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No sólo una comedia / “Sin palabras” de Edward St. Aubyn; por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 18 de junio, 2016
No sólo una comedia Sin palabras de Edward St. Aubyn; por Patricio Pron 640

El escritor Edward St. Aubyn, fotografiado por Timothy Allen.

Aunque el resultado casi siempre catastrófico de los premios literarios no sólo hispanohablantes es atribuido por lo general a las intenciones aviesas de ciertos editores, a los aspectos económicos y políticos que condicionarían su concesión y/o a un estado penoso o lamentable de la literatura contemporánea, lo cierto es que la mayor parte de las veces la catástrofe es inevitable antes incluso de que se lea una sola página y está toda en potencia en la conformación de los jurados de esos premios. El del Elysian, por ejemplo, está constituido por un parlamentario británico cuya carrera se ha ido a pique y no está dispuesto a “dejarse mangonear por escritores, académicos, editores, lectores, periodistas, libreros y críticos literarios” (60), es decir, por cualquiera que sepa algo de literatura; una académica de “Oxbridge” empeñada en dejar claro que sólo le interesa la literatura “buena” (que, naturalmente, no puede definir); una empleada del ministerio de Asuntos Exteriores que desea complacer a su empleador, y recuperar el amor de su hija (y de paso cenar en el Ritz parisino al menos una vez); un actor que no se toma el trabajo de leer las novelas y una “personalidad de los medios de comunicación”: todo esto está tan mal de tantas formas distintas que es imposible siquiera empezar a hablar de ello.

El premio Elysian no existe, por supuesto (sí el Man Booker, que es su modelo); tampoco existen la empresa china escasamente transparente que lo financia, los jurados (que se ponen zancadillas unos a otros, mantienen agendas secretas mientras van cayendo en el agujero de la desesperación y el fastidio, tratan de ocultar el hecho de que no han leído ni leerán las obras) y los escritores patéticos que entran y salen del lecho de la brillante y no particularmente estable Katherine Burns y de la lista del premio: un ensayista francés aficionado a las paradojas y a la deconstrucción, un millonario indio obsesionado con matar al presidente del jurado (Salman Rushdie, la caricatura más evidente de la novela), un autor primerizo y enamorado, una mujer que ve con sorpresa cómo su libro de recetas se convierte por error en serio candidato al premio. Ninguno de ellos existe, pero su función en la escena literaria es tan intercambiable con la de otras tantas figuras en otros sitios que resulta difícil no leer esta novela como una obra que habla de aquí y de ahora, de personas y de situaciones que todos hemos conocido (en su versión provinciana, sin embargo) pero que sólo esta vez, convertidas en ficción, nos arrancan una sonrisa.

Al menos desde su publicación en español, Sin palabras ha sido leída como un simple entretenimiento. No lo es, como tampoco lo son, en el fondo, los epigramas de Oscar Wilde, las novelas de P.G. Wodehouse y Evelyn Waugh o los poemas satíricos de Philip Larkin. Es una comedia, y una muy divertida, por supuesto, pero en su fondo se percibe la mueca de amargo cansancio de Edward St. Aubyn ante un negocio que todos sabemos que debe mejorar, aunque no sabemos cómo y si esto es posible. Sin palabras es una sátira despiadada de la escena literaria no sólo británica, así como una parodia magnífica de sus peores y más frecuentes tendencias, una advertencia y un recordatorio.

Edward St. Aubyn
Sin palabras
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Barcelona: Literatura Random House, 2016

Patricio Pron 

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