Blog de Alejandro Oliveros

Páginas del diario: Ícaro y el Manicomio de Bárbula, por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 17 de mayo, 2013

Versiones de Ícaro (1)

Un soneto del conde de Villamediana, una gloria del no ayuno de glorias barroco español, enviado por el querido Luis Pérez Oramas, reiterado cliente de los barrocos hispanos:

De cera son las alas cuyo vuelo
gobierna incautamente el albedrío,
y llevadas del propio desvarío
con vana presunción suben al cielo.

No tiene ya el castigo, ni el recelo
fuera eficaz, ni sé de que me fío
si prometido tiene el hado mío
hombre a la mar como escarmiento al suelo.

Mas si a la pena, amor, el gusto igualas,
con aquel nunca visto atrevimiento
que basta a acreditar lo más perdido,
derrita el sol las atrevidas alas
que no podrá quitar el pensamiento,
la gloria, con caer, de haber subido.

El poema es un puro exceso, una exageración no menor que la de Quevedo en “Cerrar podrá mis ojos la postrera”. Pero no es la desmesura lo que hace grande la rima de Villamediana, que no es la desmesura siempre una virtud, ni en el barroco incluso, donde las más de las veces se hace caricatura de sí mismo, Borges dixit, sino, como en Quevedo también, su capacidad de convencernos, no a un nivel puramente empático, sino dirigiéndose a la fría racionalidad. Creemos que es sincero el poeta al expresarnos, como si se pudiera expresar, lo que es solo sentimiento amoroso, emoción. El sensato Sir Herbert Read habría hablado de “the true voice of feeling”, la auténtica voz delsentimiento. No es, este soneto, un artificio literario, uno de los tantos con los cuales el hidrópico ingenio español, en su atardecer, llenó miles de volúmenes, cuando no de estantes. El atormentado conde acude al alado mito como un correlato (Eliot) para hablar de sí mismo, de sus pasiones sin respuesta, en esta ocasión, y desespero. Y en esto, y en tantas otras cosas, está menos distante de Quevedo que de Góngora, cuando habla de sus propias miserias a través del velado disimulo de una máscara, una de las poéticas consentidas por la modernidad. No es casual que Personae sea el título del libro más comentado de Ezra Pound, lector y comentarista de peninsulares como Lope de Vega. El de “Icaro”, revisitado, fue un mito preferido del Barroco. La que sigue es la versión, o una de ellas, retorcida de Don Luis de Góngora:

No enfrene tu gallardo pensamiento,
del animoso joven mal logrado
el loco fin, de cuyo vuelo osado
fue ilustre tumba el húmido elemento.

Las dulces alas tiende al blanco viento,
y sin que el torpe mal del miedo helado
tus plumas moje, toca levantado
la encendida razón del ardimiento.

Corona en puntas la dorada esfera
del pájaro real su vista afina
y al noble ardor desátese la cera;

que al mar do tu sepulcro se destina
gran honra le será, y a su ribera,
que le hurte su nombre su rüina.

 

Tal vez no podría decir lo mismo Read del texto de Góngora, que sí se escurre, empero, de la crítica de Borges. Lo leemos como un monumento menor al ingenio mayor del autor de Soledades.

Valencia, martes 14 de mayo de 2013. 7:05 am.

Mozart y François Mauriac

Escuchando el segundo movimiento de la sinfonía Júpiter, sintió Mauriac que se trataba de música hondamente religiosa y que lo que dijo Mozart al escribirlo fue, “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Como se sabe, ésta fue la última de las sinfonías del autor de Don Giovanni.

 6.45pm

 

