Blog de Alejandro Oliveros

No resulta fácil para nuestros cuerpos dejar de ser venezolanos; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 29 de julio, 2017

 

Fotografía de Leo Álvarez / Haga click en la imagen para ver la galería completa

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MILAN, MARTES 25 DE JULIO DE 2017

Ocean Vuong

En la última entrega de Lettura, el estupendo suplemento literario de Il corriere della sera, una entrevista con Ocean Vuong, el joven poeta vietnamita-norteamericano, perteneciente a las generaciones del exilio. Nació en Ho Chi Minh, ex-Saigón, en 1988 y, apenas cumplidos los dos anos, sus padres decidieron que el doloroso destierro era menos doloroso que el comunismo que se había instalado en su país. Una conclusión a la que han llegado poblaciones enteras en todas partes del mundo, incluyendo Venezuela. Su padre había sido uno de los que, desde el servicio militar, había colaborado con la tragedia. Como refugiados vietnamitas, una forma más de segregación, fueron acogidos en los Estados Unidos para establecerse en Connecticut, difícilmente una geografía más diversa a la del sureste asiático. Su madre es una campesina cultivadora de arroz, y, como sus antepasados, analfabeta. Dice Ocean, “era como si la capacidad de lectura estuviese ausente de mi ADN”. No obstante, sus primeros contactos con la literatura deben ser envidiados. Expresiones de literatura oral, en la forma de los cantos de su abuela cuando era niño. Su mismo nombre, es una alegoría: Ocean, como el océano que los separo, a él y a su familia, para siempre, del país natal. Como buen desterrado, su primer libro, una colección de poemas, son los recuerdos de un país que perdió antes de conocerlo. Night Sky with Wounds at the Exit (Cielo nocturno con heridas al salir), ha sido distinguido con diversos premios en los Estados Unidos. Ahora, en Italia, la selecta editorial La nave de Teseo, lo acaba de publicar en una traducción de Damiano Abeni, ese es el motivo de la reveladora entrevista. A la pregunta inevitable de si se siente en los Estados Unidos como en su casa, Ocean: “En 2009 regrese por primera vez a Vietnam para el funeral de mi abuela. Era diferente a las historias que me contaba. Saigón era como Time Square y la violencia estaba en todas partes. Me sentí de nuevo como un inmigrante. Cuando regrese a Nueva York experimente un verdadero alivio. Aunque todavía hay sitios que me están vedados, como los barrios racistas, mi cuerpo me dijo claramente que si hay un lugar que puedo llamar casa, ese lugar es Estados Unidos”. Me pregunto lo que sentirán los cientos de miles de compatriotas cuando regresan a Venezuela después de muchos anos. La situación de Ocean no es excepcional, no son pocos los venezolanos en esas circunstancias. Tal vez lo diferente sea la reacción del cuerpo, el cual, como se sabe, tiene su propia memoria y es una de las más inquietantes. Con la poca experiencia que hemos tenido, hasta ahora, del exilio, tengo la impresión de que, para bien o para mal, no resulta fácil para nuestros cuerpos dejar de ser venezolanos.

Sobre su extraño nombre, el poeta le comento a su entrevistador:

Mi madre un día me dijo: Tu padre me obliga a que te de un nombre, pero
ahora él está preso. Podemos comenzar por el principio con un
nuevo nombre. Había aprendido esa palabra en la oficina de
asistencia a los refugiados observando un mapa. Allí entendió
que oceano, además de la inmensidad que había entre
Vietnam y los Estados Unidos, era también una forma de
estar conectados. Fue la primera vez que vi a mi madre
contenta por haber entendido el significado de una palabra.
Algo que nunca he olvidado. Años después cuando mis
compañeros  en el colegio se burlaban de mí, me pregunto si quería
cambiármelo. Le dije que no porque sabía que era algo
muy importante para ella.

El libro de Ocean contiene poemas notables, algunos dignos de memoria, y el conjunto me parece uno de los más conmovedores aparecidos en los últimos años en los Estados Unidos. Una lirica que puede ser culta, pero siempre cordial, recorrida por el dolor del destierro, impuesto por los costosos dislates de un mal gobierno. Con su delicada voz, que sugiere un acento extranjero, el poeta canta en una de sus piezas más hermosas:

Ocean, dont be afraid.
The end of the road is so far ahead
it is already behind us.
Don’y worry, your father is only your father
until one of you forgets.

