Blog de Pedro Plaza Salvati

Rodrigo Soto: El destilador de palabras; por Pedro Plaza Salvati

Entrevista exclusiva a propósito de la presentación en España de su novela El río que me habita

Por Pedro Plaza Salvati | 27 de mayo, 2017

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Rodrigo Soto es un destilador de palabras. La primera vez que supe de él fue a través de una fotografía que todavía guardo en la memoria. Soto está en el patio de una lavandería casera y, de las cuerdas que utiliza para guindar la ropa, cuelgan hojas impresas de un manuscrito. En esa toma se dispone a colocar en un gancho una de esas hojas, con los brazos alzados tal vez para representar el esfuerzo que acarrea el oficio de la escritura. Al mismo tiempo me pareció una metáfora visual equivalente a la famosa gaveta en la que un escritor debe dejar reposar un tiempo su obra para luego recortar lo que sobra, redunda o retiene la impecabilidad de un texto. Ese afán por la pulcritud narrativa se puede ver reflejado en la obra de Rodrigo Soto.

El punto de partida de una imagen me llevó a la lectura de El nudo (Editorial Periférica, España), la que escogí al azar entre una nutrida obra de este autor costarricense. Se trata de una adictiva novela. Cuando un narrador lo atrapa a uno con su prosa es como si le hiciera “un nudo” al lector; logra su cometido en una historia que gira, como trasfondo, en torno a las decisiones que se toman en la vida, sus implicaciones y consecuencias, y que se configura a través de la vida de cinco adolescentes cuyos rumbos cambian a partir de un inocente viaje de playa y el encuentro de un alijo de cocaína.

Rodrigo, ganador dos veces del Premio Nacional de Cuento en Costa Rica y Finalista del Certamen de Cuento Casa de las Américas, es un narrador de cepa. Y como buen narrador no solo destila las palabras sino que le inquieta y experimenta con los puntos de vista. El nudo inicia, por ejemplo, haciendo cómplice al lector: “Aquí sucede lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final, y ese desgarbado, miserable harapiento que se dispone a cruzar la calle con las primeras insinuaciones del día —apenas la sospecha, la premonición de un amanecer—nunca podrá hacerlo.” En Gina (Uruk Editores, Figuras en el espejo, Costa Rica) una novela corta también publicada en España, tiene la habilidad de desdoblarse y contar con naturalidad desde el punto de vista femenino: “Juro que durante años me propuse ser una buena esposa. Quiero decir: una esposa leal, buena nota, valiente: tampoco una imbécil ni una víctima modelo”. La onda expansiva de Soto va desde un libro de poesía, Damocles y otros poemas (Editorial de la Universidad de Costa Rica), hasta A la hora del crepúsculo, una obra de teatro en la que Joaquín, hijo del último dictador de Costa Rica, culmina su vida en fracaso, miseria y demencia.

Retengo también en la memoria la presentación de En la oscurana (Ediciones Lanzallamas, Costa Rica), en el Espacio Cultural Carmen Naranjo en la Estación de Tren del Atlántico, una nutrida novela que versa sobre un ficticio movimiento independentista y el asesinato de una turista holandesa a manos de unos adolescentes. En el epígrafe de esta obra Soto incluye una cita de Lo infraordinario de George Perec, al que le profesa una devoción que raya en la otredad y que podemos comprobar con su correo electrónico personal: perecgeorges@gmail.com.

De lo vasto de En la Oscurana al inicio de su fructífera carrera como escritor con La estrategia de la araña (Editorial Germinal, Costa Rica), una intensa, laberíntica y experimental novela corta donde existe un narrador en primera persona, Ricardo Morúa, un escritor que traza un paralelismo entre la construcción de un manuscrito y la labor de una araña en su habitación: “…una telaraña se comienza a dibujar salida de la nada, del abdomen del bicho al que miro deslizarse en el vacío, tender cabos, elaborar sustancias, erigir su estrategia”.

Rodrigo Soto pareciera contar con la estrategia de la versatilidad para, luego de una veintena de libros publicados, entregarnos su Ciudad Real, un mundo al que le atraviesa un río que lleva en su interior, un río tan Grande como su ambición creativa.

