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Club del libro Prodavinci

Pandora: En torno a “Ciertos principios de cartografía”, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 25 de Julio, 2011
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Si bien la unidad de El regalo de Pandora viene dada por la representación de lo femenino –y sus plurales encarnaciones–, hay que destacar que Héctor Torres no se limita a un solo registro en el tratamiento narrativo de sus relatos. Así, desde el realismo erótico de “El alimento de los mirmidones” y “¿De verdad quieres que te diga?”, hasta el estilo policíaco-fantasioso de “Ese que llaman Cervantes” o el realismo sucio de “Marlenys nunca se sueña en Caracas”, por citar los cuentos comentados hasta ahora en el Club de Prodavinci, el autor recurre a diferentes géneros (o procedimientos) ficcionales, lo cual sin duda multiplica las comarcas imaginarias de sus historias. En el caso de “Ciertos principios de cartografía”, es el territorio de la literatura fantástica el escenario donde les toca desplazarse sutilmente a sus personajes, atraídos de nuevo por esa fuerza centrípeta del erotismo que gravita en todos los cuentos del volumen.

Se sabe que una historia adquiere una dimensión fantástica cuando su ámbito, aparentemente ordinario y cotidiano, ajustado a las leyes naturales –lo que en literatura acordamos en llamar “realista”–, se ve amenazado o trastornado por la irrupción de un suceso de carácter sobrenatural e inexplicable, lo cual provoca un desconcierto en los personajes y, también, en los lectores. Lo extraordinario se instala así en el mundo ordinario y trastoca el orden convencional de lo “real”, despertando un sentimiento de incertidumbre, temor o asombro. Esa invasión de lo fantástico en un orden aparentemente ajeno a la alteridad es también la puesta en escena de un mundo paralelo que el ser humano aún no ha logrado conducir a sus coordenadas racionales.

La historia de “Ciertos principios de cartografía” transcurre aparentemente dentro de una atmósfera realista. Un hombre se siente atraído por la inquietante –y herida– belleza de los pies semidesnudos de su compañera de taller narrativo, y recurre a una serie de prudentes aproximaciones que le permitan no sólo contemplarla sino conocerla mejor. “No podía –confiesa el personaje– orientar mis cavilaciones a otra cosa que no fuese urdir una estrategia de emergencia que me condujera, en el menor tiempo posible, a encallar a orillas de su pálida arena”. Más adelante insiste en la búsqueda de ciertos “mecanismos” que acorten la distancia entre él y la muchacha del pie vendado: “Decidí desplegar la única estratagema razonable en esos casos: jugar al espontáneo”. Luego sucede ese breve diálogo entre ambos, que le sirve al personaje para hacerse una idea de la vida, o de lo que él supone que es la vida, de ella. Esta información será clave para comprender el giro que ocurre al final del cuento.

A medida que transcurren los días –y el aprendizaje narrativo en el taller–, el hombre se va sintiendo cada vez más atraído por los pies de la muchacha, y además descubre que no es el único. También su amigo Mister Cota comparte esta parafilia por los pies femeninos, y hasta escribe un relato, “Nubes con sandalias”, que provoca que las demás chicas del taller comiencen a usar con más frecuencia ese calzado. Valga señalar que algunas teorías psicoanalíticas sostienen que la forma del pie humano es similar a las curvas del talle femenino, lo que explicaría que los fetichistas del pie y el calzado de mujer sean principalmente varones. Otra hipótesis señala que tras este comportamiento sexual o parcialismo, subyace la idea de que los pies, normalmente ocultos (al igual que los genitales o los senos femeninos), al estar semi-descubiertos pueden llegar a despertar un sentimiento de placer en algunos hombres propensos a esta inclinación erótica. En el orden de la ficción, recordemos, por ejemplo, la predilección por los pies femeninos en la obra de Gustave Flaubert, quizás uno de los casos de podofilia más conocidos en la literatura, o la evidente debilidad de Quentin Tarantino por esa zona erótica que aparece repetidas veces en la mayoría de sus películas.

Lo cierto es que, como toda parafilia –esto es: un comportamiento sexual cuya fuente de placer no se encuentra en la cópula–, el fetichismo del personaje por el pie femenino, si bien no es peligroso, tampoco representa una conducta que se ajuste apropiadamente a los patrones normales de la sexualidad, o de lo que la sociedad considera como prácticas sexuales normales. Esto tal vez explique las dificultades del personaje para consumar físicamente su deseo y que su manera de abordar a la mujer nunca pase del trato verbal, debido quizás a un problema de timidez, culpa o incapacidad. De allí que esa atracción se le convierta en una obsesión que lo lleva incluso a escuchar ciertas “voces solitarias” que se escapan de los pies de la muchacha o a ver en esa parte corporal un mapa que lo pueda conducir al tesoro anhelado.

