Blog de Alejandro Oliveros

Shostakóvich: el ruido del tiempo; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 27 de mayo, 2017
Fotografía de Alexander Konkov / TASS

Fotografía de Alexander Konkov / TASS

Men in Dark Times es el título de un conocido libro de la profesora Hanna Arendt donde reunió estudios sobre Walter Benjamin, Hermann Broch, Bertolt Brecht, Karl Jaspers, Rosa Luxemburgo y algunos otros. Todos protagonistas de un siglo en el cual el poder, como nunca antes, enfrentó sin tregua ni piedad a artistas e intelectuales que militaron en el cuestionamiento a las tiranías y dictaduras. No quiero decir que en otras épocas, la Inquisición española, el colonialismo británico o en el Segundo Imperio, las autoridades no hubiesen acosado y perseguido el espíritu crítico de los creadores, pero, y no es difícil reconocerlo, durante el novecientos la persecución se hizo generalizada y sostenida.

En la galería de la profesora Arendt, caben muchos otros nombres: desde Malévich y Pocaterra, hasta James Baldwin o Lorca y José Solanes. Otros miles, seguramente tan brillantes, pero sin nombre (como el soldado desconocido) desaparecieron en los campos de concentración que, desde Siberia a Chile y de España a Serbia, se levantaron en esos tiempos de oscuridad que signaron el siglo XX.

No sólo por su dilatada geografía, fue bajo el cielo de Rusia donde se produjeron las más conspicuas de estas persecuciones. No es hora de cálculos, aunque es lo más probable que el comunismo soviético haya sido el más activo y siniestro de todos los sistemas totalitarios y que sus víctimas sean incontables. El “ticket” totalitario, o “plan”, como se le llama en estas latitudes, incluye la persecución y exterminio del intelectual cuestionador. Tarde o temprano, los organismos de la represión tocan a la puerta y, en lo sucesivo, será el imperio trágico del absurdo y la arbitrariedad.

Una de las historias más emblemáticas y dramáticas es la de Dimitri Shostakóvich, el compositor soviético, perseguido y exaltado, humillado y reconocido, autor de una de las obras más excitantes y brillantes de la música del novecientos. La vida del compositor, nacido en 1906, en San Petersburgo, parece salida de una novela de Joseph Conrad. Sus compañeros de ruta son personajes como Alex Heyst o Lord Jim, esos hombres marcados por el fato para que le pasen las cosas más desafortunadas, mientras la existencia los distrae con raros momentos de armonía.

Su carrera, no obstante, habría de comenzar de la manera más auspiciosa. A los diecinueve años, su Primera Sinfonía sorprendió a propios y extraños, entre los últimos, a Bruno Walter y Leopold Stokowski quienes la estrenaron en Berlín y Filadelfia. Lo que siguió, fueron 10 años (1926-36) de reconocimientos casi unánimes en la alborada turbia de la dominación stalinista. El ambiente cultural era sospechosamente tolerante, y la visita de compositores tan vanguardistas como Hindemith o Bartók, no eran infrecuentes.

Aunque Stravinsky nunca regresó, su música, al igual que la de Alban Berg, eran estudiadas y representadas. En la primera ópera del joven Shostakóvich, La nariz, sobre un texto de Gógol, estas influencias de la música de vanguardia no son disimuladas. Escribirá dos nuevas sinfonías durante esa década, un par de ballets, música coral, así como su segunda ópera, muy superior a la primera y una de sus partituras más complejas y acaso permanentes. Basada en una historia de Nikolái Leskov, Lady Macbeth del Distrito de Mtsensk es una versión rural del personaje shakesperiano. Fue estrenada en 1934 y saludada con elogios por la crítica oficial en un gesto terminal de libertad crítica. Pero los tiempos estaban cambiando, y para mal.

El primer plan quinquenal de la economía soviética resultó un fracaso, como bien puede y suele suceder, o es una regla de oro del comunismo, y la época demandaba de sus artistas e intelectuales una estética más solidaria con el proceso totalitario. Atraído por el éxito sostenido de la pieza, y por la difusión de la música de Shostakóvich en el exterior, el Primer Secretario del Partido Comunista, el camarada José Stalin, invitó a un grupo de altos funcionarios (Molotov, Zhdánov, Mikoyán) en aquel gélido 26 de enero de 1936 para que lo acompañaran a una representación de la ópera en el Teatro Bolshói de Moscú.