***

El manicomio de Bárbula

Siento que los venezolanos estamos a punto de perder la capacidad de asombro. Como la pierde quien se convierte en asiduo —médicos, enfermeras estudiantes— de un manicomio. Fue lo que me pasó cuando estudiaba medicina y aspiraba a seguir los pasos de mi maestro Solanes como psiquiatra. No hay nada que no nos sorprenda durante las primeras semanas en la conducta de aquellos pacientes. Uno que camina, con altivez, para arriba y para abajo en el cafetín, concentrado en nada, y una ristra de oligofrénicos y lobotomizados que lo siguen de cerca con fidelidad perruna. Otra que se enamora de todos los hombres a su alcance y le ofrece sus favores de manera poco púdica. Los ensimismados, como títeres, que otros, invisibles, manipulan; los taquilálicos, capaces de proferir sus incoherencias durante ocho horas o más, sin cansarse y convencidos de la sabiduría de sus palabras; el agresivo, amenazando siempre al que se cruza por su camino y se atreve a llevarle la contraria; el demente senil, con la frente hundida y una idea menos cada año; los delirantes paranoicos, convencidos de que alguien conspira para quitarle la vida ese mismo día. Y tantos otros. Al dolor inicial ante tanta enfermedad, tanto horror en la conducta alienada de los enfermos, sigue una suerte de resignación protectora y una pérdida lenta de la capacidad de sorprendernos. No otra cosa me ocurre con Venezuela, controlada por una banda de IQs deficitarios, cuya racionalidad es nihil. Se insulta a los norteamericanos y se estimula su ciertamente rapaz conducta, denunciada por el viejo Marx, en la versión original de un engendro conocido como socialismo del XXI, de comprar materias primas baratas, “cheap oil”, como me decía un petrolero ruso, para vender caros, a nosotros mismos, los productos elaborados. Se ahonda el endeudamiento, para entregar el dinero a los vecinos, malagradecidos, ya verán, quienes destinan la dadiva a pintar la fachada de la casa, organizar saraos, repartir unos cobre y apropiarse de los más. Se cierran los centrales azucareros para comprarle azúcar a Cuba, que, en su  jurásica estulticia, arruinó la producción con la que alguna vez se surtía el 100% del mercado europeo. O se acaba con la cría de ganado nacional para salir a comprar carne a una improbable Bolivia. Se va contra las universidades como respuesta al fraude de la educación superior oficial. Se gradúan médico en dos años —yo estudié cinco y me faltaba el medio y las dos orillas—; el analfabetismo nunca desapareció, pero un decreto fue suficiente para archivar el capítulo. Me siento, en Venezuela, como en el Hospital Psiquiátrico de Bárbula, después de visitarlo durante dos o tres años. Ya es muy poco lo que me sorprende, pero es mucho lo que me afecta.

***

Verciones de Ícaro (2)

No fue el Barroco, por supuesto, el único en interesarse en la historia quemada del hijo de Dédalo. No es uno de sus grandes mitos, como lo fueron el de Polifemo y el de Ganímedes. Para Villanueva y Góngora, está claro, Ícaro es un héroe a emular: “que no podrá quitar el pensamiento/ la gloria con caer de haber subido”. Es modelo del arrojado transgresor que cuestiona la medianía de los valores convencionales y paga con la ruina su aspiración, insensata cuan admirable, al absoluto. En la recomendación del Góngora al joven poeta, no es tanto el fracaso lo que importa sino el intento de llegar más lejos, y más alto, claro está, que el común de los mortales. Al final le dice, “que al mar de tu sepulcro se destina/ gran honra le será…” El honor y la memoria de los hombres, con creces,  justifican el intento. Para la tradición clásica que antecedió al Barroco, representada en España por Garcilaso, tal vez el primero de sus poetas, Ícaro, su ejemplo, no es tan encomiable. En su “Soneto XII”, el vate de Toledo acude a los mitos simétricos de Ícaro y Faetón para advertir sobre los riesgos de la desmesura y la sinrazón del proyecto amoroso que signa la irracionalidad. La pérdida de la capacidad de racionalizar llevó a la ruina a ambos jóvenes míticos. El deseo como enfermedad terminal: “Si para refrenar este deseo/loco, imposible, vano, temeroso”.  Una de las mejores convenciones renacimentales, reiterada por Ficino en sus comentarios, es el insoluble enfrentamiento entre la pasión erótica y la razón. No de balde, el Renacimiento, entre otras cosas, es el regreso triunfante del viejo Platón, como consigna Rafael en una de sus “Estancias”. Otra de las tantas convenciones del período es la llamada “exphrasis”, que pretende que el poeta diga con sus versos lo que el artista o escultor expresó en imágenes plásticas. Garcilaso fue uno de los más altos exponentes del recurso, como lo demostró en su exquisita “Egloga Tercera”. En el mismo “Soneto XII”, refiere que fue observando sendas pinturas sobre Ícaro y Faetón, que se dio cuenta de lo inútil de un proyecto signado por la desmesura:

¿qué me ha de aprovechar ver la pintura
de aquel que con las alas derretidas
cayendo, fama y nombre al mar ha dado,

y la del que su fuego y su locura
llora entre aquellas plantas conocidas
apenas en el agua resfriado?