La mención de la cicatriz en forma de mapa en el pie de la mujer se convierte así en la señal que activa no sólo la imaginación del personaje masculino –quien atisba en esa cartografía de la piel una X que sería acaso su victoria sexual definitiva–, sino el vuelco fantástico del relato. Al final, y de modo imprevisto, se cuenta el viaje de ambos a la casa materna de la muchacha en el interior del país, y se describe el accidente que le ocasiona la herida en el pie, ocurrido en la cocina de su casa, mientras el hombre conversa con la madre y las hermanas de ella. No sólo el cuento salta temporalmente hacia atrás, sino que coloca al protagonista en una ¿imposible? cercanía con la muchacha –antes de que se conocieran en el taller–, lo cual vendría a desmentir (o alterar) lo que se ha contado previamente. Estamos en presencia de lo que Mario Vargas Llosa ha denominado la técnica del salto cualitativo, es decir, aquel mecanismo narrativo, muy empleado por los cultores de la literatura fantástica, que consiste en mudar los niveles de realidad de un relato, modificando lo que hasta entonces era el “ser” del orden narrativo: su ontología realista.

¿Qué puede haber ocurrido entonces? Hay que recordar que el hombre forma parte de un taller de narrativa. Que desde el inicio confiesa estar preparando “una estrategia de emergencia” o “una estratagema razonable” que le permitan, “en el menor tiempo posible”, saciar su “enfermiza curiosidad”. Así, este “pichón de escritor” pareciera haber dado con un modo de apropiación de la realidad ajustado a sus posibilidades: la ficción. Esos son los “principios de cartografía” que dirigen su propósito; que satisfacen, al menos literariamente, sus deseos. Porque si la cartografía es la ciencia que estudia los mapas geográficos, la literatura es el arte que posibilita los mapas imaginarios. Esa X que el hombre desea alcanzar en el pie desnudo de la mujer, es despejada en el giro narrativo que ocurre al final del relato –que da a entender que ha sido escrito por el propio personaje–, y que recuerda varios de los cuentos fantásticos de Julio Cortázar. No es fortuito que el personaje cite al autor argentino en un pasaje de la historia, para indicar que “la magia es cosa de todos los días”. El hombre del cuento, al aprender las técnicas del arte narrativo en el taller, comprende que es posible consumar en la escritura lo que no se puede consumar (o completar) en la vida. Su experiencia literaria es un aprendizaje existencial. El final del relato es quizás el imaginario final que el personaje ha anhelado desde el principio, porque al fin y al cabo, en esas coordenadas de la invención, él es el dueño de “la llave del cofre”: el cartógrafo de sus propios deseos.

No ignoro, claro está, que tratándose de un cuento fantástico, las interpretaciones pueden llegar a ser tan inesperadas como el desenlace de la historia relatada. Así que aguardo sus impresiones y opiniones sobre este cuento que opera también como una poética dentro del corpus narrativo de El regalo de Pandora.

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (4)

Atamaica Mago
26 de Julio, 2011

Sublime, enigmático, maravilloso este cuento. Es interesante cómo Hector Torres aborda la alteridad fantástica en esta historia donde una fijación íntima, fetichista, por los pies de una mujer que probablemente también es obra ficcional de su propia obstinación, produce un asalto, una inrrupción, un giro inesperado de los acontecimientos donde el mundo real -entiéndase- el que está sujeto a la razón, a las reglas convencionales de la vida ordinaria, ha sido perturbado, modificado y a su vez corre peligro ante un elemento extraordinario que se introduce como desconocido provocando el escándalo de la certeza. Y en sí mismo esto aparece como una necesidad, ya que, los cuentos hasta aquí discutidos en El regalo de Pandora abren una brecha onírica en la que realidad/ficción, dos ámbitos distintos, dos universos separados por una frontera, un límite destinado a su transgresión, se complementan logrando que la imaginación se convierta en el motor significativo del lenguaje; ese vehículo discursivo que explica la existencia de distintos escenarios del mundo real que son deliberadamente alterados para exfoliar temas que nadie se atrevería a relatar por la insólita o depravada censura con que se estigman. Así, por ejemplo, nos topamos con un relato que inicia en un taller literario donde el protagonista se ve seducido por la semi desnudez, erotismo puro, ¿provocación impúdica? del pie de una chica que disimula su coqueteo a través del uso de una sandalia y un delicado vendaje que se sirve como secreto; la misteriosa cicatriz de un accidente que se escribe en tiempo pasado y que al rememorarlo causa estragos y excitaciones; la paranoia justificada de un hecho imposible en el mundo real, pero posible en el universo de la imaginación desplegado como un mapa: explorando la cartografía femenina valiéndose de la única bitácora que le sirve como estrategia y consuelo: la escritura. Es así como, de forma inesperada, el cuento cambia de rumbo y se dirige a un tiempo atrás ¿o hacia adelante? en el que vemos cómo en un viaje temporal la chica se encuentra en la casa de sus familiares acompañada de un hombre que resulta ser y no ser el novio; que puede ser y no ser el protagonista de esta historia (dicotomía existencial) y donde se produce el accidente que le deja la herida en el pie. El protagonista se desdobla para reconocerse como lector, personaje, narrador de la propia historia; como espectador de este gran escenario que es la ficción y sus órbitas de posibilidades siniestras.

