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Subjetivismo y objetividad en Wisława Szymborska; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 17 de junio, 2017
Fotografía de Piotr Guzik

Fotografía de Piotr Guzik

En 2011, la laureada Wisława Szymborska confesaba a Ryszard Krynicki, uno de sus editores, que trabajaba en un nuevo libro con el preocupante título de Wystarczy, algo como Está bien así. La preocupación estaba justificada. Al año siguiente, moría la conocida poeta y le tocaría a Krynicki encargarse de la edición póstuma de la inconclusa colección, la cual incluye 17 poemas publicados por Adelphi, en italiano, como Basta così. De esa traducción, hemos intentado una retraducción del undécimo de los textos:

RECIPROCIDAD

 Existen catálogos de catálogos.
Poesías sobre la poesía.
Dramas sobre actores interpretados por actores.
Cartas sobre cartas.
Palabras para explicar palabras.
Cerebros diseñados para estudiar cerebros.
Tristezas contagiosas como una carcajada.
Papeles del reciclaje de papeles.
Miradas que son vistas.
Casos que declinan según el caso.
Grandes ríos gracias a los más pequeños.
Bosques cubiertos de bosques hasta las cejas.
Máquinas para fabricar máquinas.
Sueños que desatan otros sueños.
Salud para recuperar la salud.
Los mismo escalones para subir como para bajar.
Anteojos para encontrar anteojos.
Respiración que aspira e inspira.
Y de vez en cuando odio del odio.
Porque al final
Existe la ignorancia de la ignorancia
Y manos reclutadas para lavarse las manos.

La Szymborska nació en 1923, en la prometedora Polonia de la Segunda República que, por desgracia, no sobreviviría los vientos de guerra que soplaban con indetenible intensidad del este y el oeste. Su contemporánea, Christine Lavant (su verdadero apellido era el muy teutón Thonhauser) lo hizo ocho años antes, en 1915, en la Austria en guerra, cuyas tradiciones imperiales no sobrevivirían la derrota de 1918. A pesar de tan diversos orígenes e históricas situaciones, cada una, al menos en los dos poemas que presentamos, son una clara ilustración de las contrastantes poéticas de ambos países germanoparlantes. Este texto de Lavant fue uno de los seleccionados por Thomas Bernhard para su antología de la poeta austriaca fallecida en 1973.

VERSCHRIENER TOD, FÜR MICH BIST DU SO SCHÖN!

Eres difamada, muerte, y para mi eres tan bella!
Desde el amanecer pienso en ti como una cabaña
en la que estaré sola durante la noche
y sobre la cual brillará una estrella.
No tengo miedo de la mudanza,
son muchas las cosas que deberán arder:
el cuerpo con todos sus deseos,
y del alma toda su acumulación de coraje y alegría.
Solo mi amor, muerte, llevaré conmigo.
Prepara para él, si en verdad eres mi refugio,
el mejor rincón de la cabaña
y construye, cuando puedas, una ventana,
para que la buena estrella
le ofrezca el consuelo
que no he podido ofrecerle.

Lavant, castigada por reiterados episodios de demencia, es una tardía representante de la influyente tradición del “romanticismo alemán” que, en su Austria natal, tuvo exponentes tan conspicuos como Franz Schubert, en el XIX, o, en su actualización expresionista del XX Georg Trakl o Kokoschka. La necrofilia que recorre el texto de Lavant es una actitud que se reitera en partituras como “La muerte y la doncella”, del mismo Schubert; “Der Kindertotenlieder”, de Mahler y “La muerte transfigurada”, de Schönberg. Lavant es una de las dos grandes poetas austriacas del novecientos. La otra es Ingeborg Bachmann, para quien la muerte seguramente tenía también algo de “bello”, porque a ella se entregó, tal vez voluntariamente, a sus 47 años. Uno de los signos del romanticismo es su radical subjetividad; el ensimismamiento y dependencia de una estrella tan poco confiable como la emocionalidad, la más evidente expresión de irracionalidad de nuestra psique. Para el romántico, el mundo comienza y termina en su propio yo. Es a a quien le “duele el corazón…”, y “como yo te he querido…”, etc. Fuera del yo, no hay más que la realidad con toda su prosa; la sociedad, en especial, de la cual lo más recomendable es apartarse; ese plural, que para nada nos debe interesar. Al fin y al cabo, como había advertido el divino Platón, “nada de los asuntos humanos debe importarnos tanto”.

De la perniciosa influencia del romanticismo y su progenie de héroes e inspirados, en América, sólo se mantuvieron a salvo, gracias a Whitman, los poetas norteamericanos. En Europa, y por causas que no parecen fáciles precisar, durante el siglo pasado, solo la tradición lírica de los polacos fue capaz de acogerse a una poética menos rendida al extendido subjetivismo de la poesía moderna. Sus mejores exponentes pudieron superar la deriva romántica que habían heredado de artífices como Chopin, y detenerse en la consideración de asuntos tan prosaicos como la historia y la sociedad. Creyeron y cantaron lo plural, manteniéndose, casi siempre, a raya de la seducción del yo romántico. Es formidable la lista de vates polacos del XX, dos de ellos reconocidos con el Nobel: Miłosz y Szymborska; dos que se lo merecían: Zbigniew Herbert y Tadeusz Różewicz; aún otro que ha sido nominado: Adam Zagajewski. Y un visionario alucinado, Alexander Watt, que es una de las voces más puras de la poesía contemporánea.

