Literatura

“Quizás el collage sea una forma de leer el mundo”, Rafael Castillo Zapata; por Alejandro Sebastiani

Por Alejandro Sebastiani Verlezza | 5 de agosto, 2014
Fotografía de Samuel González

Fotografía de Samuel González

Con Rafael Castillo Zapata se ponen en evidencia las conexiones entre el diario y el collage. En ambas prácticas un conjunto de fragmentos pueden ir dando con su muy singular y discontinua composición. Algunas veces esto puede ocurrir en la página. Otras en un trozo de cartón, quizá un bastidor. Uno de los tantos puntos de partida para sostener la siguiente conversación está en Cyril Connolly, concretamente cuando en el prólogo de La sepultura sin sosiego puntualizó cómo fue organizando su libro de fragmentos: “constaba por entonces de treinta larguísimas galeradas cortadas en pedazos, como una ristra de salchichas, atiborradas de inserciones y supresiones, extendidas por el suelo a fin de disponerlas una y otra vez como si fuesen un mosaico. Aquellas serpientes impresas y enroscadas parecían tener vida propia”.

¿Cómo empezaste a escribir diarios?
En realidad, las vocaciones llegan por su cuenta, ¿no?, nunca sabe uno cuándo va a ser vocado o convocado por algo: a mí me llamó la escritura sin darme cuenta, sin yo haber pensado nunca que me convertiría en escritor, a pesar de que en la infancia me convertí en escritor en medio del despliegue de mi espontánea capacidad de fabulación; y aunque esa espontaneidad se fue perdiendo durante el bachillerato, al final, cuando me liberé de la camisa de fuerza de esos estudios engorrosos y aburridos, esa espontaneidad volvió a surgir, y empecé a escribir de nuevo; luego vinieron los cauces más seguros, la Escuela de Letras, el Grupo Tráfico, la publicación en el Papel Literario o en Cultura Universitaria, y entonces se consolidó esa vocación: pero yo nunca me vi a mí mismo como escritor antes de que se me impusiera como un fait accompli… y aunque practiqué un montón de actividades artísticas, nunca me sentí un músico; estudié guitarra y piano, y nunca me sentí un pintor aunque dibujaba y pintaba… yo he sido siempre un curioso y un amateur, en todo, a la manera en que lo quería Barthes; pero de todas las cosas que he amado sin ánimo de maestría (que es como Barthes define el amor del amateur), la escritura es la que desplazó a todas las demás y se convirtió, por así decirlo, en mi métier

Pero seguro recuerdas algún hecho que haya estimulado la escritura del diario, ¿no?
La verdad, pareciera que muy pocas cosas en la literatura (como en la vida, si a ver vamos) surgen de manera deliberada: las cosas advienen, nos ocurren y nunca sabemos ni sabremos muy bien ni cómo ni por qué… el hecho es que lo más parecido que recuerdo a un diario en mi memoria de escritor es una agenda que llené hacia los dieciséis, diecisiete años, con anotaciones bastante angustiosas en un período más bien crítico de mi adolescencia; yo digo que fue allí, en aquella agenda de tapas negras, donde comencé a experimentar, sin yo saberlo, con una escritura que comenzó como ejercicio introspectivo, aunque había esbozos de poemas o poemas propiamente dichos… aquella agenda era un auténtico cajón de sastre, el campo de maniobras donde se fue fraguando en mí una vocación de escritura; el primer diario que llevé deliberadamente lo comencé en 1984, desde entonces, con intermitencias y a veces con vacíos de años, lo he seguido llevando; pero fue hace muy poco, en el verano de 2008, en que tuve la revelación de que el diario podía o debía convertirse en mí en una tarea sistemática, decisiva para mi vida de escritor… y ahora me encuentro dedicado de lleno a cuidar de esa tarea: mi ideal de escritor en este momento es alguien como Julien Green, el gran diarista (y novelista) francés, cristiano y homosexual… me dedico, entonces, en cuerpo y alma, a mis diarios y, como sabes, ya me embarqué en la aventura de comenzar a publicarlos en periódicas entregas…