El autor, sentado en el palco de directores, dirigía toda su atención a las reacciones del mandatario que, en otras ocasiones, se había expresado favorablemente de su música. Pero ésta no sería una de esas veces. El palco destinado a las autoridades se encontraba directamente encima de la sección de bronces, los cuales tienen una participación nada tímida, debería decir estruendosa, en la partitura. Quiere la anécdota, seguramente cierta, como toda anécdota, que en esa oportunidad, el director, animado por la emoción o el miedo, exigiese de trompetas y trombones, más de lo que establecía el original, produciendo una experiencia sonora seguramente incómoda. Que fue lo que sintió el no demasiado melómano Stalin, quien, para el terror del compositor, al comienzo del cuarto acto, ya no estaba en su palco.

La nefanda ocasión, el comienzo de una pesadilla que habría de prolongarse, con idas y venidas, durante 12 años, ha sido el asunto de varios recuentos, todos escalofriantes. El primero que conozco fue el que narró el mismo Shostakóvich al periodista ruso Salomon Volkov, quien lo incluyó en su discutido Testimony: The Memoirs of Shostakovich (1979). Más recientemente, fue consignado en las primeras páginas de su estupendo examen de los Cuartetos del maestro por Wendy Lesser en su Music for Silenced Voices, de 2011. Y, hace 2 años, se convirtió en uno de los mejores momentos de The Noise of Time (El ruido del tiempo, Anagrama), la aclamada novela del británico Julian Barnes. Así es como narra este autor lo ocurrido al día siguiente de la presentación de Lady Macbeth, honrada con la visita de Stalin:

“En la estación de Arkhangelsk, Shostakóvich, con los dedos helados, abrió el ejemplar de Pravda para encontrarse, en la página tres, con un titular: ‘Embrollo en lugar de música… El compositor escribió no una ópera, sino una anti-ópera… Bebió de la misma fuente envenenada que produjo desviaciones izquierdistas en pintura, poesía y ciencia… Algo así no puede terminar bien’”.

Por menos de esto, decenas de miles de intelectuales fueron, con sus blancos huesos, a poblar los campos concentracionarios de Siberia. Que el gran compositor haya obviado tal suerte, es el tema de las más distintas versiones. Algunos han criticado, generalmente los que no han conocido situaciones semejantes, la supuesta cobardía del maestro soviético. Otros han hablado de su destino trágico, al que sólo le habría faltado el fatal desenlace. Mientras, no han faltado los que hablan de la siniestra habilidad de Stalin, quien habría perdonado la desviación del autor de Lady Macbeth solo para manipularlo en el futuro.

Y esta parece una opinión del todo insensata. Después de 1936, vienen los años de Shostakóvich en la cuerda floja. Se cuidaría, en lo sucesivo, de aceptar en sus partituras cualquier indicio de influencia foránea, así como de estar más atento a las exigencias del partido. El maestro sobrevivió y disfrutó de la protección y prebendas de las autoridades (carro, la correspondiente dacha), pero, como se sabe, nada es gratis en un sistema totalitario. En Venezuela, conocemos el caso de nuestro mejor director hasta hace poco subordinado a la voluntad de un dictador que, como Stalin, sabía tanto de música clásica como los caballos de pintura. Shostakóvich, por su parte, y a pesar del reconocimiento oficial, se acostumbraría a vivir esperando la visita, siempre en la alta noche, de la policía secreta. Al lado de la puerta de su habitación, mantuvo durante todos estos años de pesadilla roja y negra, una pequeña maleta con un cambio de ropa, cepillo de dientes y máquina de afeitar.