En “Ciertos principios de cartografía” Héctor Torres podría muy bien proponer la construcción de un modelo semiótico de lo fantástico, en el que a través de la cotidianidad es capaz de desmontar todo el discurso mitificado de la naturaleza humana; de la disyuntiva entre géneros: la ciudad como eje del mundo real (Caos); la mujer como límite, la incógnita ante el despeje (imposibilidad) y los afectos como ejes del mundo ficcional que aguardan un desenlace sin promesas pero con ilusiones (concilio comunicativo)

Y en este mundo de manías, sicosis y paranoias que permiten que el mundo sea un hecho asombroso, sobrenatural, inquietante ¿Acaso el psicoanálisis, el estudio de sus distintas patologías, no es más que el arte ficcional de indagar en la conciencia de lo fantástico para revelar el corpus cerrado del mundo real? la locura, violencia, el incesto, la homosexualidad, el crimen, machismo, la infidelidad, los demonios interiores.; son síndromes de una ciudad delirante, un contexto que nunca dejará de sorprendernos.

Dimary Izarra
26 de Julio, 2011

¡Magistral relato como todos los que compendia El regalo de Pandora! Me llama la atención los paréntesis que el escritor emplea para acotar y en muchas ocasiones insistir en lo que cuentan y callan los personajes y qu, de alguna manera constituyen una pista (al menos para mí) de lo que es real y aquello que se construye como ficción. Como diría la amiga Atamaica, “un modelo semiológico de lo fantástico” La verdadera cotidianidad de la vida se halla en lo que está oculto y que el escritor sabe perfectamente cómo desnudar…empezando por un pie y su cicatriz cartográfica.

Felicito al señor Héctor por tan maravillosos relatos y a Prodavinci por darnos la oportunidad de comentarlos. Amén de las redes sociales que através de sus recomendaciones me permitieron llegar hasta Pandora y abrir su cofre.

Sergio Sigmann
27 de Julio, 2011

Maestría narrativa, minuciosa observación del entorno y el sentir de los personajes. Se revela un hecho psicológico como es la obsesión del ‘pichón de escritor’ por los pies d euna desconocida (delirio que comparto) y que es fascinante, sobre todo cuando se contempla la mujer descalza que es un preámbulo erótico maraviloso y seductor pero a la vez introvertido porque refleja la distancia real que existe entre los protagonistas y que solo la imaginación es capaz de recrear como vivencia de lo posible. La literatura logra eso: crear mundos posibles cuando el fracaso late con fuerza. Este cuento me gustó mucho y me remitió al de “Como si por dentro me corriera un río tibio y lento” donde la ensoñación se hace presente para develar los verdaderos deseos de los protagonistas que no se atreven a desbordar sus sentimientos por miedo, prejuicio o timidez.

Sr. Luis ¿Acaso las obsesiones, los fetichismos no serán también evidencias de emociones que se reprimen por causa de un contexto social lleno de reprobaciones y señalamientos?

Otra cuestión: los talleres nos permiten conectarnos con otros que también comparten nuestras pasiones por narrar las insólitas historias que nos depara la vida.

Luis Yslas
28 de Julio, 2011

Sin duda, Sergio, eso que señalas puede ser una de las variadas causas de las inclinaciones fetichistas. Aunque el inconsciente humano sigue siendo un territorio misterioso, así como las motivaciones eróticas que allí se cultivan y entreveran. Lo cierto es que si no existieran algunas de esas reprobaciones o señalamientos sociales, tampoco hubiéramos podido avanzar en la escala humana, ¿no lo crees?. La cultura, como bien observó Freud, requiere de límites (de cierto malestar represivo) para la convivencia. La sexualidad siempre pende como una amenaza en ese sentido. De allí que el asunto despierte tanta polémica. ¿De qué lado inclinarse? ¿Libertad o prohibición? ¿Restricción o sublimación? Siempre nos queda la ficción, como bien señalas, para inventarnos la vida (y los deseos) que la realidad suele condenar o limitar.

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