroratas caseras de aquellas vacaciones, las últimas que pasaría con nosotros. Al rememorar sus conversaciones previas con tía Maruja en ese verano, se reconocería él, no exento de orgullo, algo responsable de haber avivado el interés de la hermana mayor por visitar Chile en aquella hora señalada.

Desde que la Unidad Popular triunfara en las elecciones de 1970, después de décadas de espera electoral, fue él quien reportó a la hermana, más liberal ella en cuestiones económicas, los revolucionarios cambios introducidos en el país institucionalista; como si de un corresponsal se tratara, papá no lo hacía por inclinaciones izquierdistas que nunca tuvo, sino por su interés periodístico en la vertiginosidad de los sucesos. Era cierto que, como alegaba tía Maruja, la Alianza para el Progreso promovida por Washington ya había ayudado al gobierno de Frei Montalva a iniciar en 1965 una reforma agraria que expropió más 500 mil hectáreas de tierra rural ese mismo año, y otras tantas al siguiente, reforzada por leyes complementarias, como la de sindicalización campesina. Si bien hasta el 70 habían sido expropiadas 3,4 millones de hectáreas y habían sido constituidos más de 400 sindicatos con 114.000 campesinos afiliados, reconocía papá apoyado en reportajes, la reforma agraria chilena fue desacelerada como la de otros países latinoamericanos, entre los que destacaba él la Venezuela de Puntofijo, de la que siempre fue muy crítico.

De manera que fue el gobierno de Allende, según papá sostuviera en una tertulia sabatina que yo presenciara, el que aceleró la reforma agraria mediante ocupaciones, muchas de ellas ilegales ciertamente, acometidas por el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). Aunque dentro de un marco más legal, otro avance avance socialista había ocurrido con la “chilenización del cobre” que iniciara Frei en 1966, pero que fue acentuada por la “nacionalización total de la gran minería” emprendida por el nuevo presidente, siguiendo su promesa de campaña. Para asombro de tía Maruja, papá le hizo notar que, en un discurso que diera en noviembre de 1971 en el Estadio Nacional de Santiago, a un año de la victoria, Allende había declarado haber nacionalizado 90 por ciento de los bancos y expropiado 70 empresas estratégicas, mientras la reforma agraria se había “profundizado” con más de 2.400.000 hectáreas expropiadas. Para finales de aquel mismo año habían pasado a control público 167 empresas, aumentadas con 151 el año siguiente, mientras continuaban las intervenciones de bancos; esa omnipresencia estatal se ramificó con la susodicha nacionalización del cobre, carbón, hierro y salitre, así como con la reforma agraria que crecía tanto por expropiación como por invasión, y que para el 73 alcanzaba 10 millones de hectáreas, equivalentes a 60 por ciento de la tierra agrícola chilena.

Atizadas por la inflación de 600 por ciento generada por la declinación de producción y la escasez de bienes, por el control cambiario de la divisa y el mercado negro consiguiente, así como por la turbulencia política en las calles, las clases medias chilenas dieron la espalda a Allende, tal como se evidenció en las elecciones municipales de marzo de 1973. Era la prueba que tía Maruja esgrimía para argumentar que tales iniciativas socialistas resultaban catastróficas, aprovechando para fustigar la nacionalización petrolera que se discutía en la campaña electoral venezolana, y que ella temía ahuyentara del país a las compañías estadounidenses que tanto admiraba desde sus años de becaria.

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Envueltos los contertulios en bocanadas de humo, mientras las colillas de Marlboro se acumulaban en los ceniceros de Murano, la agenda económica daba paso a la internacional. Aquí los hermanos coincidían plenamente sobre el explosivo significado del Chile de Allende en aquella coyuntura de la Guerra Fría, atizada por el anticomunismo de Washington en el Tercer Mundo. Ambos recordaban el precursor episodio de macartismo que se había dado en el país sureño, donde la tensión desatada por la Cortina de Hierro había llevado a la promulgación, en 1948, de la Ley de Defensa de la Democracia; ésta establecía un régimen basado “en un pluralismo limitado”, manifiesto principalmente a través de la “vigilancia coercitiva sobre el movimiento sindical”; también la proscripción de los comunistas por parte del gobierno de Gabriel González Videla, el cual había alcanzado el poder con el apoyo de las izquierdas. Perdido su fuero parlamentario y forzado a entrar en clandestinidad, la “traición de González Videla” fue denunciada a través del continente por el senador Pablo Neruda, atribuyéndola a “la vieja oligarquía feudal” y “los agentes del imperialismo norteamericano de compañías tan poderosas” que vieran afectados sus intereses por el programa inicial del gobierno pluralista. Papá conservaba el recorte de las denuncias publicadas por Neruda en El Nacional en noviembre de 1947, el cual nos mostró a mamá y a mí una tarde en la casa de San Bernardino, poco después de la partida de tía Maruja.