Y otro modo de reflejar tu experiencia de lectura está en tus collages.
Quizás tengas razón, Alejandro, y el collage sea una forma de leer el mundo. El collage es otra de las cosas que se me han dado, como la escritura, como la docencia (cosas no buscadas, sino encontradas): un buen día me vi emulando a Schwitters, a quien no dejo de reverenciar (no sólo por sus collages, sino por toda su poética maravillosa de lo residual, por sus Merzbau, una de las experiencias estéticas y humanas más emocionantes de nuestra modernidad), y me fueron saliendo, pues, collages. Siempre he sido un curioso impertinente, un goloso que ha querido probar y tomar parte de todas las artes, y en todas he picoteado un poco. Y así me he visto jugando a armar constelaciones con pedazos de papel sobre una superficie. Ahora que me dedico con disciplinada fidelidad a la escritura de mi diario, he ido encontrando cada vez más correspondencias entre esta actividad y la de hacer collages: en ambos casos uno trabaja con fragmentos y da lugar a disposiciones discursivas aleatorias, intempestivas, rapsódicas. Dos prácticas de escritura han acompañado siempre mi experiencia del collage: la tirada de dados que no abolirá el azar de Mallarmé y el ideal de una escritura hecha de puras citas sin mediación, simplemente yuxtapuestas, confrontadas en una danza de contactos reverberantes y secretos, que alimentó Benjamin y que dejó encarnado en el vertiginoso maremágnum de El libro de los pasajes. Por otra parte, sin ninguna formación técnica en artes plásticas, yo he entrado en el mundo del collage por puro gozo lúdico, como experiencia de expansión anímica, por pura intuición y por pura emulación dichosa de lo que he visto y me ha fascinado: Schwitters, por supuesto, pero luego Hanna Höch y Max Ernst, Jean Arp, algunas piezas de cámara deliciosas de Braque, Luisa Ritcher, hasta cierto Antoni Tápies… En fin, con los collages, como con la escritura, yo lo que hago es divertirme…

¿Será la escritura algo parecido a hacer/armar un collage, pero en la página? Textos que van superponiéndose forman “capas”,  “superficies”.
 Sí. Ahora, en la era imaginaria de la escritura virtual, se habla mucho de cut and paste en relación con la confección de textos. Esta experiencia nos ha hecho más evidente que la escritura es, ciertamente, confección, y no puedo dejar de relacionarla, en este sentido, no sólo con la práctica del collage, sino con la menos predecible práctica de la costura. Mi madre fue costurera y mi infancia orbitó alrededor de escenas de taller donde las telas (sus colores, sus texturas, sus caídas) se desplegaban sobre una mesa como cosas vivas, olorosas, plegadizas, cálidas o frías al tacto, sonoras: una sensualidad compleja, unísona o unánime (táctil y olfativa, visual y auditiva), se fue formando en mí al ritmo de esa actividad maravillosa que es el corte y confección de trajes y vestidos. Yo dije alguna vez que a mí la poesía me venía de mi madre, y eso es cierto no sólo porque ella la leía y la escribía, la copiaba en sus cuadernos, la recitaba (ella era quien escuchaba boleros, la que los cantó en su juventud en la radio a dúo con una de mis tías, y la que me enseñó a disfrutarlos por contagio), sino porque cosía: sus vestidos de novia eran verdaderos poemas, en sentido lato y en sentido estricto: sin darnos cuenta, ni ella ni yo, al ver cómo levantaba mi madre de la nada de un rollo de organza (y el recitado de los nombres de las telas puede haber sido, pienso ahora, uno de mis primeros contactos con la gracia sonora y misteriosa de las palabras, de los nombres puros que no designan nada que no sea ideal o imaginario: raso, tafetán, terciopelo, voile, chiffon, brocado) un vestido entallado con volantes y cuajado de lentejuelas y pedrerías (por eso me fascinaron las descripciones de los vestidos que hacían los animadores de los concursos de belleza televisados), yo aprendía la maravilla de todo gesto arquitectónico: elevar un cuerpo en el espacio a partir de la unión armónica de varias piezas separadas… El collage es otro gesto arquitectónico, como lo es, sin duda, la escritura: siempre hemos estado cortando y pegando al escribir (citando, parafraseando, copiando, imitando, simulando, superponiendo, plagiando), desde Dante por lo menos hasta nuestros días de piraterías cibernéticas y montajes publicitarios…

