Club del libro Prodavinci

Pandora: En torno a “El alimento de los mirmidones”, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 11 de Julio, 2011

Si aún no ha leído “El alimento de los mirmidones” puede hacerlo pulsando aquí, para luego regresar a este texto y a la discusión en los comentarios.

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Ya desde el título, El regalo de Pandora (FB Libros) de Héctor Torres sugiere que la figura femenina, con toda su carga de gracia, belleza, seducción y malicia –si pensamos en los atributos míticos de la imagen griega– tendrá una presencia capital en las diez historias contenidas en el volumen. El nombre de Pandora, entonces, es abreboca pero también advertencia. El libro asume el legado de la mítica caja: un regalo de impredecibles consecuencias.

Así, en el primer cuento, “El alimento de los mirmidones”, no sólo el personaje femenino posee un aura enigmática y atractiva que distraerá –y desviará de su tránsito diario– al personaje masculino, sino que se acude de nuevo al referente helénico en la mención de los mirmidones. Cuenta el mito que éstos eran habitantes originarios del pueblo de Egina a los que Hera, en uno de sus innumerables ataques de celos, destruyó por completo debido a que Zeus, en uno de sus innumerables arrebatos pasionales, deseaba raptar a Egina. Pero Zeus transformaría en humanos a las hormigas del pueblo, quienes desde entonces pasaron a llamarse mirmidones (myrmekes: hormigas), linaje al que pertenece el célebre Aquiles. Otra versión del mito narra que los mirmidones descendían del rey Mirmidas y de una princesa llamada Eurimedusa, a quien Zeus conquistó metamorfoseándose en hormiga. De modo que el “alimento” mítico de los mirmidones, en cualquiera de sus versiones, estaría condimentado por los celos, el deseo y la seducción.

Pero la mitología griega es sólo elemento referencial y simbólico, en una trama cuyo imaginario caraqueño es el escenario principal de las acciones, y también, lo que condiciona el tono, el ritmo y el vocabulario citadino del relato. La urbe le depara al protagonista, un profesor de literatura desencantado de su oficio, el fugaz –y fogoso– encuentro con una mujer que divisa en un autobús que él, ese día, no debía haber tomado. Porque acaso el deseo, no siempre oculto, de los hombres y mujeres de una metrópoli sea el de hallar dentro de la copiosa masa anónima de la multitud –ese hormiguero urbano– una individualidad que no sólo devenga en centro de atención sino que deje marcas indelebles en su intimidad pasional. Todo citadino aguarda que el azar de la calle le brinde una aventura sensual que lo descentre y le otorgué relieve a su anonimato. Recordemos la frase de Jorge Luis Borges que sirve de epígrafe al relato: “No hay millones de hormigas, hay millones de seres muy diferentes, pero la diferencia es tan sutil que nosotros los vemos como iguales”.

Esa sutileza es la que vislumbra el personaje en la mujer, aunque no logre descifrarla del todo. Sus aproximaciones más bien ocurren por intuición, no por pensadas estrategias. La mujer, en todo caso, termina por atraparlo y acallarlo: “Uno descubre que, frente a determinados momentos de nuestras vidas, la literatura sólo es literatura”. El arrebato sensual es tan sorpresivo y poderoso que no es el nombre de la mujer, sino su cuerpo –cuyo estado de embarazo multiplica el deseo, el misterio, ¿la culpa?–, junto a sus maneras silentes y provincianas, lo que permanecerá como una atractiva inquietud en el recuerdo de este hombre a quien la casualidad le regala horas de placer dentro de un marco de erotismo, riesgo e infidelidad. ¿Machismo tal vez? Queda abierta también la discusión sobre el papel de la mujer en el relato, descrita siempre desde la voz (y la mirada) del personaje masculino: del supuesto conquistador.

