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Nuestro contemporáneo Eurípides; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 1 de octubre, 2016
Fotografía de Serguei tomada de Flickr. Haga click para ver las fotografías del autor

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Ningún dramaturgo, antiguo o moderno, más criticado que Eurípides. Nietzsche le atribuyó, entre otras infamias, nada menos que la muerte de la tragedia. Ya en vida, en plena actividad creadora, cuando escribía obras maestras como Medea o Troyanas, fue el blanco reiterado del juicio adverso de sus contemporáneos. Aristófanes, el más conocido de sus críticos, debería decir, el más implacable, lo convirtió en uno de los protagonistas de Las ranas, la mejor de sus comedias, donde aparece, en pleno Hades, recibiendo despiadados ataques, entre otros los del gran Esquilo:

ESQUILO: ¿De qué crímenes no es autor Eurípides? ¿No ha sido él
quien puso en escenas, alcahuetas, mujeres parturientas en los lugares
sagrados, hermanas incestuosas y otras que dicen que la vida no es la
vida? De esta manera nuestra ciudad se ha plagado de seudo-poetas
y bufones, especie de monos que mantienen al pueblo engañado

 La opinión del gran comediógrafo era compartida por los atenienses que frecuentaban los escenarios de Atenas, Epidauro o Siracusa, los mismos que habían celebrado las glorias de Esquilo y Sófocles. Aristóteles, por su parte, le criticó el uso del deus ex machina y la disminución del papel del coro en sus últimas obras, pero nos dejó el más envidiables de los juicios y el más inquietante: “Eurípides fue el más trágico de los poetas trágicos”. Es cierto que le tocó a nuestro poeta ser el autor de las últimas tragedias conocidas, aunque esta es una circunstancia cronológica, no literaria. Ni él ni nadie podía ser escribiendo tragedias en aquella Atenas cada vez más atea y escéptica, y ya se sabe que la tragedia es, en esencia, una experiencia religiosa. Grecia, por lo demás, no era la de Esquilo y Sófocles, la que había vencido heroicamente a los infinitos persas; la de Eurípides era una nación que se desmembraba en una insensata guerra civil.

La fortuna crítica de Eurípides habría de cambiar durante los siglos bizantinos. Sus eruditos tuvieron el celo suficiente para conservar dieciocho de sus dramas, mucho más de lo que se conserva de sus dos ilustres contemporáneos. La Edad Media europea es posible que no se haya enterado de la existencia de Eurípides, no de las de Esquilo y Sófocles, por lo mismo. Lo que ha sobrevivido de sus obras es lo que se salvó de Alejandría y de los estragos sin fin de la Cuarta Cruzada. Los monjes en sus abadías en toda Europa se dedicaron a copiar otros textos, como los de Horacio o Virgilio, más accesibles. Durante el Renacimiento comenzó la difusión de los clásicos; no obstante, el desconocimiento de la lengua griega seguía siendo precario. Es inolvidable, y conmovedora, la carta de Petrarca al sabio bizantino que lo había privilegiado con el regalo de un ejemplar de los poemas homéricos. Allí, no sin amargura, el laureado autor de Triunfos confiesa su incapacidad de acceder a la poesía de Homero por el desconocimiento del idioma. Tampoco sabía griego Shakespeare, pero conocería a Eurípides, y lo aprovecharía, de la mano de Séneca, cuyas brillantes adaptaciones de las tragedias del dramaturgo ático, en las cuales se extremaba el patetismo y la crueldad, fueron sabiamente utilizadas por el bardo inglés y sus contemporáneos. Fedra y Medea explican a Ofelia, Desdémona, Cordelia y Lady Macbeth. De la lectura de la Antígona de Sófocles sólo pueden salir más Antígonas.

La recepción de la obra de Eurípides volverá a estar comprometida durante el XVII, francés, “el siglo de Luis XIV”, con sus trágicos Corneille y Racine. Pero esta vez lo acompañaron, una de las pocas veces, Esquilo y Sofócles. No otro que Voltaire llegaría a escribir que la grandeza de sus compatriotas dejaba atrás la de los griegos: “Revelaría una alarmante falta de criterio no darse cuenta de que el teatro francés, por su inventiva, la estructura de sus obras y muchas otras virtudes es superior a la de los antiguos”. Parecidas, o más entusiastas, fueron las opiniones de distinguidos escritores como Charles Perrault o Madame de Staël, Diderot y los enciclopedistas. Tengo que reconocer, sin embargo, que el más favorecido con estos juicios, que fue Racine, supo reconocer sus limitaciones y su deuda enorme con Eurípides al escribir su Fedra: “Le debo lo mejor que he hecho en teatro”. Y, en contra del criterio de sus contemporáneos, escribió: “Deberíamos aspirar a que nuestras obras fuesen tan sólidas y llenas de consejos útiles como la de los poetas griegos”. Es poco obvio que este desacuerdo haya sido la única razón, pero ayuda a entender porqué Fedra gustó tampoco y Racine tuvo que abandonar el teatro por una larga docena de años.

