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Pandora: En torno a “Marlenys nunca se sueña en Caracas”, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 21 de Julio, 2011
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Caracas tiene 444 años de existencia, pero aún no madura. Su historia es el largo devenir de una promesa que pareciera ser una imposibilidad: la convivencia. La capital de Venezuela es también su versión a escala: una peligrosa zona de fracaso donde las prácticas de la violencia más que evadir la ley, ejercen su propia ley. Caracas es una ciudad sitiada por sus sobrevivientes. Y durante los primeros años del siglo XXI, los signos de esta decadencia, que al ser urbana es también humana, no han hecho sino expandirse como una metástasis. De allí que, como señala Miguel Gomes, la mayoría de los narradores de esta última década participen de cierto neoexpresionismo literario, cuyas formas descarnadas de recrear la realidad les permiten configurar el imaginario de una megalópolis en la que impera la sordidez, el deterioro, la agresividad y el desamparo. Alberto Barrera Tyszka, Oscar Marcano, Gisela Kozak, Rodrigo Blanco, Lucas García, Alejandro Padrón, Roberto Echeto, Gustavo Valle, Gabriel Payares, Eduardo Sánchez Rugeles y Enza García, son algunos de los autores venezolanos que han imaginado a Caracas desde una mirada poco complaciente y, en algunos casos, agresiva. Héctor Torres pertenece sin duda a esta camada de narradores, y su cuento “Marlenys nunca se sueña en Caracas”, es una cruda evidencia de lo que acaso sea la huella digital de su escritura: la ciudad como un territorio de lucha.

En este cuento son los personajes femeninos los que asumen esa lucha. ¿Contra qué? Contra el desafecto, pero también contra el rencor que les produce esa sensación de orfandad emocional. Es una lucha doble y sin estridencias: contra el afuera que las somete y contra esa misma violencia que las habita en calidad de resentimiento social y sexual. Se trata de mujeres criadas –o malcriadas– en zonas populares donde no sólo escasean los bienes materiales, sino, sobre todo, los afectivos. De modo que Marlenys y Andreína encuentran en su relación lésbica un refugio placentero en medio de la soledad y el temor de sus familias rotas. Ambas comparten además la repugnancia hacia los hombres. Para ellas, la figura del padre es la de un ser ausente, degradado, una vergüenza de la que prefieren mantenerse alejadas y que opera tan poderosamente en sus conciencias (y en su sexualidad), que a partir de esa carencia se forman una idea degradada del ser masculino. En el caso de Marlenys, esa reacción tiene como precedente no sólo el estado de abulia del padre alcohólico, sino el abuso sexual al que se ve sometida por su tío Ramón, a quien califica como el Asco. El rechazo a la masculinidad es tan fuerte que incluso la propia Marlenys cuestiona la homosexualidad de su amigo Fernando –otra víctima de la paternidad inservible–, por el simple hecho de sentir atracción por los hombres. Es evidente: el relato es también el retrato de una tara de la idiosincrasia venezolana: el machismo. Esa prepotencia generalizada marca de modo indeleble a las mujeres del cuento.

Pareciera entonces que el sexo representa para los personajes un mecanismo de poder pero también de contrapoder. En los hombres, el sexo es una praxis violenta que sirve para reafirmar su “virilidad” y su poderío sobre las mujeres. Es decir, como toda forma extrema de poder, la violencia sexual es un síntoma de inseguridad. Y quizás de soledad. Para las protagonistas, sin embargo, su relación sexual significa un acto de escape y placer, pero también de protesta. Es su manera de rebelarse contra unas circunstancias humillantes propias de una sociedad (o de una gran parte de la sociedad) en la que las mujeres son tratadas como seres subordinados a los procedimientos de dominación (y de exclusión) masculinos. No sorprende entonces que el modus operandi de robar al viejo sea a través de un show lésbico. Se participa de la humillación siempre que sea a cambio de algún provecho que además humille a quien pretende vejarlas.