Pero la fuerza de un cuento, se sabe, reside no sólo en lo que relata, sino en lo que calla. De ahí que el entrecortado diálogo de ambos personajes en la casa del barrio sea uno de los rasgos más reveladores de la historia, no tanto por lo que expresa directamente, sino por lo que alude entrelíneas. También el pasaje final, cuando el personaje vuelve a encontrarse con la mujer en el autobús, esta vez acompañada de otro hombre, deja en el personaje –y en el lector– un margen abierto de interpretaciones en torno a esta aventura tan sensual como enigmática. Historia en la que la imagen de las hormigas proyecta su potencial metafórico en la experiencia de los personajes.

Surgen, por supuesto, aspectos que trascienden la anécdota ficticia del relato y se ubican en el debate de la realidad cotidiana: el acoso sexual callejero, la infidelidad de la mujer, el juicio que cada quien puede establecer sobre estos repentinos y no escasos encuentros que la ciudad propicia. Queda además la interrogante sobre los agentes de seducción implicados en el cuento. ¿Quién seduce a quién? Porque si bien el personaje admite que “la vida, sin duda alguna, nos trata como juguetes”, también puede ser cierta aquella máxima que dice que toda mujer elige al hombre que la elegirá.

El debate, estimados lectores, queda abierto…

 

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (20)

Nubia Sànchez
11 de Julio, 2011

Hermoso relato, nos lleva a recordar otras versiones de la misma situaciòn. Una pelìcula El pròximo año a la misma hora. Hermoso el lenguaje utilizado para describir la situaciòn. Infidelidad o libertad, pueder ser una o las dos. Gracias por la explicaciòn de lo que significa mirmidones, hermoso todo. Sobre todo el lenguaje tan delicado, exquisito, cuidadoso.

Humberto Contreras
11 de Julio, 2011

Después de leerlo, bajé mi mirada al piso.

Por casualidad, ví una legión de “mírmides”, envolviendo con fragor un caramelo en el piso. Pensé en lo raro que las hormigas tengan los mismos gustos que nosotros, pero también pensé en que no es lo mismo un caramelo, que… bueno,… ¡éso!

Gabby Barrios
11 de Julio, 2011

¿Que quién seduce a quién? Pues claramente la mujer al hombre. Ella desde que le dejó que le llevara el morral, sabía lo que pasaría. Por otra parte, no estoy de acuerdo con eso de que toda mujer elige al hombre que la elegirá. Simplemente no sufriríamos tanto por amor si eso fuera cierto. Me encanta pensar en que mientras los protagonistas tienen su momento de pasión, las hormigas van y vienen, siguen construyendo su mundo, todo sigue girando, al igual que para la protagonista que tuvo su affair pero eso no hizo que su vida cambiara. Fue un momento más, quién sabe cuántos encuentros así haya tenido antes y seguirá teniendo después. Fue, al final de cuentas, un capítulo más en la vida de dos de las hormigas que habitamos este planeta.

Oriette D’Angelo
11 de Julio, 2011

El hombre es experto buscando en la cotidianidad algo que lo sustraiga de sus rutinas visuales y lo sumerja en un mar de posibilidades que por lo general, no están determinadas. En este relato, es lo impredecible lo que guía el accionar de sus personajes, aunque él mismo, intentando seducirla, pudiera prever el final de ese viaje de autobús que, como él expresa, ”no debía haber tomado”. ¿Llevarla a la cama? Todos lo piensan cuando una mirada entre dos se cruza y ocasiona una explosión capaz de dejar sin armas a cualquiera. Aunque el ejercicio de la seducción parece ser precedido por él, es la mujer la que deja una mancha indeleble en el encuentro, capaz de permanecer en sus pensamientos incluso cuando ella ha continuado con sus rutinas. ¿La muestra de ello? El segundo encuentro en el autobús, en donde él se percata de la existencia de su esposo y ella lo ignora con la viveza de una mujer que supo tener lo que quiso en el momento que quiso.

Sin duda alguna, un relato excelente.

