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Poetas italianos del Mediterráneo; por Alejandro Oliveros // #LecturasDeAlejandroOliveros

Por Alejandro Oliveros | 22 de octubre, 2016

Poetas italianos del Mediterráneo; por Alejandro Oliveros LecturasDeAlejandroOliveros 640

Sólo existen dos grandes experiencias marineras: la insular y la peninsular. El hombre de las islas, el isleño, el islander, como se le conoce en Gran Bretaña, tiene una experiencia con el océano que es la más natural: forma parte de él, es parte de ese organismo inmenso que son las aguas del planeta. Para el isleño es como para nosotros el cuerpo, somos él y él es nosotros. En ocasiones, nos entendemos bien y en otras, por olvido o ignorancia, nos la llevamos mal. El hombre peninsular no forma parte de ese cuerpo líquido y azul. No obstante, su misma situación geográfica hace que mantenga con el mar una relación especial, privilegiada. No forma parte de ese organismo pero no podría vivir sin él. En cierto modo, sus relaciones son más intensas, no tienen nada de normales, siempre son sobrenaturales. Se asoman al mar como espectadores de primera fila, pero no forman parte del escenario. El hombre del mar entiende su mar, mejor de lo que nosotros conocemos nuestro cuerpo. En sus diez años de accidentado periplo, y a pesar de los naufragios, perdidas y dolores, Ulises nunca maldice el mar, nunca le reclama, sabe que su destino errante es un recorrido por su propio cuerpo. El destino de Agamenón, una criatura peninsular, lo esperaba lejos de la costa, alejado de la sal caliente, el remolino mortal y las crestas encrespadas. Su muerte la encontrará apenas desembarque de la cóncava nave que lo trajo de Troya. La tierra a la cual pertenece, reclamó su cuerpo y dio cuenta de él: sobreviviste a la mar salada, Agamenón, Pastor de Hombres, pero no a la tierra patria. Sólo hay dos grandes experiencias marineras; todas las demás, las de los simples costeños, por ejemplo, son menores en comparación. Para no hablar de los que sólo se asoman ocasionalmente, como en un día de feria.

Sólo Grecia, de los países de la ribera norte, puede emularse con Italia en su voluntad de asociar su destino con las vinosas aguas del Mediterráneo. Surcando sus corrientes, llegó a la península itálica Eneas con la misión impostergable de fundar Roma. Siglos después, en la batalla que evitó un destino oriental para la república, Octavio Augusto venció a Antonio y sus egipcios en las aguas mediterráneas de Accio. Mucho más tarde, atravesando las mismas aguas, llegarían al sur de Italia las huestes normandas que modelarían los amplios espacios de Campania y Puglia. Mientras, la Serenissima Venezia oficializaba sus vínculos con el mar en unas solemnes bodas que se reiteran cada año. Para su propio bien, Italia, de acuerdo con Petrarca, quien escribió un vibrante opúsculo en defensa de esta vocación meridional, prefiere mirar hacia el sur que hacia el norte. Hacia el sur y hacia el este y oeste, por donde se relaciona con las procelosas aguas del Mare Nostrum.

Los más distinguidos poetas italianos han interpretado este destino y lo han cantado en sus obras. La invocación que del alto mar hace Dante en el Canto XXVI de su Inferno, y la suerte que le concede a Ulises, es la descripción más apasionante que de una aventura marina se haya escrito desde Homero. Canta Dante el destino marinero del héroe itacense, de cómo el llamado del Techo de la Ballena fue más intenso que sus compromisos como monarca, padre o esposo, y se hizo de nuevo a la mar después de mal aconsejar a su marinería –es lo que lo tiene en la geografía infernal-, para que lo acompañara en su ansía inmodesta de conocimiento. Y a la mar se hicieron y hacia el oeste zarparon hasta que, después de atravesar las columnas de Hércules, se encontraron con una alta montaña bruna en medio de las aguas :

Nos alegramos, con una alegría que pronto se tornó en llanto,
pues de la nueva tierra surgió un remolino
que sacudió al barco desde el primer canto:
tres veces lo hizo dar vuelta con toda el agua;
a la cuarta levantó la popa hacia lo alto
y a la proa dirigió hacia el fondo, como aquel quiso,
hasta que el mar se cerró sobre nosotros.

