Blog de Arturo Almandoz

Regalos de tocador; por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 16 de mayo, 2015

Max Factor, actriz

1. Siguiendo una tradición que venía de cuando mamá y papá se comprometieran a mediados de la década de 1940, mis tías Almandoz Ramos cumplimentaban a su cuñada Antonieta cada trece de junio, día de San Antonio, al igual que lo hacían algunas parientes y vecinas. De niño recuerdo los preparativos mañaneros de mamá y Margarita, su hija de crianza, del piscolabis vespertino que abriría con los pancitos pirulí o algún otro pasapalo frío; seguirían las bolitas de carne o los tequeños, mientras la tizana o el Ponche Crema daban paso a la cerveza o el whisky; todo ello antesala del pernil o el sanduchón de atún, servido con ensalada de gallina o diplomática. El postre podía ser marquesa de chocolate o brazo gitano, acompañados de gelatina o quesillo, porque mamá nunca fue aficionada a las tortas, ni siquiera en sus cumpleaños, los veintiséis de marzo.

Momento expectante de aquellas onomásticas era la entrega de regalos, y más que éstos, los giros que daban a chácharas que más tarde asocié con novelas de Jane Austen o piezas de Elisa Lerner. Caleidoscopios del país abastecido que entonces éramos sin notarlo, los presentes iban de cortes de tela o lencería, comprados en El tesoro escondido o alguna tienda de aquel centro caraqueño visitable y pintoresco, hasta enseres o adornos para la casa, que mis tías solían elegir en La porcelana inglesa de La Florida, o en la Galería Hatch de Campo Alegre. Con frecuencia obsequiaban también jabones Heno de Pravia o talcos Avon, polvos compactos de Max Factor o lociones de Elizabeth Arden, entre otros artículos de lo que mamá y mis tías llamaban “regalos de tocador”, entregados y agradecidos cortésmente so pretexto de ser “siempre útiles”.

Si bien algunas veces recibía pañuelos o yesqueros, de los que ostentaba una colección tan grande como su vicio de fumador, papá también era obsequiado con artículos de tocador en su cumpleaños, el seis de septiembre. A veces mis tías le llevaban un estuche de jabones 4711, otras una colonia Atkinsons o Bond Street, pero con frecuencia se aparecían con el frasco grande de brillantina Yardley. Bien sabían ellas que su hermano la usaba desde joven para el cabello, al igual que legiones de mozos crecidos entreguerras mirando los iconos de Rodolfo Valentino y Carlos Gardel. Y era ese cabello engominado que coronaba la estampa pulcra a lo duque de Windsor, uno de los rasgos que hicieron a mamá prendarse de aquel galán criollo que la cortejaba por las calles de La Candelaria, antes de que sus futuras cuñadas comenzaran a visitarla por San Antonio.

2. En una de esas visitas onomásticas que las hermanas políticas cultivaran de por vida, recuerdo haber preguntado, aprovechando los comentarios que seguían a la entrega de presentes, por qué gustaban tanto de regalar artículos de tocador. Me parecía que era práctica común entre señoras algo puretas, como mis tías y algunas primas y parientes de mamá; porque mi hermana Corina y sus amigas, en cambio, se obsequiaban presentes más juveniles, como discos y bisutería de moda. Si del tocador se trataba, optaban éstas por el maquillaje Mary Quant o los productos Jean Naté, que Corina había traído de su viaje a Miami en 1969, y continuó comprando desde entonces en las tiendas de aquella Caracas tan pletórica como psicodélica.

Desde antes de formularla, temía que mi pregunta fuese percibida como baladí y hasta indiscreta, indicativa por demás de esa feminidad que envolvía mucho de mi domesticidad faldera. Pero con el arrojo de aquella Mafalda que por entonces leía, no me contuve de vocear la curiosidad genuina, no exenta de reserva que sí callé, ante aquellos regalos de tocador que consideraba yo algo sosos e innecesarios, por estar disponibles en cualquier farmacia o almacén caraqueños.