Atamaica Mago
11 de Julio, 2011

El alimento de los Mirmidones. Hay un pasaje que quizá podría pasar indavertido pero cuyo contenido me resultó interesante para explicar la noción de alteridad en el relato: “…pero me encontré con esa vieja y siempre inquietante imagen: una hembra de mi especie”

Ese yo que habla desde el plano del otro; dos universos, par de realidades aparentemente inconexas, pero que están interrelacionadas entre sí por causa de un destino que ambos personajes comparten mientras transitan una ciudad de rostro agorafóbico e invisible; dos individuos embarcados en un autobús donde cada quien busca su propio foco de atención para poder distraer la monotonía del tiempo, esas manecillas imaginarias que pasan lentamente entre pensamientos presos del tedio, el cansancio y una soledad que aguarda un puesto libre, una parada de asombros, una anécdota digna de recordar con otro semblante que no sea el de la monotonía.

Es interesante cuando esa “alteridad”, esa dualidad de pareceres, se manifiesta sigilosamente. Basta con leer el cuento y percatarnos de que no hacen falta nombres, apelativos, denominaciones para saber que la tensión, su atmósfera seductora está allí presente y que esa palabra que habría de distinguirlos, de señalarlos como uno y otro, sería desliz suficiente para romper ese pacto cómplice donde la aventura no requiere de compromisos, sólo la excusa de un café para ir mitigando la curiosidad latente.

Y es que el sentir se hace presente a través del anonimato, lo extraño e imperceptible, como el lento recorrido que hacen las hormigas cumpliendo diligentemente con el oficio laborioso de llevar y traer los alimentos a su colonia dejando en su haber un rastro, una fugaz huella en una ruta que quizá no vuelvan a marchar pero cuyo hallazgo les ha sido provechoso. En el caso de los hombres, los grandes manjares sólo se desgustan una vez; luego la nostalgia les recuerda que el hambre sigue en vilo y que los recuerdos son sólo episodios que ocurren como si nos encontráramos en el sueño de otro que también se sueña en ese mismo despertar que sólo ocurre una vez.

De allí, el quehacer de la memoria; esa alteridad, el descubrirse, tatuarse en la visión del mundo del otro que también podría llamarse “nosotros” Ya lo decía su protagonista, el profesor de literatura que no cree en promociones pedagogas: “…descubrí que nuestras diferencias, que pude suponer insalvables en un momento, no eran más que simples puntos de vista”

Y es que nuestro mundo no es el único posible y si acaso llegara a serlo, sería gracias al del otro.

La alteridad no es sólo ocupar el lugar del otro, sino también poder regresar al propio sin detenerse a escuchar la voz solapada, desmotivadora del “llamado de conciencia” Hay una frontera, una demarcación ficcional que separa a sus dos personajes y no es precisamente la de género; hay un territorio que ambos en silencio acordaron quebrantar derribando sus censuras y limitaciones pero que, paradójicamente, los fue acercando desnudándolos, en una comunión destinada a las despedidas porque la comunicación -ese ensayado interactuar con un propósito deliberado- sólo habría servido para apremiar el desencanto obviando el néctar plácido, complaciente de la experiencia inédita.

Un cuento fabuloso, una historia que merece quitarse el sombrero.

Atamaica Mago
11 de Julio, 2011

¿Quién sedujo a quién? Me arriesgo a decir que ninguno de los dos por lo inadvertido de los acontecimientos. La derogada competencia, el no sembrar expectativas ni esperar del otro mas que aquello dictado por las circunstancias, fueron claves para que el encuentro de estos dos personajes haya sido posible, aunque en esta apuesta que es la vida ganemos perdiendo…y viceversa.

“Toda mujer elige al hombre que la elegirá” bien es cierto que en la espera, nada se arriesga; el coqueteo es una táctica fascinante y paciente cuyo objetivo consiste en explorar las intenciones del otro sin garantías de que ocurra algo. Las mujeres saben esperar para prorrogar el sufrimiento; alimentan la esperanza de conseguir lo que desean sin que el tiempo obre como intermediario. Y la candidez, la posibilidad del riesgo, también resultan una forma de atraer al otro. Por tanto, las mujeres no son para nada predecibles, aunque dentro de ellas se libre una dura batalla contra las ansias que tanto caracterizan a los hombres. (Ojo: no es que uno y otro no lo sean, sino que en las mujeres, las ansias son menos evidentes que en los hombres, pero ambos comparten la misma emoción con dosis medidas y desmedidas).