El mismo Petrarca, en el menos difundido de sus libros, el épico poema Africa, asumió la encrespada superficie del Mediterráneo como instrumento del destino manifiesto de Roma, la cual, al mando del Africano Escipión, se hizo a la mar para destruir Cartago, la formidable ciudad fundada por enemiga mortal de los planes imperiales de la patria de Virgilio.

En los tiempos modernos, o premodernos, Ugo Foscolo, asumió en su propia existencia, la apariencia bicéfala de la antigüedad clásica. Griego por la madre e italiano por el progenitor, en su agitado itinerario vital Foscolo pensó en su nativa y perdida isla griega de Zante, una reiteración de la Itaca del héroe homérico, y se lamenta de su peor suerte Ulises supo regresar a su patria tierra, para él, por el contrario Zante está perdida para siempre:

Ya no volveré a pisar tus sagradas playas
donde yace mi cuerpo de niño.
oh Zante mía, que te reflejas en las ondas
del griego mar donde la virgen ha nacido.

Isla fecundada por la primera sonrisa
de Venus, y cantada con tus blancas
nubes y verde bosques por el gran Homero,
el poeta de la navegación y el exilio

que el destino dispuso para el esforzado
Ulises, consentido por la fama y la desventura,
pero que besar pudo su natal tierra.

En cambio de mi, ah patria materna,
sólo tendrás el canto de aquel sobre cuya
tumba nadie derramará sus lágrimas.

Por su parte, Giacomo Leopardi, el más alto poeta del novecientos italiano, mantuvo con el mar unas relaciones menos apasionadas de las que esperaríamos de un romántico. En todo caso, nunca le concedería tanta atención como la que dedicó al infinito cielo nocturno y las vagas estrellas de la Osa. Nacido en Las Marcas, en Recanati, a pocos kilómetros del Adriático, Leopardi pasaría los tres últimos años de su vida frente al más marino de los golfos, el de Nápoles, que el cielo bendice con la más azul de las luces. Aquí, y en sus alrededores, escribió uno de sus poemas más ambiciosos, aunque tal vez no de los más felices. “La retama o la flor del desierto¨, es un amplio canto donde abundan las imágenes marinas, asociadas siempre con el Vesubio, “a montagna”, como la llaman con respeto los napolitanos, y sus soberbias capacidades destructivas, dominado los mares de Nápoles y Sorrento. La mención del mar y las playas no es infrecuente en el resto de los Cantos. En uno de los más conocidos y permanentes, las azules corrientes aparecen como una metáfora del espacio sin fin: “Así, en esta inmensidad/se hunde el pensamiento mío/y naufragar es dulce en este mar”.

Carducci (“In riva al mare”), Pascoli (“Mare”) y D’Annunzio (“L’onda”, “San Martino”) desplegaron sus talentos en cantos al mar que los rodeaba y privilegiaba, pero va a ser ya entrado el novecientos cuando los más destacados poetas insulares se detengan en la reflexión lírica sobre el Mediterráneo. Por supuesto que Filippo Tomasso Marinetti, inventor, y acaso culpable de todos las modernidades, no podía dejar de advertir las posibilidades futuristas de la mar océano. Y así, en una de sus poesías más conocidas, se unió al coro de voces que han reconocido las posibilidades de la gran superficie acuática. Nada más lejos del mar de su contemporáneo Paul Valéry que el mar de Marinetti:

¡Oh mar, grande rebelde y feroz,
mar vengador, de olor incoloro.
Anda, salta con salto elástico
hasta las nubes, hasta el cénit!

¡Y comienza a botar y rebotar sin cansancio,
como una enorme bola!
Inunda orillas, puertos, muelles,
agachados como búfalos
bajo retorcidos cuernos de humo!
… Aplasta, oh mar, las ciudades con sus catacumbas
y sepulta eternamente a los viles,
a los idiotas y los abstemios,
y siega de un solo golpe las espaldas
inclinadas de tu cosecha!

Reduce los pozos de los millonarios
tocándolos como tambores,
y lanza, oh mar vengador,
nuestro explosivos cráneos
entre las piernas de los reyes.
Y decidme, bandidos y vagabundos
si es este no es el juego de boliche que esperaban! 

