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Shakespeare y los excesos de la tiranía; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 1 de julio, 2017
Sexto Tarquino viola a Lucrecia, de Tiziano

Sexto Tarquino viola a Lucrecia, de Tiziano

The oppressor’s wrong”, algo así como los “abusos del opresor”, es una de las circunstancias que, para el Príncipe de Dinamarca, es decir para todos los ciudadanos libres, haría intolerable la existencia. Shakespeare conoció los excesos del absolutismo de su época. Su vida y la de sus contemporáneos, literalmente dependía, no importa cuán notable o humildes fuesen, de la caprichosa voluntad del gobernante. Las incipientes instituciones republicanas habían colapsado ante el avance del poder absoluto. El estado era el mismo monarca, como, con franqueza irreprochable, había reconocido Luis XIV, el Rey Sol en un país de nieblas e inviernos.

El dramaturgo de Stratford-upon-Avon había considerado el asunto en reiteradas oportunidades: por ejemplo, en alguna de estas obras lo cuenta, entre las más conocidas Ricardo II, Ricardo III, Macbeth, Cuento de invierno, Tempestad, y algunos de los más amargos como la obra Medida por medida. Para la intelectualidad europea, sin embargo, eran conocidos los casos en los cuales las sociedades habían rechazado, con determinación y violencia, la omnipotencia de la autoridad. La república romana, para comenzar, así como las repúblicas italianas del Renacimiento donde la práctica del poder había sido limitado por instituciones emulas del senado de Roma. Shakespeare, como todo poeta que se respete verdaderamente, era consciente de la necesidad de la libertad para expresar una particular concepción del mundo, del sentido de la historia o sus sentimientos, sencillamente. Desde temprano, y en su particular y genial manera, denunció en sus cantos y dramas la pestilencia que indisponía a la sociedad cuando la tiranía ignoraba los derechos básicos del hombre.

De su lectura de los clásicos romanos había conocido la historia trágica de la casta Lucrecia, y le había dedicado uno de sus poemas narrativos. La violación de Lucrecia (1594) es un dilatado tratamiento poético, en la tradición de Chaucer, de los sucesos consignados por Tito Livio en sus Historias y de Ovidio en sus Fastos. Lucrecia, la bella patricia romana y esposa de Colatino —oficial al servicio del rey Tarquino, el séptimo y último de los siete legendarios reyes de Roma—, fue conocido como el Soberbio por su conducta destemplada, un atributo que será común a todos los tiranos que en la historia han sido. No importa dónde, en Roma, China, Rusia, Alemania, o en América Latina, donde los infortunados habitantes de dos naciones, Cuba y Venezuela, conocen los rigores de los regímenes antidemocráticos. Además de sus fuentes latinas, Shakespeare estaba familiarizado con las muchas versiones de la historia de Lucrecia debidas a maestros del Renacimiento, como Cranach, Tiziano o Veronese, en las cuales la noble dama aparecía, típico de aquellos tiempos renacimentales de divino exceso, ligera de vestiduras. En una de las más violentas, la de Tiziano el agresor empuña una fálica daga ante la aterrorizada joven. En la más erótica, la del enigmático Cranach, la joven aparece desnuda, cubierta apenas por la transparencia inquietante de un velo.

Los hechos tal como los refiere la tradición, ya que todas las fuentes escritas fueron destruidas en el Saco de Roma del siglo IV a.C., quiere que en una tregua en el campo de batalla, Lucio Colatino, el orgulloso marido, refiriera a Sesto Tarquinio, hijo del Soberbio, las virtudes y encantos de su esposa. Movido por la curiosidad, el príncipe se regresa a Roma para visitar a Lucrecia. Desde el primer encuentro, reconoce que no eran exageradas las alabanzas del Colatino. Animado por un irrefrenable deseo, trata de seducir a Lucrecia y, ante sus ofendidas negativas, la amenaza con desacreditarla a los ojos de su esposo y de toda Roma, dándole muerte a ella y a un esclavo, juntándolos en el lecho, y revelar a su esposo que los había encontrado en imperdonable adulterio. Al final, Lucrecia, al regreso del ejército, confiesa a Colatino lo ocurrido; acto seguido, haciéndose de una espada, se suicida.

Lo que sigue es el fin de la tiranía de Tarquino y la instauración de la república. Los detalles han sido comentados y tratados por artistas y poetas. Colatino, con otros ciudadanos de Roma, a la cabeza de los cuales estaba el primero de los Bruto, organiza una rebelión contra la tiranía que será el fin del período monárquico de la larga historia de Roma. Tarquino conocerá el destierro, una pena no menos odiosa que la misma muerte. La república que nacía, con todas sus imperfecciones, garantizaba el fin del absolutismo y una política de alternancia en el poder, a cargo de la institución consular. Ninguna de estas legendarias secuencias está exenta de simbolismos e insinuaciones alegóricas. Una de ellas quiere que Lucrecia represente la libertad transgredida; y la venganza de su esposo, el derecho a la rebelión ante la tiranía de toda sociedad organizada. El exilio o la muerte del tirano es la más lógica de las consecuencias.