Sonia
11 de Julio, 2011

Excelente relato, muy buena la introducción a la discusión y los comentarios que ella ha generado. Pero ninguno tan atrevido como el cuento mismo, es tan intimo, que hace que el lector se sienta un intruso, metido en algo tan secreto como un encuentro de seducción entre dos extraños. Eso es algo que pasa porque los dioses se corporizan en los seres humanos los secuestran y juegan con ellos. Es algo que una mujer difícilmente contaría a nadie y que a un hombre no se lo creerían si lo contara. Disfrute mucho el cuento y me atrapó inmediatamente, estimulo mi curiosidad, la descripción de los detalles hizo que viera el paisaje como una película, que lograra imaginar a la muchacha con todos sus detalles, el autobús, su casa y hasta sus pantaletas comidas por las hormigas. Y dejó a mi libre imaginación, por eso de lo que el cuento calla, el momento en que se tocaron, se besaron y terminaron en la cama. El hecho de que este encuentro sea con una mujer embarazada, es atrevido, pero le brinda a la vez, un aura especial, que hace que se sienta la envidia del protagonista, por lo que ella tiene y que a e él no le pertenece.

Stefania Marcantognini
11 de Julio, 2011

Quizás el cuento (¿junguiano?) de la dualidad hombre-mujer no sea puro cuento y nuestras almas sean “bialmas” o almas hermafroditas. Lo cierto es que, aun cuando soy mujer, me descubro cercana al personaje masculino de El alimento de los mirmidones y no me reconozco en el femenino. Es fascinante, y seductora, la naturalidad con la que ella asume los granitos, la maternidad, el sexo, su sexo, la invasión de hormigas. De la intimidad que comparten encuentro inquietante la confidencia que hace ella y que le da el título al cuento. Es la espontaneidad de ella al comentar la anécdota de la pantaleta lo que, más que inquietarme, me causa extrañeza. En él, en cambio, advierto mi “contradictorio espíritu, siempre atento a no parecer cursi y sensiblero …”, mi saber, sin remanso de duda, “cuando la mirada … está cerrando una puerta y echando llave con gesto definitivo”. Como a él, tampoco a mí me “conmueven con facilidad … los himnos fraternales”. En el cuento, el primero que nos regala Héctor Torres, yo soy él, el personaje masculino. Aun cuando soy mujer y los estrógenos brillan con la intensidad de la dicha en mi cabeza, mi corazón, mis huesos, mis caderas, mis pechos y en ese néctar que mana de mis ingles abiertas y es alimento de las hormigas.

Carlos Patiño
11 de Julio, 2011

El relato coge fuerza desde la escena del beso. Me atrevería a decir que hasta la forma narrativa cambia. Un párrafo memorable: “Hubiera querido decir algo inolvidable, no sé, una cita aguda, una frase robada de mis lecturas, algo que valiera una despedida, pero uno descubre que, frente a determinados momentos de nuestras vidas, la literatura es sólo literatura.” Una gran elección para iniciar el ciclo “LibrosProdavinci”.

Luis Yslas
11 de Julio, 2011

Da gusto observar la inmediata y entusiasta respuesta de los lectores a la propuesta del Club del Libro Prodavinci, y en especial, a este primer cuento de El regalo de Pandora de Héctor Torres. La mayoría de los comentarios coinciden además en subrayar tanto la fortaleza erótica del relato como la dualidad existencial (mismidad/otredad, masculino/femenino) y la sospecha de que el azar, acaso como pensara Borges, es la manera que el hombre tiene de nombrar ciertas leyes del universo que aún desconoce. Es decir, que tal vez lo que, en el caso del relato, pueda parecer una casualidad sea más bien uno de los misteriosos mecanismos de la causalidad. Ése desvío de la línea recta de lo rutinario, ese breve pero intenso cruce de hormigas ajenas que les proporciona (les regala) a los personajes un paréntesis de placer. ¿Y no es eso el placer acaso, un quiebre, una suspensión y hasta un arrebato que nos sitúa en el inquietante territorio del afuera, del otro, del margen? No es casual que seducir provenga del latín “aducere”, que significa “conducir a otra parte”. Pero sigamos compartiendo impresiones, que ahora es que quedan lectores y relatos…