Marinetti fue uno de los grandes puntos de inflexión de la poesía moderna. En lo sucesivo se escribirá a favor o en contra de su poética, pero nunca más como antes, de acuerdo a la estética decadenre representada en Italia por el volátil y preterido D’Annunzio. Muchos fueron sus discípulos y no pocos los que lo adversaron, pero la lírica en Occidente más nunca fue la misma después del visionario fundador de futurismo.

En las primeras décadas del XX, Italia conocerá el surgimiento de una generación de poetas notables, entre los cuales Umberto Saba (1883-1957), Dino Campana (1885-1932), Giuseppe Ungaretti (1888-1970), Eugenio Montale (1896-1981) y Salvatore Quasimodo (1901-1968); todos los cuales, con mayor o menor dedicación se encargarán de cantar la existencia asociada entre Italia y el mar. Y no podía ser de otra manera, todos menos uno, nacieron a lo largo de sus costas o de otras costas, como en el caso de Ungaretti.

Para Umberto Saba, el primer paisaje de su vida, y el más consecuente, fue el Adriáico de su nativa Trieste. El mar como un espejo que reflejaba su tristeza de cabra semita, su nostalgia y su aspiración a un amor imposible pero necesario y doloroso. Mediterraneo, precisamente, se llama su libro de 1946, donde agrupa algunos de sus poemas más recordados:

Poemas a Linuccia

2.

Al fondo del Adriático salvaje
se habría un puerto hacia tu infancia.
Las naves partían hacia la lejanía.
El blanco sobre el verde de las colinas,
y de las gradas del antiguo fuerte,
se elevaba el humo de un relámpago
al que seguía un trueno. Inmenso,
el azul lo acogía y dispersaba
en la celeste bóveda. Una nave de guerra
respondía al saludo, anclada frente a tu casa
que tenía una rosa al comienzo del muelle,
la rosa de los vientos.

Era un puerto pequeño, una puerta
abierta a los sueños.

 3.

De esos sueños y aquel furor,
vino lo que has ganado y perdido,
todo el bien y todo el mal.

 Tal vez sea el único libro de un poeta italiano con un título donde la filiación marina de su autor sea tan explicita. “Mediterráneo, asimismo, se llama una de sus poesías más memorables:

Pienso en un mar lejano, en un puerto, en sus secretas
calles, donde un día estuve
y ahora estoy aquí, y a los dioses alzo
las palmas suplicantes para que no me castiguen
por una última y despreciable victoria
(pero el corazón por su dulzura no resiste);

pienso en una oscura sirena
-besos ebriedad delirio-; pienso en Ulises
levantándose de su triste lecho.

A los 67 años, en un texto que es su regreso a Itaca, vuelve sobre su filiación marinera:

Cielo

La dulce, la maravillosa Lina,
abre la ventana para que vea
el cielo inmenso.

Tranquilo y en reposo recuerdo
todo lo que en vano he otorgado,
que el fin está cerca, que me complacen
ese cielo, esas nubes y las golondrinas.

No pido nada más:
fumar mi pipa en silencio como
un viejo lobo de mar.

De los poetas mencionados, sólo Dino Campana no nació a orillas del mar, sino en Marradi, en la Toscana oriental, en las inmediaciones de los Apeninos, en el propio centro de la península itálica. Sus experiencias marineras, no obstante, fueron las más intensas. El Mediterráneo occidental lo navegó todo, y el Atlántico, en su viaje en barco hasta Uruguay. A su regreso a Italia, continúo, de manera irregular, como todo en su existencia fragmentada, sus aventuras litorales. De la primera experiencia escribió su “Viaje a Montevideo”, un canto a la navegación donde aire marino, sol y soledad se sienten en cada estrofa:

Yo vi desaparecer, desde el puente
de la nave, las colinas de España,
y en el verde del crepúsculo de oro
ocultarse a la tierra morena
como una melodía,
muchacha de una desconocida escena
como una melodía…

De sus agitadas andanzas genovesas el alucinado poeta escribió algunas crónicas y memorables y poesías de inquietante belleza:

Mujer genovesa

Me trajiste un poco de algas marinas
en tus cabellos, y un aroma de viento
que venía de lejos con grave ardor
se sentía en tu cuerpo bronceado
-ah la divina simplicidad
de tus ágiles formas.
Ni amor ni espasmo, un fantasma,
una sombra de la necesidad que vaga
serena e ineluctable para el alma
y la deshace en alegría, en encanto serena
para que puede ser llevada
por el infinito siroco.
¡Qué pequeño y ligero es el mundo en tus manos!

