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Blog de Alejandro Oliveros

Páginas del diario: Bachmann, Kitano y Ednodio Quintero; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 9 de Mayo, 2013
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Una mañana cenicienta y nostálgica, con su luz húmeda y lechosa. Días de lluvia en el trópico, con su escritura de vida y muerte. Los campos verdean mientras los cerros se vienen abajo en la ciudad.

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Dichtende Maerchenprinzessin mit scharfem Verstand

Bachmann. Diario de Guerra.

De Milán, editado por Adelphi, lo cual no es sino obvio ya que Roberto Calasso fue su amigo, me traje el Diario de guerra, de Ingeborg Bachmann, inédito hasta 2010, cuando fue publicado por Suhrkamp en Alemania. A pesar de su título, que me hizo esperar un volumen más extenso, no son más que un puñado de páginas, veinte en total, escritas durante las últimas semanas de la ocupación nazi de Austria y las primeras de la liberación por parte de los ingleses. Bachmann tenía dieciocho años en aquel 1945 acontecido, adolescente tardía, puer aeternus para siempre. En unos cuantos desnudos párrafos, describe la criminal demencia de las autoridades de su país, empeñadas en inmolar sus juventudes de acuerdo al delirio de los jefes en Berlín, con órdenes tan absurdas como la de cavar, bajo los más feroces ataques aéreos, inútiles trincheras para detener a nadie. A la caída de los nazis, la nueva y sombría amenaza de la soldadesca soviética, ebria de venganza y vodka, antes de ser relevada por los británicos:

Los rusos están en Viena y probablemente en Stiria. Con Issi (su mejor amiga) he hablado de todo esto. La cosa no es tan simple. No sabe si podrá traerse algo del armario de los venenos. Ambas estamos aterradas por los rusos. No quiero creer en todo lo que se dice, pero nadie sabe qué van a hacer con nosotras, si nos van a dejar aquí o seremos llevadas a Siberia. En este momento solo podemos esperar lo peor.

Pero estamos en mayo y el sol, con sus milagros, se ha asomado a Austria en medio de los bombardeos más brutales, y esta adolescente iluminada, a toda la destrucción del mundo, opone su fe en la vida y la literatura:

¿Qué harás, dios mío, si yo muero? No me atrevo a salir del refugio. Los Tschöner han muerto. En la calle no queda nadie, pero los días están llenos de sol. Saqué una silla al jardín y me puse a leer. Me he prometido seguir leyendo aun bajo las bombas. El libro de horas, de Rilke, está todo ajado y lleno de grasa. Es mi único consuelo, con Baudelaire. “Dentro de poco caeremos en las frías tinieblas, adiós claridad”. Me lo sé de memoria. Ayer, el peor bombardeo que se haya visto por aquí. En el centro de la ciudad, el espectáculo debe ser terrible e incluso aquí parece el fin del mundo. Pero no tengo miedo, sólo una sensación física cuando caen las bombas, una especie de espasmo dentro de mí. Pero ya tengo el testamento en mi corazón. Tal vez sea imperdonable permanecer aquí contemplando el sol. Pero, por lo menos, morir en el jardín. Por lo menos al sol.  

Llega el verano del ’45, Viena  en ruinas enfermas y corruptas, con su fauna  de Harry Limes hurgando entre los escombros moribundos, y los millones de refugiados acompañando a Anna Schmidt en el camino hacia la nada. Pero, para la joven Ingeborg, es el verano de su primer amor, no importa lo fugaz que va a resultar, como resultan siempre estas experiencia iniciáticas:

Es el verano más bello de mi vida y si tuviera cien primaveras y veranos  estos seguirían siendo para mí los más hermosos… Díos mío, quien habría pensado hace apenas unos meses que seguiríamos estando vivos? He recomenzado a caminar sola para soñar con magníficos sueños. Voy a estudiar, a trabajar a escribir! Porque estoy viva, viva. Oh, dios, estar libre y vivir incluso sin zapatos, sin pan o mantequilla, sin medias. Pero qué importa, son tiempos estupendos!