Después de la sorpresa inicial que causara entre mis tías, mientras mamá trataba de escamotearla como “cosas de muchacho”, esa pregunta imberbe, más que ser respondida, dio bríos a la tertulia, llevándonos por derroteros de la cosmetología ignotos para mí. Apegada a su practicidad gringa, la primera en responder fue tía Maruja, quien señaló que se había aficionado a comprar y regalar toiletries desde que viviera en Texas, a mediados de la década de 1950, cuando las distribuidoras de Avon visitaban las residencias estudiantiles con sus catálogos para escoger, al igual que lo hacían en los suburbios. Para su sorpresa, la famosa campaña publicitaria de “Avon llama a tu puerta”, que copaba las pantallas televisivas del norte, estaba ya tocando en Venezuela a su regreso a finales de la década, puesto que nuestro país había sido uno de los primeros mercados para la expansión de la marca californiana.

Apegada a la compra tradicional en tiendas del centro caraqueño, tía Virginia señaló que ella prefería las “marcas de siempre” como Elizabeth Arden, especialmente las lociones que comenzaran a llegar a las boticas y los almacenes con la bonanza petrolera de López Contreras. Advirtió eso sí que no le gustaba regalar, ni que le regalasen, polvos compactos, porque eran muy personales; y aunque ella no era “ninguna belleza”, creía en la “armonía de color” introducida por Max Factor para la tonalidad y la forma de cada tez, según había visto en un documental sobre el cine mudo. Sin ser tan americanizada como Maruja, ni haber visitado Estados Unidos siquiera, se confesó tía Virginia admiradora de las divas del Hollywood blanquinegro, de Jean Harlow a Greta Garbo, cuyos rostros fueron modelados con el make-up del cosmetólogo polaco.

3. Relajada al ver que sus cuñadas se explayaban sobre mi pregunta, mamá aprovechó para añadir que, ya en el cine sonoro, el de Ava Gardner fue uno de los grandes rostros resultantes del “calibrador de belleza” creado por Max Factor; lo había leído en un reportaje de Páginas, revista predilecta de las mujeres de nuestra casa, junto a Vanidades y ¡Hola! Coincidió con tía Virginia en lo personalísimo de los polvos, pero puntualizó que le encantaban los talcos, aunque quizá lo dijo para enfatizar su complacencia con el estuche de Revlon que acababa de recibir, despejando a la vez suspicacias que mi pregunta pudiese haber despertado. Había heredado esa predilección del gusto que por los talcos ingleses de Florencia tenía mi abuela Carmen, desde que comenzaron a llegar a Maracaibo y Puerto Cabello en los años novecientos; de niña veía mamá las grandes polveras nacaradas reposando sobre el chifonier o la peinadora de mi abuela en la casona de Cumarebo, después de su travesía transatlántica y su cabotaje caribeño. Después de mudarse a Caracas, en la entreguerras gomecista, compraban los talcos y las cremas de Elizabeth Arden, así como la primera fragancia de Jeanne Lanvin, en una perfumería del pasaje Linares, cuyo nombre mamá no recordaba.

María Teresa, una ocurrente prima de mamá que estaba en aquel San Antonio, aprovechó para señalar, a propósito de tiendas antañonas, que acababa de releer descripciones fabulosas del pasaje Ramella en El Cabito; sin conocer yo entonces la trama de madamas y francachelas, abrió la prima mi apetito por leer algún día la novela epónima de Pío Gil. Con humor no exento de ironía por lo vetusto de las referencias, añadió que ella recordaba el tocador de tía Carmucha en la casona de Cumarebo como una suerte de boudoir de los que alcanzara a ver en las páginas de Billiken, y leyera más tarde recreado en Ifigenia.

Estée Lauder

Estée Lauder

Como para afirmar el carácter más moderno y cosmopolita de su propia rama familiar, por haber sido su padre diplomático desde finales del gomecismo, contó María Teresa que su mamá y ella se habían aficionado a las cremas para manos y uñas desde que vieran a la mismísima Josephine Mentzer, antes de adoptar el nombre comercial de Estée Lauder al casarse, promocionando sus productos en los salones de belleza americanos, mientras las clientas mataban el tiempo bajo los secadores de cabello. Y eso había sido durante el consulado de su papá en Chicago hasta el 45, cuando derrocaron a Medina y todos volvieron a Caracas. “Pero tal como le ocurriera a Maruja con Avon, ya para entonces algunos productos Estée Lauder se conseguían en Venezuela”, dijo María Teresa guiñándome un ojo y abanicándose con sus manos tersas y enjoyadas, con uñas de lúnulas marfil sobre esmalte carmesí.