Al final, loco y enfermo, Campana, el único “poema maldito” de la tradición italiana, iría a morir lejos del mar, en las distantes colinas de Marradi que lo habían visto nacer el buen día de agosto de 1885.

Giuseppe Ungaretti sí nació, en 1888, a orillas del Mediterráneo, en la Alejandría egipcíaca de padres italianos. No obstante, el poeta de La alegría, no se sintió particularmente inclinado a cantar el vinoso ponto que habían llevado a tantos de sus compatriotas a ese “puerto sepulto”. De manera oblicua aparece sus “Coros sobre Dido”, una estupenda versión del episodio virgiliano, y en “Palinuro”, sobre el anegado piloto de Eneas. Apenas otros dos textos recuerdos donde el mar tenga un papel protagónico. El primero ha debido ser del gusto de Saba y es una bella muestra del estilo telegráfico del gran poeta:

Final 

Y de pronto reanuda
el viaje
como después del naufragio
un lobo de mar
sobreviviente.

El otro tiene un tono letánico, encantatorio como el ritmo de las propias olas:

Final

Ya no muge, no susurra el mar,
el mar.

Sin los sueños campo incoloro es el mar,
el mar.

Da lástima también el mar,
el mar.

Mueve nubes sin reflejos el mar,
el mar.

A tristes humos cedió el lecho el mar,
el mar.

Muerto está también el mar, lo ves, el mar,
el mar.

En sus anotaciones a La tierra prometida, donde fuera incluido el poema, Ungaretti escribió: “Final evoca la soledad y el desierto, que a fin de cuentas y, sobre todo, son las cosas materiales”.

Eugenio Montale no sólo nació a orillas del mar, en la Genova amada por Campana, sino que transcurrió su infancia en Cinque terre, una de las regiones más marinas de toda Italia. Montale nunca quiso, o no pudo, separar su lenta mirada de la ancha mar de Liguria y terminaría convertido en el vate extraoficial de esa costa llena de luz y magia. A diferencia de Ungaretti, en su dilatada obra se reiteran las alusiones al padre Mediterráneo. En ocasiones, como en La anguila, son cantos a la aventura de las criaturas marinas de las cuales seguramente se sentía una de ellas. Justamente Huesos de jaiba, se llamará su primera colección. Pocos libros de poesía, tal vez alguno de Perse, huelen tanto a mar y arena como estos Ossi di sepia. En la sección central, llamada justamente, Mediterraneo, el poeta habla la mar como si de su padre se tratara, lo tutea, le reclama y se le confiesa:

Disipa si lo quieres
esta débil vida que se lamenta
como hace la esponja con el trazo
efímero de una pizarra.
Espero volver a tu círculo
efectuado mi desorientado pasar.
Mi llegada era testimonio
de un orden olvidado en el viaje,
mis palabras dan fe
de un evento imposible, y lo ignoran.
Pero cada vez que escuchaba
tu dulce reflujo sobre la orilla
me sentía confundido
como al que le falla la memoria
cuando recuerda su tierra natal.
Aprendida la lección
más que de manifiesta
gloria, del jadear
que casi no se oye
de alguno de tus mediodías desolados
a ti me rindo humildemente. No soy
más que la rama de un tirso. Sí, lo sé:
este y no otro, es mi sentido.

Hasta el final, Montale estará asomado a la venta del mar de su infancia, reflejo, del mundo, eco de su conciencia, epifanía y revelación, como en esta breve poesía de su Diario póstumo:

El verano ha estado sacudido por fuertes temporales.
Las nubes se desplazan a lo largo de la costa,
Los días pasan siempre iguales.
Pero de repente el espectáculo cambia.
A lo lejos, gris y lívido, el humo
de un barco petrolero aparece y se disuelve
levemente en el arcoíris.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

Meyda Diaz
23 de octubre, 2016

Poeta! Que clase de clase nos ha brindado! La sola mención de Leopardi con sus vagas estrellas de la Osa me llevan al jardín paterno. Solo te dire, Il mare, siempre Il mare!

Abraham
9 de noviembre, 2016

Speriamo che non continui a confondere ‘ufficcio’ con ‘mestiere’.

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