Hay tanto de goetheano en esta actitud. Es el destino de los pueblos germanos, mirar hacia el sur, hacia el Mediterráneo de griegos y latinos. Cuando lo olvidan, en eso que llamo el “Síndrome de Goethe”, que consiste en olvidar el modelo del maestro de Weimar y perderse en utopías milenaristas al amparo dudoso de las nieblas del Mar Norte, los alemanes sucumben en un reiterado Götterdämmerung.

A comienzos de junio de ese 1945 marcador, Ingeborg es llamada por los servicios británicos de inteligencia para un interrogatorio. La nueva inquisición quiere saber hasta que punto estuvo involucrada con las juventudes hitlerianas de su país, a las cuales nunca perteneció a pesar de las simpatías de su padre. Lo que sigue es otra fascinante y dolorosa historia de post-guerra, el material de alguna ficción nunca escrita por Graham Greene o Hienrich Böll. El cuestionamiento  se lleva a cabo en alemán, idioma que Jack Hamesh, el soldado encargado de hacer las preguntas, habla a la perfección con un “fuerte acento vienés”. Enseguida nos enteramos de su lamentable y no del todo inusual historia. En efecto, Hamesh, cuyo verdadero nombre  era Jakob Fünfer, había nacido en Viena en 1920 (año, también, del nacimiento de Paul Celan, Paul Antschel)  y pudo huir con otros “afortunados” niños y jóvenes a Inglaterra, en un doloroso traslado que detalla Sebald en alguna de sus “ficciones”. Sus padres se perdieron en algún campo de concentración y regresó a su Viena natal como soldado de Inglaterra, el  segundo, aunque no el último, de “sus” países.

La relación de Ingeborg Bachmann con Jack Hamesh, buen lector, como ella, de Mann, Zweig y Hoffmanstahl, se advierte como una prefiguración de la que establecerá con otro judío, el malogrado vate rumano Paul Celan. Ambos, Jack y Paul, enamorados de esta musa germana, hacia la cual se sienten atraídos en una vinculación  arquetipal inversa a la de Arendt y Heidegger. También para Hamesh se trata de una iniciación amorosa. Ingeborg da cuenta de la suya en el diario: “Nadie antes me había besado la mano. Estoy tan confundida y feliz. Cuando se fue, ya era de noche y lloré y pensé que más nunca me iba a lavar la mano”. Pero Hamesh, en un decisión, como la de tantos otros, decide abandonar Europa en busca de su “tercer país”, que encuentra en una Palestina ajena, en un Israel todavía no inventado. Mucho más tarde, hablando del personaje de una de las narraciones recogidas en Ansia, Bachmann parece estar hablando de su efímero amigo:

… pero un día me llegó la hora de partir y le dije adiós. Era a finales de otoño. De los arbustos caían bayas maduras y los corderos bajaban del monte con hambre y frío, porque el viento había barrido la hierba de los prados altos. Sobre raíles de plata me llevó el tren. Llegué a la frontera de noche. Los guardias me confiscaron el equipaje. Allí tenían otra moneda y mi dinero carecía de valor…Pero ahora vuelve a mí una melodía traída por el viento, una llamada a la que no es posible negarse y que suena muy cerca como si me saliera del corazón, estremeciéndome el cuerpo, como si las colinas otoñales oprimieran mi pecho palpitante y el límpido cielo penetrara en mí para matarme…

¿O es el son del pequeño cencerro de mi nostalgia que tropieza con  las matas, buscando las bayas rojas y maduras del año pasado? ¿O llegan estos sonidos de la vibración de los raíles que relucen al sol del ocaso y me llevan a las barracas del río y, de allí, a la esfera solar, como una gran estación que se hunde en el horizonte y acoge en el cielo a todos los viajeros? 

