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Pandora: En torno a “¿De verdad quieres que te diga?”, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 14 de julio, 2011

En su ensayo “Tesis sobre el cuento”, Ricardo Piglia afirma que “un cuento siempre cuenta dos historias”. En el relato clásico, explica el escritor argentino, la primera historia se narra de manera visible mientras que la segunda se construye en secreto. La habilidad del cuentista reside en incluir esa historia oculta –por medio de huellas o pistas– en la urdimbre de la primera historia, hasta consumar el efecto final: el instante en que lo velado salta a la superficie y sorprende al lector. “¿De verdad quieres que te diga?”, de Héctor Torres, se ajusta a esta estructura del cuento clásico, a la vez que reconstruye, como en “El alimento de los mirmidones” una experiencia erótica, aunque esta vez de mayor duración en la vida de los personajes e impregnada de un cariz incestuoso.

La primera pista sobre esa historia oculta es el título mismo, cuya interrogante –la verdad secreta– será resuelta al final en clave sorpresiva. Esto acaso obligue a más de un lector –ese detective en el que nos convertimos cada vez que leemos un cuento– a desandar la trama para detectar aquellas pistas que podrían haber pasado desapercibidas en una primera lectura. Por ejemplo, la observación hecha por el vecino del piso 12 sobre las personas que frecuentan el apartamento de Valentina: “Los padres, cada cierto tiempo; el hermano, cada dos o tres semanas; una que otra amiga…” Y más adelante, el diálogo entre ella y Eduardo en la cama, que asoma una intriga que, en principio, pareciera aludir a un adulterio convencional, pero que luego, de modo sutil, ofrece señales sobre la sombra familiar que pesa sobre la pareja: “¿Y por qué vienes cuando papá y mamá no están?… ¿Por qué llamas antes? Porque nadie imagina la cara que pondrían, papito lindo. Pero esa no es razón suficiente para que no sigas viniendo”. Casi al final, el lector sabrá, por medio de Valentina, lo que la punta del iceberg del relato –diría Hemingway– ha ido sugiriendo: la relación sexual y secreta con su hermano, en la que parece privar más el placer que la culpa. Así al menos lo piensa ella cuando concluye que “el sexo es sólo una herramienta inocente y amoral para obtener afecto. Eso siempre lo justifica”.

De nuevo Héctor Torres nos ofrece en El regalo de Pandora una historia que explora en la epidermis del placer humano, y cifra las tensiones que éste puede provocar a escala sexual, psicológica, social y moral. Esta vez además va más lejos en el espectro de las relaciones prohibidas, pues se trata de una relación endogámica entre dos hermanos: uno de los tabúes ancestrales de mayor trascendencia tanto en la historia de la cultura como de la sexualidad. Se sabe que cuando el hombre asume el incesto como un tabú, da el paso hacia la consolidación de una comunidad mejor dotada genéticamente, más abierta a las relaciones pacíficas y cooperativas con otras comunidades. En este sentido, el incesto es uno de los mecanismos sexuales más controversiales porque al negar la noción tradicional de familia niega también a la sociedad. Es decir, se abandona al placer asumido como selección natural y no cultural. Pero además, la idea del incesto como una práctica prohibida proviene de la necesidad humana de regular las pulsiones sexuales, lo que Freud denomina el principio del placer, en función de una convivencia cultural que, para operar como tal, debe reprimir o sublimar los instintos sexuales. De manera que el incesto no sólo es una transgresión; es una regresión a ese estado primigenio, animal –¿paradisíaco?– en el que no existían fronteras, ni neurosis, para el apetito sexual.

A todo esto, cabe acaso preguntarse, a partir de la lectura del cuento, y según el grado de tolerancia erótica de cada cual, si la convivencia incestuosa entre hermanos debería ser legalmente permitida, como por ejemplo ocurre en países como Suecia. ¿Hasta dónde es posible trazar los límites del placer humano? ¿Acaso en nombre de la pasión es posible reivindicar un modo de libertad que quiebre los convencionalismos en materia sexual? Es muy posible que los lectores posean una gama rica y variada de opiniones sobre estas consideraciones. O desconsideraciones.

Pero también la pregunta “¿De verdad quieres que te diga?” apunta al ámbito de la poesía: esa forma erotizada del lenguaje. Porque las palabras que lee la mujer al abrir su libro en las últimas líneas (“Bello cuerpo de mujer / que no fue dócil ni amable ni sabio…”) corresponden a los últimos versos del poema “Oficio puro” de Víctor Valera Mora, uno de los dos autores a los que está dedicado el cuento. El poema comienza con las siguientes inquietudes: “Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor / En qué piensa una mujer que recién ha hecho el amor / Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella…” El giro del cuento, como hemos visto, redimensiona estas preguntas, pues se trata del caminar de una mujer que recién ha hecho el amor… con su hermano. ¿Cómo es ese caminar entonces? ¿Distinto o igual?