A principios de 1949, en un nuevo estallido de represión masiva, le tocaría al músico pagar parte de la cuenta extendida por el mismo Stalin. Y, va de sí, que no pudo negarse a los deseos de que Shostakóvich presidiera la delegación soviética a un congreso cultural y científico a realizarse ese año en Nueva York. De nada valieron los ruegos y tímidas negativas. Lo que ocurrió durante la bochornosa visita es otra de las situaciones utilizadas por Julian Barnes como asunto de su ficción. Una narrativa que podríamos llamar “bio-fic” (biografía y ficción), y que la literatura de la posmodernidad, al menos desde A sangre fría, de Truman Capote, ha ofrecido notables ejemplos.

Aunque no menos estupendas han sido las muestras que encontramos en la novela clásica, para recordar solo dos: la inmejorada La Sanfelice, de Dumas o la memorable Enrique de Navarra, del otro Mann. La breve narración de Barnes tiene mucho de apasionante, como todo lo que se refiere a la vida de estos “men in dark times”. Pero también es mucho lo apasionante en la existencia de Shostakóvich que deja de consignar. Al final, se queda el lector con la impresión de haber leído no más que un resumen, a ratos apresurado, de la saga del gran compositor ruso. No es Conrad ni Julian Barnes (y seguramente tampoco pretende serlo). No obstante, la lectura de su aclamado libro lo deja a uno con deseo de contar con una biografía que haga innecesaria cualquier ficción. Algo parecido a lo que Norman Sherry hizo con Graham Greene; Quentin Bell con su tía, Virginia Woolf o, hace más bien poco, Andrzej Franaszek con Czesław Miłosz, otro digno integrante, como Dimitri Shostakóvich, de la dramática galería de grandes hombres en la oscuridad de Hanna Arendt.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (4)

Alba Rosa Hernández Bossio
27 de mayo, 2017

¿Debe un hombre de genio dejarse matar por un tirano? A este problema ético yo respondo: no, como lo hizo Shostakovich, también Pasternak de quien escribiste antes. Pero, como Galileo, ninguno fue aúlico del régimen. Pienso que también fue la postura de Ramos Sucre, a quien se le ha criticado su “apatía” ante Gómez. ¿Apatía y escribió el horror y la utopía? ¿Apatía y se quedó en Caracas y sólo viajó para suicidarse lejos? Lo de los bronces “atronadores” que espantaron a Stalin como las trompetas del juicio final, me lleva a imaginar que Ramos Sucre hubiera escrito los bronces atónitos, porque esa palabra viene de attonare , atronar, sonar como un trueno, como Júpiter tonante. Amo a Shostakovich que no se exiló sino que creó entre cadenas.

Jeanette León
28 de mayo, 2017

Estimado Alejandro Oliveros, en Gedisa Argentina lo leemos siempre, sus artículos son fuente de reflexión en la editorial. Men in Dark Times ha sido publicado por nosotros y nos gustaría hacercelo llegar. ¿Puede enviarnos su dirección al correo asistente ditorialceltia@gmail.com? Cordiales saludos Jeanette León

Keudy López
28 de mayo, 2017

Es en estos casos que mi duda, ante la capacidad de los eruditos de estar en sintonía con la realidad que les toca vivir, puede ser más que una pregunta, se presta como un “café vespertino al intelecto”. En Venezuela (República Bolivariana de Venezuela) no hay comunismo ni dictadura y menos represión a creadores y creadoras. No hay músicos en peligro desde Venezuela por expresarse, menos por hablando en una cámara de la web (si no lo hacen cuando hablan en la TV). Si es de Gustavo Dudamel de quien hablas, es preciso decir que la alegoría es, por demás, irreverente y fuera de contexto. Shostakóvich se expresó con su arte y Dudamel con palabras vacías, el ruso con en su país y el otro fuera de ella. El camarada dentro de las ideas revolucionarias y el otro presionado por el sionismo americano (Leer caso de Osvaldo Willen). Alejandro Oliveros parece tener un conocimiento amplio de la música pero existe una brecha entre conocimiento y sabiduría. Un abrazo y dispuesto al debate.

Gonzalo Mendoza
28 de mayo, 2017

Al igual que lo que critica, “es mucho lo apasionante en la existencia de Shostakovich que deja de consignar. Al final, se queda el lector con la impresión de haber leído no más que un resumen, a ratos apresurado, de la saga del gran compositor ruso”.

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