—El río que me habita (Ediciones Huso, España), que presentarás en España en varias ciudades en el mes de junio, es una obra fragmentaria, coral, de tiempo no lineal, donde predomina abiertamente la primera persona del singular con sus distintos tonos y matices, pero que también incorpora la forma epistolar y la primera persona del plural desde el ángulo de unos locutores de radio (Historia Local III). Esta novela retrata la vida en torno a una Ciudad Real que se erige como un mundo propio con conexiones, algunas subterráneas, otras visibles en la superficie. ¿Consideras que todo lo que has escrito hasta el presente viene a redundar o resultó en una suerte de preparación para, tal vez en el tope de tu madurez como narrador, crear El río que me habita?

—Supongo que, en efecto, los libros que escribí antes son una preparación para este, aunque en sentido estricto no tengan mucho que ver con él. Hasta ahora, mis novelas y mis cuentos abordaban realidades que me eran más cercanas en todos los sentidos: geográficamente, temporalmente, socialmente… En este caso, sin embargo, encontré caminos para apartarme de mi experiencia vital más inmediata, y fabular mundos que, sin ser completamente ajenos (porque en definitiva nada lo es) se nutren de otras vidas, de otras fuentes…

—En el capítulo cuatro,“Celajes frente al río”, conocemos el origen del nombre de Ciudad Real. Este narrador, obsesionado con las ideas de Napoleón, cuenta sus memorias desde la vejez y consciente de su cercanía al reposo en el camposanto de Ciudad Real. El Presidente decide condecorarlo por haber sofocado una rebelión y le ofrece bautizar con su nombre a Puerto Escondido. Pero él prefiere rendirle honores a su abuelo y a su madre, rebautizando a Puerto Escondido con el nombre del lugar en España donde nacieron ellos: Ciudad Real. Dentro del escenario guerrerista de ese capítulo, este episodio adquiere una dimensión poética. En esta ciudad española (la real) está presente El Quijote en muchos de sus rincones. ¿Haces un doble juego acá?

—El doble juego con el nombre de Ciudad Real va más bien por el lado de la anfibología. Ciudad Real es, obviamente, una construcción imaginaria, pero al estar jalonada por fragmentos de diversas realidades (entre otras, mi mundo onírico), me pareció una paradoja atractiva que se llamase Ciudad Real. Por otro lado, el personaje del militar al que haces referencia está tratado con cierta ironía. Su obsesión por Napoleón termina siendo un poco ridícula, al menos a mis ojos.

—Ciudad Real tiene las mismas iniciales de Costa Rica. Puerto Humo se parece tanto a Puerto Limón. Y cuando mencionas varias veces el Paseo de los Mangos hay un Parque Central adyacente (San José), ello sin nombrar paralelismos con la historia patria, el genocidio con los indígenas, la construcción del ferrocarril, las plantaciones bananeras, la lucha comunista, la presencia de lagartos,ríos, puertos, pueblos, los  morenos, mulatos, blancos, negros, extranjeros, sirenas, las lluvias y temporales constantes que dictan la vida de los habitantes, como lo que relatas en tu novela breve En el país de la lluvia (Uruk Editores, Figuras en el espejo, Costa Rica) y para usted de contarlos puntos conectivos. En La estrategia de la araña tu narrador dice “La realidad está escrita en letras cursivas”. ¿Qué significa esta afirmación desde el punto de vista de tu obra en general y de esta novela en específico? ¿Cuál es para ti la línea divisoria entre no ficción y ficción? ¿Ciudad Real o Ciudad Imaginaria?

—La Estrategia de la Araña es una novela casi adolescente, la publiqué a mis 20 o 21 años y, como debe ser, responde a mis inquietudes de aquél momento. “La realidad está escrita en cursivas” refiere ala sospecha de que las cosas que vivimos y percibimos, el mundo todo, tiene un significado más allá de lo evidente, un significado secreto, por así decirlo, que solo ciertas personas o en algunos momentos logramos percibir o descifrar. Muchas veces he tenido ese sentimiento. Ahora bien, los paralelismos entre hechos históricos de Costa Rica (y de otros países centroamericanos y latinoamericanos) con los que dan forma al universo de Ciudad Real (y de El río que me habita) no son casuales, pero tampoco tienen la pretensión de ser puramente referenciales, es decir, aluden a hechos y realidades históricas, pero no refieren directamente a ninguna. Me interesa la relación de los personajes con su circunstancia geográfica, histórica y personal,más que la fidelidad a la historia de un lugar concreto.

