Club del libro Prodavinci

Pandora: En torno a “Ese que llaman Cervantes”, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 18 de Julio, 2011

La literatura suele imitar más a la ficción que a la vida. Todo escritor es un lector cuyas invenciones se nutren de aquellas lecturas personales que permean su manera de concebir y recrear el mundo. El Quijote, por citar una de las piezas narrativas más influyentes de la literatura, es la historia de un hombre enloquecido por los libros. Una novela construida a partir no sólo de lo que Cervantes vivió sino de lo que leyó. O más bien, una obra que sostiene que lo leído no se opone a la vida: la multiplica. Así, la narrativa que incorpora, de modo explícito o velado, las ficciones que la preceden, está incluyendo esa instancia imaginaria de la existencia que lejos de negar aquello que entendemos como “realidad”, la expande y, en algunos casos, la propicia. “Ese que llaman Cervantes” es, en este sentido, un cuento cuya principal materia prima está conformada por dos obras ficticias que tratan a la vez un tópico literario universal: la venta del alma al diablo. Historias que le sirven a Héctor Torres de soportes imaginarios para su personal versión del pacto satánico.

Hay que decir además que ambos referentes no han sido solapados en el cuento. Por el contrario, desde el comienzo, el título, la dedicatoria y los epígrafes ponen las cartas sobre la mesa. Así, la frase “The flesh is weak, Johnny. Only the soul is inmortal”, ha sido tomada de la película Angel Heart (1987) de Alan Parker, basada en la novela Falling Angel escrita por William Hjortsberg. El filme cuenta la historia de un detective privado, Harry Angel, contratado por Louis Cyphre (¿Lucifer?) para que localice al cantante Johnny Favourite. Las pistas conducen a Angel hasta Epiphany Proudfoot, una enigmática mujer por la que siente una atracción que será consumada con perturbadora intensidad. El filme integra a un tiempo características del cine negro policíaco y aspectos vinculados con el erotismo, lo fantástico y el satanismo. Es decir, elementos constitutivos tanto del clima como de la trama de “Ese que llaman Cervantes”.

El segundo y principal referente es Julio Garmendia, a quien Torres no sólo le dedica el cuento, sino que lo incorpora en calidad de enigmático personaje. Aparece primero en el bar La Flama, descrito por el narrador como “un anciano de cabellera blanca y semblante taciturno, casi melancólico, de aspecto distinguido… Poseía esa típica delgadez del que se ha forjado en hábitos austeros. Iba correctamente vestido y, además del sombrero y el trago, se acompañaba de una libreta que descansaba sobre la mesa. En ella parecía garabatear, de cuando en cuando, las cosas que observaba en silencio”. Más adelante, ese mismo personaje llega a la recepción del hotel Cervantes donde el detective y la femme fatale acaban de sellar sexualmente el pacto diabólico, así que su presencia en el relato parece tener una doble y complementaria función: ¿No es acaso ese anciano el demonio/escritor que maneja, desde el silencio y el anonimato, los hilos de la trama?

Julio Garmendia opera, pues, como figura referencial, simbólica y activa en el relato. Ya el mismo título remite al legendario hotel Cervantes donde viviera durante muchos años el narrador venezolano, y el segundo epígrafe –“¿Qué viene a buscar el Diablo en mi aposento?”– es la primera frase de su cuento “El alma” (Tienda de muñecos, 1927, lea el cuento pulsando aquí), cuyas correspondencias, a veces incluso literales, con “Ese que llaman Cervantes”, permiten identificar los puntos de encuentro pero también las distancias entre ambas historias. Valga recordar que en la de Garmendia, el pacto entre el hombre y el Diablo ocurre sin intermediarios, y está descrito con esa fina ironía con la que el escritor larense solía condimentar sus historias peculiarmente fantásticas. Al igual que en el cuento de Torres, en “El alma” el protagonista debe probar, a través de su breve estadía en el más allá, que posee un ánima que vender, por lo cual es estrangulado por el Diablo. Luego es devuelto a la vida e inventa una imagen falsa de lo que observó mientras estuvo muerto, de manera de dignificar el valor de su alma y exigirle al maligno “el don de mentir sin pestañear”. Satán se regocija con su petición y lo complace. El protagonista entonces engaña al Diablo, o quizás éste se deja engañar, convencido de haber hallado en el hombre a un semejante, a un colega de la farsa. Al final, ambos se van caminando afablemente, con la complicidad de quienes saben que sus oficios –el diabólico y el fabulador– deben contar con el poder persuasivo de la mentira para ser eficaces.