Tu libro en proceso sobre las vanguardias también responde al collage.
El libro sobre las vanguardias es, como todos mis otros libros, el producto, por una parte, de un capricho y de una gana, y, por otra parte, de las exigencias laborales en el mundo académico: el trabajo sistemático de leer a un poeta en su paisaje, a un poeta en sus contextos, me llevó a vincular el trabajo individual del creador con lo que vine a llamar en algún momento comunidades de escritura o máquinas de guerra literaria. Así me fui aproximando al mundo de las seductoras sectas poéticas que florecen estrepitosamente a todo lo largo del siglo XX americano y europeo, desde el futurismo hasta el infrarrealismo. Y entonces he venido acumulando fragmentos y más fragmentos sobre los movimientos de vanguardia tratando de establecer entre ellos vasos comunicantes, describiendo continuidades y discontinuidades, construyendo una precaria y muy provisional cartografía de sus flujos y reflujos, de sus repeticiones y sus diferencias. Si a ver vamos, las máquinas de guerra vanguardistas son aglomeraciones estratégicas de bufones enardecidos por el inevitable malestar en la cultura que padecemos todos los modernos, auténticas perradas perturbando la tranquilidad de la sociedad establecida y acomodada con sus incursiones atolondradas y desafiantes. Sin darme cuenta, el modo como ha ido creciendo el material reflexivo en torno a este fenómeno me conduce a la obsesión romántica por la escritura fragmentaria, por la idea de que la única manera de acceder a una supuesta unidad de le experiencia es entregándose a la deriva del contacto y el contagio con una multiplicidad inagotable de partículas elementales –anímicas, sensibles, conceptuales, afectivas– diversas y dispersas.

¿Qué autores te condujeron por esos lugares?
Por aquí pasan Novalis y Schlegel, pero también Schopenhauer y Nietzsche, y por supuesto mi querido Walter Benjamin, cuyos maravillosos y potentes libros fragmentarios –Calle de dirección única, El libro de los pasajes– son una inspiración constante en mi vagabundeo teórico. Lo que llamo ahora, con una expresión que es del gran gurú de la experiencia literaria que es Maurice Blanchot, exigencia fragmentaria tiene que ver con todas estas lecturas, con la dinámica misma de mi propio trabajo intelectual atado al ritmo impredecible e intempestivo de la escritura del diario, pero también, y esto últimamente, con la experiencia del collage que, gracias al estímulo de mi queridísima maestra María Fernanda Palacios, me puse a reflexionar y situar histórica y teóricamente.

A su vez, tu trabajo con las vanguardias te ha llevado a considerar al poeta como bufón y luego como perro, ¿puedes explicar ese tránsito?
Cuando escribí el libro sobre Mariño Palacio esa inquietud se había organizado en la estructura de un proyecto a largo plazo: hacer revisiones sucesivas de casos, por así decirlo, representativos de un autor situado en sus textos y sus contextos. Me interesé entonces por el cruce entre la actividad personal del escritor y su vinculación con dispositivos de enunciación colectiva: Mariño Palacio y Contrapunto, Salvador Novo y Contemporáneos, Lezama Lima y Orígenes. Fue la figura singularísima de Novo la que me llevó a meterme de lleno en la senda del bufón. A partir de él, y gracias a la oportuna lectura de un delicioso librito de Starobinski, he estado merodeando por los predios del bufón y sus diversas manifestaciones en la experiencia del arte y la literatura moderna: desde Baudelaire y Poe hasta Mann. La vida moderna, tal como la describió desgarradora y definitivamente el poeta de Las flores del mal, empujó al artista a jugarse la existencia en el campo minado del mercado y la sociedad del espectáculo. El bufón como representación alegórica del artista dependiendo del capital y abominando de él con angustiosa impotencia y sed extremada de revancha, no ha dejado, pues, de inquietarme. Fue por este camino que pasé del bufón al perro, del bufón a los filósofos cínicos y a la experiencia crucial de la parresia: el poeta como bufón y como perro, el que siempre está en situación de extravagancia en los márgenes del poder y sus manejos; que arma sus perradas errantes, interviniendo y alejándose, solicitando el edificio del poder con temerarias incursiones de denuncia corrosiva, desafiando con ironía todas las doctrinas y todas las impostaciones, denunciando la desnudez del rey y la podredumbre de todas las Dinamarcas. Por ahí creo que llegamos del bufón al perro. En esta deriva, un episodio que apunta Cyril Connolly en La tumba sin sosiego fue un detonante: su sentirse un perro miserable frente a la enormidad de un crítico de la talla de Sainte-Beuve.

Alejandro Sebastiani Verlezza 

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