—En el capítulo “Guerreros y Tejedoras”se intercala constantemente la narración en tercera persona a partir de Toni, un defensor del medio ambiente que se cuestiona con frecuencia “¿Qué es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla?”, y que se traslada a Ciudad Real para impedir la construcción de una represa en torno al río Grande y, por otra parte, la forma epistolar entre dos hermanas estadounidenses, Emma y Beckie. Esto transcurre a grosso modo entre 1965 y 1967. En la historia epistolar se devela una tensión entre lo que sería el descubrimiento de un paraíso por parte de una extranjera así como la revelación de todo lo que no le gusta: la lentitud de las cosas, lo engorroso que resulta cualquier trámite, la contaminación de los ríos, el servicio de correo (de aquella época), la construcción de un basurero en un cerro y su posible destrucción y hasta los sinvergüenzas del banco.  ¿Crees que estas tensiones están todavía presentes en la Costa Rica moderna? Para Rodrigo Soto: ¿Qué es lo que hace que la vida merezca la pena vivirla?

—En El río que me habita no pretendo hablar específicamente de Costa Rica, aunque también pretendo hablar de Costa Rica. La realidad a la que refieren los hechos narrados está en muchos países, aunque sin duda muchos aspectos de Ciudad Real refieren a Latinoamérica y, más específicamente, a Centroamérica. En este libro me interesaba asumir la posición de quien mira todo desde la periferia, por eso Ciudad Real es una ciudad de provincias. Ahora bien, si me preguntas si esas características en cuestión (lentitud, burocracia, etc.) están presentes en la Costa Rica de hoy, la respuesta es que por supuesto es así. Y en cuanto a tu pregunta: ¿qué es lo que para mí hace que merezca la pena vivir la vida?, te responderé con lo que reflexiona uno de los personajes de la novela “El fuego cuando te quema”, del escritor costarricense Alí Víquez. Tras muchos debates y deliberaciones (se trata de una novela ideológica), el personaje llega a la conclusión de que, aunque no haya certeza ni evidencia alguna acerca de la trascendencia del alma, la mejor y única prueba del sentido de la vida, radica en el hecho de que, si antes de nacer tuviéramos la oportunidad de elegir entre nacer o no hacerlo, sabiendo de antemano lo que nos espera en el futuro, muchos, quizás todos, elegiríamos vivir. Creo que en este pensamiento se encierra una verdad profunda, aunque no pueda reducirse a un razonamiento cartesiano.

—El primer capítulo es una brevísima obertura centrada en el Colibrí;un ave que para sostenerse en un punto fijo debe aletear alrededor de 70 veces por segundo con unos 1.200 latidos por minuto (unas cinco veces más que el máximo de un ser humano). El Colibrí siempre está al borde de morir si su corazón llegase a latir un poco más rápido. ¿Qué simbolismo tiene el Colibrí para Ciudad Real?

—Diría que para Ciudad Real, ninguno. Lo que me parece hermoso de esa obertura o proemio es el hecho de que los colibríes canten al alba para ayudar al sol pueda emerger y la claridad se instale. Hay algo hermoso y poético (también patético) en la insignificancia de un colibrí que pretende que su canto hace salir al sol cada mañana. En ocasiones pienso que esta es una pretensión similar a la de los inventores de historias: escribimos para que el sol pueda salir cada mañana.

—En “Sirenas y Centauros”, el capítulo más rico en personajes que se intercalan a un ritmo constante, se perfila un mundo que bordea en lo fantástico. Hay dos chicas, Maga ¿honor a Cortázar? y Mila, que se bañan desnudas en los ríos y que parecen ser inmunes a los lagartos. Ellas atraen con su encanto a los viajeros pasantes que se lanzan al río exponiendo sus vidas. En este capítulo, además de estas encantadoras criaturas, está Cecilia, una farmaceuta a la que le gusta comer tierra y que se muda a Ciudad Real luego de su divorcio. Desarrolla una amistad con Aura, que le enseña a hacer medicamentos caseros y tiene la esperanza de que esta asociación se convierta en un negocio próspero. La violencia emerge: un día Cecilia es violada por tres hombres. Por otra parte, Adolfo Serrano, otro personaje, asesina a sus padres con un machete. Su sentencia es perdonada mucho antes de que culmine pero esto no lo libra de la culpa. También nos encontramos con Miguel,que se dedica a cazar indios y se queda prendado con Lucila Meneses, que aparece varias veces de forma tangencial a lo largo de la novela.Hacia el final casi todos están en aprietos: Maga rompe con Mila por una relación que tuvo con un forastero; Miguel sufre un accidente con una trampa que le montan los indios y queda herido a la merced de la selva, Serrano se desvanece en el túnel de un cerro en el que trabaja, Cecilia es aplastada por un talud. ¿Hablamos acaso acá de una suerte de realismo mágico en un mundo centroamericano o costarricense?