Esperemos entonces los comentarios. Aquí el poema completo del “Chino” Valera Mora:

“Oficio puro”

Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor
En qué piensa una mujer que recién ha hecho el amor
Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella
De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor
De qué modo se sienta una mujer que recién ha hecho el amor
Saludará a sus amistades
Pensará que en otros países está nevando
Encenderá y consumirá un cigarrillo
Desnuda en el baño dará vuelta
a la llave del agua fría o del agua caliente
Dará vuelta a las dos a la vez
Cómo se arrodilla una mujer que recién ha hecho el amor
Soñará que la felicidad es un viaje por barco
Regresará a la niñez o más allá de la niñez
Cruzará ríos montañas llanuras noches domésticas

Dormirá con el sol sobre los ojos
Amanecerá triste alegre vertiginosa
Bello cuerpo de mujer
que no fue dócil ni amable ni sabio.

***

Poema perteneciente a Amanecí de bala (1971)

 

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (6)

Oriette D’Angelo
14 de julio, 2011

El relato ”¿De verdad quieres que te diga?” es la perfecta expresión de la doble historia que suele rodear todos los acontecimientos de nuestra vida. A veces consideramos que las cosas comunes o rutinarias no tienen nada que ofrecer, son sólo eso, algo más de lo que vemos diariamente. Pero, detrás de cada lugar común hay una brecha de historias que no quieren ser contadas, precisamente por ese matiz de intolerancia social del cual están investidas. En nuestro propio intento por conocer a la sociedad, creemos conocer todo lo que ella abarca, sin dudar por un segundo del ‘más allá’ ni de la doble historia que enciende llamas desconocidas.

Este relato es la expresión de ello, de la chica que se acuesta con su hermano y de una errónea interpretación de un tercero que piensa que ella está sola, precisamente por la imposibilidad de pensar que su hermano, que la visita cada dos o tres semanas, se acuesta con ella. Los seres humanos somos esencialmente inocentes, pero la evolución de la vida y la sociedad nos hacen asumir realidades que van más allá de nuestra propia esencia, como esta, por ejemplo.

De nuevo, excelente y sorprendente relato.

Eduardo Díaz
14 de julio, 2011

Muy bueno Luis. Claro, la lectura equivocada del vecino de la vida de la vecina es el centro de este cuento, a mi parecer. El autor nos ofrece esa perspectiva, para que después venga la confesión. Gran comentario Luis.

Atamaica Mago
14 de julio, 2011

Lo predecible, advertido, la máscara del cuento, sería enfocar en un primer plano el tema de la infidelidad, la mentira, coartadas y remordimientos como marcas convencionales de una historia donde aparentemente un hombre visita a una mujer, tiene sexo con ella, cavila sobre el sentimiento de culpa y el amor que le profesa para luego desperdirse con la torpeza del cobarde que huye de sí mismo antes que la tibieza y embriaguez de un cuerpo provocativamente desnudo lo convide a seguir saboreando el cáliz de lo prohibido, ese punto G de la libertad que da el placer de la carne cuando confronta sus demonios y tabúes.

Y es que ir demasiado lejos es lo que le da a este relato un sabor cotidiano,innovador, atrevido, puesto que, el tema del incesto, comúnmente tratado en la cultura antigua, no pasa por alto mostrándonos el genuino rostro de la naturaleza humana: el disfrute del placer sin sometimientos de la carne ni flagelaciones de espíritu. Son conocidas las historias incestuosas que refieren este cuento, como por ejemplo Edipo Rey, Electra, Chronos y Rea, Zeus y Hera, entre otros.; hasta las nórdicas con “Las Valquirias” cuyo relato ha sido inmortalizado en la ópera de Richard Wagner titulada “Die Walküre” donde las hijas del dios Wotan y la diosa Erda son presentadas como doncellas guerreras encargadas de recoger las almas de los héroes caidos para brindarles cobijo, protección, cuidados, licores, alimentos y el deleite de su belleza revelándonos también el acto incestuoso cometido entre dos hermanos gemelos -Sigmundo y Siglinda- quienes luego de manifestar su amor e ignorando que algo más que el mutuo sentimiento -la sangre- los unía, deciden huir bajo la protección de Brunilda, otra valquiria que desafía las órdenes de su padre de asesinar a Sigmundo reconociendo la valentía de esta pareja al arriesgar todo por la libertad que su transgresión les otorga.

En “¿de verdad quieres que te diga?” dos historias se entraman y desvinculan a la vez porque no es lo mismo creer que el hombre está engañando a alguien o que la mujer desafía a sus padres volviéndose la amante de…un tipo que no vale la pena, a confirmar que éste mantiene relaciones sexuales con ella siendo su hermano y que este personaje femenino llamada Valentina goza de domar la voluntad de su hermano el cual no tiene otro remedio que entregarse al placer que sin pudor lo somete, aunque ella misma no admita el despecho que la embarga luego de que el hombre abandona su departamento. Una historia que en lo explícito se cuenta y entrega como carnada, y que en lo implícito se maquina o disfraza esperando ser revelada para abrir una brecha de suspenso, fantasía y exorcismo en la conciencia del lector que podría intuir lo escabroso del asunto y su confesión aparente, pero para poder constatarlo resulta necesario llegar hasta el fondo de los hechos donde el desenlace enmudece y llega a sacudir las entrañas. Por ello, es necesario perderse en la lectura, ir atando cabos con pistas que podrían conducirnos a miles de posibilidades pero sola una es capaz de erizarnos la piel: el incesto, el tabú, uno de los tantos complejos de nuestras sociedades.