Esta poética tan singular, especialmente en Europa y América Latina, en la que los poetas dividían sus simpatías entre el surrealismo y el compromiso, entre lo hermético (Perse, Char, Eliot) y la banalidad proselitista (Neruda, Aragon, Ritsos) fue lo que llamó la atención de la antología de poesía polaca contemporánea, seleccionada y traducida al inglés por Czesław Miłosz. En efecto, en Polish Post-War Poetry (ignoro si ha sido traducida al castellano), en la mayoría de las 125 poesías escritas por 25 poetas, era posible encontrar textos parecidos a estos de Tadeusz Różewicz, en los cuales el yo poético se alejaba del pernicioso solipsismo romántico para buscar sus asuntos en la prosaica “situación”, como la llamaba Jaspers, del autor:

HOMBRE NUEVO

El hombre nuevo
es ese de ahí
sí esa
tubería de desagüe
deja pasar todo.

AMOR 1944

Desnudos indefensos
con los labios en los labios
con los ojos abiertos
de par en par
escuchando recorríamos
un mar
de lágrimas y sangre.

No importaba cuán tremendas fueran las circunstancias (la Segunda Guerra, la ocupación soviética, el comunismo), estos vates se distanciaron, en su mayoría, de la “babosa emoción” sobre la que nos advertía Pound ya en 1909, y cantaron su circunstancia con una objetividad que es la que distingue el mejor clasicismo. En la misma antología de 1965 impresionaban las piezas de Zbigniew Herbert, quien, con parecida objetividad e ironía —el cual que es otro atributo del clasicismo— huía de las nieblas románticas y neorrománticas para cantar y contar su experiencia existencial. El problema para los vates polacos, como se sabe una de las naciones más católicas de Europa, era haber dejado de creer en el escurridizo “dios escondido”, y no confiar en el curso, no menos incierto, de la historia. Herbert es el poeta de la ironía trágica y la alegoría como modos expresivos.

LA PIEDRA

 La piedra es la criatura perfecta
igual a sí misma
vigilante de sus fronteras
exactamente repleta
de pétreo sentido
con un aroma que a nada recuerda
a nadie espanta ni despierta codicia
su ardor o frío
son justos y dignos
siento su duro reproche
cuando la tengo en la mano
su noble cuerpo
absorbe el falso calor
Las piedras no se dejan domesticar
nos mirarán hasta el final
con su clarísima y tranquila mirada.

Aunque escrito al final de su vida, en “Reciprocidad”, Szymborska —con objetividad no distinta a las de Różewicz y Herbert— refiere con admirada capacidad de síntesis la experiencia no ya de su yo romántico, sino las de su yo existencial sometido a las reiteradas ingratitudes de la historia. Durante muchos años, fue Szymborska simpatizante de la dictadura comunista de su país, para terminar, como buena parte de su generación en todo el mundo, en medio del desengaño. La teología, como a Pascal, nos convierte en pesimistas. Y la historia, como intuyó Camus, también. La diferencia es que el encuentro con “le dieu cache” es poco obvio; mientras que, ante la historia, el hombre es ya menos impotente. El Muro de Berlín, con la ristra de dictaduras comunistas, no se cayó por su propio peso. Fue necesaria la participación plural, la voluntad de una mayoría, la confianza en que la libertad, como todo lo que verdaderamente amamos, nunca nos será arrebatada. El lamento de Christine Lavant, en su estremecedor poema, lo sentimos como un Cuarteto de Schubert, distante y conmovedor, pero ya no como expresión de una poética que nos represente en estos tiempos decisivos de defensa de derechos y libertades. No es con el “corazón al desnudo” que se debe escribir la lírica del XXI, en Venezuela y en Occidente. La prosaica realidad está allí, esperando, como la Polonia del novecientos, que la hagamos asunto de nuestros cantos y cuentos que, bien entendido, viene a ser lo mismo, “Porque al final / existe la ignorancia de la ignorancia / y manos reclutadas para lavarse las manos”.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (1)

Estelio Mario Pedreáñez
20 de junio, 2017

Siempre es un placer leer al poeta y ensayista Alejandro Oliveros. Y en este magistral artículo nos acercó a los más destacados poetas polacos del siglo XX. Me llamó la atención, el corto y profundo poema “El Hombre Nuevo” del poeta polaco Tadeusz Różewicz, que está en la antología “Poesía Polaca de la Post Guerra”, porque en sus concisas palabras Różewic logró resumir una verdad que su intuición artística reveló con mucha anticipación a la verificación histórica, y en un país satélite del Comunismo Soviético: El “Hombre Nuevo”, pregonado por los profetas de las utopías totalitarias marxistas, en realidad es “Viejo”, una especie de residuo, desecho, que puede circular por una “tubería de desague”. Y es cierto, el “Hombre Nuevo” es el “Homoi”, el “Igual” de la Antigua Esparta, donde los hombres vivían como simples piezas o engranajes al servicio del Estado, y hasta los esclavos eran propiedad del Estado, y tan tristes vidas sucedieron durante siglos, hace más de 700 años antes de Cristo

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