—Las historias que integran esta primera parte de la novela tienen tesituras y registros diferentes. La historia de Maga y Mila –homenaje a Cortázar, ciertamente-, tienen un registro fantástico, pero también recrea una leyenda viva en diversas regiones de Centroamérica, y quizás de Latinoamérica: la creencia en las sirenas que raptan a los hombres a la orilla de los ríos. Las demás historias de esta sección tienen un registro más “realista”, por así decirlo, aunque todas exploran lo monstruoso y la desmesura. De ahí el título de esta parte. Al mismo tiempo, tratándose de la primera parte de la novela, para mí era importante trazar, o al menos esbozar, el horizonte temporal en el cual se desarrollarían todas las historias que atraviesan el libro, de ahí que las historias remonten progresivamente el tiempo. Si te fijas, la primera historia tiene lugar en la contemporaneidad –incluso en una suerte de futuro próximo-, en tanto la última del conjunto, la del cazador de indios (mestizo él mismo), nos sitúa en el último tercio del siglo XIX.

—En la llamada Historia Local I creo que lograste un relato magistral. Una historia fascinante llena de datos, que pueden ser o no ser reales, pero que le da un tono como de cuento-ensayo. Diosdado Márquez Valerio, un historiador que guarda la memoria de lo que acontece en Ciudad Real y que muere en el anonimato. El punto de vista se centra en su mejor y quizás único amigo que dice al referirse al entierro de Diosdado: “Ese día reviví con más intensidad que nunca la desdicha de haber nacido en Ciudad Real, que despedía de forma tan misérrima al prócer y pionero de su historia local”. ¿Quisiste acá retratar algún rasgo en cuanto al olvido de los muertos cuando ya no son útiles como idiosincrasia de algunos pueblos o de algún país en particular?

—Diosdado Márquez Valerio es el arquetipo del historiador del pueblo y su historia habla de la soledad y el aislamiento. La tragedia de Diosdado es que ni siquiera tiene que morir para caer en el olvido. Vive en él. Pero toda su historia está atravesada por una tensión entre la memoria y el olvido. Como recordarás, durante todo el relato, el narrador, su discípulo y amigo, insiste en que Diosdado ha olvidado un dato al parecer insignificante de una conversación escuchada en su niñez. Cuando finalmente recuerda aquello que había olvidado, sufre una crisis emocional. La narración no nos revela la respuesta, los lectores deben interpretar el contenido de lo que él acaba de recordar…

Por otro lado, la historia de la Colonia Fraternidad está vagamente inspirada en la de una colonia francesa que se instaló brevemente en una región muy apartada de la costa pacífica de Costa Rica. Al parecer, esa colonia corrió una suerte similar a la que se describe en el libro.

—Las cuatro historias: I,II,III, IV son excepcionales. La Historia Local II, la de Sofonías Sánchez y su orquesta es un relato que podría ser de cualquier país latinoamericano: un músico que conoce el éxito y termina vendiendo órganos Wurlitzer. Mathew Campbell es un negro, flaco, serio, que se obsesiona en construir con sus propias manos un barco sobre un cerro que lo imposibilitaría de ser llevado al mar una vez terminado. Muere literalmente ejecutando su oficio, con la cordura estropeada al punto que lo abandona su mujer y los hijos que deja desperdigados. Estos cuatro relatos son autónomos pero a la vez están conectados con el ensamblaje general de la novela. Carlos Cortés ha dicho sobre El nudo: “El nudo no se lee como una novela, aunque lo sea, sino como un cuento, con la tensión que ofrece la narrativa breve y sin traicionar sus ambiciones de fuga, de ir más allá, que es el sino imposible de la novela. El fantasma de la forma”. ¿Cuál ha sido tu principal preocupación como narrador; el fondo de lo relatado o la forma?