Pero aunque las equivalencias son notorias, en “Ese que llaman Cervantes”, es el personaje femenino al que le toca pactar –física y metafísicamente– la venta del alma del protagonista, quien, en esta oportunidad, no logra burlar la trampa satánica con su falso relato ultraterreno y termina desvaneciéndose en las líneas finales del relato. Es posible que su petición, que no es ya el don de la mentira sino el fáustico deseo de conocer “los misterios que le están vedados a los seres humanos”, incida en su fatal desenlace. El personaje de “El alma” se reconoce en el Diablo pues ambos comparten el oficio del engaño, mientras que el detective de “Ese que llaman Cervantes” anhela lo contrario: saber la verdad de todas las cosas. Esa soberbia tal vez explique su condena. O también es probable que su petición haya sido concedida, aunque el precio no sea ya el alma sino el cuerpo, ese transitorio vehículo de placer que prodiga eternidades de corto alcance: ilusorias trascendencias.

La singularidad intertextual de este relato sin duda propicia la lectura comparativa, aunque no sea ésta la única forma de abordarlo, dada su naturaleza híbrida e intrigante. Queda entonces mucha tela que contar y comentar al respecto.

 

 

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (10)

Inés
18 de Julio, 2011

Luis: excelente tus comentarios, voy a utilizarlos como guía para una segunda lectura.

Carlos Patiño
18 de Julio, 2011

El autor aborda lo fantástico, lo fáustico, lo cual no le quita el carácter de relato policial, urbano, de “…Cervantes”. Me gustó el riesgo de Héctor al abordar algo distinto a los relatos anteriores de “El Regalo…”. Quizás por mi costumbre de llevar la contraria, he disfrutado más de los relatos no seleccionados como “Las miles de gotas…”, “Como si por dentro me corriera un río…” o “No le contó nada a Andrea”.

Luis Yslas
18 de Julio, 2011

Carlos: Así es, sólo desde la perspectiva de lo fantástico -de allí también la elección de la figura de Julio Garmendia, cultor del género- el cuento de Héctor se presta para una segunda lectura provechosa. Ni qué decir del asunto fáustico en sintonía con la atmósfera urbana y erótica que recorre todo el libro. Este relato, en particular, brinda diversos ángulos para la interpretación de ciertos tópicos.

Y sí, toda elección es arbitraria, pero te aseguro que hubiéramos querido en el Club Prodavinci abordar todos los cuentos del libro, pero el mes se nos hizo corto. Lo importante, en cualquier caso, es que el libro está siendo leído y degustado. Y también comentado por estos predios. Seguimos entonces.

Inés: Muchas gracias, qué bueno que esas aproximaciones te permitan aliñar tu segunda lectura del libro.

Rafael Cuevas
18 de Julio, 2011

Bravo Héctor. Has usado cual ROCA “El Idioma de Cervantes”(como al español se nombra), y golpe a golpe lograste labrar una pieza escultórica con palabras, por lo menos en mi comprensión de la prosa; en la forma en que traduzco lo que leo. ¿El Quijote es ficción o la tremenda “realidad” de un Ser enloquecido?, tal vez, solamente de un hombre diferente y por ello fue juzgado loco. Como sea, una obra que perdura y es ejemplo e inspiración aún en nustros días. ¿A caso no muchos nos juzgan locos por atrevernos a decir que somos y pensamos diferente? HECTOR, Toma tu Escudo y tu Lanza y arremete contra esos gigantes,no importa la ausencia de Sancho y Dulcinea.

Gabby Barrios
19 de Julio, 2011

Confieso que de todos los relatos de “El Regalo de Pandora” este “Ese que llaman Cervantes” es el que menos me ha gustado y luego de leer el cuento de Garmendia “El Alma” me gustó menos porque perdió toda la originalidad que le atribuí en algún momento. Es cierto que hay autores y relatos que nos marcan, como personas, como lectores, como escritores y siempre tenemos alguna influencia y nos inspiramos en algo…SIEMPRE, pero esto me pareció algo más que una mera inspiración, influencia o dedicatoria. A pesar de mi opinión no tan favorable, me encanta haber leído algo que no me encante tanto porque la tolerancia debemos desarrollarla en todos los aspectos de nuestra vida. Saludos

