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Blog de Héctor Torres

Perder el voto, por Héctor Torres

Por Héctor Torres | 4 de Diciembre, 2012
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Tomé conciencia de la existencia del sufragio durante los últimos meses de 1973. No sé de dónde diablos se me metió en la cabeza que “mi candidato” era Lorenzo Fernández. Entiendan: tenía cinco años.

Puedo recordar que acompañé a mi mamá a votar y, por el camino, no dejaba de insistirle que debía votar “por Lorenzo”. Dicho así: Lorenzo, con las confianzudas fórmulas que inventan las propagandas para hacer lucir a todo político como un vecino o un tío. Como no pude entrar con ella al cuarto donde votó, me tocó creer en su palabra cuando me aseguró que me había hecho caso.

(Con el tiempo le preguntaría si me había mentido y ella, como toda mujer, que conoce el valor del misterio, me resolvió con un ambiguo: “Ya ni me acuerdo”.)

Lo cierto es que, como se sabe, Fernández no ganó. Como dice la gente en esos casos: perdí mi voto. Al parecer era un sino del apellido, aunque aquel, si mal no recuerdo, fue menos insistente que el otro. Lo cierto, también, es que Lorenzo se quedó Lorenzo hasta que la historia se encargó de sepultar su nombre. Quedó en la historia como un candidato bonachón y nunca como un presidente cuyas decisiones iban a encontrar inevitables detractores.

Porque la de ciudadano-elector es una condición compleja. En teoría se vota por la propuesta que más convence, pero si el candidato de nuestra preferencia gana, pasa a convertirse en nuestro gobernante. Que es también decir nuestro empleado. Y, por principio, los intereses de los ciudadanos y los de los gobernantes suelen estar en aceras  contrarias. Lo cual no es malo: de esa tensión de intereses opuestos se logra un equilibrio que dinamiza la política de un país.

De hecho, sufragar es como escoger, de entre varios candidatos, un empleado para un cargo vacante. En el momento en que le informan que quedó seleccionado, el recién flamante elegido siente un ambiente de hospitalaria cordialidad de parte del nuevo jefe, el cual se va evaporando paulatinamente hasta que las presiones y exigencias del día a día borran todo vestigio de aquel privilegiado trato que el afortunado alguna vez recibió  cuando lo citaron para darle la buena noticia.

Tanto, que un día, echando de menos el espaldarazo, el tonito confidente, la sonrisa, lo verá pasar dando instrucciones con tono hosco, y no podrá evitar preguntar al compañero inmediato: ¿Qué le pasa al señor Martínez? El otro lo verá un segundo y, levantando los hombros, le responderá: “Nada. Él es así”.

Es decir, que a diferencia de cualquier adscripción, en los cargos de elección popular se vota por la persona a la que luego se le va a presionar para que cumpla sus promesas, y a criticar si no las cumple. Y no solo es que de candidatos todos son simpáticos, es que cuando dejan de serlo (candidatos, claro) para convertirse en la autoridad, nos toca  exigirle que cumpla el programa por el cual votamos. Forzosamente, perdemos un “amigo” y, en el mejor de los casos, ganamos un buen gobernante. O uno que nos dio menos motivos de queja.

Pero, sobre todo, si algo no debemos perder de vista es que junto al derecho de votar por nuestro candidato, tenemos el deber de exigirle que trabaje, en caso de salir favorecido. Ya se sabe, en política todo cheque en blanco es el principal abono para la mala gestión y la corrupción.

Eso es lo que yo llamo perder el voto.

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

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