Ocean, no tengas miedo. / El fin del camino está delante de nosotros / y ya esta detrás. / No te preocupes, tu padre no es más que eso/ hasta que uno de ustedes olvide.

MILÁN, MIÉRCOLES 26 DE JULIO DE 2017

El calor africano de los últimos días ha sido momentáneamente desplazado por un frente de temperaturas más gratas; por desgracia, de acuerdo con los pronósticos, esto no llegara al fin de semana. Mientras, la sequia se profundiza y las famosas fuentes de Roma han tenido que cortar sus juegos de agua, que han aliviado la sed de los caminantes desde los tiempos del imperio. Los viñedos han sido duramente afectados y en Toscana, en la región de Montepulciano, Chianti y Montalcino, los cálculos para este año son los más pesimistas. Los incendios forestales recuerdan a los de Venezuela durante el verano. Lo del calentamiento global va en serio; algo que no parece afectar al buffo que escogieron los estadounidenses como mandatario.

 

Alejandro Varderi

Alejandro me hace llegar un comentario suyo, a propósito de los 450 años de Caracas, publicado en la página digital Viceversa. Se refiere a sus primera experiencias capitalinas después de su infancia catalana. Confiesa, con discreta emoción, cómo se hizo caraqueño. Una condición que parece no haberlo abandonado a pesar de residir en Nueva York desde hace más de tres décadas. Allí lo conocí, en un diciembre helado a principios de los ochenta. No es mucho lo que nos hemos visto desde entonces; pero, tal vez lo de tocayos tenga algo que ver, el afecto ha sido bueno y constante. Alejandro nació en 1960, y su Caracas, desde los siete hasta entrados los veinte, es la ciudad que asombro a extraños de todas partes por su vitalidad social y política. En parte, fueron los anos de la violencia enajenada de una izquierda estrábica, y el éxito de las instituciones democráticas. Una Caracas, en palabras de Alejandro, donde reinaba “el barullo guachafitero de las avenidas, el bramido de sus dinámicas autopistas, y la grandiosidad de cines y centros comerciales iba alimentando el asombro del niño que era yo cuando Caracas cumplía 400 años de fundada”. Termina tristemente nuestro amigo su memoriosa crónica, aludiendo a la misma ciudad “convertida hoy en un infierno, dado el desespero del poder para seguir enquistado en sus entrañas, mientras los caraqueños siguen dándole espacio a la esperanza en medio del caos”.

Ednodio

También mi apreciado Ednodio Quintero me envía un comentario; esta vez el que escribió el escritor español Vila-Matas donde reconoce lo que todos sabemos, o deberíamos saber, que “este gran narrador ha construido un mundo literario cargado de una densa mitología propia, maravillosamente inventada, cuyo punto de partida siempre fue una imaginación aldeana elevada a la máxima potencia”. No debe ser fácil estar en desacuerdo con esta consideración. Por mi parte, a menudo me ocurre, leyendo a Ednodio, que siento la necesidad de precisar si es suyo lo que estoy leyendo, o se trata de una traducción de Alfonso Reyes de un texto de Stevenson o Chesterton. La prosa del amigo merideño, es la mejor de la literatura venezolana actual, y una de las mejores en castellano.

Venezuela 2017

Las noticias que recibo de Venezuela no pueden ser más inquietantes. Parafraseando a Shakespeare, es el material del cual están hechas las pesadillas. Donde todo se acoge a una lógica paradójica, donde A=B. Contradicciones en términos, asalto a la razón, desbordamiento de la más siniestra irracionalidad, en las cuales el sentido común parece abandonado a la vera del camino. Consecuencias todas de aquel “mal gobierno”, al cual se temía tanto a finales de la Edad Media. Tenían claro, sin embargo, los ciudadanos de las republicas italianas, que la única salida era dar cuenta de los responsables de esa deriva perversa. Los malos gobernantes no tenían “perdón de Dios”. No siempre fue considerado necesario el dialogo. El protagonista del mal gobierno lo seguiría siendo del mal dialogo. No creyeron siempre que un acuerdo malo era mejor que un no-acuerdo. Tal vez se adelantaban al ingenuo 1938 de Hitler y Chamberlain. “No hay nada de qué hablar”, decían los sieneses o florentinos a los responsables, “sencillamente tienen que irse”. No fueron pocos los autores del mal gobierno que terminaron comiendo el amargo pan del exilio, el mismo, como en la Venezuela de 2017, al que habían condenado a innumerables ciudadanos.