—Sofonías Sánchez es para mí un personaje entrañable. Disfruté mucho con su escritura, pues representa como bien dices una época de Latinoamérica. Por otro lado, la escritura de las historias, de los hilos narrativos que conforman El río que me habita, precedió a su ensamblaje. Antes de la versión publicada, hubo otras en donde las mismas historias se presentaban en otro orden y enlazadas mediante otros artilugios. Si bien los hilos que conforman El río que me habita no pueden considerarse cuentos desde ningún punto de vista, es claro que el libro está constituido por un conjunto de historias o hilos narrativos relativamente independientes entre sí. Creo que el arte narrativo se nutre y dialoga con otras artes y oficios. Dos de ellos son la hilandería y el tejido. Entiendo El río que me habita como un tapiz narrativo.

—En simultáneo o en paralelo a tu carrera de escritor has tenido una amplia trayectoria en el campo audiovisual orientada más que todo al documental. Hay una foto de una entrevista que te hizo La Nación en el 2007 en la que estás retratado encima de la basura en el botadero cuyo irónico nombre es Río Azul (ese seguro no habita en ti). Esa imagen marca un fuerte punto de vista y el mensaje de que el escritor procesa los desechos: “Rodrigo es un artista que no le teme al mal olor de nuestra basura psíquica, emocional, social o histórica. Con ella construye sus historias y sus personajes”. Sin embargo, a pesar de esa foto y la del colgadero de hojas que me llevó a El nudo, me parece que lo cinematográfico no marca tu obra como escritor. ¿Estoy en lo correcto?

—Guardo un buen recuerdo de la entrevista a la que haces referencia, en el botadero de basura. Yo mismo elegí ese sitio para realizar la entrevista. En efecto, creo que una de las funciones de las artes (no solo de la literatura) es precisamente trabajar con la basura, hacerla visible, sacarnos de la zona de confort en donde habitualmente nos situamos y traer de vuelta todo aquello que pretendemos desechar u olvidar. Por otro lado, creo que mi forma de entender y practicar el oficio de narrador no tiene mucha relación con mi trabajo audiovisual, más bien ha sido un aspecto de mi “modus vivendi”, una forma de ganarme la vida, pues no soy un escritor vinculado a la academia. Sin embargo, como espectador, las películas (de cine y de televisión) han nutrido mi visión del mundo y, desde luego, fueron muy importantes para ayudarme a comprender en qué consiste una historia, de qué están hechas las historias.

—Patrick Deville, en su libro Pura vida, dice que luego de recorrer Centroamérica: “…se me hizo patente que, durante los dos últimos siglos, aquella zona del mundo no había sido más parca en héroes, traidores y cobardes”. No me deja de llamar la atención que Juan Rafael Mora,declarado por la Asamblea Nacional en el 2010 como “Héroe y Libertador Nacional” murió fusilado al poco tiempo de derrotar a los filibusteros en la Campaña Nacional de 1856-1857. Igual suerte corrió Francisco Morazán, en otras circunstancias, con su empeño en crear una República Centroamericana. En “Celajes frente al río”el personaje principal de una de las dos historias socava una rebelión y con un grupo de soldados bajo su mando manda a fusilar al jefe de la insurrección, que a la vez había sido como su hermano de la infancia. En este bien logrado capítulo, ¿tratas de reflejar un poco lo que dice Deville; entre traiciones y fusilamientos nos veremos?

—No aludo a esa realidad en concreto. La traición y la cobardía, el desinterés y el altruismo, hacen parte de la condición humana y se manifiestan en todas las épocas históricas y en las circunstancias más diversas, incluso en vidas pequeñas como la mía. No es necesario buscar la historia de “grandes hombres” o de “grandes mujeres” para encontrar esas facetas. Están aquí, con nosotros, todos los días. Por otro lado, la historia de Juan Rafael Mora que mencionas, es sin duda fascinante y relativamente desconocida. Tiene ese final trágico y absurdo que refieres. No obstante, aunque me la piden en mi país, no soy especialmente propenso a rendirle culto a los héroes nacionales.

