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Simetrías y asimetrías: José Antonio Ramos Sucre y Andrés Eloy Blanco; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 4 de marzo, 2017
José Antonio Ramos Sucre (izq.) y Andrés Eloy Blanco (der.)

José Antonio Ramos Sucre (izq.) y Andrés Eloy Blanco (der.)

Los dos poetas más difundidos de la lírica moderna venezolana, nacieron en la ciudad oriental de Cumaná.  El mayor de ellos, Ramos Sucre en 1890, y Blanco en 1906. Miembros de distinguidas familias de la región oriental, sus casas natales no se distancian más de una pocas cuadras. El destino, sin embargo, quiso que no se conocieran, a pesar de las simetrías que enlazan la existencia de ambos vates: inclinación por las humanidades, estudios de derecho en la Universidad de Caracas y poetas. Además, vinculados con la carrera diplomática; uno, Ramos Sucre, como funcionario de la Cancillería; y Blanco, como ministro, un par de décadas más tarde, de la misma Cancillería. También para ellos los dioses escogieron una muerte desterrada. La del primero en Ginebra; en lo que no se ha podido refutar que haya sido un suicidio, acosado por el “vampiro de la melancolía”. Y el segundo, en un improbable accidente de tránsito durante su exilio mexicano. Hasta aquí las simetrías, porque nada más divergente que las poéticas que distinguieron sus obras.

A Ramos Sucre se le estima, con razón, como el primer poeta moderno de Venezuela; poemas en prosa, impersonales, herméticos, cultos, exigentes, de una exquisita  sintaxis y la insistencia en la imagen como instrumento básico de expresión. Escribió poco y nunca para muchos, su estilo es el de Cellini y su exquisita orfebrería. Andrés Eloy Blanco, por su parte, apenas si se propuso, durante un tiempo breve, ser un poeta de la modernidad. Le pareció mejor acogerse a una crepuscular estética postromántica, expresada con una dicción convencional y metros tradicionales. Incapaz de disociar el poeta del político, se propuso y lo logró, sin dudas, ser un poeta popular, al alcance de los grandes públicos y el reconocimiento inmediato. No parece haberse identificado nunca con los intentos que adelantaban, no sin fatigas, los mejores de sus contemporáneos por adaptar las nuevas formas expresivas que desde hacía décadas se habían difundido en Europa o los Estados Unidos.

Nacieron en Cumaná, pues, dos poetas de expresiones antípodas, a pesar de las simetrías que pudieron haberlos acercado. Blanco probablemente sea el poeta más leído por los venezolanos durante el siglo XX, aunque no estoy seguro de que lo siga siendo en el XXI. Mientras que Ramos Sucre sigue siendo un raro, cuya lectura se limita a las universidades y a los poetas que lo reconocen como fundador de la moderna lírica venezolana.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (4)

Liz Roosen
4 de marzo, 2017

Gracias Profe! Me dejó con ganas de saber más de estos vates!

Jose Maria Aristimuño
4 de marzo, 2017

Me parece una injusticia no poner en el mismo podium a Cruz Salmerón Acosta, con su obra y su extraordinario poemario Azul de Manicuare. Jose Maria Aristimuño

Estelio Mario Pedreáñez
6 de marzo, 2017

Muy bueno, aunque corto (siempre aspiramos leer más de nuestro admirado poeta, crítico y ensayista Alejandro Oliveros) artículo. Y me atrevo a discrepar del Maestro en su apreciación sobre la futura popularidad de Andrés Eloy Blanco (“…Blanco probablemente sea el poeta más leído por los venezolanos durante el siglo XX, aunque no estoy seguro de que lo siga siendo en el XXI…”), ya “un clásico” de la Poesía Venezolana. Pienso que a pesar de las parcialidades políticas, siempre transitorias, que pretendieron o pretendan disminuir su significación histórica, por su rol protagónico en Acción Democrática en la etapa inicial de instauración de la Democracia en Venezuela hasta su trágica muerte en el exilio mexicano durante la Dictadura del ladrón Marcos Pérez Jimenez, organizador del nefasto Golpe de Estado de 1948 contra Rómulo Gallegos, primer Presidente de Venezuela electo por el pueblo, sus grandes méritos literarios y su arraigo popular lo elevarán ante las mezquindades políticas.

douglas
6 de marzo, 2017

A Ramos Sucre lo rescataría de la incuria intelectual venezolana su apodíctica calificación de Martínez Mata, mientras que todo lo demás se debe a la idolatría nuestra que inventa maravillas. Si Luis Cernuda escribió, citando a José Bergamín: “En la literatura francesa se puede comer a la carta, mientras que en la española no hay más que el cubierto”, yo añadiría que en la venezolana el mantel es de hule. Andrés Eloy escribió un poema que le basta y le sobra para ser moderno: Autoretrato. Andrés Eloy corrió con la misma suerte de Gallegos en los años 60: la revista Falso Cuaderno ejemplificaba la prosa de éste último con una página en blanco y Ludovico Silva en su espacio de El Nacional llamado Belvedere afirmaba que Andrés Eloy era rockolero (Dudley Fits alegaba ‘translations difficulties’ para excluirlo de su Anthology of Contemporary Latin-American Poetry de 1947). El sólo capítulo de la tempestad en Canaima le asegura a Gallegos esa “gran fuerza creadora” que su traductor brasileño, Jorge Amado, reconocía.

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