Si bien ésta era defensora en principio de los gringos, aceptaba que las intromisiones de Washington habían atizado algunas crisis de la Guerra Fría en Latinoamérica, granjeándoles antipatía continental en el clima subversivo instalado con la Revolución cubana. Asesinado el Che Guevara en las selvas bolivianas en el 67 con participación de la CIA, su imagen nómada y guerrillera fue mitificada por sobre los comandantes de La Habana que se tornaban sedentarios y burocráticos, según entonces le escuché a papá y mucho después leí en Carlos Rangel. Mientras tanto, la administración Nixon, arrastrando la impopularidad por la guerra de Vietnam, reconocía tía Maruja, renovó esa antipatía regional al tratar de impedir la llegada de Salvador Allende al poder mediante la operación Track II, montada por el brillante y oficioso canciller Kissinger y la misma CIA.

No era casual entonces que Allende se quejara en un discurso en la Universidad de Guadalajara en diciembre de 1972, haciéndose eco de una imagen de Neruda y refiriéndose al hostigamiento estadounidense, proclamando que Chile era “un Vietnam silencioso”. Desde las entrañas mismas del imperio, el presidente también denunció, ante la asamblea de las Naciones Unidas en ese mismo mes, las agresiones de que su país era objeto por parte de emporios como ITT y la Kennecott Copper Corporation, después de nacionalizar el cobre; entonces señaló en tono profético que papá y tía Maruja recordaban: “La batalla por la defensa de los recursos naturales es parte de la batalla que libran los países del Tercer Mundo para vencer el subdesarrollo”.

Tía Maruja en el Vietnam silencioso; Arturo Almandoz Martea

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La del Vietnam silencioso era una imagen pletórica de significados en aquellos tiempos incendiarios, con otras connotaciones que papá y tía Maruja acaso entrevieron entonces, y que pude yo confirmar en pesquisas posteriores sobre los embates comunistas en la Guerra Fría. Con el beneplácito soviético, La Habana había apoyado abiertamente la subversión guerrillera en Venezuela y Nicaragua en los años sesenta, ayudando al Che Guevara a extenderla por el Congo y Bolivia; combatiendo al régimen de René Barrientos, querían hacer de ésta el primer Vietnam suramericano. Pero muerto el Che y mermada la primera oleada revolucionaria en Suramérica, la invasión de Checoslovaquia, saludada por Castro, fue un alerta para Cuba, que en la década siguiente ayudó militarmente a movimientos de África, sobre todo en Angola y en Etiopía, para mostrar su independencia ideológica, al tiempo que mantener viva la llama revolucionaria.

El orbe soviético buscaba englobar la dictadura de Juan Velasco Alvarado en Perú, entre 1968 y 1975, así como los movimientos subversivos en Centroamérica; entretanto China, rivalizando con la URSS, afianzaba vínculos con muchas embajadas latinoamericanas que también restablecían relaciones con La Habana y suspendían el bloqueo decretado por Estados Unidos. Entre los primeros gobiernos en hacerlo estuvo el Chile de Allende, devenido crisol de la izquierda continental que había izado banderas con la Revolución cubana y se hacía eco del régimen de Ho Chi Minh; la ofensiva izquierdista no sólo se libraba en la península indochina, sino también desde los bastiones contraculturales estadounidenses, de Berkeley a Chicago, regándose como pólvora entre hippies y psicodélicos disidentes.

