Perspectivas

Ratón y Vampiro, por Naky Soto

Por Naky Soto | 25 de febrero, 2012

Y quién carrizo no ha soñado con ser parte de un cuento, con ver a sus personajes favoritos así, bajo unas luces bonitas, mirándote mientras conversan. Quién no ha querido meterse en esas páginas iluminadas y ser un personaje al que le pasan cosas asombrosas con finales coloridos. De eso se trata ser chiquitos, ese tránsito donde la magia es inagotable y ríes, vuelas, cantas: nel blu dipinto di blu.

El albergue de un castillo

Ratón que se mueve, que ordena y arregla, que pasea su espacio y discute con su puerta. Una puerta con personalidad. Ratón que medita, busca opciones, intenta resolver y vuelta a empezar. Ratón acostumbrado a la visita temeraria de otro inquilino de sus predios. Pero ahora le toca recibir a un compañero inesperado. Es Vampiro. Tan azul como él, redondo, llorón, pequeño en sus emociones, grandísimo en su desplazamiento. Cegato y solo, con un chichón enorme, y el temor de volver a esa noche sin casa ni amigos. Ratón que le cede su cama y ahí comienza su hermosa travesía común.

Ratón y Vampiro son un regalo continuo de imágenes memorables, a dos escalas: las que estás viendo, y las que inevitablemente emergerán de tus recuerdos en la figura de tu hermana, o el vecino con el que jugabas algunas tardes, quizás la primera amiga que te invitó a dormir en su casa. Es el noble ejercicio del reacomodo, de la negociación temprana porque tú tenías una forma de hacer las cosas y él o ella otra; porque cualquier circunstancia que te trasciende, es oportuna para aprender de quien te acompaña, decidiendo cuál será la taima, dónde terminará la carrera, o si apagas la luz para dormir.

El miedo es un invento

Para muchas familias venezolanas, soñar que se te caen los dientes es un pésimo presagio. Mi abuela Julia Dolores siempre lo resolvía con una sencilla fórmula: “esa es una deuda con el Ratón Pérez, dile a tu mamá que te de un fuerte y ya está“. Daba igual si eras una niña o un adulto, la cosa era prescindir de la leyenda y creer en el inmenso poder de tu propia interpretación, y así aprendí que al miedo se le gana con amor, no con valor.

Ratón y Vampiro lo confirman cuando salen a buscar a su amigo, el fantasma, por todo ese inmenso castillo. Ya habían descubierto una pasión común, porque ese enmantelado ser no era malo como creían, ni oscuro como sus ojotes, sólo buscaba buenos cuentos para su perpetua estancia en este mundo. Vencer nuestros prejuicios es un camino fabuloso para encontrar historias dignas de cuentos, y ahí reside la contribución más generosa que encontrarán entre luces, colores y canciones, de la mano de estos personajes tan graciosos.

En lenguaje de pequeños

Mis compañeros de sala interactuaron toda la obra, algunos mugieron, cacarearon o ladraron; otros trataron de advertir la presencia del fantasma, orientando a Ratón y Vampiro por el escenario; la mayoría aplaudió con admiración las proezas de una hermosa araña y los hechizos del servicio de brujas más expedito que he conocido. Nos reímos juntos y nos asustamos también, nos perdimos algunas cosas en la fascinación de los colores y los movimientos de algunas escenas.

Yo quiero ese libro. Esa fue la frase de mi compañero de silla, Elías de cuatro años, cuando aplaudíamos el final de la obra. Le respondí que yo también. Me preguntó con preocupación si nada más lo había en ese tamaño enorme, porque ese debía pesar mucho y ni de broma iba a caber en su morral. Le confesé que yo tampoco tenía una cartera de ese tamaño, que seguro el libro era más pequeño. Suspiró al decir: ¡Uff, menos mal, porque me lo tengo que llevar para la casa de mis primos en San Antonio!

Salí con ganas de abrazar a Vyana Preti, la directora, pero me limité a decirle unas siete veces seguidas que la obra es hermosa. Con igual mesura se lo dije Jefferson Quintana, el ilustrador del cuento y diseñador de todas las bellezas que vimos en escena. Sólo me desaté con mi amigo Carlos Sánchez Torrealba, uno de los responsables de la música que acompaña la aventura de los personajes, cuyas canciones conozco completicas; exceptuando “Vampiro”, sempiterno hit de Los corraleros de Majagual, que persiste en las viejas rocolas de los bares de la península de Araya.

El pequeño Elías pudo tomarse la foto con los personajes antes que yo, y su cámara sí tenía flash. La mía no. Por eso decidí dibujarlos para acompañar esta nota.

Ratón y Vampiro es un ejercicio del derecho a la ternura, del amor más bonito. Si tienes niños, regálales esa risa colectiva. Si no los tienes, con más razón debes ir, porque ¿quién carrizo no ha soñado con ser parte de un cuento?

Naky Soto 

Comentarios (3)

Airam Liscano
26 de febrero, 2012

Un texto precioso que va de la mano de un preciosa obra. Al igual que Elías, también quiero ese libro. Chiquito para meterlo en mi cartera y llevarlo a todos lados.

ricardo
5 de marzo, 2012

Felicidades por este hermoso artículo, escrito desde el recuerdo que fuimos (y seguimos)siendo niños…”Aunque pocos lo recuerdan”.

Buena vibra Ricardo!

Patty O’Callaghan
23 de marzo, 2013

Querida Naky,comparto contigo el amor por este libro y por la obra, mi sonrisa duró durante toda la función y aún sigue. Me encanta encontrar estas sorpresas que hacen que un día sea de lo más bonito y divertido!

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