4. Las memorias sobre los regalos de tocador que se prodigaban mamá, sus cuñadas y sus primas en aquellas onomásticas y cumpleaños volvieron a mí en diciembre de 2014, cuando obsequié a Corina y Margarita, a mis propias cuñadas y algunas amigas, jabones de glicerina aromatizados que compré en una tienda. No tenía en mente hacerlo, pero se me ocurrió al ver un pequeño tumulto de clientas que los agarraban con prisa, en vista de la escasez de jabones y de otros productos de aseo personal, para no hablar de otras ramas, que se ha hecho crónica en la Venezuela contemporánea.

Después de comprarlos, mientras empaquetaba los presentes, sonreí al recordar mi reserva adolescente ante a aquellos regalos que consideraba yo innecesarios, por ubicuos a la sazón, pero que hoy en día se han tornado escasísimos. Y eso que los jaboncitos de glicerina que entregué yo como aguinaldos “ni sueñan en compararse”, como habría dicho la prima María Teresa, con aquellos regalos de tocador que solía recibir mamá en San Antonio.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (9)

Margarita Oviedo U.
16 de mayo, 2015

La verdad que trajo a mi memoria los usos referidos a los productos de tocador de mis padres. Las farmacias de Caracas competían en la diversidad de productos de tocador y perfumería, eran verdaderamente preciosas no sólo por la variedad, sino también, por el estilo. Hoy se consigue en una tienda del este de Caracas, un agradable jabón de Heno de Pravia con un precio elevadísimo. Los regalos comunes entre las damas son la acetona, un jaboncito Palmolive cuando se consigue y un desodorante de bolita. Vivimos tiempos de escasez disputándonos productos elementales para la higiene personal, esa es la realidad actual de nuestro país. Gracias a Arturo Almandoz por preservar la memoria de los hechos cotidianos de nuestra Caracas, gracias.

Flor Bello
16 de mayo, 2015

Me encantó esta narrativa, a pesar que soy de décadas mas recientes, disfruté de todos los productos que se mencionan en la misma, y además de ricos jabones de baño…como han cambiado los tiempos y me viene a la memoria la celebre frase…Éramos felices y no lo sabíamos.

Rosario Barrios
16 de mayo, 2015

Arturo, que grato leerte y poder remover ese pasado que allí relatas el cual puedo identificar perfectamente, como si fuese mío, en cada detalle, desde el menú para el festejo, pasando por Elizabeth Arden y demás marcas ya en el olvido, las revistas, ¡los cortes de tela!, ….hasta los apreciados jabones de glicerina.. En fin, una gozada, lo disfrute enormemente. Gracias!

alba rosa hernandez
17 de mayo, 2015

Arturo, cada vez más dominas el don de la gracia en tus crónicas que reviven la “petite histoire” de nuestras vidas, quizás la que cuenta porque la otra nos aniquila. Qué maravilla tu memoria que guarda esas celebraciones de cumpleaños , cómo se elegían y recibían los regalos. Una novela congela un relato al que uno puede regresar siempre. Mientras los pequeños actos de nuestra vida desaparecen si nadie los escribe. Sigue recuperando tu pasado y deleitándonos con tu memoria que sirve para reavivar la nuestra, con mi afecto, Alba

Arturo Almandoz
17 de mayo, 2015

Gracias a ustedes, Margarita y Flor, Rosario y Alba Rosa. Bueno saber que las onomásticas y los regalos de tocador, no obstante distancias generacionales, siguen convocando reminiscencias femeninas.

Graciela
17 de mayo, 2015

Arturo te felicito, disfrute muchísimo tu crónica, la querida Antonieta de protagonista de tus historias que recuerdan la otra Caracas, tan diferente a la de ahora y la celebración de los santos de las señoras. Muy grato leerte.

Arturo Almandoz
19 de mayo, 2015

Complacido, Graciela, por compartir evocaciones.

carlossanabria
16 de agosto, 2015

Mi abuela,cumanesa,Antonieta de la Rosa,tambien celebraba,su santo,hasta tenia un San Antonio,Al que LE Prendia velitas,parecidas a las de la Iglesia.aguas,de,colonia,y,jabones,eran,de,su agrado.de comer,sencillo un Buen hervido de pescado,a lo oriental.

Franklin Vallenilla
2 de enero, 2016

Estimado Sr. Almandoz. Que crónica tan agradable… sin usted saberlo, como si de una radiografía se tratase, está usted hablando de mi abuela, mis tías y hasta de mi mamá. Es interesante como los recuerdos se atan a los objetos más sencillos y a los peculiares modos de hablar de cada generación. Gracias!

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.