Pero aunque ambas no quieran admitirlo, esa negación hacia lo masculino no es absoluta. Posee una grieta por la que se cuela la curiosidad, la excitación y, en el caso de Marlenys, la esperanza. El personaje Rodolfo representa para las dos jóvenes –recordemos que a esa edad el cuerpo es un territorio de aprendizaje, de tanteos y búsquedas sexuales– una presencia perturbadora que configura el triángulo de los celos, el temor y el deseo. Pero además, Rodolfo despierta en ellas la secreta posibilidad de hallar un objeto no sólo de satisfacción erótica, sino una excepción en su severa, aunque justificada, concepción de los hombres. Un motivo para que al menos Marlenys pueda soñarse en Caracas sin la amenaza del terror cotidiano.

Pero no será así, aunque el cuento mantenga la expectativa de la protagonista –y del lector– hasta el desenlace. Recordemos que el relato empieza con un falso final. O más bien, con un pasaje muy próximo al verdadero final. Vemos a Marlenys aprisionada entre dos policías en una moto. Después se describe fugazmente el enfrentamiento de ella y Andreína en casa del viejo, víctima y victimario de un intercambio de agresiones. Hasta allí, las imágenes iniciales, pues luego la narración salta hacia el pasado de los personajes, que permite comprender las causas de ese desolador cierre que se anuncia en los primeros párrafos. Es significativo que al comienzo de la historia se adviertan que son dos los errores cometidos por Marlenys al salir huyendo del apartamento del viejo. Uno es haber dejado abierta la puerta. El otro no se menciona, pero se adivina en la última secuencia del relato, cuando Marlenys atisba el rostro de Rodolfo entre la multitud que la observa mientras se la llevan detenida: “El corazón le dio un vuelco. Tuvo la certeza de que se trataba de él cuando sus miradas se encontraron. Pudo ver sus ojos de paz como la de aquellos que regresan de la muerte y sintió algo parecido a la esperanza, a una extraña euforia, a la certeza ya enunciada. Fue una explosión de felicidad sin recato, de entrega sin restricciones; fue escucharse decir y sentir, sin pudor: aquí viene mi hombre, él me va a salvar, con una claridad que la hizo feliz, como no recordaba haberlo sido nunca… Fue volver de la muerte”.

Ese es su segundo error. No sólo haber buscado a Rodolfo luego de su fallido escape, sino verlo como una figura salvadora; como un otro sin el cual se siente incompleta, incapaz de volver de esa “muerte” que es para ella una vida anegada en el asco. Ella confirma en ese gesto de fugaz felicidad (¿y debilidad?), la misma condición sumisa contra la que pretende oponerse, la que le genera repudio y espanto. Marlenys tal vez intuye que el machismo que la aterra, que la victimiza, de alguna manera también lo lleva dentro, que ella es la proyección de aquello que detesta en los hombres, pero a la vez, de una ciudad que aún no ha madurado. Cuando Rodolfo desvía la mirada y apura el paso, el cuento no hace sino sugerir la sensación de una urbe de hombres sin hombría. Si los finales de una narración, como observa Piglia, “son formas de hallarle sentido a la experiencia”, el final de este relato acentúa el sinsentido que representa para Marlenys padecer una ciudad donde resulta imposible no ya soñarse sin desesperanza, sino despertar de la pesadilla.

Aguardo sus comentarios sobre este relato que de seguro tocará más de una fibra susceptible entre los lectores.

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (7)

Gabby Barrios
21 de Julio, 2011

Estoy segura de que Caracas no es un caso especial de una ciudad inmadura, poco amigable, “sitiada por sus sobrevivientes”. Lamentablemente creo que cualquier ciudad relativamente grande en cualquier parte del mundo, especialmente en Latinoamérica, tiene esas características. Creo que el título ha podido ser no sólo Caracas, sino Ciudad de México, Buenos Aires, Sao Paulo, Río de Janeiro o cualquier otra. No creo que en los demás países no haya casos como el de Marlenys y el de Andreína, donde el desamor, las relaciones homosexuales, la violencia, el padre y la madre ausente, la pillería, los viejos verdes y demás aderezos que ofrece esta historia no estén presentes. “Marlenys no se sueña en Caracas” es un relato bastante realista, muy cotidiano (más de lo que se pueda pensar) y muy triste también. Por alguna razón me recordó al film “Boys don´t cry”. Le queda a uno una sensación amarga en la boca, una especie de desasosiego porque cuántas Marlenys, Andreínas y Fernandos habrá en el mundo pasando por situaciones iguales y hasta peores, historias reales que superan la ficción. Qué dura la vida para algunas personas. Qué mundo lleno de paradojas, ironías y contrastes.

