Blog de Alejandro Oliveros

Notas sobre un gran poeta olvidado; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 26 de agosto, 2017
Paul Claudel

Paul Claudel

                                                            Time will pardon Paul Claudel
Pardon him for writing well.

W.H. Auden

Pocas cosas más mortales que la inmortalidad de los poetas. ¿Quién, en estos días violentos, se ocupa del exquisito Alfred de Vigny, que un tiempo fuera seguido y admirado por toda una generación de lectores? ¿O al más remoto Nahum Tate, de habilidades prosódicas, que le valieron la comparación con el mismo Shakespeare?

Algo es cierto: la gloria de hoy no garantiza la de mañana. La inmortalidad es una paradoja, diría Borges.

Vuelvo sobre esto a propósito de Paul Claudel, del cual, en una librería de viejo, en un perdido pueblo de Provenza de cuyo nombre no alcanzo a acordarme, encontré, al azar, sus Morceaux choisis (Fragmentos escogidos) en la edición de 1925. Si algo se sabe de Claudel es que no es el poeta francés más leído en la actualidad. Ni mucho menos. Sin embargo, en las primeras décadas del XX era de lectura obligatoria, y su extendida influencia llegó hasta Saint-John Perse, su mejor lector e imitador, tanto que le valió el Premio Nobel de Literatura, y quien nunca reconociera la indudable influencia, por lo menos desde 1910, cuando no otro que André Gide recomendó a Claudel la lectura de unos textos de Perse, los cuales estaban “violemment influencé pour vous” (“fuertemente influenciados”).

Hay que reconocer, sin embargo, que Perse fue el primero en participar en el homenaje que la Nouvelle Revue Francaise rindiera a Claudel a raíz de su muerte en 1955. El olvido de Claudel es una de las consecuencias más lamentables de los excesos de la vanguardia y las ideologías. Claudel cometió, al menos, dos faltas imperdonables para los ideólogos de la vanguardia. El primero fue haberse convertido al cristianismo desde muy joven, algo imperdonable para la comunidad atea de la modernidad, que se sentía más atraída por la iglesia comunista que por la católica. También Max Jacob se convirtió, sin dejar de ser aceptado por sus compañeros de generación. No obstante, lo que en Claudel parecía imperdonablemente reaccionario, en Jacob se consideraba como un signo más de su extravagancia modernista. También es verdad que la poesía del gran amigo de Picasso en los tiempos del Bateau-Lavoir, nunca estuvo al servicio del catecismo cristiano, como repetidas veces se manifestó la de Claudel. André Breton, de intachable formación cristiana, hasta que se convirtiera a una suerte de ateísmo nietzscheano, nunca se lo perdonó. Y aun menos la segunda falta de Claudel, acaso la más grave, cual fue la de referirse a los surrealistas como un grupo de pederastas, probablemente aludiendo a la homosexualidad de René Crevel y Louis Aragon.

En una carta pública firmada por los más destacados miembros del movimiento, los jóvenes surrealistas, a la cabeza de los cuales estaba Breton, cuya homofobia no era menor que la de Claudel, se le acusaba de canalla, defensor de los más oscuros intereses y una muestra de que no era posible ser embajador de Francia y poeta. Claudel, como era de esperar, encontró numerosos admiradores y críticos favorables entre los sectores menos sectarios de la literatura europea, aunque no precisamente los grandes ideólogos de la dictadura moderna, casi siempre obedientes a los mandamientos de Moscú.

Claudel, quien nació en 1868, a finales del XX conoció repentina notoriedad por ser el “hermano malo” (y en realidad lo fue) de Camille Claudel, heroína del popular film de Bruno Nuytten. No obstante, solo su carrera diplomática es digna de una biografía en varios tomos, como lo reconoció la revista Time en una de sus codiciadas portadas. Cónsul en Nueva York a los 25, llego a China, en su primera viaje, dos años después. Al Lejano Oriente volvería en varias ocasiones, hasta ser nombrado embajador en Japón. A partir de estas experiencias escribió una de sus colecciones más permanentes, Connaisance de l’est, prosas poéticas sobre aquellos países cuya sintaxis habría de definir el futuro desarrollo del poema en prosa francés.

En Europa, fue diplomático en Alemania, de donde tuvo que salir huyendo al comenzar la Primera Guerra en Brasil. En América, estuvo en Brasil con Darius Milhaud de secretario. Durante la Guerra Civil española estuvo del lado del oprobio y, durante la ocupación, después de la misma ambigüedad de muchos de los intelectuales de su país, terminó oportunamente apoyando a De Gaulle. Mientras tanto, y de manera que sorprende, su producción no se detenía, como poeta y dramaturgo. Y fue precisamente como autor de teatro como más se le reconocería, a pesar de las condenas de los surrealistas y otras vanguardias.