Libia Kancev
11 de Julio, 2011

Es un buen relato. Cuando Luis dice: “Todo citadino aguarda que el azar de la calle le brinde una aventura sensual…”, sentí como que me había perdido o me estaba perdiendo de algo. Con respecto al papel de la mujer en este relato pienso que es central. Es ella quien lo estimula (consciente o inconscientemente), lo impulsa, permite su desarrollo y también le pone fin. Por otra parte, pienso que es ella la que lo seduce, teniendo el control de la situación en sus manos. Ella no se compromete más allá de lo sucedido. Él sí, cuando le dice que si lo necesita él estará.

María Teresa de García
11 de Julio, 2011

En el cuento “El alimento de los mirmidones” hay dos frases importantes, la primera: “La vida, sin duda alguna, nos trata como juguetes” que nos indica que no sólo el protagonista romperá con sus costumbres sabatinas, sino que tampoco va a asistir al taller de promoción de lectura, al cual, sin mucha convicción, se propone a asistir y que algo insospechado por él mismo va a suceder; la otra: “A la vida la mueven sus secretos engranajes”. Ambas ponen en evidencia que el azar juega un papel muy importante en desencadenamiento de los sucesos. El roce casual de un brazo es el que hace que se despierte el deseo en el protagonista por una mujer nunca antes vista que, inicialmente, le resultó sin atractivos.

Las acciones se desarrollan en un ámbito público, al principio y al final de la historia, y en un ámbito privado en la mayor parte del relato. El primero es Caracas -el mismo narrador nos lo dice- que se nos presenta siempre agobiante, con su sol inclemente, su calor excesivo, sus transportes públicos repletos de seres humanos que se tocan, se restriegan sin querer, mezclan sus olores; pero es este mismo aspecto negativo de la ciudad lo que lleva al encuentro pasajero de dos seres desconocidos, antes y después. El segundo es la casa de la mujer, espacio neutro, donde el protagonista, desde que entra busca indicios de la existencia de otra persona en la vida de la muchacha, sin encontrarlos; sin embargo, éstos están presentes en las hormigas que, para mí, representan al hombre que trabaja y lucha, por largas horas, en medio del caos de la urbe para traer el sustento al hogar, convirtiendo la vida en monotonía que nunca se rompe como el camino de las hormigas. Una rutina que sigue su curso apartada de los sentimientos y deseos de la mujer, llenándola de una soledad que ella busca colmar con este encuentro efímero y las palabras halagadoras que escucha por parte del protagonista. De vez en cuando, las hormigas abandonan su camino ya marcado y van a libar el néctar que el personaje principal no volverá a probar.

No es ligereza de la mujer lo que la lleva a la infidelidad. La vida, la ciudad, el azar la conducen a lanzarse en una aventura que ella sabe y desea sin futuro. Considero que ninguno de los dos personajes seduce al otro, son las circunstancias casuales que provocan la atracción e intimidad entre ellos.

He disfrutado mucho la lectura de este cuento y de los otros que conforman “El regalo de Pandora”, donde personajes femeninos, por lo general, pero también masculinos, habitantes de la ciudad que los despersonaliza, abren las puertas de su mundo íntimo para hacernos descubrir circunstancias insospechadas y secretas, que forman parte de la cotidianeidad de nuestra capital, que también puede ser cualquier otra gran urbe del mundo.

Atamaica Mago
12 de Julio, 2011

La perpeljidad es uno de los mecanismos que mueve el universo. El encuentro del personaje masculino con el femenino (o a la inversa porque el hecho de que el relato sea narrado por el hombre no significa que la mujer no tenga también su propia historia pendiente, esa versión de los hechos contado desde “el otro lado de la frontera”) no fue obra de un pacto milagroso, fortuito, sino de un destino concebido como un Dios al que le gusta jugar con sus piezas mortales para luego y de forma inesperada hacer jaque mate sin que se pueda determinar a ciencia cierta quién ha ganado la partida.