Mockie, hijo de Mathew Campbell (Historia local III), es un personaje entrañable con el que el lector se encariña. Él valora la libertad por encima de todas las cosas pero su ansia deriva en irresponsabilidad paterna y soledad en su vejez. Él se hace cuestionamientos existenciales si se quiere cándidos: “…pues como dice el dicho ‘uno propone y Dios dispone’”… “Entre precisas y enredos se nos va la vida, hasta que un buen día despertamos con la pregunta en la boca: ‘Muy bien, Mockie Campbell, ¿qué es lo que has hecho?’” En tu página de escritor,www.mundicia.com dices: “La vida me ha enseñado lo acertado del refrán que dice: ‘Haz planes si quieres hacer reír a Dios’. Por ello, en general no hago demasiados planes para el futuro”. ¿Libertad para elegir o elegir para ser libres? ¿Cuánto de Mockie hay en Rodrigo? ¿Está Mockie a su vez emparentado con Toni en cuánto a las preguntas existenciales se refiere?

—Como escritor que eres, sabes bien que en cualquier personaje que seas capaz de concebir, hay algo tuyo. La creación de los personajes sigue siendo para mí uno de los aspectos más fascinantes y enigmáticos dela creación literaria. En algún momento de mi vida, acuñé lo que entre broma y serio he llamado la “teoría de Frankestein”, para significar que todos los personajes están hechos a la manera de Frankestein, o que el monstruo creado por Mary Shelley es, en realidad, una metáfora de todos los personajes literarios, que también son construidos con pedazos de personas que uno conoció, recuerdos y experiencias propias, seres imaginarios, todo revuelto y bien mezclado. Sin embargo, los personajes de El río que me habita no surgieron de esa forma. Mokie Campbell tiene tanto de mí como Cecilia Solano, la farmacéutica que de niña se aficiona a comer tierra, o como el judío converso que llega a América por equivocación, de la última parte de la novela.

Pero hay otra cosa, tal vez más importante: todos los seres humanos, instruidos o no instruidos, letrados o no letrados, nos preguntamos cosas profundas acerca de nuestra condición, acerca del sentido de la vida y de la razón por la que estamos aquí. El silencio, la música, la risa, pueden ser, y suelen ser, formas de filosofía. Hay que saber escuchar y respetar las distintas formas de preguntarse. Con frecuencia aprendo cosas importantes de personas que llamaríamos sencillas. Mockie Campbell es un homenaje a ellas. Puede que su lenguaje no sea sofisticado, pero tampoco es ridículo, como lo es en ocasiones el del General Briceño, su contrapunto en esta sección.

—Permíteme que regrese a Mockie. Ese relato me hizo un nudo en la garganta. Hay una escena que se me antoja como el clímax de la novela, aunque andamos ya por la página 236 y todavía queda por delante el capítulo“Las flechas de oro”, que es como un salto atrás en tiempo, entre indios y conquistadores. Mockie, que había sido albañil y maestro de obra, estuvo a cargo de la edificación del mausoleo del general Briceño. Cuando se concluyó la construcción de la represa a la que Toni se oponía, no se pudo salvar el cementerio del pueblo. Hubo entonces que trasladar a los muertos a un cementerio nuevo: “Cuando el agua me llegaba a la rodilla fui a darme una vuelta. Caminé entre las tumbas ya sin flores, viendo como quedaba aquello tan solo. Para peor de males estábamos de temporal, el cielo gris y cargado… Del cementerio, lo último que quedó a la vista fue la cruz de la capilla y el cucurucho de la pirámide de Briceño, pero una mañana despertamos y ya solo estaba el lago y nada más”.  Mockie luego se dice a sí mismo que si fuese uno de esos muertos hubiera salido a protestar: “Si los vivos no protestan, que protesten los muertos. Que lo despierten a uno del sueño eterno para cambiarlo de casa debe ser una contrariedad”. Entonces Mockie se imagina esa protesta recorriendo las calles y avenidas, con carteles y gritos, donde no podía faltar su amigo entrañable de la infancia Chicho, activista del partido comunista.  Esas dos escenas: el agua que cubre el cementerio y las protestas de los muertos por su traslado de morada me parecen el punto de mayor clímax de la novela que, a ese punto, se acerca a su conclusión. ¿Estarías de acuerdo en considerar a Las flechas de oro como una suerte de capítulo-epílogo?

—La construcción de El río que me habita me tomó siete años, aunque la escritura de los materiales, propiamente, dos o tres. Después de diversas tentativas encontré esta fórmula en donde un pequeño grupo de historias se presentan en secciones o partes relativamente autónomas del libro. Las flechas de oro podría ser la primera o la última sección pues, insisto, todas son relativamente autónomas, aunque dialogan entre sí. Quizás, la única característica especial de Las flechas de oro, es que de todo el libro es la más unitaria, de hecho, la única que no podría descomponerse en las historias que la integran sin perder su sentido.