En El rapto de Lucrecia, Shakespeare canta, en pentámetros, los excesos y caída de la dinastía de los Tarquino. El conjunto tiene un tono moralizante y ejemplar. La virtud de Lucrecia es digna de ser imitada, no menos que la rebelión de los afectados por “The oppressor’s wrongs”. El Bardo todavía no ha compuesto ninguna de sus grandes obras pero su dicción, su envidiable capacidad imagopoética, sus excesos retóricos, todos son apreciables en esta obra temprana, su última incursión en la poesía narrativa. Con estas palabras y profusas imágenes, Lucrecia, al estilo de los protagonistas de Propercio, se dirige a la noche que ha contemplado el crimen:

¡Oh, noche, asesina de la felicidad, imagen del infierno!
¡Sombrío protocolo y notario de la vergüenza!
¡Negro escenario de tragedias y horribles asesinatos!
¡Vasta encubridora de crímenes, nodriza de culpas y vergüenzas!
¡Ciega y velada alcahueta! ¡Oscuro a
lbergue de la infamia…

(…)

¡Oh, noche odiosa, vaporosa y de nieblas!
Ya que eres culpable de mi crimen sin cura…
Deja tus brumosos vapores marchar tan espesos
Que en sus filas se ahogue la luz y se ponga el sol
A mediodía y produzca una noche sin fin.

El tono es de los “lament speech” que fueron una convención en el teatro isabelino y cuya más alta expresión serán los soliloquios de Hamlet. Lucrecia es una expresión temprana, en la obra del Bardo, del héroe trágico. Un ser humano para el cual no hay escape. Como Antígona, Lucrecia no tiene escape. Cualquiera de sus decisiones la llevará a la tragedia. Si no se entrega al lujurioso Tarquino, será victima del complot que éste ha ingeniado para deshonrarla. Si lo hace, quedará para siempre mancillada. Pero, a diferencia, de la doncella tebana, la hija preferida de Edipo, Lucrecia, a su muerte, tendrá sus vengadores. No sólo su padre Lucrecio y su esposo Cilatino, sino el pueblo de Roma. Ante el cuerpo mancillado y ensangrentado de Lucrecia, los romanos se fueron a la calle hasta que el tirano fuera arrojado al exilio. Canta y cuenta Shakespeare en las ultimas estrofa de su memorable texto:

Ahora, por el Capitolio que adoramos
y por esta sangre tan injustamente derramada;
por el sol del cielo que nutre la rica tierra,
por todos nuestros derechos nacionales,
y por el alma de la casta Lucrecia, que ha poco
nos lloraba sus desdichas; y por este ensangrentado
cuchillo, vengaremos la muerte de esta fiel esposa.

(…)

Cuando todos los familiares juraron esta compartida sentencia,
resolvieron sacar de allí a la querida Lucrecia para
mostrar su sangrante cuerpo a toda Roma,
y proclamar así la sucia afrenta del hijo del tirano.
Con rápida diligencia, y entre aplausos, los romanos
castigaron a Tarquino con el destierro perpetuo.

Un año después de su Lucrecia, Shakespeare va a estrenar Ricardo II, un drama histórico en el cual el mal gobierno del monarca será repudiado por la sociedad inglesa. Como Tarquinio, Ricardo también será depuesto, con la diferencia de que, en lugar del exilio, al tirano le tocaría una muerte horrenda.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (3)

Leonel Ovalle Plaza
1 de julio, 2017

Excelente artículo. Donde conseguir obras de Alejandro Oliveros?

carlos Rojas Malpica
2 de julio, 2017

Querido amigo:

De nuevo tus lúcidos ensayos, donde no sobra ni falta detalle alguno, nos trasladan a la historia. Siempre se habló del talento de los griegos para la tragedia, luego los ingleses, y mucho más tarde Alemania. La proliferación caótica de la naturaleza tropical, la exhuberancia del paisaje y la abundancia de todo, se supuso siempre un obstáculo para percibir la tragedia desde el trópico. Siguiendo a Unamuno, al menos en el título de su libro, no habría en el trópico, el pathos necesario para percibir el sentido trágico de la vida. Sin embargo, la amarga realidad de nuestros días nos ha hecho encontrar con un dolor que desconocíamos y que se incrementa cada día. Ya no es melodrama. La noche ya no es para el idilio. Nuestras noches duelen, y es el momento de llorar por “el alma casta” de un violinista asesinado en el asfalto… Gran abrazo Carlucho

Margarita Oviedo Urrutia
2 de julio, 2017

Preciosa escritura del profesor Alejandro Olivares.

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