Luis Yslas
21 de Julio, 2011

De acuerdo contigo, Gabby. La historia que expone Héctor en su cuento se ajusta con crudo realismo a la de cualquier ciudad latinoamericana. Lamentablemente Caracas además encabeza la lista de las urbes más violentas del mundo. No es de extrañar entonces que nuestra literatura, y en mayor medida, nuestra narrativa, se ocupe de ficcionalizar este malestar, este desafortunado estado de decadencia.

TIti
22 de Julio, 2011

Todavía no he tenido el placer de leer este cuento de Torres. Por lo pronto se anuncia muy bien servido en la bandeja de plata de este ensayo. Gracias a su autor por esa frase doblemente lapidaria “Caracas es una ciudad sitiada por sus sobrevivientes”

Carlos Patiño
23 de Julio, 2011

De “Marlenys…” me gusta su realismo sucio y el manejo de la psicología del personaje principal. Resaltan las imágenes bien trabajadas.

Anmary Faría
25 de Julio, 2011

Un relato formidable; una ciudad que no pasa desapercibida. La mirada de la chica, que busca soñarse en otro contexto donde la esperanza sea posible, en donde el afecto no sea una limitación ni un canto monosílabo, sino todo lo contrario: lleno de experiencias, especialmente las que por los golpes de la vida se ha negado a sentir en los brazos, el calor, la comprensión de un hombre, ese género que a pesar de su desconfianza guarda la fe perdida de que éste no aparezca como su opuesto sino complemento. Esto consigue que la historia adquiera consuelo, una luz de salvación, no obstante, el narrador se encarga de darle un giro inesperado a los acontecimientos haciendo que la ciudad desborde toda su furia y le haga saber a la chica que todo deseo por encontrar la felicidad sea un vano espejismo donde las personas usan máscaras para dismimular sus cobardías, indiferencia y el gran peso de la soledad. Soñarse en Caracas es el insomnio de una gran pesadilla. Mucho tiene que ver la pobreza, marginalidad, la ruptura familiar, el convivir con la desgracia de no saber qué es un hogar; ese comodín contra la orfandad y desamparo.

Héctor Torres es un maestro de la observación; sensible como pocos narradores que saben retratar a través de su pluma esa cotidianidad que muchas veces corre para tomar el bus y termina perdiéndolo con el smog golpeando la cara.

Atamaica Mago
10 de Agosto, 2011

En este maravillso cuento, una palabra me quedó sonando una y otra vez la punto de subrayarla hasta en sueños: íncubo. Ese demonio mítico de la Edad Media que se caracterizaba por posarse encima de las mujeres durnmientes para tener relaciones sexuales con ellas y luego abandonarlas causándoles malestares físicos y psicológicos tremendos. Esta criatura puede ser reconocida por su frío pene (cosa curiosa para la erección), y en distintas partes del mundo se le atribute diversos nombres según la tradición foclórica de cada región. Por ejemplo, en Venezuela se le llama “Zangaretón”

Su contraparte femenina es “súcubo” y ambos demonios se infiltran en los sueños para atacar y seducir a sus víctimas. Una alegoría de la naturaleza o condición humana que me pareció interesante, sobre todo, tratándose de la imposibilidad de “Marlenys soñarse en Caracas” ¿No será la ciudad ambas caras de una misma moneda infernal donde la b´suqueda del amor resulta una pesadilla? La alucinación y parálisis de la esperanza.

Muy buen relato, amigo Héctor y los comentarios de Luis, como siempre, lúcidos, atinaods, respetuosos.; sencillamente magistrales.

PD: Aunque ya terminó el periodo de discusión, espero que el intercambio lector siga abierto ;)

Luis Yslas
10 de Agosto, 2011

Muy pertinente haber rescatado el simbolismo del íncubo y el súcubo para la interpretación del cuento, Atamaica. Sin duda. guardan una estrecha relación con el sentido general de la historia. Y sí, lo bueno de que estos posts permanezcan es que el diálogo puede continuar, por supuesto. Un abrazo.

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