El relato nos pone frente a un espejo que al quebrarse nos muestra infinidad de fragmentos de nosotros mismos en donde el placer continúa siendo el motor de la vida, el halo de misterio que ilumina la cotidianidad de estos dos personajes asfixiados por la rutina, las desatenciones, el relieve de erotismo que ya no desea transitar del punto A al B sino que está lleno de matices, de peligros, rumores, transpiraciones; de múltiples formas y una extraña belleza por encontrar en lo ajeno, en el montón de rostros demacrados, el engranaje perfecto para mover el mundo de manera distinta, como si el tiempo corriera en horas detenidas. Es el asombro lo que le inyecta pasión a las acciones; es salirse del libreto y tomar otra ruta la que permite que hombre y mujer se acerquen y complementen como dos caras de una misma moneda. Asñí, otro lenguaje se manifiesta en el cuento: el de lo desconocido, la ausencia, los celos, la envidia, el del melancólico hallazgo, un borrón y cuenta nueva.

El universo de la mujer es demasiado infinito para pretender conocerlo, retenerlo, poseerlo sin que el vértigo se haga presente. Sólo se puede acceder a un solo párrafo, un capítulo de su cuerpo; un instante de sus pensamientos; apenas un renglón de sus emociones. Quizá el confre de Pandora sea una cuna de pesadillas donde lo único compartido sean unos males disfrazados de esperanzas…

Diana
12 de Julio, 2011

Que gusto leer una historia que nos aleja de la cotidianidad que vivimos, pero en su esencia nos narra una cotidianidad que quisiéramos vivir. En ocasiones, como el personaje del cuento, la realidad de todos los días nos hace querer alejarnos y soñamos con tener un encuentro como el descrito con tal capacidad de narración que nos hace ser participes de él. Pienso que los lectores somos las hormigas que presenciamos lo que ocurre y la miel que saboreamos es el deseo de ver un cuento de esos tornados realidad. Me gustó mucho el detalle de las narraciones, pero no solo en la intimidad, en relatos tan públicos como los del transporte por ejemplo. Los comentarios son tan pertinentes y buenos como el cuento. Espero la siguiente entrega.

Eduardo Díaz
12 de Julio, 2011

Me gustó el cuento pero me surgen ciertas interrogantes que podemos llamar más bien literarias. Me gustaría que Luis me respondiera la siguiente pregunta. Bien es sabido que la literatura de ficción debe tener la capacidad de hacerte suspender el juicio sobre la verosimilitud de la historia. ¿qué piensas de esto? ¿Una mujer embarazada que acepta tener sexo casual en su propia casa no nos pone en ese peligroso borde entre la verosimilitud y el encanto de la historia? Ey, debo decir que esta pregunta no me surgió sino hasta tiempo después que leí el cuento. ¿Que piensan sobre esto?

Saludos,

p.d Gracias prodavinci por esta oportunidad

Carolina
12 de Julio, 2011

Casual podría decirse este encuentro aunque despues que los ojos se cruzaron cada uno tenia en mente algo mas.Ella “la chica fea”de la cual tenemos su descripción completa hasta unas uñas que una vez estuvieron pintadas de azul y de él no tenemos sino unos pocos datos ¿como era su mirada?¿picara?¿sensual?.¿Como era su porte ¿alto,atractivo,varonil? Si pienso que ella se sintió atraída con esa conquista y se dejo seducir,aunque para él fue mas lo misterioso y prohibido lo que le dejo ese querer mas.