Bachmann fue el más inspirado de los poetas de lengua alemana del novecientos. Su lírica y su prosa son una iluminación permanente. Escritores como ella son improbables. Pueden ser más dilatados, como Musil o Mann, pero no más iluminados. Esa rara raza a la que pertenecen otros pocos, como Yeats, Dylan Thomas, Ajmatova o Ungaretti. En su puñado de páginas, el de Bachmann es uno de los diarios más estremecidos y hermosos de todo el siglo XX.

Caracas, viernes 3 de mayo de 2013

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crítica-el-verano-de-kikujiro

Después de muchas postergaciones he podido ver El verano de Kikujiro, la conocida cinta de Takeshi Kitano estrenada en 1999. Se trata del  viaje de iniciación de un niño japonés de seis años, Massao, huérfano de padre, que emprende la búsqueda de su madre, quien lo abandonó apenas nacido. Un film hermoso, cómico y dramático, recorrido por un rico y bien administrado simbolismo, donde las imágenes son utilizadas con sabiduría y discreción, que vienen a ser lo mismo, sin el “imagismo” tan al uso a finales del siglo XX. El “Virgilio” de Massao no es otro que el inefable Kikujiro, exmafioso, atorrante, chulo y vago, quien lo lleva y lo trae no sin antes conocer los umbrales del infierno y las luces tan distantes del cielo. El círculo se cierra y Massao vuelve con sus abuelos, con la intuición de que la vida es mucho más que una madre ingrata.

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Esta noche, reunión con un grupo de amigos para agasajar al querido Mario Jursich, director de El Malpensante, que estará con nosotros unos pocos días para presentar su libro sobre la salsa colombiana, de cuyo dominio puedo dar fe después de compartir con él alguna de esta música en las noches de Cartagena.

 Caracas, sábado 4 de mayo de 2013

 

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ednodio

Comienzo a leer El hijo de Gengis Kahn, la última narración publicada por Ednodio Quintero, a cuya presentación lamento no haber asistido. Pero, en cambio, tuve la oportunidad de acudir a un par de sus charlas sobre cultura y literaturas japonesas, auspiciadas por el buen amigo H.S. durante décadas. Ednodio se ha dedicado al estudio sistemático de la cultura nipona y es hoy uno de sus mejores conocedores en nuestra lengua. Lo conocí apenas el año pasado, durante una visita a un un centro de detención militar. Desde entonces, nos guardamos el afecto propio de dos personas destinadas a ser amigas. No son pocos los rasgos comunes y las afinidades electivas. Nos hemos leído mutuamente y lo seguiremos haciendo. Muchos de sus amigos han sido los míos, algunos de ellos ya desaparecidos, como Juan Sánchez Peláez. Apenas he comenzado con la lectura de su libro más reciente, ya fascinante y encantatoria. Desde el vientre de su madre, el hijo del gran Kahn nos revela las incidencias de la corte tártara de la manera más cinematográfica. El hijo de Gengis Kahn sólo espera un talento parecido al de Bertolucci para que lo lleven a la pantalla. Mientras, nos quedamos con  la más musical de cuantas prosas  que se escriben en Venezuela:

El ejercito de mi padre avanza por las estepas como una bandada de langostas. Soy el hijo de Gengis Kahn. Y aunque todavía no he nacido, veo las espaldas color púrpura de los guerreros, veo banderas y estandartes flameando entre nubes de polvo, veo las líneas de mi destino abrirse como un abanico de esplendor e iniquidades delante de mí. Y desde el lugar en que me encuentro, que se sepa de una vez: en el vientre tibio de mi madre, flotando en un pozo de aguas claras que me permite realizar algunos movimientos con comodidad; desde esta burbuja, cristalina por su transparencia y refractaria a la intemperie, que me preserva de todo mal, entono mi canción. 

Valencia, lunes 6 de mayo de 2013

Alejandro Oliveros 

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