 ***

Ícaro en el siglo XX

El XX, tan parecido al XVII de Villamediana y Góngora, demostró indudable simpatía por el zambullido personaje cretense. No lo vio como uno de los grandes héroes precisamente. Para el novecientos, el gran héroe fue Ulises, tramposo y sanguinario. No Héctor ni Néstor, demasiado decoroso el uno y demasiado viejo el otro. Tampoco creyó que fuese condenable su aspiración solar. Al fin y al cabo, un viaje inútil a la luna se contó entre sus proyectos más acariciados. En la versión más digna de memoria, la de W.H. Auden, el verdadero protagonista no es el alado y efímero joven-pájaro, sino la sociedad ante la cual Ícaro ofreció su lastimoso espectáculo. Auden es el autor de la mejor exphrasis de la lírica inglesa moderna, como lo fue Keats de la romántica. La suya tuvo como premisa una de las experiencias pictórica más complejas de la pintura post-renacimental. Es la que nos ofrece el Musée des Beaux Arts de Bruselas cuando nos paramos frente a la tela de Brueghel donde se narra la famosa caída. Auden, como todo el mundo en la primeras tres cuartas partes del siglo XX, incluyendo a Mussolini y a Hitler, tuvo su tiempo socialista. Lo que llamó la atención de Auden y, antes, del mismo Brueghel, fue la indiferencia de los ciudadanos el día del humeante accidente, ocupados como estaban en sus cotidianos menesteres y miserias pequeñas. La que sigue es la versión del estimado José Emilio Pacheco de uno de los pocos poemas en inglés del novecientos que considero inmortales.

Musée des Beaux Arts

Acerca del dolor jamás se equivocaron
los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
su función en el mundo. Cómo llega
o nada más camina sin objeto.

Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
el Nacimiento milagroso, habrá siempre
niños sin mayor interés en lo que ocurre,
patinando en el estanque helado a la orilla del bosque.

No olvidaron jamás
que el eterno martirio ha de seguir su curso,
irremediablemente, en sórdidos rincones
donde viven los perros su vida perra
y el caballo del verdugo se rasca
las inocentes grupas contra un árbol.

Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
con qué serenidad
todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
el rumor de las aguas y el grito inconsolable;
pero el fracaso no lo conmovió:
brillaba el sol como brillaba en el cuerpo blanco
al hundirse en las aguas verdes.
Y la elegante y delicada nave
debió haber visto lo asombroso:
la caída de un hombre que volaba.
Mas el barco tenía un destino
y siguió navegando en calma.

 

Mi Ícaro, para nada posmoderno, es un héroe existencial. Un personaje de Camus. Pienso que el hijo de Dédalo, el supremo arquitecto, se sintió, como todos los que somos, “arrojado de raíz” al mundo. Nadie le preguntó si quería pertenecer, o no, la compañía del teatro del mundo. Para nada fue consultado ni enterado de las atroces condiciones que le esperaban. Se vio, como todos, en la necesidad de encontrarle algún sentido a su condición absurda e inevitable. No entendía qué ganaba la vida con llevárselo un día de lluvia cualquiera. Y cuando fue dotado por el bueno de su padre por los cerúleos instrumentos de vuelo, pensó que sería mezquino emplearla sólo para escapar de la ira de un rey traicionado. El sol estaba en lo más alto con todo su brillo y esplendor. Era la gran oportunidad para liberarse del destino de Sísifo que vivimos todos. Un hombre se decide en sus decisiones. Es un dicho que se le atribuye a Jean-Paul. Ícaro decidió y por eso lo admiramos. Fue, probablemente, la única vez que se sintió libre. Era ahora o nunca. Al caer, Ícaro sintió que había valido la pena haber nacido.

Caracas, miércoles 15 de mayo de 2013.

Alejandro Oliveros 

Comentarios (1)

raul verbin
22 de noviembre, 2013

Dime con quien andas y te diré quien eres: Se te pegó el loco !!. Recuerdo lo de Rouseau de que el niño nace bueno y el entorno lo vuelve loco.

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