Fueron reveladoras en este contexto las versiones extraoficiales que conoció el escritor chileno Jorge Edwards, durante su corta misión diplomática en La Habana a comienzos de los setenta, sobre el rol que correspondía a su país en tanto nuevo Vietnam de la cruzada comunista en Latinoamérica. Tal como advirtiera el autor de Persona non grata, cuya edición del 73 trajo tía Maruja a papá a su regreso del viaje: “A Chile entrarían cubanos, guerrilleros del Brasil, de Bolivia, de Colombia, revolucionarios de todas las latitudes. (…) Chile estaba condenado a ser el escenario de una guerra española de hoy, donde el fascismo y la Revolución internacionales probarían sus armas. Lo más probable era que el país pasara por un baño de sangre y fuego, perspectiva que parecía exaltar a algunos aspirantes a guerrilleros. ¿No había dicho el Che que había que crear dos, tres, muchos Vietnam en América Latina? Mi reserva frente a este futuro brillante para mi país, que había vivido en perfecta calma hasta 1970, era por sí sola sospechosa. Había que acoger con júbilo el privilegio de Chile de poder convertirse en el primer campo de batalla del continente, en el primer Vietnam de América del Sur”.

Esa reserva de Edwards sobre los designios de la Revolución cubana para su país, así como tantas otras recogidas en Persona non grata, le valieron la proscripción de su libro entre las izquierdas internacionales; pero le granjearon también convertirse en una de las primeras voces de la disidencia, advirtiendo sobre lo indeseable del laboratorio vietnamita en nuestro continente, como papá nos explicó después de leer el ejemplar que le había traído la hermana.

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 Desde que papá rememoró en aquellas vacaciones de 1973 los discursos de Allende, sellados con las imágenes de Edwards, algo se me aclaró sobre la referencia al Vietnam silencioso que me había intrigado, si bien la comprensión vendría con lecturas sobre Latinoamérica décadas después. Sin embargo, su pronóstico al partir tía Maruja a Chile aquel agosto no se cumplió: no la agarró el golpe durante la visita y pudo disfrutar fugazmente de Santiago y Valparaíso, a pesar de la agitación reinante. Poco me enteré empero, al menos yo, de sus relatos al regreso, porque además de haber comenzado ya las clases, la dinámica de nuestra casa fue absorbida por la deteriorada de salud de papá. Recuerdo no obstante que, después del golpe en Chile, los hermanos conversaron largo rato a solas; fue una de las últimas ocasiones en que pude ver en el rostro de él interés vivo por algún tema, antes de que entrara en el desapego que concluyera con su muerte en el 74.

Transcurrido largo tiempo sin mencionarse aquel viaje, en otra tertulia sabatina de las que las tías paternas siguieron teniendo en la casa de San Bernardino, mamá le preguntó, con el respeto que siempre tuvo por su cuñada Maruja, por qué había visitado Chile en aquella hora tan candente, si además ella no simpatizaba con muchas de las reformas de Allende. Con voz entrecortada, la tía respondió que, además de su acendrada admiración por el país austral que se había tornado protagónico, había sido en mucho un homenaje postrero al hermano sedentario y enfermo, cuyo conocimiento de aquel “Vietnam silencioso” superaba al de muchos escritores, reporteros e historiadores.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (6)

José Miguel Roig
30 de diciembre, 2014

Como siempre, un artículo informado e interesante.

Gonzalo Himiob Almandoz
31 de diciembre, 2014

Hola Arturo Gracias por este hermoso e interesante reportaje. Mezclas conocimiento, sapiencia (como diría algún que otro Almándoz) y emoción. Saludos Gonzalo

Rosario Salazar
31 de diciembre, 2014

Hermoso relato como siempre Arturo. Instruye y emociona. Te mando un abrazo grande.

Arturo Almandoz
31 de diciembre, 2014

Gracias, profesor Roig; especial distinción viniendo de usted.

Arturo Almandoz
31 de diciembre, 2014

Saludo navideño, Gonzalo. Si hay “sapiencia”, como señalas, viene en parte de Almándoz como tu abuela Carmen Teresa, tan querida. Todo lo mejor.

Arturo Almandoz
6 de enero, 2015

Bien conoces, Rosario, la instrucción y la emoción a través de la docencia e investigación. Gracias por comentario y mejores deseos para el nuevo año.

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