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Club del libro Prodavinci

Pandora: En torno a “Melodía desencadenada”, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 28 de Julio, 2011
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“Un cuento es una bomba de tiempo”, afirma Andrés Neuman. Una bomba cuyo autor ha diseñado de tal modo que no pueda ser desactivada antes del efecto final. Todo cuento tendría entonces la misión de estallarle en la cara –y en el ánimo– al lector, con su carga de asombro o incertidumbre en las últimas líneas. Claro que no siempre ese final es una explosión –como en algunos cuentos de Poe o Quiroga–, sino más bien una implosión apenas perceptible, tal como ocurre en las historias de Chejov o Carver. Se trata, en definitiva, de la tensión con la que se articulen los acontecimientos del relato. Un cuento –un explosivo– está sujeto a un tiempo de espera que produce una creciente intensidad, y hasta cierta desesperación. En este sentido, “Melodía desencadenada” es el artefacto narrativo más contundente de todo El regalo de Pandora. Porque, más que ganar por knockout –según la célebre conseja de Julio Cortázar–, este cuento se impone a fuerza de machetazos.

Se trata de una historia singular con respecto al resto del volumen. No sólo porque esta vez la mujer no participa directamente de los acontecimientos relatados –aunque sí los determina–, sino porque de los diez cuentos, éste es el que posee el mayor nivel de intensidad. Esto es: el modo en que el narrador se ciñe a un reducido número de acciones en un tiempo breve, y va llevando al lector paulatinamente hacia un desenlace que puede o no anticipar, pero cuyo ritmo lo mantiene atrapado, tenso: ante la inminencia de una posible explosión.

Y acaso la tensión de este relato resida en la violencia contenida del personaje Tego. Un tipo que desperdició una carrera como beisbolista en el exterior, que fue sancionado en la liga profesional venezolana por su conducta agresiva –¿una recreación ficticia del pelotero venezolano Carlos “Café” Martínez?–, que detesta su actual trabajo en la cauchera, y de paso a su jefe, y que, por encima de todo, odia profundamente a su ex mujer Maribel –“una mapanare arrebatada”–, pero a quien ha evitado maltratar físicamente, no porque no se lo merezca, según sus limitados criterios masculinos, sino para evitarse quizá más problemas legales. Tego es un tipo que, sin saberlo, se encuentra en una situación existencial al límite. Vive sin serenidad, sin ambiciones, con rabia acumulada, pero sin ganas de meterse en líos. A Tego “ya no le gustan los peos”. Pero el momento de crisis –interna y externa– ocurrirá cuando lleguen los dos sujetos a la cauchera a provocarlo. A sacarlo, literalmente, de sus casillas.

Si, como pensara Borges, todo destino está contenido en un instante –“el momento en que un hombre sabe para siempre quién es”–, para Tego ese instante se produce cuando el odio por su mujer se proyecta en los hombres que, luego de un primer intento de agresión, regresan a atacarlo. El mecanismo temporal en ese momento se ralentiza. Vemos las acciones en cámara lenta. Baja la velocidad del relato y crece su intensidad. El ritmo de las palabras se ajusta a la parsimonia con la que el personaje va preparando la escena y diseñando el ataque. Tego es la bomba de tiempo de la historia, pero sólo llega a presentirlo cuando se le revela su mayor deseo: “Estaba absorto pensando que, aunque salvó su vida, haberse separado de Maribel no había sido suficiente para librarse de ella, y pensó de pronto que la única posibilidad de hacerlo era que ella se muriera”.

Tego ve en los atacantes a la “encarnación masculina de Maribel”. De esa forma traslada su furia reprimida hacia un objetivo más ajustado a sus códigos personales, los cuales parecen dictarle que no puede atacar a su mujer. Así, en la escena final, si bien hay cuatro hombres enfrentados, lo que verdaderamente sucede es la escenificación de un desplazamiento psicótico que desencadena el crimen violento de una “supuesta” mujer. Es el instante en que Tego ejerce de manera pausada, absoluta y sin contemplaciones su arrechera contra la vida en general, y contra Maribel en particular (y en ausencia). De allí que su accionar sea no de quien se descompone, sino de quien pareciera haber vivido para llegar a ese momento, a ese estado de sanguinaria liberación. Por eso, luego de matar a machetazos a los dos tipos con una calma que pareciera premeditada, “Tego reparó en su silenciosa contemplación. Se sentía glorioso por primera vez en mucho tiempo, como cuando salía a la lomita”.

¿Y por qué la elección de “Melodía desencadenada” como título, además de ser la canción que queda resonando irónicamente en la última escena? ¿Y ese final abierto no es acaso una amenaza en forma de pregunta, dado que el gochito es el único testigo de la matanza? ¿No es esta historia una versión a escala de la ira cotidiana caraqueña que en cualquier momento puede estallar no sólo afuera sino dentro de nosotros? ¿Por qué el autor escogería justamente este relato como cierre de su particular caja de Pandora narrativa? Dejo entonces estas interrogantes para iniciar la discusión, y aprovecho además para agradecer a todos los lectores de El regalo de Pandora de Héctor Torres, y muy especialmente, a los que han compartido sus comentarios en esta primera etapa del Club del Libro de Prodavinci.

 

 

 

 

 

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (1)

Héctor Torres
3 de Agosto, 2011

Aprovecho el cierre del Club del Libro Prodavinci dedicado a El regalo de Pandora para agradecer inmensamente a Prodavinci (portal que sintetiza la experiencia web venezolana en la difusión de ideas y literatura) por la interesante iniciativa de crear un espacio para el encuentro de lectores de un libro; a Luis Yslas, por los impecables análisis que rezuman no sólo mucho conocimiento del hecho literario sino un gran respeto por la literatura y los lectores, y a los lectores que participaron (o no) de esta maravillosa experiencia. Que siga el Club del Libro Prodavinci, y que siga el encuentro por la literatura.

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