Déjameagregar algo acerca de Las flechas de oro: no es solo una historia sobre conquistadores e indios, pues también nos trasporta a finales del siglo XIX, cuando se construye el ferrocarril y se consuma el saqueo de la riqueza arqueológica del río Grande. Aquí reaparece el registro fantástico que encontramos al inicio, en la historia de las sirenas Maga y Mila, con la venganza del “duwak” o espíritu del indio cuyo cuerpo ha dormido por siglos en su tumba y esdespertado por el codicioso arqueólogo que trabaja para la compañía que construye el ferrocarril.

Me agrada mucho lo que dices de la escena en que el cementerio de la ciudad queda sumergido bajo las aguas, tras la construcción de la represa. Para mí, es una escena con una fuerza poética casi trágica, aunque muy contenida. Desde el inicio sabía que una parte de Ciudad Real quedaría sumergida bajo las aguas, pero no sabía en cuál de las narraciones se relataría esto. Que fuera en la de Mockie Campbell y se relate desde el cementerio, me pareció irresistible.

Lo francés está presente en tu novela: La Colonia Fraternidad, erigida por franceses que perecen en Punta Llorona por un maremoto; las ideas de Napoleón Bonaparte que influyen en el militar. ¿Cuáles son tus influencias culturales y literarias? ¿Cuáles son las ideas que obsesionan a Sotópolis?; como Carlos Cortés se refiere a tu imaginario literario.

—De las literaturas europeas, la francesa es, junto con la española, la que más he frecuentado. Camus fue una lectura muy importante en mi primera juventud, igual que todos los grandes escritores latinoamericanos del boom, con la excepción de Borges, cuya narrativa cerebral y de asuntos librescos me admira pero no me deja frío. También me nutrí de otros latinoamericanos que no cupieron en el canasto del boom, como Jorge Amado, Manuel Scorza y Andrés Caicedo. Entre los norteamericanos, leí con devoción, sobre todo, a Henry Miller, ese maravilloso impostor, y a J.D. Sallinger. Naturalmente, después han venido muchos más, entre los cuales debo mencionar a Milan Kundera. Y muchas, debo decirlo así, no para ser políticamente correcto, sino para dejar constancia de mi deuda y gratitud con unas cuantas escritoras: la señora Yourcenar, Virginia Woolf, Clarice Linspector, Rosa Montero, Belén Gopegui… Pero no se trata de hacer un listado interminable. En cada momento de la vida he buscado buena compañía para nutrirme, al menos eso he pretendido. Sin embargo, no soy un ratón de biblioteca, un estudioso de la literatura y ni siquiera un buen lector. Creo que una parte de mi fascinación juvenil por Miller se debe al hecho de que soy, por así decirlo, un vitalista antes que un hombre de letras. Creo que la literatura es, o al menos debería de ser, un pretexto para iluminar la vida, como un potente reflector. Me interesa la vida más que los libros.

—Has tenido la habilidad de crear un mundo propio sobre y alrededor del cual me imagino, a futuro, podrás continuar creando historias. ¿Has pensando en seguir contando en otra novela la historia de tu Ciudad Real y del río que te habita?

—Poco después de aparecer publicado en España El río que me habita, decidí continuar tejiendo alrededor del mundo de Ciudad Rea. Es lo que estoy haciendo ahora. Me quedé con muchas historias y personajes en el tintero. Algunas las historias incluidas en El río que me habita, las imaginé en la década de mis veinte años, y no pude escribirlas sino treinta años después. Hay otras historias que simplemente no pude escribir, pero confío en poder hacerlo ahora. Creo que al crear un mundo autónomo como el de Ciudad Real y el río Grande, asoma una posibilidad maravillosa, que es la de mostrar cómo las circunstancias que marcan a los personajes de una época histórica, son el resultado de las fantasías, los delirios y las decisiones que tomaron los personajes de un momento histórico previo. Estamos entretejidos, entrelazados, no solo con nuestros contemporáneos, sino también con quienes nos anteceden y con quienes nos sucederán en el tiempo.

Pedro Plaza Salvati 

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