Luis Yslas
19 de Julio, 2011

Estimada Gabby, en el ámbito de la subjetividad, los gustos suelen ser emperadores vitalicios. El gusto es siempre un ejercicio de libertad. Ahora bien, no creo que el cuento de Héctor pierda originalidad por haber establecido paralelismos con el relato de Garmendia. De ser así, “El alma” misma sería poco original, pues el tema del pacto satánico es casi tan viejo como el diablo. Las referencias a la venta del alma a Satán son vastas y abarcan la literatura universal de todos los tiempos. Están en la Biblia, en Goethe, en el folklore llanero. Recordemos además que la palabra original, etimológicamente, se refiere no tanto a lo novedoso como al origen. No hay tema nuevo bajo el sol de la escritura, sólo formas novedosas de abordar los temas universales de siempre, esos que forman parte del origen de la humanidad. Lo cierto es que el sentido de este diálogo en torno a los cuentos de Héctor es compartir nuestras impresiones y gustos, nuestras sintonías y diferencias, pues como bien afirmas en tu comentario, eso contribuye a formar la tolerancia lectora.

Atamaica Mago
19 de Julio, 2011

Todo pacto que conduce al más allá es sellado, convenido, a través de un trueque espiritual donde la vida es subastada al mejor postor beneficiando sólo a quien busca como recompensa tatuarse en los sueños y las vigilias de unas criaturas que enajenan sus penas perdiéndose -o quizá proyectándose- en las sombras de otros desgraciados que intentan en vano pasar desapercibidos mientras que con cada sorbo de licor, alucinación, tempestad y desamparo van construyendo una crónica del mundo que desde un plano temporal se cuenta a dos voces: el que ahoga sus pesadillas anestesiando un porvenir derrotado; el que desde la instancia del recuerdo atrapa el ayer y lo evoca en el presente transformándolo en invisibilidad, ausencia; el LSD de este manicomio de realidades que es la existencia. “Ese que llaman Cervantes” es un relato donde un detective entrega su alma a cambio de conocer y descubrir en el cuerpo pérfido y adictivo de la emisaria de El Diablo, los secretos del universo que para todo mortal están vedados. Su ambición es monitoreada por un anciano que desde un rincón del bar llamado La Flama (nombre que proviene del vocablo griego Phlox y significa ‘fuego divino que produce luz, calor y pasión’) observa con disimulada atención cómo la mujer logra su cometido acordando cerrar el negocio en un motel donde el sexo es un pagaré en blanco, el Hades deudor de la conciencia. Por ello, la locura goza de licencia para firmar sin remordimiento alguno la cesión de un alma que ya sin fe renuncia a sí misma, ya que, su estado de catalepsia, consecuencia de ese placer que la carne doblega, logra persuadir a su protagonista quien no encuentra más excusas para evitar sucumbir al abismo que idénticamente lo retrata. Una condena como oferta imposible de rechazar y que convierte a su negociante y objeto del negocio en esclavo y verdugo de su propia alma. Por esa razón, el protagonista desaparece en las últimas frases plasmadas en el cuento porque otro personaje se inmiscuye en la historia y consigue que este timo conocido como ficción, siembre la semilla de la duda en el cierre de una lectura con múltiples y laberínticas interpretaciones: “¿no dejaste nada arriba? ¿Ya revisaste? Tu cuerpo…no sé… ¿no te sientes extraño?…” Desvanecerse, es la constatación de que al mercadear con la partera del engaño, se pierde algo más que la curda de una noche: la satisfacción de saber si todo se trató de un sueño o de un despertar que todavía no se ha soñado. El carácter onírico o en duermevela del cuento nos revela la búsqueda no del conocimiento del mundo, sino de la inmortalidad, esa concepción de perpetuarse, sobrevivir, abstraerse, volverse inextinguible pero no en la dimensión de un tiempo infinito que busca prolongarse, sino que consiga liberarse de él a través de su conclusión; esa dimensión de poder desaparecer o lograr estar en todas partes. El revelar tales secretos utilizando como fiador un benefactor maligno, conduce a su protagonista al desvanecimiento, el limbo del propio desconcierto, porque la ciudad también obra como socia traidora siendo la mujer, esa rubia de cabellos rojizos y sensual retozo, una reencarnación de sus fatalidades cumpliéndose las órdenes de un escritor fantasma que sigilosamente se halla presente en la obra. Por ello, su víctima derrocha la noción de las horas, se nublan los sentidos, hay pérdida, abolición de la memoria ¿Acaso el placer no borra nuestras certidumbres? ¿Entregarse al otro no es un tácito contrato con fuerzas lúgubres y extrañas? ¿Aferrarse al tiempo no es una manera de guardar esperanzas y, por ende, de esclavizarse siendo su única salvación el entregarse al vértigo? O, como diría Borges “…el tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica; la eternidad, un juego o una fatigada esperanza.” Quizá la maldad sí conozca de diferencia de géneros y dicho hallazgo ponga en práctica para fines más inmediatos que no requieran cortejos. Volver a empezar, emprender eternamente la marcha con un retorno de vital condena.