Que como poeta sea un desconocido es cuestionable, pero ignorar su dramaturgia no parece sensato. Se trataría nada menos, según George Steiner, de uno de los dos dramaturgos más importantes del siglo XX. El otro es Brecht, naturalmente. Y, en la opinión de Lacan, sus dramas superan a los trágicos griegos en intensidad dramática. La mejor de sus muchas obras, y la más larga, es Le soulier de satin (La zapatilla de satén) que, en su versión original, dirigida por Jean-Louis Barrault (“L’oeuvre plus shakesperienne du theatre francais”) se extiende por once horas y, en la resumida, también de Barrault, y es la que conozco, llega a cinco.

Es un teatro con mucho de fantástico, a lo Maeterlinck, trágico a lo Eurípides, y con no poca de la mejor poesía escrita alguna vez en francés, como reconoció el crítico de The Guardian al reseñar el montaje integro en el Festival de Edimburgo de 2004. Otros dramas como Tete d’or también fueron dirigidos por Barrault, hasta Partage de midi, donde dramatiza sus juveniles relaciones de cuatro años con la talentosa Rosalie Vetch.

Aun olvidado, Claudel sigue siendo el más interesante poeta francés del siglo XX. Sus Cinco grandes odas serian suficiente para sostener este juicio, pero otra serie de admirables poemas no hacen sino confirmar la opinión. Como su Verlaine, una estremecedora crónica sobre Verlaine, al cual conoció, o las piezas sueltas que incluyen baladas y otras formas menores. La dicción de Claudel es la más novedosa, lo que sirvió de fundamento a buena parte de la mejor lírica francesa contemporánea (Cendras, Blanchard, Michaux, Ganzo, De la Tour du Pin hasta Bonnefoy).

Fue uno de los primeros en cuestionar la tradición métrica en la cual habían escrito desde Racine hasta Apollinaire, sustituyéndola por un versículo sin rimas, más cerca de los Salmos que del alejandrino clásico. Esta sintaxis es la utilizada para sus poemas breves lo mismo que para sus obras de gran aliento, como “Magnificat” una de sus Cinco grandes odas, y uno de los mejores poemas del siglo XX en cualquier idioma. Allí canta y cuenta uno de los episodios que marcaron su larga y acontecida existencia. El asunto es el memorable momento de su conversión en Notre Dame, la noche del Ano Nuevo de 1886, justo cuando el coro comenzaba a cantar, acompañado por el formidable órgano de la iglesia, el imponente Magnificat.

De todas las versiones intentadas al castellano de este épico canto, todavía la mejor sigue siendo la del argentino Ángel J, Battistesa, recogida en su también olvidado libro El poeta en su poesía. La inmortalidad es caprichosa, pero en el caso de Claudel, a pesar de las efímeras condenas de una vanguardia amparada en la más espuria de las ideologías, la comunista —que hemos llegado a conocer de manera trágica— está más que asegurada; no solo por su imponente teatro, sino por la más musical y brillante de las poesías escritas en su parlar materno.

BALLADE

Nos hemos ido muchas veces, pero esta es la definitiva.

Adiós a todos los seres que nos aman, el tren no espera.

Esta escena la hemos repetido muchas veces,
pero ahora es definitivo.

Pensaban que no podía irme para siempre, pero estaban errados.

Adiós, madre, ¿para qué llorar como quien no tiene esperanzas?

Lo que no puede ser de otra manera, es indigno de nuestras lagrimas.

¿Acaso olvidas que soy una sombra pasajera, y tu misma sombra y presencia?

No regresaremos para estar contigo.

Y atrás dejamos todas las mujeres, las esposas y las otras y las novias.

También los embarazos de las mujeres y los niños,
aquí nos sentimos solos y ligeros.

Sin embargo, en este momento ultimo, en esta hora solemne y sombría,

Déjame ver de nuevo tu rostro antes de morir en el extranjero.

Antes de que deje de existir, déjame ver tu cara que pertenecerá a otro.

Cuida el niño que nos ha nacido, mi alma y mi carne,
que le dirá padre a un desconocido.

No volveremos a vernos.

Adiós amigos, hemos llegado demasiado lejos para merecer la confianza.

Solo un poco de miedo y diversión.

Este es el país que no hemos dejado, familiar y amistoso.

Nuestro conocimiento es algo que nos alegra. La inutilidad
del hombre y el muerto en el que se creía vivo.

Te quedas con nosotros, conocimiento certero,
posesión devoradora e inútil.

Déjame irme, ¿acaso no me dejarás tranquilo?

 

ENVOI

Tú te quedas y yo ya estoy a bordo, la tabla entre nosotros
ha sido retirada.

No hay sino un poco de humo en el cielo, no volverás a verme a tu lado.

Lo único es el sol eterno de Dios sobre las aguas creadas por el mismo.

No volveré a estar a tu lado.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

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