Luis Yslas
12 de Julio, 2011

Qué tal, Eduardo. Fíjate, es posible que, como lector, yo también haya confiado en la mujer. Es decir, en que ella sabía que nadie llegaría a esa hora a casa, aunque en el relato nunca se asegure del todo. Y esa incertidumbre activa el nerviosismo de ambos personajes, sin paralizarlos. Realmente no percidí la posible inverosimilitud. Dada la atmósfera de sugerente infidelidad, el narrador se encarga de crear cierta tensión al decir, entre paréntesis, que “a pesar de la falta de evidencias, la sensación de que iba a llegar (alguien) en cualquier momento, persistía”. Pero a pesar de que en ningún momento ella da muestras de una preocupación real, es posible que el hombre (y el lector) confíen en que ella domina la situación y sabe hasta dónde puede arriesgar. También cabe la posibilidad de que su pareja estuviera de viaje en ese momento, o en casa de su “suegra”. Así parece sugerirlo la pregunta que ella le hace en el autobús: “¿Qué te dijo tu mamá?”. A lo que él responde: “Que vayamos el sábado a almorzar y le llevemos las fotos del ecosonograma”. Pudiera ser otra interpretación, siempre desde lo sugerido. Lo cierto es que cada lector calibra el riesgo (o la inverosimilitud del riesgo) del encuentro erótico, de acuerdo a sus propios niveles de confianza (o de abandono placentero). No olvidemos que el peligro en ese tipo de aventuras sirve de poderoso acicate (de alimento), y es lo que termina muchas veces provocando el desenlace sexual.

Sonia
12 de Julio, 2011

Lo que el cuento calla es lo que ha estimulado la discusión, el enigma de lo que no sabemos, pero podemos imaginar, pienso que esa es la idea del autor. Para mi no tiene incógnitas, ya que todas la que no aclara la historia, yo me las inventé. Solo un detalle me hizo dudar de su verosimilitud, el contenido del morral, eso me distrajo, porque sé dos cosas, en Caracas no se usa ropa de lana por el clima y si la usas no la puedes lavar en lavadora, se destruye, además la lana pesa.

Luis Yslas
12 de Julio, 2011

Muy buena esa acotación textil, Sonia. No había reparado en el detalle del peso de la lana, sino más bien en su simbología: la madeja de hilos con la que la mujer termina por atrapar al hombre del autobús. Resulta interesante además detenerse en otros significados. Lana en Guatemala es una palabra que designa a la gente del pueblo, y en Costa Rica, se les llama lana a las personas que se valen de engaños para aprovecharse de los demás. Pero en efecto, como bien señalas, la lana no sólo es calurosa para el clima caraqueño, sino pesada.

Naky Soto
13 de Julio, 2011

La mujer en la voz de un hombre. Es su mirada y su interpretación y un anecdotario de fuertes contrastes. Para salir de este peso diré de entrada que es este, y justo este cuento, es el que me resultó más engolado de todo el maravilloso libro de Héctor. Probablemente, la cosa se caraqueñiza en los otros, los adjetivos nos son tan pretenciosos, o simplemente me habitué a su lenguaje y lo viví diferente. Este cuento lo sentí como esos que se envían a concursos donde muchas plumas se baten por el mismo trofeo. En su descargo -¿?- y a pesar de no creer en generalizaciones, yo dudo que haya un acerbo más “pepa asomá” que el oriental, por lo que la muchacha se me hizo rara, y preferí legarle el poder su verbo al movimiento descrito con tanta audacia en esa habitación que marcó el receso entre las tazas de café. Un profesor de Castellano es una hormiga y quizás por eso, justo lo que tiene que saber no lo sabe: por qué la acompaña, cómo carrizo llegan a besarse y el más rotundo: que no volverá a su cama. La oriental es una hormiga: ¡ah!, ¡el poder irrebatible de una Lolita! Allí mueren la fealdad, el descuido y la ausencia de alguna competidora más apetecible. Total, a los 28 años todavía hay licencia para jugar con la imagen de esas quinceañeras a las que no toca, y bien pueden resumirse en esta maravilla que arropa con igual tensión a un bebé de 16 semanas. Las hormigas que van a todas partes, las auténticas propietarias de cualquier espacio donde haya vida. ¿Quién no ha contemplado una hilera de hormigas? Confieso que me encantan sus tropiezos, esos encuentros donde pareciera que se besaran y continuaran la marcha con un mensaje diferente en antenas y patas, como el profesor, extrañando el sutil peso de ella, así, con aroma de café.

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