Stefania Marcantognini
19 de Julio, 2011

Complaciente la prosa de Héctor Torres en “El Idioma de Cervantes”. Gallardo su intento de abordar el imaginario del pacto con Satán. Arrogante el esfuerzo de mezclar elementos narrativos diversos para construir una versión original. El resultado, si me apuran, es un cuento muy bien escrito condenado a perder alma y cuerpo en el desafío de las comparaciones.

Gabby Barrios
20 de Julio, 2011

Estimado Luis, totalmente de acuerdo con que “no hay tema nuevo bajo el sol de la escritura, sólo formas novedosas de abordar los temas universales de siempre, esos que forman parte del origen de la humanidad”. Eso lo tengo clarísimo y a través de los años esa máxima se comprueba más y más; sin embargo, en “Ese que llaman Cervantes” me parece que hay más que paralelismo, hay frases que son prácticamente las mismas, a veces parece que sólo se cambiaron detalles de forma y el fondo es exactamente el mismo. Por eso opino que no hay originalidad porque la manera de abordar el tema de la venta del alma al diablo no fue precisamente creativa. Me encanta este espacio donde todos podemos opinar y exponer nuestros gustos. Esa es la Venezuela que siempre recuerdo. Saludos muy cordiales.

Luis Yslas
20 de Julio, 2011

Estimada Gabby: Recuerdo que fue Jorge Luis Borges quien afirmó que “Quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas”. Esa máxima se ajusta también a la historia de la literatura. Y creo que explica muy bien lo que comentábamos antes sobre el espinoso asunto de la originalidad en la creación artística. Por eso, insisto en que aquello que tú ves como una falta de “originalidad” en “Ese que llaman Cervantes”, como las citas directas tomadas del texto de Garmendia (por ejemplo, la frase “Te confío encarecidamente mi cadáver”, que se reproduce tal cual en el relato de Héctor), así como algunos otros detalles formales, me parece que son usados como recursos o estrategias (entonaciones) de escritura que sirven para poner en evidencia el modelo del cual se parte (y al cual, imagino, también se quiere rendir tributo); en este caso: “El alma” de Garmendia. Usar “frases textuales” provenientes de otras obras es un procedimiento empleado por muchos autores en la historia de la literatura. Por ejemplo, los clásicos grecolatinos no podrían entenderse ni valorarse sin esas “referencias”. Pienso, por citar uno reciente, en “El libro de Esther” de Juan Carlos Méndez Guédez, en cuya historia se atraviesan de modo directo e indirecto frases de otras novelas, que se ajustan al carácter evocador e intertextual de la trama. Son guiños que muchas veces son incluidos como pistas (o despistes) u homenajes más o menos disimulados en la hechura textual. El mismo Borges los usaba, y hasta los inventaba, despeinando y desesperando a más de un crítico. Y en lo que se refiere propiamente a la historia de “Ese que llaman Cervantes”, hay que decir que el cuento de Héctor posee un giro muy distinto al de Garmendia no sólo en el desenlace, pues le añade además un escenario policíaco y erótico del cual carece “El alma”, y que está en sintonía con la unidad de todos los cuentos de “El regalo de Pandora”. Allí, hay, digamos un aporte de carácter inventivo. Aunque no necesariamente le tenga que gustar a todos los lectores, claro está. Por eso pienso que la palabra “original” puede resultar un tanto ambigua, o inexacta, al momento de juzgar una obra, ya no digamos literaria, sino artística. Claro que luego asomas otro término, cuando dices que, en el cuento de Héctor, la manera de abordar el tema del pacto satánico no fue precisamente “creativo”. Ahí sí entraríamos en otro terreno, el de los procedimientos formales para el tratamiento de la historia: la verosimilitud, la estructura, el lenguaje, el diseño de los personajes, y otros aspectos pertenecientes a los mecanismos de la “creatividad”, que muy bien pueden ser discutidos sin cuestionar el carácter “original” del relato.

Un cordial saludo para ti también.

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