MILÁN, JUEVES 27 DE JULIO DE 2017

A propósito de la dramática situación política de Venezuela, comienzo la relectura de Eumenides, la tercera pieza de La Orestiada, la trilogía de Esquilo. Esta vez, en la traducción italiana, con texto griego enfrente, de Luigi Battezzato. Una versión moderna, de una claridad expresiva que ya quisiéramos para las que conocemos en castellano, casi todas en un idioma en el que todavía se sienten los vestigios de la ideología franquista, que siempre estuvo francamente de espaldas al castellano de América, que es, al fin de cuentas, el que ha mantenido vivo el idioma. Por desgracia, los institutos de filología clásica de América Latina, entre los mejores del mundo, como los de Buenos Aires, Mexico D.F. o Caracas, nunca han sido reconocidos de manera generosa y constante por las autoridades. Esta edición italiana, que utilizo para mis clases con  algunas otras (Loeb, Belles Lettres), ha sido privilegiada por una breve, pero sin desperdicios, introducción de Luciano Canfora, docente de la Universidad de Bari, y uno de los más distinguidos helenistas europeos de la actualidad. A sus estudios me he referido en varias oportunidades en estos diarios, en especial los que ha dedicado a Tucídides. Uno de los dones de Canfora, es el de ver donde la mayoría de los estudiosos no ven nada. En este caso, el de La Orestiada, que “Esquilo, con su trilogía, decidió fijar posición, del modo más solemne y eficaz, a favor de la reforma de Elfiate, la reforma que, quitando al Areópago el poder que había usurpado, dio origen, finalmente, a la radical democracia ateniense”. Cosa parecido ha ocurrido en Venezuela, donde una banda desprestigiada de juristas, elegidos a espaldas del colectivo, procedió, por complacencia, a desmontar una democracia de cincuenta años. Pero, como ocurrió en Atenas, las reformas que, dentro de poco, se introducirán en la política nacional, desplazaran a los usurpadores, para imponer un sistema que prevenga la futura aparición de estas manifestaciones de  perverso autoritarismo.

*

Tal vez desde los tiempos de la guerra de Independencia, el año 1814, por ejemplo, no se vivía en Venezuela un clima de tanta incertidumbre como los nuestros. La semana que viene, si el nuevo Boves se sale con la suya, que no lo hará, como no lo hizo el asturiano, Venezuela podría incluso cambiarse el nombre. Tal es la esencia del proyecto revolucionario;  en el cual la entrega, la traición, el colapso, la inmersión en la anti-historia son principios básicos. Pero los procesos históricos, como todo lo que protagoniza el ser humano, nacen para morir. Es el caso del régimen actual, cuyos últimos estertores se escuchan incluso en esta distante capital lombarda.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

Clemencia Labin
30 de julio, 2017

Excelente artículo. Lo leí hoy al levantarme( Domingo negro para Venezuela) y senti una cierta tranquilidad y esperanza de un cambio de rumbo para el país.

Carlos Rojas Malpica
1 de agosto, 2017

Analogías

Muy lamentable, pero las únicas comparaciones posibles de la Venezuela de nuestros días son con las peores de la historia: Caracas 1814 arrasada por Boves, Alemania y su cúpula militar corrupta de los últimos días de Hitler, Chapita Trujillo y su “Instituto de Estudios Trujillonianos” (hubo quien planteó un esperpento parecido para estudiar “El Pensamiento del Presidente Chávez) o Pinochet y su dictadura sombría. No me extraña que quieran cambiar el nombre del país…se me ocurren varias alternativas (no olvidemos que Maduro propuso eliminar el sustantivo “adolescencia”). Pero no digo ninguna, porque seguramente inventarán alguna peor… Carlucho

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