Una de las innovaciones y versatilidades de este relato es que el incesto en la mayoría de los casos se presenta como un acto fortuito, desconocido, ignorado, totalmente ajeno e inocente a las intenciones de sus protagonistas y que luego de ser revelado desencadena una tragedia consecuencia de una moralidad que pone en vergüenza y sentencia al señalamiento. No obstante, aquí Héctor Torres nos presenta la historia en común acuerdo entre las partes involucradas; como un hecho cotidiano que, paradójicamente, está fuera de lo común; un hecho que reta nuestro nivel de amplitud y tolerancia donde el hombre no sabe qué decir ni pensar del asunto mientras la mujer lo incita a entregarse a esa lujuría y placer que ambos locamente disfrutan aunque al apagar la luz cada uno continúa galopando sus vidas entre tristezas y fugaces alegrías.

Gabby Barrios
14 de julio, 2011

¿La convivencia incestuosa entre hermanos debería ser legalmente permitida, como por ejemplo ocurre en países como Suecia. ¿Hasta dónde es posible trazar los límites del placer humano? ¿Acaso en nombre de la pasión es posible reivindicar un modo de libertad que quiebre los convencionalismos en materia sexual?

En primer lugar. considero que el incesto no debería ser una forma legal de convivencia, eso es algo contra natura. En el cuento el caso es entre hermanos, pero pudo haber sido entre padre e hija o madre e hijo. ¿Se estaría haciendo la misma pregunta en caso tal? En segundo lugar, el placer humano creo que realmente no tiene límites, sin embargo, eso no quiere decir que cualquier conducta sea deseable, permitida, ideal o aceptable. Los límites se los pone cada persona definitivamente. Y, en tercer lugar, si la respuesta a la tercera interrogante es afirmativa, también debería ser válido el asesinato, el secuestro, y cualquier otro hecho o conducta que sabemos errónea o inmoral, porque al final de cuentas todos los seres humanos somos movidos por la pasión y sería razón suficiente para quebrar los convencionalismos sociales en cualquier materia. Creo que los seres humanos debemos diferenciarnos de los animales. Al menos tenemos con qué, gracias al raciocinio. Instintos tenemos todos, pero para que haya orden en la sociedad creo que es necesario vencernos a nosotros mismos. Muy buen relato, muy perversa Valentina para mi gusto.

Omar Perez
14 de julio, 2011

¿Y quien dijo que hay que ser un animal para dejarse llevar por una relación incestuosa?…justamente los animales si tiene claro que por razones biológicas de la naturaleza, no esta permitido el incesto entre Hermanos, Hijos y Padres, ellos no sabes de razones morales o inmorales, los Grandes Felinos y los Osos entre otros cuando las crías llegan a la edad de reproducción son echados del grupo, por el Padre o la Madre y tiene que vagar en busca de nuevos territorios, suerte la de los animales que no conocen el morbo sexual, como si lo sufre el hombre desde tiempos inmemoriales…

Stefania Marcantognini
15 de julio, 2011

Tema escabroso, muy escabroso el de “¿De verdad quieres que te diga?”. Héctor Torres desafía la tolerancia del lector a la vez que lo engaña con dos historias que se solapan, suben y bajan, del Piso 12 al 6, del 6 a Planta Baja, como el ascensor que le da un transcurrir a las historias. Nos engaña con ese “galán” detestable del piso 12, tan mamacita-sí-estás-buena que en los gestos y los pensamientos nos hace parecer menos terrible la lujuria desfenfrenada a la que se entregan los dos hermanos en el piso 6. No es “¿De verdad quieres que te diga?” el cuento que más me gusta del regalo que nos hace Héctor Torres bajo el disfraz de Pandora. El tema, lo confieso, hiere mi sensibilidad. Sin embargo, encuentro que, desde el punto de vista narrativo, es uno de los mejor logrados. Hace un par de semanas una amiga me recordó que fue Woody Allen quien dijo, palabras más, palabras menos, que lo primero mejor es el sexo con amor y lo segundo mejor el sexo sin amor. Si aceptamos como principio la sentencia del filósofo urbano Allen Stewart Konigsberg, mejor conocido como cineasta bajo el nombre de Woody Allen, hemos de admitir que el incesto, siempre y cuando los incestuosos se amen, cae en lo primero mejor. Es precisamente en el afecto que Valentina encuentra justificación a agotar las ganas con su hermano Eduardo. La lujuria no es el impulso, es el medio. Es la búsqueda del amor lo que incita. Cabe entonces preguntarse: ¿es el sexo con amor lo primero mejor?

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