No le irá mejor a Eurípides durante el romanticismo, al menos durante los años de aparición en Alemania. Una vez más será el objeto de las reservas de los más entusiastas ideólogos del movimiento, los muy influyentes, y brillantes, hermanos William y Friedrich Schlegel, fundadores de la moderna crítica literaria. Antes de encargarse del poeta griego, consideraron necesario un ajuste de cuentas con los franceses del seiscientos. Y antes, Lessing, había escrito: “Los fundamentos de la tragedia francesa son absolutamente falsos, sus premisas son arbitrarias y equivocadas; el aparente intento de restaurar la antigua tragedia fue un completo desastre y, en conjunto, se trata de una manifestación hueca y vacía”. Los Schlegel también criticaron a Aristóteles por no mencionar en su análisis de la tragedia a la religión, origen y fundamento de la tragedia. Pero sus críticas más devastadoras las guardaron para Eurípides, por supuesto:

Esquilo conjuró titanes e invocó a los dioses;
Sófocles con mucha gracia presentó héroes y heroínas;
Mientras que Eurípides, buen sofista, chismorrea en el mercado

 Estas líneas fueron conocidas por todos los jóvenes románticos alemanes. Pero también por Goethe, fiel admirador de Eurípides, quien expresó que “Si un escritor moderno, como Schlegel, encuentra algo que reprocharle a un escritor antiguo de semejante grandeza, debería hacerlo de rodillas”. Pero no todo fue crítica por parte de los hermanos alemanes y Friedrich, el menor de ellos, reconoció la importancia del griego en sus influyentes “Conferencias sobre el arte dramático y literatura” y, más tarde, en “Comparación entre la Fedra de Racine y la de Eurípides”. Muchas de las críticas de los Schlegel van a ser conocidas como méritos por la crítica de nuestro tiempo. Como cuando no le perdonaban por haber sido el primero que presentó el amor como protagonista de una tragedia. Y esta es otra de las contradicciones que abundan en el movimiento romántico y que forman parte de su esencia: ¿cómo criticar a Eurípides por un atrevimiento que es tan frecuente en Shakespeare, para los alemanes el más grande de los trágicos modernos? Aristóteles, como hemos dicho, escribió que Eurípides era el más trágico de los poetas trágicos. Del mismo modo podríamos decir que es el más shakespereano y, por lo mismo, el más moderno.

En cuanto a las difundidas opiniones de Nietzsche incluidas en El nacimiento de la tragedia y en sus Fragmentos póstumos, no deberían ser considerados sin tomar en cuenta las opiniones de los Schlegel, ampliamente utilizadas por el gran pensador y apenas mencionadas en El nacimiento. Nietzsche retoma la concepción de August Schlegel según la cual la tragedia evolucionó siguiendo un orden trifásico: nacimiento (Esquilo), plenitud (Sófocles), decadencia y muerte (Eurípides), y reitera el reclamo, ya mencionado en Poética, del descuido del coro en la obra tardía de Eurípides. De acuerdo con su criterio, sólo en Esquilo se cumplirían todos los requisitos del drama dionisíaco. Eurípides sería justamente lo opuesto. En su apasionada apología de Esquilo aborda Las bacantes de manera parcial, negándose a reconocer todo lo que de dionisíaco se encuentra en esa tragedia. En todo caso, como recuerda el profesor Albert Heinrichs (The Last of the Detractors: Friedrich Nietzsche’s Condemnation of Euripides), su concepción de lo dionisíaco —la unidad del hombre con la naturaleza, la emergencia de lo individual en medio de lo colectivo—, lo debía, en buena parte, a las descripciones del Mensajero en Bacantes. Nietzsche, como los Schlegel, incurre en más de una contradicción, y, como se sabe, contradecirse es un atributo romántico. La influencia de El nacimiento de tragedia, con estas y otras limitaciones, ya reseñadas por Willamowitz-Mollendorff, el estricto compañero de estudios del filósofo, se va a sentir a lo largo de buena parte del XX. A las intuiciones nietzscheanas sobre el elemento dionisíaco en la cultura griega, se debe lo mejor de los estudios de la admirada Escuela de Cambridge, desde Gilbert Murray y Jane Harrison a E.R. Dodds, autor de la edición anotada de Bacantes (Oxford University Press) el más formidable homenaje que se le ha hecho al dramaturgo en nuestro tiempo. Paradójicamente, todos estos autores continuadores de Nietzsche, fueron grandes defensores de la grandeza de Eurípides. Pero ningún dramaturgo, antiguo o moderno, más criticado que el autor de Troyanas. Y, así, bien entrado el siglo XX, frente a opiniones como la de Albin Lensky, quien consideraba a Ifigenia en Áulide como uno de los mejores dramas de Eurípides, se opone la de otro distinguido especialista, el profesor H.D.F. Kitto, para el cual el hijo del dramaturgo le habría hecho un flaco favor a su padre al montar, de manera póstuma, esta obra indigna de su genio. Estas asimetrías, no muy distintas a las que han acompañado la fortuna crítica de Shakespeare, han ciertamente contribuido a que, a estas alturas del XXI, entendamos a Eurípides como nuestro contemporáneo.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (1)

Elisabeth Roosen
2 de octubre, 2016

Querido Profe: las cosas buenas se hace esperar …. gracias por su buen ensayo!

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